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lunes, 22 de junio de 2026

"Cortita y al pie", "pecho frío" y otras expresiones cotidianas que vienen del fútbol

 


Por Alicia Hernández
BBC News Mundo

 

Tener a alguien en el banquillo, que no te paren bola o den pelota, sudar la camiseta, que alguien sea canchero o pecho frío.

Espero no hayas quedado en orsai o fuera de juego con estas expresiones que provienen de un deporte que se practica en casi todos los rincones del mundo: el fútbol.

Desde finales del siglo XIX se empezó a jugar en América Latina y, con su expansión, también se regaron un montón de palabras y expresiones presentes en estos días de locura futbolera por el Mundial, pero también todo el año en general.

La mayoría son préstamos lingüísticos provenientes del inglés, es decir, son anglicismos. Y aunque en su día fueron neologismos -palabras nuevas-, hoy están más que incorporadas en nuestro día a día.

Por ejemplo, la palabra "fútbol" aparece documentada por primera vez en 1902 en un artículo publicado en la revista Los Deportes de Barcelona, según recoge el Diccionario histórico de la lengua española. Es un préstamo lingüístico del inglés "football", que a su vez se registró por primera vez nada más y nada menos que en 1409, escrito "foteballe" en ese entonces.

"Gol" es otro anglicismo. Proviene de "goal" y en la acepción recogida en 1531 se refería al punto final de una carrera o un marcador que indica dicho punto, según aparece en el Oxford English Dictionary.

Otras palabras o expresiones son más complejas para rastrear su origen y, en ocasiones, se dicen y significan prácticamente lo mismo en varios países hispanohablantes.

 

La expansión del deporte y sus expresiones

Hay dos etapas clave para entender cómo los términos del fútbol se han extendido en el habla.

El primero llega precisamente con la popularización de esta práctica deportiva, a finales del siglo XIX.

El que se cree que es el primer club de la región fue el Lima Cricket y Football Club, creado en Perú en 1859, seguido del Montevideo Cricket Club en Uruguay, en 1861, y el Club Mercedes de Argentina, que surgió en 1875.

Todos los nuevos deportes, y en particular el fútbol, "traían consigo toda la terminología ligada a ellos. Cada reglamento introducía nuevos conceptos, que fueron designados con vocablos procedentes de la lengua que introducía el deporte, habitualmente el inglés", explican Alfredo Luis Blanco y Mariano Santacecilia en la investigación "Neologismos en el lenguaje deportivo" publicada en el Instituto Cervantes.

Por ejemplo, lo que conocemos como "juego limpio", que en la vida cotidiana ha derivado en alguien que hace las cosas bien, sin malas mañas, originalmente proviene del "fair play". La expresión pertenece a las llamadas "13 leyes del juego" que en 1863 estableció el abogado victoriano Ebenezer Cobb Morley para reducir la violencia en las canchas.

 
Ebenezer Cobb Morley, creador del concepto "fair play" o "juego limpio". 
 
 
Si de esa época son vocablos como "gol", "córner" o "derbi", de una segunda etapa de expansión -impulsada por las retransmisiones por radio y luego televisión- derivaron expresiones como "tener a alguien en el banquillo" o "ponerse la camiseta" para situaciones de la vida cotidiana.

Más adelante también quedarían otras expresiones que, más que del juego, las dijeron futbolistas o entrenadores y quedaron para siempre en el acervo cultural de los hispanohablantes. Porque, ¿quién no recuerda el famoso "me cortaron las piernas" de Diego Maradona en el Mundial de Estados Unidos de 1994 o el "perdimos porque no ganamos" de Ronaldo?

 

Algunas expresiones en español

A lo largo de toda América Latina y España hay multitud de expresiones que provienen del fútbol. Algunas se dicen igual en casi todos los países, con pequeñas variaciones, y otras son adaptaciones propias.

Son muchísimas, así que aquí recogemos algunas de ellas.

Canchero. Para algunos es una persona hábil, diestra, mientras que para otros es alguien desenvuelto, seguro de sí mismo. Esta palabra viene de "cancha", palabra que designa el terreno de juego y que a su vez viene del vocablo quechua "kancha", que en el imperio inca se usaba para designar a un recinto plano y amplio.

