Mostrando las entradas con la etiqueta Holocausto. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Holocausto. Mostrar todas las entradas

viernes, 27 de enero de 2023

El "Holocausto Olvidado" perpetrado por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial

Por Swaminathan Natarajan

BBC World Service

 

"¿Por qué querían matarnos? ¿Por qué nos mataron?".

Esas son las preguntas que se hace Hinta Gheorghe, un sobreviviente del holocausto del pueblo romaní de 83 años.

Con 2 años, fue llevado a un campo en Transnistria, un territorio entre los ríos Dniéster y Bug, administrado por Rumania entre 1941 y 1944.

"No tengo muchos recuerdos del viaje en sí, pero me marcó para siempre", le dijo Gheorghe a la BBC a través de su sobrina nieta, Izabela Tiberiade.

 Aproximadamente 11 millones de personas fueron asesinadas por los nazis. Cinco millones de los fallecidos no eran judíos.

 Los historiadores estiman que entre 250.000 y 500.000 gitanos fueron asesinados durante el Holocausto. Pero estas víctimas permanecen casi olvidadas.

Los nazis creían que los alemanes eran arios y por lo tanto la "raza superior".

Algunas personas eran indeseables según los estándares nazis, ya fuera por sus orígenes genéticos o culturales, o por su estado de salud. 

 En estas categorías eran puestos los judíos, los gitanos, los polacos y otros eslavos, así como personas con discapacidades físicas o mentales.

Otras víctimas incluyeron testigos de Jehová, homosexuales, clérigos disidentes, comunistas, socialistas, 'asociales' (un término usado por los nazis para categorizar a un grupo de personas que no se ajustaban a sus normas sociales) y otros enemigos políticos.

 

 Campos de la Muerte

 "Mi madre perdió varios hijos durante el viaje en esos trenes para ganado. Y creo que una parte de ella permaneció allí para siempre, incluso después de muchos años, cuando todo era solo un recuerdo", cuenta Gheorghe.

"Comprendimos lo que estaba pasando en el campo incluso antes de que llegáramos allí. Muchos murieron en el camino. Había demasiada gente en pequeños trenes, diseñados para el transporte de ganado".

La llamada "Oficina Central para la Lucha contra el Estorbo Gitano" fue creada en junio de 1936 por los nazis. Ubicada en Múnich, se encargó de "evaluar los hallazgos de una investigación racial-biológica" sobre los sinti y los romaníes.

Para el año 1938, los sinti y los romaníes ya estaban siendo deportados a campos de concentración.

Al igual que los judíos, fueron privados de sus derechos civiles. A los niños se les prohibió asistir a las escuelas públicas y a los adultos les resultó cada vez más difícil mantener o asegurar un empleo.

Los romaníes, un pueblo nómada que se cree que procedía del noroeste de la India, estaban formados por varias tribus o naciones.

 La mayoría de los romaníes que se habían asentado en Alemania pertenecían a la nación sinti. Habían sido perseguidos durante siglos. El régimen nazi continuó la persecución al considerarlos asociales y racialmente inferiores a los alemanes.

"Nadie se preocupaba por nosotros pero, al mismo tiempo, nos odiaban tanto", recuerda Gheorghe.

  

El campamento gitano en Auschwitz

En 1943, se asignó un gran área del complejo de campos de Auschwitz-Birkenau para albergar a los romaníes deportados.

Se estima que el número de prisioneros era de alrededor de 23.000. Muchos se convirtieron en víctimas de experimentos médicos. Otros murieron de agotamiento o fueron asesinados en las cámaras de gas.

El campo se disolvió en agosto de 1944, pero la mayoría de sus prisioneros fueron asesinados o trasladados a otros campos. Al final, al menos 21.000 hombres, mujeres y niños murieron ahí.

Cuando Hinta Gheorghe y los sobrevivientes de su familia regresaron del campo de exterminio después de tres extenuantes años, encontraron que sus hogares en Rumania habían sido destruidos u ocupados por otras personas.

"Nos deshumanizaron. Y lo peor es que todavía nos despojan de nuestra historia. Muchos niños hoy en día no tienen ni idea de lo que pasó, solo escuchan canciones de abuelas viejas que recuerdan y lloran mientras cantan".

