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domingo, 11 de octubre de 2026

Anecdotario X


Crítico en Pañales

Nuestro hijito de cuatro años y medio se ha convertido en un asiduo aficionado al ballet, que ve en la televisión. Un domingo, yendo de paseo, alcanzó a ver un perro grande que había asumido la postura canina característica junto a un poste.
—Mira, papá —gritó el muchacho—. ¡Ballet!
 

 
Sin censura previa...

Del State Journal, de Springfield, Illinois :«La señora J. T. Murphy celebrará su 48° onomástico el domingo. Ha sido residente de Springfield durante 57 años»

Del Christian Banner de Lansing, Michigan: «Se ha instalado en la iglesia un nuevo sistema de altavoces donado por uno de los feligreses en memoria de su difunta esposa.»

De las notas sociales del periódico Leader, de Corning, Nueva York: «La señora Preston celebró el sábado el tercer cumpleaños de su hijita con una simpática fiesta infantil a la que asistieron unos 20 niños.
La señora Preston ingresó el domingo por la noche en el Hospital de Wellsboro para someterse a un reconocimiento médico».

 

Se conoce que un hombre ha tenido éxito cuando la prensa empieza a citarlo sobre temas de los cuales él no sabe nada. (Observer, de Oregon, Wisconsin)


 

Una profesora universitaria acababa de trasladarse a una ciudad distante con todos sus enseres personales, entre los cuales se contaban numerosas cajas de libros. El fornido chofer del camión de mudanzas, después de haber depositado el último pesado cajón en el descanso del segundo piso, le dijo en son de queja:
—¡Por Dios! señora... ¿Por qué no se le ocurrió leerlos antes de mudarse?


 

A la cama con un libro

El que es caballero desea irse a dormir como tal, es decir, pausada y amablemente, con una sonrisa de agradecimiento para el Señor Día, que acaba de ser su anfitrión, y una cortés bienvenida a la Señora Noche, que va a ser su anfitriona. Sólo un patán le daría la espalda al sol con ruda prisa, para saltar a los brazos de Morfeo como una foca que se desliza al agua desde su bloque de hielo. Por eso, el que es caballero lee antes de quedarse dormido

—Robert Blatchford, As I Lay A-Thinking


 

En Inglaterra un maestro de ceremonias entrevistaba por radio al novelista J.B. Priestley.
—Señor Priestley —inquirió— ¿cómo explica usted su éxito, mientras tantos de sus compañeros de la escuela de periodismo que parecían tener tanto o más talento que usted no lo han logrado?
El escritor respondió lentamente:
—No puedo hablar por mis compañeros, pero de mí sé decir que me moría por triunfar.
 

 

En la clase de redacción el maestro encargó una composición en la cual describiéramos algún lugar romántico. A la hora en que leímos nuestros trabajos, escuché muchos lugares comunes: fuego crepitante en la chimenea, luz tenue, música suave. Sólo una señora mencionó algo original: “Reina la tranquilidad en la casa, los niños no están”. —S.Z.



 

¡Qué Pregunta!

Una amiga heredó de una parienta un valioso abrigo de pieles, y se fue a la iglesia luciéndolo con gran orgullo. Cuando estaba allí, un hombre le preguntó:
—¿Qué desafortunada criatura tuvo que morir para que tú pudieras llevar tal abrigo?
Mirándolo iracunda, mi amiga le respondió:
—Mi tía.

 

Después de asistir a una fiesta de gala en un elegante hotel, salimos del vestíbulo y solicitamos que nos trajeran nuestro auto. El imponente ventarrón y la lluvia torrencial ululaban sin cesar, y bajo la furia de los elementos vimos cómo el portero corría presuroso de un cliente a otro, mientras prodigaba ocurrencias y una sonrisa al entregarles sus autos.
Cuando tocó nuestro turno, el servicial hombre saltó del asiento del conductor, rodeó el vehículo y me abrió la portezuela para darme paso. Le pregunté en qué pensaba para seguir tan animado en su trabajo. Sin dudarlo un instante, respondió:
—¡En el desempleo, señora!


 

Durante años había suplicado a mi madre, que padecía de cataratas que dejara de conducir, pues era una verdadera amenaza al volante. Como de nada habían servido mis ruegos y amenazas, me sorprendí cuando llamó para avisarme que había vendido su auto.
—¡Qué buena noticia, mamá! —exclamé—. ¿Qué fue lo que te animó a hacerlo?
—Al estacionar no vi el borde de la acera y acabé en el vestíbulo del Banco Estatal de Oklahoma.
—¡Qué horror!
—Ya lo sé —replicó—. Nunca hemos sido sus clientes.


 

La Crítica Critica

En una reseña: “La televisión ha estado tan aburrida esta temporada, que los niños hacen la tarea”. — Silver Lake News



 

¡Qué Descaro!

Hace algunos años robaron un espejo antiguo y una alfombra oriental de cierta agencia literaria. Tiempo después, el presidente de la firma recibió una llamada por cobrar. Era el ladrón, que estaba preso y ofrecía devolver la alfombra y el espejo a condición de que la agencia leyera el manuscrito de un libro suyo.

—Leonore Fleischer, en Publishers Weekly



 

La señora acababa de dar a luz a su decimoquinto hijo. El obstetra, preocupado, llama al padre y le dice:
—Oiga, señor, quince hijos ya son demasiados. ¿No le parece que debería poner en práctica un poco de paternidad responsable?
—Doctor —responde el hombre con ceñudo gesto—, los hijos nos los envía el Señor.
—Es cierto. Pero también nos envía la lluvia y, sin embargo, nos ponemos impermeable.


 

“MI PARANOIA no tiene límites”, declara un comediante. “Hasta le puse un espejo retrovisor a mi bicicleta estacionaria”.


 

EL SARCASMO como recurso literario era el tema del día. Nuestro profesor empezó por pedir un ejemplo a la clase.
Todos nos quedamos de una pieza pocos segundos después, cuando una voz espetó:
—¡Oh, profesor, me encanta su clase!



El fascinante mundo de los ratones

UN NIÑO como de diez años iba sentado en un autobús urbano con un portafolios sobre las piernas. De cuando en cuando murmuraba algo dentro de su abrigo. Una mujer lo miraba inquisitivamente y el pequeño, para satisfacer aquella curiosidad, le mostró un ratoncito blanco que llevaba en la bolsa de la camisa. El niño le explicó:
—Acaba de nacer. Sus padres están aquí.

Abrió el portafolios y sacó un par de ratones blancos, un poco más grandes que los otros 10 o 12 que había adentro. Ya para entonces varios pasajeros habían formado un corrillo, y el chiquillo les explicó pacientemente su interés en los ratones, cómo cuidarlos, sus hábitos de alimentación, sus distintas personalidades y otros aspectos.

Al llegar el autobús a donde él se bajaría, el chico devolvió los ratones al portafolios y se levantó en medio de un extasiado público. Al empezar a bajar se volvió y dijo:
—Los ratones son para mi serpiente —y desapareció.



Acumular conocimientos es tan malo como acumular dinero. Llega un momento en que debemos empezar a emplear lo aprendido. —Robert Frost


 

Según cuenta un primo de Mark Twain, éste fue a visitar al famoso museo de figuras de cera de Madame Tussaud, en Londres, y se detuvo a observar un interesante maniquí. Lo arrancó de su abstracción un repentino y doloroso puntazo en el costado. Se volvió bruscamente y se encontró, cara a cara, con una estupefacta dama inglesa que todavía le apuntaba con su sombrilla.
—¡Ay, si está vivo! —gritó la señora, y salió apresuradamenrte del museo.

—John Tussaud, en The Romance of Madame Tussaud


    

El dramaturgo Ferenc Molnár tenía un buen número de parientes, muchos de los cuales acudían a este miembro de la familia, fabulosamente próspero, en demanda de ayuda económica. Cierta vez, hacia mil novecientos veintitantos, un grupo de ellos fue a buscarlo al mejor hotel de Viena, donde se hospedaba en el cuarto más barato. Esperando una frígida recepción, los visitantes recibieron una verdadera sorpresa cuando los acogió de la manera más afable y hasta les propuso que todos se fotografiaran en su compañía.

Una vez que le entregaron una copia de la fotografía, Molnár se la llevó al portero del hotel y le dijo:
—Tenga usted a mano esta foto. Siempre que alguna de estas personas venga a buscarme, no la deje pasar.

—Ladislas Farago, en Strictly from Hungary



 

Para que no haya confusión

En la biblioteca, buscaba yo en el tarjetero de videocintas una película para mi hijita. En la tarjeta de una cinta con el tema de la obra clásica de Charles Dickens, David Copperfield, alguien había anotado con lápiz: “NO es el mago”.

 

Alguien solicitó un libro raro en la Biblioteca del Vaticano. Tras dos horas de espera, llegó una nota con la respuesta: “Perdido desde 1583”. — Financial Times
 

 

Nueva Identidad

Al cabo de varios años de vivir sola con Greg, su pequeño hijo, una amiga mía decidió casarse. Le informó de sus planes al niño,y le explicó que, después de la boda, el apellido de ella ya no sería el mismo. Luego le indicó a su hijito, que, si quería, también él podría cambiarse el nombre. Tras pensarlo un rato, Greg respondió que era una buena idea...; que le gustaría llamarse Clark Kent.



 

Mi hija tomaba parte en una representación escolar de la comedia Mucho Ruido y Pocas Nueces, de Shakespeare. Todo salió bien hasta la escena en que se reúnen muchos actores portando cirios. Entonces se hizo un silencio embarazoso.
Entre bambalinas, el apuntador dijo dos veces la línea que seguía: “Muerta fue por lenguas calumniadoras”, pero fue inútil. El apuntador la dijo una tercera vez en voz alta.
En igual tono, mi hija respondió:
—¡Nos sabemos bien el parlamento, pero no quién lo dice!


 

LOS ANTEPASADOS son lo más importante para quienes no han hecho nada por sí mismos. —  Louis L'Amour



 

Posdata

Mi padre se va a trabajar mucho antes de que los demás miembros de la familia nos levantemos, y a menudo deja notas para recordarnos lo que hay que hacer antes de que él vuelva a la casa. Como sabe que no siempre nos alegra encontrar esas instrucciones a las 7 de la mañana, a una de ellas le añadió una posdata. La nota decía: “Querida Kathleen, por favor lava los platos y pon en orden la ropa. P.D.: Igualmente”.


 

Edad de Piedra

—Señorita, describa usted la Edad de Piedra —pidió el profesor a la alumna.
—Es la época en que una mujer empieza a hablar al novio sobre el anillo de compromiso —respondió la chica.


