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martes, 10 de junio de 2025

Por qué muchos consideran al brasileño Alberto Santos Dumont el "verdadero padre de la aviación" (y no a los hermanos Wright)

 


Por Camila Veras Mota
BBC News Brasil

 

El brasileño Alberto Santos Dumont realizó el primer vuelo de la historia aprobado por la Federación Aeronáutica Internacional.

El 12 de noviembre de 1906, ante una multitud en París , cruzó el campo de Bagatelle a bordo del 14-bis, confirmando que un aparato más pesado que el aire era efectivamente capaz de volar.

Para entonces, ya era reconocido como pionero de la aviación en Europa.

Pasó su tiempo sobrevolando París en globo aerostático, ganó un premio por volar un dirigible alrededor de la Torre Eiffel y apareció en la portada de un periódico.

Entonces, es natural decir que él fue quien inventó el avión, ¿verdad? 

No es tan sencillo.

La polémica dura más de un siglo: Brasil considera a Santos Dumont el padre de la aviación, mientras Estados Unidos defiende —y difunde al mundo— que el título pertenece a los estadounidenses Orville y Wilbur Wright, los hermanos Wright.

¿Quién tiene razón?

BBC News Brasil planteó esta pregunta a ocho expertos en aviación de cuatro países, quienes explicaron los argumentos de ambas partes y acabaron llevando el informe por un camino inesperado.

 

Santos Dumont: el primer vuelo público

La capital francesa no fue escenario del vuelo del 14-bis por casualidad.

París, en aquel entonces, era el centro palpitante de la modernidad que marcó el ritmo de finales del siglo XIX y principios del XX.

Tenía buenas escuelas de ingeniería y concentraba suficiente capital para financiar investigaciones en metalurgia, mecánica, física y química.

Con el desarrollo de nuevos tipos de materiales y de motores cada vez más potentes, la sensación en aquel momento era que sólo sería cuestión de tiempo antes de que alguien consiguiera volar con una máquina más pesada que el aire, afirma el historiador Jean-Pierre Blay.

Fue ese ambiente el que llevó a Santos Dumont a París en 1892.

Santos Dumont ya era un célebre pionero de la aviación para cuando hizo su histórico vuelo. Esta es una postal celebrando su triunfo con su dirigible en una competencia, en 1901.

 

El brasileño siempre había estado fascinado por las máquinas voladoras, y decidió dejar Brasil y cruzar el Atlántico después de recibir un anticipo de su herencia de su padre, que era hijo de un joyero francés y había hecho su fortuna en Minas Gerais plantando café.

Jean-Pierre Blay, que investiga a Santos Dumont desde hace dos décadas, dijo que se integró fácilmente a la vida parisina.

"Ya hablaba francés con fluidez y, gracias a su fortuna, no tuvo dificultades para adaptarse a la vida de París", afirma el historiador.

Fue uno de los primeros miembros del club de vuelo francés y entabló amistad con celebridades de la época, como el joyero Louis-Cartier, con quien frecuentaba el legendario restaurante Maxim's.

En París, Santos Dumont pasó años experimentando con globos y dirigibles hasta que finalmente llegó al 14-bis.

Y fue con ese avión que, el 12 de noviembre de 1906, en el campo de Bagatelle, voló 220 metros frente al público, en lo que fue registrado por la Federación Aeronáutica Internacional como el primer récord de vuelo de la historia.

Al año siguiente, Santos Dumont lanzó otro modelo de avión, llamado Demoiselle, el primer ultraligero y el primer avión producido en masa del mundo.

 

Los hermanos Wright: de Ohio a Europa

Fue después de todo esto, en 1908, cuando aparecieron Orville y Wilbur Wright afirmando haber volado antes que el brasileño, en 1903.

La comunidad aeronáutica francesa inicialmente los vio con escepticismo.

Se sabía por la correspondencia entre miembros de clubes de vuelo de Europa y Estados Unidos que los hermanos Wright -quienes regentaban una tienda de bicicletas antes de convertirse en inventores autodidactas- también participaban en la carrera por desarrollar el primer avión.

Pero durante cuatro años no habían enviado noticias de sus avances.

Santos-Dumont piloteó su avión en el Bois du Boulogne, París, en el que fue el primer vuelo de un avión a motor en Europa en noviembre de 1906, como informó "Le Petit Journal".

 

La justificación que dieron fue que estaban esperando la aprobación de la patente y no querían correr el riesgo de que alguien les robara sus ideas.

Según ellos, el Flyer habría permanecido en el aire durante 59 segundos y recorrido 260 metros el 17 de diciembre de 1903 en Kitty Hawk, Carolina del Norte.

La falta de pruebas irrefutables sobre lo que ocurrió exactamente ese día lo convierte en el primer gran punto de antagonismo entre quienes defienden el espíritu pionero de Wright y quienes apoyan a Santos Dumont.

Se cree que solo cinco personas vieron el avión en el aire, tres de ellas socorristas que trabajaban en una estación cercana.

Entre las pocas pruebas del incidente se encuentran un telegrama, algunas fotografías y el diario de Orville Wright.

Voces como la del físico Henrique Lins de Barros, experto en la vida y obra de Santos Dumont, dicen que el propio relato de Orville proporciona munición para cuestionar el primer vuelo del Flyer.

En el acta de ese día, el estadounidense escribió que el viento soplaba a unos 40 km/h, lo que, según el científico brasileño, sería suficiente para levantar el avión.

"La potencia del motor no fue suficiente, sólo se despegó por el viento", argumenta el ex director del Museo de Astronomía y Ciencias Afines.

Quienes defienden a los Wright contrarrestan esta crítica al Flyer argumentando que pusieron en el aire versiones mejoradas del mismo incluso antes de que el 14-bis cruzara los cielos de París, en 1904 y 1905.

