Mostrando las entradas con la etiqueta Amor. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Amor. Mostrar todas las entradas

sábado, 3 de mayo de 2025

El Hombre que pagó ocho vacas por su Esposa

Son muchas las cosas que pueden transformar a una mujer. Algunas ocurren en su interior; otras, en el mundo circundante. Pero lo que más importa es lo que ella piensa de sí misma.

 
Cuento

Por Patricia McGerr



Cuando me embarqué rumbo a Kiniwata, una isla del Océano Pacífico, llevaba conmigo un cuaderno de notas. A mi regreso, lo traía lleno de observaciones acerca de la flora y la fauna del lugar, y las costumbres e indumentaria de los aborígenes. Pero la única anotación que todavía me interesa es la que dice: “Johnny Lingo le pagó ocho vacas al padre de Sarita”. Y no me hace falta ese recordatorio: cada vez que veo a una mujer menospreciar a su marido, o a alguna esposa humillada por el desdén de su cónyuge, me acuerdo de aquella anécdota. En tales ocasiones quisiera decirles a esas parejas: “Ojalá aprendieran de Johnny Lingo, el hombre que pagó ocho vacas por su esposa”.

Johnny Lingo no era exactamente su nombre, pero así le llamaba Shenkin, el administrador de la casa de huéspedes de Kiniwata. Shenkin era oriundo de Chicago, y acostumbraba americanizar los nombres de los isleños. A Johnny lo mencionaba mucha gente, a propósito de muchas cosas. Si deseaba yo pasar algunos días en la cercana isla de Nurabandi, Johnny Lingo me daría alojamiento. Si mi capricho era pescar, Johnny me conduciría adonde abundaran los peces. Si andaba yo en busca de perlas, él me traería las mejores, al mejor precio posible. Todos los habitantes de Kiniwata se referían a Johnny Lingo en forma encomiástica, y no obstante, al hacerlo sonreían de una manera un tanto burlona.


—Que Johnny Lingo le ayude a encontrar lo que usted quiere —me recomendó Shenkin—, y que él se encargue de regatear. Johnny sabe hacerlo bien.
—¡Ja! ¡Johnny Lingo! —exclamó un mozalbete que estaba cerca de nosotros, y soltó la carcajada.
—¿De qué se trata? —inquirí— Todo mundo me dice que vaya a Johnny Lingo, y luego se muere de risa. ¿Cuál es el chiste?
—¡Bah! A la gente le gusta reír —repuso Shenkin—, encogiéndose de hombros-. Johnny es el joven más fuerte y avispado de las islas. Además, considerando su edad, es el hombre más rico.
—Pero si es como usted dice, ¿de qué se ríen todos?
—De un pequeño detalle: hace cinco meses, cuando celebrábamos el festival de otoño, Johnny estuvo aquí y pidió la mano de una muchacha. ¡Pero le pagó al padre de ella nada menos que ocho vacas!

Ya conocía yo bastante las costumbres de las islas para que la noticia me impresionara. Con dos o tres vacas podía comprarse una esposa pasadera*, y con cuatro o cinco, una muy satisfactoria.

*Pasadera: Que goza de mediana belleza, aspecto o salud.

—¡Caramba! —exclamé— ¡Ocho vacas! Esa chica debe ser una beldad* como para dejar pasmado a cualquiera.

*Beldad: Mujer muy bella.

—No es fea —concedió Shenkin, con una leve sonrisa— Pero el más bondadoso de los hombres sólo podría decir de ella que es ordinaria*. Sam Karú, su padre, temía que se le fuera a quedar para siempre en casa.

*Ordinaria: Basta, vulgar, de poca estimación.

—¿Y recibió ocho vacas por ella? Es extraordinario, ¿no?
—Aquí jamás se había pagado tanto por una mujer.
—Pero dice usted que la mujer de Johnny es ordinaria.
—Dije que sería bondadoso describirla así. La pobre era flaca; andaba siempre con los hombros encogidos y con la cabeza agachada. Parecía que su propia sombra la espantaba.
—¡Vaya, pues!, el amor es ciego —comenté.
—Así es —convino Shenkin—. Y allí tiene usted por qué los isleños se ríen al hablar de Johnny. Les regocija  que el viejo pazguato* de Sam Karú le haya sacado ventaja al traficante más listo de las islas.

*Pazguato: Bobo, simple, tonto. Que se pasma o escandaliza de lo que ve u oye.

