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lunes, 20 de julio de 2026

Cuán posible es que algo ocurra cuando te dicen que es probable que suceda

 
¿Qué significan realmente?
 
 
Por Dalia Ventura
BBC News Mundo
 
 
Si te dijera que el triunfo de tu equipo preferido en la final de un campeonato es posible, ¿te alegrarías? ¿O preferirías que te dijera que es probable? Qué tal si te digo que muy posible... ¿es mejor que 'probable'?

Cuando escuchas o lees las noticias, a menudo te encuentras con palabras que tienen como objetivo comunicar la probabilidad de que algo suceda.

Un ataque terrorista que es "plausible", la propagación de una determinada cepa de virus que es "altamente probable", o si es "casi seguro" que suban los tipos de interés...

Pero, ¿sabes realmente qué tan probable es "probable"?

En algunos casos, es posible que no lo sepas. 
 
Y eso es algo que le llamó la atención al epidemiólogo matemático Adam Kucharski, de la London School of Hygiene & Tropical Medicine, quien es especialista en modelar cómo se propagan las enfermedades infecciosas, y asesora a gobiernos sobre cómo anticipar y controlar epidemias.

Cuando trabajó en la respuesta a la pandemia de Covid notó que, aunque se publicaban datos científicos que él suponía suficientes para que la gente entendiera lo que ocurría, las pruebas no siempre bastan para persuadir a los demás.

La duda puede volverse especialmente tóxica, "sustituyendo una realidad consensuada por una que se disputa eternamente", escribió en su libro "Proof, the Uncertain Science of Certainty" (Prueba: la ciencia incierta de la certeza). 
 
La experiencia lo dejó obsesionado con el problema de comunicar probabilidades.

Se pueden expresar con porcentajes o con palabras que, idealmente, coinciden de alguna manera. Pero no siempre es así.

"Un ejemplo muy destacado de este tipo de problema ocurrió en 1951, cuando el equipo de un analista de la CIA llamado Sherman Kent escribió un informe que decía que una agresión armada de la Unión Soviética contra Yugoslavia era seriamente posible ese mismo año", le contó Kucharski al programa More or Less de la BBC*.
 
Días después, se topó con un alto mando del Departamento de Estado quien le preguntó qué significaba exactamente "seriamente posible". Kent le respondió que estimaba las probabilidades en un 65%. El funcionario se escandalizó y le confesó que en los comités de la Casa Blanca pensaron que era mucho menor. 
 
"Kent entró en pánico y le preguntó a miembros de su equipo -que habían estado escribiendo decenas de informes- cuál era su interpretación. Se dio cuenta de que incluso ellos tenían números muy diferentes en mente para el lenguaje que usaban".

 
De Yugoslavia a Cuba
 
Sherman Kent trabajó durante 17 años en la Agencia Central de Inteligencia (CIA) durante la Guerra Fría, y fue pionero en muchos de los métodos de análisis de inteligencia.
 

Una década después, el presidente de EE.UU. John F. Kennedy recibió una evaluación de una invasión planeada de Cuba. El Estado Mayor Conjunto le dijo que tenía una "probabilidad razonable" de éxito.

A Kennedy eso le sonó como una buena señal, como explicaría después, así que le dio el visto bueno a la operación, que resultó un fiasco: la invasión de Bahía de Cochinos.

Más tarde, quien escribió sobre esa "probabilidad razonable" reveló que tenía en mente probabilidades de 3 a 1 en contra del éxito.

Para intentar solucionar ese tipo de problemas, Kent publicó en 1964 su ensayo histórico Words of Estimative Probability ("Términos de probabilidad estimativa", publicado por el Center for the Study of Intelligence de la CIA).

Incluyó la primera tabla de la historia moderna para que los redactores vincularan las palabras con un porcentaje.  

A Kennedy eso le sonó como una buena señal, como explicaría después, así que le dio el visto bueno a la operación, que resultó un fiasco: la invasión de Bahía de Cochinos.

Más tarde, quien escribió sobre esa "probabilidad razonable" reveló que tenía en mente probabilidades de 3 a 1 en contra del éxito.

Para intentar solucionar ese tipo de problemas, Kent publicó en 1964 su ensayo histórico Words of Estimative Probability ("Términos de probabilidad estimativa", publicado por el Center for the Study of Intelligence de la CIA).

Incluyó la primera tabla de la historia moderna para que los redactores vincularan las palabras con un porcentaje.  
 

Su propuesta original tenía estas categorías fijas:


• Casi seguro: 93% (con un margen de ±6%)

• Probable: 75% (con un margen de ±12%)

• Posibilidades parejas: 50% (con un margen de ±5%)

• Improbable: 30% (con un margen de ±10%)

• Casi imposible: 7% (con un margen de ±5%)

Argumentó además que las "palabras ambiguas" como "podría" y "sugerir" eran "expresiones que suenan bien, pero que, al reflexionar sobre ellas, casi carecen de significado".

Desde entonces se ha seguido intentando depurar el lenguaje de grados de duda, para poder comunicar riesgos serios y evitar catástrofes por malinterpretaciones.

En Reino Unido, por ejemplo, tras la guerra de Irak, influenciada por información de inteligencia dudosa, se introdujo un "criterio de probabilidad" para las evaluaciones de inteligencia.
 
De casi imposible a casi seguro hay muchas posibilidades.


