martes, 29 de junio de 2021

Qué es la "flexibilidad cognitiva" y por qué es clave para el aprendizaje y la creatividad

 Por Barbara Jacquelyn Sahakian, Chrsitelle Langley y Victoria Leong

The Conversation *

 

El coeficiente intelectual (CI) a menudo es aclamado como un motor fundamental del éxito, especialmente en campos como la ciencia, la innovación y la tecnología.

De hecho, muchas personas sienten una fascinación infinita por las puntuaciones de coeficiente intelectual de las personas famosas.

Pero la verdad es que algunos de los mayores logros de nuestra especie se han basado principalmente en cualidades como la creatividad, la imaginación, la curiosidad y la empatía.

Muchos de estos rasgos están incrustados en lo que los científicos llaman "flexibilidad cognitiva", una habilidad que nos permite cambiar entre diferentes conceptos o adaptar el comportamiento para lograr metas en un entorno nuevo o cambiante. 

Básicamente, se trata de aprender a aprender y ser capaz de ser flexible en la forma de aprender. 

Esto incluye el cambio de estrategias para una toma de decisiones óptima.

En nuestra investigación en curso, estamos tratando de averiguar cómo las personas pueden mejorar mejor su flexibilidad cognitiva.

La flexibilidad cognitiva nos brinda la capacidad de ver que lo que estamos haciendo no conduce al éxito y de realizar los cambios adecuados para lograrlo. 

Nos solemos fijar en los coeficientes intelectuales de los genios, pero no lo es todo.

Si normalmente tomas la misma ruta para ir al trabajo, pero ahora hay obras en tu ruta habitual, ¿qué puedes hacer? 

Algunas personas permanecen rígidas y se apegan al plan original, a pesar del retraso. Las personas más flexibles se adaptan al evento inesperado y resuelven problemas para encontrar una solución.

La flexibilidad cognitiva puede haber afectado la forma en que las personas se enfrentaron a los bloqueos pandémicos, que produjeron nuevos desafíos en torno al trabajo y la educación.

A algunos nos resultó más fácil que a otros adaptar nuestras rutinas para realizar muchas actividades desde casa.

Es posible que personas tan flexibles también hayan cambiado estas rutinas de vez en cuando, tratando de encontrar formas mejores y más variadas de realizar su día.

Otros, sin embargo, tuvieron problemas y finalmente se volvieron más rígidos en su pensamiento. Se apegaron a las mismas actividades de rutina, con poca flexibilidad o cambios.

 

Enormes Ventajas 

 

El pensamiento flexible es clave para la creatividad; en otras palabras, la capacidad de pensar en nuevas ideas, hacer nuevas conexiones entre ideas y hacer nuevos inventos.

También apoya las habilidades académicas y laborales, como la resolución de problemas.

Dicho esto, a diferencia de la memoria de trabajo, cuánto puedes recordar en un momento determinado es en gran medida independiente del coeficiente intelectual o "inteligencia cristalizada". 

Por ejemplo, muchos artistas visuales pueden tener una inteligencia media, pero son muy creativos y han producido obras maestras.

Contrariamente a las creencias de muchas personas, la creatividad también es importante en la ciencia y la innovación. 

Por ejemplo, hemos descubierto que los emprendedores que han creado varias empresas son cognitivamente más flexibles que los gerentes de una edad y un coeficiente intelectual similares.

Entonces, ¿la flexibilidad cognitiva hace que las personas sean más inteligentes de una manera que no siempre se captura en las pruebas de CI?

Sabemos que conduce a una mejor "cognición fría", que es un pensamiento no emocional o "racional", a lo largo de la vida.

Por ejemplo, para los niños conduce a una mejor capacidad de lectura y un mejor rendimiento escolar.

También puede ayudar a proteger contra una serie de sesgos, como el sesgo de confirmación.

Esto se debe a que las personas que son cognitivamente flexibles reconocen mejor las posibles fallas en sí mismas y utilizan estrategias para superarlas.

La flexibilidad cognitiva también se asocia con una mayor resistencia a los eventos negativos de la vida, así como con una mejor calidad de vida en las personas mayores.

Incluso puede ser beneficioso en la cognición emocional y social: los estudios han demostrado que la flexibilidad cognitiva tiene un fuerte vínculo con la capacidad de comprender las emociones, los pensamientos y las intenciones de los demás.

 

La Rigidez Cognitiva 

Lo opuesto a la flexibilidad cognitiva es la rigidez cognitiva, que se encuentra en varios trastornos de salud mental, incluido el trastorno obsesivo compulsivo, el trastorno depresivo mayor y el trastorno del espectro autista.

Los estudios de neuroimagen han demostrado que la flexibilidad cognitiva depende de una red de regiones cerebrales frontales y "estriatales".

Las regiones frontales están asociadas con procesos cognitivos superiores como la toma de decisiones y la resolución de problemas. En cambio, las regiones estriatales están vinculadas con la recompensa y la motivación.

Hay varias formas de evaluar objetivamente la flexibilidad cognitiva de las personas, incluida la Prueba de Clasificación de Tarjetas de Wisconsin y el cambio de tarea intra-extra dimensional CANTAB.

 

Impulsando la Flexibilidad 

La buena noticia es que parece que puedes entrenar la flexibilidad cognitiva.

La terapia cognitivo-conductual (TCC), por ejemplo, es una terapia psicológica basada en evidencia que ayuda a las personas a cambiar sus patrones de pensamientos y comportamiento.

Por ejemplo, una persona con depresión que no ha sido contactada por un amigo en una semana puede atribuir esto a que ya no le agrada al amigo.

En TCC, el objetivo es reconstruir su pensamiento para considerar opciones más flexibles, como que el amigo esté ocupado o no pueda contactarlo.

El aprendizaje de estructuras, la capacidad de extraer información sobre la estructura de un entorno complejo y descifrar flujos inicialmente incomprensibles de información sensorial, es otra forma potencial de avanzar.

Sabemos que este tipo de aprendizaje involucra regiones cerebrales frontales y estriatales similares a la flexibilidad cognitiva.

En una colaboración entre la Universidad de Cambridge y la Universidad Tecnológica de Nanyang, actualmente estamos trabajando en un experimento en el "mundo real" para determinar si el aprendizaje estructural puede realmente conducir a una mejor flexibilidad cognitiva.

Los estudios han demostrado los beneficios de entrenar la flexibilidad cognitiva, por ejemplo, en niños con autismo.

Después de entrenar la flexibilidad cognitiva, los niños mostraron no solo un mejor desempeño en las tareas cognitivas, sino también una mejor interacción social y comunicación.

Además, se ha demostrado que el entrenamiento de la flexibilidad cognitiva es beneficioso para los niños sin autismo y para los adultos mayores.

A medida que salgamos de la pandemia, necesitaremos asegurarnos de que, al enseñar y capacitar nuevas habilidades, las personas también aprendan a ser cognitivamente flexibles en su pensamiento.

Esto les proporcionará una mayor resiliencia y bienestar en el futuro.

La flexibilidad cognitiva es esencial para que la sociedad prospere. Puede ayudar a maximizar el potencial de las personas para crear ideas innovadoras e invenciones creativas.

En última instancia, son esas cualidades las que necesitamos para resolver los grandes desafíos de hoy, incluido el calentamiento global, la preservación del mundo natural, la energía limpia y sostenible y la seguridad alimentaria.

__ 

*Barbara Jacquelyn Sahakian es profesora de neuropsicología clínica de la Universidad de Cambridge, Christelle Langley es investigadora asociada de neurociencia cognitiva de la Universidad de Cambridge y Victoria Leong es profesora afiliada de psicología de la Universidad de Cambridge.

 

FuenteFlexibilidad Cognitiva

viernes, 11 de junio de 2021

Sherlock Holmes de Carne y Hueso

 Sherlock Holmes de Carne y Hueso

El hombre que inspiró a Conan Doyle el famoso personaje de sus novelas policíacas


Por Irving Wallace

Cierta noche de las postrimerías del siglo pasado, 12 amigos a quienes una partida de caza congregó en Escocia durante un fin de semana entretenían la cena con animada conversación acerca de los crímenes célebres que nunca logró esclarecer la policía. Uno de los comensales, el doctor Joseph Bell, tenía pasmados a los demás con la sutileza de sus deducciones.

Fue el doctor Bell un cirujano eminente y distinguido catedrático de la Universidad de Edimburgo, en la cual, por su asombrosa técnica de maestro, ejerció manifiesta en los alumnos que en el transcurso de cinco décadas pasaron por su aula. A este número pertenecieron Arthur Conan Doyle, Robert Louis Stevenson y James M. Barrie.

‒La mayoría de las personas–decía esa noche el doctor Bell‒miran, pero no observan. Con darle un vistazo a un hombre, nos bastará para leer su nacionalidad, que lleva escrita en la cara; sus medios de vida, en las manos; y el resto de su historia, en el porte, los modales, los dijes del reloj, y las motas que se le pegaron a la ropa.
‒Una vez‒continúa el doctor‒entró un paciente en la sala donde me hallaba con algunos de mis discípulos. 