 

Ratones de Biblioteca

Bruno Furst, perito nemotécnico, guardó en su memoria seis idiomas, millares de números de teléfono y direcciones de casas,centenares de poesías, docenas de piezas teatrales y una veintena de novelas. Le agradaba señalar que para quien tenga educada la memoria no es problema pasar largas horas en un tren o un fin de semana en el campo sin ningún libro que leer. Cuando Furst, cuyas conferencias implicaban muchos tediosos trayectos en autobús y ferrocarril, se encontraba en un viaje largo sin un buen libro, traía uno a la memoria. Era capaz de reclinarse en su puesto, cerrar los ojos y gozar de Goethe, Heine, Thomas Mann o cualquiera de los autores de su gran biblioteca portátil.

El escritor de novelas de misterio Rex Stout se crió entre los libros. Su padre, John Stout, superindente escolar, tenía una biblioteca personal de 1126 tomos. Su madre, Lucetta, era asidua lectora. Conservaba a su lado un plato con agua fría y una toalla, y cuando algunos de sus nueve hijos se le acercaba mientras estaba leyendo, ella aprovechaba la ocasión para lavarle la cara. Muy rara vez la interrumpían.
 

 

Mi amiga estaba triste porque no lograba que sus alumnos de primaria entendieran sus explicaciones.
—¿Sabes? Creo que he perdido mi atractivo textual, me comentó.



 

Nota: En próximos artículos pondré la bibliografía básica de las revistas o libros porque en los primeros escritos transcritos con anécdotas en otro sitio olvidé colocar ese detalle.


miércoles, 16 de septiembre de 2026

Una trampa bien armada

Fuera de los que se ven en las novelas, este caso es uno de los que mejor muestran el ingenio del criminal aventajado por el del detective

 


Por Alan Hynd



El Nueve de noviembre de 1910, Marie Smith, una niña de escuela de nueve años, fue brutalmente golpeada en la cabeza, al parecer con un martillo, estrangulada y violada en Asbury Park, estado de Nueva Jersey. Se encontró el cuerpo de la niña en un trecho de bosque próximo al lugar donde la infortunada criatura había sido vista por última vez. Por espacio de dos semanas los detectives locales anduvieron frenéticamente a la caza de una pista; luego empezó a abrumarles el peso de la exigencia pública y acudieron a la Agencia de Detectives de Burns. Raymond Schindler, que era a la sazón director de la oficina neoyorquina de la citada agencia, fue encargado de esclarecer el enigma. El joven Schindler aplicó al caso una técnica detectivesca que hasta la fecha se considera como modelo clásico de investigación.

Marie Smith había sido vista en un camino semidesierto a las 3 y 10 minutos de aquella tarde, cuando regresaba de la escuela, pero no había llegado a su casa a la hora de costumbre que era alrededor de las 3 y cuarto. Así, la hora y el elemento topográfico del crimen estaban claramente determinados. La dificultad era que en la zona sospechosa, como la llamaba Schindler, vivían más de una docena de hombres que hubieran podido cometer el crimen.

El primer paso dado por el joven Schindler no fue extremadamente original. Mojó un martillo en sangre de gallina y se lo fue mostrando a todos los sospechosos, explicándoles que había sido hallado cerca de la víctima; a esto seguía la pregunta de si habían visto antes ese martillo. Por de contado, todos contestaron que jamás lo habían visto, pero lo que Schindler buscaba era la reacción de culpabilidad en alguno de esos conejillos de Indias humanos.

Y la encontró. Cierto florista llamado Frank Heidemann —joven alemán de afables maneras que trabajaba en el invernadero de una finca situada dentro de la zona sospechosa― dio señales de nerviosidad. Schindler planeó entonces su segunda jugada. 
Había una cosa evidente. No obstante su aparente simpatía, Frank Heidemann era en el fondo frío e ingenioso. Si había cometido el asesinato, no iba a ser fácil hacerlo confesar. Falto de rastros materiales, Schindler sabía que su problema era engañar al asesino para hacerlo hablar del crimen. 

Para la zancadilla inicial Schindler se inspiró en una obra clásica de la literatura policíaca: El Perro de los Baskerville, de Conan Doyle. En esta famosa aventura de Sherlock Holmes, el aullido de un perro aterrorizaba a la comarca en general y a varios individuos en particular. 
Dio la coincidencia de que en la finca donde trabajaba Heidemann, el florista sospechoso, había un perro policía. Como era singularmente avieso, estaba siempre encadenado. 

Schindler hizo que un ayudante se deslizara sigilosamente tres veces todas las noches —a medianoche, a las dos y a las cuatro de la madrugada― hasta cerca del perro y le tiraba piedras. Así, por más de una semana el perro dio a las horas indicadas aullidos al parecer inexplicables que podían oírse a kilómetros de distancia.

Todas las mañanas se vigilaba a los sospechosos para ver qué efecto les había causado los aullidos del perro. Schindler dedicaba especial atención a Heidemann. Diez días más tarde lo vio dirigirse al consultorio de un médico. Schindler convenció a éste de que en interés de la justicia le revelara el por qué de la consulta de Heidemann. 
—Un perro que ladra tres veces todas las noches ―dijo el doctor―.  Casi lo está volviendo loco.
―¿Qué le aconsejó usted? —preguntó Schindler.
—Un cambio de escena.

Heidemann fue seguido hasta Nueva York donde tomó una habitación en la sexta Avenida, cerca de la Calle Catorce. Al parecer era hombre de costumbres regulares, pues todos los días almorzaba y comía a unas mismas horas en un mismo restaurante.
Schindler tuvo el presentimiento de que a Heidemann le gustaría trabar amistad con alguien, sobre con otro alemán. De la misma agencia de Burns sacó a un joven detective llamado Carl Neumeister el cual empezó a acudir al restaurante antes mencionado y a leer mientras comía el diario neoyorquino de lengua alemana Staats-Zeitung. Un día Heidemann le dirigió la palabra: 
―Veo que usted es alemán ―dijo tendiéndole la mano―. Yo me llamo Frank Heidemann. ¿Cómo se llama usted?
―Carl Neumeister.
Los dos se fueron a ver una película. Luego siguieron encontrándose con frecuencia. Como Heidemann vivía de sus ahorros y no tenía ocupación, Neumeister tuvo que inventar una explicación lógica de su ociosidad.
―No necesito trabajar, Frank ―le dijo un día―. Recibo 75 dólares semanales a cuenta de la herencia de mi padre en Alemania mientras que se arregle la testamentaría. Un banco de Nueva York se encarga de todo. 
El primer acto del drama se había llevado a término satisfactoriamente. Schindler quería ahora obtener una reacción psicológica de Heidemann.

Como los dos amigos iban con frecuencia al cine, Schindler, que tenía muchos conocidos, se arregló con el propietario de un pequeño cinematógrafo de barrio para que intercalara en su programa corriente y por una sola vez cierta película de un crimen sexual. Heidemann y Neumeister asistieron a aquella representación que también presenciaron varios policías secretos de Burns.
A medida que avanzaba la película, Heidemann empezó a moverse desasosegadamente en su butaca.La respiración se le fue haciendo trabajosa. Cuando llegó la escena del crimen se puso perceptiblemente rígido, y cuando apareció en la pantalla un close-up del cuerpo de la víctima se cubrió los ojos con las manos, balbució algo confusamente y se levantó.
―Hasta mañana, Carl ―dijo a guisa de explicación―. Me duele horriblemente la cabeza.

Schindler tenía el convencimiento de que el florista alemán era el criminal. Estaba tratando de decidir cuál sería su próximo paso cuando Heidemann decidió por él. 
―¿Por qué no vivimos juntos? ―propuso un día a Neumeister.
Y el detective se mudó a la habitación de Heidemann. Aquello abrió un campo completamente nuevo a Schindler. Dio instrucciones a Neumeister. La primera noche sacudió violentamente a Heidemann después de las 12 para despertarlo. 
―¿Qué te pasa, Frank? ―le preguntó solícitamente―. Estás hablando dormido desde hace casi una hora.
Heidemann se incorporó en la cama con el terror pintado en los ojos. 
―¿Qué dije? ―preguntó ansiosamente.
Neumeister se encogió de hombros.
―No se te entendía nada ―le contestó―. Estuviste mascullando algo sobre una chiquilla.
Heidemann pasó el resto de la noche sentado en una mecedora junto a la ventana, fumando incesantemente. Esto se repitió varias noches.

Pero los funcionarios de Asbury Park empezaron entonces a mostrarse impacientes. Querían resultados. Schindler y su jefe, William J. Burns, pidieron más tiempo, explicando que en un asunto de esta índole el apresuramiento podía echarlo todo a perder.
Schindler hizo arreglos con Lyle Kinmouth, director del diario Press de Asbury Park, para que publicara un artículo en el cual se decía que las autoridades habían hallado un martillo que creían fuera el del asesinato. El artículo añadía que se pensaba mostrar el martillo a Frank Heidemann, que se encontraba descansando fuera de la ciudad, para ver si lo identificaba.
Schindler sabía que Heidemann leería el artículo porque el joven alemán compraba diariamente el periódico de Asbury Park. 
Cuando hubo leído el diario en su habitación, Heidemann empezó a fumar cigarrillo tras cigarrillo. 
Más tarde Neumeister tomó el periódico y aparentó leerlo distraídamente.
―Oye, Frank ―dijo― aquí mencionan tu nombre. ¿Eres de Asbury Park?
Heidemann miró fijamente a su amigo.
―Sí, trabajé allá un par de años. ¿Dónde mencionan mi nombre? 
Neumeister le mostró el artículo.
―Oh ―dijo Heidemann― nunca esclarecerán ese crimen. El martillo que han encontrado no es el martillo del asesino porque…
Heidemann cortó en seco. Neumeister se hizo el tonto y propuso. 
―Vámonos a ver una película.
No podía dudarse de que Heidemann era el asesino. Casi había dejado escapar una admisión del hecho. Entonces Schindler empezó a maniobrar para arrancarle la confesión plena.

Un día Heidemann y Neumeister alquilaron a propuesta del último un caballo y un carricoche para pasearse por cierto paraje solitario de Yonkers.  Un vagabundo ―que tenía muy mal aspecto― los atajó para pedirles que lo llevaran un trecho con ellos. Neumeister, que iba guiando, rehusó complacer al pedigüeño y éste lo insultó. 
Neumeister saltó del pescante y empezó a pelear con el hombre.  Este agarró una piedra y se la tiró al detective, que agachó la cabeza en el instante preciso para evitarla. Entonces Neumeister sacó un revólver del bolsillo y disparó dos veces. El vagabundo cayó a tierra boca abajo; Neumeister se inclinó sobre él y le disparó varias veces más. Luego hizo rodar el cuerpo hasta el lado del camino, volvió corriendo al carricoche, fustigó el caballo y siguieron a toda prisa. Las primeras palabras de Heidemann fueron: 
―Carl, no debías haber hecho eso. 
―¿Por qué no? ―preguntó Neumeister simulando una combinación de rabia y miedo.
―Porque nunca más te sentirás seguro en la vida. Has matado y siempre temerás que la policía lo descubra.
—¡Chitón! ¡Que no quiero oír más!