"Nuestras canciones transmiten el sufrimiento, las condiciones insoportables en el campo, que fueron devastadoras. La suciedad, el hambre, el frío, los refugios inhóspitos [...] el hacinamiento que crea enfermedades lentas y dolorosas".

 

Prejuicios arraigados 

Barbara Warnock, curadora de la Biblioteca del Holocausto Wiener ubicada en Londres, dice que la exclusión social existente y la discriminación hecha política oficial dentro de la sociedad alemana hicieron mucho más fácil que los nazis atacaran a la comunidad romaní.

"Al principio fue una especie de continuación de las medidas y actitudes perjudiciales ya existentes. Los nazis se basaban en la legislación existente. Los romaníes eran un grupo bastante marginado dentro de Alemania", dice Warnock.

También señala que hay una falta de registros oficiales sobre los romaníes durante la Segunda Guerra Mundial.

"Hay mucha incertidumbre sobre los números. Algunos fueron asesinados en campos de exterminio, muchos murieron en ejecuciones masivas, particularmente en territorios soviéticos. El ejército alemán fue seguido por los Einsatzgruppen (escuadrones de la muerte paramilitares de la Alemania nazi) y los colaboradores locales participaron en la cacería masiva".

Inmediatamente después de la guerra, muchos de los principales jefes nazis fueron capturados y juzgados por tribunales militares y en los Juicios de Núremberg.

En estos casos, nadie fue acusado de matar a un gitano. Los nazis solían afirmar que "los romaníes que arrestaban eran criminales".

 

Miedos renovados 

Para Gheorghe, la discriminación que él y su comunidad enfrentaron en el país como "extranjeros" no se limitó al régimen nazi.

Después de la caída del comunismo soviético, Gheorghe se fue de Rumania a Alemania.

Pero pocos meses después de su llegada, se vio envuelto en un brutal ataque xenófobo en 1992, conocido como los disturbios de Rostock-Lichtenhagen, en agosto de aquel año.

 Fue la peor violencia derechista en Alemania desde la Segunda Guerra Mundial. Los extremistas atacaron a los inmigrantes arrojando piedras y cócteles molotov contra un bloque de apartamentos donde vivían solicitantes de asilo.

"Qué triste que el sucesor del pueblo que trajo tanto sufrimiento haya llevado a cabo los mismos actos. Nuestros hijos merecen algo mejor que el odio y la ira", señala Gheorghe.

 

Nueva generación 

Los descendientes de las víctimas olvidadas del Holocausto también se interesaron más en el sufrimiento de sus antepasados.

La sobrina nieta de Hinta Gheorghe, Izabela Tiberiade, ni siquiera había nacido cuando su familia enfrentó nuevos ataques inspirados en la ideología neonazi.

En la escuela estudió sobre la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto, pero se omitieron los sufrimientos de los gitanos, señala.

Fue en casa, en Rumania, donde supo más. Decidida a buscar justicia, decidió estudiar Derechos Humanos y Derecho Internacional. "Solían contar historias que nuestras nuevas generaciones no podían comprender", le dice Tiberiade a la BBC.

"Descubrí que mis abuelos, tíos y muchos otros compartieron la misma experiencia. Fueron deportados a campos de exterminio, solo porque eran romaníes".

"Las nuevas generaciones no tienen acceso a la información, hay falta de representación y los jóvenes rara vez se conectan con su pasado y sus raíces. Algunos incluso consideran que ser gitano es malo", lamenta.

Ahora Tiberiade trabaja para una organización de jóvenes romaníes, Dikh he na bsiter (que se traduce como "Mira y no olvides"), cuyo objetivo es conmemorar y concienciar sobre lo que le sucedió a la comunidad romaní durante el Holocausto.

La joven quiere que los romaníes de las nuevas generaciones y otros aprendan más sobre el Holocausto. Espera que esto "haga que otros vean a su comunidad con mucha más empatía".

También hay esfuerzos internacionales.

En 2015, un informe de Naciones Unidas pidió un compromiso político firme y tangible para luchar contra los prejuicios y la discriminación que siguen vulnerando los derechos del pueblo gitano.

