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lunes, 11 de agosto de 2025

Un gato venido a menos

 


¿Quién era aquel excéntrico visitante nocturno, aquel furtivo felino que tenía siniestra facha de un traicionero doble agente?
 

Por Franklin Russell


Los ojos que con insana fijeza miraban a través de la ventana del dormitorio hicieron gritar a Jackie, mi esposa. El viento y la lluvia de una tormenta invernal azotaban la ciudad, sumida en tinieblas.

Mientras me incorporaba sobresaltado en la cama, la cara de la ventana desapareció de pronto, allá, abajo. Oímos un ronco y fuerte chillido en el patio, y tintineaban los muebles metálicos.

Jackie y yo bajamos corriendo por las escaleras del frente, mientras nuestros dos hijos, Michael y Alexander, se precipitaban ruidosamente por las escaleras de atrás. Nos reunimos todos en la puerta del frente y la abrimos.

Allí estaba, con una pata alzada a medias, el gato de aspecto más diabólico que haya yo visto: flaco como un fideo; su cola absurda, delgada como mi dedo meñique, remataba en una espesa bola de pelo en la punta. Pero lo que más me impresionó fue aquella cara, de mirada tan maliciosa y como de reojo.
Alexander, de cinco años, lo etiquetó enseguida: 
—¡Es un minino espía!
Michael, que ya tiene 13, lo describió con más precisión:
—¡Ese es un espía fracasado!

A todas luces el gato, había participado en algún caso muy peliagudo. Tenía el pelaje empapado y salpicado de lodo. Con una sacudida y un maullido ―gruñido que después descubrimos servía para todo, pues lo mismo indicaba placer que disgusto―, me hizo seguirlo después de atravesar la sala, hasta la cocina. Allí metió una pata como gancho, sucia de lodo, en el reborde de la puerta del refrigerador, y la abrió de un tirón.

Al saltar dentro, volcó una botella llena de leche. Esto lo asustó a tal grado, que saltó hacia arriba, desenganchó la bandeja superior y derribó cuanto allí había sobre su cabeza. Lanzó su inolvidable chillido, y a duras penas logró salir de este lío.

Silvestre —como lo llamó Alexander, por su parecido con el personaje de una caricatura de la televisión— no era un animal cualquiera. Se colaba furtivamente en todas las habitaciones, temblando. Se escurría dentro de los roperos y alacenas, y se metía en los cajones. Mientras nos desayunábamos oíamos los ruidos sordos, golpes metálicos y estrépitos que pregonaban su descubrimiento: no deseaba estar adonde se había metido. Y seguía metiéndose en el refrigerador. Tras una semana de volver a poner las cosas en su sitio, una y otra vez, decidí cerrar esa puerta con un alambre.

No sé cómo, Silvestre se las ingenió un día para soltar el agua del excusado del piso alto, y corrió escaleras abajo, empapado y corriendo como loco. Al hacer una revisión secreta de la aspiradora, la puso en acción y, en su desesperado salto para evitar que lo tragara la máquina infernal, derribó del aparador toda la vajilla de plata.  Me acostumbré tanto a sus carreras por las escaleras, hacia arriba o hacia abajo, huyendo de cualquier cosa que lo persiguiera, que empecé a caminar arrimado a la pared.

Los niños estaban encantados con su nuevo compañero. Michael descubrió la pasión de Silvestre por el caviar, señal evidente de que era un espía que había conocido tiempos mejores, más clásicos. Con el tiempo, tuve que colocar una cerradura en la alacena para evitar que Michael acabara con la modesta provisión de delicias gastronómicas que guardaba mi esposa.

Silvestre era amistoso con los niños, quizá porque comprendía que, hasta ahora, ningún agente soviético se ha disfrazado de niño.

Cuando los muchachos se iban a la cama, los seguía, sacudiéndose y gimiendo. Apartaba las ropas de cama y se metía a hurtadillas en los lechos. Trataba de meterse debajo de los pies de los niños. Allí, al parecer, sentía cierta seguridad.

Al cabo de varias semanas, nos preguntamos al fin por qué teníamos que soportarlo.

Jackie, que a acababa de perder varios vasos de fino cristal, dejados unos segundos cerca del fregadero para que se secaran, señaló: ʺMiren: es adorable y todo lo que ustedes gusten, pero yo digo que su lugar está afuera. No me importa quién esté persiguiéndoloˮ.

Estuve de acuerdo con ella. Aunque seguíamos alimentándolo, Silvestre sólo tenía afuera una misión: regresar adentro. Nos hicimos fuertes ante su cara de víctima que nos miraba desde las ventanas. Pero una noche en que teníamos invitados a cenar, vi que se instalaba en el antepecho de la ventana, y sospeché que algo tramaba.  La expresión de su rostro era dura; decidida.

Nos dejó terminar la sopa, y entonces empezó un maullido de angustia. Todos los invitados se quedaron pasmados con los tenedores en el aire. Al punto, Silvestre empezó a golpear de cabeza contra el vidrio.

Sus chillidos parecían los de un alma inocente, injustamente castigada por amos sin corazón, que se hartaban de comer, mientras él se moría de hambre.

Uno de los invitados opinó: ʺMe parece que es un poco injusto para el gato, ¿no creen?ˮ

¿Cómo podríamos explicar nuestras razones?

Deberíamos haber imaginado, en todo caso, que, como experimentado agente secreto, Silvestre idearía un modo de meterse en la casa. Sabíamos que era increíblemente ágil, ya que había demostrado su pericia en subir al piso alto la noche de su llegada, ascendiendo por la enredadera hasta la ventana de nuestra alcoba. Yo creía haber tapado todas las entradas, pero poco después de aquella fiesta Silvestre empezó a aparecer dentro de casa todas las mañanas.

ʺSe meta como se meta, al hacerlo, se ensuciaˮ, dijo Michael, pero olvidó confiarnos que sus sábanas se iban ennegreciendo lentamente.

Una noche, me quedé despierto leyendo hasta muy tarde; Silvestre debió suponer que no había moros en la costa. Pensé que un pájaro se habría metido en la chimenea, aunque nunca había oído maullar a un pájaro. De pronto, Silvestre salió del tiro de la chimenea, con ojos de loco y retorciéndose.

Su dieta revelaba algo de la condición social que había tenido antes de la época de sus tribulaciones, cualesquiera que hayan sido. Se atragantaba con la comida ordinaria para gatos, enlatada, que le comprábamos. Tras mucho probar y fracasar, finalmente logré que comiera bistecs de primera calidad, ligeramente asados. Silvestre nunca ronroneaba, lo que parecía compatible con el código de espionaje de jamás revelar las emociones, pero sus gemidos me decían que esa era la comida a la que había estado acostumbrado toda su vida. Su pelaje se tornó lustroso. El pelo empezó a crecerle en la espigada cola. Estaba volviendo a lo que había sido antes de su aterradora vivencia en la tormenta. El antes paranoide e histérico Silvestre ya no se metía a hurtadillas en las habitaciones. Caminaba con aplomo. Dormía a pierna suelta.

Luego, empezó a rechazarnos. Abandonaba deliberadamente la sala en cuanto yo entraba. Ya no dormía debajo de los pies de los niños. En cambio, dormía solamente encima de la antigüedad más apreciada de Jackie, un sofá con forro de color crema y dorado.

También empezó a cambiar su actitud frente a los visitantes. Al principio, corría hacia el desván en cuanto sonaban pasos extraños. Ahora hacía fiestas a muchas de las personas que acudían a casa. Nunca había presenciado tan nauseabunda insinceridad. Se sentaba en el regazo de los visitantes, les lamía las manos, gemía dulcemente en su honor.

Pero no se crea que no hacía distingos. ¿Era imaginación mía que Silvestre decidía cómo tratar a la gente según los automóviles que conducían? Más de una vez vi que se alejaba con desdén de algún sedán de fabricación nacional. Era como si se encontrara otra vez con comida de lata.

La mayoría de nuestros amigos eran personas modestas, no aficionados a coches lujosos ni a ropas caras. Pero al empezar el verano, recibí de pronto la visita de un viejo amigo, que se había enriquecido en empresas de espectáculos. Él y su linda esposa llegaron a casa en un Rolls-Royce convertible, flamante. La ropa que llevaban era de Christian Dior y de Gucci. Silvestre no perdió el tiempo, y desplegó todas sus gracias.

Al cabo de una hora, la linda esposa de mi amigo exclamó: ʺ¡Quiero este gatito!ˮ

Cuando salimos a despedirnos de nuestros amigos, Silvestre estaba sentado en la capota doblada del Rolls. Me di cuenta de que aquel era el adiós definitivo. 

Abrí la reja que daba al camino de grava. Entonces se me ocurrió que, desde el principio, esta modesta casita nunca había armonizado con el estilo y la distinción de Silvestre. Mi viejo automóvil habría sido el hazmerreír en el mundo del que él había venido.

El Rolls se deslizó junto a mí. Silvestre iba sentado en posición erguida sobre el regazo de su nueva y bella dueña, con los ojos fijos adelante, ronroneando ―sí, ronroneando— por el camino, para reanudar su fascinante y lujosa vida anterior sin lanzar ni una mirada hacia atrás.
 

Ilustración: Victoria Chess


Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo XCI, Año 46, Número 548, Julio de 1986, págs 14-17, Reader’s Digest Latinoamérica, S.A., Coral Gables, Florida, Estados Unidos



Notas
 
La foto de la ilustración de la revista (página 14) es mía. La hoja ya está amarilla por el tiempo
 
Furtivo.- Que se hace a escondidas. 
Sinónimos: clandestino, solapado, disimulado, subrepticio, oculto, cauteloso, sigiloso. DLE RAE

No hay moros en la costa.- La expresión «hay moros en la costa» es un modismo en español que se emplea para advertir que hay peligro inminente o que alguien está vigilando y podría descubrir algo que se desea mantener en secreto. Esta frase sugiere que es necesario extremar las precauciones y estar alerta ante situaciones de potencial riesgo. laspalabrassdescarriadas.es

Espigada/do.- Alto, crecido de cuerpo.
Sinónimos: esbelto, alto, delgado, grácil, estirado, crecido, larguirucho.

