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lunes, 28 de julio de 2025

Un Huerto en Casa

Estas páginas bucólicas —escritas hace más de cien años— conservan aún su inimitable aroma.

 

Condensado de «My Summer in a Garden»

Por Charles Dudley Warner


NO SÉ de cosa alguna que pueda hacerle a uno sentirse más complacido en estos días veraniegos que consumir las hortalizas del propio huerto. ¡Y qué efecto produce en el vendedor de verduras! Es como una declaración de independencia. El hombre me muestra sus guisantes, sus remolachas, sus tomates… «No, muchas gracias —le digo en tono indiferente—. Este año cultivo mis propias hortalizas».

¿Vale la pena cultivar un huerto? Es difícil lo que se entiende por valer la pena. Existe la creencia de que si una cosa no vale la pena lo mejor es dejarla. Desde mi punto de vista, aquella pregunta equivale a otra: ¿Vale la pena contemplar una puesta de sol?

¿Voy a poner precio al tierno espárrago o la rizada lechuga que convierten en realidad tangible la alegre primavera?
¿Voy a considerar como mercancía la roja fresa, el guisante verde pálido, la frambuesa agridulce, la apoplética remolacha y el maíz que es como un estuche de delicias?
¿Voy a calcular en números la lozanía a diario renovada, la salud y la delicia que me rinde el huerto, sin contar el gozo anticipado de las grandes cosechas imaginarias que recojo apenas las semillas empiezan a brotar de la tierra?  Apelo al testimonio de cualquiera que haya hecho la experiencia para que me diga si la mayor recompensa de sus afanes hortícolas no son las intangibles cosechas de la esperanza.

OBSERVACIÓN FILOSÓFICA. Nada como la prosperidad y la fruta madura para enseñarle a uno quiénes son sus amigos. Tenía yo en el campo un excelente amigo a quien rara vez visitaba salvo en la temporada de las cerezas. Por tus frutas los conocerás.

Creo que el problema de cultivar frutales es muy sencillo si se le compara con el de cosechar la fruta una vez madura.  El poder de un muchacho es, en mi opinión, algo verdaderamente temible. Uno compra y planta un peral selecto; abona la tierra para que lo nutra; luego lo poda, lo libra de plagas y se recrea viéndolo crecer poco a poco. Al fin produce dos o tres peras que uno corta en varios trozos y reparte entre la familia.
Al año siguiente el arbolito florece que es una bendición; y ya en otoño sus ramas esbeltas y colgantes ceden al peso de casi una arroba de peras que día a día maduran deliciosamente al sol. Pero una noche invade al huerto un pilluelo, que no tiene muchos más años que el peral, y en cinco minutos se lleva hasta la última pera y desaparece en las tinieblas. El muchacho sin conciencia se aprovecha en cinco minutos de todo el trabajo de varios años. Sin embargo, uno aprende a su tiempo que es mejor haber tenido peras y haberlas perdido que no haber tenido peras. 
Se entera de que lo menos importante en eso de cultivar frutales es comerse la fruta.

HE ESTADO haciendo mi cosecha de patatas y lo digo por si  a alguien le interesa saberlo. Sacarlas de la tierra es una ocupación agradable y sedante pero no poética. Es buena para el espíritu, salvo que las patatas sean demasiado pequeñas, como son muchas de las mías. ¡Qué patatas tan pequeñas somos todos nosotros comparados con lo que podríamos ser!
Es que no aramos a fondo. El año que viene voy a hincar el arado a conciencia para que los tubérculos tengan bastante espacio. ¡Qué gran placer éste de sacarlos al sol y verlos relucir en pardo montón sobre la tierra cálida! Existen pocos momentos tan buenos en la vida. Pero luego hay que recogerlos; y la recogida en este mundo es lo peor de todo.

ME SIENTO realmente avergonzado cuando llevo amigos a mi huerto y observan que no tengo cebollas. Es cosa que salta a la vista. En la cebolla palpita la fuerza, y el huerto que carece de ellas carece de sazón. La cebolla es, con sus sedeñas envolturas, uno de los ejemplares más bellos del mundo vegetal. Casi puede decirse que tiene alma. Le va uno quitando capa tras capa y la cebolla aún está ahí. ¿Quién osaría afirmar, después de quitarle la última capa, que la cebolla no existe ya, si aún está llorando por su espíritu en fuga? Feliz la familia cuyos miembros pueden comer cebollas en amor y compañía.
Mientras las comen, están apartados del mundo y unidos en grata armonía. En esto hay una insinuación para los reformadores. La esperanza de la fraternidad universal está en la cebolla. Si todos los hombres pudieran comer cebollas a todas horas, acabaría por lograrse la armonía universal.

