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jueves, 22 de octubre de 2026

El Corazón

Relato

 

Por Fazil Iskander

 

Ahora, en la planta alta del restaurante «Amra» la gente no sólo toma café, pide bocadillos o saborea una que otra botella de vino; muchos simplemente prefieren jugar al ajedrez. Víctor Andréievich y yo también nos sentábamos a veces ante un tablero libre. Aquella ocasión se perfilaba claramente su triunfo.
Hacía un día soleado y caluroso, nuestra mesa estaba bajo un toldo, una tenue brisa llegaba desde el mar… 

Víctor Andréievich culminó brillantemente la partida; como yo no pedía la revancha, él ―recostándose en el respaldo de la silla― me recompensó con el siguiente relato: 

― Varias veces me he encontrado en situaciones en que el miedo a la muerte, literalmente, llenaba todo mi ser, pero siempre, mejor dicho, casi siempre, lograba superarlo por estar preparado para tales casos. Desde muy joven me templé la voluntad, me acostumbré a la idea de que en ciertas circunstancias es indispensable aceptar la posibilidad de la muerte, y todo ello determinó muchas cosas. El gran lema de mi juventud era «no te dejes humillar ante nadie ni permitas que humillen a otros en tu presencia».

Y, sin embargo, no en el frente, sino aquí, en tiempos de paz, que he experimentado un verdadero e inimaginable miedo.
Hace unos diez años me aficioné, como tantos, a la pesca submarina. Me hice un fusil como no he visto otro, incluso entre los de producción extranjera.  Yo tenía una magnífica respiración, lo que no era de extrañar, pues había crecido junto al mar; desde muy pequeño aprendí a bucear, luego me dediqué al boxeo y al atletismo. No me resultaba difícil pasar 3 o 4 minutos bajo el agua. Cuando iba a cazar muy rara vez regresaba con las manos vacías. 

Cierta vez, al sumergirme cerca de un escollo, vi a un excelente cabezudo. Estaba, moviendo sus aletas, a unos centímetros de la roca. Me acerqué lo más sigilosamente que pude, apunté y apreté el gatillo.

Después de disparar, generalmente, el buceador sube a la superficie. Si el arpón se ha clavado en el pez, lo jala por el cordel, lo desprende de la punta, se lo cuelga en el cinturón y recarga el fusil. Si no ha acertado, o el pez, de alguna manera, ha logrado zafarse del arpón, él recarga el arma y se sumerge de nuevo. El arpón está amarrado al cinturón con un resistente cordel de fibra artificial.

Aquella vez no di en el blanco y empecé a subir a la superficie. Cuando me faltaba cerca de medio metro, de repente sentí que el cordel a que estaba atado el arpón, se tensó y no me dejaba avanzar. Comprendí que el arpón se había trabado en una grieta del escollo. Intenté encontrar el cuchillo que siempre llevo al cinto, pero recordé que lo había dejado en casa. El miedo comenzó a apoderarse de mí.  Traté de quitarme el cordel del cinturón, pero éste no cedía. El cordel era muy resistente y fue imposible romperlo bajo el agua sin punto de apoyo.

En aquel instante me sentí preso del pánico.  «Dentro de unos instantes perderé el sentido ―pensaba— y unos minutos más tarde mi cadáver estará meciéndose a sólo medio metro de la superficie. Y, por supuesto, nadie sabrá dónde me he metido». Miré hacia arriba y vi, a través del grosor del agua, el deslumbrante oro del disco solar. Por instinto, alcé la mano sobre el agua, como tratando de agarrarme del aire para poder salir.

Entonces, casi perdiendo el sentido, decidí probar lo único que me quedaba: sumergirme hasta el escollo, apoyar en él los pies y tirar del cordel con todas mis fuerzas. Si se rompía estaba salvado, si no, perdido. Ya casi asfixiado buceé con la única idea de no perder el sentido antes de que alcanzara el escollo. Guiándome por el cordel en las manos, llegué junto a la roca, afirmé en ella los pies, jalé el cordel haciendo un esfuerzo sobrehumano y… me desmayé. 

