jueves, 5 de noviembre de 2026

Quiénes fueron los millones de europeos que emigraron a América Latina tras la Independencia (y por qué se fomentó su llegada)

Millones de europeos llegaron a América Latina desde mediados del siglo XIX
 

 

Por Gonzalo Cañada

BBC News Mundo

 

Es 11 de agosto de 1883 y el barco mercante 'Mendoza' está entrando en el puerto de Buenos Aires, Argentina. A bordo, cientos de pasajeros se asoman a las barandillas con una mezcla de curiosidad, temor y esperanza.

Hace un mes que salieron desde Nápoles y, a su llegada al puerto, completan el pertinente registro: Francesco Scola, 23 años, jornalero; Nicoleta Calafiori, 31 años, costurera; Giovanni Quaranta, 27 años, herrero,... y así un sinfín de recién llegados.

Los datos de Francesco, Nicoleta o Giovanni, que conocemos gracias al Centro de Estudios Migratorios Latinoamericanos (CEMLA), son solo tres ejemplos de los cientos de migrantes que llegaron cada semana, durante ocho décadas, a la capital argentina provenientes del otro lado del Atlántico.

Pero el caso bonaerense no era aislado, ya que, desde mediados del siglo XIX hasta las primeras décadas del XX, millones de europeos cruzaron el océano con destino a multitud de ciudades por todo el litoral latinoamericano.

"La utilización del pasaporte como instrumento de control fronterizo llegó a raíz de la Primera Guerra Mundial. Antes era un mundo con gran libertad de migración, de movimiento", cuenta a BBC Mundo Chiara Pagnotta, historiadora en la Universidad de Barcelona.

Migrantes italianos llegan al puerto de Buenos Aires, Argentina, alrededor de 1910.
 

Las primeras décadas del siglo XIX trajeron consigo la formación de numerosas repúblicas por toda América Latina en los territorios que hasta entonces habían formado parte de los imperios español y portugués.
 
Una vez establecidos, estos nuevos estados fueron poniendo en marcha sus cimientos políticos, económicos y sociales. Sin embargo, varios de ellos contaban con un obstáculo: no tenían suficiente población para exprimir todo su potencial de crecimiento.


"Gobernar es poblar"

En lugares como Argentina o Uruguay, que contaban con las materias primas necesarias para convertirse en países mucho más prósperos, no existía la fuerza laboral suficiente para llevarlo a cabo. Por lo que la solución de estos nacientes países fue importar población.

Un ejemplo es la famosa expresión "Gobernar es poblar", del intelectual, político y diplomático argentino Juan Bautista Alberdi, quien fue clave en la configuración de la Constitución Argentina de 1853.

Así es como, desde mediados del siglo XIX, infinidad de barcos como el 'Mendoza' fueron llegando a los puertos de toda Latinoamérica cargados de migrantes en busca de un futuro mejor.

"Había grandes facilidades para que los migrantes procedentes de Europa se instalasen en estos países, pero había bastantes menos opciones y posibilidades para que migrantes de países vecinos, sobre todo indígenas y mestizos, pudieran instalarse", cuenta Carlos Malamud, catedrático de Historia de América en la UNED.
 
Una familia italiana de migrantes en Mendoza, Argentina, a principios del siglo XX
 
 
Más concretamente, el perfil buscado por la mayoría de los gobiernos latinoamericanos eran migrantes de Europa Central y del Norte. Es decir, aquellos provenientes de países como Francia, Alemania o Reino Unido, los cuales se consideraban más avanzados, según los baremos de la época.

Sin embargo, precisamente por las mejores condiciones de vida en aquellos lugares, sus ciudadanos contaban con menos incentivos para migrar. Por lo que los ocupantes de aquellos barcos que cruzaban el Atlántico acabaron siendo mayoritariamente europeos del Sur… es decir, españoles, italianos o portugueses.

Si bien fueron los más numerosos, no solo fueron europeos los que llegaron a las costas de América Latina durante aquellas décadas. En la costa americana del Pacífico, miles de chinos fueron a trabajar en plantaciones, minas o construcciones en países como Perú, Chile o México.

O miles de sirios o libaneses, quienes hasta la Primera Guerra Mundial llegaban a América Latina portando el pasaporte otomano y que eran comúnmente conocidos como "turcos".
 
 
Jóvenes y golondrinas

Más allá de nacionalidades, el perfil entre los recién llegados tenía un denominador común: jóvenes en edad de trabajar, muchos de ellos solteros -aunque los había también que llegaban con la familia al completo- y mayoritariamente de origen rural, básicamente campesinos.

Teniendo en cuenta la realidad actual, puede sorprender a muchos el hecho de que, durante unas ocho décadas, millones de personas dejaran Europa para buscar una vida mejor en América Latina. Pero había razones para ello.

Con el avance de la revolución industrial, el campesinado europeo se fue empobreciendo, sobre todo en los países del Sur. En su búsqueda de mejores salarios y condiciones laborales, América Latina se convirtió en una opción muy atractiva para estos campesinos.

"Los países latinoamericanos entraron en el sistema mundial como países primarios, básicamente de productos agrícolas, productos derivados de la ganadería…", explica Pagnotta. Como Europa demandaba estos productos, América Latina se convirtió en una importante región exportadora.

La misma revolución industrial que perjudicó al campesinado europeo, facilitó, sin embargo, su viaje al otro lado del Atlántico. En aquella época se produjo un enorme desarrollo de los medios de transporte, lo que aceleró los tiempos de llegada hasta América Latina. Un barco mercante con pasajeros tardaba algo más de un mes en cruzar desde Europa.
 
Un grupo de migrantes se entretiene con un juego en el Hotel de Inmigrantes en Buenos Aires
 
 
Había quienes llegaban con la familia a cuestas y con la convicción de asentarse en los nacientes países latinoamericanos. Otros, sin embargo, viajaban por temporadas y eran conocidos como migrantes golondrina. Generalmente eran italianos y españoles, que iban a América Latina para el periodo de cosecha, ganaban un buen dinero y luego regresaban a Europa. Y algunos repitieron este viaje de ida y vuelta varias veces.

Otra variable que influía en los recién llegados, era si conocían a alguien en el lugar de destino o si, por el contrario, estaban solos. Los primeros tenían la fortuna de que algún amigo o familiar ya había emigrado a ese lugar y podía acogerlos durante los primeros días o semanas.

Los que no contaban con esa ventaja, solían recibir el apoyo del gobierno local. Un ejemplo fue el llamado Hotel de Inmigrantes en Buenos Aires que asistió a miles de ellos durante las primeras décadas del siglo XX.

Este funcionaba como alojamiento para los recién llegados, mientras encontraban un empleo y un lugar al que desplazarse. Incluso algunos migrantes recibían allí una formación para el trabajo agrario, que era el destino más común para quienes no certificaban tener otro oficio.
 
 
Multiplicar la mano de obra

Aunque los migrantes europeos se repartieron por toda América Latina, algunos países fueron el destino más habitual.

El caso más notable seguramente es el de Argentina. En los ochenta años que engloba este gran proceso migratorio del que hablamos -la segunda mitad del siglo XIX y las tres primeras décadas del XX-, se instalaron unos cuatro millones de europeos en Argentina.

Tal fue la influencia de su llegada, que si en 1850 tenía una población de 1,1 millones de habitantes, para 1930 había llegado casi a los 12 millones.

Un caso similar es el de Uruguay, donde se instalaron unos 600.000 europeos, pasando en este mismo periodo de 132.000 habitantes a casi 1,6 millones.

O en Brasil, donde se instalaron 2 millones de europeos y su población pasó de 7 a 33 millones. Sin olvidar países como Cuba, República Dominicana o El Salvador, donde la influencia migratoria fue también muy reseñable. 
 

 
Argentina, Brasil, Uruguay o Cuba demandaban mucha mano de obra, porque tenían un gran potencial exportador de materias primas. Azúcar y tabaco en Cuba, café en Brasil, o cereales y carne en Argentina y Uruguay.

Sin embargo, otros países exportadores, como era el caso de México o Perú, no necesitaban tanta mano de obra. Los expertos lo achacan a que estos estados contaban con una gran población de base indígena.

Además, "la política de atracción de mano de obra europea se sitúa en un momento en el que se estaba aboliendo la esclavitud en todos los países latinoamericanos. Por ejemplo, los italianos en el estado de Sao Paulo (Brasil) fueron a sustituir, sobre todo, la mano de obra esclava recién liberada", explica Pagnotta.

Como antes mencionamos, los grupos más numerosos eran los españoles, portugueses e italianos.

La preferencia de los dos primeros por América Latina tiene mucho que ver con el idioma compartido, que hacía más fácil su integración. Sin embargo, el caso de los italianos, es más particular, ya que aunque muchos emigraron también a Estados Unidos, fueron a su vez el grupo de migrantes más numeroso en países como Argentina o Brasil.
 
 
¿Amenaza o 'blanqueamiento'?

La determinación de los gobiernos latinoamericanos por atraer a estos migrantes provocó que se implementaran diferentes políticas que hicieran más fácil su atracción. No solo era importante que llegara mano de obra, sino también que se integrara en aquellas sociedades.

