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miércoles, 10 de septiembre de 2025

Pifias en letra impresa

Cuento

 

Por Bruno Gideon



“TREINTA y cinco palabras, a lo sumo, no hay espacio para más”, ordenó el director al periodista. Así pues, la nota apareció publicada en el diario en estos términos:

Una mujer resbaló al pisar una cáscara de plátano, en un paso para peatones, en la Bahnhofstrasse. Inmediatamente fue transportada a la clínica de la universidad, donde le fue diagnosticada fractura en una pierna.

La primera reacción a la noticia fue rápida: llegó una carta registrada, dirigida al director. Un importador de plátanos escribió:  “Protestamos enérgicamente por su intento de desacreditar nuestro producto. Como en los últimos meses usted ha publicado cuando menos 14 comentarios negativos contra los países productores de plátanos, nos resulta difícil creer que no haya de su parte intención de difamarlos”.

También el director de la clínica de la universidad manifestó su inconformidad, con el argumento de que la expresión “fue transportada ” podría implicar “el transporte de seres humanos como carga”, lo cual iba en contra de la política del hospital. “Además”, subrayaba el quejoso,  “puedo demostrar que la fractura de la pierna se debió la caída de la mujer, y no a su traslado a este hospital, como se ha sugerido maliciosamente”.

Por último, un empleado del Departamento de Ingeniería Civil de aquella ciudad  llamó al diario e informó que las condiciones del paso para peatones donde cayó la mujer no habían sido la causa del accidente. Además, recalcó, el Comité en Pro de la Señalización en los Pasos para Peatones estaba a punto de concluir un informe, después de seis años de trabajo; por tanto, ¿no sería posible, para que no hubiera repercusiones políticas, suprimir toda mención de “pasos para peatones” durante los meses siguientes. 

El diario publicó en su siguiente numero la noticia modificada: Una mujer se cayó en la calle y se fracturó una pierna. 

Al otro día, la dirección recibió dos mensajes relacionados con la nota. Uno de ellos era una carta iracunda de la Asociación no Lucrativa en Favor de los Derechos de la Mujer. Su vocera impugnaba enérgicamente la expresión “una mujer se cayó”, pues la consideraba discriminatoria, una referencia clara a la estereotipada imagen de las “mujeres caídas”, y una muestra más del   “empeño machista por mantener a la mujer en condiciones de sumisión, y apuntalar el orden establecido en un mundo dominado por machos pérfidos y retrógrados”. La misiva incluía la advertencia de una posible demanda judicial, un boicot y otras medidas.

La otra reacción fue la de un lector que cancelaba su suscripción, y se quejaba del creciente número de trivialidades y tonterías que publicaba ese diario. 



© Por Bruno Gideon. Condensado de “Nebelspalter” (25-IV-1988), de Rorschach, Suiza.


Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo XCVIII, Año 49, Número 584, Julio de 1989, págs 75-76, Reader’s Digest Latinoamérica, S.A., Coral Gables, Florida, Estados Unidos



    
Notas

Bahnhofstrasse.- Calle comercial, la más importante de Zúrich, Suiza.
 

Impugnar.- 

1. Combatir, contradecir, refutar.
Sinónimos: refutar, rebatir, contestar, rechazar, oponer, contradecir, objetar, instar, reclamar1.

2. Interponer un recurso contra una resolución judicial. Sinónimo: recurrir. 


Apuntalar.-

1. Poner puntales. Sinónimos. entibar, afianzar, acodar, escorar.

2. Sostener, afirmar. Sinónimos: sostener, afirmar, apoyar, afincar, asegurar, consolidar, reforzar.  

 

Pérfido.- Desleal, infiel, traidor, que falta a la fe que debe. 

 

Retrógrado.-

1. Adjetivo despectivo. Dicho de una persona:
Partidaria de instituciones políticas o sociales propias de tiempos pasados, o contraria a innovaciones o cambios. Sinónimos: reaccionario, retardatario, cavernícola, carca, rancio.

2. Adjetivo despectivo. Dicho de una cosa: Propia de la persona retrógrada. Ideas retrógradas. DLE RAE


miércoles, 13 de agosto de 2025

El Fenómeno de la TV

Por Héctor Velarde

Había oído hablar muchísimo de Adolfo Serrano; un fenómeno de la TV, una maravilla, un prodigio de conocimientos, un monstruo de memoria. Quise verlo y fui a casa de un amigo cuyo aparato de TV es como cinema de barrio. En la salita de mi amigo ya no cabía ni un alfiler en espera de que apareciese Adolfo Serrano en la pantalla.
Mientras tanto comentaban sus proezas: 
―¿Te acuerdas el jueves pasado cuando le preguntaron con qué armas entró Alarico a Roma y que él contestó inmediatamente con arco, espada y porra? ¡El lío que se armó! Nadie sabía lo de la porra. ¿Luego, en Arqueología Egipcia, cuando le preguntaron con qué pie había pisado primero Lord Carnarvon al penetrar en la cámara funeraria de Tutankamón ¿¿Y lo que respondió? Notable. Que lo primero que puso Lord Carnarvon no fue el pie sino la mano izquierda porque entró a gatas… tuvieron que darle el premio.
De pronto una exclamación:
—¡Ya salió!


Vi a un hombre alto, larguísimo y con la cara completamente invadida por dos ojos redondos, separados, salidos y fríos como los faros de un automóvil viejo. Concursaba sobre Historia Santa.
Le preguntaron de qué color era el manto de la Virgen María cuando crucificaron a nuestro señor Jesucristo. ¿Blanco, azul, marrón o negro?
El hombre quedó más de tres minutos como petrificado por la pregunta,  dio un grito agudísimo, prolongado, que se apagó poco a poco como si se hubiese tirado en un pozo sin fondo y se cayó muerto, largo a largo…


Fue como la caída violenta de un poste sin que mediara ninguna razón visible. Algo muy raro. Naturalmente el programa “Gomia Pigal pregunta” terminó a capazos. 

¿Pero de que murió Adolfo Serrano?

Y aquí viene el misterio. Hasta ahora no se sabe. No lo entierran porque no pueden todavía hacer el parte de defunción. Ya va una semana de esto… Por más que lo han examinado no le encuentran nada, absolutamente nada, ni corazón, ni ataque cerebral, ni enfermedad vieja, nada, es rarísimo… Lo único que se sabe es lo declarado por su mujer, el cura que lo confesaba, un anticuario que le conocía mucho, un pintor misógino y el director de la TV, canal 48 donde murió…

Es verdaderamente un caso para intrigar a cualquiera. Adolfo Serrano hubiera podio tener fama internacional pero era muy tímido, muy poquito… En cuanto principiaba a llamar la atención con su memoria se retiraba prudentemente… Trabajó en circos como adivino, vestido de mago asirio, fue guía de una empresa alemana de turismo hasta que lo creyeron peligroso, estuvo algún tiempo como calculista mental en una casa de máquinas registradoras; él era quien las controlaba…

Su mujer contó que se  había casado con Adolfo Serrano en Huancayo ―era huancaíno― porque la encontraba parecidísima a Kufrú Nacopeth, una princesa copta del año 80 d. J. C., que él admiraba mucho. También contó que su marido se manejaba en todas las ciudades que visitaba la primera vez como si hubiese vivido en ellas toda la vida, que no necesitaba plano, ni preguntar ni nada… “Todo era por conocimientos históricos, de memoria, no tenía sino que mirar a su alrededor y decirme: chola, ¡por aquí! ¿Y cómo sabes, le pregunté al llegar a Londres, que es por aquí? Ah, me contestó, porque en esta esquina Richard Cromwell en 1659 volteó con su gente para perseguir al general Monk y llegó hasta Westminster donde vamos ahora…
En París era lo mismo, se fue como si tal cosa del lugar de las Tullerías donde está el Pabellón de Flora hasta la Plaza de los Vosgos siguiéndole los pasos a Enrique IV y luego, empalmando con los de Luis XIII, fuimos a almorzar al final de la calle Saint Antoine donde al morzaban los mosqueteros… Y en Roma, y en Budapest, y en los barrios de El Cairo… Donde Adolfo dudaba y se sentía un poco mal, con mareos era en las ciudades americanas como en Kansas City, por ejemplo, como no hay mucho que recordar…


Luego las declaraciones del cura son igualmente extraordinarias. Dijo que Adolfo Serrano era incapaz de matar una mosca, además no le interesaba matar a nadie, no tenía codicia, ni pasiones, y mucho menos vicios, amaba a su mujer en adoración perpetua. Un día le confesó que estaba enamorado de ella desde la punta de los pelos hasta las uñas de los pies, que ese amora era constante y que ya duraba 1800 años. Referencia seguramente a Kufrú Nacopeth.
Para él todos los pecados eran iguales, todos tenían el mismo valor de gravedad, su temor a la realidad era tal que no cometía ninguno…
Sin embargo su examen de conciencia comprendía íntegramente toda su vida, sin omitir ningún detalle, desde su última confesión hasta el momento en que se confesaba nuevamente. “A Dios gracias, dice el cura, esto era una vez al año. Las confesiones duraban por lo general tres horas. Yo tenía que pararlo. Pero nada. Y cuando, por casualidad, se olvidaba de algo creía haber cometido un pecado horrible y lloraba de no poder acordarse… Ah, pero si llegaba a recordarlo todo, todo, todo…”


