martes, 27 de octubre de 2026

Cómo los hombres pueden ayudar a las mujeres a compartir la "carga mental" de llevar un hogar

 

Por Grace Dean, BBC News y Mallory Moench, BBC News

 

"Siempre tengo la cabeza llena", dice Stacie Matthias, madre de tres hijos. "Me acuesto con una lista mental de cosas por hacer", agrega.

Se refiere a la "carga mental", un concepto que engloba el esfuerzo que implica planificar, organizar, recordar y anticipar las tareas necesarias para el funcionamiento cotidiano de un hogar.

Estas tareas incluyen: recordar las excursiones escolares, revisar las actualizaciones en los grupos de WhatsApp de los padres, observar qué zonas de la casa necesitan limpieza, controlar cuánto duermen los niños, programar citas médicas y comprar uniformes escolares.

Según los expertos, este es un trabajo que en las parejas heterosexuales recae desproporcionadamente sobre las mujeres, junto con la mayor parte del trabajo físico doméstico.

Por supuesto, todas las relaciones y los hogares son diferentes, pero los estudios sugieren patrones claros.

Los niños en Reino Unido acaban de regresar a las clases después de las vacaciones de verano, y Stacie, de 37 años y residente de Stockport (norte de Inglaterra), dice que su mente suele estar especialmente agitada en septiembre.

"Esa sensación de tener siempre algo que recordar, organizar o de lo que preocuparse es lo que hace que esta época del año sea especialmente ajetreada", afirma.

Para Stacie, esta lista de responsabilidades hace que su mente se sienta como un recipiente para lavar platos que se va llenando a lo largo del día. 

Si nadie te ayuda a sacar esas ollas y sartenes, al final del día el agua se desbordará, y llegarás a un punto crítico", ilustra.

En una encuesta sobre la carga mental realizada a 3.000 progenitores estadounidenses, académicos de la Universidad de Bath (Reino Unido) y de la Universidad de Melbourne (Australia) descubrieron que las madres asumían el 71% de las tareas domésticas que requerían esfuerzo mental, como recordar cuándo era necesario lavar las sábanas y las toallas o qué alimentos había en la nevera para preparar las comidas.

El estudio reveló que los padres se encargaban de muchas de las tareas que los investigadores describieron como "episódicas", es decir, cosas que ocurren con menos frecuencia, como recordar cuándo llevar el auto al taller mecánico.


"Diez pasos por delante"
 
La profesora Leah Ruppaner, de la Universidad de Melbourne, describe la carga mental como algo invisible, persistente y sin límites.

"No llevas los platos sucios al trabajo, pero llevas la carga mental a todas partes", afirma.

La carga mental es un tema popular en foros como Reddit y Mumsnet, donde las mujeres buscan consejos sobre cómo hablar con sus parejas acerca del agotamiento que supone intentar compaginar tantas responsabilidades diferentes.

Las madres explicaron a BBC News que a menudo se las añadía a los grupos de WhatsApp del colegio, donde los padres hablan de temas como los días sin uniforme, las excursiones escolares, los cumpleaños y los objetos perdidos. En muchos casos, eran incluidas automáticamente como la "madre por defecto", mientras que sus parejas ni siquiera formaban parte de esos grupos..

Sophia, una madre de tres hijos de 35 años residente en la costera ciudad de Portsmouth, al sur de Inglaterra, paga las excursiones escolares y encarga los almuerzos de sus hijos a través de la aplicación del colegio que tiene en su teléfono celular, pero afirma que su marido nunca la ha descargado.

Sophia asevera que intentó explicarle varias veces a su esposo el concepto de carga mental, pero siente que él no lo entendió y desestimó sus preocupaciones como "tareas rápidas".

"Son tareas rápidas si simplemente pudieras hacerlas
, pero tengo que planificar la tarea, tengo que anticiparme a la tarea, tengo que estar siempre diez pasos por delante", explica.
 
Las mujeres normalmente son las responsables de tareas domésticas constantes como las comidas, lavar la ropa, llevar los niños al colegio y ayudarlos con sus deberes.
 
 
Sam Berry, subdirector de un centro educativo, creador de contenido y padre casado con dos hijos en Londres, cuenta que cuando su esposa le mencionó por primera vez el concepto de la carga mental tras el nacimiento de su hijo mayor, "no lo entendió del todo".

Y admite que se puso "un poco a la defensiva" porque pensaba que ya hacía mucho: cambiar pañales, dar de comer al bebé, etc.

Preguntaba qué podía hacer para ayudar, pero decía que eso seguía trasladando la responsabilidad de pensar a la otra persona.

"Siempre le digo a mi pareja: 'Si tengo que pedirte que hagas algo, solo estoy aumentando mi carga mental'", explica Stacie.

Tras meses de meses de conversaciones, Sam comprendió que no se trataba solo de completar la tarea, sino también del proceso de reflexión que la rodea: no es solo cocinar la cena, sino también pensar qué alimentos había en casa, planificar la comida y hacer la compra.
 

Agotamiento insostenible

La psicóloga clínica Natasha Wallace afirma que algunas mujeres acuden a ella sintiéndose estresadas por la presión que sienten para organizar sus hogares.

"Para ellas, a menudo no se trata de un único factor de estrés enorme", explica.

"El problema surge cuando se dan cuenta de que tienen cientos de pequeñas exigencias y que sus cerebros y cuerpos simplemente no pueden desconectarse", agrega.

Muchas mujeres funcionan en piloto automático, añade, por lo que a menudo no se dan cuenta de la magnitud de la carga cognitiva que soportan, y este estrés constante de baja intensidad puede afectar al sistema nervioso.

A su vez, esto puede provocar insomnio, irritabilidad y fatiga a la hora de tomar decisiones, explica.
 
Anita Cleare, experta en crianza y autora de The Work/Parent Switch ("El trabajo: cambio de padres"), afirma que el desgaste cognitivo general se extiende a nuestra vida laboral y conduce a un agotamiento insostenible.

Un estudio reveló que los hombres con mayores ingresos realizaban menos trabajo doméstico, tanto físico como cognitivo. Sin embargo, cuando aumentaban los ingresos de las mujeres, estas reducían el tiempo dedicado a las tareas domésticas físicas, pero seguían asumiendo la misma carga de trabajo cognitivo relacionada con la gestión del hogar.

Las mujeres rara vez sienten que renunciar a la vida familiar sea una opción, por lo que la elección entonces se reduce a si ralentizar su carrera, trabajar a tiempo parcial o dejar de trabajar y quedarse en casa; cada vez son más las mujeres que toman esa decisión, dice Cleare.

"Si reduces la carga doméstica, si reduces la carga mental, generarás energía, capacidad e interés para poder rendir más y mejor en el trabajo", asevera.
 

Progenitor "por defecto"

Muchas de las mujeres entrevistadas por la BBC afirmaron creer que la desigualdad comenzó con la baja por maternidad.

Wallace afirma que, dado que las mujeres suelen tomarse mucho más tiempo de baja por maternidad que los padres, se convierten en el "progenitor por defecto" muy pronto.

"Si te conviertes en la persona que lo sabe todo, sabe dónde está todo y en el pasado lo ha hecho todo, todo el mundo empieza a acudir a ti para todo", dice.

"Así que sigues siendo esa persona clave incluso si vuelves al trabajo", agrega.

En Reino Unido, las madres pueden disfrutar de hasta 52 semanas de baja por maternidad legal, 39 de las cuales son remuneradas, mientras que los padres pueden disfrutar de hasta dos semanas con prestación por paternidad legal. Los padres también pueden acogerse a la baja parental compartida.

Algunos empleadores ofrecen permisos parentales adicionales a sus trabajadores, pero la mayoría de las personas ganan menos cuando están de licencia por maternidad o paternidad, lo que afecta a la cantidad de permisos que muchos padres se toman.

Cleare afirma que los lugares de trabajo pueden ayudar dando ejemplo de padres que se toman la baja por paternidad, no solo ofreciéndola, estableciendo expectativas sobre cuándo se puede contactar con los empleados y apoyando las conversaciones sobre la carrera profesional de las mujeres.
 
Las mujeres aseveran que es crucial que sus parejas asuman la responsabilidad total de sus tareas.


 
También puede depender de lo que se considera roles tradicionales.

Zach Watson, padre de tres hijos, casado y entrenador en EE.UU. especializado en compartir la carga mental, dice que su abuelo probablemente nunca cocinó una comida en su vida de casado, mientras que su padre solo lo hizo un poco.

