jueves, 22 de octubre de 2026

El Corazón

Relato

 

Por Fazil Iskander

 

Ahora, en la planta alta del restaurante «Amra» la gente no sólo toma café, pide bocadillos o saborea una que otra botella de vino; muchos simplemente prefieren jugar al ajedrez. Víctor Andréievich y yo también nos sentábamos a veces ante un tablero libre. Aquella ocasión se perfilaba claramente su triunfo.
Hacía un día soleado y caluroso, nuestra mesa estaba bajo un toldo, una tenue brisa llegaba desde el mar… 

Víctor Andréievich culminó brillantemente la partida; como yo no pedía la revancha, él ―recostándose en el respaldo de la silla― me recompensó con el siguiente relato: 

― Varias veces me he encontrado en situaciones en que el miedo a la muerte, literalmente, llenaba todo mi ser, pero siempre, mejor dicho, casi siempre, lograba superarlo por estar preparado para tales casos. Desde muy joven me templé la voluntad, me acostumbré a la idea de que en ciertas circunstancias es indispensable aceptar la posibilidad de la muerte, y todo ello determinó muchas cosas. El gran lema de mi juventud era «no te dejes humillar ante nadie ni permitas que humillen a otros en tu presencia».

Y, sin embargo, no en el frente, sino aquí, en tiempos de paz, que he experimentado un verdadero e inimaginable miedo.
Hace unos diez años me aficioné, como tantos, a la pesca submarina. Me hice un fusil como no he visto otro, incluso entre los de producción extranjera.  Yo tenía una magnífica respiración, lo que no era de extrañar, pues había crecido junto al mar; desde muy pequeño aprendí a bucear, luego me dediqué al boxeo y al atletismo. No me resultaba difícil pasar 3 o 4 minutos bajo el agua. Cuando iba a cazar muy rara vez regresaba con las manos vacías. 

Cierta vez, al sumergirme cerca de un escollo, vi a un excelente cabezudo. Estaba, moviendo sus aletas, a unos centímetros de la roca. Me acerqué lo más sigilosamente que pude, apunté y apreté el gatillo.

Después de disparar, generalmente, el buceador sube a la superficie. Si el arpón se ha clavado en el pez, lo jala por el cordel, lo desprende de la punta, se lo cuelga en el cinturón y recarga el fusil. Si no ha acertado, o el pez, de alguna manera, ha logrado zafarse del arpón, él recarga el arma y se sumerge de nuevo. El arpón está amarrado al cinturón con un resistente cordel de fibra artificial.

Aquella vez no di en el blanco y empecé a subir a la superficie.
Cuando me faltaba cerca de medio metro, de repente sentí que el cordel a que estaba atado el arpón, se tensó y no me dejaba avanzar. Comprendí que el arpón se había trabado en una grieta del escollo. Intenté encontrar el cuchillo que siempre llevo al cinto, pero recordé que lo había dejado en casa. El miedo comenzó a apoderarse de mí.  Traté de quitarme el cordel del cinturón, pero éste no cedía. El cordel era muy resistente y fue imposible romperlo bajo el agua sin punto de apoyo.

En aquel instante me sentí preso del pánico.  «Dentro de unos instantes perderé el sentido ―pensaba— y unos minutos más tarde mi cadáver estará meciéndose a sólo medio metro de la superficie. Y, por supuesto, nadie sabrá dónde me he metido». Miré hacia arriba y vi, a través del grosor del agua, el deslumbrante oro del disco solar. Por instinto, alcé la mano sobre el agua, como tratando de agarrarme del aire para poder salir.

Entonces, casi perdiendo el sentido, decidí probar lo único que me quedaba: sumergirme hasta el escollo, apoyar en él los pies y tirar del cordel con todas mis fuerzas. Si se rompía estaba salvado, si no, perdido. Ya casi asfixiado buceé con la única idea de no perder el sentido antes de que alcanzara el escollo. Guiándome por el cordel en las manos, llegué junto a la roca, afirmé en ella los pies, jalé el cordel haciendo un esfuerzo sobrehumano y… me desmayé. 

No sé cuántos segundos o minutos habrán pasado hasta que recobré el conocimiento en la superficie. Me sentía como si me acabase de despertar en la mañana después de un grave ataque de fiebre palúdica: estaba hecho pedazos. La costa se veía a unos 500 m. Me esforcé por alcanzarla. Y, por primera vez en la vida, nadando hacia la orilla, tuve miedo de ahogarme por debilidad, y el mar, querido desde la niñez, me daba asco, me parecía repugnante, un tibio y fangoso pantano.

En la costa tosí para que saliera el agua de los pulmones y la vomité del estómago. Estuve acostado un rato y me arrastré hacia mi casa, que se encontraba frente al golfo donde pescaba.

Unos diez días me siento mal, pero luego mejoro. Una vez entro en el mar y empiezo a nadar. A unos quince o veinte metros de la orilla siento que el corazón da un extraño latido doble y se para.
Quizás, unos dos o tres segundos… no sé. Pero la sensación es sumamente desagradable.

Recordé que en la víspera tomé unos tragos y decidí que esa era la causa. Nunca antes había sufrido del corazón, me sucedió por primera vez.  Me puse a nadar de nuevo. De golpe siento otro latido doble, como que se me ha parado el corazón y estoy a punto de ahogarme. Nadé hacia la orilla con cuidado, temiendo afectar el corazón.

A la mañana siguiente me meto en el mar de nuevo, poniendo atención en los latidos del corazón. Todo parece estar en orden. Efectivamente, pienso, los años no pasan en balde y el corazón empieza a fallar después de unos tragos. Ya no había terminado de decirme esto, cuando se repite la historia del día anterior. Me enojo muchísimo y resuelvo continuar nadando, sin darle importancia al asunto. Y otra vez lo mismo.  Sigo nadando. ¡Vuelve a repetirse!
Entonces no puedo aguantar más. Lo principal es que uno siente que el corazón sólo por casualidad se paró esos dos o tres segundos, que en realidad puede dejar de latir un plazo mayor. En ese caso, ¡adiós a todo! 

Voy al médico. El terapeuta me ausculta, hace un electrocardiograma y, a fin de cuentas, dice: 
―Su corazón funciona como si usted tuviese 20 años. No comprendo nada, debe consultar a un siquiatra.

Me presentan a un siquiatra que goza de fama. Durante nuestra conversación él me escucha, inclinando la cabeza como si fuera un gallo molesto, y cualquier cosa que le digo no le place.

Me interrumpe, derrochando un torrente de términos, pero no puede explicar qué me ha pasado.  Después de que le conté todo sobre la pesca submarina y la natación, él, como sugiriendo que le he ocultado lo más importante, dirige la charla hacia el tema de mi «majoliot».

Alguien le habría dicho que estoy construyendo un aparato volador que se mueve con la fuerza muscular del piloto.  Pregunta desde cuándo me ocupo de esto, recomienda que recuerde si se me presentó la imagen del «majoliot» después de la contusión en la guerra; cuáles son mis máximos objetivos; qué lesiones recibí tras la caída y cosas por el estilo.  Trato de explicarle, tranquilamente, que estoy haciendo el «majoliot» desde hace mucho tiempo y que ello no tiene nada que ver con lo que me ha sucedido en el mar.
―Yo sé mejor que usted qué tiene que ver ―me interrumpe.

Y, nuevamente, inclinando la cabeza como un gallo, pone una cara de pocos amigos y diagnostica que si no dejo de construir el «majoliot» en mí irá creciendo el sentimiento de inadaptibilidad, primero en el mar (ya empieza), luego en la tierra, y después ―cuando, por lo visto, me haya chiflado por completo― voy a proclamar el aire como mi único hábitat.