Los informes más interesantes y sorprendentes los ha proporcionado el anticuario. Sus datos y observaciones diagnostican admirablemente el caso de Adolfo Serrano como un verdadero fenómeno y explican todo lo referido.
“Yo era cliente de Adolfo, declara el anticuario; no tenía precio para mi negocio. Si dudaba sobre el origen Tudor o catalán de un banquito gótico, Adolfo no hacía sino mirarlo y me decía: Alemán del siglo XIV, hecho en Bremen en los talleres del maestro Sibelius. Para él, para Adolfo, lo nuevo y lo viejo eran exactamente lo mismo. A fuerza de memoria había suprimido el pasado, sí señor, el pasado; al suprimir el pasado todo era presente para él, todo lo veía como en una inmensa tapicería. Su mundo no era redondo, no; era un plano repleto, nutrido, de imágenes compactas, nítidamente limitadas y sin ningún vacío entre ellas… Un mural sin grietas. Las dudas eran como si descubriera huecos en esa pared compacta de mil mosaicos, lisa, inmensa, y entonces tenía vértigos… Luego, y aquí viene lo más grave, habiendo suprimido el pasado había suprimido el tiempo…
Suprimir el tiempo es suprimir la perspectiva de las cosas, la distancia en profundidad, la tercera dimensión… ¡La tercera dimensión! Es decir, el volumen, el peso, la realidad misma. Adolfo había suprimido la realidad tangible y durable; andaba y pensaba como en una superficie chata, de dos dimensiones solamente, delgadita, luminosa… Adolfo era un reflejo viviente de todo lo que había visto y veía, parecía un gran espejo de armario, largo, solo, ambulante y en peligro de hacerse pedazos en cualquier momento”.


Ante ese caso único, increíble,  no perdí naturalmente el testimonio del pintor misógino.
El pintor conoció a Adolfo Serrano en una galería de arte y se interesó  mucho por su falta absoluta de sensibilidad artística. Adolfo Serrano no sabía si una escultura o cuadro era feo o bonito.
Todo lo juzgaba por comparaciones históricas que eran infalibles, pero nada por valores intrínsecos de belleza.
“Un día, dice, le mostré la copia de un Picasso. Inmediatamente observó: proviene en línea recta de los pájaros hititas encontrados recientemente en Ur… La equivalencia de lo aparente le bastaba y sobraba; el arte para él era una doble ilusión…
Una estatuita podía ser de oro o de plomo pintada con purpurina; le era completamente igual… En cuanto a música no entendía nada. Él mismo me explicó en un concierto como la música es tiempo puro, que fluye y no queda, yo no puedo fijarla en imágenes, se me escapa… No logro captar su significado y entonces oigo como una sucesión de ruidos a veces agradables… Silbaba muy mal La Donna è Mobile. Inconocible”.


No había duda de que todas las declaraciones tenían una unidad absoluta. Adolfo Serrano era un fenómeno misterioso de memoria plástica, objetiva, todo él   era memoria pura, presencia integra de lo que fue y es visible… ¿Por qué se caería muerto de golpe cuando le preguntaron de qué color era el manto de la Virgen María cuando crucificaron a nuestro Señor Jesucrito?. Si blanco, azul, marrón o negro.
―Le falló pues la memoria, murmuró un zambito aficionado a la TV que me había oído; unos se mueren porque les falla el corazón, otros porque les falla la memoria…


Es evidente, pensé, a Adolfo Serrano se le perforó el mural de su mundo repleto de recuerdos intactos, cerrados, precisos, sin claros… Se le abrió el forado de un olvido fatal, sin fondo y todo su ser se fue, se vació por ahí como el agua por el hueco de un lavatorio.

Pero a Adolfo Serrano no lo han enterrado aún porque no saben precisamente de qué ha muerto. Se le puede seguir viendo en la TV, repitiendo lo mismo.
 


Héctor Velarde Bergmann, nació en Lima en 1898. Arquitecto y catedrático de la Universidad de Ingeniería. Ha publicado ensayos sobre problemas estéticos, historia del arte y de la arquitectura. Colabora con regularidad en diarios y revistas del Perú y del extranjero. Ha publicado “Kikiff“, en 1924; ”Tumbos de Lógica“, en 1928; ”Yo quiero ser filósofo“ en 1932; ”El diablo y la Técnica“ en 1935; “El Circo de Pitágoras” en 1939; ”Lima en picada” en 1944;  ”El Hombre que perdió el tacto y otras cosas por el estilo en 1947“; ”La Cortina de lata“ en 1950; ”Oh, los gringos“ en 1957; ”La Perra en el Satélite“ en 1958. Recientemente se han editado sus obras completas.
Velarde falleció en Lima en 1989.



Varios autores, Antología del Cuento. Lima en la Narración Peruana, Presentación y Selección de Elías Taxa Cuádroz,  Editorial Continental- Kontinental Verlag, Lima, Perú, 1967, págs. 171-174



Pequeño Comentario

Por los detalles del relato hace recordar al cuento de Jorge Luis Borges, Funes el Memorioso.

Claro que Serrano es un memorista, un simple y maniático acumulador de datos, un ser de lo más opaco. Los tipos así no comentan (no tienen opinión propia) ni analizan, ya que sólo repiten lo que leyeron o vieron en alguna parte.

A ambos personajes les falla la cuestión porque la memoria no puede ser absoluta y uno no puede saberlo todo ni acordarse de cada cosa (hay muchos temas de los que no tenemos toda la información. Además muchos detalles son inútiles). Si no existiera el olvido la vida sería insoportable.
 
No todo es o puede basarse en acumular datos sino que hay que pensar, reflexionar, analizar, discernir, desechar, aplicar, actuar, hablar, etc. Por otra parte la pedantería es de lo más inaguantable.



Notas

He corregido algunas erratas que estaban en el texto original.
Añadí algunos datos a la reseña del autor en el libro.

Capazo.- Espuerta grande de esparto o de palma.
Sinónimos: capacho, capaza, cesta, cesto, canasta, canasto, espuerta, capacha, sera, serón. DLE RAE

Terminar o acabar a capazos.- Además de los usos más comunes, la palabra "capazo" también ha adquirido otros significados, especialmente en contextos coloquiales. En algunas regiones, "capazo" puede referirse a un golpe dado con la capa. La expresión "acabar a capazos" se usa para describir una reunión o evento que termina en desorden o con una fuerte discusión.

De manera similar, la expresión "parar en capazos" se utiliza coloquialmente para referirse a una desavenencia o riña. bibliatodo.com

Inconocible (Incognoscible).- 
Que no se puede conocer.
Sinónimos: insondable, inescrutable, impenetrable, incomprensible, ininteligible, misterioso. DLE RAE

La Donna è mobile (La mujer es voluble): Famosa canción (aria) de la ópera Rigoletto del compositor italiano Giuseppe Verdi.

lunes, 5 de mayo de 2025

De Color Modesto

Por Julio Ramón Ribeyro

 