Aplomo.- Gravedad, serenidad, circunspección.
Sinónimos: serenidad, gravedad, circunspección, confianza, seguridad, compostura, mesura, calma, tranquilidad, imperturbabilidad, sensatez, flema.
Fuente:  DLE RAE
 
 
Hay otros relatos sobre gatos, perros y otros animales que compartiremos si el tiempo nos lo permite.

domingo, 3 de agosto de 2025

Horóscopo

Por Luis Felipe Angell (Sofocleto)

 

ARIES.— Aumentará la familia dentro de nueve meses, porque (aunque ella no se lo imagina) su hijita menor le trae un nieto del último pic-nic. En cambio, su hijo, el universitario, contraerá matrimonio porque la muchacha de servicio era menor de edad, como se comprobó ante el juez. Su señora es muy fiel, pero a otro. 

 

TAURO.― Realizará usted un largo viaje y acudirán todos sus familiares a despedirlo, con profusión de lágrimas. Especialmente en el momento de colocarle la lápida. Pero no será nada grave. En materia de amor, dejará usted un ser inconsolable. Su perro. En los negocios irá muy lejos, hasta la quiebra. Pero saldrá desprestigiado.


GÉMINIS.― Pronto cambiará su manera de ver las cosas porque se quedará bizco debido a un aire en el ojo. Necesita ser optimista, sobre todo, ahora que lo boten del puesto y no lo reciben en ninguna parte, porque los bizcos traen mala suerte. Su señora comenzará a ayudarlo económicamente, pero no le pregunte cómo se las arregla.

 

CÁNCER.― Pronto hará usted una fortuna, pero los billetes le saldrán un poco diferentes y la policía se dará cuenta. Diez años en el Frontón pasan volando. Sobre todo si a usted le gusta la pesca. Su señora lo esperará todo ese tiempo, junto con su nuevo marido. En lo demás le irá perfectamente bien. 


LEO.— Al fin tendrá la paz y la tranquilidad que tanto anhelaba, porque su señora ha obtenido una orden judicial para internarlo y casarse con un hombre de verdad: El psiquiatra. Respete mucho a ese coronel, viejo amigo de la familia, que lo conoce desde chico. Es su papá. Sonría, no tiene razones para estar serio.


VIRGO.― Muy pronto verá usted las cosas color rosado,  porque tendrá un derrame de sangre en cada ojo. Pero esto se arreglará rápido con un perro lazarillo que lo acompañará toda la vida. Su señora lo cuidará con abnegación y a cambio de ello sólo le pedirá el divorcio. Pero no será necesario dárselo, porque ella enviudará muy pronto.


LIBRA.― No se preocupe por su edad. Este será el último año que cumpla. Pero su salud será perfecta, según revelará la autopsia. Un amigo íntimo suyo comenzará a ayudarle, especialmente con su señora y cuando usted salga de viaje. Su hijo comenzará a trabajar por su cuenta y los diarios hablarán de él cuando lo capturen infraganti.


ESCORPIÓN.― Su economía mejorará notablemente ahora que declaren la mendicidad como una ocupación lícita. Tendrá usted una nueva entrada (en la cárcel) y su sastre le dará tres cortes, pero sólo uno de ellos será de carácter mortal. Alguien hablará muy bien de usted a la hora de los responsos. Después ya no tendrá ningún problema.


SAGITARIO.― Realizará usted finalmente, el sueño de la casa propia, ahora que sus familiares hagan una colecta para trasladarlo a su flamante nicho perpetuo. A esa llaguita que le ha salido en el pie, no le haga caso. Es lepra. Hay algo en usted que tiene muy interesada a toda la familia. El seguro de vida que tomó el año pasado.


CAPRICORNIO.― Hay algo que cambiará radicalmente en usted: las hormonas. Pero no se preocupe porque gracias a ellas descubrirá que nació para cosmetólogo y no abogado, como suponía. En materia de amor encontrará el suyo pero sufrirá la incomprensión de las gentes, así como la persecución de la PIP y fotos en los periódicos.


ACUARIO.― Como el nombre lo indica, el agua es su símbolo, y la tendrá en abundancia cuando se le declare una hidropesía fulminante, aunque también tendrá sed debido a la rabia que le dará un perro. Pero mantenga la calma porque el perro morirá tres días antes que usted. Hay cambios en su familia: Sale usted y parece que entra otro. 


PISCIS.― Festejándolo por el tercer aniversario de su impotencia, su señora lo abandonará con el cobrador de la luz pero dejándole, felizmente, el último recibo cancelado. Hay algo muy grande que se le cruzará en el camino: un ómnibus, pero no lo hará sufrir mucho, porque la cosa será instantánea. Por lo demás todo será pura felicidad.

 

Luis Felipe Angell, El Ángulo Agudo, Editorial Arica, Lima, Perú, 1974, págs. 40-42


Notas

Pic-nic: Comida campestre.

El Frontón.- Pequeña isla en el océano Pacífico, cerca de la ciudad de El Callao, en Perú. Desde 1917 hasta 1986 fue una prisión para presos políticos y para algunos de los más peligrosos criminales. 

In fraganti. Locución originada por deformación de la expresión jurídica latina in flagranti (delicto), que significa en el mismo momento en que se comete un delito o, por extensión, cualquier acción censurable. Diccionario Panhispánico de Dudas, RAE, ASALE

Mendicidad.- Estado y situación de mendigo. Pobreza, miseria, penuria, carencia, escasez, etc. DLE RAE

Responso.- Responsorio que, separado del rezo, se dice por los difuntos. Exequias, rezo, oración, funeral. DLE RAE

PIP:  Policía de Investigaciones del Perú. Creada en 1922.  Desde 1988 como Policía Técnica forma parte de la Policía Nacional del Perú (PNP).

Hidropesía.- Hidropesía, edema o retención de líquido es la acumulación de líquido claro en los tejidos o cavidades del cuerpo. No constituye una enfermedad independiente, sino un signo clínico que acompaña a diversas enfermedades del corazón, riñones y aparato digestivo. Estas enfermedades poseen una íntima relación causa-efecto con la hidropesía. Wikipedia

lunes, 28 de julio de 2025

Un Huerto en Casa

Estas páginas bucólicas —escritas hace más de cien años— conservan aún su inimitable aroma.

 

Condensado de «My Summer in a Garden»

Por Charles Dudley Warner


NO SÉ de cosa alguna que pueda hacerle a uno sentirse más complacido en estos días veraniegos que consumir las hortalizas del propio huerto. ¡Y qué efecto produce en el vendedor de verduras! Es como una declaración de independencia. El hombre me muestra sus guisantes, sus remolachas, sus tomates… «No, muchas gracias —le digo en tono indiferente—. Este año cultivo mis propias hortalizas».

¿Vale la pena cultivar un huerto? Es difícil lo que se entiende por valer la pena. Existe la creencia de que si una cosa no vale la pena lo mejor es dejarla. Desde mi punto de vista, aquella pregunta equivale a otra: ¿Vale la pena contemplar una puesta de sol?

¿Voy a poner precio al tierno espárrago o la rizada lechuga que convierten en realidad tangible la alegre primavera?
¿Voy a considerar como mercancía la roja fresa, el guisante verde pálido, la frambuesa agridulce, la apoplética remolacha y el maíz que es como un estuche de delicias?
¿Voy a calcular en números la lozanía a diario renovada, la salud y la delicia que me rinde el huerto, sin contar el gozo anticipado de las grandes cosechas imaginarias que recojo apenas las semillas empiezan a brotar de la tierra?  Apelo al testimonio de cualquiera que haya hecho la experiencia para que me diga si la mayor recompensa de sus afanes hortícolas no son las intangibles cosechas de la esperanza.

OBSERVACIÓN FILOSÓFICA. Nada como la prosperidad y la fruta madura para enseñarle a uno quiénes son sus amigos. Tenía yo en el campo un excelente amigo a quien rara vez visitaba salvo en la temporada de las cerezas. Por tus frutas los conocerás.

Creo que el problema de cultivar frutales es muy sencillo si se le compara con el de cosechar la fruta una vez madura.  El poder de un muchacho es, en mi opinión, algo verdaderamente temible. Uno compra y planta un peral selecto; abona la tierra para que lo nutra; luego lo poda, lo libra de plagas y se recrea viéndolo crecer poco a poco. Al fin produce dos o tres peras que uno corta en varios trozos y reparte entre la familia.
Al año siguiente el arbolito florece que es una bendición; y ya en otoño sus ramas esbeltas y colgantes ceden al peso de casi una arroba de peras que día a día maduran deliciosamente al sol. Pero una noche invade al huerto un pilluelo, que no tiene muchos más años que el peral, y en cinco minutos se lleva hasta la última pera y desaparece en las tinieblas. El muchacho sin conciencia se aprovecha en cinco minutos de todo el trabajo de varios años. Sin embargo, uno aprende a su tiempo que es mejor haber tenido peras y haberlas perdido que no haber tenido peras. 
Se entera de que lo menos importante en eso de cultivar frutales es comerse la fruta.

HE ESTADO haciendo mi cosecha de patatas y lo digo por si  a alguien le interesa saberlo. Sacarlas de la tierra es una ocupación agradable y sedante pero no poética. Es buena para el espíritu, salvo que las patatas sean demasiado pequeñas, como son muchas de las mías. ¡Qué patatas tan pequeñas somos todos nosotros comparados con lo que podríamos ser!
Es que no aramos a fondo. El año que viene voy a hincar el arado a conciencia para que los tubérculos tengan bastante espacio. ¡Qué gran placer éste de sacarlos al sol y verlos relucir en pardo montón sobre la tierra cálida! Existen pocos momentos tan buenos en la vida. Pero luego hay que recogerlos; y la recogida en este mundo es lo peor de todo.

ME SIENTO realmente avergonzado cuando llevo amigos a mi huerto y observan que no tengo cebollas. Es cosa que salta a la vista. En la cebolla palpita la fuerza, y el huerto que carece de ellas carece de sazón. La cebolla es, con sus sedeñas envolturas, uno de los ejemplares más bellos del mundo vegetal. Casi puede decirse que tiene alma. Le va uno quitando capa tras capa y la cebolla aún está ahí. ¿Quién osaría afirmar, después de quitarle la última capa, que la cebolla no existe ya, si aún está llorando por su espíritu en fuga? Feliz la familia cuyos miembros pueden comer cebollas en amor y compañía.
Mientras las comen, están apartados del mundo y unidos en grata armonía. En esto hay una insinuación para los reformadores. La esperanza de la fraternidad universal está en la cebolla. Si todos los hombres pudieran comer cebollas a todas horas, acabaría por lograrse la armonía universal.

