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jueves, 24 de abril de 2025

Y me arrodillé a sus pies

Drama de la vida real



Durante 30 años la esposa que me dieron mis padres sólo me había inspirado repugnancia, pero un día supe… y me arrodillé a sus pies.

Por Wang Yang


ESTABA YO en mis cinco sentidos cuando el Dr. Chou Taohsiang me hizo un trasplante de córnea. Los médicos habían anestesiado alrededor del ojo enfermo, pero oía perfectamente el choque metálico de los instrumentos y la voz del Dr. Chou.

Cuando ingresé en el Hospital Militar de Taipeh, llevaba más de tres años con el ojo derecho inflamado. Casi no veía con él, y en el izquierdo padecía una fuerte hipermetropía. Los médicos descubrieron, además, además que tenía queratitis (inflamación de la córnea).

—Tal vez se infectó usted con alguna toalla, o en cualquier piscina —me dijeron.
—Soy instructor de natación en una escuela para oficiales del ejército —repuse.
—Pues probablemente fue allí donde se contagió usted —concluyó el Dr. Chou.

Aproximadamente un año después me enteré de que un trasplante de córnea podría devolverme la vista del ojo derecho del cual ya había cegado por completo. Se lo conté a mi esposa, quien con aire resuelto fue a buscar la libreta de la cuenta de ahorros que guardaba en el banco. Había conseguido ahorrar alrededor de 20.000 dólares de Formosa (suma equivalente a 500 dólares norteamericanos) durante muchos años de trabajo agotador.

—Si con esto no basta, trataremos de conseguir algo más —me dijo,  y añadió—: Tú no eres como yo. Un analfabeto es ciego aunque pueda ver. El que sabe leer necesita los dos ojos.

El Dr. Chou había practicado uno de los primeros trasplantes de córnea lo grados en Formosa, y fui a inscribirme en la lista de sus pacientes. Antes de transcurrido un mes me llamó por teléfono para decirme:
—Un chofer sufrió un grave accidente de automóvil. Antes de morir le dijo a su mujer que procurara reunir cuanto pudiera, con la venta de partes de su cadáver, para ayudar con ello al sostenimiento de sus seis chiquillos. ¿Podría usted pagar 10.000?
La operación y los gastos costarían 8000, poco más o menos. Por tanto, acepté, y recibí instrucciones de presentarme en el hospital al día siguiente.
Verdaderamente había corrido con suerte. Conocía yo algunas personas que debieron esperar varios años una córnea disponible, y agradecí a mi esposa la ayuda que me permitiría operarme.

Cuando me sacaban de la sala de operaciones, mi hija Yung, acercándome los labios al oído, me dijo:
—Todo salió bien. Mamá quería venir, pero tuvo miedo.
—Dile que no venga —le contesté—. Pero explícale que estoy perfectamente, y que no se preocupe.
Mi esposa no había ido a verme la primera vez que estuve en el Hospital Militar, y tampoco en esta ocasión quería yo que acudiera.

Tenía 19 años de edad cuando me casé por voluntad de mis padres*. Mi padre y el de mi esposa eran íntimos amigos (los que nosotros llamamos shih-chiao) y se habían comprometido a que, si las esposas daban varón la una y una mujercita la otra, los casarían al llegar a adultos.

Nunca vi a la muchacha que me habían destinado por esposa hasta que la llevaron a nuestra casa en la litera nupcial. Después de las tradicionales genuflexiones ante el cielo y la tierra, la condujeron a mi habitación.

Cuando por fin levanté el rojo brocado del tocado nupcial de mi esposa, no pude reprimir una exclamación de horror. Tenía el rostro cruelmente cubierto de picaduras de viruela, tan profundas como descoloridas. La nariz era deforme y, bajo las escasas cejas, aprecian unos ojos hinchados por las cicatrices que le cubrían los párpados.  A los 19 años de edad, la joven parecía de 40.

Corrí al aposento de mi madre y pasé la noche sollozando. Ella me dijo que debía resignarme a mi sino. Las jóvenes feas traen buena suerte, me aseguraba; las bonitas sólo dan penas.

Nada de lo que mi madre dijo logró atenuar la angustia que me mordía el corazón.  Me negaba a compartir la misma habitación con mi esposa, a quien ni siquiera dirigía la palabra. Me hospedaba en la escuela, y cuando llegaron las vacaciones del verano, no quise volver a casa y fue necesario que mi padre enviara a uno de mis primos a buscarme.

A mi llegada, mi mujer estaba preparando la cena, alzó la cabeza y, al verme, sonrió. Yo pasé junto a ella sin detenerme. Terminada la comida, mi madre me llamó aparte y me dijo:
—Hijo mío, te comportas cruelmente. Tu esposa no tiene un rostro muy atractivo, pero no puede decirse lo mismo de su corazón.
—No. Debe de tener un corazón muy hermoso, tan bello como el de un ángel —exclamé con violencia—. Si no, ¿cómo me habrían obligado a casarme con ella?
Mi madre palideció.
—Es una chica extraordinariamente buena, comprensiva y considerada —me replicó—. Lleva ya más de seis meses en esta casa, y trabaja de la mañana a la noche, en la cocina y en la fábrica. Ella prepara los alimentos y la ropa de tu padre y mía, y no ha proferido ni una queja por la manera como la tratas. Nunca la he visto derramar una sola lágrima. Pero te aseguro que a solas llora amargamente.
”Por diferentes que seamos, cada uno tenemos una sola vida, continuó mi madre. “Si te atiende solícitamente y cuida tan bien de la casa, si no cabe duda de que sabrá educar a tus hijos como es debido. ¿qué más puedes pedirle? ¿Pretendes que lleve la existencia de una viuda teniendo marido? Ponte en su lugar”.

Mi esposa y yo comenzamos a compartir la misma habitación, pero nada podía cambiar mi repudio. Se mantenía agachada y hablaba en voz baja. Si yo la reconvenía, levantaba la cabeza, me sonreía con aire sumiso, y, en seguida se inclinaba de nuevo. Parece una masa informe de algodón, sin voluntad ni carácter, pensaba yo.

Llevamos más de treinta años de casados, y en ese tiempo es raro que haya sonreído a mi mujer y jamás he salido a pasear con ella. Para ser sincero, muchas veces deseé su muerte.
Y a pesar de todo, mi esposa ha demostrado tener más paciencia y mayor capacidad de amar que ninguna otra persona que yo conozca.

Cuando vinimos por primera vez a Formosa, tenía yo un puesto inferior en el ejército y mi sueldo difícilmente alcanzaba para costearnos el alquiler y la comida. Nuestra hija enfermaba con frecuencia, así que, aparte de todo, teníamos que hacer frente a los gastos médicos. En los ratos que sus quehaceres domésticos le dejaban libres, mi mujer tejía sombreros y esteras de paja para aportar a la casa un poco de dinero.
Cuando nos mudamos a un puerto pesquero en la región oriental del país, se dedicaba a remendar redes; y cuando nos trasladamos al norte, aprendió a pintar piezas de cerámica. A menudo me ausentaba de casa, pero sabía que no tenía por qué preocuparme de los niños y la casa, pues mi esposa estaba pendiente de todo.