PARA MÍ lo más humillante de mi huerto es la lección que me da sobre la inferioridad del hombre. La naturaleza es pronta, decidida, inagotable. Eleva al cielo las plantas con vigor y libertad, y cuanto más inútil es la planta, tanto más rápida y espléndidamente crece. «La horticultura eterna es el precio de la libertad» sería un lema que pondría en la verja de mi huerto, si tuviera verja. Sin embargo, no existe libertad en la horticultura. El hombre que cultiva un huerto sufre esclavitud sin tregua. Ha plantado una semilla que lo tendrá inquieto y ansioso a todas horas, robará descanso a sus huesos y sueño a su almohada. Casi no ha acabado de plantar su huerto cuando tiene que empezar a escardarlo. Las malas hierbas han surgido de la noche a la mañana.

¿POR QUÉ respetamos algunas plantas mientras que otras nos inspiran desdén? El frijol es una trepadora graciosa, segura, atractiva, pero nunca se podrán mencionar los frijoles en poesía. El maíz, en cambio, es el niño mimado de la canción. Ondula a impulsos del céfiro en todas las literaturas. Pero mézclelo usted con los frijoles y al instante perderá su galanura. Y ahí está el fresco pepino que, como muchísimas personas, no sirve para nada cuando alcanza la madurez y ha perdido su selvática gracia juvenil, viene a ser una especie de actor cómico en una compañía donde el melón es el galán.

La lechuga es como la conversación; tiene que ser fresca, consistente y tan sabrosa que no se le note el amargor. Es la lechuga, sin embargo, tan propensa a languidecer como la conversación de algunas personas. 
Alabadas sean aquellas lechugas que forman una cabeza compacta y así se conservan como unos pocos individuos que yo conozco: cada día más consistentes a la vez que más satisfechos y tiernos, más blancos en el centro y más sólidos cuanto más maduros. La lechuga requiere, como la conversación, bastante aceite para evitar rozamientos y suavizar asperezas, una pulgarada de sal; un poquito de pimienta; cierta cantidad de mostaza y vinagre, desde luego, pero mezclados de manera que no se noten los contrastes violentos; y un poquito de azúcar. En la ensalada como en la conversación, uno puede poner de todo, y cuantas más cosas ponga mejor será; pero el éxito depende de la habilidad con que se mezclen. Por mi parte, me siento en la mejor sociedad cuando estoy ante una lechuga. 



Revista Selecciones del Reader’s Digest, Febrero de 1955, Tomo XXIX, N° 171, págs. 114-118, Selecciones del Reader’s Digest, S.A., La Habana, Cuba.



Charles Dudley Wagner.- Escritor y ensayista estadounidense (1829-1900). Junto a Mark Twain escribió la novela The Gilded Age: A Tale of Today (1873).


 

Notas

Los significados están tomados del diccionario de la RAE.

Bucólica.- Que evoca de modo idealizado el campo o la vida en el campo. Dicho de un género de poesía o de una composición poética, por lo común dialogada: Que trata de modo idealizado la vida pastoril. 
Obra del poeta romano Virgilio (Bucólicas). 

Remolacha: Hortaliza (raíz) también llamada betarraga, betabel, beterraga, beterava, acelga, etc. 

Fresa: frutilla, fresón, fresbaya, fresera, madroncillo, amarrubia, mayuela, etc.

Lozanía.- Cualidad de lozano. frescura, vigor, salud, juventud, verdor, frondosidad, gallardía, vitalidad.
 
Hortícola.- Perteneciente o relativo a la horticultura (Cultivo de los huertos y de las huerta. Conjunto de técnicas y conocimientos relativos al cultivo de los huertos y de las huertas. Cultivo, agricultura, labranza. 

Intangible.- Que no debe o no puede tocarse. Incorpóreo, inmaterial, invisible, etéreo, sutil, espiritual, etc.

Por tus frutas los conocerás.- Referencia a Mateo 7:16.- Por sus frutos los conoceréis. (Versión Reina-Valera).