No sé cuántos segundos o minutos habrán pasado hasta que recobré el conocimiento en la superficie. Me sentía como si me acabase de despertar en la mañana después de un grave ataque de fiebre palúdica: estaba hecho pedazos. La costa se veía a unos 500 m. Me esforcé por alcanzarla. Y, por primera vez en la vida, nadando hacia la orilla, tuve miedo de ahogarme por debilidad, y el mar, querido desde la niñez, me daba asco, me parecía repugnante, un tibio y fangoso pantano.

En la costa tosí para que saliera el agua de los pulmones y la vomité del estómago. Estuve acostado un rato y me arrastré hacia mi casa, que se encontraba frente al golfo donde pescaba.

Unos diez días me siento mal, pero luego mejoro. Una vez entro en el mar y empiezo a nadar. A unos quince o veinte metros de la orilla siento que el corazón da un extraño latido doble y se para.
Quizás, unos dos o tres segundos… no sé. Pero la sensación es sumamente desagradable.

Recordé que en la víspera tomé unos tragos y decidí que esa era la causa. Nunca antes había sufrido del corazón, me sucedió por primera vez.  Me puse a nadar de nuevo. De golpe siento otro latido doble, como que se me ha parado el corazón y estoy a punto de ahogarme. Nadé hacia la orilla con cuidado, temiendo afectar el corazón.

A la mañana siguiente me meto en el mar de nuevo, poniendo atención en los latidos del corazón. Todo parece estar en orden. Efectivamente, pienso, los años no pasan en balde y el corazón empieza a fallar después de unos tragos. Ya no había terminado de decirme esto, cuando se repite la historia del día anterior. Me enojo muchísimo y resuelvo continuar nadando, sin darle importancia al asunto. Y otra vez lo mismo.  Sigo nadando. ¡Vuelve a repetirse!
Entonces no puedo aguantar más. Lo principal es que uno siente que el corazón sólo por casualidad se paró esos dos o tres segundos, que en realidad puede dejar de latir un plazo mayor. En ese caso, ¡adiós a todo! 

Voy al médico. El terapeuta me ausculta, hace un electrocardiograma y, a fin de cuentas, dice: 
―Su corazón funciona como si usted tuviese 20 años. No comprendo nada, debe consultar a un siquiatra.

Me presentan a un siquiatra que goza de fama. Durante nuestra conversación él me escucha, inclinando la cabeza como si fuera un gallo molesto, y cualquier cosa que le digo no le place.

Me interrumpe, derrochando un torrente de términos, pero no puede explicar qué me ha pasado.  Después de que le conté todo sobre la pesca submarina y la natación, él, como sugiriendo que le he ocultado lo más importante, dirige la charla hacia el tema de mi «majoliot».

Alguien le habría dicho que estoy construyendo un aparato volador que se mueve con la fuerza muscular del piloto.  Pregunta desde cuándo me ocupo de esto, recomienda que recuerde si se me presentó la imagen del «majoliot» después de la contusión en la guerra; cuáles son mis máximos objetivos; qué lesiones recibí tras la caída y cosas por el estilo.  Trato de explicarle, tranquilamente, que estoy haciendo el «majoliot» desde hace mucho tiempo y que ello no tiene nada que ver con lo que me ha sucedido en el mar.
―Yo sé mejor que usted qué tiene que ver ―me interrumpe.

Y, nuevamente, inclinando la cabeza como un gallo, pone una cara de pocos amigos y diagnostica que si no dejo de construir el «majoliot» en mí irá creciendo el sentimiento de inadaptibilidad, primero en el mar (ya empieza), luego en la tierra, y después ―cuando, por lo visto, me haya chiflado por completo― voy a proclamar el aire como mi único hábitat.

Quizás exagere un poco, pero ―palabra de honor― estaba frente a un auténtico loco vestido de médico. Cuando al contestar su semipregunta-semiafirmación, le dije que no tuve ningún antepasado anormal, él simplemente se salió de sus casillas.