Nunca habíamos vivido en las casas del ejército, pues lo cierto es que ambos temíamos que tratara a la gente. Cuando me licenciaron del ejército, nos mudamos a una casa modesta y algo apartada. Nuestra hija Yung había terminado sus estudios y hacía un año que daba lecciones. Su hermano, tres años menor que ella, estudiaba con provecho en la Academia Militar. Yo había recomendado a Yung que no le dijera a su hermano  una sola palabra acerca de la operación hasta que todo hubiera pasado, ya que no quería que nada lo distrajera de sus exámenes de fin de curso.

Yung compró un aparato de radio de transistores para que tuviera con qué entretenerme durante las largas horas que debía pasar con los ojos vendados. Pero me sobraba tiempo para reflexionar, y pensaba con frecuencia en mi mujer. No dejaba de sentir cierta vergüenza por haberle ordenado que no fuera a verme.

Dos semanas después de la operación me comunicaron que pronto me quitarían las vendas. Mi alegría era incontenible. Nunca había estado en reclusión forzada, y me decía que recobrarla libertad sería un gran gozo.
—Cuando me restablezca —confié a Yung—, iré  a visitar la tumba del chofer que me cedió su córnea.
Pero me sentía nervioso, pues no ignoraba la posibilidad de que el trasplante fracasara.  Cuando me quitaron la venda que me cubría el ojo derecho, vacilé en abrirlo.
—¿Puede usted ver la luz? —me preguntó el Dr. Chou.
—Sí, encima de mí —contesté parpadeando.
—En efecto, es la lámpara —me dijo el médico, y me dio una palmada en el hombro—. Todo ha salido bien, amigo mío. Dentro de una semana podrá volver a su casa.

Cada día  en el curso de aquella semana, el Dr. Chou exponía a la luz mi ojo derecho. Primero no veía yo más que sombras; luego distinguí los dedos de las manos del médico. El día que debía volver a casa pude enfocar la ventana, la cama, y aun las tazas de té que estaban en la mesa.
—Mamá está preparando tus platos predilectos para darte la bienvenida —me anunció Yung cuando fue por mí.
—Es una esposa excelente y una madre ejemplar —le respondí.
Nunca me había referido a ella en tales términos.

Mi hija y yo tomamos un taxi.  La muchacha guardó un extraño silencio durante el camino.
Al entrar de nuevo en casa, de donde había salido 21 días antes, mi mujer venía de la cocina con un plato de comida. Apenas me vio, agachó la cabeza instintiva y apresuradamente.
—Ya llegaste —murmuró.
—Gracias por haberme devuelto la vista —le dije.
Era la primera vez que yo le agradecía algo.
Ella pasó junto a mí bruscamente y puso el plato en la mesa. Se apoyó luego contra la pared, volviéndome la espalda, y empezó a sollozar.

Yung entró inopinadamente en la habitación y, bañada en lágrimas, exclamó:
—¡Díselo, mamá! ¡Que mi padre sepa que tú le donaste la córnea! —y sacudía a su madre— ¡Díselo, mamá? ¡Anda!
—No hice más que cumplir con mi deber —replicó mi esposa.
La así por los hombros y la miré a los ojos. El iris del izquierdo estaba tan opaco como había tenido yo el derecho.
—¡Flor de Oro! —era la primera vez que pronunciaba yo su nombre— ¿Por qué?... ¿Por qué lo hiciste? —le reclamé, sacudiéndola con violencia.
—Pues… porque eres mi esposo.
Y Flor de Oro ocultó la cabeza en mi hombro. La estreché fuertemente contra mí… y me arrodillé a sus pies.


*El autor se crió por la época en que los padres debían disponer el matrimonio de los hijos, y éstos tenían que obedecer las órdenes paternas. Tales costumbres, ya rara vez practicada por los días en que se casó el autor, actualmente han desaparecido.



Condensado del “Central Daily News” (10 y 11-VII-1973), de Taipeh, (Formosa, Taiwán)

Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo LXVII, Número 401, Año 34, Abril de 1974, págs 95-99, Reader’s Digest México S.A. de C.V., México


Nota:
Siempre me gustó este relato que leí hace años porque aconsejaba No dejarse llevar por las apariencias, que significa el no basar los juicios o decisiones únicamente en la apariencia exterior de las personas o las cosas, sino en su esencia, carácter o comportamiento. Reconocer que lo que vemos no siempre refleja la realidad y que es importante investigar más allá de la superficie. Hay que abandonar los prejuicios, buscar la verdad, no ser tan superficiales y valorar el interior de las personas (bueno, las que valgan la pena conocer porque así con todo hay que ser un tanto selectivos con quienes tengamos compañía).

Durante algún tiempo esta sección de la revista se llamó Dramas de la Vida Cotidiana, luego se la renombró como Drama de la Vida Real.
Sobra explicar la temática.

Si nuevamente cito algunos de estos relatos dramáticos pondré si es de la primera o de la segunda época.


Sino: azar, hado, suerte, fatalidad, ventura, acaso, fortuna, estrella, casualidad, eventualidad
Reconvenir: censurar, reprender, criticar, reprochar, recriminar, etc.
Inopinadamente: de modo inesperado, imprevisto, repentino, súbito, insospechado. RAE y otros.


domingo, 23 de marzo de 2025

Un teléfono en nuestro destino

Una increíble casualidad, y precisamente lo que necesitaban

Por Thom Hunter
 

MI ESPOSA LISA y yo publicábamos con grandes trabajos en un pequeño periódico semanal. Yo escribía y ella vendía anuncios.
A menudo trabajábamos hasta pasada la medianoche, mientras el pueblo, incluidos nuestros hijos, dormía. 

Una de esas noches nos metimos en la cama tardísimo, para levantarnos unas horas después. Me comí un plato de cereal y bebí un refresco grande, y luego emprendí el viaje a la capital del estado, pues tenía que ir a la imprenta. Lisa vio que nuestros cinco hijos se vistieran, y mandó a los tres mayores a la escuela con las bolsas del almuerzo. Yo estaba tan cansado que no debí haber conducido, y mi esposa estaba tan cansada que no debía haber hecho nada.

“La temperatura es de 21 grados centígrados, y el sol brilla en todo su esplendor״, dijo alegremente un locutor por la radio. “¡Otro hermoso día!״ No le hice caso.

Pero de lo que sí tuve que hacer caso fue de las consecuencias de beber un refresco grande. Me di cuenta de que no llegaría a tiempo a la ciudad, así que me detuve en una parada de descanso, a unos cuantos kilómetros de la casa.

Mientras tanto, Lisa, molida como estaba, empezó a llamar a las empresas de servicios para explicar nuestro atraso en los pagos y suplicar que se nos diera un día más de agua caliente y aire acondicionado.
Buscó el número de la compañía de luz y lo marcó… o al menos creyó que lo hacía.

Al bajar del auto en la parada de descanso oí sonar el teléfono público. Yo era la única persona que estaba ahí, pero de todos modos miré a todos lados.

