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martes, 13 de mayo de 2025

5 formas para evitar ser un amigo tóxico y por qué es importante celebrar los éxitos de los demás

Nuestras acciones irreflexivas lastiman a las personas que amamos.

 

Por David Robson*
BBC Future

Los seres humanos somos a menudo incapaces de reconocer nuestros errores. Podemos quejarnos de la arrogancia, la ignorancia o la estupidez de otra persona, sin siquiera considerar los enormes defectos que nuestro carácter puede albergar.

Este punto ciego se vuelve evidente en cada una de nuestras relaciones de amistad. Sin tener nunca la intención de hacer daño, nuestras acciones irreflexivas lastiman a las personas que amamos. Me refiero a una crueldad casual más que deliberada, aunque las consecuencias de estos errores son igualmente perjudiciales.

Mientras escribía mi reciente libro (The Laws Of Connection) sobre la ciencia de la conexión social, descubrí que las "relaciones ambivalentes" (personas que se sienten a la vez cálidas y frías) pueden causar incluso más daño al bienestar que las figuras puramente rencorosas que, como es de esperar, resultan desagradables.

Afortunadamente, los hallazgos de la investigación pueden ayudarnos a desarrollar estrategias simples pero poderosas para identificar nuestros peores hábitos y mitigar su daño.

Aquí están mis 5 lecciones favoritas para evitar ser un enemigo accidental.

 

1. Ser consistente

A nadie le gusta verse en un estado de incertidumbre, un hecho que se puede comprobar en las respuestas de las personas al dolor físico.

Archy de Berker y sus colegas del Instituto de Neurología del University College de Londres en Reino Unido pidieron a un grupo de personas que jugaran un juego de computadora que aplicaba una leve descarga eléctrica cada vez que encontraban una serpiente escondida debajo de una roca virtual.

Para examinar los efectos de la incertidumbre en la respuesta al estrés, los investigadores variaron la probabilidad de que una roca escondiera una serpiente a lo largo del experimento y midieron los signos fisiológicos de la ansiedad, como el sudor y la dilatación de las pupilas.

Sorprendentemente, los participantes mostraron la tendencia a reportar una respuesta de estrés más acentuada cuando solo había 50% de probabilidad de recibir una descarga eléctrica, en comparación con escenarios en los que sabían con certeza que el dolor se avecinaba.

El comportamiento de ser amigo sólo en las buenas puede poner a la gente que nos rodea en un estado similar de anticipación.

En estudios que investigan amistades impredecibles, los científicos piden a los participantes que se imaginen acudiendo a un amigo en busca de consejo, comprensión o un favor. Les piden que respondan a las siguientes preguntas en una escala del 1 (nada) al 6 (extremadamente):

• ¿Qué tan útil es tu conexión?

• ¿Qué tan perturbadora es tu conexión?

Cualquiera que responda 2 o más en ambas preguntas se considera una "conexión ambivalente", y la duda inherente sobre la reacción puede ser una fuente grave de estrés.

En un estudio, el simple hecho de saber que los amigos ambivalentes estaban sentados en la habitación de al lado fue suficiente para elevar la presión arterial de los participantes.

Es posible que no siempre podamos brindar el apoyo que nuestros amigos necesitan, pero podemos intentar ser un poco más confiables en nuestras respuestas. Podríamos aprender a gestionar mejor nuestro mal humor, por ejemplo, para no atacar si nuestros amigos se acercan a nosotros en el momento equivocado, en lugar de dejarlos al capricho de nuestro clima emocional.

Ser un amigo impredecible puede ser más estresante que ser consistentemente malo. 

 
2. Evitar la ilusión de transparencia

Cada uno de nosotros está atrapado en su propia mente, pero sobreestimamos qué tan bien los demás pueden leer nuestro estado emocional, un fenómeno que a veces se conoce como ilusión de transparencia.

Esto puede resultar evidente en las entrevistas de trabajo: asumimos que los nervios se reflejan en nuestro rostro, pero los sentimientos de ansiedad suelen ser mucho más difíciles de percibir de lo que creemos. Este error cognitivo común también puede impedirnos compartir nuestro aprecio por los demás, dándoles la impresión de que los descuidamos y los subvaloramos.