—¿Pero cómo pudo suceder eso?
—Nadie lo sabe, y todo el mundo se lo pregunta. Sus primos apremiaban a Sam para que pidiera tres vacas por Sarita y se negara a aceptar menos de dos, hasta que Johnny le diera una. Y así las cosas, Johnny se le presentó y le dijo: “Señor padre de Sarita, le ofrezco ocho vacas por su hija”.
—¡Ocho vacas! —murmuré— Me gustaría conocer a ese Johnny Lingo.

Yo quería pescar, y hacerme de algunas perlas. Así pues, a la tarde siguiente salté de mi barquilla en la playa de Nurabandi. Observé que cuando preguntaba cómo llegar a la vivienda de Johnny, su nombre no hacía asomar a los labios ninguna sonrisa maliciosa. Y cuando conocí a aquel joven delgado, serio, que amablemente me invitó a pasar a su casa, me complació ver que su gente lo trataba con un respeto ajeno a toda ironía. Nos instalamos en su vivienda, y charlamos un rato. Johnny me preguntó:

—¿Viene usted de Kiniwata?
—Así es.
—¿Hablan de mí en esa isla?
—Me han dicho que usted puede ayudarme a conseguir cualquier cosa que yo desee.

Johnny sonrió y continuó:
—Mi esposa es de Kiniwata.
—Sí, ya lo sé.
—¿Hablan de ella?
—Un poco…
—¿Qué dicen?
—Pues… nada… este… —la pregunta me descontroló—. Que se casaron por los días del festival.
—¿Nada más?

La curvatura de sus cejas me indicó que él bien sabía que me habían comentado algo más.

—Dicen que el convenio matrimonial se celebró mediante el pago de ocho vacas —hice una pausa— Y se preguntan por qué.
—Ah, ¿sí? —los  ojos de Johnny chispearon de placer—.  ¿Toda la gente en Kiniwata sabe lo de las ocho vacas?

Asentí con la cabeza.

—Y también en Nurabandi lo saben todos —declaró Johnny, el pecho rebosante de satisfacción—. En lo sucesivo, cuando se hable de convenios matrimoniales, siempre se recordará que Johnny Lingo pagó ocho vacas por Sarita.
—¡Ah!, pensé. He ahí la explicación: vanidad.

Entonces la vi. Entró en la habitación y puso sobre la mesa unas flores. Se quedó quieta un momento, le sonrió al joven que estaba junto a mí, y se fue en seguida, ligera. Era la mujer más hermosa que yo haya visto jamás. Sus hombros airosos, su mentón erguido, sus ojos fulgurantes: todo expresaba un orgullo al cual tenía derecho indiscutible.

Me volví hacia Johnny Lingo y noté que me estaba observando.

—¿La admira usted? —susurró.

—Sí… es gloriosa. Pero no es Sarita, la de Kiniwata.

—Sólo hay una Sarita. Aunque tal vez su aspecto no es el que dicen en Kiniwata que tenía.
—No, por cierto. Allá aseguran que no es bonita, y se ríen de que usted se haya dejado timar por Sam Karú.
—¿Cree usted que ocho vacas hayan sido demasiado? —me preguntó con una leve sonrisa.
—No; yo no. Pero, ¿cómo es posible que Sarita sea tan diferente?
—¿No ha pensado usted nunca —inquirió Johnny— en lo que significará para una mujer saber que su marido pagó por ella el precio más bajo? Cuando las mujeres hablan, se jactan de lo que su esposo dio por ellas. Una cuenta que fueron cuatro vacas; otra, que seis. ¿Cómo se sentirá la que fue entregada por uno o dos animales?  Yo no quería que eso le pasara a mi Sarita.
—¿Lo hizo usted, entonces, para que su mujer se sintiera feliz?
—Sí; quería hacerla feliz. Pero fue algo más que eso. Dice usted que se ve diferente; pues lo es en verdad. Son muchas las cosas que pueden transformar a una mujer. Algunas ocurren en su interior; otras en el mundo circundante. Pero lo que más importa es lo que ella piensa de sí misma. En Kiniwata, Sarita creía que no valía nada; ahora, sabe que vale mucho más que cualquier mujer del archipiélago.
—Así, pues, Johnny, lo que usted deseaba…
—Lo que yo deseaba era casarme con Sarita. La amaba entre todas las mujeres.
—Pero… estaba empezando a comprender.
—Pero —concluyó Johnny reposadamente—, deseaba tener una mujer que valiera ocho vacas.
 