El Parlamento Europeo también aprobó observar el Día Europeo de Conmemoración del Holocausto Romaní en 2015. Se conmemora el 2 de agosto. Los romaníes también son recordados junto con otras víctimas durante el Día Internacional de Conmemoración del Holocausto.

"No podemos cambiar mucho de la noche a la mañana. Se necesita tiempo, determinación y mucho esfuerzo. Necesitamos aceptación y tolerancia", dice Tiberiade.

"Necesitamos celebrar nuestra cultura, historia e idioma juntos. Necesitamos dejar de hablar unos de otros. Y hablar entre nosotros".

Desde Craiova, la localidad en Rumania donde Gheorghe vive ahora, el sobreviviente del Holocausto dice que tiene un deseo: "Quiero que todos los jóvenes romaníes asistan a la escuela y aprendan y logren todo lo que nosotros nunca tuvimos oportunidad de hacer".


 Fuente:

Holocausto Olvidado 

 

lunes, 30 de mayo de 2016

Ángel de los Perseguidos

                             
Durante casi dos años, en Polonia, una joven protegió a 13 judíos de la amenaza nazi

Por Thomas Fleming

CUANDO LLAMARON a la puerta, Stefania Podgorska sintió mucho miedo. Acababa de acostar a su hermanita Helena. Corría el año de 1942, y la parte suroriental de Polonia había formado parte del imperio de Hitler desde hacía más de tres años. Przemysl, ciudad de más de 50,000 habitantes, estaba llena de agentes de la Gestapo y de soldados alemanes en camino al frente ruso.

La rubia y hermosa joven de 19 años había sentido más de una vez cómo la miraban esos hombres cuando entraba en la casa donde su hermana de ocho años y ella vivían solas. Su padre había muerto antes de la guerra, y a su madre y su hermanos los habían deportado a Alemania, a hacer trabajos forzados. Para mantenerse a sí misma y a su hermana, Stefania operaba una máquina herramienta en una fábrica de la localidad.

Con el corazón desbocado, entreabrió la puerta. Apoyado en el marco estaba un hombre robusto, maltrecho y cubierto de  lodo, que le dijo en voz baja:
-Fusia, necesito ayuda.

Fusia. Sólo sus amigos más cercanos la llamaban así. En ese momento lo reconoció; era Josef Burzminski, de 27 años, hijo del matrimonio en cuya casa trabajaba Stefania cuando los alemanes ocuparon Przemysl.
 
Hacía unos meses que los nazis habían conducido a la familia al ghetto, junto con los otros 20,000 judíos de la ciudad. Antes de marcharse, los esposos le pidieron a Stefania, en quien confiaban plenamente por considerarla una buena amiga, que se quedara en la casa y la cuidara.

Stefania ayudó a Josef a sentarse en una silla. Y él le pidió:

-¿Puedo quedarme una noche? Te juro que me iré mañana, Fusia. No quiero comprometerte.

La muchacha se esforzó por dominar el terror que se había apoderado de ella. Los alemanes habían puesto avisos por toda la ciudad amenazando con ejecutar a cualquier persona que ocultara judíos. Stefania quería tenderle la mano a ese hombre desesperado, pero, ¿debía arriesgar no sólo su vida, sino también la de su hermana?

Sin embargo, sabía lo que tenía que hacer. Además de una profunda fe religiosa, debía a sus padres, y en particular a su madre, Katarzyna Podgorska, un claro sentido del bien y el mal.

Stefania volvió  los ojos a la recámara, donde había una pintura de la Virgen. Era la misma que se había encontrado un día en una feria, cuando tenía nueve años, y que le había rogado a su madre que le comprara. Desde entonces, todas las noches, cuando rezaba, aquel semblante sereno le infundía paz y fortaleza.

Debes hacerlo, le aconsejó una voz interior. La chica le tocó a Josef una mejilla lastimada, y le dijo:

-Claro que puedes quedarte.