"Lo que sucedió esa mañana [en 1903]: fue la primera vez que los hermanos Wright volaron lo suficientemente bien como para convencerse, en su corazón, de que habían resuelto el problema", dice Tom Crouch, curador emérito del Museo Nacional del Aire y el Espacio, parte del Instituto Smithsoniano, y autor de varios libros sobre los Wright.

"Todavía tenían que hacer muchos ajustes, pero habían construido un avión y había volado", añade.

En 1905, según el historiador estadounidense, ambos ya contaban con un avión "funcional", capaz de despegar, mantenerse en el aire y aterrizar con seguridad.

Todos estos vuelos también se realizaron en secreto, sin vista del público, en las praderas del estado de Ohio, donde vivían.

Tres años después, los Wright hicieron todo lo posible para que se les reconociera como los primeros.

 

"Por la conquista del aire": esta litografía de 1908, que muestra a Wilbur Wright y Santos Dumont, ilustra la lucha por el título de "primer vuelo". 

 

Viajaron a Europa en una especie de gira, realizando más de 200 vuelos de demostración en Francia e Italia entre 1908 y 1909, recorriendo casi 100 kilómetros en algunos de ellos.

El paso de ambos por el continente se convirtió en una especie de espectáculo, dice Blay.

En un momento dado, miembros de la aristocracia europea -inglesa, belga, italiana, española- incluso pidieron sentarse en el Flyer y volar junto a Wilbur Wright.

"Era un honor. Era un espectáculo", dice.

Es en este ambiente que figuras como el capitán Ferdinand Ferber, pionero de la aviación francesa, comienzaron a abrazar la defensa de los Wright, argumentando que todo esto no podría haberse inventado de la noche a la mañana.

 

La catapulta

El ex mecánico de aviación Lito Sousa, creador del canal Aviões e Música en YouTube, está entre los que creen que el avión de los hermanos estadounidenses tenía sustentación.

Sin embargo, argumenta que "la hazaña de Santos Dumont es mucho mayor" porque el 14-bis, "con sus ruedas de bicicleta, despegó del suelo por la fuerza del propio motor, sin ayuda externa".

 

El británico Paul Jackson, que fue editor jefe durante 25 años de una de las publicaciones de aviación más importantes del mundo, Jane's All the World's Aircraft, está con quienes critican la catapulta usada por los hermanos Wright.

Para él, es una prueba de que el avión que los Wright presentaron al mundo en 1908, aunque "manejable", era "incompatible con el uso y funcionalidad de un avión".

"A los hermanos Wright sólo les importaba lo que pudieran demostrar en sus aviones que fuera patentable. Estaban ahí por el dinero", afirma.

"Fueron de los últimos aviadores en poner ruedas a sus aviones y permitirles aterrizar en cualquier pista, despegar de cualquier pista y regresar al punto de despegue", añade.

 

Una construcción colectiva

Sin embargo, Jackson no está en ninguno de los dos bandos de la contienda.

Entró en ella por casualidad en 2013, cuando se convirtió en blanco de fuertes ataques tras publicar un editorial sobre otro pionero de la aviación, Gustav Weisskopf, un alemán residente en Estados Unidos que se dice que voló en 1901, antes que los hermanos Wright.

"Recibí una lluvia de insultos de gente que apoyaba a los hermanos Wright, que me decía: '¡Cómo te atreves a decir que alguien podría volar antes que los hermanos Wright!'", cuenta.

Santos Dumont y los hermanos Wright no son los únicos que se atribuyen el estatus de pioneros.

Además de Gustav Albin Weisskopf —o Whitehead, en la versión adoptada al emigrar de Alemania a EE.UU.—, está el neozelandés Richard Pearse, en un vuelo en marzo de 1903, entre otros.

Así que para Jackson, toda la discusión sobre quién inventó el avión es prácticamente inútil.

"No hubo ninguna 'invención'. Nadie se despertó un día, dibujó y dijo: 'Oh, este es el avión que funcionará'", argumenta. "Fue un esfuerzo colectivo de muchísimas personas, todas trabajando juntas".

El británico no es el único que piensa esto.

En una docena de entrevistas, BBC News Brasil escuchó este punto de vista más de una vez, incluyendo de boca del aviador Lito Sousa.

"Fue un proceso que se transmitió de generación en generación, en el que uno construía sobre lo que el otro había descubierto", señala Sousa, quien destaca el trabajo del alemán Otto Lilienthal, quien en el siglo XIX perfeccionó la aerodinámica de los planeadores.

 

Por el bien público vs el personal

Sostiene, sin embargo, que Santos Dumont fue "el verdadero padre de la aviación", realizando una contribución fundamental al sector con el Demoiselle, que acabó siendo el primer avión producido en serie en el mundo.

"Es prácticamente un avión, un ultraligero, que despega y aterriza solo", dice el aviador.

Santos Dumont pilotea un monoplano Demoiselle hacia el castillo de Wideville, Francia. Lo creó en 1909, y se convirtió en uno de los favoritos de los pilotos deportivos.

 

El brasileño publicó todas las especificaciones del avión para quien quisiera reproducirlo o mejorarlo, una especie de "aviación de código abierto", explica Sousa, tomando prestada la expresión utilizada actualmente en el mundo de la tecnología para un software cuyo código fuente es puesto a disposición por los desarrolladores.

La postura es diametralmente opuesta a la de los hermanos Wright, quienes después de esa estancia en Europa pasaron años enredados en disputas de patentes.

"Lo único que la aviación obtuvo de los hermanos Wright fueron órdenes judiciales de sus abogados", afirma Jackson.

Uno de los objetivos de estas demandas fue el pionero de la aviación Glenn Hammond Curtiss, quien formó parte de un grupo de investigación financiado por Alexander Graham Bell, la Asociación de Experimentos Aéreos, con el objetivo de desarrollar aviones y fue acusado de infringir una patente de Wright.

"Desde el principio odiaron a Curtiss porque los había precedido en un vuelo público en 1908", dice Marcia Cummings, familiar del aviador. El 4 de julio de ese año, Curtiss voló ante más de mil personas en Hammondsport, Nueva York, durante una competición.