 © 1965 por Patricia McGerr. Condensado de “Woman’s Day” (Noviembre de 1965), de Nueva York, Nueva York.

Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo XCVI, Número 570, Año 48, Mayo de 1988, páginas 84-88, Reader’s Digest Latinoamérica, S.A., Coral Gables, Florida, Estados Unidos

Las  notas con asterisco son mías.

domingo, 23 de marzo de 2025

Un teléfono en nuestro destino

Una increíble casualidad, y precisamente lo que necesitaban

Por Thom Hunter
 

MI ESPOSA LISA y yo publicábamos con grandes trabajos en un pequeño periódico semanal. Yo escribía y ella vendía anuncios.
A menudo trabajábamos hasta pasada la medianoche, mientras el pueblo, incluidos nuestros hijos, dormía. 

Una de esas noches nos metimos en la cama tardísimo, para levantarnos unas horas después. Me comí un plato de cereal y bebí un refresco grande, y luego emprendí el viaje a la capital del estado, pues tenía que ir a la imprenta. Lisa vio que nuestros cinco hijos se vistieran, y mandó a los tres mayores a la escuela con las bolsas del almuerzo. Yo estaba tan cansado que no debí haber conducido, y mi esposa estaba tan cansada que no debía haber hecho nada.

“La temperatura es de 21 grados centígrados, y el sol brilla en todo su esplendor״, dijo alegremente un locutor por la radio. “¡Otro hermoso día!״ No le hice caso.

Pero de lo que sí tuve que hacer caso fue de las consecuencias de beber un refresco grande. Me di cuenta de que no llegaría a tiempo a la ciudad, así que me detuve en una parada de descanso, a unos cuantos kilómetros de la casa.

Mientras tanto, Lisa, molida como estaba, empezó a llamar a las empresas de servicios para explicar nuestro atraso en los pagos y suplicar que se nos diera un día más de agua caliente y aire acondicionado.
Buscó el número de la compañía de luz y lo marcó… o al menos creyó que lo hacía.

Al bajar del auto en la parada de descanso oí sonar el teléfono público. Yo era la única persona que estaba ahí, pero de todos modos miré a todos lados.

Pensé que tenía que ser el más equivocado de todos los números equivocados. Después me escuché a mí mismo decir: ¿Por qué no? Así que caminé hacia el teléfono y levanté el auricular.

ꟷHola ꟷdije. 
Silencio. Luego, un grito:
ꟷ¿Thom? ¿Qué diablos estás haciendo en la compañía de luz?
ꟷ¿Lisa? ¿Por qué llamas a un teléfono de la carretera? 

Pasamos por toda una gama de exclamaciones, desde: “¡No lo puedo creer!״ hasta “¡Esto es algo en verdad sobrenatural!״

Seguimos hablando. A las exclamaciones siguió la conversación; una charla real, sin prisas y sin interrupciones… la primera en mucho tiempo. Hablamos incluso de la cuenta de luz. Le aconsejé a Lisa que durmiera unas horas, y ella me dijo que usara el cinturón de seguridad y que tomara menos refresco.

Aun así, yo no quería cortar la comunicación. Habíamos compartido una experiencia maravillosa. Los números de la compañía de luz y del teléfono público diferían sólo por un dígito, pero el hecho de que yo estuviera allí cuando Lisa llamó había sido tan improbable que se lo atribuimos a Dios. Él sabía que esa mañana cada uno de nosotros necesitaba, más que nada en el mundo, escuchar la voz del otro. Él nos puso en contacto.

Aquel telefonazo fue el principio de un cambio sutil en nuestra familia. Ambos nos preguntamos cómo era posible que nos hubiéramos enfrascado tanto en nuestro trabajo que dejáramos que una desconocida acostara a nuestros hijos. Y cómo había podido yo sentarme a desayunar sin decir siquiera buenos días. 

Dos años después ya habíamos dejado atrás el negocio que dominó a tal grado nuestra vida, y yo tenía un empleo nuevo… en la compañía de teléfonos. Que nadie me diga ahora que Dios no tiene sentido del humor.

 

Condensado de Those No-So-Still Small Voices״, © 1993 por Thom Hunter, Publicado por Navpress, de Colorado Springs, Colorado.

Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo CIX, Número 653, Año 55, Abril de 1995, págs. 41-42, Reader’s Digest Latinoamérica, S.A., Coral Gables, Florida, Estados Unidos



Nota.- 21 grados centígrados = 69,8 grados Fahrenheit.