Mostrando las entradas con la etiqueta Louis Pasteur. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Louis Pasteur. Mostrar todas las entradas

domingo, 24 de agosto de 2025

Joseph Lister, el cirujano que tuvo la brillante idea de desinfectarse las manos (e inspiró a los creadores de Listerine y Johnson & Johnson)

 
La cirugía no era una cuestión de precisión delicada, sino cruda, sangrienta, a menudo caótica... y antihigiénica.
 
 
Por Dalia Ventura
BBC News Mundo*
 
 
Era absolutamente insultante pretender que los doctores se lavaran las manos. Después de todo, eso era insinuar que las tenían sucias y, como dejó claro un obstetra del siglo XIX, "los médicos son caballeros y las manos de un caballero siempre están limpias".

Ya el médico húngaro Ignaz Semmelweis se había dado un duro golpe contra esa pared en la década de 1840 tras implementar un sistema de lavado de manos para reducir la mortalidad en las salas de maternidad.

Esto último lo logró de una manera espectacular.

En abril de 1847 instaló una cuenca llena de solución de cal clorada en una salas obstétricas del Hospital General de Viena, Austria, y comenzó a salvar vidas de mujeres con tres simples palabras: "lávese las manos".

En cuestión de un mes, las tasas de mortalidad se redujeron de un 18,3% a 2%.

Si los resultados de esa experiencia y las que siguieron hubieran convencido a todos sus colegas de los méritos de su teoría, quizás aquello de lavarse las manos se habría extendido más allá del campo de la obstetricia.

Pero no fue así.

Semmelweis terminó confinado en un manicomio pues sus pares pensaron que su obsesiva insistencia en el lavado de las manos era una locura.

La ciencia tendría que avanzar más antes de que la higiene se empezara a considerar indispensable para la salud, dentro y fuera de los hospitales.

 

Peligro de muerte

Ese mismo abril de 1847, en el University College Hospital de Londres, John Phillips Potter, un joven experto en Anatomía, se arañó un nudillo durante la disección de un cadáver infectado.

No le prestó mucha atención, pero la infección se propagó inexorablemente y, tres semanas después, murió de septicemia.

"Las víctimas de la disección deben ocupar un lugar distinguido entre los mártires de la ciencia y el conocimiento", comentó la revista médica The Lancet.

"Podemos salvar a nuestros artesanos de las minas y los telares y las ruedas de muchos de los peligros incidentes a sus llamamientos, pero nuestro arte no ha podido, hasta ahora, liberar a nuestros propios trabajadores de este veneno destructivo".

Entre la multitud que asistió al entierro estaba Joseph Lister, uno de los estudiantes de Medicina a los que Potter había instruido.

En 1847 Lister tenía 20 años, una licenciatura en Arte, y estaba estudiando Medicina. Pero tuvo que suspender sus estudios por un año pues, tras enfermarse de viruela, cayó en una depresión.

 

Lister había crecido en un ambiente en el que la vida de los organismos más pequeños estaba muy presente.

Su padre, Joseph Jackson, además de ser un próspero mercader de vino, dedicaba su tiempo libre a la investigación y había inventado la lente acromática, que transformó al microscopio de ser un juguete científico a herramienta de descubrimiento.

Algunos de esos organismos pequeños que los microscopios estaban poniendo en evidencia habían matado a su instructor, y también, como confirmaría luego, a millones de personas en los hospitales de todo el mundo.

La situación era tan desesperada que llevó al doctor James Y. Simpson, uno de los cirujanos que contribuyó a la introducción de la anestesia, a afirmar que "un hombre acostado en la mesa de operaciones en uno de nuestros hospitales quirúrgicos está expuesto a más posibilidades de muerte que un soldado inglés en el campo de batalla de Waterloo".

 

Ese Waterloo

Efectivamente, en las salas quirúrgicas y de recuperación, las infecciones se propagaban de paciente a paciente como incendios forestales.

Ningún cirujano podía estar seguro de que su paciente sobreviviría tras una intervención.

La tasa de mortalidad por operaciones quirúrgicas mayores o amputación de extremidades llegaba a rondar el 40%, y a alcanzar el 60% en hospitales franceses.