Por supuesto el homicidio había sido pura comedia. El vagabundo era otro agente de Burns, y Neumeister disparó cartuchos sin bala.
Schindler publicó entonces la supuesta noticia para que la leyera el sospechoso. El editor del Herald de Yonkers imprimió un solo ejemplar de un periódico apócrifo en que se daba cuenta del asesinato de un vagabundo y agregaba que la policía de Yonkers tenía una descripción del asesino. 
Neumeister mostró el periódico a Heidemann y dijo que tenían que salir de la ciudad. Fueron a Filadelfia y luego a Atlantic City. La correspondencia falsa que se cruzó entre un fingido banquero y Neumeister indicaba que la fabulosa testamentaría del abuelo en Alemania estaba a punto de terminar. 
—Cuando reciba el dinero —dijo Neumeister— iremos a California o a otro sitio lejano. Te estableceré en el negocio de florista. ¿Qué te parece?
Naturalmente a Heidemann le pareció magnífico. 

Ya estaba todo preparado para el desenlace. Schindler había aterrorizado a Heidemann, lo había sobresaltado y lo había sorprendido. 
Pero nada de eso produjo la buscada confesión. El próximo paso tenía que dar resultado.  Ya habían transcurrido casi cuatro meses. 
Los dos jóvenes alemanes se hospedaban en el Hotel Young. Schindler y otros agentes de Burns ocupaban una habitación inmediata provista de un aparato de escucha.
 
Un día Neumeister recibió una carta respecto a la cual se mostró muy reservado. Como siempre había sido franco al hablar de sus asuntos con Heidemann, aquella reserva fue mucho más notoria.
Neumeister bajó al vestíbulo del hotel para comprar un paquete de cigarrillos y dejó la carta sobre una mesa.  Cuando volvió a la habitación, Heidemann estaba loco de indignación. Tenía la carta en la mano. 
—¡De manera que pensabas traicionarme! —gritó.

La carta, escrita en papel con membrete de la compañía de vapores Lloyd Norte-Alemán —pero por mano de Schindler— confirmaba la reservación de un pasaje para Alemania en un barco que zarpaba dos días después.
—¡Y tantas promesas que me hacías! —siguió gritando Heidemann mientras Schindler y otras personas escuchaban en la habitación contigua— ¡Que me ibas a poner un negocio! ¡Que eras mi amigo! ¿Y qué haces? ¡Te dispones a salir para Alemania y dejarme plantado!
Neumeister hizo un llamamiento supremo a su fingida cordialidad.
—Frank —repuso— tú sabes muy bien cuánto afecto siento por ti. Pero los hombres somos muy raros. Tú y yo y todo el mundo. Los hombres cambiamos. Amigos hoy y enemigos mañana.
—¿A qué conduce todo eso?
—Supón que un día tú y yo, que somos ahora tan buenos amigos, peleásemos. Tú sabes que yo maté a ese hombre de Yonkers y podrías decírselo a la policía.
—¡De modo que es eso! —exclamó Heidemann con tono de alivio. 
—Sí —contestó Neumeister— eso es.
—No —dijo Heidemann.
Neumeister lo miró.
—Quisiera poder creerte, Frank.
—Puedes creerme —dijo Heidemann—. Nunca podré contar a la policía que tú cometiste aquel asesinato porque yo también cometí un asesinato. 
―¿Tú, cometer un asesinato? ―preguntó Neumeister en son de mofa. 
―Maté a la niña de Asbury Park.
¿Recuerdas cuando mencionaron mi nombre en el periódico?
―Estás inventando todo eso para hacerme cambiar de plan ―dijo Neumeister.
―Nada de eso, Carl. La maté.  La maté el nueve de noviembre. Le di en la cabeza con un martillo y luego la estrangulé.
Neumeister siguió fingiendo duda.

En su esfuerzo por convencerlo para que se quedara en los Estados Unidos y le diera dinero para su negocio de florista, Heidemann contó detalladamente la historia.

Una noche de mayo del año siguiente, Frank Heidemann fue electrocutado.  Solamente se arrepentía de una cosa: de no haber podido, una vez que se supo la verdad, asesinar también a su fingido amigo. El joven Raymond Schindler no tenía nada de qué arrepentirse. Iba camino de la fortuna y de la fama como jefe de su propia agencia.



Ilustración de James Anthony Kelly (la foto de la ilustración es mía y arreglada con la ayuda de la IA del buscador de Google).

Condensado de «Murder!»

 
Revista Selecciones del Reader’s Digest, Octubre de 1950, Tomo XX, N° 119, págs. 57-62, Selecciones del Reader’s Digest, S.A., La Habana, Cuba



 

Notas

La presente lectura es una transcripción de la versión condensada aparecida en la revista Selecciones del Reader's Digest (octubre de 1950), la cual cita como fuente original la famosa serie de crónicas policiales “Murder!” escrita por el periodista Alan Hynd. Investigar el árbol genealógico de este escrito fue un verdadero desafío bibliográfico, ya que la crónica sobre el crimen de Asbury Park de 1910 llegó a figurar hasta en tres antologías en inglés y en dos colecciones en español:

En inglés: El texto nació en los años 40 para la revista estadounidense True: The Man's Magazine. Posteriormente, saltó al formato libro en el volumen de bolsillo Murder! Great True Crime Cases (Penguin Books, 1947) que sería la fuente directa de la condensación de Selecciones.

Para la presente transcripción se han subsanado de forma directa algunas erratas de la edición original y se han restaurado las grafías y nombres propios históricos reales (Carl Neumeister, Frank Heidemann). Y otras como El Perro de los Baskerville.

El texto dice perro policía: se refiere a un simple perro guardián de la finca. 

Agencia de Detectives William J. Burns: fue una agencia de detectives privados en los Estados Unidos, dirigida por William J. Burns. Fundada en 1909, la agencia evolucionó a Burns Security y luego a Burns International en agosto de 2000, cuando fue adquirida por Securitas AB . De 1969 a 1983 tuvo su sede en Briarcliff Manor, Nueva York. William J. Burns

Por de contado: es una locución adverbial que significa «por supuesto» o «de seguro». DLE RAE

Conejillo de Indias: Cavia porcellus, también conocido como cuy, cuyi, cuye, cuyo, cuis, cobaya, curiel, cuilo, acure, güimo, cerdo de Guinea (Guinea pigs, en inglés), es una especie de roedor perteneciente a la familia Caviidae y al género Cavia. 

Zancadilla: Acción de cruzar alguien su pierna por entre las de otra persona para hacerle perder el equilibrio y caer. Sinónimos: traspié, trascabo, cabe.

Comarca: Territorio que, en un país o una región, se identifica por determinadas características físicas o culturales. Sinónimos: región, paraje, zona, contorno, terruño, lugar, distrito, territorio, sitio. DLE RAE

Avieso: perverso, siniestro, retorcido, odioso, malo, malvado, maligno, abyecto, infame, traidor, torcido, malintencionado, innoble, indigno, despreciable, etc. DLE RAE

Close-up: En cine, televisión, fotografía y cómics , un primer plano (o close-up) es un tipo de plano que encuadra de cerca a una persona u objeto. Los primeros planos son uno de los planos estándar que se utilizan habitualmente junto con los planos medios y generales. Close-up

Testamentaría: Ejecución de lo dispuesto en el testamento. Bienes que constituyen una herencia, considerados desde que muere el testador hasta que quedan definitivamente en poder de los herederos. Junta de los testamentarios. Conjunto de documentos y papeles que atañen al debido cumplimiento de la voluntad del testador. Juicio, de los llamados universales, para inventariar, conservar, liquidar y partir la herencia del testador. DLE RAE

Topográfico: Perteneciente o relativo a la topografía: Técnica de levantar mapas y planos de un terreno a escala. Conjunto de particularidades que presenta un terreno en su configuración superficial. DLE RAE

A guisa: La expresión "a guisa de" significa "a modo de" o "a manera de". RAE

Mascullar: Hablar entre dientes, o pronunciar mal las palabras, hasta el punto de que con dificultad puedan entenderse. Sinónimos: murmurar, farfullar, balbucir, rezongar, cuchichear, barbotear, barbotar, mamullar. DLE RAE

Yonkers: Ciudad ubicada en el condado de Westchester, en el estado estadounidense de Nueva York.

Apócrifo: Apócrifo es un adjetivo que significa falso, fingido, supuesto o de dudosa autenticidad. La palabra proviene del latín tardío apocry̆phus, y este del griego ἀπόκρυφος (apókryphos), que significa "oculto" o "escondido". Sinónimos: falso, fingido, erróneo, espurio, ilegítimo, etc. 

Desasosiego: Falta de sosiego. Sinónimos: Intranquilidad, desazón, inquietud, nerviosismo. DLE RAE 


jueves, 18 de septiembre de 2025

¿Quién no cumplió la cita?

  


 

Por Robert Zacks

 

El amigo de cuyos labios oí esta historia ya murió;  por eso me consideró en libertad de relatarla.

 

