Los ojos que con insana fijeza miraban a través de la ventana del dormitorio hicieron gritar a Jackie, mi esposa. El viento y la lluvia de una tormenta invernal azotaban la ciudad, sumida en tinieblas.
Mientras me incorporaba sobresaltado en la cama, la cara de la ventana desapareció de pronto, allá, abajo. Oímos un ronco y fuerte chillido en el patio, y tintineaban los muebles metálicos.
Jackie y yo bajamos corriendo por las escaleras del frente, mientras nuestros dos hijos, Michael y Alexander, se precipitaban ruidosamente por las escaleras de atrás. Nos reunimos todos en la puerta del frente y la abrimos.
Alexander, de cinco años, lo etiquetó enseguida:
—¡Es un minino espía!
Michael, que ya tiene 13, lo describió con más precisión:
—¡Ese es un espía fracasado!
A todas luces el gato, había participado en algún caso muy peliagudo. Tenía el pelaje empapado y salpicado de lodo. Con una sacudida y un maullido ―gruñido que después descubrimos servía para todo, pues lo mismo indicaba placer que disgusto―, me hizo seguirlo después de atravesar la sala, hasta la cocina. Allí metió una pata como gancho, sucia de lodo, en el reborde de la puerta del refrigerador, y la abrió de un tirón.
Silvestre —como lo llamó Alexander, por su parecido con el personaje de una caricatura de la televisión— no era un animal cualquiera. Se colaba furtivamente en todas las habitaciones, temblando. Se escurría dentro de los roperos y alacenas, y se metía en los cajones. Mientras nos desayunábamos oíamos los ruidos sordos, golpes metálicos y estrépitos que pregonaban su descubrimiento: no deseaba estar adonde se había metido. Y seguía metiéndose en el refrigerador. Tras una semana de volver a poner las cosas en su sitio, una y otra vez, decidí cerrar esa puerta con un alambre.
Los niños estaban encantados con su nuevo compañero. Michael descubrió la pasión de Silvestre por el caviar, señal evidente de que era un espía que había conocido tiempos mejores, más clásicos. Con el tiempo, tuve que colocar una cerradura en la alacena para evitar que Michael acabara con la modesta provisión de delicias gastronómicas que guardaba mi esposa.
Cuando los muchachos se iban a la cama, los seguía, sacudiéndose y gimiendo. Apartaba las ropas de cama y se metía a hurtadillas en los lechos. Trataba de meterse debajo de los pies de los niños. Allí, al parecer, sentía cierta seguridad.
Jackie, que a acababa de perder varios vasos de fino cristal, dejados unos segundos cerca del fregadero para que se secaran, señaló: ʺMiren: es adorable y todo lo que ustedes gusten, pero yo digo que su lugar está afuera. No me importa quién esté persiguiéndoloˮ.
Estuve de acuerdo con ella. Aunque seguíamos alimentándolo, Silvestre sólo tenía afuera una misión: regresar adentro. Nos hicimos fuertes ante su cara de víctima que nos miraba desde las ventanas. Pero una noche en que teníamos invitados a cenar, vi que se instalaba en el antepecho de la ventana, y sospeché que algo tramaba. La expresión de su rostro era dura; decidida.
Sus chillidos parecían los de un alma inocente, injustamente castigada por amos sin corazón, que se hartaban de comer, mientras él se moría de hambre.
Uno de los invitados opinó: ʺMe parece que es un poco injusto para el gato, ¿no creen?ˮ
¿Cómo podríamos explicar nuestras razones?
Deberíamos haber imaginado, en todo caso, que, como experimentado agente secreto, Silvestre idearía un modo de meterse en la casa. Sabíamos que era increíblemente ágil, ya que había demostrado su pericia en subir al piso alto la noche de su llegada, ascendiendo por la enredadera hasta la ventana de nuestra alcoba. Yo creía haber tapado todas las entradas, pero poco después de aquella fiesta Silvestre empezó a aparecer dentro de casa todas las mañanas.