Amit Kumar, de la Universidad de Texas en Austin, y Nicholas Epley, de la Universidad de Chicago, pidieron a grupos de participantes que escribieran cartas de agradecimiento a personas importantes en sus vidas. Utilizando encuestas para medir las expectativas de quienes escriben las cartas y las reacciones reales de los destinatarios, los investigadores descubrieron que las personas subestimaban constantemente cuán sorprendida estaría la otra persona al recibir sus amables palabras y lo bien que les haría sentir. Asumieron que la otra persona ya sabía lo agradecida que estaba.

Por supuesto, es posible que nuestro lenguaje corporal transmita nuestra calidez y aprecio a los demás, pero no podemos confiar en ello, lo que significa que a menudo haríamos mucho mejor si expresamos esos sentimientos con palabras.

 

3. Validar los sentimientos de los demás (y animar al amigo a considerar nuevas perspectivas)

Cuando alguien está pasando por un momento difícil, a menudo buscará naturalmente la comprensión de los demás. 

Una respuesta empática puede validar los sentimientos, lo que alivia parte del estrés. Un amigo tóxico puede ser muy desdeñoso o crítico acerca de tus sentimientos, lo que resulta en una sensación de rechazo que sólo aumenta la carga emocional de la persona.

Cuando un amigo se "desahoga", simplemente estar de acuerdo con él no siempre ayuda. 

 
Sin embargo, el hecho de que sintamos empatía por el dolor de alguien no significa que tengamos que estar totalmente de acuerdo con su interpretación de la situación. Las ofertas de apoyo emocional más eficaces a menudo incluirán aliento o consejos que les ayuden a ver sus problemas desde una nueva perspectiva.

De hecho, un creciente conjunto de investigaciones psicológicas sugiere que simplemente alentar a alguien a desahogarse, sin ningún intento de replantear sus problemas, sólo puede fomentar la reflexión y amplificar su angustia a largo plazo.

Esta tendencia, que se parece a la de un buitre que se alimenta de las emociones de los demás sin ayudarles a cambiar su situación, constituye otra forma de toxicidad en las amistades.

Una conversación constructiva necesita mucha sensibilidad y tacto, pero un artículo de Ethan Kross de la Universidad de Michigan y sus colegas ofrece algunas preguntas que pueden ayudar a alguien a ver sus problemas desde una perspectiva más amplia. Por ejemplo:

• Al evaluar la situación, ¿podrías decirme por qué este evento fue estresante para ti?

¿Has aprendido algo de esta experiencia? Si es así, ¿te importaría compartirlo conmigo?

• Si miras el "panorama general", ¿eso te ayuda a darle sentido a esta experiencia? ¿Por qué sí o por qué no?

Después de considerar los diferentes puntos de vista, los participantes en el estudio tendieron a sentir un mayor cierre sobre un evento doloroso, en comparación con aquellos que habían contado los detalles concretos de la situación y los sentimientos que había producido.

 

4. Celebrar los éxitos de los demás (y practicar la felicidad compartida)

La empatía es igualmente importante al compartir emociones positivas. La compasión, que deriva del latín "dolor compartido", es bien aceptada como fundamento de la amistad, pero la importancia de la felicidad compartida es mucho menos conocida.

La falta de atención a este aspecto se ha arraigado en la investigación científica.

Cuando Shelly Gable de la Universidad de California en Santa Bárbara, y Harry Reis de la Universidad de Rochester en Nueva York, examinaron la literatura sobre psicología en 2010, descubrieron que el número de artículos enfocados en acontecimientos negativos de la vida superaba a los que se centraban en los positivos en más de siete a uno.

El concepto de felicidad compartida es mucho menos conocido que su contraparte para dolor compartido (empatía).

Esto está cambiando ahora, con múltiples estudios que revelan que nuestras conversaciones sobre buenas noticias pueden ser tan importantes como la compasión para el desarrollo y mantenimiento de relaciones saludables.

Un amigo comprensivo debe responder de manera activa y constructiva: pidiendo más información, discutiendo las implicaciones y expresando su propia alegría u orgullo.

Sin embargo, muchas personas responden de manera demasiado pasiva (cambiando rápidamente de tema, por ejemplo), mientras que algunas son activamente destructivas y hacen comentarios que intentan minimizar la importancia de los acontecimientos.