«Señores–les dije– este hombre ha servido en un regimiento de escoceses;  probablemente, en la banda de música.» Acto seguido les invité a reparar en el contoneo del paciente, que recordaba el de los gaiteros de esos regimientos. Por lo demás, su poca estatura me indicaba que, de haber servido en el ejército, debió ser en una banda de música. El hombre aseguraba, sin embargo, que era zapatero y nunca había estado en filas. Le mandé que se quitara la camisa. Reparé entonces en la marca que tenía en la piel: una diminuta D azul. Era así como acostumbraban señalar a los desertores durante la Guerra de Crimea. El hombre acabó por confesar que, en efecto, había pertenecido a la banda de un regimiento de escoceses de los que combatieron allí. Deducirlo de su apariencia no había sido difícil. Era realmente elemental, señores.

–El doctor Bell es casi un Sherlock Holmes –reparó en esto uno de los comensales.
–Señor mío –repuso vivamente el aludido– yo soy Sherlock Holmes.

Efectivamente –y así lo declara el propio Conan Doyle en su autobiografía– fue el doctor Bell quien le inspiró la creación de ese popularísimo personaje.

Las reglas que da Sherlock Holmes para la deducción y el análisis son mero trasunto de las que el doctor Bell aplicaba en la realidad de la vida. «Trato siempre de grabar en el ánimo de mis discípulos la gran importancia de las diferencias menudas; la significación inagotable de las pequeñeces–manifestaba el doctor en cierta ocasión a un reportero–Por ejemplo, casi  todo oficio mecánico va escrito en las manos de quien lo ejerce. Las cicatrices del minero no son las del picapedrero. Las callosidades del carpintero difieren de las del albañil. No es uno mismo el modo de andar del marinero y el del soldado. Por lo que hace a las mujeres, un médico que sea buen observador podrá  frecuentemente decir de antemano con toda exactitud la región del cuerpo de que van a quejarse.»

Según el doctor Bell, adquirir y desarrollar el hábito de la observación es indispensable al médico y al detective. En cuanto a los demás hombres, cultivar ese hábito les serviría para que su mundo, antes monótono, les ofreciese a cada paso la emoción de la sorpresa y la aventura.

«Cuando nuestra familia viajaba en tren–cuenta la señora de Cecil Stisted, hermana del doctor– Joseph nos indicaba de dónde venían los viajeros que ocupaban los otros asientos, adónde se dirigían, y agregaba a esto algunos pormenores relativos a la profesión y antecedentes de cada cual. Todo ello sin haber cruzado palabra con ninguno. Después, al ver que acertó en cuanto nos dijo, nos parecía cosa de magia.»

Estaba el doctor Bell una tarde sentado ante el escritorio en su despacho de la Enfermería Real cuando llamaron a la puerta.

–¡Adelante!–dice el doctor;  y luego mirando fijamente al hombre que acababa de entrar– ¿A qué se debe su preocupación?

–¿Quién le dijo que estoy  preocupado?

–Esos cuatro golpecitos. Un hombre libre de preocupaciones al llamar a la puerta se habría contentado con dar dos golpecitos; tres, a lo sumo.

En efecto el visitante estaba preocupado.

«Solía el doctor Bell –refiere Conan Doyle en una entrevista– permanecer sentado en su sala de consulta y diagnosticar la dolencia del enfermo que acababa de entrar allí antes de que éste despegase los labios. No solamente le decía cuáles eran los síntomas: llegaba hasta darle algunos pormenores de su vida pasada. Y muy rara vez dejaba de acertar.»

Esforzábase el doctor Bell día tras día en demostrarles a sus alumnos que la observación no es magia, sino ciencia. En la Enfermería Real, tras de examinar con una rápida ojeada al paciente recién llegado, decía, pongamos por caso:

–Zapatero remendón. 

Luego a solas con sus alumnos les explicaba:

–Tenía raído el pantalón por el lado de adentro, cerca de las rodillas. Es una particularidad característica de los remendones, que apoyan ahí la piedra de batir el cuero.

En los días en que el joven Conan Doyle era alumno practicante del doctor Bell, le oyó preguntarle a un paciente que acababa de llegar al consultorio:

‒¿Le gustó el paseo que dio por el campo de golf cuando venía para acá?

‒Sí, doctor ‒repuso el otro‒ pero… ¿andaba usted también por allí?

El doctor Bell, que no había salido del consultorio, le explicó:

‒En días lluviosos como el de hoy la arcilla rojiza se le pega a uno a los zapatos; y cómo sólo por los lados del campo de golf hay arcilla de ésa…

Conan Doyle menciona  en su autobiografía el siguiente caso en que brillan las dotes de observador del doctor Bell. Después de mirar en silencio por unos minutos a un nuevo paciente, le dice:

‒Veo que sirvió usted en un regimiento de escoceses y que lo licenciaron hace poco.
‒Así es, doctor.
‒Fue suboficial y estuvo de guarnición en la Barbuda.
‒Sí, doctor.

Dirigiose entonces el doctor Bell a sus alumnos:

‒Observen ustedes, señores: El paciente, no obstante ser hombre respetuoso, entra aquí con el sombrero puesto. Señal de que no ha perdido la costumbre militar de no descubrirse. Si lo hubiesen licenciado antes ya habría aprendido lo que se estila entre paisanos. Por su aire, se nota en seguida al hombre acostumbrado a mandar, y también al natural de Escocia. La enfermedad que lo aqueja es la elefantiasis, lo cual nos indica que sirvió en las Antillas.

Tanto impresionó el episodio a Conan Doyle que años después lo reprodujo con muy ligeras variantes en su novela de Sherlock Holmes, El Intérprete Griego.

Arthur Conan Doyle se graduó en 1881 en la Universidad de Edimburgo. Puso su placa de oculista en la puerta y se sentó a esperar pacientes. Al cabo de seis años seguía esperándolos.  La urgencia de procurarse alguna entrada lo empujó a escribir para el público. Tras un poco afortunado comienzo, ínfluido por la lectura de Poe y Gaboriau, quiso probar sus fuerzas en el cuento policíaco. Para ello se propuso crear un detective que se apartase de lo corriente.

«Recordé a mi antiguo maestro el doctor Bell‒cuenta en su autobiografía‒De ser detective, con seguridad él hubiera convertido la interesantísima pero desordenada materia de  esa profesión en algo semejante a una ciencia exacta.  Está muy bien eso de decir que un hombre es muy listo‒pensaba yo‒pero el lector querrá pruebas que así lo demuestren; pruebas como las que el doctor Bell nos daba diariamente. La idea me pareció divertida.»

Sherlock Holmes entró al mundo de la novela en 1887, en las páginas de Beeton’s Christmas Annual.  Fue un comienzo poco prometedor. Sin embargo, dio motivo, pasados dos  años a que el director de un periódico estadounidense pidiera a Conan Doyle nuevas aventuras de Sherlock Holmes. Esto puso al hoy  famoso detective en camino de la inmortalidad literaria.

A lado y lado del Atlántico, cada nueva hazaña de la perspicacia de Sherlock Holmes‒a la cual sabía comunicar tanta verosimilitud como interés la diestra pluma de Conan Doyle‒suscitaba apasionados comentarios entre los muchos admiradores del sagaz detective. En la Aventura del Maestro de Obras de Norwood (*), cuando irrumpe en el piso de la calle Baker un joven poseído de la más viva agitación, quien se presenta a sí mismo diciendo que es el desventurado John McFarlane, Sherlock Holmes responde perezosamente:

‒Menciona usted su nombre como si por eso hubiera de saber yo de quien se trata; pero le aseguro que, fuera delo que salta a la vista, o sea, que es usted soltero, abogado, masón y asmático, no sé  absolutamente nada acerca de su persona. 

(*) En español, La Aventura del Constructor de Norwood o El Constructor de Norwood.

Con todo y su perspicacia el doctor Bell no era infalible. Sabía, eso sí, ver el lado cómico de las cosas. Cuando sus visitantes le instaban a que refiriese alguno de los casos en que brilló su gran talento deductivo, se complacía en relatarles lo que ocurrió en una visita de hospital. 

‒¿Es usted músico?‒pregunta al enfermo ante cuya cama acaba de detenerse.
‒Sí, señor.

A tal respuesta, el doctor Bell se dirige a sus alumnos en tono magistral:

–¿Lo están viendo ustedes? El caso es muy sencillo: parálisis de los músculos faciales ocasionada por el repetido esfuerzo al tocar instrumentos de viento. Una pregunta básica bastará para confirmar el diagnóstico.

–¿Qué tocaba usted, buen hombre?–dice dirigiéndose al músico.

Clava éste ambos hombros en la almohada, se incorpora a medias y responde: 

–¡El bombo, doctor!



Condensado de «The Saturday Review of Literature»

Fuente:
Revista Selecciones del Reader’s Digest, Agosto de 1948, tomo XVI, N° 93, págs. 39-42, Selecciones del Reader’s Digest, S.A., La Habana, Cuba


La nota añadida sobre el Constructor de Norwood es mía. B.A.

martes, 16 de marzo de 2021

Serás un Hombre, Hijo Mío

“Serás un Hombre, Hijo Mío”


Detrás del bello poema “Si…” se encuentra la historia de amor de un padre y del sacrificio de su  hijo.


Por Suzanne Chazin


El ajado paquete de papel de estraza iba dirigido a “Monsieur Kipling”. Rudyard Kipling, el célebre escritor británico, ganador del premio Nobel, lo abrió, acentuada su curiosidad por los laboriosos garabatos. Dentro había una caja roja que contenía un ejemplar de su novela Kim, con un hoyo de bala que había respetado sólo las últimas 20 páginas. De la perforación, sujeta con un hilo, pendía la Cruz de Malta de la Cruz de Guerra, la medalla que Francia otorga en reconocimiento al valor en guerra.