Clavarla al/en el ángulo. Cuando alguien hace algo a la perfección o logra una meta con mucho acierto o contundencia. Por ejemplo, imagina que presentas un proyecto en tu trabajo y lo haces super meticuloso, y tus jefes quedan encantados. Ahí la clavaste al o en el ángulo.

Colarle a alguien un gol por la escuadra. Marcar un gol de este tipo suele ser de los más complicados y necesita precisión, una curvatura específica y, claro, engañar al portero. Y justo de esta última parte deviene la expresión, que se refiere a embaucar a alguien o sacar ventaja de algún tipo de modo astuto, sin que apenas la persona se dé cuenta o que, cuando suceda, ya sea demasiado tarde.

Colgar los botines/botas/tacos/guayos. Es dejar de jugar al fútbol y, en la vida, retirarse o jubilarse de aquel trabajo o actividad que desempeñábamos.

Cortita y al pie. Si no sabes jugar al fútbol -como la que escribe este artículo-, si te hacen un pase de pelota complicado, seguro que pierdes la pelota. Tanto tú como yo necesitamos que nos pasen la pelota cortita y al pie. Es decir, de forma sencilla, directa y segura, como espero haya sido esta explicación.

Dejar a alguien en la banca/el banquillo. El banquillo es ese lugar en el que nadie quiere estar, porque lo chévere es participar y estar activo, tanto en el juego, como en la vida. Puede significar tanto que te dejan apartado como mantenerte en un estado en el que no juegas, pero estás pendiente por si te llaman, estás en un segundo plano. Puede aplicarse en ámbitos laborales y también en relaciones, cuando alguien no está del todo interesado en ti, pero te mantiene ahí, en el banquillo, por si acaso.

Dejarla picando. Es cuando dejas la pelota fácil, solo para que otro jugador aproveche la ocasión y lance para hacer gol. En varios países, como Argentina o España, significa lanzar alguna información para que otra persona lo capte o cuando dejas todo listo y la otra persona solo necesita hacer un pequeño esfuerzo para terminar una tarea.

Echar balones fuera. Imagina esto: un equipo está en su área de juego bajo presión del contrario y quiere salir rápido de esa situación. ¿Qué puede hacer? Lanzar el balón fuera del campo. Se detiene el juego, ganan tiempo, se aleja el peligro de modo temporal y el equipo puede reorganizarse. Pues similar es cuando llegas a alguien, le preguntas por su responsabilidad en un asunto y culpa a otro… Está echando balones fuera.

Meterse un autogol/gol en contra. ¿Qué es lo peor que te puede pasar en un partido? Después de perder, está el colar un gol en propia puerta, un error total. En la vida es eso mismo: alguien que hace algo o toma una decisión que le perjudica. Es similar al "esto es cuchillo pa' mi pescuezo" o "tirarse piedras en su propio tejado".

No cazar un fulbo. Con esta expresión tan rioplatense nos vamos hasta el final del siglo XIX, cuando nace el lunfardo, una jerga popular que hablaban las clases populares de Buenos Aires y Montevideo, mezcla del habla del lugar con lenguas de los migrantes. Así, "fulbo" significa "pelota", por lo que no cazarla era no hacerse con el balón en la cancha. Luego pasó a ser una persona que no entiende nada, lo cual sentirán algunos argentinos y uruguayos más jóvenes que pueden desconocer esta frase, hoy casi en desuso.

No parar bola/dar bola. No estar atento, pero también no prestarle atención a alguien. Aunque en este caso, no está claro si la expresión proviene del fútbol, del béisbol o del billar.

Pecho frío. El término nace en Argentina, pero se dice en otros países, como en Colombia. En origen se usa para referirse a un hincha que no lo da todo para animar a su equipo o a un futbolista sin ganas, que no juega con pasión. Nació cuando en 1987 Jorge Raúl "El Indio" Solari, entonces director técnico del Newell's Old Boys de Rosario, acusó a los aficionados de su propio equipo de ser eso. Si te encuentras con alguien con poca entrega y voluntad, que sepas que estás ante un pecho frío.