Como se buscaba que muchos de los recién llegados se dedicaran a trabajar el campo, los gobiernos solían poner facilidades para adquirir tierras o, incluso, a veces se les cedían en calidad de "colonos".

Pero como muchos de los deseados migrantes no llegaban solos, era necesario también pensar en sus familias. De ahí que se les prometía una educación libre y gratuita para sus hijos, algo que facilitaba la integración.

Eso sí, la llegada de millones de europeos no fue percibida igual por todos en América Latina.
 
Migrantes italianos juegan al juego de las bochas en Argentina
 
 
"Había sectores más populares que veían la migración como una gran amenaza por la competencia por los puestos de trabajo. Había también sectores mucho más encumbrados, bien cultural o socialmente, que veían en la emigración un riesgo para la homogeneidad de las sociedades, es decir, la homogeneidad étnica, la homogeneidad cultural, etc", explica Malamud a BBC Mundo.

Pero incluso había otros "para los que esto era una gran oportunidad porque, desde un punto de vista racial, veían en la emigración, sobre todo europea, la gran oportunidad de 'blanquear' la sociedad frente al peso que tenían indígenas y mestizos".

Esta última visión fue incluso promovida por varios gobiernos en América Latina.

Es el caso, por ejemplo, de la Constitución argentina de 1853, que incitaba la inmigración específicamente europea. O la ley de inmigración de 1912 en República Dominicana, que manifestaba la preferencia por la "raza caucasiana".
 
 
Poblar las fronteras

Aunque algunos migrantes optaron por quedarse a vivir en las principales ciudades, la mayoría se trasladaron a las zonas rurales para trabajar en el campo.

Y los gobiernos latinoamericanos incentivaron principalmente que estos migrantes se mudaran a las zonas rurales… de las fronteras.

"Las fronteras latinoamericanas se consolidaron concretamente en el siglo XIX. Todas las guerras de frontera, la guerra del Pacífico, la guerra del Chaco, la de la Triple Alianza, son guerras por el control del territorio y de sus recursos. Y en esta batalla, colocar a un 'muro poblacional' en las zonas fronterizas era muy importante", señala Pagnotta.

Aunque en estas regiones limítrofes solían vivir ya poblaciones indígenas, que en muchas ocasiones fueron forzadas a desplazarse hacia el interior del país.
 
Miles de agricultores alemanes migraron a América Latina tras la Primera Guerra Mundial
 
 
El gran periodo migratorio se ralentizó durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918), aunque el fin del conflicto incentivó la llegada de algunos grupos. Es el caso, por ejemplo, de miles de agricultores alemanes que migraron a América Latina tras la guerra huyendo de la pobreza.

Pero si hay una fecha con la que puede ponerse el cierre a esta gran etapa migratoria hacia América Latina coincide con la Crisis de 1929 o Gran Depresión.

Esta crisis financiera, que ocasionó un grave deterioro de la economía a escala mundial, provocó también que América Latina redujera su nivel de exportaciones. Mientras que ocho décadas antes la región necesitó de una mayor mano de obra, en la década de 1930 la demanda se redujo considerablemente.

Incluso algunos migrantes acabaron regresando a sus países de origen, como es el caso de los llamados "indianos", españoles que regresaron a su país tras hacer fortuna en América.

A pesar de considerar ese momento como el final del gran periodo migratorio de europeos hacia América Latina, el proceso no se detuvo aquí. Por ejemplo, en los siguientes años, miles de europeos, muchos de ellos judíos, llegaron huyendo del nazismo.

A su vez, tras terminar la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), miles de nazis o colaboradores del Tercer Reich también escaparon a Sudamérica, muchos de los cuales nunca fueron llevados ante la justicia.

Los millones de personas que abandonaron Europa desde mediados del siglo XIX acabaron transformando la demografía, la cultura, la lengua y las costumbres de América Latina.

Un proceso repetido a lo largo de la historia por todo el mundo, que simplemente ha ido cambiando el lugar de origen y el de destino, porque, como dice Carlos Malamud, "las migraciones son tan viejas como la humanidad".

 
Mapa por Caroline Souza, del Equipo de periodismo visual de BBC Mundo.
 

 

miércoles, 4 de noviembre de 2026

Paz a sus restos


Stefan Zweig. Fuente: The Times of Israel
 
 
 
Por Alfonso Reyes 
 
 
Especial para Temas 
 
 
 
 
Palabras Funestas

EL 23 de febrero de 1942, por la noche, una estación radioemisora dio la noticia de que Stefan Zweig y su joven esposa se habían suicidado y habían aparecido muertos en su casa de Petrópolis, Brasil. Zweig llevaba poco tiempo en aquella tierra, aunque había podido estudiarla ya con amor y diligencia, y había consagrado un bello volumen a éste que llamó “el país del futuro” (Brasil, traducido del alemán por A. Cahan, 1942). 

Vivía por entonces en México el escritor Jules Romains, íntimo amigo de Zweig, con quien alguna vez llegó a colaborar en cierta obra dramática, el Volpone. Romains y su esposa habían cenado en mi casa pocos días antes, y juntos habíamos recordado a Zweig. Me apresuré a darle la noticia, y vino a verme al instante, lleno de dolor.
―Vea usted ―me dijo―, vea usted estas cartas recibidas hace una semana. Zweig me habla de lo muy a gusto y feliz que vive en la tierra brasileña, y aun nos convida a mi esposa Lise y a mí para que pasemos una temporada a su lado.
¿Cómo han podido suicidarse unos días después? ¿Qué pudo haber acontecido?
―En efecto ―le contesté―. Nada lo hace sospechar. Su obra misma venía desarrollándose en una continuidad apacible, y su atención aparecía atraída ahora por las cosas americanas: el libro sobre el Brasil, el libro sobre Américo Vespucio… ¿Y quién sabe lo que dejaría inédito? El ambiente mismo del sitio en que ha sucedido la tragedia parece incompatible con ella. Petrópolis es una linda ciudad veraniega a poca distancia de Río, monte arriba, donde la vida oficial y la mundana se trasladan durante los meses calurosos, ciudad hermoseada por sus huertas y palacetes, sus calles con canales al modo de Brujas, bordeados de hortensias rosadas y azules, acariciada toda por un clima mucho más soportable y grato que el de la capital carioca (seis o siete grados más bajo) No es lugar para morir, ni menos aún para matarse. Pero hay especialmente, en el caso, algo que me conmueve y que a usted, querido Jules Romains, le va a causar una hondísima emoción.
―¿Y ello es?
―Y ello es que usted, hace varios años, lanzó unas palabras que ahora asumen en un inesperado sentido patético y profético.
―No sé a qué puede usted referirse. 
―Vea usted ―le dije―, vea usted este pasaje de su conferencia sobre Stefan Zweig, pronunciada en París y en Niza el año de 1939.

Jules Romains leyó en voz alta estas líneas, y palideció visiblemente: 
“Así pues Zweig había tomado ya su decisión con aquella asombrosa sabiduría que siempre he admirado tanto en él. En vez de esperar, como otros, al enloquecimiento del último instante, cuando el hombre, obligado a huir de pronto de su patria, es comparable al pasajero del barco en llamas, y se echa al mar abandonando todo lo que posee, separándose de los suyos ―cuyo destino mismo le será imposible averiguar, si es que llega a salvarse―;  en vez, pues, de esperar pasivamente de esas horas innombrables, en que el desastre moral  rivaliza con el desastre físico, en que la dignidad humana no sabe ya  de dónde asirse, y en que hasta el hombre más ilustre, el más honrado la víspera, cae de pronto al nivel de la peor canalla. Zweig había adoptado las medidas necesarias y las había ejecutado una a una”.
―Es verdad ―comentó―. Yo he querido decir aquí que Zweig tomaba siempre la delantera y escogía con cierta anticipación la senda que luego escogerían otros. 
―¿Querrá esto decir, admirado amigo mío, que Zweig se nos adelantó en el camino del suicidio y que, ante las actuales circunstancias del mundo, ese es el camino que nos queda a los escritores?...
―¡No, no! ―me interrumpió Jules Romains.
―¡Ciertamente que no!... ―añadí―. Esta es una travesura del azar. No le demos mayor sentido del que merece. Las palabras de usted, que la casualidad nos devuelve ahora revestidas como de una extraña significación augural, sólo quieren decir, aplicadas al caso, que Zweig ha entrado en la muerte (adonde todos llegaremos mañana) unos días antes que nosotros.
Nos servimos vasos de buen borgoña, y bebimos un sorbo en memoria del varón desaparecido. Migravit ad plures: Se fue con los muchos.


Mis Relaciones con Unamuno

TENGO que agradecer a “Martín Martínez” la generosidad con que califica, de paso, mi obra de ensayista, y quisiera corresponderle con algunos esclarecimientos respecto a don Miguel de Unamuno.  Ha dicho “Martín Martínez”, en sustancia, que, cuando él se entrevistó con Unamuno, éste no manifestó por mí ninguna simpatía en lo personal, ni especial estimación en lo literario (Excélsior, México, 2 de enero de 1954).

