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lunes, 11 de octubre de 2021

Robert Frost. Un Poeta al Relámpago

Por Manuel Jesús Orbegozo



En la Corpac 

Frost baja del avión que lo trae de Sao Paulo. Llega con un grueso abrigo al brazo. Se quita el sombrero y saluda. Le contesta la Embajada Norteamericana, los relámpagos fotográficos, el sol crepuscular y el frío.
―¿Hace frío? —pregunta Frost.
—Sí, mucho frío.
Entonces, Frost, se pone el abrigo. “Hace rato que lo estaba cargando por gusto” —dice—, ensayando su primera satisfacción.
Mientras arregla sus papeles ante la indiferencia aduanera, se le pregunta:
―¿Qué tal la Conferencia de Escritores Interamericanos?
—No me gustan las Conferencias que desembocan en política —satiriza él.

Frost quiere seguir conversando con los periodistas, pero una bellísima dama se interpone. Frost se mete dentro de un “Cadillac”, y se hunde en el corazón de la ciudad.

  

En la Conferencia de Prensa

De arranque Frost llegó tarde. Para Faulkner y Frost, “time no es money”, para ambos: “escribir es dinero”.
Frost llega con su cara de sabueso rastreador de poesía en los troncos de árboles, en los agujeros de las hormigas, en los mugidos de las vacas, en los ras ras ras de las guadañas.

―¿Quiénes fueron sus maestros, Maestro?
—Virgilio.
“Sigue talando con una pesada hacha por cuenta propia en el bosque de Virgilio” —dice lejanamente un crítico.
—¿Qué opina de los poetas de su generación?
―Reservo mis opiniones porque todos son mis amigos.
—Bueno, pero ¿qué dice del mejor poeta, de Ezra Pound?
—¿Usted cree que es el mejor poeta?

En la cabeza se inicia una competencia: Whitman, ganando; Vincent Benét, alcanzando,; más atrás, más poetas. Y llegaron. Bíblicamente, muchos son los llamados, pocos los escogidos.

—¿Usted cree que la poesía debe ser social?
—La poesía debe ser esencial.
—¿Es partidario de la poesía abstracta?
—La poesía no puede dejar de ser abstracta, relativamente.
Un fotógrafo pregunta:
—¿Qué es un poeta, Sr. Frost?
—Un poeta no es un borracho como todos creen.
Levantan la cabeza Paul Verlaine, Rubén Darío, cien más  y Martínez  Luján que recita: “Mientras lloren las viñas, yo beberé sus lágrimas”.
Por todos los caminos queremos llegar a Roma.

―¿Usted ha leído a Paul Eluard?
—Muy poco leo traducciones, yo sólo leo en inglés y en latín.
—Entonces usted no puede dar razón de la literatura universal.
―¿He dicho tanto?
Otra vez el crítico que nos fustiga: “Frost no cree como Sandburg en la eficacia de la rebelión contra los prejuicios y las formas sociales injustas ―no profetiza ni fustiga― acepta todo con resignación. Es un clásico el que continúa ”.
—¿La guerra no se acabará jamás?
—Cuando el agua se acabe.
(Yo conozco un método de acabar con las guerras —dice Osorio y Gallardo: Acabar con los ejércitos)
—Faulkner ha dicho que los norteamericanos no piensan ni les interesa la literatura, ¿Qué opina sobre esto, poeta Frost?
—Yo me pregunto, entonces, ¿cómo vende sus libros?
Rubén Darío, César Vallejo, Pablo Neruda, Ciro Alegría, Rómulo Gallegos se nos quedan en la punta de la lengua, porque Frost no conoce mayormente literatura de Latinoamérica.



Recital en la ANEA

Suárez Miraval hace la presentación. “Sólo dos  veces he oído mencionar mi nombre” ―dice Frost―. Brown Prado lee unas regulares traducciones de “Departmental” en el que habla sobre una hormiga a la que conoció.

Los norteamericanos e ingleses que asisten están como en un cocktail de gustos. Porque Frost es un Bernard Shaw de la poesía, un viejo poeta que se ríe como un fauno de la vida desde el alto sitial donde ahora se encuentra. Permanece de pie, cuarenta minutos. Por debajo de la mesa le aguaitamos bambolearse sobre sus zapatos N° 49, como si estuviera llevando un compás interior. La luz le platina los cabellos peinados al natural.
Intercala diez anécdotas por cada poema. “Una vez un catedrático me preguntó por qué en uno de mis poemas hago hablar a un caballo. ‘Pasémosle la pregunta a un ranchero –dice Frost–. El ranchero contesta:   Sí, los caballos hacen preguntas  y mejores que la mayoría de los catedráticos’”

Risa. Los jóvenes intelectuales que han asistido están en Babia, pero ensayan risas de conejo. “El Decano de los Poeta de América” agradece con una venia profunda, mientras los aplausos dan por clausurada su visita a Lima.


