Nuestro hijito de cuatro años y medio se ha convertido en un asiduo aficionado al ballet, que ve en la televisión. Un domingo, yendo de paseo, alcanzó a ver un perro grande que había asumido la postura canina característica junto a un poste.
—Mira, papá —gritó el muchacho—. ¡Ballet!
Del State Journal, de Springfield, Illinois :«La señora J. T. Murphy celebrará su 48° onomástico el domingo. Ha sido residente de Springfield durante 57 años»
Del Christian Banner de Lansing, Michigan: «Se ha instalado en la iglesia un nuevo sistema de altavoces donado por uno de los feligreses en memoria de su difunta esposa.»
De las notas sociales del periódico Leader, de Corning, Nueva York: «La señora Preston celebró el sábado el tercer cumpleaños de su hijita con una simpática fiesta infantil a la que asistieron unos 20 niños.
La señora Preston ingresó el domingo por la noche en el Hospital de Wellsboro para someterse a un reconocimiento médico».
Se conoce que un hombre ha tenido éxito cuando la prensa empieza a citarlo sobre temas de los cuales él no sabe nada. (Observer, de Oregon, Wisconsin)
Una profesora universitaria acababa de trasladarse a una ciudad distante con todos sus enseres personales, entre los cuales se contaban numerosas cajas de libros. El fornido chofer del camión de mudanzas, después de haber depositado el último pesado cajón en el descanso del segundo piso, le dijo en son de queja:
—¡Por Dios! señora... ¿Por qué no se le ocurrió leerlos antes de mudarse?
A la cama con un libro
El que es caballero desea irse a dormir como tal, es decir, pausada y amablemente, con una sonrisa de agradecimiento para el Señor Día, que acaba de ser su anfitrión, y una cortés bienvenida a la Señora Noche, que va a ser su anfitriona. Sólo un patán le daría la espalda al sol con ruda prisa, para saltar a los brazos de Morfeo como una foca que se desliza al agua desde su bloque de hielo. Por eso, el que es caballero lee antes de quedarse dormido
—Robert Blatchford, As I Lay A-Thinking
En Inglaterra un maestro de ceremonias entrevistaba por radio al novelista J.B. Priestley.
—Señor Priestley —inquirió— ¿cómo explica usted su éxito, mientras tantos de sus compañeros de la escuela de periodismo que parecían tener tanto o más talento que usted no lo han logrado?
El escritor respondió lentamente:
—No puedo hablar por mis compañeros, pero de mí sé decir que me moría por triunfar.
En la clase de redacción el maestro encargó una composición en la cual describiéramos algún lugar romántico. A la hora en que leímos nuestros trabajos, escuché muchos lugares comunes: fuego crepitante en la chimena, luz tenue, música suave. Sólo una señora mencionó algo original: “Reina la tranquilidad en la casa, los niños no están”. —S.Z.
¡Qué Pregunta!
Una amiga heredó de una parienta un valioso abrigo de pieles, y se fue a la iglesia luciéndolo con gran orgullo. Cuando estaba allí, un hombre le preguntó:
—¿Qué desafortunada criatura tuvo que morir para que tú pudieras llevar tal abrigo?
Mirándolo iracunda, mi amiga le respondió:
—Mi tía.
Después de asistir a una fiesta de gala en un elegante hotel, salimos del vestíbulo y solicitamos que nos trajeran nuestro auto. El imponente ventarrón y la lluvia torrencial ululaban sin cesar, y bajo la furia de los elementos vimos cómo el portero corría presuroso de un cliente a otro, mientras prodigaba ocurrencias y una sonrisa al entregarles sus autos.
Cuando tocó nuestro turno, el servicial hombre saltó del asiento del conductor, rodeó el vehículo y me abrió la portezuela para darme paso. Le pregunté en qué pensaba para seguir tan animado en su trabajo. Sin dudarlo un instante, respondió:
—¡En el desempleo, señora!
Durante años había suplicado a mi madre, que padecía de cataratas que dejara de conducir, pues era una verdadera amenaza al volante. Como de nada habían servido mis ruegos y amenazas, me sorprendí cuando llamó para avisarme que había vendido su auto.
—¡Qué buena noticia, mamá! —exclamé—. ¿Qué fue lo que te animó a hacerlo?
—Al estacionar no vi el borde de la acera y acabé en el vestíbulo del Banco Estatal de Oklahoma.
—¡Qué horror!
—Ya lo sé —replicó—. Nunca hemos sido sus clientes.
La Crítica Critica
¡Qué Descaro!
Hace algunos años robaron un espejo antiguo y una alfombra oriental de cierta agencia literaria. Tiempo después, el presidente de la firma recibió una llamada por cobrar. Era el ladrón, que estaba preso y ofrecía devolver la alfombra y el espejo a condición de que la agencia leyera el manuscrito de un libro suyo.
La señora acababa de dar a luz a su decimoquinto hijo. El obstetra, preocupado, llama al padre y le dice:
—Oiga, señor, quince hijos ya son demasiados. ¿No le parece que debería poner en práctica un poco de paternidad responsable?
—Doctor —responde el hombre con ceñudo gesto—, los hijos nos los envía el Señor.
—Es cierto. Pero también nos envía la lluvia y, sin embargo, nos ponemos impermeable.
“MI PARANOIA no tiene límites”, declara un comediante. “Hasta le puse un espejo retrovisor a mi bicicleta estacionaria”.
EL SARCASMO como recurso literario era el tema del día. Nuestro profesor empezó por pedir un ejemplo a la clase.
Todos nos quedamos de una pieza pocos segundos después, cuando una voz espetó:
—¡Oh, profesor, me encanta su clase!