Durante los primeros cinco años de su matrimonio, su esposa cocinaba casi siempre. Si él se ofrecía a cocinar, le preguntaba qué quería, una pregunta que, en realidad, podía aumentar su carga mental.

Aprendió que podía ofrecerle opciones para la cena, después de haber mirado en la nevera, y darle una alternativa si ella prefería no participar en la decisión.

Y si necesitaba ayuda, en lugar de simplemente preguntar: "¿Dónde está el kétchup?", podía explicarle dónde ya había buscado.
 
 
Categorías

Sam Berry afirma que, aunque a algunos hombres no les importa, hay un grupo numeroso —su público en Internet— que "en realidad son muy buenos maridos, muy buenos padres que se esfuerzan al máximo y quieren dar lo mejor de sí mismos, pero casi no se han dado cuenta o no saben cómo expresarlo".

Muchas de las mujeres con las que habló la BBC deseaban que sus parejas se hicieran cargo de ciertas tareas.

Sam lo llama asumir "una categoría de tareas"; por ejemplo, papá podría encargarse de todos los trámites escolares, mientras que mamá se ocupa de la comida.

Sin embargo, afirma que la igualdad no consiste necesariamente en dividir todo al 50/50 —porque un miembro de la pareja puede trabajar más y al otro le puede gustar cocinar— sino en encontrar lo que mejor funcione para ambos.

Y si tradicionalmente eres tú quien asume la mayor parte de la carga mental, es posible que tengas que aceptar que tu pareja puede hacer las cosas de manera muy diferente, y que no siempre saldrán bien, dice Afua Williams, de 40 años, madre de dos hijos en Londres.
 
 
Quienes hablaron con la BBC compartieron sus propios consejos sobre cómo gestionar la carga mental de forma equitativa:

—Comunícate claramente con tu pareja sobre cómo te sientes y el impacto de tu carga mental. Zach lo llama "etiquetar": hacer visible el trabajo cognitivo y emocional invisible. Wallace advierte que no se deben tener estas conversaciones cuando uno se siente enojado o abrumado, ya que la otra persona puede sentirse "culpada o criticada".
 
—"Ve qué puedes delegar", dice Ana Catalano Weeks, coautora de un estudio sobre cómo la carga mental afecta al trabajo. ¿De verdad necesitas organizar tarjetas de cumpleaños físicas para los amigos de tus hijos? ¿Puedes silenciar los grupos de WhatsApp de padres y centrarte solo en los correos electrónicos oficiales del colegio?
 
—Mantén un contacto regular con tu pareja; puede ser a diario, semanalmente o por temporadas.
 
—Crea un calendario compartido para que todos estén al tanto de los cumpleaños, las reuniones escolares y más.
    
—Wallace afirma: "Asume la responsabilidad de las tareas de principio a fin sin necesidad de que te lo recuerden".
    
—No caigas en la "trampa de la eficiencia" de que la solución es simplemente ser más organizado, dice Cleare. Recuerda que lo que más importa como padre son los momentos de conexión con tu hijo, no que coma ciertas verduras, y eso ayudará a redefinir las expectativas.
 
 
 
 

lunes, 26 de octubre de 2026

¡Vaya con la lógica inglesa!

Incomprensible para la mayoría, allá para todos es irrefutable
 
 
 
Por Roy Pearson

 
 
EN CUANTO desembarqué en Inglaterra, me sentí mareado. Rara vez obtenía respuestas a mis preguntas o, lo que era peor, las que me daban no las entendía yo. 

Veamos, por ejemplo, la cuestión del café. Todo el mundo sabe que en Inglaterra la gente civilizada toma té, pero a mí me gusta el café, de modo que cierta tarde el corazón empezó a latirme apresuradamente cuando en una fonda divisé un  letrero que decía: ”Té y café”.
―Un café, por favor ―le dije a la camarera.
―Lo lamento, señor ―me contestó― pero sólo servimos té.  El café de sirve a las once de la mañana. 
Como tenía a la vista, sobre una mesa contigua, un frasco de café “instantáneo”, insistí.
―¿No es café lo que está allí? Y el frasco está abierto, ¿no? Y tendrán ustedes agua caliente para hacer el té, ¿verdad? ¿Por qué no puedo poner una cucharadita de café en una taza de agua hirviendo y servírmelo?
―¡Ah, no, señor! El café es para las once de la mañana. ¡A las cuatro de la tarde se sirve té!

Durante varios días me consolé, confuso, con la idea de que se trataba sencillamente de una camarera algo rara. Mas una mañana leí en el periódico la carta siguiente: 

Almorzando en un restaurante de Glasgow, pedí que me sirvieran una compota de manzanas sin las natillas con que la anunciaba el menú, pero la camarera me respondió: “Perdón, señor, pero el plato consiste en compota de manzanas con natillas”.
Le indiqué que no debía ser muy complicado el dejar de agregar las natillas a la compota, y la camarera fue a la cocina a consultar. Cuando volvió, me dijo que lo que yo pedía era imposible, ya manera de explicación añadió: “El cocinero dice que si le vamos a servir a cada uno lo que se le antoje, a donde iríamos a parar”.


Sin embargo, fue en un pueblecito de la región de los lagos donde encontré una muestra de lógica británica imposible de refutar. Poco antes de la una llegamos a un restaurante y encontramos la puesta cerrada con llave. Vi a un sujeto parado en la acera y le pregunté la razón de que el restaurante no estuviera abierto a esa hora. 
―Es muy sencillo ―repuso, con el tono del padre que contesta a la pregunta ingenua de su hijito―. Para que las camareras puedan ir a almorzar a su casa. 

Uno de los problemas más enojosos de Inglaterra es de saber a qué hora estará abierto un establecimiento público. Después de haber pasado tres veranos en Edimburgo, sólo tengo una noción muy vaga de las probabilidades con que contaré de hallar una tienda cuyo propietario esté dispuesto a atenderme. Los lunes por la tarde están cerradas las pescaderías y los martes las tiendas de paños. La mayoría de las casas de comercio de la calle George cierran los sábados por la tarde, en tanto que las de la calle Princes lo hacen los martes por la tarde, además de los sábados.  El domingo estarán casi todas cerradas y el viernes casi todas abiertas, ¡pero el miércoles hay muchas tiendas de todos los ramos que están abiertas y muchas otras que están cerradas!

Tampoco me resulta fácil saber cuándo puedo visitar un edificio público No es que falte información, ni tampoco que yo no sepa leer: por el contrario es lo que leo, precisamente. He aquí parte de la descripción del castillo de Edimburgo, según la guía oficial: 

CASTILLO DE EDIMBURGO. Mapa 10, NT/27. Abierto: días ordinarios, 10 a 4 (dom. 11 a 4), nov 1° a ene. 31: días ordinarios, 10 a 5 (dom. 11 a 5), feb 1° a jun. 1°; días ordinarios, 9:30 a 6 (dom. 11 a 6), jun. 2 a set. 13. (A reserva de circunstancias imprevistas entre ago. 22 y set. 10) Dom., Sólo están abiertos los recintos y el monumento a los muertos en la guerra, excepto entre jun. y set.


Es extraño que yo me sienta tan confundido en Gran Bretaña, pues lo que allí sucede parece comprensible para todos los demás. En un hotel cuyos clientes en su mayoría eran montañistas que cada tarde regresaban de sus excursiones llenos de sudor y barro, encontraba yo el cuarto de baño cerrado con triple llave hasta después de terminada la cena. Ante mi asombro, el dueño me explicó pacientemente:
―Usted comprenderá, señor, que después de todo, si el cuarto estuviera abierto  antes de la cena, todo el mundo querría bañarse.

A quien se le ocurra pedir en un restaurante de categoría  un poco de mantequilla para untarla en el pan se le  dirá que es imposible, pues la mantequilla sólo se sirve con queso… y no para tomarla con el pan, sino con bollos. Y si no quiere uno tomar una taza de té en la cama antes del desayuno, será mejor que se prepare de una vez para una ruda lucha, pues en Inglaterra el no tomar té en la cama es peor que faltar el respeto a la madre.  Cuando yo lo rechacé, el ama de llaves se irguió en toda su pequeña estatura y observó:  
―Me temo que usted no se da cuenta, señor, de que en Inglaterra todos los caballeros (aquí una pausa significativa) toman el té antes de levantarse. 

