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jueves, 24 de abril de 2025

Y me arrodillé a sus pies

Drama de la vida real



Durante 30 años la esposa que me dieron mis padres sólo me había inspirado repugnancia, pero un día supe… y me arrodillé a sus pies.

Por Wang Yang


ESTABA YO en mis cinco sentidos cuando el Dr. Chou Taohsiang me hizo un trasplante de córnea. Los médicos habían anestesiado alrededor del ojo enfermo, pero oía perfectamente el choque metálico de los instrumentos y la voz del Dr. Chou.

Cuando ingresé en el Hospital Militar de Taipeh, llevaba más de tres años con el ojo derecho inflamado. Casi no veía con él, y en el izquierdo padecía una fuerte hipermetropía. Los médicos descubrieron, además, además que tenía queratitis (inflamación de la córnea).

—Tal vez se infectó usted con alguna toalla, o en cualquier piscina —me dijeron.
—Soy instructor de natación en una escuela para oficiales del ejército —repuse.
—Pues probablemente fue allí donde se contagió usted —concluyó el Dr. Chou.

Aproximadamente un año después me enteré de que un trasplante de córnea podría devolverme la vista del ojo derecho del cual ya había cegado por completo. Se lo conté a mi esposa, quien con aire resuelto fue a buscar la libreta de la cuenta de ahorros que guardaba en el banco. Había conseguido ahorrar alrededor de 20.000 dólares de Formosa (suma equivalente a 500 dólares norteamericanos) durante muchos años de trabajo agotador.

—Si con esto no basta, trataremos de conseguir algo más —me dijo,  y añadió—: Tú no eres como yo. Un analfabeto es ciego aunque pueda ver. El que sabe leer necesita los dos ojos.

El Dr. Chou había practicado uno de los primeros trasplantes de córnea lo grados en Formosa, y fui a inscribirme en la lista de sus pacientes. Antes de transcurrido un mes me llamó por teléfono para decirme:
—Un chofer sufrió un grave accidente de automóvil. Antes de morir le dijo a su mujer que procurara reunir cuanto pudiera, con la venta de partes de su cadáver, para ayudar con ello al sostenimiento de sus seis chiquillos. ¿Podría usted pagar 10.000?
La operación y los gastos costarían 8000, poco más o menos. Por tanto, acepté, y recibí instrucciones de presentarme en el hospital al día siguiente.
Verdaderamente había corrido con suerte. Conocía yo algunas personas que debieron esperar varios años una córnea disponible, y agradecí a mi esposa la ayuda que me permitiría operarme.

Cuando me sacaban de la sala de operaciones, mi hija Yung, acercándome los labios al oído, me dijo:
—Todo salió bien. Mamá quería venir, pero tuvo miedo.
—Dile que no venga —le contesté—. Pero explícale que estoy perfectamente, y que no se preocupe.
Mi esposa no había ido a verme la primera vez que estuve en el Hospital Militar, y tampoco en esta ocasión quería yo que acudiera.

Tenía 19 años de edad cuando me casé por voluntad de mis padres*. Mi padre y el de mi esposa eran íntimos amigos (los que nosotros llamamos shih-chiao) y se habían comprometido a que, si las esposas daban varón la una y una mujercita la otra, los casarían al llegar a adultos.

Nunca vi a la muchacha que me habían destinado por esposa hasta que la llevaron a nuestra casa en la litera nupcial. Después de las tradicionales genuflexiones ante el cielo y la tierra, la condujeron a mi habitación.

Cuando por fin levanté el rojo brocado del tocado nupcial de mi esposa, no pude reprimir una exclamación de horror. Tenía el rostro cruelmente cubierto de picaduras de viruela, tan profundas como descoloridas. La nariz era deforme y, bajo las escasas cejas, aprecian unos ojos hinchados por las cicatrices que le cubrían los párpados.  A los 19 años de edad, la joven parecía de 40.