Estaba yo, en compañía de mi padre haciendo un viaje mixto de negocios y recreo por Dinamarca y naturalmente, aprovechábamos todas nuestras horas libres para divertirnos. Ocurrió que un día entramos a echar un vaso de cerveza en una de esas pintorescas fondas danesas frecuentadas por los turistas.
―Es una lástima que no haya podido venir tu madre ―dijo papá― Hubiera sido encantador enseñarle todo esto.
En su juventud mi padre había visitado a Dinamarca.
―¿Cuánto tiempo hace que anduviste por aquí? ―le pregunté.
―Oh, cerca de 30 años… Y si mal no recuerdo estuve en esta misma fonda.
Miró en derredor como queriendo refrescar su memoria:
―Hermosos tiempos aquellos cuando…
Se detuvo súbitamente y observé que palidecía. Seguí la dirección de su mirada y vi que tenía los ojos clavados en una mujer que al otro lado del salón estaba sirviendo a un grupo de clientes. 
Debió de haber sido bella en otro tiempo pero ahora estaba muy metida en carnes y el desaliño del cabello le hacía poco favor.
―¿La conoces? —pregunté a mi padre.
—La conocí hace mucho…
La mujer se acercó a nuestra mesa y preguntó con brusquedad:
—¿Qué van a beber?
—Tomaremos cerveza —contesté.
La mujer hizo un gesto de asentimiento y volvió la espalda.
—¡Cómo ha cambiado! ¡Gracias a Dios no me reconoció! —dijo mi padre en voz baja enjugándose la frente con el pañuelo― La conocí antes de conocer a tu madre ―prosiguió― Yo hacía entonces una excursión de estudiante. Era una muchacha adorable, llena de gracia. Me enamoré de ella como un loco y ella de mí.
―¿Y mamá lo sabe? —interrumpí sorprendido.
—Naturalmente —repuso con afable expresión mi padre.
Noté que me miraba con cierta turbación y temí haber sido indiscreto.
—Papá —le dije— no es necesario que me expliques…
―Al contrario, hijo. Quiero contártelo todo para no dejar nada a tu imaginación.
El padre de la muchacha se opuso a nuestro noviazgo. Yo era un extranjero, no tenía carrera y dependía por completo de mi padre. Cuando escribí a éste que deseaba contraer matrimonio, me cortó la pensión. Tuve que regresar a casa. Pero me entrevisté con la muchacha una vez más y le dije que iba a volverme a América, pedir prestado bastante dinero para casarnos y regresar en su busca al cabo de unos meses.
—Sabíamos ―continuó― que su padre podía interceptar una carta y por lo tanto convinimos que yo me limitaría a enviarle por el correo un trozo de papel con una fecha escrita. En esa fecha ella me encontraría en determinado lugar y luego nos casaríamos. Bueno,  regresé a casa, obtuve el préstamo y le envié el papel con la fecha.
―¿Y qué pasó? ―pregunté.
―Ella recibió el papel y me contestó: «Estaré allá». Pero no estuvo. Entonces me enteré de que se había casado dos semanas antes con un mesonero de la localidad. No había esperado.
Hizo una breve pausa y añadió:
―Gracias a Dios que no esperó. Volví a la patria, conocí a tu madre y hemos sido verdaderamente dichosos. Con frecuencia bromeamos sobre aquel tonto amorío de mi juventud.
La mujer trajo la cerveza.
―¿Usted es norteamericano? —me preguntó.
—Sí.
—¡Hermosa tierra Norteamérica! —dijo con alegre expresión.
—Sí, muchos compatriotas suyos han ido allí. ¿Ha pensado usted en ir alguna vez?
—No. Digo, ahora no. Pensé ir hace muchos años. Pero me quedé aquí. Estoy mejor aquí.
Bebimos la cerveza y nos marchamos.

Una vez en la calle pregunté a mi padre:
―¿Cómo escribiste la fecha?
―Así ―me dijo― 12/11/13 que por supuesto era diciembre 11 de 1913.
―¡No! ―exclamé— ¡No en Dinamarca ni en ningún otro país europeo! Aquí se escribe en primer término el día. ¡Por consiguiente la fecha que tú escribiste no fue el 11 de diciembre sino el 12 de noviembre!
Mi padre se pasó la mano por la frente.
―¡De modo que estuvo esperándome ―exclamó― y se casó porque no acudí a la cita…
Guardó silencio como si aquella súbita revelación lo hubiera anonadado momentáneamente. Luego comentó:
―Bueno… deseo que sea feliz. Parece serlo.
Cuando reanudamos el paseo exclamé:
―Fue suerte que ocurriera así. De otro modo no hubieras conocido a mamá.
Me echó el brazo sobre el hombro y me dijo sonriendo cariñosamente:
―La suerte fue doble, muchacho, porque de otro modo tampoco te hubiera conocido a ti.

 

Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo XV, N° 91, Junio de 1948, págs. 51-52, Selecciones del Reader’s Digest S.A, La Habana, Cuba

 

Notas

La foto de la ilustración en la página 51 es mía.

Pintoresca/co.- Dicho de algo como un país, una escena, un tipo o una costumbre: Que presenta una imagen peculiar.
Sinónimos: típico, característico.

Enjugar.-
Quitar la humedad superficial de algo absorbiéndola con un paño, una esponja, etc.
Sinónimos: secar, escurrir, enjutar.
Limpiar la humedad que echa de sí el cuerpo, o la que recibe mojándose. Sinónimo: Limpiar. DLE RAE

Metida/o en carnes.- Dicho de una persona: Algo gruesa, sin llegar a la obesidad. Diccionario Abierto de Español. significadode.org

Turbación: intranquilidad, desconcierto, aturdimiento, perplejidad, desasosiego, etc.

miércoles, 10 de septiembre de 2025

Pifias en letra impresa

Cuento

 

Por Bruno Gideon



“TREINTA y cinco palabras, a lo sumo, no hay espacio para más”, ordenó el director al periodista. Así pues, la nota apareció publicada en el diario en estos términos:

Una mujer resbaló al pisar una cáscara de plátano, en un paso para peatones, en la Bahnhofstrasse. Inmediatamente fue transportada a la clínica de la universidad, donde le fue diagnosticada fractura en una pierna.

La primera reacción a la noticia fue rápida: llegó una carta registrada, dirigida al director. Un importador de plátanos escribió:  “Protestamos enérgicamente por su intento de desacreditar nuestro producto. Como en los últimos meses usted ha publicado cuando menos 14 comentarios negativos contra los países productores de plátanos, nos resulta difícil creer que no haya de su parte intención de difamarlos”.

También el director de la clínica de la universidad manifestó su inconformidad, con el argumento de que la expresión “fue transportada ” podría implicar “el transporte de seres humanos como carga”, lo cual iba en contra de la política del hospital. “Además”, subrayaba el quejoso,  “puedo demostrar que la fractura de la pierna se debió la caída de la mujer, y no a su traslado a este hospital, como se ha sugerido maliciosamente”.

Por último, un empleado del Departamento de Ingeniería Civil de aquella ciudad  llamó al diario e informó que las condiciones del paso para peatones donde cayó la mujer no habían sido la causa del accidente. Además, recalcó, el Comité en Pro de la Señalización en los Pasos para Peatones estaba a punto de concluir un informe, después de seis años de trabajo; por tanto, ¿no sería posible, para que no hubiera repercusiones políticas, suprimir toda mención de “pasos para peatones” durante los meses siguientes. 

El diario publicó en su siguiente numero la noticia modificada: Una mujer se cayó en la calle y se fracturó una pierna. 

Al otro día, la dirección recibió dos mensajes relacionados con la nota. Uno de ellos era una carta iracunda de la Asociación no Lucrativa en Favor de los Derechos de la Mujer. Su vocera impugnaba enérgicamente la expresión “una mujer se cayó”, pues la consideraba discriminatoria, una referencia clara a la estereotipada imagen de las “mujeres caídas”, y una muestra más del   “empeño machista por mantener a la mujer en condiciones de sumisión, y apuntalar el orden establecido en un mundo dominado por machos pérfidos y retrógrados”. La misiva incluía la advertencia de una posible demanda judicial, un boicot y otras medidas.

La otra reacción fue la de un lector que cancelaba su suscripción, y se quejaba del creciente número de trivialidades y tonterías que publicaba ese diario. 



© Por Bruno Gideon. Condensado de “Nebelspalter” (25-IV-1988), de Rorschach, Suiza.


Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo XCVIII, Año 49, Número 584, Julio de 1989, págs 75-76, Reader’s Digest Latinoamérica, S.A., Coral Gables, Florida, Estados Unidos



    
Notas

Bahnhofstrasse.- Calle comercial, la más importante de Zúrich, Suiza.
 

Impugnar.- 

1. Combatir, contradecir, refutar.
Sinónimos: refutar, rebatir, contestar, rechazar, oponer, contradecir, objetar, instar, reclamar1.

2. Interponer un recurso contra una resolución judicial. Sinónimo: recurrir. 


Apuntalar.-

1. Poner puntales. Sinónimos. entibar, afianzar, acodar, escorar.

2. Sostener, afirmar. Sinónimos: sostener, afirmar, apoyar, afincar, asegurar, consolidar, reforzar.  

 

Pérfido.- Desleal, infiel, traidor, que falta a la fe que debe. 

 

Retrógrado.-

1. Adjetivo despectivo. Dicho de una persona:
Partidaria de instituciones políticas o sociales propias de tiempos pasados, o contraria a innovaciones o cambios. Sinónimos: reaccionario, retardatario, cavernícola, carca, rancio.

2. Adjetivo despectivo. Dicho de una cosa: Propia de la persona retrógrada. Ideas retrógradas. DLE RAE


martes, 19 de agosto de 2025

Anecdotario IX

Anotación en 1982, en el diario del crítico y ensayista John Bailey:
Bruce Richmond acaba de contarme un hermoso relato sobre Walter de la Mare, quien por fin está recuperándose rápidamente de la prolongada enfermedad que durante tres semanas lo tuvo a las puertas de la muerte. Un día, mientras estaba grave, su hija más pequeña, al marcharse, le ofreció:
—¿Puedo traerte alguna cosa?, ¿frutas o flores?

A lo que el enfermo pudo apenas contestar, con voz débil, pero de manera característica en él:
—No, no, querida; para frutas es demasiado tarde; y para flores, demasiado pronto.


 

El compositor Rudolf Friml encendió su radio un día y se estremeció al oírla la melodía de su más grande éxito musical, Rose-Marie, como fondo de un anuncio de cerveza. Furioso, llamó a su representante y le gritó:
—¿Has oído que están usando mi canción para vender cerveza?
—Maestro, estaba esperando para darle la sorpresa —le dijo el representante—. Hice un trato y te pagarán cincuenta mil dólares anuales por los derechos.

Luego de un instante de silencio Friml murmuró complacido:

—Tiene una deliciosa melodía comercial, ¿verdad?


 

Durante mi primer año en la universidad trabajé en un restaurante especializado en carnes. Un día llegó un cliente de edad madura y mostró un notorio interés en mí. Cuando terminó su café, le pregunté si quería que le llenara otra vez la taza; me miró de pies a cabeza y contestó:
—No, ¡pero cómo me gustaría lo que acompaña al café!

—Aquí tiene. ¡Que lo disfrute! — y le di dos sobres de crema sintética para café.
 

 

Eran escasos los buenos programas en la televisión, y mi marido optó al fin por ver un documental. Presenciamos que dos grillos libraban una feroz batalla para obtener los favores de una hembra. Luego, el macho victorioso se apareó con la cortejada.

—Así es la televisión —comentó mi esposo—. ¡En todo lo que se ve, no hay más que sexo y violencia!



¿Por qué?

Cuando le preguntaron al industrial norteamericano Henry Ford por qué iba a las oficinas de los ejecutivos de su empresa en vez de hacerlos venir a la de él, confesó: “He descubierto que puedo salir de sus oficinas con más rapidez que la que puedo conseguir para que salgan de la mía”



-“Uno de mis motivos para no beber”, decía la extinta política inglesa lady Astor, “es que me gusta saber cuando estoy pasando un buen rato”.



Un productor de Hollywood explica por qué tiene en su escritorio una pecera: “Me encanta ver que alguien abra la boca y no pida aumento”.



