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martes, 7 de octubre de 2025

Edmond Locard, detective sin par

 


 

El Sherlock Holmes francés que puso la ciencia al servicio de la justicia y llegó así  a ser uno de los padres de la moderna criminología 


Por François Corre


CIERTO DÍA del año 1915, un sacerdote se presentó en la Sección de Criptología del Ministerio de la Guerra francés, en París, a ofrecer una clave ideada por él. Tenía gran afición a la literatura, explicó, y la criptografía era su pasatiempo predilecto. Había trabajado durante cuatro años en la elaboración de su clave y creía que ningún especialista en la materia podría descifrarla. Informó al funcionario encargado de la sección que había cifrado un texto famoso de la literatura francesa y que se lo dejaba hasta el día siguiente, para que los especialistas juzgaran el trabajo.

Un teniente de reserva, de 38 años de edad, aceptó inmediatamente la prueba que se lo proponía. Su experiencia le permitió ver en seguida que aquella cifra parecía ser realmente impenetrable y, por tanto, decidió enfocar el problema de otro modo: “¿Qué famoso texto   que hubiera elegido el sacerdote?” se preguntó. Sin duda sería un pasaje que fuera muy familiar para él. Muy probablemente una de las fábulas de La Fontaine. Les deux Pigeons (Los dos pichones) podía muy bien ser una obra predilecta de aquel hombre y su extensión era poco más o menos la misma que la del texto cifrado.
El teniente corrió a la ventana.
El sacerdote bajaba los escalones de la entrada del edificio cuando lo llamó:
—¡Un momento, padre! —¡Deux pigeons s’aimaient d’amour tendre! (Dos pichones se amaban tiernamente).
Durante un momento, el sacerdote quedó estupefacto y luego se sentó pesadamente en el segundo escalón, totalmente abatido.

Hombre universal

El funcionario que había resuelto el enigma con tan asombrosa rapidez era el Dr. Edmond Locard, director del Laboratorio Científico de la Policía de Lyon y uno de los padres de la moderna criminología.  Era un hombre universal, que no sólo tenía interés, por la investigación de los delitos, sino también por la grafología, la música, el arte, la filatelia, las matemáticas, la botánica y, sobre todo, la gente.

Innumerables veces, valiéndose de sus vastos y variados conocimientos, había sorprendido y descubierto a algún criminal.
Una vez, habiéndose encontrado en Mont d’Or, montañas situadas no lejos de Lyon, el cadáver de un ingeniero asesinado, Locard fue a examinar el lugar del crimen. No había huellas digitales en el arma usada por el asesino, ni, al parecer, se halló la más ligera pista cerca del cadáver. Al día siguiente, cuando iba a su oficina en el Palacio de Justicia, Locard pasó por la habitación donde se hallaban reunidos los vagabundos arrestados la noche anterior. De pronto, se detuvo. Había observado en la manga de uno de ellos una espora minúscula de una rara especie de diente de león, especie que creía, según había visto, cerca del cadáver del hombre asesinado. Además, en la chaqueta del vagabundo aparecía una mancha oscura. Analizada esta última por encargo de Locard, resultó ser sangre del mismo tipo que la de la víctima. Al interrogarlo, el vagabundo no pudo resistir y confesó su crimen.

Antes que el profesor Locard profesase la criminología, nada en su vida indicaba que llegaría a ser uno de los más eminentes especialistas en esta ciencia. 
Nació Locard en Saint-Chamond (Loira) en 1877, en el seno de una familia rica y culta.
Hasta los 33 años de edad no ejerció ninguna profesión. Su padre le aconsejó que estudiara medicina y él se hizo médico. Por otra parte, su madre sostenía que nadie podía ser un auténtico hombre de mundo sin educación legal, de forma que Locard se graduó también en leyes. Leía mucho y sus lecturas comprendían gran variedad de asuntos. 
Llegó a hablar bien cinco idiomas extranjeros y aprendió a leer once, entre ellos el hebreo y el sánscrito.

Como Locard gustaba de contar después con frecuencia, fue un aguacero tormentoso lo que decidió el curso de su vida. Paseaba un día por Lyon con el Dr. Jean Alexandre Lacassagne, uno de sus profesores en la facultad de medicina y famoso perito en medicina legal, cuando un súbito aguacero les obligó a los dos a guarecerse en un portal. Lacassagne, que detestaba perder el tiempo, sacó de su cartera una revista argentina de criminología y pidió a Locard que le tradujera un artículo que trataba de los criminales consuetudinarios. A Locard le pareció tan interesante el asunto, que en ese mismo momento decidió cuál había de ser la tarea de toda su vida.

Comenzó a devorar decenas de obras de criminología y buscó relacionarse con los más distinguidos especialistas conocidos entonces. 
Viajó a Alemania, Bélgica, Holanda y Gran Bretaña para estudiar nuevos métodos, y pronto comenzó a dar conferencias sobre esta novísima ciencia, la criminología, en sociedades y en agrupaciones cívicas.
Finalmente, a fin de utilizar de modo práctico sus vastos conocimientos, fue a ver a Henri Cacaud, jefe de la policía regional de Lyon. En ninguna parte del mundo, le dijo Locard, se perseguía e identificaba a los criminales como se debía hacer.
Cierto que en varios países había peritos y cada uno de ellos lograba excelentes resultados en su propio campo, pero en ninguna parte existía un equipo permanente de científicos y técnicos dedicados a emplear todos los recursos de la ciencia para descubrir a los malhechores.
Si Cacaud estaba dispuesto a ayudarle, él, Locard, establecería en Lyon el primer laboratorio criminológico del mundo.

Obra de un precursor

Locard se mostró persuasivo, y Cacaud accedió a permitirle que intentara la realización de su proyecto. El jefe puso a su disposición dos desvanes del Palacio de Justicia y le asignó como ayudantes a dos agentes.
El 10 de enero de 1910 comenzó a funcionar el Laboratorio Científico de Policía. Desde el principio Locard estableció una estricta regla, que ha llegado a ser un principio de la investigación policíaca: Hasta que no lleguen los especialistas del laboratorio, no se debe tocar nada en el lugar del crimen.
Locard explicaba con frecuencia: “Es imposible que alguien ejecute algún acto, especialmente con la intensidad propia de un acto criminal, sin dejar huella o rastro en el lugar del crimen”.

Descubriendo y analizando estas huellas o rastros, Locard habría de resolver un número de misterios increíblemente grande.