Corrí al aposento de mi madre y pasé la noche sollozando. Ella me dijo que debía resignarme a mi sino. Las jóvenes feas traen buena suerte, me aseguraba; las bonitas sólo dan penas.

Nada de lo que mi madre dijo logró atenuar la angustia que me mordía el corazón.  Me negaba a compartir la misma habitación con mi esposa, a quien ni siquiera dirigía la palabra. Me hospedaba en la escuela, y cuando llegaron las vacaciones del verano, no quise volver a casa y fue necesario que mi padre enviara a uno de mis primos a buscarme.

A mi llegada, mi mujer estaba preparando la cena, alzó la cabeza y, al verme, sonrió. Yo pasé junto a ella sin detenerme. Terminada la comida, mi madre me llamó aparte y me dijo:
—Hijo mío, te comportas cruelmente. Tu esposa no tiene un rostro muy atractivo, pero no puede decirse lo mismo de su corazón.
—No. Debe de tener un corazón muy hermoso, tan bello como el de un ángel —exclamé con violencia—. Si no, ¿cómo me habrían obligado a casarme con ella?
Mi madre palideció.
—Es una chica extraordinariamente buena, comprensiva y considerada —me replicó—. Lleva ya más de seis meses en esta casa, y trabaja de la mañana a la noche, en la cocina y en la fábrica. Ella prepara los alimentos y la ropa de tu padre y mía, y no ha proferido ni una queja por la manera como la tratas. Nunca la he visto derramar una sola lágrima. Pero te aseguro que a solas llora amargamente.
”Por diferentes que seamos, cada uno tenemos una sola vida, continuó mi madre. “Si te atiende solícitamente y cuida tan bien de la casa, si no cabe duda de que sabrá educar a tus hijos como es debido. ¿qué más puedes pedirle? ¿Pretendes que lleve la existencia de una viuda teniendo marido? Ponte en su lugar”.

Mi esposa y yo comenzamos a compartir la misma habitación, pero nada podía cambiar mi repudio. Se mantenía agachada y hablaba en voz baja. Si yo la reconvenía, levantaba la cabeza, me sonreía con aire sumiso, y, en seguida se inclinaba de nuevo. Parece una masa informe de algodón, sin voluntad ni carácter, pensaba yo.

Llevamos más de treinta años de casados, y en ese tiempo es raro que haya sonreído a mi mujer y jamás he salido a pasear con ella. Para ser sincero, muchas veces deseé su muerte.
Y a pesar de todo, mi esposa ha demostrado tener más paciencia y mayor capacidad de amar que ninguna otra persona que yo conozca.

Cuando vinimos por primera vez a Formosa, tenía yo un puesto inferior en el ejército y mi sueldo difícilmente alcanzaba para costearnos el alquiler y la comida. Nuestra hija enfermaba con frecuencia, así que, aparte de todo, teníamos que hacer frente a los gastos médicos. En los ratos que sus quehaceres domésticos le dejaban libres, mi mujer tejía sombreros y esteras de paja para aportar a la casa un poco de dinero.
Cuando nos mudamos a un puerto pesquero en la región oriental del país, se dedicaba a remendar redes; y cuando nos trasladamos al norte, aprendió a pintar piezas de cerámica. A menudo me ausentaba de casa, pero sabía que no tenía por qué preocuparme de los niños y la casa, pues mi esposa estaba pendiente de todo.

Nunca habíamos vivido en las casas del ejército, pues lo cierto es que ambos temíamos que tratara a la gente. Cuando me licenciaron del ejército, nos mudamos a una casa modesta y algo apartada. Nuestra hija Yung había terminado sus estudios y hacía un año que daba lecciones. Su hermano, tres años menor que ella, estudiaba con provecho en la Academia Militar. Yo había recomendado a Yung que no le dijera a su hermano  una sola palabra acerca de la operación hasta que todo hubiera pasado, ya que no quería que nada lo distrajera de sus exámenes de fin de curso.