El fascinante mundo de los ratones
UN NIÑO como de diez años iba sentado en un autobús urbano con un portafolios sobre las piernas. De cuando en cuando murmuraba algo dentro de su abrigo. Una mujer lo miraba inquisitivamente y el pequeño, para satisfacer aquella curiosidad, le mostró un ratoncito blanco que llevaba en la bolsa de la camisa. El niño le explicó:
—Acaba de nacer. Sus padres están aquí.
Abrió el portafolios y sacó un par de ratones blancos, un poco más grandes que los otros 10 o 12 que había adentro. Ya para entonces varios pasajeros habían formado un corrillo, y el chiquillo les explicó pacientemente su interés en los ratones, cómo cuidarlos, sus hábitos de alimentación, sus distintas personalidades y otros aspectos.
Al llegar el autobús a donde él se bajaría, el chico devolvió los ratones al portafolios y se levantó en medio de un extasiado público. Al empezar a bajar se volvió y dijo:
—Los ratones son para mi serpiente —y desapareció.
Acumular conocimientos es tan malo como acumular dinero. Llega un momento en que debemos empezar a emplear lo aprendido. —Robert Frost
Según cuenta un primo de Mark Twain, éste fue a visitar al famoso museo de figuras de cera de Madame Tussaud, en Londres, y se detuvo a observar un interesante maniquí. Lo arrancó de su abstracción un repentino y doloroso puntazo en el costado. Se volvió bruscamente y se encontró, cara a cara, con una estupefacta dama inglesa que todavía le apuntaba con su sombrilla.
—¡Ay, si está vivo! —gritó la señora, y salió apresuradamenrte del museo.
—John Tussaud, en The Romance of Madame Tussaud
El dramaturgo Ferenc Molnár tenía un buen número de parientes, muchos de los cuales acudían a este miembro de la familia, fabulosamente próspero, en demanda de ayuda económica. Cierta vez, hacia mil novecientos veintitantos, un grupo de ellos fue a buscarlo al mejor hotel de Viena, donde se hospedaba en el cuarto más barato. Esperando una frígida recepción,los visitantes recibieron una verdadera sorpresa cuando los acogió de la manera más afable y hasta les propuso que todos se fotografiaran en su compañía.
Una vez que le entregaron una copia de la fotografía, Molnár se la llevó al portero del hotel y le dijo:
—Tenga usted a mano esta foto. Siempre que alguna de estas personas venga a buscarme, no la deje pasar.
—Ladislas Farago, en Strictly from Hungary
Para que no haya confusión
En la biblioteca, buscaba yo en el tarjetero de videocintas una película para mi hijita. En la tarjeta de una cinta con el tema de la obra clásica de Charles Dickens, David Copperfield, alguien había anotado con lápiz: “NO es el mago”.
Alguien solicitó un libro raro en la Biblioteca del Vaticano. Tras dos horas de espera, llegó una nota con la respuesta: “Perdido desde 1583”. — Financial Times
Nueva Identidad
Mi hija tomaba parte en una representación escolar de la comedia Mucho Ruido y Pocas Nueces, de Shakespeare. Todo salió bien hasta la escena en que se reúnen muchos actores portando cirios. Entonces se hizo un silencio embarazoso.
Entre bambalinas, el apuntador dijo dos veces la línea que seguía: “Muerta fue por lenguas calumniadoras”, pero fue inútil. El apuntador la dijo una tercera vez en voz alta.
En igual tono, mi hija respondió:
—¡Nos sabemos bien el parlamento, pero no quién lo dice!
LOS ANTEPASADOS son lo más importante para quienes no han hecho nada por sí mismos. — Louis L'Amour
Posdata
Mi padre se va a trabajar mucho antes de que los demás miembros de la familia nos levantemos, y a menudo deja notas para recordarnos lo que hay que hacer antes de que él vuelva a la casa. Como sabe que no siempre nos alegra encontrar esas instrucciones a las 7 de la mañana, a una de ellas le añadió una posdata. La nota decía: “Querida Kathleen, por favor lava los platos y pon en orden la ropa. P.D.: Igualmente”.
Edad de Piedra
—Señorita, describa usted la Edad de Piedra —pidió el profesor a la alumna.
—Es la época en que una mujer empieza a hablar al novio sobre el anillo de compromiso —respondió la chica.
Bruno Furst, perito nemotécnico, guardó en su memoria seis idiomas, millares de números de teléfono y direcciones de casas,centenares de poesías, docenas de piezas teatrales y una veintena de novelas. Le agradaba señalar que para quien tenga educada la memoria no es problema pasar largas horas en un tren o un fin de semana en el campo sin ningún libro que leer. Cuando Furst, cuyas conferencias implicaban muchos tediosos trayectos en autobús y ferrocarril, se encontraba en un viaje largo sin un buen libro, traía uno a la memoria. Era capaz de reclinarse en su puesto, cerrar los ojos y gozar de Goethe, Heine, Thomas Mann o cualquiera de los autores de su gran biblioteca portátil.
El escritor de novelas de misterio Rex Stout se crió entre los libros. Su padre, John Stout, superindente escolar, tenía una biblioteca personal de 1126 tomos. Su madre, Lucetta, era asidua lectora. Conservaba a su lado un plato con agua fría y una toalla, y cuando algunos de sus nueve hijos se le acercaba mientras estaba leyendo, ella aprovechaba la ocasión para lavarle la cara. Muy rara vez la interrumpían.
Mi amiga estaba triste porque no lograba que sus alumnos de primaria entendieran sus explicaciones.
—¿Sabes? Creo que he perdido mi atractivo textual, me comentó.
Nota: En próximos artículos pondré la bibliografía básica de las revistas o libros porque en los primeros escritos transcritos con anécdotas en otro sitio olvidé colocar ese detalle.
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