Una noche, me quedé despierto leyendo hasta muy tarde; Silvestre debió suponer que no había moros en la costa. Pensé que un pájaro se habría metido en la chimenea, aunque nunca había oído maullar a un pájaro. De pronto, Silvestre salió del tiro de la chimenea, con ojos de loco y retorciéndose.
Su dieta revelaba algo de la condición social que había tenido antes de la época de sus tribulaciones, cualesquiera que hayan sido. Se atragantaba con la comida ordinaria para gatos, enlatada, que le comprábamos. Tras mucho probar y fracasar, finalmente logré que comiera bistecs de primera calidad, ligeramente asados. Silvestre nunca ronroneaba, lo que parecía compatible con el código de espionaje de jamás revelar las emociones, pero sus gemidos me decían que esa era la comida a la que había estado acostumbrado toda su vida. Su pelaje se tornó lustroso. El pelo empezó a crecerle en la espigada cola. Estaba volviendo a lo que había sido antes de su aterradora vivencia en la tormenta. El antes paranoide e histérico Silvestre ya no se metía a hurtadillas en las habitaciones. Caminaba con aplomo. Dormía a pierna suelta.
También empezó a cambiar su actitud frente a los visitantes. Al principio, corría hacia el desván en cuanto sonaban pasos extraños. Ahora hacía fiestas a muchas de las personas que acudían a casa. Nunca había presenciado tan nauseabunda insinceridad. Se sentaba en el regazo de los visitantes, les lamía las manos, gemía dulcemente en su honor.
Pero no se crea que no hacía distingos. ¿Era imaginación mía que Silvestre decidía cómo tratar a la gente según los automóviles que conducían? Más de una vez vi que se alejaba con desdén de algún sedán de fabricación nacional. Era como si se encontrara otra vez con comida de lata.
Al cabo de una hora, la linda esposa de mi amigo exclamó: ʺ¡Quiero este gatito!ˮ
Cuando salimos a despedirnos de nuestros amigos, Silvestre estaba sentado en la capota doblada del Rolls. Me di cuenta de que aquel era el adiós definitivo.
Abrí la reja que daba al camino de grava. Entonces se me ocurrió que, desde el principio, esta modesta casita nunca había armonizado con el estilo y la distinción de Silvestre. Mi viejo automóvil habría sido el hazmerreír en el mundo del que él había venido.
El Rolls se deslizó junto a mí. Silvestre iba sentado en posición erguida sobre el regazo de su nueva y bella dueña, con los ojos fijos adelante, ronroneando ―sí, ronroneando— por el camino, para reanudar su fascinante y lujosa vida anterior sin lanzar ni una mirada hacia atrás.
Ilustración: Victoria Chess
Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo XCI, Año 46, Número 548, Julio de 1986, págs 14-17, Reader’s Digest Latinoamérica, S.A., Coral Gables, Florida, Estados Unidos
Notas
Sinónimos: clandestino, solapado, disimulado, subrepticio, oculto, cauteloso, sigiloso. DLE RAE
No hay moros en la costa.- La expresión «hay moros en la costa» es un modismo en español que se emplea para advertir que hay peligro inminente o que alguien está vigilando y podría descubrir algo que se desea mantener en secreto. Esta frase sugiere que es necesario extremar las precauciones y estar alerta ante situaciones de potencial riesgo. laspalabrassdescarriadas.es
Espigada/do.- Alto, crecido de cuerpo.
Sinónimos: esbelto, alto, delgado, grácil, estirado, crecido, larguirucho.
Aplomo.- Gravedad, serenidad, circunspección.
Sinónimos: serenidad, gravedad, circunspección, confianza, seguridad, compostura, mesura, calma, tranquilidad, imperturbabilidad, sensatez, flema.
Fuente: DLE RAE