Por supuesto, las huellas más valiosas son las que deja el cuerpo del criminal, sobre todo sus huellas digitales. Peo en 1910, pocos eran los funcionarios de la policía que creía en la dactiloscopia (o sea el examen de tales huellas). Locard utilizó este método, en forma impresionante, en uno de sus primeros casos.
En el lugar de un robo, en la calle Ravat, en Lyon, descubrió huellas digitales en un vaso azul.
La policía arrestó después a un sospechoso cuyas huellas digitales eran idénticas a las encontradas en el vaso, pero el hombre tenía una coartada perfecta y testigos que lo respaldaban. Hasta entonces, los tribunales habían dado más valor a los testimonios que a las huellas digitales. Esta vez, la formidable precisión de Locard convenció a los jueces. Por primera vez en Europa un hombre era enviado  a prisión no habiendo más pruebas de su delito que huellas digitales. La moderna policía había logrado una victoria decisiva.

Sin embargo, con mucha frecuencia las huellas digitales encontradas en el lugar del crimen son imperfectas o se hallan medio borradas y, por tanto, no sirven para identificación por los procedimientos ordinarios. Locard estudió la distribución de los poros en la superficie palmar de los dedos de la mano y comprobó que formaban figuras características, identificables incluso en el fragmento más diminuto de una huella dactilar.  Esta nueva técnica, a la que él denominó “poroscopia”, le permitió resolver uno de sus casos más divertidos.

Una noche Locard fue a un salón de baile frecuentado por el hampa de Lyon. Allí se topó con un ladrón bien conocido, apodado “Bébert”, quien comenzó a burlarse de los métodos “científicos” de Locard y se jactó de que podía cometer un robo sin dejar la huella más leve.
Pocos días después, una casa, no lejos de la residencia de Locard, recibió la “visita” de un extraño ladrón que vació en el suelo el contenido de todos los cajones, pero sólo se llevó un anillo. 

Locard, sospechando que Bébert estaba cumpliendo el reto que le había lanzado, redobló sus esfuerzos, pero no pudo encontrar nada. Por fin, al cabo de varios días, descubrió en el alféizar de una ventana una bolita de sebo endurecido, poco mayor que la cabeza de un alfiler, en la que había un fragmento de huella digital. Examinada al microscopio, la figura característica formada por los poros resultó idéntica a la que aparecía guardada en el archivo de la policía. El ladrón había cometido el error de quitarse los guantes para encender una vela, le cayó cera en el índice de la mano izquierda, la cera se le desprendió y cayó en la base de la ventana. Locard le puso a Bébert la prueba ante los ojos, y el ladrón, estupefacto, reconoció que Locard había sido más listo que él.

Siguiendo el rastro

Locard logró algunos de sus éxitos más sensacionales como perito en grafología. Dedicó un largo tratado a cierta categoría especial de falsificación: la que se ejecuta cuando una persona guía, a veces por la fuerza, la mano de otra, por lo general la de una persona enferma o moribunda, lo que suele a hacer con el fin de lograr de este modo una herencia.
Locard intervino como investigador en docenas de casos. En uno de ellos, una mujer murió súbitamente seis meses después de casarse, habiendo nombrado como heredero universal a su esposo. La policía se enteró de que, si bien la hacienda propia de la difunta era modesta, pocos días antes de su muerte había recibido, de una amiga íntima suya, una gran herencia. El testamento de la amiga estaba trazado con letra clara y mano firme, pero el de su heredera aparecía escrito con débiles y vacilantes garrapatos.

Un minucioso examen del testamento de la amiga permitió a Locard descubrir que era una falsificación: se habían recortado las palabras de varios documentos manuscritos, las habían pegado en el debido orden, las fotografiaron y, por último, las litografiaron en papel legal. Luego, cuando examinaba con luz ultravioleta el testamento de la difunta esposa, Locard observó unos rasgos casi imperceptibles (letras al parecer) en una esquina de la hoja. 
Con un tratamiento químico, pudo descifrar aquellos rasgos, que formaban estas palabras: “Fui asesinada por mi esposo”.

A la vista de esta prueba, el acusado confesó que había falsificado el primer testamento con palabras recortadas de cartas recibidas por su esposa de la amiga de esta y luego había forzado a su mujer, que estaba ya enferma, a hacer testamento en su favor, para lo cual le había guiado la mano. Sin saberlo él, la difunta había usado una horquilla para poner en el documento una desesperada denuncia final.

La imaginación y la brillante capacidad analítica de Locard hicieron de él un perito en criptografía.
En agosto de 1914, en vísperas de la batalla del Marne, Locard formaba parte del equipo que logró descifrar una clave vital del Ejército alemán. Todos los días, en la torre Eiffel, el servicio francés de información secreta interceptaba las emisiones que intercambiaban el cuartel general alemán, en Coblenza (Renania), y las tropas alemanas que estaban en el frente.
A pesar de todos sus esfuerzos los especialistas franceses no lograban descifrar los despachos. Pero, un día captaron una emisión sin cifrar que los alemanes enviaban del frente a Coblenza: “Was ist Circourt?” (¿Qué es Circourt?) Evidentemente, el cuerpo militar que preguntaba esto había recibido antes orden de Coblenza de dirigirse a la aldea de Circourt, en los Vosgos, y no la había entendido. Locard, que tenía un juego completo de los mapas militares alemanes, vio que esta aldea de Circourt estaba identificada en estos como Xivry-C.

Media hora después, Coblenza envió la respuesta en clave. Los criptógrafos franceses comprendían que esta comunicación tenía que incluir las palabras Xivry-C. Basándose en esto y trabajando activamente por espacio de varias horas, fueron capaces de descifrar la clave usada por los alemanes en el frente occidental.
Hasta 1921, tres años después del armisticio, no se enteraron los alemanes de esta hazaña que quizá cambió decisivamente el curso de la guerra.

Sin dinero, pero sin par

El interés de Locard no quedaba limitado, en modo alguno, a la investigación policíaca. Como musicógrafo, pocos le superaban, y durante la mayor parte de su vida escribió una sección acerca de la música en un periódico de su ciudad. En 1917, asistiendo a una representación de Carmen en el teatro de la Metropolitan Opera de Nueva York, le susurró a su vecino, Justin Godard, subsecretario del Ministerio de Sanidad pública francés: 
―Juraría que el oboísta es de Lyon.
Godard se quedó mirando a Locard, boquiabierto.
―No es posible que usted sepa eso ―replicó.
En el entreacto fueron los dos a ver al oboísta, quien les dijo que había nacido en un suburbio de Lyon.
―¿Cómo es posible que usted lo supiera? ―le preguntó Godard a su amigo.
Locard le explicó que en la forma de tocar del oboísta había reconocido la sonoridad y la técnica respiratoria características de los que habían aprendido a tocar instrumentos de viento en el conservatorio de Lyon.