Pensé que tenía que ser el más equivocado de todos los números equivocados. Después me escuché a mí mismo decir: ¿Por qué no? Así que caminé hacia el teléfono y levanté el auricular.

ꟷHola ꟷdije. 
Silencio. Luego, un grito:
ꟷ¿Thom? ¿Qué diablos estás haciendo en la compañía de luz?
ꟷ¿Lisa? ¿Por qué llamas a un teléfono de la carretera? 

Pasamos por toda una gama de exclamaciones, desde: “¡No lo puedo creer!״ hasta “¡Esto es algo en verdad sobrenatural!״

Seguimos hablando. A las exclamaciones siguió la conversación; una charla real, sin prisas y sin interrupciones… la primera en mucho tiempo. Hablamos incluso de la cuenta de luz. Le aconsejé a Lisa que durmiera unas horas, y ella me dijo que usara el cinturón de seguridad y que tomara menos refresco.

Aun así, yo no quería cortar la comunicación. Habíamos compartido una experiencia maravillosa. Los números de la compañía de luz y del teléfono público diferían sólo por un dígito, pero el hecho de que yo estuviera allí cuando Lisa llamó había sido tan improbable que se lo atribuimos a Dios. Él sabía que esa mañana cada uno de nosotros necesitaba, más que nada en el mundo, escuchar la voz del otro. Él nos puso en contacto.

Aquel telefonazo fue el principio de un cambio sutil en nuestra familia. Ambos nos preguntamos cómo era posible que nos hubiéramos enfrascado tanto en nuestro trabajo que dejáramos que una desconocida acostara a nuestros hijos. Y cómo había podido yo sentarme a desayunar sin decir siquiera buenos días. 

Dos años después ya habíamos dejado atrás el negocio que dominó a tal grado nuestra vida, y yo tenía un empleo nuevo… en la compañía de teléfonos. Que nadie me diga ahora que Dios no tiene sentido del humor.

 

Condensado de Those No-So-Still Small Voices״, © 1993 por Thom Hunter, Publicado por Navpress, de Colorado Springs, Colorado.

Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo CIX, Número 653, Año 55, Abril de 1995, págs. 41-42, Reader’s Digest Latinoamérica, S.A., Coral Gables, Florida, Estados Unidos



Nota.- 21 grados centígrados = 69,8 grados Fahrenheit.

miércoles, 25 de septiembre de 2024

Mi Personaje Inolvidable I

Por Kavanaugh MacDonald

El autor que es un periodista de Canadá firma con seudónimo.

 

SI YO hubiese llevado a Inés al despacho de un consejero de asuntos matrimoniales la primera vez que a ella se le metió en su linda cabecita la idea de que yo era el hombre que el Cielo le tenía reservado, estoy seguro de que me habría indicado que ella no estaba hecha para una cosa tan seria como el matrimonio.

Pero nuestro noviazgo fue un vértigo tan ajeno a todo sentido de la realidad que jamás pensamos en pedir consejo, lo cual fue para mí una gran suerte.

No se trata de que Inés haya cambiado. A la fecha aún no sabe cocinar. O no puede o no quiere ser ama de casa. No sabe hacer una suma… y nadie le sacará de la cabeza que con pagar el primer plazo de una compra ya están resueltos todos los problemas de economía doméstica.

Sin embargo, hace ya cerca de diez años que nos casamos Inés y yo, y no creo que pueda conocerse un matrimonio más feliz. Tenemos una casa que, aunque modesta, es la más alegre del vecindario. Tenemos tres hijos encantadores y sin complicaciones. Y nuestras aventuras son tan extraordinarias que cuando me siento a pensar en ellas se me humedecen los ojos.

Entonces ¿es ella un encanto? Claro que sí. Pero se necesitaría algo más que su cabellera de oro oscuro, su lindo cuerpo y su fresca belleza campesina para que yo le perdonara el crónico desorden de la casa y de su manera de llevar la vida. Al regresar del trabajo puedo estar seguro de que encontraré un montón de polvo al pie de la escalera donde ella no ha terminado la limpieza. Habrá loza en el fregadero, un pan que se ha quedado sin guardar desde la mañana, y todo por el estilo.

Infructuosamente he discutido sobre todas estas cosas muchas veces, y sobre el desarreglo que hay siempre en el salón. Inés colecciona casi todas las cosas que no cuestan nada. Piedras, mariposas, flores disecadas, huevos de pájaros y Dios sabe qué más. Estas colecciones adornan los estantes de libros, el piano, las consolas. Jamás he dado con otro ser humano para quien los souvenirs tengan semejante importancia. De cada salida que hacemos, de cada año en la vida de nuestros hijos, de cada acontecimiento señalado en nuestra vida, ella quiere tener un recuerdo en la sala.

Alguna vez le propuse que hiciésemos una recogida de cosas y las llevásemos al desván. «¿Pero para qué tener recuerdos ꟷme respondióꟷ si uno no los tiene donde le hagan recordar?» No tuve qué contestarle, y ella continuó coleccionando.

En nuestros primeros años de casados, yo estallaba de indignación cuando llegaba a casa y la encontraba como Tokio después de un terremoto. Inés me escuchaba con tan aparente contrición que casi me convencía. Luego insinuaba su excusa: había salido con los niños a nadar o a recoger fresas, o al monte por helechos. Jamás sus excusas tenían nada que se pareciese a una discusión: Inés nunca discute. En estas primeras experiencias la cosa terminaba invariablemente sintiéndome yo tan perplejo como se sentiría un cazador ante un conejo que no corriese.

En realidad, no me he dado por vencido en mis conferencias sobre el arreglo de la casa, pero ya lo hago más por hábito que porque abrigue ninguna esperanza. «Piensa ꟷle digoꟷ que viniese ahora a visitarnos mi jefe, o el director de la escuela, o el cura: ¿no te avergonzarías de recibirlos así».

Mi pregunta no tiene sentido. Estas tres personas, e innumerables más, llegan de continuo a nuestra casa, porque les gusta. Entran sin que nadie les llame, apenas tocan débilmente a la puerta por pura fórmula, echan a un lado las pilas de juguetes o los abrigos o las revistas que están en las sillas, y se sientan estirando las piernas como si estuviesen en un banco del parque.

Una de ellas es un solterón que vive a dos calles de nuestra casa y que de continuo nos trae pescado e insiste en que el mejor ha de ser para Inés.

Otra es la señora Mercer, una viejecita que tuvo que mudarse a un departamento pequeño en donde no tiene sitio ni para su gato de Angora ni para su perro Springer. Inés la encontró llorando porque tendría que dejarlos. Desde entonces los animales están en nuestra casa… y con ellos la señora Mercer una buena parte del tiempo.

Lo mismo el señor Powley, que los domingos se viene con las historietas en colores de los diarios para leérselas a nuestros hijos. Cae precisamente cuando estamos a toda prisa lavándolos para que lleguen con la cara limpia al catecismo.  El humo de su cigarro basta para inmunizar la sala contra la polilla; pero Inés le recibe encantada y me explica: «Le gustan los niños: tenía dos hijos y los perdió en la guerra».