 

Definiciones que no están en el diccionario

Banquero: Persona que presta su paraguas cuando el sol está brillando, y quiere que se lo devuelvan en cuanto empieza a llover —Mark Twain

Coqueta: Muchacha que después de conocernos a nosotros prefiere a otro.

Hospital: Lugar de reunión de los amigos del paciente, donde comentan con él sus propios malestares.

Pesimista: Persona que por fin llega a la tierra que mana leche y miel, y sólo ve calorías y colesterol.

Burócrata: Hombre que transforma en problema cada solución.


 

¿Cuán burócrata puede llegar a ser la gente?
El vigilante de un templo impidió la entrada a un fiel descalzo, arguyendo que sólo podían entrar quienes se quitaran el calzado a la entrada del templo. El pobre fiel tuvo que pedirle prestado sus zapatos a un amigo para quitárselos ante el vigilante, que sólo así le permitió entrar. —The Hindu (Madrás, India)



Comedia Estudiantil
Nosotros tomábamos notas mientras el profesor de anatomía disertaba sobre la transmisión de estímulos entre las células nerviosas. De pronto, preguntó:

—¿Podrían decirme como se comunican estas células entre sí?

Luego se quedó esperando a que alguien explicara el fenómeno de la neurotransmisión. Se oyeron algunos murmullos, y al fin un estudiante aventuró:

—¿Con teléfonos celulares?


Un amigo y yo asistimos a la exhibición de la película Hamlet en la universidad. A mí me encantó la belleza del lenguaje, y me dio gusto comprobar que las obras de Shakespeare seguían conservando su fuerza y su verdad.
Mientras salíamos del cine, me pregunté si el resto del público habría apreciado la película tanto como yo. En eso oí que un muchacho se volvía hacia su amigo y le decía:

—¡Cuántas frases famosas dijeron en la película!, ¿verdad?

 

Mis amigas siempre están bromeando por mi falta de habilidades culinarias y domésticas. Una tarde, al volver a casa luego de trabajar, percibí un leve olor a gas y llamé enseguida a la compañía gasera. Poco después llegó un reparador y comenzó a revisar la cocina.
Le informé que no había usado mi horno en dos años y medio. Con expresión de enorme sorpresa, el hombre abrió la puerta del horno e iluminó el interior con su linterna de mano. Luego dijo:

—En más de 26 años que llevo trabajando en la compañía, ¡jamás había visto telarañas en un horno!



“EJERCICIO” es una palabra tan ofensiva en mi familia, que tan sólo de pensarla corro a lavarme la boca con chocolate —Leonore Fleischer



 

Hay dos

... cosas que preocupan a la gente: una es que la situación nunca vuelva a la normalidad; la otra, que haya vuelto. — Funnny, Funny World

... tipos de personas: los ilusos que arrojan monedas a la fuente, y los realistas que las sacan — George Ludcke

... clases de secretos: los que no vale la pena callar, y los que valen tanto la pena que no se pueden callar — Ron Dentinger

... tipos de estadísticas: las que se investigan y las que se inventan —Rex Stout 

 

 

Complaciente
Mis amigos George y Louise se jubilaron y se fueron a vivir a un pueblecito de Arizona. El cumpleaños de Louise se acercaba y George le preguntó qué quería de regalo.
—Bueno—respondió ella en broma —, no estaría mal un Rolls-Royce.
Muy de mañana, el día de su cumpleaños, Louise oyó ruidos extraños en su jardín. Se dirigió de puntillas a la puerta, se asomó y vio dos burros atados a la verja, cada uno con un letrero colgado del pescuezo. Uno decía “Rolls”, y el otro “Royce”.



Durante una lección de gramática el maestro, colega mío, escribió esta oración en el pizarrón: “El bote de basura huele mal”. Como iba a seguir usando el mismo ejemplo en otras clases, no lo borró. Al tercer día, el conserje lo abordó y le dijo:
—Ya hice todo lo posible por limpiar su bote de basura. Y a mí no me parece que huela mal.
Esa tarde, mi amigo dejó escrita otra oración en el pizarrón: “La camioneta azul que está en el estacionamiento necesita una lavada”.



Gajes del Oficio
En mis días de estudiante, tuve un empleo de medio tiempo en una librería. Cierta vez llegó una clienta que deseaba devolver un libro. Le pregunté su nombre, su dirección y otros datos que debía asentar en la nota de reembolso. Por fin llegamos a la última pregunta:
—¿Motivo de la devolución?
Su respuesta fue contundente:
—No me gustó el desenlace.



Dulce y Romántico

Después de 30 años de matrimonio, me asombré cuando mi esposo dijo:
—Me gustaría ver el álbum fotográfico de nuestra boda.
¡Qué dulce y romántico!, pensé, mientras sacaba el álbum.
—Gracias —dijo—. Quiero mostrarles a los muchachos el Studebaker Hawk rojo que conducía yo en aquel tiempo.



Buenos son los viejos libros, pues solamente los buenos llegan a viejos. — Constancio C. Vigil



Urgencia sobre Ruedas
Una mujer dio a luz en un taxi, de camino al hospital donde trabajo. Le pregunté al asustado taxista cuánto había tardado el niño en llorar.
—Como dos cuadras —me contestó.



Algunos tormentos son físicos; otros, mentales; pero lo más completos son los dentales — Ogden Nash



Con toda razón
El siguiente diálogo tuvo lugar en un juzgado de lo familiar:
Pregunta: “¿Qué fue lo primero que le dijo su esposo al despertar esa mañana?”
Respuesta: “Me dijo: ‘¿Dónde estoy, Cathy?’”
Pregunta: “¿Y por qué le molestó eso a usted?”
Respuesta: “¡Porque me llamo Susan!”



Trabajaba yo como enfermera en un hospital de Los Ángeles. Un día trajeron en ambulancia a un hombre que venía acompañado de su esposa y una vecina.
—Estoy preocupada por mi esposo —oí decir a la mujer —. Acabamos de mudarnos aquí y no sé nada acerca de este hospital.
—No te preocupes —le dijo la vecina—. Los médicos y enfermeras son excelentes. ¡Si lo sabré yo! Aquí es donde murió mi esposo.



Modestia Aparte

Estaba yo hojeando un libro en la sección de psicología en una importante librería. A poca distancia de mí, dos hombres discutían sobre los diversos títulos expuestos, y sus comentarios acerca de la mayoría eran muy críticos. Lleno de curiosidad, les pedí su opinión sobre el libro que tenía en mis manos.
—Es una síntesis excelente —dijo uno.
—¿De veras? —repuse—. ¿Ya lo leyó?
—No, señor. Yo lo escribí.



Expertos en Árboles
Preocupado porque un árbol de mi jardín rezumaba savia, acudí a la oficina del Servicio Forestal. Después de explicar el problema a un empleado, se fue al fondo de la oficina y preguntó en voz alta:
—¿Alguien sabe de árboles?



Cierto día, en la tienda de víveres donde yo trabajaba, llegó hasta el local un cliente asiduo en una flamante camioneta de carga. Cuando entró a hacer sus compras, lo felicité por su adquisición.
—Gracias —repuso—. Es el regalo de aniversario que le compré a mi esposa.
—¡Qué marido tan considerado es usted! —le dije—. Y ella ¿le compró algo también?
—Sí —respondió el hombre—. Una sala nueva.



Un hombre no recordaba la contraseña en su PC. Desesperado daba vueltas y más vueltas hasta que el fin la recordó.
La contraseña era: Idiota.


Nota: En próximos artículos pondré la bibliografía básica porque en los primeros escritos con anécdotas olvidé colocar ese detalle.

sábado, 2 de agosto de 2025

Mi Personaje Inolvidable II

Por Jorge Obligado
 
JUGABA yo a la pelota contra la pared del granero cuando oí el ruido de un motor. Los automóviles no eran comunes hace medio siglo en la zona de la Argentina donde estaba nuestra estancia, situada a 160 kilómetros al norte de Buenos Aires, de modo que corrí hacia el camino, a tiempo que un extraño vehículo cruzaba el portón. Era un Ford modelo T, pero no tenía carrocería ni asientos. El gaucho que lo conducía iba cómodamente sentado en su silla de montar, o recado, sujeta al depósito de la gasolina.

De su muñeca derecha pendía el corto y pesado rebenque, como si acostumbrara a usarlo para azuzar al Ford. Detrás de él se veía un fardo con sus efectos personales, amarrado con cuerdas a una tabla atornillada al chasis, y coronado por su guitarra. 
Al verme se detuvo, y me preguntó:
―¿Está su padre en casa?
―En el jardín probablemente.
―Haga el favor de llevarme hasta él.

Yo tenía entonces diez años, y me jactaba de no obedecer jamás una orden sin discutirla antes, pero de aquel hombre emanaba una serena autoridad que me impresionó. Lo conduje al jardín, donde mi padre enseñaba a un peón cómo armar una tubería de agua. El recién llegado se quitó el sombrero y dijo:
—Buenos días, señor. Me llamo Patricio O'Connell; nací en la estancia de al lado donde mi padre era mayordomo. Ahora vengo de la región andina y busco trabajo. ¿Tendría usted algo para mí? Sé hacer muchas cosas bien.
El apellido extranjero no sorprendió a mi padre, pues había varias familias irlandesas en la zona. Consideró un momento la faz aguileña, cuyas varoniles facciones estaban suavizadas por un cutis sonrosado que el sol, la lluvia y el viento no habían conseguido oscurecer, y por unos ojos verdes y soñadores.  Tendría ese hombre unos cincuenta años, y vestía la indumentaria típica de los gauchos contemporáneos: blusa negra y corta, amplias bombachas que desaparecían en unas botas de media caña, y ancho cinturón de cuero ornado con monedas de plata.
―No, Patricio ―repuso―. No puedo ofrecerle nada por el momento.
El forastero no se inmutó. Se puso el sombrero de fieltro y lo echó desdeñosamente sobre la nuca; luego miró en torno y dijo:
―¿Me permite que le pregunte para qué instala esa cañería?
―Pienso construir una pequeña fuente ―explicó mi padre―. La tubería no se verá y el agua, al surgir de entre unas piedras, parecerá provenir de un manantial.
―No me gustan las cosas artificiales afirmó Patricio.
—¡Pero, hombre, estamos en la pampa! No encontrará usted una fuente natural en cien kilómetros a la redonda —repuso mi padre.
—Pues yo creo que hallaré una —dijo Patricio. Y tomando la pala de manos del asombrado peón, agregó:
—Venga conmigo señor, si no le es molesto.
Seguimos a Patricio hasta el fin del jardín, y descendimos tras él por la barranca boscosa hasta que llegamos a un claro sombreado por un gran ceibo. El gaucho inspeccionó cuidadosamente el talud de tosca detrás del árbol, luego cavó en cierto lugar con la pala, y al punto surgió un hilo de agua que serpenteó a nuestros pies.
―Descubrí este manantial cuando jugaba aquí de muchacho ―explicó―. En unos pocos días yo podría construir una linda fuente… y sería natural.
―No tengo alojamiento para usted ―protestó mi padre, vacilando.
―Eso no importa; me haré un rancho, y un cobertizo para el automóvil.
―Pero yo creía que usted había venido a caballo ―observó mi padre, indicando el rebenque.
―¿Lo dice por el talero? Ah, no viene mal cuando hay una pelea. No me gustan los cuchillos.
―Muy bien, puede usted quedarse, pero sólo hasta que termine la fuente.
―Pierda cuidado, no me quedaré ni un día más ―contestó el gaucho orgullosamente―. Me gusta cambiar de querencia.
Y volviéndose a mí, agregó:
—Voy a necesitar un rollo de alambre para mi casa. ¿Quiere usted venir conmigo al almacén?
Cuando volvimos al lugar donde esperaba el Ford, me tomó en brazos y me puso sobre el depósito de gasolina, y partimos en lo que a mí me pareció el más apasionante de los automóviles.
—¿Qué le ocurrió a la carrocería? ¿Tuvo usted un accidente?
—Yo no, pero un amigo volcó su coche en una cuneta, y la carrocería quedó inservible. Entonces le ofrecí la mía, porque él tiene familia.