PARA MÍ lo más humillante de mi huerto es la lección que me da sobre la inferioridad del hombre. La naturaleza es pronta, decidida, inagotable. Eleva al cielo las plantas con vigor y libertad, y cuanto más inútil es la planta, tanto más rápida y espléndidamente crece. «La horticultura eterna es el precio de la libertad» sería un lema que pondría en la verja de mi huerto, si tuviera verja. Sin embargo, no existe libertad en la horticultura. El hombre que cultiva un huerto sufre esclavitud sin tregua. Ha plantado una semilla que lo tendrá inquieto y ansioso a todas horas, robará descanso a sus huesos y sueño a su almohada. Casi no ha acabado de plantar su huerto cuando tiene que empezar a escardarlo. Las malas hierbas han surgido de la noche a la mañana.

¿POR QUÉ respetamos algunas plantas mientras que otras nos inspiran desdén? El frijol es una trepadora graciosa, segura, atractiva, pero nunca se podrán mencionar los frijoles en poesía. El maíz, en cambio, es el niño mimado de la canción. Ondula a impulsos del céfiro en todas las literaturas. Pero mézclelo usted con los frijoles y al instante perderá su galanura. Y ahí está el fresco pepino que, como muchísimas personas, no sirve para nada cuando alcanza la madurez y ha perdido su selvática gracia juvenil, viene a ser una especie de actor cómico en una compañía donde el melón es el galán.

La lechuga es como la conversación; tiene que ser fresca, consistente y tan sabrosa que no se le note el amargor. Es la lechuga, sin embargo, tan propensa a languidecer como la conversación de algunas personas. 
Alabadas sean aquellas lechugas que forman una cabeza compacta y así se conservan como unos pocos individuos que yo conozco: cada día más consistentes a la vez que más satisfechos y tiernos, más blancos en el centro y más sólidos cuanto más maduros. La lechuga requiere, como la conversación, bastante aceite para evitar rozamientos y suavizar asperezas, una pulgarada de sal; un poquito de pimienta; cierta cantidad de mostaza y vinagre, desde luego, pero mezclados de manera que no se noten los contrastes violentos; y un poquito de azúcar. En la ensalada como en la conversación, uno puede poner de todo, y cuantas más cosas ponga mejor será; pero el éxito depende de la habilidad con que se mezclen. Por mi parte, me siento en la mejor sociedad cuando estoy ante una lechuga. 



Revista Selecciones del Reader’s Digest, Febrero de 1955, Tomo XXIX, N° 171, págs. 114-118, Selecciones del Reader’s Digest, S.A., La Habana, Cuba.



Charles Dudley Wagner.- Escritor y ensayista estadounidense (1829-1900). Junto a Mark Twain escribió la novela The Gilded Age: A Tale of Today (1873).


 

Notas

Los significados están tomados del diccionario de la RAE.

Bucólica.- Que evoca de modo idealizado el campo o la vida en el campo. Dicho de un género de poesía o de una composición poética, por lo común dialogada: Que trata de modo idealizado la vida pastoril. 
Obra del poeta romano Virgilio (Bucólicas). 

Remolacha: Hortaliza (raíz) también llamada betarraga, betabel, beterraga, beterava, acelga, etc. 

Fresa: frutilla, fresón, fresbaya, fresera, madroncillo, amarrubia, mayuela, etc.

Lozanía.- Cualidad de lozano. frescura, vigor, salud, juventud, verdor, frondosidad, gallardía, vitalidad.
 
Hortícola.- Perteneciente o relativo a la horticultura (Cultivo de los huertos y de las huerta. Conjunto de técnicas y conocimientos relativos al cultivo de los huertos y de las huertas. Cultivo, agricultura, labranza. 

Intangible.- Que no debe o no puede tocarse. Incorpóreo, inmaterial, invisible, etéreo, sutil, espiritual, etc.

Por tus frutas los conocerás.- Referencia a Mateo 7:16.- Por sus frutos los conoceréis. (Versión Reina-Valera).

Arroba.- Peso equivalente a 11,502 kilogramo(s).

Patatas: papas

Sedeña.- De seda o semejante a ella.

Pronta(o).- Veloz, acelerado, ligero.

Verja.- Enrejado que sirve de puerta, ventana o, especialmente, cerca. Valla, enrejado, empalizada, estacada, vallado, etc.

Escardar.- Arrancar y sacar los cardos y las malas hierbas de los sembrados. Desbrozar, deshierbar.

Céfiro.- Poniente (viento). Viento suave y apacible. Personaje de la mitología griega que era el dios del viento del oeste.

 
Pulgarada.- Cantidad que puede tomarse con dos dedos.


domingo, 3 de noviembre de 2024

La Granja de mis Sueños

¿Cómo llegué a convertirme en una preparadora de ensaladas para criaturas inútiles, yo, que soy una mujer de la ciudad?

  

Por Laura Cunningham


MI ESPOSO y yo siempre habíamos soñado con producir nuestros propios alimentos.
Antes de que adquiriéramos la granja, me imaginaba a mí misma pasando en la mesa unos platones de verdura fresca al tiempo que decía con cierto dejo de modestia: “Son de nuestra cosecha״. Hoy, ambos nos tambaleamos bajo el peso de los sacos de forraje de 25 kilos, destinados a alimentar a un hato de 45 bestias obesas, cuya existencia puede transcurrir en perpetuo éxtasis digestivo. ¿Cómo llegué a convertirme en una preparadora de ensaladas para criaturas inútiles, yo, que soy una mujer de la ciudad?

Empezamos por poner nuestro propio huerto, desastre del que no aprendimos nada. Después de pasarnos toda una temporada trabajando con la cultivadora rotatoria, fertilizando, levantando cercas y haciéndonos trizas la espalda, logramos cosechar “el tomate de los 700 dólares״. Era un hermoso tomate: el único al que le perdonaron la vida las marmotas, las cuales dejaron sus huellas dentales en todos los demás.

Luego vinieron las cabras. Siempre nos había gustado el queso de estos animales, y pensábamos que unas cuantas cabras lecheras finas nos proveerían de exquisito queso y al mismo tiempo harían las veces de traviesas y adorables mascotas. Así pues, adquirí dos cabras chifladas: Lulú y Lulubella.

Si bien no esperaba yo que, de la noche a la mañana, mis cabras me entregaran, ya envueltas, unas hermosas e inmaculadas barras de queso Montrachet, ignoraba que todo ganadero caprino tiene que habérselas con plataformas de ordeño, enfermedades de las ubres y, más que nada, con aventuras sexuales. Las cabras no producen leche a menos que se hayan apareado y, en nuestro pueblo, el único macho cabrío disponible era Bucky, galán cornudo, de largas patillas y hediondo a más no poder. En su primera visita conyugal, Bucky y “las muchachas״ armaron tal jaleo, que causaron daños por más de 2000 dólares al corral, y eso sin contar con que se comieron los antepechos de las ventanas.

Ahora Lulú y Lulubella nos divierten de vez en cuando retozando por el jardín, dándose de topes y ejecutando varias evoluciones coreográficas que evocan algún rito dionisíaco. Pero casi todo el tiempo se concretan simplemente a triscar y a satisfacer sus necesidades fisiológicas.

Luego se presentó el sueño de los huevos frescos, recogidos aún tibios por la mañana, un sueño que se materializó en 38 gallinas iracundas.
Después de invertir varios cientos de dólares en alimento para aves, por fin encontré una mañana un huevo ꟷrojo, sedoso y tibioꟷ, oculto debajo de una gallina que casi me despedazó la mano a picotazos cuando quise cogerlo.
Pronto descubrí que las gallinas son criaturas caprichosas. Hasta el gallo nos ha decepcionado. Mi esposo y yo esperábamos que nos despertara en las mañanas con su orgulloso canto. Sin embargo, en la Granja Ficticia (así bautizamos nuestra heredad), nosotros tenemos que zarandear al gallo al mediodía para que despierte.

Junto con los pollos vinieron los gansos, cuya adquisición constituyó nuestro más craso error. Los ordenamos sin pensarlo dos veces, pues nos sedujo el anuncio de “Gansitos de Tolosa״ del catálogo avícola.

Entre graznidos y comilonas, mis cinco polluelos de pelusa color verde pálido se transformaron al poco tiempo en unas bolas de sebo de nueve kilos. Durante un tiempo abrigué la ilusión de que emigrarían al sur para pasar allí el invierno. Había visto un documental: El increíble vuelo de los gansos blancos de Canadá, y se me ocurrió que podría filmar el de mis gansos con una cámara de video. Por desgracia, mis protegidos vuelan casi tan bien como yo: se deslizan aleteando un par de metros hasta su piscina infantil de plástico.

Me resigné, pues, a administrar un balneario para gansos, pero mi esposo tenía otros planes. “Ya se acerca la Navidad, y la oca está engordando״, susurró con un brillo malévolo en los ojos. Me horroricé.
¿Cómo podía él pensar siquiera en asar un animal que me consideraba su madre?

Los gansitos me habían seguido hasta un estanque cercano, donde unos vecinos me habían asegurado que podía reubicarlos. “En cuanto se metan en el agua, jamás querrán salir de ella״, me habían dicho. Pero no fue así: cuando me alejé, los cinco gansos me siguieron en fila india. Me volví a verlos y alcancé a distinguir sus ridículas cabecitas grises, que buscaban afanosamente mis huellas por encima de la maleza.

Aquello me conmovió, y para siempre. Mis gansos, que ya soltaron la pelusa y tienen la voz ronca, se han convertido en mascotas un tanto grotescas. El único macho, Arnold, incluso se tomó la libertad de picotearme las posaderas en una ocasión en que le di la espalda.
Lo peor es que llegan a vivir más de 30 años…

Actualmente compro “productos frescos de granja״. Escojo mi ganso en una carnicería de primera, y me surto de huevos “recién puestos״ y de queso de cabra en un almacén de alimentos selectos. Debo pagar 2.50 dólares por media docena de huevos, pero aun así resultan más baratos que los míos, que cuestan 300 dólares cada uno si incluimos en el precio ciertas pequeñeces, como los gallineros.

