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domingo, 8 de junio de 2025

El Mercader de Herat

Su estrategia de vendedor era tan irresistible, que me siguió los pasos por medio mundo.
 

Por James Michener


UNA VEZ viajé a la antigua ciudad de Herat, en Afganistán, y me alojé en un hotel que en otro tiempo había sido una mezquita y cuyos pisos eran de tierra. Apenas instalado, entró en mi habitación un hombre muy delgado, de negra cabellera, un tanto larga, y una sonrisa imborrable. De inmediato comenzó a arrojar al suelo 20 o 30 de las alfombras persas más encantadoras que jamás había visto.
Los diseños, por sí mismos, eran milagrosos: urdimbres intrincadas de símbolos coránicos enmarcados de grecas geométricas que hacían bailar los ojos. Y sus colores eran una auténtica delicia: rojos, amarillos, verdes y azules oscuros de una calidad radiante.
Supuse que se trataba de uno de los servicios que ofrecía el hotel, pero entonces el hombre me tendió un pedazo de papel donde estaba escrito a lápiz: Muhammad Zaqir, Mercader de Alfombras, Herat.
—¡No, no! —protesté—. ¡No quiero comprar alfombras!
—Yo dejarlas aquí —respondió sin dejar de sonreír—. Usted estudiarlas y aprender a que le gusten.
Antes de que pudiera renovar mis protestas, el hombre ya se alejaba con su camello.

Aquella noche regresó a mi habitación, alumbrada por la luz vacilante de una lámpara.
—¿Haber visto alfombras más bellas? —me preguntó—. Aquella ser de un amigo que vive en Mashlad; esas dos ser de Bukhara, y esta, de Samarkanda.

Volvió a la mañana siguiente, poco antes del mediodía. 
—Michener-sahib. ¿Un nombre alemán? —me preguntó.
Le expliqué mi procedencia, y entonces dijo:
—Tres, cuatro, quizás cinco de mis alfombras verse preciosas en su casa de Pensilvania.
—Mire, no necesito ni quiero alfombras para mi casa.
—¿No verse bien las alfombras en Pensilvania? —replicó.
Con la punta del pie apartó las que se habían quedado encima, a fin de revelar las desbordantes maravillas de las demás.
—Es grande, blanca y dorada, gustar a usted. Seiscientos dólares —prosiguió.
Al advertir mi asombro, se dio maña para tapar la grande con otras de menor tamaño.
—¡Ah, Michener-sahib! Usted debe tener buen ojo —dijo—. Esa ser de China. Ser de seda y lana; mirar los finos nudos.
Acto seguido me dio una conferencia sobre el arte de tejer alfombras: disertó sobre diseños, sobre variedades de nudos y sobre colores deslumbrantes. Era fascinante oírlo.

El tercer día, mientras bebíamos té, fue echando por tierra, una tras otras, todas mis objeciones:
—¿No poder llevarlas? Yo enviarlas. Salir en camello; en Karachi subir al barco; en tren salir de Nueva York; y luego en camión, hasta su casa en Pensilvania.
Me enseñó una libreta con las direcciones, en muchas partes del mundo, de compradores de sus alfombras. Su mercancía procedía de sitios tan remotos como Mashhad en Irán, o Bukhara, en Uzbekistán.
Al parecer, Muhammad Zaqir viajaba mucho con su camello de carga. 
En la libreta, a un lado de las direcciones de envío, estaban pegadas cartas en la que los clientes declaraban que las alfombras habían llegado a sus manos.
—Michener-sahib, yo dar precio especial. Yo dejar estas cuatro alfombras en 450 dólares. Nunca volver a encontrar ganga igual.
—No tengo dólares.
Al oír esto, Muhammad enumeró con rapidez las divisas que podía aceptar en sus transacciones: moneda británica, india, iraní, pakistaní, afgana…
—Amigo Muhammad —lo interrumpí—, no tengo dinero de ninguna clase.
—Yo saber, yo saber —gimió—. Pero usted ser honrado y yo aceptar su cheque personal.
Afligido, repuse:
—No tengo ni un solo cheque en blanco.
—Yo creerle —aseguró Muhammad—. Entonces, dibujar uno.
Me tendió una hoja de papel ordinario y, por primera vez en mi vida, dibujé un cheque. Se lo entregué, y a continuación Muhammad Zaqir enrolló las cuatro alfombras que yo había comprado, montó en su camello y se marchó.