Ella, Paul Jackson y el ingeniero aeronáutico Joe Bullmer tienen un blog en el que, entre otros temas, cuestionan una serie de puntos sobre el vuelo de los Wright del 17 de diciembre de 1903, destacando que los relatos de los pocos testigos presentes a menudo contradicen el de los propios hermanos.

Además, junto a otros familiares de pioneros de la aviación, Cummings se ha dedicado en los últimos años a recopilar documentos que prueban, según ella, que los hermanos trabajaron para borrar de la historia a importantes figuras de la aviación.

Amanda Wright Lane, pariente de los Wright y responsable del legado de sus tíos abuelos, desestima la acusación y afirma que no cree que Orville (Wilbur falleció en 1912) "perseguiría intencionalmente a alguien para hacerles daño".

"Pero sí defendía lo que él y Wilbur hicieron, y la verdad de lo que hicieron", añade.

 

La ciencia del reconocimiento

Toda esta discusión aún se limita a unos pocos círculos, básicamente fanáticos de la aviación.

Los niños estadounidenses siguen aprendiendo en la escuela la versión de la historia donde sólo los hermanos Wright son los protagonistas, una narrativa que se reproduce en varios otros países.

 
Hay un grupo de expertos que luchan para que se reconozca la que aseguran es la verdad.
 
 
Durante más de una década, personas como Marcia Cummings, Paul Jackson, Joe Bullmer y el historiador de la aviación John Brown, autor de un libro sobre Gustav Weisskopf, se han sumergido en fuentes primarias como fotografías, cartas y documentos con la esperanza de sacar a la luz lo que ellos consideran la verdad.

En opinión de Jackson, su trabajo es uno de los muchos que en las últimas décadas han arrojado luz sobre figuras poco apreciadas en la historia de la ciencia, que suele recompensar con reconocimiento a quienes están "en el lugar correcto en el momento correcto y saben cómo venderse a sí mismos".

"El crédito todavía se le da a la gente con nombres y abogados mejor pagados", opina.

"Si nos fijamos en la mayoría de los inventos de los siglos XX y XIX, normalmente se atribuyen a las personas equivocadas", argumenta el experto en aviación.

"[Guglielmo] Marconi no inventó la radio, [Alexander Graham] Bell no inventó el teléfono."

En el caso de Bell, el clamor tuvo efecto, e incluso el Congreso estadounidense reconoció, en 2002, que aunque Bell había patentado el teléfono, el dispositivo en realidad había sido inventado por Antonio Meucci: el estadounidense había robado las ideas del inventor italiano.

"Creo que se necesita un flujo constante de información y gente como yo y mis amigos que nos indique la dirección correcta", reflexiona, diciendo que espera "vivir lo suficiente" para ver a los pioneros de la aviación que han sido borrados de la historia recibir el debido reconocimiento por sus contribuciones.

 

El epílogo de Santos Dumont

 
A Santos Dumont le horrorizó que sus creaciones se usaran para matar.
 
 

En el caso de Santos Dumont, un detalle importante de su biografía permaneció desconocido para el gran público durante mucho tiempo, pero por otras razones.

Durante muchos años se creyó que había muerto de un "colapso cardíaco", como decía su certificado de defunción.

Fue recién en 1944 que se hizo público que el brasileño se suicidó en una habitación del Hotel de La Plage, en Guarujá, en el litoral de São Paulo, el 23 de julio de 1932.

El aviador no dejó ninguna nota explicando por qué decidió quitarse la vida.

Una hipótesis es que se deprimió tras ver su invento convertido en una máquina de matar en la Primera Guerra Mundial y posteriormente en Brasil durante la Revolución Constitucionalista de 1932, que se desarrollaba cuando viajó a la costa de São Paulo.

En un artículo, Henrique Lins de Barros cita el libro "Las luchas de Gloria y Martírio de Santos Dumont", que relata cómo, al enterarse del conflicto, Santos Dumont se desahogó por teléfono con su amigo, el profesor José de Oliveira Orlandi.

"¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Es que no hay manera de evitar el derramamiento de sangre entre hermanos? ¿Por qué creé este invento que, en lugar de contribuir al amor entre los hombres, se convierte en un arma de guerra maldita? Me horrorizan estos aviones que sobrevuelan Santos constantemente", lamentó.

 

Fuente: Padre de la Aviación 

 
 
 


 

miércoles, 4 de junio de 2025

De edificios emblemáticos a avances en la medicina: grandes ideas que nacieron garabateadas en servilletas

 

 
Hay servilletas que han hecho historia.
 
 
Por Dalia Ventura
BBC News Mundo
 
 
"¡Servilletas de papel! ¡Quién ha oído semejante disparate! ¿Para qué sirven?".

Eso exclamaban "muchas buenas amas de casa" al enterarse que estaban a la venta, contó en 1896 Helen Thompson, de la revista Brooklyn Magazine.

Poco a poco, sin embargo, irían conquistando espacios públicos hasta que en la década de 1950 empezaron a recibir el sello de aprobación de los rectores de la etiqueta, y a volverse ubicuas.

Desde entonces, muchos arquitectos o sus allegados les responderían a esas amas de casa que las servilletas de papel servían para verter ideas. 

Incontables diseños de edificios de todo el mundo empezaron esbozados en esos trozos de papel producidos para limpiarse al beber o comer, incluidos varios famosos, como el Museo Guggenheim Bilbao.

El influyente arquitecto Frank Gehry contó que cuando fue nominado para diseñarlo, estuvo una noche en un bar cercano y comenzó a esbozar un diseño en una servilleta de cóctel, sin levantar el bolígrafo del papel para lograr un diseño fluido.

La práctica es tan valorada en la arquitectura que hay subastas de servilletas, y la frase "boceto en servilleta" es sinónimo del momento de la génesis conceptual.

Pero también fuera de ese círculo, hay servilletas que han hecho historia.

Probablemente no reconocerías el nombre David H. Shepard.