Lyon sentía tanto afecto por Locard como este por su ciudad. Durante años, uno de los más populares programas de la radio de Lyon fue una charla semanal de ocho minutos improvisada por Locard. La asombrosa variedad de sus conocimientos y su aptitud para improvisar le permitían tratar innumerables asuntos, tanto del judo como de Berlioz, lo mismo de sellos de correo raros como de setas. Un minuto antes de que terminara su tiempo, su secretaria le hacía una señal desde la cabina de control, y él siempre se las arreglaba para terminar con una notable anécdota o con un detalle de ingenio que concluía exactamente al segundo.

Locard empleaba gran parte de su tiempo libre en dar caminatas por el campo, buscando plantas raras. Pero en días de trabajo llegaba a su oficina a las 7 de la mañana y a veces permanecía en ella hasta bien entrada la noche. Además de ejercer su profesión y desempeñar muchas actividades cívicas, se dio tiempo para escribir unos 30 libros, entre ellos, un Tratado de Criminología, en siete volúmenes, que todavía sigue siendo el texto clásico para la policía científica de todo el mundo.

Al morir, el 4 de mayo de 1966, el Dr. Edmond Locard, poseedor de 22 condecoraciones francesas y extranjeras, criminólogo científico, autor y promotor cívico, casi no tenía dinero. Sus varios trabajos de investigación le costaron casi toda la fortuna que había heredado de su familia, y para pagarse sus gastos en los últimos años de su vida tuvo que vender, uno tras otro, los valiosos sellos de correo de su gran colección. Se había negado siempre, durante su larga carrera, a convertirse en funcionario, prefiriendo trabajar por contrato, y rechazó una pensión para así conservar plenamente su independencia personal.
Para mantener un cuerpo competente de especialistas, incrementaba él, a su propia costa, los bajos sueldos que el gobierno pagaba a sus ayudantes. Cuando a los cuerpos municipales de policía criminológica se les integró en un solo cuerpo nacional, en 1942, llegaron funcionarios al laboratorio de Lyon para hacer el inventario de todo el equipo que pasaba a pertenecer al Estado y fue bien poco lo que allí encontraron: dos sillas con asiento de esparto y un mechero Bunsen.
Locard, deseoso de mantener su autonomía en el mayor grado posible, había comprado con su propio dinero todo lo demás.

En la actualidad el laboratorio fundado por él sigue funcionado activamente. Ahora hay cientos de laboratorios semejantes esparcidos por todo el mundo, y los revolucionarios procedimientos ideados en un desván del Palacio de Justicia de Lyon, han llegado a ser parte del trabajo corriente en la investigación policíaca. Locard puso a la ciencia al servicio de la justicia y al mismo tiempo ganó en su especialidad fama mundial.
Pero fue más que un perito en criminología. Como ha dicho el novelista Alexandre Arnoux: 
“Era hombre de singular personalidad, el hombre de más diversas actividades y el más completo que la Providencia nos haya puesto en el camino”.
 

Condensado de “The Criminologist” (Noviembre 1968) © 1968 por The Forensic Publishing Company


Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo LIX, N° 352, Marzo de 1970, págs. 92-98, Reader’s Digest México, S.A. de C.V., México, México

 

Notas

El retrato de Locard aparece en la página como se ve, y la foto es mía. No hubo modo de ponerla de otra forma.

La negrita sobre la regla de Locard de no tocar nada en la escena del crimen es de mi parte. 

Guarecerse.- Refugiarse en alguna parte para librarse de un daño o peligro, o de las inclemencias del tiempo.
Sinónimos: refugiarse, cobijarse, resguardarse, ampararse, acogerse, albergarse, protegerse, etc.

Coartada.-  
1. Argumento de inculpabilidad de un reo por hallarse en el momento del crimen en otro lugar.
Sinónimo: defensa.

2. Pretexto, disculpa.
Sinónimos: disculpa, estratagema, excusa, justificación, pretexto, subterfugio.

Garrapato.- Rasgo caprichoso e irregular hecho con la pluma.
Sinónimos: garabato, pintarrajo, borrón, chafarrinada, chafarrinón.

2.Letras o rasgos mal trazados con la pluma.

Litografía.-
1.Arte de dibujar o grabar en piedra preparada al efecto, para reproducir, mediante impresión, lo dibujado o grabado.
2. Ejemplar obtenido por el procedimiento de la litografía.
Sinónimo: impresión

Horquilla.- Pieza metálica o de otro material, que se emplea para sujetar el pelo.
Sinónimos: pasador, rascamoño, gancho, ondulín.

Musicógrafo.- Persona que se dedica a escribir obras acerca de la música.
Sinónimo. musicólogo.

Seta.- Cualquier especie de hongo, comestible o no, con forma de sombrilla, sostenida por un pedicelo.
Sinónimos: hongo, callampa. DLE RAE

Vosgos.- Departamento situado en el noreste de Francia.

jueves, 5 de junio de 2025

Colección Círculo Azul

Editorial Bruguera

1962-1970

Algunos de los libros incluidos volvieron a ser puestos dentro de las colecciones como  Libro Amigo o Libro Blanco y también fueron publicados en Círculo de Lectores.



—Frederic Morton. Los Rothschild. Retrato de una familia

—Walter Lord. El Álamo (Estados Unidos, historia)

—Francis Mossiker. El Enigma del collar (Luis XVI, Francia, historia)

—Jacques Picard.  Profundidad 11,000 metros. La conquista de los abismos marinos

—Hans-Georg Merten, Rockefeller (John D. Rockefeller, 1839-1937)

—Carlo Maria Franzero. Teodora (sobre la emperatriz de Bizancio)

—Jean-Jacques Thierry. Vaticano secreto

—Dieter K. Kuzel. La Ruta del Espacio. Introducción de Wernher Von Braun

—Joel J. Heydecker y Johannes Leeb. El Proceso de Nuremberg

—Jacques Duchemin. Historia del FLN (Frente de Liberación Nacional, Argelia, historia)

—Barbara Tuchman. Los Cañones de Agosto (Primera Guerra Mundial)

—André Castelot. Grandes Amores de la Historia. Cincuenta pasiones… cincuenta aspectos del corazón humano

—Virginia Cowles. El Último Káiser (Guillermo II)

—Gerald Clark. América en llamas (historia)

—Cajus Bekker. La Luftwaffe. Historia del arma secreta alemana en la Segunda Guerra Mundial

—Françoise Gilot y Carlton Lake. Vida con Picasso

—Helmuth G. Dahms. La Segunda Guerra Mundial

—John Toland. Los Últimos 100 Días (S.G.M.)