Reportaje aparecido en Cultura Peruana N° 74

Manuel Jesús Orbegozo, Reportajes, Editorial Ausonia, Lima, Perú, 1958, págs. 137- 142


Nota: He puesto los tres reportajes de Manuel Jesús Orbegozo sobre Faulkner, Hemingway y Frost, porque hay una conexión, una coherencia entre ellos la que lleva a una mejor comprensión de los textos.  B.A.


domingo, 10 de octubre de 2021

Ernest Hemingway. El Merlín que nunca “Picó”

Por Manuel Jesús Orbegozo

Ese día Hemingway no “picó”.
Sé positivamente que el viejo Ernest fue tras mi anzuelo, pero no “picó” porque la “carnada” no estuvo bien preparada  y porque él es un “sota” de merlín. Hemingway que vive por la boca, no podía morir como un pez.
La “carnada” decía lo siguiente:


                                                                                                                            

                                                                                                 

                                 Talara, 14 de abril de 1956


Sr. Ernest Hemingway

Presente.

De mi admiración:

He venido expresamente a esta ciudad para presentarle el saludo de mi país, agrupado en el “Círculo de Escritores del Perú”, y a la vez, invitarle a visitar la Capital de la República y el Cuzco, Capital Arqueológica de América.
El “Círculo de Escritores del Perú” aprovechará de esta oportunidad para inaugurar en Lima, un homenaje público de admiración a su talento merecedor, últimamente, del Premio Nobel de Literatura, un busto suyo, del escultor Ccosi Salas.
Los detalles de su viaje a Lima y del homenaje lo ultimaremos personalmente.

         
                                           De usted, atto y S. S.
                                                                          Manuel Jesús Orbegozo



Hemingway me miró de pies a cabeza en un dos por tres y sonrió. Infló sus carrillos de conejo y volvió a sonreír. Todo fue sonrisas. Me extendió la mano luego de pasarse la caña de pescar a la izquierda. Eran las cinco de la tarde y acababa de desembarcar en su segundo da de pesca en Cabo Blanco.
Hemingway se devoraba la “carnada” con los ojos, pero no se animaba a   “picar”. Le brincaba el corazón ante la carta. Gozaba con la invitación. Pero dudaba. A lo mejor se acordaría de Juan José de Soiza que hizo lo mismo para entrevistar a Clemenceau y no “picó.”
Se me escabulló de las manos como un pez. Mary Hemingway me decía al siguiente día:  “Hemingway iría al Cuzco  y a Lima, pero le tiene más miedo a los homenajes que a los tigres”.
En el fondo, yo lo había arruinado todo.



El Viejo Santiago Traicionado

“Al calamar hay que comerlo en su tinta” dijo en su diario el periodista Jorge Donayre. Y así fue. A Hemingway “nos lo comimos en su tinta”
Yo fui  con Hemingway a alta mar. Me embarqué sin que se diera cuenta, en la lancha “Pescadores Dos” a la que subí de “pavo”.  A la que subí con un portaviandas, y donde tuve que esconderme en un W.C. pero de lujo.
Hemingway iba de pie en la cubierta de la “Miss Texas” del Club Cabo Blanco. Iba mirando el horizonte.  Con su “jockey” metido hasta las orejas y su “short” que permitía verle las largas y poderosas piernas de andarín. Llevaba los brazos al aire como unas banderas, mostrando una musculatura de leñador. Bajó después de una hora y se puso a jugar con su caña de pescar.
—Total, esa es la vida, Ernest Hemingway: Juegos, jugar…

Jugar a atrapar un pez después de una hora de espera o de lucha.O al  revés. Porque esa es su vida.
Juego de azar. Tirar el anzuelo y ponerse a esperar como un chino. La lancha cabriolea con un interminable “pega cortada” con el mar. Detrás viene un pez de mentira y otro de verdad. Un pez grande y un pequeño. Cumpliendo cada cual con esa ley casi bíblica de que el pez grande se comerá al chico.
Allí iba Hemingway jugándole sucio al merlín que quería pescar para su película. Porque la carnada era un pez de metal.  Yo lo vi. Era un pez brillante, nuevecito. Hemingway quedaba mal. No les jugaba limpio a los peces.
Hemingway se movía lentamente. Cuando llegó al aeropuerto, un compañero dijo que parecía un oso polar.  No se  equivocó. Así se movía en la lancha.  Y no por no poderlo hacer a la velocidad de un balazo o de un “upper-cut” sino porque él es así. Recordé la opinión de un escritor y le dije a propósito, con el pensamiento:
―Usted es frívolo, Mr. Hemingway.
―No ―protestó el — recuerde la obviedad de los movimientos de los animales. Los animales pueden ser obvios pero no ridículos ni frívolos.