Le enviaba aquello un joven francés llamado Maurice Hamonneau. En la carta anexa explicaba que, de no haber llevado ese libro en el bolsillo durante cierta batalla, habría muerto. Y pedía Kipling que aceptara el libro y la medalla en prenda de gratitud.


Nunca un honor había conmovido tanto a Kipling como este. Dios se había valido de éste para salvar la vida del soldado. Ojalá hubiera salvado la de otra persona; la de alguien que significaba para él mucho más que todos los homenajes del mundo.

Veintiún años antes, en el verano de 1897, la esposa de Kipling, Carrie, le dio su tercer hijo. La pareja ya tenía dos hijas, Josephine y Elsie, a quienes Rudyard adoraba; pero él deseaba un varón. Siempre recordaría el momento en que llegó a sus oídos aquel chillido.


–Señor Kipling –anunció el médico–, tiene usted un hijo.


Poco después, el escritor contemplaba un pequeño envoltorio de cuatro kilos de peso. Tomó en sus brazos a aquella criaturita que no cesaba de bostezar, y sintió la ternura más profunda.
John Kipling, como llamaron al pequeño, resultó ser un niño inteligente, alegre y dócil. Su padre se sentía feliz. Sin embargo, en el invierno de 1899 la tragedia tocó a su puerta.


Durante un viaje a Estados Unidos, Kipling y su hija mayor, Josephine, contrajeron neumonía. En aquel tiempo, cuando todavía no existían los antibióticos, era poco lo que los médicos podían hacer. El 4 de marzo, Kipling consiguió salir del delirio, terriblemente débil. Josephine murió dos días después.


A partir de entonces, Kipling no soportaba ver los retratos de Josephine u oír mencionar su nombre. Sin  embargo, debía sobreponerse a su dolor por el bien de Elsie y de John quienes tenían tres y diecinueve meses, respectivamente.


De manera que adoptó la costumbre de llevar a pasear a sus hijos a la montuosa región de Sussex Downs. Les construyó una caja de arena y, cuando se trataba de jugar con ellos, ningún juego resultaba demasiado extravagante.


Los más entrañables recuerdos que de aquella época conservó el escritor correspondieron a los inviernos de 1900 a 1907, que la familia pasó cerca de Ciudad del Cabo, Sudáfrica. En las tardes calurosas, Kipling se recostaba en una hamaca, a la sombra de un recio roble, mientras los niños jugaban a su alrededor. Una vez John le preguntó:


–Papá, ¿por qué tienen manchas los leopardos?


En los ojos de Kiplin gdebe de haber resplandecido una chispa.Imitando la voz de un anciano sabio, empezó a explicar que el leopardo había tenido mucho tiempo el color de la arena oscura, al igual que las jirafas y las cebras que cazaba en la sabana. Pero, entonces la cebra y la jirafa resolvieron ocultarse en la selva para frustrar los propósitos del leopardo.


“Después de haber permanecido un largo período la mitad del tiempo a la sombra y la otra mitad fuera”, continuó, “a la jirafa le salieron manchas, y a la cebra, rayas”. Para poder cazarlas en la espesura, el leopardo también debía cambiar, y por eso decidió cubrirse de manchas. “De vez en cuando escucharán a los adultos preguntar: ‘¿No podía el leopardo cambiar sus manchas?’” Kipling les guiñó el ojo a sus hijos y concluyó, negando con la cabeza: “Pues no. Así está muy contento”.
Kipling reunió sus historias fantásticas de la vida salvaje en un libro llamado Just So Stories For Little Children (“Cuentos al Gusto de los Niños”). La obra se publicó en 1902, y fue aclamada por los críticos. El escritor se estaba convirtiendo en uno de los favoritos de los niños de todo el mundo. Pocos sospechaban que aquel hombre, amante de la magia y el misterio de la infancia, había sido tan desdichado en la suya.

Rudyard Kipling, nacido en 1865 en Bombay, India, vislumbró el mundo por primera vez a través de la bulliciosa vida callejera de esa ciudad. Antes de que cumpliera seis años, él y su hermana menor, Trix, fueron enviados a Inglaterra para que asistieran a la escuela. Ahí, la mujer contratada para cuidarlos golpeaba y se burlaba del pequeño y frágil Rudyard, y censuraba las cartas que los niños enviaban a sus padres. Además, con frecuencia encerraba al niño durante horas enteras en un sótano frío y húmedo.
A pesar de ese maltrato, Rudyard se esforzó por ser alegre. Años más tarde escribiría que esa experiencia lo había “despojado para el resto de sus días de toda capacidad de sentir un verdadero odio personal”. Y también le imbuyó la determinación de darles a sus hijos la felicidad, el amor y la seguridad que le habían faltado a él.


A su regreso a la India, Kipling comenzó a trabajar como reportero, y dedicaba su tiempo libre a escribir relatos de ficción. Sus tramas versaban sobre el valor, el sacrificio y la disciplina que había observado en los militares británicos destacados en el país, y sobre el misterio y  el peligro reinantes en la India. Reunió esos relatos en pequeños volúmenes, con la esperanza de que fueran bien acogidos en Londres.


Pero los editores londinenses los ridiculizaron. Uno de ellos escribió: “Me atrevería a conjeturar que se trata  de un escritor muy joven, y que morirá loco antes de llegar a los 30 años”. Kipling cerró los oídos a esas críticas y siguió escribiendo. Al cabo de un tiempo, cuando sus libros cobraron fama y empezaron a buscarlo algunos literatos, académicos y políticos de renombre, mostró ante los elogios la misma indiferencia que antes había manifestado ante el rechazo.


En los primeros años del siglo XX, Kipling hizo muchas advertencias del peligro de una guerra con Alemania, e insistió en que debía instituirse el servicio militar obligatorio. La gente lo tachó de “imperialista” y “patriotero”. Y, a pesar de las crecientes burlas de los pensadores dela época, se mantuvo firme en sus opiniones sacando fuerza de su hogar y su familia.

Para ese entonces, John ya era un muchacho alto y bien parecido. Aunque no era un atleta consumado, le encantaba participar en las competencias deportivas que se organizaban en el internado. ¡Cómo disfrutaba Kipling viéndole correr por el campo de rugby, radiante de entusiasmo! ¡Cómo se enorgullecía!, pero no porque fuera un gran atleta, sino porque manifestaba ese tranquilo arrojo y ese buen humor que él admiraba. John felicitaba por igual a sus compañeros y a sus contrincantes por el esfuerzo que realizaban. Nunca alardeaba de una victoria ni gimoteaba ante una derrota. Si transgredía alguna norma escolar, aceptaba sin chistar el castigo correspondiente. Asumía la responsabilidad de sus actos. en otras palabras, se estaba convirtiendo en un hombre.


Para Kipling, la hombría implicaba afrontar la adversidad con entereza. Deseaba fomentar esa actitud en su hijo. ¡Si John fuera capaz de seguir los pasos de los grandes hombres que él había conocido!; ¡si pudiera regirse por esos valores! ¡si…!


Un día de invierno de 1910, Kipling empezó escribir esos pensamientos para su hijo, que entonces tenía 12 años. Tituló el poema “Si…”, y lo incluyó en un libro de cuentos para niños que se publicó ese mismo año.


Aunque los críticos no consideraron que era de lo mejor que había producido, a la vuelta de unos años el poema de cuatro estrofas, traducido en 27 idiomas, era ya un clásico en todo el mundo. Los escolares lo memorizaban Los jóvenes lo recitaban camino a la batalla. Millones de personas adoptaron sus sencillas normas de conducta para guiar su vida.

En 1915, la guerra que Kipling había predicho asolaba Europa. John ya era un joven de 17 años, alto, delgado y despierto. Tenía el pelo castaño, los ojos de color avellana y un bigote incipiente. Como era corto de vista, igual que su padre, no lo admitieron en el ejército ni en la armada. Kipling consiguió que entrara en la Guardia Irlandesa, cargo que su hijo aceptó con entusiasmo.


John viajó en barco a Irlanda, y en ese país demostró ser un oficial capaz. Mientras tanto, Kipling hizo campaña en su país para conseguir voluntarios, y también visitó Francia con el propósito de escribir sobre la guerra.

En mayo, la noticia de que se habían registrado numerosos bajas sacudió a Gran Bretaña. A medida que los reclutas marchaban en oleadas al extranjero, la partida de John era cada vez más inminente. John sólo tenía 17 años, y requería de la autorización paterna para acudir al frente. Pero, pasara lo que pasara, su padre no podía traicionar los valores que le había inculcado. Así pues, dio su consentimiento.
 

Al mediodía del 15 de agosto, John se despidió de su madre y de su hermana con una inclinación de su gorra de oficial. Carrie Kipling escribió después que se veía muy elegante y gallardo cuando les pidió que le transmitieran su afecto a su padre, quien se encontraba ya en territorio francés.

Apenas seis semanas después, el 2 de octubre, un mensajero se presentó en la residencia de los Kipling para entregar un telegrama del Ministerio de Guerra. John había desaparecido en el frente. Se le había visto por última vez en una batalla que tuvo lugar en Loos, Francia.
 

