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martes, 14 de mayo de 2024

Balance Lector 2024

Vaya con este año que ha sido flojo nuevamente pero no me quejo, porque he podido releer varias cosas, examinar un montón de datos y aprender más.

Más le he dado tiempo a revisar libros, hojeé no sé cuántos, abandoné varias relecturas: de algunas ya les ves sus defectos que se te pasaron antes, los hallas y abandonas.
Me he inclinado por investigar curiosidades sobre fechas, costumbres, inventos, leyendas, cuentos, anécdotas, lugares, batallas, fobias, historia de la medicina, animales, plantas y un largo etcétera.

Siento una pesadez tremenda y que ha aumentado desde que tuve el Covid, y ahora leo en diagonal o como sea... ya me da igual. No puedo adquirir todos los libros que quiero, y el tiempo, los imprevistos y las preocupaciones arruinan los planes por lo que leo menos de lo que quisiera y...

Horacio: Ya no puedes leer como antes...

Hamlet: Sí, hombre, veo cada vez peor y mucho de lo que se publica o se publicó ya ni me llama la atención con sus lindas portadas, por muy premiado que sea y/o que se venda como churros.
Tengo una ruma de la que estoy harto hasta de verla. Con el Anecdotario y el tema de las fechas librescas le estoy sacando algo de provecho pero el 2024 a la ruma la disminuyo como sea: O leo o regalo o vendo pero ya no quiero que me fastidie a diario toparme con ella.

Horacio: Sí, claro, por eso te pusimos el apodo de don Avelino, el amigo de Silvestre Paradox, y encima compraste más libros...

Hamlet: No fastidies, ese Avelino es un maniático con libresco síndrome de Diógenes, y de mi parte adquirí menos porque todo ha subido de precio, me siento aburrido y sólo de milagro me regalaron 2 libros. Y no vengas con lo del tsundoku que es acumular todo tipo de material de lectura... porque yo sí los leo... les doy aunque sea una repasadita pero los leo.

Mira, cuando me hablan de algún libro más o menos conocido tengo una idea de cuál es porque aunque sea los hojeo si se puede o averiguo información sobre autores y obras.

De otros no sé porque se publican miles cada año y luego investigo por curiosidad.

Me están dando unas recaídas heredadas por la fina cortesía del covid y que me arruina todo lo planeado.

Pues a lo que dijiste repito: Iré poniendo lo que pueda en el blog.

Lo de las efemérides en el blog será de fechas puntuales e importantes y seleccionadas, no de todo lo habido y por haber, y además revisar tanto dato en libros y sitios de Internet cansa bastante física y mentalmente y ya estoy muy viejo para tanto trote (un artículo sobre cada fecha impone gastar 2 o 3 horas investigando. No es copiar y ahí quedó la cosa: hay que tener cierta seguridad en lo que publicas en un blog). 

Horacio: Claro, porque tu blog con ese plan va a ser el refugio de las telarañas.

Ah sí, te vi en la feria y como don Quijote te pasaste comprando varios libros.

Hamlet: Tenía que aprovechar las ofertas. Por un momento estando ahí sintiéndome decaído pensé que no iba a comprar nada y dar la vuelta e irme y luego de pasado un rato viendo el panorama libresco me animé. Los nuevos libros estaban caros y por ello me lancé a la piscina de los usados en oferta y compré varios. Creo que alguno de los adquiridos ya lo había leído hace años pero como ese así como los otros eran de mi interés pues los compré. Unos serán para consulta y otros me servirán de lectura en algún momento. Después me vino un dolor de pies porque estuve más de tres horas parado mirando lo que había y seleccionando lo que pensaba comprar.

No te sorprenda, hay gente que compra más de 200 libros en un año. Su casa con tanto anaquel más parece biblioteca o un almacén de libros, y los parientes piensan que no hay o falta espacio y empiezan a discutir por los libros.

Ojalá mejore mi situación laboral porque esta inestabilidad me revienta el hígado y aburre esperar tanto. 

Ser o no Ser, pues prefiero Ser alguien que sabe de algo y lo piensa y de algo le servirá el conocimiento en algún momento que no puedo ni adivinar, que estar en el montón de los ignorantes que no leen ni averiguan nada salvo lo trivial y olvidable. Además enseño y no tengo excusas para quedarme sólo en lo mismo de siempre y en repetir eso que es de lo más tedioso.

Ahora acompáñame a dar una vuelta por ahí.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

El Mejor Consejo que Jamás Oí - I


Por Herbert Morrison
Político inglés

Una Noche en Londres, a eso de la diez, pasé por cierta esquina del escasamente alumbrado barrio de Brixton. Dentro del círculo de claridad vacilante bosquejado por una lámpara de gas, un hombre alto, pálido, peroraba ante un pequeño grupo de curiosos desde su pequeña tribuna portátil.

«Aprended del tema más interesante del mundo… ¡el conocimiento de uno mismo! –gritaba con voz correosa. ¡Aprended cómo se conquista el éxito! ¿Cuáles son vuestras aptitudes para vencer? La frenología os lo dirá».

Tremolaba en la mano un diagrama del cráneo humano, pintorescamente dividido en secciones «historia, matemáticas, memoria», etc., etc.

Yo mandadero entonces de una tienda de comestibles, no tenía la menor idea de lo que la frenología pudiera ser. Pero, si las protuberancias de mi cabeza de rapaz de 15 años señalaban algunas de aquellas capacidades magníficas, necesitaba enterarme de cuáles eran.