Sudar/ponerse la camiseta. Si ves que un jugador durante un partido tiene la camiseta impoluta, puede ser por varios motivos: o tiene anhidrosis -una condición por la que no se suda ni siquiera en altas temperaturas-, o porque no está jugando nada de nada. Así que, si alguien transpira la camiseta es porque se está esforzando en el juego, lo da todo por el equipo. Y eso ocurre en el campo de juego y también, por ejemplo, en el trabajo.

Quedar en orsai/fuera de juego. La primera es una expresión también del lunfardo y proviene de la adaptación del inglés "offside". Posiblemente sea una de las reglas del fútbol que más cuesta entender y explicar, pero basta con decir que es una posición reglamentariamente nula para poder atacar. Así que, cuando fuera de la cancha quedas en orsai o fuera de juego, quiere decir que estás desubicado, fuera de lugar, en situación complicada o apartado.

Un gol de media cancha/campo. Solo imagina lo que es eso. La tremenda audacia que es, desde la mitad del campo de fútbol -que mira si son bien grandes-, meter un gol. Es una acción ventajosísima, un gran éxito, algo inesperado, un acierto que nadie vio venir. Pues exactamente igual cuando te pasa algo en la vida así, sin verlo venir.


Fuente: Cortita y al pie

 

Lunfardo: jerga empleada originalmente por la gente de clase baja de Buenos Aires, parte de cuyos vocablos y locuciones se introdujeron posteriormente en el español popular de la Argentina y Uruguay. DLE RAE

sábado, 2 de agosto de 2025

Mi Personaje Inolvidable II

Por Jorge Obligado
 
JUGABA yo a la pelota contra la pared del granero cuando oí el ruido de un motor. Los automóviles no eran comunes hace medio siglo en la zona de la Argentina donde estaba nuestra estancia, situada a 160 kilómetros al norte de Buenos Aires, de modo que corrí hacia el camino, a tiempo que un extraño vehículo cruzaba el portón. Era un Ford modelo T, pero no tenía carrocería ni asientos. El gaucho que lo conducía iba cómodamente sentado en su silla de montar, o recado, sujeta al depósito de la gasolina.

De su muñeca derecha pendía el corto y pesado rebenque, como si acostumbrara a usarlo para azuzar al Ford. Detrás de él se veía un fardo con sus efectos personales, amarrado con cuerdas a una tabla atornillada al chasis, y coronado por su guitarra. 
Al verme se detuvo, y me preguntó:
―¿Está su padre en casa?
―En el jardín probablemente.
―Haga el favor de llevarme hasta él.