Envueltos en las distracciones de la vida diaria, podemos olvidar darle a estos momentos la atención que merecen, pero si queremos ser un buen amigo, debemos tomarnos el tiempo y el esfuerzo para celebrar los éxitos de nuestros amigos, por pequeños o grandes que sean.

También podríamos pensar más detenidamente en la forma en que compartimos nuestra propia felicidad.

Puede que nos preocupe parecer jactanciosos o arrogantes y, por lo tanto, optemos por mantener nuestros éxitos en secreto, pero esta estrategia puede resultar contraproducente, según una serie de experimentos realizados por Annabelle Roberts de la Universidad de Texas en Austin, Emma Levine de la Universidad de Chicago y Övül Sezer de la Universidad de Cornell.

En sus investigaciones descubrieron que las personas tienden a sentirse muy ofendidas cuando ocultamos información como promociones laborales a las personas que nos rodean. Ven este comportamiento como paternalista, que establece frialdad en lugar de calidez y conexión.

 

5. Ser el primero en pedir perdón

Todo el mundo comete errores, pero pocos se disculpan libremente, lo que induce a que el resentimiento se instale en nuestros vínculos sociales hasta mucho después de que se haya cometido la ofensa.

La investigación psicológica sugiere que existen cuatro obstáculos principales para disculparse de manera efectiva: no apreciamos el daño que hemos causado, asumimos que el acto de disculparse será demasiado doloroso y vergonzoso, creemos que la disculpa hará poco para reparar la relación; y, finalmente, es posible que no entendamos qué constituye una buena disculpa, por lo que no decimos las palabras que serán necesarias para la sanación.

El primer punto, la falta de valoración sobre el daño, depende claramente de los detalles del desacuerdo. Pero las dos preocupaciones siguientes sobre el costo de pedir disculpas o subestimar su efecto, al igual que muchas de nuestras suposiciones sobre las relaciones, son en gran medida infundadas y, por lo tanto, imponen barreras innecesarias a la conexión social.

En general, la gente siente alivio al enmendar sus malas acciones y es posible que podamos reconstruir los puentes rotos mejor de lo que esperábamos, siempre que nuestras disculpas se presenten de la manera correcta.

Para garantizar que su disculpa sea efectiva, debe darle a la otra persona suficiente tiempo para expresar su dolor por lo ocurrido. Luego debe reconocer la responsabilidad por la infracción, expresar arrepentimiento o tristeza (genuino), ofrecerse a reparar el daño y explicar cómo evitará volver a cometer un error similar.

Cada relación tendrá sus altibajos: esa es la naturaleza del comportamiento humano y la complejidad de nuestra vida social. Sin embargo, al aplicar estos cinco sencillos consejos para lograr una conexión más sólida, podrá evitar fácilmente los errores más comunes y asegurarse que es el tipo de amigo que le gustaría tener.

*Científico y escritor. Autor del libro The Laws of Connection, en el que examina 13 estrategias basadas en la ciencia para transformar su vida social, publicado por Canongate (Reino Unido y Commonwealth) y Pegasus (EE.UU. y Canadá). Es @davidarobson en Instagram y Threads.

 

Fuente: 5 formas para evitar ser un amigo tóxico


 

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Déles a sus Hijos la Educación que Necesitan


Estas pautas generales no han cambiado con el tiempo

Por Tamara Eberlein

Son tantos los “expertos” que en libros o programas de televisión pregonan consejos novedosos y soluciones mágicas para la crianza de los hijos, que usted, como padre, probablemente ya no quiera oír una palabra al respecto. Entre el cúmulo de recomendaciones hay, sin embargo, algunas que encierran una profunda verdad; son los principios básicos de la educación de los hijos. Aquí les presentamos siete:

1. Que sus Hijos Afronten las Consecuencias de sus Actos

Si su hijo no pasa un examen para el que no estudió; si pierde su suéter favorito porque lo olvidó en la escuela; si se queda sin dinero porque tuvo que pagar una multa de la biblioteca, despreocúpese: éstas son algunas maneras de adquirir sentido de responsabilidad, dice Charles Schaefer, profesor de psicología y coautor de Teach Your Child to Behave (“Enseñe a su hijo a comportarse”).

