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jueves, 18 de septiembre de 2025

¿Quién no cumplió la cita?

  


 

Por Robert Zacks

 

El amigo de cuyos labios oí esta historia ya murió;  por eso me consideró en libertad de relatarla.

 

Estaba yo, en compañía de mi padre haciendo un viaje mixto de negocios y recreo por Dinamarca y naturalmente, aprovechábamos todas nuestras horas libres para divertirnos. Ocurrió que un día entramos a echar un vaso de cerveza en una de esas pintorescas fondas danesas frecuentadas por los turistas.
―Es una lástima que no haya podido venir tu madre ―dijo papá― Hubiera sido encantador enseñarle todo esto.
En su juventud mi padre había visitado a Dinamarca.
―¿Cuánto tiempo hace que anduviste por aquí? ―le pregunté.
―Oh, cerca de 30 años… Y si mal no recuerdo estuve en esta misma fonda.
Miró en derredor como queriendo refrescar su memoria:
―Hermosos tiempos aquellos cuando…
Se detuvo súbitamente y observé que palidecía. Seguí la dirección de su mirada y vi que tenía los ojos clavados en una mujer que al otro lado del salón estaba sirviendo a un grupo de clientes. 
Debió de haber sido bella en otro tiempo pero ahora estaba muy metida en carnes y el desaliño del cabello le hacía poco favor.
―¿La conoces? —pregunté a mi padre.
—La conocí hace mucho…
La mujer se acercó a nuestra mesa y preguntó con brusquedad:
—¿Qué van a beber?
—Tomaremos cerveza —contesté.
La mujer hizo un gesto de asentimiento y volvió la espalda.
—¡Cómo ha cambiado! ¡Gracias a Dios no me reconoció! —dijo mi padre en voz baja enjugándose la frente con el pañuelo― La conocí antes de conocer a tu madre ―prosiguió― Yo hacía entonces una excursión de estudiante. Era una muchacha adorable, llena de gracia. Me enamoré de ella como un loco y ella de mí.
―¿Y mamá lo sabe? —interrumpí sorprendido.
—Naturalmente —repuso con afable expresión mi padre.
Noté que me miraba con cierta turbación y temí haber sido indiscreto.
—Papá —le dije— no es necesario que me expliques…
―Al contrario, hijo. Quiero contártelo todo para no dejar nada a tu imaginación.
El padre de la muchacha se opuso a nuestro noviazgo. Yo era un extranjero, no tenía carrera y dependía por completo de mi padre. Cuando escribí a éste que deseaba contraer matrimonio, me cortó la pensión. Tuve que regresar a casa. Pero me entrevisté con la muchacha una vez más y le dije que iba a volverme a América, pedir prestado bastante dinero para casarnos y regresar en su busca al cabo de unos meses.
—Sabíamos ―continuó― que su padre podía interceptar una carta y por lo tanto convinimos que yo me limitaría a enviarle por el correo un trozo de papel con una fecha escrita. En esa fecha ella me encontraría en determinado lugar y luego nos casaríamos. Bueno,  regresé a casa, obtuve el préstamo y le envié el papel con la fecha.
―¿Y qué pasó? ―pregunté.
―Ella recibió el papel y me contestó: «Estaré allá». Pero no estuvo. Entonces me enteré de que se había casado dos semanas antes con un mesonero de la localidad. No había esperado.
Hizo una breve pausa y añadió:
―Gracias a Dios que no esperó. Volví a la patria, conocí a tu madre y hemos sido verdaderamente dichosos. Con frecuencia bromeamos sobre aquel tonto amorío de mi juventud.
La mujer trajo la cerveza.
―¿Usted es norteamericano? —me preguntó.
—Sí.
—¡Hermosa tierra Norteamérica! —dijo con alegre expresión.
—Sí, muchos compatriotas suyos han ido allí. ¿Ha pensado usted en ir alguna vez?
—No. Digo, ahora no. Pensé ir hace muchos años. Pero me quedé aquí. Estoy mejor aquí.
Bebimos la cerveza y nos marchamos.

Una vez en la calle pregunté a mi padre:
―¿Cómo escribiste la fecha?
―Así ―me dijo― 12/11/13 que por supuesto era diciembre 11 de 1913.
―¡No! ―exclamé— ¡No en Dinamarca ni en ningún otro país europeo! Aquí se escribe en primer término el día. ¡Por consiguiente la fecha que tú escribiste no fue el 11 de diciembre sino el 12 de noviembre!
Mi padre se pasó la mano por la frente.
―¡De modo que estuvo esperándome ―exclamó― y se casó porque no acudí a la cita…
Guardó silencio como si aquella súbita revelación lo hubiera anonadado momentáneamente. Luego comentó:
―Bueno… deseo que sea feliz. Parece serlo.
Cuando reanudamos el paseo exclamé:
―Fue suerte que ocurriera así. De otro modo no hubieras conocido a mamá.
Me echó el brazo sobre el hombro y me dijo sonriendo cariñosamente:
―La suerte fue doble, muchacho, porque de otro modo tampoco te hubiera conocido a ti.

 

Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo XV, N° 91, Junio de 1948, págs. 51-52, Selecciones del Reader’s Digest S.A, La Habana, Cuba

 

Notas

La foto de la ilustración en la página 51 es mía.

Pintoresca/co.- Dicho de algo como un país, una escena, un tipo o una costumbre: Que presenta una imagen peculiar.
Sinónimos: típico, característico.

Enjugar.-
Quitar la humedad superficial de algo absorbiéndola con un paño, una esponja, etc.
Sinónimos: secar, escurrir, enjutar.
Limpiar la humedad que echa de sí el cuerpo, o la que recibe mojándose. Sinónimo: Limpiar. DLE RAE

Metida/o en carnes.- Dicho de una persona: Algo gruesa, sin llegar a la obesidad. Diccionario Abierto de Español. significadode.org

Turbación: intranquilidad, desconcierto, aturdimiento, perplejidad, desasosiego, etc.

miércoles, 10 de septiembre de 2025

Pifias en letra impresa

Cuento

 

Por Bruno Gideon



“TREINTA y cinco palabras, a lo sumo, no hay espacio para más”, ordenó el director al periodista. Así pues, la nota apareció publicada en el diario en estos términos:

Una mujer resbaló al pisar una cáscara de plátano, en un paso para peatones, en la Bahnhofstrasse. Inmediatamente fue transportada a la clínica de la universidad, donde le fue diagnosticada fractura en una pierna.

La primera reacción a la noticia fue rápida: llegó una carta registrada, dirigida al director. Un importador de plátanos escribió:  “Protestamos enérgicamente por su intento de desacreditar nuestro producto. Como en los últimos meses usted ha publicado cuando menos 14 comentarios negativos contra los países productores de plátanos, nos resulta difícil creer que no haya de su parte intención de difamarlos”.

También el director de la clínica de la universidad manifestó su inconformidad, con el argumento de que la expresión “fue transportada ” podría implicar “el transporte de seres humanos como carga”, lo cual iba en contra de la política del hospital. “Además”, subrayaba el quejoso,  “puedo demostrar que la fractura de la pierna se debió la caída de la mujer, y no a su traslado a este hospital, como se ha sugerido maliciosamente”.

Por último, un empleado del Departamento de Ingeniería Civil de aquella ciudad  llamó al diario e informó que las condiciones del paso para peatones donde cayó la mujer no habían sido la causa del accidente. Además, recalcó, el Comité en Pro de la Señalización en los Pasos para Peatones estaba a punto de concluir un informe, después de seis años de trabajo; por tanto, ¿no sería posible, para que no hubiera repercusiones políticas, suprimir toda mención de “pasos para peatones” durante los meses siguientes. 

El diario publicó en su siguiente numero la noticia modificada: Una mujer se cayó en la calle y se fracturó una pierna. 

Al otro día, la dirección recibió dos mensajes relacionados con la nota. Uno de ellos era una carta iracunda de la Asociación no Lucrativa en Favor de los Derechos de la Mujer. Su vocera impugnaba enérgicamente la expresión “una mujer se cayó”, pues la consideraba discriminatoria, una referencia clara a la estereotipada imagen de las “mujeres caídas”, y una muestra más del   “empeño machista por mantener a la mujer en condiciones de sumisión, y apuntalar el orden establecido en un mundo dominado por machos pérfidos y retrógrados”. La misiva incluía la advertencia de una posible demanda judicial, un boicot y otras medidas.

La otra reacción fue la de un lector que cancelaba su suscripción, y se quejaba del creciente número de trivialidades y tonterías que publicaba ese diario. 



© Por Bruno Gideon. Condensado de “Nebelspalter” (25-IV-1988), de Rorschach, Suiza.


Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo XCVIII, Año 49, Número 584, Julio de 1989, págs 75-76, Reader’s Digest Latinoamérica, S.A., Coral Gables, Florida, Estados Unidos



    
Notas

Bahnhofstrasse.- Calle comercial, la más importante de Zúrich, Suiza.
 

Impugnar.- 

1. Combatir, contradecir, refutar.
Sinónimos: refutar, rebatir, contestar, rechazar, oponer, contradecir, objetar, instar, reclamar1.

2. Interponer un recurso contra una resolución judicial. Sinónimo: recurrir. 


Apuntalar.-

1. Poner puntales. Sinónimos. entibar, afianzar, acodar, escorar.

2. Sostener, afirmar. Sinónimos: sostener, afirmar, apoyar, afincar, asegurar, consolidar, reforzar.  

 

Pérfido.- Desleal, infiel, traidor, que falta a la fe que debe. 

 

Retrógrado.-

1. Adjetivo despectivo. Dicho de una persona:
Partidaria de instituciones políticas o sociales propias de tiempos pasados, o contraria a innovaciones o cambios. Sinónimos: reaccionario, retardatario, cavernícola, carca, rancio.

2. Adjetivo despectivo. Dicho de una cosa: Propia de la persona retrógrada. Ideas retrógradas. DLE RAE


martes, 19 de agosto de 2025

Anecdotario IX

Anotación en 1982, en el diario del crítico y ensayista John Bailey:
Bruce Richmond acaba de contarme un hermoso relato sobre Walter de la Mare, quien por fin está recuperándose rápidamente de la prolongada enfermedad que durante tres semanas lo tuvo a las puertas de la muerte. Un día, mientras estaba grave, su hija más pequeña, al marcharse, le ofreció:
—¿Puedo traerte alguna cosa?, ¿frutas o flores?

A lo que el enfermo pudo apenas contestar, con voz débil, pero de manera característica en él:
—No, no, querida; para frutas es demasiado tarde; y para flores, demasiado pronto.


 

El compositor Rudolf Friml encendió su radio un día y se estremeció al oírla la melodía de su más grande éxito musical, Rose-Marie, como fondo de un anuncio de cerveza. Furioso, llamó a su representante y le gritó:
—¿Has oído que están usando mi canción para vender cerveza?
—Maestro, estaba esperando para darle la sorpresa —le dijo el representante—. Hice un trato y te pagarán cincuenta mil dólares anuales por los derechos.

Luego de un instante de silencio Friml murmuró complacido:

—Tiene una deliciosa melodía comercial, ¿verdad?


 

Durante mi primer año en la universidad trabajé en un restaurante especializado en carnes. Un día llegó un cliente de edad madura y mostró un notorio interés en mí. Cuando terminó su café, le pregunté si quería que le llenara otra vez la taza; me miró de pies a cabeza y contestó:
—No, ¡pero cómo me gustaría lo que acompaña al café!

—Aquí tiene. ¡Que lo disfrute! — y le di dos sobres de crema sintética para café.
 

 

Eran escasos los buenos programas en la televisión, y mi marido optó al fin por ver un documental. Presenciamos que dos grillos libraban una feroz batalla para obtener los favores de una hembra. Luego, el macho victorioso se apareó con la cortejada.

—Así es la televisión —comentó mi esposo—. ¡En todo lo que se ve, no hay más que sexo y violencia!



¿Por qué?

Cuando le preguntaron al industrial norteamericano Henry Ford por qué iba a las oficinas de los ejecutivos de su empresa en vez de hacerlos venir a la de él, confesó: “He descubierto que puedo salir de sus oficinas con más rapidez que la que puedo conseguir para que salgan de la mía”



-“Uno de mis motivos para no beber”, decía la extinta política inglesa lady Astor, “es que me gusta saber cuando estoy pasando un buen rato”.



Un productor de Hollywood explica por qué tiene en su escritorio una pecera: “Me encanta ver que alguien abra la boca y no pida aumento”.



 

Definiciones que no están en el diccionario

Banquero: Persona que presta su paraguas cuando el sol está brillando, y quiere que se lo devuelvan en cuanto empieza a llover —Mark Twain

Coqueta: Muchacha que después de conocernos a nosotros prefiere a otro.

Hospital: Lugar de reunión de los amigos del paciente, donde comentan con él sus propios malestares.

Pesimista: Persona que por fin llega a la tierra que mana leche y miel, y sólo ve calorías y colesterol.

Burócrata: Hombre que transforma en problema cada solución.


 

¿Cuán burócrata puede llegar a ser la gente?
El vigilante de un templo impidió la entrada a un fiel descalzo, arguyendo que sólo podían entrar quienes se quitaran el calzado a la entrada del templo. El pobre fiel tuvo que pedirle prestado sus zapatos a un amigo para quitárselos ante el vigilante, que sólo así le permitió entrar. —The Hindu (Madrás, India)



Comedia Estudiantil
Nosotros tomábamos notas mientras el profesor de anatomía disertaba sobre la transmisión de estímulos entre las células nerviosas. De pronto, preguntó:

—¿Podrían decirme como se comunican estas células entre sí?

Luego se quedó esperando a que alguien explicara el fenómeno de la neurotransmisión. Se oyeron algunos murmullos, y al fin un estudiante aventuró:

—¿Con teléfonos celulares?


Un amigo y yo asistimos a la exhibición de la película Hamlet en la universidad. A mí me encantó la belleza del lenguaje, y me dio gusto comprobar que las obras de Shakespeare seguían conservando su fuerza y su verdad.
Mientras salíamos del cine, me pregunté si el resto del público habría apreciado la película tanto como yo. En eso oí que un muchacho se volvía hacia su amigo y le decía:

—¡Cuántas frases famosas dijeron en la película!, ¿verdad?

 

Mis amigas siempre están bromeando por mi falta de habilidades culinarias y domésticas. Una tarde, al volver a casa luego de trabajar, percibí un leve olor a gas y llamé enseguida a la compañía gasera. Poco después llegó un reparador y comenzó a revisar la cocina.
Le informé que no había usado mi horno en dos años y medio. Con expresión de enorme sorpresa, el hombre abrió la puerta del horno e iluminó el interior con su linterna de mano. Luego dijo:

—En más de 26 años que llevo trabajando en la compañía, ¡jamás había visto telarañas en un horno!



“EJERCICIO” es una palabra tan ofensiva en mi familia, que tan sólo de pensarla corro a lavarme la boca con chocolate —Leonore Fleischer



 

Hay dos

... cosas que preocupan a la gente: una es que la situación nunca vuelva a la normalidad; la otra, que haya vuelto. — Funnny, Funny World

... tipos de personas: los ilusos que arrojan monedas a la fuente, y los realistas que las sacan — George Ludcke

... clases de secretos: los que no vale la pena callar, y los que valen tanto la pena que no se pueden callar — Ron Dentinger

... tipos de estadísticas: las que se investigan y las que se inventan —Rex Stout 

 

 

Complaciente
Mis amigos George y Louise se jubilaron y se fueron a vivir a un pueblecito de Arizona. El cumpleaños de Louise se acercaba y George le preguntó qué quería de regalo.
—Bueno—respondió ella en broma —, no estaría mal un Rolls-Royce.
Muy de mañana, el día de su cumpleaños, Louise oyó ruidos extraños en su jardín. Se dirigió de puntillas a la puerta, se asomó y vio dos burros atados a la verja, cada uno con un letrero colgado del pescuezo. Uno decía “Rolls”, y el otro “Royce”.



Durante una lección de gramática el maestro, colega mío, escribió esta oración en el pizarrón: “El bote de basura huele mal”. Como iba a seguir usando el mismo ejemplo en otras clases, no lo borró. Al tercer día, el conserje lo abordó y le dijo:
—Ya hice todo lo posible por limpiar su bote de basura. Y a mí no me parece que huela mal.
Esa tarde, mi amigo dejó escrita otra oración en el pizarrón: “La camioneta azul que está en el estacionamiento necesita una lavada”.



Gajes del Oficio
En mis días de estudiante, tuve un empleo de medio tiempo en una librería. Cierta vez llegó una clienta que deseaba devolver un libro. Le pregunté su nombre, su dirección y otros datos que debía asentar en la nota de reembolso. Por fin llegamos a la última pregunta:
—¿Motivo de la devolución?
Su respuesta fue contundente:
—No me gustó el desenlace.



Dulce y Romántico

Después de 30 años de matrimonio, me asombré cuando mi esposo dijo:
—Me gustaría ver el álbum fotográfico de nuestra boda.
¡Qué dulce y romántico!, pensé, mientras sacaba el álbum.
—Gracias —dijo—. Quiero mostrarles a los muchachos el Studebaker Hawk rojo que conducía yo en aquel tiempo.