Quizás exagere un poco, pero ―palabra de honor― estaba frente a un auténtico loco vestido de médico. Cuando al contestar su semipregunta-semiafirmación, le dije que no tuve ningún antepasado anormal, él simplemente se salió de sus casillas.

En una palabra, apenas pude dejar con vida el consultorio de aquel hombre. Pero, ¿qué hacer? 
Intenté nadar varias veces, todo volvió a repetirse.  Entonces saqué la triste conclusión de que tendría que dejar la natación y la caza submarina.

No obstante, por medio de una lancha mantenía mis nexos con el mar. En las horas de ocio podía pescar en lancha, como hacía en efecto. Pasó un año. No me bañé más en el mar y regalé a un amigo mi exclusivo fusil. 

Una vez, en abril, estaba pescando, a un kilómetro de la costa, con un niño, hijo de nuestros vecinos. Era un muchachito de diez años, encantador, de pícaros ojuelos negros, una copia exacta de su abuelo, amigo de mi padre. 
Vivía con su madre y con su abuelo. El padre había abandonado a la familia. En parte, tal vez por eso el niño venía a mi casa: observaba fascinado, durante horas y horas, la construcción de mi «majoliot»; a veces yo lo llevaba a pescar.

Pescamos jureles sin cebo. El pez pica bien, pero la corriente es bastante fuerte y a cada rato nos aleja del cardumen. Nos vemos obligados a remar de vez en cuando. De repente, oímos el ruido de una lancha de motor que se acerca más y más hasta que, por fin, pasa rápidamente junto a nosotros, salpicándonos y meciendo nuestra lancha con una gran ola que formó.  Yo la seguí con la mirada y vi la cara del que manejaba, carcajeándose en la popa.  En la banca del medio estaba sentado el segundo.  Sin duda, habían tomado mucho. Dieron vuelta bruscamente; me cruzó por la mente que podían volcarse, pero la lancha tenía un motor muy potente.

 


El pez seguía picando. La pesca nos entusiasmó de nuevo y me olvidé de aquellos borrachos. Una media hora más tarde otra vez escuchamos el ruido del motor, y ellos, quizá por no haber calculado la distancia se nos acercaron tanto que nuestra lancha se volcó al cubrirla una tremenda ola.

Todo sucedió en un abrir y cerrar de ojos. Es difícil pensar que esos desgraciados no se hubieran percatado de lo ocurrido. Seguramente, temiendo la responsabilidad, enfilaron rumbo al puerto, y pronto ya no se oyó el motor. 

Al hallarme en el agua, me asustó la idea de que el niño se hubiera herido.
―¿Te lastimaste? ―le pregunté.
―No ―me respondió con bastante calma.

Yo sabía que él nadaba como un pez, pero el agua en abril estaba helada.  Mientras nos repusimos y me acerqué a él, nuestra lancha ya se encontraba a unos quince metros. ¿Qué hacer? Yo, por supuesto, podía alcanzarla. 
Pero, por un lado, temía dejar solo al niño y, por otro, no seríamos capaces de voltearla y colocarla en la quilla, y era peligroso agarrarnos de ella, en espera de que nos encontraran. Decidí que deberíamos nadar hacia la costa con la esperanza de que esos malvados al menos le dijeran  a alguien que habían volcado la lancha y vinieran a rescatarnos.

En ese momento me acordé de mi corazón, pero ciertamente de pasada. El pensar que estaba conmigo un niño que debía llevar a la costa, me llenó por completo. Al acordarme del corazón, casi en seguida sentí aquel latido doble y el corazón se me paró un instante. Todo pasó igual que antes, pero con mucha menos intensidad, como si con lo sucedido mi corazón me dijera: «Estoy aquí todavía, pero ya eres más fuerte que yo». 

Lo sentí perfectamente. El miedo por el niño me hizo olvidar todo lo demás. Me acerqué a él, desabroché su camisa y, aguantándolo con una mano,le ordené: 
―Quítatela.
 
Se la quitó junto con la camiseta. Encontré a tientas bajo el agua las plantas  de sus pies y lo liberé de los zapatos. Luego busqué la correa de su pantalón, la abrí, eché al niño un poco hacia atrás y se lo zafé. Hice lo mismo con mi ropa y la tiré. Llevada por la corriente flotó un tiempo no lejos de nosotros. Nos quedamos en puros calzoncillos.

―No temas nada ―le dije lo más tranquilo que pude―, sin falta alcanzaremos la costa.
―Yo no tengo miedo ―contestó―, pero no puedo comprender por qué volcaron nuestra lancha. 

Me miraba atentamente con sus ojuelos negros, tratando de entender el sentido de lo sucedido. 

―Son unos borrachos imbéciles ―dije―, pero tú no temas nada, llegaremos a la costa.

Por ahora el niño se veía bien, pero yo sabía que el frío haría su efecto al pasar unos quince minutos. La lejana costa verde de nuestro pueblo parecía como alineada con el agua. Miré por todos lados: en ninguna parte se veían lanchas. En esta estación del año pocos son los que pescan.
 
Al cabo de unos quince minutos la morena cara del niño palideció, sucedió lo que yo tanto temía. Y diez minutos después se cubrió de un color azul.
―¿Estás congelado?
―No.
Se notaba que estaba tiritando de frío. El niño se portaba excelentemente.
―Espera, te voy a hacer un masaje ―le dije.
Me acerqué a él y, flotando con una sola mano, con la otra comencé a frotarle la espalda, el vientre, las piernas. 
―Me duele ―gritó de repente
―Aguanta ―le pedí y, siguiendo la fricción, agregué―: así ha de ser.
―Si es necesario voy a aguantar ―dijo y se mordió los labios.

Gasté tanta energía en masajear su flaquito, huesudo cuerpecito, que se me durmió la mano. 
Pero el color terroso desapareció de su rostro. Nos pusimos a nadar de nuevo.
―Tío Vitia ―me preguntó, mirándome con sus tristes ojos negros―, ¿los borrachos se vuelven como locos? 
Era obvio que él pensaba intensamente en la gente que nos había volcado. 
―Esos tipos son unos canallas ―traté de explicarle―, cuando uno está borracho, si es canalla, no puede controlarse. 
Asintió con la cabeza y continuó nadando. Pero su carita denotaba que seguía pensando en el mismo tema.
―Son como los avaros ―dijo al cabo de un rato―. Mientras Zhorik  no tenía bicicleta, yo no sabía que él era avaro, y ahora lo sé
―Cierto ―afirmé.
Un poco más tarde sentí que yo mismo  estaba congelándome. Miré al niño. Su cara nuevamente adquiría un color azul.
―Espera ―le dije y me acerqué.
Y otra vez, balanceándome con una mano, le masajeé el cuerpo.

Su rostro se reanimó. Nos pusimos a nadar.  Aunque yo veía que  él se cansaba, no me paraba, temiendo que pudiese enfriarse más rápido.  En el fondo, de vez en cuando pensaba en mi corazón, pero éste no se manifestaba de ninguna forma, y yo, no sé por qué, sabía que no me molestaría. 

Quedaban unos cuatrocientos metros hasta la costa y ya se distinguían los sotos de los árboles en el litoral. Y, de súbito, sentí un calambre en la pierna derecha y, junto con éste, un miedo por el niño que superó al dolor. 

Haciendo esfuerzos para ocultar el dolor, me aproximé a él y empecé a masajear su cuerpo otra vez. Ahora no podía mover una pierna y era mucho más difícil mantenerme a flote. Había que hacer todo para que no se sobreenfriase. Si le daba un calambre, obviamente ya no estaría en condiciones de arrastrarlo hasta la costa.

Me atosigaba la idea de que si me daba un calambre en la pierna izquierda, no habría manera de frotar su cuerpo. Por eso hacía grandes esfuerzos. Alcanzaba hasta sus tobillos, pellizcaba y flotaba sus delgadas caderas y pantorrillas, su espalda y vientre. 
Parece que, dándose cuenta de la seriedad de la situación, él lo aguantaba todo con suma paciencia, sólo gemía a veces.