El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) de la ONU, por su parte, empezó a notar en los años 90 que si decían que el aumento del nivel del mar era "probable", los políticos de algunos países lo entendían como "un riesgo menor" y otros como "inminente".

Crearon entonces una guía de lenguaje estandarizado que se fue afinando hasta que quedó blindada en 2010 con la Nota de Orientación sobre Incertidumbres.

La escala obliga a sus científicos a que si usan, por ejemplo, la palabra "probable" en un informe, el fenómeno debe tener matemáticamente más de dos tercios de posibilidades de ocurrir, y va de "prácticamente seguro" con más de 99% de probabilidad, a "excepcionalmente improbable", con menos del 1% de probabilidad.

Pero resulta que la gente no anda por ahí con un manual de interpretación, entonces ¿qué entendemos cuando oímos esas palabras?
 

La posibilidad de que algo sea posible


Aunque manuales de enseñanza del español ordenan estas palabras en escalas lógicas del discurso (Seguramente —> Probablemente —> Posiblemente —> Difícilmente), el cerebro humano no es un algoritmo.

Mezclamos la probabilidad lingüística con nuestras emociones.

En la era digital, experimentos basados en las ideas del analista de la CIA Sherman Kent, empezaron a ser replicados masivamente en varios estudios.

Al solicitarle a miles de personas que le asignaran un porcentaje a distintas palabras, se descubrieron fenómenos interesantes, como lo que ocurre con la palabra "posible".
 
Mientras que "Probable" suele concentrarse en la mente del público de manera estable entre el 60% y el 80%, la palabra "Posible" desata el caos total.

El porqué de esta variabilidad es puramente matemático: cualquier evento cuya probabilidad sea estrictamente mayor que el 0% y menor que el 100% califica técnicamente como "posible".

Al no tener un anclaje natural, su significado queda a merced de lo que cada individuo decida imaginar.

Por eso, para algunas personas decir "es posible que gane la lotería", aunque signifique una probabilidad infinitesimal, cercana al 0%, es algo viable, mientras que ante un "es posible que vaya a cenar", nuestro cerebro lo ancla intuitivamente cerca de un 50%.

Estadísticamente, "Posible" es la palabra con mayor desviación estándar; es decir, es la que peor comunica un número real.

No sólo eso: el contexto también entra en juego.
 
Si te dijera que es probable que tu equipo gane, ajustándome al criterio de probabilidad para las evaluaciones de inteligencia de las agencias británicas, el rango de posibilidad de que ocurriera sería entre 55% y 75%.
 

Si un médico te dice "Es posible que esta operación tenga efectos secundarios", tu cerebro lo interpreta como una probabilidad alta, de un 40% o 50%, encendiendo las alarmas. Si un meteorólogo dice "Es posible que caiga un meteorito", sueles quedarte tranquilo.

La palabra es la misma, el nivel de catástrofe altera la matemática mental.

Eso sin contar lo que sucede con la expresión "posibilidad realista", que a menudo se usa en titulares para reportar riesgos de eventos.

Kucharski, quien hizo su propia investigación con un quiz en línea con miles de respuestas, encontró que fue la que dio lugar a las interpretaciones más dispares.

Las interpretaciones de probabilidad oscilaban entre el 10 y el 100%: algunos participantes la entendían como un desenlace bastante probable; otros, simplemente como un escenario plausible.

Muchas directrices oficiales sobre el significado de frases valoran una "posibilidad realista" como equivalente a entre el 40% y el 50%.

Y ahí no termina la confusión. 

 
 
Grados de Probabilidad
 
 
En su quiz, Kucharski, además de pedirle al público que le asignara un porcentaje a diferentes frases o términos, también pidió que se comparara palabras de probabilidad una al lado de la otra para ver si se usaba la probabilidad de forma consistente.

Si te pregunto: ¿Cuál es más probable que ocurra: algo muy improbable o muy probable?, la respuesta es fácil.

Pero qué responderías a: ¿Cuál es más probable: algo que podría pasar o algo que tal vez pase?

Resulta que los juicios sobre estas comparaciones son poco consistentes.

Y con frases como:

• Es poco probable que ocurra.

• Es improbable que ocurra.

Muchos creen que son equivalentes; otros perciben "improbable" como más tajante.

Pero no es solo cuestión de grados.

Investigaciones recientes sugieren que estas expresiones hacen algo más que transmitir una probabilidad: también orientan nuestra forma de pensar.

Imagina dos médicas.

Una dice: "Es posible que el paciente sobreviva".

La otra: "Es poco probable que el paciente muera".

Aunque ambas describen la misma probabilidad, no producen el mismo efecto psicológico. La primera dirige nuestra atención hacia la supervivencia; la segunda, hacia la muerte.

Los estudios indican que ese encuadre influye en la forma en que las personas interpretan la información, la recuerdan y toman decisiones.

¿Cuál porcentaje le asignarías tú a términos como "quizás, podría ser, incluso o acaso"?


El lenguaje que usamos para expresar probabilidades es, sencillamente, muy ambiguo, así que es importante tener en cuenta lo que se transmite al usarlo.

Expresiones o palabras como: cabe la posibilidad, tal vez, quizás, seguro, probable, podría ser, acaso, hay indicios, parece, sin duda, con certeza, y tantas otras, en la vida cotidiana pueden provocar desde situaciones casi cómicas hasta consecuencias indeseables.