Buenos son los viejos libros, pues solamente los buenos llegan a viejos. — Constancio C. Vigil



Urgencia sobre Ruedas
Una mujer dio a luz en un taxi, de camino al hospital donde trabajo. Le pregunté al asustado taxista cuánto había tardado el niño en llorar.
—Como dos cuadras —me contestó.



Algunos tormentos son físicos; otros, mentales; pero lo más completos son los dentales — Ogden Nash



Con toda razón
El siguiente diálogo tuvo lugar en un juzgado de lo familiar:
Pregunta: “¿Qué fue lo primero que le dijo su esposo al despertar esa mañana?”
Respuesta: “Me dijo: ‘¿Dónde estoy, Cathy?’”
Pregunta: “¿Y por qué le molestó eso a usted?”
Respuesta: “¡Porque me llamo Susan!”



Trabajaba yo como enfermera en un hospital de Los Ángeles. Un día trajeron en ambulancia a un hombre que venía acompañado de su esposa y una vecina.
—Estoy preocupada por mi esposo —oí decir a la mujer —. Acabamos de mudarnos aquí y no sé nada acerca de este hospital.
—No te preocupes —le dijo la vecina—. Los médicos y enfermeras son excelentes. ¡Si lo sabré yo! Aquí es donde murió mi esposo.



Modestia Aparte

Estaba yo hojeando un libro en la sección de psicología en una importante librería. A poca distancia de mí, dos hombres discutían sobre los diversos títulos expuestos, y sus comentarios acerca de la mayoría eran muy críticos. Lleno de curiosidad, les pedí su opinión sobre el libro que tenía en mis manos.
—Es una síntesis excelente —dijo uno.
—¿De veras? —repuse—. ¿Ya lo leyó?
—No, señor. Yo lo escribí.



Expertos en Árboles
Preocupado porque un árbol de mi jardín rezumaba savia, acudí a la oficina del Servicio Forestal. Después de explicar el problema a un empleado, se fue al fondo de la oficina y preguntó en voz alta:
—¿Alguien sabe de árboles?



Cierto día, en la tienda de víveres donde yo trabajaba, llegó hasta el local un cliente asiduo en una flamante camioneta de carga. Cuando entró a hacer sus compras, lo felicité por su adquisición.
—Gracias —repuso—. Es el regalo de aniversario que le compré a mi esposa.
—¡Qué marido tan considerado es usted! —le dije—. Y ella ¿le compró algo también?
—Sí —respondió el hombre—. Una sala nueva.



Un hombre no recordaba la contraseña en su PC. Desesperado daba vueltas y más vueltas hasta que el fin la recordó.
La contraseña era: Idiota.


Nota: En próximos artículos pondré la bibliografía básica porque en los primeros con anécdotas olvidé colocar ese detalle.

sábado, 2 de agosto de 2025

Mi Personaje Inolvidable II

Por Jorge Obligado
 
JUGABA yo a la pelota contra la pared del granero cuando oí el ruido de un motor. Los automóviles no eran comunes hace medio siglo en la zona de la Argentina donde estaba nuestra estancia, situada a 160 kilómetros al norte de Buenos Aires, de modo que corrí hacia el camino, a tiempo que un extraño vehículo cruzaba el portón. Era un Ford modelo T, pero no tenía carrocería ni asientos. El gaucho que lo conducía iba cómodamente sentado en su silla de montar, o recado, sujeta al depósito de la gasolina.

De su muñeca derecha pendía el corto y pesado rebenque, como si acostumbrara a usarlo para azuzar al Ford. Detrás de él se veía un fardo con sus efectos personales, amarrado con cuerdas a una tabla atornillada al chasis, y coronado por su guitarra. 
Al verme se detuvo, y me preguntó:
―¿Está su padre en casa?
―En el jardín probablemente.
―Haga el favor de llevarme hasta él.

Yo tenía entonces diez años, y me jactaba de no obedecer jamás una orden sin discutirla antes, pero de aquel hombre emanaba una serena autoridad que me impresionó. Lo conduje al jardín, donde mi padre enseñaba a un peón cómo armar una tubería de agua. El recién llegado se quitó el sombrero y dijo:
—Buenos días, señor. Me llamo Patricio O'Connell; nací en la estancia de al lado donde mi padre era mayordomo. Ahora vengo de la región andina y busco trabajo. ¿Tendría usted algo para mí? Sé hacer muchas cosas bien.
El apellido extranjero no sorprendió a mi padre, pues había varias familias irlandesas en la zona. Consideró un momento la faz aguileña, cuyas varoniles facciones estaban suavizadas por un cutis sonrosado que el sol, la lluvia y el viento no habían conseguido oscurecer, y por unos ojos verdes y soñadores.  Tendría ese hombre unos cincuenta años, y vestía la indumentaria típica de los gauchos contemporáneos: blusa negra y corta, amplias bombachas que desaparecían en unas botas de media caña, y ancho cinturón de cuero ornado con monedas de plata.
―No, Patricio ―repuso―. No puedo ofrecerle nada por el momento.
El forastero no se inmutó. Se puso el sombrero de fieltro y lo echó desdeñosamente sobre la nuca; luego miró en torno y dijo:
―¿Me permite que le pregunte para qué instala esa cañería?
―Pienso construir una pequeña fuente ―explicó mi padre―. La tubería no se verá y el agua, al surgir de entre unas piedras, parecerá provenir de un manantial.
―No me gustan las cosas artificiales afirmó Patricio.
—¡Pero, hombre, estamos en la pampa! No encontrará usted una fuente natural en cien kilómetros a la redonda —repuso mi padre.
—Pues yo creo que hallaré una —dijo Patricio. Y tomando la pala de manos del asombrado peón, agregó:
—Venga conmigo señor, si no le es molesto.
Seguimos a Patricio hasta el fin del jardín, y descendimos tras él por la barranca boscosa hasta que llegamos a un claro sombreado por un gran ceibo. El gaucho inspeccionó cuidadosamente el talud de tosca detrás del árbol, luego cavó en cierto lugar con la pala, y al punto surgió un hilo de agua que serpenteó a nuestros pies.
―Descubrí este manantial cuando jugaba aquí de muchacho ―explicó―. En unos pocos días yo podría construir una linda fuente… y sería natural.
―No tengo alojamiento para usted ―protestó mi padre, vacilando.
―Eso no importa; me haré un rancho, y un cobertizo para el automóvil.
―Pero yo creía que usted había venido a caballo ―observó mi padre, indicando el rebenque.
―¿Lo dice por el talero? Ah, no viene mal cuando hay una pelea. No me gustan los cuchillos.
―Muy bien, puede usted quedarse, pero sólo hasta que termine la fuente.
―Pierda cuidado, no me quedaré ni un día más ―contestó el gaucho orgullosamente―. Me gusta cambiar de querencia.
Y volviéndose a mí, agregó:
—Voy a necesitar un rollo de alambre para mi casa. ¿Quiere usted venir conmigo al almacén?
Cuando volvimos al lugar donde esperaba el Ford, me tomó en brazos y me puso sobre el depósito de gasolina, y partimos en lo que a mí me pareció el más apasionante de los automóviles.
—¿Qué le ocurrió a la carrocería? ¿Tuvo usted un accidente?
—Yo no, pero un amigo volcó su coche en una cuneta, y la carrocería quedó inservible. Entonces le ofrecí la mía, porque él tiene familia.


Varios caballos esperaban entre el polvo frente a un almacén campestre, una tienda donde los clientes podían comprar de todo, desde una trilladora hasta un sombrero de señora, y luego emborracharse para olvidar cuánto habían gastado. Mi padre solía hacerme esperar fuera, pero esta vez entre allí orgullosamente con Patricio. Una vez elegido el alambre, me hizo acercar al mostrador de las bebidas y pidió dos naranjadas.
Un peón gordo y pendenciero que ya había tomado unas cuantas copas, se echó a reír con sorna.
—¿Naranjada, un hombre grande?
—No, gracias, amigo. Otro día.
—¡Nadie se ha atrevido nunca a rechazar una invitación mía! —repuso el peón, provocativo.
—Bueno, ahora alguien se atreve… Hace calor aquí, ¿verdad?
Y Patricio se arremangó la manga izquierda de la chaqueta, mostrando el robusto antebrazo surcado de cicatrices, recuerdo de sendas luchas. El gordo profirió un juramento, arrojó una moneda sobre el mostrador y se marchó.
Más tarde supe que Patricio había sido famoso por su carácter belicoso y por la destreza con que manejaba el cuchillo. Pero en una ocasión hirió de gravedad a un hombre, y aunque el juez falló que había obrado en defensa propia, desde aquel día abandonó el alcohol y las pendencias. Si lo provocaban y la situación se ponía peligrosa, tomaba el rebenque por la lonja y con él desarmaba a su adversario.
Cuando regresamos a la estancia, Patricio eligió para levantar su choza un sitio desde el cual se dominaba el río. Cortó seis troncos de álamo y los clavó en el suelo formando un rectángulo; luego los unió con diez filas de alambre e intercaló entre ellos numerosas varas.