Kipling hizo hasta lo imposible por averiguar el paradero de John, mas nadie pudo informarle nada. Incapaz de quedarse con los brazos cruzados, recorrió uno tras otro los fangosos hospitales del frente, buscando heridos que pertenecieran al batallón de su hijo. Con la serenidad y la sencillez que lo caracterizaban, de inmediato establecía relación con los soldados a los que trataba. Pero nada podía restañar la profunda herida que crecía en su interior a medida que transcurrían los meses sin recibir noticias del muchacho.
 

A fines de 1917 apareció un soldado que había visto morir a John  dos años atrás, en la batallas de Loos. Sin embargo, esta triste noticia no le dio ningún consuelo a la familia, ya que el cuerpo nunca fue encontrado.
 

Durante el resto de su vida, que fueron 18 años más, Kipling se dedicó al cumplimiento de sus deberes como miembro de la Comisión Imperial de Sepulcros de Guerra: reinhumar y rendir honores a los caídos. Fue él quien propuso la leyenda que se inscribió en la Lápida del Sacrificio de cada cementerio: “Sus nombres vivirán por toda la eternidad”. También la frase: “Conocido sólo por Dios”, que se grabó en las lápidas de los soldados cuyos cuerpos nunca fueron identificados, como el de su hijo. 

Visitó  muchos lugares donde se desarrollaron hechos de guerra y participó en numerosos actos en representación de la comisión. No obstante, todo ese tiempo estuvo abrumado por el desencanto. Había sacrificado el más bello regalo que le había hecho la vida. Y, ¿para qué? En sus noches de insomnio, cuando los techos de madera de su casa de piedra crujían, Kipling pasaba largos ratos en la oscuridad, tratando de dar respuesta a esa pregunta. Por primera vez en su existencia, este hombre que se había ganado la vida por medio de la palabra, no encontraba palabras que aliviaran su pena.
 

En su viaje a Francia visitó a Maurice Hamonneau, el soldado que le envió su Cruz de Guerra al finalizar el conflicto. Se habían carteado durante algunos años, y entre ellos había florecido la amistad. 

Un día de 1929, Hamonneau le comunicaba al escritor que su esposa acababa de dar a luz y le pidió que fuera padrino del niño.
 

Kipling aceptó de buen grado, y agregó que le parecía oportuno darle al pequeño el ejemplar de Kim y la medalla de  Hamonneau
 

El escritor miró por la ventana de su estudio y recordó aquel feliz momento en el que tomó a su hijo en brazos por primera vez. Maurice Hamonneau conocía ya esa mágica sensación. A través de Kipling, Dios había salvado la vida del soldado francés, y de todo aquello había surgido algo milagroso.
Por fin, al cabo de muchos años, Kipling volvió a sentir esperanza. Esa era la razón de que John hubiera sacrificado su vida: los que aún no nacían. Mejor que cualquier monumento que él pudiera construir, aquella criatura tan llena de vida y promesas hacía justicia a la memoria de su valeroso hijo.
 

“Mi hijo se llamaba John. Por lo tanto, el tuyo debe llamarse Jean”, le escribió a Hamonneau. Así, el ahijado de Kipling fue bautizado con el nombre de su propio hijo en francés…, y otro padre conoció la esperanza y el gozo que Kipling había experimentado al ver a su hijo convertirse en hombre.

Si…

Si puedes llevar la cabeza sobre los hombros bien puesta
Cuando otros la pierden y de ello te culpan;
Si puedes confiar en ti cuando todos de ti dudan,
Pero tomas en cuenta sus dudas;
Si puedes esperar sin que te canse la espera,
O soportar calumnias sin pagar con la misma moneda,
O ser odiado sin dar cabida al odio,
Y no por eso parecer demasiado bueno o demasiado sabio;

Si puedes soñar sin que tus sueños te dominen;
Si puedes pensar sin que tus pensamientos sean tu meta,
Si puedes habértelas con Triunfo y con Desastre
Y tratar por igual a ambos farsantes;
Si puedes tolerar que los bribones
Tergiversen la verdad que has expresado,
Y la conviertan en trampa para necios,
O ver en ruinas la obra de tu vida
Y agacharte y reconstruirla con viejas herramientas;

Si puedes hacer un atadijo con todas tus ganancias
Y arrojarlas al capricho del azar,
Y perderlas, y volver a empezar desde el principio
Sin que salga de tus labios una queja;
Si puedes poner al servicio de tus fines
Corazón, entusiasmo y fortaleza, aun agotados,
Y resistir aunque no te quede ya nada,
Salvo la Voluntad, que les diga: “¡Adelante!”;

Si puedes dirigirte a las multitudes sin perder tu virtud,
Y codearte con reyes sin perder la sencillez
Si no pueden herirte amigos ni enemigos;
Si todos cuentan contigo, pero no en demasía;
Si puedes llenar el implacable minuto
Con sesenta segundos de esfuerzo denodado,
Tuya es la Tierra y cuanto en ella hay,
Y, más aún, ¡serás un hombre, hijo mío!


Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo CVI, Número 634, Año 53, Septiembre de 1993, págs 13-18, Reader’s Digest Latinoamérica, S.A., Coral Gables, Florida, Estados Unidos


Nota: En 1992 se identificaron los restos personales de John Kipling, muerto en la batalla de Loos ocurrida entre el 25 y el 28 de septiembre de 1915, y su tumba  se encuentra ubicada en el cementerio Saint Mary's A.D.S. en Haisnes, región de Alta Francia o Altos de Francia, Francia.

sábado, 20 de febrero de 2021

La Controvertida y Sorprendente Historia del Síndrome de Estocolmo

Por BBC Radio 4

Serie "Sideways"

 

"Dicen que uno puede congelarse del miedo y yo creo que mi mente se desconectó. Pavor indescriptible".

Así recuerda Kristin Ehnmark el momento más aterrador de su vida.

Era el verano de 1973 y ella era una de los cuatro rehenes en el asalto del Kreditbanken, un banco de la plaza Norrmalmstorg de Estocolmo, perpetrado por Jan-Erik Olsson, un delincuente experto en abrir cajas de seguridad y en explosivos de 32 años.

En algún momento Olsson quiso demostrarle a la policía que estaba hablando en serio, así que escogió a Sven Safstrom, otro rehén, y le dijo "'te voy a disparar en la pierna, pero voy a evitar los huesos, para no hacerte tanto daño", le cuenta Kristin a la BBC.

En ese momento crucial, Kristin dijo algo extraño: "Sven, es sólo en la pierna".

¿Por qué diría algo así? ¿Por qué se puso del lado de un peligroso criminal?

Probablemente crees tener la respuesta, una compuesta de dos palabras que se unieron tras ese evento hace casi medio siglo, pero cuando se trata del síndrome de Estocolmo, no todo es tan claro.

Volvamos al principio.

 

 Un 23 de agosto en la capital sueca

Era un día soleado cuando Kristin, quien entonces tenía 22 años y trabajaba como estenógrafa en el Kreditbanken, estaba terminando de escribir una carta.

"De repente, oí disparos y me tiré al piso. El asaltante se metió tras el escritorio y apuntándonos nos ordenó a mí y dos colegas que nos levantáramos", le dijo Kristin a la BBC.

El robo se frustró cuando la policía llegó.

Pero Olsson, quien acababa de escaparse de la cárcel, tenía un plan: usar a los rehenes para huir del país. 

El asaltador exigió dinero, un auto y que le trajeran al banco a un amigo que estaba cumpliendo una condena.

Su nombre era Clark Olofsson y al oírlo Kristin lo reconoció.

"Lo describían como 'extremadamente peligroso'".

Tenía 26 años y era uno de los criminales más famosos de Suecia. Robaba bancos, había estado vinculado al asesinato de un policía y ya se había escapado de la prisión dos veces.

Asombrosamente, los negociadores accedieron, trajeron a Olofsson y lo dejaron entrar al banco.

Además, les dieron el dinero y estacionaron un Ford Mustang azul con el tanque lleno de gasolina listo para que Olsson y Olofsson lo usaran pero le negaron una petición: permitir que se llevaran a algunos de los rehenes con ellos.

Los delincuentes metieron a los rehenes en la bóveda. De repente, un policía que había entrado pasando desapercibido cerró la puerta, dejando a los 4 rehenes junto con los 2 delincuentes atrapados.

Mientras las autoridades intentaban controlar la situación, adentro Olsson sentó a una de las rehenes frente a la puerta, le amarró una bomba a un pie y apagó las luces.

En la oscuridad, lo único que rompía el silencio era el sonido de Olsson mascando pastillas de cafeína.

Con el paso de las horas, se empezó a poner nervioso y decidió que tenía que demostrarle a la policía que estaba hablando en serio. Fue entonces que se le ocurrió dispararle a Sven en la pierna.

Y fue entonces que Kristin empezó a comportarse de esa extraña manera que sería detallada y debatida durante los siguientes 50 años.  


La Llamada

"A mí realmente me avergüenza lo que dije. No soy así. Me tomó como 10 años hablar del tema".

Los otros trataron de convencer a Olsson de que no era buena idea, que no iba a conseguir nada hiriendo a Sven.

Kristin tuvo otra idea peculiar: llamó al primer ministro de Suecia Olof Palme.

Se identificó con su nombre y como uno de los rehenes del banco. "La secretaria me dijo que esperara un momento y luego él habló".

Si una conversación entre un rehén y un primer ministro te parece rara, el mundo más tarde se asombraría más de lo que ella le dijo. Habló con calidez de sus captores y dijo que confiaba en ellos más que en la policía.

En la grabación de la conversación, se oye a Kristin diciendo que está "muy decepcionada" con él.