LO PRIMERO QUE HIZO ALFREDO al entrar a la fiesta fue ir directamente al bar. Allí se sirvió dos vasos de ron y luego, apoyándose en el marco de una puerta, se puso a observar el baile. Casi todo el mundo estaba emparejado, a excepción de tres o cuatro tipos que, como él, rondaban por el bar o fumaban en la terraza un cigarrillo.
Al poco tiempo comenzó a aburrirse y se preguntó para qué había venido allí. Él detestaba las fiestas, en parte porque bailaba muy mal y en parte porque no sabía qué hablar con las muchachas. Por lo general, los malos bailarines retenían a su pareja con una charla ingeniosa que disimulaba los pisotones e, inversamente, los borricos que no sabían hablar aprendían a bailar tan bien que las muchachas se disputaban por estar en sus brazos. Pero Alfredo, sin las cualidades de los unos ni de los otros, pero con todos sus defectos, era un ser condenado a fracasar infaliblemente en este tipo de reuniones.
Mientras se servía el tercer vaso de ron, se observó en el espejo del bar. Sus ojos estaban un poco empañados y algo en la expresión blanda de su cara indicaba que el licor producía sus efectos. Para despabilarse, se acercó al tocadiscos donde un grupo de muchachas elegía alegremente las piezas que luego tocarían.
—Pongan un bolero —sugirió.
Las muchachas lo miraron con sorpresa. Sin duda se trataba de un rostro poco familiar. Las fiestas de Miraflores, a pesar de realizarse semanalmente en casas diferentes, congregaban a la misma pandilla de jovenzuelos en busca de enamorada. De esos bailes sabatinos en residencias burguesas salían casi todos los noviazgos y matrimonios del balneario.
—Nos gusta más el mambo —respondió la más osada de las muchachas—. El bolero está bien para los viejos.
Alfredo no insistió pero mientras regresaba al bar se preguntó si esa alusión a los viejos tendría algo que ver con su persona. Volvió a observarse en el espejo. Su cutis estaba terso aún pero era en los ojos donde una precoz madurez, pago de voraces lecturas, parecía haberse aposentado. «Ojos de viejo», pensó Alfredo desalentado, y se sirvió un cuarto vaso de ron.
Mientras tanto, la animación crecía a su alrededor. La fiesta, fría al comienzo, iba tomando punto. Las parejas se soltaban para contorsionarse. Era la influencia de la música afrocubana, suprimiendo la censura de los pacatos e hipócritas habitantes de Lima. Alfredo caminó hasta la terraza y miró hacia la calle. En la calzada se veían ávidos ojos, cabezas estiradas, manos aferradas a la verja. Era gente del pueblo, al margen de la alegría.
Una voz sonó a sus espaldas:
—¡Alfredo!
Al voltear la cabeza se encontró con un hombrecillo de corbata plateada, que lo miraba con incredulidad.
—Pero ¿qué haces aquí, hombre? Un artista como tú…
—He venido acompañando a mi hermana.
—No es justo que estés solo. Ven, te voy a presentar unas amigas.
Alfredo se dejó remolcar por su amigo entre los bailarines, hasta una segunda sala, donde se veían algunas muchachas sentadas en un sofá. Una afinidad notoria las había reunido allí: eran feas.
—Aquí les presento a un amigo —dijo, y sin añadir nada más, lo abandonó.
Las muchachas lo miraron un momento y luego siguieron conversando. Alfredo se sintió incómodo. No supo si permanecer allí o retirarse. Optó heroicamente por lo primero pero tieso, sin abrir la boca, como si fuera un ujier encargado de vigilarlas. Ellas elevaban de cuando en cuando la vista y le echaban una rápida mirada, un poco asustadas. Alfredo encontró la idea salvadora. Sacó su paquete de cigarrillos y lo ofreció al grupo.
—¿Fuman?
La respuesta fue seca:
—No, gracias.
Por su parte, encendió uno y al echar la primera bocanada de humo, se sintió más seguro. Se dio cuenta que tendría que iniciar una batalla.
—¿Ustedes van al cine?
—No.
Aún aventuró una tercera pregunta:
—¿Por qué no abrirán esa ventana? Hace mucho calor.
Esta vez fue peor: ni siquiera obtuvo respuesta. A partir de ese momento ya no despegó los labios. Las muchachas, intimidadas por esa presencia silenciosa, se levantaron y pasaron a la otra sala. Alfredo quedó solo en la inmensa habitación, sintiendo que el sudor empapaba su camisa.
El hombrecillo de la corbata plateada reapareció.
—¿Cómo?, ¿sigues parado allí? ¡No me dirás que no has bailado!
—Una pieza —mintió Alfredo.
—Seguramente que todavía no has saludado a mi hermana. Vamos, está aquí con su enamorado.
Ambos pasaron a la sala vecina. La dueña del santo bailaba un vals criollo con un cadete de la Escuela Militar.
—Elsa, aquí Alfredo quiere saludarte.
—¡Ahora que termine la pieza! —respondió Elsa sin interrumpir sus rápidas volteretas. Alfredo quedó cerca, esperando, meditando uno de los habituales saludos de cumpleaños. Pero Elsa empalmó ese baile con el siguiente y enseguida, del brazo del cadete, se encaminó alegremente hacia el comedor, donde se veía una larga mesa repleta de bocaditos.
Alfredo, olvidado, se acercó una vez más al bar. «Tengo que bailar», se dijo. Era ya una cuestión de orden moral. Mientras bebía el quinto trago, buscó en vano a su hermana entre los concurrentes. Su mirada se cruzó con la de dos hombres maduros que observaban lujuriosamente a las niñas y de inmediato se vio asaltado por un torbellino de pensamientos lúcidos y lacerantes. ¿Qué podía hacer él, hombre de veinticinco años, en una fiesta de adolescentes? Ya había pasado la edad de cobijarse «a la sombra de las muchachas en flor». Esta reflexión trajo consigo otras, más reconfortantes, y lanzando la vista en torno suyo, trató de ubicar alguna chica mayor a quien no intimidaran sus modales ni su inteligencia.
Cerca del vestíbulo había tres o cuatro muchachas un poco marchitas, de aquellas que han dejado pasar su bella época, obsesionadas por algún amor loco y frustrado, y que llegan a la treintena sin otra esperanza que la de hacer, ya que no un matrimonio de amor, por lo menos uno de fortuna.
Alfredo se acercó. Su paso era un poco inseguro, al extremo que algunas parejas con las que tropezó lo miraron airadas. Al llegar al grupo tuvo una sorpresa: una de las muchachas era una antigua vecina de su infancia.
—No me digas que he cambiado mucho —dijo Corina—. Me vas a hacer sentir vieja. —Y lo presentó al resto del grupo.
Alfredo departió un rato con ellas. Las cinco copas de ron lo frivolizaban lo suficiente como para responder a la andanada de preguntas estúpidas. Advirtió que había un clima de interés en torno a su persona.
—¿Ya habrás terminado tu carrera? —indagó Corina.
—No. La dejé —respondió francamente Alfredo.
—¿Estás trabajando en algún sitio?
—No.
—¡Qué suerte! —intervino una de las chicas—. Para no trabajar habrá que tener muy buena renta.
Alfredo la miró: era una mujer morena, bastante provocativa y sensual. En el fondo de sus ojos verdes brillaba un punto dorado, codicioso.
—Pero, entonces, ¿a qué te dedicas? —preguntó Corina.
—Pinto.
—Pero… ¿de eso se puede vivir? —inquirió la morena, visiblemente intrigada.
—No sé a qué le llamará usted vivir —dijo Alfredo—. Yo sobrevivo, al menos.
A su alrededor se creó un silencio ligeramente decepcionado. Alfredo pensó que era el momento de sacar a bailar a alguien, pero solo tocaban la maldita música afrocubana. Se arriesgaba ya a extender la mano hacia la morena, cuando un hombre calvo, elegante, con dos puños blancos de camisa que sobresalían insolentemente de las mangas de su saco, irrumpió en el grupo como una centella.
—¡Ya todo está arreglado, regio! —exclamó—. Mañana iremos a Chosica con Ernesto y Jorge. Las tres hermanas Puertas vendrán con nosotros. ¿No les parece regio? Lo mismo que Carmela y Roxana.
Hubo un estallido de alegría.
—Te presento a un amigo —dijo Corina, señalando a Alfredo.
El calvo le estrechó efusivamente la mano.
—Regio, si quiere puede venir también con nosotros. Nos va a faltar sitio para Elsa y su prima. ¿Quiere usted llevarlas en su carro?
Alfredo se sintió enrojecer.
—No tengo carro.
El calvo lo miró perplejo, como si acabara de escuchar una cosa absolutamente insólita. Un hombre de veinticinco años que no tuviera carro en Lima podría pasar por un perfecto imbécil. La morena se mordió los labios y observó con más atención el terno, la camisa de Alfredo. Luego le volvió lentamente la espalda.
El vacío comenzó. El calvo había acaparado la atención del grupo, hablando de cómo se distribuirían en los carros, cómo se desarrollaría el programa del domingo.
—¡Tomaremos el aperitivo en Los Ángeles! Luego almorzaremos en Santa María, ¿no les parece regio? Más tarde haremos un poco de footing…
Alfredo se dio cuenta de que allí también sobraba. Poco a poco, pretextando mirar los cuadros, se fue alejando del grupo, se tropezó con un cenicero y cuando llegó al bar, escuchó aún la voz del calvo que bramaba:
—¡Almorzaremos en el río, regio!
—¡Un ron! —dijo a la chica que estaba detrás del mostrador.
La chica lo miró enojada.
—¿No ha oído? ¡Un ron!
—Sírvaselo usted. Yo no soy la sirvienta —contestó, y se retiró deprisa.
Alfredo se sirvió un vaso hasta el borde. Volvió a mirarse en el espejo. Un mechón de pelo había caído sobre su frente. Sus ojos habían envejecido aún más. «Su mirada era tan profunda que no se la podía ver», musitó. Vio sus labios apretados: signo de una naciente agresividad.
Cuando se disponía a servirse otro, divisó a su hermana que atravesaba la sala. De un salto estuvo a su lado y la cogió del brazo.
—Elena, vamos a bailar.
Elena se desprendió vivamente.
—¿Bailar entre hermanos? ¡Estás loco! Además, estás apestando a licor. ¿Cuántas copas te has tomado? ¡Anda, lávate la cara y enjuágate la boca!
A partir de ese momento, Alfredo erró de una sala a otra, exhibiendo descaradamente el espectáculo de su soledad. Estuvo en la terraza mirando el jardín, fumó cigarrillos cerca del tocadiscos, bebió más tragos en el bar, rehusó la simpatía de otros solitarios que querían hacer observaciones irónicas sobre la vida social y por último se cobijó bajo las escaleras, cerca de la puerta que daba al oficio. El ron le quemaba las entrañas.
Al segundo golpe, la puerta del oficio se abrió y una mucama asomó la cabeza.
—Deme un vaso de agua, por favor.
La mucama dejó la puerta entreabierta y se alejó, dando unos pasos de baile. Alfredo observó que en el interior de la cocina, la servidumbre, al mismo tiempo que preparaba el arroz con pato, celebraba, a su manera, una especie de fiesta íntima. Una negra esbelta cantaba y se meneaba con una escoba en los brazos. Alfredo, sin reflexionar, empujó la puerta y penetró en la cocina.
—Vamos a bailar —dijo a la negra.
La negra rehusó, disforzándose, riéndose, rechazándolo con la mano pero incitándolo con su cuerpo. Cuando estuvo arrinconada contra la pared, dejó de menearse.
—¡No! Nos pueden ver.
La mucama se acercó, con el vaso de agua.
—Baila no más —dijo—. Cerraré la puerta. ¿Por qué no nos vamos a divertir nosotros también?
Los parlamentos continuaron, hasta que al fin la negra cedió.
—Solamente hasta que termine esta pieza —dijo.
Mientras la mucama cerraba la puerta con llave, Alfredo atenazó a la negra y comenzó a bailar. En ese momento se dio cuenta de que bailaba bien, quizá por ese sentido del ritmo que el alcohol da cuando no lo quita o simplemente por la agilidad con que su pareja lo seguía. Cuando esa pieza terminó, empezaron la siguiente. La negra aceptaba la presión de su cuerpo con una absoluta responsabilidad.