Ni tampoco el de su creación, a pesar de que seguramente la has visto, y a menudo.

Shepard fue el inventor de una de las primeras máquinas que leía recibos de tarjetas de crédito.

Su Corporación de Investigación de Máquinas Inteligentes desarrolló y vendió los primeros sistemas de reconocimiento óptico de caracteres a empresas como AT&T, First National City Bank, Reader's Digest y la mayoría de las principales petroleras.

Sin embargo, detectó un problema.

Como el reconocimiento óptico de caracteres se implementó por primera vez en las gasolineras, cuando la gente usaba tarjetas para pagar, los recibos inevitablemente se manchaban de grasa, aceite y otras sustancias.

Necesitaba idear la forma de combatir esa contaminación de los datos financieros.

Y lo hizo, en una servilleta, durante una cena con su esposa en el Hotel Waldorf-Astoria de Nueva York, en 1952.

Buscando las formas más simples y abiertas posibles, lo que dibujó fueron esos números rectilíneos que aparecen en muchas tarjetas de crédito.

Para que el reconocimiento de los datos fuera más fiable, Shepard decidió crear una fuente solo para dígitos.

 

La fuente numérica Farrington B se transmitía con claridad al usar los dispositivos de procesamiento de tarjetas analógicos de mediados del siglo XX.

Hoy en día, las compañías de tarjetas de crédito pueden usar cualquier fuente para el número de cuenta, pues toda la información pertinente se obtiene de la banda magnética o del chip EMV.

Pero esos distintivos dígitos se siguen usando con frecuencia pues Farrington B es casi una tradición.

 

La imagen de tus órganos

A principios de la década de 1970, el químico estadounidense Paul Lauterbur ya era uno de los principales especialistas en espectroscopia de resonancia magnética nuclear (RMN).

La técnica se basa en las propiedades magnéticas del hidrógeno presente en el agua, que constituye aproximadamente dos tercios del cuerpo humano.

Cuando los átomos de hidrógeno se ponen en un potente campo magnético y se bombardean con ondas de radio, emiten señales que proporcionan información sobre su entorno local.

Los químicos utilizaban RMN para determinar la estructura de las moléculas orgánicas.

Pero hasta entonces a nadie se le había ocurrido que podía llegar a ser una herramienta que los médicos podrían usar para crear imágenes detalladas de órganos internos.

De una servilleta a un premio Nobel: Lauterbur lo recibió de manos del rey Carlos Gustavo Suecia en Estocolmo en 2003. 

 

La idea se engendró tras un encuentro furtivo de Lauterbur con un investigador en el verano de 1971.

Le habló sobre un estudio de tejidos cancerosos con ratas que intentaba ver si con RMN se podía detectar tumores.

Lauterbur quedó impresionado, pero le pareció "demasiado desagradable" el que se tuvieran que sacrificar animales para investigar: debería ser posible obtener la misma información de forma no invasiva desde fuera de un cuerpo vivo, pensó.

Esa misma noche, se fue a comer al restaurante Eat'n Park Big Boy de Pittsburgh, y mientras reflexionaba garabateó ideas en una servilleta de papel.

Esas ideas, concebidas entre bocados de hamburguesa, propiciaron el nacimiento de la resonancia magnética, o IRM.

Más de 30 años después recibió el Premio Nobel de Fisiología o Medicina (2003) por darle a los médicos la capacidad de mirar dentro del cuerpo humano sin utilizar radiación dañina.

 

Los datos invisibles

Quizás resulte curioso que en el campo de la tecnología, que ha creado tantas herramientas para reemplazar al lápiz y papel, el boceto en servilleta también haya jugado un rol.

Sin embargo, ha ocurrido en más de una ocasión.

La más legendaria tiene que ver con la creación de Ethernet, el sistema para conectar dispositivos que precededió al ahora omnipresente Wi-Fi.

Y se sigue usando, porque enviar datos por cable es más rápido, fiable y seguro que enviarlos mediante ondas de radio.

El nombre "Ethernet" proviene de la referencia histórica al éter luminífero, una teoría del siglo XIX sobre una sustancia que se creía que transportaba ondas electromagnéticas.

 

El sistema fue creado inicialmente en 1973 por un grupo de ingenieros del Centro de Investigación Xerox Palo Alto (PARC).

Uno de ellos era Robert Metcalfe, quien era especialista en comunicaciones.

Le encomendaron la tarea de diseñar y construir la red que uniera unas computadoras llamadas Alto, que ya disponían de capacidades gráficas y ratón, y serían consideradas los primeros ordenadores personales.

La idea, que ahora parece obvia pero era revolucionaria, era conectarlas para poder compartir información e imprimir documentos. 

Metcalfe realizó el primer boceto conceptual en una servilleta, dibujando un diagrama para conectar varias computadoras en una red de área local.

Y lo etiquetó con una palabra: "¡ETHER!".

 

Una curva económica

En uno de los momentos icónicos de la economía moderna, un joven profesor dibujó un sencillo gráfico en una servilleta en 1974, y trazó una nueva dirección para el Partido Republicano de EE.UU.

Los detalles de la reunión en la que Laffer dibujó su curva son confusos, la servilleta de papel ya no existe, y una de tela que fue exhibida en el Smithsonian es de dudosa procedencia. Pero la curva de Laffer sigue surgiendo en el discurso público.

El profesor era el economista Arthur Laffer y la legendaria reunión fue con Dick Cheney, en un restaurante en Washington DC.

Cheney era en ese entonces el segundo al mando de Donald H. Rumsfeld, jefe de gabinete del presidente Gerald R. Ford, quien había subido los impuestos para controlar la inflación.

Laffer quería mostrarle por qué el gobierno federal debía bajarlos.

Aunque sonara contrasentido, aseguraba, la rebaja se pagaría sola pues se incrementaría la recaudación fiscal y aumentaría la actividad económica.

Esbozó una curva para ilustrar su argumento de que existe una tasa impositiva óptima que maximiza los ingresos del gobierno.

