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domingo, 17 de mayo de 2026

Por qué la Torre de Pisa y otras edificaciones se inclinan pero no se caen

 

 

Por Daisy Stephens
Servicio Global de la BBC 

 

La Torre Inclinada de Pisa es uno de los monumentos más emblemáticos de Italia.

No es la única estructura que se inclina hacia un lado: desde las Casas Bailarinas de los Países Bajos hasta la Pagoda de la Colina del Tigre en China, hay monumentos torcidos por todo el mundo.

Pero ¿por qué se inclinan? ¿Y por qué eso no significa necesariamente que vayan a caerse?

 

¿Por qué se inclinan algunos edificios?

Hay varias razones que explican por qué las estructuras se inclinan hacia un lado, según Mandy Korff, profesora asociada de prácticas geotécnicas en la Universidad Técnica de Delft en los Países Bajos.

En algunos casos, como el de las emblemáticas Casas Bailarinas de los Países Bajos, se debe al tipo de cimientos que se emplean para su construcción.

"En el centro de Ámsterdam, la mayoría de las casas están construidas con pilotes de madera", dice Korff.

Las Casas Bailarinas de Ámsterdam están construidas sobre pilotes de madera, lo que les confiere una apariencia torcida.

 

Explica que los pilotes se instalan por pares bajo las paredes y las fachadas de los edificios.

Se adentran 12 metros en el suelo, que está compuesto de arcilla blanda, turba o arena.

"Si son así y los pilotes se mantienen en buen estado, entonces no le pasa nada a las casas", afirma.

Pero añade que, si empiezan a degradarse o a pudrirse, pueden aparecer grietas, y el deterioro desigual o la distribución desequilibrada del peso pueden hacer que los edificios se inclinen con el tiempo.

 

El caso de Pisa

Las condiciones del suelo también pueden hacer que los edificios se inclinen hacia un lado, como ocurre con la emblemática Torre de Pisa.

Nunziante Squeglia, profesor de mecánica de suelos y cimentaciones en la Universidad de Pisa, forma parte de un equipo que supervisa la inclinación de la torre.

"La torre comenzó a inclinarse desde el inicio de su construcción debido a que el suelo es extremadamente blando. [Se hundió] entre 3 y 4 metros", le dijo Sgueglia al programa de radio de la BBC Witness History.

Los edificios también pueden inclinarse debido a cambios provocados por el hombre en el suelo. Por ejemplo, la torre de la Oude Kerk, o Iglesia Vieja, en Delft.

"Es mucho menos conocida, [pero] se inclina más o menos de la misma manera que la Torre de Pisa", señaló Korff.

La torre de la Oude Kerk en Delft se inclina hacia un lado, en parte debido a la presencia de un canal.
 

"Se inclina hacia el canal porque el suelo de un lado fue excavado para construirlo y ahí es más blando. Así que hay menos presión para mantenerla erguida y, cuando la construyeron, empezó a inclinarse".

Los cambios en las aguas subterráneas también pueden hacer que un edificio se incline. Korff advirtió que a veces los edificios se inclinan por diseño.

"Muchas casas en Ámsterdam se construyen inclinadas hacia delante porque así es como se construían las casas de comerciantes en el pasado", explicó.

"A menudo se construían a lo largo de los canales para el almacenamiento. Se construían para que se inclinaran hacia delante para facilitar el transporte al interior de la casa", precisó.

"Si se inclinan hacia delante, no significa que haya un problema. Pero cuando se inclinan hacia un lado, sabes con certeza que esa no era la intención".

 

Corregir la inclinación

¿Por qué no nos preocupan más estas estructuras inclinadas?

Según Korff, un edificio inclinado no significa necesariamente que no sea sólido desde el punto de vista estructural.

"Tiene que inclinarse bastante para ser estructuralmente inestable", afirma.

Pero a veces hay que corregir las inclinaciones, como fue el caso de la Torre Inclinada de Pisa.

Aunque la torre comenzó a inclinarse muy pronto, las mediciones mostraron que la situación empeoró en el siglo XX, con un aumento constante de la inclinación.

La Torre Inclinada de Pisa comenzó a inclinarse cada vez más, hasta que tuvo que ser enderezada para garantizar su seguridad.
 
 
"La situación era muy preocupante", recuerda Squeglia.

Y entonces, en 1989, se derrumbó la Torre Cívica de la ciudad italiana de Pavía.

Según Squeglia, ese fue el "desencadenante" y la Torre de Pisa se cerró un año después.

Hubo muchas ideas sobre cómo enderezar ligeramente la Torre Inclinada de Pisa para que volviera a ser segura.

"La técnica elegida fue la extracción de tierra", explica Squeglia. "Sin tocar la torre, se extrajeron 37 metros cúbicos de tierra del lado norte de los cimientos".

Y la torre volvió a abrir 11 años después.

 

Un caso "especial"

Pero este método para enderezar un edificio no es habitual, según Korff. "Eso es muy especial para Pisa; no se haría así en condiciones normales".

Si un edificio inclinado tiene pilotes de madera, como las casas de Ámsterdam, sustituir los cimientos puede evitar que la inclinación empeore, pero es "invasivo" e implica retirar la planta baja.

También es posible corregir una inclinación levantando la casa con gatos hidráulicos, del mismo modo que se haría con un auto, señala Korff, pero a veces eso puede causar más daño que bien.

Las obras de estabilización de la Torre de Pisa tomaron 11 años y finalizaron en 2001.
 
 
"Si está muy inclinada, también es peligroso enderezarla porque la casa se ha adaptado en cierto modo a la inclinación", dice. "Hay que tener mucho cuidado, al menos para no empeorar las cosas".

Aunque algunos edificios pueden estabilizarse, también hay inconvenientes.

"Se pueden hacer todo tipo de cosas con los edificios, todo es posible", apunta Korff. "Pero cuesta bastante dinero y es complicado".

 

El impacto del cambio climático

 
Miles de casas en los Países Bajos corren el riesgo de sufrir daños porque sus cimientos de madera quedan expuestos cuando bajan las aguas subterráneas.
 
 
La investigación de Korff revela que sólo en los Países Bajos hay alrededor de 75.000 casas construidas sobre pilotes de madera que corren riesgo de sufrir daños y casi el triple están en peligro debido a cimientos poco profundos.

Y estos problemas podrían empeorar.

"Con el cambio climático y las transformaciones en las aguas subterráneas, a veces observamos cambios más rápidos", afirma Korff.

Si el nivel freático desciende, los pilotes de madera quedan expuestos al aire, lo que puede acelerar los daños.

Los cambios en las aguas subterráneas también pueden afectar a las capas del suelo, lo que tiene un efecto dominó en las casas con diferentes tipos de cimientos.

Sin embargo, añadió que se trata de un proceso lento.

En cuanto a la Torre Inclinada de Pisa, su inclinación se redujo en más de 40 centímetros tras 11 años de obras, que finalizaron en 2001.

Los ingenieros creen que su futuro está asegurado al menos durante los próximos 200 años.

 

 Fuente: Torre de Pisa
 
 

jueves, 30 de abril de 2026

Por qué los chatbots de IA pueden estar volviéndote más tonto

 

 
 
 
Por Melissa Hogenboom
BBC Culture*
 
 
Varios investigadores advierten que a medida que los grandes modelos de lenguaje asuman más tareas cognitivas, habrá un costo que pagar por esta externalización mental.