Ni por un momento se me ocurre poner en duda la veracidad de este testimonio: lo que deseo es interpretarlo. Unamuno era, por mucho, un viejo gruñón, lleno de altibajos en el temperamento. Aún me parece ver la indignación con que Valle-Inclán solía referirse a las diferencias entre Rubén Darío y Unamuno donde aquel se mostró siempre tan superior y ecuánime y me parece aún que oigo a Valle-Inclán:
—No podían entenderse. Rubén tenía todos los pecados del Hombre, que son veniales; y Unamuno tiene todos los pecados del Ángel, que son mortales.

Pero, en general, ya en Madrid no hacíamos caso de estos pasajeros deslices de don Miguel, y más bien nos ateníamos al saldo de su persona y de su conducta. Él mismo se definió diciendo que en su alma había una perpetua guerra civil.  Ignoro en qué ocasión habrá conversado con Unamuno el señor “Martín Martínez”. Es posible que, entonces, y por cualquier circunstancia del momento, Unamuno haya encontrado mi imagen un poco empañada en su memoria. Ello no tiene importancia ni trasciende al tono dominante de nuestras buenas y muy cordiales relaciones. La desgracia es, a veces, mala consejera, y don Miguel sufrió mucho durante sus últimos años, como todos sabemos. De aquí que sus antiguos amigos, comprendiendo la desazón de su ánimo ante las vicisitudes de su país hayan tendido un manto piadoso sobre sus veleidades finales. El grande hombre, arrebatado a uno y a otro lado por la angustia y por el anhelo de detener el alud con sus propias manos, se quedó solo, sin correligionarios y sin España. Paz a sus restos. 
 
 
Miguel de Unamuno (c. 1925, Agencia Meurisse) - Wikimedia Commons. Fuente: Wikipedia 




En lo literario

No nos detengamos mucho en este punto. Cada uno tiene su alma en su almario.  Es verdad que don Miguel no era muy pródigo en elogios, y menos cuando se entregaba a las libertades de la conversación, a la que nunca debiera exigirse una responsabilidad estricta. Pero, sobre todo, en este orden subjetivo de la apreciación literaria, repito, cada uno tiene su alma en su almario. Lo obvio es que Unamuno nunca hubiera conservado mi amistad tan afectuosamente como lo hizo, sin un mínimo suficiente de estimación intelectual y moral. Pues no era hombre para la mentira mundana. Varias veces he escrito sobre él (por ejemplo, a propósito de su Fedra), y siempre recibió mis juicios con aprobación y complacencia. Cuando desde México, le envié mi primer libro (Cuestiones Estéticas, 1911), agobiado sin duda por los muchos libros de principiantes que llegaban hasta su mesa, ni lo leyó ni me contestó. Cuando, ya en Madrid y en 1917, le envié a Salamanca mi libro El suicida, me dirigió una carta sumamente expresiva, que dista mucho de ser una mera cortesía y que fue el origen de nuestra amistad. Esta y varias otras cartas que me escribió aparecerán pronto en la colección que prepara el Dr. M. García Blanco, catedrático de la Universidad de Salamanca. 
 
 
En lo personal

Si el Dr. García Blanco se dirigió a mí, entre otros, al formar esta colección epistolar de Unamuno, es precisamente porque conocía la tradición de nuestra amistad. Visité a Unamuno en Salamanca, acompañado de don Artemio de Valle-Arizpe. Nos retratamos juntos y pasamos juntos el día. Nos llevó a pasear por las afueras. Me contó una anécdota familiar que repito en uno de mis libros. Después, siempre me encontraba con él en uno u otro sitio, cada vez que aparecía por Madrid. Concurrió varias veces a mis reuniones dominicales. Me obsequió algunas de sus pajaritas de papel y de sus dibujos. (Ya lo digo en Grata Compañía). Entre ellos, el retrato de Amado Nervo ―de quien a su vez fue buen amigo―, sin duda el primer Nervo sin barba que se registra en la iconografía de nuestro poeta. Me proponía monogramas con las iniciales de mi nombre —así consta en una de sus tarjetas postales— y me comunicaba opiniones sobre la grafía y pronunciación originales del nombre patronímico de Sor Juana. Estuve constantemente a su lado en París, cuando yo era allá ministro de México, y él andaba desterrado y prófugo.  Ya he dicho cómo me recitaba entonces sus sonetos contra el general Primo de Rivera, sin prestar atención a los vehículos en las bocacalles, y cómo echaba, a manera de telón, el recuerdo de su sierra de Gredos sobre cualquier perspectiva parisiense que yo proponía a su admiración.  Los agentes de la policía española encargados de vigilarlo se hicieron sus amigos y, a invitación suya, concurrían a los cafés de Montparnasse para disfrutar de su charla.

Una vez fuimos juntos a la casa de Jean Cassou. Yo me retiré temprano, para pasear por la orilla del Sena, aprovechando la tibia noche, en compañía del poeta Rilke. Entonces Guillermo Jiménez, quien lo ha escrito por ahí, recogió de labios de Unamuno el mayor encomio y el más conmovedor que yo puedo haber recibido y deseado: “La inteligencia de Reyes ―dijo Unamuno― es una función de su bondad”. Perdóneseme el entrar en estas “personalidades positivas” (que no sólo son “negativas”, como pretende el diccionario) pero ahora o nunca era la sazón de referirlo. Las palabras del maestro no me envanecen, ni por desgracia tengo derecho a considerarlas justas; pero ellas expresan nítidamente su juicio sobre mi persona, y sobre todo la benévola refracción que el afecto producía en ese juicio. Si esto no es simpatía…

Pero hay, además, algo que hasta ahora no quise publicar, y que tampoco esta vez voy a descubrir completamente. Unamuno fue una vez arrastrado hasta la presencia de Alfonso XIII por el sutil Conde de Romanones. La opinión literaria de Madrid en aquellos tiempos —siempre bravía—, consideró esto como una claudicación de Unamuno. Él quiso dar una conferencia en aquella admirable y libérrima casa que era el Ateneo de Madrid, y el público de jóvenes escritores, entre gritos, pateos y silbidos, no lo dejó hablar.  Así las gastaban entonces. 

Pues bien, Unamuno se presentó al día siguiente en mi Legación de Madrid y, de una manera confidencial, me reveló el objeto de su encuentro con el monarca, que no era en manera alguna deshonroso para ninguno de los dos. Recuérdese que yo había sido periodista y escritor en Madrid, y luego, por otros cinco años prácticamente, fui Encargado de Negocios de México. Unamuno tras lo acontecido —aunque muy hecho a la pelea y aunque, como él decía, frecuentemente le había tocado “torear a media plaza”— necesitaba explicarse y desahogarse con alguien, y escogió al único de la camada literaria que, si bien muy cercano, podía, por no ser español, considerar los hechos con más moderación que los otros.  Pero ¿hubiera dado este paso si no se sintiera mi amigo, si no me supiera su amigo, si no me estimara en el orden intelectual y en el orden moral? Si esto no es simpatía… No: nadie me quite la amistad de Unamuno. 



Revista Temas, Febrero de 1955, Volumen 9, N° 52, páginas 90-95, Temas Corp., Nueva York, Nueva York


Notas

Alfonso Reyes Ochoa (1889-1959).- Escritor, traductor, diplomático, jurista, filósofo, filólogo y académico mexicano y literato de la lengua española.

 
Reyes habla de Río como capital del país porque lo era en ese momento (entre 1822 a 1960), y Brasilia pasó a serlo desde abril de 1960, el año posterior al de su muerte.
 
Las fotos originales se veían muy amarillentas y no tan nítidas y  fue preferible poner otras indicando la fuente.
 




lunes, 2 de noviembre de 2026

Anecdotario XI

El famoso pintor Pablo Picasso tenía invitados a comer en su casa del sur de Francia. Uno de ellos, mirando a su alrededor, comentó:
—Veo que no tienes Picassos en las paredes, Pablo. ¿No te gustan?
—Todo lo contrario —contestó el pintor— me gustan muchísimo. Lo que pasa es que no puedo darme el gusto de tenerlos. Resultan demasiado caros.

 
 
Hacía apenas dos días que el embajador estadounidense en México, Robert Hill, ocupaba su cargo cuando dispuso que se organizara una recepción de bienvenida para «todo el mundo» de la embajada. Un ayudante apuntó:

—¿Se refiere usted a todos los altos funcionarios de la embajada, señor embajador?
—A todo el mundo—respondió el diplomático.
—Es decir los altos funcionarios y el resto del personal administrativo ¿no? —insitió el ayudante.
—Cuando digo todo el mundo, quiero decir todo el mundo —vociferó Hill.

Cuatro días después, más de 500 empleados, electricistas, choferes y taquígrafas alternaban con los altos funcionarios y agregados diplomáticos y se divertían de lo lindo en la fiesta de la embajada.


 

—¿Cómo encontró usted la carne? —le preguntó el camarero a un cliente que cenaba en el distinguido restaurante.
—Por casualidad, cuando retiré la ensalada.