Y así otros muchos. El panadero que nos cae de vez en cuando con toda la familia; la señora nerviosa, que cuantas veces riñe con su marido busca nuestro refugio. Podría hacer una lista interminable.

Para Inés todos son buenos. Hasta ahora parece que no ha encontrado quién no lo sea. En el invierno último compró unos platos de plástico a un parlanchín vendedor ambulante que se los vendió a un peso cada uno.
A la semana siguiente vi los mismos platos en una tienda a 65 centavos.
Inés comentó: «¡Tienen que ser o inferiores o más delgados o quién sabe qué; el hombre que me los vendió jamás me habría cobrado más por la misma cosa!».

Si yo le hubiera demostrado que los dos platos eran idénticos, estoy seguro de que ella todavía habría defendido al vendedor suponiéndolo víctima de alguna confusión; porque no le cabe en la cabeza que nadie pueda aprovecharse de ella.

Y esto incluye hasta el ejército.
Los militares fueron quienes dieron motivo a nuestra única pelea en serio, que para mí se resolvió en provechosa enseñanza.

Vivimos en el límite del pueblo, y el terreno de maniobras del ejército está a un paso del patio de atrás de nuestra casa. Hace años que esto es así, pero nunca habíamos reparado en tal vecindad. Por eso fue grande mi sorpresa en una cálida tarde de agosto cuando al volver a casa di de manos a boca con una ametralladora antiaérea y un jeep. El capitán que manejaba el jeep me dijo al pasar: «Hace calor ¿verdad?»
Asentí, él se despidió y se marchó.
Le pregunté a Inés qué significaba aquello y me dijo:
ꟷEstaban en maniobras, y como hacía tanto calor pensé que les caería bien tomar kéfir helado. Entre los ochos se tomaron seis botellas ꟷagregó riéndose.
ꟷ¡Seis botellas! ꟷexclamé.
ꟷPero querido ꟷme explicó muy contritaꟷ no saqué un centavo de la plata del diario: la saqué de mi alcancía…
En esa alcancía Inés había venido ahorrando centavos durante dos años para hacernos una sala de juego con que de tiempo atrás soñábamos.
ꟷMira, querida ꟷle dijeꟷ piensa en tu reputación. Si alguna de estas viejas que tenemos de vecinas ven que tú estás recibiendo acá a los oficiales ¿qué van a decir?
Me aseguró que ella jamás les inventaba cuentos a las vecinas ¿por qué se los habían de inventar ellas a ella? Y agregóꟷ: Aquí te dejé tu vaso de kéfir; pruébalo que está deliciosoꟷ. Y así dio fin a mi sermón.

A la tarde siguiente no encontré a la entrada ni ametralladoras ni soldados; pero sí vi cuatro botellas vacías de kéfir en el fregadero.
Inés dijo con mucha gracia:
ꟷEsta vez lo compraron ellos. Son unos muchachos encantadores.
ꟷY sobre todo el capitán ꟷle dije.
ꟷ¡Claro! ꟷme respondióꟷ ¿Sabes que ha estado en la guerra?

La tercera noche encontré ocho botellas y ya me preparaba a dar la ley, cuando llegó el capitán. Venía a proponernos que fuésemos al cine al cuartel. «Véngase con toda la familia», agregó.
No se puede mandar a paseo a un hombre tan amable. Además, ya Inés estaba limpiándoles la cara a los niños para ir al cine.
Debo confesar que esa noche no la pasé mal.

A las dos noches, el capitán y dos de sus muchachos trajeron el cine y lo montaron en el prado de nuestra casa para que lo vieran todos los vecinos. Pocas noches después el capitán trajo al gaitero del regimiento y lo hizo marchar de arriba abajo en nuestro patio para delicia de la señora Mercer, del señor Powley y de una docena más. Para abreviar: el capitán ya era casi de la familia.

Aunque nunca pude encontrar palabras para decirlo con claridad, la verdad es que no me gustaba aquello. Con el más leve pretexto nos caían el capitán y sus muchachos: a pedirnos prestado un disco o una pluma, o a que mi mujer les prestase un hilo o una aguja. Se encargaron de cortar el césped, de sacar a paseo al perro de la señora Mercer, de cuidar de los niños si salíamos, de podar las lilas.

Una noche le dije a Inés:
ꟷ¿Te das cuenta de que hemos perdido nuestra independencia? Todo ha sido por tu culpa: ¡Maldito el recibimiento tan cordial que les hiciste!

Al mes de esto llegamos a una franca ruptura. Por razones de mi oficio tuve que ausentarme por un par de días, y cuando regresé a mi casa apenas pude reconocerla. Toda la galería de atrás había sido tumbada y ampliada y cubierta para formar una sala de juego.

Inés me echó los brazos al cuello y me dijo:
ꟷ¡Los muchachos de la tropa me han hecho todo el trabajo! El capitán consiguió que un contratista le cediera unas tablas sobrantes que tenía. Todo lo que tuve que comprar fueron los listones y los encerados para el techo.
La escena que siguió es algo que no quisiera recordar:
 ꟷVamos a ver ¿de quién es esta casa ꟷpreguntéꟷ ¿Por qué no me consultaron? Supongamos que yo no hubiera tenido con qué hacer la obra: ¿para qué publicar a los cuatro vientos mi pobreza? Y además ¿a quién se le ocurre un techo de encerado. Yo quería el tejado de madera.

Esa noche no dormí en casa. Me fui a un restaurante para desahogarme.

Cuando volví tres horas más tarde la casa estaba vacía. Ahí encontraba toda la independencia a que una persona puede aspirar, y la casa más desolada que jamás vieron mis ojos.
Encontré un papelito diciéndome que los niños estaban en casa de la señora Mercer. Ni una palabra respecto a Inés.

Me puse a dar vueltas por los cuartos como para consolarme viendo que las cosas estaban fuera de su lugar o empolvadas. De poco me sirvió.  Pensé: «Ella estará en el cuartel: hoy es sábado y hay baile».  Y me fui a la sala de baile del cuartel.

Allá estaba, y bailando. Me senté a una de las mesitas, en un rincón, a esperar.