—Ivar Lissner. Civilizaciones Enigmáticas (civilizaciones antiguas)

—Ladislas Farago. El Sello Roto (sobre el ataque japonés a Pearl Harbor en 1941)

—Helmut Heiber. Conversaciones militares de Hiter. Fragmentos de las actas de las conferencias militares de Hitler de 1942-1945

—Nerin E. Gun. Hitler y Eva Braun. Un amor maldito

—Gordon Rattray Taylor. La Revolución Biológica (biología, genética humana)

—Nerin E. Gun. Dachau. Testimonio de un superviviente

—Philip Knightley. La Vida Secreta de Lawrence de Arabia


domingo, 9 de marzo de 2025

Un Día como Hoy en un Libro



Revolución Francesa

1796
9 de marzo. El General Napoleón Bonaparte contrae matrimonio con Josefina de Beauharnais, ex amiga de Barras y una de las mujeres más brillantes de la alta sociedad parisiense.

Almanaque Mundial 1989


1842
Nabucodonosor (Nabucco). Ópera, música de Giuseppe Verdi, libreto de Temistocle Solera, fuente: Libro de Jeremías. Estreno: La Scala de Milán, el 9 de marzo de 1842.

Almanaque Mundial 1977



1862

Biografía  del Inventor

John Ericsson (1803-1889)
Ingeniero norteamericano de origen sueco radicado en Estados Unidos en 1839. En Inglaterra había construido una locomotora y había inventado el extintor de vapor; fue también uno de los inventores de las hélices para barcos.
Cuando estalló la Guerra de Secesión construyó el acorazado Monitor (1861), navío de cubierta plana a flor de agua con una única torrecilla giratoria para la artillería. Ericsson fue el inventor de la torrecilla y la grúa que lleva las municiones hasta los cañones. El 9 de marzo de 1862 su Monitor se enfrentó al navío confederado Virginia y este fue el primer combate entre acorazados en la historia.
En 1883 construyó el primer motor de aire caliente.

Almanaque Mundial 1973


1916
Marzo 9.  Alemania le declara la guerra a Portugal.


1924
Marzo 9. Italia anexiona Fiume a su territorio.

Nota.- La que fue Fiume actualmente es la ciudad de Rijeka (Croacia).


1925
Marzo 9. El presidente norteamericano Coolidge arbitra la disputa chileno-peruana.


1932
Marzo 9. El emperador Puyi, que abdicó del trono chino en 1912, designado presidente de Manchukuo.
—Eamon de Valera, presidente de Irlanda.


1938
España
El 30 de enero de 1938 se forma el primer Gobierno nacional, que promulga el 9 de marzo el Fuero del Trabajo.

Informatodo 1973


1967
India: La hija de Stalin, Svetlana Alliluyeva, que ha venido a acompañar los restos de su amante, resuelve no volver a la Unión Soviética (9 de marzo); más tarde se le concede asilo político en Estados Unidos.

Almanaque Mundial 1971


1971
Marzo 9. Japón-Estados Unidos. El gobierno de Tokio decide aplicar reducciones voluntarias a sus exportaciones textiles a Norteamérica.

Informatodo 1972


1973
España/China. Firman en París un acuerdo por el que establecen relaciones diplomáticas plenas (9 de marzo).

Almanaque Mundial 1975


1982
Marzo 9. La controversia sobre la América Central se intensifica con nuevos cargos entre Estados Unidos y Nicaragua.
—Charles Haughey, líder del partido Fianna Fáil, resulta electo primer ministro de Irlanda con 86 votos contra 79 de Garret Fitzgerald, líder del partido Fine Gael.

Almanaque Mundial 1983


1988
Marzo 9. Un gran jurado federal de Miami, Estados Unidos, acusa a Jean-Claude Paul, del ejército haitiano, de estar ayudando a los traficantes de drogas a introducirlas en el territorio estadounidense.

Almanaque Mundial 1989


1993
Marzo 9. El gobierno de Oscar Luigui Scalfaro se encuentra al borde del colapso debido a que la corrupción va agravándose y las detenciones de empresarios deshonestos se incrementan

Almanaque Universal Navarrete 1994


1998
Marzo 9. Esfuerzos por la Paz en Kosovo (Londres).
Los seis países miembros del Grupo de Contacto para la ex Yugoslavia-a saber: Alemania, Estados Unidos, Francia, Italia, Reino Unido y Rusia- excluyen la  posibilidad de una intervención militar en Kosovo y nombran como mediador en el conflicto al ex presidente del gobierno español, Felipe Gonzáles. El presidente Slobodan Milosevic rechaza la participación extranjera y convoca a un diálogo, que rechazan los nacionalistas albaneses por no cumplir con la condición de que las negociaciones tengan el aval de una representación internacional.

Almanaque Universal Navarrete 1999












viernes, 28 de junio de 2024

Un Día como Hoy en un Libro

1504

Cinco días y cuatro noches anduvo Diego Méndez por el mar en canoa de indios ―dificilísima travesía— para pedir socorro en la Española; y cuando en marzo de 1504 habían pasado ya ocho meses desde su partida; entre insurrecciones, privaciones y enfermedades; la impaciencia de Colón era indescriptible. Al fin una gran carabela llegaba al Puerto de la Gloria enviada por el gobernador Ovando; al menos así pudo saber el Almirante que Diego Méndez había llegado a su destino y se preocupaba por la salvación de los náufragos. El navío que logró fletar llegó cuando iba a cumplirse el año de la estancia en Jamaica: de allí partieron el 28 de junio, pero Colón llegó a España hasta el 7 de noviembre. Con la llegada al puerto de Sanlúcar, se cerraba el ciclo de sus descubrimientos.