Pero lo mejor de todo es que puedo asar un ganso, enlardarlo y disfrutar de su aroma con la conciencia tranquila, pues sé que no es Arnold.  Mientras tanto, Arnold está allá afuera, en la piscina infantil de plástico, en plenas relaciones incestuosas con sus hermanas.

© 1991 por Laura Cunningham. Condensado del Suplemento Dominical del “Times״ de Nueva York (12-V-1991) de Nueva York, Nueva York.

Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo CIII, Número 615, Febrero de 1992, págs 142-144, Reader’s Digest Latinoamérica, S.A., Coral Gables, Florida, Estados Unidos 




Notas
Hato: Grupo de ganado. Americanismo: Hacienda destinada a la cría de ganado. RAE

Queso Montrachet: Fabricado en el departamento borgoñon de Saône-et-Loire, zona de muchas vacas, es un queso de cabra moldeado en forma de pequeños cilindros entre 75g. y 200g. que madura entre 2 a 4 semanas, ya sea metido en vino o envuelto en hojas de castaño, que es también la forma en que se comercializa. mundoquesos.com


Dionisiaco: Perteneciente o relativo al dios griego Dioniso. RAE
Dioniso o Dionisio: Dios del vino, la diversión y el teatro en la mitología griega, también conocido como Baco entre los romanos.

Triscar:  Enredar, mezclar algo con otra cosa. Torcer alternativamente y a uno y otro lado los dientes de la sierra para que la hoja corra sin dificultad por la hendidura. Hacer ruido con los pies o dando patadas. Retozar, travesear. RAE

Enlardar: Poner grasa en un alimento para cocinarlo. Gran Diccionario de la Lengua Española Larousse

Las notas son mías. R.S.

miércoles, 25 de septiembre de 2024

Mi Personaje Inolvidable I

Por Kavanaugh MacDonald

El autor que es un periodista de Canadá firma con seudónimo.

 

SI YO hubiese llevado a Inés al despacho de un consejero de asuntos matrimoniales la primera vez que a ella se le metió en su linda cabecita la idea de que yo era el hombre que el Cielo le tenía reservado, estoy seguro de que me habría indicado que ella no estaba hecha para una cosa tan seria como el matrimonio.

Pero nuestro noviazgo fue un vértigo tan ajeno a todo sentido de la realidad que jamás pensamos en pedir consejo, lo cual fue para mí una gran suerte.

No se trata de que Inés haya cambiado. A la fecha aún no sabe cocinar. O no puede o no quiere ser ama de casa. No sabe hacer una suma… y nadie le sacará de la cabeza que con pagar el primer plazo de una compra ya están resueltos todos los problemas de economía doméstica.

Sin embargo, hace ya cerca de diez años que nos casamos Inés y yo, y no creo que pueda conocerse un matrimonio más feliz. Tenemos una casa que, aunque modesta, es la más alegre del vecindario. Tenemos tres hijos encantadores y sin complicaciones. Y nuestras aventuras son tan extraordinarias que cuando me siento a pensar en ellas se me humedecen los ojos.

Entonces ¿es ella un encanto? Claro que sí. Pero se necesitaría algo más que su cabellera de oro oscuro, su lindo cuerpo y su fresca belleza campesina para que yo le perdonara el crónico desorden de la casa y de su manera de llevar la vida. Al regresar del trabajo puedo estar seguro de que encontraré un montón de polvo al pie de la escalera donde ella no ha terminado la limpieza. Habrá loza en el fregadero, un pan que se ha quedado sin guardar desde la mañana, y todo por el estilo.

Infructuosamente he discutido sobre todas estas cosas muchas veces, y sobre el desarreglo que hay siempre en el salón. Inés colecciona casi todas las cosas que no cuestan nada. Piedras, mariposas, flores disecadas, huevos de pájaros y Dios sabe qué más. Estas colecciones adornan los estantes de libros, el piano, las consolas. Jamás he dado con otro ser humano para quien los souvenirs tengan semejante importancia. De cada salida que hacemos, de cada año en la vida de nuestros hijos, de cada acontecimiento señalado en nuestra vida, ella quiere tener un recuerdo en la sala.

Alguna vez le propuse que hiciésemos una recogida de cosas y las llevásemos al desván. «¿Pero para qué tener recuerdos ꟷme respondióꟷ si uno no los tiene donde le hagan recordar?» No tuve qué contestarle, y ella continuó coleccionando.

En nuestros primeros años de casados, yo estallaba de indignación cuando llegaba a casa y la encontraba como Tokio después de un terremoto. Inés me escuchaba con tan aparente contrición que casi me convencía. Luego insinuaba su excusa: había salido con los niños a nadar o a recoger fresas, o al monte por helechos. Jamás sus excusas tenían nada que se pareciese a una discusión: Inés nunca discute. En estas primeras experiencias la cosa terminaba invariablemente sintiéndome yo tan perplejo como se sentiría un cazador ante un conejo que no corriese.

En realidad, no me he dado por vencido en mis conferencias sobre el arreglo de la casa, pero ya lo hago más por hábito que porque abrigue ninguna esperanza. «Piensa ꟷle digoꟷ que viniese ahora a visitarnos mi jefe, o el director de la escuela, o el cura: ¿no te avergonzarías de recibirlos así».

Mi pregunta no tiene sentido. Estas tres personas, e innumerables más, llegan de continuo a nuestra casa, porque les gusta. Entran sin que nadie les llame, apenas tocan débilmente a la puerta por pura fórmula, echan a un lado las pilas de juguetes o los abrigos o las revistas que están en las sillas, y se sientan estirando las piernas como si estuviesen en un banco del parque.

Una de ellas es un solterón que vive a dos calles de nuestra casa y que de continuo nos trae pescado e insiste en que el mejor ha de ser para Inés.

Otra es la señora Mercer, una viejecita que tuvo que mudarse a un departamento pequeño en donde no tiene sitio ni para su gato de Angora ni para su perro Springer. Inés la encontró llorando porque tendría que dejarlos. Desde entonces los animales están en nuestra casa… y con ellos la señora Mercer una buena parte del tiempo.

Lo mismo el señor Powley, que los domingos se viene con las historietas en colores de los diarios para leérselas a nuestros hijos. Cae precisamente cuando estamos a toda prisa lavándolos para que lleguen con la cara limpia al catecismo.  El humo de su cigarro basta para inmunizar la sala contra la polilla; pero Inés le recibe encantada y me explica: «Le gustan los niños: tenía dos hijos y los perdió en la guerra».

Y así otros muchos. El panadero que nos cae de vez en cuando con toda la familia; la señora nerviosa, que cuantas veces riñe con su marido busca nuestro refugio. Podría hacer una lista interminable.

Para Inés todos son buenos. Hasta ahora parece que no ha encontrado quién no lo sea. En el invierno último compró unos platos de plástico a un parlanchín vendedor ambulante que se los vendió a un peso cada uno.
A la semana siguiente vi los mismos platos en una tienda a 65 centavos.
Inés comentó: «¡Tienen que ser o inferiores o más delgados o quién sabe qué; el hombre que me los vendió jamás me habría cobrado más por la misma cosa!».

Si yo le hubiera demostrado que los dos platos eran idénticos, estoy seguro de que ella todavía habría defendido al vendedor suponiéndolo víctima de alguna confusión; porque no le cabe en la cabeza que nadie pueda aprovecharse de ella.

Y esto incluye hasta el ejército.
Los militares fueron quienes dieron motivo a nuestra única pelea en serio, que para mí se resolvió en provechosa enseñanza.

Vivimos en el límite del pueblo, y el terreno de maniobras del ejército está a un paso del patio de atrás de nuestra casa. Hace años que esto es así, pero nunca habíamos reparado en tal vecindad. Por eso fue grande mi sorpresa en una cálida tarde de agosto cuando al volver a casa di de manos a boca con una ametralladora antiaérea y un jeep. El capitán que manejaba el jeep me dijo al pasar: «Hace calor ¿verdad?»
Asentí, él se despidió y se marchó.
Le pregunté a Inés qué significaba aquello y me dijo:
ꟷEstaban en maniobras, y como hacía tanto calor pensé que les caería bien tomar kéfir helado. Entre los ochos se tomaron seis botellas ꟷagregó riéndose.
ꟷ¡Seis botellas! ꟷexclamé.
ꟷPero querido ꟷme explicó muy contritaꟷ no saqué un centavo de la plata del diario: la saqué de mi alcancía…
En esa alcancía Inés había venido ahorrando centavos durante dos años para hacernos una sala de juego con que de tiempo atrás soñábamos.
ꟷMira, querida ꟷle dijeꟷ piensa en tu reputación. Si alguna de estas viejas que tenemos de vecinas ven que tú estás recibiendo acá a los oficiales ¿qué van a decir?
Me aseguró que ella jamás les inventaba cuentos a las vecinas ¿por qué se los habían de inventar ellas a ella? Y agregóꟷ: Aquí te dejé tu vaso de kéfir; pruébalo que está deliciosoꟷ. Y así dio fin a mi sermón.

A la tarde siguiente no encontré a la entrada ni ametralladoras ni soldados; pero sí vi cuatro botellas vacías de kéfir en el fregadero.
Inés dijo con mucha gracia:
ꟷEsta vez lo compraron ellos. Son unos muchachos encantadores.
ꟷY sobre todo el capitán ꟷle dije.
ꟷ¡Claro! ꟷme respondióꟷ ¿Sabes que ha estado en la guerra?

La tercera noche encontré ocho botellas y ya me preparaba a dar la ley, cuando llegó el capitán. Venía a proponernos que fuésemos al cine al cuartel. «Véngase con toda la familia», agregó.
No se puede mandar a paseo a un hombre tan amable. Además, ya Inés estaba limpiándoles la cara a los niños para ir al cine.
Debo confesar que esa noche no la pasé mal.

A las dos noches, el capitán y dos de sus muchachos trajeron el cine y lo montaron en el prado de nuestra casa para que lo vieran todos los vecinos. Pocas noches después el capitán trajo al gaitero del regimiento y lo hizo marchar de arriba abajo en nuestro patio para delicia de la señora Mercer, del señor Powley y de una docena más. Para abreviar: el capitán ya era casi de la familia.

