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miércoles, 13 de agosto de 2025

El Fenómeno de la TV

Por Héctor Velarde

Había oído hablar muchísimo de Adolfo Serrano; un fenómeno de la TV, una maravilla, un prodigio de conocimientos, un monstruo de memoria. Quise verlo y fui a casa de un amigo cuyo aparato de TV es como cinema de barrio. En la salita de mi amigo ya no cabía ni un alfiler en espera de que apareciese Adolfo Serrano en la pantalla.
Mientras tanto comentaban sus proezas: 
―¿Te acuerdas el jueves pasado cuando le preguntaron con qué armas entró Alarico a Roma y que él contestó inmediatamente con arco, espada y porra? ¡El lío que se armó! Nadie sabía lo de la porra. ¿Luego, en Arqueología Egipcia, cuando le preguntaron con qué pie había pisado primero Lord Carnarvon al penetrar en la cámara funeraria de Tutankamón ¿¿Y lo que respondió? Notable. Que lo primero que puso Lord Carnarvon no fue el pie sino la mano izquierda porque entró a gatas… tuvieron que darle el premio.
De pronto una exclamación:
—¡Ya salió!


Vi a un hombre alto, larguísimo y con la cara completamente invadida por dos ojos redondos, separados, salidos y fríos como los faros de un automóvil viejo. Concursaba sobre Historia Santa.
Le preguntaron de qué color era el manto de la Virgen María cuando crucificaron a nuestro señor Jesucristo. ¿Blanco, azul, marrón o negro?
El hombre quedó más de tres minutos como petrificado por la pregunta,  dio un grito agudísimo, prolongado, que se apagó poco a poco como si se hubiese tirado en un pozo sin fondo y se cayó muerto, largo a largo…


Fue como la caída violenta de un poste sin que mediara ninguna razón visible. Algo muy raro. Naturalmente el programa “Gomia Pigal pregunta” terminó a capazos. 

¿Pero de que murió Adolfo Serrano?

Y aquí viene el misterio. Hasta ahora no se sabe. No lo entierran porque no pueden todavía hacer el parte de defunción. Ya va una semana de esto… Por más que lo han examinado no le encuentran nada, absolutamente nada, ni corazón, ni ataque cerebral, ni enfermedad vieja, nada, es rarísimo… Lo único que se sabe es lo declarado por su mujer, el cura que lo confesaba, un anticuario que le conocía mucho, un pintor misógino y el director de la TV, canal 48 donde murió…

Es verdaderamente un caso para intrigar a cualquiera. Adolfo Serrano hubiera podio tener fama internacional pero era muy tímido, muy poquito… En cuanto principiaba a llamar la atención con su memoria se retiraba prudentemente… Trabajó en circos como adivino, vestido de mago asirio, fue guía de una empresa alemana de turismo hasta que lo creyeron peligroso, estuvo algún tiempo como calculista mental en una casa de máquinas registradoras; él era quien las controlaba…

Su mujer contó que se  había casado con Adolfo Serrano en Huancayo ―era huancaíno― porque la encontraba parecidísima a Kufrú Nacopeth, una princesa copta del año 80 d. J. C., que él admiraba mucho. También contó que su marido se manejaba en todas las ciudades que visitaba la primera vez como si hubiese vivido en ellas toda la vida, que no necesitaba plano, ni preguntar ni nada… “Todo era por conocimientos históricos, de memoria, no tenía sino que mirar a su alrededor y decirme: chola, ¡por aquí! ¿Y cómo sabes, le pregunté al llegar a Londres, que es por aquí? Ah, me contestó, porque en esta esquina Richard Cromwell en 1659 volteó con su gente para perseguir al general Monk y llegó hasta Westminster donde vamos ahora…
En París era lo mismo, se fue como si tal cosa del lugar de las Tullerías donde está el Pabellón de Flora hasta la Plaza de los Vosgos siguiéndole los pasos a Enrique IV y luego, empalmando con los de Luis XIII, fuimos a almorzar al final de la calle Saint Antoine donde al morzaban los mosqueteros… Y en Roma, y en Budapest, y en los barrios de El Cairo… Donde Adolfo dudaba y se sentía un poco mal, con mareos era en las ciudades americanas como en Kansas City, por ejemplo, como no hay mucho que recordar…


Luego las declaraciones del cura son igualmente extraordinarias. Dijo que Adolfo Serrano era incapaz de matar una mosca, además no le interesaba matar a nadie, no tenía codicia, ni pasiones, y mucho menos vicios, amaba a su mujer en adoración perpetua. Un día le confesó que estaba enamorado de ella desde la punta de los pelos hasta las uñas de los pies, que ese amora era constante y que ya duraba 1800 años. Referencia seguramente a Kufrú Nacopeth.
Para él todos los pecados eran iguales, todos tenían el mismo valor de gravedad, su temor a la realidad era tal que no cometía ninguno…
Sin embargo su examen de conciencia comprendía íntegramente toda su vida, sin omitir ningún detalle, desde su última confesión hasta el momento en que se confesaba nuevamente. “A Dios gracias, dice el cura, esto era una vez al año. Las confesiones duraban por lo general tres horas. Yo tenía que pararlo. Pero nada. Y cuando, por casualidad, se olvidaba de algo creía haber cometido un pecado horrible y lloraba de no poder acordarse… Ah, pero si llegaba a recordarlo todo, todo, todo…”


Los informes más interesantes y sorprendentes los ha proporcionado el anticuario. Sus datos y observaciones diagnostican admirablemente el caso de Adolfo Serrano como un verdadero fenómeno y explican todo lo referido.
“Yo era cliente de Adolfo, declara el anticuario; no tenía precio para mi negocio. Si dudaba sobre el origen Tudor o catalán de un banquito gótico, Adolfo no hacía sino mirarlo y me decía: Alemán del siglo XIV, hecho en Bremen en los talleres del maestro Sibelius. Para él, para Adolfo, lo nuevo y lo viejo eran exactamente lo mismo. A fuerza de memoria había suprimido el pasado, sí señor, el pasado; al suprimir el pasado todo era presente para él, todo lo veía como en una inmensa tapicería. Su mundo no era redondo, no; era un plano repleto, nutrido, de imágenes compactas, nítidamente limitadas y sin ningún vacío entre ellas… Un mural sin grietas. Las dudas eran como si descubriera huecos en esa pared compacta de mil mosaicos, lisa, inmensa, y entonces tenía vértigos… Luego, y aquí viene lo más grave, habiendo suprimido el pasado había suprimido el tiempo…
Suprimir el tiempo es suprimir la perspectiva de las cosas, la distancia en profundidad, la tercera dimensión… ¡La tercera dimensión! Es decir, el volumen, el peso, la realidad misma. Adolfo había suprimido la realidad tangible y durable; andaba y pensaba como en una superficie chata, de dos dimensiones solamente, delgadita, luminosa… Adolfo era un reflejo viviente de todo lo que había visto y veía, parecía un gran espejo de armario, largo, solo, ambulante y en peligro de hacerse pedazos en cualquier momento”.


Ante ese caso único, increíble,  no perdí naturalmente el testimonio del pintor misógino.
El pintor conoció a Adolfo Serrano en una galería de arte y se interesó  mucho por su falta absoluta de sensibilidad artística. Adolfo Serrano no sabía si una escultura o cuadro era feo o bonito.
Todo lo juzgaba por comparaciones históricas que eran infalibles, pero nada por valores intrínsecos de belleza.
“Un día, dice, le mostré la copia de un Picasso. Inmediatamente observó: proviene en línea recta de los pájaros hititas encontrados recientemente en Ur… La equivalencia de lo aparente le bastaba y sobraba; el arte para él era una doble ilusión…
Una estatuita podía ser de oro o de plomo pintada con purpurina; le era completamente igual… En cuanto a música no entendía nada. Él mismo me explicó en un concierto como la música es tiempo puro, que fluye y no queda, yo no puedo fijarla en imágenes, se me escapa… No logro captar su significado y entonces oigo como una sucesión de ruidos a veces agradables… Silbaba muy mal La Donna è Mobile. Inconocible”.


No había duda de que todas las declaraciones tenían una unidad absoluta. Adolfo Serrano era un fenómeno misterioso de memoria plástica, objetiva, todo él   era memoria pura, presencia integra de lo que fue y es visible… ¿Por qué se caería muerto de golpe cuando le preguntaron de qué color era el manto de la Virgen María cuando crucificaron a nuestro Señor Jesucrito?. Si blanco, azul, marrón o negro.
―Le falló pues la memoria, murmuró un zambito aficionado a la TV que me había oído; unos se mueren porque les falla el corazón, otros porque les falla la memoria…


Es evidente, pensé, a Adolfo Serrano se le perforó el mural de su mundo repleto de recuerdos intactos, cerrados, precisos, sin claros… Se le abrió el forado de un olvido fatal, sin fondo y todo su ser se fue, se vació por ahí como el agua por el hueco de un lavatorio.

Pero a Adolfo Serrano no lo han enterrado aún porque no saben precisamente de qué ha muerto. Se le puede seguir viendo en la TV, repitiendo lo mismo.
 


Héctor Velarde Bergmann, nació en Lima en 1898. Arquitecto y catedrático de la Universidad de Ingeniería. Ha publicado ensayos sobre problemas estéticos, historia del arte y de la arquitectura. Colabora con regularidad en diarios y revistas del Perú y del extranjero. Ha publicado “Kikiff“, en 1924; ”Tumbos de Lógica“, en 1928; ”Yo quiero ser filósofo“ en 1932; ”El diablo y la Técnica“ en 1935; “El Circo de Pitágoras” en 1939; ”Lima en picada” en 1944;  ”El Hombre que perdió el tacto y otras cosas por el estilo en 1947“; ”La Cortina de lata“ en 1950; ”Oh, los gringos“ en 1957; ”La Perra en el Satélite“ en 1958. Recientemente se han editado sus obras completas.
Velarde falleció en Lima en 1989.



