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martes, 21 de enero de 2025

Los Gallos

Por Federico Elguera

No guardo recuerdo de ciudad, villa o aldea, en la que canten los gallos como cantan en Lima.
Mientras estuve viviendo en el hotel, creí que sólo en ese establecimiento existiría un gallinero para abastecer al restaurante; pero cuando alquilé un departamento y los gallos seguían cantando, me mudé a otro y el canto me perseguía, me di cuenta de que no hay habitante de Lima que no tenga su gallo.
Naturalmente, que me refiero al canto nocturno que interrumpe el sueño y desespera.

ꟷOiga, amigo, dije un día al cobrador de la casa que ocupaba: estoy pensando mudarme, porque los gallos no me dejan dormir.
ꟷEn todas partes le pasará a usted lo mismo, me contestó.
ꟷ¿Pero por qué hay tantos gallos en esta ciudad?
ꟷPorque hay muchas gallinas, me contestó sonriendo.
ꟷ¡Convenido! ¿Pero por qué la pasan cantando toda la noche?
ꟷPorque son muy brutos y se equivocan con la luz. Vea usted, agregó, antes del alumbrado eléctrico sólo en las noches molestaban; pero ahora, todas las horas les parecen de madrugada.
ꟷ¡Maldita luz! Pues deberían apagarla después de la medianoche.
ꟷ¡Eso no es posible!
ꟷ¡O matar a todos los gallos!
ꟷTampoco es posible, porque no habría qué hacer con las gallinas.
ꟷ¡Hombre! ¡Comérselas!
ꟷ¡Ah, no, no! ¡Ya irá usted acostumbrándose!
ꟷ¿Cómo voy a acostumbrarme a vivir en un corral?
ꟷ¡No, señor! En esta finca no hay corral. Aquí sólo viven hombres solos, y los gallos que usted oye son del barrio.
El cobrador tenía razón; pues los gallos que yo oía eran de toda la ciudad.

Principiaba a cantar uno, de voz de chantre, pausada y ronca, que era el más próximo a mi dormitorio. Despertaba a sus conciudadanos y se formaban inmediatamente dúos, tercetos, cuartetos y coros, que no tenían cuándo acabar.
Una persona a quien me quejaba de esto, me dijo:
ꟷFelicítese usted de que ladran menos perros que antes.
ꟷ¿También había eso? ¿Pues en esta ciudad no se podría dormir?
ꟷEn otro tiempo los vecinos tenían que levantarse de sus camas para matar a tiros a los perros.
ꟷ¿Y el Municipio?
ꟷEstá en una esquina de la Plaza ¿No lo conoce usted?
ꟷ¡No es eso! Pregunto si no se ocupa de esas cosas.
ꟷ¡Ah!, ¡sí! ¡sí!
ꟷPero lo que me vuelve loco son los gallos. ¿Por qué no se adopta alguna medida para que no canten en la noche?
ꟷ¿Pero qué podría hacerse?
ꟷObligar a sus dueños a que los hagan dormir en un cajón para que no puedan estirar el pescuezo o meterlos en cuartos oscuros.
ꟷ¡No se sofoque usted, que ya se irá acostumbrando!
ꟷY con la esperanza de acostumbrarse todo se soporta en el Perú.

¿Le pican a usted las pulgas?
¡Paciencia!
¡Ya se irá acostumbrando!
¿No respira usted polvo infecto?
¡Paciencia!
¡Ya se irá acostumbrando!
¿Va usted tranquilo por esas calles de Dios y se da de boca con un grupo de patriotas, que descargan sus revólveres a diestra y siniestra?
¡No se alarme usted, que ya se irá acostumbrando!
¡Desgraciadamente yo no me acostumbro!

Los gallos, las pulgas, el polvo y los tiros me quitan el sueño, me pican, asfixian y excitan mis nervios.
Como buen turista me adapto con facilidad al medio; pero hay cosas, que la verdad, no puedo tolerar.
Todavía no formo un concepto claro del carácter peruano.
¿Ese pueblo es paciente, sufrido y abnegado?
No lo sé, pero al lado de su apatía e indiferencia; es capaz de levantarse en armas y de exponerlo todo, en un momento dado.
¿Será esto mismo consecuencia de su abnegación o prueba de carácter y energía?
Repito que todavía no lo entiendo; pero puedo asegurar que es un pueblo dócil para conducirlo al bien, como fácil para dirigirlo al mal.
El secreto estriba en saberlo mover: en tocarle a tiempo una campanada, en quemarle un cohete, pronunciarle un discurso, reunirlo y capitanearlo.
¡Y seguirá entusiasta y ciego!