Arroba.- Peso equivalente a 11,502 kilogramo(s).

Patatas: papas

Sedeña.- De seda o semejante a ella.

Pronta(o).- Veloz, acelerado, ligero.

Verja.- Enrejado que sirve de puerta, ventana o, especialmente, cerca. Valla, enrejado, empalizada, estacada, vallado, etc.

Escardar.- Arrancar y sacar los cardos y las malas hierbas de los sembrados. Desbrozar, deshierbar.

Céfiro.- Poniente (viento). Viento suave y apacible. Personaje de la mitología griega que era el dios del viento del oeste.

 
Pulgarada.- Cantidad que puede tomarse con dos dedos.


domingo, 23 de marzo de 2025

Un teléfono en nuestro destino

Una increíble casualidad, y precisamente lo que necesitaban

Por Thom Hunter
 

MI ESPOSA LISA y yo publicábamos con grandes trabajos en un pequeño periódico semanal. Yo escribía y ella vendía anuncios.
A menudo trabajábamos hasta pasada la medianoche, mientras el pueblo, incluidos nuestros hijos, dormía. 

Una de esas noches nos metimos en la cama tardísimo, para levantarnos unas horas después. Me comí un plato de cereal y bebí un refresco grande, y luego emprendí el viaje a la capital del estado, pues tenía que ir a la imprenta. Lisa vio que nuestros cinco hijos se vistieran, y mandó a los tres mayores a la escuela con las bolsas del almuerzo. Yo estaba tan cansado que no debí haber conducido, y mi esposa estaba tan cansada que no debía haber hecho nada.

“La temperatura es de 21 grados centígrados, y el sol brilla en todo su esplendor״, dijo alegremente un locutor por la radio. “¡Otro hermoso día!״ No le hice caso.

Pero de lo que sí tuve que hacer caso fue de las consecuencias de beber un refresco grande. Me di cuenta de que no llegaría a tiempo a la ciudad, así que me detuve en una parada de descanso, a unos cuantos kilómetros de la casa.

Mientras tanto, Lisa, molida como estaba, empezó a llamar a las empresas de servicios para explicar nuestro atraso en los pagos y suplicar que se nos diera un día más de agua caliente y aire acondicionado.
Buscó el número de la compañía de luz y lo marcó… o al menos creyó que lo hacía.

Al bajar del auto en la parada de descanso oí sonar el teléfono público. Yo era la única persona que estaba ahí, pero de todos modos miré a todos lados.

Pensé que tenía que ser el más equivocado de todos los números equivocados. Después me escuché a mí mismo decir: ¿Por qué no? Así que caminé hacia el teléfono y levanté el auricular.

ꟷHola ꟷdije. 
Silencio. Luego, un grito:
ꟷ¿Thom? ¿Qué diablos estás haciendo en la compañía de luz?
ꟷ¿Lisa? ¿Por qué llamas a un teléfono de la carretera? 

Pasamos por toda una gama de exclamaciones, desde: “¡No lo puedo creer!״ hasta “¡Esto es algo en verdad sobrenatural!״

Seguimos hablando. A las exclamaciones siguió la conversación; una charla real, sin prisas y sin interrupciones… la primera en mucho tiempo. Hablamos incluso de la cuenta de luz. Le aconsejé a Lisa que durmiera unas horas, y ella me dijo que usara el cinturón de seguridad y que tomara menos refresco.

Aun así, yo no quería cortar la comunicación. Habíamos compartido una experiencia maravillosa. Los números de la compañía de luz y del teléfono público diferían sólo por un dígito, pero el hecho de que yo estuviera allí cuando Lisa llamó había sido tan improbable que se lo atribuimos a Dios. Él sabía que esa mañana cada uno de nosotros necesitaba, más que nada en el mundo, escuchar la voz del otro. Él nos puso en contacto.

Aquel telefonazo fue el principio de un cambio sutil en nuestra familia. Ambos nos preguntamos cómo era posible que nos hubiéramos enfrascado tanto en nuestro trabajo que dejáramos que una desconocida acostara a nuestros hijos. Y cómo había podido yo sentarme a desayunar sin decir siquiera buenos días. 

Dos años después ya habíamos dejado atrás el negocio que dominó a tal grado nuestra vida, y yo tenía un empleo nuevo… en la compañía de teléfonos. Que nadie me diga ahora que Dios no tiene sentido del humor.