Aunque nunca pude encontrar palabras para decirlo con claridad, la verdad es que no me gustaba aquello. Con el más leve pretexto nos caían el capitán y sus muchachos: a pedirnos prestado un disco o una pluma, o a que mi mujer les prestase un hilo o una aguja. Se encargaron de cortar el césped, de sacar a paseo al perro de la señora Mercer, de cuidar de los niños si salíamos, de podar las lilas.

Una noche le dije a Inés:
ꟷ¿Te das cuenta de que hemos perdido nuestra independencia? Todo ha sido por tu culpa: ¡Maldito el recibimiento tan cordial que les hiciste!

Al mes de esto llegamos a una franca ruptura. Por razones de mi oficio tuve que ausentarme por un par de días, y cuando regresé a mi casa apenas pude reconocerla. Toda la galería de atrás había sido tumbada y ampliada y cubierta para formar una sala de juego.

Inés me echó los brazos al cuello y me dijo:
ꟷ¡Los muchachos de la tropa me han hecho todo el trabajo! El capitán consiguió que un contratista le cediera unas tablas sobrantes que tenía. Todo lo que tuve que comprar fueron los listones y los encerados para el techo.
La escena que siguió es algo que no quisiera recordar:
 ꟷVamos a ver ¿de quién es esta casa ꟷpreguntéꟷ ¿Por qué no me consultaron? Supongamos que yo no hubiera tenido con qué hacer la obra: ¿para qué publicar a los cuatro vientos mi pobreza? Y además ¿a quién se le ocurre un techo de encerado. Yo quería el tejado de madera.

Esa noche no dormí en casa. Me fui a un restaurante para desahogarme.

Cuando volví tres horas más tarde la casa estaba vacía. Ahí encontraba toda la independencia a que una persona puede aspirar, y la casa más desolada que jamás vieron mis ojos.
Encontré un papelito diciéndome que los niños estaban en casa de la señora Mercer. Ni una palabra respecto a Inés.

Me puse a dar vueltas por los cuartos como para consolarme viendo que las cosas estaban fuera de su lugar o empolvadas. De poco me sirvió.  Pensé: «Ella estará en el cuartel: hoy es sábado y hay baile».  Y me fui a la sala de baile del cuartel.

Allá estaba, y bailando. Me senté a una de las mesitas, en un rincón, a esperar.

El capitán debía estar en observación, porque en seguida se acercó.
ꟷLo estaba esperando ꟷme dijo.
Encendió un cigarrillo y me miró un buen rato.
ꟷAsí que la he fastidiado… ꟷme dijoꟷ. Me apena no haber caído en la cuenta de que le estábamos poniendo los pelos de punta.
Estallando, le dije:
ꟷHe venido para llevarme a casa a mi mujer.
ꟷVea ꟷme dijo el capitánꟷ usted es uno de los tontos más absurdos que yo he conocido. Siento que no le gustara la sala de juego. Mis muchachos contribuyeron con tres dólares cada uno para la madera y cuatro de ellos sacrificaron su día de salida por ayudarnos. Inés quería sorprenderlo a usted, y nosotros sólo queríamos complacerla en lo que pudiera hacerla más feliz. ¿Se le puede ocurrir a usted que cupiera ningún otro pensamiento en nuestras pobres entendederas?
No le respondí nada. Él siguió:
ꟷVea usted aquí a los muchachos. Han rodado por todo el mundo y han visto las cosas feas y mezquinas que encierra. No pocos de ellos han gastado la mitad de su vida tratando de enderezar las diabluras que un egoísta despreciable ha causado. De pronto se han encontrado a una persona que no tiene en su alma ni una gota de egoísmo, y unos niños que valen un tesoro. ¿Y se admira usted de que invadieran su casa?
«Denos usted un mundo lleno de gente como esta mujer, y al instante se podrán echar por tierra todos los cuarteles y sembrar patatas. Usted es el hombre que dio con ella ¡y ahora se queja! Me doy cuenta de que es duro tener que compartir con otros el gusto de estar con ella, pero no se puede aspirar a que sea sólo para uno una mujer semejante, como no se puede patentar un rayo de sol».

Se me fue pasando la ira no sé cómo, miré simplemente a Inés que bailaba y me dirigí a la puerta. El capitán me dijo:
ꟷPor ella no se preocupe. Váyase a su casa y reflexione en lo que le he dicho. Yo se la llevaré. En todo caso, ella no está hoy contenta aquí.

Así me volví a casa para dar un segundo debate a mis propios pensamientos. Estuve otra vez rondando por los cuartos, solo, viendo la alcancía, las piedrecitas, los platos de plástico. Me pregunté qué significaba todo ese desorden.  Quizás sólo era la prueba de que ella era una persona tan totalmente convencida de que la vida es completa, buena e interesante, que simplemente no tuvo tiempo para cansarse recogiendo sus pedacitos para meterlos en casilleros.

Hacia la medianoche el capitán me trajo a Inés. Como me lo había dicho, no estaba muy contenta. Y no lo estuvo hasta que yo tuve el valor para rendirme y pedirle perdón. Luego, de nuevo volvió a ser la mujer que todo el mundo quería.

Al lunes siguiente el capitán vino a ver cómo marchaba todo. A la tarde siguiente volvió con los muchachos del kéfir para terminar la sala de juego, mientras el gaitero desfilaba triunfante por el patio de atrás.

Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo XXVII, N° 163, junio de 1954, pp. 18-23, Selecciones del Reader’Digest S.A, La Habana, Cuba



Notas
He corregido alguna errata del original y me tomé la libertad de añadir un pequeño detalle que se notaba faltante para que se entienda mejor el texto.

Consola: Una consola es un mueble bajo que tiene varios cajones o incluso puertas y sirve principalmente para almacenar objetos. Antaño, por ejemplo, las consolas eran un tipo de mobiliario que servía para guardar todo lo que se necesitaba para poner la mesa a la hora de comer. Se pueden incluir tanto en un dormitorio como un mueble auxiliar, un baño, la entrada o el recibidor de la vivienda, el comedor. Nacher.es

Souvenir: Objeto que sirve como recuerdo de la visita a algún lugar determinado. RAE

Darse de manos a boca: De repente, impensadamente. RAE. Encontrarse inesperadamente. wordreference.com

Alcancía: hucha, cerdito, chanchito, cofre, cepillo, etc.

Kéfir: Bebida de leche fermentada parecida al yogur.

Dar la ley: Obligar a alguien a que haga lo que otra persona quiere, aunque sea contra su gusto.  Servir de modelo en ciertas cosas. RAE

Las notas son mías.

martes, 30 de julio de 2024

Noche de monstruos

¿Por qué el mundo distrae tanto a nuestro hijo a la hora de dormir?

Por Dave Barry
 

Los niños constituyen el recurso de la naturaleza para controlar la natalidad. A fin de ilustrar la forma en que cumplen con esta función, veamos cómo mi esposa y yo acostamos a nuestro hijo de seis años, Robert, en una noche cualquiera. Con la esperanza de tener algún tiempo entre nosotros, tratamos de que esté en la cama a  las 8 de la noche. Para ello, iniciamos la labor de convencimiento una hora antes.

7 de la noche: Anunciamos: “Robert, es hora de que te prepares para dormir”.

7:04, 7.09, 7:12, 7:14, 7:17, 7:18, 7:22, 7:24, 7:25, 7:26 y 7:27: Le advertimos a Robert que Ahora Sí debe prepararse para ir a la cama y que esta vez Va en Serio.

7:28: Robert se dirige a su habitación y comienza, realmente, a prepararse para dormir. 

7:29: Nuestro hijo no encuentra a Godzilla, su monstruo de hule. Nadie se explica cómo advierte la ausencia del muñeco en un cuarto que contiene unos 78,500 juguetes; pero así es. Y, desde luego, debemos suspender todas las actividades hasta que resolvamos este asunto, porque sería verdaderamente imperdonable que  un chiquillo tuviera que irse a la cama sin su Godzilla de hule.

7:43: Encontramos a Godzilla y Robert empieza a quitarse la ropa. Esto es algo que puede hacer Por Sí Mismo.

9:27: Hasta ahora  se ha quitado Por Sí Mismo la  camisa y un zapato. Acudo a  ayudarlo.

9:30: Ya en pijama, Robert se deja cepillar los dientes, la señal esperada para anunciar que tiene hambre. Le respondemos que la culpa es suya porque no se terminó la cena, que ya no es hora de comer nada, no señor, de ninguna manera, que ni lo imagine, que ya es tiempo de que aprenda su lección, etcétera.

9:57: Robert se termina un  plato de pasta, y se somete de nuevo al cepillado de los dientes.

10:02: Para que se duerma, le leemos el cuento Horton empolla un  huevo, del doctor Seuss. Esto resulta tardado porque debemos examinar cuidadosamente todas y cada una de las páginas por si hay algún detallito que se nos pudiera haber escapado las 267 noches consecutivas en que se lo hemos leído.

10:43, 10:47, 10:51, 10:54, 10:56, y 10:59: Le advertimos que Ahora Sí es hora de irse a la cama y que esta vez Va en Serio.

11.03: Robert se mete en la cama. Lo cobijamos, le damos el beso de las buenas noches, salimos sigilosamente de la habitación: por fin solos.

11.17: Nuestro hijo se queda dormido, pero lo despierta una terrible pesadilla, provocada por compartir su cama con Godzilla, su   monstruo de hule. Se lo quitamos.

11:28: Le damos a Robert el beso de las buenas noches y salimos de la habitación: por fin solos.

11:32: Al escuchar ruidos procedentes de la habitación del pequeño, regresamos y lo encontramos llorando a moco tendido. Casi sin poder articular las palabras, nos explica que la mamá pájaro de Horton empolla un huevo pierde a su cría al final, y que, aunque ella fue muy mala, probablemente ahora esté arrepentida y se sienta muy sola. Intentamos explicarle que esa no es la moraleja de la historia; pero Robert está inconsolable. Acabamos accediendo a que se meta en la cama con nosotros… solamente un minuto.

2:47 de la madrugada: Llevamos a Robert a su cuarto, le damos el beso de las buenas noches y salimos de puntillas de la habitación: por fin solos.

3:14, 3:58, 4:26, 5:11, y 5.43: La casa entra en Alerta Roja conforme se suceden diversas pesadillas de rutina, cada una de las cuales nos obliga a cruzar el pasillo tambaleantes y medio dormidos.