Recuerdo muy bien  un barbero de Oxford que me explicó con toda solemnidad su método infalible para pronosticar el tiempo: si por la mañana temprano había niebla, haría día claro; si la mañana era despejada, el día sería lluvioso.
―Salvo ―añadió tranquilo― que algunas mañanas de niebla se convierten en días lluviosos y algunas mañanas despejadas en días despejados.



Condensado del “Herald Tribune”, de Nueva York

Revista Selecciones del Reader’s Digest, Junio de 1963, Tomo XLV, N° 271, págs. 73-75, Reader’s Digest International, Inc., Nueva York


 
Nota
 
El subtítulo original decía: Incomprensible para los más, es allá para todos irrefutable.

Visto desde la gramática tradicional, "los más" funciona aquí como sinónimo de "la mayoría" (un calco del latín multi o del francés les plus). Por lo tanto, la frase significa: "Incomprensible para la mayoría, es allí para todos irrefutable".

Sin embargo, a los oídos de hoy en día (y en el español corriente), "los más" suena un poco forzado, arcaico o ambiguo, porque parece que faltara un sustantivo al lado (¿los más qué?). 

Cambiarlo por "la mayoría" elimina de golpe cualquier sombra de duda y suena natural para cualquier lector de hoy.






sábado, 24 de octubre de 2026

El misterioso órgano de los cachalotes que les da fuerza para hundir barcos

Pasaron dos siglos antes de que se comprobara que un sobreviviente del naufragio que inspiró la novela Moby Dick tenía razón.

 

Por Anna Bressanin
BBC Earth *

 

En la mañana del 20 de noviembre de 1820, Thomas Nickerson, de 15 años, acababa de escapar de un ataque de una ballena que le había abierto a su bote un agujero en el costado.

Mientras la embarcación se llenaba de agua, Nickerson y sus compañeros remaron rápidamente de regreso al barco ballenero principal, pensando que estaban a salvo.

Pero, al tomar el timón del ballenero Essex, Nickerson vio que otra ballena, mucho más grande, se dirigía a toda velocidad hacia ellos. Tras alertar a Owen Chase, el primer oficial del barco, se desataron gritos y alarma entre la tripulación, seguidos de "un tremendo estruendo", escribiría Nickerson 50 años después.

La ballena embistió al Essex con tal fuerza que derribó a todos los tripulantes. Luego, se alejó 270 metros del barco, giró bruscamente y regresó a toda velocidad.

Con esa segunda colisión, destrozó la proa por completo. El ballenero Essex se hundió.

Si suena a novela, es porque el naufragio del Essex inspiró "Moby Dick" de Herman Melville.

Hoy, 175 años después de la publicación del libro, una investigación ha revelado cómo un cachalote puede hundir un barco que lo multiplica en tamaño. Resulta que la respuesta fue predicha correctamente hace más de 200 años por el mismísimo Chase, el primer oficial del Essex.

Irónicamente, el superpoder de las ballenas parece residir en el mismo lugar que el preciado aceite de esperma que perseguían los balleneros: dentro de su cabeza.



Un misterioso órgano craneal

Los cachalotes tienen una cabeza enorme. Representa aproximadamente un tercio de la longitud total de su cuerpo. Y con un peso de hasta 9 kg, sus cerebros son los más grandes de la Tierra.

En la frente se encuentra un órgano grande, graso y blando, exclusivo de su especie, que está lleno de una sustancia aceitosa llamada espermaceti, nombre que recibió porque los balleneros la confundieron con semen.

 La cabeza y el cerebro de los cachalotes son enormes. 
 
 
 
El espermaceti era muy codiciado por los balleneros, ya que su aceite proporcionaba un combustible de alta calidad y podía solidificarse para elaborar productos como jabones y velas.

Durante los siglos XVIII y XIX, se cazaron alrededor de 300.000 cachalotes en todo el mundo.

A pesar de la extensa recolección del espermaceti de los cachalotes, aún estamos descubriendo su función. Una teoría lo considera una herramienta de combate.

"Esta no era nuestra hipótesis original, sino de Owen Chase", afirma el biólogo evolutivo jubilado Dave Carrier. "Un ballenero del siglo XVIII sostenía que la frente era un arma, y ​​nos propusimos comprobarlo".

Durante los dos últimos siglos, los biólogos habían ignorado en gran medida las ideas de Chase, pero desde la perspectiva de Carrier, "la intuición y la experiencia del ballenero probablemente eran correctas".

En un estudio de 2002, Carrier sugirió que el melón enormemente agrandado del cachalote, un órgano graso ubicado en la frente de todos los cetáceos dentados, evolucionó como arma de embestida: los machos lo usarían para dar golpes capaces de matar a un rival.

"Las ballenas son mamíferos, estrechamente emparentados con animales como los ciervos y los carneros, donde los machos compiten embistiendo; por lo tanto, este comportamiento puede haber sido heredado de sus ancestros". 
 
Cachalote protegiendo a su cría, Azores, Portugal, 2011.

 
Recientemente, Alec Burslem, ecofisiólogo de la Universidad de Hawái, captó con su cámara a unos cachalotes mientras se daban cabezazos, no contra un barco ballenero, sino entre sí. Según él, fue una "afortunada coincidencia" haber grabado ese comportamiento, que tuvo lugar en las cercanías de las islas Baleares y las Azores.

Puede parecer extraño que las ballenas usen la cabeza para luchar; ¿por qué arriesgarían una parte vital de su cuerpo para golpear a un adversario?

Pero un estudio de 2015 afirma que este órgano tiene suficiente capacidad amortiguadora como para que las ballenas puedan usar la cabeza como arma sin riesgo de sufrir daños.
 
 
Fuerza bruta

Burslem observó este comportamiento en varias ocasiones, en varios cachalotes jóvenes.

El mayor impacto que registró fue el de un macho juvenil que se lanzó hacia otra ballena a 4,5 metros por segundo y la golpeó con una fuerza de aproximadamente 460 kN.

Burslem estima que un cachalote adulto que se acercara a la misma velocidad impactaría con una fuerza de aproximadamente 1200 kN, lo que se sentiría como ser golpeado por un autobús que viaja a 65 km/h (40 millas por hora).

Dirigida contra un barco, esta es una fuerza considerable.

"En la historia, solo tres barcos balleneros fueron atacados por ballenas", afirma Michael Harrison, conservador jefe de la Sociedad Histórica de Nantucket (EE.UU.), que alberga una impresionante colección de diarios de a bordo y objetos originales. 
 
Sin embargo, las ballenas atacaban habitualmente las embarcaciones más pequeñas y abiertas que se arriaban desde el barco principal cuando se avistaba una ballena.
 
"Los cuadernos de bitácoras no suelen reflejar la magnitud de esto", dice Harrison.
 
La trágica historia real del ballenero Essex inspiró Moby Dick de Herman Melville, y este grabado en madera de 1851 se usó como ilustración para las primeras ediciones o reseñas de prensa temáticas de la obra.
 
  

En los tres casos en que una ballena atacó a la nave nodriza, el atacante fue un cachalote.

En 1851, en el Pacífico Sur, un cachalote embistió al Ann Alexander y lo destrozó por completo. En 1902, otro cachalote hundió el Kathleen, que navegaba cerca de las islas Galápagos.

Pero ninguno fue tan infame como el destino del Essex.

Ese día de 1820, veinte hombres abandonaron el barco nodriza que se hundía y se subieron a tres pequeños botes balleneros para no morir.

Estaban a más 2.000 km de las islas Marquesas, pero tenían pánico de encontrarse con tribus caníbales en las islas del Pacífico así que decidieron navegar en contra del viento hacia Sudamérica, 3.700 kilómetros hacia el este, en dirección contraria al viento.

Lo que siguió se convirtió en uno de los episodios más espeluznantes de la historia marítima.

Pasaron más de tres meses a la deriva, con muy poca comida y agua. El hambre, la sed y las quemaduras del sol los fueron debilitando, y los primeros hombres comenzaron a morir.

Cuando las provisiones se agotaron, frente a una muerte segura, recurrieron a la "costumbre del mar" -un código aceptado culturalmente y de último recurso entre los marineros del siglo XIX que toleraba el canibalismo marítimo para mantener con vida a los últimos supervivientes.

Lo peor llegó cuando ya no quedaban muertos. En uno de los botes, los hombres echaron a suertes quién sería sacrificado.

Le tocó a Owen Coffin, un joven de unos 17 años, primo del capitán George Pollard. El capitán se ofreció a ocupar su lugar, pero Owen aceptó su destino. Lo mataron de un disparo y se lo comieron.