A la mañana siguiente tragué mi desayuno casi entero, tan ansioso estaba de reunirme con mi nuevo amigo. Ensillé a Coco, mi petizo, y galopé a su encuentro. Lo hallé cavando el piso de un pequeño corral que había hecho cerca del esqueleto de su choza.
—Vino a caballo; bien, entonces podría traerme agua del pozo.
Uncí a Coco a un barril montado sobre dos ruedas y comencé a hacer viaje tras viaje para llevar agua a Patricio. Éste había echado mientras tanto paja sobre la tierra removida, y después de vaciar allí varios toneles, comenzó a hacerse barro.
Entonces Patricio desensilló a Coco y lo obligó a entrar en el recinto cerrado.
—Al petizo no le gusta el barro ―dije.
―Si usted no tiene inconveniente en ensuciarse las manos, él bien puede ensuciarse los cascos. Hágalo pisar continuamente ―dijo, dándome un látigo―. Yo iré mientras al río a buscar totora para el techo.
Coco ofrecía un aspecto lamentable; fango y sudor chorreaban de sus flancos. Cada vez que alzaba una pata hacía un ruido como si descorchara botellas de vino. Dos horas más tarde regresó Patricio y anunció que la mezcla tenía ya la consistencia debida y que podía comenzar a rellenar las paredes. Tomando manojos de paja impregnada de barro, los retorcía hasta convertirlos en lo que él llamaba chorizos y los colgaba en los hilos de alambre que unían los postes. Pronto la armazón quedó completamente cubierta. A la mañana siguiente comenzamos a revocar las superficies exteriores e interiores con barro fresco, y dos días después la casa estaba lista.


Patricio pronto se hizo indispensable en la estancia. Podía reparar la locomóvil, arreglar la máquina de coser de mi madre, cambiar las válvulas de cuero de la bomba o ayudar a la vaca que tenía una parición difícil. Observando la luna predecía si el mes iba a ser lluvioso o seco, y discutía gravemente con mi padre la elección de las diversas semillas para la siembra. 
Cuando elogiábamos sus muchas habilidades, respondía con genuina modestia:
―No es que me guste trabajar, pero algo crece en mí como el diente en la boca de la rata, y tengo que gastarlo.

El capataz se puso celoso, pero Patricio no aspiraba a ocupar su empleo. La idea de arraigarse en cualquier parte le disgustaba.

A la puesta del sol, una vez terminado su trabajo, se sentaba frente a su rancho a tocar la guitarra y a cantar. Los otros gauchos y peones se reunían en torno para escucharle. Algunas veces otro gaucho lo desafiaba a una payada, especie de certamen en verso en el cual un trovador de la pampa, o payador, hace a otro preguntas rimadas, y su adversario debe darle respuesta cabal en la misma forma. Patricio generalmente salía triunfante de la prueba.

Era excelente jinete, y en una ocasión pidió a mi padre que le reservase el potro más arisco para domarlo. Un domingo los peones enlazaron uno de fiero aspecto y lo amarraron a un poste dentro del corral. Cuando el caballo sintió la silla, se echó para atrás resoplando, y por poco se estrangula. Pero entonces Patricio se acercó a él y, poniéndole la mano en la cabeza, comenzó a palmearle suavemente el cuello, hablándole al mismo tiempo con una voz grave y sedante que pareció atravesar la muralla del miedo y calmar a la bestia.
―Abran la puerta —ordenó entonces Patricio—. El potro está asustado y quiere huir. Lo dejaré, pero tendrá que llevarme consigo.
Desató el cabestro y saltó en la silla. El animal se abalanzó hacia adelante e inició un furioso galope por la llanura. Caballo y hombre se alejaron tanto que se convirtieron en un mero punto próximo a desaparecer en el horizonte, de pronto los vimos describir un amplio semicírculo y volver hacia nosotros. Cuando llegaron al corral el caballo estaba tan exhausto que ni los gritos de bienvenida lograron conmoverlo.
―Patricio, ¡yo quería verlo corcovear pero usted no lo dejó! ―me quejé, indignado.
―Hay dos maneras de domar un potro ―respondió con calma mi amigo―. Una es demostrar que uno es más animal que él, y la otra es convencerlo de que uno es un ser racional y su lógico dueño.
―Usted condujo muy bien a ese caballo ―elogió mi padre.
―La pampa es la verdadera domadora —contestó Patricio—. Es demasiado grande para que alguien pueda rebelarse contra ella.


Llegó el otoño antes de que la fuente estuviese terminada, pero la demora no fue culpa de Patricio. Siempre había alguna cosa que requería sus servicios. La tormenta había destrozado la rueda del molino o hecho volar las tejas del techo del granero; un toro había roto la alambrada; el bote hacía agua o la chimenea de la cocina estaba obstruida, y Patricio era la persona indicada para reparar esos desperfectos. Mas por fin concluyó la fuente.

Un hilo de agua corría a lo largo de un acueducto de cemento y se vertía en un pequeño lago en cuyo centro se alzaba una isla en forma de volcán. De su cráter saltaba otro chorro hasta unos 15 centímetros de altura. Las paredes estaban adornadas con conchas marinas, y los caracoles que allí vivían habían contribuido a la decoración con sus hileras de huevos rojos.

Para celebrar el acontecimiento mi padre invitó a unos 30 vecinos, e hizo colocar mesas y bancos bajo el ceibo. Patricio se hizo cargo del asador donde se cocinaban al aire libre dos corderos. Una vez terminada la comida, y cuando ya el vino tinto de la región había circulado libremente, le pedimos que cantara algo. Sin hacerse rogar afinó su guitarra y entonó algunas estrofas de “Martín Fierro”, el clásico poema argentino que cuenta la triste suerte de los primeros gauchos, enviados a la frontera a luchar contra los indios mientras extranjeros y habitantes de las ciudades prosperaban en sus tierras. Terminó con una endecha que me llenó de tristes presentimientos porque parecía un adiós.

Se puso de pie bruscamente y desapareció. Traté de ir con él, pero dos señoras de edad me detuvieron, esforzándose por descubrir de qué abuelo o abuela había heredado yo mis ojos y mi nariz.

Cuando por fin me desembaracé de ellas y corrí hacia la choza de mi amigo, oí el ruido del motor del Ford. Patricio había amarrado ya el fardo sobre el chasis y puesto la guitarra encima de él. En el momento en que llegué aseguraba la cincha del recado en torno al depósito de gasolina.
—Patricio, no se vaya, ¡por favor! —imploré, aferrándome a su breve chaqueta negra.
—Debo irme —contestó y agregó con voz solemne:
—He oído que a 400 kilómetros de aquí, en un lugar llamado Tandil, hay una gran piedra que pesa muchas toneladas y se mueve continuamente de un lado a otro, pero tan despacio que para notarlo hay que poner una botella junto a ella. 
Uno espera, y al poco tiempo la botella se rompe, lo que prueba que la piedra se mueve de verdad. 
Es difícil creerlo; tengo que verlo con mis propios ojos.
—¡Lléveme con usted!
―Usted sabe que eso es imposible ―respondió él, sonriéndome afectuosamente—. Espere, le dejaré un recuerdo.
Buscó entre sus cosas y me ofreció un cuaderno escrito con su torpe letra.
―Aquí están mis canciones, esas que a usted tanto le gustaban.

No pude agradecerle porque las lágrimas me lo impedían. Me alzó en sus brazos poderosos y me besó en la frente; luego se encaramó al depósito de gasolina y partió. Yo permanecí largo rato viendo cómo la nube de polvo se posaba sobre la pampa.

Hace unos días encontré ese cuaderno medio deshecho, y al volver a leer los versos reconocí en ellos las tentativas ingenuas de un hombre inculto, pero capaz de interesarse por todo. Filósofo nato, maestro inconsciente, poeta, músico, mecánico y domador, Patricio estaba siempre dispuesto a seguir todos los caminos que se abría ante él, y gozaba al participar en la infinita variedad del mundo. Para él la existencia tenía amplitud de pampa, y supo grabar esa lección en el alma de un niño que hoy, ya hombre, lo recuerda con agradecimiento, porque su ejemplo le ayudó a adaptarse a otro género de vida y a otro país.


Revista Selecciones del Reader's Digest, Tomo XLV, N° 271, Junio de 1963, págs. 105- 114, Reader’s Digest  International, Inc., 270 Park Avenue, Nueva York, Nueva York, Estados Unidos
 

Notas

El relato por sus detalles con respecto a la pampa  y a los gauchos, me hizo recordar a la novela Don Segunda Sombra (1926),  del escritor argentino Ricardo Güiraldes (1886-1927).