La Conquista de la Tierra, de Juan Maluquer de Motes et al
 

 

1863

Después de detener cuatro veces a las tropas federales en el camino a Richmond, sin poder destruirlas nunca, sintiendo que la presión de las fuerzas de la Unión se acentúa al Oeste y en las costas, Lee no ve  otro medio para aflojar esa presión que desencadenar, a nueve meses de intervalo, una nueva ofensiva en dirección al Norte. Levantará el campamento el 5dejunio, en tanto que el general Hooker inquieta al presidente queriendo precisamente dirigirse otra vez contra el espejismo que la capital confederada representa para lo generales de la Unión. “Ya hace más de dos años”, observa Lincoln, “que doy salvoconductos para Richmond a más de 250.000 hombres, y ninguno de ellos fue capaz de llegar…” Devuelto a su misión esencial, Hooker sigue a regañadientes las huellas de Lee, manteniendo entre su adversario y él una distancia respetable, a despecho de las múltiples exhortaciones de Lincoln
“El animal debe tener un punto débil. ¿No podéis destrozarlo?...” Pero sin que parezca temer a Hooker, Lee sube por el valle del Shenandoah hacia Hagerstown, al sur de Maryland, y se dirige en dirección a Harrisburg, capital de Pensilvania. Los más diversos rumores circulan en Washington, cuya población, presa de pánico, considera inmediatamente que la mitad de los Estados está perdida. Mientras el gobierno trata de reclutar 100.000 voluntarios, una incursión confederada pasa entre la capital y el ejército de Hooker, cuya preocupación esencial, en ese preciso momento, parece ser, no destruir al enemigo sino sustraerse a la autoridad de Halleck. Lincoln da la razón, naturalmente, al comandante en jefe, y liquida inmediatamente al general insubordinado. Este será reemplazado el 28 de junio por el quinto comandante del ejército del Potomac en un año, George Meade. 

Abraham Lincoln, de Jean Daridan (traducción de Christina Souverbielle y Juan Monsegur)

 

 

1914

El Asesinato de Sarajevo

En junio de 1914, había en Sarajevo un grupo de seis jóvenes que esperaban nerviosos lo que sería para ellos un momento culminante. Todos se distinguían por estar obsesionados en matar a una persona. Los culpaban de todas sus desventuras y siempre habían acariciado ese propósito.
Se trataba de cinco jóvenes serbios y un musulmán maduro; iban a matar al heredero del Imperio Austro-Húngaro, Francisco Fernando de Austria.
Formaron dos grupos: tres de Belgrado y tres de Sarajevo. Los primeros tres eran: Trifko Grabez, Nedeljko Cabrinovic y Gravilo Princip. Los de Sarajevo eran Mahomed Mehmedbasic, musulmán, Vaso Cubrilovic y Cvjetko Popovic, escolares de 17 y 18 años respectivamente.
Habían sido reclutados por el agente de la “Mano Negra” en Sarajevo, Daniel Illich, sólo pocos días antes de la llegada de la víctima a la ciudad.
Los seis iban a realizar, bajo la batuta tétrica de Illich, el asesinato que fue quizás el que mayores consecuencias trajo para el mundo.
Estaban dominados por el odio que sentían por el archiduque, pero no tenía idea de lo que pasaría a causa de su crimen. Años más tarde después de la Primera Guerra Mundial, dirían: “Si hubiéramos sabido lo que pasaría no lo habríamos matado”.
Pero en ese momento sus mentes estaban fijas en una sola cosa; llegó el domingo 28 de junio día señalado para cometer el crimen.
A las 10:00 a.m., los asesinos estaban ubicados estratégicamente, en primera línea, confundidos con el público que esperaba el paso del Archiduque; estaban Mehmedbasic, Cubrilovic y Popovic. Al frente estaba Cabrinovic, al lado del puente Cumurija; delante del puente Latino estaba Princip y en el puente del Káiser estaba Grabez.
El auto del noble austriaco pasó por el lugar donde estaban ubicados los criminales a las 10:15 a.m. El musulmán no llegó a tirar la bomba que llevaba porque en el momento preciso pasó delante de él un policía. Cubrilovic diría más tarde: “No actúe porque me dio pena la duquesa”; Popovic se acobardó y frente a los tres estaba el único que no llevaba pistola; Cabrinovic, llevaba una bomba y sin titubear caminó hacia el pavimento y lanzó el artefacto explosivo.
Sólo llegó a dañar el segundo auto que seguía al vehículo del Archiduque. Inmediatamente el chofer del auto, Ducal, pisó a fondo el acelerador y se dirigió velozmente hasta la casa del gobernador, destino de la comitiva.
Allí los encargados de la seguridad del visitante decidieron cambiar la ruta de regreso, pero cometieron un error fatal; se olvidaron de avisar a los conductores de los autos, previniendo las medidas   que se tomarían para cuidar al Archiduque.
Princip cambió de ubicación y se paró en una esquina estratégica. Esperó pacientemente, hasta que llegó de regreso el auto del noble austriaco. En ese momento alguien alertó al darse cuenta del error al chofer: “¡Por allí no!”, pero ya era tarde. Princip se acercó rápidamente al auto mientras el conductor se detenía para retroceder y disparó contra Francisco Fernando. Volvió a disparar a través de la puerta, perforándola e hiriendo en el abdomen a la duquesa.
“No te mueras, Sofía, vive por nuestros hijos”, gritó el Archiduque. Al llegar a la casa del gobernador, para ser atendida, murió la duquesa; en quince minutos más tarde se produjo el deceso de Francisco Fernando.
Princip fue capturado en el mismo lugar del crimen, y los demás participantes en la ejecución del atentado cayeron en manos de la policía por declaración de quien había organizado el atentado, Daniel Illich. Este habló para salvarse pues fue condenado a morir junto con otros integrantes de la “Mano Negra”.
Delos seis ejecutores, sólo uno tenía la edad suficiente para que le fuera aplicada la pena de muerte, Mahomed Mehmedbasic, logró escapar a Montenegro y jamás lograron apresarlo.
Los otros cinco fueron condenados a muchos años de cárcel. Princip, Cabrinovic y Grabez murieron en la cárcel. El musulmán regresó después de la guerra a Sarajevo, donde trabajó hasta su muerte, hace 24 años.
Cubrilovic es actualmente profesor de Historia en la Universidad de Belgrado y Popovic trabaja en un museo de Sarajevo.
Ellos cometieron el crimen que sirvió de pretexto a Austria-Hungría para hacer la guerra que en poco tiempo tuvo dimensiones mundiales y dejó 10 millones de víctimas entre los países beligerantes.
“De haberlo sabido, no lo habríamos matado”.― Dicen los dos sobrevivientes.