Eran las tres. Ocho horas estábamos ya en el ejercicio. Hemingway se escurrió dentro de la lancha, aburrido o arrepentido de estar traicionando al personaje de su “Viejo y el Mar”. Porque el viejo Santiago estaba solo con su pez y su inmensidad. Y Hemingway no. Hemingway estaba acompañado, en una lancha de lujo y con amigos. Con su whiskey, sus sandwiches de jamón y huevo duro. Él no estaba solo. Pensaría en el viejo Santiago y su mar y debió sentir remordimiento. Debió aburrirse con la compañía de los demás.
Por eso se metió de cabeza en la lanchita feroz.



¿Hemingway es Esnobista?

Desde la “Pescadores Dos” se veía el rostro del viejo Ernest. El sol era un herrero que atizaba sobre la tez del escritor. De repente se alegró a fondo. Cada metro de cordel  que halaba hacía cambiar en gesto a la tripulación. Todo se apagó como un volcán, cuando RufinoTumee,Capitán, gritó: “No es merlín, sino jibia“
Mary Hemingway, obscureció, también su  alegría  gigante. Hace diez años que es su mujer. Contó: “Nos conocimos en Londres, cuando él y yo éramos corresponsales de guerra. Solíamos conversar mucho de la vida, metidos en unos pesadísimos capotes militares, mientras la neblina se empecinaba en tumbar el  ‘Big Ben’.  Nos  enamoramos a primera vista. En 1945 nos separamos para reunirnos en Cuba“. ”Es la cuarta y última mujer” dijo por su parte el novelista.
―¿Hemingway es humano por naturaleza o por snob?
―La mujer de “Papá” como le llaman al viejo Ernest, cariñosamente, no se molestó por la pregunta. Cuando recibió el Premio Nobel, dicen que dijo que Sandburg era más llamado a recibirlo. Hemingway entregó al chofer y a todos sus servidores diez sueldos de gratificación.
―¿Y a usted, señora?
―Me ofreció una escopeta que esperamos comprarla en París, y un cheque de dos mil dólares.
—¿Y todavía tienen dinero?
La pregunta estuvo de más. Mary Hemingway repitió las palabras que su marido dijo dos días antes:  ”Ya no nos queda nada“.



La Mujer de Hemingway 

Hubo un momento en que Mary Hemingway volvió rapidísimamente la cabeza y me sorprendió contemplándola. Yo me escondí detrás del humo de su cigarrillo para no caer in fraganti.
Estaba desde mucho rato atrás  con una sonrisa de cuarto creciente, mientras en la otra lancha, su marido tiraba del cordel y estaba feliz. Cuando Hemingway no sacó nada, su sonrisa en creciente se convirtió en menguante. Su alegría, en efecto, estaba en función de la de él. Era una confirmación de lo que dos días atrás me dijo en el campo de aviación. Cuando le pregunté si se casó con el novelista o con el hombre. “Me casé con el hombre al que amo y no con el novelista al que admiro“.
Eran las tres y ya me moría de hambre. Mi hambre reclamaba desde el desayuno. Cuando ella me invitó a almorzar, yo volé. Comí sándwiches de jamón con queso.  Una pasta amarilla que no me gustó. Y cerveza. Para finalizar me dio una servilletita de papel que yo agradecí con risa a media agua.
Después, Mary Hemingway con su pantalón pescador y sus piernas nadando en aceite de almendras, con su blusa marinera y su sombrero de Catacaos, volvió a hablar del novelista. Relató sus aventuras en el África con accidentes  y todo, en los que casi pierden la vida. Habló de su afición a las corridas de toros y a la amistad con Dominguín.
Allí supe de Hemingway, desde la hora en que se levanta hasta las películas que ve, de su gusto por el “chifa” hasta su desinterés por saber de Faulkner, etc. Allí supe de su odio a la guerra y de cuantos whiskeys por día sabe beber. Allí supe mucho. 