 

Condensado de Those No-So-Still Small Voices״, © 1993 por Thom Hunter, Publicado por Navpress, de Colorado Springs, Colorado.

Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo CIX, Número 653, Año 55, Abril de 1995, págs. 41-42, Reader’s Digest Latinoamérica, S.A., Coral Gables, Florida, Estados Unidos



Nota.- 21 grados centígrados = 69,8 grados Fahrenheit.

martes, 10 de diciembre de 2024

¿Y si en lugar de hacer una prueba, hablamos?: cómo la conversación puede convertirse en una nueva clase de examen

 Por Luis Ángel Campillos Morón

 The Conversation*

 

Llega el día del examen y los nervios acechan. ¿Por qué? Podríamos encontrar numerosos motivos.

Hay quien piensa que el examen no vale para nada, porque todo lo que ha estudiado se olvida más temprano que tarde.

O para “casi nada”, porque tampoco es posible continuar con los estudios y conseguir el ansiado título sin pasar por ellos.

Como ciudadanos adultos, todos hemos “sufrido” un sistema educativo en ocasiones asfixiante

¿Por qué no examinamos al propio examen?

 

Limitar la capacidad creativa

Según Jesús Ibáñez, un sociólogo que fue considerado como "el padre" de la materia en España, el examen merma la capacidad imaginativa y crítica de los estudiantes, quienes deben limitarse a contestar de acuerdo con el catálogo de respuestas que les ha sido proporcionado de antemano.

Recordemos la escena de la película "El club de los poetas muertos" (1989, Peter Weir) en la que el profesor (interpretado por Robin Williams) anima a sus alumnos a expresar sus modos específicos de caminar contra el marcial ritmo unísono y ortodoxo al que estaban acostumbrados.

En el patio, en lugar de desfilar, de seguir un solo camino predeterminado, de acomodarse a un modo específico de ser, los alumnos comienzan a expresarse con mayor libertad, evitando tapujos, corsés y estereotipos.

Recordemos que la palabra poesía viene del griego poiesis, que significa ‘creación’.

El objetivo final del profesor (de Literatura, en el caso de El club de los poetas muertos) es luchar contra la uniformización, contra la homogeneización de la sociedad que provoca que la riqueza diferencial sea asimilada por un modelo que se impone.

Como afirma Ibáñez en la obra citada, “el examen les hace hablar convenientemente, marcando el paso, ordenada y disciplinadamente”.

 

¿Todos los exámenes son iguales

Hay muchos tipos de exámenes, desde los comentarios de texto a los problemas matemáticos. Pero ¿son todos igual de “uniformadores”?

Hay modelos de exámenes que ofrecen a los alumnos la posibilidad de contestar a su manera.

De hecho, muchos docentes animan a sus alumnos y alumnas a buscar otras formas de expresar lo aprendido.

Sin embargo, el margen de creatividad es pequeño: el examen no nos permite repreguntar o reformular las preguntas o generar nuevas preguntas.

Estas disponen ya de sus soluciones, y los estudiantes simplemente han de encontrar la opción correcta siguiendo casi al pie de la letra un libro de instrucciones.

La reflexión, la crítica y la problematización brillan por su ausencia en estos modelos.

Y no debemos olvidar que, no solo en el ámbito educativo, problematizar –es decir, poner en cuestión lo que se afirma, las verdades que se nos presentan como tales– es muy importante, pues “implica una lucha contra la estupidez”.


El antagonista del examen: la conversación
 
Frente a la “prohibición del uso poético”, podemos recurrir a un potente antagonista del examen: la conversación.

Esta es siempre abierta, inútil a priori, como la filosofía que, como decía Castoriadis, sirve para mucho más que el hecho de servir para algo determinado (en el mismo sentido que Nuccio Ordine).

En palabras de Kant: la conversación no es un medio para… sino un fin en sí mismo.

Sin guiones ni finales previstos, en la conversación los temas varían, surgen, se transforman… Una conversación es como el baile de los estorninos, conjugando caos y cosmos.

No hay jerarquía. Al conversante no se le exige ningún requisito: simplemente ha de participar… si quiere.

Al contrario que el examen, más bien cerrado y autoritario, el carácter de la conversación es abierto y democrático.