Tres hombres habían preferido quedarse en una isla deshabitada, y sobrevivieron. En cambio, de los 17 que se encomendaron al mar, solo cinco regresaron con vida.

La historia del Essex fue reconstruida con detalle por el historiador Nathaniel Philbrick en su libro In the Heart of the Sea ("En el corazón del mar"), un relato que más tarde llegó también al cine.

Pero su huella viene de mucho antes.

Herman Melville, que conoció la tragedia de primera mano, la tomó como inspiración para escribir "Moby Dick", una obra maestra que usa la caza de una ballena para explorar la obsesión, la venganza y la naturaleza humana.


Amor y guerra

Por supuesto, no sabemos con qué frecuencia los cachalotes usan sus cabezas como armas en la naturaleza, cuando ningún dron los observa, dice Burslem.

Tampoco comprendemos del todo la función de su singular y enorme cabeza.

Existen otras teorías sobre la función del espermaceti, y es posible que tenga más de una utilidad.

Las ballenas producen sonido con los "labios de mono", un par de labios fónicos ubicados en la parte frontal de la nariz. El sonido viaja tanto hacia adelante, en el agua, como hacia atrás, hasta la pared final del espermaceti, en la parte posterior de la cabeza.

Según Burlsem, cuando una hembra oye la combinación de estos dos sonidos, puede juzgar el tamaño del espermaceti del macho y si se trata de un ejemplar grande con el que le gustaría aparearse.

"Aún nos queda muchísimo por aprender sobre estos animales. Debemos priorizar su conservación", afirma Burslem. "En realidad, apenas estamos empezando a comprenderlos".

 

Fuente: El misterioso órgano de los cachalotes que les da fuerza para hundir barcos 

 

jueves, 22 de octubre de 2026

El Corazón

Relato

 

Por Fazil Iskander

 

Ahora, en la planta alta del restaurante «Amra» la gente no sólo toma café, pide bocadillos o saborea una que otra botella de vino; muchos simplemente prefieren jugar al ajedrez. Víctor Andréievich y yo también nos sentábamos a veces ante un tablero libre. Aquella ocasión se perfilaba claramente su triunfo.
Hacía un día soleado y caluroso, nuestra mesa estaba bajo un toldo, una tenue brisa llegaba desde el mar… 

Víctor Andréievich culminó brillantemente la partida; como yo no pedía la revancha, él ―recostándose en el respaldo de la silla― me recompensó con el siguiente relato: 

― Varias veces me he encontrado en situaciones en que el miedo a la muerte, literalmente, llenaba todo mi ser, pero siempre, mejor dicho, casi siempre, lograba superarlo por estar preparado para tales casos. Desde muy joven me templé la voluntad, me acostumbré a la idea de que en ciertas circunstancias es indispensable aceptar la posibilidad de la muerte, y todo ello determinó muchas cosas. El gran lema de mi juventud era «no te dejes humillar ante nadie ni permitas que humillen a otros en tu presencia».

Y, sin embargo, no en el frente, sino aquí, en tiempos de paz, que he experimentado un verdadero e inimaginable miedo.
Hace unos diez años me aficioné, como tantos, a la pesca submarina. Me hice un fusil como no he visto otro, incluso entre los de producción extranjera.  Yo tenía una magnífica respiración, lo que no era de extrañar, pues había crecido junto al mar; desde muy pequeño aprendí a bucear, luego me dediqué al boxeo y al atletismo. No me resultaba difícil pasar 3 o 4 minutos bajo el agua. Cuando iba a cazar muy rara vez regresaba con las manos vacías. 

Cierta vez, al sumergirme cerca de un escollo, vi a un excelente cabezudo. Estaba, moviendo sus aletas, a unos centímetros de la roca. Me acerqué lo más sigilosamente que pude, apunté y apreté el gatillo.

Después de disparar, generalmente, el buceador sube a la superficie. Si el arpón se ha clavado en el pez, lo jala por el cordel, lo desprende de la punta, se lo cuelga en el cinturón y recarga el fusil. Si no ha acertado, o el pez, de alguna manera, ha logrado zafarse del arpón, él recarga el arma y se sumerge de nuevo. El arpón está amarrado al cinturón con un resistente cordel de fibra artificial.

Aquella vez no di en el blanco y empecé a subir a la superficie. Cuando me faltaba cerca de medio metro, de repente sentí que el cordel a que estaba atado el arpón, se tensó y no me dejaba avanzar. Comprendí que el arpón se había trabado en una grieta del escollo. Intenté encontrar el cuchillo que siempre llevo al cinto, pero recordé que lo había dejado en casa. El miedo comenzó a apoderarse de mí.  Traté de quitarme el cordel del cinturón, pero éste no cedía. El cordel era muy resistente y fue imposible romperlo bajo el agua sin punto de apoyo.

En aquel instante me sentí preso del pánico.  «Dentro de unos instantes perderé el sentido ―pensaba— y unos minutos más tarde mi cadáver estará meciéndose a sólo medio metro de la superficie. Y, por supuesto, nadie sabrá dónde me he metido». Miré hacia arriba y vi, a través del grosor del agua, el deslumbrante oro del disco solar. Por instinto, alcé la mano sobre el agua, como tratando de agarrarme del aire para poder salir.

Entonces, casi perdiendo el sentido, decidí probar lo único que me quedaba: sumergirme hasta el escollo, apoyar en él los pies y tirar del cordel con todas mis fuerzas. Si se rompía estaba salvado, si no, perdido. Ya casi asfixiado buceé con la única idea de no perder el sentido antes de que alcanzara el escollo. Guiándome por el cordel en las manos, llegué junto a la roca, afirmé en ella los pies, jalé el cordel haciendo un esfuerzo sobrehumano y… me desmayé. 

No sé cuántos segundos o minutos habrán pasado hasta que recobré el conocimiento en la superficie. Me sentía como si me acabase de despertar en la mañana después de un grave ataque de fiebre palúdica: estaba hecho pedazos. La costa se veía a unos 500 m. Me esforcé por alcanzarla. Y, por primera vez en la vida, nadando hacia la orilla, tuve miedo de ahogarme por debilidad, y el mar, querido desde la niñez, me daba asco, me parecía repugnante, un tibio y fangoso pantano.

En la costa tosí para que saliera el agua de los pulmones y la vomité del estómago. Estuve acostado un rato y me arrastré hacia mi casa, que se encontraba frente al golfo donde pescaba.

Unos diez días me siento mal, pero luego mejoro. Una vez entro en el mar y empiezo a nadar. A unos quince o veinte metros de la orilla siento que el corazón da un extraño latido doble y se para.
Quizás, unos dos o tres segundos… no sé. Pero la sensación es sumamente desagradable.

Recordé que en la víspera tomé unos tragos y decidí que esa era la causa. Nunca antes había sufrido del corazón, me sucedió por primera vez.  Me puse a nadar de nuevo. De golpe siento otro latido doble, como que se me ha parado el corazón y estoy a punto de ahogarme. Nadé hacia la orilla con cuidado, temiendo afectar el corazón.

A la mañana siguiente me meto en el mar de nuevo, poniendo atención en los latidos del corazón. Todo parece estar en orden. Efectivamente, pienso, los años no pasan en balde y el corazón empieza a fallar después de unos tragos. Ya no había terminado de decirme esto, cuando se repite la historia del día anterior. Me enojo muchísimo y resuelvo continuar nadando, sin darle importancia al asunto. Y otra vez lo mismo.  Sigo nadando. ¡Vuelve a repetirse!
Entonces no puedo aguantar más. Lo principal es que uno siente que el corazón sólo por casualidad se paró esos dos o tres segundos, que en realidad puede dejar de latir un plazo mayor. En ese caso, ¡adiós a todo! 

Voy al médico. El terapeuta me ausculta, hace un electrocardiograma y, a fin de cuentas, dice: 
―Su corazón funciona como si usted tuviese 20 años. No comprendo nada, debe consultar a un siquiatra.

Me presentan a un siquiatra que goza de fama. Durante nuestra conversación él me escucha, inclinando la cabeza como si fuera un gallo molesto, y cualquier cosa que le digo no le place.

Me interrumpe, derrochando un torrente de términos, pero no puede explicar qué me ha pasado.  Después de que le conté todo sobre la pesca submarina y la natación, él, como sugiriendo que le he ocultado lo más importante, dirige la charla hacia el tema de mi «majoliot».