MIENTRAS STEFANIA preparaba té, Josef  le contó que la SS había arrasado el gueto, obligando a sus padres y a muchos más a subir a los vagones de carga de un tren que partió rumbo a los campos de exterminio. A Josef y a uno de sus hermanos los metieron en otro tren. Cuando este arrancaba, el muchacho logró cortar con una navaja el alambre de púas de una estrecha y alta ventana del vagón. Haciendo pasar por la abertura su cuerpo musculoso y bajo de estatura, cayó al suelo con fuerza terrible y perdió el conocimiento.

Cuando volvió en sí se encaminó  con paso vacilante a Przemysl, siguiendo la vía del tren y ocultándose en el bosque.

-No se me ocurrió otro lugar a dónde ir –le explicó a Stefania, mientras engullía agradecido el pan que ella había puesto frente a él.


DOS SEMANAS DESPUÉS, Josef había recuperado las fuerzas y estaba listo para irse. Regresó subrepticiamente al gueto y encontró a Henek, su hermano menor, y a la esposa de Henek, Danuta, muriéndose de hambre .También encontró en condiciones terribles al doctor William Shylenger, un viejo amigo de su familia, a Judy, hija del doctor, a un dentista viudo de casi 60 años, amigo del médico, y al hijo del dentista, de 20 años.

Josef sobornó a un impresor para que le hiciera una tarjeta de identidad falsa, con la que pudo moverse por toda la ciudad y, con la ayuda de Stefania,  llevar alimentos a los otros. Pero después de que perdió la tarjeta y tuvo que golpear a un agente de la SS que lo detuvo, el recio y osado judío comprendió que aquel juego no podía continuar. Y fue a la casa de Stefania.

-Fusia –le dijo-: ¿puedes escondernos? Sin tu ayuda estamos perdidos.

 La muchacha pensó por un momento que Josef había enloquecido, y respondió:

-No puedo meter a toda esa gente bajo mi cama cada vez que alguien llame a la puerta.

-Tienes que encontrar una casa donde puedas ocultarnos a todos –le propuso Josef.

Stefania sabía que su hermana y ella podían morir si seguía protegiendo a ese hombre, pero también sabía que, si lo abandonaba, moriría en espíritu. Entonces se decidió.

-Si encuentro la casa, lo haré.

Buscó y dio con el número 3 de la calle Tatarska, una casita bastante independiente de las próximas, con dos habitaciones, cocina y ático. Después de consultar con Josef  la tomó en alquiler, la limpió y puso en las ventanas cortinas oscuras para que nadie pudiera mirar hacia dentro.

Los prófugos empezaron a llegar. Primero Josef y el hijo del dentista. Después el doctor Shylenger y su hija, seguidos por el dentista, un hombre serio y de barba que lloró de alivio al verse a salvo.

No acabaron de instalarse cuando llegó una nota de una amiga del dentista, una viuda que seguía en el gueto y que deseaba que la acogieran junto con su hijo y su hija. La nota daba a entender que si se negaban, ella podría denunciarlos. Enojada, Stefania accedió.

Después el dentista le suplicó a Stefania que permitiera que se sumaran al grupo su sobrino y la esposa de éste, quienes hasta el momento estaban escondidos en un edificio abandonado. Más adelante llegaron Henek y Danuta.

El último fue un cartero judío que se había enterado de lo que pasaba en aquella casa. Stefania aceptó una vez más, aunque con ese hombre aumentó a 13 el número de refugiados. Que hizo bien quedó terriblemente claro cuando todos los judíos que quedaban en el gueto de Przemysl fueron enviados a campos de exterminio.

STEFANIA compró unos tablones con los que Josef construyó en el ático una pared falsa. Tras la puerta, muy ingeniosamente disimulada, apenas había espacio para que durmieran las 13 personas.
Apenas había terminado Josef el trabajo cuando Stefania llegó con una aterradora noticia:

-¡En la casa de al lado vive un hombre de la SS!

El miedo de hacer ruido fue aún mayor.


UNA FRÍA MAÑANA el dentista anunció:
-Tenemos un caso de tifo.

La viuda había enfermado. Trataron de aislarla para evitar que los demás se contagiaran. La fiebre le subió mucho.    

Stefania entró en su habitación, se arrodilló ante la imagen de  la Virgen y oró: Por favor, sálvanos. No por mí, sino por Helena.