Por fin, su cara volvió al color natural. Yo estaba totalmente agotado. En cuanto pensé que sería conveniente masajear mi pierna izquierda para protegerla de un  posible calambre, por poco grito:  el dolor también atravesó el hueso de esa pierna.

Yo nadaba demasiado bien para ahogarme, pero no sabía qué pasaría después. Había oído que si el calambre llega hasta los músculos del vientre, uno no puede moverse ni enderezarse. Empecé a masajear, pellizcar y raspar mi vientre lo más fuerte que pude.

Unos doscientos metros quedaban hasta la costa, y yo, aguantándome sólo con las manos, apenas alcanzaba al niño.  El litoral y el mar estaban desiertos: no había esperanza de que nos rescataran. Yo nadaba con las manos, el corazón latía cerca de la garganta.
Dios mío, pensaba, dame fuerzas para unos cien metros; luego si me sucede algo, el niño ya podrá llegar por sí mismo. Después parece que me desmayé por un rato.  Al recobrar el sentido, me di cuenta de que el niño estaba rezagado, aunque yo no pude haber aumentado la velocidad, la disminuía, más bien. Paré para esperarlo.  Se acercó. Su cara estaba gris.
―Qué será de mi mamá… —dijo de pronto y cortó la frase, como avergonzado de terminar su pensamiento. 
—¡Qué dices! —le grité—Mira, ya casi hemos llegado. 

No me contestó nada. Era un niño maravilloso y se portó como todo un hombre hasta el final. 
Nadé los últimos metros en un semisueño.  Cerca de la orilla traté de pisar el suelo y me caí, sin comprender al principio por qué los pies no me respondían. El niño salió del agua y se tumbó en la tibia arena.  Yo me arrastré como un reptil.  Ya no tenía que ocultar que mis piernas estaban inmóviles por los calambres.

La corriente nos había alejado a unos quinientos metros de nuestro pueblo. ¡Lo vivificante que es la infancia! Media hora más tarde el niño ya jugaba en la arena, mientras yo necesité unas dos horas para medio pararme.  El día era cálido y, mirando el tierno mar, no queríamos creer que por poco nos congelamos en él. 

Caminamos por la costa hacia nuestro pueblo. Me parecía que el niño no debía relatar toda la verdad en casa. ¿Acaso era indispensable preocupar a su mamá? 
Podía decir que todo había ocurrido cerca de la costa. Pero después cambié de opinión. ¡Que lo contara todo tal y como sucedió! 
No tenía derecho a frustrar la fiesta de su primera auténtica victoria.

Aquel mismo día los guardafronteras trajeron mi lancha.

Pero yo no me disponía a dejar las cosas así no más. Al cabo de tres días me dirigí a la ciudad. Sabía que tarde o temprano tendría que encontrar al que estaba manejando la lancha de motor y carcajeándose de nosotros. Todos ellos, como gallinas en el gallinero, se reúnen en el amarradero, incluso cuando no salen a pescar. 

Entré en el amarradero y lo vi jugando al dominó en una mesa. Algunos pescadores me conocían. 

Me acerqué a la mesa. Él levantó su repugnante rostro, no tanto reconociéndome como adivinando que yo tenía algo que ver con su crimen.
―¿Vamos a la milicia o hablamos aquí? ―le pregunté.
Yo sabía lo que él iba a escoger. 
Yo también prefería eso. 
―Qué pasa, qué pasa… hablamos aquí ―respondió pensando, seguramente cuántas botellas le costaría esta charla. 
―Entonces, ve para allá ―le dije, mostrándole una de las cabañas en que los pescadores guardaban sus motores y redes.
Se puso en pie, calladamente, y se dirigió para allá. 

Me aproximé hacia donde estaba el tipo ese y lo empujé tras la cabaña. Incluso de niño jamás fui el primero en golpear. Le di un puñetazo en plena cara. Echó para atrás la cabeza, pero no se cayó. Acaso, pensé, he perdido fuerza en la mano, y lo golpeé otra vez. Ahora sí, como un toro, cayó de rodillas.
―Pero si yo no estaba solo… —dijo entrecortadamente, moviendo la cabeza y tratando de limpiarse la sangre que le brotaba de la boca.

De pronto, me vino a la mente lo que pudo haber pasado con el niño, y una verdadera rabia me sacudió: qué me importa que no aprecies mucho tu vida, pensé al ver al desgraciado ese. 
—Tú estabas al timón —le dije lo más claro posible y, levantando un poco su desmoronado cuerpo le estrellé el puño por tercera vez. 
Él se desplomó por completo.
 
De esa manera, separándome del mar un año y encontrándome en el papel de salvador del niño, me quité de encima para siempre aquel enigmático fenómeno cardíaco. Nunca más volvió a repetirse. Sería interesante saber qué opinaría sobre esto, si lo supiera, mi siquiatra. Parece que León Tolstói denominaba esto: olvidarse de sí mismo. El pueblo lo explica mejor: un clavo saca otro clavo. 


A propósito, si yo tuviera una mente enciclopédica, consagraría mi vida a revelar las ideas universales que, como estoy convencido, encierran los proverbios y refranes populares. ¡Qué interesante trabajo sería este! Según tengo entendido, en ruso no hay una obra de este tipo. Y tampoco he escuchado que otros pueblos tengan algo semejante.

… En esto, Víctor Andréievich terminó su relato. Aún permanecimos un rato en la mesa, viendo distraídamente a los felices tomadores de café y a los concentrados ajedrecistas.

Dibujo de Borís Sopin

Traducción de Pablo Costa

De Literaturnaya Gaceta

Revista Sputnik. Selecciones de la Prensa Soviética, N° 2, Febrero de 1982, págs. 58-66, Agencia de Prensa Nóvosti, Moscú, Rusia


 

Notas

Fazil iskander.- Autor ruso de origen abjasio (1929-2016), que escribió en ruso y fue famoso por sus descripciones de la vida en el Cáucaso. Entre sus obras más conocidas están Sandró de Cheguem y Conejos y Serpientes.

 

En el texto original figuraba la forma compuesta «maxiobjetivos» (calco del ruso макси-цели / макси-задачи, maksimáľnyje tseli/maksi-zadachi); se ha adaptado a «máximos objetivos» para respetar la norma del español.

 
He pulido el texto con alguna que otra corrección gramatical pero el resto está igual a como salió publicado.

Las imágenes están hasta donde se han podido poner porque la herramienta de generación de imágenes no funciona tan bien para lo que se necesita. El problema técnico es que esta herramienta no realiza una edición de fotografía tradicional (como cortar, rotar o borrar con pincel), sino que vuelve a dibujar la imagen por completo desde cero con Inteligencia Artificial cada vez que se le envía una instrucción. Al reinterpretar la ilustración, altera los trazos originales, cambia las expresiones de las caras y arruina la fidelidad del grabado del libro.

Las notas y pulido del texto han sido hechas  usando la IA de Google, Gemini, y con la revisión de mi parte. 

 

 

martes, 20 de octubre de 2026

"Tierra de nadie": 3 territorios que no pertenecen a ningún país (y por qué nadie los reclama)

 

¿Habrá algún lugar disponible?


Por Lizzy McNeill y Josh McMinn
BBC, serie "More or Less"


A veces, los acontecimientos de enorme trascendencia práctica nos llevan a pensamientos deliciosamente inútiles.

Eso le pasó a Nigel, uno de los oyentes fieles de la BBC. Mientras reflexionaba sobre el conflicto en Irán y la disputa marítima por la soberanía del estrecho de Ormuz, su mente se desvió hacia una pregunta mucho más amplia y, honestamente, mucho menos urgente: ¿Qué porcentaje de la superficie de la Tierra no le pertenece absolutamente a nadie?