(“Extra”.— 20.9.68)



Fuente:
Juan Castillo Morales, Historia Universal, 4to Año de Secundaria, Editorial Universo, Lima, págs. 180-181


Nota: He corregido los nombres de los autores del atentado junto con los de los puentes de Sarajevo.
Como el artículo periodístico citado me pareció interesante quise recobrarlo de este texto de secundaria en donde venía como lectura complementaria para los alumnos.
Hay además en diferentes libros de secundaria una serie de lecturas atractivas provenientes de distintas fuentes que posiblemente en algún momento las ponga en el blog para darle más variedad.



sábado, 9 de octubre de 2021

Colección Círculo Rojo

 Editorial Bruguera

1960-1968

Algunos de los libros han tenido diversas ediciones en Bruguera o con otros sellos editoriales..

 Indicamos algún detalle del contenido de los libros.

 

—Burton B. Turkus y Sid Feder. Crimen S.A.  Mafia, asesinatos

 —Frederic Sondern, Jr. La Mafia

 —Alan Hynd. Antología del Crimen

 —Andrew Tully. T-Men. Sobre el Departamento del Tesoro de Estados Unidos y sus agentes

 —Alan Hynd. El Mundo del Delito

 —Johan Von Kremer. El Libro Negro del Crimen

 —Clinton H. Anderson. Hollywood es mi Reino. Memorias, policía de Beverly Hills

 —John H. Lyle. Los Años sin Ley. Chicago, Ley Seca, Al Capone

 —Johan Von Kremer. El Libro Negro del Castigo

 —Arthur H. Lewis. Séptimo Infierno. Criminalística

 —Walter Hagen. Operación Bernhard. Falsificación de billetes, Segunda Guerra Mundial

 —Bob Considine. El Robo del Siglo

 —Rupert Furneaux. Interviene Scotland Yard. Famosos casos criminales

 —C.V. Hearn. Patrulla Especial. Misiones, Policía Miltar, Segunda Guerra Mundial

 —Marcel Sicot. Interpol. Policía Internacional

 —Henry Jacob Anslinger y Will Oursler. Los Asesinos. Crimen, tráfico de drogas

 —Yseult Bridges. Delitos de Sangre. Crímenes paralelos

 —Baughman Robinson.Servicio Secreto. Servicio encargado de proteger al presidente y a otros funcionarios del gobierno estadounidense, las embajadas extranjeras, etc.

 —Andrew Tully. CIA. Agencia de inteligencia de EstadosUnidos

 —Roland Villeneuve. Venenos y Envenenadores

 —Ladislas Farago. Secreto de Estado. Historia del Espionaje en la Segunda Guerra Mundial

 —Sanche de Gramont. La Guerra Secreta. Espionaje Internacional

 —Jacques Delarue. La Gestapo. Policía secreta de la Alemania nazi

 —Jerry D. Lewis. Cruzada contra el Crimen. Casos que han hecho historia

 —John L. McClellan. Crimen sin Castigo. Gangsterismo, investigación policial

 —Carlos de Arce. Tribunal de la Muerte. Casos célebres españoles

 —Rupert Furneaux. Famosos Casos Criminales

 —Gerald Luisi y Charles Samuels. Como Atrapar 5.000 ladrones. Memorias de un detective

—John Goodwin. Cosecha Negra. Casos enigmáticos

—Kurt Singer (seleccción). Meridianos del Crimen. 30 casos famosos

 —Edmund Pearson. Obras Maestras del Asesinato. Selección de textos de novelas de misterio por Gerald Gross.

 —William Peirce Randel. El Ku Klux Klan. Un Siglo de Infamia. Historia, Estados Unidos, racismo

 —Sam Waagenar. El Asesinato de Mata Hari. Biografía, Espionaje, Historia, Primera Guerra Mundial

 —Fred J. Cook. El FBI Desconocido

 —Edward D. Radin. Los Inocentes. Los condenados por crímenes que no cometieron

 —Bern Ruland. Negocios sin Piedad

 —Max Pierre Schaeffer. Mujeres ante el Verdugo. Relatos sobre mujeres condenadas.



martes, 16 de marzo de 2021

Serás un Hombre, Hijo Mío

“Serás un Hombre, Hijo Mío”


Detrás del bello poema “Si…” se encuentra la historia de amor de un padre y del sacrificio de su  hijo.


Por Suzanne Chazin


El ajado paquete de papel de estraza iba dirigido a “Monsieur Kipling”. Rudyard Kipling, el célebre escritor británico, ganador del premio Nobel, lo abrió, acentuada su curiosidad por los laboriosos garabatos. Dentro había una caja roja que contenía un ejemplar de su novela Kim, con un hoyo de bala que había respetado sólo las últimas 20 páginas. De la perforación, sujeta con un hilo, pendía la Cruz de Malta de la Cruz de Guerra, la medalla que Francia otorga en reconocimiento al valor en guerra.


Le enviaba aquello un joven francés llamado Maurice Hamonneau. En la carta anexa explicaba que, de no haber llevado ese libro en el bolsillo durante cierta batalla, habría muerto. Y pedía Kipling que aceptara el libro y la medalla en prenda de gratitud.


Nunca un honor había conmovido tanto a Kipling como este. Dios se había valido de éste para salvar la vida del soldado. Ojalá hubiera salvado la de otra persona; la de alguien que significaba para él mucho más que todos los homenajes del mundo.

Veintiún años antes, en el verano de 1897, la esposa de Kipling, Carrie, le dio su tercer hijo. La pareja ya tenía dos hijas, Josephine y Elsie, a quienes Rudyard adoraba; pero él deseaba un varón. Siempre recordaría el momento en que llegó a sus oídos aquel chillido.


–Señor Kipling –anunció el médico–, tiene usted un hijo.


Poco después, el escritor contemplaba un pequeño envoltorio de cuatro kilos de peso. Tomó en sus brazos a aquella criaturita que no cesaba de bostezar, y sintió la ternura más profunda.
John Kipling, como llamaron al pequeño, resultó ser un niño inteligente, alegre y dócil. Su padre se sentía feliz. Sin embargo, en el invierno de 1899 la tragedia tocó a su puerta.


Durante un viaje a Estados Unidos, Kipling y su hija mayor, Josephine, contrajeron neumonía. En aquel tiempo, cuando todavía no existían los antibióticos, era poco lo que los médicos podían hacer. El 4 de marzo, Kipling consiguió salir del delirio, terriblemente débil. Josephine murió dos días después.


A partir de entonces, Kipling no soportaba ver los retratos de Josephine u oír mencionar su nombre. Sin  embargo, debía sobreponerse a su dolor por el bien de Elsie y de John quienes tenían tres y diecinueve meses, respectivamente.