Avancé hacia el hombre y le alargué la imprescindible moneda de seis peniques, gasto excesivo para mi pobreza. El frenólogo puso las yemas de sus dedos sobre mi cráneo, protuberancia por protuberancia.
 «Este relieve que se nota sobre las cejas es signo de originalidad. Frente muy bien redondeada (memoria). ¿Has visto alguna vez un retrato de Macaulay? Tenía la protuberancia de la memoria tan grande como un huevo ».

Terminada la interpretación, el hombre me miró a los ojos, y bajando la voz, me dijo gravemente:
« Te ha caído en suerte una buena cabeza ¿Qué es lo que lees?»

-Folletines policíacos –le dije- y novelas cortas.

-Mejor esa bazofia que nada. Pero tienes una cabeza demasiado buena para emplearla en eso. ¿Por qué no materias mejores… historia, biografía? Lee lo que te plazca, pero adquiere el hábito de la lectura seria.

Me lisonjeó que este examinador de innumerables cabezas haya encontrado algo especial en la mía. Camino de mi casa el corazón me palpitaba de prisa. «Herbert Morrison tienes una cabeza demasiado buena para gastarla en vanas lecturas» -decíame también yo a mí mismo». Aunque no había recibido más educación que la de la escuela primaria, me encontraba capaz de acometer lecturas serias.

Al día siguiente, con un chelín ahorrado de mis siete semanales de sueldo, compré un ejemplar de la Historia de Inglaterra, de Macaulay. A pesar de lo que teníamos en común el autor y yo (la protuberancia de la memoria) terminé el libro con una sensación de desencanto. Trataba de asuntos pretéritos demasiado remotos. Días adelante, descubrí Las Lecturas de la Historia de Inglaterra, de Green, obra más moderna que encendió mi fantasía. Por ella adquirí plena conciencia de los problemas sociales, y me di a imaginar cómo podrían mejorarse las condiciones en que vivían los trabajadores londinenses que veía a mi alrededor.

La embriaguez, por ejemplo. ¿Por qué -me preguntaba- tantos individuos beben y beben hasta idiotizarse? ¿No podríamos contenerlos? ¿No podríamos prohibir la venta de bebidas alcohólicas?

Antes yo había divagado ociosamente acerca de problemas de esa índole, hasta darles de lado por insolubles. Ahora, gracias al frenólogo, sabía bien a qué atenerme.

En la biblioteca pública, comencé por leer folletos contra el alcoholismo. De ellos pasé pronto a estudios sobre la revolución industrial y la situación de las clases trabajadoras contemporáneas. Problemas como el de la mala vivienda, altos alquileres, el de la educación deficiente adquirieron verdadero significado para mí. Tuve para la gente que frecuentaba las tabernas una mirada más comprensiva.

Se apoderó de mi alma la emoción de aprender, uno de los mayores gozos que he conocido. Luché por conseguirme tiempo y lugar para leer. Me levantaba una hora antes de lo usual. Luego de vestirme en el cuarto sin calefacción que ocupaba encima de la tienda, me envolvía en una frazada y leía lo que me era posible antes de que la mujer del tendero me llamase a desayunar. Mi habitación era demasiado fría para poder leer en casa durante la noche: y así adopté la costumbre de hacerlo en un café situado a varias cuadras de la tienda. Me sentaba allí con mi libro ante una mesa apartada, pedía una taza de chocolate de medio penique y me estaba leyendo hasta muy tarde. De esta manera fui conociendo el pensamiento de Ruskin, de Matthew Arnold, del príncipe Kropotkin en sus Campos, fábricas y talleres

Posteriormente, siendo ya telefonista de una cervecería, leí los Principios de Psicología, de Spencer y el Origen de las Especies, de Darwin, mientras iba o venía del trabajo en el autobús o el tren.

Mi mente hervía de ideas que a cada momento me era dable confrontar con la realidad. Eché discursos en los mitines socialistas, en las reuniones sindicales y en las discusiones al aire libre. Sustentaba teorías respecto a cómo debían desarrollarse un centenar de diferentes proyectos, desde los de salubridad pública y vivienda hasta los de biblioteca y organización laboral, pasando por los de inspección sanitaria y cloacas, recogida de basuras y baños públicos. (Me sentía personalmente interesado en este último problema, pues tenía que caminar tres kilómetros para poder darme mi friega semanal).

Inevitablemente, terminé por actuar como miembro del movimiento político laborista. Mis campañas me hicieron sentir la necesidad de más amplias y profundas lecturas, al objeto de capacitarme para expresar mis pensamientos y apoyar mis conclusiones. Con frecuencia el auditorio me acribillaba a preguntas. Cuando se planteaba un problema difícil, salía del paso como podía y aquella noche buscaba datos con ahínco en la biblioteca. Era maravillosa la frecuencia con que la misma cuestión se suscitaba en el mitin siguiente.
Huelga decir que toda esta experiencia constituyó valiosa preparación para mi carrera en la Cámara de los Comunes.

He pasado no pocas horas agradables escuchando la radio, y alguna contemplando la pantalla de la televisión. Aplaudo la forma dramática en que por esos artificios modernos  llega a la gente copiosa información útil. Pero no he oído ni visto nunca un programa radiofónico o de televisión que pueda superar el valor de la lectura de un buen libro. Por eso viviré siempre agradecido a mi amigo anónimo, el frenólogo de la esquina que me dio el mejor consejo que jamás oí: adquiere el hábito de la lectura seria.


Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo XXXI, N° 186,  Mayo de 1956, pp. 41-43, Selecciones del Reader’Digest S.A, La Habana, Cuba