¡Ah, el glorioso romanticismo de un rincón del mundo sin dueño! Un refugio lejos de los titulares deprimentes y del estrés de la rutina diaria.

Para averiguar si queda alguno, conversamos con Mark Cooper Jones, geógrafo e integrante del conocido dúo británico de YouTube Map Men.

"Cuánta superficie del mundo no le pertenece a nadie es una pregunta muy interesante, pero depende totalmente de cómo la plantees", advirtió inmediatamente.

Como la mayor parte del planeta es océano, no tierra firme, quizás el mar es el mejor punto de partida.

"En cuanto te alejas 200 millas náuticas (unos 370 kilómetros) de la costa de cualquier país, estás en lo que se llama alta mar, y el derecho marítimo internacional dice que eso es, básicamente, para el bien común de toda la humanidad. Cualquiera puede pescar allí o hacer investigación científica".

La idea de que nadie puede ser dueño de los mares se remonta al siglo XVII, cuando el neerlandés Hugo Grocio escribió un tratado titulado Mare Liberum o "Mares libres" en latín.

Su razonamiento era que sólo se puede poseer aquello que se agota con el uso, y el mar es tan inmenso que no puede convertirse en propiedad de nadie.

Así nació el concepto de las aguas internacionales, y hablamos de una parte gigantesca del planeta: alrededor del 43% de la superficie de la Tierra entra en esta categoría, según el Foro Económico Mundial.

Pero ¿qué pasa en la tierra firme? ¿Existen pedazos que no le pertenecen a nadie?

Es hora de aprender otra frase en latín.


Terra Nullius

Si buscas un lugar dónde plantar tu bandera, te quedan pocos.


Terra Nullius, o tierra de nadie, es más que una etiqueta, explica Cooper Jones: es una doctrina que permite reclamar territorios que nadie más ha reclamado ni ocupa.

"Esta idea se utilizó de una manera un tanto controvertida, sobre todo durante la época de la expansión colonial. Aunque en muchos de los lugares colonizados vivía gente, como no se había organizado en algo parecido a los Estados-nación reconocibles, se les colgaba el cartel de terra nullius para decir que estaban disponibles", relata Cooper Jones.

"Todavía se pueden encontrar mapas que marcan toda África como terra nullius, aunque, por supuesto, allí vivían muchísimas personas. Era una forma de decir: 'Esto no se parece a Gran Bretaña, ni a España, ni a Austria, así que probablemente nos lo podemos quedar'".

Hoy en día, terra nullius se entiende generalmente como un territorio no reclamado por ningún Estado y que no está sujeto a la soberanía de ningún gobierno reconocido.

Pero ya casi todo tiene dueño. Quedan solo un par de excepciones diminutas… y una enorme.


Tierra de Marie Byrd



La mayor está en la Antártida: más de 1,6 millones de kilómetros cuadrados que ningún país posee ni reclama. Se llama Tierra de Marie Byrd, un nombre que tiene su historia.

"Se lo puso un capitán de la Marina de Estados Unidos que también era explorador antártico, Richard Byrd, hace unos cien años. Su esposa, Marie, le escribía cartas mientras él recorría aquel inmenso desierto helado, y él bautizó con su nombre el tramo más duro de explorar. Así que, si alguien tiene algún derecho sobre ese extenso territorio, es Marie Byrd. Pero murió hace unos 60 años", dice Cooper Jones.

En 1959 se firmó el Tratado Antártico, que dejó congeladas los reclamos territoriales sobre el helado continente, dejándolo bajo un régimen internacional dedicado exclusivamente a la paz y la ciencia.

Pero ni siquiera los siete países que habían presentado formalmente sus reivindicaciones —Argentina, Australia, Chile, Francia, Nueva Zelanda, Noruega y Reino Unido—, ni tampoco Estados Unidos y Rusia, que mantienen una "base de reclamación" y se reservan el derecho a presentar las suyas en el futuro, ha extendido jamás sus pretensiones hasta la Tierra de Marie Byrd.

¿Por qué sigue sin dueño?

En parte, por pura lejanía, explica Cooper Jones: "Es remoto incluso para los estándares de la Antártida. Su costa no está cerca de ninguna otra: ni del extremo de Sudamérica, ni de Australia, ni de nada parecido. Llegar es dificilísimo. Casi nadie sobrevuela esa zona, salvo los aviones que la cartografían".

Y añade: "Por ahora, la cosa se mantiene así. Pero ya sabes: en cuanto alguien encuentre algo increíblemente valioso, o las capas de hielo empiecen a derretirse en la Antártida, puedes apostar a que, de repente, ese territorio acabará siendo objeto de algún tipo de disputa".

Aparte de la Antártida, prácticamente toda la tierra del planeta pertenece a algún Estado. Con dos salvedades notables que son paradojas fascinantes de la geopolítica: la única razón por la que existen es porque los países involucrados prefieren renunciar a ellas con tal de ganar un premio mayor.



Bir Tawil



Bir Tawil está en la frontera entre Egipto y Sudán, y quedó en una situación peculiar porque hace más de un siglo, lo británicos trazaron dos líneas fronterizas distintas entre los dos países emergentes por los británicos.

La primera, de 1899, era una recta impecable ("éramos muy buenos dibujando rectas", bromea Cooper Jones). En 1902 los británicos quisieron fijar una frontera extra administrativa.

"En esa ocasión, se pusieron más creativos y la dibujaron con una curva en forma de S que bajaba y luego subía por encima de la primera", señala Cooper Jones.

El resultado es que cada país defiende una línea distinta. Entre ambas queda el triángulo de Hala'ib, una porción de tierra útil que, según la primera frontera, es egipcia y, según la segunda, sudanesa.

Pero la segunda frontera dejó además una bolsa más pequeña y mucho menos valiosa: Bir Tawil. Y aquí está la trampa: por la forma de la S, si cualquiera de los dos países reclama Bir Tawil, renuncia automáticamente a su reclamación sobre el triángulo de Hala'ib.

Ambos reclaman Hala'ib, ambos rechazan Bir Tawil, de manera que esta última es, de facto, terra nullius.

Pero ¿y si alguien decidiera reclamarlo? En 2014, un hombre llamado Jeremiah Heaton fue a probar suerte.

"Era un estadounidense que se plantó allí, clavó una bandera en el desierto y se fue a algún programa de noticias a decir que ahora era dueño de un país nuevo, y que se había adueñado del territorio para que su hija pudiera ser una princesa de verdad. Imagino que ella se moría de vergüenza", dice Cooper Jones.

"No creo que Jeremiah consiguiera mucho reconocimiento internacional para su nuevo país. Pero hay otras personas que han ido un paso más allá que él".



Gornja Siga



El otro caso de terra nullius está entre Croacia y Serbia, cuya frontera administrativa oficial se estableció en 1945, al término de la Segunda Guerra Mundial, bajo el marco de la naciente República Federativa Socialista de Yugoslavia.

Era una frontera natural: el río Danubio, pero fue fijada según el curso sinuoso que aparecía en los mapas catastrales del antiguo Imperio austrohúngaro del siglo XIX, que no habían sido actualizados.

Pero los ríos —como advirtió Heráclito— cambian y en este caso aún más, pues a finales de ese siglo y principios del XX se realizaron grandes obras de ingeniería para enderezarlo y facilitar la navegación.

"Con eso Croacia perdería mucho territorio que Serbia ganaría. Croacia sostiene que la frontera es el viejo trazado serpenteante, ahora sin agua. Serbia dice que la frontera es donde esté el río", afirma Cooper Jones.

El enderezamiento del cauce dejó a Croacia con una pequeña bolsa de tierra, Gornja Siga. Pero, igual que en Bir Tawil, aceptarla implicaría admitir que la frontera es el nuevo curso del Danubio y, por tanto, renunciar a todas las zonas que se fueron del lado serbio.