 

Cómo Escribir Una Novela

A Hemingway, el día que llegó a Talara, se le pregunto:
―¿Es usted capaz de dar una receta para escribir una novela?
Él contestó:
—Hay que vivir y hay que inventar.
—¿Cómo inventar?
—Inventar sobre lo que se ha vivido. Hay que escribir las propias experiencias  y agregarles un poco de fantasía.
—De acuerdo a este concepto, ¿cuánto hay de realidad y cuánto de fantasía en sus obras; por ejemplo, en “Por Quién Doblan las Campanas”?
—Estuve en la Guerra Civil Española como Corresponsal, desde que comenzó hasta que terminó. La conclusión puede sacarla usted mismo.
Hubo oportunidad para que el viejo novelista se pusiera pensativo y triste. Para que pensara  en el Gary Cooper izquierdista y repitiera aquello de “La muerte de todo ser me disminuye, porque soy una parte de la humanidad.  Por eso no me gusta preguntar Por quién Doblan las Campanas”.
Y en seguida se sintió como que exclamaba:
―¡Están doblando por ti!



La Muerte es una Ramera

Después le pregunté por “El Viejo y el Mar”. Él respondió:
―Lo escribí en 80 días. Lo pensé 13 años ¿Está conforme?
―Lo que quiere decir que…
—Primero hay que vivir y luego escribir sobre una verdad profunda, que eso tiene más valor que la literatura misma.
—¿Cuál será su próxima aventura?
—No sé, las aventuras vienen a buscarme.
—¿Usted es republicano o demócrata?
―Ni lo uno ni lo otro. Mis antepasados fueron políticos, yo no. Mi abuelo era un “fregado”. Fue un republicano que nunca se sentó a la mesa con un demócrata.”
Esa mañana el cielo de Talara estaba ligeramente nublado. Por algo en un rincón del cielo aparecía un pedazo de arco iris. Había frío. Alguien relacionó la hora con “cortar la mañana”. Entonces a sabiendas, se le preguntó si le gustaba el trago. Claro que dijo que sí.
―¿Y no le hace daño?
—Nunca me ha hecho daño. Además, los periodistas aguantamos cosas peores.
A propósito:
―Como periodista ¿cuál ha sido su mejor noticia?
―La Liberación de París. Yo iba en el ejército de Patton.
Hemingway no escamoteaba ninguna pregunta. Al conminársele a que haga la descripción de Hemingway, contestó:
—Hace muchos años que no me miro al espejo.
Y de sopetón:
―¿Y la muerte?
—Es una prostituta más ―dijo con arte el viejo novelista.
En el minuto fatal, en el último minuto que estaba con nosotros, Hemingway fue genial. Al preguntarle por cuál era el mayor éxito de su vida, expresó rotundamente y filosóficamente:
Durar
Luego se fue. 

 

La Botella de Pisco

Se fue en la camioneta manejada por Plater. Se perdió en la perspectiva de un caminito rural. Iba ansioso. Quería estar pronto con el merlín de su célebre obra.
Esa misma mañana, mientras los dados saltaban  sobre una mesita única del único Hotel de Talara donde hay que hacer grandes esfuerzos para creer que se está en un retazo de la patria, acordamos los periodistas que viajamos desde Lima a entrevistar al famoso escritor norteamericano regalarle una botella de pisco. “Venga la botella” dijimos y nos encaminamos a dársela. Sobre la etiqueta escribí: “Mientras lloren las uvas, yo beberé sus lágrimas”. Y más al pie al lado de un enorme merlín que dibujó Donayre, escribí a 18 puntos: “A Ernest Hemingway, de sus admiradores y noveles colegas peruanos”. Y firmamos.

A las dos de la tarde llegamos al local del Club de Pesca de Cabo Blanco. Lujoso local hecho sólo para ricos. Llegamos  guiados  por una fila de colas de merlín, puestas en unas picotas. Cuando alcanzamos la explanada del Club, la alegría con que Plater festejaba a Hemingway, se fue de narices. Diría: “Me arruinaron”. Hemingway al contrario nos recibió muy feliz.
Cuando tuvo la botella en sus manos, leyó la inscripción y dijo: “Yo beberé estás lágrimas y después guardaré la botella”. Posó para unas fotos y luego bajó al mar. Se perdió en el océano. Iba feliz.

La mujer del campeón de pesca Kid Farrington, que días después en el Hotel Crillón me dijo que a Hemingway le habían dado una fama exagerada de borracho, iba con él. A la Farrington  le contesté que la historia se encargará de juzgarlo y por último, que Hemingway puede darse los lujos que quiere.