Yo tenía entonces diez años, y me jactaba de no obedecer jamás una orden sin discutirla antes, pero de aquel hombre emanaba una serena autoridad que me impresionó. Lo conduje al jardín, donde mi padre enseñaba a un peón cómo armar una tubería de agua. El recién llegado se quitó el sombrero y dijo:
—Buenos días, señor. Me llamo Patricio O'Connell; nací en la estancia de al lado donde mi padre era mayordomo. Ahora vengo de la región andina y busco trabajo. ¿Tendría usted algo para mí? Sé hacer muchas cosas bien.
El apellido extranjero no sorprendió a mi padre, pues había varias familias irlandesas en la zona. Consideró un momento la faz aguileña, cuyas varoniles facciones estaban suavizadas por un cutis sonrosado que el sol, la lluvia y el viento no habían conseguido oscurecer, y por unos ojos verdes y soñadores.  Tendría ese hombre unos cincuenta años, y vestía la indumentaria típica de los gauchos contemporáneos: blusa negra y corta, amplias bombachas que desaparecían en unas botas de media caña, y ancho cinturón de cuero ornado con monedas de plata.
―No, Patricio ―repuso―. No puedo ofrecerle nada por el momento.
El forastero no se inmutó. Se puso el sombrero de fieltro y lo echó desdeñosamente sobre la nuca; luego miró en torno y dijo:
―¿Me permite que le pregunte para qué instala esa cañería?
―Pienso construir una pequeña fuente ―explicó mi padre―. La tubería no se verá y el agua, al surgir de entre unas piedras, parecerá provenir de un manantial.
―No me gustan las cosas artificiales afirmó Patricio.
—¡Pero, hombre, estamos en la pampa! No encontrará usted una fuente natural en cien kilómetros a la redonda —repuso mi padre.
—Pues yo creo que hallaré una —dijo Patricio. Y tomando la pala de manos del asombrado peón, agregó:
—Venga conmigo señor, si no le es molesto.
Seguimos a Patricio hasta el fin del jardín, y descendimos tras él por la barranca boscosa hasta que llegamos a un claro sombreado por un gran ceibo. El gaucho inspeccionó cuidadosamente el talud de tosca detrás del árbol, luego cavó en cierto lugar con la pala, y al punto surgió un hilo de agua que serpenteó a nuestros pies.
―Descubrí este manantial cuando jugaba aquí de muchacho ―explicó―. En unos pocos días yo podría construir una linda fuente… y sería natural.
―No tengo alojamiento para usted ―protestó mi padre, vacilando.
―Eso no importa; me haré un rancho, y un cobertizo para el automóvil.
―Pero yo creía que usted había venido a caballo ―observó mi padre, indicando el rebenque.
―¿Lo dice por el talero? Ah, no viene mal cuando hay una pelea. No me gustan los cuchillos.
―Muy bien, puede usted quedarse, pero sólo hasta que termine la fuente.
―Pierda cuidado, no me quedaré ni un día más ―contestó el gaucho orgullosamente―. Me gusta cambiar de querencia.
Y volviéndose a mí, agregó:
—Voy a necesitar un rollo de alambre para mi casa. ¿Quiere usted venir conmigo al almacén?
Cuando volvimos al lugar donde esperaba el Ford, me tomó en brazos y me puso sobre el depósito de gasolina, y partimos en lo que a mí me pareció el más apasionante de los automóviles.
—¿Qué le ocurrió a la carrocería? ¿Tuvo usted un accidente?
—Yo no, pero un amigo volcó su coche en una cuneta, y la carrocería quedó inservible. Entonces le ofrecí la mía, porque él tiene familia.


Varios caballos esperaban entre el polvo frente a un almacén campestre, una tienda donde los clientes podían comprar de todo, desde una trilladora hasta un sombrero de señora, y luego emborracharse para olvidar cuánto habían gastado. Mi padre solía hacerme esperar fuera, pero esta vez entre allí orgullosamente con Patricio. Una vez elegido el alambre, me hizo acercar al mostrador de las bebidas y pidió dos naranjadas.
Un peón gordo y pendenciero que ya había tomado unas cuantas copas, se echó a reír con sorna.
—¿Naranjada, un hombre grande?
—No, gracias, amigo. Otro día.
—¡Nadie se ha atrevido nunca a rechazar una invitación mía! —repuso el peón, provocativo.
—Bueno, ahora alguien se atreve… Hace calor aquí, ¿verdad?
Y Patricio se arremangó la manga izquierda de la chaqueta, mostrando el robusto antebrazo surcado de cicatrices, recuerdo de sendas luchas. El gordo profirió un juramento, arrojó una moneda sobre el mostrador y se marchó.
Más tarde supe que Patricio había sido famoso por su carácter belicoso y por la destreza con que manejaba el cuchillo. Pero en una ocasión hirió de gravedad a un hombre, y aunque el juez falló que había obrado en defensa propia, desde aquel día abandonó el alcohol y las pendencias. Si lo provocaban y la situación se ponía peligrosa, tomaba el rebenque por la lonja y con él desarmaba a su adversario.
Cuando regresamos a la estancia, Patricio eligió para levantar su choza un sitio desde el cual se dominaba el río. Cortó seis troncos de álamo y los clavó en el suelo formando un rectángulo; luego los unió con diez filas de alambre e intercaló entre ellos numerosas varas.