El capitán debía estar en observación, porque en seguida se acercó.
ꟷLo estaba esperando ꟷme dijo.
Encendió un cigarrillo y me miró un buen rato.
ꟷAsí que la he fastidiado… ꟷme dijoꟷ. Me apena no haber caído en la cuenta de que le estábamos poniendo los pelos de punta.
Estallando, le dije:
ꟷHe venido para llevarme a casa a mi mujer.
ꟷVea ꟷme dijo el capitánꟷ usted es uno de los tontos más absurdos que yo he conocido. Siento que no le gustara la sala de juego. Mis muchachos contribuyeron con tres dólares cada uno para la madera y cuatro de ellos sacrificaron su día de salida por ayudarnos. Inés quería sorprenderlo a usted, y nosotros sólo queríamos complacerla en lo que pudiera hacerla más feliz. ¿Se le puede ocurrir a usted que cupiera ningún otro pensamiento en nuestras pobres entendederas?
No le respondí nada. Él siguió:
ꟷVea usted aquí a los muchachos. Han rodado por todo el mundo y han visto las cosas feas y mezquinas que encierra. No pocos de ellos han gastado la mitad de su vida tratando de enderezar las diabluras que un egoísta despreciable ha causado. De pronto se han encontrado a una persona que no tiene en su alma ni una gota de egoísmo, y unos niños que valen un tesoro. ¿Y se admira usted de que invadieran su casa?
«Denos usted un mundo lleno de gente como esta mujer, y al instante se podrán echar por tierra todos los cuarteles y sembrar patatas. Usted es el hombre que dio con ella ¡y ahora se queja! Me doy cuenta de que es duro tener que compartir con otros el gusto de estar con ella, pero no se puede aspirar a que sea sólo para uno una mujer semejante, como no se puede patentar un rayo de sol».

Se me fue pasando la ira no sé cómo, miré simplemente a Inés que bailaba y me dirigí a la puerta. El capitán me dijo:
ꟷPor ella no se preocupe. Váyase a su casa y reflexione en lo que le he dicho. Yo se la llevaré. En todo caso, ella no está hoy contenta aquí.

Así me volví a casa para dar un segundo debate a mis propios pensamientos. Estuve otra vez rondando por los cuartos, solo, viendo la alcancía, las piedrecitas, los platos de plástico. Me pregunté qué significaba todo ese desorden.  Quizás sólo era la prueba de que ella era una persona tan totalmente convencida de que la vida es completa, buena e interesante, que simplemente no tuvo tiempo para cansarse recogiendo sus pedacitos para meterlos en casilleros.

Hacia la medianoche el capitán me trajo a Inés. Como me lo había dicho, no estaba muy contenta. Y no lo estuvo hasta que yo tuve el valor para rendirme y pedirle perdón. Luego, de nuevo volvió a ser la mujer que todo el mundo quería.

Al lunes siguiente el capitán vino a ver cómo marchaba todo. A la tarde siguiente volvió con los muchachos del kéfir para terminar la sala de juego, mientras el gaitero desfilaba triunfante por el patio de atrás.

Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo XXVII, N° 163, junio de 1954, pp. 18-23, Selecciones del Reader’Digest S.A, La Habana, Cuba



Notas
He corregido alguna errata del original y me tomé la libertad de añadir un pequeño detalle que se notaba faltante para que se entienda mejor el texto.

Consola: Una consola es un mueble bajo que tiene varios cajones o incluso puertas y sirve principalmente para almacenar objetos. Antaño, por ejemplo, las consolas eran un tipo de mobiliario que servía para guardar todo lo que se necesitaba para poner la mesa a la hora de comer. Se pueden incluir tanto en un dormitorio como un mueble auxiliar, un baño, la entrada o el recibidor de la vivienda, el comedor. Nacher.es

Souvenir: Objeto que sirve como recuerdo de la visita a algún lugar determinado. RAE

Darse de manos a boca: De repente, impensadamente. RAE. Encontrarse inesperadamente. wordreference.com

Alcancía: hucha, cerdito, chanchito, cofre, cepillo, etc.

Kéfir: Bebida de leche fermentada parecida al yogur.

Dar la ley: Obligar a alguien a que haga lo que otra persona quiere, aunque sea contra su gusto.  Servir de modelo en ciertas cosas. RAE

Las notas son mías.

martes, 30 de julio de 2024

Noche de monstruos

¿Por qué el mundo distrae tanto a nuestro hijo a la hora de dormir?

Por Dave Barry
 

Los niños constituyen el recurso de la naturaleza para controlar la natalidad. A fin de ilustrar la forma en que cumplen con esta función, veamos cómo mi esposa y yo acostamos a nuestro hijo de seis años, Robert, en una noche cualquiera. Con la esperanza de tener algún tiempo entre nosotros, tratamos de que esté en la cama a  las 8 de la noche. Para ello, iniciamos la labor de convencimiento una hora antes.

7 de la noche: Anunciamos: “Robert, es hora de que te prepares para dormir”.

7:04, 7.09, 7:12, 7:14, 7:17, 7:18, 7:22, 7:24, 7:25, 7:26 y 7:27: Le advertimos a Robert que Ahora Sí debe prepararse para ir a la cama y que esta vez Va en Serio.

7:28: Robert se dirige a su habitación y comienza, realmente, a prepararse para dormir. 

7:29: Nuestro hijo no encuentra a Godzilla, su monstruo de hule. Nadie se explica cómo advierte la ausencia del muñeco en un cuarto que contiene unos 78,500 juguetes; pero así es. Y, desde luego, debemos suspender todas las actividades hasta que resolvamos este asunto, porque sería verdaderamente imperdonable que  un chiquillo tuviera que irse a la cama sin su Godzilla de hule.

7:43: Encontramos a Godzilla y Robert empieza a quitarse la ropa. Esto es algo que puede hacer Por Sí Mismo.

9:27: Hasta ahora  se ha quitado Por Sí Mismo la  camisa y un zapato. Acudo a  ayudarlo.

9:30: Ya en pijama, Robert se deja cepillar los dientes, la señal esperada para anunciar que tiene hambre. Le respondemos que la culpa es suya porque no se terminó la cena, que ya no es hora de comer nada, no señor, de ninguna manera, que ni lo imagine, que ya es tiempo de que aprenda su lección, etcétera.

9:57: Robert se termina un  plato de pasta, y se somete de nuevo al cepillado de los dientes.

10:02: Para que se duerma, le leemos el cuento Horton empolla un  huevo, del doctor Seuss. Esto resulta tardado porque debemos examinar cuidadosamente todas y cada una de las páginas por si hay algún detallito que se nos pudiera haber escapado las 267 noches consecutivas en que se lo hemos leído.

10:43, 10:47, 10:51, 10:54, 10:56, y 10:59: Le advertimos que Ahora Sí es hora de irse a la cama y que esta vez Va en Serio.

11.03: Robert se mete en la cama. Lo cobijamos, le damos el beso de las buenas noches, salimos sigilosamente de la habitación: por fin solos.

11.17: Nuestro hijo se queda dormido, pero lo despierta una terrible pesadilla, provocada por compartir su cama con Godzilla, su   monstruo de hule. Se lo quitamos.

11:28: Le damos a Robert el beso de las buenas noches y salimos de la habitación: por fin solos.

11:32: Al escuchar ruidos procedentes de la habitación del pequeño, regresamos y lo encontramos llorando a moco tendido. Casi sin poder articular las palabras, nos explica que la mamá pájaro de Horton empolla un huevo pierde a su cría al final, y que, aunque ella fue muy mala, probablemente ahora esté arrepentida y se sienta muy sola. Intentamos explicarle que esa no es la moraleja de la historia; pero Robert está inconsolable. Acabamos accediendo a que se meta en la cama con nosotros… solamente un minuto.

2:47 de la madrugada: Llevamos a Robert a su cuarto, le damos el beso de las buenas noches y salimos de puntillas de la habitación: por fin solos.