Desde la edad de tres años su niño es capaz de comprender una relación de causa y efecto. Exprésele en tono desapasionado cuál es la consecuencia probable de determinada conducta suya; por ejemplo: “Si dejas juguetes a la entrada de la cochera, el coche los puede aplastar”. Luego deje que los acontecimientos sigan su marcha normal, pero no eche a perder la lección reponiendo los juguetes que se hayan estropeado. Si se pasa usted la vida evitando que su hijo se caiga, él nunca aprenderá a levantarse.

Si la conducta fuera demasiado peligrosa (por ejemplo, golpear una mesa de cristal con un juguete) o pudiera tener efectos muy costosos (dejar la bicicleta en la calle), entonces establezca usted otras consecuencias que sean razonables, como quitar el juguete al niño o prohibirle usar la bicicleta una semana.

Es un error común establecer consecuencias que nada tienen que ver con la infracción. “Si su hijo se pone a brincar en el sofá mientras ve la televisión, no es lógico prohibirle salir a jugar con sus amigos”, explica Schaefer. “Se trata de hacerle ver la relación entre sus actos y las consecuencias que acarrean; en este caso, lo lógico es apagar la televisión”.

2. Premie las Buenas Conductas
“Sorprenda a su hijo cuando se porta bien (cuando comparte sus juguetes, tiene un gesto de amabilidad o ayuda en los quehaceres de la casa, por ejemplo) y recompénselo con un elogio, una sonrisa o un abrazo”, aconseja el pediatra Barton Schmitt, autor de Your  Child’s Health (“La Salud de su Hijo”). “Para que haya un equilibrio saludable, las muestras de aprobación, sobre todo las que entrañan contacto físico, deben superar en una proporción de tres a uno, por lo menos, a las críticas que se le dirijan al niño en un día dado”.

Sea específico y limite sus elogios a la conducta digna de aprobación; por ejemplo: “Gracias por guardar silencio mientras hablaba por teléfono” o “Estoy orgulloso de ti por como has solucionado el pleito que tenías con tu hermano”.

3. Tenga en cuenta el Temperamento del Niño
Supongamos que su primogénito es muy adaptable y que el menor de sus hijos es muy apegado a usted. Estas diferencias de temperamento son la principal razón por la que no se puede tratar de igual manera a todos los hijos, afirma la psiquiatra infantil Stella Chess, autora del revolucionario libro Know Your Child (“Conozca a su Hijo”), publicado en 1987. Sus hallazgos, basados en la observación de 131 individuos  desde que eran niños, han sido respaldados por recientes descubrimientos que atribuyen causas hereditarias a ciertos rasgos de la personalidad, como la timidez.

“Desde las pocas semanas de nacimiento los niños ya muestran marcadas diferencias de carácter”, señala Chess. El temperamento de un niño determina su grado de actividad, la facilidad con que se distrae, su manera de reaccionar ante las situaciones nuevas y la intensidad con que expresa sus sentimientos.

Actualmente los investigadores saben que tratar de cambiar estas características es tiempo perdido, porque el modo de ser es, en su mayor parte, innato.

Es un error común tratar de cambiar el mundo para que se adapte a su hijo. Si usted tiene un diablillo y lo leva de visita a casa de sus parientes, no pida a éstos que escondan todos los adornos frágiles de la casa. Mejor enseñe primero al niño a comportarse y, si a la hora de la visita necesita desfogar sus energías, llévelo al aire libre.

4. Fije Límites
Como todos los padres, usted quiere que su hijo sea feliz y no le gusta frustrarle sus planes (diciéndole, por ejemplo: “Lo siento, pero no puedes echar agua en el suelo”). Por desgracia, si es usted demasiado condescendiente con él ahora (“Está bien; pero sólo un vaso”), tendrá dificultades más adelante.

De acuerdo con estudios realizados por el Centro para la Educación de los Padres, de Newton, Massachusetts, es posible empezar a malcriar a un niño desde que tiene seis meses. Así pues, cuanto más pronto empiece usted a definir límites, tanto mejor. “Nada impide apartar a un recién nacido del pecho de su madre si al mamar le da por morder”, dice el psicólogo Burton White, director del Centro y autor de Raising Happy, Unspoiled Child (“Cómo criar hijos felices sin mimarlos”). “Aun los niños de edad preescolar son capaces de respetar reglas si éstas se les explican de una manera sencilla y acorde con su edad. La clave está en dejar bien claro que los padres son quienes mandan en la casa”.