 

Parábola de la Educación

Parábola que relató William Cunningham, consejero del gobernador de California, George Deukmejian.
Iba un hombre caminando por el desierto, cuando oyó una voz que le dijo: “Levanta algunos guijarros, mételos en tu bolsillo y mañana te sentirás a la vez triste y contento”.
Aquel hombre obedeció. Se inclinó, recogió un puñado de guijarros y se los metió en el bolsillo: a la mañana siguiente, vio que los guijarros se habían convertido en diamantes, rubíes y esmeraldas. Y se sintió feliz y triste. Feliz, por haber cogido guijarros; triste, por no haber cogido más.
Lo mismo ocurre con la educación.



Una mujer se ocupaba en llevar su propio divorcio en un tribunal. El juez revisó con ella la petición de divorcio, punto por punto, y anotaba la información que ella no había incluido. Todo fue bien hasta que llegaron a un espacio en blanco.
—¿Está usted embarazada? —preguntó el juez.
—No.
—No se preocupe usted. También solucionaré eso.



En mi trabajo como ayudante de un pediatra, suelo desvestir y pesar a los niños para que el médico los examine. Un día, llegó acompañado de su madre un niño como de cinco años. El pequeño se aferraba con una mano a la de su madre, pero, con el auxilio de ella, logré que tomara mi mano y lo llevé de la sala de espera al consultorio y le dije:
—Ahora, nos quitaremos la ropa y veremos cuánto pesamos.
El muchachito soltó mi mano y se quedó inmóvil, al tiempo que replicaba:
—Empiece usted. Yo no quiero.



Algo es Algo

Mi amiga y su esposo, Marvin, estaban de visita en casa de la madre de él. La señora empezó a hacer reminiscencias de su boda, celebrada hacía 50 años y, muy orgullosa, les mostró los regalos que recibió en aquella ocasión y que había conservado desde entonces.
—¡Es asombroso!, comentó mi amiga. ¡Lo único que me queda de mi boda es Marvin!


 

Conversación entre dos amigas:
—Cuando mi esposo trabaja deja a todo el mundo con la boca abierta.
—¿De veras? ¿A qué se dedica?
—Es dentista.



El Verdadero Motivo

Dos vecinas mías tomaban una taza de café.
—El otro día —dijo una— le comenté a mi marido que aun después de veinte años de matrimonio tu esposo sigue siendo un caballero. Siempre lo veo salir del auto, dar la vuelta hasta tu lado y abrirte la portezuela.

—Lo que ignoras es que, cada vez que lo hace, promete que al día siguiente mandará reparar la maldita manija de la portezuela, aunque sea lo último que haga en la vida.



Definiciones que no están en el Diccionario

Absurdo: Opinión que manifiestamente se opone a la nuestra. —Ambrose Bierce

Crédito: El sistema que nos permite vivir como viviríamos si pudiéramos. —Doug Larson

Humildad: Cualidad que perdemos en cuanto creemos tenerla. —E.D. Hulse

Paciencia: La virtud que más se necesita precisamente cuando se agota. —Alfredo La Mont.

Reloj: Instrumento para conocer la magnitud de nuestra impuntualidad. —Pedro F. Miret



Cuando entre los créditos de la película Land of Pharaohs (Tierra de Faraones), de Howard Hawks, apareció el prestigiado nombre de William Faulkner, los cinéfilos se preguntaron cuál habría sido la participación del gran escritor norteamericano. En su libro Hollywood on the Nile (Hollywood en el Nilo), Noel Howard, que era ayudante de dirección de Hawks, dice que fue una bagatela:
Una mañana, Faulkner, tras cuatro meses de trabajo, le dio al guionista Harry Kurnitz una hoja de papel. En la mitad de la página había escrito: “La construcción de la pirámide de Keops ha tardado 15 años. El faraón al visitarla, llama al capataz y le pregunta: Bueno, amigo, ¿cómo va la obra?”.

Liberátion (París)



Un turista preguntaba a un campesino si era posible alcanzar el tren de las 3 tomando un atajo en el campo.
—Sí, claro. Y si el toro lo ve, quizá hasta alcance el expreso de las 2.


 

Hablan dos padres amigos:
—¿Qué carrera me aconseja para mi hijo? ¡Es un muchacho lleno de promesas!
—En ese caso, dedíquelo a hacer propaganda electoral.

El Caribe, Santo Domingo



Al salir del Teatro Royal Shakespeare en Strafford-on-Avon después de una representación de As You Like It (Como Gustéis), oí una voz entre un grupo de visitantes extranjeros:
—Magnífica, ¿no te pareció? Y me dicen que fue escrita por un tipo de aquí.

—P.T.M. With, Inglaterra



Mi compañera de cuarto Hannah, tomaba una clase en cierta escuela de diseño cuando el profesor se puso a hablar de la época victoriana.

—La habilidad de una mujer para cocinar, mantener limpia la casa y coser se consideraba un indicador de su moralidad —dijo—. Una casa sucia era señal de una mujer perdida. ¿Cómo llamaríamos ahora a una joven que no supiera cocinar, ni limpiar la casa, ni coser?

—Normal —respondió Hannah.

—S.L.



Una zapatería en Texas ofrecía un bistec gratis a cualquier dama que fuera capaz de elegir su calzado en sólo diez minutos.


 

 

Regla Gastronómica

Regla de Oro al leer la minuta en un restaurante: Lo que no puedes pronunciar, no lo podrás pagar. 

—T.E.D.




A la hija de unos amigos nuestros, que anda por los 10 años, le pidieron en la escuela redactar una composición sobre “Lo que quiero ser de grande”. Ella escribió: “Quisiera tener dos hijos y casarme con un hombre muy guapo”.
Al devolverle el ejercicio, se encontró con una anotación de la profesora: “Procura que los acontecimientos vayan en su debido orden”.

 —H.G.



Después de llevar cuatro días atendiendo a los pasajeros que volaban de Nueva York a Florida, dos azafatas mostraban señales de cansancio. Un pasajero entusiasta les pidió:
—Sonrían, por favor.

A pesar del cansancio, una de ellas respondió amablemente:
—Sonría usted.

Y el pasajero obedeció, pero su expresión cambió cuando la joven añadió:
—Ahora, quédese así durante doce horas.

—H.A.S.



El mariscal de campo lord Montgomery era una de las pocas personas que podían encararse con un taxista londinense. Una tarde detuvo un coche de alquiler que pasaba.
—¡A Waterloo! —ordenó.
—¿La estación? —preguntó impertinentemente el chofer.
—¡Por supuesto! —replicó Monty echando una ojeada a su reloj— Ya es un poco tarde para la batalla.

—J.A.



La mariposa ocupa el segundo lugar entre las cosas aladas más bellas. El primero corresponde al dinero. —O.C.C.




Oficio Peligroso

Estaba yo en fila ante una ventanilla de la oficina de correos, y trabé conversación con un sujeto que venía a mis espaldas. Me preguntó en qué trabajaba, y le contesté que era apicultor.
—Pero, ¿cómo puede usted desempeñar un oficio tan peligroso —inquirió—; ¿no tiene miedo de que las abejas lo maten?
Me reí, y le dije que la apicultura no era más peligrosa que cualquier otra ocupación. Después en el curso de la conversación, me contó que venía con el circo recién llegado a la población.
—Y en el circo ¿qué hace usted?
—Soy el domador de los leones.

—B.D.



La adolescente, a una amiga: “No sólo me ha roto el corazón y ha arruinado mi vida, sino que me echó a perder la fiesta”.

—G.B.



Clare Boothe Luce relató la ocasión en que la sobrepasaron en ingenio:
Cuando mi obra teatral The Women (Las Mujeres) fue todo un éxito en Londres, me atreví a pedir a un amigo mío que me presentara a George Bernard Shaw, a quien mucho admiraba. Repasé mentalmente lo que le diría, pero, al entrar yo en el estudio del famoso escritor, hizo caso omiso de mi persona tanto tiempo, que olvidé mi preparado discurso. Sólo acerté a decirle nerviosamente:
—Señor Shaw, si no fuera por usted... pues... no estaría yo aquí.
El dramaturgo me miró a los ojos y replicó:
—¿De veras? Y su madre, ¿cómo se llamaba?

—S.B.C.



—Está al teléfono un señor que desea entrevistarlo sobre el secreto de su éxito —avisa la secretaria a su jefe por el altavoz.
Largo silencio; luego, el funcionario pregunta:
—¿Periodista, o policía?

—N.S.



Así, Sí

En la junta de padres de padres de familia y maestros de la secundaria de mi hijo, no pude dejar de oír a una madre, que, frente a mí, hablaba de su hija. Los comentarios del maestro acerca de la muchacha eran favorables, pero terminó observando que le costaba trabajo hacer que ella hablara en clase. Después de reflexionar un momento, comentó la madre:
—Supongo que no hay manera de colocarle cerca un teléfono.

—R.J.D.