3:14, 3:58, 4:26, 5:11, y 5.43: La casa entra en Alerta Roja conforme se suceden diversas pesadillas de rutina, cada una de las cuales nos obliga a cruzar el pasillo tambaleantes y medio dormidos.

6:12: Amanece.

Cuando leo en el periódico algún artículo sobre matrimonios que tienen, por ejemplo, nueve hijos, nunca me pregunto cómo se las arreglan para cuidar de todos ellos, sino cuándo tuvieron tiempo para concebirlos.


Condensado de “Dave Barry’s Guide To Marriage And/Or Sex”, © 1987 por Dave Barry, publicado por Rodale Press, Inc., de Emmaus, Pensilvania.


Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo CII, N° 608, Año 51, Julio de 1991, páginas 19-20, Reader’s Digest Latinoamérica, S.A., Coral Gables, Florida, Estados Unidos

miércoles, 4 de enero de 2017

¿Lo Sacan de Quicio sus Suegros?

Por Jean Parvin

El muchacho pobre del campo se había casado con la muchacha rica de la ciudad y tenía que soportar a su suegra, que no había estado de acuerdo con la unión. La señora pensaba que ningún hombre, y mucho menos un joven rústico, era suficientemente bueno para su hija, y no hacía el menor intento de disimular lo que pensaba. Como la joven pareja no tenía dinero para vivir aparte, se instalaron en la casa de la madre de la novia…  ¡y los tres vivieron juntos durante 33 años!

Aunque el matrimonio se mudó de Independence, Missouri, a la ciudad de Kansas, y después a la Casa Blanca, la suegra de Harry Truman, Madge Gates Wallace, siguió viviendo con ellos y presidiendo la mesa a la hora de la cena.  “Era una situación muy difícil para mi padre”, dijo años después la hija de Truman, Margaret. “Pero él hacía lo posible por llevarse bien con mi abuela porque amaba a mi madre”.

De igual manera la “querida Clementine” de Winston Churchill no tardó en percatarse de que se había casado no sólo con su marido, sino también con su impositiva suegra. Cuando la pareja volvió de su luna de miel, la joven esposa se encontró con que Lady Randolph Churchill había redecorado por completo su nueva casa, en un estilo más suntuoso del que Clementine había planeado.

Hoy en día son pocas las parejas que viven con los suegros. Aun así, las llamadas telefónicas diarias y las visitas frecuentes muchas veces constituyen una forma de convivencia. Los especialistas coinciden en que tres cuartas partes de los matrimonios tienen problemas con los parientes de uno u otro cónyuge, lo que puede ser una causa importante de infelicidad.

Examinemos en los párrafos siguientes algunas de las dificultades más comunes con los suegros, y la forma de superarlas.

La Segregación. Cuando el maestro John Larson* y su esposa, Winona, estaban recién casados, los padres de ella no sólo se entrometían en los asuntos de la joven pareja, sino que desairaban a John cuando los cuatro se unían.

–Me siento un intruso –le dijo John a Winona cierto día, poco antes de una visita a sus suegros–. Necesito saber que cuento con tu apoyo.

Ese fue un parteaguas en su matrimonio. Desde entonces, Winona se cercioró de que incluyera a John en todas las conversaciones y actividades familiares. Cuando los padres de ella comenzaron a presionarlos para que tuvieran un hijo, los jóvenes les explicaron que no estaban preparados para una responsabilidad tan grande. Poco a poco, los padres de Winona empezaron a aceptar su yerno y a respetar el derecho de la pareja a tomar sus propias decisiones.

Los Obsequios. Georgia Creegan, talentosa cantante aficionada, trabajaba en una oficina para costear los estudios universitarios de su esposo, Michael. Sus padres le regalaron 1000 dólares para que tomara lecciones de canto porque, en palabras de su madre, “queremos que cultives a fondo tu talento”. Pero antes de que la joven empezara con las lecciones, llegó la fecha en que había que pagar la colegiatura de Michael. Como habían acordado que lo más urgente para ello   era que él terminara sus estudios, Georgia destinó el obsequio al pago de la colegiatura de su marido.

Poco después, los padres de ella dejaron de visitarla cuando Michael estaba en casa. Y si él contestaba el teléfono, le pedían de manera brusca que los comunicara con su hija. Peor aún: comenzaron a manifestar su duda de que Michael fuera un buen marido. Preocupada, Georgia les preguntó la razón de ese comportamiento.

–Al principio, Michael nos simpatizaba –le contestó su madre–. Pero ahora vemos que él no te ayuda a desarrollar tu talento. ¡Mira cómo te presionó para que gastaras nuestro dinero en su colegiatura, y no en tus lecciones de canto…!

El dinero fue un obsequio, pensó Georgia sorprendida y un poco molesta. ¿Por qué nos íbamos a gastarlo como se nos antojara? Para mantener la paz le explicó a su madre que había pagado la colegiatura por su propia voluntad, y le prometió comenzar a ahorrar para las lecciones de canto. Pero se hizo el propósito de pensarlo dos veces antes de volver aceptar dinero de sus padres.

La Crítica. Después de algunos años, Winona Larson terminó enojándose por las constantes críticas de su suegra con respecto  a cada compra importante que John y ella hacían. “Fue un auténtico despilfarro comprar ese automóvil nuevo”, escribió la señora tras una visita a la casa de la pareja.

Winona echaba chispas al leer la carta. Pero en lugar de responder en los mismos términos, se puso a pensar que a las dos les gustaba escribir cartas, y eso era bueno. Quizá sirva para estrechar nuestra relación, se dijo. De tal suerte, empezó a escribirle cada semana a su suegra cartas en las que le contaba las actividades de la familia, y la suegra comenzó a contestarle con detalladas descripciones de su trabajo de beneficencia y algunos comentarios sobre noticias de actualidad.

“Desde que aprendí a concentrarme en nuestros intereses comunes”, observa Winona, “mi suegra y yo tenemos una relación mucho más estrecha, y ella rara vez critica nuestros hábitos de gasto”.

La Intrusión. Julie y Jeff Watkins llevaban 12 años de casados cuando él enfermó de gravedad. Julie acudió a sus padres para que la ayudaran con los gastos médicos y a cuidar a sus dos pequeños hijos. Los padres le dieron una mano durante casi un año, pero no se retiraron una vez que Jeff se recuperó y volvió al trabajo.

Cuando él manifestó su inconformidad a Julie, ella los defendió.

–No podemos alejarlos así como así –dijo–. Nos apoyaron, y ahora no puedo herir sus sentimientos.

Una noche, cuando Jeff y Julie preparaban la cena, el padre de ella se apareció de pronto en la cocina.

–Nadie salió a abrir la puerta así que entré –explicó–. ¿Qué hay de cenar?

Ese fue el colmo para Jeff.

–Tu padre se ha propuesto dirigir nuestro hogar. Debemos poner límites –le dijo, molesto, a Julie.

Esta accedió finalmente a hablar con sus padres.