Cuando la investigadora Nataliya Kosmyna estuvo buscando pasantes, notó que las cartas de presentación que estaba recibiendo eran sospechosamente similares. Eran extensas, pulidas y, tras las presentaciones iniciales, a menudo saltaban a establecer una conexión abstracta y arbitraria con su trabajo.

Le resultó evidente que los candidatos estaban utilizando grandes modelos de lenguaje (LLM) -una forma de inteligencia artificial que impulsa a chatbots como ChatGPT, Google Gemini y Claude- para redactar sus cartas.

Al mismo tiempo, durante las clases en el campus del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), Kosmyna -quien estudia la interacción entre los humanos y los computadores- empezó a observar que varios estudiantes estaban olvidando los contenidos más fácilmente de lo que ocurría hace unos años atrás.

Ante la creciente dependencia que hay de los LLM, la profesora tuvo la intuición de que podrían estar afectando la cognición de sus estudiantes y decidió profundizar en el asunto para entenderlo mejor.

La preocupación

La preocupación de investigadores como Kosmyna es que, si llegamos a depender de la IA en exceso, se podría afectar el lenguaje que utilizamos e incluso nuestra capacidad para realizar tareas cognitivas básicas.

Actualmente existe un creciente conjunto de investigaciones que sugieren que esta "descarga cognitiva" hacia la IA puede tener un efecto corrosivo en nuestras capacidades mentales. Las consecuencias podrían ser alarmantes e incluso contribuir al deterioro cognitivo.

Es bien sabido que las herramientas que utilizamos pueden modificar nuestra forma de pensar.

Con la llegada de Internet, por ejemplo, tareas que antaño requerían una investigación exhaustiva podían resolverse simplemente introduciendo una consulta sencilla en un cuadro de búsqueda.

A medida que se intensificó el uso de los motores de búsqueda, diversas investigaciones revelaron que nuestra propensión a recordar detalles disminuía; un fenómeno que se ha bautizado como "el efecto Google". (Algunos, no obstante, sostienen que Internet actúa también como un sistema de memoria externa que libera a nuestro cerebro para dedicarse a otras tareas).

Sin embargo, actualmente hay una creciente inquietud ante la posibilidad de que, a medida que delegamos una parte cada vez mayor de nuestro pensamiento a los grandes modelos lingüísticos (LLM) y otras formas de inteligencia artificial, los efectos sobre nuestra memoria y nuestra capacidad para resolver problemas puedan agravarse.

Las herramientas de inteligencia artificial son capaces de componer poesía convincente, ofrecer asesoramiento financiero e incluso brindar compañía.

Asimismo, los estudiantes están delegando cada vez más sus propias tareas a estas herramientas de IA.

Diversos estudios han demostrado ya que los jóvenes podrían ser especialmente vulnerables a los efectos negativos que el uso de la IA puede ejercer sobre habilidades cognitivas fundamentales, tales como el pensamiento crítico.

Kosmyna, sin embargo, quiso profundizar aún más en el análisis de estos posibles efectos.

 

Esfuerzo mental reducido

Ella y sus colegas del MIT Media Lab reclutaron a 54 estudiantes para redactar ensayos breves y los dividieron en tres grupos.

A uno se le indicó que utilizara ChatGPT. Un segundo grupo podía usar el buscador de Google, con los resúmenes generados por IA desactivados. El tercero no utilizó tecnología alguna. Se midieron las ondas cerebrales de cada estudiante mientras realizaban la tarea.

Los temas de los ensayos se plantearon deliberadamente de forma abierta, lo que significaba que la tarea requería muy poca investigación; las consignas incluían preguntas relacionadas con la lealtad, la felicidad o las decisiones que tomamos en nuestra vida cotidiana.

Los resultados aún no se han publicado en una revista científica, pero, no obstante, resultaron reveladores, según Kosmyna.

Aquellos que recurrieron únicamente a su propia mente mostraron un cerebro que estaba "en llamas", evidenciando una actividad generalizada en muchas de sus áreas, según dijo la experta.

El grupo que solo utilizó el buscador mostró una actividad intensa en las zonas visuales del cerebro; sin embargo, el grupo que empleó ChatGPT presentó una actividad cerebral notablemente inferior: se redujo hasta en un 55 %.

"El cerebro no se quedó dormido, pero hubo mucha menos activación en las áreas correspondientes a la creatividad y al procesamiento de la información", señala Kosmyna.

ChatGPT también afectó la memoria de los participantes. Tras entregar sus ensayos, los integrantes del grupo que utilizó la IA fueron incapaces de citar fragmentos de sus propios textos, y varios de ellos sintieron que no tenían ningún sentido de autoría sobre el trabajo realizado.

Otros estudios también han demostrado que las personas pierden capacidad para retener y recordar información cuando utilizan herramientas de inteligencia artificial como ChatGPT.

 

Los investigadores tienen cada vez más inquietudes sobre los daños que la rápida adopción de la IA podría estar causando.

 

Si bien los hallazgos aún se encuentran en fase de revisión por pares, guardan similitud con los de otros estudios.

Una investigación realizada por expertos de la Universidad de Pensilvania sugiere que algunas personas experimentan lo que denominan "rendición cognitiva" al utilizar chatbots de inteligencia artificial generativa.

Esto implica que tienden a aceptar lo que la IA les dice con un escrutinio mínimo, e incluso permiten que esta interpretación prevalezca sobre su propia intuición.

Es posible observar efectos similares fuera del ámbito de los chatbots de IA, incluso en situaciones de vida o muerte.

Un equipo de investigación multinacional descubrió recientemente que los profesionales médicos que utilizaron una herramienta de IA para el cribado del cáncer de colon durante tres meses mostraron, posteriormente, una menor capacidad para detectar tumores sin la ayuda de la herramienta.

Delegar el trabajo a la IA conlleva también el riesgo de perder gran parte de la creatividad que genera obras originales, advierte Kosmyna.

Los ensayos que los estudiantes de su estudio redactaron con ChatGPT resultaron ser muy similares entre sí y fueron calificados por los profesores que los evaluaron como "carentes de alma", al carecer de originalidad y profundidad, señala Kosmyna.

"Uno de los profesores llegó a preguntar si los estudiantes se habían sentado uno al lado del otro, dado lo sumamente parecidos que eran los ensayos".

Si bien estudios como este ilustran los efectos a corto plazo que los modelos lingüísticos grandes (LLM) pueden tener en el cerebro, sus repercusiones a largo plazo resultan mucho menos claras.

El estudio realizado por Kosmyna y sus colegas ofrece un primer atisbo al respecto.

Cuatro meses después del estudio inicial, pidieron a los estudiantes que redactaran otro ensayo; sin embargo, en esta ocasión, se indicó a aquellos que habían utilizado ChatGPT que trabajaran sin el apoyo de un LLM.

La conectividad neuronal en sus cerebros resultó ser inferior a la de aquellos que habían realizado la transición en sentido inverso, lo cual podría sugerir que, en un primer momento, no se habían involucrado adecuadamente con los temas tratados.

Deterioro cognitivo

Se desconoce cuáles puedan ser los efectos que pueda tener el uso excesivo de LLM a largo plazo en las capacidades cognitivas.
 
 
Los grandes modelos de lenguaje (LLM) pueden ser una herramienta positiva para estimular el pensamiento, pero sólo si no dependemos de ellos delegando nuestras tareas mentales en el proceso, asegura la neurocientífica computacional Vivienne Ming, autora de "Robot Proof".

No obstante, le preocupa que esta no sea la forma en que la mayoría de las personas interactúa con esta tecnología.