A la mañana siguiente tragué mi desayuno casi entero, tan ansioso estaba de reunirme con mi nuevo amigo. Ensillé a Coco, mi petizo, y galopé a su encuentro. Lo hallé cavando el piso de un pequeño corral que había hecho cerca del esqueleto de su choza.
—Vino a caballo; bien, entonces podría traerme agua del pozo.
Uncí a Coco a un barril montado sobre dos ruedas y comencé a hacer viaje tras viaje para llevar agua a Patricio. Éste había echado mientras tanto paja sobre la tierra removida, y después de vaciar allí varios toneles, comenzó a hacerse barro.
Entonces Patricio desensilló a Coco y lo obligó a entrar en el recinto cerrado.
—Al petizo no le gusta el barro ―dije.
―Si usted no tiene inconveniente en ensuciarse las manos, él bien puede ensuciarse los cascos. Hágalo pisar continuamente ―dijo, dándome un látigo―. Yo iré mientras al río a buscar totora para el techo.
Coco ofrecía un aspecto lamentable; fango y sudor chorreaban de sus flancos. Cada vez que alzaba una pata hacía un ruido como si descorchara botellas de vino. Dos horas más tarde regresó Patricio y anunció que la mezcla tenía ya la consistencia debida y que podía comenzar a rellenar las paredes. Tomando manojos de paja impregnada de barro, los retorcía hasta convertirlos en lo que él llamaba chorizos y los colgaba en los hilos de alambre que unían los postes. Pronto la armazón quedó completamente cubierta. A la mañana siguiente comenzamos a revocar las superficies exteriores e interiores con barro fresco, y dos días después la casa estaba lista.


Patricio pronto se hizo indispensable en la estancia. Podía reparar la locomóvil, arreglar la máquina de coser de mi madre, cambiar las válvulas de cuero de la bomba o ayudar a la vaca que tenía una parición difícil. Observando la luna predecía si el mes iba a ser lluvioso o seco, y discutía gravemente con mi padre la elección de las diversas semillas para la siembra. 
Cuando elogiábamos sus muchas habilidades, respondía con genuina modestia:
―No es que me guste trabajar, pero algo crece en mí como el diente en la boca de la rata, y tengo que gastarlo.

El capataz se puso celoso, pero Patricio no aspiraba a ocupar su empleo. La idea de arraigarse en cualquier parte le disgustaba.

A la puesta del sol, una vez terminado su trabajo, se sentaba frente a su rancho a tocar la guitarra y a cantar. Los otros gauchos y peones se reunían en torno para escucharle. Algunas veces otro gaucho lo desafiaba a una payada, especie de certamen en verso en el cual un trovador de la pampa, o payador, hace a otro preguntas rimadas, y su adversario debe darle respuesta cabal en la misma forma. Patricio generalmente salía triunfante de la prueba.

Era excelente jinete, y en una ocasión pidió a mi padre que le reservase el potro más arisco para domarlo. Un domingo los peones enlazaron uno de fiero aspecto y lo amarraron a un poste dentro del corral. Cuando el caballo sintió la silla, se echó para atrás resoplando, y por poco se estrangula. Pero entonces Patricio se acercó a él y, poniéndole la mano en la cabeza, comenzó a palmearle suavemente el cuello, hablándole al mismo tiempo con una voz grave y sedante que pareció atravesar la muralla del miedo y calmar a la bestia.
―Abran la puerta —ordenó entonces Patricio—. El potro está asustado y quiere huir. Lo dejaré, pero tendrá que llevarme consigo.
Desató el cabestro y saltó en la silla. El animal se abalanzó hacia adelante e inició un furioso galope por la llanura. Caballo y hombre se alejaron tanto que se convirtieron en un mero punto próximo a desaparecer en el horizonte, de pronto los vimos describir un amplio semicírculo y volver hacia nosotros. Cuando llegaron al corral el caballo estaba tan exhausto que ni los gritos de bienvenida lograron conmoverlo.
―Patricio, ¡yo quería verlo corcovear pero usted no lo dejó! ―me quejé, indignado.
―Hay dos maneras de domar un potro ―respondió con calma mi amigo―. Una es demostrar que uno es más animal que él, y la otra es convencerlo de que uno es un ser racional y su lógico dueño.
―Usted condujo muy bien a ese caballo ―elogió mi padre.
―La pampa es la verdadera domadora —contestó Patricio—. Es demasiado grande para que alguien pueda rebelarse contra ella.