Pero cuando se trata de advertir a la población sobre riesgos importantes, requieren atención especial.

Para Kucharski, una de las claves es asegurarse de que quienes comunican esos riesgos -ya sean científicos, políticos o periodistas- sean conscientes de ese problema.

"Lo fundamental es garantizar que lo que la persona que emite una estimación cree estar comunicando sea realmente lo que entiende quien la recibe".

La segunda clave es más incómoda: animar a quienes calculan los riesgos para que no se escuden en palabras ambiguas que les permitan justificarse después si el pronóstico falla.

"Creo que todos nos beneficiaríamos si nos obligáramos a formular estimaciones que después puedan contrastarse y preguntarnos honestamente si acertamos o no".

Es algo que ya inquietaba a Kent en la CIA, quien describió el impulso de buscar "una expresión que transmita un significado preciso, pero que al mismo tiempo nos exima por completo de la responsabilidad".

Usar frases engañosas puede hacer que el lenguaje suene autoritario pero también dificultar la toma de decisiones.

A Kucharski, la pandemia le confirmó el valor de la claridad. Hay momentos en que la realidad no es cuestión de opinión, y dudarlo puede poner en peligro a los demás.

¿Y la final de un Mundial? Si alguien te dice que tu equipo "puede" ganar, tal vez sea momento de preguntar: ¿puede como en un 5%, o puede como en un 50%?

Fuente:  Posible y Probable


Nota: Hay un problema con el editor y cambia el tipo de letra. 

lunes, 13 de julio de 2026

La erupción volcánica que produjo el sonido más fuerte que se haya registrado en la historia

 
La erupción del volcán Krakatoa causó la muerte de más de 36.000 personas.


Por Daisy Stephens
Servicio Mundial de la BBC



Según medios locales, una isla volcánica en Indonesia entró en erupción esta semana, lanzando columnas de ceniza de hasta 250 metros de altura.

Según los informes, que citan a la agencia geológica del país, el Anak Krakatau entró en erupción una vez el martes y dos veces el miércoles, aunque un grupo de monitoreo de la actividad volcánica en la zona afirmó que no existía una amenaza inmediata para las comunidades cercanas.

El Krakatau se formó en 1927 a partir de un gran cráter submarino, conocido como caldera, que quedó tras la erupción del volcán Krakatoa, la segunda erupción más mortífera de la historia.

De hecho, Anak Krakatau se traduce como "Hijo del Krakatoa".

La erupción de 1883 causó la muerte de más de 36.000 personas y arrasó 165 aldeas, todo ello en menos de 48 horas. 
 
También produjo el que se considera el sonido más fuerte jamás registrado, que pudo oírse a miles de kilómetros de distancia, y generó tanta ceniza que provocó un descenso de las temperaturas en todo el mundo durante años.

La BBC repasa uno de los peores desastres naturales de la historia. 


"No podías ver ni una mano delante de tu cara"

Según los Centros Nacionales de Información Ambiental de Estados Unidos (NCEI, por sus siglas en inglés), fue en mayo de 1883 cuando se observaron los primeros indicios del desastre que se venía.

El capitán de un buque de guerra alemán pasaba por la zona cuando vio nubes de ceniza y polvo que salían del Krakatoa.

Hasta entonces, la isla volcánica había permanecido inactiva durante unos 200 años.

Durante los meses siguientes, buques mercantes y otras embarcaciones realizaron avistamientos similares.

El 26 de agosto comenzaron las erupciones catastróficas.

La primera erupción colosal del Krakatoa produjo una serie de flujos de lava, piedra pómez y ceniza que se precipitaron al mar y provocaron un maremoto que se dirigió hacia el norte y mató a miles de personas.

En el plazo de una hora, la columna de ceniza alcanzó los 48 kilómetros de altura y se extendía en todas direcciones.

En su punto álgido, la columna se extendería 80 kilómetros hacia el cielo, cubriendo 778.000 kilómetros cuadrados y sumiendo la zona en la oscuridad durante más de dos días, según los NCEI.

En su punto álgido, la nube de ceniza alcanzó los 80 kilómetros de altura y bloqueó el sol en la zona durante dos días.


Sidney Baker presenció la erupción siendo niño, desde el barco de su padre y recordó ese momento hacia el final de su vida.

"El aire parecía estar lleno de polvo, tanto que temíamos asfixiarnos", le dijo a la BBC en 1946.

"Se puso tan negro que no se veía ni una mano delante de la cara. Empezó a caer ceniza alrededor del barco, sobre él y en el agua, y había quizás seis o siete pulgadas de ceniza por toda la embarcación".

Describió el ruido de las explosiones como "increíble".

"Los adjetivos no alcanzan para describir el alboroto y la confusión", dijo.

Simon Winchester, autor del libro Krakatoa: The Day the World Exploded (Krakatoa: El día en que el mundo explotó), aseguró que el 27 de agosto se escucharon varios ruidos explosivos antes de una "explosión titánica" a las 10:02 de la mañana. Según los NCEI, el ruido se oyó incluso en Australia y la isla Mauricio, a más de 4.600 kilómetros de distancia.

"Toda la isla, seis millas cúbicas de roca, se vaporizó esencialmente en una explosión que lanzó piedra pómez y ceniza a 17 o 18 millas de altura, y la isla desapareció", declaró en el podcast Witness History de la BBC en 2010.