Su razonamiento se basa en una investigación que llevó a cabo para su libro, durante la cual Ming le pidió a un grupo de estudiantes de la Universidad de Berkeley que predijeran resultados del mundo real, como el precio del petróleo.

Descubrió que la mayoría de los participantes simplemente había acudido a la IA y copiado la respuesta.

Midió la actividad de las ondas gamma en sus cerebros -un indicador del esfuerzo cognitivo- y se dio cuenta que mostraba una activación muy escasa.

Vale la pena reiterar que su investigación aún no ha sido publicada; sin embargo, a Ming le inquieta que, si sus hallazgos se ven confirmados por estudios posteriores, esto podría tener implicaciones a largo plazo.

Otras investigaciones, por ejemplo, han vinculado una actividad débil de las ondas gamma con el deterioro cognitivo en etapas avanzadas de la vida.

"Eso es realmente preocupante", afirma Ming. "Si ese se convierte en el modo natural en que las personas interactúan con estos sistemas -y estamos hablando de chicos inteligentes-, es algo negativo".

El pensamiento profundo, sostiene, es nuestro superpoder.

"Si no lo ejercitamos, las implicaciones a largo plazo para la salud cognitiva son sumamente significativas".

Esto se debe a que, cuando dependemos de los LLM, se requiere muy poco esfuerzo cognitivo, pero Ming añade que precisamente lo que un cerebro sano necesita es esfuerzo cognitivo.

 
Los expertos dicen que se puede moderar la manera en la que usamos la IA para evitar que afecte nuestra cognición.
 
 
Sin embargo, un pequeño subconjunto de participantes -menos del 10 %- trabajó de manera diferente y utilizó la IA como herramienta para recopilar datos que luego ellos mismos analizaron.

Estos individuos realizaron predicciones más precisas que los demás participantes y mostraron también una mayor activación cerebral.

Hace casi dos décadas, Ming predijo que, en un plazo de 20 a 30 años, íbamos a poder ver un aumento estadísticamente significativo en las tasas de demencia, directamente relacionado con nuestra excesiva dependencia de Google Maps.

"Mi intención era ser provocadora", afirma Ming. "Si no tienes que pensar en cómo orientarte, entonces se producirá algún efecto detectable".

Si bien no disponemos de datos sobre esta predicción exacta, el uso cada vez mayor del GPS se ha vinculado con un deterioro de la memoria espacial a lo largo del tiempo, según un estudio realizado con 13 personas a lo largo de tres años.

Además, una deficiente navegación espacial podría ser un posible predictor de la enfermedad de Alzheimer, de acuerdo con otro estudio.

Resulta evidente que, cuanto más activo se mantiene nuestro cerebro, mayor es su protección frente al deterioro cognitivo.

Por consiguiente -señala Ming-, los grandes modelos de lenguaje (LLM) no solo podrían mermar la creatividad, sino también perjudicar la cognición y, potencialmente, aumentar el riesgo de padecer demencia.

A medida que aumenta el uso de herramientas de IA, debemos trabajar con ellas de una manera que nos beneficie en lugar de perjudicarnos.

Ming sugiere que, en última instancia, el objetivo podría ser una forma de "inteligencia híbrida" en la que humanos y máquinas "aborden las tareas difíciles" de manera conjunta.

Con esto, ella quiere decir que primero debemos pensar por nuestra cuenta y utilizar las herramientas posteriormente para que nos desafíen, en lugar de simplemente permitir que respondan a nuestras preguntas.

Kosmyna coincide con este planteamiento y sugiere aprender las distintas materias sin recurrir a herramientas de IA en una primera etapa -a fin de sentar unas bases sólidas- para, solo entonces, considerar el uso de los grandes modelos de lenguaje (LLM).

Ming recomienda emplear lo que ella denomina la "instrucción némesis" para poner a prueba el razonamiento propio.

Este método consiste en pedirle a la IA que asuma el rol de un "enemigo acérrimo" o némesis y, a continuación, pedirle que explique detalladamente por qué nuestras ideas son erróneas y cómo podríamos corregirlas; de este modo, nos vemos obligados a defender y perfeccionar nuestros argumentos, en lugar de limitarnos a aceptar las respuestas que la herramienta nos ofrece.

Otra técnica que ella propone consiste en priorizar la "fricción productiva", solicitando a la IA que se limite a proporcionar contexto y plantearnos preguntas, en lugar de facilitarnos las respuestas directamente.

Al poner a prueba este método -mediante la configuración de un bot de IA para que se abstuviera de dar soluciones-, observó que los usuarios mostraban un mayor grado de implicación y participación.

En definitiva, todos deberíamos mantenernos alerta ante los atajos cognitivos, algo que -tal como señala Kosmyna- "a nuestro cerebro le encanta".

Evidentemente, para garantizar la salud cerebral a largo plazo, resulta indispensable que sigamos planteándonos desafíos constantes.

En este proceso, nuestra mente, nuestra creatividad y nuestra salud cognitiva saldrán beneficiadas.

Esta es una adaptación al español de una historia publicada originalmente por BBC Culture. Para leer la versión en inglés, haz clic aquí.

 

Fuente: Chatbots de IA 

martes, 7 de octubre de 2025

Edmond Locard, detective sin par

 


 

El Sherlock Holmes francés que puso la ciencia al servicio de la justicia y llegó así  a ser uno de los padres de la moderna criminología 


Por François Corre


CIERTO DÍA del año 1915, un sacerdote se presentó en la Sección de Criptología del Ministerio de la Guerra francés, en París, a ofrecer una clave ideada por él. Tenía gran afición a la literatura, explicó, y la criptografía era su pasatiempo predilecto. Había trabajado durante cuatro años en la elaboración de su clave y creía que ningún especialista en la materia podría descifrarla. Informó al funcionario encargado de la sección que había cifrado un texto famoso de la literatura francesa y que se lo dejaba hasta el día siguiente, para que los especialistas juzgaran el trabajo.

Un teniente de reserva, de 38 años de edad, aceptó inmediatamente la prueba que se lo proponía. Su experiencia le permitió ver en seguida que aquella cifra parecía ser realmente impenetrable y, por tanto, decidió enfocar el problema de otro modo: “¿Qué famoso texto   que hubiera elegido el sacerdote?” se preguntó. Sin duda sería un pasaje que fuera muy familiar para él. Muy probablemente una de las fábulas de La Fontaine. Les deux Pigeons (Los dos pichones) podía muy bien ser una obra predilecta de aquel hombre y su extensión era poco más o menos la misma que la del texto cifrado.
El teniente corrió a la ventana.
El sacerdote bajaba los escalones de la entrada del edificio cuando lo llamó:
—¡Un momento, padre! —¡Deux pigeons s’aimaient d’amour tendre! (Dos pichones se amaban tiernamente).
Durante un momento, el sacerdote quedó estupefacto y luego se sentó pesadamente en el segundo escalón, totalmente abatido.

Hombre universal

El funcionario que había resuelto el enigma con tan asombrosa rapidez era el Dr. Edmond Locard, director del Laboratorio Científico de la Policía de Lyon y uno de los padres de la moderna criminología.  Era un hombre universal, que no sólo tenía interés, por la investigación de los delitos, sino también por la grafología, la música, el arte, la filatelia, las matemáticas, la botánica y, sobre todo, la gente.