De manera que adoptó la costumbre de llevar a pasear a sus hijos a la montuosa región de Sussex Downs. Les construyó una caja de arena y, cuando se trataba de jugar con ellos, ningún juego resultaba demasiado extravagante.


Los más entrañables recuerdos que de aquella época conservó el escritor correspondieron a los inviernos de 1900 a 1907, que la familia pasó cerca de Ciudad del Cabo, Sudáfrica. En las tardes calurosas, Kipling se recostaba en una hamaca, a la sombra de un recio roble, mientras los niños jugaban a su alrededor. Una vez John le preguntó:


–Papá, ¿por qué tienen manchas los leopardos?


En los ojos de Kiplin gdebe de haber resplandecido una chispa.Imitando la voz de un anciano sabio, empezó a explicar que el leopardo había tenido mucho tiempo el color de la arena oscura, al igual que las jirafas y las cebras que cazaba en la sabana. Pero, entonces la cebra y la jirafa resolvieron ocultarse en la selva para frustrar los propósitos del leopardo.


“Después de haber permanecido un largo período la mitad del tiempo a la sombra y la otra mitad fuera”, continuó, “a la jirafa le salieron manchas, y a la cebra, rayas”. Para poder cazarlas en la espesura, el leopardo también debía cambiar, y por eso decidió cubrirse de manchas. “De vez en cuando escucharán a los adultos preguntar: ‘¿No podía el leopardo cambiar sus manchas?’” Kipling les guiñó el ojo a sus hijos y concluyó, negando con la cabeza: “Pues no. Así está muy contento”.
Kipling reunió sus historias fantásticas de la vida salvaje en un libro llamado Just So Stories For Little Children (“Cuentos al Gusto de los Niños”). La obra se publicó en 1902, y fue aclamada por los críticos. El escritor se estaba convirtiendo en uno de los favoritos de los niños de todo el mundo. Pocos sospechaban que aquel hombre, amante de la magia y el misterio de la infancia, había sido tan desdichado en la suya.

Rudyard Kipling, nacido en 1865 en Bombay, India, vislumbró el mundo por primera vez a través de la bulliciosa vida callejera de esa ciudad. Antes de que cumpliera seis años, él y su hermana menor, Trix, fueron enviados a Inglaterra para que asistieran a la escuela. Ahí, la mujer contratada para cuidarlos golpeaba y se burlaba del pequeño y frágil Rudyard, y censuraba las cartas que los niños enviaban a sus padres. Además, con frecuencia encerraba al niño durante horas enteras en un sótano frío y húmedo.
A pesar de ese maltrato, Rudyard se esforzó por ser alegre. Años más tarde escribiría que esa experiencia lo había “despojado para el resto de sus días de toda capacidad de sentir un verdadero odio personal”. Y también le imbuyó la determinación de darles a sus hijos la felicidad, el amor y la seguridad que le habían faltado a él.


A su regreso a la India, Kipling comenzó a trabajar como reportero, y dedicaba su tiempo libre a escribir relatos de ficción. Sus tramas versaban sobre el valor, el sacrificio y la disciplina que había observado en los militares británicos destacados en el país, y sobre el misterio y  el peligro reinantes en la India. Reunió esos relatos en pequeños volúmenes, con la esperanza de que fueran bien acogidos en Londres.


Pero los editores londinenses los ridiculizaron. Uno de ellos escribió: “Me atrevería a conjeturar que se trata  de un escritor muy joven, y que morirá loco antes de llegar a los 30 años”. Kipling cerró los oídos a esas críticas y siguió escribiendo. Al cabo de un tiempo, cuando sus libros cobraron fama y empezaron a buscarlo algunos literatos, académicos y políticos de renombre, mostró ante los elogios la misma indiferencia que antes había manifestado ante el rechazo.


En los primeros años del siglo XX, Kipling hizo muchas advertencias del peligro de una guerra con Alemania, e insistió en que debía instituirse el servicio militar obligatorio. La gente lo tachó de “imperialista” y “patriotero”. Y, a pesar de las crecientes burlas de los pensadores dela época, se mantuvo firme en sus opiniones sacando fuerza de su hogar y su familia.

Para ese entonces, John ya era un muchacho alto y bien parecido. Aunque no era un atleta consumado, le encantaba participar en las competencias deportivas que se organizaban en el internado. ¡Cómo disfrutaba Kipling viéndole correr por el campo de rugby, radiante de entusiasmo! ¡Cómo se enorgullecía!, pero no porque fuera un gran atleta, sino porque manifestaba ese tranquilo arrojo y ese buen humor que él admiraba. John felicitaba por igual a sus compañeros y a sus contrincantes por el esfuerzo que realizaban. Nunca alardeaba de una victoria ni gimoteaba ante una derrota. Si transgredía alguna norma escolar, aceptaba sin chistar el castigo correspondiente. Asumía la responsabilidad de sus actos. en otras palabras, se estaba convirtiendo en un hombre.


Para Kipling, la hombría implicaba afrontar la adversidad con entereza. Deseaba fomentar esa actitud en su hijo. ¡Si John fuera capaz de seguir los pasos de los grandes hombres que él había conocido!; ¡si pudiera regirse por esos valores! ¡si…!


Un día de invierno de 1910, Kipling empezó escribir esos pensamientos para su hijo, que entonces tenía 12 años. Tituló el poema “Si…”, y lo incluyó en un libro de cuentos para niños que se publicó ese mismo año.


Aunque los críticos no consideraron que era de lo mejor que había producido, a la vuelta de unos años el poema de cuatro estrofas, traducido en 27 idiomas, era ya un clásico en todo el mundo. Los escolares lo memorizaban Los jóvenes lo recitaban camino a la batalla. Millones de personas adoptaron sus sencillas normas de conducta para guiar su vida.

En 1915, la guerra que Kipling había predicho asolaba Europa. John ya era un joven de 17 años, alto, delgado y despierto. Tenía el pelo castaño, los ojos de color avellana y un bigote incipiente. Como era corto de vista, igual que su padre, no lo admitieron en el ejército ni en la armada. Kipling consiguió que entrara en la Guardia Irlandesa, cargo que su hijo aceptó con entusiasmo.


John viajó en barco a Irlanda, y en ese país demostró ser un oficial capaz. Mientras tanto, Kipling hizo campaña en su país para conseguir voluntarios, y también visitó Francia con el propósito de escribir sobre la guerra.