De regreso en mi casa de Pensilvania, empecé a recibir dos clases de cartas. La primera era más o menos del siguiente tenor:
Soy su agente de embarques de Estambul. Recientemente llegó un carguero procedente de Karachi, con un paquete grande dirigido a usted. Cuando reciba su cheque por 19.50 dólares norteamericanos le remitiré el paquete.

Durante tres años recibí un flujo ininterrumpido de cartas procedentes de Karachi, de Estambul, de Trieste y de Marsella. Invariablemente solicitaban una suma inferior a 20 dólares, de manera que me inclinaba a pensar: Puesto que ya he invertido tanto en esto, bien podría arriesgar un poco más.

La segunda clase de cartas eran parecidas a esta: 
Soy el embajador de Italia en Kabul.
Hace poco estuve en Herat, donde un mercader de alfombras me mostró ese extraño cheque que usted le dio. Me preguntó si se lo pagarían cuando deseara hacerlo efectivo, y yo le aseguré que no habría inconveniente. A mi vez, le pregunté por qué no lo había presentado todavía para su cobro, y contestó: “Michener-sahib ser un hombre famoso. Yo mostrar su cheque a gente como usted, y vender muchas alfombras”.


Recibí cartas de viajantes de comercio franceses, de exploradores ingleses, de comerciantes indios, de toda la variedad imaginable de personas que acudieron a la ex  mezquita de Herat.

Un día, llegaron las alfombras, como me había prometido Muhammad Zaqir, junto con una cantidad tal de documentos de embarque que por sí mismos podían figurar en la colección de un museo. Al cabo de cinco años, el cheque que yo había dibujado y que había servido como propaganda llegó al banco, y este pagó su importe.

Aprecio mucho mis magníficas alfombras y estoy muy contento de tenerlas; pero quizás  disfruto más mis recuerdos del honrado mercader que durante cuatro días hizo gala de ingenio para persuadirme a comprarlas.


Condensado  de “The World Is My Home: A Memoir”, © 1992 por James A. Michener. Publicado por Random House, Inc., de Nueva York, Nueva York.


Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo CIV, N° 624, Año 52, Noviembre de 1992, páginas 111-113, Reader’s Digest Latinoamérica, S.A., Coral Gables, Florida, Estados Unidos


Notas
Greca: Adorno consistente en una faja más o menos ancha en que se repite la misma combinación de elementos decorativos, y especialmente la compuesta por líneas que forman ángulos rectos. DLE. RAE

Sahib: Señor, amo. Se usaba especialmente entre los habitantes nativos de la India colonial cuando se dirigían o hablaban de un europeo de algún estatus social u oficial. Diccionario Merriam-Webster

Tenor: Contenido literal de un escrito u oración
A tenor, a este tenor: Locución adverbial.-  Por el mismo estilo, de la misma manera. DLE. RAE

Karachi: Ciudad más poblada, y centro financiero y portuario de Pakistán. Wikipedia

Trieste: Ciudad en el norte de Italia, a orillas del Mar Adriático.

Kabul: Ciudad más poblada y capital de Afganistán.

sábado, 28 de agosto de 2021

Encanto de los Riachuelos

Ocupan en nuestro corazón y en nuestra mente un lugar más importante que los ríos caudalosos

Por Peter Steinhart

Los riachuelos no reciben nombres de generales ni de caudillos. Los toman de cualquier cosa que esté a lamano: riachuelo Rocoso, riachuelo del Molino, riachuelo Fangoso. No se les exalta en relatos de viajes ni en himnos nacionales. Son lo más trivial del paisaje.

Pero casi todos tenemos uno en nuestro pasado: la corriente amiga que fluyó en la primavera de nuestra mocedad. La voz del guardabosques se suaviza cuando habla del arroyo de su niñez, donde solía nadar o pescar. Una mujer se siente transportada de pronto al hogar paterno cuando recuerda los días en que atrapaba cangrejos en el riachuelo que corría detrás de su casa.