Varios autores, Antología del Cuento. Lima en la Narración Peruana, Presentación y Selección de Elías Taxa Cuádroz,  Editorial Continental- Kontinental Verlag, Lima, Perú, 1967, págs. 171-174



Pequeño Comentario

Por los detalles del relato hace recordar al cuento de Jorge Luis Borges, Funes el Memorioso.

Claro que Serrano es un memorista, un simple y maniático acumulador de datos, un ser de lo más opaco. Los tipos así no comentan (no tienen opinión propia) ni analizan, ya que sólo repiten lo que leyeron o vieron en alguna parte.

A ambos personajes les falla la cuestión porque la memoria no puede ser absoluta y uno no puede saberlo todo ni acordarse de cada cosa (hay muchos temas de los que no tenemos toda la información. Además muchos detalles son inútiles). Si no existiera el olvido la vida sería insoportable.
 
No todo es o puede basarse en acumular datos sino que hay que pensar, reflexionar, analizar, discernir, desechar, aplicar, actuar, hablar, etc. Por otra parte la pedantería es de lo más inaguantable.



Notas

He corregido algunas erratas que estaban en el texto original.
Añadí algunos datos a la reseña del autor en el libro.

Capazo.- Espuerta grande de esparto o de palma.
Sinónimos: capacho, capaza, cesta, cesto, canasta, canasto, espuerta, capacha, sera, serón. DLE RAE

Terminar o acabar a capazos.- Además de los usos más comunes, la palabra "capazo" también ha adquirido otros significados, especialmente en contextos coloquiales. En algunas regiones, "capazo" puede referirse a un golpe dado con la capa. La expresión "acabar a capazos" se usa para describir una reunión o evento que termina en desorden o con una fuerte discusión.

De manera similar, la expresión "parar en capazos" se utiliza coloquialmente para referirse a una desavenencia o riña. bibliatodo.com

Inconocible (Incognoscible).- 
Que no se puede conocer.
Sinónimos: insondable, inescrutable, impenetrable, incomprensible, ininteligible, misterioso. DLE RAE

La Donna è mobile (La mujer es voluble): Famosa canción (aria) de la ópera Rigoletto del compositor italiano Giuseppe Verdi.

lunes, 7 de julio de 2025

El Obispo Chicheñó

 

Por Ricardo Palma

 

Lima, como todos los pueblos de la tierra, ha tenido (y tiene) un gran surtido de tipos extravagantes, locos mansos y cándidos. A esta categoría pertenecieron, en los tiempos de la República, Bernardino, Basilio Yegua, Manongo Moñón, Bofetada del Diablo, Saldamando, Cogoy, el Príncipe, Adefesios en misa de una, Felipa la Cochina, y pongo punto por no hacer interminable la nomenclatura.

Por los años de 1780 comía pan en esta ciudad de los Reyes un bendito de Dios, a quien pusieron en la pila bautismal el nombre de Ramón. Era éste un pobrete de solemnidad, mantenido por la caridad pública y el hazmerreír delos muchachos  y gente ociosa. Hombre de pocas palabras, pues para complemento de desdicha era tartamudo, a todo contestaba con un sí, señor, que al pasar por su desdentada boca se convertía en chí, cheñó.

El pueblo llegó a olvidar que nuestro hombre se llamaba Ramoncito, y todo Lima lo conocía por Chicheñó, apodo que se ha generalizado después aplicándolo a las personas de carácter benévolo y complaciente que no tienen hiel para proferir una negativa rotunda. Diariamente, y aun tratándose de ministros de Estado, oímos decir en la conversación familiar:
—¿Quién? ¿Fulano? ¡Si ese hombre no tiene calzones! Es un Chicheñó.

En el año que hemos apuntado llegaron  a Lima con procedencia directa de Barcelona, dos acaudalados comerciantes catalanes trayendo un valioso cargamento. Consistía éste en sedería  de Manila, paño de San Fernando, alhajas, casullas de lana y brocado, mantos para imágenes y lujosos paramentos de iglesia. Arrendaron un vasto almacén en la calle de Bodegones, adornando una de las vidrieras de pectorales y cruces de brillantes, cálices de oro, con incrustaciones de piedras preciosas, anillos, arracadas y otras prendas de rubíes, ópalos, zafiros, perlas y esmeraldas. Aquella vidriera fue pecadero de las limeñas y tenaz conflicto para el bolsillo de padres, maridos y galanes.
Ocho días llevaba abierto el elegante almacén cuando tres andaluces, que vivían en Lima más pelados que ratas de colegio, idearon la manera de apropiarse de parte de las alhajas, y para ello ocurrieron al originalísimo expediente que voy a referir.

Después de proveerse de un traje completo de obispo, vistieron con él a Ramoncito, y dos de ellos se plantaron sotana, solideo y sombrero de clérigo.
Acostumbraban los miembros de la Audiencia ir a las diez de la mañana a Palacio en coche de cuatro mulas, según lo dispuesto en una real pragmática.

El Conde de Pozos Dulces don Melchor Ortiz Rojano era, a la sazón, regente de la Audiencia, y tenía por cochero a un negro, devoto del aguardiente, quien después de dejar a su amo en Palacio fue seducido por los andaluces, que le regalaron media pelucona, a fin de que pusiese el carruaje a disposición de ellos. Acababan de sonar las diez, hora de almuerzo para nuestros antepasados, y las calles próximas a la Plaza Mayor estaban casi solitarias, pues los comerciantes cerraban las tiendas a las nueve y media y seguidos de sus dependientes iban a almorzar en familia. El comercio se reabría a las once.

Los catalanes de Bodegones se hacían llevar con un criado el almuerzo a la trastienda del almacén e iban ya a sentarse cuando un lujoso carruaje se detuvo a la puerta. Un paje de aristocrática librea, que iba a la zaga del coche, abrió la portezuela y bajó el estribo, descendiendo dos clérigos y tras ellos un obispo.

Penetraron los tres en el almacén. Los comerciantes se deshicieron en cortesías, besaron el anillo pastoral y pusieron junto al mostrador silla para su Ilustrísima. Uno de los familiares tomó la palabra y dijo:
—Su señoría el señor obispo de Huamanga, de quien soy su humilde capellán y secretario, necesita algunas alhajitas para decencia de su persona y de su santa Catedral, y sabiendo que todo lo que ustedes han traído de España es de última moda, ha querido darles la preferencia.

Los comerciantes hicieron, como es de práctica, apología de sus artículos, garantizando bajo palabra de honor que ellos no daban gato por liebre y añadiendo que el señor Obispo no tendría que arrepentirse por la distinción con que los honraba.
—En primer lugar —continuó el secretario—, necesitamos un cáliz de todo lujo para las fiestas solemnes. Su señoría no se para en precios, que no es ningún roñoso.
—¿No es así, ilustrísmo señor?
Chí, cheñó —contestó el obispo.

Los catalanes sacaron a lucir cálices de primoroso trabajo artístico. Tras los cálices vinieron cruces y pectorales de brillantes, cadenas de oro, anillos, alhajas para la Virgen de no sé qué advocación y regalos para las monjitas de Huamanga. La factura subió a quince mil duros mal contados.

Cada prenda que escogían los familiares la enseñaban a su superior, preguntándole:
—¿Le gusta a su señoría ilustrísima?
Chí, cheñó —contestaba el obispo.
—Pues al coche.
Y el pajecito cargaba con la alhaja, a la vez que uno de los catalanes apuntaba el precio en un papel.

 Llegado el   momento del pago dijo el secretario:
—Iremos por las talegas al palacio arzobispal, que  es donde está alojado su señoría, y él nos esperará aquí. Cuestión de quince minutos. ¿No le parece a su señoría ilustrísima?
Chí, cheñó —respondió el obispo.

Quedando en rehenes tan caracterizado personaje, los comerciantes no tuvieron ni asomo de desconfianza, amén que aquellos no eran tiempos de bancos y papel-manteca en que quince mil duros no hacen peso en el bolsillo.

Marchados los familiares, pensaron los comerciantes en el desayuno, y  acaso por llenar fórmula de etiqueta, dijo uno de ellos:
—¿Nos hará su señoría ilustrísima el honor de acompañarnos a almorzar?
Chí, cheñó.

Los catalanes enviaron a las volandas al fámulo por algunos platos extraordinarios, y sacaron sus dos mejores botellas de vino para agasajar al príncipe de la Iglesia, que no sólo les dejaba fuerte ganancia en la compra de alhajas sino que les aseguraba algunos centenares de indulgencias valederas en el otro mundo.

Sentáronse a almorzar, y no les dejó de parecer chocante  que el obispo no echase su bendición al pan, ni rezase en latín, ni por más que ellos se esforzaran en hacerlo  conversar, pudieran arrancarle otras palabras que chí, cheñó.

El obispo tragó como un Heliogábalo.

Y entretanto pasaron  dos horas, y los familiares con las quince talegas no daban acuerdo de sus personas.
—Para una cuadra que distamos de aquí al palacio arzobispal ya es mucha la tardanza —dijo, al fin, amoscado uno de los comerciantes—. ¡Ni que hubieran ido a Roma por bulas! ¿Le parece a su señoría que vaya a buscar a sus familiares?
Chí, cheñó.

Y calándose el sombrero, Salió el catalán desempedrando la calle.