Para desenvolverse bien en la vida, un niño debe saber dónde terminan sus derechos y dónde comienzan los de los demás. “Si quiere usted definir esos límites eficazmente, tendrá que aprender a soportar que su hijo sufra y llore de vez en cuando”, dice White.

Una vez que haya decidido dónde está el límite entre una conducta aceptable y una inaceptable, hágaselo saber a su hijo y adviértale lo que le ocurrirá si se pasa de la raya. Sea siempre consecuente con esta manera de obrar.

Tenga cuidado de no exagerar en este punto. Los niños necesitan explorar el mundo y aprender de la propia experiencia, así que no conviene imponer restricciones innecesarias. En vez de reprimir constantemente a un niño que empieza a caminar, por ejemplo, acondicione un espacio para que juegue.

5. No Humille a sus Hijos
Cuando un chico se porta mal es muy fácil reaccionar con una orden (“Recoge este desbarajuste ahora mismo”), una amenaza (“Olvídate de salir si vuelves a llegar tarde”) o, en los momentos más acalorados de una discusión, un insulto (“No has perdido la cabeza sólo porque la tienes pegada al cuello”). “Los mensajes como éstos, formulados en segunda persona, equivalen a señalar al niño con el dedo y lo hacen sentirse no querido o blanco de acusaciones injustas”, explica el psicólogo Thomas Gordon, creador del acreditado Programa de Capacitación para la Eficacia Paterna.

Uno de los principios medulares de este programa consiste en formular los mensajes en primera persona; por ejemplo: “Me molesta ver sucia la cocina cuando acabo de limpiarla”, o “Me preocupo cuando llegas tarde a casa”. Con este método, explica Gordon, ”es menos probable herir los sentimientos de los niños o instigarlos a que se rebelen, porque les hace ver las consecuencias que su conducta acarrea a los demás y se les invita a ser más considerados”.

“Hijo, me molesta oír la televisión tan alto; no puedo hablar con tu papá” es un mensaje mucho más eficaz y productivo que “Baja el volumen de la televisión”.

A menudo se comete el error de enviar a los niños mensajes en segunda persona disfrazados de mensajes en primera persona. Es muy fácil anteponer las palabras “siento que” a un insulto y engañarnos diciéndonos que nos estamos comunicando eficazmente. Sin embargo, decir “Siento que eres un egoísta” tiene el mismo efecto que decir “Eres un egoísta”. En vez de hacer generalizaciones de este tipo, mencione el sentimiento determinado que le inspira una conducta específica del niño; por ejemplo: ”Me siento abrumada de trabajo cuando tengo que hacer los quehaceres que te habías ofrecido a hacer”.

6. Permítales Crecer a su Ritmo
“Algunos padres apresuran a sus hijos para que dejen los pañales, acaben la escuela y se vuelvan independientes”, dice la reconocida psicóloga británica Penelope Leach, autorade Children First (“Los Niños Primero”). “Es un error  muy arraigado suponer que cuanto más deprisa vaya un niño, más lejos llegará”.

Leach advierte que la presión constante de los padres predispone a los hijos al fracaso. “¿Cómo se sentirá un niño al resultar el peor jugador de beisbol de la escuela porque lo inscribieron en el equipo un año antes de lo aconsejable?”, pregunta la experta.

Los chicos sometidos a esta clase de exigencias acaban por darse cuenta de que es imposible complacer a sus mayores. “La muchacha que cree haber decepcionado a sus padres tiene menos incentivos para mantenerse apartada de las drogas, la violencia y la promiscuidad sexual”, añade Leach.

Tenga presente que tampoco hay que llegar al extremo de negar al niño oportunidades de desarrollo por miedo a presionarlo demasiado.