En vísperas de una elección de senador me tocó de vecino uno de los candidatos, a quien todas las noches visitaban sus clubes.
El pobre hombre salía a su balcón y, a grandes voces, les soltaba un discurso.
Naturalmente que el discurso no se cambiaba cada noche… ni la gente tampoco.
Unas veces aparecían con el nombre de Club A, otra con el de Club B y así con otros nombres.
Llegaron a grabárseme algunos tipos de esos hombres, y fue enorme mi sorpresa al reconocerlos, un día, en una manifestación en favor del candidato rival de mi vecino.
ꟷ¿Pero que es esto? le pregunté a un amigo que me acompañaba. Si a esta gente la veo todas las noches, en el bando opuesto.
ꟷNo se preocupe usted, me contestó, con gran calma. Si se queda aquí más tiempo, nada de esto le llamará a usted la atención.

¡Ya se irá usted acostumbrando!

(De: El Barón de Keef)



Varios autores. Festival de Lima Edición Antológica. Volumen V Sátira y Humor, Dirección General y Selección: Juan Bromley y Luis Málaga, Concejo Provincial de Lima, Lima, Perú, 1959, págs. 85-88



Federico Elguera nació en Lima en 1860 y falleció en 1928. Fue abogado, político y diplomático. Colaboró en diversas publicaciones con el seudónimo de “Barón de Keef”.  Publicó F + F: Letrillas por Federico Elguera y Federico Blume, Marionetas  y El Barón de Keef en Lima.

Dato tomado de Varios autores, Antología del Cuento. Lima en la Narración Peruana, Presentación y Selección de Elías Taxa Cuádroz, Editorial Continental- Kontinental Verlag,Lima, Perú, 1967
De Elguera puse antes en el blog su relato El Malillero que apareció en la antología citada

martes, 12 de octubre de 2021

El Malillero

Por Federico Elguera

 

No voy a tratar de aquel, que sentado detrás de una mesa corta el revesino, da capote y pasa la noche sobajando cartas.

Siga el jugador descamisándose y peinando el naipe, que eso a los demás no importa nada.

El malillero que hace daño, el perro del hortelano que no come ni deja comer, el centinela de vista, el lego del convento, el buitre, el leopardo, la pantera, la hiena, el monstruo que bloquea las expansiones del corazón e incomunica a dos seres que se quieren, es el malillero de quien voy a ocuparme; es e l tipo que aniquila, que envenena, que revienta y que mata la humanidad amante.

Ayer encontré en Mercaderes a mi primo Antonio.

Antuco, le dije, ¿Cómo estás? ¿Qué es de tu vida?
―¿Cómo he de estar? Me repuso. ¡Maldiciendo de mi estrella!
―¿Acaso una desgracia de familia?
―¡No, hombre!
―¿Has perdido en las carreras?
―¡Qué carreras!
―El sastre tal vez, no ha terminado tu vestido de mono para el baile de…
―¡No hay tal!
―¡Vamos! ¡Ya caigo! ¿Cuestión de amores?
―¡Justo!
―Pues cuenta lo que te pasa.
―Imagínate, que Luisa…. aquella… la de los ojos negros
―Ya
―Pues me ama. Después de mil trabajos consigo una cita para anoche en su casa, y a las 7 en punto subo la escalera. Llego, toco, ella me recibe con los brazos abiertos; y cuando me disponía a sellar sus  labios con un dulce beso, siéntese ruido. Luisa me rechaza violentamente, se abre la puerta y aparece…
―¿Quién?
―¿Quién había de ser?  ¡Un malillero!
―¿Un malillero?
―Sí.  Un sujeto estudiosamente tímido y romántico, de sonrisa fingida y maneras  ridículas. ¡Su presencia me dejó extático!

Saludó con la más exquisita cortesía; me fue presentado, le apreté la mano y tomamos nuestras posiciones: él sentado junto a mí en el sofá, y Luisa frente a los dos, en una butaca.

Cruzamos una mirada entre los tres, chispeante y expresiva la de ella, tierna y estúpida la de él, terrible y amenazadora la mía.