Alguien le habría dicho que estoy construyendo un aparato volador que se mueve con la fuerza muscular del piloto.  Pregunta desde cuándo me ocupo de esto, recomienda que recuerde si se me presentó la imagen del «majoliot» después de la contusión en la guerra; cuáles son mis máximos objetivos; qué lesiones recibí tras la caída y cosas por el estilo.  Trato de explicarle, tranquilamente, que estoy haciendo el «majoliot» desde hace mucho tiempo y que ello no tiene nada que ver con lo que me ha sucedido en el mar.
―Yo sé mejor que usted qué tiene que ver ―me interrumpe.

Y, nuevamente, inclinando la cabeza como un gallo, pone una cara de pocos amigos y diagnostica que si no dejo de construir el «majoliot» en mí irá creciendo el sentimiento de inadaptibilidad, primero en el mar (ya empieza), luego en la tierra, y después ―cuando, por lo visto, me haya chiflado por completo― voy a proclamar el aire como mi único hábitat.

Quizás exagere un poco, pero ―palabra de honor― estaba frente a un auténtico loco vestido de médico. Cuando al contestar su semipregunta-semiafirmación, le dije que no tuve ningún antepasado anormal, él simplemente se salió de sus casillas.

En una palabra, apenas pude dejar con vida el consultorio de aquel hombre. Pero, ¿qué hacer? 
Intenté nadar varias veces, todo volvió a repetirse.  Entonces saqué la triste conclusión de que tendría que dejar la natación y la caza submarina.

No obstante, por medio de una lancha mantenía mis nexos con el mar. En las horas de ocio podía pescar en lancha, como hacía en efecto. Pasó un año. No me bañé más en el mar y regalé a un amigo mi exclusivo fusil. 

Una vez, en abril, estaba pescando, a un kilómetro de la costa, con un niño, hijo de nuestros vecinos. Era un muchachito de diez años, encantador, de pícaros ojuelos negros, una copia exacta de su abuelo, amigo de mi padre. 
Vivía con su madre y con su abuelo. El padre había abandonado a la familia. En parte, tal vez por eso el niño venía a mi casa: observaba fascinado, durante horas y horas, la construcción de mi «majoliot»; a veces yo lo llevaba a pescar.

Pescamos jureles sin cebo. El pez pica bien, pero la corriente es bastante fuerte y a cada rato nos aleja del cardumen. Nos vemos obligados a remar de vez en cuando. De repente, oímos el ruido de una lancha de motor que se acerca más y más hasta que, por fin, pasa rápidamente junto a nosotros, salpicándonos y meciendo nuestra lancha con una gran ola que formó.  Yo la seguí con la mirada y vi la cara del que manejaba, carcajeándose en la popa.  En la banca del medio estaba sentado el segundo.  Sin duda, habían tomado mucho. Dieron vuelta bruscamente; me cruzó por la mente que podían volcarse, pero la lancha tenía un motor muy potente.

 


El pez seguía picando. La pesca nos entusiasmó de nuevo y me olvidé de aquellos borrachos. Una media hora más tarde otra vez escuchamos el ruido del motor, y ellos, quizá por no haber calculado la distancia se nos acercaron tanto que nuestra lancha se volcó al cubrirla una tremenda ola.

Todo sucedió en un abrir y cerrar de ojos. Es difícil pensar que esos desgraciados no se hubieran percatado de lo ocurrido. Seguramente, temiendo la responsabilidad, enfilaron rumbo al puerto, y pronto ya no se oyó el motor. 

Al hallarme en el agua, me asustó la idea de que el niño se hubiera herido.
―¿Te lastimaste? ―le pregunté.
―No ―me respondió con bastante calma.

Yo sabía que él nadaba como un pez, pero el agua en abril estaba helada.  Mientras nos repusimos y me acerqué a él, nuestra lancha ya se encontraba a unos quince metros. ¿Qué hacer? Yo, por supuesto, podía alcanzarla. 
Pero, por un lado, temía dejar solo al niño y, por otro, no seríamos capaces de voltearla y colocarla en la quilla, y era peligroso agarrarnos de ella, en espera de que nos encontraran. Decidí que deberíamos nadar hacia la costa con la esperanza de que esos malvados al menos le dijeran  a alguien que habían volcado la lancha y vinieran a rescatarnos.

En ese momento me acordé de mi corazón, pero ciertamente de pasada. El pensar que estaba conmigo un niño que debía llevar a la costa, me llenó por completo. Al acordarme del corazón, casi en seguida sentí aquel latido doble y el corazón se me paró un instante. Todo pasó igual que antes, pero con mucha menos intensidad, como si con lo sucedido mi corazón me dijera: «Estoy aquí todavía, pero ya eres más fuerte que yo». 

Lo sentí perfectamente. El miedo por el niño me hizo olvidar todo lo demás. Me acerqué a él, desabroché su camisa y, aguantándolo con una mano,le ordené: 
―Quítatela.
 
Se la quitó junto con la camiseta. Encontré a tientas bajo el agua las plantas  de sus pies y lo liberé de los zapatos. Luego busqué la correa de su pantalón, la abrí, eché al niño un poco hacia atrás y se lo zafé. Hice lo mismo con mi ropa y la tiré. Llevada por la corriente flotó un tiempo no lejos de nosotros. Nos quedamos en puros calzoncillos.

―No temas nada ―le dije lo más tranquilo que pude―, sin falta alcanzaremos la costa.
―Yo no tengo miedo ―contestó―, pero no puedo comprender por qué volcaron nuestra lancha. 

Me miraba atentamente con sus ojuelos negros, tratando de entender el sentido de lo sucedido. 

―Son unos borrachos imbéciles ―dije―, pero tú no temas nada, llegaremos a la costa.

Por ahora el niño se veía bien, pero yo sabía que el frío haría su efecto al pasar unos quince minutos. La lejana costa verde de nuestro pueblo parecía como alineada con el agua. Miré por todos lados: en ninguna parte se veían lanchas. En esta estación del año pocos son los que pescan.
 
Al cabo de unos quince minutos la morena cara del niño palideció, sucedió lo que yo tanto temía. Y diez minutos después se cubrió de un color azul.
―¿Estás congelado?
―No.
Se notaba que estaba tiritando de frío. El niño se portaba excelentemente.
―Espera, te voy a hacer un masaje ―le dije.
Me acerqué a él y, flotando con una sola mano, con la otra comencé a frotarle la espalda, el vientre, las piernas. 
―Me duele ―gritó de repente
―Aguanta ―le pedí y, siguiendo la fricción, agregué―: así ha de ser.
―Si es necesario voy a aguantar ―dijo y se mordió los labios.

Gasté tanta energía en masajear su flaquito, huesudo cuerpecito, que se me durmió la mano. Pero el color terroso desapareció de su rostro. Nos pusimos a nadar de nuevo.
―Tío Vitia ―me preguntó, mirándome con sus tristes ojos negros―, ¿los borrachos se vuelven como locos? 
Era obvio que él pensaba intensamente en la gente que nos había volcado. 
―Esos tipos son unos canallas ―traté de explicarle―, cuando uno está borracho, si es canalla, no puede controlarse. 
Asintió con la cabeza y continuó nadando. Pero su carita denotaba que seguía pensando en el mismo tema.
―Son como los avaros ―dijo al cabo de un rato―. Mientras Zhorik  no tenía bicicleta, yo no sabía que él era avaro, y ahora lo sé
―Cierto ―afirmé.
Un poco más tarde sentí que yo mismo  estaba congelándome. Miré al niño. Su cara nuevamente adquiría un color azul.
―Espera ―le dije y me acerqué.
Y otra vez, balanceándome con una mano, le masajeé el cuerpo.

Su rostro se reanimó. Nos pusimos a nadar.  Aunque yo veía que  él se cansaba, no me paraba, temiendo que pudiese enfriarse más rápido.  En el fondo, de vez en cuando pensaba en mi corazón, pero éste no se manifestaba de ninguna forma, y yo, no sé por qué, sabía que no me molestaría. 

Quedaban unos cuatrocientos metros hasta la costa y ya se distinguían los sotos de los árboles en el litoral. Y, de súbito, sentí un calambre en la pierna derecha y, junto con éste, un miedo por el niño que superó al dolor. 