—¿Tú trabajas aquí?
—No, en la casa de al lado. Pero he venido para ayudar un poco y para mirar.
Terminaron de bailar esa pieza, entre cacerolas y tufos de comida. El resto de la servidumbre seguía trabajando y, a veces, interrumpiéndose, los miraban para reírse y hacer comentarios graciosos.
—¡Apagaremos la luz!
—¿Qué cosa hay allí? —preguntó Alfredo, señalando una mampara al fondo de la cocina.
—El jardín, creo.
—Vamos.
La negra protestó.
—Vamos —insistió Alfredo—. Allí estaremos mejor.
Al empujar la mampara se encontraron en una galería que daba sobre el jardín interior. Había una agradable penumbra. Alfredo apoyó su mejilla contra la mejilla negra y bailó despaciosamente. La música llegaba muy débil.
—Es raro estar así, ¿no es verdad? —dijo la negra—. ¡Qué pensarán los patrones!
—No es raro —dijo Alfredo—. ¿Tú no eres acaso una mujer?
Durante largo rato no hablaron. Alfredo se dejaba mecer por un extraño dulzor, donde la sensualidad apenas intervenía. Era más bien un sosiego de orden espiritual, nacido de la confianza en sí mismo readquirida, de su posibilidad de contacto con los seres humanos.
Una gritería se escuchó en el interior de la casa.
—¡La torta! ¡Van a partir la torta!
Antes de que Alfredo se percatara de lo que sucedía, se encendió la luz de la galería, se abrió la puerta del jardín y una fila de alegres parejas irrumpió, cogidas de la cintura, formando un ruidoso tren, tocando pitos, gritando a voz en cuello:
—¡Vengan todos que van a partir la torta!
Alfredo tuvo tiempo de observar algo más: no habían estado solos en la galería. En las mesitas cobijadas a la sombra de la enramada, algunas parejas se habían refugiado y ahora, sorprendidas también, se despertaban como de un sueño.
El ruidoso tren dio unas vueltas por el jardín y luego se encaminó hacia la galería. Al llegar delante de Alfredo y de la negra, la gritería cesó. Hubo un corto silencio de estupor y el tren se desbandó hacia el interior de la casa. Incluso las parejas, desde el fondo de los sillones, se levantaron y los hombres partieron, arrastrando a sus mujeres de la mano. Alfredo y la negra quedaron solos.
—¡Qué estúpidos! —dijo sonriendo—. ¿Qué les sucede?
—Me voy —dijo la negra, tratando de zafarse.
—Quédate. Vamos a seguir bailando.
Por la fuerza la retuvo de la mano. Y la hubiera abrazado nuevamente, si es que un grupo de hombres, entre los cuales se veía al dueño de la casa y al hombrecillo de la corbata plateada, no apareciera por la puerta de la cocina.
—¿Qué escándalo es éste? —decía el dueño, moviendo la cabeza.
—Alfredo —balbuceó el hombrecillo—. No te la des de original.
—¿No tiene usted respeto por las mujeres que hay acá? —intervino un tercer caballero.
—Váyase usted de mi casa —ordenó el dueño a la negra—. No quiero verla más por aquí. Mañana hablaré con sus patrones.
—No se va —respondió Alfredo.
—Y usted sale también con ella, ¡caramba!
Algunas mujeres asomaban la cabeza por la puerta de la cocina. Alfredo creyó reconocer a su hermana que, al verlo, dio media vuelta y se alejó a la carrera.
—¿No ha oído? ¡Salga de aquí!
Alfredo examinó al dueño de casa y, sin poderse contener, se echó a reír.
—Está borracho —dijo alguien.
Cuando terminó de reír, Alfredo soltó el brazo de la negra.
—Espérame en la calle Madrid. —Y abotonándose el saco con dignidad, sin despedirse de nadie, atravesó la cocina, la sala donde el baile se había interrumpido, el jardín, y, por último, la verja de madera.
«Caballísimo de mí», pensó mientras se alejaba hacia su casa, encendiendo un cigarrillo. Al llegar a su bajo muro se detuvo: por la ventana abierta de la sala se veía su padre, de espaldas, leyendo un periódico. Desde que tenía uso de razón había visto a su padre a la misma hora, en la misma butaca, leyendo el mismo periódico. Un rato permaneció allí. Luego se mojó la cabeza en el caño del jardín y se encaminó a la calle Madrid.
La negra estaba esperándolo. Se había quitado su mandil de servicio y en el apretado traje de seda su cuerpo resaltaba con trazos simples y perentorios, como un tótem de madera. Alfredo la cogió de la mano y la arrastró hacia el malecón, lamentando no tener plata para llevarla al cine. Caminaba contento, en silencio, con la seguridad del hombre que reconduce a su hembra.
—¿Por qué hace usted esto? —preguntó la negra.
—¡Va! No interesa.
—Mañana no se acordará de nada.
Alfredo no respondió. Estaba otra vez al lado de su casa. Pasando su brazo sobre el hombro femenino, se apoyó en el muro y quedó mirando por la ventana, donde su padre continuaba leyendo el periódico. Alguna intuición debió tener su padre, porque fue volteando lentamente la cabeza. Al distinguir a Alfredo y a la negra, quedó un instante perplejo. Luego se levantó, dejó caer el periódico y tiró con fuerza los postigos de la ventana.
—Vamos al malecón —dijo Alfredo.
—¿Quién es ese hombre?
—No lo conozco.
Esa parte del malecón era sombría. Por allí se veían automóviles detenidos, en cuyo interior se alocaban y cedían las vírgenes de Miraflores. Se veían también parejas recostadas contra la baranda del malecón que daba al barranco. Alfredo anduvo un rato con la negra y se sentó por último en el parapeto.
—¿No quieres mirar el mar? —preguntó—. Saltamos al otro lado y estamos a un paso del barranco.
—¡Qué dirá la gente! —protestó la negra.
—¡Tú eres más burguesa que yo!… Ven, sígueme. Todo el mundo viene a mirar el mar.
Ayudándola a salvar la baranda, caminaron un poco por el desmonte hasta llegar al borde del barranco. El ruido del mar subía incansable, aterrador. Al fondo se veía la espuma blanca de las olas estrellándose contra la playa de piedras. El viento los hacía vacilar.
—¿Y si nos suicidamos? —preguntó Alfredo—. Será la mejor manera de vengarnos de toda esta inmundicia.
—Tírese usted primero y yo lo sigo —rio la negra.
—Comienzas a comprenderme —dijo Alfredo, y cogiendo a la negra de los hombros, la besó rápidamente en la boca.
Luego emprendieron el retorno. Alfredo sentía nacer en sí una incomprensible inquietud. Estaban saltando la baranda cuando un faro poderoso los cegó. Se escuchó el ruido de las portezuelas de un carro que se abrían y se cerraban con violencia y pronto dos policías estuvieron frente a ellos.
—¿Qué hacían allá abajo?, ¡a ver, sus papeles!
Alfredo se palpó los bolsillos y terminó mostrando su Libreta Electoral.
—Han estado planeando en el barranco, ¿no?
—Fuimos a mirar el mar.
—Te están tomando el pelo —intervino el otro policía—. Vamos a llevarlos a la cana. Con una persona de color modesto no se viene a estas horas a mirar el mar.
Alfredo sintió nuevamente ganas de reír.
—A ver —dijo acercándose al guardia—. ¿Qué entiende usted por gente de color modesto? ¿Es que esta señorita no puede ser mi novia?
—No puede ser.
—¿Por qué?
—Porque es negra.
Alfredo rio nuevamente.
—¡Ahora me explico por qué usted es policía!
Otras parejas pasaban por el malecón. Eran parejas de blancos. La policía no les prestaba atención.
—Y a ésos, ¿por qué no les pide sus papeles?
—¡No estamos aquí para discutir! Suban al patrullero.
Esas situaciones se arreglaban de una sola manera: con dinero. Pero Alfredo no tenía un céntimo en el bolsillo.
—Yo subo encantado —dijo—. Pero a la señorita la dejan partir.
Esta vez los guardias no respondieron sino que, cogiendo a ambos de los brazos, los metieron por la fuerza en el interior del vehículo.
—¡A la comisaría! —ordenaron al conductor.
Alfredo encendió un cigarrillo. Su inquietud se agudizaba. El aire de mar había refrescado su inteligencia. La situación le parecía inaceptable y se disponía a protestar, cuando sintió la mano de la negra que buscaba la suya. Él la oprimió.
—No pasará nada —dijo, para tranquilizarla.
Como era sábado, el comisario debía haberse ido de parranda, de modo que solo se encontraba el oficial de guardia, jugando al ajedrez con un amigo. Levantándose, dio una vuelta alrededor de Alfredo y de la negra, mirándolos de pies a cabeza.
—¿No serás tú una polilla? —preguntó echando una bocanada de humo en la cara de la negra—. ¿Trabajas en algún sitio?
—La señorita es amiga mía —intervino Alfredo—. Trabaja en una casa de la calle José Gálvez. Puedo garantizar por ella.
—Y por usted, ¿quién garantiza?
—Puede llamar por teléfono para cerciorarse.
—Están prohibidos los planes en el malecón —prosiguió el oficial—. ¿Usted sabe lo que es un delito contra las buenas costumbres? Hay un libro que se llama Código Penal y que habla de eso.
—No sé si será para usted delito pasearse con una amiga.
—En la oscuridad sí y más con una negra.
—Estaban abrazados, mi teniente —terció un policía.
—¿No ve? Esto le puede costar veinticuatro horas de cárcel y la foto de ella puede salir en Última Hora.
—¡Todo esto me parece grotesco! —exclamó Alfredo, impaciente—. ¿Por qué no nos dejan partir? Repito, además, que esta señorita es mi novia.
—¡Su novia!
El oficial se echó a reír a mandíbula batiente y los policías, por disciplina, lo imitaron. Súbitamente dejó de reír y quedó pensativo.
—No crea que soy un imbécil —dijo aproximándose a Alfredo—. Yo también, aunque uniformado, tengo mi culturita. ¿Por qué no hacemos una cosa? Ya que esta señorita es su novia, sígase paseando con ella. Pero eso sí, no en el malecón, allí los pueden asaltar. ¿Qué les parece si van al parque Salazar? El patrullero los conducirá.
Alfredo vaciló un momento.
—Me parece muy bien —respondió.
—¡Adelante, entonces! —rio el teniente—. ¡Llévenlos al parque Salazar!
Nuevamente en el patrullero, Alfredo permaneció silencioso. Pensaba en la inclemente iluminación del parque Salazar, especie de vitrina de la belleza vecinal. La negra buscó su mano, pero esta vez Alfredo la estrechó sin convicción.
—Tengo vergüenza —le susurró al oído.
—¡Qué tontería! —contestó él.
—¡Por ti, por ti es que tengo vergüenza!
Alfredo quiso hacerle una caricia pero las luces del parque aparecieron.
—Déjennos aquí no más —pidió a los policías—. Les prometo que nos pasearemos por el parque.
El patrullero se detuvo a cien metros de distancia.
—Vigilaremos un rato —dijeron.
Alfredo y la negra descendieron. Bordeando siempre el malecón, comenzaron a aproximarse al parque. La negra lo había cogido tímidamente del brazo y caminaba a su lado, sin levantar la mirada, como si ella también estuviera expuesta a una incomprensible humillación. Alfredo, en cambio, con la boca cerrada, no desprendía la mirada de esa compacta multitud que circulaba por los jardines y de la cual brotaba un alegre y creciente murmullo. Vio las primeras caras de las lindas muchachas miraflorinas, las chompas elegantes de los apuestos muchachos, los carros de las tías, los autobuses que descargaban pandillas de juventud, todo ese mundo despreocupado, bullanguero, triunfante, irresponsable y despótico calificador. Y como si se internara en un mar embravecido, todo su coraje se desvaneció de un golpe.
—Fíjate —dijo—. Se me han acabado los cigarros. Voy hasta la esquina y vuelvo. Espérame un minuto.
Antes de que la negra respondiera, salió de la vereda, cruzó entre dos automóviles y huyó rápido y encogido, como si desde atrás lo amenazara una lluvia de piedras. A los cien pasos se detuvo en seco y volvió la mirada. Desde allí vio que la negra, sin haberlo esperado, se alejaba cabizbaja, acariciando con su mano el borde áspero del parapeto.