7. Respete los Sentimientos de su Hijo
“¿Cómo puedes decir que tu dibujo es feo? ¡Si es precioso!” “¡No digas que odias a tu papá! No ha sido su intención faltar a tu partido de fútbol”. Aunque la intención de estos comentarios es servir de consuelo, su verdadero efecto es “minimizar el dolor del niño y enseñarle a negar sus sentimientos o a sentirse avergonzado de ellos”, dice la educadora de padres Adele Faber, coautora de How to Talk So Kids Will Listen and Listen So Kids Will Talk (“Cómo hablar para que los chicos escuchen y cómo escuchar para que hablen”). “Además, cortan la comunicación que es esencial para la relación entre padres e hijos”.

Más constructivo resulta comentar sobre los sentimientos que se esconden detrás de las palabras. Un comentario como “¡Caramba! ¡De veras estás enojado con tu papá porque faltó a tu partido!” expresa su comprensión y, al mismo tiempo, enseña a su hijo que es posible estar disgustado con alguien sin dejar de quererlo.

Tampoco es conveniente analizar fríamente la situación. ¿Está su hijo disgustado porque su mejor amigo reveló a otros un secreto que él le había confiado?  “Un comentario frío, como ‘Pareces molesto’ lo hará sentirse como un bicho bajo el microscopio”, advierte Faber. “El comentario de los padres debe estar a tono con los sentimientos del chico: ‘Lo que le dijiste a Luis era estrictamente personal. ¡Con razón estás furioso!’. Esto indica al muchacho que usted realmente lo entiende”.



© Por Tamara Eberlein. Condensado de Child (Octubre de 1995) de Nueva York.

Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo CXIV, Número 685, Año 58, Diciembre de 1997, págs. 62-67, Reader’s Digest Latinoamérica, S.A., Coral Gables, Florida, Estados Unidos






lunes, 31 de octubre de 2016

Cómo Superar el Antagonismo entre Hermanos



¿Todavía guarda el lector celos y resentimientos surgidos en su infancia al tratar con sus hermanos y hermanas adultos? He aquí cómo remediar la rivalidad entre hermanos adultos
 Por Elisabeth Keiffer