Innumerables veces, valiéndose de sus vastos y variados conocimientos, había sorprendido y descubierto a algún criminal.
Una vez, habiéndose encontrado en Mont d’Or, montañas situadas no lejos de Lyon, el cadáver de un ingeniero asesinado, Locard fue a examinar el lugar del crimen. No había huellas digitales en el arma usada por el asesino, ni, al parecer, se halló la más ligera pista cerca del cadáver. Al día siguiente, cuando iba a su oficina en el Palacio de Justicia, Locard pasó por la habitación donde se hallaban reunidos los vagabundos arrestados la noche anterior. De pronto, se detuvo. Había observado en la manga de uno de ellos una espora minúscula de una rara especie de diente de león, especie que creía, según había visto, cerca del cadáver del hombre asesinado. Además, en la chaqueta del vagabundo aparecía una mancha oscura. Analizada esta última por encargo de Locard, resultó ser sangre del mismo tipo que la de la víctima. Al interrogarlo, el vagabundo no pudo resistir y confesó su crimen.

Antes que el profesor Locard profesase la criminología, nada en su vida indicaba que llegaría a ser uno de los más eminentes especialistas en esta ciencia. 
Nació Locard en Saint-Chamond (Loira) en 1877, en el seno de una familia rica y culta.
Hasta los 33 años de edad no ejerció ninguna profesión. Su padre le aconsejó que estudiara medicina y él se hizo médico. Por otra parte, su madre sostenía que nadie podía ser un auténtico hombre de mundo sin educación legal, de forma que Locard se graduó también en leyes. Leía mucho y sus lecturas comprendían gran variedad de asuntos. 
Llegó a hablar bien cinco idiomas extranjeros y aprendió a leer once, entre ellos el hebreo y el sánscrito.

Como Locard gustaba de contar después con frecuencia, fue un aguacero tormentoso lo que decidió el curso de su vida. Paseaba un día por Lyon con el Dr. Jean Alexandre Lacassagne, uno de sus profesores en la facultad de medicina y famoso perito en medicina legal, cuando un súbito aguacero les obligó a los dos a guarecerse en un portal. Lacassagne, que detestaba perder el tiempo, sacó de su cartera una revista argentina de criminología y pidió a Locard que le tradujera un artículo que trataba de los criminales consuetudinarios. A Locard le pareció tan interesante el asunto, que en ese mismo momento decidió cuál había de ser la tarea de toda su vida.

Comenzó a devorar decenas de obras de criminología y buscó relacionarse con los más distinguidos especialistas conocidos entonces. 
Viajó a Alemania, Bélgica, Holanda y Gran Bretaña para estudiar nuevos métodos, y pronto comenzó a dar conferencias sobre esta novísima ciencia, la criminología, en sociedades y en agrupaciones cívicas.
Finalmente, a fin de utilizar de modo práctico sus vastos conocimientos, fue a ver a Henri Cacaud, jefe de la policía regional de Lyon. En ninguna parte del mundo, le dijo Locard, se perseguía e identificaba a los criminales como se debía hacer.
Cierto que en varios países había peritos y cada uno de ellos lograba excelentes resultados en su propio campo, pero en ninguna parte existía un equipo permanente de científicos y técnicos dedicados a emplear todos los recursos de la ciencia para descubrir a los malhechores.
Si Cacaud estaba dispuesto a ayudarle, él, Locard, establecería en Lyon el primer laboratorio criminológico del mundo.

Obra de un precursor

Locard se mostró persuasivo, y Cacaud accedió a permitirle que intentara la realización de su proyecto. El jefe puso a su disposición dos desvanes del Palacio de Justicia y le asignó como ayudantes a dos agentes.
El 10 de enero de 1910 comenzó a funcionar el Laboratorio Científico de Policía. Desde el principio Locard estableció una estricta regla, que ha llegado a ser un principio de la investigación policíaca: Hasta que no lleguen los especialistas del laboratorio, no se debe tocar nada en el lugar del crimen.
Locard explicaba con frecuencia: “Es imposible que alguien ejecute algún acto, especialmente con la intensidad propia de un acto criminal, sin dejar huella o rastro en el lugar del crimen”.

Descubriendo y analizando estas huellas o rastros, Locard habría de resolver un número de misterios increíblemente grande.

Por supuesto, las huellas más valiosas son las que deja el cuerpo del criminal, sobre todo sus huellas digitales. Peo en 1910, pocos eran los funcionarios de la policía que creía en la dactiloscopia (o sea el examen de tales huellas). Locard utilizó este método, en forma impresionante, en uno de sus primeros casos.
En el lugar de un robo, en la calle Ravat, en Lyon, descubrió huellas digitales en un vaso azul.
La policía arrestó después a un sospechoso cuyas huellas digitales eran idénticas a las encontradas en el vaso, pero el hombre tenía una coartada perfecta y testigos que lo respaldaban. Hasta entonces, los tribunales habían dado más valor a los testimonios que a las huellas digitales. Esta vez, la formidable precisión de Locard convenció a los jueces. Por primera vez en Europa un hombre era enviado  a prisión no habiendo más pruebas de su delito que huellas digitales. La moderna policía había logrado una victoria decisiva.

Sin embargo, con mucha frecuencia las huellas digitales encontradas en el lugar del crimen son imperfectas o se hallan medio borradas y, por tanto, no sirven para identificación por los procedimientos ordinarios. Locard estudió la distribución de los poros en la superficie palmar de los dedos de la mano y comprobó que formaban figuras características, identificables incluso en el fragmento más diminuto de una huella dactilar.  Esta nueva técnica, a la que él denominó “poroscopia”, le permitió resolver uno de sus casos más divertidos.

Una noche Locard fue a un salón de baile frecuentado por el hampa de Lyon. Allí se topó con un ladrón bien conocido, apodado “Bébert”, quien comenzó a burlarse de los métodos “científicos” de Locard y se jactó de que podía cometer un robo sin dejar la huella más leve.
Pocos días después, una casa, no lejos de la residencia de Locard, recibió la “visita” de un extraño ladrón que vació en el suelo el contenido de todos los cajones, pero sólo se llevó un anillo. 

Locard, sospechando que Bébert estaba cumpliendo el reto que le había lanzado, redobló sus esfuerzos, pero no pudo encontrar nada. Por fin, al cabo de varios días, descubrió en el alféizar de una ventana una bolita de sebo endurecido, poco mayor que la cabeza de un alfiler, en la que había un fragmento de huella digital. Examinada al microscopio, la figura característica formada por los poros resultó idéntica a la que aparecía guardada en el archivo de la policía. El ladrón había cometido el error de quitarse los guantes para encender una vela, le cayó cera en el índice de la mano izquierda, la cera se le desprendió y cayó en la base de la ventana. Locard le puso a Bébert la prueba ante los ojos, y el ladrón, estupefacto, reconoció que Locard había sido más listo que él.

Siguiendo el rastro

Locard logró algunos de sus éxitos más sensacionales como perito en grafología. Dedicó un largo tratado a cierta categoría especial de falsificación: la que se ejecuta cuando una persona guía, a veces por la fuerza, la mano de otra, por lo general la de una persona enferma o moribunda, lo que suele a hacer con el fin de lograr de este modo una herencia.
Locard intervino como investigador en docenas de casos. En uno de ellos, una mujer murió súbitamente seis meses después de casarse, habiendo nombrado como heredero universal a su esposo. La policía se enteró de que, si bien la hacienda propia de la difunta era modesta, pocos días antes de su muerte había recibido, de una amiga íntima suya, una gran herencia. El testamento de la amiga estaba trazado con letra clara y mano firme, pero el de su heredera aparecía escrito con débiles y vacilantes garrapatos.