(Escrito en París en 1961)


El Ribeyro Desconocido, Volumen 1, Antología de Alejandro Benavides Roldán, Papel de Viento Editores, Trujillo, Perú, 2012, págs. 137-157



Notas
Chompa: Jersey, pulóver, suéter, buzo, tricota, yérsey. Cazadora, chaqueta, chupa, chumpa. DLE RAE

Polilla: Peruanismo. Término usado para referirse a una mujer que se dedica a la prostitución.

Cana: Peruanismo: Cárcel o prisión.

Última Hora: Diario peruano, ya extinto, publicado entre 1950 y 1984.

domingo, 4 de mayo de 2025

El Paraíso Del Tonto


Un cuento aleccionador para niños de todas las edades

Por Isaac Bashevis Singer

 
En cierto lugar vivía en un tiempo un hombre rico llamado Kadish. Tenía un único hijo de nombre Atzel. En la casa de Kadish  vivía una niña huérfana, Aksah, parienta lejana. Atzel era un muchacho alto, de cabellos y ojos negros. Aksah tenía ojos azules y su cabellera era del color del oro. Eran casi de la misma edad. De niños habían comido, estudiado y  jugado juntos. Nadie dudaba de que algún día se casarían.

Pero cuando crecieron Atzel contrajo repentinamente una enfermedad. Se trataba de una dolencia hasta entonces desconocida: Atzel imaginaba que estaba muerto.

Se preguntarán ustedes de dónde pudo haber sacado semejante idea. Pues parece que había tenido una anciana nodriza que constantemente le contaba cuentos acerca del paraíso. La mujer le había dicho que allí no era necesario trabajar o estudiar. En el paraíso se comía la mejor carne de buey y de ballena; se bebía el vino que el Señor reservaba para el justo; se dormía hasta bien entrado el día y no existían obligaciones.
Atzel era holgazán por naturaleza. Odiaba madrugar y estudiar. Sabía que algún día tendría que hacerse cargo de los negocios de su padre, cosa que no deseaba.

Puesto que para ir al paraíso había que morir, decidió hacer precisamente eso lo antes posible. Tanto pensó en ello que pronto empezó a imaginar que estaba realmente muerto.

Por supuesto, los padres del muchacho se sintieron terriblemente preocupados. Aksah se encerraba a llorar. La familia hizo todo lo que pudo para intentar convencer a Atzel de que estaba vivo, pero él se negaba a creerles y rogaba: “¿Por qué no me entierran, no ven acaso que estoy muerto? Por culpa de ustedes no puedo ir al paraíso”.

Muchos médicos fueron llamados para examinar a Atzel y todos trataron de convencer al muchacho de que estaba vivo. Le hicieron notar que hablaba y comía. Pronto Atzel comenzó a comer menos y rara vez hablaba. Su familia pensó que iba a morir.

Presa de la desesperación Kadish fue a consultar con un gran especialista, famoso por sus conocimientos y su sabiduría. Era el Doctor Yoetz. Después de escuchar una descripción de la enfermedad de Atzel, el médico dijo al acongojado padre: “Les prometo curar a su hijo en ocho días, con una condición. Deben ustedes hacer cuanto yo les diga, no importa lo extraño que pudiera parecer”.

Kadish aceptó, y el Dr. Yoetz informó que visitaría a Atzel ese mismo día. Kadish fue a su casa y pidió a su esposa, a Aksah y a los sirvientes que siguieran las órdenes del médico sin discutir.

Cuando llegó el Dr. Yoetz lo llevaron al cuarto de Atzel. El muchacho yacía en cama, pálido y delgado por el ayuno.

El médico echó una mirada al joven y exclamó: “¿Por qué mantienen un cadáver en la casa? ¿Por qué no preparan el funeral?”