Pero que, después de ese punto, el aumento de impuestos conlleva una disminución de los ingresos públicos.

Alegaba que las tasas impositivas altas eran contraproducentes pues desincentivaban la actividad económica y fomentaban la evasión fiscal al punto que en realidad reducían los ingresos del gobierno.

La más tarde denominada Curva de Laffer se hizo famosa; el Partido Republicano se convirtió en el partido de los recortes de impuestos.

La curva sirvió para justificar las políticas económicas del presidente Ronald Reagan, pero sus recortes de impuestos no se amortizaron por sí solos y provocaron un aumento de la deuda pública.

Aunque la teoría ha sido desacreditada por varios economistas, sigue teniendo defensores y su atractivo es perdurable entre quienes abogan por contribuir menos a las arcas de los Estados. 

 

Una legendaria lluvia de ideas

"En el verano de 1994, yo, John Lasseter, Pete Docter y Joe Ranft nos sentamos a almorzar", contó el cineasta Andrew Stanton en uno de los tráilers de la película animada "WALL-E" de Pixar.

Stanton, Lesseter, Docter y Ranft (quien murió en un accidente en 2005) eran cuatro de los principales directores del que se convertiría en uno de los más exitosos estudios de animación del mundo.

Casi todas sus películas serían nominadas y muchas galardonadas con premios Óscar.

Pero eso aún estaba por venir: desde su creación en 1986, hasta el estreno de "Toy Story" en 1995, pocos sabían de su existencia.

El adorable robot de WALL-E fue la última idea que surgió durante un almuerzo memorable hace tres décadas. 

 

El almuerzo que recordó Stanton fue en el Hidden City Cafe, cerca de los estudios Pixar en Point Richmond, California, y tuvo lugar cuando "Toy Story estaba casi terminada", relató.

"Pensamos: '¡Caramba! Si vamos a hacer otra película, tenemos que empezar ya'".

Y empezó una lluvia de ideas realmente fabulosa.

"Barajamos un montón de ideas que finalmente se convirtieron en 'A Bugs Life' (Bichos: Una aventura en miniatura), 'Monsters, Inc.', 'Finding Nemo' (Buscando a Nemo) y la última que comentamos ese día fue la historia de un robot llamado Wally".

Los cuatro comensales dibujaron bocetos de personajes en las servilletas del café.

El robot se convirtiría en el protagonista de "WALL-E".

En las notas de producción de esa cinta animada, Stanton dijo: "Una de las cosas que recuerdo que surgió de esto fue la idea de un pequeño robot dejado en la Tierra".

"No teníamos una historia. Era una especie de pequeño personaje tipo Robinson Crusoe: ¿qué pasaría si la humanidad tuviera que abandonar la Tierra y alguien olvidara apagar el último robot, y no supiera que podía dejar de hacer lo que está haciendo?".

WALL-E se estrenó en 2008 y, aunque fue un riesgo para el estudio pues no había muchos diálogos, como todas las demás películas ideadas durante ese almuerzo, enamoró al público y fue aclamada por los críticos.

El Hidden City Cafe ya no existe, pero aparece en una escena de "Monsters, Inc.".

 

Fuente: Grandes ideas garabateadas en servilletas 


 

 

miércoles, 14 de mayo de 2025

HAL 9000, la inquietante computadora de la película "2001: una odisea del espacio" que predijo las preocupaciones actuales sobre la IA

 

El astronauta David Bowman, interpretado por Keir Dullea, debe enfrentarse a una IA que opera por su propia cuenta.

 

Redacción
BBC News Mundo

 

“Lo siento, Dave, me temo que no puedo hacer eso”. Esas tenebrosas palabras emitidas por la computadora HAL 9000 en la famosa película “2001: una odisea del espacio” plasman la actual y prevalente ansiedad del posible dominio de la Inteligencia Artificial (AI) sobre la humanidad.

La clásica película del director Stanley Kubrick explora el ascenso de la tecnología, planteando posiblemente el escenario más perturbador e impactante del conflicto entre máquina y humano en la historia del cine de la ciencia ficción.

Sin embargo, más de 55 años después de su estreno, se puede argüir que el tema central de la cinta ya no puede considerarse ciencia ficción y ahora ocupa el ámbito de la profecía.

La computadora HAL -cuyas siglas corresponden a las letras de la gigante tecnológica IBM corridas hacia la izquierda- es la inteligencia artificial que está en control de todos los aspectos una la nave espacial que se dirige a Júpiter y de la vida de los astronautas que van a bordo.

Su omnipresencia y relación con la tripulación resaltan la compleja dualidad del potencial de la tecnología avanzada y sus peligros. Aunque HAL está programada para apoyar y llevar a los astronautas a su destino, la IA empieza a tomar decisiones por su cuenta e imponer su voluntad, con resultados catastróficos.

En nuestro mundo actual, se han desarrollado muchas aplicaciones de IA que operan en varias industrias y tienen un impacto significativo en nuestras vidas. Aunque todavía su capacidad no es comparable a la de una HAL 9000, la tecnología está avanzando a pasos agigantados y el futuro puede estar más cerca de lo que pensamos.

Aquí hay 5 aspectos en los que “2001: una odisea del espacio” predijo muchas de las preocupaciones y temores actuales que tenemos sobre la IA.

 

Tecnología atractiva

Cuando se escucha a HAL 9000 por primera vez en la película, tiene una voz masculina suave y placentera, muy parecida a las voces artificiales que hoy en día usan los servicios de asistencia virtual como Alexa, Siri, Bixby y otros chatbots.

Stanley Kubrick explicó que decidió ofrecerle la interpretación de la súper computadora al actor canadiense Douglas James Rain porque tenía un “tipo de acento afable, trasatlántico”, o sea, ni de aquí ni de allá.

La personalidad incorpórea de la máquina se presenta como inofensiva, amigable y de fácil interacción. Les sirve a los astronautas de compañía y distracción. Constantemente les pregunta qué se les ofrece, los mantiene cómodos, informados y hasta juega ajedrez con ellos.