"Durante unos segundos, dejó un enorme agujero en el mar, que luego se volvió a llenar con miles de millones de toneladas de agua que, debido al intenso calor que hacía allí abajo, se evaporó instantáneamente y se convirtió en vapor, lo que provocó una serie de enormes tsunamis".


Desastre mortal

Anak Krakatau también entró en erupción en 2018.

Esos tsunamis fueron la parte más mortífera del desastre, causando 34.000 de las 36.000 muertes que se le adjudican. Baker recordó cómo él y su padre se dirigieron a Anjer, en la costa oeste de Banten, una provincia de Indonesia.

"Esta ciudad quedó completamente sumergida", dijo.

"He oído decir a mi padre que el hotel en el que se había alojado estaba tan inundado que podía navegar con el barco por encima y echar el ancla por la chimenea".

Algunas personas lograron sobrevivir a los tsunamis y huir a las montañas.

Pero si bien allí estaban a salvo del agua, no estaban completamente protegidos de los flujos piroclásticos —avalanchas rápidas y a ras de suelo de gases volcánicos calientes, ceniza y fragmentos de roca— que llegaron después.

No hubo respiro de los efectos del Krakatoa durante esas 48 horas. La ceniza se dispersó por todo el mundo, creando un halo alrededor de la Luna y el Sol, y actuando como filtro de radiación. Disminuyó las temperaturas globales hasta en 0,5 °C, un cambio que tardó cinco años en normalizarse, según los NCEI.

Las partículas en la atmósfera también provocaron amaneceres y atardeceres rojos en todo el mundo, ya que dispersaban la luz de forma diferente a la que estamos acostumbrados; un fenómeno que se puede apreciar en pinturas de la época.

Algunos incluso creen que el cielo rojo de "El Grito" de Edvard Munch se inspiró en este evento.


Lecciones

Algunos creen que los atardeceres rojos del Krakatoa inspiraron el cielo en "El Grito" de Edvard Munch.


A pesar de toda la destrucción que causó, la erupción nos enseñó algo fundamental sobre nuestro planeta.

Antes de la erupción, nadie conocía las corrientes en chorro: corrientes de aire invisibles en las capas superiores de la atmósfera que desempeñan un papel fundamental en nuestro clima. Ver la magnitud de los efectos atmosféricos del Krakatoa cambió eso.

"Fue el primer acontecimiento del que la humanidad, con conciencia científica, se dio cuenta de que afectaba al mundo entero", dijo Winchester.

"Y así comenzó la comprensión de que el mundo entero era una entidad interconectada, y cosas que ahora damos por sentadas, como la percepción del calentamiento global y el aumento del nivel del mar... todas ellas tuvieron su origen en la comprensión de que el mundo es un lugar interconectado. Eso nació con la erupción del Krakatoa".




sábado, 11 de julio de 2026

La "Isla del Ayer", la "Isla del Mañana" y otras islas con fronteras curiosas que comparten varios países

 
Hay menos de una veintena de islas con más de un soberano 
 
 
Por Dalia Ventura
BBC News Mundo

 

En la Tierra, existe un número incalculable de islas marinas... no porque no se haya intentado contarlas, sino porque no hay un recuento único universalmente acordado.

No obstante, la gran mayoría -por no decir todas- tiene dueño, pues casi cada metro cuadrado de la superficie del planeta cae bajo la soberanía de algún Estado.

El caso de Japón es ilustrativo y curioso. En 2023 descubrió que tenía el doble de islas de lo que creía: una encuesta de la Autoridad de Información Geoespacial del país elevó la cifra de 6.852 a 14.125, gracias a los avances en tecnología de cartografía.

Pero es Suecia la que encabeza la lista de países con más islas: 267.570, según el sitio web de geografía WorldAtlas. Y una de estas forma parte de un grupo muy reducido: el de las islas marítimas que tienen más de un dueño.

Entre ellas, Borneo es la única repartida entre tres países: Indonesia ocupa la mayor parte de la isla, que solía ser colonia neerlandesa; la zona norte, que fue dominio británico, pasó a Malasia en 1963; y el pequeño sultanato de Brunei, que se independizó en 1984.

Varias de las otras islas también reflejan divisiones heredadas de antiguas potencias coloniales, con fronteras que siguen vigentes a pesar del colapso de aquellos imperios, como La Española, dividida entre Haití, en el lado francés, y la República Dominicana, en el lado español.

En algunos casos, como Irlanda y Chipre, la separación política de esos territorios generó conflictos, pero en otros se llegó a acuerdos pacíficamente, como ocurrió con la Isla Grande de Tierra del Fuego, uno de los confines más australes del mundo que Chile y Argentina decidieron compartir en 1881, trazando una línea imaginaria.

Pero hay un puñado de islas con historias llamativas, a menudo inesperadas y en ocasiones sorprendentes.

 

Märket

La pequeña isla tiene un faro y varias marcas en el terreno indicando por dónde está la singular frontera. 

 

Hay islas que se dividieron por guerras, por tratados o por caprichos coloniales. Märket se dividió por un faro.

El peñasco en el mar Báltico, de unos 350 metros de largo y 150 de ancho -tan pequeño que cuesta encontrarlo en el mapa-, lleva repartido entre Suecia y Finlandia desde 1809, cuando esta última nación estaba bajo el dominio de Rusia.