Varios caballos esperaban entre el polvo frente a un almacén campestre, una tienda donde los clientes podían comprar de todo, desde una trilladora hasta un sombrero de señora, y luego emborracharse para olvidar cuánto habían gastado. Mi padre solía hacerme esperar fuera, pero esta vez entre allí orgullosamente con Patricio. Una vez elegido el alambre, me hizo acercar al mostrador de las bebidas y pidió dos naranjadas.
Un peón gordo y pendenciero que ya había tomado unas cuantas copas, se echó a reír con sorna.
—¿Naranjada, un hombre grande?
—No, gracias, amigo. Otro día.
—¡Nadie se ha atrevido nunca a rechazar una invitación mía! —repuso el peón, provocativo.
—Bueno, ahora alguien se atreve… Hace calor aquí, ¿verdad?
Y Patricio se arremangó la manga izquierda de la chaqueta, mostrando el robusto antebrazo surcado de cicatrices, recuerdo de sendas luchas. El gordo profirió un juramento, arrojó una moneda sobre el mostrador y se marchó.
Más tarde supe que Patricio había sido famoso por su carácter belicoso y por la destreza con que manejaba el cuchillo. Pero en una ocasión hirió de gravedad a un hombre, y aunque el juez falló que había obrado en defensa propia, desde aquel día abandonó el alcohol y las pendencias. Si lo provocaban y la situación se ponía peligrosa, tomaba el rebenque por la lonja y con él desarmaba a su adversario.
Cuando regresamos a la estancia, Patricio eligió para levantar su choza un sitio desde el cual se dominaba el río. Cortó seis troncos de álamo y los clavó en el suelo formando un rectángulo; luego los unió con diez filas de alambre e intercaló entre ellos numerosas varas.


A la mañana siguiente tragué mi desayuno casi entero, tan ansioso estaba de reunirme con mi nuevo amigo. Ensillé a Coco, mi petizo, y galopé a su encuentro. Lo hallé cavando el piso de un pequeño corral que había hecho cerca del esqueleto de su choza.
—Vino a caballo; bien, entonces podría traerme agua del pozo.
Uncí a Coco a un barril montado sobre dos ruedas y comencé a hacer viaje tras viaje para llevar agua a Patricio. Éste había echado mientras tanto paja sobre la tierra removida, y después de vaciar allí varios toneles, comenzó a hacerse barro.
Entonces Patricio desensilló a Coco y lo obligó a entrar en el recinto cerrado.
—Al petizo no le gusta el barro ―dije.
―Si usted no tiene inconveniente en ensuciarse las manos, él bien puede ensuciarse los cascos. Hágalo pisar continuamente ―dijo, dándome un látigo―. Yo iré mientras al río a buscar totora para el techo.
Coco ofrecía un aspecto lamentable; fango y sudor chorreaban de sus flancos. Cada vez que alzaba una pata hacía un ruido como si descorchara botellas de vino. Dos horas más tarde regresó Patricio y anunció que la mezcla tenía ya la consistencia debida y que podía comenzar a rellenar las paredes. Tomando manojos de paja impregnada de barro, los retorcía hasta convertirlos en lo que él llamaba chorizos y los colgaba en los hilos de alambre que unían los postes. Pronto la armazón quedó completamente cubierta. A la mañana siguiente comenzamos a revocar las superficies exteriores e interiores con barro fresco, y dos días después la casa estaba lista.


Patricio pronto se hizo indispensable en la estancia. Podía reparar la locomóvil, arreglar la máquina de coser de mi madre, cambiar las válvulas de cuero de la bomba o ayudar a la vaca que tenía una parición difícil. Observando la luna predecía si el mes iba a ser lluvioso o seco, y discutía gravemente con mi padre la elección de las diversas semillas para la siembra. 
Cuando elogiábamos sus muchas habilidades, respondía con genuina modestia:
―No es que me guste trabajar, pero algo crece en mí como el diente en la boca de la rata, y tengo que gastarlo.

El capataz se puso celoso, pero Patricio no aspiraba a ocupar su empleo. La idea de arraigarse en cualquier parte le disgustaba.

A la puesta del sol, una vez terminado su trabajo, se sentaba frente a su rancho a tocar la guitarra y a cantar. Los otros gauchos y peones se reunían en torno para escucharle. Algunas veces otro gaucho lo desafiaba a una payada, especie de certamen en verso en el cual un trovador de la pampa, o payador, hace a otro preguntas rimadas, y su adversario debe darle respuesta cabal en la misma forma. Patricio generalmente salía triunfante de la prueba.

Era excelente jinete, y en una ocasión pidió a mi padre que le reservase el potro más arisco para domarlo. Un domingo los peones enlazaron uno de fiero aspecto y lo amarraron a un poste dentro del corral. Cuando el caballo sintió la silla, se echó para atrás resoplando, y por poco se estrangula. Pero entonces Patricio se acercó a él y, poniéndole la mano en la cabeza, comenzó a palmearle suavemente el cuello, hablándole al mismo tiempo con una voz grave y sedante que pareció atravesar la muralla del miedo y calmar a la bestia.
―Abran la puerta —ordenó entonces Patricio—. El potro está asustado y quiere huir. Lo dejaré, pero tendrá que llevarme consigo.
Desató el cabestro y saltó en la silla. El animal se abalanzó hacia adelante e inició un furioso galope por la llanura. Caballo y hombre se alejaron tanto que se convirtieron en un mero punto próximo a desaparecer en el horizonte, de pronto los vimos describir un amplio semicírculo y volver hacia nosotros. Cuando llegaron al corral el caballo estaba tan exhausto que ni los gritos de bienvenida lograron conmoverlo.
―Patricio, ¡yo quería verlo corcovear pero usted no lo dejó! ―me quejé, indignado.
―Hay dos maneras de domar un potro ―respondió con calma mi amigo―. Una es demostrar que uno es más animal que él, y la otra es convencerlo de que uno es un ser racional y su lógico dueño.
―Usted condujo muy bien a ese caballo ―elogió mi padre.
―La pampa es la verdadera domadora —contestó Patricio—. Es demasiado grande para que alguien pueda rebelarse contra ella.


Llegó el otoño antes de que la fuente estuviese terminada, pero la demora no fue culpa de Patricio. Siempre había alguna cosa que requería sus servicios. La tormenta había destrozado la rueda del molino o hecho volar las tejas del techo del granero; un toro había roto la alambrada; el bote hacía agua o la chimenea de la cocina estaba obstruida, y Patricio era la persona indicada para reparar esos desperfectos. Mas por fin concluyó la fuente.

Un hilo de agua corría a lo largo de un acueducto de cemento y se vertía en un pequeño lago en cuyo centro se alzaba una isla en forma de volcán. De su cráter saltaba otro chorro hasta unos 15 centímetros de altura. Las paredes estaban adornadas con conchas marinas, y los caracoles que allí vivían habían contribuido a la decoración con sus hileras de huevos rojos.

Para celebrar el acontecimiento mi padre invitó a unos 30 vecinos, e hizo colocar mesas y bancos bajo el ceibo. Patricio se hizo cargo del asador donde se cocinaban al aire libre dos corderos. Una vez terminada la comida, y cuando ya el vino tinto de la región había circulado libremente, le pedimos que cantara algo. Sin hacerse rogar afinó su guitarra y entonó algunas estrofas de “Martín Fierro”, el clásico poema argentino que cuenta la triste suerte de los primeros gauchos, enviados a la frontera a luchar contra los indios mientras extranjeros y habitantes de las ciudades prosperaban en sus tierras. Terminó con una endecha que me llenó de tristes presentimientos porque parecía un adiós.

Se puso de pie bruscamente y desapareció. Traté de ir con él, pero dos señoras de edad me detuvieron, esforzándose por descubrir de qué abuelo o abuela había heredado yo mis ojos y mi nariz.

Cuando por fin me desembaracé de ellas y corrí hacia la choza de mi amigo, oí el ruido del motor del Ford. Patricio había amarrado ya el fardo sobre el chasis y puesto la guitarra encima de él. En el momento en que llegué aseguraba la cincha del recado en torno al depósito de gasolina.
—Patricio, no se vaya, ¡por favor! —imploré, aferrándome a su breve chaqueta negra.
—Debo irme —contestó y agregó con voz solemne:
—He oído que a 400 kilómetros de aquí, en un lugar llamado Tandil, hay una gran piedra que pesa muchas toneladas y se mueve continuamente de un lado a otro, pero tan despacio que para notarlo hay que poner una botella junto a ella. 
Uno espera, y al poco tiempo la botella se rompe, lo que prueba que la piedra se mueve de verdad. 
Es difícil creerlo; tengo que verlo con mis propios ojos.
—¡Lléveme con usted!
―Usted sabe que eso es imposible ―respondió él, sonriéndome afectuosamente—. Espere, le dejaré un recuerdo.
Buscó entre sus cosas y me ofreció un cuaderno escrito con su torpe letra.
―Aquí están mis canciones, esas que a usted tanto le gustaban.

No pude agradecerle porque las lágrimas me lo impedían. Me alzó en sus brazos poderosos y me besó en la frente; luego se encaramó al depósito de gasolina y partió. Yo permanecí largo rato viendo cómo la nube de polvo se posaba sobre la pampa.

Hace unos días encontré ese cuaderno medio deshecho, y al volver a leer los versos reconocí en ellos las tentativas ingenuas de un hombre inculto, pero capaz de interesarse por todo. Filósofo nato, maestro inconsciente, poeta, músico, mecánico y domador, Patricio estaba siempre dispuesto a seguir todos los caminos que se abría ante él, y gozaba al participar en la infinita variedad del mundo. Para él la existencia tenía amplitud de pampa, y supo grabar esa lección en el alma de un niño que hoy, ya hombre, lo recuerda con agradecimiento, porque su ejemplo le ayudó a adaptarse a otro género de vida y a otro país.