Llegó el otoño antes de que la fuente estuviese terminada, pero la demora no fue culpa de Patricio. Siempre había alguna cosa que requería sus servicios. La tormenta había destrozado la rueda del molino o hecho volar las tejas del techo del granero; un toro había roto la alambrada; el bote hacía agua o la chimenea de la cocina estaba obstruida, y Patricio era la persona indicada para reparar esos desperfectos. Mas por fin concluyó la fuente.

Un hilo de agua corría a lo largo de un acueducto de cemento y se vertía en un pequeño lago en cuyo centro se alzaba una isla en forma de volcán. De su cráter saltaba otro chorro hasta unos 15 centímetros de altura. Las paredes estaban adornadas con conchas marinas, y los caracoles que allí vivían habían contribuido a la decoración con sus hileras de huevos rojos.

Para celebrar el acontecimiento mi padre invitó a unos 30 vecinos, e hizo colocar mesas y bancos bajo el ceibo. Patricio se hizo cargo del asador donde se cocinaban al aire libre dos corderos. Una vez terminada la comida, y cuando ya el vino tinto de la región había circulado libremente, le pedimos que cantara algo. Sin hacerse rogar afinó su guitarra y entonó algunas estrofas de “Martín Fierro”, el clásico poema argentino que cuenta la triste suerte de los primeros gauchos, enviados a la frontera a luchar contra los indios mientras extranjeros y habitantes de las ciudades prosperaban en sus tierras. Terminó con una endecha que me llenó de tristes presentimientos porque parecía un adiós.

Se puso de pie bruscamente y desapareció. Traté de ir con él, pero dos señoras de edad me detuvieron, esforzándose por descubrir de qué abuelo o abuela había heredado yo mis ojos y mi nariz.

Cuando por fin me desembaracé de ellas y corrí hacia la choza de mi amigo, oí el ruido del motor del Ford. Patricio había amarrado ya el fardo sobre el chasis y puesto la guitarra encima de él. En el momento en que llegué aseguraba la cincha del recado en torno al depósito de gasolina.
—Patricio, no se vaya, ¡por favor! —imploré, aferrándome a su breve chaqueta negra.
—Debo irme —contestó y agregó con voz solemne:
—He oído que a 400 kilómetros de aquí, en un lugar llamado Tandil, hay una gran piedra que pesa muchas toneladas y se mueve continuamente de un lado a otro, pero tan despacio que para notarlo hay que poner una botella junto a ella. 
Uno espera, y al poco tiempo la botella se rompe, lo que prueba que la piedra se mueve de verdad. 
Es difícil creerlo; tengo que verlo con mis propios ojos.
—¡Lléveme con usted!
―Usted sabe que eso es imposible ―respondió él, sonriéndome afectuosamente—. Espere, le dejaré un recuerdo.
Buscó entre sus cosas y me ofreció un cuaderno escrito con su torpe letra.
―Aquí están mis canciones, esas que a usted tanto le gustaban.

No pude agradecerle porque las lágrimas me lo impedían. Me alzó en sus brazos poderosos y me besó en la frente; luego se encaramó al depósito de gasolina y partió. Yo permanecí largo rato viendo cómo la nube de polvo se posaba sobre la pampa.

Hace unos días encontré ese cuaderno medio deshecho, y al volver a leer los versos reconocí en ellos las tentativas ingenuas de un hombre inculto, pero capaz de interesarse por todo. Filósofo nato, maestro inconsciente, poeta, músico, mecánico y domador, Patricio estaba siempre dispuesto a seguir todos los caminos que se abría ante él, y gozaba al participar en la infinita variedad del mundo. Para él la existencia tenía amplitud de pampa, y supo grabar esa lección en el alma de un niño que hoy, ya hombre, lo recuerda con agradecimiento, porque su ejemplo le ayudó a adaptarse a otro género de vida y a otro país.


Revista Selecciones del Reader's Digest, Tomo XLV, N° 271, Junio de 1963, págs. 105- 114, Reader’s Digest  International, Inc., 270 Park Avenue, Nueva York, Nueva York, Estados Unidos
 

Notas

El relato por sus detalles con respecto a la pampa  y a los gauchos, me hizo recordar a la novela Don Segunda Sombra (1926),  del escritor argentino Ricardo Güiraldes (1886-1927).