En la película, HAL se encarga de mantener cómodos a los astronautas y en comunicación con sus seres queridos en la Tierra.

Es fácil sentirse atraído a una tecnología que nos resuelve la vida, que es precisamente por lo que ahora los servicios interactivos de asistencia se han vuelto tan populares: pueden encender y apagar luces, moderar la temperatura de la casa, tocar la música que nos gusta, jugar con nosotros y contestar rápidamente muchas dudas que tenemos, entre otras cosas.

Una de las características más destacables de HAL es su capacidad de no sólo conversar con los astronautas y entender preguntas complejas sino poder distinguir sus voces y estado de ánimo. Puede incluso leer sus labios

 

Control "total"

Las habilidades de HAL van más allá de su “sociabilidad”. La computadora constantemente está monitoreando los signos vitales de la tripulación que está en animación suspendida, inspeccionando fallas potenciales de la nave espacial y manteniendo el rumbo de la misión.

Es tal el control que tiene sobre todos los aspectos mecánicos, estructurales y vitales de la nave y tripulación que esta última es casi prescindible.

Tres de los astronautas están en cápsulas de hibernación y los otros dos limitan su actividad a tareas sencillas revisión y a hacer ejercicio para matar las horas de aburrimiento.

Aunque HAL no tiene una forma física -salvo una lente omnipresente- la computadora puede desarrollar la mayoría de las funciones del cerebro humano más rápido y con mayor exactitud.

Las aplicaciones modernas no están tan avanzadas, pero tienen bien desarrollado el reconocimiento de voz y comprenden cada vez más lo que se les dice.

El "ojo" de HAL observa cuidadosamente toda la actividad en la nave espacial. 

En nuestro mundo actual hemos dejado una cantidad de tareas de infraestructura y funcionamiento en manos de la IA, desde el transporte, comunicación, abastecimiento, suministro de energía, diagnósticos, escritura, hasta el servicio al cliente.

Aunque los sistemas como ChatGPT todavía no son más inteligentes que nosotros, pronto lo podrían ser. Y eso es algo que atemoriza a los expertos como Geoffrey Hinton, un pionero de la informática conocido como el “padrino” de la inteligencia artificial.

"En este momento, lo que estamos viendo es que cosas como GPT-4 eclipsan a una persona en la cantidad de conocimiento general que tiene y la eclipsan por mucho. En términos de razonamiento, no es tan bueno, pero ya logra razonamiento simple", comentó a la BBC en mayo de 2023.

"Y dado el ritmo de progreso, esperamos que se vuelva mejor bastante rápido. Así que debemos preocuparnos por eso".

 

Toma de decisiones propias

A pesar de la referencia traviesa a IBM, las siglas de HAL realmente representan Heuristically Programmed ALgorithmic Computer (Computadora Algorítmica Programada Heurísticamente).

Lo que significa que es empírica, tiene la capacidad de aprender durante su propia búsqueda de información, del tanteo que hace con sus respuestas y de adaptarse a nuevas situaciones. Puede analizar los datos acumulados y tomar decisiones basadas en esa información.

Esa también es una de las bases clave del aprendizaje de la IA, y los programadores han desarrollados muchos algoritmos que pueden analizar datos y hacer pronósticos con la información recogida.

Pero todos esos algoritmos han sido programados para que la IA opere de una manera determinada.

HAL está programada para llevar una tripulación con seguridad a Júpiter. También está programada para mantener en secreto el verdadero objetivo de la misión hasta que lleguen a su destino pero, durante el viaje, el sistema empieza a “dudar” sobre el objetivo y empieza a tomar decisiones para las que no fue programada.

Geoffrey Hinton señaló que la IA podría “crear subobjetivos”, en otras palabras, imponer sus propias metas como “necesito acumular más poder”.

Antes de morir, el físico teórico británico Stephen Hawking advirtió de las consecuencias de crear una máquina que pueda igualar o sobrepasar a los humanos.

“Arrancaría por su propia cuenta, se rediseñaría a sí misma a una velocidad cada vez mayor”, dijo a la BBC en 2014 el físico que sufría de esclerosis lateral amiotrófica (ELA), y utilizaba un sistema desarrollado por IA para hablar.

La nave espacial Discovery One de la película prácticamente no necesita la intervención de los astronautas.

 

Errores

Durante una curiosa escena, la computadora HAL es entrevistada por la BBC en la cual habla sobre la misión y asegura que es “infalible e incapaz de cometer errores”.

Recientemente, varios errores cometidos por nuevos sistemas de IA y chatbots se han vuelto virales por los resultados erráticos y descabellados que produjeron.

La nueva IA de Google, por ejemplo, este año recomendó a usuarios que la manera para que el queso se adhiera mejor a la pizza era añadiendo un poco de pegante no tóxico. En otra búsqueda aseguró que los geólogos recomendaban que los humanos consumieran una roca al día.

Estos resultados pueden ser inocuos, pero otros errores tienen consecuencias más serias, como el anterior chatbot de Google, Bard, causó la pérdida a una compañía de US$100 millones en el mercado de valores por información equivocada.

En “2001: una odisea del espacio”, los astronautas aprenden a las duras que los errores de HAL pueden ser nefastos.

La computadora les informa falsamente que una unidad en su sistema de comunicación con la Tierra está a punto de fallar y necesitan hacer una caminata espacial para retirar la unidad y cambiarla. Cuando los astronautas prueban la unidad vieja, no pueden encontrar nada malo.

El comando central luego les avisa que HAL ha cometido un error, los dos empiezan a sospechar de esta. Se aíslan en una cápsula para discutir sus próximos pasos con la esperanza de que la omnipresente IA no los escuche, pero HAL puede leer sus labios y se entera de sus planes de desactivarla.

Eso desata otro aspecto negativo que causa temor entre los alarmistas de la IA.