Un Criollo “Viejo Santiago”

Mientras tanto los periodistas nos acercamos a Cabo Blanco. Cabo Blanco es una caleta que está entre la amenaza del mar y al amparo de un cerro terroso. Cabo Blanco es un símbolo de un puertito mísero. Corchos redondos flotando en un mar de atarrayas al pie de casas de horcones y totora. Unos, dos, cien pescadores bronceados de un sol cincuenta de estatura. Dueños del mar más que de la tierra conversando en grupos de a ocho. Tumes y Querebalus  zurciendo sus redes. Y un pescador con cinco cervezas en la cabeza preguntando por quién irá a ser el nuevo Presidente, mientras un chancho hociqueaba la calle real y un gallinazo miraba cincuenta metros a la redonda.

Allí, en la caleta de Cabo Blanco, había un “viejo Santiago”. Un setentón y un muchacho de quince años que jalaban a esa hora crepuscular una red interminable.
Nada pescó esa  vez  aquel viejo. Iban también para 84  los días que el mar le jugaba una mala pasada. Pero es una historia muy común, peruana, demasiado vulgar para inmortalizarla en una obra.



Había Una Vez 

Esa segunda tarde Hemingway desembarcó sin cobrar su codiciado merlín. Él no había pescado nada. Yo tampoco. Mi “carnada” y la suya, no habían surtido efecto.  Ambos  parecíamos derrotados, pero no. La esperanza quedaba pendiente.

Hemingway atravesó el muelle. Dos pescadores levantaron la cabeza y lo miraron como a un gringo más, como a un turista más de los que llegan a Cabo Blanco a llevarse mil kilos de un solo anzuelazo.

Casi al final del muelle dos perros se estaban sacando el alma. Peleaban por sus cosas. Fue allí donde Hemingway se paró. Impasible. Abstraído. ÉL, que había visto pelear a los hombres, se detuvo para ver pelear a los perros. Estuvo, como en la Guerra Civil Española, desde el principio hasta el fin.
―¿Cuál es la receta para escribir una novela?
—Hay que vivir y hay que inventar.
―¿Cómo inventar?
―Inventar sobre lo que se ha vivido. Hay que escribir sobre las propias experiencias  y agregarles un poco de fantasía.
Entonces, pareció como que Hemingway comenzó una nueva obra: “Había una vez, dos perros… etc.”



Manuel Jesús Orbegozo, Reportajes, Editorial Ausonia, Lima, Perú, 1958, págs. 87-99


martes, 16 de marzo de 2021

Serás un Hombre, Hijo Mío

“Serás un Hombre, Hijo Mío”


Detrás del bello poema “Si…” se encuentra la historia de amor de un padre y del sacrificio de su  hijo.


Por Suzanne Chazin


El ajado paquete de papel de estraza iba dirigido a “Monsieur Kipling”. Rudyard Kipling, el célebre escritor británico, ganador del premio Nobel, lo abrió, acentuada su curiosidad por los laboriosos garabatos. Dentro había una caja roja que contenía un ejemplar de su novela Kim, con un hoyo de bala que había respetado sólo las últimas 20 páginas. De la perforación, sujeta con un hilo, pendía la Cruz de Malta de la Cruz de Guerra, la medalla que Francia otorga en reconocimiento al valor en guerra.


Le enviaba aquello un joven francés llamado Maurice Hamonneau. En la carta anexa explicaba que, de no haber llevado ese libro en el bolsillo durante cierta batalla, habría muerto. Y pedía Kipling que aceptara el libro y la medalla en prenda de gratitud.


Nunca un honor había conmovido tanto a Kipling como este. Dios se había valido de éste para salvar la vida del soldado. Ojalá hubiera salvado la de otra persona; la de alguien que significaba para él mucho más que todos los homenajes del mundo.

Veintiún años antes, en el verano de 1897, la esposa de Kipling, Carrie, le dio su tercer hijo. La pareja ya tenía dos hijas, Josephine y Elsie, a quienes Rudyard adoraba; pero él deseaba un varón. Siempre recordaría el momento en que llegó a sus oídos aquel chillido.


–Señor Kipling –anunció el médico–, tiene usted un hijo.


Poco después, el escritor contemplaba un pequeño envoltorio de cuatro kilos de peso. Tomó en sus brazos a aquella criaturita que no cesaba de bostezar, y sintió la ternura más profunda.
John Kipling, como llamaron al pequeño, resultó ser un niño inteligente, alegre y dócil. Su padre se sentía feliz. Sin embargo, en el invierno de 1899 la tragedia tocó a su puerta.