En una palabra, apenas pude dejar con vida el consultorio de aquel hombre. Pero, ¿qué hacer? 
Intenté nadar varias veces, todo volvió a repetirse.  Entonces saqué la triste conclusión de que tendría que dejar la natación y la caza submarina.

No obstante, por medio de una lancha mantenía mis nexos con el mar. En las horas de ocio podía pescar en lancha, como hacía en efecto. Pasó un año. No me bañé más en el mar y regalé a un amigo mi exclusivo fusil. 

Una vez, en abril, estaba pescando, a un kilómetro de la costa, con un niño, hijo de nuestros vecinos. Era un muchachito de diez años, encantador, de pícaros ojuelos negros, una copia exacta de su abuelo, amigo de mi padre. 
Vivía con su madre y con su abuelo. El padre había abandonado a la familia. En parte, tal vez por eso el niño venía a mi casa: observaba fascinado, durante horas y horas, la construcción de mi «majoliot»; a veces yo lo llevaba a pescar.

Pescamos jureles sin cebo. El pez pica bien, pero la corriente es bastante fuerte y a cada rato nos aleja del cardumen. Nos vemos obligados a remar de vez en cuando. De repente, oímos el ruido de una lancha de motor que se acerca más y más hasta que, por fin, pasa rápidamente junto a nosotros, salpicándonos y meciendo nuestra lancha con una gran ola que formó.  Yo la seguí con la mirada y vi la cara del que manejaba, carcajeándose en la popa.  En la banca del medio estaba sentado el segundo.  Sin duda, habían tomado mucho. Dieron vuelta bruscamente; me cruzó por la mente que podían volcarse, pero la lancha tenía un motor muy potente.

 


El pez seguía picando. La pesca nos entusiasmó de nuevo y me olvidé de aquellos borrachos. Una media hora más tarde otra vez escuchamos el ruido del motor, y ellos, quizá por no haber calculado la distancia se nos acercaron tanto que nuestra lancha se volcó al cubrirla una tremenda ola.

Todo sucedió en un abrir y cerrar de ojos. Es difícil pensar que esos desgraciados no se hubieran percatado de lo ocurrido. Seguramente, temiendo la responsabilidad, enfilaron rumbo al puerto, y pronto ya no se oyó el motor. 

Al hallarme en el agua, me asustó la idea de que el niño se hubiera herido.
―¿Te lastimaste? ―le pregunté.
―No ―me respondió con bastante calma.

Yo sabía que él nadaba como un pez, pero el agua en abril estaba helada.  Mientras nos repusimos y me acerqué a él, nuestra lancha ya se encontraba a unos quince metros. ¿Qué hacer? Yo, por supuesto, podía alcanzarla. 
Pero, por un lado, temía dejar solo al niño y, por otro, no seríamos capaces de voltearla y colocarla en la quilla, y era peligroso agarrarnos de ella, en espera de que nos encontraran. Decidí que deberíamos nadar hacia la costa con la esperanza de que esos malvados al menos le dijeran  a alguien que habían volcado la lancha y vinieran a rescatarnos.

En ese momento me acordé de mi corazón, pero ciertamente de pasada. El pensar que estaba conmigo un niño que debía llevar a la costa, me llenó por completo. Al acordarme del corazón, casi en seguida sentí aquel latido doble y el corazón se me paró un instante. Todo pasó igual que antes, pero con mucha menos intensidad, como si con lo sucedido mi corazón me dijera: «Estoy aquí todavía, pero ya eres más fuerte que yo». 

Lo sentí perfectamente. El miedo por el niño me hizo olvidar todo lo demás. Me acerqué a él, desabroché su camisa y, aguantándolo con una mano,le ordené: 
―Quítatela.
 
Se la quitó junto con la camiseta. Encontré a tientas bajo el agua las plantas  de sus pies y lo liberé de los zapatos. Luego busqué la correa de su pantalón, la abrí, eché al niño un poco hacia atrás y se lo zafé. Hice lo mismo con mi ropa y la tiré. Llevada por la corriente flotó un tiempo no lejos de nosotros. Nos quedamos en puros calzoncillos.