Resultado: cada país dice que ese pedacito es del otro. Otra terra nullius.

¿Y ha intentado alguien reclamarla?

Sí: el político checo Vít Jedlička, quien en 2015 fundó allí Liberland, una micronación de inspiración libertaria no reconocida.

El presidente de la República Libre de Liberland en una visita al territorio que reclama en 2023.


"Se nombró presidente de esas 700 hectáreas, y cobra algo así como US$10.000 por la ciudadanía y tiene más de mil ciudadanos, así que le va muy bien", cuenta Cooper Jones.

"Eso sí, cada vez que intenta poner un pie en su 'país', la policía croata lo detiene y ha pasado un par de noches en el calabozo. Pero no se puede negar que está haciendo una pequeña fortuna con el negocio".

Liberland sigue intentando demostrar activamente que cumple con los requisitos del derecho internacional (específicamente la Convención de Montevideo), que exige tener una población permanente para ser considerado un Estado de verdad.

Pero, aunque en sus canales oficiales el gobierno de Liberland asegura con orgullo que el territorio dejó de estar despoblado en agosto de 2023 y que hay un asentamiento en marcha, las cámaras de la prensa internacional muestran un panorama muy distinto.

Como Gornja Siga colinda con una frontera exterior de la Unión Europea, las patrullas fronterizas croatas controlan estrictamente los accesos por tierra y agua. Cualquier intento de los colonos libertarios por edificar estructuras permanentes termina con la policía croata demoliendo los campamentos provisionales.

Al final, Liberland es un próspero Estado digital que está en la mente de sus ciudadanos, pero en el mundo físico sigue siendo terra nullius.

Así que, alrededor del 43% de la superficie del planeta no le pertenece a nadie, pero casi todo es agua. La tierra sin dueño, incluso contando ese enorme bloque de la Antártida, ocupa menos de un tercio del 1% de la superficie terrestre total.

* Este artículo está basado en un episodio de la serie de la BBC "More or Less". Escúchala en tu app de podcasts favorita

Mapas por Daniel Arce-Lopez, del equipo de periodismo visual de BBC Mundo








jueves, 15 de octubre de 2026

Qué es la "depresión sonriente" y cómo puedes identificarla

 
La "depresión sonriente" no es un diagnóstico reconocido oficialmente, pero las búsquedas del término en internet han aumentado un 50% en los últimos cinco años.
 

 

Por Isabel Shaw
Equipo de salud global, Servicio Mundial de la BBC

 

Cuando piensas en alguien con depresión, probablemente te lo imagines luchando por levantarse de la cama.

Tal vez llora mucho, se aísla de sus amigos o apenas tiene energía para afrontar el día.

Probablemente no te imaginas a esa misma persona contando chistes en la cena, llevando una ajetreada vida social y destacando en el trabajo.

Pero para las personas que padecen la llamada "depresión sonriente", puede que sea exactamente así.

Y a veces la persona engañada no es un amigo, tu pareja o tu compañero de trabajo, sino tú mismo.


¿Qué es la depresión sonriente?
 
Según la OMS, unos 322 millones de personas en todo el mundo padecen depresión.

 
 
La "depresión sonriente" no es un diagnóstico reconocido oficialmente, pero las búsquedas del término en internet han aumentado un 50% en los últimos cinco años.

"[Significa] aparentar felicidad por fuera, mientras que por dentro te sientes deprimido y desanimado", afirma la doctora Olivia Remes, investigadora en salud mental de la Universidad de Cambridge, en Reino Unido.

Todos nos sentimos decaídos de vez en cuando. Pero para 322 millones de personas en todo el mundo, esos sentimientos se convierten en depresión, según la Organización Mundial de la Salud.
 
Esto ocurre cuando síntomas como la tristeza persistente o la pérdida de interés y disfrute duran semanas o meses, y afectan el trabajo, las relaciones, el sueño y la vida cotidiana.

Pero la depresión no siempre se manifiesta como cabría esperar. De hecho, algunos estudios sugieren que hasta el 40% de las personas con depresión experimentan una forma "atípica" en la que los síntomas se desvían de los estereotipos.

Por ejemplo, una persona podría dormir o comer más de lo habitual, en lugar de menos, y puede que su estado de ánimo mejore temporalmente cuando sucede algo bueno o emocionante.

También, hay evidencia de que las personas con depresión pueden tratar de ocultar camuflando o enmascarando ciertos rasgos o emociones para pasar desapercibidas.
 
 
¿Por qué la gente oculta su depresión?

Algunas personas con "depresión sonriente" ni siquiera se dan cuenta de que están deprimidas, así que tampoco saben que lo están ocultando.

"Podrían pensar que sus síntomas son simplemente un efecto secundario de llevar una vida ajetreada y estresante", dice Remes.

Es particularmente común en personas perfeccionistas y meticulosas querer evitar que los demás se den cuenta.

"Tienen altas expectativas de sí mismos y puede que no quieran admitir, ni a sí mismos ni a los demás, que están pasando por dificultades", afirma.

Algunas personas temen el estigma y ser una carga para los demás. Algunos estudios demuestran que otras pueden preocuparse por ser juzgadas o por tener consecuencias en el trabajo o en sus relaciones personales.

Las expectativas culturales o familiares también pueden hacer más difícil hablar abiertamente.

Sentirse más sensible al rechazo o a las críticas de lo normal puede ser un signo de depresión.

 
 
¿Cuáles son los riesgos de ocultar la depresión?

Los expertos afirman que guardar las apariencias puede ser peligroso.

"La depresión nos aísla y nos hace sentir solos, y a menudo uno de los mejores antídotos contra el bajo estado de ánimo es conectar con los demás", afirma el profesor Barney Dunn, psicólogo clínico de la Universidad de Exeter.

Ocultar la depresión también puede implicar que las personas no reciban la ayuda que necesitan.

"Los primeros síntomas, si no se tratan, pueden convertirse en algo crónico y grave, y aumentar el riesgo de suicidio", afirma Remes.
 
 
 
Siete señales de depresión que pasan inadvertidas fácilmente
 
Algunos cambios pueden pasar inadvertidos fácilmente, pero ser señales de que las cosas no están bien.

1. Dejar de disfrutar de las cosas

Si las cosas que normalmente esperas con ilusión, como ver a tus amigos, ir al gimnasio o incluso tu programa de televisión favorito, empiezan a parecerte una obligación, quizás valga la pena indagar un poco más a fondo.

"Es fácil atribuir la falta de placer o interés en los pasatiempos habituales al ajetreo y al ritmo de vida acelerado", dice Remes.

2. Sentir los brazos o las piernas inusualmente pesados

Conocida como "parálisis plumbea", esta sensación de pesadez en las extremidades que hace que los movimientos cotidianos resulten más difíciles puede ser un signo de depresión atípica.

3. Cancelar planes una y otra vez

A veces puedes aparentar estar bien cuando estás con otras personas, pero cancelas tus planes cuando tu estado de ánimo decae y ya no puedes disimular cómo te sientes.

4. Dormir más, pero aún sentirse agotado

Es posible que sigas realizando todas tus actividades normales, pero te sientas cada vez más agotado.

"Las tardes pueden ser especialmente difíciles", dice Remes, "ya que las personas con esta afección pueden sentirse peor al final del día y necesitar dormir más de lo habitual".

5. Ser más sensible a las críticas o al rechazo

Un comentario casual de tu jefe o la cancelación de planes por parte de un amigo pueden dolerte mucho más de lo habitual.

Según Remes, una mayor sensibilidad a las críticas o al rechazo, que también es algo que pueden experimentar las personas con TDAH, es una característica de la depresión atípica.