Y mientras, desde el punto de vista de la Lógica, el examen opera con disyuntores (o): o es una solución o es otra, es decir, excluyendo opciones; la conversación lo hace con conjuntores (y), incluyendo: y esto, y lo otro, ¿y quién más?, ¿y qué más?

 

Aplicaciones prácticas en un aula a través de un pódcast

Conservamos o eliminamos el examen? Hay otra opción: convertir el examen en conversación.

A pesar de su carácter indefinido y abierto, ¿es posible llevar la conversación a las aulas y convertirla en un instrumento de evaluación?

Una de las principales ventajas de implementar la conversación es que aporta ciertos valores transversales a todas las asignaturas: respetar los turnos de palabra, escucha activa, usar un lenguaje comprensible por todas y todos, etc.

Otro punto a favor es que la conversación, al no partir de un tema en concreto ni tener un objetivo final, fomenta la interdisciplinariedad y recoge los intereses de los estudiantes y las estudiantes, que hablan de lo que quieren hablar.

Sin embargo, si queremos usar la conversación como instrumento de evaluación no solo en asignaturas como Oratoria o Educación en Valores Cívicos y Éticos, hemos de fijar algunos criterios, aún a riesgo de limitar en cierto modo su carácter.

Propongamos un modelo basado en el pódcast, desde donde de paso aprovechamos también para trabajar las Tecnologías de la Información y la Comunicación. 

El proceso sería el siguiente:

  • El profesor ofrece un listado de temas (basado en los contenidos que se estudien en la asignatura).
  • Se forman grupos de trabajo, que eligen uno de los temas propuestos.
  • A lo largo de la conversación (que será grabada en formato pódcast) se trabajará el tema académico elegido, procurando explicarlo de un modo claro y conectándolo con otros temas que escojan libremente los estudiantes.

Los criterios de evaluación integrarán tanto los aspectos transversales (claridad en el lenguaje, participación de todo el alumnado) como los académicos (explicación del tema elegido). Los diferentes pódcast serán escuchados en el aula y serán autoevaluados (por los creadores del pódcast) y coevaluados (por los otros grupos de estudiantes), que ponderarán junto a la calificación del docente.

De este modo, como muestran algunos estudios al respecto, la conversación usada como herramienta educativa fomenta una participación mucho más activa y creativa del alumnado.

 

*Luis Ángel Campillos Morón es profesor de filosofía, Universidad de La Rioja.

Este artículo fue publicado en The Conversation y reproducido bajo la licencia Creative Commons. Haz clic aquí para leer la versión original.

 

Fuente: Exámenes y Conversación

martes, 3 de enero de 2017

Para Superar la Angustia

¿Le aterroriza tratar con desconocidos, pronunciar un discurso o someter un informe a la consideración de su jefe?  He aquí algunas sugerencias…

Por el Dr. David Burns

Recientemente me invitaron a dictar una conferencia sobre la angustia ante varios cientos de especialistas en salud mental, en Boston, Massachusetts. Mi intervención estaba programada después de las de varios psiquiatras prominentes. Al llegar mi turno, me sentía especialmente nervioso porque el orador que me había precedido había cautivado al público.

Al acercarme al estrado, el corazón me latía con fuerza y yo tenía la boca seca. ¿Qué estoy haciendo aquí?, me pregunté.

Para colmo de males, mi disertación trataba en parte del miedo a hablar en público. Para calmarme, intenté una técnica fuera de lo común, y le pregunté al auditorio: “¿Cuántos de ustedes se sienten nerviosos cuando pronuncian un discurso?” Se levantaron casi todas las manos. “¡Pues precisamente así me siento ahora!”, declaré.

El público reaccionó con risas. Ya sereno inicié mi exposición.

Todos nos vemos  a veces en situaciones que nos ponen nerviosos. Tal vez a usted le asuste la posibilidad de decir tonterías en un coctel, farfullar incoherencias durante una exposición verbal en su trabajo, o quedarse con la mente en blanco en un examen.

En algunos casos, la angustia lega a ser tan intensa, que  incapacita a la persona. En un estudio que hizo en 1984 el Instituto Nacional de Salud Mental (INSM) de Estados Unidos, se calculó que entre 2 y 4 millones de estadounidenses se ven seriamente limitados por fobias sociales en su vida personal y profesional. Aunque el estudio del INSM se concentró en trastornos graves,, casi todo el mundo ha pasado por estados de angustia leves.