El Tratado de Fredrikshamn estableció que la frontera pasaría justo por el centro del islote. Durante décadas, la línea fue recta y nadie le prestó mayor atención.

El problema llegó en 1885, cuando el Gran Ducado de Finlandia decidió construir un faro en el punto más alto de la isla, lo cual era razonable, salvo por un detalle: ese punto estaba en territorio sueco. A los rusos eso no les molestó, y los suecos nunca reclamaron. Simplemente coexistieron con esa anomalía durante 100 años.

En 1985, cuando Finlandia ya era independiente, los dos países resolvieron el entuerto con elegancia: redibujaron la frontera de modo que el faro quedara en suelo finlandés, pero sin que ninguno ganara ni perdiera un centímetro de costa, para no alterar los derechos de pesca de ninguna de las partes.

El resultado es una línea fronteriza con una curva en S que no existe en ningún otro lugar del mundo, trazada para rodear un faro.

 

Siendo la isla marítima más pequeña dividida entre dos naciones, cada una con su huso horario, al cruzar esa frontera -cosa que haces a menudo si la recorres- pasas en segundos de estar oficialmente una hora "antes" a una "después", y visceversa.

Hoy Märket no tiene población permanente, pero cuenta con entusiastas que la visitan, atraidos no sólo por su peculiar frontera, sino también por el histórico faro, ahora automatizado, y por su entorno remoto y salvaje en pleno mar Báltico.

Para los radioaficionados, es un destino prestigioso, ya que es un lugar muy poco habitual desde el que transmitir y, por tanto, especialmente codiciado para establecer contactos. 

 

Usedom 

Si hay una isla que concentra más historia por kilómetro cuadrado que cualquier otra de esta lista, esa es Usedom.

Esta isla báltica de 445 km², frente a las costas del noreste de Alemania, fue durante mucho tiempo un tranquilo destino de veraneo.

La burguesía prusiana la frecuentaba desde el siglo XIX, y los kaiseres dejaron su huella en los elegantes balnearios de Ahlbeck, Heringsdorf y Bansin, que todavía conservan sus fachadas blancas y sus largos muelles de madera.

Pero durante la Segunda Guerra Mundial, una punta de la isla albergó uno de los proyectos más secretos y ambiciosos de la historia.

Usedom es una isla turística, con playas paradisíacas, villas palaciegas y una rica historia real y cultural.

 

En la década de 1930, Hitler ordenó la construcción de una fábrica clandestina de armas y un centro de investigación en la costa norte, en el pueblo pesquero de Peenemünde.

En ese laboratorio militar se inventaron instrumentos de la guerra moderna.

Fue allá donde el ingeniero mecánico y aeroespacial alemán Wernher von Braun y su equipo desarrollaron el cohete V-2, el primer artefacto fabricado por el hombre en alcanzar el espacio.

Lo que se probó allí anticipó tanto el terror de los bombardeos sobre Londres como, años más tarde, la carrera espacial.

Al acabar la guerra, en la Conferencia de Potsdam de 1945 se decidió que la punta oriental de la isla -incluyendo su ciudad más grande, el puerto de Swinemünde- pasara a formar parte de Polonia. Los habitantes alemanes fueron expulsados. La ciudad se rebautizó como Świnoujście, y la isla quedó dividida en dos: el 80% para Alemania, y el 20% restante, con la mayoría de la población, para Polonia.

Durante décadas, la frontera fue incómoda para los dos países del bloque comunista. Fue solo con la entrada de Polonia en el espacio Schengen en 2007 que el muro invisible desapareció.

Hoy el paseo marítimo que une el balneario alemán de Ahlbeck con la ciudad polaca de Świnoujście es el más largo de Europa: 12 kilómetros que cruzan una frontera sin que nadie lo note.

Tan completa ha sido la transformación que académicos de la Universidad de Varsovia y de instituciones alemanas la estudiaron como un caso de manual: una frontera que pasó de separar a unir (ScienceDirect, 2021).

 

San Martin / Sint Marteen 

Esta pequeña isla caribeña forma parte de las Antillas Menores, en el este del mar Caribe.

Con apenas 87 km², puedes cruzarla en auto en apenas una hora. Sin embargo, fue muy importante para los grandes imperios europeos... y tiene una historia de división muy pintoresca. 

 
Casas coloniales coloridas de Marigot, en la parte francesa de la isla.
 
 
Se cree que estaba habitada por el pueblo arawak, y que los caribes llegaron alrededor de dos siglos antes de que, en 1493, Cristóbal Colón se topara con ella, y empezara a pasar de mano en mano.

En 1631, estaba en las de los holandeses, a quienes les servía de útil escala entre sus colonias de Nueva Ámsterdam (Nueva York) y Nueva Holanda (en el noreste de Brasil).

Dos años después, los españoles los expulsaron, en medio de la Guerra de los Ochenta Años en Europa por la independencia de los Países Bajos del dominio español.

En 1648, cuando la Corona española se vio obligada a reconocer su soberanía, sus súbditos abandonaron San Martín.

Neerlandeses y franceses establecieron asentamientos, y dividieron la isla en dos mediante el Tratado de Concordia, que hoy se mantiene como uno de los más antiguos que siguen en vigor. 

Y aquí viene lo divertido.
 