―No temas nada ―le dije lo más tranquilo que pude―, sin falta alcanzaremos la costa.
―Yo no tengo miedo ―contestó―, pero no puedo comprender por qué volcaron nuestra lancha. 

Me miraba atentamente con sus ojuelos negros, tratando de entender el sentido de lo sucedido. 

―Son unos borrachos imbéciles ―dije―, pero tú no temas nada, llegaremos a la costa.

Por ahora el niño se veía bien, pero yo sabía que el frío haría su efecto al pasar unos quince minutos. La lejana costa verde de nuestro pueblo parecía como alineada con el agua. Miré por todos lados: en ninguna parte se veían lanchas. En esta estación del año pocos son los que pescan.
 
Al cabo de unos quince minutos la morena cara del niño palideció, sucedió lo que yo tanto temía. Y diez minutos después se cubrió de un color azul.
―¿Estás congelado?
―No.
Se notaba que estaba tiritando de frío. El niño se portaba excelentemente.
―Espera, te voy a hacer un masaje ―le dije.
Me acerqué a él y, flotando con una sola mano, con la otra comencé a frotarle la espalda, el vientre, las piernas. 
―Me duele ―gritó de repente
―Aguanta ―le pedí y, siguiendo la fricción, agregué―: así ha de ser.
―Si es necesario voy a aguantar ―dijo y se mordió los labios.

Gasté tanta energía en masajear su flaquito, huesudo cuerpecito, que se me durmió la mano. Pero el color terroso desapareció de su rostro. Nos pusimos a nadar de nuevo.
―Tío Vitia ―me preguntó, mirándome con sus tristes ojos negros―, ¿los borrachos se vuelven como locos? 
Era obvio que él pensaba intensamente en la gente que nos había volcado. 
―Esos tipos son unos canallas ―traté de explicarle―, cuando uno está borracho, si es canalla, no puede controlarse. 
Asintió con la cabeza y continuó nadando. Pero su carita denotaba que seguía pensando en el mismo tema.
―Son como los avaros ―dijo al cabo de un rato―. Mientras Zhorik  no tenía bicicleta, yo no sabía que él era avaro, y ahora lo sé
―Cierto ―afirmé.
Un poco más tarde sentí que yo mismo  estaba congelándome. Miré al niño. Su cara nuevamente adquiría un color azul.
―Espera ―le dije y me acerqué.
Y otra vez, balanceándome con una mano, le masajeé el cuerpo.

Su rostro se reanimó. Nos pusimos a nadar.  Aunque yo veía que  él se cansaba, no me paraba, temiendo que pudiese enfriarse más rápido.  En el fondo, de vez en cuando pensaba en mi corazón, pero éste no se manifestaba de ninguna forma, y yo, no sé por qué, sabía que no me molestaría. 

Quedaban unos cuatrocientos metros hasta la costa y ya se distinguían los sotos de los árboles en el litoral. Y, de súbito, sentí un calambre en la pierna derecha y, junto con éste, un miedo por el niño que superó al dolor. 

Haciendo esfuerzos para ocultar el dolor, me aproximé a él y empecé a masajear su cuerpo otra vez. Ahora no podía mover una pierna y era mucho más difícil mantenerme a flote. Había que hacer todo para que no se sobreenfriase. Si le daba un calambre, obviamente ya no estaría en condiciones de arrastrarlo hasta la costa.

Me atosigaba la idea de que si me daba un calambre en la pierna izquierda, no habría manera de frotar su cuerpo. Por eso hacía grandes esfuerzos. Alcanzaba hasta sus tobillos, pellizcaba y flotaba sus delgadas caderas y pantorrillas, su espalda y vientre. 
Parece que, dándose cuenta de la seriedad de la situación, él lo aguantaba todo con suma paciencia, sólo gemía a veces.

Por fin, su cara volvió al color natural. Yo estaba totalmente agotado. En cuanto pensé que sería conveniente masajear mi pierna izquierda para protegerla de un  posible calambre, por poco grito:  el dolor también atravesó el hueso de esa pierna.