Incluso las operaciones más simples conllevaban un alto riesgo de muerte por infección.

De hecho, las infecciones en los hospitales eran tan comunes que el fenómeno llegó a tener dos nombres: fiebre de sala y hospitalismo (este último aún se usa, pero para describir otro problema).

Se culpó a los hospitales por esto, y se habló mucho de cerrarlos y de que los pacientes fueran atendidos en casa.

Pero aunque hubiera algo de razón en ello, sin encontrar la causa no se podía encontrar una solución realmente efectiva.

Y esa causa era todo un misterio: había teorías pero la ciencia médica seguía desconcertada por las infecciones persistentes que mantenían las tasas de mortalidad obstinadamente altas.

 

Escudo contra microbios

Lister, quien tras graduarse de médico se enamoró de la cirugía y se fue a trabajar a Edimburgo, Escocia, sufría al ver cómo muchos de sus pacientes desarrollaban complicaciones posoperatorias serias o incluso fatales.

En 1855, le mostró una herida que se estaba curando sin supurarse a Batty Tuke, en ese entonces el psiquiatra más influyente de Escocia, y le dijo: "El objetivo principal de mi vida es descubrir cómo conseguir este resultado en todas las heridas".

Más tarde, como Profesor Regius de Cirugía y a cargo de las salas de operaciones en la Universidad de Glasgow, el problema estaba constantemente presente, en su día a día y en su mente.

Desde hacía años había notado una marcada diferencia en el resultado entre fracturas simples, cuando la piel quedaba intacta, y fracturas compuestas, en las que la superficie de la piel se rompía y a menudo terminaban en "gangrena hospitalaria" y amputación.

Pasteur aportó la teoría para lo que Lister puso en práctica. Ambos eran venerados por reducir enfermedades e infecciones. Aquí Lister (subiendo los escalones) felicita a Pasteur en su 70º cumpleaños, París, 1892. 

 

Un día estaba charlando con un colega, el profesor Thomas Anderson, y este mencionó que en Francia el famoso químico Louis Pasteur había demostrado que si fluidos susceptibles a la fermentación y la putrefacción se mantenían libres de contacto con el aire, se mantenían frescos.

Más relevante aún, el biólogo francés había revelado que la leche se agriaba y el jugo de uva se fermentaba debido al crecimiento y la acción de diminutas partículas vivas (microbios) que podían transportarse en el aire.

A Lister se le ocurrió de inmediato probar si al interponer un escudo antiséptico entre una herida -como las que quedaban tras una operación- y el entorno, se podían prevenir las complicaciones sépticas.

Era 1865 y poco después de esa afortunada conversación, un niño de Glasgow de 11 años de edad contribuyó involuntariamente a hacer historia.

 

El nacimiento del método

Se llamaba James Greenlees y lo había atropellado un carruaje en la calle, así que lo llevaron a la sala de emergencias de la Glasgow Royal Infirmary.

El niño tenía una fractura compuesta -la pesadilla de los cirujanos- en la pierna izquierda.

Lister decidió experimentar.

Había pensado que para matar a los microbios podía usar un químico; después de todo, las sustancias "antisépticas" habían sido utilizadas desde tiempos inmemoriales.

Optó por una sustancia que solía usarse para limpiar el alcantarillado en la ciudad de Carlisle y estaba disponible como una solución de ácido carbólico al 5%.

Dispuso que las manos, la ropa, los instrumentos quirúrgicos y las heridas debían lavarse con ese químico.

Al terminar la operación, aplicó un vendaje bañado en ácido carbólico y, crucialmente, ordenó que el apósito fuera renovado varias veces a medida que pasaban los días.

Joseph Lister dirigiendo el uso de ácido carbólico en aerosol en una de sus primeras intervenciones quirúrgicas antisépticas, circa 1865.

 

La herida comenzó a formar costras y sanar. Después de seis semanas, Greenlees fue dado de alta, completamente recuperado.

Fue el primer éxito de Lister con esta técnica.

 

Un olor nauseabundo

Quizás te sorprenda que algo tan sencillo -y hoy en día obvio- fuera tan revolucionario.

Pero es que hasta entonces los cirujanos reutilizaban vendajes o dejaban las heridas sin protección.