Antiguo letrero de calle en el paisaje urbano también colorido en Philipsburg, en la parte neerlandesa. 
 
 
Según la leyenda, llegaron a ese acuerdo de mediante una carrera, pues querían hacerlo civilizadamente.

Un representante de cada nación partió en sentido opuesto siguiendo la costa; donde se encontraran, se trazaría la línea divisoria. Cada uno eligió la bebida que tomaría en el camino: el francés, una botella de vino tinto; el holandés, una de ginebra.

Al parecer, calmar la sed con ginebra tenía un impacto mucho más negativo en el rendimiento atlético que beber vino, y es por eso que los franceses se quedaron con el 60% de la isla y los neerlandeses con el 40%.

Más allá de la leyenda, la frontera se modificó más de una docena de veces hasta que, tras el fin de las Guerras Napoleónicas en 1815 y la consiguiente estabilización europea, la línea divisoria dejó de fluctuar.

En 2023, Francia y los Países Bajos resolvieron la última disputa pendiente: la soberanía de Oyster Pond, una pequeña ensenada en el extremo oriental de la frontera.

Hoy ambas partes son administradas por las dos naciones europeas, pero solo el lado francés forma parte de la Unión Europea. El lado neerlandés, autónomo, tiene su propio gobierno. Así, la frontera de la isla es también, en sentido estricto, una frontera exterior de la UE.
 
 
Hans 

Pocas disputas territoriales de la historia reciente han sido tan largas, tan pacíficas y tan entretenidas como la que durante casi 50 años enfrentó a Canadá y Dinamarca por un peñasco ártico sin árboles, sin habitantes y sin ningún recurso conocido.

La isla Hans tiene 1,3 km², está cubierta de roca y hielo, y se alza en el estrecho de Nares, allí donde el archipiélago canadiense y Groenlandia se acercan desde lados opuestos del mar.

Técnicamente, puede pertenecer a cualquiera de los dos países.

En 1973, cuando ambos negociaron la frontera marítima de la zona, simplemente se saltaron la isla y prometieron retomar el asunto más tarde.

Tardaron décadas en hacerlo, y mientras tanto la disputa adquirió un tono que difícilmente se repite en la geopolítica mundial. 
 
Imagen satelital del epicentro de la graciosa guerra... ¿la ves?


En 1984, Canadá hizo una apuesta audaz por la propiedad, cuando desembarcó tropas en la roca, que procedieron a plantar su bandera de hoja de arce y enterraron una botella de whisky canadiense, antes de regresar a casa.

El ministro danés de Asuntos del Ártico de Dinamarca no podía permitir que tal provocación se mantuviera. Semanas más tarde partió hacia Hans, donde reemplazó los símbolos canadienses con una bandera danesa y una botella del mejor schnapps de Copenhague.

Y fue un paso más allá, dejando con orgullo una nota que decía: "Bienvenido a la isla danesa".

Así comenzó lo que la prensa bautizó como la Guerra del Whisky.

Durante años, el ritual se repitió periódicamente: una patrulla llegaba, encontraba la bandera del otro, la reemplazaba por la propia y dejaba su respectiva botella de bebida alcohólica. No hubo disparos, ni heridos, ni siquiera palabras duras.

Los visitantes de la isla describían un mar de banderas y notas dejadas en el lugar.

El desenlace llegó en 2022, cuando Canadá y Dinamarca acordaron dividir la isla siguiendo su cresta natural.

La isla Hans pasó a ser la más reciente de las islas marítimas del mundo compartidas por dos países, y la Guerra del Whisky pasó a la historia como uno de los conflictos más civilizados que se recuerdan.


Diómedes

La Gran Diomedes se ve desde la Pequeña Diomedes, en el centro del estrecho de Bering. En invierno, la capa de hielo es tan gruesa que se puede cruzar caminando de EE.UU. a Rusia sin mojarse los pies.


Con esta una última historia, para ser honestos, nos salimos del libreto: no vamos a hablar de una frontera que divide a una isla sino una que separa a dos islas... pero es que es irresistible.

En el estrecho de Bering, donde el océano Pacífico y el Ártico se encuentran, y donde Rusia y Alaska se miran a apenas 80 kilómetros de distancia, hay dos pequeñas islas: la Gran Diómedes, en el lado ruso, y la Pequeña Diómedes, en el lado estadounidense.

Entre ellas hay apenas 3,8 kilómetros de mar abierto, una distancia corta que separa ambas orillas casi como si fueran vecinas.

Lo especial de la situación es que por ahí pasa la línea internacional de cambio de fecha: una línea imaginaria del planeta que marca el "salto" de calendario entre un día y el siguiente.

Al cruzarla, no solo cambia la hora, sino también la fecha.

Eso significa que la Gran Diómedes y la Pequeña Diómedes están separadas no solo por una frontera internacional, sino por un día entero: cuando en la isla rusa son las 9 de la mañana del lunes, en la isla estadounidense todavía es aproximadamente la misma hora, pero del domingo.

Por eso se las conoce como la 'Isla del Mañana' y la 'Isla del Ayer': desde la Gran Diómedes puede verse, en cierto sentido, el futuro.

Durante siglos, los Yupik vivieron en ambas islas y cruzaban el estrecho -a veces congelado- con total normalidad. Pero la Guerra Fría convirtió esos 3,8 kilómetros en una de las fronteras más impermeables del planeta.