Haciendo esfuerzos para ocultar el dolor, me aproximé a él y empecé a masajear su cuerpo otra vez. Ahora no podía mover una pierna y era mucho más difícil mantenerme a flote. Había que hacer todo para que no se sobreenfriase. Si le daba un calambre, obviamente ya no estaría en condiciones de arrastrarlo hasta la costa.

Me atosigaba la idea de que si me daba un calambre en la pierna izquierda, no habría manera de frotar su cuerpo. Por eso hacía grandes esfuerzos. Alcanzaba hasta sus tobillos, pellizcaba y flotaba sus delgadas caderas y pantorrillas, su espalda y vientre. 
Parece que, dándose cuenta de la seriedad de la situación, él lo aguantaba todo con suma paciencia, sólo gemía a veces.

Por fin, su cara volvió al color natural. Yo estaba totalmente agotado. En cuanto pensé que sería conveniente masajear mi pierna izquierda para protegerla de un  posible calambre, por poco grito:  el dolor también atravesó el hueso de esa pierna.

Yo nadaba demasiado bien para ahogarme, pero no sabía qué pasaría después. Había oído que si el calambre llega hasta los músculos del vientre, uno no puede moverse ni enderezarse. Empecé a masajear, pellizcar y raspar mi vientre lo más fuerte que pude.

Unos doscientos metros quedaban hasta la costa, y yo, aguantándome sólo con las manos, apenas alcanzaba al niño.  El litoral y el mar estaban desiertos: no había esperanza de que nos rescataran. Yo nadaba con las manos, el corazón latía cerca de la garganta. Dios mío, pensaba, dame fuerzas para unos cien metros; luego si me sucede algo, el niño ya podrá llegar por sí mismo. Después parece que me desmayé por un rato.  Al recobrar el sentido, me di cuenta de que el niño estaba rezagado, aunque yo no pude haber aumentado la velocidad, la disminuía, más bien. Paré para esperarlo.  Se acercó. Su cara estaba gris.
―Qué será de mi mamá… —dijo de pronto y cortó la frase, como avergonzado de terminar su pensamiento. 
—¡Qué dices! —le grité—Mira, ya casi hemos llegado. 

No me contestó nada. Era un niño maravilloso y se portó como todo un hombre hasta el final. 
Nadé los últimos metros en un semisueño.  Cerca de la orilla traté de pisar el suelo y me caí, sin comprender al principio por qué los pies no me respondían. El niño salió del agua y se tumbó en la tibia arena.  Yo me arrastré como un reptil.  Ya no tenía que ocultar que mis piernas estaban inmóviles por los calambres.

La corriente nos había alejado a unos quinientos metros de nuestro pueblo. ¡Lo vivificante que es la infancia! Media hora más tarde el niño ya jugaba en la arena, mientras yo necesité unas dos horas para medio pararme.  El día era cálido y, mirando el tierno mar, no queríamos creer que por poco nos congelamos en él. 

Caminamos por la costa hacia nuestro pueblo. Me parecía que el niño no debía relatar toda la verdad en casa. ¿Acaso era indispensable preocupar a su mamá? 
Podía decir que todo había ocurrido cerca de la costa. Pero después cambié de opinión. ¡Que lo contara todo tal y como sucedió! 
No tenía derecho a frustrar la fiesta de su primera auténtica victoria.

Aquel mismo día los guardafronteras trajeron mi lancha.

Pero yo no me disponía a dejar las cosas así no más. Al cabo de tres días me dirigí a la ciudad. Sabía que tarde o temprano tendría que encontrar al que estaba manejando la lancha de motor y carcajeándose de nosotros. Todos ellos, como gallinas en el gallinero, se reúnen en el amarradero, incluso cuando no salen a pescar. 

Entré en el amarradero y lo vi jugando al dominó en una mesa. Algunos pescadores me conocían. 

Me acerqué a la mesa. Él levantó su repugnante rostro, no tanto reconociéndome como adivinando que yo tenía algo que ver con su crimen.
―¿Vamos a la milicia o hablamos aquí? ―le pregunté.
Yo sabía lo que él iba a escoger. 
Yo también prefería eso. 
―Qué pasa, qué pasa… hablamos aquí ―respondió pensando, seguramente cuántas botellas le costaría esta charla. 
―Entonces, ve para allá ―le dije, mostrándole una de las cabañas en que los pescadores guardaban sus motores y redes.
Se puso en pie, calladamente, y se dirigió para allá. 

Me aproximé hacia donde estaba el tipo ese y lo empujé tras la cabaña. Incluso de niño jamás fui el primero en golpear. Le di un puñetazo en plena cara. Echó para atrás la cabeza, pero no se cayó. Acaso, pensé, he perdido fuerza en la mano, y lo golpeé otra vez. Ahora sí, como un toro, cayó de rodillas.
―Pero si yo no estaba solo… —dijo entrecortadamente, moviendo la cabeza y tratando de limpiarse la sangre que le brotaba de la boca.

De pronto, me vino a la mente lo que pudo haber pasado con el niño, y una verdadera rabia me sacudió: qué me importa que no aprecies mucho tu vida, pensé al ver al desgraciado ese. 
—Tú estabas al timón —le dije lo más claro posible y, levantando un poco su desmoronado cuerpo le estrellé el puño por tercera vez. 
Él se desplomó por completo.
 
De esa manera, separándome del mar un año y encontrándome en el papel de salvador del niño, me quité de encima para siempre aquel enigmático fenómeno cardíaco. Nunca más volvió a repetirse. Sería interesante saber qué opinaría sobre esto, si lo supiera, mi siquiatra. Parece que León Tolstói denominaba esto: olvidarse de sí mismo. El pueblo lo explica mejor: un clavo saca otro clavo. 

A propósito, si yo tuviera una mente enciclopédica, consagraría mi vida a revelar las ideas universales que, como estoy convencido, encierran los proverbios y refranes populares. ¡Qué interesante trabajo sería este! Según tengo entendido, en ruso no hay una obra de este tipo. Y tampoco he escuchado que otros pueblos tengan algo semejante.

… En esto, Víctor Andréievich terminó su relato. Aún permanecimos un rato en la mesa, viendo distraídamente a los felices tomadores de café y a los concentrados ajedrecistas.

Dibujo de Borís Sopin

Traducción de Pablo Costa

De Literaturnaya Gaceta

Revista Sputnik. Selecciones de la Prensa Soviética, N° 2, Febrero de 1982, págs. 58-66, Agencia de Prensa Nóvosti, Moscú, Rusia


 

Notas

Fazil iskander.- Autor ruso de origen abjasio (1929-2016), que escribió en ruso y fue famoso por sus descripciones de la vida en el Cáucaso. Entre sus obras más conocidas están Sandró de Cheguem y Conejos y Serpientes.

 

En el texto original figuraba la forma compuesta «maxiobjetivos» (calco del ruso макси-цели / макси-задачи, maksimáľnyje tseli/maksi-zadachi); se ha adaptado a «máximos objetivos» para respetar la norma del español.

 
He pulido el texto con alguna que otra corrección gramatical pero el resto está igual a como salió publicado.

Las imágenes están hasta donde se han podido poner porque la herramienta de generación de imágenes no funciona tan bien para lo que se necesita. El problema técnico es que esta herramienta no realiza una edición de fotografía tradicional (como cortar, rotar o borrar con pincel), sino que vuelve a dibujar la imagen por completo desde cero con Inteligencia Artificial cada vez que se le envía una instrucción. Al reinterpretar la ilustración, altera los trazos originales, cambia las expresiones de las caras y arruina la fidelidad del dibujo de la revista.

Las notas y pulido del texto han sido hechas  usando la IA de Google, Gemini, y con la revisión de mi parte. 

 

 

martes, 20 de octubre de 2026

"Tierra de nadie": 3 territorios que no pertenecen a ningún país (y por qué nadie los reclama)

 

¿Habrá algún lugar disponible?


Por Lizzy McNeill y Josh McMinn
BBC, serie "More or Less"


A veces, los acontecimientos de enorme trascendencia práctica nos llevan a pensamientos deliciosamente inútiles.

Eso le pasó a Nigel, uno de los oyentes fieles de la BBC. Mientras reflexionaba sobre el conflicto en Irán y la disputa marítima por la soberanía del estrecho de Ormuz, su mente se desvió hacia una pregunta mucho más amplia y, honestamente, mucho menos urgente: ¿Qué porcentaje de la superficie de la Tierra no le pertenece absolutamente a nadie?

¡Ah, el glorioso romanticismo de un rincón del mundo sin dueño! Un refugio lejos de los titulares deprimentes y del estrés de la rutina diaria.