6. Ser siempre el gracioso o el servicial

Una persona que lucha contra la depresión no siempre se aísla. A menudo, puede acabar haciendo lo contrario, como convertirse en el alma de la fiesta, volcarse en el trabajo o desvivirse por ayudar a los demás.

7. Tu monólogo interior es constantemente negativo

Puede que aparentes seguridad en ti mismo, aunque internamente seas mucho más crítico contigo mismo.

La inseguridad, los sentimientos de inutilidad y los pensamientos de vacío son posibles señales de alerta.
 
Los expertos señalan que la depresión no siempre cumple con la imagen estereotípica de una persona que no se para de la cama.


 
¿Qué puede ayudar?

El término "depresión sonriente" no está exento de críticas.

Si bien puede ayudar a las personas a reconocer y nombrar lo que están experimentando, también puede "simplificar demasiado" una experiencia compleja, afirma Remes.

"La palabra 'sonreír' te hace pensar en alegría y felicidad", dice, "pero la característica principal de esta condición es en realidad la desesperanza, el vacío y la falta de valía".

El profesor Dunn sugiere empezar poco a poco, compartiendo brevemente cómo te sientes con alguien de confianza.

"A menudo, las personas se sorprenden de que esto pueda fortalecer sus relaciones con los demás, ayudarlas a sentirse conectadas y darse cuenta de que no están solas", afirma.

Y si estás sufriendo, recomienda que hables con tu médico.

"Existen pruebas sólidas de que hablar, los fármacos [antidepresivos] y las terapias sociales pueden ser eficaces", afirma.


 

lunes, 12 de octubre de 2026

Cómo la antigua diosa griega Afrodita se convirtió en un símbolo controvertido del amor y el sexo

 
La diosa de la belleza ha sido una figura controversial a través de los siglos, por la manera en la que ha sido representada en el arte. Cuadro "Venus del espejo" (c. 1647-1651) de Diego Velázquez en la National Gallery de Londres.


Por Matthew Wilson
BBC Culture*



Las obras de arte que representan a Afrodita, la antigua diosa griega del amor y la belleza, han sido tachadas durante mucho tiempo de obscenas por cosificar el cuerpo femenino. ¿Cómo llegó a convertirse en una de las figuras más controvertidas de la historia del arte?

La desnudez de Afrodita (o Venus, como la llamaban los antiguos romanos) ha sido objeto de debate durante siglos.

En 1880, el escritor Mark Twain, escandalizado, calificó la Venus de Urbino de Tiziano (1534) como "el cuadro más repugnante, vil y obsceno que posee el mundo".

En 1914, la sufragista Mary Richardson atacó la Venus del espejo (o Venus de Rokeby) de Diego Velázquez (hacia 1647-1651) con un cuchillo de carnicero, golpeándola al menos tres veces en plena National Gallery de Londres.

"No me gustaba cómo los hombres se quedaban mirándola boquiabiertos todo el día", fue una de las explicaciones que dio posteriormente.

Afrodita: La creación de una diosa, una nueva exposición del Museo Ashmolean de Oxford, explora la historia de la diosa. La muestra ayuda a explicar cómo se convirtió en el foco de una controversia cultural tan intensa.


Nacimiento de Venus

Existen dos versiones sobre el relato de su origen: una mitológica y otra históricamente precisa; ninguna de las dos permite prever que se convertiría en una figura polémica.

Según el mito, la historia comienza cuando Cronos castra a su padre, Urano, y arroja sus genitales al mar; entonces empezó a burbujear espuma en la superficie y de ella surgió Afrodita, ya completamente formada.

Se deslizó sobre las olas hasta la isla de Chipre, donde sus pasos hicieron que brotaran flores milagrosamente de la tierra

Afrodita también puede reclamar el título de fundadora de la civilización romana, nada menos.

Un relato mitológico describe su romance con el príncipe troyano Anquises; su hijo Eneas huyó a Italia tras la caída de Troya y, según se cuenta, sus descendientes fundaron la ciudad de Roma.

Tras su aparición inicial en Chipre, allá por el siglo XIII a. C., Afrodita gozó de gran popularidad y su culto se extendió por toda la antigua Grecia.

¿Por qué resultaba tan atractiva? "La fertilidad, el amor y la procreación son temas universales para la humanidad, independientemente de la cultura", afirma Ulbrich.

"Uno de sus nombres es Pandemos: la diosa de todo el pueblo. No se trata solo de los guerreros o de las mujeres; el amor afecta a todos y a todo. Impregna la vida".



Un nuevo tipo de desnudez

La Afrodita de Cnido de Praxíteles se perdió, pero copias romanas posteriores, como la Venus Capitolina, son similares.



Hasta aquí, todo resulta indiscutible. Durante varios siglos, los artistas no representaron a Afrodita de manera muy distinta a las otras diosas olímpicas.

En sus primeras representaciones, por lo general no aparecía desnuda y, desde luego, nunca en las posturas provocativas que hoy asociamos con ella. Sin embargo, en el año 350 a. C., surgió una obra de arte que lo cambió todo.

La Afrodita de Cnido de Praxíteles (c. 350 a. C.) fue la primera obra de arte de la antigua Grecia que mostraba a una mujer completamente desnuda. Aunque la escultura original se ha perdido, podemos hacernos una idea precisa de su aspecto gracias a copias romanas posteriores, como la Venus Capitolina (c. 160 a. C.).

Antes de Praxíteles, solo se representaba desnudas a las figuras masculinas. "Exaltar la belleza física masculina mediante la desnudez era algo perfectamente habitual desde los siglos VII o VI a. C.", señala Ulbrich. Así pues, Praxíteles decidió hacer lo mismo con la belleza física femenina.

La desnudez de Afrodita era diferente. Si se observa con atención, se percibe la gran diferencia respecto a cómo se representaba la desnudez en las esculturas masculinas griegas: todo radica en el lenguaje corporal.

La Afrodita de Praxíteles aparece sorprendida mientras se baña. Se muestra tímida y vulnerable, cubriéndose por pudor o vergüenza, mientras que el cuerpo masculino desnudo en el arte griego siempre se había representado con confianza y heroísmo.

Ulbrich explica: "Se basa principalmente en cómo se la presenta en los mitos, donde aparece constantemente bañándose y cuidando su belleza física".

Sin embargo, en la obra de Praxíteles, las manos de Afrodita se sitúan ligeramente separadas del cuerpo, lo que permite al espectador contemplar su desnudez desde distintos ángulos.

Es una obra que invita a la interacción y recompensa la curiosidad sensual del espectador. Estas técnicas artísticas innovadoras suscitaron intensos debates en los siglos posteriores, y se acuñó un nombre para la postura de la escultura de Praxíteles: Venus Pudica (Venus púdica o recatada).

La Afrodita de Cnido fue "revolucionaria", afirma Ulbrich.

Antes de Praxíteles, Afrodita podía reconocerse en las esculturas gracias a diversos elementos como prendas de vestir, joyas y otros atributos. A partir de entonces —señala—, "la desnudez cobra todo el protagonismo ".

Cabe reconocer que un cuerpo desnudo es algo totalmente natural y que, por sí mismo, no resulta controvertido.

Lo que hizo que Afrodita resultara tan provocadora en épocas posteriores no fue el hecho de estar desnuda, sino la postura de su cuerpo, concebida para la gratificación del espectador. Esto la convirtió en un objeto de deseo.

La escultura original de Praxíteles resultó tan inspiradora que fue copiada miles de veces por escultores romanos; la Venus Capitolina es solo uno de los ejemplos más célebres.

La Venus Pudica inauguró una nueva forma de contemplar el cuerpo femenino en el arte, una visión que se extendió por todos los territorios bajo dominio del Imperio romano, abarcando Europa, el norte de África y Oriente Próximo.


El renacimiento erótico de Afrodita

Afrodita ha renacido en varias obras a través de los siglos, como en El Nacimiento de Venus de Sandro Boticelli.