A través de los años, mi trabajo con cientos de pacientes me ha enseñado que cualquier persona puede adquirir mayor confianza en sí misma, incluso en las situaciones de mayor estrés. He aquí algunos consejos sencillos, pero útiles:

1. Quítese la Máscara. Cuando nos mudamos de casa, mi hija hizo amistad con una niña que vivía cerca, en una mansión. Cierta noche en que yo vestía pantalones vaqueros y una playera vieja, pasé a recogerla. Sue, la madre de su amiga, vestida como una modelo profesional, me invitó a pasar a un gran vestíbulo atestado de costosas antigüedades y pinturas al óleo.

Me sentía muy incómodo. Notando mi zozobra, Sue me preguntó qué me pasaba. Habría querido ocultar mis emociones, pero le confesé:

–No estoy acostumbrado a estar en casas tan elegantes.

–¡ Vaya! Nunca imaginé que los psiquiatras pudieran sentirse inseguros –observó ella, riendo.

Estoy convencido de que mi sinceridad con esa dama nos relajó a ambos. Si hubiera negado mis sentimientos, habría  agudizado la tensión al grado de parecer falso. Como en la conferencia de Boston, fui sincero respecto a mii inseguridad. Esa franqueza es una buena manera de acercarnos a la gente.

2. Combata sus Temores Uno por Uno. Cuando trabajaban en la Univesidad Estatal de  Pensilvania, el psicólogo Michael Mahoney y el instructor de gimnasia Marshall Avener investigaron los efectos de la angustia sobre los gimnastas en las pruebas que se efectuaron para integrar el equipo olímpico de Estados Unidos, en 1976. ¿Quiénes cree usted que sentían más angustia antes de una competición: los atletas que a la postre ganaban, o los que terminaban perdiendo? Los investigadores descubrieron que ambos grupos presentaban la misma angustia. Lo que diferenciaba a los perdedores de los ganadores era la manera de superarla.

Los atletas menos brillantes rumiaban sus temores y, al imaginarse que su actuación iba a ser desastrosa, creaban en sí mismos una especie de pánico. Los ganadores, por lo general, hacían caso omiso de su angustia, para concentrarse, en cambio, en lo que tenían que hacer: Respira profundamente, o Ahora voy a estirar los brazos y a sujetar la barra. Controlaban sus temores fragmentando el trabajo en una serie de pasos pequeños. Esta técnica da resultados casi en cualquier cosa que uno se proponga realizar.

Me enviaron a Penny tres días antes de que presentara su primer examen final en la escuela de Derecho. “Estoy tan asustada, que no entiendo ni la primera frase de los textos”, me dijo. “Estoy segura de que voy a fracasar. Tal vez sería mejor abandonar los estudios”.

La angustia crea el mito de que no podemos desempeñarnos bien. Penny necesitaba aprender que, aun sometida a presión, podía actuar eficazmente. El primer paso consistió en lograr que el examen le pareciera menos amenazador. Como temía que su mente se acelerara tanto que se le dificultar a entender incluso las instrucciones, convino en leer todo palabra por palabra. Si tropezaba con alguna pregunta difícil procuraría interpretarla.

Algo más importante aún: la convencí de que, por muy nerviosa que se sintiera, no dejara de escribir durante las dos horas del examen. Le indiqué que no podía perder el tiempo en vacilaciones.

–¿Y si no consigo pensar en nada coherente? –me preguntó.

 –Escribe cualquier cosa –contesté–; aunque sea un galimatías.

Dos semanas después, Penny vino a enseñarme su calificación: le habían dado un “excelente”. Su caso demuestra la importancia vital de no rendirse cuando se está nervioso. Escriba usted esa primera oración del informe o dé esa primera brazada en la justa de natación. En cuanto empiece, advertirá que la tarea le sale mejor de lo que creía.

3.  Imite a los Entrevistadores Profesionales. Muchos tenemos que hablar con gente en situaciones incómodas. Quizá se trate de conversar con su nuevo jefe en una fiesta de la empresa, o de conocer a sus futuros suegros. ¿Qué decir cuando se queda la mente en blanco?

Haga de la otra persona el tema de la conversación. Los entrevistadores profesionales sacan a relucir lo mejor de sus invitados, haciéndoles hablar de sí mismos. Puede usted emplear ese método formulando unas cuantas preguntas; por ejemplo: “¿Cómo se interesó usted por tal o cual cosa?” o, “¿Podría comentar algo más sobre este tema?”.