Los significados son del Diccionario de la RAE o de otras fuentes, según como se usan en Sudamérica.

Estancia.- Hacienda de campo destinada al cultivo, y más especialmente a la ganadería. 

Gasolina: Nafta, gasoleno, bencina, gasolín, ligroína, etc.

Rebenque.- Látigo recio de jinete.

Azuzar.- Irritar, estimular, hostigar, incitar, excitar, espolear, aguijar, aguijonear, instigar, pinchar, irritar, avivar, animar, estimular, enardecer, etc. 

Bombacha.- Calzón o pantalón bombacho.  

Ornar.- Adornar, decorar, aderezar, engalanar, etc.

Barranca.-
1. Quiebra producida en la tierra por las aguas. Barranco, quebrada, rambla, torrentera.
2. Despeñadero, precipicio, barranco, etc.

Ceibo.- Erythrina crista-galli, el seibo o ceibo es un árbol de la familia Fabaceae originario de Sudamérica.
Se distribuye por el noreste y centroeste de Argentina, el este de Bolivia, el sur de Brasil, gran parte de Paraguay y casi todo Uruguay. Wikipedia

Talud.- Inclinación del paramento de un muro o de un terreno. Pendiente, declive, ladera, cuesta, desnivel, etc.

Tosca.- Piedra caliza porosa que se forma de la cal de algunas aguas.

Talero.-  Americanismo.  Látigo corto y grueso con mango de madera. wordreference.com

Cuneta.-  Zanja en cada uno de los lados de un camino o carretera para recibir las aguas llovedizas. Canal, desaguadero, acequia, etc.

Sorna.- Disimulo y bellaquería con que se hace o se dice algo con alguna tardanza voluntaria. Ironía, burla, sarcasmo, cachita, etc.

Chaqueta.- Prenda exterior de vestir, con mangas y abierta por delante, que llega por debajo de la cadera. Americana, chupa, chaquetón, blazer, etc.

Petizo (petiso).- Caballo de poca alzada. Caballo manso y dócil que se utiliza para el trajín doméstico.

Uncir.-  Atar o sujetar al yugo bueyes, mulas u otras bestias.

Totora.- Planta perenne, común en esteros y pantanos, cuyo tallo erguido mide entre uno y tres metros, según las especies, y que tiene uso en la construcción de techos y paredes para cobertizos y ranchos.

Revocar.- Enlucir o pintar de nuevo por la parte que está al exterior las paredes de un edificio, y, por extensión, enlucir cualquier paramento (cada una de las caras de la pared).

Locomóvil .- Dicho especialmente de una máquina de vapor: Que puede llevarse de un sitio a otro por estar montada sobre ruedas.

Cabestro.- Ronzal que se ata a la cabeza o al cuello de la caballería para llevarla o asegurarla. Brida, cuerda, dogal, etc.

Corcovear.- Dar corcovos (Salto que dan algunos animales encorvando el lomo).

Martín Fierro.- Poema narrativo escrito por el poeta y militar argentino José Hernández (1872).

Endecha.-  Canción triste o de lamento. 

Tandil.- Ciudad argentina en el partido (municipio) del mismo nombre,  en la provincia de Buenos Aires.

Piedra Movediza de Tandil.-  Sobre esta piedra movediza consúltese aquí.

martes, 29 de julio de 2025

Anecdotario VIII

 

En la universidad de Columbia recordaban el día en que el difunto profesor Raymond Weaver dio su primera clase de literatura inglesa. Un murmullo de gozo surgió de entre los alumnos, que habían estado tratando de fastidiar al nuevo catedrático, cuando éste escribió en la pizarra la primera pregunta que ellos debían contestar: «¿Cuál de los libros leídos hasta ahora le ha interesado menos?»

Pero las cosas cambiaron cuando Weaver escribió luego la segunda y última pregunta: «¿A qué defecto atribuye usted esa falta de interés?»


 

Una conocida artimaña de actores y actrices es la de «aumentar sus papeles» añadiendo palabras y hasta frases enteras de su cosecha. Si se les deja por su cuenta llegan a apartarse por completo del argumento original. El finado actor y dramaturgo norteamericano George M. Cohan puso una vez el siguiente aviso tras bastidores: «Habrá ensayo mañana a las 2 p.m. para suprimir las mejoras».

 

Para No Fallar

Un productor cinematográfico de Hollywood que había hablado a todo el mundo de la rigurosa dieta a que estaba sometido, fue descubierto en un restaurante comiéndose un tremendo bistec.

—¿Qué pasa? —le preguntó un amigo— Yo entendía que tú estabas a dieta.

—Lo estoy —contestó el productor—. Esto es sólo con el fin de tener fuerzas para continuar.


 

Dos judíos parisienses, François y Louis, discutieron por una dama. Los ánimos fueron agriándose y agriándose hasta que finalmente los dos decidieron arreglar el asunto con un duelo a pistola en uno de los parques de las afueras.

A las siete de la mañana fijada para el desafío, François estaba allí listo con su pistola, sus padrinos y su médico. Unos pocos momentos después llegó un mensajero con una nota de Louis:

«Mi querido François —decía—si me retraso un poco, no me espere. Vaya disparando».


 

Cuentos de Invierno
Al ver que había nevado mucho, cierto señor que vive en una zona suburbana dijo a su esposa, que, dado el mal tiempo, no iría a su oficina en la ciudad. Los siete hijos de la pareja se habían levantado y se estaban preparando para ir al colegio, cuando anunciaron por la radio que por ese día se suspendían las clases.
De repente el señor decidió arriesgarse a hacer el viaje a la ciudad.
 

Cierta mañana en que caía una nevada, una amiga mía pensó en poner cadenas a las ruedas traseras de su automóvil y para ello pidió ayuda al club automovilístico. Le contestaron: “¿Es un caso de urgencia? Sólo estamos poniendo cadenas a los coches que se hayan quedado atascados”. Mi amiga se dirigió a su auto. Con calma y premeditación lo puso en marcha atrás y, resueltamente, lo metió en un banco de nieve. Hecho esto volvió al teléfono.



 

El consultorio del veterinario estaba lleno cierto sábado en que le llevé al perro de casa. Los animales temblaban nerviosamente en espera de su encuentro con el médico. De pronto, los perros que estaban junto a la ventana se animaron y se soltaron a gruñir, a ladrar y a saltar. Todas las miradas se volvieron a la puerta a ver qué habría podido causar tal conmoción.
Entró el cartero, quien dijo sonriente: “Esta es la que yo llamo mi ruta suicida”.




Una señora colocó un anuncio en un diario local diciendo: “¡Perdí veinte kilos! Vendo toda mi ropa seminueva. Tallas 38 y 40”.
La señora se vio abrumada de llamadas telefónicas, pero ninguna de las personas que llamaban pensaba comprar la ropa. Todas deseaban saber cómo había bajado aquellos 20 kilos.




Lección de Inglés

Al llegar a Miami de vacaciones, y resuelta a practicar el inglés aprendido en el colegio, me puse a regatear con el taxista para que me llevara a conocer la ciudad. Tras escucharme pacientemente, el conductor me dijo en español: “Si insiste usted en hablar inglés, señora, le cobraré cinco dólares más”.




Cuando era estudiante de la Universidad de Mississippi me tocó ser anfitriona en una presentación informal que hacía William Faulkner, escritor que ganó un premio Nobel. El día en que se llevaría a cabo el acto, mi gran entusiasmo se convirtió en nerviosismo. ¿Cómo podría este hombre genial tener algo en común con un grupo de estudiantes universitarios? Según resultó, mis temores eran infundados. Aunque había un inconfundible efluvio de grandeza en torno a Faulkner, también le caracterizaba una sencillez hogareña y terrenal.
Faulkner nos había concedido ya más de dos horas de su tiempo cuando observé que miraba su reloj en repetidas ocasiones. Me apresuré a llegar a su lado para informarle que gustosamente lo excusaríamos si le era preciso marcharse.

“Bueno”, respondió, “prometí a Jill, mi hija, que iría ayudarle a descascarar maíz para las gallinas y no quiero quedarle mal”.



—¿Cómo le va a tu hija en la clase de contabilidad en el colegio? —preguntaba una vecina a otra.
—Muy bien. Ahora, en lugar de pedirnos dinero para sus gastos, nos manda una factura.




Pude haber sido...

...músico, pero fui hombre de una sola pieza.
...futbolista, pero lo único que tuve de atleta fue el pie.
...animador de televisión, pero me faltó ánimo.