Un minucioso examen del testamento de la amiga permitió a Locard descubrir que era una falsificación: se habían recortado las palabras de varios documentos manuscritos, las habían pegado en el debido orden, las fotografiaron y, por último, las litografiaron en papel legal. Luego, cuando examinaba con luz ultravioleta el testamento de la difunta esposa, Locard observó unos rasgos casi imperceptibles (letras al parecer) en una esquina de la hoja. 
Con un tratamiento químico, pudo descifrar aquellos rasgos, que formaban estas palabras: “Fui asesinada por mi esposo”.

A la vista de esta prueba, el acusado confesó que había falsificado el primer testamento con palabras recortadas de cartas recibidas por su esposa de la amiga de esta y luego había forzado a su mujer, que estaba ya enferma, a hacer testamento en su favor, para lo cual le había guiado la mano. Sin saberlo él, la difunta había usado una horquilla para poner en el documento una desesperada denuncia final.

La imaginación y la brillante capacidad analítica de Locard hicieron de él un perito en criptografía.
En agosto de 1914, en vísperas de la batalla del Marne, Locard formaba parte del equipo que logró descifrar una clave vital del Ejército alemán. Todos los días, en la torre Eiffel, el servicio francés de información secreta interceptaba las emisiones que intercambiaban el cuartel general alemán, en Coblenza (Renania), y las tropas alemanas que estaban en el frente.
A pesar de todos sus esfuerzos los especialistas franceses no lograban descifrar los despachos. Pero, un día captaron una emisión sin cifrar que los alemanes enviaban del frente a Coblenza: “Was ist Circourt?” (¿Qué es Circourt?) Evidentemente, el cuerpo militar que preguntaba esto había recibido antes orden de Coblenza de dirigirse a la aldea de Circourt, en los Vosgos, y no la había entendido. Locard, que tenía un juego completo de los mapas militares alemanes, vio que esta aldea de Circourt estaba identificada en estos como Xivry-C.

Media hora después, Coblenza envió la respuesta en clave. Los criptógrafos franceses comprendían que esta comunicación tenía que incluir las palabras Xivry-C. Basándose en esto y trabajando activamente por espacio de varias horas, fueron capaces de descifrar la clave usada por los alemanes en el frente occidental.
Hasta 1921, tres años después del armisticio, no se enteraron los alemanes de esta hazaña que quizá cambió decisivamente el curso de la guerra.

Sin dinero, pero sin par

El interés de Locard no quedaba limitado, en modo alguno, a la investigación policíaca. Como musicógrafo, pocos le superaban, y durante la mayor parte de su vida escribió una sección acerca de la música en un periódico de su ciudad. En 1917, asistiendo a una representación de Carmen en el teatro de la Metropolitan Opera de Nueva York, le susurró a su vecino, Justin Godard, subsecretario del Ministerio de Sanidad pública francés: 
―Juraría que el oboísta es de Lyon.
Godard se quedó mirando a Locard, boquiabierto.
―No es posible que usted sepa eso ―replicó.
En el entreacto fueron los dos a ver al oboísta, quien les dijo que había nacido en un suburbio de Lyon.
―¿Cómo es posible que usted lo supiera? ―le preguntó Godard a su amigo.
Locard le explicó que en la forma de tocar del oboísta había reconocido la sonoridad y la técnica respiratoria características de los que habían aprendido a tocar instrumentos de viento en el conservatorio de Lyon.

Lyon sentía tanto afecto por Locard como este por su ciudad. Durante años, uno de los más populares programas de la radio de Lyon fue una charla semanal de ocho minutos improvisada por Locard. La asombrosa variedad de sus conocimientos y su aptitud para improvisar le permitían tratar innumerables asuntos, tanto del judo como de Berlioz, lo mismo de sellos de correo raros como de setas. Un minuto antes de que terminara su tiempo, su secretaria le hacía una señal desde la cabina de control, y él siempre se las arreglaba para terminar con una notable anécdota o con un detalle de ingenio que concluía exactamente al segundo.

Locard empleaba gran parte de su tiempo libre en dar caminatas por el campo, buscando plantas raras. Pero en días de trabajo llegaba a su oficina a las 7 de la mañana y a veces permanecía en ella hasta bien entrada la noche. Además de ejercer su profesión y desempeñar muchas actividades cívicas, se dio tiempo para escribir unos 30 libros, entre ellos, un Tratado de Criminología, en siete volúmenes, que todavía sigue siendo el texto clásico para la policía científica de todo el mundo.

Al morir, el 4 de mayo de 1966, el Dr. Edmond Locard, poseedor de 22 condecoraciones francesas y extranjeras, criminólogo científico, autor y promotor cívico, casi no tenía dinero. Sus varios trabajos de investigación le costaron casi toda la fortuna que había heredado de su familia, y para pagarse sus gastos en los últimos años de su vida tuvo que vender, uno tras otro, los valiosos sellos de correo de su gran colección. Se había negado siempre, durante su larga carrera, a convertirse en funcionario, prefiriendo trabajar por contrato, y rechazó una pensión para así conservar plenamente su independencia personal.
Para mantener un cuerpo competente de especialistas, incrementaba él, a su propia costa, los bajos sueldos que el gobierno pagaba a sus ayudantes. Cuando a los cuerpos municipales de policía criminológica se les integró en un solo cuerpo nacional, en 1942, llegaron funcionarios al laboratorio de Lyon para hacer el inventario de todo el equipo que pasaba a pertenecer al Estado y fue bien poco lo que allí encontraron: dos sillas con asiento de esparto y un mechero Bunsen.
Locard, deseoso de mantener su autonomía en el mayor grado posible, había comprado con su propio dinero todo lo demás.

En la actualidad el laboratorio fundado por él sigue funcionado activamente. Ahora hay cientos de laboratorios semejantes esparcidos por todo el mundo, y los revolucionarios procedimientos ideados en un desván del Palacio de Justicia de Lyon, han llegado a ser parte del trabajo corriente en la investigación policíaca. Locard puso a la ciencia al servicio de la justicia y al mismo tiempo ganó en su especialidad fama mundial.
Pero fue más que un perito en criminología. Como ha dicho el novelista Alexandre Arnoux: 
“Era hombre de singular personalidad, el hombre de más diversas actividades y el más completo que la Providencia nos haya puesto en el camino”.
 

Condensado de “The Criminologist” (Noviembre 1968) © 1968 por The Forensic Publishing Company


Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo LIX, N° 352, Marzo de 1970, págs. 92-98, Reader’s Digest México, S.A. de C.V., México, México

 

Notas

El retrato de Locard aparece en la página como se ve, y la foto es mía. No hubo modo de ponerla de otra forma.

La negrita sobre la regla de Locard de no tocar nada en la escena del crimen es de mi parte. 

Guarecerse.- Refugiarse en alguna parte para librarse de un daño o peligro, o de las inclemencias del tiempo.
Sinónimos: refugiarse, cobijarse, resguardarse, ampararse, acogerse, albergarse, protegerse, etc.

Coartada.-  
1. Argumento de inculpabilidad de un reo por hallarse en el momento del crimen en otro lugar.
Sinónimo: defensa.

2. Pretexto, disculpa.
Sinónimos: disculpa, estratagema, excusa, justificación, pretexto, subterfugio.

Garrapato.- Rasgo caprichoso e irregular hecho con la pluma.
Sinónimos: garabato, pintarrajo, borrón, chafarrinada, chafarrinón.