El mío serpentaba entre el huerto de albaricoques de mi abuelo y el pastizal de un vecino, que cubría una colina. Sus orillas estaban sombreadas por álamos y secuoyas, y por una espesa maraña de zarzas y vides silvestres. En los días deverano, el agua clara y fría pasaba tranquilamente sobre las acumulaciones de guijarros donde me gustaba pescar truchas.

Los arroyos jamás son escenarios de hechos históricos. Pero a juzgar por su persistencia en nuestra memoria, son más grandes de lo que parecen. Ocupan en nuestro corazón y en nuestra mente un lugar más importante que los ríos caudalosos.

En los riachuelos el tiempo se mide por la vida de extrañas criaturas: los larvas de frígano moteadas de arena, que se ocultan bajo las rocas; las finísimas nubecillas de cachipollas que se forman repentinamente por la tarde; los pececillos que atraviesan como dardo de inspiración el umbroso destino de la corriente.

A diferencia de los ríos, que corren saturados de limo y de refinamiento, los arroyos son claros, inocentes, bulliciosos, y están llenos de sueños y promesas. Un niño puede vadearlos sin que sus padres lo cuiden. Pertenecen a la niñez; junto a ellos vislumbramos el ancho mundo y la curvatura del horizonte.

Pero, sobre todo, ofrecen a la mente la oportunidad de penetrar en el extraño universo del agua, de los renacuajos y las truchas. La corriente de un riachuelo lleva consigo las posibilidades de otros mundos dentro y fuera del nuestro. El poeta estadounidense Robert Frost escribió: “Fluye entre nosotros, por encima de nosotros y con nosotros. Y es tiempo, fuerza, aliento, luz, vida y amor”.

Los riachuelos nos atraen, como un perfume en el viento. Son algo que se pierde en un recodo, en la tierra, en otra dimensión. Seguir uno es ir al encuentro con la vida.


EN ESTA ETAPA de mi existencia aún megusta seguirlos. Suelo rastrear su curso en las praderas de regiones montañosas, a través de pastizales de color verde limón y de gruesas capas de mantillo congelado. En esos parajes me quedo maravillado ante los destellos del cuarzo y de la mica. Y a lo largo de mis recorridos se va evapornado la prisa urbana, y se me quita un peso de encima. En cierta ocasión, en el desierto de California, mientras los colibríes revoloteaban alrededor de los cactos, oí un murmullo de agua. Mis oídos me condujeronpor por colinas polvorientas y escabrosos barrancos, hasta un inesperado listón de agua límpida y fría que saltaba de roca en roca y formaba pequeñas pozas. El hallazgo me llenó de júbilo, como si hubiera sido un episodi obíblico.

Ya hace tiempo, el riachuelo de mi infancia se vio afectado por el bombeo, la derivación y la canalización de las corrientes subterráneas. Su destino fue el mismo que el de la mayoría de losarroyos que alimentan las grandes vías fluviales de las concentraciones urbanas. No queda uno solo, en este reino de mis recuerdos, que no tenga por lo menos un tramo desviado y constreñido entre muros de concreto. Con los riachuelos desaparecieron también los secretos del valle, el canto de los tordos, la fresca sombra de los álamos, y la inspiración.

Pero yo conservo, como consuelo, una imagen muy distinta de ellos.  El agua corre por un prado,en una región motañsa de California. Es verano, y el sol crepuscular proyecta largas y azules sombras a través de la bruma que envuelve el bosque. La luz se enreda en el rubio cabello de mi hijo de seis años,que sostiene una caña de pescar. En el riachuelo bullen las truchas arco iris. Con sus rápidos y caprichosos movimientos tratan de atraer al niño a su mundo, así como él quiere sacarlas al suyo. Cuando una de ellas por fin muerde el anzuelo, el chico ejecuta una danza triunfal mientras sostiene en alto la plateada criatura, que se agita colgada del sedal. Al contemplar esa imagen no cabe duda de quién ha sido atrapado.

 

© 1989 por Peter Steinhart. Condensado de Audubon” (Mayo de 1989), de Nueva York, Nueva York.

Revista Selecciones del Reader’s Digest, Julio de 1993, tomo CVI, N° 632, págs. 79-80, Reader’s Digest Latinoamérica, S.A., Coral Gables, Florida, Estados Unidos