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domingo, 3 de mayo de 2026

Mercenarios y oportunistas: la verdadera historia de los samurái, los guerreros milenarios de Japón

 

 
Ningún otro grupo social medieval ha sido tan celebrado o mitificado de manera tan constante en la cultura popular como los samuráis.
 

Por Matthew Wilson
BBC Culture
 
 
 
La perdurable herencia de los samuráis es un fenómeno singular en la historia cultural.
 
Ningún otro grupo social medieval ha sido tan celebrado o mitificado de manera tan constante en la cultura popular, desde los grabados ukiyo-e del siglo XVIII hasta los videojuegos, series de televisión y películas contemporáneas.

El arco de la fama siempre tiende a la falsificación, y así ocurre con los samuráis: ¿eran realmente estos legendarios caballeros de antaño tan intrépidos, leales, autosacrificados, disciplinados y exclusivamente japoneses como pensábamos?

No según una exposición del Museo Británico sobre los samuráis que busca disipar la cortina de humo de fantasía que rodea a estos guerreros misteriosos y tan mal comprendidos, para revelar su historia verdadera, mucho más fascinante.

"No eran un grupo uniforme de personas a lo largo de la historia", dice a la BBC la curadora de la exposición, Rosina Buckland.

"Creo que la percepción en Occidente es que los samuráis son guerreros y ciertamente lo eran. Así surgieron y ascendieron a posiciones de poder en la Edad Media. Pero eso no es todo".

Los orígenes de los samuráis se remontan al siglo X, cuando fueron reclutados por primera vez como mercenarios para las cortes imperiales.

Evolucionaron hasta convertirse en una pequeña nobleza rural pero no eran, como se les consideró más tarde, cruzados que seguían códigos caballerescos consagrados por el tiempo.

 
El origen de los samurái se remonta al Siglo X, cuando fueron reclutados como mercenarios.   

 
En batalla tendían a usar tácticas oportunistas como emboscadas y engaños, y a menudo estaban motivados más por recompensas de tierras y estatus que por un sentido del honor o del deber desinteresado.

Su mentalidad adaptable significaba que también adoptaban influencias multiculturales y tecnología extranjera, otro aspecto sorprendente de la identidad samurái.

La coraza de un magnífico traje de armadura samurái expuesto en la exhibición estaba basada en un diseño portugués.

Tiene un frente puntiagudo y lados angulados para desviar balas de mosquete, características que solo se volvieron necesarias después de la importación de armas de fuego europeas a Japón en 1543.

 

"La cultura es poder"

Los samuráis alcanzaron el poder político aprovechando el caos causado por disputas sobre la sucesión imperial. Finalmente, un clan dominante, los Minamoto, tomó el control y estableció un nuevo gobierno en 1185, paralelo a la corte de emperador.

Con los años, hubo ascensos y caídas de estas dinastías de señores de la guerra, con diversas batallas entre líderes de clanes. Pero, como señala Buckland, "incluso en estas primeras etapas, la cultura es enormemente importante. La cultura es poder".

Los líderes militares, llamados shōguns, se dieron cuenta de que no podían ejercer con éxito su autoridad si mantenían la mentalidad de señores tribales.

Así que encontraron maneras de complementar su fuerza militar con modos más sutiles y sofisticados de ejercer poder dentro de la sociedad cortesana.

Su manual de gobierno se basaba en la filosofía china, principalmente en las ideas de Confucio.

"En el pensamiento neoconfuciano", dice Buckland, "debe haber un equilibrio entre el poder militar y la habilidad cultural".

La consecuencia fue una creciente inversión en poder blando dentro de las cámaras impregnadas de incienso de la corte.

Además de ser expertos en el arte de la guerra, los samuráis se volvieron versados en las artes refinadas de la pintura, la poesía, la música, el teatro y las ceremonias del té.

Un abanico que representa orquídeas, pintado en el siglo XIX por un artista samurái, es uno de los objetos más bellos e inesperados de la exposición.

Con los años, los samurái no solo fueron guerreros, sino también administradores del Estado japonés.
 

Shōgun, la serie de Disney/FX cuya segunda temporada está actualmente en producción, ofrece un relato ficcionalizado de uno de los puntos de inflexión en la historia de los samuráis.

En el siglo XVI, un líder de clan, Tokugawa Ieyasu (representado por el ficticio Yoshii Toranaga en la serie) estableció un gobierno tan exitoso que duró 250 años.

Esto significó que ya no hubo grandes batallas dentro de Japón, y los samuráis asumieron nuevos roles. En lugar de comandar el campo de batalla, ahora administraban el Estado.

"Son los ministros, los legisladores, los recaudadores de impuestos", dice Buckland.

Asumieron trabajos que se extendían por toda la corte, "hasta ser los guardias de las puertas del castillo".

 

Mujeres samurái

Durante este nuevo régimen, conocido como el Shogunato Tokugawa, las familias de los daimyos (los señores regionales de Japón) fueron obligadas a vivir en su base de poder, la ciudad de Edo (Tokio).

"Son una especie de rehenes, cerca del shōgun para que él pudiera mantenerlos bajo control", dice Buckland. Era un medio para asegurar la obediencia y lealtad de los samuráis.

"No puedes estar conspirando en las regiones si tu esposa y tu heredero están en Edo, porque podrías perder acceso a ellos, o podrían ser ejecutados".

El resultado fue una mayor importancia del papel de las mujeres en los círculos samurái, según Buckland.

"Las mujeres dirigen los hogares mientras sus esposos están a menudo ausentes. Y si eres un samurái de alto rango, podrías tener 40 o 50 personas en tu casa. Es como dirigir un pequeño negocio".

Además de supervisar al personal y a los comerciantes, también gestionaban la educación de sus hijos y recibían invitados siguiendo los rituales y procedimientos requeridos.

Diversos objetos en la exposición del Museo Británico, como túnicas, manuales de etiqueta y accesorios, cuentan las historias de vida de estas mujeres samurái.

Una muestra de digital de la exposición "Samuráis" del Museo Británico.
 

Durante el Shogunato Tokugawa, las obras de teatro, poemas y obras de arte exaltaban cada vez más a los legendarios samuráis del pasado, enfatizando su heroísmo, valor y lealtad.

La mayoría proclamaba las virtudes de los hombres, pero algunas también relataban historias de mujeres guerreras samurái.

Un grabado ukiyo-e de 1852 muestra a una de estas mujeres: Tomoe Gozen, esposa de un general del clan Minamoto.

La muestra en la Batalla de Awazu en 1184, donde se decía que había rastreado al temible guerrero Hachirō Morishige, lo derribó de su caballo y le arrancó la cabeza con sus propias manos.

 
Declive y renacimiento

Durante la era Meiji (1868-1912), Japón abrió sus fronteras al comercio internacional y comenzó a modernizar su industria, su ejército y sus instituciones sociales. Entre los cambios estuvo la abolición oficial de la clase samurái en 1869. Fue otro momento crucial en su historia.

"En este punto, la imagen del samurái se vuelve pura ficción", dice Buckland. "Se rechaza durante unos 25 años, pero luego surge la nostalgia y su imagen se revisita".

Fuera de Japón, una nueva fascinación por los samuráis llevó a la popularidad de libros como "Bushido: El alma de Japón" (1899), escrito por Nitobe Inazō, un cuáquero japonés que vivía en California.

"El libro fue muy leído", dice Buckland.

"Theodore Roosevelt compró múltiples copias para regalarlas a sus amigos. Se usó para explicar el éxito de Japón porque recientemente había ganado la Guerra Sino-japonesa y luego derrotado a Rusia".

Dentro de Japón, a lo largo del siglo XX, se distorsionó la imagen de los samuráis con distintos fines, como propaganda militar y símbolo de la nación.

Después de la Segunda Guerra Mundial, los relatos sobre ellos renacieron una vez más, esta vez como tema de películas.