Yung compró un aparato de radio de transistores para que tuviera con qué entretenerme durante las largas horas que debía pasar con los ojos vendados. Pero me sobraba tiempo para reflexionar, y pensaba con frecuencia en mi mujer. No dejaba de sentir cierta vergüenza por haberle ordenado que no fuera a verme.

Dos semanas después de la operación me comunicaron que pronto me quitarían las vendas. Mi alegría era incontenible. Nunca había estado en reclusión forzada, y me decía que recobrarla libertad sería un gran gozo.
—Cuando me restablezca —confié a Yung—, iré  a visitar la tumba del chofer que me cedió su córnea.
Pero me sentía nervioso, pues no ignoraba la posibilidad de que el trasplante fracasara.  Cuando me quitaron la venda que me cubría el ojo derecho, vacilé en abrirlo.
—¿Puede usted ver la luz? —me preguntó el Dr. Chou.
—Sí, encima de mí —contesté parpadeando.
—En efecto, es la lámpara —me dijo el médico, y me dio una palmada en el hombro—. Todo ha salido bien, amigo mío. Dentro de una semana podrá volver a su casa.

Cada día  en el curso de aquella semana, el Dr. Chou exponía a la luz mi ojo derecho. Primero no veía yo más que sombras; luego distinguí los dedos de las manos del médico. El día que debía volver a casa pude enfocar la ventana, la cama, y aun las tazas de té que estaban en la mesa.
—Mamá está preparando tus platos predilectos para darte la bienvenida —me anunció Yung cuando fue por mí.
—Es una esposa excelente y una madre ejemplar —le respondí.
Nunca me había referido a ella en tales términos.

Mi hija y yo tomamos un taxi.  La muchacha guardó un extraño silencio durante el camino.
Al entrar de nuevo en casa, de donde había salido 21 días antes, mi mujer venía de la cocina con un plato de comida. Apenas me vio, agachó la cabeza instintiva y apresuradamente.
—Ya llegaste —murmuró.
—Gracias por haberme devuelto la vista —le dije.
Era la primera vez que yo le agradecía algo.
Ella pasó junto a mí bruscamente y puso el plato en la mesa. Se apoyó luego contra la pared, volviéndome la espalda, y empezó a sollozar.

Yung entró inopinadamente en la habitación y, bañada en lágrimas, exclamó:
—¡Díselo, mamá! ¡Que mi padre sepa que tú le donaste la córnea! —y sacudía a su madre— ¡Díselo, mamá? ¡Anda!
—No hice más que cumplir con mi deber —replicó mi esposa.
La así por los hombros y la miré a los ojos. El iris del izquierdo estaba tan opaco como había tenido yo el derecho.
—¡Flor de Oro! —era la primera vez que pronunciaba yo su nombre— ¿Por qué?... ¿Por qué lo hiciste? —le reclamé, sacudiéndola con violencia.
—Pues… porque eres mi esposo.
Y Flor de Oro ocultó la cabeza en mi hombro. La estreché fuertemente contra mí… y me arrodillé a sus pies.


*El autor se crió por la época en que los padres debían disponer el matrimonio de los hijos, y éstos tenían que obedecer las órdenes paternas. Tales costumbres, ya rara vez practicada por los días en que se casó el autor, actualmente han desaparecido.



Condensado del “Central Daily News” (10 y 11-VII-1973), de Taipeh, (Formosa, Taiwán)

Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo LXVII, Número 401, Año 34, Abril de 1974, págs 95-99, Reader’s Digest México S.A. de C.V., México


Nota:
Siempre me gustó este relato que leí hace años porque aconsejaba No dejarse llevar por las apariencias, que significa el no basar los juicios o decisiones únicamente en la apariencia exterior de las personas o las cosas, sino en su esencia, carácter o comportamiento. Reconocer que lo que vemos no siempre refleja la realidad y que es importante investigar más allá de la superficie. Hay que abandonar los prejuicios, buscar la verdad, no ser tan superficiales y valorar el interior de las personas (bueno, las que valgan la pena conocer porque así con todo hay que ser un tanto selectivos con quienes tengamos compañía).