Sin embargo, dicha influencia no se limitó al mundo antiguo. Durante el Renacimiento, los artistas comenzaron a buscar y copiar esculturas clásicas con mayor determinación que en el milenio anterior.

Una de las más admiradas fue la del tipo Venus Pudica. Así, Afrodita —en su faceta de desnudez seductora y a la vez recatada, tal como la concibió Praxíteles— renació en obras de Masaccio, Botticelli, Rafael y Tiziano, artistas que más tarde se convertirían en los "grandes nombres" de la historia del arte.

Si bien algunos artistas emplearon esta postura para representar a Afrodita, muchos otros la adoptaron para otras figuras femeninas. Asimismo, inspiró a otros creadores a idear nuevas posturas basadas en esa misma premisa fundamental de una desnudez pudorosa.

Así, a través de las reiteradas reinterpretaciones de la Venus Púdica por parte de los artistas, la figura femenina objetivada se convirtió en un elemento indeleble del canon de la historia del arte.

Rubens y Velázquez la reencarnaron en el Barroco; fue retomada por Cabanel y Manet en el siglo XIX, y por Modigliani e Yves Klein en el siglo XX. La indignación de Mark Twain y Mary Richardson constituye una respuesta a esta historia de la erotización de Afrodita.

Anja Ulbrich comenta a la BBC que la diosa ha sido representada de muy diversas formas y que la escultura de Praxíteles no tiene por qué ser necesariamente la imagen que la defina.

Una de las piezas expuestas en el Ashmolean, realizada en Northumberland, muestra a Afrodita bañándose. A tal distancia del Mediterráneo —señala Ulbrich con una sonrisa—, "parece bastante molesta por el frío"


Afrodita moderna
En 2023, Beyoncé apareció en el escenario dentro de una concha de almeja gigante, luciendo un vestido decorado con manos al estilo de la Venus Púdica.

En tiempos más recientes, y al margen de la influencia de Praxíteles, a menudo se presenta a Afrodita de una manera distinta, llegando incluso a ser vista como un icono de empoderamiento.
En 2023, Beyoncé inició un concierto apareciendo en el escenario dentro de una concha de almeja gigante y luciendo un vestido adornado con motivos de manos al estilo de la Venus púdica.
Artistas como Björk, Lady Gaga, Kylie Minogue y el grupo Bananarama han compuesto canciones sobre esta diosa.
Como símbolo de la belleza y el atractivo supremos, Afrodita ha sido adaptada y reconfigurada para reflejar las necesidades de su público a lo largo de 3.000 años —y los que quedan—, una longevidad extraordinaria para una deidad de la antigua Grecia.
Otro hecho sorprendente es que una sola escultura —la Afrodita de Cnido de Praxíteles— haya moldeado tan profundamente nuestra actitud hacia la desnudez.
No hay indicios de que su dominio sobre los asuntos de los mortales vaya a terminar, ni de que la polémica que la rodea vaya a disiparse; el tema de la belleza y su tratamiento seguirá siendo siempre relevante y objeto de debate, reflejando la opinión pública a medida que esta evoluciona con el paso del tiempo.
"Dependiendo del contexto, la gente la ha reducido simplemente a lo que necesita y a lo que desea", afirma Ulbrich. "Es muy versátil, ya sabes".

*Esta es una adaptación al español de una historia publicada por BBC Culture. Si quieres leer la versión original, en inglés, haz clic aquí






domingo, 11 de octubre de 2026

Anecdotario X


Crítico en Pañales

Nuestro hijito de cuatro años y medio se ha convertido en un asiduo aficionado al ballet, que ve en la televisión. Un domingo, yendo de paseo, alcanzó a ver un perro grande que había asumido la postura canina característica junto a un poste.
—Mira, papá —gritó el muchacho—. ¡Ballet!
 

 
Sin censura previa...

Del State Journal, de Springfield, Illinois :«La señora J. T. Murphy celebrará su 48° onomástico el domingo. Ha sido residente de Springfield durante 57 años»

Del Christian Banner de Lansing, Michigan: «Se ha instalado en la iglesia un nuevo sistema de altavoces donado por uno de los feligreses en memoria de su difunta esposa.»

De las notas sociales del periódico Leader, de Corning, Nueva York: «La señora Preston celebró el sábado el tercer cumpleaños de su hijita con una simpática fiesta infantil a la que asistieron unos 20 niños.
La señora Preston ingresó el domingo por la noche en el Hospital de Wellsboro para someterse a un reconocimiento médico».

 

Se conoce que un hombre ha tenido éxito cuando la prensa empieza a citarlo sobre temas de los cuales él no sabe nada. (Observer, de Oregon, Wisconsin)


 

Una profesora universitaria acababa de trasladarse a una ciudad distante con todos sus enseres personales, entre los cuales se contaban numerosas cajas de libros. El fornido chofer del camión de mudanzas, después de haber depositado el último pesado cajón en el descanso del segundo piso, le dijo en son de queja:
—¡Por Dios! señora... ¿Por qué no se le ocurrió leerlos antes de mudarse?


 

A la cama con un libro

El que es caballero desea irse a dormir como tal, es decir, pausada y amablemente, con una sonrisa de agradecimiento para el Señor Día, que acaba de ser su anfitrión, y una cortés bienvenida a la Señora Noche, que va a ser su anfitriona. Sólo un patán le daría la espalda al sol con ruda prisa, para saltar a los brazos de Morfeo como una foca que se desliza al agua desde su bloque de hielo. Por eso, el que es caballero lee antes de quedarse dormido

—Robert Blatchford, As I Lay A-Thinking


 

En Inglaterra un maestro de ceremonias entrevistaba por radio al novelista J.B. Priestley.
—Señor Priestley —inquirió— ¿cómo explica usted su éxito, mientras tantos de sus compañeros de la escuela de periodismo que parecían tener tanto o más talento que usted no lo han logrado?
El escritor respondió lentamente:
—No puedo hablar por mis compañeros, pero de mí sé decir que me moría por triunfar.
 

 

En la clase de redacción el maestro encargó una composición en la cual describiéramos algún lugar romántico. A la hora en que leímos nuestros trabajos, escuché muchos lugares comunes: fuego crepitante en la chimenea, luz tenue, música suave. Sólo una señora mencionó algo original: “Reina la tranquilidad en la casa, los niños no están”. —S.Z.



 

¡Qué Pregunta!

Una amiga heredó de una parienta un valioso abrigo de pieles, y se fue a la iglesia luciéndolo con gran orgullo. Cuando estaba allí, un hombre le preguntó:
—¿Qué desafortunada criatura tuvo que morir para que tú pudieras llevar tal abrigo?
Mirándolo iracunda, mi amiga le respondió:
—Mi tía.

 

Después de asistir a una fiesta de gala en un elegante hotel, salimos del vestíbulo y solicitamos que nos trajeran nuestro auto. El imponente ventarrón y la lluvia torrencial ululaban sin cesar, y bajo la furia de los elementos vimos cómo el portero corría presuroso de un cliente a otro, mientras prodigaba ocurrencias y una sonrisa al entregarles sus autos.
Cuando tocó nuestro turno, el servicial hombre saltó del asiento del conductor, rodeó el vehículo y me abrió la portezuela para darme paso. Le pregunté en qué pensaba para seguir tan animado en su trabajo. Sin dudarlo un instante, respondió:
—¡En el desempleo, señora!


 

Durante años había suplicado a mi madre, que padecía de cataratas que dejara de conducir, pues era una verdadera amenaza al volante. Como de nada habían servido mis ruegos y amenazas, me sorprendí cuando llamó para avisarme que había vendido su auto.
—¡Qué buena noticia, mamá! —exclamé—. ¿Qué fue lo que te animó a hacerlo?
—Al estacionar no vi el borde de la acera y acabé en el vestíbulo del Banco Estatal de Oklahoma.
—¡Qué horror!
—Ya lo sé —replicó—. Nunca hemos sido sus clientes.