El traje del mítico personaje de Star Wars, Darth Vader, fue inspirado en las armaduras de los samurái

 

El más famoso de los directores detrás de estas cintas fue Akira Kurosawa, cuyo talento para la narración visual y el manejo de secuencias de acción tuvo un impacto importante en el cine estadounidense.

"Los siete samuráis" (1954) fue reinventada como "Los siete magníficos" (1960), y "Yojimbo" (1961) inspiró "Por un puñado de dólares" (1964).

Posteriormente, Hollywood incluso produjo sus propias películas de samuráis, como "El último samurái" (2003) y "47 Ronin" (2013), y la popularidad de todo lo relacionado con estos guerreros quedó reafirmada recientemente con el éxito de la mencionada "Shōgun", basada en la novela de 1975 del escritor inglés James Clavell.

Como demuestra la exposición, la película original de Star Wars, "Una nueva esperanza" (1977), se inspiró en "La fortaleza escondida" (1958) de Kurosawa, y muchos de los trajes fueron influenciados por la armadura samurái, siendo el de Darth Vader -expuesto en la sala final de la exhibición- el más icónico.

La verdadera historia de los samuráis es una de evolución y adaptación, desde sus inicios como mercenarios medievales hasta su posterior estatus como burócratas refinados y mecenas de las artes.

Pero su leyenda ha demostrado ser una fuente perenne de intriga y fascinación, mantenida viva durante décadas en el arte, el cine, los videojuegos y la ficción.

"Y esperamos", dice Buckland sobre la exposición del Museo Británico que cierra este 4 de mayo, "que la gente se sienta inspirada a crear nuevas representaciones de los samuráis".

 

Fuente: Historia de los Samuráis 

 

 


 

martes, 7 de octubre de 2025

Edmond Locard, detective sin par

 


 

El Sherlock Holmes francés que puso la ciencia al servicio de la justicia y llegó así  a ser uno de los padres de la moderna criminología 


Por François Corre


CIERTO DÍA del año 1915, un sacerdote se presentó en la Sección de Criptología del Ministerio de la Guerra francés, en París, a ofrecer una clave ideada por él. Tenía gran afición a la literatura, explicó, y la criptografía era su pasatiempo predilecto. Había trabajado durante cuatro años en la elaboración de su clave y creía que ningún especialista en la materia podría descifrarla. Informó al funcionario encargado de la sección que había cifrado un texto famoso de la literatura francesa y que se lo dejaba hasta el día siguiente, para que los especialistas juzgaran el trabajo.

Un teniente de reserva, de 38 años de edad, aceptó inmediatamente la prueba que se lo proponía. Su experiencia le permitió ver en seguida que aquella cifra parecía ser realmente impenetrable y, por tanto, decidió enfocar el problema de otro modo: “¿Qué famoso texto   que hubiera elegido el sacerdote?” se preguntó. Sin duda sería un pasaje que fuera muy familiar para él. Muy probablemente una de las fábulas de La Fontaine. Les deux Pigeons (Los dos pichones) podía muy bien ser una obra predilecta de aquel hombre y su extensión era poco más o menos la misma que la del texto cifrado.
El teniente corrió a la ventana.
El sacerdote bajaba los escalones de la entrada del edificio cuando lo llamó:
—¡Un momento, padre! —¡Deux pigeons s’aimaient d’amour tendre! (Dos pichones se amaban tiernamente).
Durante un momento, el sacerdote quedó estupefacto y luego se sentó pesadamente en el segundo escalón, totalmente abatido.

Hombre universal

El funcionario que había resuelto el enigma con tan asombrosa rapidez era el Dr. Edmond Locard, director del Laboratorio Científico de la Policía de Lyon y uno de los padres de la moderna criminología.  Era un hombre universal, que no sólo tenía interés, por la investigación de los delitos, sino también por la grafología, la música, el arte, la filatelia, las matemáticas, la botánica y, sobre todo, la gente.

Innumerables veces, valiéndose de sus vastos y variados conocimientos, había sorprendido y descubierto a algún criminal.
Una vez, habiéndose encontrado en Mont d’Or, montañas situadas no lejos de Lyon, el cadáver de un ingeniero asesinado, Locard fue a examinar el lugar del crimen. No había huellas digitales en el arma usada por el asesino, ni, al parecer, se halló la más ligera pista cerca del cadáver. Al día siguiente, cuando iba a su oficina en el Palacio de Justicia, Locard pasó por la habitación donde se hallaban reunidos los vagabundos arrestados la noche anterior. De pronto, se detuvo. Había observado en la manga de uno de ellos una espora minúscula de una rara especie de diente de león, especie que creía, según había visto, cerca del cadáver del hombre asesinado. Además, en la chaqueta del vagabundo aparecía una mancha oscura. Analizada esta última por encargo de Locard, resultó ser sangre del mismo tipo que la de la víctima. Al interrogarlo, el vagabundo no pudo resistir y confesó su crimen.

Antes que el profesor Locard profesase la criminología, nada en su vida indicaba que llegaría a ser uno de los más eminentes especialistas en esta ciencia. 
Nació Locard en Saint-Chamond (Loira) en 1877, en el seno de una familia rica y culta.
Hasta los 33 años de edad no ejerció ninguna profesión. Su padre le aconsejó que estudiara medicina y él se hizo médico. Por otra parte, su madre sostenía que nadie podía ser un auténtico hombre de mundo sin educación legal, de forma que Locard se graduó también en leyes. Leía mucho y sus lecturas comprendían gran variedad de asuntos. 
Llegó a hablar bien cinco idiomas extranjeros y aprendió a leer once, entre ellos el hebreo y el sánscrito.

Como Locard gustaba de contar después con frecuencia, fue un aguacero tormentoso lo que decidió el curso de su vida. Paseaba un día por Lyon con el Dr. Jean Alexandre Lacassagne, uno de sus profesores en la facultad de medicina y famoso perito en medicina legal, cuando un súbito aguacero les obligó a los dos a guarecerse en un portal. Lacassagne, que detestaba perder el tiempo, sacó de su cartera una revista argentina de criminología y pidió a Locard que le tradujera un artículo que trataba de los criminales consuetudinarios. A Locard le pareció tan interesante el asunto, que en ese mismo momento decidió cuál había de ser la tarea de toda su vida.

Comenzó a devorar decenas de obras de criminología y buscó relacionarse con los más distinguidos especialistas conocidos entonces. 
Viajó a Alemania, Bélgica, Holanda y Gran Bretaña para estudiar nuevos métodos, y pronto comenzó a dar conferencias sobre esta novísima ciencia, la criminología, en sociedades y en agrupaciones cívicas.
Finalmente, a fin de utilizar de modo práctico sus vastos conocimientos, fue a ver a Henri Cacaud, jefe de la policía regional de Lyon. En ninguna parte del mundo, le dijo Locard, se perseguía e identificaba a los criminales como se debía hacer.
Cierto que en varios países había peritos y cada uno de ellos lograba excelentes resultados en su propio campo, pero en ninguna parte existía un equipo permanente de científicos y técnicos dedicados a emplear todos los recursos de la ciencia para descubrir a los malhechores.
Si Cacaud estaba dispuesto a ayudarle, él, Locard, establecería en Lyon el primer laboratorio criminológico del mundo.

Obra de un precursor

Locard se mostró persuasivo, y Cacaud accedió a permitirle que intentara la realización de su proyecto. El jefe puso a su disposición dos desvanes del Palacio de Justicia y le asignó como ayudantes a dos agentes.
El 10 de enero de 1910 comenzó a funcionar el Laboratorio Científico de Policía. Desde el principio Locard estableció una estricta regla, que ha llegado a ser un principio de la investigación policíaca: Hasta que no lleguen los especialistas del laboratorio, no se debe tocar nada en el lugar del crimen.
Locard explicaba con frecuencia: “Es imposible que alguien ejecute algún acto, especialmente con la intensidad propia de un acto criminal, sin dejar huella o rastro en el lugar del crimen”.