Para averiguar si queda alguno, conversamos con Mark Cooper Jones, geógrafo e integrante del conocido dúo británico de YouTube Map Men.

"Cuánta superficie del mundo no le pertenece a nadie es una pregunta muy interesante, pero depende totalmente de cómo la plantees", advirtió inmediatamente.

Como la mayor parte del planeta es océano, no tierra firme, quizás el mar es el mejor punto de partida.

"En cuanto te alejas 200 millas náuticas (unos 370 kilómetros) de la costa de cualquier país, estás en lo que se llama alta mar, y el derecho marítimo internacional dice que eso es, básicamente, para el bien común de toda la humanidad. Cualquiera puede pescar allí o hacer investigación científica".

La idea de que nadie puede ser dueño de los mares se remonta al siglo XVII, cuando el neerlandés Hugo Grocio escribió un tratado titulado Mare Liberum o "Mares libres" en latín.

Su razonamiento era que sólo se puede poseer aquello que se agota con el uso, y el mar es tan inmenso que no puede convertirse en propiedad de nadie.

Así nació el concepto de las aguas internacionales, y hablamos de una parte gigantesca del planeta: alrededor del 43% de la superficie de la Tierra entra en esta categoría, según el Foro Económico Mundial.

Pero ¿qué pasa en la tierra firme? ¿Existen pedazos que no le pertenecen a nadie?

Es hora de aprender otra frase en latín.


Terra Nullius

Si buscas un lugar dónde plantar tu bandera, te quedan pocos.


Terra Nullius, o tierra de nadie, es más que una etiqueta, explica Cooper Jones: es una doctrina que permite reclamar territorios que nadie más ha reclamado ni ocupa.

"Esta idea se utilizó de una manera un tanto controvertida, sobre todo durante la época de la expansión colonial. Aunque en muchos de los lugares colonizados vivía gente, como no se había organizado en algo parecido a los Estados-nación reconocibles, se les colgaba el cartel de terra nullius para decir que estaban disponibles", relata Cooper Jones.

"Todavía se pueden encontrar mapas que marcan toda África como terra nullius, aunque, por supuesto, allí vivían muchísimas personas. Era una forma de decir: 'Esto no se parece a Gran Bretaña, ni a España, ni a Austria, así que probablemente nos lo podemos quedar'".

Hoy en día, terra nullius se entiende generalmente como un territorio no reclamado por ningún Estado y que no está sujeto a la soberanía de ningún gobierno reconocido.

Pero ya casi todo tiene dueño. Quedan solo un par de excepciones diminutas… y una enorme.


Tierra de Marie Byrd



La mayor está en la Antártida: más de 1,6 millones de kilómetros cuadrados que ningún país posee ni reclama. Se llama Tierra de Marie Byrd, un nombre que tiene su historia.

"Se lo puso un capitán de la Marina de Estados Unidos que también era explorador antártico, Richard Byrd, hace unos cien años. Su esposa, Marie, le escribía cartas mientras él recorría aquel inmenso desierto helado, y él bautizó con su nombre el tramo más duro de explorar. Así que, si alguien tiene algún derecho sobre ese extenso territorio, es Marie Byrd. Pero murió hace unos 60 años", dice Cooper Jones.

En 1959 se firmó el Tratado Antártico, que dejó congeladas los reclamos territoriales sobre el helado continente, dejándolo bajo un régimen internacional dedicado exclusivamente a la paz y la ciencia.

Pero ni siquiera los siete países que habían presentado formalmente sus reivindicaciones —Argentina, Australia, Chile, Francia, Nueva Zelanda, Noruega y Reino Unido—, ni tampoco Estados Unidos y Rusia, que mantienen una "base de reclamación" y se reservan el derecho a presentar las suyas en el futuro, ha extendido jamás sus pretensiones hasta la Tierra de Marie Byrd.

¿Por qué sigue sin dueño?

En parte, por pura lejanía, explica Cooper Jones: "Es remoto incluso para los estándares de la Antártida. Su costa no está cerca de ninguna otra: ni del extremo de Sudamérica, ni de Australia, ni de nada parecido. Llegar es dificilísimo. Casi nadie sobrevuela esa zona, salvo los aviones que la cartografían".

Y añade: "Por ahora, la cosa se mantiene así. Pero ya sabes: en cuanto alguien encuentre algo increíblemente valioso, o las capas de hielo empiecen a derretirse en la Antártida, puedes apostar a que, de repente, ese territorio acabará siendo objeto de algún tipo de disputa".

Aparte de la Antártida, prácticamente toda la tierra del planeta pertenece a algún Estado. Con dos salvedades notables que son paradojas fascinantes de la geopolítica: la única razón por la que existen es porque los países involucrados prefieren renunciar a ellas con tal de ganar un premio mayor.



Bir Tawil



Bir Tawil está en la frontera entre Egipto y Sudán, y quedó en una situación peculiar porque hace más de un siglo, lo británicos trazaron dos líneas fronterizas distintas entre los dos países emergentes por los británicos.

La primera, de 1899, era una recta impecable ("éramos muy buenos dibujando rectas", bromea Cooper Jones). En 1902 los británicos quisieron fijar una frontera extra administrativa.

"En esa ocasión, se pusieron más creativos y la dibujaron con una curva en forma de S que bajaba y luego subía por encima de la primera", señala Cooper Jones.

El resultado es que cada país defiende una línea distinta. Entre ambas queda el triángulo de Hala'ib, una porción de tierra útil que, según la primera frontera, es egipcia y, según la segunda, sudanesa.

Pero la segunda frontera dejó además una bolsa más pequeña y mucho menos valiosa: Bir Tawil. Y aquí está la trampa: por la forma de la S, si cualquiera de los dos países reclama Bir Tawil, renuncia automáticamente a su reclamación sobre el triángulo de Hala'ib.

Ambos reclaman Hala'ib, ambos rechazan Bir Tawil, de manera que esta última es, de facto, terra nullius.

Pero ¿y si alguien decidiera reclamarlo? En 2014, un hombre llamado Jeremiah Heaton fue a probar suerte.

"Era un estadounidense que se plantó allí, clavó una bandera en el desierto y se fue a algún programa de noticias a decir que ahora era dueño de un país nuevo, y que se había adueñado del territorio para que su hija pudiera ser una princesa de verdad. Imagino que ella se moría de vergüenza", dice Cooper Jones.

"No creo que Jeremiah consiguiera mucho reconocimiento internacional para su nuevo país. Pero hay otras personas que han ido un paso más allá que él".



Gornja Siga



El otro caso de terra nullius está entre Croacia y Serbia, cuya frontera administrativa oficial se estableció en 1945, al término de la Segunda Guerra Mundial, bajo el marco de la naciente República Federativa Socialista de Yugoslavia.

Era una frontera natural: el río Danubio, pero fue fijada según el curso sinuoso que aparecía en los mapas catastrales del antiguo Imperio austrohúngaro del siglo XIX, que no habían sido actualizados.

Pero los ríos —como advirtió Heráclito— cambian y en este caso aún más, pues a finales de ese siglo y principios del XX se realizaron grandes obras de ingeniería para enderezarlo y facilitar la navegación.

"Con eso Croacia perdería mucho territorio que Serbia ganaría. Croacia sostiene que la frontera es el viejo trazado serpenteante, ahora sin agua. Serbia dice que la frontera es donde esté el río", afirma Cooper Jones.

El enderezamiento del cauce dejó a Croacia con una pequeña bolsa de tierra, Gornja Siga. Pero, igual que en Bir Tawil, aceptarla implicaría admitir que la frontera es el nuevo curso del Danubio y, por tanto, renunciar a todas las zonas que se fueron del lado serbio.

Resultado: cada país dice que ese pedacito es del otro. Otra terra nullius.

¿Y ha intentado alguien reclamarla?

Sí: el político checo Vít Jedlička, quien en 2015 fundó allí Liberland, una micronación de inspiración libertaria no reconocida.

El presidente de la República Libre de Liberland en una visita al territorio que reclama en 2023.


"Se nombró presidente de esas 700 hectáreas, y cobra algo así como US$10.000 por la ciudadanía y tiene más de mil ciudadanos, así que le va muy bien", cuenta Cooper Jones.

"Eso sí, cada vez que intenta poner un pie en su 'país', la policía croata lo detiene y ha pasado un par de noches en el calabozo. Pero no se puede negar que está haciendo una pequeña fortuna con el negocio".