Los padres se llevaron un susto mayúsculo al escuchar esas palabras, pero el rostro de Atzel se iluminó con una sonrisa y dijo: “¿Ven ustedes? ¡Yo tenía razón!”

Aunque Kadish y su esposa quedaron perplejos por las palabras del médico, recordaron la promesa y fueron inmediatamente a hacer los arreglos del funeral.

El médico pidió que prepararan una habitación para que tuviera el aspecto del paraíso. Las paredes fueron cubiertas de satén blanco. Las persianas de las ventanas fueron cerradas y las cortinas firmemente unidas. Velas y lámparas de aceite ardían día y noche. Los sirvientes se vistieron de blanco con alas en sus espaldas para jugar el papel de ángeles.

Atzel fue acostado en un ataúd abierto y se efectuó una ceremonia fúnebre. Atzel quedó tan fatigado de felicidad que durmió durante todo aquello. Cuando despertó se encontró en una habitación que no pudo reconocer.
–¿Dónde estoy? –preguntó.
–En el paraíso, mi señor –le respondió un sirviente alado.
–Tengo un hambre terrible –dijo Atzel–. Quiero que me traigan una buena porción de carne de ballena y vino sagrado.
–En un santiamén, mi señor.

El mayordomo dio unas palmadas y en seguida aparecieron sirvientes y criadas, todos con alas en la espalda, con bandejas de oro cargadas con carne, pescado y frutas. Un sirviente de gran estatura y larga barba blanca trajo un vaso de oro lleno de vino.

Atzel comió con apetito voraz. Cuando terminó dijo que deseaba descansar. Dos ángeles lo desnudaron y bañaron y lo acostaron en una cama con sábanas de seda y un dosel de terciopelo rojo. Atzel cayó inmediatamente en un sueño profundo y feliz.

Cuando despertó ya era de día, pero daba igual que si hubiese sido noche. Las persianas estaban cerradas y las velas y las lámparas de aceite se hallaban encendidas. Tan pronto lo vieron despierto los sirvientes trajeron exactamente la misma comida del día anterior.

Atzel preguntó:
–¿No hay aquí leche, café, panecillos frescos y mantequilla?
–No, mi señor, en el paraíso se come siempre la misma comida.
–¿Es de día o todavía noche?
–En el paraíso no hay día ni noche –le contestaron.

Atzel comió otra vez pescado, carne y fruta, y bebió el vino, pero su apetito no fue tan bueno como antes. Cuando terminó de comer preguntó qué hora era.
–En el paraíso no existe el tiempo –le dijeron.
–¿Qué hago ahora? –quiso saber.
–En el paraíso, mi señor, no s–e hace nada.
–¿Dónde están los otros santos? –inquirió.
–En el paraíso cada familia tiene su lugar propio –le explicaron.
–¿Se puede ir de visita?
–En el paraíso las moradas están demasiado distantes entre sí para visitarlas. Llevaría millares de años ir de una a otra.

Atzel preguntó entonces:
–¿Cuándo vendrá mi familia?
–Tu padre tiene todavía 20 años de vida y tu madre 30. Y mientras vivan no pueden venir a este lugar.
–¿Y qué me dicen de Aksah?
–Ella todavía tiene más de 50 años de vida.
–¿Tengo que estar solo todo ese tiempo?
–Sí, mi señor.

Atzel caviló un rato y luego preguntó:
–¿Qué hará Aksah?
–En este momento está de luto por ti. Pero tarde o temprano te olvidará, conocerá a otro joven y se casará. Siempre las cosas pasan así entre los vivos.

Atzel se levantó y comenzó a pasear nerviosamente por la habitación. Por primera vez en muchos años tenía ganas de hacer algo, pero no había nada que hacer en su paraíso. Extrañaba a su padre; añoraba a su madre; ansiaba ver a Aksah. Deseaba tener algo para estudiar; soñaba con viajar; quería montar su caballo, también hablar con amigos.

Llegó un momento en que no podía ocultar su tristeza. Comentó a uno de los sirvientes:
–Ahora veo que no es tan malo vivir, como yo había pensado.
–Vivir es difícil, mi señor. Hay que estudiar, trabajar, hacer negocios. Aquí todo es fácil.
–Preferiría cortar leña y cargar piedras que estar sentado aquí. ¿Y cuánto durará esto?
–Por siempre.
–¿Quedarme aquí para siempre? –gimió Atzel mientras comenzaba a arrancarse los cabellos transido de angustia– Me quitaría la vida antes.
–Un hombre muerto no puede suicidarse.

El octavo día, cuando Atzel había llegado a la más profunda desesperación, uno de los sirvientes fue a verlo y de acuerdo con lo planeado le dijo:
–Mi señor, ha habido un error. Tú no estás muerto. Debes abandonar el paraíso.
–¿Quieres decir que estoy vivo?
–Sí, estás vivo, y te llevaré de regreso a la Tierra.

Atzel no cabía en sí de alegría. El sirviente le vendó los ojos y después de pasearlo una y otra vez por los largos corredores de la casa lo trajo a la habitación donde se había congregado la familia, y allí le quitó la venda.

Era un día despejado y el sol brillaba a través de las ventanas abiertas. En el jardín los pájaros cantaban y las abejas zumbaban. Lleno de júbilo abrazó a sus padres y a Aksah.
Preguntó a la muchacha:
–¿Me amas todavía?
–Sí, te amo. No podía olvidarte.
–Pues entonces es hora de que nos casemos.

Poco después tuvo lugar la boda. El Dr. Yoetz fue el invitado de honor. Los músicos tocaron; los invitados llegaron de ciudades lejanas. Todos trajeron finos regalos para los desposados. La fiesta duró siete días y siete noches.

Atzel y Aksah fueron muy felices y vivieron hasta una edad avanzada. Atzel dejó de ser un holgazán y llegó a ser el mercader más diligente de toda la comarca.

No fue hasta después de la boda que Atzel supo cómo lo había curado el Dr. Yoetz, y que había vivido en un paraíso de tontos. Muchos años más tarde Atzel y Aksah contaban a menudo a sus hijos y nietos el cuento de la maravillosa cura del Dr. Yoetz y siempre terminaban con estas palabras: “Pero por supuesto nadie puede decir cómo es verdaderamente el paraíso”.
 

Condensado  de “Zlateh the Goat and Other Stories”. © 1966  por Isaac Bashevis Singer.
 
Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo LXXVIII, Número 467, Año 39, Octubre de 1979, págs. 41-45,  Reader’s Digest México, S.A. de C.V., México, D.F., México

sábado, 3 de mayo de 2025

El Hombre que pagó ocho vacas por su Esposa

Son muchas las cosas que pueden transformar a una mujer. Algunas ocurren en su interior; otras, en el mundo circundante. Pero lo que más importa es lo que ella piensa de sí misma.

 
Cuento

Por Patricia McGerr



Cuando me embarqué rumbo a Kiniwata, una isla del Océano Pacífico, llevaba conmigo un cuaderno de notas. A mi regreso, lo traía lleno de observaciones acerca de la flora y la fauna del lugar, y las costumbres e indumentaria de los aborígenes. Pero la única anotación que todavía me interesa es la que dice: “Johnny Lingo le pagó ocho vacas al padre de Sarita”. Y no me hace falta ese recordatorio: cada vez que veo a una mujer menospreciar a su marido, o a alguna esposa humillada por el desdén de su cónyuge, me acuerdo de aquella anécdota. En tales ocasiones quisiera decirles a esas parejas: “Ojalá aprendieran de Johnny Lingo, el hombre que pagó ocho vacas por su esposa”.

Johnny Lingo no era exactamente su nombre, pero así le llamaba Shenkin, el administrador de la casa de huéspedes de Kiniwata. Shenkin era oriundo de Chicago, y acostumbraba americanizar los nombres de los isleños. A Johnny lo mencionaba mucha gente, a propósito de muchas cosas. Si deseaba yo pasar algunos días en la cercana isla de Nurabandi, Johnny Lingo me daría alojamiento. Si mi capricho era pescar, Johnny me conduciría adonde abundaran los peces. Si andaba yo en busca de perlas, él me traería las mejores, al mejor precio posible. Todos los habitantes de Kiniwata se referían a Johnny Lingo en forma encomiástica, y no obstante, al hacerlo sonreían de una manera un tanto burlona.


—Que Johnny Lingo le ayude a encontrar lo que usted quiere —me recomendó Shenkin—, y que él se encargue de regatear. Johnny sabe hacerlo bien.
—¡Ja! ¡Johnny Lingo! —exclamó un mozalbete que estaba cerca de nosotros, y soltó la carcajada.
—¿De qué se trata? —inquirí— Todo mundo me dice que vaya a Johnny Lingo, y luego se muere de risa. ¿Cuál es el chiste?
—¡Bah! A la gente le gusta reír —repuso Shenkin—, encogiéndose de hombros-. Johnny es el joven más fuerte y avispado de las islas. Además, considerando su edad, es el hombre más rico.
—Pero si es como usted dice, ¿de qué se ríen todos?
—De un pequeño detalle: hace cinco meses, cuando celebrábamos el festival de otoño, Johnny estuvo aquí y pidió la mano de una muchacha. ¡Pero le pagó al padre de ella nada menos que ocho vacas!