De hecho, la higiene en los hospitales era deplorable.

Había trapos viejos, esponjas e instrumentos sucios esparcidos por la sala de operaciones.

Los doctores, practicantes y auxiliares circulaban libremente entre los pacientes vivos que trataban y los muertos que diseccionaban o a los que les hacían la autopsia.

En el aire flotaba siempre un inquietante olor ligeramente nauseabundo de putrefacción que se aferraba a la ropa del personal y los pacientes.

Los cirujanos rara vez limpiaban el equipo quirúrgico ni se lavaban las manos antes de las operaciones.

Lister durante su ronda de pacientes en el Hospital Real de Glasgow, circa 1867 cuando anunció que sus pacientes llevaban 9 meses sin sepsis.

 

A pesar de sus incontrovertibles pruebas, las observaciones de Semmelweiss no habían tenido ningún impacto en las autoridades médicas conservadoras de la época.

Trágicamente, el día después de que Lister probó con éxito el tratamiento antiséptico en el niño en Glasgow, Semmelweis murió, precisamente de una infección quirúrgica en Budapest, Hungría.

Lister no supo del trabajo de Semmelweis hasta 1883; cuando se enteró de los detalles lo declaró su precursor.

Para ese entonces, la esterilización de instrumentos y el lavado de manos se practicaban ampliamente, a pesar de la resistencia inicial de muchos eminentes cirujanos.

 

Un antes y un después

Tras tratar 11 casos como el de Greenlees, de los cuales nueve se curaron sin infección, el 16 de marzo de 1867 Lister publicó en The Lancet un artículo titulado "Un nuevo método para tratar fracturas compuestas".

Marcó el nacimiento de la cirugía moderna, según el eminente doctor e historiador Zachary Cope (1881-1974).

Lister describió los resultados positivos para sus pacientes: extremidades "que sin duda habrían estado condenadas a amputación" debido a la probabilidad de infección "pueden conservarse con la confianza de obtener los mejores resultados".

Y eso, que ya de por sí era invaluable, apenas era el principio.

Por temor a las infecciones y sus estragos, los cirujanos casi nunca se arriesgaban a hacer operaciones que involucraran hacer incisiones, ni siquiera a drenar abscesos.

Con su método, los abscesos podían drenarse; las incisiones, sanarse, y los hospitales, tornarse en lugares más saludables.

"Como parece no haber dudas sobre la causa de este cambio, la importancia del hecho difícilmente puede exagerarse", escribió Cope.

El primer barón Lister, pionero de la cirugía antiséptica, retratado en 1900, marcó una enorme diferencia estableciendo un hábito que ahora nos parece obvio.

 

Con todo y eso, al principio, el enfoque antiséptico de Lister tuvo una recepción mixta que iba desde la aclamación hasta la feroz oposición, esta última particularmente en Reino Unido y Estados Unidos.

Pero Lister se mantuvo firme, perfeccionando su método constantemente, y para 1871 su régimen antiséptico había ganado tal aceptación que la reina Victoria lo convocó para extirparle un tumor del brazo.

Con el tiempo, fue nombrado cirujano personal de la reina y honrado con un título nobiliario.

Su método se extendió por toda Europa a lo largo de la década de 1870.

En 1876, el infatigable Lister cruzó el océano para llevar sus técnicas pioneras a Estados Unidos, logrando no sólo que las adoptaran sino inspirando a otros a crear productos que siguen siendo familiares.

Uno de los asistentes a una de sus conferencias en EE.UU. fue el doctor Joseph Joshua Lawrence, quien desarrollaría una fórmula de un antiséptico para múltiples usos.

Lo nombró en honor al hombre que lo inspiró: Listerine.

Otro asistente a la misma conferencia, Robert Wood Johnson, se sintió igualmente inspirado y con sus dos hermanos creó una empresa para fabricar los primeros apósitos y suturas quirúrgicas estériles producidos en masa según los métodos de Lister.

Esa empresa era Johnson & Johnson.

Para 1890, el mundo entero había aceptado la gran innovación de Lister, y los microbios que causaban la sepsis habían sido identificados y cultivados.