Luisa y yo enmudecimos, pero él habló y dijo:
―Fresca está la noche.
―Sí, frescos  estamos, le repuse yo.

Luisa dejó deslizar una sonrisa y con cierta naturalidad nos preguntó:

―¿Qué hay de nuevo?
―Nada, me apresuré a contestarle, más que con ánimo de decir verdad, con el propósito de impedir la conversación que tal pregunta podía suscitar.

Saqué cigarrillos, invité a fumar al monstruo mi vecino, y previo el permiso de estilo, fumamos.

Ninguno de los tres hablaba, Luisa y yo porque no queríamos; él, porque no tenía qué decir ni quien le contestara.

Pasado un cuarto de hora, volví a sacar cigarros, y  fumamos  nuevamente.

El silencio era sepulcral, interrumpido a ratos por el ruido que producían los resortes del sofá, cada vez que yo cambiaba de posición, y por el que Luisa hacía, con un abanico que tenía en las manos.

Después  de media hora, ella dirigió la palabra al visitante.

―¿Sabe usted hacer gallitos?
―Supe hacerlos con gracia, cuando niño contestó él.

Yo reventaba de coraje. Cada minuto que transcurría me hacía elaborar un litro de bilis; cada palabra que escuchaba, me causaba el efecto de una puñalada.

Tenía verde el corazón, verdes los ojos y lo veía todo verde. Me había metamorfoseado en un burro venenoso y me temía a mí mismo.

Aniquilado estaba de despecho y de ira considerando todo lo que me costaba esta cita, y la manera como se perdía.

Luisa debía emprender viaje al día siguiente, es decir hoy. Me había pues reservado el último momento, para que recibiera sus caricias. A la diez  y media debía yo retirarme ineludiblemente y sonaron las nueve.

¡Mi situación era espantosa!

Me sentía fatigado y desfalleciente, cual militar que fuga del campo del honor.

Sacaba el reloj, no para mirar las horas ni contar los minutos ni los segundos, sino para desahogarme con la tapa, que víctima de mis dedos, sonaba como un fulminante y para decir de ese modo a mi vecino: ¡Váyase usted! ¡Pero nada!  El impertérrito amigo no levantaba el sitio.

Hablar me era imposible, pensar difícil, y no podía combinar un plan, para salir del majadero.

Había agotado sin éxito, cuanto recurso es políticamente dable emplear: el silencio, el reloj, la mirada, la tos, el cigarro, el semblante, la posición, ¡todo!

Por último, a las 10 me decidí.
―Luisa, dije, parece que está usted fatigada. Mañana debe usted embarcarse y nuestra larga visita es importuna.
―No, respondió ella secamente, comprendiendo la intención que mis palabras envolvían-
―Sí, insistí yo. ¡Debemos  irnos!
Saqué mi reloj, y exclamé horrorizado:
―¡Las diez!

Me levanté  del sofá, púseme el sobretodo, cogí el sombrero y haciendo a Luisa una guiñada para que comprendiera que me ″iba con él, para regresar solo y aprovechar la media hora que nos quedaba″, me despedí de ella. Pasé a dar el frente al amigo de la casa, y con mucha naturalidad, le dije:

―¿Nos iremos?

Él consultó su cronómetro, movió pausadamente la cabeza en señal de duda, y en prueba de resolución me alargó la mano diciendo:

―Me quedo media hora más.


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Federico Elguera nació en Lima en 1860 y falleció en 1928. Fue abogado, político y diplomático. Colaboró en diversas publicaciones con el seudónimo de “Barón de Keef”.  Publicó F + F: Letrillas por Federico Elguera y Federico Blume, Marionetas  y El Barón de Keef en Lima.

Varios autores, Antología  del Cuento. Lima en la Narración Peruana, Presentación y Selección de Elías Taxa Cuádroz,  Editorial Continental- Kontinental Verlag, Lima, Perú, 1967, págs. 21-25


Malillero.- Adj. Perú. Entremetido que frustra un plan. Malillero

adj. Perú. Entremetido que frustra un plan.

Fuente: https://www.definiciones-de.com/Definicion/de/malillero.php © Definiciones-de.com
adj. Perú. Entremetido que frustra un plan.

Fuente: https://www.definiciones-de.com/Definicion/de/malillero.php © Definiciones-de.com
adj. Perú. Entremetido que frustra un plan.

Fuente: https://www.definiciones-de.com/Definicion/de/malillero.php © Definiciones-de.com