Respóndame a Esto

—¿De qué sirve traer a casa el pan, si la familia quiere comer fuera todo el tiempo? —Orben's Current Comedy


—Si alguien escribe un libro titulado Cómo Fracasar y la obra fracasa, ¿debe considerársele un éxito?. —Ron Luciano y David Fisher, en The Fall of the Roman Umpire

—¿Por qué los hijos parecen crecer tan de prisa y marcharse de casa con tanta lentitud? —Orben's Current Comedy


 

Saludo y Despedida

En la Legión Extranjera Francesa un inglés se despedía de un legionario que regresaba a Europa después de haber cumplido su plazo de enganche.
—Cuando llegues a Londres —le decía— hazme el favor de llamar por teléfono a Joanne Littlefield, cuyo número es REgent 7-5677. Dile que la he olvidado.

 —J.M.



—¿Qué edad tiene usted? —pregunta el juez—. Recuerde que ha jurado decir la verdad.
—Veintiún años y algunos meses —contesta la dama.
—¿Cuántos meses?
—Ciento ocho.

—General Features Corp.



El director, a uno de los participantes en un programa de preguntas y respuestas:
—En 15 segundos nombre todos los objetos que usted recuerde, de los que se hacen en pares.

—Medias, zapatos, guantes,... ¡sostenes!

—L.W. en Chicago Tribune



Mi Querida Abi: Abigail Van Buren (1918–2013), fue una columnista quien en varios periódicos publicaba una sección de preguntas y respuestas, en que absolvía con las más ocurrentes soluciones las consultas de sus atribulados corresponsales.

Mi Querida Abi:
Reconozco que soy un tipo que todo lo tiene. Las mujeres me encuentran irresistible: se pasan alabando mi físico y mi personalidad, pero en realidad esto me está aburriendo un poco. ¿Qué puedo hacer para desanimar a estas pobres muchachas esperanzadas? —C. W.

Estimado C.W.: Siga hablando.


Mi Querida Abi: Tengo 44 años. Me gustaría conocer a un hombre de mi edad que no tenga vicios. Rosa

Estimada Rosa: A mí también


Mi Querida Abi: Soy casada y tengo siete hijos, el mayor de 12 años. Hace poco he comenzado a trabajar en un hospital donde tengo que ver con los rayos X. He oído decir que este oficio podría hacerme estéril. ¿Es cierto esto? —Silvia

Estimada Silvia: No confíe mucho en eso



«Después de un día muy difícil con los niños», dice una madre joven, «me gusta salir a dar un paseo en automóvil. Me agrada tener en las manos algo que yo pueda dominar». —L.P.F.
 


En una feria de caridad, la escritora George Sand atendía en uno de los quioscos. Pasó por allí el barón Jacob de Rothschild, que estuvo examinando los objetos que había para la venta, y dijo luego:

—No veo nada que me guste, fuera de la sonrisa de usted. ¿No quisiera venderme su autógrafo?
En un trozo de papel escribió George Sand: “Recibido del barón Jacob de Rothschild: la suma de 5000 francos, para obras de beneficencia”.
Con un suspiro el barón pagó.

—Agence Parisienne de Presse


Respuestas Acertadas

Un joven campesino estaba llenando un cuestionario de solicitud para el empleo de reparador de líneas telefónicas. Después de haber contestado las preguntas principales llegó al espacio destinado a «Comentarios». Un buen rato estuvo pensando y al cabo escribió laboriosamente: «Hace un día muy, muy lindo». —Commercial News

A la pregunta «¿Ha sido usted detenido alguna vez?» que aparecía en el formulario de solicitud de empleo, el solicitante contestó: «No». A la pregunta siguiente: «Por qué?» contestó: «Nunca me pescaron». —D.W.


 

El poeta estadounidense Carl Sandburg, a instancias repetidas de algunos amigos, asistió al último ensayo de una obra muy seria escrita por un joven y aventajado dramaturgo, pero por desgracia se quedó dormido, y dormido siguió durante la mayor parte de la representación. El dramaturgo, ofendido, lo increpó días después.
—¿Cómo pudo usted dormirse sabiendo lo que me interesaba su opinión?
A lo cual Sandburg respondió:
—Joven, quedarse dormido es una manera de opinar.

—B.C. 

 

Compás de Espera

Los pacientes de cierto médico tenían que hacer siempre una larga antesala para ver al facultativo, pero les sorprendió mucho que un día las revistas de la sala de espera fueran reemplazadas por novelas completas. 

—H.I.M.



Una cama de hospital es un taxi estacionado, con el taxímetro en funcionamiento. —Groucho Marx

 

 

Nota.- Desde aquí ya pongo la autoría de una parte de de las anécdotas. En próximos artículos pondré la bibliografía básica de las revistas o libros porque en los primeros escritos transcritos con anécdotas olvidé colocar ese detalle.

sábado, 31 de octubre de 2026

Las Profecías del Gran Swift





 
Por Vadim Vilinbajov


Hace poco releyendo la novela del famoso escritor inglés me dejo estupefacto la descripción de Laputa, la «isla volante», que figura en el tercer viaje del capitán Gulliver: 


«Vi en el aire un gran cuerpo opaco que tapaba el sol. Era redondo, plano y refulgía al sol. Tomé mi catalejo de bolsillo y pude distinguir claramente a muchas personas que bajaban a tierra por una maroma
Por medio del imán la isla puede elevarse, descender y trasladarse de un lugar a otro. Cuando el imán está vertical y su polo de atracción mira a la tierra, la isla desciende, pero cuando su polo de repulsión mira hacia abajo, la isla sube verticalmente. Cuando el imán está en diagonal, la isla también avanza en dirección diagonal»
*

―
*Esta cita y las siguientes han sido traducidas de la versión rusa (Nota de la Redacción).
 

Es sencillamente increíble que esto fuera escrito en 1726, cuando los medios de transporte utilizaban en su movimiento sólo la energía muscular o la fuerza del viento. ¿Cómo pudo surgir la idea de la isla volante? ¿Y de que sus habitantes podían gobernarla por medio de un dispositivo bastante complejo?
 
 
El libro de Swift contiene otro enigma: los magníficos descubrimientos de los astrónomos de Laputa: 


«Estos científicos pasan la mayor parte  de la vida observando los movimientos de los  cuerpos celestes. Han descubierto dos pequeñas estrellas o satélites en órbita alrededor de Marte. El más cercano se encuentra del centro de Marte a una distancia equivalente a 3 diámetros del planeta y el más alejado, a una distancia de 5 diámetros».

Uno se pregunta cómo podía conocer Jonathan Swift los satélites de Marte, que fueron descubiertos por los astrónomos sólo un siglo y medio después, en 1877.

Para descifrar las fantasías de Swift, me remití a los mitos, leyendas y crónicas antiguas. Resulta que ya en tiempos inmemoriales los héroes de la epopeya sánscrita Ramayana realizaban vuelos aéreos en ciertas naves. En otras obras antiguas también se habla a menudo  de «naves aéreas», al parecer, observadas sobre los territorios de las antiguas Grecia y Roma. Casos similares relatan las crónicas medievales. En el siglo IX, por ejemplo, según un cronista, sobre una ciudad noruega apareció una misteriosa «nave», que luego se alejó suavemente. Un caso análogo describen  los Anales Irlandeses del año 956.

No son pocas las notas similares que podía conocer Swift. En general, en ellas se habla de los veleros más corrientes, sólo que vuelan. Sin embargo, la «isla volante» Laputa es un círculo o un disco regular. ¿Por qué el escritor eligió justamente esta figura?

Se puede, claro está,  suponer que en parte se debió a la idea corriente que, en la mayoría de los casos, vincula el concepto «isla» con formas redondeadas. Pero me parece que otra explicación se halla más cerca de la verdad.

En estas mismas obras de autores antiguos, antiguos, aparte de las «naves aéreas», se mencionan otros objetos de fuego volante que refulgían como un sol. Fenómenos similares se describen en las crónicas medievales. Se han conservado incluso grabados antiguos que representan extraños discos y objetos esféricos luminosos.

Por eso no carece de lógica la suposición  de que las fantasías de Swift, con toda probabilidad,  se basaban en materiales de este tipo, independientemente  de los fenómenos que observaran en realidad los testigos. Lo más probable es que la información sobre las «naves volantes» se haya originado en los espejismos más corrientes, cuya naturaleza conoce muy bien la ciencia moderna, y los objetos voladores ovalados y luminosos en los rayos esféricos, bólidos de gran tamaño y otros fenómenos naturales, incluyendo los anómalos, cuyo origen aún no ha sido explicado satisfactoriamente.

En cuanto al enigma del motor magnético laputiano, se deben buscar sus raíces en fuentes de otro orden. Poco antes de Los Viajes de Gulliver, el mundo científico había conocido la obra del destacado físico inglés William Gilbert Sobre el imán  y los campos magnéticos, donde, en particular, se decía: «Toda la masa de la Tierra no es otra cosa que un inmenso imán; los imanes menores son como pequeñas tierras atraídas por el todo». Partiendo de esta afirmación, no es difícil llegar al «corazón» magnético de Laputa.