Descubriendo y analizando estas huellas o rastros, Locard habría de resolver un número de misterios increíblemente grande.

Por supuesto, las huellas más valiosas son las que deja el cuerpo del criminal, sobre todo sus huellas digitales. Peo en 1910, pocos eran los funcionarios de la policía que creía en la dactiloscopia (o sea el examen de tales huellas). Locard utilizó este método, en forma impresionante, en uno de sus primeros casos.
En el lugar de un robo, en la calle Ravat, en Lyon, descubrió huellas digitales en un vaso azul.
La policía arrestó después a un sospechoso cuyas huellas digitales eran idénticas a las encontradas en el vaso, pero el hombre tenía una coartada perfecta y testigos que lo respaldaban. Hasta entonces, los tribunales habían dado más valor a los testimonios que a las huellas digitales. Esta vez, la formidable precisión de Locard convenció a los jueces. Por primera vez en Europa un hombre era enviado  a prisión no habiendo más pruebas de su delito que huellas digitales. La moderna policía había logrado una victoria decisiva.

Sin embargo, con mucha frecuencia las huellas digitales encontradas en el lugar del crimen son imperfectas o se hallan medio borradas y, por tanto, no sirven para identificación por los procedimientos ordinarios. Locard estudió la distribución de los poros en la superficie palmar de los dedos de la mano y comprobó que formaban figuras características, identificables incluso en el fragmento más diminuto de una huella dactilar.  Esta nueva técnica, a la que él denominó “poroscopia”, le permitió resolver uno de sus casos más divertidos.

Una noche Locard fue a un salón de baile frecuentado por el hampa de Lyon. Allí se topó con un ladrón bien conocido, apodado “Bébert”, quien comenzó a burlarse de los métodos “científicos” de Locard y se jactó de que podía cometer un robo sin dejar la huella más leve.
Pocos días después, una casa, no lejos de la residencia de Locard, recibió la “visita” de un extraño ladrón que vació en el suelo el contenido de todos los cajones, pero sólo se llevó un anillo. 

Locard, sospechando que Bébert estaba cumpliendo el reto que le había lanzado, redobló sus esfuerzos, pero no pudo encontrar nada. Por fin, al cabo de varios días, descubrió en el alféizar de una ventana una bolita de sebo endurecido, poco mayor que la cabeza de un alfiler, en la que había un fragmento de huella digital. Examinada al microscopio, la figura característica formada por los poros resultó idéntica a la que aparecía guardada en el archivo de la policía. El ladrón había cometido el error de quitarse los guantes para encender una vela, le cayó cera en el índice de la mano izquierda, la cera se le desprendió y cayó en la base de la ventana. Locard le puso a Bébert la prueba ante los ojos, y el ladrón, estupefacto, reconoció que Locard había sido más listo que él.

Siguiendo el rastro

Locard logró algunos de sus éxitos más sensacionales como perito en grafología. Dedicó un largo tratado a cierta categoría especial de falsificación: la que se ejecuta cuando una persona guía, a veces por la fuerza, la mano de otra, por lo general la de una persona enferma o moribunda, lo que suele a hacer con el fin de lograr de este modo una herencia.
Locard intervino como investigador en docenas de casos. En uno de ellos, una mujer murió súbitamente seis meses después de casarse, habiendo nombrado como heredero universal a su esposo. La policía se enteró de que, si bien la hacienda propia de la difunta era modesta, pocos días antes de su muerte había recibido, de una amiga íntima suya, una gran herencia. El testamento de la amiga estaba trazado con letra clara y mano firme, pero el de su heredera aparecía escrito con débiles y vacilantes garrapatos.

Un minucioso examen del testamento de la amiga permitió a Locard descubrir que era una falsificación: se habían recortado las palabras de varios documentos manuscritos, las habían pegado en el debido orden, las fotografiaron y, por último, las litografiaron en papel legal. Luego, cuando examinaba con luz ultravioleta el testamento de la difunta esposa, Locard observó unos rasgos casi imperceptibles (letras al parecer) en una esquina de la hoja. 
Con un tratamiento químico, pudo descifrar aquellos rasgos, que formaban estas palabras: “Fui asesinada por mi esposo”.

A la vista de esta prueba, el acusado confesó que había falsificado el primer testamento con palabras recortadas de cartas recibidas por su esposa de la amiga de esta y luego había forzado a su mujer, que estaba ya enferma, a hacer testamento en su favor, para lo cual le había guiado la mano. Sin saberlo él, la difunta había usado una horquilla para poner en el documento una desesperada denuncia final.

La imaginación y la brillante capacidad analítica de Locard hicieron de él un perito en criptografía.
En agosto de 1914, en vísperas de la batalla del Marne, Locard formaba parte del equipo que logró descifrar una clave vital del Ejército alemán. Todos los días, en la torre Eiffel, el servicio francés de información secreta interceptaba las emisiones que intercambiaban el cuartel general alemán, en Coblenza (Renania), y las tropas alemanas que estaban en el frente.
A pesar de todos sus esfuerzos los especialistas franceses no lograban descifrar los despachos. Pero, un día captaron una emisión sin cifrar que los alemanes enviaban del frente a Coblenza: “Was ist Circourt?” (¿Qué es Circourt?) Evidentemente, el cuerpo militar que preguntaba esto había recibido antes orden de Coblenza de dirigirse a la aldea de Circourt, en los Vosgos, y no la había entendido. Locard, que tenía un juego completo de los mapas militares alemanes, vio que esta aldea de Circourt estaba identificada en estos como Xivry-C.

Media hora después, Coblenza envió la respuesta en clave. Los criptógrafos franceses comprendían que esta comunicación tenía que incluir las palabras Xivry-C. Basándose en esto y trabajando activamente por espacio de varias horas, fueron capaces de descifrar la clave usada por los alemanes en el frente occidental.
Hasta 1921, tres años después del armisticio, no se enteraron los alemanes de esta hazaña que quizá cambió decisivamente el curso de la guerra.

Sin dinero, pero sin par

El interés de Locard no quedaba limitado, en modo alguno, a la investigación policíaca. Como musicógrafo, pocos le superaban, y durante la mayor parte de su vida escribió una sección acerca de la música en un periódico de su ciudad. En 1917, asistiendo a una representación de Carmen en el teatro de la Metropolitan Opera de Nueva York, le susurró a su vecino, Justin Godard, subsecretario del Ministerio de Sanidad pública francés: 
―Juraría que el oboísta es de Lyon.
Godard se quedó mirando a Locard, boquiabierto.
―No es posible que usted sepa eso ―replicó.
En el entreacto fueron los dos a ver al oboísta, quien les dijo que había nacido en un suburbio de Lyon.
―¿Cómo es posible que usted lo supiera? ―le preguntó Godard a su amigo.
Locard le explicó que en la forma de tocar del oboísta había reconocido la sonoridad y la técnica respiratoria características de los que habían aprendido a tocar instrumentos de viento en el conservatorio de Lyon.

Lyon sentía tanto afecto por Locard como este por su ciudad. Durante años, uno de los más populares programas de la radio de Lyon fue una charla semanal de ocho minutos improvisada por Locard. La asombrosa variedad de sus conocimientos y su aptitud para improvisar le permitían tratar innumerables asuntos, tanto del judo como de Berlioz, lo mismo de sellos de correo raros como de setas. Un minuto antes de que terminara su tiempo, su secretaria le hacía una señal desde la cabina de control, y él siempre se las arreglaba para terminar con una notable anécdota o con un detalle de ingenio que concluía exactamente al segundo.