La Unión Soviética evacuó por la fuerza a los habitantes de la Gran Diómedes en 1948, y la "Cortina de Hielo", como llegaron a llamar al estrecho, separó familias durante décadas.

Hoy la Gran Diómedes tiene solo una base militar rusa. La Pequeña Diómedes sigue habitada por unas 80 personas, que viven del mar y que, en los días más claros, pueden ver las costas de Rusia.

E incluso asomarse, por así decirlo, al día de mañana.
 
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Mapa: Daniel Arce-Lopez, del equipo de periodismo visual de BBC News Mundo.
 
 


 

 

sábado, 4 de julio de 2026

Por qué EE.UU. se llama Estados Unidos de América y quién le dio el nombre

 

 

Por Carlos Chirinos
Especial para BBC News Mundo

 

Algunos dicen que Estados Unidos es un país sin nombre.

Sus ciudadanos lo llaman America (así, sin acento), apropiándose del nombre de todo el continente.

Y en el uso de ese nombre le sigue buena parte del resto del mundo, incluidos, curiosamente, los países que comparten el sur del continente y que también son americanos.

América es un nombre que precede, por siglos, a la formación como país de lo que hoy es Estados Unidos, que este 4 de julio celebra los 250 años de su Declaración de Independencia.

¿De dónde viene entonces el nombre actual? ¿Y se sabe quién lo eligió?

El nombre Estados Unidos de América consta en el acta de independencia firmada hace 250 años.

 

Colonias Unidas

Durante la mayor parte del período de colonización de los siglos XVII y XVIII, las 13 colonias británicas en América del Norte no eran una unidad política.

Eso fue cambiando con la cooperación militar durante la guerra Franco-Indígena (1754-1763), un conflicto entre Francia y Gran Bretaña por el control territorial en el que ambos bandos tuvieron aliados indígenas, y con las posteriores tensiones con la metrópolis en la década de 1770.

Entonces empezó a usarse el término United Colonies (Colonias Unidas) incluso en documentos oficiales del Congreso, como el nombramiento de George Washington como comandante en jefe del Ejército Continental en 1775.

Algunas interpretaciones históricas aseguran que fue un español, Luís de Unzaga, gobernador de la Luisiana española de la época, quien, en una carta dirigida a un general de los colonos rebeldes, "bautiza" a los Estados Unidos de América como se usa hoy.

Como principal representante del Imperio español en Luisiana, hasta pocos años antes en manos de los franceses, Unzaga tuvo contacto con los colonos rebeldes, a quienes Madrid apoyaba en secreto para dañar los intereses del enemigo histórico británico.

"En su correspondencia con el mayor Charles Lee, en el verano de 1776, Unzaga le dirigió una carta con el tratamiento de 'General de los Estados Unidos Americanos'", indica en un artículo publicado en 2021 en su sitio web el Hispanic Council, un centro de estudios que promueve las relaciones entre España y EE.UU. a través de la investigación y la divulgación histórica.

"Esta era la primera vez que un representante de una potencia europea (...) aceptase así la existencia y nacimiento de la nueva nación norteamericana", añade.

 Luis de Unzaga gobernó Luisiana, que entonces hacía parte del Imperio español, de 1769 a 1777.

 

"Este hecho de gran trascendencia, el primer reconocimiento de EE.UU., le resultó al general Lee tan 'positivo y halagüeño' (...) que se lo transmitió literalmente a Joseph Reed, edecán de George Washington; poco después el propio Washington leyó esa misiva que había llegado a su despacho, creyendo que iba dirigida a él", se afirma en el texto titulado "Luis de Unzaga: el gobernador de Luisiana que bautizó a los Estados Unidos Americanos".

En un artículo biográfico sobre Unzaga que publicó el pasado abril el Instituto Franklin de la Universidad de Alcalá, cerca de Madrid, se hace referencia a la misma carta describiéndola como "un hito fundamental" en el reconocimiento de la nueva nación.

El artículo indica que la carta es "la primera vez que un representante europeo usaba esta denominación" que "validó a los combatientes como militares de un país independiente y no como meros rebeldes".

Además, afirma que Unzaga fue "el inspirador del nombre oficial en español de la nación al avalar el término sin anteponer Thirteen o el estatus de colonies a la denominación que aún quedaba como reminiscencia de las colonias inglesas".

 
El acta de independencia de las 13 colonias americanas unidas se firmó en Filadelfia.
 
 
El "mito español" en el bautismo de EE.UU.

Para el historiador español Gonzalo M. Quintero Saravia, todo este debate en torno al aporte de Unzaga "se parece a veces mucho a la película My Big Fat Greek Wedding (traducida como 'Casarse... está en griego' o 'Mi gran boda griega')".

"El protagonista de esa película es el padre de la novia, que es un griego norteamericano que ha emigrado desde Grecia y él siempre dice que es capaz de derivar cualquier palabra en inglés de un origen griego y para él todo es griego", explica Quintero en entrevista con BBC Mundo desde Madrid.

Haciendo una analogía, Quintero considera que en los últimos años se ha dado una tendencia a amplificar "ese mito de que todo lo que pasó en Estados Unidos tiene origen español, algo que contrasta con el 'borrado' que se produjo durante décadas de la contribución española al proceso independentista".