El primer ministro estaba estupefacto, sonaba hasta ofendido.

"Intenté de todas las maneras posibles de convencerlo de que dejara que dos de nosotros fuéramos con Olsson y Olofsson en el auto", le cuenta a la BBC.

Palme le respondió que era imposible, que le dijera a los delincuentes que entregaran sus armas; ella le dijo que no lo harían. Esta conversación se repitió varias veces hasta que el primer ministro, exasperado, dijo algo que fue borrado de la grabación de esa conversación: "Pues bien, entonces quizás usted tendrá que morir".

Desesperada, Kristin colgó.

El sitio continuó por seis días más. Eventualmente, la policía tomó el banco y, con sus armas listas, le gritaron a los rehenes que salieran primero.

"Jan nos dijo: 'si salen antes, nos van a matar'. Así que les dijimos: 'salgan ustedes primero'", recuerda Kristin. Los rehenes estaban protegiendo a quienes los habían tenido secuestrados y amenazado sus vidas.

Los delincuentes salieron primero, se detuvieron en la puerta para despedirse de los rehenes -besos para las mujeres y un apretón de manos con Sven-. Cuando Kristin salió, trató de evitar que la acostaran en una camilla; parecía más enojada con la policía que con los criminales.

 

El Síndrome 

Unos días más tarde, el negociador principal, el psiquiatra Nils Bejerot, le explicó al mundo por qué Kristin había actuado de esa manera. La causa de su conducta irracional, aseguró, era un síndrome psiquiátrico al que llamó Norrmalmstorg.

Así nació el síndrome de Estocolmo, que adoptó el nombre de la ciudad, no de la plaza sueca.

"Cuando una persona normal es secuestrada por un delincuente que tiene el poder de matarla, en cuestión de horas, el rehén tiene una especie de regresión a emociones infantiles: no puede comer, hablar, ir al baño sin permiso. Hacerlo es un riesgo, así que acepta que su captor es quien le da la vida, como lo hizo su madre", explicaba después el psiquiatra Frank Ochberg, quien definió el síndrome para el FBI y Scotland Yard en la década de 1970.

Y, en 1974, Patty Hearst, la heredera de la fortuna una familia dueña de un periódico californiano, fue secuestrada por militantes revolucionarios. Tras meses en cautiverio, se unió a ellos en un robo. Finalmente fue capturada y en el juicio, sus abogados usaron el síndrome de Estocolmo para defenderla.

El síndrome se popularizó y desde entonces ha reverberado en las ciencias sociales, no siempre para bien.  

 

Antes y Después

"Kristin es una de las mujeres más famosas y menos comprendidas de la psicología", declaró el psicólogo Allan Wade, terapeuta e investigador enfocado en problemas de violencia, en conversación con la BBC.

"El síndrome de Estocolmo forma parte de la familia de conceptos usados para representar personas violadas y oprimidas".

Y tiene raíces anteriores al caso de Suecia.

"Básicamente viene de varias líneas de pensamiento combinadas por Ana Freud en su artículo de 1940 sobre la identificación con el agresor", señala Wade.

Sigmund Freud trabajó con niños abusados y Ana, su hija y fundadora del psicoanálisis infantil, llegó a la conclusión de que un niño tratado violentamente internalizaba esa violencia y simpatizaba con el agresor. Para ella, se trataba de un mecanismo de defensa.

 "La idea psicoanalítica era que cuando la gente está abrumada por el miedo, inconscientemente regresa a una etapa infantil y se empieza a identificar con el agresor, pues es quien les da vida. Ideas relacionadas con estas pueden encontrarse en algunas formas de pensamiento marxista para explicar la razón por la que el proletariado no se levanta contra sus opresores".

En todos esos casos, son las víctimas las que están actuando irracionalmente en contra de sus intereses.

La versión remozada de estas teorías, el síndrome de Estocolmo, se filtró en aún más campos.

En la década de 1990 se convirtió en una forma de explicar la conducta no sólo de rehenes o el proletariado, sino de las víctimas de abuso doméstico, que no quieren o pueden dejar a sus agresores.

Algo que ha sido vehementemente rechazado. El síndrome de Estocolmo no debe usarse para explicar el abuso doméstico, denuncian opositores

"Para quienes no entendían por qué una mujer no actuaba como pensaban que debería hacerlo y tenían una comprensión muy limitada sobre el abuso doméstico, fue una manera fácil de explicar una situación increíblemente compleja que puede tener múltiples y calidoscópicas razones", dice Jess Hill, autora del premiado libro "Mira lo que me hiciste hacer".

"En una relación íntima, que es muy distinta a una situación de secuestro con un extraño, la idea del síndrome de Estocolmo es absurda. Hay principios de apego en juego. Está el hecho de que el momento de la partida es el más peligroso. Usualmente dependen económicamente de sus agresores... hay mucha gimnasia mental que a menudo resulta en que las mujeres concluyen que no tienen otra opción más que quedarse", opina Hill.

¿Debería entonces evocarse síndrome de Estocolmo sólo al tratarse de secuestrados por delincuentes?

Ni siquiera, alegan muchos.

Volvamos al verano de 1973 en ese banco sueco

 

Desde otro punto de vista

¿Hay otra manera de interpretar la historia de Kristin Ehnmark?

"Las opciones de la policía eran básicamente 'salgan o entraremos a atraparlos', y eso, por supuesto, llevaba a consecuencias trágicas: la posible muerte de perpetradores, policías y rehenes", le explicó a la BBC Gary Noesner, exjefe de la Unidad de Negociadores del FBI.

Un estudio publicado dos años después del incidente en Estocolmo estimó el riesgo de muerte de rehenes en un enfrentamiento con la policía en un 79%.

Hay que tener en cuenta que, como señala Kristin, los rehenes estaban supremamente atemorizados.

"No dormíamos. No sabíamos qué iba a hacer la policía. Todo el tiempo trataban de acercarse. Pensé que quizás terminarían haciendo algo que me afectaría, porque los ladrones se estaban poniendo nerviosos".

 El segundo día del secuestro en el banco, el psicólogo Bejorot tuvo la idea de traer al hermano de Olsson, quien entró al banco gritando "No disparen". Olsson abrió fuego. Resulta que no era su hermano. Cada vez que la policía intervenía, aumentaba el riesgo para los rehenes.

"No es raro que los rehenes sientan que la policía es un peligro: si empiezan a disparar, ¿van a morir en el fuego cruzado?", señala Noesner.

Cuando había pasado casi una semana, el gobierno estaba bajo presión.

"Ese fue el momento en el que taladraron el techo y echaron gas", cuenta Kristin. El plan era dormirlos a todos en la bóveda, entrar y liberar a los rehenes.

"Jan nos dijo que si estaban usando gas, íbamos a sufrir daños cerebrales y como él no quería que eso pasara, nos iba a matar". Les puso sogas en el cuello. "Pensé que había llegado mi fin".

La vida de los rehenes pendía de un hilo.

Olsson y Olofsson se rindieron; Kristin y los otros rehenes sobrevivieron. Pero la policía los había encerrado en una bóveda, les había echado gas mientras tenían una soga en el cuello, hasta el primer ministro había dicho que quizás tendrían que morir. 

 El segundo día del secuestro en el banco, el psicólogo Bejorot tuvo la idea de traer al hermano de Olsson, quien entró al banco gritando "No disparen". Olsson abrió fuego. Resulta que no era su hermano. Cada vez que la policía intervenía, aumentaba el riesgo para los rehenes.

"No es raro que los rehenes sientan que la policía es un peligro: si empiezan a disparar, ¿van a morir en el fuego cruzado?", señala Noesner.

Cuando había pasado casi una semana, el gobierno estaba bajo presión.

"Ese fue el momento en el que taladraron el techo y echaron gas", cuenta Kristin. El plan era dormirlos a todos en la bóveda, entrar y liberar a los rehenes.

"Jan nos dijo que si estaban usando gas, íbamos a sufrir daños cerebrales y como él no quería que eso pasara, nos iba a matar". Les puso sogas en el cuello. "Pensé que había llegado mi fin".

La vida de los rehenes pendía de un hilo.

Olsson y Olofsson se rindieron; Kristin y los otros rehenes sobrevivieron. Pero la policía los había encerrado en una bóveda, les había echado gas mientras tenían una soga en el cuello, hasta el primer ministro había dicho que quizás tendrían que morir. 

Sin embargo, debido a la forma en la que Kristin se comportó durante el episodio fue etiquetada con un desorden psiquiátrico. Y quien lo hizo fue Bejerot, el responsable de todas las decisiones que produjeron pánico entre los rehenes.

"La quisieron sacar en una camilla y cuando le preguntaron si criticaba las acciones de la policía, ella respondió 'sí, fue peligroso'. La siguiente persona que entrevistaron fue quien se debió haber sentido criticado, y él básicamente dijo: 'no pueden tomarla en serio, tiene síndrome de Estocolmo'", subraya Wade.

"Para mí, fue una manera de desestimar lo que hizo para resistir, preservar su dignidad y proteger a los otros rehenes".

Lo increíble fue que nadie se molestó en preguntarle a Kristin su opinión.

"Ninguno de los expertos mundiales en síndrome de Estocolmo que ganaron mucho dinero hablando del tema jamás conversaron con ella. Hablaron sobre ella, sin ella, en vez de darle voz para que articulara su propia experiencia", apunta Wade.

"Siempre sentí que había hecho algo malo", le dice Kristin a la BBC.