Locard empleaba gran parte de su tiempo libre en dar caminatas por el campo, buscando plantas raras. Pero en días de trabajo llegaba a su oficina a las 7 de la mañana y a veces permanecía en ella hasta bien entrada la noche. Además de ejercer su profesión y desempeñar muchas actividades cívicas, se dio tiempo para escribir unos 30 libros, entre ellos, un Tratado de Criminología, en siete volúmenes, que todavía sigue siendo el texto clásico para la policía científica de todo el mundo.

Al morir, el 4 de mayo de 1966, el Dr. Edmond Locard, poseedor de 22 condecoraciones francesas y extranjeras, criminólogo científico, autor y promotor cívico, casi no tenía dinero. Sus varios trabajos de investigación le costaron casi toda la fortuna que había heredado de su familia, y para pagarse sus gastos en los últimos años de su vida tuvo que vender, uno tras otro, los valiosos sellos de correo de su gran colección. Se había negado siempre, durante su larga carrera, a convertirse en funcionario, prefiriendo trabajar por contrato, y rechazó una pensión para así conservar plenamente su independencia personal.
Para mantener un cuerpo competente de especialistas, incrementaba él, a su propia costa, los bajos sueldos que el gobierno pagaba a sus ayudantes. Cuando a los cuerpos municipales de policía criminológica se les integró en un solo cuerpo nacional, en 1942, llegaron funcionarios al laboratorio de Lyon para hacer el inventario de todo el equipo que pasaba a pertenecer al Estado y fue bien poco lo que allí encontraron: dos sillas con asiento de esparto y un mechero Bunsen.
Locard, deseoso de mantener su autonomía en el mayor grado posible, había comprado con su propio dinero todo lo demás.

En la actualidad el laboratorio fundado por él sigue funcionado activamente. Ahora hay cientos de laboratorios semejantes esparcidos por todo el mundo, y los revolucionarios procedimientos ideados en un desván del Palacio de Justicia de Lyon, han llegado a ser parte del trabajo corriente en la investigación policíaca. Locard puso a la ciencia al servicio de la justicia y al mismo tiempo ganó en su especialidad fama mundial.
Pero fue más que un perito en criminología. Como ha dicho el novelista Alexandre Arnoux: 
“Era hombre de singular personalidad, el hombre de más diversas actividades y el más completo que la Providencia nos haya puesto en el camino”.
 

Condensado de “The Criminologist” (Noviembre 1968) © 1968 por The Forensic Publishing Company


Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo LIX, N° 352, Marzo de 1970, págs. 92-98, Reader’s Digest México, S.A. de C.V., México, México

 

Notas

El retrato de Locard aparece en la página como se ve, y la foto es mía. No hubo modo de ponerla de otra forma.

La negrita sobre la regla de Locard de no tocar nada en la escena del crimen es de mi parte. 

Guarecerse.- Refugiarse en alguna parte para librarse de un daño o peligro, o de las inclemencias del tiempo.
Sinónimos: refugiarse, cobijarse, resguardarse, ampararse, acogerse, albergarse, protegerse, etc.

Coartada.-  
1. Argumento de inculpabilidad de un reo por hallarse en el momento del crimen en otro lugar.
Sinónimo: defensa.

2. Pretexto, disculpa.
Sinónimos: disculpa, estratagema, excusa, justificación, pretexto, subterfugio.

Garrapato.- Rasgo caprichoso e irregular hecho con la pluma.
Sinónimos: garabato, pintarrajo, borrón, chafarrinada, chafarrinón.

2.Letras o rasgos mal trazados con la pluma.

Litografía.-
1.Arte de dibujar o grabar en piedra preparada al efecto, para reproducir, mediante impresión, lo dibujado o grabado.
2. Ejemplar obtenido por el procedimiento de la litografía.
Sinónimo: impresión

Horquilla.- Pieza metálica o de otro material, que se emplea para sujetar el pelo.
Sinónimos: pasador, rascamoño, gancho, ondulín.

Musicógrafo.- Persona que se dedica a escribir obras acerca de la música.
Sinónimo. musicólogo.

Seta.- Cualquier especie de hongo, comestible o no, con forma de sombrilla, sostenida por un pedicelo.
Sinónimos: hongo, callampa. DLE RAE

Vosgos.- Departamento situado en el noreste de Francia.

miércoles, 17 de septiembre de 2025

James Clerk Maxwell, el Einstein olvidado que predijo la existencia de las ondas electromagnéticas cruciales para la actual tecnología

 
James Clerk Maxwell es uno de los grandes científicos menos conocidos.
 
 
Por Anne McNaught
BBC Discovery
 
 
"Una época científica terminó y otra empezó con James Clerk Maxwell", sentenció Albert Einstein.

Heinrich Hertz le llamaba "Maestro Maxwell".

Como muchos otros científicos, ambos pensaban que el escocés era un genio.

Aun así es uno de los grandes científicos más desconocidos.

Eso a pesar de que su trabajo pionero sobre la naturaleza de la luz cruzó fronteras del conocimiento que hicieron posibles tecnologías de las que dependemos en la actualidad, desde teléfonos celulares y wifi hasta escáneres y hornos microondas, sin olvidar la radio y la televisión.

Además, su fascinación por el color resultó en la creación de la primera foto a color de la historia.

Pero ¿quién era y por qué es tan admirado por sus pares?

Su historia empezó en Escocia en el siglo XIX, más precisamente en Edimburgo, donde nació en 1831.

Desde pequeño era tan curioso que su tía decía que "era humillante que un niño preguntara tantas cosas que uno no podía responder".

Ese afán por saber y un talento especial para resolver complicados acertijos hizo que empezara a sorprender a sus contemporáneos desde que era joven, como señala Howie Firth, un científico que conoce muy bien la vida de Maxwell.

"En su tiempo libre experimentaba con las curvas que podía dibujar, usando lápices, alfileres e hilos. Así descubrió una nueva regla sobre el tipo de patrones. Presentó el resultado de ese experimento en la Sociedad Real de Edimburgo (la Academia nacional de ciencias y letras) cuando tenía 14 años".

Cuando terminó la escuela fue a la universidad, donde su padre quería que estudiara Derecho, pues en esa época la ciencia no era considerada como una profesión.

Por fortuna, el sistema de educación escocesa de entonces estaba diseñado para que los estudiantes pudieran desarrollar todo su potencial.

 

Los anillos de Saturno

La ciencia en esa época estaba muy influida por la obra de Isaac Newton, quien un siglo y medio antes había formulado sus tres leyes de movimiento y una teoría unificada de la gravedad, que explicaba tanto lo que sucedía en la Tierra como en los cielos.

Maxwell las absorbió y, unos años más tarde, las usó para resolver un gran enigma sobre el planeta Saturno.

 
¿Cómo podía haber anillos alrededor de un planeta?
 

"Se sabía que Saturno tenía anillos y que eran muy delgados, pero no se sabía de qué estaban hechos", le cuenta a la BBC Martin Hendry, de la Universidad de Glasgow.

Sin una nave espacial que pudiera ir a ver, las posibilidades de saberlo eran casi nulas. Pero se abrió una competencia para revelar el misterio y Maxwell decidió intentarlo.

"Lo que hizo fue tratar de entenderlo matemáticamente: si los anillos fueran sólidos, ¿podrían existir o los destruiría la fuerza de la gravedad? Así pudo demostrar que lo último era verdad, que la gravedad no permitiría que un cuerpo tan delgado orbitara Saturno... se partiría", explica Hendry.

"Lo que realmente predijo es que los anillos estaban compuestos de enormes cantidades de pequeñas partículas individuales que flotaban alrededor del planeta, y que aparentaban ser anillos sólidos sólo al observarlos desde tan lejos", agrega.

Su cálculo dejó a todo el mundo impresionado.