Los significados son del Diccionario de la RAE o de otras fuentes, según como se usan en Sudamérica.

Estancia.- Hacienda de campo destinada al cultivo, y más especialmente a la ganadería. 

Gasolina: Nafta, gasoleno, bencina, gasolín, ligroína, etc.

Rebenque.- Látigo recio de jinete.

Azuzar.- Irritar, estimular, hostigar, incitar, excitar, espolear, aguijar, aguijonear, instigar, pinchar, irritar, avivar, animar, estimular, enardecer, etc. 

Bombacha.- Calzón o pantalón bombacho.  

Ornar.- Adornar, decorar, aderezar, engalanar, etc.

Barranca.-
1. Quiebra producida en la tierra por las aguas. Barranco, quebrada, rambla, torrentera.
2. Despeñadero, precipicio, barranco, etc.

Ceibo.- Erythrina crista-galli, el seibo o ceibo es un árbol de la familia Fabaceae originario de Sudamérica.
Se distribuye por el noreste y centroeste de Argentina, el este de Bolivia, el sur de Brasil, gran parte de Paraguay y casi todo Uruguay. Wikipedia

Talud.- Inclinación del paramento de un muro o de un terreno. Pendiente, declive, ladera, cuesta, desnivel, etc.

Tosca.- Piedra caliza porosa que se forma de la cal de algunas aguas.

Talero.-  Americanismo.  Látigo corto y grueso con mango de madera. wordreference.com

Cuneta.-  Zanja en cada uno de los lados de un camino o carretera para recibir las aguas llovedizas. Canal, desaguadero, acequia, etc.

Sorna.- Disimulo y bellaquería con que se hace o se dice algo con alguna tardanza voluntaria. Ironía, burla, sarcasmo, cachita, etc.

Chaqueta.- Prenda exterior de vestir, con mangas y abierta por delante, que llega por debajo de la cadera. Americana, chupa, chaquetón, blazer, etc.

Petizo (petiso).- Caballo de poca alzada. Caballo manso y dócil que se utiliza para el trajín doméstico.

Uncir.-  Atar o sujetar al yugo bueyes, mulas u otras bestias.

Totora.- Planta perenne, común en esteros y pantanos, cuyo tallo erguido mide entre uno y tres metros, según las especies, y que tiene uso en la construcción de techos y paredes para cobertizos y ranchos.

Revocar.- Enlucir o pintar de nuevo por la parte que está al exterior las paredes de un edificio, y, por extensión, enlucir cualquier paramento (cada una de las caras de la pared).

Locomóvil .- Dicho especialmente de una máquina de vapor: Que puede llevarse de un sitio a otro por estar montada sobre ruedas.

Cabestro.- Ronzal que se ata a la cabeza o al cuello de la caballería para llevarla o asegurarla. Brida, cuerda, dogal, etc.

Corcovear.- Dar corcovos (Salto que dan algunos animales encorvando el lomo).

Martín Fierro.- Poema narrativo escrito por el poeta y militar argentino José Hernández (1872).

Endecha.-  Canción triste o de lamento. 

Tandil.- Ciudad argentina en el partido (municipio) del mismo nombre,  en la provincia de Buenos Aires.

Piedra Movediza de Tandil.-  Sobre esta piedra movediza consúltese aquí.

viernes, 31 de mayo de 2024

Un Día como Hoy en un Libro

1565

Argentina

La Conquista

(…) El vizcaíno Juan de Garay fundó a Santa Fe en 1573 y el 11 de junio de  1580 volvió a fundar la ciudad de Buenos Aires, origen de la actual metrópoli. Otros exploradores llegaron del Perú y Chile: Francisco de Aguirre fundó a Santiago del Estero en 1553; Pedro del Castillo a Mendoza (2 de marzo de 1561); Juan Jufré, a San Juan (13 de junio de 1562): Diego de Villarroel a Tucumán (31 de mayo de 1565); (…)

Almanaque Mundial 1976

 