Pese a que Siwift pudo basarse en ciertas fuentes de conocimientos, no debemos olvidar que  Los Viajes de Gulliver en la clasificación moderna es una obra de ciencia ficción con todos los rasgos propios del género.  Y al escritor de ciencia ficción le es dado adivinar intuitivamente. ¿En qué información secreta, se basó Julio Verne cuando escribió que el primer vehículo circunlunar tripulado llevaría a bordo tres personas, despegaría en diciembre de la península de Florida y amarizaría en el Atlántico?  ¿O el conocido Alexéi Tolstói, que en su novela El Gran hiperboloide del ingeniero Garin describió detalladamente las propiedades del láser? A propósito, la palabra  «robot» apareció por primera vez en un relato de Karel Čapek y sólo después pasó al lenguaje científico. En ese entonces el escritor no sabía nada de cibernética.  Un relato de ciencia ficción de Iván Yefrémov dio el impulso necesario para la invención de la holografía. Podría citar muchos otros ejemplos semejantes. 

Por lo visto si Swift descubrió los satélites de Marte, fue gracias a su rica fantasía. Pero no sólo a eso. En aquel entonces estaba de moda la teoría conforme a la cual las distancias entre los planetas se subordinan a la progresión geométrica. Los satélites de Júpiter, descubiertos por Galileo, sugerían que como la Tierra tiene un satélite y Júpiter, cuatro, Saturno debe tener 8 y Marte, dos. Además deben ser pequeños y estar situados cerca del planeta, porque en caso contrario ya los hubieran descubierto mucho tiempo atrás. 

Así que en Los Viajes de Gulliver no hay  nada sobrenatural, que no pueda ser explicado en base a la lógica… En cuanto a las profecías, ahora entre las materias científicas ya establecidas pasa a ocupar su lugar, con pleno derecho, una nueva ciencia, la pronosticación.  Y no es un secreto que los pronósticos más acertados contienen gran parte de intuición surgida en las profundidades de la psiquis humana. Sin embargo, siempre nos asombramos cuando el fruto de la fantasía, de la imaginación creadora, se vuelve realidad.  Ya me he referido a los personajes de Verne, cuyo vuelo finalizó en las aguas del Océano Atlántico. También concluyó con una amarización el viaje a la Luna contado por Wells, y el capitán Gulliver regresó de su segundo viaje de manera análoga: 

«De pronto sentí que caía verticalmente, y a una velocidad tan increíble  que se me cortó la respiración.  Luego oí un horrible chapoteo que resonó en mis oídos con más fuerza que las cataratas del Niágara.  Estuve un minuto sumido en las tinieblas, después mi cámara comenzó a ascender y vi luz en la parte superior de las ventanas. Comprendí que había caído en el mar».

Cualquier astronauta podría haber escrito hoy estas palabras.


 

Dibujos de Alexéi Tertish

Adaptado de la revista Tejnika-Molodiozhi

Revista Sputnik. Selecciones de la Prensa Soviética, N° 3, Marzo de 1984, págs. 156-160, Agencia de Prensa Nóvosti, Moscú, Rusia



Notas

Vadim Borisóvich Vilinbájov (1924–1982) fue un reconocido historiador, docente y divulgador ruso, especialista en historia militar y en los orígenes del armamento en la antigua Rusia.
 

Maroma: cuerda gruesa o cable.

 

—Con esto complementamos lo dicho por el artículo:

Para entender cómo lo "adivinó" Kepler en 1726, hay que mirar las tres piezas que Swift ensambló en su cabeza:

1. La progresión geométrica de Kepler: En la astronomía del siglo XVIII estaba muy arraigada la idea de la "armonía de las esferas" y la simetría en el Sistema Solar. Los astrónomos sabían que la Tierra (tercer planeta) tenía 1 luna y que Júpiter (quinto planeta) tenía 4 lunas descubiertas por Galileo. Marte estaba justo en medio (cuarto planeta). La lógica deductiva de la época dictaba que Marte debía tener satélites para mantener la proporción: 2 lunas encajaban a la perfección en la secuencia (1, 2, 4). 

2. Las especulaciones de Johannes Kepler y Voltaire: El propio Kepler ya había postulado en 1610 que Marte debía tener dos lunas, basándose en una mala traducción de un anagrama que le envió Galileo sobre los anillos de Saturno. La idea de las dos lunas marcianas flotaba en los círculos académicos ingleses y franceses como una hipótesis no probada. Swift simplemente tomó esa teoría académica y la dio por cierta en su ficción.

3. El cálculo físico de la velocidad orbital: Aquí es donde Swift estuvo brillante. Aplicando la tercera ley de Kepler (que relaciona la distancia de un satélite con el tiempo que tarda en dar una vuelta), dedujo que si Marte era un planeta pequeño y sus lunas no se habían visto con los telescopios de la época, tenían que ser diminutas y estar pegadísimas al planeta. Y por pura física, cuanto más cerca está un satélite, más rápido tiene que girar para no caerse. Por eso calculó con tremenda puntería que la luna interior orbitaba en apenas 10 horas.

Cuando en 1877 Asaph Hall descubrió las dos lunas desde el Observatorio Naval de EE. UU., la sorpresa fue tan monumental que la Unión Astronómica Internacional decidió bautizar dos de los cráteres más grandes de Deimos con los nombres de Swift y Kepler.  

 

  
—Sobre lo que menciona Vilinbajov sobre Tolstói  y Yefrémov en ambos casos tiene un fondo real muy curioso que la historia de la ciencia terminó validando de forma literal:

1. Alexéi Tolstói y el láser: En su novela El hiperboloide del ingeniero Garin (1926–1927), Tolstói describió con un asombroso nivel de acierto técnico un haz de luz concentrado capaz de cortar metal a distancia y fundir objetos, anticipándose décadas a la invención real del lásaer. De hecho, el propio Charles Townes, uno de los padres del láser moderno, reconoció públicamente que su fascinación e inspiración inicial con la idea de la amplificación de luz por emisión estimulada le vino de leer estas historias de ciencia ficción clásica y especulativa.

2. Iván Yefremov y la holografía: Yefremov escribió en 1945 un relato titulado La sombra del pasado (Teni proshlago), donde describía un fenómeno óptico en el que una placa especial grabada por depósitos minerales retenía imágenes tridimensionales del pasado que podían reprojectarse con luz —una descripción conceptual idéntica a la holografía moderna. Años más tarde, el físico soviético Yuri Denisyuk, pionero de la holografía óptica, admitió de manera explícita que se le encendió la bombilla y conceptualizó su invento precisamente tras leer aquel cuento de Yefrémov. 

 

Datos de Bdebooks, Wikipedia, Researchgate, bioslovhist.spbu.ru y otros.

 

Tuve que poner ambas imágenes de la revista como tal sino el sistema las modificaba más.

Las notas han sido hechas con la ayuda de Gemini, la IA de Google. 


jueves, 29 de octubre de 2026

Cómo fue la "primera guerra de la historia" en la región donde hoy se encuentra Irán

 

 
Mapa de Ptolomeo que muestra la región de la Luna Creciente Fértil (con ilustraciones adicionales dibujadas a mano en 1486).

 

Por Edison Veiga
BBC News Brasil

 

Arcos y flechas, lanzas, espadas de bronce y organización táctica, con movimientos calculados y acciones planificadas. Los desacuerdos, que a menudo desembocan en la muerte, han acompañado a la humanidad desde sus inicios, señalan los expertos.

Pero fue el comienzo de lo que se ha llegado a llamar civilización lo que trajo la idea de la lucha organizada, con esfuerzos colectivos para derrotar al grupo enemigo.

Las guerras nacieron con la civilización, y el escenario de las primeras fue en la cuna de la segunda: la región conocida como la Luna Creciente Fértil, una vasta zona de Medio Oriente que abarca Mesopotamia y sus alrededores.

Fue en esta zona donde los humanos comenzaron a dominar las técnicas agrícolas y ganaderas, inaugurando un estilo de vida sedentario que condujo al surgimiento de las ciudades.

La organización bajo un poder dominante implicaba pensar tanto en estructuras de defensa, como en adquirir más riqueza y tierras, preferiblemente con mejor acceso al agua.

Según una investigación del historiador británico John Baines, existen pruebas de que los conflictos entre ciudades se producían con cierta frecuencia alrededor del año 3000 a.C. en la región que hoy comprende Irak e Irán.

En su libro "Guerra, ¿para que sirve?", el historiador y arqueólogo británico Ian Morris sitúa la creación de los primeros ejércitos mínimamente organizados aproximadamente en esa época y esa región.

Pero, como declaró en su libro "Historia de la guerra" el historiador británico John Keegan, "la historia de la guerra comienza con la escritura".

"Fechamos la 'historia' desde el momento en que el hombre comenzó a escribir o, más precisamente, desde que dejó huellas de lo que reconocemos como escritura".

Y fueron los sumerios quienes escribieron sobre batallas de la que se considera, bajo esos parámetros, la primera guerra de la historia de la humanidad.

Sumeria fue una civilización que se extendió por la región sur de Mesopotamia entre la Edad del Cobre y la Edad del Bronce, es decir, entre el 3300 y el 1200 a.C.

Durante unos 250 años, entre el 2600 y el 2350 a.C., dos ciudades-estado de este pueblo -Lagash y Umma- libraron una guerra, de la cual existe registro escrito.