En el palacio arzobispal supo que allí no había huésped mitrado y que el obispo de Huamanga estaba muy tranquilo en su diócesis cuidando de su rebaño.

El hombre echó a correr vociferando como un loco, alborotóse la calle de Bodegones, el almacén se llenó de curiosos para quienes Ramoncito era antiguo conocido, descubrióse el pastel, y por vía de anticipo mientras llegaban los alguaciles, la emprendieron los catalanes a mojicones con el obispo de pega.

De ene es añadir fue a chirona; pero reconocido por tonto de capirote, la justicia lo puso pronto en la calle.

En cuanto a los ladrones, hasta hoy (y ya hace un siglo) que yo sepa, no se ha tenido de ellos noticia.

 

Ricardo Palma. Tradiciones Peruanas, Ediciones Libertadores de América S.RL., Lima, Perú, 1982, págs. 60-64



Notas

Chicheñó.- Perú. Persona complaciente, sin carácter e incapaz de opinar por sí misma. Diccionario de Americanismos ASALE

Los demás conceptos son del diccionario de la RAE o de otra fuente.

Cándido.- Ingenuo, que no tiene malicia ni doblez. Ingenuo, que no tiene malicia ni doblez. Candoroso, ingenuo, crédulo, incauto, inocente, párvulo, sencillo, simple, panoli, candelejón.

Hazmerreír.- Persona que por su figura ridícula y porte extravagante sirve de diversión a los demás.

Tener alguien bien puestos los calzones, o tener alguien muchos calzones.- Ser de carácter fuerte y decidido.
 
Casulla.- Vestidura que se pone el sacerdote sobre las demás para celebrar la misa, consistente en una pieza alargada, con una abertura en el centro para pasar la cabeza.

Brocado.- Dicho de una tela: Entretejida con oro o plata. Tela de seda entretejida con oro o plata, de modo que el metal forme en la cara superior flores o dibujos briscados. Bordado, briscado.

Paramento.- Adorno o atavío con que se cubre algo. Vestiduras y demás adornos que usan los sacerdotes para celebrar misa y otros divinos oficios. Adornos del altar.

Calle de Bodegones.- Actual calle Carabaya, cuadra VI, en Lima.

Arracada: Arete con adorno colgante.

Real Pragmática o Pragmática: Disposición dada por el rey en virtud de su poder legislativo.
En Castilla se promulgaron pragmáticas sobre temas muy diversos con la fórmula «como si hubieran sido dadas en Cortes», en el sentido de ser consideradas con rango superior. Fue la forma habitual de legislar, desprendiéndose de las Cortes, a partir del siglo XIV o principios del siglo XV. En la Corona de Aragón las podía promulgar tanto el rey como su lugarteniente o gobernador y versaban sobre las materias no reservadas a las Cortes. Se denominan a veces reales provisiones o cartas de provisión. Diccionario Panhispánico del español jurídico, RAE, ASALE

Pelucona.-
El término "pelucona" deriva, como bien indica el diccionario, de "peluca". Esto se debe a la representación del busto del rey en las monedas, que solía mostrar una ostentosa peluca, símbolo de la moda y el estatus social de la época. Estas pelucas, grandes y elaboradas, se convirtieron en un rasgo distintivo de la nobleza y la realeza, y por extensión, de las monedas que llevaban su imagen. De ahí que la moneda, por metonimia, recibiera el nombre popular de "pelucona". bibliatodo.com
Onza de oro, y especialmente cualquiera de las acuñadas con el busto de uno de los reyes de la casa de Borbón, hasta Carlos IV inclusive. 

Apología.- Discurso de palabra o por escrito, en defensa o alabanza de alguien o algo. Alabanza, elogio, panegírico, ensalzamiento, loa, bombo, encomio, etc.  

Dar gato por liebre.-  Esta expresión significa que se ha engañado con mala fe, es decir, que se ha producido un engaño a propósito. Se dice especialmente cuando se quiere vender algo a alguien por una cantidad superior a la que realmente tiene.


Roñoso.- Miserable, mezquino, tacaño, agarrado, etc.

Talega.- Saco o bolsa anchos y cortos, de lienzo basto u otra tela, que sirven para llevar o guardar las cosas.

A las volandas.- Rápidamente, en un instante.

Fámulo.- Criado doméstico. Sirviente, camarero, mozo, lacayo, etc.

Heliogábalo.- Marco Aurelio Antonino Augusto, emperador romano (203-222), conocido también como Heliogábalo.
Por las costumbres y excentricidades que practicó este emperador se denomina heliogábalo a una persona que está dominada por la gula.

No dar acuerdo de su persona.- Reaparecer luego de una ausencia prolongada.

Amoscado.- De amoscar: recelar, desconfiar, escamar, mosquear, enfadar, enojar, irritar, cabrear, etc. wordreference.com

Chirona.- Cárcel, prisión, presidio, penal, cana, calabozo, etc.

Capirote.- Capucha antigua con falda que caía sobre los hombros y a veces llegaba a la cintura. 

Tonto de capirote.- Locución adjetiva coloquial. Pospuesto a un adjetivo despectivo como tonto, se usa para enfatizar el significado de este. RAE

Más detalles: ser un tonto de capirote.

Mojicón.- Golpe que se da en la cara con la mano.

De ene.- Se puede entender como que sobra, que está de más decirlo.



miércoles, 14 de mayo de 2025

Con Días y Ollas Venceremos

Por Ricardo Palma
 
A principios de junio de 1821, y cuando acababan de iniciarse las famosas negociaciones o armisticio de Punchauca entre el virrey La Serna y el general San Martín, recibió el ejército patriota, acantonado en Huaura, el siguiente santo, seña y contraseña: Con días -y ollas- venceremos.
Para todos, exceptuando Monteagudo, Luzuriaga, Guido y García del Río, el santo y seña era una charada estúpida, una frase disparatada; y los que juzgaban a San Martín más cristiana y caritativamente se alzaban de hombros murmurando: ʺ¡Extravagancias del general!ˮ.
Sin embargo, el santo y seña tenía malicia o entripado, y es la síntesis de un gran suceso histórico. Y de eso es de lo que me propongo hoy hablar, apoyando mi relato, más que en la tradición oral que he oído contar al amanuense de San Martín y a otros soldados de la patria vieja, en la autoridad de mi amigo el escritor bonaerense D. Mariano Pelliza, que a vuela pluma se ocupa del santo y seña en uno de sus interesantes libros.


I

San Martín, por juiciosas razones que la historia consigna y aplaude, no quería deber la ocupación de Lima al éxito de una batalla, sino a los manejos y ardides de la política. Sus impacientes tropas, ganosas de habérselas cuanto antes con los engreídos realistas, rabiaban mirando la aparente pachorra del general; pero el héroe argentino tenía en mira, como acabamos de apuntarlo, pisar Lima sin consumo de pólvora y sin lo que para él importaba más, exponer la vida de sus soldados; pues en verdad no andaba sobrado de ellos.
En correspondencia secreta y constante con los patriotas de la capital, confiaba en el entusiasmo y actividad de éstos para conspirar, empeño que había producido ya, entre otros hechos de importancia para la causa libertadora, la defección del batallón Numancia.
Pero con frecuencia los espías y las partidas de exploración o avanzadas lograban interceptar las comunicaciones entre San Martín y sus amigos, frustrando no pocas veces el desarrollo de un plan. Esta contrariedad, reagravada con el fusilamiento que hacían los españoles de aquellos a quienes sorprendían con cartas en clave, traía inquieto y pensativo al emprendedor caudillo. Era necesario encontrar a todo trance un medio seguro y expedito de comunicación.
Preocupado con este pensamiento, paseaba una tarde el general, acompañado de Guido y un ayudante, por la larga y única calle de Huaura, cuando, a inmediaciones del puente, fijó su distraída mirada en un caserón viejo que en el patio tenía un horno para fundición de ladrillos y obras de alfarería En aquel tiempo, en que no llegaba por acá la porcelana hechiza, era éste lucrativo oficio; pues así la vajilla de uso diario como los utensilios de cocina eran de barro cocido y calcinado en el país, salvos tal cual jarrón de Guadalajara y las escudillas de plata, que ciertamente figuraban sólo en la mesa de gente acomodada. San Martín tuvo una de esas repentinas y misteriosas inspiraciones que acuden únicamente al cerebro de los hombres de genio, y exclamó para sí:
—¡Eureka! Ya está resuelta la X del problema.
El dueño de la casa era un indio entrado en años, de espíritu despierto y gran partidario de los insurgentes. Entendióse con él San Martín, y el alfarero se comprometió a fabricar una olla con doble fondo, tan diestramente preparada que el ojo más experto no pudiera descubrir la trampa.
El indio hacía semanalmente un viajecito a Lima, conduciendo dos mulas cargadas de platos y ollas de barro, que aún no se conocían por nuestra tierra las de peltre o cobre estañado. Entre estas últimas y sin diferenciarse ostensiblemente de las que componían el resto de la carga, iba la olla revolucionaria, llevando en su doble fondo importantísimas cartas en cifra. El conductor se dejaba registrar por cuanta partida de campo encontraba, respondía con naturalidad a los interrogatorios, se quitaba el sombrero cuando el oficial del piquete pronunciaba el nombre de Fernando VII, nuestro amo y señor, y lo dejaban seguir su viaje, no sin hacerle gritar antes «¡Viva el rey! ¡Muera la patria!». ¿Quién demonios iba a imaginarse que ese pobre indio viejo andaba tan seriamente metido en belenes de
política?
Nuestro alfarero era, como cierto soldado, gran repentista o improvisador de coplas que, tomado prisionero por un coronel español, éste como por burla o para hacerlo renegar de su bandera le dijo:
-Mira, palangana, te regalo un peso si haces una cuarteta con el pie forzado que voy a darte:

Viva el séptimo Fernando
Con su noble y leal nación.