Ya conocía yo bastante las costumbres de las islas para que la noticia me impresionara. Con dos o tres vacas podía comprarse una esposa pasadera*, y con cuatro o cinco, una muy satisfactoria.

*Pasadera: Que goza de mediana belleza, aspecto o salud.

—¡Caramba! —exclamé— ¡Ocho vacas! Esa chica debe ser una beldad* como para dejar pasmado a cualquiera.

*Beldad: Mujer muy bella.

—No es fea —concedió Shenkin, con una leve sonrisa— Pero el más bondadoso de los hombres sólo podría decir de ella que es ordinaria*. Sam Karú, su padre, temía que se le fuera a quedar para siempre en casa.

*Ordinaria: Basta, vulgar, de poca estimación.

—¿Y recibió ocho vacas por ella? Es extraordinario, ¿no?
—Aquí jamás se había pagado tanto por una mujer.
—Pero dice usted que la mujer de Johnny es ordinaria.
—Dije que sería bondadoso describirla así. La pobre era flaca; andaba siempre con los hombros encogidos y con la cabeza agachada. Parecía que su propia sombra la espantaba.
—¡Vaya, pues!, el amor es ciego —comenté.
—Así es —convino Shenkin—. Y allí tiene usted por qué los isleños se ríen al hablar de Johnny. Les regocija  que el viejo pazguato* de Sam Karú le haya sacado ventaja al traficante más listo de las islas.

*Pazguato: Bobo, simple, tonto. Que se pasma o escandaliza de lo que ve u oye.

—¿Pero cómo pudo suceder eso?
—Nadie lo sabe, y todo el mundo se lo pregunta. Sus primos apremiaban a Sam para que pidiera tres vacas por Sarita y se negara a aceptar menos de dos, hasta que Johnny le diera una. Y así las cosas, Johnny se le presentó y le dijo: “Señor padre de Sarita, le ofrezco ocho vacas por su hija”.
—¡Ocho vacas! —murmuré— Me gustaría conocer a ese Johnny Lingo.

Yo quería pescar, y hacerme de algunas perlas. Así pues, a la tarde siguiente salté de mi barquilla en la playa de Nurabandi. Observé que cuando preguntaba cómo llegar a la vivienda de Johnny, su nombre no hacía asomar a los labios ninguna sonrisa maliciosa. Y cuando conocí a aquel joven delgado, serio, que amablemente me invitó a pasar a su casa, me complació ver que su gente lo trataba con un respeto ajeno a toda ironía. Nos instalamos en su vivienda, y charlamos un rato. Johnny me preguntó:

—¿Viene usted de Kiniwata?
—Así es.
—¿Hablan de mí en esa isla?
—Me han dicho que usted puede ayudarme a conseguir cualquier cosa que yo desee.

Johnny sonrió y continuó:
—Mi esposa es de Kiniwata.
—Sí, ya lo sé.
—¿Hablan de ella?
—Un poco…
—¿Qué dicen?
—Pues… nada… este… —la pregunta me descontroló—. Que se casaron por los días del festival.
—¿Nada más?

La curvatura de sus cejas me indicó que él bien sabía que me habían comentado algo más.

—Dicen que el convenio matrimonial se celebró mediante el pago de ocho vacas —hice una pausa— Y se preguntan por qué.
—Ah, ¿sí? —los  ojos de Johnny chispearon de placer—.  ¿Toda la gente en Kiniwata sabe lo de las ocho vacas?

Asentí con la cabeza.

—Y también en Nurabandi lo saben todos —declaró Johnny, el pecho rebosante de satisfacción—. En lo sucesivo, cuando se hable de convenios matrimoniales, siempre se recordará que Johnny Lingo pagó ocho vacas por Sarita.
—¡Ah!, pensé. He ahí la explicación: vanidad.

Entonces la vi. Entró en la habitación y puso sobre la mesa unas flores. Se quedó quieta un momento, le sonrió al joven que estaba junto a mí, y se fue en seguida, ligera. Era la mujer más hermosa que yo haya visto jamás. Sus hombros airosos, su mentón erguido, sus ojos fulgurantes: todo expresaba un orgullo al cual tenía derecho indiscutible.

Me volví hacia Johnny Lingo y noté que me estaba observando.

—¿La admira usted? —susurró.

—Sí… es gloriosa. Pero no es Sarita, la de Kiniwata.

—Sólo hay una Sarita. Aunque tal vez su aspecto no es el que dicen en Kiniwata que tenía.
—No, por cierto. Allá aseguran que no es bonita, y se ríen de que usted se haya dejado timar por Sam Karú.
—¿Cree usted que ocho vacas hayan sido demasiado? —me preguntó con una leve sonrisa.
—No; yo no. Pero, ¿cómo es posible que Sarita sea tan diferente?
—¿No ha pensado usted nunca —inquirió Johnny— en lo que significará para una mujer saber que su marido pagó por ella el precio más bajo? Cuando las mujeres hablan, se jactan de lo que su esposo dio por ellas. Una cuenta que fueron cuatro vacas; otra, que seis. ¿Cómo se sentirá la que fue entregada por uno o dos animales?  Yo no quería que eso le pasara a mi Sarita.
—¿Lo hizo usted, entonces, para que su mujer se sintiera feliz?
—Sí; quería hacerla feliz. Pero fue algo más que eso. Dice usted que se ve diferente; pues lo es en verdad. Son muchas las cosas que pueden transformar a una mujer. Algunas ocurren en su interior; otras en el mundo circundante. Pero lo que más importa es lo que ella piensa de sí misma. En Kiniwata, Sarita creía que no valía nada; ahora, sabe que vale mucho más que cualquier mujer del archipiélago.
—Así, pues, Johnny, lo que usted deseaba…
—Lo que yo deseaba era casarme con Sarita. La amaba entre todas las mujeres.
—Pero… estaba empezando a comprender.
—Pero —concluyó Johnny reposadamente—, deseaba tener una mujer que valiera ocho vacas.
 

 © 1965 por Patricia McGerr. Condensado de “Woman’s Day” (Noviembre de 1965), de Nueva York, Nueva York.

Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo XCVI, Número 570, Año 48, Mayo de 1988, páginas 84-88, Reader’s Digest Latinoamérica, S.A., Coral Gables, Florida, Estados Unidos

Las  notas con asterisco son mías.

domingo, 27 de abril de 2025

El Amigo Braulio

Por Manuel Gonzáles Prada


En ese tiempo era yo interno de San Carlos. Frisaba en los diez y ocho y tenía compuestos algunos centenares de versos, sin que se me hubiera ocurrido publicar ninguno ni confesar a nadie mis aficiones poéticas. Disfrutaba una especie de voluptuosidad en creerme un gran poeta inédito.

Repentinamente nacieron en mí los deseos de ver en letras de molde algunos versos míos. Por entonces se publicaba en Lima una semanario ilustrado que gozaba de mucha popularidad y era leído y comentado los lunes entre los aficionados del colegio: se llamaba El Lima Ilustrado.
Después de leer veinte veces mi composición de poemas, comparar su mérito y rechazar por malísimo lo que ayer había creído muy bueno, concluí por elegir uno, copiarlos en fino papel y con la mejor de mis letras.

Temblando como reo que se dirige al patíbulo, me encaminé un domingo por la mañana a la imprenta de El Lima Ilustrado. Más de una vez quise regresarme; pero una fuerza secreta me impelía.

Con el sombrero en la mano y haciendo mil reverencias penetré en una habitación llena de chivaletes, galeras, cajas, tipos de imprenta.

—¿El Señor Director? — pregunté queriendo mostrar serenidad, pero temblando.

—Soy yo joven.

Me dio la respuesta un coloso de cabellera crespa, color aceitunado, mirada inteligente y modales desembarazados y francos. En mangas de camisa, con un mandil azul, cubierto de sudor y manchado de tinta, se ocupaba en colar fajas y pegar direcciones.
—Me han encargado le entregue a usted una composición de verso.
—Pasemos al escritorio.

Ahí se cala las gafas y sin sentarse ni acordarse de convidarme asiento, se pone a leer con la mayor atención.

Erala primera vez que ojos profanos se fijaban en mis lucubraciones poéticas. Los que no han manejado una pluma no alcanzan a concebir lo que siente un hombre al ver violada, por decirlo así, la virginidad de su pensamiento. Yo seguía,  yo espiaba la fisonomía del director para ir adivinando el efecto que le causaban mis versos: unas veces me parecía que se entusiasmaba, otras que me censuraba acremente.

—Y ¿quién es el autor? me dijo, concluida la lectura.

Me puse a tartamudear, a querer decir algún nombre supuesto, a murmurar palabras ininteligibles, hasta que concluí por enmudecer y tornarme como una granada.
—¿Cómo se llama usted, joven?
—Roque Roca.
—Pues bien: yo publicaré la composición el próximo número y pondré el nombre de usted, porque usted es el autor: se lo conozco en la cara. ¿Verdad?