6:12: Amanece.

Cuando leo en el periódico algún artículo sobre matrimonios que tienen, por ejemplo, nueve hijos, nunca me pregunto cómo se las arreglan para cuidar de todos ellos, sino cuándo tuvieron tiempo para concebirlos.


Condensado de “Dave Barry’s Guide To Marriage And/Or Sex”, © 1987 por Dave Barry, publicado por Rodale Press, Inc., de Emmaus, Pensilvania.


Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo CII, N° 608, Año 51, Julio de 1991, páginas 19-20, Reader’s Digest Latinoamérica, S.A., Coral Gables, Florida, Estados Unidos

lunes, 2 de octubre de 2023

Groucho, un chiflado inmortal

Fue un Voltaire del teatro de variedades y un mago de la locura de la lógica. Sus arranques de calculada demencia expresaban lo que el resto de nosotros no tenemos el talento, y mucho menos la audacia, de decir.

Por Leo Rosten

 

MI TELÉFONO sonó en Beverly Hills, California, hace muchos años.
‒Hola ‒contesté.
‒¿Tengo el honor de dirigirme a Marmaduke Montague, proctólogo mundialmente famoso?
‒No, señor; marcó un número equivocado.
‒Entonces, ¿por qué contestó usted? Durante años he estado marcando este número y hablando con el profesor Marmaduke Montague. ¿Qué ha hecho usted con su cadáver? Voy a llamar a la policía. Lo que voy a contarles no es asunto suyo. ¿Qué número marqué?
‒Crestview 8-29.
‒¡Ajá! ¡Así que lo admite! Si fuera usted hombre, vendría y me tumbaría los dientes.
‒Pero…
‒Si fuera la mitad de un hombre, me tumbaría la mitad de los dientes.
‒¿Quién…? ‒intenté preguntar.
‒Y si fuera mujer podríamos bailar la noche entera.

Transcurrieron muchos minutos antes de que pudiera bajar a Groucho Marx de las elevadas y delirantes alturas en que adoraba habitar. Después declaró el motivo de su llamada: “¿No tienes hoy compromiso para almorzar? ¡Bien! En el Restaurante Derby, a las 12:30. Llevaré una rosa aprisionada entre los dientes”.
En los diez años que estuve “perpetrando” películas en Hollywood, fui el blanco de muchos de estos desvariados telefonemas. No era fácil reconocerlos, pues los hacía a todas horas, con una artificiosa diversidad de voces ‒desde joviales falsetes hasta siniestros tonos de barítono‒ y acentos extranjeros excelentemente imitados.

Ante todo, las llamadas empezaban con un saludo muy convincente:
“Hola. Me llamo Iphigene Wimbledon. ¿Es usted Leo Rosten?”
O bien: “Aló. Aquí el señog Pierre du Jovert, directeur extraordinaire de la agencia de viajes Tours Eiffel…”
O: “Soy Floyd Hollister, de Sloat, Bankhead y Dooley, nombrado por el tribunal de testamentarías del distrito sur de California, albacea de los bienes de Elmo Rosten, el magnate petrolero de Waco, Texas”.
Tan pronto como caía yo en la trampa, el Maestro redoblaba el ataque. Iphigene Wimbledon me propuso poner en venta a mi hijo: “Un chico así así le produciría entre diez y doce mil dólares, según el mercado actual”. Pierre Jouvert me leyó una oda pornográfica a las catacumbas: “Puede usted adquirir la serie completa, encuadernada en piel de oruga, por sólo…” Y el tal Floyd Hollister trataba de localizar a parientes de Elmo Rosten, en especial a sor Teresa Ginsberg, porque en su testamento “legaba su colección de rollos de pergaminos jordanos con inscripciones a la Orden de los Caballeros de Malta Cervecera”.

Cierta vez se me acusó de albergar al cabecilla de una banda de tratantes de blancas; fui engatusado por la Liga para la Erradicación de la Supuración Axilar, y conminado a pavimentar mi jardín por sólo un dólar el metro cuadrado: “Esta oferta expira a medianoche; después costará un dólar el centímetro cuadrado”. Un dentista de Pomona me rogó que le permitiera ponerle a mi madre premolares de acero inoxidable totalmente gratis: “Es la única manera que tengo de darme a conocer en este asilo para enfermos dentales”.

En cuanto a nuestro almuerzo, que trascurrió en el Derby, casualmente no se registró en él arranque alguno de desvarío galopante. Marx habló en forma inteligente y con elocuencia del presidente Truman, del escritor Ernest Hemingway y del beisbolista Joe DiMaggio, a quienes admiraba mucho.

Fue el Voltaire del teatro de variedades, y el creador de la comedia del agravio esquizofrénico. Sus afrentas siguen siendo únicas, por desconcertantes. Un turista ebrio pasó el brazo sobre los hombros de Groucho y cacareó:
‒Groucho, grandísimo bribón, apuesto a que no te acuerdas de mí.
Marx clavó en el infeliz una mirada llena de odio, mientras le decía:
‒Caballero, nunca olvido un rostro, pero en su caso haré una excepción.

El desinhibido delirio de Groucho ‒ exacerbado por esa voz áspera, esa mancha negra que tenía por bigote, ese lascivo modo de andar a grandes zancadas, ese incesante menear de cejas, ese ojo estrábico, esa mirada de agrio desprecio‒ se conjugaba con un desplante matizado de amargura. Sus arranques de calculada demencia expresaban lo que el resto de nosotros no tenemos el talento, y mucho menos la audacia, de decir. Al salir de la proyección preliminar de una película estelarizada por Doris Day, en la que esa inocente y sana doncella típicamente norteamericana pasa hora y media resistiéndose a los requiebros de Cary Grant, alguien preguntó a Groucho:
‒¿Conoce usted a Doris Day?
A lo que Groucho contestó con mordacidad:
‒¡Diablos! La conocí antes de que fuera virgen.
Admirábamos su pasmoso cinismo, sino también su jocosa crítica de los trillados convencionalismos de la conversación o de la etiqueta. En cierta ocasión, cuando estaba por salir después de una cena en su casa, le dije:
‒Me gustaría despedirme de tu esposa.
Me miró fijamente y me espetó:
‒¿Y a quién no?

Groucho perfeccionó la lógica de la locura y se mofó de la locura de la lógica. Considérese la manera en que renunció a seguir formando parte de cierto club: “No deseo pertenecer a un club que acepta a miembros como yo”.
Una magnífica variante de la paralógica de Groucho ocurrió un día que paseaba en coche cerca del mar con un amigo. Avistó un club de playa con una hilera de hermosas cabañas.
‒Ese sería un buen club para mí y mi familia.
‒Mmm… olvídalo, Groucho. No admiten judíos.
A esto, Groucho, cuya esposa no era judía, respondió:
‒¿Crees que permitan a mi hijo meterse en el agua hasta las rodillas?

Groucho era delgado, apacible y más pequeño  de lo que parecía en la pantalla de cine o de televisión. Hablaba con voz suave y sonreía nostálgicamente. Nunca lo oí reírse a carcajadas, ni siquiera de los chistes o de comediantes que le gustaban. Su expresión natural tenía ribetes de tristeza, pero en público se ponía una máscara de búho sardónico. Ocultaba sus emociones y no hizo confidencias ni a sus esposas ni a sus hijos. En realidad, era melancólico y solía deprimirse, como les ocurre a muchos cómicos.

Era lector voraz y se sentía orgulloso de que el escritor James Joyce hubiese empleado la palabra groucho en la novela Finnegan’s Wake (La Velada de Finnegan). En lo más íntimo de su ser deseaba haber sido escritor. Adoraba las canciones de los británicos Gilbert y Sullivan, y durante horas solía cantarlas ‒acompañándose con la guitarra‒ con esa voz estridente y nasal que era en sí una parodia.

Le interesaban profundamente los temas políticos, y se sintió halagado cuando supo que una noche, durante la Segunda Guerra Mundial, el primer ministro inglés Winston Churchill recibió una llamada telefónica en su residencia oficial en la que se le iba a informar de un boletín del Ministerio de Guerra. Pero el gran estadista estalló: “¡No me interrumpan! ¡Estamos viendo una película de los Hermanos Marx!”

Por cierto, los Hermanos Marx fueron hermanos de verdad ‒al principio cinco‒, que escalaron rápidamente la cumbre de la fama en los espectáculos de variedades y en Broadway, durante la década de los años 20, con un estilo de comedia original, bullicioso y desenfadado.
En escena, los cuatro Hermanos Marx (Groucho, Chico, Harpo y Zeppo) hacían estragos en los guiones y les fascinaba interpolar de improviso frases desconcertantes. En una ocasión, Groucho se hallaba a la mitad de una escena amorosa chusca con una dama de aire arrogante y pecho formidable; tras bambalinas, Zeppo gritó de improviso:
‒¡Está aquí el hombre de la basura!
Aún de rodillas, Groucho respondió:
‒Dile que no queremos.

En otra parodia en la que Groucho representaba a Napoleón, los hermanos que estaban fuera del escenario interrumpieron la pieza haciendo que una trompeta tocara los primeros acordes de La Marsellesa, el himno de Francia. Zeppo gritó:
‒¡Majestad, nuestro himno nacional: La Mayonesa!
Groucho se dirigió al público: “El ejército debe de estar aderezándose”.

Tenía un popular programa de radio y televisión, en el que creó una especie de maestro de ceremonias nunca antes  (ni después) vista. Me hallaba detrás del escenario una noche en que uno de los concursantes resultó ser de una región rural. Llamémoslo Floyd.
‒¿Cómo conoció usted a su esposa?
‒Bueno, yo conduzco un camión…‒respondió Floyd.
‒¿La atropelló usted?
‒No. Ella estaba en el granero.
‒¿Chocó usted contra el granero?
‒¡No, no! Su familia había echado de menos algunos pollos.
‒¿Sentían nostalgia por los pollos?
‒No; habían advertido su ausencia, así que encendieron una luz en el patio del granero. Yo iba a recoger unos pavos y su padre gritó: “¡Los pavos están en el granero…!”
‒¿Se casó usted con un pavo?
‒¡No! Al acercarme al granero, un enorme zorrillo salió corriendo hacia el gallinero y una chica gritó: “¡Atrapen a ese zorrillo!” Así que salté sobre el animal y ella también cayó sobre él, y ambos olíamos tan mal que…
‒Es la historia más romántica que he escuchado.