 

El periodista Heywood Broun tenía pocos amigos íntimos. Ni siquiera sus compañeros de póquer, con quienes se reunía a menudo, lo conocían bien. En cierta ocasión, durante una partida, uno de ellos le espetó:
—Desde hace mucho tiempo te he tratado, pero tengo la impresión de que si yo cayera muerto sobre esta misma mesa, mi defunción no te arrancaría una sola palabra.
—Te equivocas —disintió Broun—. De hecho diría dos cosas. La primera sería: “Saquen de aquí este cadáver”.
—¿Y la otra?
—“Repartan las cartas”.



Nota: En próximos artículos pondré la bibliografía básica porque en los primeros con anécdotas olvidé colocar ese detalle.

domingo, 3 de noviembre de 2024

La Granja de mis Sueños

¿Cómo llegué a convertirme en una preparadora de ensaladas para criaturas inútiles, yo, que soy una mujer de la ciudad?

  

Por Laura Cunningham


MI ESPOSO y yo siempre habíamos soñado con producir nuestros propios alimentos.
Antes de que adquiriéramos la granja, me imaginaba a mí misma pasando en la mesa unos platones de verdura fresca al tiempo que decía con cierto dejo de modestia: “Son de nuestra cosecha״. Hoy, ambos nos tambaleamos bajo el peso de los sacos de forraje de 25 kilos, destinados a alimentar a un hato de 45 bestias obesas, cuya existencia puede transcurrir en perpetuo éxtasis digestivo. ¿Cómo llegué a convertirme en una preparadora de ensaladas para criaturas inútiles, yo, que soy una mujer de la ciudad?

Empezamos por poner nuestro propio huerto, desastre del que no aprendimos nada. Después de pasarnos toda una temporada trabajando con la cultivadora rotatoria, fertilizando, levantando cercas y haciéndonos trizas la espalda, logramos cosechar “el tomate de los 700 dólares״. Era un hermoso tomate: el único al que le perdonaron la vida las marmotas, las cuales dejaron sus huellas dentales en todos los demás.

Luego vinieron las cabras. Siempre nos había gustado el queso de estos animales, y pensábamos que unas cuantas cabras lecheras finas nos proveerían de exquisito queso y al mismo tiempo harían las veces de traviesas y adorables mascotas. Así pues, adquirí dos cabras chifladas: Lulú y Lulubella.

Si bien no esperaba yo que, de la noche a la mañana, mis cabras me entregaran, ya envueltas, unas hermosas e inmaculadas barras de queso Montrachet, ignoraba que todo ganadero caprino tiene que habérselas con plataformas de ordeño, enfermedades de las ubres y, más que nada, con aventuras sexuales. Las cabras no producen leche a menos que se hayan apareado y, en nuestro pueblo, el único macho cabrío disponible era Bucky, galán cornudo, de largas patillas y hediondo a más no poder. En su primera visita conyugal, Bucky y “las muchachas״ armaron tal jaleo, que causaron daños por más de 2000 dólares al corral, y eso sin contar con que se comieron los antepechos de las ventanas.

Ahora Lulú y Lulubella nos divierten de vez en cuando retozando por el jardín, dándose de topes y ejecutando varias evoluciones coreográficas que evocan algún rito dionisíaco. Pero casi todo el tiempo se concretan simplemente a triscar y a satisfacer sus necesidades fisiológicas.

Luego se presentó el sueño de los huevos frescos, recogidos aún tibios por la mañana, un sueño que se materializó en 38 gallinas iracundas.
Después de invertir varios cientos de dólares en alimento para aves, por fin encontré una mañana un huevo ꟷrojo, sedoso y tibioꟷ, oculto debajo de una gallina que casi me despedazó la mano a picotazos cuando quise cogerlo.
Pronto descubrí que las gallinas son criaturas caprichosas. Hasta el gallo nos ha decepcionado. Mi esposo y yo esperábamos que nos despertara en las mañanas con su orgulloso canto. Sin embargo, en la Granja Ficticia (así bautizamos nuestra heredad), nosotros tenemos que zarandear al gallo al mediodía para que despierte.

Junto con los pollos vinieron los gansos, cuya adquisición constituyó nuestro más craso error. Los ordenamos sin pensarlo dos veces, pues nos sedujo el anuncio de “Gansitos de Tolosa״ del catálogo avícola.

Entre graznidos y comilonas, mis cinco polluelos de pelusa color verde pálido se transformaron al poco tiempo en unas bolas de sebo de nueve kilos. Durante un tiempo abrigué la ilusión de que emigrarían al sur para pasar allí el invierno. Había visto un documental: El increíble vuelo de los gansos blancos de Canadá, y se me ocurrió que podría filmar el de mis gansos con una cámara de video. Por desgracia, mis protegidos vuelan casi tan bien como yo: se deslizan aleteando un par de metros hasta su piscina infantil de plástico.

Me resigné, pues, a administrar un balneario para gansos, pero mi esposo tenía otros planes. “Ya se acerca la Navidad, y la oca está engordando״, susurró con un brillo malévolo en los ojos. Me horroricé.
¿Cómo podía él pensar siquiera en asar un animal que me consideraba su madre?

Los gansitos me habían seguido hasta un estanque cercano, donde unos vecinos me habían asegurado que podía reubicarlos. “En cuanto se metan en el agua, jamás querrán salir de ella״, me habían dicho. Pero no fue así: cuando me alejé, los cinco gansos me siguieron en fila india. Me volví a verlos y alcancé a distinguir sus ridículas cabecitas grises, que buscaban afanosamente mis huellas por encima de la maleza.

Aquello me conmovió, y para siempre. Mis gansos, que ya soltaron la pelusa y tienen la voz ronca, se han convertido en mascotas un tanto grotescas. El único macho, Arnold, incluso se tomó la libertad de picotearme las posaderas en una ocasión en que le di la espalda.
Lo peor es que llegan a vivir más de 30 años…

Actualmente compro “productos frescos de granja״. Escojo mi ganso en una carnicería de primera, y me surto de huevos “recién puestos״ y de queso de cabra en un almacén de alimentos selectos. Debo pagar 2.50 dólares por media docena de huevos, pero aun así resultan más baratos que los míos, que cuestan 300 dólares cada uno si incluimos en el precio ciertas pequeñeces, como los gallineros.

Pero lo mejor de todo es que puedo asar un ganso, enlardarlo y disfrutar de su aroma con la conciencia tranquila, pues sé que no es Arnold.  Mientras tanto, Arnold está allá afuera, en la piscina infantil de plástico, en plenas relaciones incestuosas con sus hermanas.

© 1991 por Laura Cunningham. Condensado del Suplemento Dominical del “Times״ de Nueva York (12-V-1991) de Nueva York, Nueva York.

Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo CIII, Número 615, Febrero de 1992, págs 142-144, Reader’s Digest Latinoamérica, S.A., Coral Gables, Florida, Estados Unidos 




Notas
Hato: Grupo de ganado. Americanismo: Hacienda destinada a la cría de ganado. RAE

Queso Montrachet: Fabricado en el departamento borgoñon de Saône-et-Loire, zona de muchas vacas, es un queso de cabra moldeado en forma de pequeños cilindros entre 75g. y 200g. que madura entre 2 a 4 semanas, ya sea metido en vino o envuelto en hojas de castaño, que es también la forma en que se comercializa. mundoquesos.com


Dionisiaco: Perteneciente o relativo al dios griego Dioniso. RAE
Dioniso o Dionisio: Dios del vino, la diversión y el teatro en la mitología griega, también conocido como Baco entre los romanos.

Triscar:  Enredar, mezclar algo con otra cosa. Torcer alternativamente y a uno y otro lado los dientes de la sierra para que la hoja corra sin dificultad por la hendidura. Hacer ruido con los pies o dando patadas. Retozar, travesear. RAE

Enlardar: Poner grasa en un alimento para cocinarlo. Gran Diccionario de la Lengua Española Larousse

Las notas son mías. R.S.

martes, 30 de julio de 2024

Noche de monstruos

¿Por qué el mundo distrae tanto a nuestro hijo a la hora de dormir?

Por Dave Barry
 

Los niños constituyen el recurso de la naturaleza para controlar la natalidad. A fin de ilustrar la forma en que cumplen con esta función, veamos cómo mi esposa y yo acostamos a nuestro hijo de seis años, Robert, en una noche cualquiera. Con la esperanza de tener algún tiempo entre nosotros, tratamos de que esté en la cama a  las 8 de la noche. Para ello, iniciamos la labor de convencimiento una hora antes.

7 de la noche: Anunciamos: “Robert, es hora de que te prepares para dormir”.

7:04, 7.09, 7:12, 7:14, 7:17, 7:18, 7:22, 7:24, 7:25, 7:26 y 7:27: Le advertimos a Robert que Ahora Sí debe prepararse para ir a la cama y que esta vez Va en Serio.