Revista Selecciones del Reader's Digest, Tomo XLV, N° 271, Junio de 1963, págs. 105- 114, Reader’s Digest  International, Inc., 270 Park Avenue, Nueva York, Nueva York, Estados Unidos
 

Notas

El relato por sus detalles con respecto a la pampa  y a los gauchos, me hizo recordar a la novela Don Segunda Sombra (1926),  del escritor argentino Ricardo Güiraldes (1886-1927).

Los significados son del Diccionario de la RAE o de otras fuentes, según como se usan en Sudamérica.

Estancia.- Hacienda de campo destinada al cultivo, y más especialmente a la ganadería. 

Gasolina: Nafta, gasoleno, bencina, gasolín, ligroína, etc.

Rebenque.- Látigo recio de jinete.

Azuzar.- Irritar, estimular, hostigar, incitar, excitar, espolear, aguijar, aguijonear, instigar, pinchar, irritar, avivar, animar, estimular, enardecer, etc. 

Bombacha.- Calzón o pantalón bombacho.  

Ornar.- Adornar, decorar, aderezar, engalanar, etc.

Barranca.-
1. Quiebra producida en la tierra por las aguas. Barranco, quebrada, rambla, torrentera.
2. Despeñadero, precipicio, barranco, etc.

Ceibo.- Erythrina crista-galli, el seibo o ceibo es un árbol de la familia Fabaceae originario de Sudamérica.
Se distribuye por el noreste y centroeste de Argentina, el este de Bolivia, el sur de Brasil, gran parte de Paraguay y casi todo Uruguay. Wikipedia

Talud.- Inclinación del paramento de un muro o de un terreno. Pendiente, declive, ladera, cuesta, desnivel, etc.

Tosca.- Piedra caliza porosa que se forma de la cal de algunas aguas.

Talero.-  Americanismo.  Látigo corto y grueso con mango de madera. wordreference.com

Cuneta.-  Zanja en cada uno de los lados de un camino o carretera para recibir las aguas llovedizas. Canal, desaguadero, acequia, etc.

Sorna.- Disimulo y bellaquería con que se hace o se dice algo con alguna tardanza voluntaria. Ironía, burla, sarcasmo, cachita, etc.

Chaqueta.- Prenda exterior de vestir, con mangas y abierta por delante, que llega por debajo de la cadera. Americana, chupa, chaquetón, blazer, etc.

Petizo (petiso).- Caballo de poca alzada. Caballo manso y dócil que se utiliza para el trajín doméstico.

Uncir.-  Atar o sujetar al yugo bueyes, mulas u otras bestias.

Totora.- Planta perenne, común en esteros y pantanos, cuyo tallo erguido mide entre uno y tres metros, según las especies, y que tiene uso en la construcción de techos y paredes para cobertizos y ranchos.

Revocar.- Enlucir o pintar de nuevo por la parte que está al exterior las paredes de un edificio, y, por extensión, enlucir cualquier paramento (cada una de las caras de la pared).

Locomóvil .- Dicho especialmente de una máquina de vapor: Que puede llevarse de un sitio a otro por estar montada sobre ruedas.

Cabestro.- Ronzal que se ata a la cabeza o al cuello de la caballería para llevarla o asegurarla. Brida, cuerda, dogal, etc.

Corcovear.- Dar corcovos (Salto que dan algunos animales encorvando el lomo).

Martín Fierro.- Poema narrativo escrito por el poeta y militar argentino José Hernández (1872).

Endecha.-  Canción triste o de lamento. 

Tandil.- Ciudad argentina en el partido (municipio) del mismo nombre,  en la provincia de Buenos Aires.

Piedra Movediza de Tandil.-  Sobre esta piedra movediza consúltese aquí.

martes, 29 de julio de 2025

Anecdotario VIII

 

En la universidad de Columbia recordaban el día en que el difunto profesor Raymond Weaver dio su primera clase de literatura inglesa. Un murmullo de gozo surgió de entre los alumnos, que habían estado tratando de fastidiar al nuevo catedrático, cuando éste escribió en la pizarra la primera pregunta que ellos debían contestar: «¿Cuál de los libros leídos hasta ahora le ha interesado menos?»

Pero las cosas cambiaron cuando Weaver escribió luego la segunda y última pregunta: «¿A qué defecto atribuye usted esa falta de interés?»


 

Una conocida artimaña de actores y actrices es la de «aumentar sus papeles» añadiendo palabras y hasta frases enteras de su cosecha. Si se les deja por su cuenta llegan a apartarse por completo del argumento original. El finado actor y dramaturgo norteamericano George M. Cohan puso una vez el siguiente aviso tras bastidores: «Habrá ensayo mañana a las 2 p.m. para suprimir las mejoras».

 

Para No Fallar

Un productor cinematográfico de Hollywood que había hablado a todo el mundo de la rigurosa dieta a que estaba sometido, fue descubierto en un restaurante comiéndose un tremendo bistec.

—¿Qué pasa? —le preguntó un amigo— Yo entendía que tú estabas a dieta.

—Lo estoy —contestó el productor—. Esto es sólo con el fin de tener fuerzas para continuar.


 

Dos judíos parisienses, François y Louis, discutieron por una dama. Los ánimos fueron agriándose y agriándose hasta que finalmente los dos decidieron arreglar el asunto con un duelo a pistola en uno de los parques de las afueras.

A las siete de la mañana fijada para el desafío, François estaba allí listo con su pistola, sus padrinos y su médico. Unos pocos momentos después llegó un mensajero con una nota de Louis:

«Mi querido François —decía—si me retraso un poco, no me espere. Vaya disparando».


 

Cuentos de Invierno
Al ver que había nevado mucho, cierto señor que vive en una zona suburbana dijo a su esposa, que, dado el mal tiempo, no iría a su oficina en la ciudad. Los siete hijos de la pareja se habían levantado y se estaban preparando para ir al colegio, cuando anunciaron por la radio que por ese día se suspendían las clases.
De repente el señor decidió arriesgarse a hacer el viaje a la ciudad.
 

Cierta mañana en que caía una nevada, una amiga mía pensó en poner cadenas a las ruedas traseras de su automóvil y para ello pidió ayuda al club automovilístico. Le contestaron: “¿Es un caso de urgencia? Sólo estamos poniendo cadenas a los coches que se hayan quedado atascados”. Mi amiga se dirigió a su auto. Con calma y premeditación lo puso en marcha atrás y, resueltamente, lo metió en un banco de nieve. Hecho esto volvió al teléfono.



 

El consultorio del veterinario estaba lleno cierto sábado en que le llevé al perro de casa. Los animales temblaban nerviosamente en espera de su encuentro con el médico. De pronto, los perros que estaban junto a la ventana se animaron y se soltaron a gruñir, a ladrar y a saltar. Todas las miradas se volvieron a la puerta a ver qué habría podido causar tal conmoción.
Entró el cartero, quien dijo sonriente: “Esta es la que yo llamo mi ruta suicida”.




Una señora colocó un anuncio en un diario local diciendo: “¡Perdí veinte kilos! Vendo toda mi ropa seminueva. Tallas 38 y 40”.
La señora se vio abrumada de llamadas telefónicas, pero ninguna de las personas que llamaban pensaba comprar la ropa. Todas deseaban saber cómo había bajado aquellos 20 kilos.




Lección de Inglés

Al llegar a Miami de vacaciones, y resuelta a practicar el inglés aprendido en el colegio, me puse a regatear con el taxista para que me llevara a conocer la ciudad. Tras escucharme pacientemente, el conductor me dijo en español: “Si insiste usted en hablar inglés, señora, le cobraré cinco dólares más”.




Cuando era estudiante de la Universidad de Mississippi me tocó ser anfitriona en una presentación informal que hacía William Faulkner, escritor que ganó un premio Nobel. El día en que se llevaría a cabo el acto, mi gran entusiasmo se convirtió en nerviosismo. ¿Cómo podría este hombre genial tener algo en común con un grupo de estudiantes universitarios? Según resultó, mis temores eran infundados. Aunque había un inconfundible efluvio de grandeza en torno a Faulkner, también le caracterizaba una sencillez hogareña y terrenal.
Faulkner nos había concedido ya más de dos horas de su tiempo cuando observé que miraba su reloj en repetidas ocasiones. Me apresuré a llegar a su lado para informarle que gustosamente lo excusaríamos si le era preciso marcharse.

“Bueno”, respondió, “prometí a Jill, mi hija, que iría ayudarle a descascarar maíz para las gallinas y no quiero quedarle mal”.



—¿Cómo le va a tu hija en la clase de contabilidad en el colegio? —preguntaba una vecina a otra.
—Muy bien. Ahora, en lugar de pedirnos dinero para sus gastos, nos manda una factura.




Pude haber sido...

...músico, pero fui hombre de una sola pieza.
...futbolista, pero lo único que tuve de atleta fue el pie.
...animador de televisión, pero me faltó ánimo.



 

El periodista Heywood Broun tenía pocos amigos íntimos. Ni siquiera sus compañeros de póquer, con quienes se reunía a menudo, lo conocían bien. En cierta ocasión, durante una partida, uno de ellos le espetó:
—Desde hace mucho tiempo te he tratado, pero tengo la impresión de que si yo cayera muerto sobre esta misma mesa, mi defunción no te arrancaría una sola palabra.
—Te equivocas —disintió Broun—. De hecho diría dos cosas. La primera sería: “Saquen de aquí este cadáver”.
—¿Y la otra?
—“Repartan las cartas”.



Nota: En próximos artículos pondré la bibliografía básica porque en los primeros con anécdotas olvidé colocar ese detalle.

domingo, 3 de noviembre de 2024

La Granja de mis Sueños

¿Cómo llegué a convertirme en una preparadora de ensaladas para criaturas inútiles, yo, que soy una mujer de la ciudad?

  

Por Laura Cunningham


MI ESPOSO y yo siempre habíamos soñado con producir nuestros propios alimentos.
Antes de que adquiriéramos la granja, me imaginaba a mí misma pasando en la mesa unos platones de verdura fresca al tiempo que decía con cierto dejo de modestia: “Son de nuestra cosecha״. Hoy, ambos nos tambaleamos bajo el peso de los sacos de forraje de 25 kilos, destinados a alimentar a un hato de 45 bestias obesas, cuya existencia puede transcurrir en perpetuo éxtasis digestivo. ¿Cómo llegué a convertirme en una preparadora de ensaladas para criaturas inútiles, yo, que soy una mujer de la ciudad?