Una vez ofreció escribir la solapa de uno de mis libros: “Desde el momento en que tomé el libro hasta que lo guardé, no pude dejar de reír. Espero leerlo algún día”.
Sin embargo, de todos sus juegos de palabras, el que más admiro es el siguiente: 

Querido Junior:
Discúlpame por no haberte contestado antes. He dejado de escribir tantas cartas últimamente, que me las vi negras para no contestar la tuya
.

El hombre sentía la necesidad de desinflar el decoro con la sátira. Durante la Segunda Guerra Mundial estuvo en un campo de adiestramiento del Ejército para divertir a los soldados. En el cuartel del general en jefe, el teléfono sonó y Groucho levantó el auricular.  Como jamás iba a decir “Hola”, “Cuartel General” o siquiera “Despacho del general H…”, mi héroe canturreó: “Segunda Guerra Mundiaaal”.

Ante todo, detestaba la simulación. No toleraba el ocultismo, pero se le engatusó una vez para que asistiera a una sesión espiritista. Estuvo sentado, en silencio y con actitud respetuosa, mientras el “operador” miraba la bola de cristal, invocaba a las almas del más allá y respondía las preguntas de sus invitados con voz misteriosa y monótona. Tras un prolongado rato de omnisciencia, el hechicero recitó:
‒Mi médium… se está cansando. Sólo hay tiempo para una pregunta más.
Groucho la hizo:
‒¿Cuál es la capital de Dakota del Norte?

En sus últimos años se vio coronado por una renovada popularidad, sólo oscurecida por las muertes de sus hermanos y amigos. Además, Groucho fue víctima de una serie de padecimientos que le afectaron tanto el habla como la memoria. Creo que su muerte, en 1977, a los 86 años, lo liberó de la angustia de la incapacidad.

Y siento ahora una infinita tristeza al comprender que mis oídos no sufrirán con esa voz estridente y nasal, cuando peroraba: “Soy Hiram Trotter, de las encuestas de opinión Gallup. ¿Está usted en favor de que la CIA envíe ilegalmente rompecabezas armados a Fidel Castro”.



Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo LXXXV, Número 507, Año 43, Febrero de 1983, págs. 11-15, Reader’s Digest Latinoamérica, S.A., Coral Gables, Florida, Estados Unidos

 

Nota: Como el 2 de octubre se recuerda otro año más del nacimiento de Groucho Marx (en 1890) quise compartir este artículo con los visitantes-lectores del blog.

miércoles, 6 de abril de 2022

Publicidad Radial

Por Francisco Candel

 

Otro conserje ―u ordenanza —, éste de azul, botonadura de plata,  recoge las invitaciones, papelillos rosa, a la puerta de los estudios. La cola va desapareciendo en ellos —en los estudios—, como engullida. Se amontonan  

—¡No empujen, no empujen! Y empujan. Gritan:

—¡No colarse, no colarse!

Y se cuelan.

Comentan:

—A mí, las invitaciones, me las ha dado el locutor Fanlo. Yo le conozco.

―Yo soy socio de la Emisora, de los primeros socios que hubo. ―Se golpea el pecho— Tengo el número de carnet de los más antiguos, El doce, el doce. —Se golpea.

—A mí me las ha dado la casa «Pavoexprés». Sí, sí.

—A mí, también. Cien envolturas que tuve que recoger.

―A mí, igual

—Y a mí.

La ola junto con el ordenanza, es una aglomeración. Luego, una verdadera fila. Es como un núcleo y un rabo.

Los estudios, el estudio es rectangular. Las butacas, grises, ocho filas, están colocadas a lo ancho, una veinte cada ringlera. Al sentarse en ellas, rechinan. ¡Ñigoñic!

―¡Ssssss!

El escenario es «acinemascopado». En la parte superior del estudio, frente a este escenario, hay una especie de enormes ventanales inclinados hacia delante. Detrás de sus cristales unos hombres, en mangas de camisa, trajinan. Ponen discos, los quitan. Pulsan botones. Colocan rollos de cintas magnetofónicas. Hay un reloj grande en una de las paredes del estudio. La aguja corta está en el número 10 y la larga en el 4. ¿Qué hora es? Los que entran se van sentando. En la primera fila se han sentado unos a quienes en la puerta cogieron unas papeletas verdes. Han sido acompañados por otro ordenanza.

—Ustedes aquí.

Entre estos están B. de Roldán, Lucky, el maestro Gafas Amor, Sebastíán, su mujer, dos de los hijos, los tres vecinos, ¿más?, ¡no! Lucky habla al oído de B. de Roldán. Luego lo hace al del maestro Gafas Amor. Ambos mueven la cabeza maquinalmente, cli, cla, cli, cla, sí, sí, no, no.

Entra algún otro con papeleta verde.

En el muy larguísimo y poco ancho escenario hay varios micros, uno en el centro, dos a un lado, otro… Hay un atril junto al micro del centro y otro junto a los otros dos. Hay un piano. Y una mesita arrinconada con un teléfono encima. Y…

En el centro-fondo del escenario, una especie de cuadro de mandos. Arriba, dos bombillas, una verde y una roja. Está encendida la verde. En el local resuena la voz de la radio. «¡Clang! En un minuto diez noticias de última hora… »  

—Se oye igual que en casa —bisbisea alguien.

«Los comunistas del Berlín Oriental…»

—Claro. ¡Pues vaya!

«Un avión norteamericano que volaba sobre territorio ruso…»

—¿Son las noticias de Madrid, verdad? ― pregunta Sebastián al maestro.

«Franco visita la presa del pantano de… »

—Sí

«Importantes manifestaciones del Ministro de Industria y Comercio…»

—Fíjate qué bien se oye —le dice Sebastián a su mujer.

Por un lateral del escenario entra un ordenanza con una enorme mano cerrada, el dedo índice extendido, de madera o de cartón. La deja encima de la mesa.

Ahora está sonando el combinado «Por Dios, por la Patria y el Rey», «Cara al sol», y el «Himno Nacional». El ordenanza entra con un grandísimo corazón rojo recortado en contraplacado. Lo deja en el suelo. Extiende la pata que hay detrás del armatoste y el gigantesco corazón permanece enhiesto. A su lado coloca otro micro: una varilla con una bolita en la punta. La voz de la radio ahora dice

«Babalí, babalá, su ropa lavará…»

«No diga Blancaflor, diga membrillo Dolç..»

«Aaatchís. Para resfriados…»

B. de Roldán susurra a Lucky:

—Qué hatajo de majaderías. A que son capaces de darle un sueldo fabuloso al elemento que suda todo eso ¿no?

«Dijo Salomón: Muebles Calderón.»

«Flan La Oposición: Sin Huevos»

―Hombre, hay un departamento de publicidad, me parece a mí…


Francisco Candel, Los Importantes: Élite, Colección Libros Reno n° 358, Editorial Plaza Janés, 1970, págs 20-22

domingo, 1 de agosto de 2021

Diccionario Loco

 Por Sofocleto (Luis Felipe Angell de Lama)

 

Ajedrez: Juego desesperante donde al rey le es imposible comerse a la reina.

Almohada: Artefacto que las mujeres frígidas usan para dormir.

Alze: Homenaje ritual que  reciben las mujeres cuando aprieta la muchedumbre.

Babia: Milenaria región inubicable donde practican turismo los cerebros sub-desarrollados.

Bardo: Poeta que también se moría de hambre en la Edad Media.

Benjamín: Nombre que el padre pone a su recién nacido porque presiente que ya se le acabó la próstata.

Borrachera: Sobrina ilegítima de Baco.

Bruja:  Abuela de nuestros hijos por parte de su madre.

Bufón: Payaso intocable porque es amigo del que manda.

Cabrón: Macho cabrío que vive sin trabajar. 

Calavera: Parte del esqueleto que se ríe de todo.

Cartero: Coleccionista de estampillas y lector infatigable de cartas ajenas.

Cáscara: Parte del huevo que se rompe cuando uno sale del supermarket.

Catarro: Cosecha de mocos que produce la nariz cuando le sembramos un estornudo. 

Clavo: Pieza de metal indispensable para chancarse los dedos con el martillo. 

Concha: Parte del carácter que sirve para triunfar.(*)

(*) Concha: Peruanismo.  Descaro, cinismo, sinvergüencería, insolencia, desfachatez, etc.

Crisis: Ataque nervioso donde el marido siempre resulta culpable de que la señora haya entrado al mundo de la menopausia.

Dama: Señora dignísima que sólo se entrega a oscuras. 

Derroche: Arte mágico que consiste en poder gastar lo que no se tiene.

Desastre: Situación que se produce, inexplicablemente, cuando todo estaba de lo más bien.

Diván: Especie de cama donde se alivian los psicópatas que se acuestan con el psiquiatra.

Eme: Letra que la vida nos ha puesto en la palma de la mano para recordarnos lo que es la Humanidad.

Entrega: Palabra que usan las huachafas cuando alguien las lleva al dormitorio.

Escote: Parte de la mujer que nos hace olvidar lo que estábamos diciendo. 

Esperma: Seudónimo que utiliza el semen para trabajar de incógnito.

Extracción: Dolorosa suma de dinero que nos extrae el dentista por sacarnos una muela sin dolor.

Fantasma: Purgante instantáneo que generalmente hace efecto de noche.

Flato: Corriente de aire que se produce cuando alguien deja abierta la digestión.

Flatulo: Poeta griego, amigo de Empedócles y de Pedonio.

Higiene: Parte del desaseo consuetudinario que se pierde por acción del agua. 

Hinchada: Señora gorda que es fanática del fútbol.

Hipoteca: Sistema infalible para acabar con el sueño de la casita propia.

Historia: Historieta cómica de la que está prohibido reírse.

Honrado: Personaje mitológico al que se atribuyen virtudes hoy desaparecidas.

Huachafa: Generalmente, abuelita de quienes critican la huachafería.

Ídolo: En los pueblos civilizados, energúmeno que toca la guitarra entre alaridos suyos y ajenos. 

Ignorante: Sujeto que sabe todo de nada. 

Injerto: Nacimiento de un niño achinadito entre los hijos de un matrimonio sueco.