"Kristin me dijo que hubiera querido que alguien la hubiera abrazado por un rato muy, muy largo. Eso no sucedió. Le asignaron una patología sin respetar la ética y hablar con ella", denuncia Wade.

En vez de ver la situación desde la perspectiva de las víctimas, se asumió como parcialmente su error. El poder estuvo en manos de quienes determinan las explicaciones.

Y, curiosamente, incluso expertos como el abanderado del síndrome, Frank Ochberg, aceptó que los casos de síndrome de Estocolmo son raros.

De hecho, no existen criterios de diagnóstico ampliamente aceptados para identificar el síndrome, y no se encuentra en ninguno de los dos manuales psiquiátricos principales, el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-5) y la Clasificación Internacional y Estadística de Enfermedades y Problemas Relacionados con la Salud (CIE).

Para Kristin Ehnmark, "es mierda, si eso se puede decir en la BBC".

"Yo hice lo que pude para sobrevivir"

 

Fuente:

BBC News Mundo 

 

martes, 16 de febrero de 2021

Cómo ayudar a tus hijos a aceptar el aburrimiento (y por qué puede ser bueno)

Por Redacción BBC Mundo  

 

 "¡Estoy aburrido!".

"No sé qué hacer…".

"¡Qué aburrido es esto!".

Durante los confinamientos, los niños han gozado de un tiempo casi ilimitado para estar frente a las pantallas mientras los padres hacían malabares para entretenerlos lejos de ellas y cumplían al mismo tiempo con sus obligaciones laborales.

 Y a pesar de ese ingente esfuerzo por parte de la familia, hay muchos niños para quienes los confinamientos son frustrantes y aburridos.

Sin embargo, algunos especialistas consideran que el aburrimiento puede esconder algo bueno.

"Uno pensaría que los niños de la era de internet ya no saben qué es el aburrimiento, pero las investigaciones muestran que los niños están más aburridos que nunca", explicó al programa de la BBC Bitesize el doctor Sandi Mann.

Este profesor de psicología en la Universidad de Central Lancashire y autor de "The Science of Boredom: Why Boredom is Good" (La ciencia del aburrimiento: por qué el aburrimiento es bueno) recuerda que los niños de ahora "tiene un nivel muy alto de estimulación, que reduce su umbral de aburrimiento".

Esto significa que necesitan más estimulación para no aburrirse, mientras que las generaciones anteriores aprendieron a usar herramientas diferentes y más allá de la red.

Para la académica Teresa Belton, el aburrimiento es potencialmente la chispa que necesitamos para ser creativos.

"Cuando los niños no tienen nada que hacer, ahora encienden inmediatamente la televisión, la computadora, el teléfono o algún tipo de pantalla. El tiempo que dedican a estas cosas ha aumentado", dice.

"Pero los niños necesitan tener tiempo para imaginar y para seguir sus propios procesos de pensamiento o para asimilar sus experiencias a través del juego o simplemente observando el mundo que los rodea".

Entonces, ¿de verdad hay que dejar que se aburran?

 

El doctor Mann tiene 3 consejos para los padres:

1. Sí, deja que se aburran

"Creo que tenemos mucho miedo de que si nuestros hijos se aburren, estemos fracasando como padres, pero en realidad creo que es al revés y estamos fracasando como padres si no dejamos que se aburran", dice.

2. Limita el tiempo de pantalla y las computadoras

"No confíe únicamente en los dispositivos que utilizan elementos pasivos para reducir su aburrimiento. Necesitan un tiempo de aburrimiento real donde lo único que tienen para entretenerse es su propia imaginación y creatividad".

El especialista cree que en esta era digital, eso es algo que hemos perdido

3. Proporciónales herramientas

Dales ropas para que se disfracen u objetos para hacer manualidades. Cualquier cosa que puedas encontrar por ahí.

"Necesitan hacerlo de forma activa; necesitan usar su propia imaginación. Esto los hace más tolerantes con el aburrimiento, les ayudará a poder concentrarse más y a desarrollar su propia creatividad"

El doctor teme que si los niños no pueden tener un tiempo de inactividad, su creatividad se apaga".

 

La Experiencia de una Madre 

La maestra de escuela primaria Monica Saunders tiene tres hijas de 15, 13 y 5 años. Está de acuerdo con el enfoque del Dr. Mann.

"Ha llevado semanas encontrar una rutina que funcione para todas. Les dejé encontrar su propia manera de hacerlo y ellas mismos crearon sus propias rutinas diferentes".

Saunders cuenta como animó a sus hijas a utilizar este tiempo de confinamiento para encontrar algo que les guste hacer y para lo que normalmente no tendrían tiempo.

"Las redes sociales son excelentes para mantenerse en contacto con amigos, pero han comenzado a aburrirse y han comenzado a encontrar otras cosas que hacer", dice. 

"Lo bueno de esto es que ha conseguido que tengan más recursos para la vida diaria. Incluso yendo por zonas que conocen bien, normalmente mirarían mapas en sus teléfonos para saber si iban por el camino equivocado".

"Pero debido a que hay muchas menos actividad en redes sociales están comenzando a encontrar otras cosas: jugaron a las preguntas el fin de semana y ellas mismas prepararon las pruebas".

"También pasaron mucho tiempo en el jardín pensando en pistas que normalmente no tienen la paciencia o el tiempo para preparar".

Hay que decirle a los niños: "El aburrimiento es bueno para ti, ¡disfrútalo mientras puedas!".

 

Fuente:

BBC News Mundo 

sábado, 6 de febrero de 2021

¿Cuál era para Platón la Mejor Forma de Gobierno (y por qué creía que la Democracia era una de las peores)?

BBC News Mundo

Si estuvieras en medio del océano en un barco, ¿qué harías:

A. Convocarías una elección para ver como pilotear el barco o...

B. Tratarías de averiguar si hay alguien a bordo experto en hacerlo?

Si escogiste B, presuntamente piensas que los conocimientos especializados son útiles en este tipo de situaciones... no quieres que meros aficionados estén adivinado qué hacer cuando se trata de asuntos de vida o muerte.

¿Y qué opinas cuando se trata de quienes pilotean el gran barco que es un Estado?

¿No sería también más efectivo encontrar a alguien experimentado para que fuera el líder en vez de votar?

Eso es lo que Platón, el gran filósofo de Atenas -la cuna de la democracia-, alegó hace unos 2.400 años en el libro VI de la "República", uno de los primeros y más influyentes textos sobre... casi todo: justicia, naturaleza humana, educación, virtud.

Pero también sobre gobierno y política.

Está escrito en la forma de una serie de diálogos, entre ellos una conversación entre Sócrates, su maestro, y algunos amigos sobre la naturaleza de los regímenes y las razones por las cuales uno es superior a otro.

En ella queda en evidencia que su opinión sobre la democracia -en griego "el gobierno del pueblo"- como proceso para decidir qué hacer, era poco favorable.

Incluso votar por un líder le parecía arriesgado pues los electores eran fácilmente influenciados por características irrelevantes, como la apariencia de los candidatos; no se daban cuenta de que se requieren calificaciones para gobernar, así como para navegar.

"Los expertos que Platón quería al timón del buque del Estado eran filósofos especialmente entrenados, escogidos por su incorruptibilidad y por tener un conocimiento de la realidad más profundo que el común de la gente", explicó el filósofo Nigel Warburton en la serie BBC History of Ideas.

 *Cracia

 En esa forma de gobierno era la aristocracia -griego para "el gobierno de los mejores"-, donde unos pocos se pasarían la vida preparándose para el liderazgo, los que se encargarían de dirigir la República, de modo que pudieran tomar decisiones sabias para la sociedad.

"Aunque sus puntos de vista eran indiscutiblemente clasistas, Platón creía que esos aristócratas gobernarían desinteresada y virtuosamente", explica la filósofa Lindsey Porter en una animación de BBC Ideas.

Sin embargo, esta sociedad ideal estaría en constante peligro de derrumbarse.

"Anticipó que los hijos de los hombres sabios y educados se corromperían con el tiempo por los privilegios y el ocio, que terminarían preocupándose únicamente por la riqueza, y la aristocracia se convertiría en una oligarquía, que en griego significa 'el gobierno de unos pocos'", señala Porter.

Estos nuevos gobernantes ricos y mezquinos estarían obsesionados con equilibrar el presupuesto. La austeridad dominaría y la desigualdad aumentaría.

"A medida que los ricos se hacen cada vez más ricos, cuanto más piensan en hacer una fortuna, menos piensan en la virtud", escribió Platón.

Al crecer la desigualdad, los pobres incultos terminarían superando en número a los que acaudalados.

Eventualmente, los oligarcas serían derrocados y el Estado colapsaría en una democracia.

¿Colapsaría?

 Esto porque, así como la búsqueda ciega de la riqueza ocasiona una sed de igualdad, "el deseo insaciable de libertad ocasiona una demanda de tiranía".

Exceso de Libertad

Aquí va otro concepto difícil de concebir.

Básicamente, la idea es que una vez que la gente tiene libertad, quiere aún más.

Si la libertad a cualquier precio es el único objetivo, se produce un exceso de libertad que genera un exceso de facciones y una multiplicidad de perspectivas, la mayoría de las cuales están cegadas por intereses estrechos.

Quien desee ser líder debe entonces halagar a esas facciones, complacer sus pasiones, y ese es un terreno fértil para el tirano, que manipula a las masas para "dominar la democracia", según Platón.