George Biddell Airy, un astrónomo y matemático de Inglaterra, lo describió como "una de las aplicaciones de matemáticas a la física más extraordinarias que jamás he visto".

Hoy en día, estamos seguros de que su respuesta fue la correcta gracias al viaje de la nave espacial Voyager, que sobrevoló Saturno.

Y lo más impresionante es que las imágenes que confirmaron que lo que Maxwell había dicho hace tanto era cierto sólo pudieron llegar a la Tierra gracias a su descubrimiento más trascendental: las ondas electromagnéticas.

 

Dos grandes rompecabezas

El magnetismo y la electricidad eran en ese entonces grandes desconocidos.

En Londres, otro científico, Michael Faraday, estaba haciendo todos los experimentos posibles para explorarlos.

Había desarrollado aplicaciones prácticas como el dínamo y el motor, y logró entender detalladamente ambos fenómenos, aportando mucho a la manera en la que los concebimos.

Impresión Vivex a color realizada a partir de lo que se cree que fue el primer conjunto de negativos con separación tricolor, realizado por el físico escocés James Clerk Maxwell entre 1859 y 1862. 

 

"Él enfocó la atención no tanto en el imán sino en el espacio que lo rodea. Dijo que no era sólo un pedazo de hierro, sino algo más complejo: es el centro de un sistema de invisibles tentáculos curvos que se extienden para atraer o rechazar otros imanes o metales. A ese sistema lo llamó 'campo'", explica Firth.

En la actualidad, estamos acostumbrados a la idea de que haya campos, o campos de fuerza, gracias a historias de ciencia ficción como Doctor Who o "Viaje a las estrellas". Pero en el siglo XIX era un concepto totalmente radical.

Lo que Faraday decía era que lo que parecía un espacio vacío, tenía algo adentro.

Y agregó que lo mismo ocurría con la electricidad: si se estaba viajando por un cable, habría un campo de fuerza alrededor.

Así, entendió que el magnetismo y la electricidad tenían que estar conectados de alguna manera, pues descubrió que se alteraban mutuamente y que cuando se les unía, los dos campos se combinaban y vibraban con energía.

Esa vibración creaba ondas, a las que llamó electromagnéticas, que se propagaban en el espacio como al tirar una piedra al agua.

 

¡Se necesita otro genio!

Pero Faraday no pudo ir más lejos. Como era autodidacta había llegado al límite de sus capacidades: sencillamente, no contaba con los conocimientos académicos necesarios.

 
Ilustración de Maxwell investigando magnetismo y luz.
 
"Faraday dio un paso gigante para hacer por la electricidad y el magnetismo lo que Newton había hecho por la gravedad. Lo que faltaba era matemáticas. El contacto con Maxwell se desarrolló primero por correspondencia y Faraday estaba muy contento por haber encontrado a un matemático tan extraordinario; Maxwell aceptó el reto, hizo varios modelos en su mente y encontró la respuesta", indica Firth.

Y la respuesta fue magnífica.

Maxwell redujo toda la información a unas pocas líneas matemáticas que mostraban cómo la electricidad y el magnetismo estaban conectados, y que los dos juntos -electromagnetismo- podían crear diferentes tipos de ondas que iban a la misma velocidad, la velocidad de la luz.

Reveló también que la luz que los humanos podemos detectar -la que llamamos "visible"- es sólo una parte de la gama de ondas electromagnéticas, que incluyen ondas de radio, microondas, rayos X, rayos Gamma.

Un enorme salto en el conocimiento... en apenas cuatro cortas ecuaciones que muchos consideran una obra de arte matemático.

 

Pasarían décadas...

"Pasó mucho tiempo antes de que los otros científicos aceptaran que era una buena idea. Era demasiado radical", señala Hendry.

"Tomó casi 15 años antes de que alguien pudiera mostrar que ese concepto matemático era algo físico que se podía medir y producir en un laboratorio", dice Claire Quigley, tecnóloga del Centro de Ciencia de Glasgow.

"El científico Heinrich Hertz (el de los hercios) produjo ondas de radio, tal como Maxwell predijo, las midió y confirmó que iban a la velocidad de la luz. Pero, aunque se complació por haber probado que Maxwell estaba en lo cierto, cuando le preguntaron cuáles eran las ramificaciones, respondió que ninguna", añade Quigley.

No obstante, apunta Hendry, "abrió el camino para que un científico realmente brillante, Einstein, tomara las ideas de Maxwell y las desarrollara hasta llegar a su teoría de la relatividad".

"Y unos 150 años después -agrega- en la física de partículas hablamos del 'campo de Higgs', que tiene que ver con entender las propiedades fundamentales de las partículas del Universo. Así que esa idea de un 'campo' sigue abriendo caminos".

 

Fuente: James Clerk Maxwell 

 

Nota

El artículo trae dos fotos de Maxwell, así que por razón práctica sólo puse una de las dos. 

domingo, 31 de agosto de 2025

La mujer que supo callar

Drama de la vida real

 

Arriesgó todo por salvar la vida de un oficial cuyo uniforme tenía muchas razones para odiar

 

Por  Janice Keyser Lester



EN UN ESTANTE de mi cocina guardo un antiguo y pequeño molinillo de café. El cajón de su base contiene un trozo de papel con un a escritura descolorida. 
La tinta, hecha con jugo de bayas, sea desvanecido, y el fino papel está frágil porque lo doblaron repetidas veces hasta hacerlo caber dentro de un botón de bronce. Parte del mensaje es todavía legible. Está fechado el 14 de septiembre de 1864, y comienza así:
“Querida Bettie: Aprovecho la oportunidad de enviarte esta nota ocultándola a los yanquis…”

Se trata de una carta remitida por un oficial confederado prisionero a su esposa, joven ojiazul de 20años que vivía sola con un matrimonio de negros, antes esclavos, en el valle de Shenandoah, entonces devastado por la guerra de Secesión. La joven se llamaba Bettie Van Metre, y durante los dos meses siguientes se convirtió en protagonista de uno de los episodios más dramáticos y menos concoidos de esa guerra. Yo lo conozco porque se lo oí muchas veces a la misma Bettie; ella fue mi tía abuela favorita,  y cuando murió tenía más de 80 años.

Siempre que mi familia visitaba a la tía Bettie en su antigua casa de Berryville (Virginia), yo no dejaba tranquila a la anciana hasta que me contaba la historia. Todavía me parece verme sentada en un escabel a la espera de que ella comenzara.
Siempre lo hacía diciendo: “Jamás odié a los yanquis; sólo odiaba la guerra”.

Bettie Van Metre tenía buenas razones para detestarla. Uno de sus hermanos murió en la batalla de Gettysburgo, y otro fue hecho prisionero. Luego, James, su marido, cayó también en poder del enemigo, y su carta hablaba de enfermedad, malos tratos y hambre. 
Bettie ni siquiera sabía dónde se encontraba su marido, pues la parte de la misiva en que había escrito la dirección era ilegible.

Durante más de tres años el hermoso valle de Shenandoah sufrió los azares de la guerra, hasta que quedó convertido en un desierto lleno de granjas abandonadas y de mansiones saqueadas. Los ejércitos rivales aún combatían denodadamente, mientras bandas de desertores y de guerrilleros asesinaban y robaban. Bettie dedicaba buena parte de su jornada a trabajar en el Cuerpo de Costura y Enfermería local, el anciano matrimonio negro la ayudaba y atendía, pero no obstante la afectuosa compañía del tío “tío Dick” Runner y de Jennie, su mujer, las noches resultaban interminables. 

Un bochornoso día de fines de septiembre un convoy yanqui se detuvo frente a una granja situada a unos 750 metros de la casa de los Van Metre. De una de sus ambulancias tiradas por caballos sacaron una camilla ensangrentada donde yacía un hombre. Tres días antes, en una salvaje escaramuza que tuvo lugar antes de la batalla del arroyo Opequon, una granada había estallado junto al teniente de 30años Henry Bedell, de la Compañía D del 11° regimiento de voluntarios de Vermont. Un fragmento se le había incrustado en la mano derecha, y otro le desgarró la pierna izquierda, de tal modo que fue forzoso amputársela por el muslo.