2.Letras o rasgos mal trazados con la pluma.

Litografía.-
1.Arte de dibujar o grabar en piedra preparada al efecto, para reproducir, mediante impresión, lo dibujado o grabado.
2. Ejemplar obtenido por el procedimiento de la litografía.
Sinónimo: impresión

Horquilla.- Pieza metálica o de otro material, que se emplea para sujetar el pelo.
Sinónimos: pasador, rascamoño, gancho, ondulín.

Musicógrafo.- Persona que se dedica a escribir obras acerca de la música.
Sinónimo. musicólogo.

Seta.- Cualquier especie de hongo, comestible o no, con forma de sombrilla, sostenida por un pedicelo.
Sinónimos: hongo, callampa. DLE RAE

Vosgos.- Departamento situado en el noreste de Francia.

miércoles, 17 de septiembre de 2025

James Clerk Maxwell, el Einstein olvidado que predijo la existencia de las ondas electromagnéticas cruciales para la actual tecnología

 
James Clerk Maxwell es uno de los grandes científicos menos conocidos.
 
 
Por Anne McNaught
BBC Discovery
 
 
"Una época científica terminó y otra empezó con James Clerk Maxwell", sentenció Albert Einstein.

Heinrich Hertz le llamaba "Maestro Maxwell".

Como muchos otros científicos, ambos pensaban que el escocés era un genio.

Aun así es uno de los grandes científicos más desconocidos.

Eso a pesar de que su trabajo pionero sobre la naturaleza de la luz cruzó fronteras del conocimiento que hicieron posibles tecnologías de las que dependemos en la actualidad, desde teléfonos celulares y wifi hasta escáneres y hornos microondas, sin olvidar la radio y la televisión.

Además, su fascinación por el color resultó en la creación de la primera foto a color de la historia.

Pero ¿quién era y por qué es tan admirado por sus pares?

Su historia empezó en Escocia en el siglo XIX, más precisamente en Edimburgo, donde nació en 1831.

Desde pequeño era tan curioso que su tía decía que "era humillante que un niño preguntara tantas cosas que uno no podía responder".

Ese afán por saber y un talento especial para resolver complicados acertijos hizo que empezara a sorprender a sus contemporáneos desde que era joven, como señala Howie Firth, un científico que conoce muy bien la vida de Maxwell.

"En su tiempo libre experimentaba con las curvas que podía dibujar, usando lápices, alfileres e hilos. Así descubrió una nueva regla sobre el tipo de patrones. Presentó el resultado de ese experimento en la Sociedad Real de Edimburgo (la Academia nacional de ciencias y letras) cuando tenía 14 años".

Cuando terminó la escuela fue a la universidad, donde su padre quería que estudiara Derecho, pues en esa época la ciencia no era considerada como una profesión.

Por fortuna, el sistema de educación escocesa de entonces estaba diseñado para que los estudiantes pudieran desarrollar todo su potencial.

 

Los anillos de Saturno

La ciencia en esa época estaba muy influida por la obra de Isaac Newton, quien un siglo y medio antes había formulado sus tres leyes de movimiento y una teoría unificada de la gravedad, que explicaba tanto lo que sucedía en la Tierra como en los cielos.

Maxwell las absorbió y, unos años más tarde, las usó para resolver un gran enigma sobre el planeta Saturno.

 
¿Cómo podía haber anillos alrededor de un planeta?
 

"Se sabía que Saturno tenía anillos y que eran muy delgados, pero no se sabía de qué estaban hechos", le cuenta a la BBC Martin Hendry, de la Universidad de Glasgow.

Sin una nave espacial que pudiera ir a ver, las posibilidades de saberlo eran casi nulas. Pero se abrió una competencia para revelar el misterio y Maxwell decidió intentarlo.

"Lo que hizo fue tratar de entenderlo matemáticamente: si los anillos fueran sólidos, ¿podrían existir o los destruiría la fuerza de la gravedad? Así pudo demostrar que lo último era verdad, que la gravedad no permitiría que un cuerpo tan delgado orbitara Saturno... se partiría", explica Hendry.

"Lo que realmente predijo es que los anillos estaban compuestos de enormes cantidades de pequeñas partículas individuales que flotaban alrededor del planeta, y que aparentaban ser anillos sólidos sólo al observarlos desde tan lejos", agrega.

Su cálculo dejó a todo el mundo impresionado.

George Biddell Airy, un astrónomo y matemático de Inglaterra, lo describió como "una de las aplicaciones de matemáticas a la física más extraordinarias que jamás he visto".

Hoy en día, estamos seguros de que su respuesta fue la correcta gracias al viaje de la nave espacial Voyager, que sobrevoló Saturno.

Y lo más impresionante es que las imágenes que confirmaron que lo que Maxwell había dicho hace tanto era cierto sólo pudieron llegar a la Tierra gracias a su descubrimiento más trascendental: las ondas electromagnéticas.

 

Dos grandes rompecabezas

El magnetismo y la electricidad eran en ese entonces grandes desconocidos.

En Londres, otro científico, Michael Faraday, estaba haciendo todos los experimentos posibles para explorarlos.

Había desarrollado aplicaciones prácticas como el dínamo y el motor, y logró entender detalladamente ambos fenómenos, aportando mucho a la manera en la que los concebimos.

Impresión Vivex a color realizada a partir de lo que se cree que fue el primer conjunto de negativos con separación tricolor, realizado por el físico escocés James Clerk Maxwell entre 1859 y 1862. 

 

"Él enfocó la atención no tanto en el imán sino en el espacio que lo rodea. Dijo que no era sólo un pedazo de hierro, sino algo más complejo: es el centro de un sistema de invisibles tentáculos curvos que se extienden para atraer o rechazar otros imanes o metales. A ese sistema lo llamó 'campo'", explica Firth.

En la actualidad, estamos acostumbrados a la idea de que haya campos, o campos de fuerza, gracias a historias de ciencia ficción como Doctor Who o "Viaje a las estrellas". Pero en el siglo XIX era un concepto totalmente radical.

Lo que Faraday decía era que lo que parecía un espacio vacío, tenía algo adentro.

Y agregó que lo mismo ocurría con la electricidad: si se estaba viajando por un cable, habría un campo de fuerza alrededor.

Así, entendió que el magnetismo y la electricidad tenían que estar conectados de alguna manera, pues descubrió que se alteraban mutuamente y que cuando se les unía, los dos campos se combinaban y vibraban con energía.

Esa vibración creaba ondas, a las que llamó electromagnéticas, que se propagaban en el espacio como al tirar una piedra al agua.

 

¡Se necesita otro genio!

Pero Faraday no pudo ir más lejos. Como era autodidacta había llegado al límite de sus capacidades: sencillamente, no contaba con los conocimientos académicos necesarios.

 
Ilustración de Maxwell investigando magnetismo y luz.
 
"Faraday dio un paso gigante para hacer por la electricidad y el magnetismo lo que Newton había hecho por la gravedad. Lo que faltaba era matemáticas. El contacto con Maxwell se desarrolló primero por correspondencia y Faraday estaba muy contento por haber encontrado a un matemático tan extraordinario; Maxwell aceptó el reto, hizo varios modelos en su mente y encontró la respuesta", indica Firth.

Y la respuesta fue magnífica.