En total, hay 18 inscripciones, todas ellas dejadas en tablillas de arcilla por los gobernantes de Lagash.
 
Detalle de la Estela de los Buitres, una serie de grabados conmemorativos que ilustran y relatan la victoria de Lagash sobre Umma, circa 2450 a.C.
 
 
El de Umma-Lagash fue un conflicto organizado y sistemático entre dos estados, con pruebas documentadas.

Según la historiadora Katia Pozzer, profesora de la Universidad Federal de Rio Grande do Sul, donde coordina el Laboratorio de Estudios del Antiguo Oriente, no es posible datar la primera guerra.

Sin embargo, indica, "existe mucha documentación que nos revela que la guerra era una realidad omnipresente en el mundo mesopotámico".

"En el imaginario mesopotámico, saber cómo hacer la guerra era uno de los atributos del mundo civilizado."
 
 
Estructura Militar 
 
Morris sugiere que los primeros ejércitos de soldados disciplinados, "dispuestos a luchar y matar al enemigo cuando se les ordena", o incluso "a asaltar altas murallas, a pesar del aceite hirviendo, las lluvias de piedras y flechas", coinciden con el mismo período en el que surgieron los gobiernos centralizados.

Esto ocurrió alrededor del año 3300 a.C. en Medio Oriente. A partir de entonces, los conflictos comenzaron a resolverse mediante batallas campales, incursiones planificadas y asedios.

Lagash y Umma estaban separadas por unos 30 kilómetros. Y la disputa tenía una razón objetiva: el control de una zona fértil en la frontera entre ellas llamada Guedena.

Cuando Umma tomó posesión de ese terreno, pasó a controlar el flujo de agua que abastecía a Lagash.

Se intentó resolver el problema por vía diplomática, con el arbitraje de un rey que ejercía su poder en toda la región meridional de Mesopotamia. Este falló a favor de Lagash. Pero, sin el consentimiento del gobernante de Umma, la aprobación real solo sirvió para justificar una guerra.
 
"Fue una disputa fronteriza que acabó degenerando en guerra", resume el periodista Reinaldo José Lopes, autor del libro "Homo Ferox: Los orígenes de la violencia humana y qué hacer para vencerla".

"Las motivaciones parecen haber sido esencialmente territoriales y económicas, especialmente la disputa por las zonas agrícolas fértiles y los canales de riego que eran vitales para la producción agrícola en una región que dependía del control del agua", explica el geógrafo y politólogo brasileño Gunther Rudzit, profesor de la Escola Superior de Propaganda e Marketing.

"El resultado inmediato fue la victoria de Lagash y la imposición de condiciones a Umma, incluyendo el pago de tributos y la definición de fronteras".

Sin embargo, la paz no llegó. Gradualmente, el conflicto terminó involucrando a otros pueblos de la región, con tropas del reino de Hamazi, de parte del territorio actual de Irán, y del reino de Uruk, entonces la mayor potencia de la región. 
 
El triunfador: Sargón I de Acadia (en acadio Sharrum-kin, "rey legítimo", "rey verdadero") ante un árbol de la vida. Conocido como Sargón el Grande fue el fundador de la dinastía semítica acadia.
 
 
El penúltimo capítulo de esta sucesión de batallas llegó con las victorias de Lugalzagesi, rey de Umma, quien posteriormente conquistaría toda Mesopotamia. Su hegemonía fue finalmente quebrada por el rey Sargón de Acadia, quien en el choque final de la serie derrotó a Lugalzaguesi y fundó un imperio regional, sometiendo a Umma y Lagash, entre otras ciudades, a su dominio.

"Al parecer, fue el primero en emprender una guerra de mayor envergadura con el objetivo de expandir su territorio por medios militares. Rompió con el paradigma de las ciudades-estado para construir un imperio donde ejerció hegemonía política sobre un vasto territorio formado por varias ciudades-estado", explica Pozzer.

Conocido como Sargón el Grande (c. 2360 a.C.-2279 a.C.), era tan poderoso que, señala Morris, tenía un ejército permanente de 5.400 hombres.

"Sus súbditos les proporcionaban alimentos, lana y armas para que sus soldados pudieran entrenar a tiempo completo", afirma el arqueólogo.
 
 
Los ingredientes para la guerra

Keegan cree que las guerras no eran muy comunes desde los inicios de la civilización sedentaria hasta este período de conflicto sistemático entre Lagash y Umma, principalmente porque la densidad de población mundial aún era baja.

Aunque la población mundial aumentó de 5 o 10 millones en el año 10.000 a.C. a quizás 100 millones en el año 3.000 a.C., muy pocos lugares tenían una alta densidad de población.

"Los cazadores-recolectores necesitaban entre 2,5 y 10 kilómetros cuadrados de territorio para subsistir por persona. Los agricultores podían mantenerse a sí mismos y a sus familias en áreas mucho más pequeñas", escribe.

"En esas circunstancias tan duras y a la vez tan vastas, la necesidad de luchar no debió de ser fuerte. La tierra era prácticamente gratuita para cualquiera que quisiera caminar unos kilómetros y quemar algo de bosque", argumenta Keegan.

Además, según él, la producción probablemente era tan baja que organizar el saqueo sería de poca utilidad, a menos que ocurriera "inmediatamente después de la cosecha".

Aun así, las dificultades para transportar el producto, en una época en la que todavía escaseaban los animales de tiro y el transporte, las carreteras e incluso los contenedores, harían que la idea resultara ineficaz.

Ante este panorama, el investigador cree que la región de la Luna Creciente Fértil fue la que mejor combinó los ingredientes para el desarrollo de la guerra.
 
"Durante los milenios en los que el hombre aprendió a plantar y colonizar las tierras deshabitadas de Medio Oriente y Europa, hubo una única región que produjo grandes excedentes expuestos a la depredación a través de rutas de acceso que favorecían el movimiento rápido", contextualiza.

Esta era la llanura aluvial de los ríos Tigris y Éufrates, conocida por los historiadores antiguos como Sumeria.
 
Uno de los ríos más célebres de la historia: el Tigris, en primavera.
 
 
Según el historiador Victor Missiato, investigador del Instituto Mackenzie, ahí radica la complejidad de lograr la estabilidad en esta región. "Se trata de una región con gran necesidad de recursos hídricos y terrestres, y con una gran diversidad de pueblos y etnias", analiza.

"Es de los sumerios de quienes tenemos la primera evidencia fiable sobre la naturaleza de la guerra en los albores de la historia escrita, y de quienes podemos empezar a percibir las características de la guerra 'civilizada'", concluye Keegan.

No fue una habilidad que se desarrollara de la noche a la mañana.

Morris comenta que quienes comenzaron a cultivar cebada y trigo en las laderas montañosas del suroeste de Asia, alrededor del 9500 a.C., eran "claramente combatientes poco organizados y con escasa tecnología".

"Todo lo que los arqueólogos han recuperado de sus tumbas y asentamientos indica que luchaban más o menos de la misma manera que las sociedades agrícolas más simples observadas por los antropólogos en el siglo XX", afirma.

"Sus armas más letales eran espadas de piedra tallada".

Según Morris, se trataba de batallas sin tácticas. Atacaban y huían según su estado de ánimo.

"Rara vez lograban prolongar sus campañas más de unos pocos días, ya que pronto se les acababa la comida", explica.

Su conclusión es que no eran pueblos belicosos. Sus movimientos de batalla eran desorganizados. Cuando se unían para derrotar a un grupo enemigo, formaban líneas irregulares con apenas unas pocas docenas de hombres, mal posicionados.

La pelea podría durar todo el día o interrumpirse por cualquier motivo: la llegada de la noche, la hora de la comida, que alguien resultara herido o incluso la lluvia.

Keegan recuerda que los humanos que dieron origen al pueblo sumerio, cuando se asentaron en la llanura aluvial de Irak, "se atrevieron a abandonar la línea divisoria de las lluvias al pie de las colinas circundantes -donde hoy se encuentran Siria, Turquía e Irán- y comenzaron a experimentar con el cultivo de cereales y la cría de animales en tierras sin bosques".

"Mesopotamia, la tierra entre los ríos, ofrecía grandes ventajas a los colonos", señala.

Como era de esperar, hacia el año 3000 a.C., las sociedades de irrigación sumerias ya estaban organizadas en ciudades-estado con una base teocrática.

Los reyes-sacerdotes ostentaban un poder derivado de la propiedad: una riqueza proveniente de la agricultura con riego natural.

La cosecha era impresionante para la época: por cada grano sembrado, se recolectaron 200 granos. Hubo un excedente.

Era una geografía privilegiada, dada la disponibilidad de agua. Los ríos estacionales garantizaban el cultivo. Las montañas al este y al norte servían de refugio a la población, con valles que alimentaban los grandes ríos.

"Los efectos políticos de esta geografía son fáciles de describir: las ciudades sumerias comenzaron desde muy pronto a disputarse límites, derechos sobre el agua y el pastoreo, todo ello sujeto a los caprichos de las inundaciones.