Cuando fue necesario evacuar a los heridos y llevarlos a Harpers Ferry, los médicos decidieron que Bedell no podría resistir el angustioso trayecto de 30 kilómetros. A fin de evitarle sufrimientos inútiles decidieron dejarlo en esa granja, al cuidado de su asistente. La granja, abandonada por sus dueños, estaba ocupada por una mujer zarrapastrosa, la cual aceptó sin comentarios el dinero que le ofrecieron por dar albergue al oficial.

Era Bedell hombre fuerte y valeroso. Antes que sus compañeros lo dejaran solo, les dictó una carta para su esposa, que residía en Westfield (Vermont). Les pidió también que pusieran a su lado su fusil de repetición, diciendo que si llegaban los confederados y él no había perdido la conciencia, lo sabría usar.
Sus camaradas lo ocultaron en el desván, y luego el convoy prosiguió su marcha.

Durante dos días la mujer y el ordenanza se emborracharon y anduvieron de juerga. Nunca subieron a ver al oficial, aunque oían sus lamentos. Aburridos de esperar que se muriera, al tercer día abandonaron el lugar. Pero tío Dick Runner había visto cuando introdujeron al herido en la granja. Y cuando la pareja partió, fue a pedir auxilio a la casa de los Van Metre.

Siempre que la tía Bettie contaba su impresión al ver al hombre demacrado y barbado que yacía en el desván con el uniforme azul manchado de sangre, la indignación le enrojecía el rostro. “Era una pesadilla: ¡esos horribles vendajes, ese espantoso hedor! Así es la guerra, hijita. Ni clarines ni banderas; sólo dolor e inmundicia, futilidad y muerte”.

Para Bettie Van Metre ese hombre no era un enemigo, sino un ser humano que padecía. Le dio de beber y trató de limpiar sus terribles heridas. Luego salió al aire y se apoyó contra la pared de la casa, esforzándose para no vomitar.

Sabía que era su deber dar aviso de la presencia de un oficial yanqui a las autoridades de la Confederación. Pero también sabía que no lo haría. “Me preguntaba si tendría una esposa esperándolo en alguna parte, sin saber dónde se encontraba su marido, como me pasaba a mí. Y me parecía que lo único importante era hacerlo volver a su hogar”.

Lentamente, con paciencia y habilidad, Bettie reanimó la vacilante llama vital  próxima extinguirse en Henry Bedell. Tres veces al día subía al desván para llevarle el alimento que podía encontrar. Carecía casi por completo de de medicamentos, y no estaba dispuesta a sacar ninguno de la escasa provisión del hospital confederado. Pero ya no podía volverse atrás. Bedell le había dicho que no lo apresarían vivo. “Todavía puedo tirar con mi mano izquierda”, agregaba hosco. 

Recuperaba poco a poco sus fuerzas; hablaba con Bettie de su mujer y sus hijos, que habían quedado en Westfield, y escuchaba atentamente cuando ella se refería a sus hermanos y a James. “Yo sabía que su mujer oraba por él, como yo lo hacía por mi marido”, decía la tía Bettie. “Algunas veces me sentía extrañamente cerca de ella”.

En el valle las noches de octubre comenzaron a ser frías. Las heridas de Bedell se volvieron a infectar, y aumentó el riesgo de que muriera de pulmonía en el desván sin calefacción. Entonces Bettie decidió llevarlo a su casa. Con ayuda del tío Dick y de Jennie, lo trasladó durante la noche y lo acostó en una cama puesta en un disimulado entrepiso encima de la cocina. Pero el movimiento y la intemperie afectaron seriamente al debilitado enfermo. A la mañana siguiente amaneció con fiebre alta; a mediodía deliraba, y al anochecer Bettie se dio cuenta de que moriría sin asistencia profesional. Luego de pedir a Dios que la iluminara, escribió una nota al médico de su familia, Dr. Graham Osborne, a quien había conocido desde niña.

El médico no perdió tiempo en recriminaciones. Examinó a Bedell y movió negativamente la cabeza.
Había pocas esperanzas, a menos que pudieran obtenerse remedios apropiados, que ya no había en la Confederación. Pero Bettie no se dio por vencida. “Entonces iré a Harpers Ferry a pedírselos a los yanquis”.

El médico trató de disuadirla. El cuartel enemigo estaba a 30 kilómetros de distancia, y aun en el caso de que consiguiera llegar allí, nadie creería su historia.

“Llevaré una prueba”, arguyó ella. En el cuchitril donde yacía Bedell había encontrado un ensangrentado documento con el sello oficial de la Secretaría de Guerra.  “Es el certificado de su último ascenso. Cuando se lo muestre a los yanquis, tendrán que creerme”.

Obligó al médico a escribir una lista de las medicinas que necesitaba, y al día siguiente partió muy temprano. Viajó durante cinco horas, deteniéndose sólo para que descansara la yegua. En una ocasión un vagabundo se levantó de una zanja y trató de coger la brida. Bettie le asestó un latigazo; el animal, asustado, se encabritó y partió a la carrera, y el hombre no pudo alcanzarlo. Ya se ponía el sol cuando mi tía se encontró por fin con el comandante yanqui, general John Stevenson, quien escuchó a la joven sin disimular su escepticismo.

“Señora”, le dijo,  “el asistente de Bedell nos informó que había muerto”.

“Está vivo”, insistió Bettie. “pero no lo estará mucho tiempo si no me da usted las medicinas de esta lista”.

El general vaciló. “Bueno”, dijo por fin, “no voy a arriesgar las vidas de unos cuantos soldados para descubrir la verdad. Que se entregue a la señora Van Metre lo que pide”, ordenó a su ayudante. Y sin querer escuchar las palabras de agradecimiento de Bettie, ledijo: “Sea o no verdad lo que afirma, es usted una mujer valiente”.

Con los remedios que ella llevó a Berryville, el Dr. Osborne logró detener la infección. Diez días más tarde Bedell andaba con un par de toscas muletas que el tío Dick le había hecho. Pero ya habían comenzado a propagarse rumores de que en la casa de los Van Metre habitaba un forastero, y pronto llegaron a oídos del médico, quien en su próxima visita dijo sin rodeos: “Bettie, usted se encuentra  en una posición peligrosa”.

Bedell estuvo de acuerdo: “Yo no puedo seguir comprometiéndola a usted. Ahora me siento lo suficientemente fuerte para viajar. Y tengo un plan”.

El plan consistía en ponerse de acuerdo con uno de los vecinos, un tal señor Sam, viejo granjero inconsolable por la pérdida de unas mulas que según él le habían robado los yanquis. Le quedaba una, y un carro. Se le propuso que llevara en él a Bedell hasta Harpers Ferry, pues allí probablemente lograría cambiar al inválido oficial por los animales desaparecidos. El anciano se dejó convencer de mala gana. 

Entonces Bedell confió a Bettie el resto de su proyecto: ella debía ir con él. “La guerra ya casi ha terminado”, agregó, “y quizá yo pueda ayudarla a encontrar a su esposo”.
Bettie vacilaba, pero finalmente estuvo de acuerdo.

El tío Dick preparó un arnés doble para enganchar la yegua al carro, junto con la mula de Sam. El oficial se acostó en una canasta vieja llenade heno, el fusil al alcance de su mano, así como también las muletas. El viaje fue largo y lento, y casi terminó trágicamente. Cuando se encontraban a una hora de distancia de los yanquis, aparecieron de pronto dos jinetes. Uno de ellos exigió dinero con una pistola, y el otro derribó del carro a Sam. Mientras Bettie permanecía inmóvil, paralizada de miedo, sonó una detonación detrás de ella, tan cerca que sintió el viento del disparo. El guerrillero de a caballo cayó al suelo, y un segundo tiro derribó a su compañero. Bettie vio como Bedell bajaba el arma y se quitaba las pajas de heno del cabello.
“Sigamos adelante”, dijo él.