Lo único que desea la mayoría de la gente es que se le preste atención. Los psiquiatras y los psicólogos se ganan bastante bien la vida escuchando comprensivamente y haciendo algunas preguntas pertinentes. Si ellos pudieron salirse con la suya, ¿por qué usted no?

4. Convierta la Angustia en Energía. Todos nos sentimos nerviosos antes de actuar en público, ya sea para hacer una exposición de trabajo o para intervenir en una función de teatro escolar. La clave estriba en lograr que sus nervios colaboren con usted.

Muchas veces me han entrevistado en la televisión y, antes, estas situaciones me ponían nerviosísimo. Una paciente comentó, sorprendida, lo rígido y torpe que me veía. En cuanto entrábamos al aire, me congelaba y perdía la espontaneidad. Cuanto más intentaba tranquilizarme, tanto más nervioso estaba.

Al cabo, encontré la solución.  En un programa de entrevistas, el productor había arreglado un debate entre otro psiquiatra y yo. Durante la primera parte, mi colega sugirió que yo era sólo un “autor de libros”, no un investigador. Encolerizado por aquel ultraje, resolví dejar de preocuparme por ser un invitado cortés y encantador, y me concentré en presentar mis ideas con la fuerza y la convicción que merecían. Me sentí súbitamente cargado de energía y empecé a disfrutar cada minuto del programa.

Los psicoterapeutas llaman a esto “reformulación positiva”, lo que significa analizar un problema desde un ángulo diferente (considerándolo “bueno” en vez de “malo”, por ejemplo). Podemos mitigar la angustia si creemos en nosotros mismos y tenemos el valor de expresar nuestros sentimientos. En cuanto utilicé mi nerviosismo–esa dosis adicional de adrenalina– como una forma de energía, pude intervenir con vigor y “pegar duro”.

5.  Deje de Compararse. Uno de los mayores obstáculos en nuestra vida social es el temor de no estar a la altura de las circunstancias. Tal vez sienta usted que no impresionará a otras personas porque estas tienen mayor seguridad en sí mismas o son más brillantes, inteligentes o atractivas que usted. Esta es una manera errónea de pensar. El secreto para llevarse bien con lo demás radica en que cada quien se acepte tal como es.

Cuando estudiaba yo en la universidad llevaba un diario lleno de recuerdos personales. Algunos eran dolorosas evocaciones de mi niñez; ocasiones en que me sentí lastimado, confuso, solo e inseguro. Allí describí fragmentos de mis sueños, y también sentimientos muy íntimos de ira y odio, además de lo que me encantaba, como las tiendas de artículos para magos y prestidigitadores  y los comercios numismáticos.
Entonces, ocurrió algo terrible. Una noche, después de cenar, me di cuenta de que había dejado mi diario en un guardarropa, junto al comedor de la universidad. Aterrorizado de que alguien lo leyera y descubriera la verdad sobre mí, regresé corriendo, sólo para comprobar que había desaparecido.

Pasaron varias semanas. Al cabo, abandoné la esperanza de recuperarlo. Un día, mientras colgaba mi chaqueta en aquel mismo lugar, vi mi gastado diario de color café… precisamente donde lo había dejado.
Nervioso, lo hojeé y descubrí que unas manos extrañas habían escrito esto: “¡Que Dios te bendiga! Me parezco mucho a ti, pero yo no llevo un diario, y me da gusto saber que hay otros como yo. ¡Ojalá todo te salga bien!!

Se me arrasaron los ojos. Nunca se me había ocurrido que alguien pudiera reconocer mis sentimientos íntimos y aun así apreciarme.

No Importa cómo sea usted –rico o pobre, genial o del montón, atractivo o anodino–, siempre habrá gente a la que inspirará simpatía, y gente a la que le resultará indiferente. Nadie es aceptado por todo el mundo; pero si usted se acepta, atraerá a muchas más personas.


Condensado de “The Feeling Good Handbook”, © 1989,  y de “Intimate Connections”,  © 1985 por David Burns. Publicado por William Morrow & Co., Inc. de Nueva York, Nueva York.


Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo CI, Número 602, Año 51, Enero de 1991, págs. 69-72, Reader’s Digest Latinoamérica, S.A., Coral Gables, Florida, Estados Unidos