"Los reyes sumerios también vieron pronto desafiada su autoridad por la llegada de inmigrantes de las montañas que fundaron sus propias ciudades", resume el historiador Keegan.
 
El Estandarte de Ur (excavado en el Cementerio Real de la antigua ciudad de Ur), muestra representaciones de una campaña militar y escenas de un banquete (c.2250 a.C.).

 
 
Según él, entre el 3100 y el 2300 a.C., la guerra dominó cada vez más la vida en Sumeria.

Los primeros registros escritos demuestran un cambio provocado por este clima bélico: los reyes dejaron de ser sacerdotes para convertirse en guerreros militares. Esto se evidencia en la sustitución gradual de sus títulos, con la desaparición del prefijo "en", que indicaba "sacerdote", y la incorporación de "lugal", que significa "gran hombre".

Pozzer explica que la idea misma de un rey en ese contexto era la de alguien que encarnaba la devoción a las deidades, el suministro de alimentos y el papel heroico del guerrero.

"La motivación [para librar la guerra] era la búsqueda de territorios con mayor riqueza, es decir, con ríos y tierras fértiles", afirma Pozzer.

Al mismo tiempo, la sociedad sumeria mejoró sus técnicas metalúrgicas, desarrollando mejores armas. Y las batallas se volvieron mejor organizadas.
 
 
¿Cómo eran las batallas?

Los historiadores reconstruyen cómo fueron esas batallas basándose en hipótesis que parten del desarrollo tecnológico disponible para aquellos pueblos en aquella época y de restos arqueológicos con inscripciones y grabados. No hay mucha más información disponible.

Morris comenta que este es el desafío al estudiar civilizaciones antiguas que construyeron grandes monumentos, gestionaron elaboradas redes comerciales y fomentaron un nivel de vida cada vez mayor, pero que seguían siendo prealfabetizadas. Después de todo, la escritura era escasa, lacónica y poco común.

"Los ejércitos estaban formados por tropas permanentes, que garantizaban las llamadas misiones esenciales, como mantener el orden, vigilar las fronteras y escoltar no solo al séquito real, sino también a las caravanas de comerciantes de larga distancia", afirma Pozzer.

Según el historiador André Leonardo Chevitarese, profesor de la Universidad Federal de Río de Janeiro, las guerras en la antigüedad ya contaban con una organización táctica, con líneas de soldados formados en filas, uno detrás del otro.

Además de los ataques propiamente dichos, también se llevaron a cabo asedios, cortando el suministro de agua e impidiendo la entrada de alimentos en territorio enemigo.

Hubo algunos acuerdos de conveniencia. Pozzer relata que en la antigüedad, en Medio Oriente no se solía librar guerras en algunas épocas del año.

"Tuvieron en cuenta las condiciones meteorológicas", afirma.

"Durante la temporada de inundaciones, a las tropas les resultaba muy difícil desplazarse. Evitaban los conflictos militares en aquella época. La población tenía que dedicarse a la agricultura".

Por otro lado, "las guerras de la antigüedad ya incorporaban muchos elementos que todavía se utilizan hoy en día, como la infantería y la caballería", señala Missiato. "Los ejércitos ya estaban organizados".

"Desde la Antigüedad, han sido evidentes divisiones tácticas de algún tipo", indica Lopes, citando la alternancia entre lanceros con escudos, arqueros y el desarrollo de prácticas de asedio para intentar abrir brechas en las murallas de una ciudad.

Rudzit destaca que ya existía un liderazgo militar claro. Los reyes, los jefes tribales o los comandantes eran responsables de organizar las fuerzas, planificar las campañas y coordinar las batallas.

En civilizaciones más complejas, como las de Mesopotamia, existían indicios de jerarquía, disciplina y división del trabajo.

La evolución tecnológica de las armas constituye un capítulo importante. 
 
 
Un carro de guerra sumerio... los tanques de la época. 

 

Las primeras herramientas de piedra fabricadas por nuestros ancestros más remotos, incluso en la prehistoria, eran tan rudimentarias que, subraya Keegan "no podían utilizarse como armas de caza, mucho menos como armas de guerra".

Fue apenas al comienzo del Neolítico, es decir, hace unos 10.000 años, que se produjo lo que Keegan denomina "una revolución en la tecnología armamentística". Surgieron cuatro "armas nuevas tremendamente poderosas": el arco, la honda, la daga y la maza.

Pero las armas solo ganaron en eficacia y letalidad con el dominio de los metales. Gradualmente, los soldados comenzaron a depender no solo de arcos, flechas, lanzas y piedras, sino también de espadas, dagas y escudos.

"La industria siderúrgica experimentó un avance significativo gracias a las guerras", recuerda Missiato.

Keegan señala que los materiales arqueológicos sumerios del tercer milenio a.C. muestran representaciones de soldados con capas y faldas "que parecen estar reforzadas con piezas de metal", en lo que habrían sido prototipos de armadura, "aunque debieron de ser muy ineficaces".

Las excavaciones han desenterrado además restos de cascos de metal que probablemente se llevaban sobre gorros de cuero.

"Los cascos están hechos de cobre, el primer metal no precioso con el que el hombre aprendió a trabajar", señala.

"Tiene poca utilidad militar, ya que se perfora fácilmente si se usa como protección corporal en su forma de hoja, y pierde rápidamente su filo si se golpea para convertirla en un arma".

Pero era solo cuestión de tiempo antes de que dominaran la técnica de combinar cobre con estaño para producir bronce duradero.

"A finales del tercer milenio, esta técnica ya estaba muy extendida, y en Mesopotamia, los metalúrgicos se dedicaban a inventar la mayoría de los métodos de su actividad, de los que todavía dependemos hoy en día, incluyendo la fundición de minerales, el moldeo, la unión y la soldadura", relata Keegan.

El hacha, por ejemplo, data de este período.

"Las espadas aparecen en la Edad de Bronce [entre el 3300 y el 1200 a. C.] y se popularizan con el dominio del metal", explica Lopes.

Para él, la "gran revolución militar" también data de esta Edad de Bronce. "Se trata del uso del caballo en el combate".

Inicialmente, no se utilizaban para montar. Los animales, generalmente en parejas, tiraban de carros de guerra: una plataforma con un conductor y un guerrero que normalmente empuñaba un arco para dispararle al enemigo.

"Solían arrasar; eran los tanques de aquella época", dice Lopes.

Además, "un arma de guerra muy eficaz era el terror. La práctica de decapitar soldados enemigos, por ejemplo, era extendida", dice Pozzer. "Era un elemento de terror psicológico".

 
Antes de Lagash y Umma
 
Las murallas de Jericó según la Biblia se desplomaron tras el toque de trompetas y el grito de los israelitas, como se relata en el Libro de Josué.
 

Pero más allá de los registros escritos, ¿qué se consideraría una guerra? ¿Qué definiría una guerra en tiempos más antiguos, diferenciándola de un conflicto aislado o de un desacuerdo más trivial, aunque violento, entre grupos humanos?

"Hay mucha arbitrariedad en la forma en que definimos una guerra", comenta Lopes.

"Estrictamente hablando, sería un conflicto letal con víctimas mortales entre dos grupos. Pero, de forma arbitraria, solo se considera guerra cuando hay enfrentamientos entre estados o dentro de organizaciones estatales."

Para Rudzit, el concepto sigue implicando un liderazgo reconocido, preparación para el combate, uso sistemático de la fuerza y ​​objetivos que van más allá de un solo incidente, "como conquistar territorio, controlar rutas comerciales, imponer impuestos o afirmar la autoridad política".

El historiador Missiato cree que, para que un conflicto pueda considerarse una guerra, debe tener aspectos tanto territoriales como políticos: la conquista del espacio y la dominación del enemigo.

Sin embargo, los arqueólogos confirman la existencia de violencia entre asentamientos humanos mucho antes del período del primer registro escrito de guerra. Esta evidencia es la invención de fortificaciones: las ciudades amuralladas más antiguas de las que se tiene constancia.

Este es el caso de Jericó, en el valle del río Jordán, en los actuales territorios palestinos.

En aproximadamente el año 8000 a.C., sus habitantes erigieron una torre -"intimidante", según Morris- y la muralla de ciudad más antigua descubierta por arqueólogos en cualquier parte del mundo.

No hay consenso entre historiadores y arqueólogos sobre si esta estructura tenía "funciones militares".

Keegan parece no tener dudas: "Tras las excavaciones en Jericó [el descubrimiento arqueológico data de la década de 1950], quedó claro que, al menos, la guerra -¿de qué servirían murallas, torres y fosos sin un enemigo fuertemente armado, bien organizado y decidido?- había comenzado a preocupar al hombre mucho antes del surgimiento del primer gran imperio", afirma el historiador.

Para él, este es el caso más impresionante, por tratarse de un muro continuo de tres metros de espesor en la base, cuatro metros de altura y unos 650 metros de circunferencia.

Señala que, el que estuviera hecha de piedra y no de arcilla indica un "programa de trabajo intenso y coordinado". Para el investigador, se trata de "una verdadera fortaleza fortificada, a prueba de todo excepto de un asedio prolongado".