A fines de esa década, los métodos antisépticos de Lister llevaron a una cirugía aséptica y a la introducción de instrumentos estériles en quirófanos.

En 1898 el uso de guantes de goma y el lavado de manos del cirujano eran de rigor.

A finales de siglo, los cirujanos realizaban regularmente más tipos y cantidades de operaciones internas exitosas.

Además de haber sido el primero en aplicar los principios de Pasteur a los humanos, Lister hizo varias otras contribuciones a la ciencia médica, desde aislar por primera vez bacterias en cultivo puro (Bacillus lactis) hasta ser pionero en el uso de catgut y tubos de goma para el drenaje de heridas, entre otras.

Sin embargo, es recordado primordialmente como el innovador que revolucionó la historia de la cirugía, dividiéndola en dos eras: la que vino antes y la que vino después de él.

 

* Este artículo fue publicado originalmente en BBC Mundo en 2020.

Fuente: Joseph Lister el cirujano  

 

 

 

 

sábado, 6 de julio de 2024

Un Día como Hoy en un Libro

1859

Whigs decepcionados, gente del “Suelo libre” y políticos descontentos sienten, en 1854, la necesidad de una formación nueva, cuyo programa sea resueltamente antiesclavista, que pueda atacar al Sur en su propio terreno, que sea, en suma, el partido de la grandeza y del progreso industrial y social. Sus fundadores tendrán el tino de adoptar de nuevo el rótulo republicano, el viejo título del partido popular, en nombre del cual los amigos de Jefferson, habían apostado a Hamilton y a los  aristócratas en las postrimerías del siglo. Hubo dos reuniones, en febrero y en mayo, que prepararon su nacimiento oficial en Jackson (Michigan). Organizado en Illinois en el mes de octubre, trata de que Lincoln se asocie con él. Pero éste juzga tan prematura comprometerse con la docena de energúmenos que pretenden ser en ese momento los republicanos del Estado, como peligroso indisponerse con ellos. Y, por consejo del fiel Herndon, se abstiene de asistir a la reunión donde se lo espera. Por el momento, sigue siendo whig. (…)

Por lo demás, las circunstancias inmediatas imponen otras actividades. El partido republicano, cuyas posibilidades cree haber preservado al evitar que propiciase la candidatura de Douglas, sólo puede conquistar el poder si persigue como primer objetivo atraer a las masas. Lincoln se preocupa por su programa, que ahora encara más bien con ciertos matices radicales. Aun cuando en el curso de la campaña se ha ido inclinado a veces hacia el conservadorismo, a tono con los sentimientos predominantes en Illinois, nunca atenuó, según lo hace notar, la expresión del juicio moral que tiene sobre la esclavitud. En 1856 le parecía una medida prematura insertar una “ilustración” antiesclavista en el programa republicano; en cambio la juzga necesaria en 1860. En efecto, el tiempo transcurrido desde entonces ha visto afianzarse la armonía del grupo cuyas tendencias esenciales trata de expresar.
La unidad es el segundo imperativo que se impone al partido en la preparación de una acción decisiva, y exige esfuerzos ininterrumpidos. Ningún exceso, aconseja Lincoln el 9 de junio de 1859 al radical Chase, gobernador de Ohio, que quiere hacer abrogar la ley sobre los esclavos fugitivos.
Cualquier proyecto de esta índole que el partido quisiera propugnar en1860, “lo haría explotar”.
Conviene, por último, no sacar nuevamente a relucir la cuestión, planteada anteriormente con tanta vehemencia de una tarifa aduanera protectora, pues engendraría divisiones. “En definitiva, es menester”, escribirá el 6 de julio a un político de Indiana, “no hacer nada que pueda provocar un conflicto, no decir en un lugar nada que pueda inquietar a los republicanos de otras partes”.