Maxwell redujo toda la información a unas pocas líneas matemáticas que mostraban cómo la electricidad y el magnetismo estaban conectados, y que los dos juntos -electromagnetismo- podían crear diferentes tipos de ondas que iban a la misma velocidad, la velocidad de la luz.

Reveló también que la luz que los humanos podemos detectar -la que llamamos "visible"- es sólo una parte de la gama de ondas electromagnéticas, que incluyen ondas de radio, microondas, rayos X, rayos Gamma.

Un enorme salto en el conocimiento... en apenas cuatro cortas ecuaciones que muchos consideran una obra de arte matemático.

 

Pasarían décadas...

"Pasó mucho tiempo antes de que los otros científicos aceptaran que era una buena idea. Era demasiado radical", señala Hendry.

"Tomó casi 15 años antes de que alguien pudiera mostrar que ese concepto matemático era algo físico que se podía medir y producir en un laboratorio", dice Claire Quigley, tecnóloga del Centro de Ciencia de Glasgow.

"El científico Heinrich Hertz (el de los hercios) produjo ondas de radio, tal como Maxwell predijo, las midió y confirmó que iban a la velocidad de la luz. Pero, aunque se complació por haber probado que Maxwell estaba en lo cierto, cuando le preguntaron cuáles eran las ramificaciones, respondió que ninguna", añade Quigley.

No obstante, apunta Hendry, "abrió el camino para que un científico realmente brillante, Einstein, tomara las ideas de Maxwell y las desarrollara hasta llegar a su teoría de la relatividad".

"Y unos 150 años después -agrega- en la física de partículas hablamos del 'campo de Higgs', que tiene que ver con entender las propiedades fundamentales de las partículas del Universo. Así que esa idea de un 'campo' sigue abriendo caminos".

 

Fuente: James Clerk Maxwell 

 

Nota

El artículo trae dos fotos de Maxwell, así que por razón práctica sólo puse una de las dos. 

domingo, 24 de agosto de 2025

Joseph Lister, el cirujano que tuvo la brillante idea de desinfectarse las manos (e inspiró a los creadores de Listerine y Johnson & Johnson)

 
La cirugía no era una cuestión de precisión delicada, sino cruda, sangrienta, a menudo caótica... y antihigiénica.
 
 
Por Dalia Ventura
BBC News Mundo*
 
 
Era absolutamente insultante pretender que los doctores se lavaran las manos. Después de todo, eso era insinuar que las tenían sucias y, como dejó claro un obstetra del siglo XIX, "los médicos son caballeros y las manos de un caballero siempre están limpias".

Ya el médico húngaro Ignaz Semmelweis se había dado un duro golpe contra esa pared en la década de 1840 tras implementar un sistema de lavado de manos para reducir la mortalidad en las salas de maternidad.

Esto último lo logró de una manera espectacular.

En abril de 1847 instaló una cuenca llena de solución de cal clorada en una salas obstétricas del Hospital General de Viena, Austria, y comenzó a salvar vidas de mujeres con tres simples palabras: "lávese las manos".

En cuestión de un mes, las tasas de mortalidad se redujeron de un 18,3% a 2%.

Si los resultados de esa experiencia y las que siguieron hubieran convencido a todos sus colegas de los méritos de su teoría, quizás aquello de lavarse las manos se habría extendido más allá del campo de la obstetricia.

Pero no fue así.

Semmelweis terminó confinado en un manicomio pues sus pares pensaron que su obsesiva insistencia en el lavado de las manos era una locura.

La ciencia tendría que avanzar más antes de que la higiene se empezara a considerar indispensable para la salud, dentro y fuera de los hospitales.

 

Peligro de muerte

Ese mismo abril de 1847, en el University College Hospital de Londres, John Phillips Potter, un joven experto en Anatomía, se arañó un nudillo durante la disección de un cadáver infectado.

No le prestó mucha atención, pero la infección se propagó inexorablemente y, tres semanas después, murió de septicemia.

"Las víctimas de la disección deben ocupar un lugar distinguido entre los mártires de la ciencia y el conocimiento", comentó la revista médica The Lancet.

"Podemos salvar a nuestros artesanos de las minas y los telares y las ruedas de muchos de los peligros incidentes a sus llamamientos, pero nuestro arte no ha podido, hasta ahora, liberar a nuestros propios trabajadores de este veneno destructivo".

Entre la multitud que asistió al entierro estaba Joseph Lister, uno de los estudiantes de Medicina a los que Potter había instruido.

En 1847 Lister tenía 20 años, una licenciatura en Arte, y estaba estudiando Medicina. Pero tuvo que suspender sus estudios por un año pues, tras enfermarse de viruela, cayó en una depresión.

 

Lister había crecido en un ambiente en el que la vida de los organismos más pequeños estaba muy presente.

Su padre, Joseph Jackson, además de ser un próspero mercader de vino, dedicaba su tiempo libre a la investigación y había inventado la lente acromática, que transformó al microscopio de ser un juguete científico a herramienta de descubrimiento.

Algunos de esos organismos pequeños que los microscopios estaban poniendo en evidencia habían matado a su instructor, y también, como confirmaría luego, a millones de personas en los hospitales de todo el mundo.

La situación era tan desesperada que llevó al doctor James Y. Simpson, uno de los cirujanos que contribuyó a la introducción de la anestesia, a afirmar que "un hombre acostado en la mesa de operaciones en uno de nuestros hospitales quirúrgicos está expuesto a más posibilidades de muerte que un soldado inglés en el campo de batalla de Waterloo".

 

Ese Waterloo

Efectivamente, en las salas quirúrgicas y de recuperación, las infecciones se propagaban de paciente a paciente como incendios forestales.

Ningún cirujano podía estar seguro de que su paciente sobreviviría tras una intervención.

La tasa de mortalidad por operaciones quirúrgicas mayores o amputación de extremidades llegaba a rondar el 40%, y a alcanzar el 60% en hospitales franceses.

Incluso las operaciones más simples conllevaban un alto riesgo de muerte por infección.

De hecho, las infecciones en los hospitales eran tan comunes que el fenómeno llegó a tener dos nombres: fiebre de sala y hospitalismo (este último aún se usa, pero para describir otro problema).

Se culpó a los hospitales por esto, y se habló mucho de cerrarlos y de que los pacientes fueran atendidos en casa.

Pero aunque hubiera algo de razón en ello, sin encontrar la causa no se podía encontrar una solución realmente efectiva.

Y esa causa era todo un misterio: había teorías pero la ciencia médica seguía desconcertada por las infecciones persistentes que mantenían las tasas de mortalidad obstinadamente altas.

 

Escudo contra microbios

Lister, quien tras graduarse de médico se enamoró de la cirugía y se fue a trabajar a Edimburgo, Escocia, sufría al ver cómo muchos de sus pacientes desarrollaban complicaciones posoperatorias serias o incluso fatales.

En 1855, le mostró una herida que se estaba curando sin supurarse a Batty Tuke, en ese entonces el psiquiatra más influyente de Escocia, y le dijo: "El objetivo principal de mi vida es descubrir cómo conseguir este resultado en todas las heridas".

Más tarde, como Profesor Regius de Cirugía y a cargo de las salas de operaciones en la Universidad de Glasgow, el problema estaba constantemente presente, en su día a día y en su mente.

Desde hacía años había notado una marcada diferencia en el resultado entre fracturas simples, cuando la piel quedaba intacta, y fracturas compuestas, en las que la superficie de la piel se rompía y a menudo terminaban en "gangrena hospitalaria" y amputación.