—¡No tengo el menor conveniente, señor coronel -contestó el prisionero.—Escuche usted:

Viva el séptimo Fernando
con su noble y leal nación;
pero es con la condición
de que en mí no tenga mando...
y venga mi patacón.

II

Vivía el señor don Francisco Javier de Luna Pizarro, sacerdote que ejerció desde entonces gran influencia en el país, en la casa fronteriza a la iglesia de la Concepción, y él fue el patriota designado por San Martín para entenderse con el ollero. Pasaba éste a las ocho de la mañana por la calle de la Concepción pregonando con toda la fuerza de sus pulmones: ¡Ollas y platos! ¡Baratos! ¡Baratos!, que, hasta hace pocos años, los vendedores de Lima podían dar tema para un libro por la especialidad de sus pregones. Algo más. Casas había en que para saber la hora no se consultaba reloj, sino el pregón de los vendedores ambulantes.
Lima ha ganado en civilización; pero se ha despoetizado, y día por día pierdetodo lo que de original y típico hubo en sus costumbres.
Yo he alcanzado esos tiempos en los que parece que, en Lima, la ocupación de los vecinos hubiera sido tener en continuo ejercicio los molinos de masticaciónllamados dientes y muelas. Juzgue el lector por el siguiente cuadrito de cómo distribuían las horas en mi barrio, allá cuando yo andaba haciendo novillos por huertas y murallas y muy distante de escribir tradiciones y dragonear de poeta, que es otra forma de matar el tiempo o hacer novillos.
La lechera indicaba las seis de la mañana.
La tisanera y la chichera de Terranova daban su pregón a las siete en punto.
El bizcochero y la vendedora de leche-vinagre, que gritaba ¡a la cuajadita!, designaban las ocho, ni minuto más ni minuto menos.
La vendedora de zanguito de ñajú y choncholíes marcaba las nueve, hora de canónigos.
La tamalera era anuncio de las diez.
A las once pasaban la melonera y la mulata de convento vendiendo ranfañote, cocada, bocado de rey, chancaquitas de cancha y de maní, y fréjoles colados.
A las doce aparecían el frutero de canasta llena y proveedor de empanaditas de picadillo.
La una era indefectiblemente señalada por el vendedor de ante con ante, la arrocera y el alfajorero.
A las dos de la tarde la picaronera, el humitero y el de la rica causa de Trujillo atronaban con sus pregones.
A las tres el melcochero, la turronera y el anticuchero o vendedor de bisteque en palito clamoreaban con más puntualidad que la Mariangola de la Catedral.
A las cuatro gritaban la picantera y el de la piñita de nuez.
A las cinco chillaban el jazminero, el de las caramanducas y el vendedor de flores de trapo, que gritaba: ¡Jardín, jardín! ¿Muchacha, no hueles?
A las seis canturreaban el raicero y el galletero.
A las siete de la noche pregonaban el caramelero, la mazamorrera y la champucera.
A las ocho el heladero y el barquillero.
Aún a las nueve de la noche, junto con el toque de cubrefuego, el animero o sacristán de la parroquia salía con capa colorada y farolito en mano pidiendo para las ánimas benditas del purgatorio o para la cera de Nuestro Amo. Este prójimo era el terror de los niños rebeldes para acostarse.
Después de esa hora, era el sereno del barrio quien reemplazaba a los relojes ambulantes, cantando, entre piteo y piteo: —¡Ave María Purísima! ¡Las diez han dado! ¡Viva el Perú, y sereno!. Que eso sí, para los serenos de Lima, por mucho que el tiempo estuviese nublado o lluvioso, la consigna era declararlo ¡sereno! Y de sesenta en sesenta minutos se repetía el canticio hasta el amanecer.
Y hago caso omiso de innumerables pregones que se daban a una hora fija.
¡Ah, tiempos dichosos! Podía en ellos ostentarse por pura chamberinada un cronómetro; pero para saber con fijeza la hora en que uno vivía, ningún reloj más puntual que el pregón de los vendedores. Ése sí que no discrepaba pelo de segundo ni había para qué limpiarlo o enviarlo a la enfermería cada seis meses. ¡Y luego la baratura! Vamos; si cuando empiezo a hablar de antiguallas se me va el santo al cielo y corre la pluma sobre el papel como caballo desbocado. Punto a la digresión, y sigamos con nuestro insurgente ollero.
Apenas terminaba su pregón en cada esquina, cuando salían a la puerta todos los vecinos que tenían necesidad de utensilios de cocina.


III

Pedro Manzanares, mayordomo del señor Luna Pizarro, era un negrito retinto, con toda la lisura criolla de los budingas y mataperros de Lima, gran decidor de desvergüenzas, cantador, guitarrista y navajero, pero muy leal a su amo y muy mimado por éste. Jamás dejaba de acudir al pregón y pagar un real por una olla de barro; pero al día siguiente volvía a presentarse en la puerta, utensilio en mano,gritando: «Oiga usted, so cholo ladronazo, con sus ollas que se chirrean toditas... Ya puede usted cambiarme esta que le compré ayer, antes de que se la rompa en la tutuma para enseñarlo a no engañar al marchante.   ¡Pedazo de pillo!».
El alfarero sonreía como quien desprecia injurias, y cambiaba la olla.
Y tanto se repitió la escena de compra y cambio de ollas y el agasajo de palabrotas, soportadas siempre con paciencia por el indio, que el barbero de la esquina, andaluz entrometido, llegó a decir una mañana:
—¡Córcholis! ¡Vaya con el cleriguito para cominero! Ni yo, que soy un pobre de hacha, hago tanta alharaca por un miserable real. ¡Recórcholis! Oye, macuito. Las ollas de barro y las mujeres que también son de barro, se toman sin lugar a devolución, y el que se lleva chasco ¡contracórcholis! se mama el dedo meñique, y ni chista ni mista y se aguanta el clavo, sin molestar con gritos y lamentaciones al vecindario.
—Y a usted, so godo de cuernos, cascabel sonajero, ¿quién le dio vela en este entierro? —contestó con su habitual insolencia el negrito Manzanares—. Vaya usted a desollar barbas y cascar liendres, y no se meta en lo que no le va ni le viene, so adefesio en misa de una, so chapetón embreado y de ciento en carga...
Al oírse apostrofar así, se le avinagró al andaluz la mostaza, y exclamó ceceando:
—¡María Santísima! Hoy me pierdo... ¡Aguárdate, gallinazo de muladar!
Y echando mano al puñalito o limpiadientes, se fue sobre Perico Manzanares, que sin esperar la embestida se refugió en las habitaciones de su amo. ¡Quién sabe si la camorra entre el barbero y el mayordomo habría servido para despertar sospechas sobre las ollas; que de pequeñas causas han surgido grandes efectos! Pero, afortunadamente, ella coincidió con el último viaje que hizo el alfarero trayendo olla contrabandista: pues el escándalo pasó el 5 de julio, y al amanecer del siguiente día abandonaba el virrey La Serna la ciudad, de la cual tomaron posesión los patriotas en la noche del 9.
Cuando el indio, a principios de junio, llevó a San Martín la primera olla devuelta por el mayordomo del Sr. Luna Pizarro, hallábase el general en su gabinete dictando la orden del día. Suspendió la ocupación, y después de leer las cartas que venían en el doble fondo, se volvió a sus ministros García del Río y Monteagudo y les dijo sonriendo:
—Como lo pide el suplicante.
Luego se aproximó al amanuense y añadió:
—Escribe, Manolito, santo, seña y contraseña para hoy: Con días —y ollas—
venceremos.
La victoria codiciada por San Martín era apoderarse de Lima sin quemar pólvora; y merced a las ollas que llevaban en el vientre ideas más formidables siempre que los cañones modernos, el éxito fue tan espléndido, que el 28 de julio se juraba en Lima la Independencia y se declaraba la autonomía del Perú. Junín y Ayacucho fueron el corolario.
 

Ricardo Palma. Tradiciones Peruanas, Ediciones Libertadores de América S.RL., Lima, Perú, 1982, págs. 78-85


Notas
 
Palangana. Argentina, Perú y Uruguay. Persona fanfarrona, pedante. DLE RAE

Patacón:
1. Antigua moneda de plata de una onza.
2. Moneda de cobre que valía dos cuartos.
3. Moneda que valía diez céntimos. DLE RAE

Dragonear. Argentina y Perú: Hacer alarde, presumir de algo. DLE RAE

Zanguito. Perú. Dulce hecho a base de chancaca, canela, manteca y harina de maíz. DLE RAE

Chancaca: La panela, chancaca, rapadura, panocha, piloncillo, pepas dulces, atado de dulce, papelón, raspadura, tapa de dulce, tableta de miel de caña, terrón de caña, piedra de dulce, empanizao, raspadura de guarapo, jaggery o gur (Pakistán o India) es un dulce típico de la gastronomía de muchos países en América y Asia. Se prepara a partir del caldo, jarabe o jugo no destilado de la caña de azúcar tras haberse puesto en remojo, hervido, moldeado y secado antes de pasar por el proceso de purificación necesario para convertirlo en azúcar mascabado (también llamado azúcar mascabo o moscabado).  Wikipedia

Caramanduca: La caramanduca (denominada también caramandunga o karamanduka) es una especie de galleta de la gastronomía peruana, concretamente de la ciudad de Lima. Son también conocidas como revolución caliente y eran vendidas de forma ambulante por pregoneros. Wikipedia

Mari-Angola o María Angola: Nombre dado a la campana de la Catedral de Cuzco.