 

La Crítica Critica

En una reseña: “La televisión ha estado tan aburrida esta temporada, que los niños hacen la tarea”. — Silver Lake News



 

¡Qué Descaro!

Hace algunos años robaron un espejo antiguo y una alfombra oriental de cierta agencia literaria. Tiempo después, el presidente de la firma recibió una llamada por cobrar. Era el ladrón, que estaba preso y ofrecía devolver la alfombra y el espejo a condición de que la agencia leyera el manuscrito de un libro suyo.

—Leonore Fleischer, en Publishers Weekly



 

La señora acababa de dar a luz a su decimoquinto hijo. El obstetra, preocupado, llama al padre y le dice:
—Oiga, señor, quince hijos ya son demasiados. ¿No le parece que debería poner en práctica un poco de paternidad responsable?
—Doctor —responde el hombre con ceñudo gesto—, los hijos nos los envía el Señor.
—Es cierto. Pero también nos envía la lluvia y, sin embargo, nos ponemos impermeable.


 

“MI PARANOIA no tiene límites”, declara un comediante. “Hasta le puse un espejo retrovisor a mi bicicleta estacionaria”.


 

EL SARCASMO como recurso literario era el tema del día. Nuestro profesor empezó por pedir un ejemplo a la clase.
Todos nos quedamos de una pieza pocos segundos después, cuando una voz espetó:
—¡Oh, profesor, me encanta su clase!



El fascinante mundo de los ratones

UN NIÑO como de diez años iba sentado en un autobús urbano con un portafolios sobre las piernas. De cuando en cuando murmuraba algo dentro de su abrigo. Una mujer lo miraba inquisitivamente y el pequeño, para satisfacer aquella curiosidad, le mostró un ratoncito blanco que llevaba en la bolsa de la camisa. El niño le explicó:
—Acaba de nacer. Sus padres están aquí.

Abrió el portafolios y sacó un par de ratones blancos, un poco más grandes que los otros 10 o 12 que había adentro. Ya para entonces varios pasajeros habían formado un corrillo, y el chiquillo les explicó pacientemente su interés en los ratones, cómo cuidarlos, sus hábitos de alimentación, sus distintas personalidades y otros aspectos.

Al llegar el autobús a donde él se bajaría, el chico devolvió los ratones al portafolios y se levantó en medio de un extasiado público. Al empezar a bajar se volvió y dijo:
—Los ratones son para mi serpiente —y desapareció.



Acumular conocimientos es tan malo como acumular dinero. Llega un momento en que debemos empezar a emplear lo aprendido. —Robert Frost


 

Según cuenta un primo de Mark Twain, éste fue a visitar al famoso museo de figuras de cera de Madame Tussaud, en Londres, y se detuvo a observar un interesante maniquí. Lo arrancó de su abstracción un repentino y doloroso puntazo en el costado. Se volvió bruscamente y se encontró, cara a cara, con una estupefacta dama inglesa que todavía le apuntaba con su sombrilla.
—¡Ay, si está vivo! —gritó la señora, y salió apresuradamenrte del museo.

—John Tussaud, en The Romance of Madame Tussaud


    

El dramaturgo Ferenc Molnár tenía un buen número de parientes, muchos de los cuales acudían a este miembro de la familia, fabulosamente próspero, en demanda de ayuda económica. Cierta vez, hacia mil novecientos veintitantos, un grupo de ellos fue a buscarlo al mejor hotel de Viena, donde se hospedaba en el cuarto más barato. Esperando una frígida recepción, los visitantes recibieron una verdadera sorpresa cuando los acogió de la manera más afable y hasta les propuso que todos se fotografiaran en su compañía.

Una vez que le entregaron una copia de la fotografía, Molnár se la llevó al portero del hotel y le dijo:
—Tenga usted a mano esta foto. Siempre que alguna de estas personas venga a buscarme, no la deje pasar.

—Ladislas Farago, en Strictly from Hungary



 

Para que no haya confusión

En la biblioteca, buscaba yo en el tarjetero de videocintas una película para mi hijita. En la tarjeta de una cinta con el tema de la obra clásica de Charles Dickens, David Copperfield, alguien había anotado con lápiz: “NO es el mago”.

 

Alguien solicitó un libro raro en la Biblioteca del Vaticano. Tras dos horas de espera, llegó una nota con la respuesta: “Perdido desde 1583”. — Financial Times
 

 

Nueva Identidad

Al cabo de varios años de vivir sola con Greg, su pequeño hijo, una amiga mía decidió casarse. Le informó de sus planes al niño,y le explicó que, después de la boda, el apellido de ella ya no sería el mismo. Luego le indicó a su hijito, que, si quería, también él podría cambiarse el nombre. Tras pensarlo un rato, Greg respondió que era una buena idea...; que le gustaría llamarse Clark Kent.



 

Mi hija tomaba parte en una representación escolar de la comedia Mucho Ruido y Pocas Nueces, de Shakespeare. Todo salió bien hasta la escena en que se reúnen muchos actores portando cirios. Entonces se hizo un silencio embarazoso.
Entre bambalinas, el apuntador dijo dos veces la línea que seguía: “Muerta fue por lenguas calumniadoras”, pero fue inútil. El apuntador la dijo una tercera vez en voz alta.
En igual tono, mi hija respondió:
—¡Nos sabemos bien el parlamento, pero no quién lo dice!


 

LOS ANTEPASADOS son lo más importante para quienes no han hecho nada por sí mismos. —  Louis L'Amour



 

Posdata

Mi padre se va a trabajar mucho antes de que los demás miembros de la familia nos levantemos, y a menudo deja notas para recordarnos lo que hay que hacer antes de que él vuelva a la casa. Como sabe que no siempre nos alegra encontrar esas instrucciones a las 7 de la mañana, a una de ellas le añadió una posdata. La nota decía: “Querida Kathleen, por favor lava los platos y pon en orden la ropa. P.D.: Igualmente”.


 

Edad de Piedra

—Señorita, describa usted la Edad de Piedra —pidió el profesor a la alumna.
—Es la época en que una mujer empieza a hablar al novio sobre el anillo de compromiso —respondió la chica.


 

Ratones de Biblioteca

Bruno Furst, perito nemotécnico, guardó en su memoria seis idiomas, millares de números de teléfono y direcciones de casas,centenares de poesías, docenas de piezas teatrales y una veintena de novelas. Le agradaba señalar que para quien tenga educada la memoria no es problema pasar largas horas en un tren o un fin de semana en el campo sin ningún libro que leer. Cuando Furst, cuyas conferencias implicaban muchos tediosos trayectos en autobús y ferrocarril, se encontraba en un viaje largo sin un buen libro, traía uno a la memoria. Era capaz de reclinarse en su puesto, cerrar los ojos y gozar de Goethe, Heine, Thomas Mann o cualquiera de los autores de su gran biblioteca portátil.

El escritor de novelas de misterio Rex Stout se crió entre los libros. Su padre, John Stout, superindente escolar, tenía una biblioteca personal de 1126 tomos. Su madre, Lucetta, era asidua lectora. Conservaba a su lado un plato con agua fría y una toalla, y cuando algunos de sus nueve hijos se le acercaba mientras estaba leyendo, ella aprovechaba la ocasión para lavarle la cara. Muy rara vez la interrumpían.
 

 

Mi amiga estaba triste porque no lograba que sus alumnos de primaria entendieran sus explicaciones.
—¿Sabes? Creo que he perdido mi atractivo textual, me comentó.



 

Nota: En próximos artículos pondré la bibliografía básica de las revistas o libros porque en los primeros escritos transcritos con anécdotas en otro sitio olvidé colocar ese detalle.