1961
Sudáfrica

La ley de 1913 estipuló que los negros se habrían de concentrar en zonas especiales; sin embargo, por razones laborales tendrían que convivir en lugares habitados por los blancos. La segregación completa resulta difícil de conseguir debido al índice extraordinario de crecimiento de la población negra. Pese a ello, los gobernantes sudafricanos no han cesado de perseguir  la separación absoluta de la raza blanca respecto de los restantes grupos étnicos que pueblan la Unión Sudafricana.
En 1954 el Dr. Malan dimitió por razones de edad, subiendo al poder, como Jefe de Gobierno, Johannes Strijdom, que gobernó en una línea más intransigente que la de su predecesor. Fallecido en 1958, fue sustituido por Hendrick Verwoerd, que llevó a extremos delirantes la política segregacionista, causa, en 1960, de sangrientos disturbios que abocaron en un atentado contra el Jefe de Gobierno (9 de abril), del que resultó indemne.
El 5 de octubre la Unión Sudafricana optó por el régimen republicano de gobierno que empezaría a regir a partir del 31 de mayo de 1961. En la reunión de primeros ministros de la “Commonwealth” celebrada en Londres en marzo de 1961, el Dr. Verwoerd presentó una solicitud en el sentido que la Unión pudiera seguir formando parte de la Comunidad Británica, a pesar del cambio de régimen. No obstante, ante el planteamiento de la política de discriminación racial el gobierno dela Unión se retiró de la “Commonwealth”, el 31 de mayo de 1961, día en que  la Unión Sudafricana se erigió en República, de la que fue nombrado primer presidente Charles R. Swart, último gobernador general.

Informatodo 1972
Informatodo 1973

Nota.- El texto original dice sucesor pero por lógica se entiende que debe referirse a su predecesor.
He corregido algún dato en las fechas y el nombre y apellido de Johannes Strijdom.

El apartheid o sistema de segregación racial sudafricano estuvo vigente desde 1948 hasta 1992. 

 

 

1970

Mayo
31. Un terremoto de dos minutos de duración, estremece al Perú dejando un saldo de varias decenas de miles de muertos en un área que abarcó la mitad del país. La ciudad de Huaraz fue una de las más afectadas. Chimbote, Trujillo y Chiclayo también sufrieron los estragos del sismo que se sintió en Nazca y hasta en Iquitos, en la lejana Amazonia peruana. Los diques del lago Llanganuco fueron destruidos y el lodo arrasó las ciudades de Yungay y Caraz en el Callejón de Huaylas. El agua cubrió el valle y una nube de polvo se elevó a más de cinco mil metros de altura. Ha sido el terremoto más violento de la historia del país y los dos terribles sacudones alcanzaron 7,75 grados en la escala Richter. Chimbote, principal puerto pesquero del país, fue arrasado por la terrible violencia del sismo, así como numerosas poblaciones que fueron borradas de la faz de la tierra. El saldo de muertos arroja más de 70.000 muertos, 30.000 heridos (asistidos) y 800.000 personas sin hogar. Todas las naciones del mundo colaboran en la ayuda a las víctimas. La suma para rehabilitar las zonas damnificadas montaba a más de 517 millones de dólares.

Almanaque Mundial 1971


Nota.- Los datos varían según las fuentes: Se calcula entre 67 a 70 mil el número de muertos y unos 200 a 380 mil  heridos como consecuencia del terremoto. Los damnificados fueron entre 800 mil a un millón.
En la escala Mercalli el sismo fue de grado 9: Fuerte, muy destructivo.

 

2006

Mayo 31

Vuelven a temblar los mercados del mundo. Las bolsas del mundo vuelven a caer por el temor que provoca la política de la Reserva Federal de los Estados Unidos. En Argentina, las acciones tuvieron un retroceso de 3,5%, los bonos de 2% y el dólar cerró a 3,10 pesos. En Wall Street hubo caídas de 1,63% en el índice industrial Dow Jones, de 2,06 % en el tecnológico Nasdaq y de 1,59% en el más abarcativo Standard & Poor's.
Los  efectos de la economía estadounidense también se sintieron en América Latina. En Brasil la bolsa cayó 4,54%, México 3,38% y en Buenos Aires tuvo una caída de 3,5%.


Guía Mundial. Almanaque Anual 2007