Empezamos por poner nuestro propio huerto, desastre del que no aprendimos nada. Después de pasarnos toda una temporada trabajando con la cultivadora rotatoria, fertilizando, levantando cercas y haciéndonos trizas la espalda, logramos cosechar “el tomate de los 700 dólares״. Era un hermoso tomate: el único al que le perdonaron la vida las marmotas, las cuales dejaron sus huellas dentales en todos los demás.

Luego vinieron las cabras. Siempre nos había gustado el queso de estos animales, y pensábamos que unas cuantas cabras lecheras finas nos proveerían de exquisito queso y al mismo tiempo harían las veces de traviesas y adorables mascotas. Así pues, adquirí dos cabras chifladas: Lulú y Lulubella.

Si bien no esperaba yo que, de la noche a la mañana, mis cabras me entregaran, ya envueltas, unas hermosas e inmaculadas barras de queso Montrachet, ignoraba que todo ganadero caprino tiene que habérselas con plataformas de ordeño, enfermedades de las ubres y, más que nada, con aventuras sexuales. Las cabras no producen leche a menos que se hayan apareado y, en nuestro pueblo, el único macho cabrío disponible era Bucky, galán cornudo, de largas patillas y hediondo a más no poder. En su primera visita conyugal, Bucky y “las muchachas״ armaron tal jaleo, que causaron daños por más de 2000 dólares al corral, y eso sin contar con que se comieron los antepechos de las ventanas.

Ahora Lulú y Lulubella nos divierten de vez en cuando retozando por el jardín, dándose de topes y ejecutando varias evoluciones coreográficas que evocan algún rito dionisíaco. Pero casi todo el tiempo se concretan simplemente a triscar y a satisfacer sus necesidades fisiológicas.

Luego se presentó el sueño de los huevos frescos, recogidos aún tibios por la mañana, un sueño que se materializó en 38 gallinas iracundas.
Después de invertir varios cientos de dólares en alimento para aves, por fin encontré una mañana un huevo ꟷrojo, sedoso y tibioꟷ, oculto debajo de una gallina que casi me despedazó la mano a picotazos cuando quise cogerlo.
Pronto descubrí que las gallinas son criaturas caprichosas. Hasta el gallo nos ha decepcionado. Mi esposo y yo esperábamos que nos despertara en las mañanas con su orgulloso canto. Sin embargo, en la Granja Ficticia (así bautizamos nuestra heredad), nosotros tenemos que zarandear al gallo al mediodía para que despierte.

Junto con los pollos vinieron los gansos, cuya adquisición constituyó nuestro más craso error. Los ordenamos sin pensarlo dos veces, pues nos sedujo el anuncio de “Gansitos de Tolosa״ del catálogo avícola.

Entre graznidos y comilonas, mis cinco polluelos de pelusa color verde pálido se transformaron al poco tiempo en unas bolas de sebo de nueve kilos. Durante un tiempo abrigué la ilusión de que emigrarían al sur para pasar allí el invierno. Había visto un documental: El increíble vuelo de los gansos blancos de Canadá, y se me ocurrió que podría filmar el de mis gansos con una cámara de video. Por desgracia, mis protegidos vuelan casi tan bien como yo: se deslizan aleteando un par de metros hasta su piscina infantil de plástico.

Me resigné, pues, a administrar un balneario para gansos, pero mi esposo tenía otros planes. “Ya se acerca la Navidad, y la oca está engordando״, susurró con un brillo malévolo en los ojos. Me horroricé.
¿Cómo podía él pensar siquiera en asar un animal que me consideraba su madre?

Los gansitos me habían seguido hasta un estanque cercano, donde unos vecinos me habían asegurado que podía reubicarlos. “En cuanto se metan en el agua, jamás querrán salir de ella״, me habían dicho. Pero no fue así: cuando me alejé, los cinco gansos me siguieron en fila india. Me volví a verlos y alcancé a distinguir sus ridículas cabecitas grises, que buscaban afanosamente mis huellas por encima de la maleza.

Aquello me conmovió, y para siempre. Mis gansos, que ya soltaron la pelusa y tienen la voz ronca, se han convertido en mascotas un tanto grotescas. El único macho, Arnold, incluso se tomó la libertad de picotearme las posaderas en una ocasión en que le di la espalda.
Lo peor es que llegan a vivir más de 30 años…

Actualmente compro “productos frescos de granja״. Escojo mi ganso en una carnicería de primera, y me surto de huevos “recién puestos״ y de queso de cabra en un almacén de alimentos selectos. Debo pagar 2.50 dólares por media docena de huevos, pero aun así resultan más baratos que los míos, que cuestan 300 dólares cada uno si incluimos en el precio ciertas pequeñeces, como los gallineros.

Pero lo mejor de todo es que puedo asar un ganso, enlardarlo y disfrutar de su aroma con la conciencia tranquila, pues sé que no es Arnold.  Mientras tanto, Arnold está allá afuera, en la piscina infantil de plástico, en plenas relaciones incestuosas con sus hermanas.

© 1991 por Laura Cunningham. Condensado del Suplemento Dominical del “Times״ de Nueva York (12-V-1991) de Nueva York, Nueva York.

Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo CIII, Número 615, Febrero de 1992, págs 142-144, Reader’s Digest Latinoamérica, S.A., Coral Gables, Florida, Estados Unidos 




Notas
Hato: Grupo de ganado. Americanismo: Hacienda destinada a la cría de ganado. RAE

Queso Montrachet: Fabricado en el departamento borgoñon de Saône-et-Loire, zona de muchas vacas, es un queso de cabra moldeado en forma de pequeños cilindros entre 75g. y 200g. que madura entre 2 a 4 semanas, ya sea metido en vino o envuelto en hojas de castaño, que es también la forma en que se comercializa. mundoquesos.com


Dionisiaco: Perteneciente o relativo al dios griego Dioniso. RAE
Dioniso o Dionisio: Dios del vino, la diversión y el teatro en la mitología griega, también conocido como Baco entre los romanos.

Triscar:  Enredar, mezclar algo con otra cosa. Torcer alternativamente y a uno y otro lado los dientes de la sierra para que la hoja corra sin dificultad por la hendidura. Hacer ruido con los pies o dando patadas. Retozar, travesear. RAE

Enlardar: Poner grasa en un alimento para cocinarlo. Gran Diccionario de la Lengua Española Larousse

Las notas son mías. R.S.

martes, 30 de julio de 2024

Noche de monstruos

¿Por qué el mundo distrae tanto a nuestro hijo a la hora de dormir?

Por Dave Barry
 

Los niños constituyen el recurso de la naturaleza para controlar la natalidad. A fin de ilustrar la forma en que cumplen con esta función, veamos cómo mi esposa y yo acostamos a nuestro hijo de seis años, Robert, en una noche cualquiera. Con la esperanza de tener algún tiempo entre nosotros, tratamos de que esté en la cama a  las 8 de la noche. Para ello, iniciamos la labor de convencimiento una hora antes.

7 de la noche: Anunciamos: “Robert, es hora de que te prepares para dormir”.

7:04, 7.09, 7:12, 7:14, 7:17, 7:18, 7:22, 7:24, 7:25, 7:26 y 7:27: Le advertimos a Robert que Ahora Sí debe prepararse para ir a la cama y que esta vez Va en Serio.

7:28: Robert se dirige a su habitación y comienza, realmente, a prepararse para dormir. 

7:29: Nuestro hijo no encuentra a Godzilla, su monstruo de hule. Nadie se explica cómo advierte la ausencia del muñeco en un cuarto que contiene unos 78,500 juguetes; pero así es. Y, desde luego, debemos suspender todas las actividades hasta que resolvamos este asunto, porque sería verdaderamente imperdonable que  un chiquillo tuviera que irse a la cama sin su Godzilla de hule.

7:43: Encontramos a Godzilla y Robert empieza a quitarse la ropa. Esto es algo que puede hacer Por Sí Mismo.

9:27: Hasta ahora  se ha quitado Por Sí Mismo la  camisa y un zapato. Acudo a  ayudarlo.

9:30: Ya en pijama, Robert se deja cepillar los dientes, la señal esperada para anunciar que tiene hambre. Le respondemos que la culpa es suya porque no se terminó la cena, que ya no es hora de comer nada, no señor, de ninguna manera, que ni lo imagine, que ya es tiempo de que aprenda su lección, etcétera.

9:57: Robert se termina un  plato de pasta, y se somete de nuevo al cepillado de los dientes.

10:02: Para que se duerma, le leemos el cuento Horton empolla un  huevo, del doctor Seuss. Esto resulta tardado porque debemos examinar cuidadosamente todas y cada una de las páginas por si hay algún detallito que se nos pudiera haber escapado las 267 noches consecutivas en que se lo hemos leído.

10:43, 10:47, 10:51, 10:54, 10:56, y 10:59: Le advertimos que Ahora Sí es hora de irse a la cama y que esta vez Va en Serio.

11.03: Robert se mete en la cama. Lo cobijamos, le damos el beso de las buenas noches, salimos sigilosamente de la habitación: por fin solos.

11.17: Nuestro hijo se queda dormido, pero lo despierta una terrible pesadilla, provocada por compartir su cama con Godzilla, su   monstruo de hule. Se lo quitamos.

11:28: Le damos a Robert el beso de las buenas noches y salimos de la habitación: por fin solos.

11:32: Al escuchar ruidos procedentes de la habitación del pequeño, regresamos y lo encontramos llorando a moco tendido. Casi sin poder articular las palabras, nos explica que la mamá pájaro de Horton empolla un huevo pierde a su cría al final, y que, aunque ella fue muy mala, probablemente ahora esté arrepentida y se sienta muy sola. Intentamos explicarle que esa no es la moraleja de la historia; pero Robert está inconsolable. Acabamos accediendo a que se meta en la cama con nosotros… solamente un minuto.

2:47 de la madrugada: Llevamos a Robert a su cuarto, le damos el beso de las buenas noches y salimos de puntillas de la habitación: por fin solos.

3:14, 3:58, 4:26, 5:11, y 5.43: La casa entra en Alerta Roja conforme se suceden diversas pesadillas de rutina, cada una de las cuales nos obliga a cruzar el pasillo tambaleantes y medio dormidos.

6:12: Amanece.

Cuando leo en el periódico algún artículo sobre matrimonios que tienen, por ejemplo, nueve hijos, nunca me pregunto cómo se las arreglan para cuidar de todos ellos, sino cuándo tuvieron tiempo para concebirlos.


Condensado de “Dave Barry’s Guide To Marriage And/Or Sex”, © 1987 por Dave Barry, publicado por Rodale Press, Inc., de Emmaus, Pensilvania.


Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo CII, N° 608, Año 51, Julio de 1991, páginas 19-20, Reader’s Digest Latinoamérica, S.A., Coral Gables, Florida, Estados Unidos