Chamberinada. Perú: Lujo, ostentación. jojoa.com

Mataperro. Perú Muchacho callejero y travieso. Diccionario de Americanismos, ASALE

Budingas: Un eufemismo para referirse a los afroperuanos, según Primavera Cuder:
Cuder, Primavera, "La representación del Otro en el siglo XIX: la diversidad en Ricardo Palma" (2018). FIU Electronic Theses and Dissertations. 3781.
La representación del otro

Gallinazo: Coragyps atratus
El buitre negro americano (Coragyps atratus), también llamado Sucha, zopilote, chulo, chula, golero, chombo, gallinazo, gallinazo común, gallinazo de cabeza negra, gallinazo negro, jote cabeza negra, gallote, jote de cabeza negra, golero, zamuro o zopilote negro, es la única especie del género Coragyps.
Descripción
Mide aproximadamente 74 cm de longitud y tiene una envergadura de 1.67 m. Posee plumaje negro, cuello y cabeza grises sin plumas y pico corto en forma de gancho. Generalmente es silencioso, pero muy sociable, reuniéndose en grandes grupos. Wikipedia

Tutuma. Perú, Bolivia: Cabeza de una persona. Diccionario de Americanismos. ASALE
 
Macuito: Persona de raza negra. Diccionario de Americanismos. ASALE


lunes, 5 de mayo de 2025

De Color Modesto

Por Julio Ramón Ribeyro

 