Insano: Demente que tarde o temprano acabará teniendo la razón.

Jerigonza: Dialecto empleado por los filósofos para explicarnos en ocho horas que dos más dos son cuatro.

Lavativa: Lección que se da al recto para que aprenda a funcionar como se debe.

Laxante: Estimulante digestivo que promueve el hábito de la lectura entre los estreñidos.

Luna de Miel: Artesanía milenaria dedicada a la confección de madres.

Maestra: Señorita que en la niñez nos enseñó las primeras piernas.

Mago: Empleado público que se las arregla para mantener a su familia hasta el fin de mes.

Mamadera: Institución administrativa destinada al mantenimiento de la opinión pública favorable a los gobiernos.

Manso: Perro que sólo muerde cuando uno le hace cariños en la cabeza.

Masa: Materia prima donde el político se gana el pan con el sudor de la gente.

Memoria: Cosa que automáticamente se borra cuando la Amnesia ofrece mayores garantías.

Misionero: Especie de cura que hasta el siglo pasado estudiaba en África para recibirse de menú.

Muerta: Mujer que dejó de hablar para siempre.

Mujer: Estimulante erótico que fácilmente puede conducir a la adicción.

Orfandad: Desmadre 

Orina: Minuto de silencio establecido en homenaje al sacrificado trabajo de los riñones.

Padrino: Seudónimo que usa el padre de la criatura para estar presente en el bautizo.

Palma: Árbol tropical que da unas piñas de la gran fruta.

Pantalones: Prendas de vestir que usan las mujeres de maridos débiles. 

Paternidad: Enigma que, generalmente, se llevan las mujeres a la tumba.

Patético: Dícese del cojo al que se le pisa el pie sano.

Patricida: Ciudadano que agarra a patadas los símbolos patrios cuando no consigue trabajo.

Pedante: Sujeto que emite sus gases con altanería. 

Penal: Lugar de donde se escapan las autoridades después de facilitar el escape de los presos.

Piara: Alumnos del primer año en cualquier disciplina profesional. 

Piedra: Parte del cerebro ajeno donde se estrellan nuestras más brillantes ideas.

Pito: Parte del organismo que sólo suena cuando deja de funcionar.

Ponzoña: Condimento con que las mujeres le dan sabor a la conversación cuando hablan de sus amigas.

Portátil: Cosa fácil de robar al primer descuido de su dueño.

Preso Político: Sujeto que llama a gritos a su madre.

Prudencia: Recomendación que siempre llega tarde al lugar del accidente.

Puntual: Cacaseno que nunca aprenderá a llegar tarde, como todo el mundo.

Recto: Parte del aparato digestivo que es lo más retorcido del mundo.

Retrete: Rincón de la casa donde el estómago aprende a tocar trombón.

Rosa: Espina de miércoles con una flor en la parte de arriba. 

Sable: Arma generalmente usada para conseguir un préstamo de los amigos.

Santa: Mujer que vive rezando para que el marido reviente de una buena vez.

Sartén: Artefacto de cocina donde la señora nos fríe las ganas de comer.

Seducción: Arte de ir a la cama por las buenas.

Siesta: Parte del horario estatal situada entre el refrigerio y la hora de salida.

Suizo: Especie de reloj humano que, cuando se atrasa, tiene que casarse para ponerse al día.

Supositorio: Vela que sirve para iluminar el estreñimiento. Humillación a la que es sometido el recto cuando persiste en fruncir la boca.

Tétano: Congestión ocular producida por la presencia de sostenes muy ajustados en el ambiente.

Tío: Proveedor indispensable de primas para contribuir al desarrollo sexual de sus sobrinos.

Universitario: Ciudadano de ideas propias que se paga los estudios con el dinero de su padre.  

Uñas: Único recurso conocido para aliviar la sarna.


 Un extra:

Sofonetos

 

Lujuria

 

 Lentamente desnudo con mis manos

tu blando cuerpo curvo, delicioso

fruto maduro que recorro ansioso

con ojos sensoriales y paganos... 


La tersa piel de irregulares planos

se me presenta en todo su ampuloso

tono crepuscular que cuidadoso

repaso entre mis dedos cirujanos...


No necesito adivinarte ahora, 

pues te veo y recuerdo cuando aflora

de tu todo sensual que me avasalla...


¡Y así desnuda y lánguida, el cuchillo

te clavo  y te convierto en picadillo

para hacerme otro jugo de papaya!

 

 

Otro más:

 

Desconfianza


 No me gusta la cara de tu vieja

cuando me mira de reojo y cuando

se ve en sus ojos lo que está pensando 

sobre este servidor que te corteja.


Tu vieja, francamente no nos deja

ni dos minutos solos, calculando

lo que puede pasar de contrabando

si te pido un levante en la molleja.


¿Por qué es tan desconfiada, me pregunto

si yo, cuando se trata del asunto

soy, de veras un hombre tan discreto

 

que, a pesar de la forma en que te cela,

por mí no va a saber que ya es abuela

y que en Agosto se le viene el nieto...?

 


 

Fuente:

Luis Felipe Angell, Sofocleto Dominical, Tomo 2 (Después se toma otro más...), Espacio Editores S.R.L., Lima, Perú, 1997, 160 págs

La nota en asterisco es mía.


sábado, 13 de junio de 2020

El Ingreso a San Marcos

Por Sofocleto (Luis Felipe Angell de Lama)


Un amigo mío, el doctor Perico de los Palotes, que trabaja en la Universidad de San Marcos y está metido en las cuestiones del ingreso a dicho nosocomio estudiantil, ha tenido la gentileza de mostrarme algunos ejemplares de las pruebas escritas, rendidas por quienes aspiran a ser, mañana, los profesionales del país. Bueno, francamente, de haber bestialidades, las hay, pero encajonadas dentro de pocas alternativas, porque los sistemas electrónicos de hoy son -en el fondo- una especie de “cara o sello” con que los muchacos de antes resolvíamos cualquier problema. El postulante a universitario no tiene, en la actualidad,  sino que escoger entre el “Sí” y el “No”, porque así lo exigen los planteamientos electrónicos del cerebro que computa las pruebas. O sea, del único cerebro sanmarquino capaz de aprobar decentemente todas las preguntas del cartapacio. Desde luego, repito, hay bestias químicamente puras, que -inclusive con las facilidades modernas- todavía se las ingenian para demostrar a la humanidad que tienen la materia gris de color cabritilla:

-¿El concepto “Sí” constituye una idea afirmativa?

-No

Incurable. Pero antes, cuando las pruebas se rendían de uno en uno y cada futuro doctor tenía mano libre para responder con todas sus potencias intelectuales, saltaba cada acémila al pódium de la fama -con sus respuestas- que más de un profesor terminaba loco, se ponía bizco, se hacía examinar los tímpanos porque no podía creer lo que había oído o se quedaba tieso de impresión, como ocurrió con un catedrático de Historia a quien le respondieron que Julio César fue muerto por Estúpido y no por Bruto. La imbecilidad era más auténtica, la ignorancia más pura, el analfabetismo menos sofisticado. No ocurre como hoy día, cuando la cultura sufre tales acometidas que uno se pregunta por qué los maestros de mi época nos hicieron tanto daño, enseñándonos todas las cosas  que sabemos, en vez de orientarnos hacia la venta de fritangas ambulantes, la elaboración de emoliente o cualquiera de las otras actividades que tienen tanto prestigio en la actualidad. Desgraciadamente -en nuestro caso- ya es muy tarde para hacernos los burros, porque mi generación fue víctima de un profesorado humanista, universalista y valoretista, que nos desasnó por completo, sin dejarnos siquiera un rebuzno dedicado a las generaciones posteriores. Somos, por lo tanto, testigos presenciales e incómodos de cuanta salvajada se dijo y escribió en San Marcos por boca y cerebro de algunas eminencias contemporáneas que entraron a la Universidad porque atrás los empujaba un camión de recomendaciones. Pero algunas respuestas vibran todavía en los aires del Salón de Actos, que era donde se rendían los éxámenes orales.
 
-A ver Alumno Imbecilio Brutález, curso de Historia... 
Dígame ¿Qué sabe sobre los catorce Incas del Imperio? 

-Que fueron ocho, doctor... 

Y al jurado tenían que sujetarlo entre ochenta porteros para que no estrangulara al pollino de marras, mientras reconfortaban al más viejito de los catedráticos dándole agua de azahar para que no abandonara este mundo por límite de fouls. Recuerdo el caso del pustulante recomendado por dos ministros de la época, cuyo cerebro era tan impenetrable como la selva amazónica y al que lo tuvieron sentado cuatro horas, en el Oral, esperando que diera una respuesta, por lo  menos  remotamente emparentada con la verdad, para justificar su ingreso. Al cabo de ellas, cuando era evidente que aprobarlo era sacrificar los más elementales principios de la Cultura y un escarnio para todos los hombres que, a través de la Historia, dedicaron sus vidas a dejar al mono convertido en gente, el Presidente del Jurado se incorporó, tosió y dijo en voz alta las siguientes palabras, dirigidas a sus compañeros de Mesa, al resto de candidatos y al público asistente:

-Señores, soy padre de familia, con mujer y seis hijos... me faltan ocho años para jubilarme y la enseñanza es el único ingreso de mi hogar... necesito mi puesto de profesor como se necesita el aire y sé que al no aprobar el ingreso de este alumno a San Marcos estoy jugando mi destino, porque mañana me botan, tempranito, de la Universidad, cuando lo sepan su papá, el Ministro, y su tío, el otro ministro que, además es compadre del Rector... ¡Pero, señores, yo no puedo aprobar a este animal sin que la conciencia me remuerda las entrañas hasta la hora de la muerte... porque se trata del bestia más bestia que me ha tocado enfrentar a lo largo de veintidós años en San Marcos.... Que me boten, pero no entra y no entra!  ¡He dicho!

Al otro día, efectivamente lo botaron de la Universidad. Pero respecto al postulante se equivocó, porque el resto del Jurado sí aprobó el ingreso del bestia, por mayoría de votos. E hicieron bien, porque ahora es un distinguido funcionario que anda por ahí... ¡Qué país!


Fuente:

Luis Felipe Angell, El Ángulo Agudo, Editorial Arica, Lima, Perú, 1974, pp. 27-29
Las negritas en el texto son del autor.