Durante algún tiempo esta sección de la revista se llamó Dramas de la Vida Cotidiana, luego se la renombró como Drama de la Vida Real.
Sobra explicar la temática.

Si nuevamente cito algunos de estos relatos dramáticos pondré si es de la primera o de la segunda época.


Sino: azar, hado, suerte, fatalidad, ventura, acaso, fortuna, estrella, casualidad, eventualidad
Reconvenir: censurar, reprender, criticar, reprochar, recriminar, etc.
Inopinadamente: de modo inesperado, imprevisto, repentino, súbito, insospechado. RAE y otros.


jueves, 21 de julio de 2016

En la Hora más Oscura


Por Robert O’Brien
 
Parecía como si todos los males se hubieran dado cita para llegar al mismo tiempo. Una reducción de gastos en el diario en que trabajaba me dejó cesante en momentos en que mi familia necesitaba más de mi ayuda. Andaba yo buscando empleo inútilmente cuando el padre de Mary cayó enfermo de gravedad. Tendría ella que permanecer a su lado por tiempo indefinido, consagrada a cuidarlo. Semanas antes nos sonreía la vida; habíamos estado haciendo planes para nuestra boda. ¿Ahora? Ahora nos hallábamos frente al desastre.
Invierno en la tierra… y también en nuestros corazones.
Multitud de veces me había tocado enterarme de los infortunios ajenos. En mi calidad de reportero debía tomar nota de casos como la pérdida del empleo, la enfermedad repentina, el accidente grave, que dejaban atribulada a una familia hasta entonces dichosa. Mi oficio era escribir acerca de esos casos… impersonalmente. Pero este caso me hería en lo más vivo:el atribulado era yo mismo.
Al final de una tarde plomiza y desapacible, bien abrigado con un grueso jersey, salí de casa y llamé a Mary por teléfono desde la botica de la esquina.
-Salgamos a dar una vuelta y a respirar al aire libre-le dije.
-Vayamos a la playa-propuso Mary-. No sé por qué siento deseos de ver el mar.
Al poco rato se hundían nuestras pisadas en la arena de la playa envuelta en las últimas claridades del atardecer. Las olas claras y frías se estrellaban en la orilla con tumultuoso hervor. Detrás de ellas iba extendiéndose la bruma.
Sentados en un madero que el oleaje había dejado en seco, empezamos a hablar. A nuestra espalda, más allá del alto malecón, se veía el paseo por el que no transitaba un alma. Estábamos solos en el mundo… solos con nuestras penas.
-Todo tiene arreglo en esta vida -me dijo Mary tomando mi mano entre las suyas-. Podemos trabajar y esperar hasta que cambie la suerte.
Trataba de mostrarse valerosa y confiada. Sacudí tristemente la cabeza, consciente de que debíamos arrostrar la realidad, y le dije:
-Las cosas no siempre se resuelven a la medida de nuestros deseos. Cuando la vida se revuelve contra uno, no hay modo de cambiar su curso. He visto fracasar a muchos. Nosotros no somos distintos. La vida no hace excepciones con nadie.
Me quedé mirándola. Tenía la vista perdida en la arena y el semblante velado de tristeza.
-Mary –seguí diciéndole- estamos en un callejón sin salida. Empeñarnos en seguir como vamos será hundirnos juntos. Tu padre no puede valerse sin ti. Yo no tengo con qué mantenerte. Tú tienes que quedarte y yo debo irme. Sí, debo marcharme a buscar trabajo donde lo haya. Tal vez será mejor que trates de olvidarme.
Ella calló. En realidad, nada había que decir.
En la helada brisa nocturna flotó la voz lamentosa de una sirena de nieblas. El frío era cada vez más intenso. Mary empezó a tiritar. Nos levantamos y echamos a andar por la playa desierta, oprimidos de silencio y pesadumbre los corazones.
-¡Mira!