Durante un viaje a Estados Unidos, Kipling y su hija mayor, Josephine, contrajeron neumonía. En aquel tiempo, cuando todavía no existían los antibióticos, era poco lo que los médicos podían hacer. El 4 de marzo, Kipling consiguió salir del delirio, terriblemente débil. Josephine murió dos días después.


A partir de entonces, Kipling no soportaba ver los retratos de Josephine u oír mencionar su nombre. Sin  embargo, debía sobreponerse a su dolor por el bien de Elsie y de John quienes tenían tres y diecinueve meses, respectivamente.


De manera que adoptó la costumbre de llevar a pasear a sus hijos a la montuosa región de Sussex Downs. Les construyó una caja de arena y, cuando se trataba de jugar con ellos, ningún juego resultaba demasiado extravagante.


Los más entrañables recuerdos que de aquella época conservó el escritor correspondieron a los inviernos de 1900 a 1907, que la familia pasó cerca de Ciudad del Cabo, Sudáfrica. En las tardes calurosas, Kipling se recostaba en una hamaca, a la sombra de un recio roble, mientras los niños jugaban a su alrededor. Una vez John le preguntó:


–Papá, ¿por qué tienen manchas los leopardos?


En los ojos de Kiplin gdebe de haber resplandecido una chispa.Imitando la voz de un anciano sabio, empezó a explicar que el leopardo había tenido mucho tiempo el color de la arena oscura, al igual que las jirafas y las cebras que cazaba en la sabana. Pero, entonces la cebra y la jirafa resolvieron ocultarse en la selva para frustrar los propósitos del leopardo.


“Después de haber permanecido un largo período la mitad del tiempo a la sombra y la otra mitad fuera”, continuó, “a la jirafa le salieron manchas, y a la cebra, rayas”. Para poder cazarlas en la espesura, el leopardo también debía cambiar, y por eso decidió cubrirse de manchas. “De vez en cuando escucharán a los adultos preguntar: ‘¿No podía el leopardo cambiar sus manchas?’” Kipling les guiñó el ojo a sus hijos y concluyó, negando con la cabeza: “Pues no. Así está muy contento”.
Kipling reunió sus historias fantásticas de la vida salvaje en un libro llamado Just So Stories For Little Children (“Cuentos al Gusto de los Niños”). La obra se publicó en 1902, y fue aclamada por los críticos. El escritor se estaba convirtiendo en uno de los favoritos de los niños de todo el mundo. Pocos sospechaban que aquel hombre, amante de la magia y el misterio de la infancia, había sido tan desdichado en la suya.

Rudyard Kipling, nacido en 1865 en Bombay, India, vislumbró el mundo por primera vez a través de la bulliciosa vida callejera de esa ciudad. Antes de que cumpliera seis años, él y su hermana menor, Trix, fueron enviados a Inglaterra para que asistieran a la escuela. Ahí, la mujer contratada para cuidarlos golpeaba y se burlaba del pequeño y frágil Rudyard, y censuraba las cartas que los niños enviaban a sus padres. Además, con frecuencia encerraba al niño durante horas enteras en un sótano frío y húmedo.
A pesar de ese maltrato, Rudyard se esforzó por ser alegre. Años más tarde escribiría que esa experiencia lo había “despojado para el resto de sus días de toda capacidad de sentir un verdadero odio personal”. Y también le imbuyó la determinación de darles a sus hijos la felicidad, el amor y la seguridad que le habían faltado a él.


A su regreso a la India, Kipling comenzó a trabajar como reportero, y dedicaba su tiempo libre a escribir relatos de ficción. Sus tramas versaban sobre el valor, el sacrificio y la disciplina que había observado en los militares británicos destacados en el país, y sobre el misterio y  el peligro reinantes en la India. Reunió esos relatos en pequeños volúmenes, con la esperanza de que fueran bien acogidos en Londres.


Pero los editores londinenses los ridiculizaron. Uno de ellos escribió: “Me atrevería a conjeturar que se trata  de un escritor muy joven, y que morirá loco antes de llegar a los 30 años”. Kipling cerró los oídos a esas críticas y siguió escribiendo. Al cabo de un tiempo, cuando sus libros cobraron fama y empezaron a buscarlo algunos literatos, académicos y políticos de renombre, mostró ante los elogios la misma indiferencia que antes había manifestado ante el rechazo.