Pasteur aportó la teoría para lo que Lister puso en práctica. Ambos eran venerados por reducir enfermedades e infecciones. Aquí Lister (subiendo los escalones) felicita a Pasteur en su 70º cumpleaños, París, 1892. 

 

Un día estaba charlando con un colega, el profesor Thomas Anderson, y este mencionó que en Francia el famoso químico Louis Pasteur había demostrado que si fluidos susceptibles a la fermentación y la putrefacción se mantenían libres de contacto con el aire, se mantenían frescos.

Más relevante aún, el biólogo francés había revelado que la leche se agriaba y el jugo de uva se fermentaba debido al crecimiento y la acción de diminutas partículas vivas (microbios) que podían transportarse en el aire.

A Lister se le ocurrió de inmediato probar si al interponer un escudo antiséptico entre una herida -como las que quedaban tras una operación- y el entorno, se podían prevenir las complicaciones sépticas.

Era 1865 y poco después de esa afortunada conversación, un niño de Glasgow de 11 años de edad contribuyó involuntariamente a hacer historia.

 

El nacimiento del método

Se llamaba James Greenlees y lo había atropellado un carruaje en la calle, así que lo llevaron a la sala de emergencias de la Glasgow Royal Infirmary.

El niño tenía una fractura compuesta -la pesadilla de los cirujanos- en la pierna izquierda.

Lister decidió experimentar.

Había pensado que para matar a los microbios podía usar un químico; después de todo, las sustancias "antisépticas" habían sido utilizadas desde tiempos inmemoriales.

Optó por una sustancia que solía usarse para limpiar el alcantarillado en la ciudad de Carlisle y estaba disponible como una solución de ácido carbólico al 5%.

Dispuso que las manos, la ropa, los instrumentos quirúrgicos y las heridas debían lavarse con ese químico.

Al terminar la operación, aplicó un vendaje bañado en ácido carbólico y, crucialmente, ordenó que el apósito fuera renovado varias veces a medida que pasaban los días.

Joseph Lister dirigiendo el uso de ácido carbólico en aerosol en una de sus primeras intervenciones quirúrgicas antisépticas, circa 1865.

 

La herida comenzó a formar costras y sanar. Después de seis semanas, Greenlees fue dado de alta, completamente recuperado.

Fue el primer éxito de Lister con esta técnica.

 

Un olor nauseabundo

Quizás te sorprenda que algo tan sencillo -y hoy en día obvio- fuera tan revolucionario.

Pero es que hasta entonces los cirujanos reutilizaban vendajes o dejaban las heridas sin protección.

De hecho, la higiene en los hospitales era deplorable.

Había trapos viejos, esponjas e instrumentos sucios esparcidos por la sala de operaciones.

Los doctores, practicantes y auxiliares circulaban libremente entre los pacientes vivos que trataban y los muertos que diseccionaban o a los que les hacían la autopsia.

En el aire flotaba siempre un inquietante olor ligeramente nauseabundo de putrefacción que se aferraba a la ropa del personal y los pacientes.

Los cirujanos rara vez limpiaban el equipo quirúrgico ni se lavaban las manos antes de las operaciones.

Lister durante su ronda de pacientes en el Hospital Real de Glasgow, circa 1867 cuando anunció que sus pacientes llevaban 9 meses sin sepsis.

 

A pesar de sus incontrovertibles pruebas, las observaciones de Semmelweiss no habían tenido ningún impacto en las autoridades médicas conservadoras de la época.

Trágicamente, el día después de que Lister probó con éxito el tratamiento antiséptico en el niño en Glasgow, Semmelweis murió, precisamente de una infección quirúrgica en Budapest, Hungría.

Lister no supo del trabajo de Semmelweis hasta 1883; cuando se enteró de los detalles lo declaró su precursor.

Para ese entonces, la esterilización de instrumentos y el lavado de manos se practicaban ampliamente, a pesar de la resistencia inicial de muchos eminentes cirujanos.

 

Un antes y un después

Tras tratar 11 casos como el de Greenlees, de los cuales nueve se curaron sin infección, el 16 de marzo de 1867 Lister publicó en The Lancet un artículo titulado "Un nuevo método para tratar fracturas compuestas".

Marcó el nacimiento de la cirugía moderna, según el eminente doctor e historiador Zachary Cope (1881-1974).

Lister describió los resultados positivos para sus pacientes: extremidades "que sin duda habrían estado condenadas a amputación" debido a la probabilidad de infección "pueden conservarse con la confianza de obtener los mejores resultados".

Y eso, que ya de por sí era invaluable, apenas era el principio.

Por temor a las infecciones y sus estragos, los cirujanos casi nunca se arriesgaban a hacer operaciones que involucraran hacer incisiones, ni siquiera a drenar abscesos.

Con su método, los abscesos podían drenarse; las incisiones, sanarse, y los hospitales, tornarse en lugares más saludables.

"Como parece no haber dudas sobre la causa de este cambio, la importancia del hecho difícilmente puede exagerarse", escribió Cope.

El primer barón Lister, pionero de la cirugía antiséptica, retratado en 1900, marcó una enorme diferencia estableciendo un hábito que ahora nos parece obvio.

 

Con todo y eso, al principio, el enfoque antiséptico de Lister tuvo una recepción mixta que iba desde la aclamación hasta la feroz oposición, esta última particularmente en Reino Unido y Estados Unidos.

Pero Lister se mantuvo firme, perfeccionando su método constantemente, y para 1871 su régimen antiséptico había ganado tal aceptación que la reina Victoria lo convocó para extirparle un tumor del brazo.

Con el tiempo, fue nombrado cirujano personal de la reina y honrado con un título nobiliario.

Su método se extendió por toda Europa a lo largo de la década de 1870.

En 1876, el infatigable Lister cruzó el océano para llevar sus técnicas pioneras a Estados Unidos, logrando no sólo que las adoptaran sino inspirando a otros a crear productos que siguen siendo familiares.

Uno de los asistentes a una de sus conferencias en EE.UU. fue el doctor Joseph Joshua Lawrence, quien desarrollaría una fórmula de un antiséptico para múltiples usos.

Lo nombró en honor al hombre que lo inspiró: Listerine.

Otro asistente a la misma conferencia, Robert Wood Johnson, se sintió igualmente inspirado y con sus dos hermanos creó una empresa para fabricar los primeros apósitos y suturas quirúrgicas estériles producidos en masa según los métodos de Lister.

Esa empresa era Johnson & Johnson.

Para 1890, el mundo entero había aceptado la gran innovación de Lister, y los microbios que causaban la sepsis habían sido identificados y cultivados.

A fines de esa década, los métodos antisépticos de Lister llevaron a una cirugía aséptica y a la introducción de instrumentos estériles en quirófanos.

En 1898 el uso de guantes de goma y el lavado de manos del cirujano eran de rigor.

A finales de siglo, los cirujanos realizaban regularmente más tipos y cantidades de operaciones internas exitosas.

Además de haber sido el primero en aplicar los principios de Pasteur a los humanos, Lister hizo varias otras contribuciones a la ciencia médica, desde aislar por primera vez bacterias en cultivo puro (Bacillus lactis) hasta ser pionero en el uso de catgut y tubos de goma para el drenaje de heridas, entre otras.

Sin embargo, es recordado primordialmente como el innovador que revolucionó la historia de la cirugía, dividiéndola en dos eras: la que vino antes y la que vino después de él.

 

* Este artículo fue publicado originalmente en BBC Mundo en 2020.

Fuente: Joseph Lister el cirujano