Miré hacia donde señalaba Mary. Al principio vi solamente la perezosa sucesión de las olas. Luego distinguí algo. Parecía un madero, juguete del mar. Sin embargo, Mary y yo sentimos que no era eso. Echamos a correr. El agua nos penetraba de su frialdad al arremolinársenos en las rodillas, en la cintura. Al fin llegamos. Era una mujer. Estaba completamente vestida. La agarramos cada uno por un brazo.
-¡Déjenme!-dijo tratando de soltarse- ¿Déjenme!
Forcejeamos con ella  en medio de la oscuridad y la niebla, entorpecidos nuestros movimientos por el oleaje y lo empapada que teníamos la ropa. Logramos al cabo ganar un sitio donde el agua era poco profunda. Entonces se desmadejó la mujer y quedó hincada de rodillas.
Era bien parecida y no representaba arriba de 25 años. El bolso de mano flotaba cerca de ella, sujeto al brazo por la larga correa del asa.
La mujer levantó la cabeza y nos miró. Tenía hundidos y apagados los ojos, sin color las mejillas. Un temblor le agitaba los hombros endebles. Las olas rompían en torno nuestro y trataban de arrastrarnos; la arena nos restregaba los tobillos.
Medio en vilo, medio arrastrándonos, sacamos a la mujer a la playa. A pocos metros de la orilla se nos escurrió de entre las manos. Arrodillándonos de espaldas al viento, le frotamos enérgicamente las piernas y los brazos. Empezó a respirar lenta y entrecortadamente.
-Voy a pedir auxilio-dije.
-Corre-contestó Mary.
A un kilómetro del malecón había un merendero. El viejo de blanco delantal que estaba ocupado en hacer café me miró de hito en hito. Debía de ser curiosa mi facha con la ropa chorreando agua. Fui al teléfono y llamé a la policía. Cuando iba marcharme se me acercó el viejo.
-Aquí tiene-dijo entregándome una jarra de humeante café y unos vasos de papel. Rehusó con un ademán el pago.
Tropezando aquí y allá en la arenosa playa envuelta en la oscuridad corrí hacia Mary. Quería hallarme a su lado cuanto antes, en el caso que la mujer falleciese.
-Aún tiene pulso-dijo Mary.
-Ya viene la policía.
Viendo que la mujer era incapaz de tomar ni un sorbo de café, seguimos friccionándole piernas y brazos. Nos pareció que era lo único que podíamos hacer por ella. En la sombra nocturna resonaba distante, lento y avasallador el ritmo del mar.
A poco rasgó la niebla el haz de un reflector que desde el malecón recorría la playa. Apenas nos enfocó permaneció fijo en nosotros. Llegaron corriendo dos policías.
Uno de ellos examinó el contenido del bolso de mano. Un billete de 20 dólares. Un pase de automovilista. A la luz de la linterna leyó: «Judith Snow, edad 28 años».
La mujer estaba ahora completamente inmóvil. Era imposible notar si respiraba o no.
-Creo que ha muerto-me dijo uno de los policías.
-No. Todavía se le siente el pulso-dijo Mary.
Rasgó el aire la sirena de una ambulancia. Surgieron de la niebla dos camilleros que corrían hacia nosotros. Rápida y suavemente colocaron a la mujer en la camilla. Vimos dibujarse sobre nuestras cabezas varios rostros a los que servía de fondo el telón de la niebla. Allá arriba, en el borde del malecón, un grupo de gente miraba hacia la playa como miran al redondel los espectadores de un circo.
Triste era la procesión que formábamos al subir por la rampa del malecón los camilleros, los policías, Mary y yo. Al salir de la rampa nos envolvió en fugaz y cegadora claridad el fogonazo de la bombilla de un fotógrafo de periódico que estaba acechando nuestra llegada. Los camilleros deslizaron cuidadosamente a la mujer en el interior de la ambulancia, que acto seguido se alejó a toda velocidad.