LO PRIMERO QUE HIZO ALFREDO al entrar a la fiesta fue ir directamente al bar. Allí se sirvió dos vasos de ron y luego, apoyándose en el marco de una puerta, se puso a observar el baile. Casi todo el mundo estaba emparejado, a excepción de tres o cuatro tipos que, como él, rondaban por el bar o fumaban en la terraza un cigarrillo.
Al poco tiempo comenzó a aburrirse y se preguntó para qué había venido allí. Él detestaba las fiestas, en parte porque bailaba muy mal y en parte porque no sabía qué hablar con las muchachas. Por lo general, los malos bailarines retenían a su pareja con una charla ingeniosa que disimulaba los pisotones e, inversamente, los borricos que no sabían hablar aprendían a bailar tan bien que las muchachas se disputaban por estar en sus brazos. Pero Alfredo, sin las cualidades de los unos ni de los otros, pero con todos sus defectos, era un ser condenado a fracasar infaliblemente en este tipo de reuniones.
Mientras se servía el tercer vaso de ron, se observó en el espejo del bar. Sus ojos estaban un poco empañados y algo en la expresión blanda de su cara indicaba que el licor producía sus efectos. Para despabilarse, se acercó al tocadiscos donde un grupo de muchachas elegía alegremente las piezas que luego tocarían.
—Pongan un bolero —sugirió.
Las muchachas lo miraron con sorpresa. Sin duda se trataba de un rostro poco familiar. Las fiestas de Miraflores, a pesar de realizarse semanalmente en casas diferentes, congregaban a la misma pandilla de jovenzuelos en busca de enamorada. De esos bailes sabatinos en residencias burguesas salían casi todos los noviazgos y matrimonios del balneario.
—Nos gusta más el mambo —respondió la más osada de las muchachas—. El bolero está bien para los viejos.
Alfredo no insistió pero mientras regresaba al bar se preguntó si esa alusión a los viejos tendría algo que ver con su persona. Volvió a observarse en el espejo. Su cutis estaba terso aún pero era en los ojos donde una precoz madurez, pago de voraces lecturas, parecía haberse aposentado. «Ojos de viejo», pensó Alfredo desalentado, y se sirvió un cuarto vaso de ron.
Mientras tanto, la animación crecía a su alrededor. La fiesta, fría al comienzo, iba tomando punto. Las parejas se soltaban para contorsionarse. Era la influencia de la música afrocubana, suprimiendo la censura de los pacatos e hipócritas habitantes de Lima. Alfredo caminó hasta la terraza y miró hacia la calle. En la calzada se veían ávidos ojos, cabezas estiradas, manos aferradas a la verja. Era gente del pueblo, al margen de la alegría.
Una voz sonó a sus espaldas:
—¡Alfredo!
Al voltear la cabeza se encontró con un hombrecillo de corbata plateada, que lo miraba con incredulidad.
—Pero ¿qué haces aquí, hombre? Un artista como tú…
—He venido acompañando a mi hermana.
—No es justo que estés solo. Ven, te voy a presentar unas amigas.
Alfredo se dejó remolcar por su amigo entre los bailarines, hasta una segunda sala, donde se veían algunas muchachas sentadas en un sofá. Una afinidad notoria las había reunido allí: eran feas.
—Aquí les presento a un amigo —dijo, y sin añadir nada más, lo abandonó.
Las muchachas lo miraron un momento y luego siguieron conversando. Alfredo se sintió incómodo. No supo si permanecer allí o retirarse. Optó heroicamente por lo primero pero tieso, sin abrir la boca, como si fuera un ujier encargado de vigilarlas. Ellas elevaban de cuando en cuando la vista y le echaban una rápida mirada, un poco asustadas. Alfredo encontró la idea salvadora. Sacó su paquete de cigarrillos y lo ofreció al grupo.
—¿Fuman?
La respuesta fue seca:
—No, gracias.
Por su parte, encendió uno y al echar la primera bocanada de humo, se sintió más seguro. Se dio cuenta que tendría que iniciar una batalla.
—¿Ustedes van al cine?
—No.
Aún aventuró una tercera pregunta:
—¿Por qué no abrirán esa ventana? Hace mucho calor.
Esta vez fue peor: ni siquiera obtuvo respuesta. A partir de ese momento ya no despegó los labios. Las muchachas, intimidadas por esa presencia silenciosa, se levantaron y pasaron a la otra sala. Alfredo quedó solo en la inmensa habitación, sintiendo que el sudor empapaba su camisa.
El hombrecillo de la corbata plateada reapareció.
—¿Cómo?, ¿sigues parado allí? ¡No me dirás que no has bailado!
—Una pieza —mintió Alfredo.
—Seguramente que todavía no has saludado a mi hermana. Vamos, está aquí con su enamorado.
Ambos pasaron a la sala vecina. La dueña del santo bailaba un vals criollo con un cadete de la Escuela Militar.
—Elsa, aquí Alfredo quiere saludarte.
—¡Ahora que termine la pieza! —respondió Elsa sin interrumpir sus rápidas volteretas. Alfredo quedó cerca, esperando, meditando uno de los habituales saludos de cumpleaños. Pero Elsa empalmó ese baile con el siguiente y enseguida, del brazo del cadete, se encaminó alegremente hacia el comedor, donde se veía una larga mesa repleta de bocaditos.
Alfredo, olvidado, se acercó una vez más al bar. «Tengo que bailar», se dijo. Era ya una cuestión de orden moral. Mientras bebía el quinto trago, buscó en vano a su hermana entre los concurrentes. Su mirada se cruzó con la de dos hombres maduros que observaban lujuriosamente a las niñas y de inmediato se vio asaltado por un torbellino de pensamientos lúcidos y lacerantes. ¿Qué podía hacer él, hombre de veinticinco años, en una fiesta de adolescentes? Ya había pasado la edad de cobijarse «a la sombra de las muchachas en flor». Esta reflexión trajo consigo otras, más reconfortantes, y lanzando la vista en torno suyo, trató de ubicar alguna chica mayor a quien no intimidaran sus modales ni su inteligencia.
Cerca del vestíbulo había tres o cuatro muchachas un poco marchitas, de aquellas que han dejado pasar su bella época, obsesionadas por algún amor loco y frustrado, y que llegan a la treintena sin otra esperanza que la de hacer, ya que no un matrimonio de amor, por lo menos uno de fortuna.
Alfredo se acercó. Su paso era un poco inseguro, al extremo que algunas parejas con las que tropezó lo miraron airadas. Al llegar al grupo tuvo una sorpresa: una de las muchachas era una antigua vecina de su infancia.
—No me digas que he cambiado mucho —dijo Corina—. Me vas a hacer sentir vieja. —Y lo presentó al resto del grupo.
Alfredo departió un rato con ellas. Las cinco copas de ron lo frivolizaban lo suficiente como para responder a la andanada de preguntas estúpidas. Advirtió que había un clima de interés en torno a su persona.
—¿Ya habrás terminado tu carrera? —indagó Corina.
—No. La dejé —respondió francamente Alfredo.
—¿Estás trabajando en algún sitio?
—No.
—¡Qué suerte! —intervino una de las chicas—. Para no trabajar habrá que tener muy buena renta.
Alfredo la miró: era una mujer morena, bastante provocativa y sensual. En el fondo de sus ojos verdes brillaba un punto dorado, codicioso.
—Pero, entonces, ¿a qué te dedicas? —preguntó Corina.
—Pinto.
—Pero… ¿de eso se puede vivir? —inquirió la morena, visiblemente intrigada.
—No sé a qué le llamará usted vivir —dijo Alfredo—. Yo sobrevivo, al menos.
A su alrededor se creó un silencio ligeramente decepcionado. Alfredo pensó que era el momento de sacar a bailar a alguien, pero solo tocaban la maldita música afrocubana. Se arriesgaba ya a extender la mano hacia la morena, cuando un hombre calvo, elegante, con dos puños blancos de camisa que sobresalían insolentemente de las mangas de su saco, irrumpió en el grupo como una centella.
—¡Ya todo está arreglado, regio! —exclamó—. Mañana iremos a Chosica con Ernesto y Jorge. Las tres hermanas Puertas vendrán con nosotros. ¿No les parece regio? Lo mismo que Carmela y Roxana.
Hubo un estallido de alegría.
—Te presento a un amigo —dijo Corina, señalando a Alfredo.
El calvo le estrechó efusivamente la mano.
—Regio, si quiere puede venir también con nosotros. Nos va a faltar sitio para Elsa y su prima. ¿Quiere usted llevarlas en su carro?
Alfredo se sintió enrojecer.
—No tengo carro.
El calvo lo miró perplejo, como si acabara de escuchar una cosa absolutamente insólita. Un hombre de veinticinco años que no tuviera carro en Lima podría pasar por un perfecto imbécil. La morena se mordió los labios y observó con más atención el terno, la camisa de Alfredo. Luego le volvió lentamente la espalda.
El vacío comenzó. El calvo había acaparado la atención del grupo, hablando de cómo se distribuirían en los carros, cómo se desarrollaría el programa del domingo.
—¡Tomaremos el aperitivo en Los Ángeles! Luego almorzaremos en Santa María, ¿no les parece regio? Más tarde haremos un poco de footing…
Alfredo se dio cuenta de que allí también sobraba. Poco a poco, pretextando mirar los cuadros, se fue alejando del grupo, se tropezó con un cenicero y cuando llegó al bar, escuchó aún la voz del calvo que bramaba:
—¡Almorzaremos en el río, regio!
—¡Un ron! —dijo a la chica que estaba detrás del mostrador.
La chica lo miró enojada.
—¿No ha oído? ¡Un ron!
—Sírvaselo usted. Yo no soy la sirvienta —contestó, y se retiró deprisa.
Alfredo se sirvió un vaso hasta el borde. Volvió a mirarse en el espejo. Un mechón de pelo había caído sobre su frente. Sus ojos habían envejecido aún más. «Su mirada era tan profunda que no se la podía ver», musitó. Vio sus labios apretados: signo de una naciente agresividad.
Cuando se disponía a servirse otro, divisó a su hermana que atravesaba la sala. De un salto estuvo a su lado y la cogió del brazo.
—Elena, vamos a bailar.
Elena se desprendió vivamente.
—¿Bailar entre hermanos? ¡Estás loco! Además, estás apestando a licor. ¿Cuántas copas te has tomado? ¡Anda, lávate la cara y enjuágate la boca!
A partir de ese momento, Alfredo erró de una sala a otra, exhibiendo descaradamente el espectáculo de su soledad. Estuvo en la terraza mirando el jardín, fumó cigarrillos cerca del tocadiscos, bebió más tragos en el bar, rehusó la simpatía de otros solitarios que querían hacer observaciones irónicas sobre la vida social y por último se cobijó bajo las escaleras, cerca de la puerta que daba al oficio. El ron le quemaba las entrañas.
Al segundo golpe, la puerta del oficio se abrió y una mucama asomó la cabeza.
—Deme un vaso de agua, por favor.
La mucama dejó la puerta entreabierta y se alejó, dando unos pasos de baile. Alfredo observó que en el interior de la cocina, la servidumbre, al mismo tiempo que preparaba el arroz con pato, celebraba, a su manera, una especie de fiesta íntima. Una negra esbelta cantaba y se meneaba con una escoba en los brazos. Alfredo, sin reflexionar, empujó la puerta y penetró en la cocina.
—Vamos a bailar —dijo a la negra.
La negra rehusó, disforzándose, riéndose, rechazándolo con la mano pero incitándolo con su cuerpo. Cuando estuvo arrinconada contra la pared, dejó de menearse.
—¡No! Nos pueden ver.
La mucama se acercó, con el vaso de agua.
—Baila no más —dijo—. Cerraré la puerta. ¿Por qué no nos vamos a divertir nosotros también?
Los parlamentos continuaron, hasta que al fin la negra cedió.
—Solamente hasta que termine esta pieza —dijo.
Mientras la mucama cerraba la puerta con llave, Alfredo atenazó a la negra y comenzó a bailar. En ese momento se dio cuenta de que bailaba bien, quizá por ese sentido del ritmo que el alcohol da cuando no lo quita o simplemente por la agilidad con que su pareja lo seguía. Cuando esa pieza terminó, empezaron la siguiente. La negra aceptaba la presión de su cuerpo con una absoluta responsabilidad.
—¿Tú trabajas aquí?
—No, en la casa de al lado. Pero he venido para ayudar un poco y para mirar.
Terminaron de bailar esa pieza, entre cacerolas y tufos de comida. El resto de la servidumbre seguía trabajando y, a veces, interrumpiéndose, los miraban para reírse y hacer comentarios graciosos.
—¡Apagaremos la luz!
—¿Qué cosa hay allí? —preguntó Alfredo, señalando una mampara al fondo de la cocina.
—El jardín, creo.
—Vamos.
La negra protestó.
—Vamos —insistió Alfredo—. Allí estaremos mejor.
Al empujar la mampara se encontraron en una galería que daba sobre el jardín interior. Había una agradable penumbra. Alfredo apoyó su mejilla contra la mejilla negra y bailó despaciosamente. La música llegaba muy débil.
—Es raro estar así, ¿no es verdad? —dijo la negra—. ¡Qué pensarán los patrones!
—No es raro —dijo Alfredo—. ¿Tú no eres acaso una mujer?
Durante largo rato no hablaron. Alfredo se dejaba mecer por un extraño dulzor, donde la sensualidad apenas intervenía. Era más bien un sosiego de orden espiritual, nacido de la confianza en sí mismo readquirida, de su posibilidad de contacto con los seres humanos.
Una gritería se escuchó en el interior de la casa.
—¡La torta! ¡Van a partir la torta!
Antes de que Alfredo se percatara de lo que sucedía, se encendió la luz de la galería, se abrió la puerta del jardín y una fila de alegres parejas irrumpió, cogidas de la cintura, formando un ruidoso tren, tocando pitos, gritando a voz en cuello:
—¡Vengan todos que van a partir la torta!
Alfredo tuvo tiempo de observar algo más: no habían estado solos en la galería. En las mesitas cobijadas a la sombra de la enramada, algunas parejas se habían refugiado y ahora, sorprendidas también, se despertaban como de un sueño.
El ruidoso tren dio unas vueltas por el jardín y luego se encaminó hacia la galería. Al llegar delante de Alfredo y de la negra, la gritería cesó. Hubo un corto silencio de estupor y el tren se desbandó hacia el interior de la casa. Incluso las parejas, desde el fondo de los sillones, se levantaron y los hombres partieron, arrastrando a sus mujeres de la mano. Alfredo y la negra quedaron solos.
—¡Qué estúpidos! —dijo sonriendo—. ¿Qué les sucede?
—Me voy —dijo la negra, tratando de zafarse.
—Quédate. Vamos a seguir bailando.
Por la fuerza la retuvo de la mano. Y la hubiera abrazado nuevamente, si es que un grupo de hombres, entre los cuales se veía al dueño de la casa y al hombrecillo de la corbata plateada, no apareciera por la puerta de la cocina.
—¿Qué escándalo es éste? —decía el dueño, moviendo la cabeza.
—Alfredo —balbuceó el hombrecillo—. No te la des de original.
—¿No tiene usted respeto por las mujeres que hay acá? —intervino un tercer caballero.
—Váyase usted de mi casa —ordenó el dueño a la negra—. No quiero verla más por aquí. Mañana hablaré con sus patrones.
—No se va —respondió Alfredo.
—Y usted sale también con ella, ¡caramba!
Algunas mujeres asomaban la cabeza por la puerta de la cocina. Alfredo creyó reconocer a su hermana que, al verlo, dio media vuelta y se alejó a la carrera.
—¿No ha oído? ¡Salga de aquí!
Alfredo examinó al dueño de casa y, sin poderse contener, se echó a reír.
—Está borracho —dijo alguien.
Cuando terminó de reír, Alfredo soltó el brazo de la negra.
—Espérame en la calle Madrid. —Y abotonándose el saco con dignidad, sin despedirse de nadie, atravesó la cocina, la sala donde el baile se había interrumpido, el jardín, y, por último, la verja de madera.
«Caballísimo de mí», pensó mientras se alejaba hacia su casa, encendiendo un cigarrillo. Al llegar a su bajo muro se detuvo: por la ventana abierta de la sala se veía su padre, de espaldas, leyendo un periódico. Desde que tenía uso de razón había visto a su padre a la misma hora, en la misma butaca, leyendo el mismo periódico. Un rato permaneció allí. Luego se mojó la cabeza en el caño del jardín y se encaminó a la calle Madrid.
La negra estaba esperándolo. Se había quitado su mandil de servicio y en el apretado traje de seda su cuerpo resaltaba con trazos simples y perentorios, como un tótem de madera. Alfredo la cogió de la mano y la arrastró hacia el malecón, lamentando no tener plata para llevarla al cine. Caminaba contento, en silencio, con la seguridad del hombre que reconduce a su hembra.
—¿Por qué hace usted esto? —preguntó la negra.
—¡Va! No interesa.
—Mañana no se acordará de nada.
Alfredo no respondió. Estaba otra vez al lado de su casa. Pasando su brazo sobre el hombro femenino, se apoyó en el muro y quedó mirando por la ventana, donde su padre continuaba leyendo el periódico. Alguna intuición debió tener su padre, porque fue volteando lentamente la cabeza. Al distinguir a Alfredo y a la negra, quedó un instante perplejo. Luego se levantó, dejó caer el periódico y tiró con fuerza los postigos de la ventana.
—Vamos al malecón —dijo Alfredo.
—¿Quién es ese hombre?
—No lo conozco.
Esa parte del malecón era sombría. Por allí se veían automóviles detenidos, en cuyo interior se alocaban y cedían las vírgenes de Miraflores. Se veían también parejas recostadas contra la baranda del malecón que daba al barranco. Alfredo anduvo un rato con la negra y se sentó por último en el parapeto.
—¿No quieres mirar el mar? —preguntó—. Saltamos al otro lado y estamos a un paso del barranco.
—¡Qué dirá la gente! —protestó la negra.
—¡Tú eres más burguesa que yo!… Ven, sígueme. Todo el mundo viene a mirar el mar.
Ayudándola a salvar la baranda, caminaron un poco por el desmonte hasta llegar al borde del barranco. El ruido del mar subía incansable, aterrador. Al fondo se veía la espuma blanca de las olas estrellándose contra la playa de piedras. El viento los hacía vacilar.
—¿Y si nos suicidamos? —preguntó Alfredo—. Será la mejor manera de vengarnos de toda esta inmundicia.
—Tírese usted primero y yo lo sigo —rio la negra.
—Comienzas a comprenderme —dijo Alfredo, y cogiendo a la negra de los hombros, la besó rápidamente en la boca.
Luego emprendieron el retorno. Alfredo sentía nacer en sí una incomprensible inquietud. Estaban saltando la baranda cuando un faro poderoso los cegó. Se escuchó el ruido de las portezuelas de un carro que se abrían y se cerraban con violencia y pronto dos policías estuvieron frente a ellos.
—¿Qué hacían allá abajo?, ¡a ver, sus papeles!
Alfredo se palpó los bolsillos y terminó mostrando su Libreta Electoral.
—Han estado planeando en el barranco, ¿no?
—Fuimos a mirar el mar.
—Te están tomando el pelo —intervino el otro policía—. Vamos a llevarlos a la cana. Con una persona de color modesto no se viene a estas horas a mirar el mar.
Alfredo sintió nuevamente ganas de reír.
—A ver —dijo acercándose al guardia—. ¿Qué entiende usted por gente de color modesto? ¿Es que esta señorita no puede ser mi novia?
—No puede ser.
—¿Por qué?
—Porque es negra.
Alfredo rio nuevamente.
—¡Ahora me explico por qué usted es policía!
Otras parejas pasaban por el malecón. Eran parejas de blancos. La policía no les prestaba atención.
—Y a ésos, ¿por qué no les pide sus papeles?
—¡No estamos aquí para discutir! Suban al patrullero.
Esas situaciones se arreglaban de una sola manera: con dinero. Pero Alfredo no tenía un céntimo en el bolsillo.
—Yo subo encantado —dijo—. Pero a la señorita la dejan partir.
Esta vez los guardias no respondieron sino que, cogiendo a ambos de los brazos, los metieron por la fuerza en el interior del vehículo.
—¡A la comisaría! —ordenaron al conductor.
Alfredo encendió un cigarrillo. Su inquietud se agudizaba. El aire de mar había refrescado su inteligencia. La situación le parecía inaceptable y se disponía a protestar, cuando sintió la mano de la negra que buscaba la suya. Él la oprimió.
—No pasará nada —dijo, para tranquilizarla.
Como era sábado, el comisario debía haberse ido de parranda, de modo que solo se encontraba el oficial de guardia, jugando al ajedrez con un amigo. Levantándose, dio una vuelta alrededor de Alfredo y de la negra, mirándolos de pies a cabeza.
—¿No serás tú una polilla? —preguntó echando una bocanada de humo en la cara de la negra—. ¿Trabajas en algún sitio?
—La señorita es amiga mía —intervino Alfredo—. Trabaja en una casa de la calle José Gálvez. Puedo garantizar por ella.
—Y por usted, ¿quién garantiza?
—Puede llamar por teléfono para cerciorarse.
—Están prohibidos los planes en el malecón —prosiguió el oficial—. ¿Usted sabe lo que es un delito contra las buenas costumbres? Hay un libro que se llama Código Penal y que habla de eso.
—No sé si será para usted delito pasearse con una amiga.
—En la oscuridad sí y más con una negra.
—Estaban abrazados, mi teniente —terció un policía.
—¿No ve? Esto le puede costar veinticuatro horas de cárcel y la foto de ella puede salir en Última Hora.
—¡Todo esto me parece grotesco! —exclamó Alfredo, impaciente—. ¿Por qué no nos dejan partir? Repito, además, que esta señorita es mi novia.
—¡Su novia!
El oficial se echó a reír a mandíbula batiente y los policías, por disciplina, lo imitaron. Súbitamente dejó de reír y quedó pensativo.
—No crea que soy un imbécil —dijo aproximándose a Alfredo—. Yo también, aunque uniformado, tengo mi culturita. ¿Por qué no hacemos una cosa? Ya que esta señorita es su novia, sígase paseando con ella. Pero eso sí, no en el malecón, allí los pueden asaltar. ¿Qué les parece si van al parque Salazar? El patrullero los conducirá.
Alfredo vaciló un momento.
—Me parece muy bien —respondió.
—¡Adelante, entonces! —rio el teniente—. ¡Llévenlos al parque Salazar!
Nuevamente en el patrullero, Alfredo permaneció silencioso. Pensaba en la inclemente iluminación del parque Salazar, especie de vitrina de la belleza vecinal. La negra buscó su mano, pero esta vez Alfredo la estrechó sin convicción.
—Tengo vergüenza —le susurró al oído.
—¡Qué tontería! —contestó él.
—¡Por ti, por ti es que tengo vergüenza!
Alfredo quiso hacerle una caricia pero las luces del parque aparecieron.
—Déjennos aquí no más —pidió a los policías—. Les prometo que nos pasearemos por el parque.
El patrullero se detuvo a cien metros de distancia.
—Vigilaremos un rato —dijeron.
Alfredo y la negra descendieron. Bordeando siempre el malecón, comenzaron a aproximarse al parque. La negra lo había cogido tímidamente del brazo y caminaba a su lado, sin levantar la mirada, como si ella también estuviera expuesta a una incomprensible humillación. Alfredo, en cambio, con la boca cerrada, no desprendía la mirada de esa compacta multitud que circulaba por los jardines y de la cual brotaba un alegre y creciente murmullo. Vio las primeras caras de las lindas muchachas miraflorinas, las chompas elegantes de los apuestos muchachos, los carros de las tías, los autobuses que descargaban pandillas de juventud, todo ese mundo despreocupado, bullanguero, triunfante, irresponsable y despótico calificador. Y como si se internara en un mar embravecido, todo su coraje se desvaneció de un golpe.
—Fíjate —dijo—. Se me han acabado los cigarros. Voy hasta la esquina y vuelvo. Espérame un minuto.
Antes de que la negra respondiera, salió de la vereda, cruzó entre dos automóviles y huyó rápido y encogido, como si desde atrás lo amenazara una lluvia de piedras. A los cien pasos se detuvo en seco y volvió la mirada. Desde allí vio que la negra, sin haberlo esperado, se alejaba cabizbaja, acariciando con su mano el borde áspero del parapeto.