7:28: Robert se dirige a su habitación y comienza, realmente, a prepararse para dormir. 

7:29: Nuestro hijo no encuentra a Godzilla, su monstruo de hule. Nadie se explica cómo advierte la ausencia del muñeco en un cuarto que contiene unos 78,500 juguetes; pero así es. Y, desde luego, debemos suspender todas las actividades hasta que resolvamos este asunto, porque sería verdaderamente imperdonable que  un chiquillo tuviera que irse a la cama sin su Godzilla de hule.

7:43: Encontramos a Godzilla y Robert empieza a quitarse la ropa. Esto es algo que puede hacer Por Sí Mismo.

9:27: Hasta ahora  se ha quitado Por Sí Mismo la  camisa y un zapato. Acudo a  ayudarlo.

9:30: Ya en pijama, Robert se deja cepillar los dientes, la señal esperada para anunciar que tiene hambre. Le respondemos que la culpa es suya porque no se terminó la cena, que ya no es hora de comer nada, no señor, de ninguna manera, que ni lo imagine, que ya es tiempo de que aprenda su lección, etcétera.

9:57: Robert se termina un  plato de pasta, y se somete de nuevo al cepillado de los dientes.

10:02: Para que se duerma, le leemos el cuento Horton empolla un  huevo, del doctor Seuss. Esto resulta tardado porque debemos examinar cuidadosamente todas y cada una de las páginas por si hay algún detallito que se nos pudiera haber escapado las 267 noches consecutivas en que se lo hemos leído.

10:43, 10:47, 10:51, 10:54, 10:56, y 10:59: Le advertimos que Ahora Sí es hora de irse a la cama y que esta vez Va en Serio.

11.03: Robert se mete en la cama. Lo cobijamos, le damos el beso de las buenas noches, salimos sigilosamente de la habitación: por fin solos.

11.17: Nuestro hijo se queda dormido, pero lo despierta una terrible pesadilla, provocada por compartir su cama con Godzilla, su   monstruo de hule. Se lo quitamos.

11:28: Le damos a Robert el beso de las buenas noches y salimos de la habitación: por fin solos.

11:32: Al escuchar ruidos procedentes de la habitación del pequeño, regresamos y lo encontramos llorando a moco tendido. Casi sin poder articular las palabras, nos explica que la mamá pájaro de Horton empolla un huevo pierde a su cría al final, y que, aunque ella fue muy mala, probablemente ahora esté arrepentida y se sienta muy sola. Intentamos explicarle que esa no es la moraleja de la historia; pero Robert está inconsolable. Acabamos accediendo a que se meta en la cama con nosotros… solamente un minuto.

2:47 de la madrugada: Llevamos a Robert a su cuarto, le damos el beso de las buenas noches y salimos de puntillas de la habitación: por fin solos.

3:14, 3:58, 4:26, 5:11, y 5.43: La casa entra en Alerta Roja conforme se suceden diversas pesadillas de rutina, cada una de las cuales nos obliga a cruzar el pasillo tambaleantes y medio dormidos.

6:12: Amanece.

Cuando leo en el periódico algún artículo sobre matrimonios que tienen, por ejemplo, nueve hijos, nunca me pregunto cómo se las arreglan para cuidar de todos ellos, sino cuándo tuvieron tiempo para concebirlos.


Condensado de “Dave Barry’s Guide To Marriage And/Or Sex”, © 1987 por Dave Barry, publicado por Rodale Press, Inc., de Emmaus, Pensilvania.


Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo CII, N° 608, Año 51, Julio de 1991, páginas 19-20, Reader’s Digest Latinoamérica, S.A., Coral Gables, Florida, Estados Unidos

miércoles, 15 de mayo de 2024

Aquí Yace...

Por Gyles Brandeth

Siete Inscripciones sepulcrales que marcan el lugar de la broma final...

El autor que gusta de visitar por los cementerios de Estados Unidos, ha visto en ellos casi todos los epitafios aquí reproducidos.
Sólo unos cuantos se escribieron para ser publicados.



Aquí yacen
Lester Moore y
cuatro balas
de calibre .44.
Tombstone (Arizona)



Llamó mentiroso a Bill Smith.
—Cripple Creek (Colorado)



Bajo esta lápida yace
Arabella Young
quien el 21 de mayo comenzó
por fin a guardar silencio.
Hatfield (Massachusetts)



En memoria de Elisha Philbrook
y de su esposa Sarah.
Bajo estas losas yacemos,
hombro a hombro,
mi mujer y yo.
Si, cuando suene
la trompeta del juicio,
ella se levanta,
yo no me moveré.
Sargentville (Maine)



Aquí yace el cuerpo
de nuestra querida Anna,
llevada a la muerte
por una banana.
No fue la fruta
lo que la bajó a la fosa,
sino la cáscara
de la maldita cosa.
Enosburg (Vermont)



En memoria de Jared Bates, fallecido
el 6 de agosto de 1800. Su viuda de 24
años vive en la calle Elm número 7,
tiene todas las cualidades de una buena esposa
y anhela ser consolada.
Lincoln (Maine)



Aquí yace Jane Smith, esposa de
Thomas Smith, marmolista.
Este monumento fue erigido por su
marido como tributo a su memoria
y como muestra de su trabajo.
Lápidas del mismo estilo por 350
dólares.
Springdale (Ohio)


Fuente:
Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo LXXXI, N° 484, Año 41,  Marzo de 1981, pág. 1, Reader’s Digest México, S.A. de C.V., México D.F., México


viernes, 29 de abril de 2022

Anecdotario VI

Vamos a ir alternando anécdotas de escritores con las de gente de otras profesiones, de universitarios y de otras partes, aplicando la sabiduría del refrán que dice: entre col y col, lechuga.


Cosas de Irlanda

Durante una conferencia que dio George Bernard Shaw en Dublín, ofendió al público diciéndole que ayudar a las sociedades que se proponían revivir el gaélico era tirar el dinero.

—Si invirtiérais esos fondos en odontología sería de mucho más provecho, declaró en tono desafiante.

El auditorio recibió el consejo con una gran rechifla.

—Si volvéis a hacer eso —amenazó Shaw— continuaré en gaélico, el idioma que todos profesáis amar, y entonces nadie tendrá la menor idea de lo que estoy diciendo.

Durante el resto de la conferencia se hubiera podido oír volar una mosca.


-Al enterarse de que el escritor William Butler Yeats había ganado el premio Nobel, en 1923, Bertie Smiley, propietario del diario Irish Times, resolvió darle él mismo la noticia.

—Tengo el honor de informarle —comenzó a decir Smiley—que acabo de recibir noticias de Estocolmo referentes al premio Nobel. A las glorias de Irlanda se agrega ahora el esplendor poético de...

—Cálmese usted —interrumpió Yeats—. ¿A cuánto equivale en dinero contante y sonante?


En su juventud el político Eamon de Valera fue encarcelado repetidas veces por expresar opinones subversivas, a pesar de lo cual no lograban imponerle silencio. Apenas salía libre regresaba a la lid con mayor vehemencia que antes. Una vez fue detenido en medio de un discurso. Cumplió condena de un año y al salir de la cárcel volvió al mismo salón. Frente al auditorio, comenzó así su discurso:
“Como les iba diciendo cuando me interrumpieron...”



Al caer el telón final de un estreno que protagonizaba la actriz Tallulah Bankhead, ésta se dirigió a su camerino y allí encontró, con gran asombro suyo, a un admirador que ya la esperaba, sin aliento, y que decía rebosante de entusiasmo:

—¡Estuviste estupenda, Tallulah!... ¡Realmente maravillosa!

—¿De veras? —dijo con olímpica frialdad la actriz—. Entonces, ¿por qué no te quedaste en tu butaca aplaudiendo?



Buenas Medidas...

Cuando el actor Charles Laughton se preparaba para la filmación de «Motín a Bordo » se dirigió a una célebre sastrería de la afamada Bond Street de Londres y dijo a un encargado:

—Entiendo que aquí le hicieron un uniforme a un tal capitán Bligh; quisiera que me confeccionaran uno igual a mi medida.
—¿Capitán Bligh, señor?

Laughton asintió con la cabeza.

—¿En qué año sería eso? —inquirió el dependiente.
—En 1789.

Sin inmutarse en lo más mínimo el empleado dijo que vería.

«Y han de saber ustedes —contaba Laughton más tarde— que el dependiente volvió a los pocos minutos con todos los apuntes y medidas. Me hizo los uniformes iguales a los del capitán y los usé para la película».

Nota:  Se me pasó lo de poner a los autores y el número de la revista pero en otros artículos  estarán puestos esos datos.

miércoles, 27 de abril de 2022

Anecdotario V

Del Diccionario del Diablo de Ambrose Bierce citado en la revista Selecciones y con algunos añadidos:

Ambidextro: Capaz de robar con igual habilidad un bolsillo derecho que uno izquierdo.