Al llegar al campamento yanqui, los soldados no ocultaron su asombro ante la exhausta joven y el viejo labrador. Su sorpresa fue aun mayor cuando vieron levantarse de su cama de heno a un oficial de la Unión con una pierna de menos y la mano mutilada. “Todo cuanto recuerdo”, decía la tía Bettie, “es la expresión del rostro de Henry cuando descubrió su bandera y la saludó con la mano vendada”.

Bedell fue enviado a Washington. Allí contó lo ocurrido a Edwin Stanton, secretario de Guerra, que inmediatamente escribió una carta de agradecimiento a Bettie y firmó la orden de poner en libertad a James. Se concedió a ella un pase especial para los ferrocarriles a fin de que buscara a su marido, y se dispuso que Bedell la acompañara.

La busca no fue fácil. Los registros indicaban que un James Van Metre había sido enviado a una prisión de Ohio, pero cuando se hizo formar ante Bettie a los demacrados y andrajosos prisioneros, James no estaba entre ellos. Visitaron una segunda cárcel. Con el mismo resultado. Bettie luchaba contra el temor de que su marido hubiera muerto. Pero en Fort Delaware (Maryland), cuando se terminaron todos los recursos, un hombre alto, de ojos hundidos en el rostro extenuado, salió de las filas y cayó en brazos de su mujer. Ella lo oprimió contra su pecho, mientras las lágrimas le corrían por la cara. Y Henry Bedell, apoyado en sus muletas, lloró también.

Los tres regresaron por barco a Washington, y luego por ferrocarril a a la casa de Bedell en Vermont.
Una durable y profunda amistad surgió entre ambas familias. Más tarde cuando los Bedell tuvieron otros dos hijos, les dieron el nombre de sus amigos, Bettie y James. 

Poco después de terminada la guerra los Van Metre recibieron a  los Bedell en su plantación de Virginia.
Cincuenta años más tarde ambas familias mantenían aún cordiales relaciones.  Entonces la Legislatura de Vermont aprobó una resolución por la cual se agradecía a Bettie su acto de bondad. Y en 1915, el día del aniversario del nacimiento de Lincoln, el gobernador, Charles Winslow Gates, presidió un banquete ofrecido en Westfield en honor de mi tía, y le entregó un pergamino en el que se recordaba su hazaña.

Todavía puedo ver chispear los ojos azules de Bettie y escuchar su risa. Y en algunas ocasiones, cuando los hechos que ocurren en nuestro tiempo me parecen casi increíbles, tomo el antiguo molinillo de café y saco la frágil carta que James escribió hace más de un siglo. Eso me recuerda que, por oscuro que pueda parecer el porvenir, el amor es todavía más fuerte que el miedo, y que los actos misericordiosos se ven a menudo premiados inesperadamente.


Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo LVIII, N° 349, Diciembre de 1969, págs. 139-144, Reader’s Digest México, S.A. de C.V., México, México.


 

Notas

Guerra de Secesión o Guerra Civil Estadounidense (1861-1865), fue un conflicto entre la Unión (el Norte antiesclavista) y la Confederación (el Sur esclavista y  secesionista).

Abraham Lincoln (12 de febrero de 1809-15 de abril de 1865).- Político y abogado estadounidense. Fue el decimosexto presidente de los Estados Unidos (1861-1865).

Valle de Shenandoah.- Valle situado principalmente  en el estado de Virginia y en parte del de Virginia Occidental (Estados Unidos).

Jugo.- Zumo, concentrado, néctar, caldo, etc. 

Ilegible.- Que no puede leerse. Sinónimos: indescifrable, ininteligible, incomprensible.

Escaramuza.- Refriega de poca importancia sostenida especialmente por las avanzadas de los ejércitos. Lucha, contienda, enfrentamiento,  pleito, disputa, pelea. etc.

Zarrapastroso/sa.- Desaseado, andrajoso, desaliñado y roto.  Desaseado, desaliñado, andrajoso, desastrado, astroso, harapiento, sucio, descuidado, adán.

Ordenanza.- Milicia.  Soldado que está a las órdenes de un oficial o de un jefe para los asuntos del servicio.

Demacrado.-Que muestra demacración (Acción y efecto de demacrarse). Consumido, macilento, enfermizo, delgado, pálido, flaco, descolorido, mustio, etc..

Entrepiso.- Piso que se construye quitando parte de la altura de uno, entre este y el superior. Entreplanta, altillo. DLE RAE


lunes, 25 de agosto de 2025

Quién fue realmente el rey Midas y de dónde salió la leyenda de que convertía en oro todo lo que tocaba

 

Al abrazar a su hija, el rey Midas se dio cuenta del error que había cometido al pedir su deseo (Ilustración de 1893 de un libro para niños de Nathaniel Hawthorne).

 

Por Bella Falk
BBC Travel *

 

Quienes visitan Turquía siempre quedan cautivados por sus magníficos sitios históricos.

Desde las imponentes columnas de la Biblioteca de Celso en Éfeso hasta las colosales cabezas del monte Nemrut, el país casi se hunde bajo el peso de su esplendor histórico.

Pero hay una ciudad antigua (recientemente coronada como el vigésimo sitio del Patrimonio Mundial de la Unesco de Turquía) que anuncia su importancia con mucha menos fanfarria.

Su nombre es Gordio, la antigua capital del reino de Frigia de la Edad del Hierro, y tiene al menos 4.500 años.

Situada a unos 90 kilómetros al suroeste de Ankara, en una llanura árida y azotada por el viento, Gordio parece más una cantera o el cráter colapsado de un volcán extinto que una ciudad que alguna vez fue poderosa. 

Un enorme montículo, los restos enterrados de una ciudadela de 135.000 m², se eleva suavemente desde el paisaje circundante con un camino arenoso que conduce a la cima.

Desde allí, puedes mirar hacia las excavaciones abiertas y distinguir los contornos de las paredes derrumbadas, marcando las huellas de antiguas mansiones y almacenes como el plano de un agente inmobiliario.

Al otro lado del horizonte, docenas de montículos más pequeños salpican los campos como gigantescas madrigueras de topos prehistóricas.

Sólo la monumental puerta, rodeada por enormes muros de piedra de 10 metros de altura, da alguna indicación de que alguna vez fue la capital de uno de los reinos más grandes de la Edad del Hierro.

"Mucha gente no ha oído hablar de los frigios, pero aproximadamente entre los siglos IX y VII a.C. dominaron Asia Menor, lo que hoy es Turquía", explicó Brian Rose, profesor de Arqueología de la Universidad de Pensilvania, que ha dirigido excavaciones en Gordión desde 2007.

"Gordio se encuentra en la intersección de las principales rutas comerciales de este a oeste: al este estaban los imperios de Asiria, Babilonia y los hititas, y al oeste, Grecia y Lidia. Los frigios pudieron aprovechar esta ubicación estratégica y se hicieron ricos y poderosos".

Pero si bien el nombre Frigia puede no resultarte familiar, hay una persona asociada con esta ciudad que muchos pueden reconocer.

Los arqueólogos creen que Gordio fue gobernado por el legendario rey Midas, "el hombre del toque dorado".

En el histórico y antiguo valle, la Ciudad de Midas en Yazılıkaya, tiene casas y estructuras excavadas en las rocas.

 

Núcleo de verdad

El de Midas es un cuento con moraleja tradicional: el rey le hizo un favor al dios Dioniso y a cambio se le concedió un deseo.