–Mamá, papá: los queremos mucho y apreciamos todo lo que hicieron por nosotros el año pasado –les dijo–. Pero necesitamos recuperar nuestra intimidad y reconstruir nuestra vida familiar.

Aunque se sintieron lastimados al principio, pronto comprendieron que ya no tenían que preocuparse por la familia de su hija y que podían volver a sus actividades de antes.

Las experiencias de estos matrimonios ilustran las siguientes cuatro condiciones para una buena relación con los suegros:

1. Apoye a su Cónyuge. “Si presentan un frente unido, posiblemente disipen las inquietudes de sus suegros”, dice Glen Jenson, experto en relaciones familiares y desarrollo humano. “Si les demuestra que se aman de verdad y son felices, ellos se darán cuenta de que también deberían querer a su hija o hijo político”.

2. Libérese de Ataduras. “Si desea llevarse bien con sus suegros, independícese en el aspecto económico” recomienda Jenson. “Asimismo, no recurra a ellos para que se ocupen del cuidado cotidiano de sus hijos. Esto puede resultar cómo y barato, pero propicia discusiones sobre la mejor manera de criar a los hijos”.

Penny Bilofsky, psicoterapeuta familiar, está de acuerdo.  “Atarse a los padres en cuestiones financieras o de crianza de los hijos daña la relación adulto-adulto que se tiene con ellos”, advierte. “Podría usted regresar a una relación padre-hijo, lo cual podría crearle desavenencias con su cónyuge”.

3. Establezca una Relación Amistosa. El primer paso para forjar una relación amistosa con los suegros es decidir cómo se va a dirigir a ellos. “Esto es crucial”, afirma Jenson. “Durante los primeros años de matrimonio, muchas personas evitan llamar a sus suegros por su nombre, lo cual puede ocasionar tensiones”. Antes de la boda, opte por nombres que sean aceptables para todos –los nombres de pila, “mamá” y “papa” o “señor” o “señora Riquelme”– y úselos con frecuencia. Dedique tiempo a sus suegros e interésese en su trabajo, sus aficiones, sus ideas y sus experiencias.  Si los conoce mejor habrá menos malentendidos.

4. No Se Quede Callado. “si el comportamiento de sus suegros no va de acuerdo con los valores o las creencias de usted, dígalo", aconseja la señora Bilofsky. Pero limite sus comentarios al asunto que se está tratando, y no saque a relucir agravios pasados. “Muéstrese cortés pero firme”, recomienda Maria Mancusi, psicoterapeuta familiar. “En vez de ofrecer explicaciones, diga lo que piensa y aténgase a su decisión”.

Janet Pils, secretaria, se había plegado durante años a las disposiciones de su dominante suegra con respecto a dónde pasaría su familia los días feriados. En cierta festividad, la señora insistió en que todos fueran a cenar a su casa, excepto Tom, el hijo mayor de Janet y John, y su novia.

–No soporto a esa chica –fue la explicación.

Janet discutió el problema con su esposo, obtuvo su renuente apoyo, y luego se enfrentó a su suegra.

–No vamos a ir sin Tom –anunció con firmeza–. Mi hijo y su novia vendrán a cenar con nosotros. Si usted desea acompañarnos será bienvenida.

Janet no tuvo noticias de su suegra hasta que, dos días antes de la cena, la dama anunció que asistiría a la casa de su nuera. ”Mi resentimiento se disipó después de eso”, recuerda Janet. “Por fin me había yo dado mi lugar, y eso fue muy positivo para todos. Disfrutamos mucho la cena esa noche”.


Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo CVIII, Número 646, Año 54, Septiembre de 1994, págs 45-48, Reader’s Digest Latinoamérica, Coral Gables, Florida, Estados Unidos



martes, 1 de noviembre de 2016

Cuando los Hijos siembran Discordias


Los hijos son la causa más frecuente de las desavenencias entre cónyuges. Es preciso saber cómo manejarse en tales situaciones

Por Norman Lobsenz

Queremos entrañablemente a nuestros hijos. Por ellos, que son nuestro orgullo y alegría haríamos cualquier cosa. ¿Por qué,  entonces, los estudios relativos a la familia revelan  que los hijos disminuyen la satisfacción que la pareja encuentra en el matrimonio? ¿Por qué los cónyuges declaran que la felicidad conyugal  empieza a declinar en cuanto nace el primogénito y que, salvo leves fluctuaciones registradas en el curso de los años, no recobra su nivel original  sino hasta que el último de los hijos ha dejado el hogar?

Una razón de esta paradoja es obvia: las responsabilidades físicas y económicas que ocasionan la crianza de los niños, traen consigo enorme tensiones para los padres. Pero existe otra razón, que se reconoce con menos frecuencia. Los hijos directa o indirectamente tienden a provocar mayor número de conflictos entre sus padres que cualquier otra fuente de disensiones conyugales. Juzgue el lector las típicas situaciones que siguen:

• Juanito, chico de diez años de edad, gasta el total de su asignación semanal en un frágil avión de juguete que se hace pedazos la primera vez que lo lanza al aire.

-¿Por qué desperdicias el dinero en semejante basura? –le pregunta su padre, enfadado- ¡Sólo por eso, la semana próxima no te daré ni un centavo!

Juanito va a protestar cuando su madre intercede:

-¿Por qué eres tan duro con él?

El padre la mira, furibundo, y replica:

-Si por ti fuera, este chico jamás aprendería a estimar el valor del dinero.

• El matrimonio Lara no ha podido salir una sola noche desde que nació su primogénito, hace seis meses.

Esta noche Ricardo planea lleva a Laura a comer afuera y al cine; será una agradable sorpresa para ella. Incluso ha contratado los servicios de una niñera .Pero al saberlo, Laura se opone:

-No dejaré a mi hijo en manos de una desconocida.

Desde que el niño llegó, Ricardo se siente abandonado, y explota:

-¡Te preocupas más por ese chiquillo que por mí!

• Melisa tiene 15 años y ha sido invitada a formar parte de un grupo de chicas y muchachos para salir a esquiar el fin de semana.

-No hay peligro alguno -le aseguró a su madre- La hermana mayor de mi amiguita nos hará compañía.

No obstante su madre le niega el permiso. Sin hacer mención de esta negativa, Melisa le pide permiso a su padre, quien responde:

-Por supuesto que puedes ir.

Poco después, sus padres se dan cuenta que han sido engañados; pero en vez de reprenderla, discuten entre sí.

Hasta hace poco todos los padres creían que la presencia de un hijo los uniría más, de modo automático. En la actualidad, pocos son los matrimonios que abrigan tan ilusorias esperanzas, ya que la mayoría de ellos están conscientes del tiempo, las energías y los recursos que es necesario dedicar a los hijos. Y si bien no faltan padres intelectualmente preparados para la paternidad, no siempre son aptos, en lo emocional, para hacer frente a las tensiones diarias que suscita la formación de los niños, o las exigencias de estos.