En mayo, la noticia de que se habían registrado numerosos bajas sacudió a Gran Bretaña. A medida que los reclutas marchaban en oleadas al extranjero, la partida de John era cada vez más inminente. John sólo tenía 17 años, y requería de la autorización paterna para acudir al frente. Pero, pasara lo que pasara, su padre no podía traicionar los valores que le había inculcado. Así pues, dio su consentimiento.
 

Al mediodía del 15 de agosto, John se despidió de su madre y de su hermana con una inclinación de su gorra de oficial. Carrie Kipling escribió después que se veía muy elegante y gallardo cuando les pidió que le transmitieran su afecto a su padre, quien se encontraba ya en territorio francés.

Apenas seis semanas después, el 2 de octubre, un mensajero se presentó en la residencia de los Kipling para entregar un telegrama del Ministerio de Guerra. John había desaparecido en el frente. Se le había visto por última vez en una batalla que tuvo lugar en Loos, Francia.
 

Kipling hizo hasta lo imposible por averiguar el paradero de John, mas nadie pudo informarle nada. Incapaz de quedarse con los brazos cruzados, recorrió uno tras otro los fangosos hospitales del frente, buscando heridos que pertenecieran al batallón de su hijo. Con la serenidad y la sencillez que lo caracterizaban, de inmediato establecía relación con los soldados a los que trataba. Pero nada podía restañar la profunda herida que crecía en su interior a medida que transcurrían los meses sin recibir noticias del muchacho.
 

A fines de 1917 apareció un soldado que había visto morir a John  dos años atrás, en la batallas de Loos. Sin embargo, esta triste noticia no le dio ningún consuelo a la familia, ya que el cuerpo nunca fue encontrado.
 

Durante el resto de su vida, que fueron 18 años más, Kipling se dedicó al cumplimiento de sus deberes como miembro de la Comisión Imperial de Sepulcros de Guerra: reinhumar y rendir honores a los caídos. Fue él quien propuso la leyenda que se inscribió en la Lápida del Sacrificio de cada cementerio: “Sus nombres vivirán por toda la eternidad”. También la frase: “Conocido sólo por Dios”, que se grabó en las lápidas de los soldados cuyos cuerpos nunca fueron identificados, como el de su hijo. 

Visitó  muchos lugares donde se desarrollaron hechos de guerra y participó en numerosos actos en representación de la comisión. No obstante, todo ese tiempo estuvo abrumado por el desencanto. Había sacrificado el más bello regalo que le había hecho la vida. Y, ¿para qué? En sus noches de insomnio, cuando los techos de madera de su casa de piedra crujían, Kipling pasaba largos ratos en la oscuridad, tratando de dar respuesta a esa pregunta. Por primera vez en su existencia, este hombre que se había ganado la vida por medio de la palabra, no encontraba palabras que aliviaran su pena.
 

En su viaje a Francia visitó a Maurice Hamonneau, el soldado que le envió su Cruz de Guerra al finalizar el conflicto. Se habían carteado durante algunos años, y entre ellos había florecido la amistad. 

Un día de 1929, Hamonneau le comunicaba al escritor que su esposa acababa de dar a luz y le pidió que fuera padrino del niño.
 

Kipling aceptó de buen grado, y agregó que le parecía oportuno darle al pequeño el ejemplar de Kim y la medalla de  Hamonneau
 

El escritor miró por la ventana de su estudio y recordó aquel feliz momento en el que tomó a su hijo en brazos por primera vez. Maurice Hamonneau conocía ya esa mágica sensación. A través de Kipling, Dios había salvado la vida del soldado francés, y de todo aquello había surgido algo milagroso.
Por fin, al cabo de muchos años, Kipling volvió a sentir esperanza. Esa era la razón de que John hubiera sacrificado su vida: los que aún no nacían. Mejor que cualquier monumento que él pudiera construir, aquella criatura tan llena de vida y promesas hacía justicia a la memoria de su valeroso hijo.
 

“Mi hijo se llamaba John. Por lo tanto, el tuyo debe llamarse Jean”, le escribió a Hamonneau. Así, el ahijado de Kipling fue bautizado con el nombre de su propio hijo en francés…, y otro padre conoció la esperanza y el gozo que Kipling había experimentado al ver a su hijo convertirse en hombre.

Si…

Si puedes llevar la cabeza sobre los hombros bien puesta
Cuando otros la pierden y de ello te culpan;
Si puedes confiar en ti cuando todos de ti dudan,
Pero tomas en cuenta sus dudas;
Si puedes esperar sin que te canse la espera,
O soportar calumnias sin pagar con la misma moneda,
O ser odiado sin dar cabida al odio,
Y no por eso parecer demasiado bueno o demasiado sabio;

Si puedes soñar sin que tus sueños te dominen;
Si puedes pensar sin que tus pensamientos sean tu meta,
Si puedes habértelas con Triunfo y con Desastre
Y tratar por igual a ambos farsantes;
Si puedes tolerar que los bribones
Tergiversen la verdad que has expresado,
Y la conviertan en trampa para necios,
O ver en ruinas la obra de tu vida
Y agacharte y reconstruirla con viejas herramientas;

Si puedes hacer un atadijo con todas tus ganancias
Y arrojarlas al capricho del azar,
Y perderlas, y volver a empezar desde el principio
Sin que salga de tus labios una queja;
Si puedes poner al servicio de tus fines
Corazón, entusiasmo y fortaleza, aun agotados,
Y resistir aunque no te quede ya nada,
Salvo la Voluntad, que les diga: “¡Adelante!”;

Si puedes dirigirte a las multitudes sin perder tu virtud,
Y codearte con reyes sin perder la sencillez
Si no pueden herirte amigos ni enemigos;
Si todos cuentan contigo, pero no en demasía;
Si puedes llenar el implacable minuto
Con sesenta segundos de esfuerzo denodado,
Tuya es la Tierra y cuanto en ella hay,
Y, más aún, ¡serás un hombre, hijo mío!


Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo CVI, Número 634, Año 53, Septiembre de 1993, págs 13-18, Reader’s Digest Latinoamérica, S.A., Coral Gables, Florida, Estados Unidos


Nota: En 1992 se identificaron los restos personales de John Kipling, muerto en la batalla de Loos ocurrida entre el 25 y el 28 de septiembre de 1915, y su tumba  se encuentra ubicada en el cementerio Saint Mary's A.D.S. en Haisnes, región de Alta Francia o Altos de Francia, Francia.