Es más, esa libertad ilimitada degenera en histeria colectiva. Es entonces cuando la fe en la autoridad se atrofia, la gente se inquieta y cede a un demagogo estafador que cultiva sus miedos y se posiciona como protector.

No Obstante... 

Los antiguos atenienses tenían una democracia directa, así que el electorado votaba casi todo. Básicamente, referendos interminables.

"Hoy en día hay muchas instituciones a la mano que no existían en la época de Platón: la democracia representativa, la Corte Suprema, leyes de Derechos Humanos, educación universal...", señala la filósofa Lindsey Porter.

"Sirven de salvaguardas para controlar el gobierno de una multitud desconsiderada", añade. 

Sin embargo, en los últimos años, la emergencia de líderes del estilo de Donald Trump han hecho resonar las advertencias de "La República" entre varios analistas, entre ellos el comentarista político Andrew Sullivan, quien en 2017 le dio voz a sus cavilaciones en un impactante video de BBC Newsnight.

Con Platón como su estrella polar, resalta que este tipo de personajes "suele ser de la élite pero está en sintonía con la época. (...) Se apodera de una turba particularmente obediente y tildando de corruptos a sus pares ricos.(...)

"Finalmente, se queda solo, ofreciéndole a los ciudadanos confundidos, distraídos y autoindulgentes una especie de alivio de las interminables opciones e inseguridades de la democracia (...) y se ofrece a sí mismo como la respuesta personificada a todos los problemas.

"Y con el público emocionado por él como una posibilidad de solución, una democracia voluntaria e impetuosamente se autoanula".

Pero hay algo más 

Para la filósofa Porter hay algo más que destacar.

Aunque la idea de ser gobernados por aristócratas nos haga ruido, de fondo lo que estaba deseando era un liderazgo de personas desinteresadas en los placeres vagos, pues así serían incorruptibles y, gracias a su educación, tomarían decisiones sabias destinadas a la virtud.

Líderes que se preguntarían constantemente: "¿Cuál sería el curso de acción más justo y prudente?".

"Esa es la clave para Platón: tomar decisiones justas, prudentes y sabias. Que gobernara la virtud, no la pasión". 

 

Fuente:

BBC News Mundo 

miércoles, 3 de febrero de 2021

Michael Sandel: "El primer problema de la meritocracia es que las oportunidades en realidad no son iguales para todos"

Por Irene Hernández Velasco

Hay Festival Digital Colombia@BBCMundo

 

Michael Sandel (Mineápolis, 1953) es mucho más que un filósofo o un intelectual.

Muchos consideran que este profesor de Derecho de la Universidad de Harvard es algo así como una especie de estrella del rock de la filosofía.

Y la verdad es que las cifras de sus charlas y conferencias rozan las de los conciertos multitudinarios. Sandel ha llenado de seguidores la catedral de San Pablo en Londres, ha atiborrado de gente la emblemática Casa de la Ópera en Sídney, ha congregado a 14.000 personas en un estadio de Seúl…

Y eso por no hablar de sus cifras en internet. Sus clases magistrales se han visto decenas de millones de veces en YouTube y se han hecho absolutamente virales. 

El último libro de Sandel lleva por título "La Tiranía de la Meritocracia" y en él analiza en profundidad ese concepto, tan de moda en los últimos años, según el cual todo el mundo debe disfrutar de las mismas oportunidades, lo que en teoría garantizaría que los que lleguen a lo alto habrían conseguido el éxito por sus propios métodos. 

Sandel, sin embargo, arremete contra esa idea y las numerosas falacias que en su opinión esconde. 

¿Qué tiene de malo la meritocracia?

En determinada manera, la meritocracia es un ideal atractivo porque promete que si todo el mundo tiene las mismas oportunidades, los ganadores merecen ganar. Pero la meritocracia tiene un lado oscuro. Hay dos problemas con la meritocracia.

Uno es que en realidad no estamos a la altura de los ideales meritocráticos que profesamos o proclamamos, porque las oportunidades no son realmente las mismas.

Los padres adinerados son capaces de transmitir sus privilegios a sus hijos, no dejándoles en herencia grandes propiedades sino dándoles ventajas educativas y culturales para ser admitidos en las universidades. 

En su libro usted revela por ejemplo que la inmensa mayoría de los estudiantes de universidades tan prestigiosas como la de Princeton o Yale pertenecen a familias muy ricas…

Así es. De hecho, en las universidades de la denominada Ivy League (que incluye a las universidades de Brown, Columbia, Cornell, Dartmouth College, Harvard, Pensilvania, Princeton y Yale, algunas de las más prestigiosas de Estados Unidos) hay más estudiantes que pertenecen al 1% de las familias con más ingresos del país que al 60% con menos ingresos.

Así que el primer problema de la meritocracia es que las oportunidades en realidad no son iguales.

¿Y el segundo problema?

El segundo problema de la meritocracia tiene que ver con la actitud ante el éxito. La meritocracia alienta a que quienes tienen éxito crean que éste se debe a sus propios méritos y que, por tanto, merecen todas las recompensas que las sociedades de mercado otorgan a los ganadores.

Pero si los que tienen éxito creen que se lo han ganado con sus propios logros, también tienden a pensar que los que se han quedado atrás son responsables de estar así.

Así que el segundo problema de la meritocracia es un problema de actitud ante el éxito que lleva a dividir a las personas en ganadores y perdedores. La meritocracia crea arrogancia entre los ganadores y humillación hacia los que se han quedado atrás. 

Y si la meritocracia es algo en realidad tan perverso, ¿por qué en las últimas décadas muchos políticos, sobre todo del centro-izquierda, la han abrazado?

Es una pregunta muy interesante. Durante las últimas décadas, los partidos de centro, de izquierdas y derechas han adoptado una versión neoliberal de la globalización que ha provocado un aumento de las desigualdades.

Y los partidos de centro-izquierda han respondido a estas desigualdades no buscando reducirlas directamente a través de políticas económicas, sino ofreciendo la promesa de que era posible ascender socialmente, lo que en mi libro llamo 'la retórica del ascenso'.

La idea es que si creamos igualdad de oportunidades, entonces no tenemos por qué preocuparnos mucho de la desigualdad porque la movilidad puede permitir a las personas ascender de trabajos con salarios estancados a otros mejores.

Los partidos de centro-izquierda han ofrecido la retórica del ascenso en lugar de responder directamente a la desigualdad. 

Por decirlo de otro modo: en lugar de encarar directamente la desigualdad ofrecieron el mensaje de que se podía conseguir la movilidad individual si se accedía a la educación superior, decían que para ganar en la economía global había que ir a la universidad y sacarse un título universitario, porque el dinero que uno iba a cobrar dependía de lo que había aprendido y estudiado, y que si uno se esforzaba podía lograrlo.

Todos esos lemas forman parte de la retórica del ascenso, y los partidos de centro-izquierda pensaron que era una forma inspiradora de alentar a las personas a mejorar su propia condición como individuos obteniendo un título universitario.

Y, de alguna manera, ese mensaje es inspirador, todo el mundo quiere creer que si trabaja duro, puede mejorar su condición.

Pero aunque puede ser de algún modo un mensaje inspirador, por otro lado es insultante, porque implica que si no has ido a la universidad y estás pasándolo mal en la nueva economía, la culpa de tu fracaso es sólo tuya. Y eso, insisto, es insultante para muchos trabajadores.

Lo que las élites, las élites políticas y meritocráticas olvidan, es que la mayoría de la gente no tiene un título universitario. En Estados Unidos y en Gran Bretaña, casi dos de cada tres personas no tienen un título universitario.

Es un error crear una economía en la que la condición para el éxito es un título universitario que la mayoría de la gente no tiene. Y eso vale también para Europa.

Y, de ese modo, los partidos de centro izquierda han perdido a muchos de los votantes de la clase trabajadora que tradicionalmente eran su base de apoyo. Lo hemos visto con el Partido Demócrata en Estados Unidos, con el Partido Laborista en Gran Bretaña, con los partidos socialdemócratas en Europa… 

Esos partidos se han ido convirtiendo cada vez más en partidos de clases profesionales, de élites con formación universitaria, y han ido perdiendo apoyo entre los trabajadores sin educación universitaria.

¿Y a dónde se han ido esos votantes?

Esos votantes comenzaron a apoyar a políticos y a partidos populistas autoritarios, apoyaron a Donald Trump en Estados Unidos, el Brexit en Gran Bretaña y a partidos populistas autoritarios en Francia, en España y en otros países.

¿Qué tiene que ver exactamente la meritocracia con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca tras las elecciones de 2016 o con el auge de los populismos?

En las últimas décadas, se ha ido profundizando la división entre ganadores y perdedores, envenenando nuestra política y separándonos. Esa división tiene que ver en parte con las crecientes desigualdades de las últimas décadas. 

Pero también se tiene que ver con cómo han cambiado las actitudes ante el éxito con el aumento de desigualdad.

Los que han llegado a la cima en la era de la globalización, llegaron a creer que su éxito era todo suyo porque lo habían ganado por sus propios méritos, y que los perdedores no tenían a nadie a quien culpar de su fracaso más que a ellos mismos.

Eso refleja la idea meritocrática, porque si las posibilidades son iguales para todos, los ganadores merecen sus ganancias.

A medida que estas actitudes se afianzaban, la arrogancia meritocrática llevó a los ganadores a creer que su éxito era el resultado de sus propios talentos y del trabajo duro, y llevó la desmoralización y la humillación a los perdedores.