Liberland sigue intentando demostrar activamente que cumple con los requisitos del derecho internacional (específicamente la Convención de Montevideo), que exige tener una población permanente para ser considerado un Estado de verdad.

Pero, aunque en sus canales oficiales el gobierno de Liberland asegura con orgullo que el territorio dejó de estar despoblado en agosto de 2023 y que hay un asentamiento en marcha, las cámaras de la prensa internacional muestran un panorama muy distinto.

Como Gornja Siga colinda con una frontera exterior de la Unión Europea, las patrullas fronterizas croatas controlan estrictamente los accesos por tierra y agua. Cualquier intento de los colonos libertarios por edificar estructuras permanentes termina con la policía croata demoliendo los campamentos provisionales.

Al final, Liberland es un próspero Estado digital que está en la mente de sus ciudadanos, pero en el mundo físico sigue siendo terra nullius.

Así que, alrededor del 43% de la superficie del planeta no le pertenece a nadie, pero casi todo es agua. La tierra sin dueño, incluso contando ese enorme bloque de la Antártida, ocupa menos de un tercio del 1% de la superficie terrestre total.

* Este artículo está basado en un episodio de la serie de la BBC "More or Less". Escúchala en tu app de podcasts favorita

Mapas por Daniel Arce-Lopez, del equipo de periodismo visual de BBC Mundo








jueves, 15 de octubre de 2026

Qué es la "depresión sonriente" y cómo puedes identificarla

 
La "depresión sonriente" no es un diagnóstico reconocido oficialmente, pero las búsquedas del término en internet han aumentado un 50% en los últimos cinco años.
 

 

Por Isabel Shaw
Equipo de salud global, Servicio Mundial de la BBC

 

Cuando piensas en alguien con depresión, probablemente te lo imagines luchando por levantarse de la cama.

Tal vez llora mucho, se aísla de sus amigos o apenas tiene energía para afrontar el día.

Probablemente no te imaginas a esa misma persona contando chistes en la cena, llevando una ajetreada vida social y destacando en el trabajo.

Pero para las personas que padecen la llamada "depresión sonriente", puede que sea exactamente así.

Y a veces la persona engañada no es un amigo, tu pareja o tu compañero de trabajo, sino tú mismo.


¿Qué es la depresión sonriente?
 
Según la OMS, unos 322 millones de personas en todo el mundo padecen depresión.

 
 
La "depresión sonriente" no es un diagnóstico reconocido oficialmente, pero las búsquedas del término en internet han aumentado un 50% en los últimos cinco años.

"[Significa] aparentar felicidad por fuera, mientras que por dentro te sientes deprimido y desanimado", afirma la doctora Olivia Remes, investigadora en salud mental de la Universidad de Cambridge, en Reino Unido.

Todos nos sentimos decaídos de vez en cuando. Pero para 322 millones de personas en todo el mundo, esos sentimientos se convierten en depresión, según la Organización Mundial de la Salud.
 
Esto ocurre cuando síntomas como la tristeza persistente o la pérdida de interés y disfrute duran semanas o meses, y afectan el trabajo, las relaciones, el sueño y la vida cotidiana.

Pero la depresión no siempre se manifiesta como cabría esperar. De hecho, algunos estudios sugieren que hasta el 40% de las personas con depresión experimentan una forma "atípica" en la que los síntomas se desvían de los estereotipos.

Por ejemplo, una persona podría dormir o comer más de lo habitual, en lugar de menos, y puede que su estado de ánimo mejore temporalmente cuando sucede algo bueno o emocionante.

También, hay evidencia de que las personas con depresión pueden tratar de ocultar camuflando o enmascarando ciertos rasgos o emociones para pasar desapercibidas.
 
 
¿Por qué la gente oculta su depresión?

Algunas personas con "depresión sonriente" ni siquiera se dan cuenta de que están deprimidas, así que tampoco saben que lo están ocultando.

"Podrían pensar que sus síntomas son simplemente un efecto secundario de llevar una vida ajetreada y estresante", dice Remes.

Es particularmente común en personas perfeccionistas y meticulosas querer evitar que los demás se den cuenta.

"Tienen altas expectativas de sí mismos y puede que no quieran admitir, ni a sí mismos ni a los demás, que están pasando por dificultades", afirma.

Algunas personas temen el estigma y ser una carga para los demás. Algunos estudios demuestran que otras pueden preocuparse por ser juzgadas o por tener consecuencias en el trabajo o en sus relaciones personales.

Las expectativas culturales o familiares también pueden hacer más difícil hablar abiertamente.

Sentirse más sensible al rechazo o a las críticas de lo normal puede ser un signo de depresión.

 
 
¿Cuáles son los riesgos de ocultar la depresión?

Los expertos afirman que guardar las apariencias puede ser peligroso.

"La depresión nos aísla y nos hace sentir solos, y a menudo uno de los mejores antídotos contra el bajo estado de ánimo es conectar con los demás", afirma el profesor Barney Dunn, psicólogo clínico de la Universidad de Exeter.

Ocultar la depresión también puede implicar que las personas no reciban la ayuda que necesitan.

"Los primeros síntomas, si no se tratan, pueden convertirse en algo crónico y grave, y aumentar el riesgo de suicidio", afirma Remes.
 
 
 
Siete señales de depresión que pasan inadvertidas fácilmente
 
Algunos cambios pueden pasar inadvertidos fácilmente, pero ser señales de que las cosas no están bien.

1. Dejar de disfrutar de las cosas

Si las cosas que normalmente esperas con ilusión, como ver a tus amigos, ir al gimnasio o incluso tu programa de televisión favorito, empiezan a parecerte una obligación, quizás valga la pena indagar un poco más a fondo.

"Es fácil atribuir la falta de placer o interés en los pasatiempos habituales al ajetreo y al ritmo de vida acelerado", dice Remes.

2. Sentir los brazos o las piernas inusualmente pesados

Conocida como "parálisis plumbea", esta sensación de pesadez en las extremidades que hace que los movimientos cotidianos resulten más difíciles puede ser un signo de depresión atípica.

3. Cancelar planes una y otra vez

A veces puedes aparentar estar bien cuando estás con otras personas, pero cancelas tus planes cuando tu estado de ánimo decae y ya no puedes disimular cómo te sientes.

4. Dormir más, pero aún sentirse agotado

Es posible que sigas realizando todas tus actividades normales, pero te sientas cada vez más agotado.

"Las tardes pueden ser especialmente difíciles", dice Remes, "ya que las personas con esta afección pueden sentirse peor al final del día y necesitar dormir más de lo habitual".

5. Ser más sensible a las críticas o al rechazo

Un comentario casual de tu jefe o la cancelación de planes por parte de un amigo pueden dolerte mucho más de lo habitual.

Según Remes, una mayor sensibilidad a las críticas o al rechazo, que también es algo que pueden experimentar las personas con TDAH, es una característica de la depresión atípica.

6. Ser siempre el gracioso o el servicial

Una persona que lucha contra la depresión no siempre se aísla. A menudo, puede acabar haciendo lo contrario, como convertirse en el alma de la fiesta, volcarse en el trabajo o desvivirse por ayudar a los demás.

7. Tu monólogo interior es constantemente negativo

Puede que aparentes seguridad en ti mismo, aunque internamente seas mucho más crítico contigo mismo.

La inseguridad, los sentimientos de inutilidad y los pensamientos de vacío son posibles señales de alerta.
 
Los expertos señalan que la depresión no siempre cumple con la imagen estereotípica de una persona que no se para de la cama.


 
¿Qué puede ayudar?

El término "depresión sonriente" no está exento de críticas.

Si bien puede ayudar a las personas a reconocer y nombrar lo que están experimentando, también puede "simplificar demasiado" una experiencia compleja, afirma Remes.

"La palabra 'sonreír' te hace pensar en alegría y felicidad", dice, "pero la característica principal de esta condición es en realidad la desesperanza, el vacío y la falta de valía".

El profesor Dunn sugiere empezar poco a poco, compartiendo brevemente cómo te sientes con alguien de confianza.

"A menudo, las personas se sorprenden de que esto pueda fortalecer sus relaciones con los demás, ayudarlas a sentirse conectadas y darse cuenta de que no están solas", afirma.

Y si estás sufriendo, recomienda que hables con tu médico.

"Existen pruebas sólidas de que hablar, los fármacos [antidepresivos] y las terapias sociales pueden ser eficaces", afirma.