Abraham Lincoln, de Jean Daridan (traducción de Christina Souverbielle y Juan Monsegur)
 

 

 

1885

Pasteur concibió la idea de la profilaxis de la rabia en 1880.
A finales de 1883, él y sus asociados de la Escuela Normal de París, lograron producir una raza estable de virus domesticados. A esto siguió dos series de experimentos que establecieron sin lugar a dudas que los virus eran inmunológicamente eficaces en los perros. La primera de dichas series tuvo una brillante conclusión en junio de 1884, con un proceso formal ante un comité de científicos nombrado por el gobierno francés. Para esta prueba definitiva, Pasteur eligió a dos perros previamente vacunados, dos perros sin haber sido tratados, y dos conejos también sin tratamiento. Tras haber sido examinados por el comité, los seis animales fueron anestesiados y trepanados. A cada animal se le inoculó entonces una cierta cantidad de materia extraída del cerebro de un perro completamente rabioso. Cuando terminó la operación, los animales quedaron encerrados por separado, y todos recibieron los mismos cuidados posoperatorios. Dos semanas más tarde, los cuatro animales no vacunados, presentaron síntomas de rabia y murieron. Los perros previamente vacunados siguieron gozando de buena salud. La segunda serie de experimentos, aunque comenzó en la misma época, continuó hasta el año siguiente, y los resultados fueron igualmente satisfactorios.
Demostraron que era posible inmunizara un perro contra la rabia, no sólo antes, sino después de haber contraído la enfermedad; siempre que se procediese a la vacunación a las pocas horas. Pasteur obtuvo con este revolucionario triunfo la visión de algo más revolucionario.
«A lo que ahora aspiro es a la posibilidad de tratar al hombre después de la mordedura sin temor a accidentes ―escribió en la primavera de 1885—. Todavía no me he atrevido a tratar a los seres humanos después de haber sido mordidos por un perro rabioso. Pero el momento no está lejano».
El momento, en realidad, fue muy pocas semanas después.
Pasteur trató a su primer paciente humano el 6 de julio de 1885. Éste, en la actualidad, famoso pionero, era un niño de nueve años llamado Joseph Meister, natural de Alsacia, el cual se hallaba en la carretera que corría cerca de su hogar cuando fue atacado por un perro rabioso y mordido catorce veces.
Cuando Pasteur lo visitó, a requerimientos del doctor de cabecera, el niño estaba más muerto que vivo. En realidad, recordó más tarde Pasteur, fue sólo la aparente imposibilidad del caso lo que le indujo a intentar su tratamiento. El procedimiento que empleó fue una libre adaptación del que había empleado últimamente con los perros y duró diez días. Durante aquel período, inoculó trece veces al niño, con vacunas cada vez más potentes. Su reacción inmediata resultó alentadora, continuando así durante todo el tratamiento. Al finalizar el mes, las heridas se habían cicatrizado y el niño parecía completamente recuperado. Lo estaba. Joseph Meister vivió hasta los sesenta y cuatro años. Falleció en 1940, suicidándose.
La rehabilitación de Joseph Meister que Pasteur describió en un artículo titulado Método para la prevención de la rabia después de la mordedura, y presentado en una asamblea de la Academia de Ciencias el 26 de octubre de 1885, promovió una auténtica conmoción en el mundo.

Heridas Incurables, de Berton Roueché, traducción de Miguel Giménez Sales, Colección Biblioteca Oro – Casos Célebres N° 11, Editorial Molino, págs. 27-29 

 

 

1971

El 5 y 6 de julio se los pasó Kissinger en Bangkok posando para los fotógrafos en compañía de funcionarios del gobierno y asegurándoles que la guerra de Vietnam terminaría muy pronto. La siguiente etapa fue Nueva Delhi donde no se observaban apenas indicios de la guerra indo-pakistaní que estallaría poco tiempo después. Asistió a un gran banquete en su honor y recorrió tal como está mandado las zonas pobres prometiendo hablar con el presidente Nixon acerca de la necesidad de aumentar los suministros médicos y alimenticios con destino a los hambrientos hindúes. (…)

 

1974

El 6 de julio el juez de distrito de los Estados Unidos, Gerhard A. Gesell, que presidía el juicio contra Ehrlichman, señaló que Kissinger tendría que estar dispuesto a comparecer. Ello se debió probablemente a la declaración del doctor Bernard Malloy, miembro del equipo médico de la CIA que se encarga de elaborar estudios psiquiátricos de los dirigentes extranjeros.

Las Aventuras de Kissinger, de Charles R. Ashman (traducción de María Antonia Menini)