Calabaza: Planta que tiene aproximadamente el tamaño y el talento de la cabeza humana.

Caníbal: Gastrónomo de la vieja escuela, que conserva los gustos simples y la dieta natural de la época preporcina.

Cobarde: Alguien que en un momento de peligro piensa con las piernas.

Comestible: Agradable al gusto y sano para la digestión; como el gusano para el sapo, el sapo para la culebra, la culebra para el cerdo, el cerdo para el hombre y el hombre para el gusano.

Consultar: Solicitar que otro apruebe un paso que ya hemos decidido dar.

Cortesía: La forma más aceptable de la hipocresía.

Deber: Lo que inflexiblemente nos impulsa por la línea de nuestro deseo en dirección al provecho propio.

Diplomático: Individuo encargado de componer conflictos que no ocurrirían si no hubiera diplomáticos.

Erudición: Polvo que cae desde las estanterías de la biblioteca en un cráneo.

Litigio: Máquina en la cual entra el incauto por un lado como cerdo, y sale por otro como salchicha.

Moda: Déspota a quien la persona sensata ridiculiza y obedece.

Pelmazo o Aburrido: Persona que habla cuando queremos que escuche.

Peripatético: Que camina de aquí para allá. Relativo a la filosofía de Aristóteles quien, al exponerla, caminaba de un lado a otro, para eludir las objeciones de sus discípulos. Precaución innecesaria, ya que ellos ignoraban el tema tanto como él.

Política: Conflicto de intereses disfrazados de lucha de principios. Manejo de los intereses públicos en provecho privado

Presidente: Figura dominante en un grupito de hombres que son los únicos de los que se sabe con certeza que la inmensa mayoría de sus compatriotas no deseaban que llegaran a la presidencia.

Reposar: Dejar de fastidiar

Revolución: Cambio violento y repentino en la manera de desgobernar.

Ruido: Hedor en el oído. Música sin domesticar. El principal producto y el signo más auténtico de la civilización.




miércoles, 14 de diciembre de 2016

El Mejor Consejo que Jamás Oí - I


Por Herbert Morrison
Político inglés

Una Noche en Londres, a eso de la diez, pasé por cierta esquina del escasamente alumbrado barrio de Brixton. Dentro del círculo de claridad vacilante bosquejado por una lámpara de gas, un hombre alto, pálido, peroraba ante un pequeño grupo de curiosos desde su pequeña tribuna portátil.

«Aprended del tema más interesante del mundo… ¡el conocimiento de uno mismo! –gritaba con voz correosa. ¡Aprended cómo se conquista el éxito! ¿Cuáles son vuestras aptitudes para vencer? La frenología os lo dirá».

Tremolaba en la mano un diagrama del cráneo humano, pintorescamente dividido en secciones «historia, matemáticas, memoria», etc., etc.

Yo mandadero entonces de una tienda de comestibles, no tenía la menor idea de lo que la frenología pudiera ser. Pero, si las protuberancias de mi cabeza de rapaz de 15 años señalaban algunas de aquellas capacidades magníficas, necesitaba enterarme de cuáles eran.

Avancé hacia el hombre y le alargué la imprescindible moneda de seis peniques, gasto excesivo para mi pobreza. El frenólogo puso las yemas de sus dedos sobre mi cráneo, protuberancia por protuberancia.
 «Este relieve que se nota sobre las cejas es signo de originalidad. Frente muy bien redondeada (memoria). ¿Has visto alguna vez un retrato de Macaulay? Tenía la protuberancia de la memoria tan grande como un huevo ».

Terminada la interpretación, el hombre me miró a los ojos, y bajando la voz, me dijo gravemente:
« Te ha caído en suerte una buena cabeza ¿Qué es lo que lees?»

-Folletines policíacos –le dije- y novelas cortas.

-Mejor esa bazofia que nada. Pero tienes una cabeza demasiado buena para emplearla en eso. ¿Por qué no materias mejores… historia, biografía? Lee lo que te plazca, pero adquiere el hábito de la lectura seria.

Me lisonjeó que este examinador de innumerables cabezas haya encontrado algo especial en la mía. Camino de mi casa el corazón me palpitaba de prisa. «Herbert Morrison tienes una cabeza demasiado buena para gastarla en vanas lecturas» -decíame también yo a mí mismo». Aunque no había recibido más educación que la de la escuela primaria, me encontraba capaz de acometer lecturas serias.

Al día siguiente, con un chelín ahorrado de mis siete semanales de sueldo, compré un ejemplar de la Historia de Inglaterra, de Macaulay. A pesar de lo que teníamos en común el autor y yo (la protuberancia de la memoria) terminé el libro con una sensación de desencanto. Trataba de asuntos pretéritos demasiado remotos. Días adelante, descubrí Las Lecturas de la Historia de Inglaterra, de Green, obra más moderna que encendió mi fantasía. Por ella adquirí plena conciencia de los problemas sociales, y me di a imaginar cómo podrían mejorarse las condiciones en que vivían los trabajadores londinenses que veía a mi alrededor.

La embriaguez, por ejemplo. ¿Por qué -me preguntaba- tantos individuos beben y beben hasta idiotizarse? ¿No podríamos contenerlos? ¿No podríamos prohibir la venta de bebidas alcohólicas?

Antes yo había divagado ociosamente acerca de problemas de esa índole, hasta darles de lado por insolubles. Ahora, gracias al frenólogo, sabía bien a qué atenerme.

En la biblioteca pública, comencé por leer folletos contra el alcoholismo. De ellos pasé pronto a estudios sobre la revolución industrial y la situación de las clases trabajadoras contemporáneas. Problemas como el de la mala vivienda, altos alquileres, el de la educación deficiente adquirieron verdadero significado para mí. Tuve para la gente que frecuentaba las tabernas una mirada más comprensiva.

Se apoderó de mi alma la emoción de aprender, uno de los mayores gozos que he conocido. Luché por conseguirme tiempo y lugar para leer. Me levantaba una hora antes de lo usual. Luego de vestirme en el cuarto sin calefacción que ocupaba encima de la tienda, me envolvía en una frazada y leía lo que me era posible antes de que la mujer del tendero me llamase a desayunar. Mi habitación era demasiado fría para poder leer en casa durante la noche: y así adopté la costumbre de hacerlo en un café situado a varias cuadras de la tienda. Me sentaba allí con mi libro ante una mesa apartada, pedía una taza de chocolate de medio penique y me estaba leyendo hasta muy tarde. De esta manera fui conociendo el pensamiento de Ruskin, de Matthew Arnold, del príncipe Kropotkin en sus Campos, fábricas y talleres

Posteriormente, siendo ya telefonista de una cervecería, leí los Principios de Psicología, de Spencer y el Origen de las Especies, de Darwin, mientras iba o venía del trabajo en el autobús o el tren.

Mi mente hervía de ideas que a cada momento me era dable confrontar con la realidad. Eché discursos en los mitines socialistas, en las reuniones sindicales y en las discusiones al aire libre. Sustentaba teorías respecto a cómo debían desarrollarse un centenar de diferentes proyectos, desde los de salubridad pública y vivienda hasta los de biblioteca y organización laboral, pasando por los de inspección sanitaria y cloacas, recogida de basuras y baños públicos. (Me sentía personalmente interesado en este último problema, pues tenía que caminar tres kilómetros para poder darme mi friega semanal).

Inevitablemente, terminé por actuar como miembro del movimiento político laborista. Mis campañas me hicieron sentir la necesidad de más amplias y profundas lecturas, al objeto de capacitarme para expresar mis pensamientos y apoyar mis conclusiones. Con frecuencia el auditorio me acribillaba a preguntas. Cuando se planteaba un problema difícil, salía del paso como podía y aquella noche buscaba datos con ahínco en la biblioteca. Era maravillosa la frecuencia con que la misma cuestión se suscitaba en el mitin siguiente.
Huelga decir que toda esta experiencia constituyó valiosa preparación para mi carrera en la Cámara de los Comunes.

He pasado no pocas horas agradables escuchando la radio, y alguna contemplando la pantalla de la televisión. Aplaudo la forma dramática en que por esos artificios modernos  llega a la gente copiosa información útil. Pero no he oído ni visto nunca un programa radiofónico o de televisión que pueda superar el valor de la lectura de un buen libro. Por eso viviré siempre agradecido a mi amigo anónimo, el frenólogo de la esquina que me dio el mejor consejo que jamás oí: adquiere el hábito de la lectura seria.


Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo XXXI, N° 186,  Mayo de 1956, pp. 41-43, Selecciones del Reader’Digest S.A, La Habana, Cuba