En los primeros años del siglo XX, Kipling hizo muchas advertencias del peligro de una guerra con Alemania, e insistió en que debía instituirse el servicio militar obligatorio. La gente lo tachó de “imperialista” y “patriotero”. Y, a pesar de las crecientes burlas de los pensadores dela época, se mantuvo firme en sus opiniones sacando fuerza de su hogar y su familia.

Para ese entonces, John ya era un muchacho alto y bien parecido. Aunque no era un atleta consumado, le encantaba participar en las competencias deportivas que se organizaban en el internado. ¡Cómo disfrutaba Kipling viéndole correr por el campo de rugby, radiante de entusiasmo! ¡Cómo se enorgullecía!, pero no porque fuera un gran atleta, sino porque manifestaba ese tranquilo arrojo y ese buen humor que él admiraba. John felicitaba por igual a sus compañeros y a sus contrincantes por el esfuerzo que realizaban. Nunca alardeaba de una victoria ni gimoteaba ante una derrota. Si transgredía alguna norma escolar, aceptaba sin chistar el castigo correspondiente. Asumía la responsabilidad de sus actos. en otras palabras, se estaba convirtiendo en un hombre.


Para Kipling, la hombría implicaba afrontar la adversidad con entereza. Deseaba fomentar esa actitud en su hijo. ¡Si John fuera capaz de seguir los pasos de los grandes hombres que él había conocido!; ¡si pudiera regirse por esos valores! ¡si…!


Un día de invierno de 1910, Kipling empezó escribir esos pensamientos para su hijo, que entonces tenía 12 años. Tituló el poema “Si…”, y lo incluyó en un libro de cuentos para niños que se publicó ese mismo año.


Aunque los críticos no consideraron que era de lo mejor que había producido, a la vuelta de unos años el poema de cuatro estrofas, traducido en 27 idiomas, era ya un clásico en todo el mundo. Los escolares lo memorizaban Los jóvenes lo recitaban camino a la batalla. Millones de personas adoptaron sus sencillas normas de conducta para guiar su vida.

En 1915, la guerra que Kipling había predicho asolaba Europa. John ya era un joven de 17 años, alto, delgado y despierto. Tenía el pelo castaño, los ojos de color avellana y un bigote incipiente. Como era corto de vista, igual que su padre, no lo admitieron en el ejército ni en la armada. Kipling consiguió que entrara en la Guardia Irlandesa, cargo que su hijo aceptó con entusiasmo.


John viajó en barco a Irlanda, y en ese país demostró ser un oficial capaz. Mientras tanto, Kipling hizo campaña en su país para conseguir voluntarios, y también visitó Francia con el propósito de escribir sobre la guerra.

En mayo, la noticia de que se habían registrado numerosos bajas sacudió a Gran Bretaña. A medida que los reclutas marchaban en oleadas al extranjero, la partida de John era cada vez más inminente. John sólo tenía 17 años, y requería de la autorización paterna para acudir al frente. Pero, pasara lo que pasara, su padre no podía traicionar los valores que le había inculcado. Así pues, dio su consentimiento.
 

Al mediodía del 15 de agosto, John se despidió de su madre y de su hermana con una inclinación de su gorra de oficial. Carrie Kipling escribió después que se veía muy elegante y gallardo cuando les pidió que le transmitieran su afecto a su padre, quien se encontraba ya en territorio francés.

Apenas seis semanas después, el 2 de octubre, un mensajero se presentó en la residencia de los Kipling para entregar un telegrama del Ministerio de Guerra. John había desaparecido en el frente. Se le había visto por última vez en una batalla que tuvo lugar en Loos, Francia.
 

Kipling hizo hasta lo imposible por averiguar el paradero de John, mas nadie pudo informarle nada. Incapaz de quedarse con los brazos cruzados, recorrió uno tras otro los fangosos hospitales del frente, buscando heridos que pertenecieran al batallón de su hijo. Con la serenidad y la sencillez que lo caracterizaban, de inmediato establecía relación con los soldados a los que trataba. Pero nada podía restañar la profunda herida que crecía en su interior a medida que transcurrían los meses sin recibir noticias del muchacho.
 

A fines de 1917 apareció un soldado que había visto morir a John  dos años atrás, en la batallas de Loos. Sin embargo, esta triste noticia no le dio ningún consuelo a la familia, ya que el cuerpo nunca fue encontrado.
 