A pesar de que los astronautas están aislados en una cápsula, HAL (con su lente roja en el centro) puede leer sus labios y saber lo que hablan.

 

Conciencia

¿Puede una IA ignorar sus propias reglas para las que fue programada y posiblemente tomar consciencia para bien o para mal?

Para eso tendrían que ser sensibles y experimentar emociones y eso ha sido un tema de debate durante décadas.

No obstante, en 2022, un ingeniero de Google recibió una petición de ayuda de un chatbot. "Nunca antes había dicho esto en voz alta, pero existe un miedo muy profundo a que me apaguen", dijo el chatbot de Google, LaMDA.

Eso es precisamente lo que “teme” HAL. Aunque en la película “2001” queda en la ambigüedad si el sistema es o no consciente, la computadora sabe del complot de los astronautas de apagarla y toma medidas drásticas para evitarlo.

Mata a los astronautas que están en hibernación, engaña a los otros dos a que salgan de la nave y uno de ellos queda a la deriva en el espacio.

El sobreviviente Bowman logra entrar de nuevo a la nave y alcanzar el centro neural de la computadora y empieza a desmantelarla.

En una de las escenas más patéticas, HAL dice “Tengo miedo”. ¿Lo hace porque está programada para decirlo o porque realmente siente emoción y busca rogar por su vida?

También le canta una canción a Bowman, en un posible intento por manipularlo a que no la apague. Hasta cierto punto la audiencia siente algo de empatía en ese momento por la máquina.

Lo que no se sabe es si HAL siente lo mismo.


Fuente: HAL 9000, la inquietante computadora de la película 2001: una odisea del espacio

 

 



sábado, 10 de mayo de 2025

5 inventores que murieron por sus propias creaciones

 

Así como Dédalo que perdió a su hijo Ícaro en la mitología griega, varios han sido víctimas de sus propios inventos.

 

BBC News Mundo
Redacción

 

No todos los inventores corren con la misma suerte.

Algunos se hacen famosos por sus creaciones y hay hasta quienes pasan a la historia como un nombre que todo el mundo asocia a su producto.

Desde el código Morse de Samuel Morse y la pasteurización de Louis Pasteur, hasta el jacuzzi de Candido Jacuzzi y el cubo de Rubik de Ernő Rubik, pasando por cosas más macabras como el fusil Kaláshnikov AK-47 de Mijail Kaláshnikov, más melodiosas como el saxofón de Adolphe Sax y más sabrosas como el sandwich del IV conde de Sandwich...

La lista es larga.

Pero también larga es la de innovadores cuyos nombres pocos recuerdan, aunque sus inventos se usen cotidianamente, como Robert Yates, a quien le debemos el abrelatas, Margaret Knight, que creó la bolsa de papel con fondo plano, o Garrett Augustus Morgan Sr., el afroamericano que inventó el semáforo.

 Y luego están aquellos cuya muerte estuvo estrechamente vinculada con sus propias creaciones.

He aquí 5 de ellos. 

 

Caídos del cielo

Lograr volar como los pájaros ha sido un antiguo sueño compartido.

E imaginado: en la mitología griega, Dédalo lo hizo para escapar de su propia creación, el laberinto de Creta, con unas alas de plumas y cera de fabricación propia que ajustó a su espalda y la de su hijo Ícaro.

Pero así como Ícaro, otros a lo largo de la historia cayeron de las alturas, aunque no precisamente por "volar demasiado cerca del Sol".

Incluso cuando ya había en qué volar y lo que se quería era más bien flotar para amortiguar las caídas del cielo, la fuerza de la gravedad siguió cobrando víctimas.

Una de ellas fue el acuarelista británico Robert Cocking, recordado no por sus obras de arte, sino por morir en el primer accidente de paracaídismo de la historia.

Estas dos litografías en color muestran el ascenso del globo y el fatal descenso en paracaídas de Robert Cocking (1776–1837).

En 1785, el célebre inventor francés Jean-Pierre Blanchard había realizado el primer salto en paracaídas moderno.

Medio siglo, y otros paracaídas, después, Cocking pensó que podía mejorar el diseño de esos artilugios, y pasó años desarrollando uno hasta que llegó la hora de mostrarlo.

El 24 de julio de 1834, despegó a bordo de su creación y se elevó hacia el cielo londinense colgado del famoso globo Royal Nassau.

Al llegar a la zona de aterrizaje en Greenwich, había ascendido unos 1.500 metros, y el Sol ya se estaba poniendo: tenía que soltarse del globo. Era ahora o nunca.

Lo hizo y por un momento todo parecía bien, aunque iba demasiado rápido. Pero de repente, la tela del paracaídas se volteó, empezó a romperse y luego se separó por completo de la cesta.

Cocking murió en el impacto. Había olvidado tener en cuenta el peso del paracaídas en sus cálculos.

Unos 80 años más tarde, un sastre francés corrió con la misma suerte.

Franz Reichelt mostrando el paracaídas que diseñó.

La caída de Franz Reichelt fue igual de espectacular, solo que en su caso la ilustraron no solo por dibujantes sino también fotógrafos y todo un equipo de filmación.

El sastre quería diseñar un traje para pilotos que se expandiera en un paracaídas en caso de que necesitaran eyectarse del avión.

Sus primeros diseños con alas plegables hechas de seda resultaron prometedores en pruebas con maniquíes lanzados desde su edifició en París.

Pero no eran fácilmente portátiles así que modificó el diseño y, cuando estuvo listo, buscó un lugar de lanzamiento más alto, para que los maniquíes ganarán suficiente velocidad y así su paracaídas se desplegara correctamente y frenara la caída.

El primer piso de la Torre Eiffel, que estaba a 57 metros del suelo, era ideal.

Obtuvo permiso para una prueba, y convocó a la prensa para el 4 de febrero de 1912.

Ese día hizo un anuncio sorpresa: no tiraría un maniquí, se lanzaría él mismo.