(Escrito en París en 1961)


El Ribeyro Desconocido, Volumen 1, Antología de Alejandro Benavides Roldán, Papel de Viento Editores, Trujillo, Perú, 2012, págs. 137-157



Notas
Chompa: Jersey, pulóver, suéter, buzo, tricota, yérsey. Cazadora, chaqueta, chupa, chumpa. DLE RAE

Polilla: Peruanismo. Término usado para referirse a una mujer que se dedica a la prostitución.

Cana: Peruanismo: Cárcel o prisión.

Última Hora: Diario peruano, ya extinto, publicado entre 1950 y 1984.

domingo, 27 de abril de 2025

El Amigo Braulio

Por Manuel Gonzáles Prada


En ese tiempo era yo interno de San Carlos. Frisaba en los diez y ocho y tenía compuestos algunos centenares de versos, sin que se me hubiera ocurrido publicar ninguno ni confesar a nadie mis aficiones poéticas. Disfrutaba una especie de voluptuosidad en creerme un gran poeta inédito.

Repentinamente nacieron en mí los deseos de ver en letras de molde algunos versos míos. Por entonces se publicaba en Lima una semanario ilustrado que gozaba de mucha popularidad y era leído y comentado los lunes entre los aficionados del colegio: se llamaba El Lima Ilustrado.
Después de leer veinte veces mi composición de poemas, comparar su mérito y rechazar por malísimo lo que ayer había creído muy bueno, concluí por elegir uno, copiarlos en fino papel y con la mejor de mis letras.

Temblando como reo que se dirige al patíbulo, me encaminé un domingo por la mañana a la imprenta de El Lima Ilustrado. Más de una vez quise regresarme; pero una fuerza secreta me impelía.

Con el sombrero en la mano y haciendo mil reverencias penetré en una habitación llena de chivaletes, galeras, cajas, tipos de imprenta.

—¿El Señor Director? — pregunté queriendo mostrar serenidad, pero temblando.

—Soy yo joven.

Me dio la respuesta un coloso de cabellera crespa, color aceitunado, mirada inteligente y modales desembarazados y francos. En mangas de camisa, con un mandil azul, cubierto de sudor y manchado de tinta, se ocupaba en colar fajas y pegar direcciones.
—Me han encargado le entregue a usted una composición de verso.
—Pasemos al escritorio.

Ahí se cala las gafas y sin sentarse ni acordarse de convidarme asiento, se pone a leer con la mayor atención.