No pude negarlo, mucho más cuando el buen coloso me daba una palmada en el  hombro, me convidó asiento y se puso a conversar conmigo como si hubiéramos sido amigos de muchos años.
Al salir de la imprenta, yo habría deseado poseer los millones de Rothschild para elevar una estatua de oro al director de El Lima Ilustrado.

II

Cuando el semanario salió a la luz con mis versos, produjo en San Carlos el efecto de una bomba. ¡Poetam habemus!, gritó un muchacho que se acordaba de no haber aprendido latín. En el comedor, en los patios, en el dormitorio y hasta en la capilla escuchaba yo alguna vocecilla tenaz y burlona que entonaba a gritos o me repetía por lo bajo una estrofa, un verso, un hemistiquio, un adjetivo de mi composición.
La insolencia de un condiscípulo mío llegó a tanto que al pedirle el profesor de literatura un ejemplo de versos pareados, indicó los siguientes:

El poeta Roque Roca
Echa flores por la boca.

Con decir que el mismo profesor lanzó una carcajada y me dirigió una pulla, basta para comprender el maravilloso efecto de los dos pareados: a la media hora los sabía de memoria todo el colegio y andaban escritos con lápiz negro en las paredes blancas y con polvos blancos en las pizarras negras. No faltaron variantes:

El poeta Roque Roca
Echa coles por la boca.


El poeta Roque Roca.
Echa sapos por la boca.


Un bardo anónimo, no muy versado en la colocación de los acentos, escribió:

El poeta Roque Roca
Es un inconmensurable alcornoque.


Agotada la paciencia, recurrí a las trompadas; mas como el remedio empeoraba el mal, acabé por  decidir que el partido más cuerdo era no hacerles caso y no volver a publicar una sola línea.

Sólo encontré una voz amiga. Había un muchacho a quien llamábamos el Metafórico, por su manera extraña y alegórica de expresarse. El Metafórico me llamó a un lado y me dijo con la mejor buena fe:
—Mira, no les hagas caso y sigue montando en el Pegaso: el ruiseñor no responde a los asnos; poeta-aurora, desprecia a los hombres-coces.

Las palabras me consolaron, aunque venía de un chiflado. ¡Qué voz no suena dulce y agradablemente cuando se duele de nuestras desgracias y nos sostiene en nuestras horas de flaqueza?

Yo contaba con un amigo de corazón: Braulio  Pérez. Juntos habíamos entrado al colegio, seguíamos las mismas asignaturas y durante cinco años habíamos estudiado en compañía. En cierta ocasión, una enfermedad le retrasó en sus cursos: yo velé dos o tres meses para que no perdiera el año. ¿Quién sino él estaría conmigo? Como ni palabra me había dicho sobre mis versos ni salido a mi defensa, su conducta me pareció extraña y le hablé con la mayor franqueza.
—¿Qué dices de lo que pasa?
—Hombre —me contestó— ¿Por qué publicar los versos sin consultarte con algún amigo?
—De veras.
—Tú sabes que yo…
—Cierto.
—Estoy hasta resentido de tu reserva conmigo.
—Lo hice de pura vergüenza.

Si alguna vez vuelves a publicar algo…
—¿Publicar?, antes me degüellan.

Mantuve mi resolución un mes, y la habría mantenido mil años, si el director de El Lima Ilustrado no se hubiera aparecido en el colegio a decirme que se hallaba escaso de originales en verso  y que me exigía mi colaboración semanal. Quise excusarme; pero el hombre —lisonjero— me comprometió a enviarle cada miércoles una composición en verso.

Ocurrí al amigo Braulio, le conté lo sucedido y le enseñé todo mi cuaderno   para que escogiera los menos malos; pero no logramos quedar de acuerdo: todas mis inspiraciones le parecían flojas, vulgares, indignas de ver la luz pública en un semanario donde colaboraban los primeros literatos de Lima. Imposible sacarle de la frase: ʺTodas están malasʺ. A escondidas del amigo Braulio, copié los versos que me parecieron mejores y se los remití al director de El Lima Ilustrado.

La tormenta se renovó con mi segunda publicación, pero fue amainando con la tercera y la cuarta; a la quinta, las burlas habían disminuido, y sólo de vez en cuando algún majadero me endilgaba los pareados o me dirigía una pulla de mal gusto.

El único implacable era el amigo Braulio, convertido en mi Aristarco severo, todo por amistad, como solía repetírmelo. Apenas recibía el número de El Lima Ilustrado, se instalaba en un rincón solitario y lápiz en mano, se ensañaba en la crítica de mis versos: uno era cojo, el otro patilargo; éste carecía de acentos, aquél los tenía de más. En cuanto al fondo, peor que la forma.

—Mira —me lanzó en una de esas expansiones íntimas que sólo se concibe en la juventud—; mira, el hombre no sólo se deshonra con robar y matar, sino también con escribir malos versos. A ladrones o asesinos nos pueden obligar las circunstancias; pero ¿qué nos obliga a ser poetas ridículos?

III

Hacía dos meses que publicaba yo mis versos, cuando en el mismo semanario apareció un nuevo colaborador que firmaba sus composiciones con el seudónimo de Genaro Latino. Mi amigo Braulio empezó a comparar mis versos con los de Genaro Latino.
—Cuando escribas así, tendrás derecho a publicar —me dijo sin el menor reparo.

Fui constante inmolado en aras de mi rival poético: él era Homero, Virgilio, y Dante, yo, un coplero de mala muerte. Cuando mi nombre desapareció de El Lima Ilustrado para ceder el sitio al de Genaro Latino, muchos de mis condiscípulos me reconocieron el mérito  de haber admitido mi nulidad y sabido retirarme a tiempo. Sin embargo, algunos insinuaron que el director del semanario me había negado la hospitalidad.

Todos creían envenenarme la bilis con leerme los versos de mi rival, figurándose que la envidia me devoraba el corazón. Braulio me atacaba ya de frente, y se le atribuía la paternidad de este nuevo pareado:

Ante Genaro Latino,
Roque Roca es un pollino.


Un día, Braulio, triunfante y blandiendo un papel, se instala sobre una silla, pide la atención de los oyentes y empieza a leer una silva de Genaro Latino, publica da en el último número de El Lima Ilustrado. De pronto, cambia de color, se muerde los labios, estruja el periódico y lo guarda en el bolsillo.

—¿Por qué no sigues leyendo? —le pregunta una voz estentórea—. Era el Metafórico.
—¡Que siga, que siga! —exclamaron algunos.
—Yo seguiré —dijo el Metafórico.

Se encaramó en una silla que el amigo Braulio acababa de abandonar y leyó:

Nota de la Dirección.— Como hay personas que se atribuyen la paternidad de obras ajenas, avisamos al público (a riesgo de herir la modestia del autor) que los versos publicados en El Lima Ilustrado con el seudónimo de Genaro Latino son escritos por nuestro antiguo colaborador el joven estudiante de jurisprudencia don Roque Roca.

El amigo Braulio no volvió a dirigirme la palabra.
 
 
 
Manuel Gonzáles Prada nació en Lima  y falleció en 1918. La influencia del autor de ʺPájinas Libresʺ que ejerció sobre la juventud, comprendió la política, la literatura, la poesía. En ʺEl Tonel de Diógenesʺ, México, Tezontle, 1945, aparecen algunos trozos narrativos de Gonzáles Prada.
 
 
Varios autores, Antología del Cuento. Lima en la Narración Peruana, Presentación y Selección de Elías Taxa Cuádroz, Editorial Continental- Kontinental Verlag, Lima, Perú, 1967, págs. 55-61 
 
 
Notas
 
Chivaletes o  Chibaletes.-  significa un armazón de madera donde se colocan las cajas para componer en imprenta. Proviene del francés "chevalet", que significa caballete. En esencia, es un mueble parecido a un pupitre, usualmente de madera, con cajones (o "cajas") para guardar tipos móviles.

Hemistiquio: Mitad de un verso, especialmente cada una de las dos partes de un verso separadas o determinadas por una cesura. DLE.RAE

Cesura: En la poesía moderna, corte o pausa que se hace en el verso después de cada uno de los acentos métricos reguladores de su armonía. DLE. RAE

Verso pareado: Un pareado es un par de versos consecutivos de poesía que crean una idea o pensamiento completo. Los versos suelen tener patrones silábicos similares, llamados métrica. Si bien la mayoría de los versos riman, no todos lo hacen. Un pareado puede formar parte de un poema más extenso o ser un poema en sí mismo. masterclass.com

Aristarco de Samotracia (c. 217-c. 145 a. C.): Gramático y miembro de la escuela filológica alejandrina. Su nombre llegó a hacerse proverbial como antonomasia del crítico severo. Wikipedia y otros.

Silva: Combinación métrica, no estrófica, en la que alternan libremente versos heptasílabos y endecasílabos. DLE. RAE