Los conflictos maritales que con mayor frecuencia causan los hijos, son los que incluyen diferencias de criterio en lo concerniente a las bases de su educación:   disciplina, asignaciones para gastos menores, privilegios. Además “los padres que se preocupan mucho de tales cuestiones, descubren que están defendiendo posiciones cada vez más rígidas”, observa la psicóloga Isabelle Fox, consejera matrimonial, familiar y de niños, del Centro Psicológico del Oeste, en Encino (en el estado norteamericano de California).

La psicóloga habla de cierto matrimonio cuya hija, de 12 años de edad, de pronto empezó a bajar de rendimiento en sus estudios. “La madre consideraba que debía preguntarse a la chica, de manera comprensiva, por qué no trabajaba en la escuela a altura de sus aptitudes, y animarla dulcemente a esforzarse más”, comenta la especialista. El padre quería darle una severa reprimenda y amenazarla con un castigo si no se dedicaba al estudio y obtenía mejores calificaciones.

“Con el tiempo, añade la doctora Fox “ambos padres se vieron atrapados en sus respectivas posiciones: él era el malo y ella era la buena;  esta situación era perjudicial tanto para la niña como para sus padres”.
Posiblemente ciertos conflictos, que en apariencia son provocados por la conducta de un hijo, tengan sus raíces en las tensiones emocionales sufridas por alguno de los padres en su propia niñez. Una señora recordaba  cómo ella y su marido altercaban cuando él reprendía a su hija de 13 años. “Las más de las veces”, cuenta la madre, “Ana se lo había ganado, pero aun así yo salía en su defensa”.

Las riñas entre ambos fueron haciéndose más frecuentes y violentas, al extremo de constituir una amenaza para las relaciones conyugales; entonces decidieron buscar ayuda. En las consultas celebradas con un consejero matrimonial, la señora recordó que cuando era niña su padre la regañaba continuamente. “Los regaños que mi marido hacía a Ana despertaban en mí aquellos sentimientos de agravio y humillación. Desahogaba en mi esposo la ira que jamás había sido capaz de expresar contra mi padre”.

Con todo, existen maridos y esposas que no pueden descargar sus emociones en su cónyuge, pues temen que cualquier demostración de sentimientos negativos haga peligrar su matrimonio, o bien carecen de la suficiente autoestima para hacer valer sus propias necesidades. En esos casos, tal vez uno de los padres use al hijo, inconscientemente, como un arma contra su pareja. Cuando, por ejemplo, Eduardo reprocha a Rita que “jamás esté en casa para cuidar a los niños” a causa de su nuevo empleo, en realidad quiere decir  que es él a quien ella está desatendiendo. Puesto que no puede censurarla con franqueza por ir a trabajar pese a sus deseos de que no lo haga, trata de hacerla sentirse culpable como madre.

En ocasiones crecen las tensiones entre los cónyuges, porque uno de ellos se muestra hostil hacia el hijo (que quizá le recuerde a un hermano que no quería) y el otro se siente obligado a ponerse de parte del niño. “A la inversa”, comenta Isabelle Fox, “uno de ellos padres hace objeto de especial afecto y atención a un hijo predilecto, como un medio de expresar su hostilidad hacia su cónyuge”.

¿Cómo pueden los padres absorber y resolver el impacto emocional que los hijos producen en el matrimonio? A continuación citamos las recomendaciones de varios especialistas:

• Reconozcamos que muchos conflictos conyugales son naturales, y por lo general pasajeros, en la vida familiar. “Toda familia tiene conflictos relacionados con los hijos”, declara Hendrie Weisinger, psicólogo de Los Ángeles (California). “La mayoría de ellos sobrevive en buenas condiciones”.

• Comuniquémonos. Harold Feldman, especialista en relaciones familiares de la Universidad de Cornell, en Ithaca, en el estado de Nueva York, recomienda que los padres analicen entre ellos sus ideas relacionadas con la educación de los niños, así como sus propios principios y prejuicios. Si llegan a ponerse de acuerdo en algún punto y si consiguen encontrar un punto medio aceptable para las cuestiones en que no están de acuerdo, les será posible evitar muchos problemas potencialmente destructivos.

• Distingamos entre los problemas originados por la formación de los hijos y los que son ajenos a estos. Cuando las disputas conyugales se centran siempre sobre los mismos temas, quizás se deriven de las relaciones matrimoniales.

• No debemos utilizar a los niños como instrumentos en las riñas conyugales.

• No permitamos que los niños nos manejen a su antojo: si Julieta, de diez años de edad, dice a su papá que mamá es mala, y él lo acepta  sin siquiera preguntar por qué, serán inevitables las discusiones entre ambos esposos. Claire Lehr, psicóloga y especialista en relaciones entre padres e hijos, radicada en Newport Beach, en el estado de California, dice: “ ¿Qué es, en el sistema familiar, lo que hace necesaria a esta conducta? ¿Por qué la niña siente que la única manera de ejercer el poder es a través de la manipulación de sus padres? A menudo estos discuten entre sí, en vez de preguntarse por qué se comportaron todos ellos de esa manera”.

• Debemos evitar actitudes que nos hagan quedar como mártires ante los hijos. Un matrimonio estuvo a punto de separarse porque la señora se negaba, año tras año, a hacer planes para las vacaciones hasta que supiera si sus hijos,  que estudiaban en la universidad, estarían en casa durante el verano. Cuando los muchachos anunciaban su decisión, ya era demasiado tarde para efectuar el viaje que el padre deseaba hacer. Los padres deben, a veces, contrariar sus propios planes por los hijos, pero sacrificarse inútilmente provoca tensiones conyugales.

• Cuando surjan discusiones respecto a los hijos, debemos impedir que ocurran en presencia de ellos. El chico que ve a sus padres reñir por sus ideas educativas acerca de él, puede sentirse culpable del altercado. Un chico de 12 años de edad explicaba así sus sentimientos al respecto: “De repente los oigo discutir. Procuro mantenerme al margen, pero sé que el problema comenzó por culpa mía. Y entonces me da miedo”.

• Los cónyuges deberían levantar una firme barrera entre sus vidas como esposos y como padres. “En la jerarquía de las prioridades familiares”, escribe el Dr. Fitzhugh Dodson en su libro How to Discipline-With Love (“Cómo Disciplinar… con Amor”), “los cónyuges tienen el derecho de considerar en primer lugar su matrimonio, y en segundo sus relaciones con los hijos”. Hoy día, demasiadas familias concentran más su atención en los hijos que en la unión conyugal. Dar prioridad al matrimonio no significa descuidar las necesidades del niño. A no ser que un matrimonio funcione bien, ninguna atención paterna, por más grande que sea, compensará la pérdida que el hijo sufra en lo emocional.

Se necesita energía, criterio y dedicación para superar las tensiones inherentes a la paternidad. A cambio de ello, la recompensa por el éxito es doble, pues es probable que las parejas que se sientan más unidas a raíz de las presiones ocasionadas por la educación de los hijos, no sólo sean mejores padres sino que constituyan matrimonios más felices.


Revista Selecciones del Reader’s Digest, tomo LXXXII, N° 492, Noviembre de 1981, págs. 85-89 , Reader’s Digest  México, S.A. de C.V., México D.F., México.