Erala primera vez que ojos profanos se fijaban en mis lucubraciones poéticas. Los que no han manejado una pluma no alcanzan a concebir lo que siente un hombre al ver violada, por decirlo así, la virginidad de su pensamiento. Yo seguía,  yo espiaba la fisonomía del director para ir adivinando el efecto que le causaban mis versos: unas veces me parecía que se entusiasmaba, otras que me censuraba acremente.

—Y ¿quién es el autor? me dijo, concluida la lectura.

Me puse a tartamudear, a querer decir algún nombre supuesto, a murmurar palabras ininteligibles, hasta que concluí por enmudecer y tornarme como una granada.
—¿Cómo se llama usted, joven?
—Roque Roca.
—Pues bien: yo publicaré la composición el próximo número y pondré el nombre de usted, porque usted es el autor: se lo conozco en la cara. ¿Verdad?

No pude negarlo, mucho más cuando el buen coloso me daba una palmada en el  hombro, me convidó asiento y se puso a conversar conmigo como si hubiéramos sido amigos de muchos años.
Al salir de la imprenta, yo habría deseado poseer los millones de Rothschild para elevar una estatua de oro al director de El Lima Ilustrado.

II

Cuando el semanario salió a la luz con mis versos, produjo en San Carlos el efecto de una bomba. ¡Poetam habemus!, gritó un muchacho que se acordaba de no haber aprendido latín. En el comedor, en los patios, en el dormitorio y hasta en la capilla escuchaba yo alguna vocecilla tenaz y burlona que entonaba a gritos o me repetía por lo bajo una estrofa, un verso, un hemistiquio, un adjetivo de mi composición.
La insolencia de un condiscípulo mío llegó a tanto que al pedirle el profesor de literatura un ejemplo de versos pareados, indicó los siguientes:

El poeta Roque Roca
Echa flores por la boca.

Con decir que el mismo profesor lanzó una carcajada y me dirigió una pulla, basta para comprender el maravilloso efecto de los dos pareados: a la media hora los sabía de memoria todo el colegio y andaban escritos con lápiz negro en las paredes blancas y con polvos blancos en las pizarras negras. No faltaron variantes:

El poeta Roque Roca
Echa coles por la boca.


El poeta Roque Roca.
Echa sapos por la boca.


Un bardo anónimo, no muy versado en la colocación de los acentos, escribió:

El poeta Roque Roca
Es un inconmensurable alcornoque.


Agotada la paciencia, recurrí a las trompadas; mas como el remedio empeoraba el mal, acabé por  decidir que el partido más cuerdo era no hacerles caso y no volver a publicar una sola línea.

Sólo encontré una voz amiga. Había un muchacho a quien llamábamos el Metafórico, por su manera extraña y alegórica de expresarse. El Metafórico me llamó a un lado y me dijo con la mejor buena fe:
—Mira, no les hagas caso y sigue montando en el Pegaso: el ruiseñor no responde a los asnos; poeta-aurora, desprecia a los hombres-coces.

Las palabras me consolaron, aunque venía de un chiflado. ¡Qué voz no suena dulce y agradablemente cuando se duele de nuestras desgracias y nos sostiene en nuestras horas de flaqueza?

Yo contaba con un amigo de corazón: Braulio  Pérez. Juntos habíamos entrado al colegio, seguíamos las mismas asignaturas y durante cinco años habíamos estudiado en compañía. En cierta ocasión, una enfermedad le retrasó en sus cursos: yo velé dos o tres meses para que no perdiera el año. ¿Quién sino él estaría conmigo? Como ni palabra me había dicho sobre mis versos ni salido a mi defensa, su conducta me pareció extraña y le hablé con la mayor franqueza.
—¿Qué dices de lo que pasa?
—Hombre —me contestó— ¿Por qué publicar los versos sin consultarte con algún amigo?
—De veras.
—Tú sabes que yo…
—Cierto.
—Estoy hasta resentido de tu reserva conmigo.
—Lo hice de pura vergüenza.

Si alguna vez vuelves a publicar algo…
—¿Publicar?, antes me degüellan.

Mantuve mi resolución un mes, y la habría mantenido mil años, si el director de El Lima Ilustrado no se hubiera aparecido en el colegio a decirme que se hallaba escaso de originales en verso  y que me exigía mi colaboración semanal. Quise excusarme; pero el hombre —lisonjero— me comprometió a enviarle cada miércoles una composición en verso.

Ocurrí al amigo Braulio, le conté lo sucedido y le enseñé todo mi cuaderno   para que escogiera los menos malos; pero no logramos quedar de acuerdo: todas mis inspiraciones le parecían flojas, vulgares, indignas de ver la luz pública en un semanario donde colaboraban los primeros literatos de Lima. Imposible sacarle de la frase: ʺTodas están malasʺ. A escondidas del amigo Braulio, copié los versos que me parecieron mejores y se los remití al director de El Lima Ilustrado.

La tormenta se renovó con mi segunda publicación, pero fue amainando con la tercera y la cuarta; a la quinta, las burlas habían disminuido, y sólo de vez en cuando algún majadero me endilgaba los pareados o me dirigía una pulla de mal gusto.

El único implacable era el amigo Braulio, convertido en mi Aristarco severo, todo por amistad, como solía repetírmelo. Apenas recibía el número de El Lima Ilustrado, se instalaba en un rincón solitario y lápiz en mano, se ensañaba en la crítica de mis versos: uno era cojo, el otro patilargo; éste carecía de acentos, aquél los tenía de más. En cuanto al fondo, peor que la forma.

—Mira —me lanzó en una de esas expansiones íntimas que sólo se concibe en la juventud—; mira, el hombre no sólo se deshonra con robar y matar, sino también con escribir malos versos. A ladrones o asesinos nos pueden obligar las circunstancias; pero ¿qué nos obliga a ser poetas ridículos?

III

Hacía dos meses que publicaba yo mis versos, cuando en el mismo semanario apareció un nuevo colaborador que firmaba sus composiciones con el seudónimo de Genaro Latino. Mi amigo Braulio empezó a comparar mis versos con los de Genaro Latino.
—Cuando escribas así, tendrás derecho a publicar —me dijo sin el menor reparo.

Fui constante inmolado en aras de mi rival poético: él era Homero, Virgilio, y Dante, yo, un coplero de mala muerte. Cuando mi nombre desapareció de El Lima Ilustrado para ceder el sitio al de Genaro Latino, muchos de mis condiscípulos me reconocieron el mérito  de haber admitido mi nulidad y sabido retirarme a tiempo. Sin embargo, algunos insinuaron que el director del semanario me había negado la hospitalidad.

Todos creían envenenarme la bilis con leerme los versos de mi rival, figurándose que la envidia me devoraba el corazón. Braulio me atacaba ya de frente, y se le atribuía la paternidad de este nuevo pareado:

Ante Genaro Latino,
Roque Roca es un pollino.


Un día, Braulio, triunfante y blandiendo un papel, se instala sobre una silla, pide la atención de los oyentes y empieza a leer una silva de Genaro Latino, publica da en el último número de El Lima Ilustrado. De pronto, cambia de color, se muerde los labios, estruja el periódico y lo guarda en el bolsillo.

—¿Por qué no sigues leyendo? —le pregunta una voz estentórea—. Era el Metafórico.
—¡Que siga, que siga! —exclamaron algunos.
—Yo seguiré —dijo el Metafórico.

Se encaramó en una silla que el amigo Braulio acababa de abandonar y leyó:

Nota de la Dirección.— Como hay personas que se atribuyen la paternidad de obras ajenas, avisamos al público (a riesgo de herir la modestia del autor) que los versos publicados en El Lima Ilustrado con el seudónimo de Genaro Latino son escritos por nuestro antiguo colaborador el joven estudiante de jurisprudencia don Roque Roca.

El amigo Braulio no volvió a dirigirme la palabra.
 
 
 
Manuel Gonzáles Prada nació en Lima  y falleció en 1918. La influencia del autor de ʺPájinas Libresʺ que ejerció sobre la juventud, comprendió la política, la literatura, la poesía. En ʺEl Tonel de Diógenesʺ, México, Tezontle, 1945, aparecen algunos trozos narrativos de Gonzáles Prada.
 
 
Varios autores, Antología del Cuento. Lima en la Narración Peruana, Presentación y Selección de Elías Taxa Cuádroz, Editorial Continental- Kontinental Verlag, Lima, Perú, 1967, págs. 55-61 
 
 
Notas
 
Chivaletes o  Chibaletes.-  significa un armazón de madera donde se colocan las cajas para componer en imprenta. Proviene del francés "chevalet", que significa caballete. En esencia, es un mueble parecido a un pupitre, usualmente de madera, con cajones (o "cajas") para guardar tipos móviles.

Hemistiquio: Mitad de un verso, especialmente cada una de las dos partes de un verso separadas o determinadas por una cesura. DLE.RAE

Cesura: En la poesía moderna, corte o pausa que se hace en el verso después de cada uno de los acentos métricos reguladores de su armonía. DLE. RAE

Verso pareado: Un pareado es un par de versos consecutivos de poesía que crean una idea o pensamiento completo. Los versos suelen tener patrones silábicos similares, llamados métrica. Si bien la mayoría de los versos riman, no todos lo hacen. Un pareado puede formar parte de un poema más extenso o ser un poema en sí mismo. masterclass.com

Aristarco de Samotracia (c. 217-c. 145 a. C.): Gramático y miembro de la escuela filológica alejandrina. Su nombre llegó a hacerse proverbial como antonomasia del crítico severo. Wikipedia y otros.

Silva: Combinación métrica, no estrófica, en la que alternan libremente versos heptasílabos y endecasílabos. DLE. RAE