En lugar de desear algo útil, el codicioso monarca pidió que todo lo que tocara se convirtiera en oro.

Inmediatamente se dio cuenta de su error: la comida se solidificó antes de que pudiera comerla, y cuando abrazó a su hija, ella se convirtió en una estatua.

La moraleja de la historia es bien conocida: ten cuidado con lo que deseas.

"La historia no es literalmente cierta", señaló la profesora Lynn Roller de la Universidad Davis de California, que ha estudiado a Gordio desde 1979.

"Pero muchos mitos tienen un núcleo de precisión histórica, aunque se distorsionan a medida que se vuelven a contar a lo largo de los siglos".

Pero, ¿quién fue Midas y de dónde viene la idea del "toque dorado"?

Para separar la realidad de la ficción, los arqueólogos primero tuvieron que demostrar que el rey Midas era una persona real.

La forma más sencilla de hacerlo era consultando textos antiguos.

"Un rey frigio llamado Midas se menciona en varias fuentes antiguas, incluidos los anales del gobernante asirio Sargón II", explicó Roller.

"Los asirios lo consideraban un rey poderoso y un rival importante en sus esfuerzos por expandir su territorio durante el siglo VIII a.C.".

Se pueden encontrar más pruebas de la existencia de Midas a unas dos horas al oeste de Gordio, en un lugar llamado Yazılıkaya, más comúnmente conocido como "Ciudad Midas".

Rara vez visitado por turistas, es un sitio de espectacular belleza en la cima de una colina donde las formaciones volcánicas sobresalen del paisaje.

Está plagado de cuevas y tumbas antiguas, y escaleras de 3.000 años de antigüedad conducen a túneles con eco tallados a mano en roca sólida.

 
En esta fachada de un templo está la prueba en piedra de que Midas existió.
 
 
Pero el más espectacular de todos los monumentos que hay aquí es la magnífica fachada de un templo, de 17 metros de altura, tallada en una pared de roca hace unos 3.000 años.

En la parte superior, una inscripción en frigio antiguo dice: "Ates […] ha dedicado [esto] a Midas, líder del ejército y gobernante".

Prueba, escrita en piedra, de que Midas era un rey real, lo suficientemente importante como para que el poderoso señor local Ates le dedicara su templo.

"Dado que Midas era un rey poderoso, es muy probable que esté enterrado en algún lugar de Gordio", dijo Rose.

"Encontrar su tumba sería un descubrimiento de enorme importancia. Y el lugar obvio para buscar era uno de los montículos que rodean la ciudad".

 

Sorpresa

Más de 125 túmulos rodean Gordio y datan del siglo IX al VI a.C.

Esos gigantescos movimientos de tierra, que parecen montículos alienígenas en un paisaje que de otro modo sería llano, fueron construidos para proteger las tumbas de personas importantes de los ladrones de tumbas, de forma muy similar a las pirámides egipcias.

El más grande, un pico empinado ahora cubierto de maleza y hierba amarilla, tiene 53 metros de altura, lo que lo convierte en el segundo túmulo más grande de Turquía.

Los expertos estiman que se necesitaron 1.000 personas y hasta dos años para construirlo.

"Los primeros arqueólogos lo llamaron 'Montículo de Midas' porque pensaban que Midas debía estar enterrado en su interior. Pero no lo sabían con certeza", dijo Rose.

"Tuvieron que ser increíblemente cuidadosos cuando lo excavaron porque no es más que un gran montón de tierra compactada. Si lo haces mal, todo puede derrumbarse encima de ti".

En 1957, trabajando con un equipo de mineros del carbón turcos, los expertos excavaron cuidadosamente un túnel en el montículo.

En el interior, encontraron una gran cámara funeraria construida con troncos de pino y enebro, perfectamente conservada dentro de su capullo hermético durante casi 3.000 años.

Los expertos estiman que se necesitaron 1.000 personas y hasta dos años para construir el Montículo de Midas.

 

Hoy en día, los visitantes pueden seguir ese mismo túnel de excavación hasta lo profundo del montículo para visitar la tumba, el edificio de madera más antiguo que aún se conserva en el mundo .

Es tan frágil que ahora está sostenida por vigas y protegida por una valla de metal, pero eso no implica que no te quedes con la boca abierta al ver esa antigua estructura que estuvo escondida bajo tierra durante tanto tiempo, como una Pompeya turca, pero casi 800 años más antigua.

El ocupante de la tumba era un hombre de unos 60 años, acostado en una cama y rodeado de tinajas de bronce, cuencos y cántaros decorados, muebles de madera tallada, fragmentos de telas finas y otras ofrendas preciosas acordes con el entierro de un rey.

¿Pero era Midas?

A principios de la primera década de este milenio, los arqueólogos de Gordio recurrieron a la dendrocronología (datación de anillos de árboles) en busca de respuestas.

Pero cuando analizaron los troncos utilizados para construir la cámara funeraria, se encontraron con un problema.

"La madera data de alrededor del año 740 a.C., pero según los registros asirios, Midas todavía estaba vivo en el año 709 a.C., 31 años después", reveló Rose.

"Esta tumba no puede pertenecer a Midas".

Entonces, ¿quién es el hombre en la tumba?

Por el fastuoso entierro es claramente un rey, pero ¿cuál?

 

Un nudo legendario

La fecha de su muerte sólo puede significar una cosa.

"Probablemente murió el año en que Midas llegó al poder", dijo Rose.

"Entonces, estamos bastante seguros de que debe ser el padre de Midas, Gordías".

Como su hijo, Gordías también es legendario.

La historia cuenta que cuando el rey anterior murió sin heredero, la gente del pueblo pidió ayuda al oráculo.

Declaró que el próximo hombre que entrara en la ciudad conduciendo un carruaje de bueyes debería ser nombrado rey.

Momentos después, Gordías, un granjero, llegó a la ciudad. Fue coronado y el nombre de la ciudad fue cambiado a Gordio en su honor.

 Alejandro Magno cortando el nudo gordiano (Colección de Musei di Strada Nuova, Génova). 
 
 
Para celebrarlo, su carruaje se exhibió en un templo, atado con un complicado nudo: el famoso Nudo Gordiano.

La leyenda decía que cualquier hombre que pudiera desatar el nudo gobernaría Asia.

A lo largo de los años, muchas personas lo intentaron, pero todos fracasaron.

"No hemos encontrado ninguna evidencia de un carruaje o un nudo", dijo Rose.

"Pero varios historiadores de la antigua Grecia informan que en 333 a.C. Alejandro el Grande vino aquí en su camino para derrotar al ejército persa.

"Cuando se enfrentó al nudo, simplemente desenvainó su espada y lo cortó.

"Por eso, creemos que el nudo realmente existió. Y más tarde Alejandro conquistó grandes zonas de Asia, cumpliendo la profecía".

Pero ¿qué pasa con el "toque dorado"? ¿De dónde surge esta idea?

Sorprendentemente, los arqueólogos no han encontrado mucho oro entre los 40.000 artefactos descubiertos hasta ahora en Gordio: algunas joyas, algunas monedas de oro y una talla de una esfinge exquisitamente dorada.

Si había oro en la ciudad, es posible que haya sido saqueado a lo largo de los siglos, o tal vez todavía esté escondido dentro de los 85 túmulos aún por excavar.

Pero los arqueólogos tienen otra teoría sobre el origen del mito.

"Creemos que es una metáfora", explicó Roller.

"Bajo el gobierno de Midas, Gordio se volvió rica y poderosa. La historia se convirtió en una metáfora de una persona de gran riqueza.

"Hasta hoy en día, cuando decimos que alguien tiene el 'toque dorado' nos referimos a una persona que logra riqueza o éxito con facilidad.

"El rey Midas parece haber tenido ese don".

* Si quieres leer la nota original en inglés, haz clic aquí

 

Fuente:  El Rey Midas