Cuando se volvió vio en la puerta a Josef, que le preguntó:

-¿Fue escuchada tu oración?

-Sí –le aseguró la joven, muy serena-. Estaremos bien. Los alemanes no vendrán.

Semanas después se presentó una nueva dificultad para los prófugos: se estaban quedando sin dinero para comprar víveres.

-Vamos a tener que ganarnos el pan con nuestras manos –propuso Stefania.

Al día siguiente, durante la hora del almuerzo en la fábrica, empezó a tejer un suéter con el estambre de otro que  había desbaratado en la casa. Una compañera le preguntó si le podía hacer uno a ella, por dinero.

-Claro que sí –aceptó Stefania.

Pronto tuvo más de diez pedidos. En el número 3 de la calle Tatarska se trabajaba noche y día. Los agradecidos compradores nunca se dieron cuenta de la enorme cantidad de prendas tejidas que la joven era capaz de entregar.

A fines de 1943, Stefania oyó rumores de que los alemanes estaban perdiendo la guerra y retirándose. Josef le aconsejó que no abrigara demasiadas esperanzas.

-Todavía no se han ido, y es posible que se vuelvan más feroces al sentirse derrotados.

Una mañana, cuando Stefania salía a trabajar, se oyó una sirena de la policía. A unas manzanas de distancia, la joven vio cómo unos agentes de la SS rodeaban una casa y sacaban a unos aterrorizados judíos y la familia polaca que los había escondido, y los arrojaban contra una pared.

-¡Fuego! –gritó el comandante, y las víctimas cayeron acribilladas por las balas.

Stefania, aturdida, se quedó mirado los cadáveres sangrantes. Después no pudo dormir bien durante varias semanas. Y una noche de regreso en su domicilio, se preguntó cuánto más podría resistirlo.

  Al entrar en la casa vio a Helena, que jugaba al escondite con Josef y algunos de los otros. Los ojos de la niña brillaron cuando pasó corriendo y dijo:

-¡Ahora sí te voy a encontrar, Josef!

Stefania sintió que esa gente era su familia. No podía abandonarlos.


-¡ALLÍ VIENE LA SS! –anunció un día, meses más tarde, la persona que vigilaba desde una ventana.
Los prófugos corrieron a esconderse en el ático, y Stefania abrió la puerta.

Un oficial le informó secamente que disponía de dos horas para desalojar la casa.

-¿Por qué?-preguntó ella-. ¿De qué se me acusa?

-El ejército va a instalar un hospital aquí enfrente, y necesitamos esta casa para que sea dormitorio de enfermeras. Cuando el oficial se fue, Stefania corrió a preguntarle a Josef qué podían hacer.

-Helena y tú deben irse inmediatamente y esconderse en el campo –dijo él.

-¿Y ustedes?

-Moriremos peleando.

-Antes de que hagamos nada –replicó Stefania-, voy a rezar pidiendo ayuda.

-Vamos a rezar todos –propuso Josef, quien desde su escapatoria del tren había sentido cada vez más claramente la mano protectora de Dios.

Todos se dirigieron a la habitación de la joven, y se arrodillaron.

Hacía mucho tiempo, la Virgen de Czestochowa había prometido proteger a Polonia de sus enemigos. Stefania se concentró y le rogó a la Virgen que la histórica promesa incluyera a su familia judía.

Le pareció que una voz bondadosa le decía: No se vayan. No tienen nada que temer. Manda a los trece al ático; luego abre las ventanas y limpia la casa como si pensaras quedarte. Canta mientras trabajas.

Ya tranquila, Stefania le pidió a Josef que llevara a todos al ático.

-No los voy a dejar –les aseguró. Estaremos bien.

Luego, Helena y ella abrieron las ventanas y se enfrascaron en una limpieza general de la casa. Al rato volvió el oficial de la SS para decirles:

-No tienen que irse. Sólo necesitamos una habitación para dos de nuestras enfermeras.

¿Se habrían salvado? ¿Cómo iban a sobrevivir con dos alemanas bajo el mismo techo?