Durante el resto de su vida, que fueron 18 años más, Kipling se dedicó al cumplimiento de sus deberes como miembro de la Comisión Imperial de Sepulcros de Guerra: reinhumar y rendir honores a los caídos. Fue él quien propuso la leyenda que se inscribió en la Lápida del Sacrificio de cada cementerio: “Sus nombres vivirán por toda la eternidad”. También la frase: “Conocido sólo por Dios”, que se grabó en las lápidas de los soldados cuyos cuerpos nunca fueron identificados, como el de su hijo. 

Visitó  muchos lugares donde se desarrollaron hechos de guerra y participó en numerosos actos en representación de la comisión. No obstante, todo ese tiempo estuvo abrumado por el desencanto. Había sacrificado el más bello regalo que le había hecho la vida. Y, ¿para qué? En sus noches de insomnio, cuando los techos de madera de su casa de piedra crujían, Kipling pasaba largos ratos en la oscuridad, tratando de dar respuesta a esa pregunta. Por primera vez en su existencia, este hombre que se había ganado la vida por medio de la palabra, no encontraba palabras que aliviaran su pena.
 

En su viaje a Francia visitó a Maurice Hamonneau, el soldado que le envió su Cruz de Guerra al finalizar el conflicto. Se habían carteado durante algunos años, y entre ellos había florecido la amistad. 

Un día de 1929, Hamonneau le comunicaba al escritor que su esposa acababa de dar a luz y le pidió que fuera padrino del niño.
 

Kipling aceptó de buen grado, y agregó que le parecía oportuno darle al pequeño el ejemplar de Kim y la medalla de  Hamonneau
 

El escritor miró por la ventana de su estudio y recordó aquel feliz momento en el que tomó a su hijo en brazos por primera vez. Maurice Hamonneau conocía ya esa mágica sensación. A través de Kipling, Dios había salvado la vida del soldado francés, y de todo aquello había surgido algo milagroso.
Por fin, al cabo de muchos años, Kipling volvió a sentir esperanza. Esa era la razón de que John hubiera sacrificado su vida: los que aún no nacían. Mejor que cualquier monumento que él pudiera construir, aquella criatura tan llena de vida y promesas hacía justicia a la memoria de su valeroso hijo.
 

“Mi hijo se llamaba John. Por lo tanto, el tuyo debe llamarse Jean”, le escribió a Hamonneau. Así, el ahijado de Kipling fue bautizado con el nombre de su propio hijo en francés…, y otro padre conoció la esperanza y el gozo que Kipling había experimentado al ver a su hijo convertirse en hombre.

Si…

Si puedes llevar la cabeza sobre los hombros bien puesta
Cuando otros la pierden y de ello te culpan;
Si puedes confiar en ti cuando todos de ti dudan,
Pero tomas en cuenta sus dudas;
Si puedes esperar sin que te canse la espera,
O soportar calumnias sin pagar con la misma moneda,
O ser odiado sin dar cabida al odio,
Y no por eso parecer demasiado bueno o demasiado sabio;

Si puedes soñar sin que tus sueños te dominen;
Si puedes pensar sin que tus pensamientos sean tu meta,
Si puedes habértelas con Triunfo y con Desastre
Y tratar por igual a ambos farsantes;
Si puedes tolerar que los bribones
Tergiversen la verdad que has expresado,
Y la conviertan en trampa para necios,
O ver en ruinas la obra de tu vida
Y agacharte y reconstruirla con viejas herramientas;

Si puedes hacer un atadijo con todas tus ganancias
Y arrojarlas al capricho del azar,
Y perderlas, y volver a empezar desde el principio
Sin que salga de tus labios una queja;
Si puedes poner al servicio de tus fines
Corazón, entusiasmo y fortaleza, aun agotados,
Y resistir aunque no te quede ya nada,
Salvo la Voluntad, que les diga: “¡Adelante!”;

Si puedes dirigirte a las multitudes sin perder tu virtud,
Y codearte con reyes sin perder la sencillez
Si no pueden herirte amigos ni enemigos;
Si todos cuentan contigo, pero no en demasía;
Si puedes llenar el implacable minuto
Con sesenta segundos de esfuerzo denodado,
Tuya es la Tierra y cuanto en ella hay,
Y, más aún, ¡serás un hombre, hijo mío!


Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo CVI, Número 634, Año 53, Septiembre de 1993, págs 13-18, Reader’s Digest Latinoamérica, S.A., Coral Gables, Florida, Estados Unidos


Nota: En 1992 se identificaron los restos personales de John Kipling, muerto en la batalla de Loos ocurrida entre el 25 y el 28 de septiembre de 1915, y su tumba  se encuentra ubicada en el cementerio Saint Mary's A.D.S. en Haisnes, región de Alta Francia o Altos de Francia, Francia.