Al dar Joan a luz al primer varón en su familia en tres generaciones, ella y su marido quedaron extasiados. Igual cosa les sucedió a los padres de Joan. Esta esperaba que Sally, su hermana mayor, estuviera no menos encantada.
Joan había adorado siempre a Sally, la beldad y estrella  de la familia, y se había alegrado de sus logros.
Sin embargo, a partir del nacimiento del  bebé, Joan y Sally se han distanciado. Joan está resentida porque su hermana no muestra ningún interés por el pequeño Andrew. Sally, que no tiene hijos, comenta que su hermana menor “se comporta como si nadie hubiera tenido antes un bebé”.
Ni Sally ni Joan se dan cuenta de que el súbito cambio operado en la posición que ocupan dentro de la familia es la verdadera causa del alejamiento entre ambas. Joan ha superado por fin a su dominante hermana mayor, ¡y esto a Sally no le gusta! Es posible que la desavenencia sea temporal, pero demuestra que una rivalidad originada en la infancia no siempre se deja atrás. Puede ser durante toda la vida un potente ingrediente en las relaciones entre hermanos.
En un estudio realizado en la Universidad de Cincinnati (Ohio), se les preguntó a 65 hombres y mujeres de edades entre 25 y 93 cuáles eran sus sentimientos para con sus hermanos y hermanas. Cerca del 75 por ciento reconoció que abrigaba sentimientos de rivalidad. Estos, en algunos casos, eran lo bastante intensos para haber afectado su vida entera.
Muchos adultos mantienen estrechas relaciones con sus hermanos  y hermanas, se muestran afectuosos y dispuestos a ayudarlos, y no obstante aún experimentan la necesidad de competir con ellos. Conozco a dos hermanos que son enemigos mortales cuando se enfrentan en una cancha de tenis; fuera de esta, son los mejores amigos. Mi hermana menor jamás se abstiene de hacerme notar que he engordado; pero es pésima cocinera, lo que me complace, y cuando viene a casa cocino como nunca. Por dicha, a pesar de estos defectillos, cada una ha sido un importante recurso para la otra.
Entre las personas que mantienen una intensa rivalidad con sus hermanos y las generalmente dispuestas a apoyar a los suyos, están las que sostienen relaciones ásperas a las cuales ninguna amistad podría sobrevivir.
Hay hermanos y hermanas que se mantienen a una prudente distancia unos de otros, pero que nunca llegan a romper los lazos fraternales. ¿Por qué persisten estas relaciones incomprensibles, improductivas y a menudo dolorosas?
En parte porque los lazos anudados en la infancia conservan su fuerza aun después de que los hermanos han crecido en edad y seguido diferentes caminos. Tales relaciones suelen ser tan estrechas que los participantes se profesan un afecto distinto de cualquier otro. Pero a la vez en el afecto que contribuye a esta relación siempre hay lugar para la irritación, la envidia y el resentimiento.
Stephen Bank, terapeuta familia y coautor, con Michael Kahn, del libro The Sibling Bond (“El Lazo Fraterno”), nos explica las razones de aquello: “Pocos son los adultos que no creen, en el fondo, que un hermano ha recibido más de lo que él recibió: amor paternal, ciertas ventajas, talento, atractivos físicos. Podría ser cierto, pero en realidad ello no tiene importancia. Si como adultos han alcanzado el éxito suficiente para considerarse en un plano de igualdad, los hermanos pueden darse mucho unos a otros. De lo contrario, los sentimientos que no se hayan aclarado podrán echar a perder sus relaciones”.
La necesidad del amor paterno es tan instintiva como la respiración, y la lucha por disfrutar de él en exclusiva se inicia al venir al mundo un hermanito o hermanita menor. Según Bank, cuando la rivalidad entre adultos alcanza proporciones de neurosis, el origen de tales sentimientos puede hallarse en un marcado favoritismo paterno o en la convicción de uno de los hermanos de que el otro es superior a él.
Un estudio hecho con hermanas adultas, descrito en el libro Sisters (“Hermanas”) de Elizabeth Fishel, indica la importancia de que los padres traten imparcialmente a los hijos. Las hermanas que dijeron tener relaciones inmejorables entre ellas informaron que en sus familias no había favoritismo, que sus padres no hacían comparaciones y que no enfrentaban a unas con otras.
Así como un favoritismo abierto, las clasificaciones en apariencia inocentes que a menudo ponen los padres a los hijos llegan a influir permanentemente en la opinión que estos se forman unos de otros… y aun de ellos mismos. Cierto amigo mío abandonó los deportes para los cuales había demostrado tener facultades en su adolescencia, porque su hermano mayor era visto como “el atleta estrella” de la constelación familiar.
Ya sean negativas o positivas, tales clasificaciones pueden resultar irritantes para aquellos a quienes se aplican. No hace mucho tiempo, Kim, nuestra hija de 20 años de edad, le dijo a su hermano mayor que estaba harta de que la consideraran la “excéntrica” de la familia sólo por haber vestido en los primeros años de su adolescencia como si lo fuera. Le hizo notar a su hermano que las altas calificaciones que obtenía en la universidad distaban mucho de ser excéntricas, y él tuvo que estar de acuerdo con esto. Ahora su hermano la trata con un nuevo respeto. Kim se dio cuenta del papel que se le había impuesto y tuvo el valor de rechazarlo.
Los sociólogos que han estudiado las relaciones entre hermanos adultos señalan que es común en estos mostrarse volubles. Bien se sabe que situaciones que podría esperar sirvieran para reconciliar a hermanos desavenidos (el nacimiento de un bebé, la enfermedad o el deceso de uno de los padres), no hacen sino reavivar viejas rencillas.
En vez de que la preocupación por la enfermedad del padre o la madre acerque a los hijos, es frecuente que estos disputen con acritud respecto a quién de ellos tiene más cuidados para con su progenitor, quién le presta mayor ayuda económica o le demuestra mayor cariño. Tal cosa asegura Victor Cicirelli, psicólogo de la Universidad Purdue (Indiana), en Estados Unidos. Y al decir de abogados testamentarios, las querellas más agrias se suscitan cuando unos hermanos tienen que dividirse las propiedades personales de uno de los padres.
Una amiga que perdió a su madre hace varios meses, no se habla con su hermana desde poco después de los funerales. “Fui a casa de Patty a los pocos días de los servicios fúnebres”, me contó Jill, con voz ronca  de cólera, “y sobre una mesa de té vi el álbum de fotos de la familia. Al preguntarle con qué derecho se lo había quedado, me respondió que mamá habría querido que ella lo conservara  por ser la mayor”.
El rompimiento de Jill y Patty se habría solucionado ya si el marido de Jill no se hubiese apresurado a ponerse de parte de su mujer. “Si un cónyuge desea conciliar las cosas cuando su pareja riñe con un hermano, deberá mantenerse emocionalmente neutral”, aconseja Bank. “es correcto respaldar a la esposa o al marido, a condición de tener presente que el fin es ayudar al cónyuge a ser más objetivo y no el ahondar más las diferencias”.
Al avanzar en edad, no pocos adultos expresan su deseo de estar en mejores términos con sus hermanos, pero a continuación agregan que tal cosa es probablemente imposible. “Acabamos siempre frustrados por los mismos motivos de queja”, se lamentan con frecuencia.
“No hay necesidad de que así sea”, declara Bank. “Es posible mejorar casi cualquier relación si las personas están dispuestas a dedicarse con energía a hacer más satisfactoria la relación. La gente debe reconocer que las rencillas de la infancia no son sino residuos de una lucha de la cual muy probablemente ninguno tuvo la culpa. Si son capaces de comprender esto, podrán dejar de sentirse culpables o de reprocharse mutuamente como solían hacerlo a la edad de doce años”.
Los hermanos se resisten a menudo a dejar ver sentimientos ocultos por largo tiempo de enojo, celos, inferioridad o culpabilidad. Pero una vez que estos sentimientos se han sacado a la luz, existirá una oportunidad mucho mayor de mejorar las relaciones.
“El primer paso consiste en expresar sinceramente los sentimientos de rivalidad que abriguemos”, dice Bank. “Pero es esencial ir más allá de los reproches y acusaciones y hablar positivamente de lo que cada uno podría hacer para mejorar las cosas”. No es frecuente que las personas digan a sus hermanos lo mucho que los quieren, añade Bank.
“No temamos decirles que los queremos de veras”, indica. “Y demos muestras de nuestro afecto: un fuerte abrazo, un cumplido o un obsequio oportuno puede cicatrizar muchas heridas”.
Cuando los hermanos llegan a superar sus antagonismos, quizá descubran que entonces se sienten ligados por lazos más estrechos y más duraderos que los que los ligan a cualquier otra persona. Por mi parte, me siento profundamente complacida de la amistad que nos une a mi hermana y a mí. A pesar de haber reñido a veces, también nos hemos ayudado mutuamente a salir de trances difíciles como nadie más habría podido hacerlo. Es posible que algún día ella sea la única persona entre mis conocidas que guarde memoria de alguna lejana Navidad o que ría de los mismos chascarrillos que yo. No creo que me moleste siquiera que me diga que estoy engordando.