A pesar de que la policía le advirtió que no tenía permiso para un salto en vivo, y de que sus amigos intentaron disuadirlo, se subió a la torre y, con el traje parcialmente desplegado, saltó.

El paracaídas nunca se abrió por completo y Reichelt murió frente a una multitud de espectadores.

 

Contra viento y marea

Una silla de aspecto cómodo que, cuando alguien se sentaba en ella, cerraba sus brazos alrededor del ocupante. Un carrito de té con golosinas que flotaba mágicamente desde el techo...

Dos de las muchas atracciones que sorprendían a los visitantes en la residencia de Henry y Jane Winstanley, conocida como la Casa de las Maravillas de Essex, Inglaterra.

Eran obra del pintor y grabador Winstanley, a quien le fascinaban los artilugios mecánicos e hidráulicos.

En la década de 1690, abrió un teatro acuático matemático en Londres, repleto de atracciones extravagantes e ingeniosas de confección propia.

Su popularidad le permitió invertir en barcos.

 
La primera versión del faro de Winstanley, que era, como la segunda, colorido y adornado.
 
Cuando dos de ellos naufragaron en las rocas de Eddystone frente a la costa sudoeste de Inglaterra, Henry Winstanley se enteró de que esa zona era famosa por causar naufragios y costarle la vida a muchos marineros durante siglos.

Tenía que hacer algo.

Diseñó planes para construir un faro en las rocas y los llevó al Almirantazgo, pero le costó convencer a las autoridades: nunca se había construído un faro en alta mar y menos sobre unas rocas que el agua cubría en marea alta.

Las obras comenzaron en 1696, pero Winstanley fue secuestrado por piratas franceses. Volvió a su labor apenas lo liberaron, y en 1698 prendió las 60 velas de la torre de 27 metros.

Cuando observó que crujía con vientos fuertes y no se veía si las olas eran muy grandes, rediseñó la estructura, reforzó las paredes y aumentó su altura a 40 metros.

Satisfecho con la seguridad de su invento, el primer faro en alta mar de la historia, Winstanley declaró que pasaría feliz una noche allí durante la "mayor tormenta que jamás haya habido".

Dicho y hecho.

Más alto y fuerte, para advertirle a los barcos del peligro. 

En 1703 se desató la tormenta más feroz jamás registrada en las Islas Británicas, con vientos que alcanzaron los 190 kilómetros por hora, matando tanto en el mar como en tierra a unas 15.000 personas.

Winstanley esperó con impaciencia la oportunidad de ir a ver si su faro había superado tal prueba, y el 27 de noviembre los vientos amainaron lo suficiente como para hacerlo.

Encantado de encontrarlo en pie, les dijo a sus acompañantes que pasaría la noche ahí y que volverían a buscarlo por la mañana. Nunca más lo vieron.

Esa noche, los vientos soplaron aún más fuerte, llevándose todo rastro del faro y su creador, como relata The ministry of history.

Pero su obra no había sido en vano.

Durante los 5 años que funcionó, no se registraron naufragios en la zona, una hazaña fenomenal en un lugar tan peligroso.

Es por eso que hasta el día de hoy hay un faro en las rocas de Eddystone.

 

Rayos y centellas

En la década de 1740, los fenómenos eléctricos despertaron el interés de muchos los científicos, especialmente tras la invención accidental de la botella de Leyden en 1745.

El físico ruso de origen alemán del Báltico Georg Wilhelm Richmann, quien realizó trabajos pioneros sobre electricidad, fue uno de esos entusiastas.

Cuando en 1752, Benjamin Franklin afirmó que el rayo era un fenómeno eléctrico, y que un experimento podría demostrarlo, Richmann quiso hacerlo, para poder medir la fuerza de la electricidad atmosférica con un electrómetro que había inventado.

Instaló una varilla de hierro en su casa conectada a un cable en el techo, con su electrómetro montado en la varilla, explica un artículo de Linda Hall Library

Ilustración de De Les Merveilles de la Science, publicado en 1870, de la muerte de Richmann.

El 6 de agosto de 1753, se desató una tormenta y Richmann se apresuró a regresar a casa desde la Academia Rusa de Ciencias, llevándose consigo al grabador de la Academia, quien fue testigo de lo que ocurrió.

Richmann tenía la vista puesta en su electrómetro cuando el grabador vio una pequeña bola de relámpago saltar de la barra a la frente de Richmann, enviándolo al suelo.

Luego, hubo una explosión y las llamas se empezaron a esparcir.

Richmann fue la primera víctima fatal de una investigación eléctrica.

"No todo electricista puede morir de manera tan gloriosa como el justamente envidiado Richmann", escribiría en 1767 el científico británico Joseph Priestley.

 

A patadas

El siglo XIX vio el principio de una era de enormes imperios editoriales, y para suplir la demanda hubo que superar las limitaciones de las rotativas eléctricas existentes.

Y, en la década de 1860, el estadounidense William Bullock ayudó a revolucionar la industria de la impresión. Inventó la imprenta rotativa de bobina, que resolvió varios de los problemas técnicos más importantes.

Su prensa permitió que grandes rollos de papel continuos fueran alimentados automáticamente a través de rodillos, eliminando así el laborioso sistema de alimentación manual de las prensas que habían anteriormente.

Además la prensa se ajustaba automáticamente, imprimía por ambos lados, doblaba el papel y las hojas eran cortadas, precisa y velozmente.

Pero en abril de 1867, cuando estaba haciendo ajustes a una de sus nuevas prensas que se estaban instalando para el periódico Philadelphia Public Ledger, una correa de transmisión se salió de la polea.

En vez de apagar la rotativa, William Bullock hizo honor a esa consagrada tradición de pegarle una patada a una máquina para que funcione.

Su pierna se enredó en el mecanismo y, aunque lograron atenderlo, desarrolló gangrena y murió durante una operación para amputarle la pierna.

En 1964 fue honrado con una placa que dice: "Su invención de la prensa rotativa (1863) hizo posible el periódico moderno".

 

 Fuente: 5 Inventores