Mary y yo tomamos asiento en el auto patrullero de la policía. Uno de los agente apuntó nuestros nombres y direcciones. Le contamos lo que había dicho Judith Snow y cómo habíamos tratado de salvarla. El agente se nos quedó mirando desde la penumbra del fondo del coche. Era joven, y su rostro cobró una expresión preocupada cuando nos dijo:
-Si tardan ustedes unos minutos más, habría muerto sin remedio. ¿Qué tal se siente uno al saber que ha salvado una vida?
Mary me estrechó la mano y no dijo nada. Yo tampoco hallé nada que decir.
Esa misma noche, a hora bastante avanzada telefoneamos al hospital. En mis andanzas nocturnas de reportero había hecho muchas llamadas parecidas; pero esta vez no se trataba de una llamada de rutina.
-¿Quién habla?-preguntó con sequedad la enfermera.
Le di nuestros nombres y agregué:
-Somos los que salvamos a la señorita Snow en la playa del malecón.
El tono de la enfermera se hizo cordial al decirme:
-La señorita Snow no se ha repuesto aún de su estado de postración nerviosa, pero hay en ella voluntad de vivir… y vivirá.
Al otro día por la tarde recibimos una carta por correo expreso. Venía dirigida a Mary y a mí.La letra era clara y firme.
«Me sentía completamente sola en el mundo, y lo veía todo negro, y me dio miedo -decía la carta-. Ignoro por qué Dios se apiadó de mí. Él me hizo ver anoche que no estaba tan sola ni tan abandonada. Para mí será siempre un milagro de Dios que ustedes acertaran a estar por esos lados… dos personas extrañas, y sin embargo, dos amigos.
«Nunca volveré a sentirme sola en el mundo. Ahora sé que Dios ilumina con su presencia el lugar más oscuro y más solitario de la Tierra. Les estoy muy agradecida a ustedes y doy gracias a Dios, que por mediación de ustedes me ha dado una nueva vida y un mundo nuevo. Judith Snow».
Mientras Mary y yo leíamos la carta cruzaban por mi imaginación el viejo del merendero con su espontánea caridad; el joven policía con su cariñosa preocupación; los camilleros con su diligente solicitud; la enfermera con su voz afectuosa… y Judith Snow. Todos, personas extrañas; pero todos seres humanos; todos prójimos nuestros.
Ante un mundo que súbitamente aparecía a nuestros ojos acogedor y cordial, Mary y yo hallamos respuesta a la pregunta: ¿Qué tal se siente uno al saber que ha salvado una vida? Porque si a Judith Snow se le había deparado en la hora más negra de su existencia una nueva vida y un mundo nuevo, a nosotros se nos deparó también igual beneficio.
Nunca más volvimos ni volveremos a sentirnos abandonados y solos en el mundo. Una fe renovadas nos ha dado la fuerza necesaria para transformar las dificultades en fuente de estímulos vitales. Gracias a los solícitos cuidados de su hija, el padre de Mary mejoró en forma tal que dejó pasmados a los médicos. Para la primavera estaba en franca convalecencia. En cuanto a mí, la pérdida del empleo fue en realidad una fortuna: me libró de haberme pasado la vida vegetando. Al enfrentarme a la necesidad de abrirme paso en un nuevo campo, empecé a ganar en breve lo suficiente para sostener un hogar.
Una tarde de junio, al retirarnos Mary y yo del altar después de haber recibido la bendición nupcial, nuestros corazones rebosaban de gratitud.
-Gracias -murmuré al oído de Mary.
-Gracias -murmuró ella sonriendo.
Alimentamos la esperanza de que Judith Snow haya podido oírnos, sea cual sea el lugar donde se encuentre.

Fuente:
Revista Selecciones del Reader’s Digest, Enero de 1954, tomo XXVII, N° 158, págs. 44-48, Selecciones del Reader’s Digest, S.A., La Habana, Cuba