Recuadro de la página 31
Para Hacer las Paces
Dé usted más importancia a cómo podría hacer de sus relaciones algo más positivo, en vez de pensar una y otra vez en congojas pasadas. Aquí le damos algunas sugerencias:
• Exprese en una carta cuáles son los cambios que espera. Esto aclarará sus pensamientos y con ello evitará hacer ciertos comentarios que podría ahondar la desavenencia.
• Si en la infancia fue usted el preferido, comprenda que su hermano sufrió por ello. En cambio, si fue el menos favorecido, comprenda que esto no fue culpa de su hermano.
• Ofrezca ayuda a un hermano suyo que esté en problemas. Una enfermedad, un divorcio o una defunción pueden proporcionarle la oportunidad de demostrar que es usted más humano de lo que suponía su hermano o hermana.
• Reúnase con su hermano en terreno neutral, mejor que en la casa paterna, donde están vivos los recuerdos del pasado.
• Recuerde que la afinidad de sentimientos constituye la clave para mejorar cualquier relación. Trate de ponerse en el lugar de su hermano para comprender cómo lo ha afectado.

©1986 por Elisabeth Keiffer. Condensado de “Woman’s Day” (11-XI-1986), de Nueva York, Nueva York.

Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo XCIII, Número 557, Año 47, Abril  de  1987, págs. 29-33, Reader’s Digest Latinoamérica, S.A., Coral Gables, Florida, Estados Unidos