Y una de las formas más potentes y poderosas de reaccionar contra eso es la acción violenta y populista contra las élites.

Muchos trabajadores sienten que las élites los desprecian, que no los respetan, no respetan el tipo de trabajo que hacen.

Y eso creó una ira y un resentimiento cada vez más profundos entre los trabajadores, que sabían que estaban trabajando duro pero recibiendo menos dinero, porque los salarios de los trabajadores están estancados desde hace cuatro décadas.

Los partidos populistas autoritarios apelan a los agravios de esas personas que sienten que este sistema los desprecia, un resentimiento que las actitudes meritocráticas hacia el éxito han alimentado.

La mayoría de las ganancias de la globalización fueron a parar al 20% más rico, y la mitad inferior de los trabajadores no recibió ninguna de esas ganancias, ninguna. Pero no fue sólo exclusión económica.

También ese sentido de humillación que surge al sentir que las élites te menosprecian, que consideran que tú eres el culpable de tu propio fracaso y que si ellos tienen éxito es porque se lo han ganado. Eso creó la ira y el resentimiento al que apelaron figuras populistas autoritarias como Donald Trump.

Donald Trump, efectivamente, siempre ha criticado a las élites. Pero, al mismo tiempo, se ve a sí mismo como el resultado de la meritocracia, como un hombre que se ha hecho a sí mismo. Es un poco contradictorio, ¿no cree?

Donald Trump ha sido un hombre de negocios que ha ganado mucho dinero. Pero la ira y el resentimiento no son contra aquellos que aspiran a tener riqueza y una posición social.

De ese modo, y a pesar de tener mucho dinero, Donald Trump expresaba el sentimiento de agravio contra las élites meritocráticas, porque él mismo a lo largo de su carrera empresarial siempre se ha sentido despreciado por las élites financieras, las élites profesionales y las élites intelectuales de Nueva York. 

  hay mucha verdad en eso, nunca fue aceptado ni respetado por las élites de Nueva York o las élites meritocráticas.

Por eso siempre sintió una profunda inseguridad, que procedía de sentirse menospreciado. Y paradójicamente eso le permitió, a pesar de ser un hombre rico, expresar el sentimiento de resentimiento que muchos trabajadores sentían por las élites meritocráticas.

Y si la meritocracia no es buena, si no funciona correctamente, ¿qué deberíamos hacer para lograr sociedades más igualitarias?

Creo que deberíamos concentrarnos menos en preparar a la gente para la competencia meritocrática y centrarnos más en la dignidad del trabajo.

Debemos impulsar medidas y políticas que hagan la vida mejor y más segura para los trabajadores, independientemente de cuáles sean sus logros y títulos académicos.

En el libro ofrezco varias formas en las que podríamos cambiar el discurso político hacia esa dirección. Y en ese sentido me parece muy interesante la elección de Joe Biden como presidente de EE.UU. tras derrotar a Donald Trump.

Biden es el primer candidato demócrata a la presidencia en 36 años sin un título de una prestigiosa universidad de la Ivy League, ¡el primer candidato demócrata en 36 años!

Eso muestra cómo durante las últimas cuatro décadas el Partido Demócrata ha sido un reflejo del dominio de las élites meritocráticas. 

Y creo que parte del éxito de Biden reside precisamente en que al no provenir de la élite meritocrática, ha sido capaz de conectar de manera más efectiva con los votantes de la clase trabajadora. Durante la campaña electoral, por ejemplo, Biden habló de la necesidad de renovar la dignidad del trabajo.

Pero no me malinterprete: no digo que debamos abandonar el proyecto de igualdad de oportunidades. Ese es un proyecto muy importante, moral y políticamente.

El error es asumir que crear más igualdad de oportunidades es una respuesta suficiente a las enormes desigualdades de ingresos y riqueza que ha provocado la globalización neoliberal.

La pandemia de coronavirus ha revelado la importancia fundamental que tienen para la sociedad muchos trabajos que sin embargo están muy mal pagados. ¿Cree que eso puede ayudar a cambiar mentalidades?

Potencialmente, sí. Puede ayudar a que asumamos que el dinero que mucha gente recibe por su trabajo no es la verdadera medida de su contribución al bien común, una idea errónea y que debemos de cambiar.

La experiencia de la pandemia proporciona una posible apertura para un debate público sobre lo que realmente es una contribución valiosa al bien común, más allá del veredicto del mercado laboral.

Aquellos de nosotros que tenemos el lujo de poder trabajar desde casa nos hemos dado cuenta de lo mucho que dependemos de algunos trabajadores a los que a menudo pasamos por alto.

No se trata sólo de aquellos que trabajan heroicamente en los hospitales cuidando a los pacientes de Covid, sino también de los trabajadores de reparto, los empleados en almacenes, el personal de supermercados, los conductores de camiones, los proveedores de atención médica a domicilio, los cuidadores de niños… Ninguno de esos trabajos es de los mejor pagados. 

Y, sin embargo, ahora reconocemos a los que los hacen como trabajadores esenciales, como trabajadores clave. Así que la experiencia de la pandemia podría ser el comienzo de un debate público amplio sobre cómo reconocer la importancia del trabajo y las contribuciones a la sociedad que esas personas hacen.

Depende de nosotros, es una pregunta abierta. Pero creo que la experiencia de la pandemia ha puesto de relieve las desigualdades que existen en nuestras sociedades y la importante contribución de quienes sin embargo no obtienen las mayores recompensas por parte del mercado. 

¿Considera entonces que esos trabajadores esenciales deberían estar mejor pagados?

Sí. Creo que se les debería pagar mejor como medida de emergencia durante esta pandemia. Pero también creo que deberían recibir en general un mejor salario, incluso cuando superemos la pandemia.

Reconocer el importante papel de los trabajadores esenciales durante esta pandemia debería impulsarnos a establecer un salario digno para todos los trabajadores.

Y también deberíamos proporcionar permisos pagados por enfermedad a todos los trabajadores durante la pandemia, porque muchos de esos trabajadores están poniendo en riesgo su salud al realizar el trabajo que hacen, mientras que el resto de nosotros podemos proteger nuestra salud quedándonos en casa.

Se les debería proporcionar un salario digno, permisos por enfermedad remunerados y otras medidas para mostrar el reconocimiento de la sociedad a la importancia de su contribución.

Un estudio de la New Economic Foundation de 2009 revela que algunos de los trabajos mejor pagados son socialmente muy destructivos, son trabajos que no aportan nada al bien común…

Así es, y de eso me ocupo en el capítulo 7 de "La Tiranía de la Meritocracia". ¿Por qué ganan por ejemplo tanto dinero los muy generosamente pagados ejecutivos de la industria financiera de Wall Street?

A veces asumimos que las transacciones financieras especulativas son algo de vital importancia para la economía y la sociedad. 

Pero los estudios han demostrado, y cito algunos de esos estudios en el libro, que más allá de cierto punto, la ingeniería financiera compleja y la especulación no sólo no contribuyen a la productividad de la economía sino que en realidad es un lastre para la productividad, algo que daña a la economía real.

Y si eso es así, entonces recompensar a esos ejecutivos financieros pagándolos generosamente no es consistente con cómo se pagan las contribuciones verdaderamente valiosas a la economía y el bien común.

¿Y qué propone?

Propongo un cambio en la estructura tributaria. Sugiero que consideremos establecer un impuesto a las transacciones financieras especulativas y a la actividad financiera especulativa, que gravemos esa actividad y usemos el dinero recaudado para reducir el impuesto sobre el trabajo que en Estados Unidos pagan los trabajadores ordinarios.

El mensaje de mi libro es abrir un amplio debate público sobre lo que se considera una contribución verdaderamente valiosa a la economía y al bien común, y revisar nuestra política fiscal y otras políticas del mercado laboral para que éstas den mayor reconocimiento y respeto a aquellos que hacen contribuciones valiosas y que actualmente están mal pagados y poco reconocidos.

Muchos padres, ya sean ricos o pobres, inculcan a sus hijos que si se esfuerzan y trabajan duro lograrán las metas que se propongan, un mensaje muy meritocrático. ¿Es peligroso decirles eso?

Sí y no, depende. Por supuesto, que los padres animen a sus hijos a estudiar y trabajar mucho es una cosa buena que da a los jóvenes la inspiración y la motivación para esforzarse. 

Eso es algo positivo, pero hasta cierto punto. Los padres deben tener cuidado y combinar ese mensaje con otro, deben animar a sus hijos a trabajar duro, pero no sólo para que puedan obtener un trabajo que les permita ganar mucho dinero, también debemos fomentar en nuestros hijos el amor por el aprendizaje en sí mismo.

No debemos convertir la educación sólo en un instrumento de progreso económico, porque eso privará a nuestros hijos del amor por el aprender por el placer de aprender.

Y otro aspecto importante que debemos inculcarles es que si tienen éxito el día de mañana será en parte gracias a su propio esfuerzo, pero en parte gracias también a sus maestros, a su comunidad, a su país, a los tiempos en que viven, a las circunstancias, a las ventajas de las que hayan podido disfrutar...

Enseñar a nuestros hijos que su éxito sólo es resultado de su propio esfuerzo podría hacerles olvidar que están en deuda con los demás, incluida su comunidad. Debemos criar niños que tengan un sentido de gratitud y humildad cuando tengan éxito. 

 

Fuente:

BBC News Mundo