Una semana más tarde llegaron las enfermeras. Pasaban casi todo el día en el hospital, pero por la noche llevaban frecuentemente soldados alemanes a la casa y armaban ruidosas francachelas en su habitación.

Los prófugos eran presa del terror y la tensión, Una tarde, las enfermeras llegaron antes de lo acostumbrado, acompañadas por dos soldados armados con rifles. Los cuatro hablaban en voz baja. De pronto, una de las mujeres subió la escalera de mano que conducía al ático.

Josef, oculto tras la pared falsa, oyó pasos y les hizo a los demás una señal de que se quedaran inmóviles. Por un agujerito vio aparecer la cabellera rubia de la enfermera. La mujer miró a su alrededor y frunció el entrecejo. Momentos después, los cuatro alemanes salieron de la casa. El escondite había pasado su prueba de fuego.

Al día siguiente, en su trabajo, Stefania se topó con un problema nuevo: el gerente anunció que la fábrica iba a ser desmantelada para reinstalarse en Alemania. El salario de la muchacha se convirtió en humo.

Todos se pusieron a tejer con más empeño que nunca. La venta de un suéter les daba apenas lo suficiente para comer tres días, y el mercado para sus productos no era constante. Pasaban días sin que pudieran llevarse nada a la boca.

Un día, una de las enfermeras volvió corriendo del hospital.

-¡Nos vamos a Alemania! –le dijo a Stefania-. Y tú vienes con nosotros. Necesitamos una criada.

Otra vez se vislumbraba un desastre. Josef, temeroso de lo que pudiera pasarle a su benefactora si se negaba, habló de nuevo de luchar hasta la muerte. Ella sólo movió la cabeza en señal de desacuerdo.
Hizo una maleta, vistió a Helena con su mejor ropa y platicó alegremente con las enfermeras sobre lo mucho que la entusiasmaba el viaje. Cuando las alemanas ya habían subido al camión que llegó a recogerlas, el chofer llamó con la bocina a Stefania, pero ella simplemente dio media vuelta y se alejó diciendo:

-Cambié de opinión. No voy.

Las enfermeras la amenazaron a gritos, pero el chofer tenía prisa y arrancó. Stefania corrió muerta de risa a la casa, y allí abrazó a Josef y comentó:

-Si hubieran querido obligarme a ir les habría propinado un buen puñetazo.

Poco después empezó a oírse ruidos de artillería por las calles. Y una mañana, Josef, que estaba de vigía, de pronto anunció:
-¡Vienen unos alemanes!

Por la calle Tatarska caminaban cansadamente tres maltrechos miembros de las antes victoriosas armadas nazis. Esos fueron los últimos enemigos que vieron los prófugos.

Por fin, cuando ya no tuvieron dudas de hallarse a salvo, bajaron del ático y salieron a la calle. Se veían muy estragados.

-¡Se fueron los alemanes! -dijo Josef, riendo.

En todos los rostros había sonrisas de alegría. Los moradores de aquella casa de la calle Tatarska se abrazaron. Josef apretó a Helena entre sus brazos, para luego hacerlo más largamente con la heroica Stefania.


En 1945, unos meses después de terminada la guerra Josef Burzminski le propuso matrimonio a Stefania. Ella bromeó:

-Me pediste que te permitiera quedarte una noche. ¿Ahora quieres que sea toda la vida?

La pareja emigró a Estados Unidos en 1961, y Josef abrió en las afueras de Boston un consultorio dental. Allí criaron a su hijo y a su hija. Helena se casó, se recibió de médica y actualmente ejerce en la ciudad de Breslau, Polonia.

En 1993, Stefania y Josef asistieron a la inauguración del Museo del Holocausto, en Washington, D.C., a la cual asistieron también los jefes de Estado de Israel, Polonia, Estados Unidos y muchos otros países. Ese acto sirvió para recordar que, aun en medio del mayor mal causado por el ser humano, puede haber muchísimo bien.



Fuente:

Revista Selecciones del Reader’s Digest, Reader’s Digest Latinoamérica, Abril de 1995, tomo CIX, núm. 653, pp. 112-118


Nota: .Si me indican que puedan existir problemas por derechos de autor borraré el artículo.