Y añade: "Mucho de lo que ocurrió en Estados Unidos tiene origen español, pero llegar a decir que el nombre de Estados Unidos fue inventado por una carta que escribió un gobernador a George Washington, pues me parece un poco estirar un poco las cosas".

El historiador ha escrito sobre el papel de España en el proceso de independencia estadounidense, particularmente sobre las acciones que tomó el sucesor de Unzaga al frente de Luisiana, Bernardo de Gálvez.

 
España apoyó a las Trece Colonias en la Guerra de Independencia de Estados Unidos. 
 
 
En su libro "Bernardo de Gálvez: un héroe español en la Guerra de Independencia de los Estados Unidos de Norteamérica" (publicado originalmente en inglés como Bernardo de Gálvez: Spanish Hero of the American Revolution, por The University of North Carolina Press, 2018), Quintero destaca cómo las campañas militares españolas contra los asentamientos británicos en el río Misisipi fueron cruciales para impedir que Londres dedicara todas sus fuerzas a enfrentar al ejército de Washington.

"La Revolución americana se enmarca dentro de un contexto y el contexto es las guerras entre las potencias europeas por el control americano. Pero incluso antes de que Francia entrase en la guerra (1778) y de que España también lo hiciese en 1779, ya es un conflicto mundial porque tanto Francia como España apoyan a los revolucionarios norteamericanos, que es una tradición muy normal entre imperios", afirma Quintero.

"El siglo XIX es un periodo de construcción norteamericano que mira hacia el anglosajón, teñido un poco de anticatolicismo porque están construyendo un país basado en valores protestantes; España no encajaba como ayuda a la Revolución americana como sí encajaba Francia. No encajaba el apoyo de una monarquía católica a la Revolución americana".

Esa tendencia ha cambiado en las últimas décadas y el aporte español a la independencia estadounidense está siendo redimensionado para ponerlo más a la par del de Francia, mucho más reconocido.

Sin embargo, el historiador Quintero indica que no ha visto prueba documental que respalde la tesis del país "bautizado" por Unzuaga.

"Tendría que verla. Si la hay, no tengo ningún problema en admitirlo, pero yo al día de hoy no conozco ninguna prueba de eso".

 

El nombre de Estados Unidos de América se usa por primera vez

 

El primer uso escrito documentado de Estados Unidos de América se produjo el 2 de enero de 1776, cuando Stephen Moylan, ayudante de Washington, escribió una carta expresando su deseo de viajar a España "con plenos y amplios poderes de los Estados Unidos de América".

La famosa carta de Unzaga está fechada el 4 de septiembre de 1776, lo que ayuda a desmontar la tesis de que Washington adoptó entonces esa definición para el país.

Eso sin contar con que el líder independentista estaba centrado en asuntos militares y no en la creación de estatutos legales.

El 4 de julio de 1776, Thomas Jefferson incluye el nombre en la Declaración de Independencia, documento fundacional del país y de la cual fue el principal redactor.

El texto pasó de decir: "Una Declaración de los Representantes de los Estados Unidos de América…" a "La Declaración unánime de los 13 Estados Unidos de América".

En septiembre de ese año, el Segundo Congreso Continental resolvió cambiar las 'Colonias Unidas' por 'Estados Unidos', con lo que se oficializó el nombre del nuevo país que se usó en los Artículos de la Confederación (1781) y más tarde se incorporaría a la Constitución (1789).

No está probado que George Washington tuviera ninguna vinculación con la elección del nombre de Estados Unidos.

 

Columbia y otros nombres que se propusieron para EE.UU.

 

Pero para algunos, el país debía llamarse de otra manera.

Entre las opciones estuvieron Columbia (para homenajear a Cristóbal Colón); Freedonia o Fredonia, en alusión a la libertad de los nuevos territorios, y nombres de referencia geográfica como Appalachia o Alleghania, que pretendían vincular la identidad del país al paisaje que lo diferenciaba de Europa.

Ninguna prosperó, aunque Columbia fue la más cercana a convertirse en oficial y sobrevivió en nombres como el Distrito de Columbia, de la capital, Washington, y en una decena de ciudades.

Aunque America (sin acento) sea el más popularmente usado dentro y fuera del país, el término Estados Unidos se impuso en documentos oficiales y en el lenguaje político.

Algunos argumentan que Estados Unidos no es estrictamente un nombre, sino una definición administrativa sobre cómo se organiza una nación a partir de una federación de territorios.

De hecho, hay otros Estados Unidos en América: es el caso de México, cuyo nombre es oficialmente Estados Unidos Mexicanos.

Brasil tuvo la misma denominación hasta 1967. En 1953, Venezuela cambió de Estados Unidos a República de Venezuela. Hubo unos Estados Unidos Centroamericanos entre 1821 y 1841. Y Colombia también fue Estados Unidos entre 1863 y 1886.

"Los Estados Unidos se han apropiado del continente desde el principio. El ejército de George Washington se llama ejército continental. El congreso donde se reunían los representantes de las 13 colonias se llama Congreso Continental", indica a BBC Mundo el historiador Quintero.

"Para Estados Unidos, el continente americano es lo que los demás del mundo llamamos Norteamérica. Para cualquier otro, América es desde Canadá hasta Tierra del Fuego. Pero para Estados Unidos, América es solamente ellos. Y es una apropiación que tiene lugar desde el primer momento en Estados Unidos".


Fuente: Por qué EE.UU. se llama Estados Unidos de América