Yo nadaba demasiado bien para ahogarme, pero no sabía qué pasaría después. Había oído que si el calambre llega hasta los músculos del vientre, uno no puede moverse ni enderezarse. Empecé a masajear, pellizcar y raspar mi vientre lo más fuerte que pude.

Unos doscientos metros quedaban hasta la costa, y yo, aguantándome sólo con las manos, apenas alcanzaba al niño.  El litoral y el mar estaban desiertos: no había esperanza de que nos rescataran. Yo nadaba con las manos, el corazón latía cerca de la garganta. Dios mío, pensaba, dame fuerzas para unos cien metros; luego si me sucede algo, el niño ya podrá llegar por sí mismo. Después parece que me desmayé por un rato.  Al recobrar el sentido, me di cuenta de que el niño estaba rezagado, aunque yo no pude haber aumentado la velocidad, la disminuía, más bien. Paré para esperarlo.  Se acercó. Su cara estaba gris.
―Qué será de mi mamá… —dijo de pronto y cortó la frase, como avergonzado de terminar su pensamiento. 
—¡Qué dices! —le grité—Mira, ya casi hemos llegado. 

No me contestó nada. Era un niño maravilloso y se portó como todo un hombre hasta el final. 
Nadé los últimos metros en un semisueño.  Cerca de la orilla traté de pisar el suelo y me caí, sin comprender al principio por qué los pies no me respondían. El niño salió del agua y se tumbó en la tibia arena.  Yo me arrastré como un reptil.  Ya no tenía que ocultar que mis piernas estaban inmóviles por los calambres.

La corriente nos había alejado a unos quinientos metros de nuestro pueblo. ¡Lo vivificante que es la infancia! Media hora más tarde el niño ya jugaba en la arena, mientras yo necesité unas dos horas para medio pararme.  El día era cálido y, mirando el tierno mar, no queríamos creer que por poco nos congelamos en él. 

Caminamos por la costa hacia nuestro pueblo. Me parecía que el niño no debía relatar toda la verdad en casa. ¿Acaso era indispensable preocupar a su mamá? 
Podía decir que todo había ocurrido cerca de la costa. Pero después cambié de opinión. ¡Que lo contara todo tal y como sucedió! 
No tenía derecho a frustrar la fiesta de su primera auténtica victoria.

Aquel mismo día los guardafronteras trajeron mi lancha.

Pero yo no me disponía a dejar las cosas así no más. Al cabo de tres días me dirigí a la ciudad. Sabía que tarde o temprano tendría que encontrar al que estaba manejando la lancha de motor y carcajeándose de nosotros. Todos ellos, como gallinas en el gallinero, se reúnen en el amarradero, incluso cuando no salen a pescar. 

Entré en el amarradero y lo vi jugando al dominó en una mesa. Algunos pescadores me conocían. 

Me acerqué a la mesa. Él levantó su repugnante rostro, no tanto reconociéndome como adivinando que yo tenía algo que ver con su crimen.
―¿Vamos a la milicia o hablamos aquí? ―le pregunté.
Yo sabía lo que él iba a escoger. 
Yo también prefería eso. 
―Qué pasa, qué pasa… hablamos aquí ―respondió pensando, seguramente cuántas botellas le costaría esta charla. 
―Entonces, ve para allá ―le dije, mostrándole una de las cabañas en que los pescadores guardaban sus motores y redes.
Se puso en pie, calladamente, y se dirigió para allá. 

Me aproximé hacia donde estaba el tipo ese y lo empujé tras la cabaña. Incluso de niño jamás fui el primero en golpear. Le di un puñetazo en plena cara. Echó para atrás la cabeza, pero no se cayó. Acaso, pensé, he perdido fuerza en la mano, y lo golpeé otra vez. Ahora sí, como un toro, cayó de rodillas.
―Pero si yo no estaba solo… —dijo entrecortadamente, moviendo la cabeza y tratando de limpiarse la sangre que le brotaba de la boca.

De pronto, me vino a la mente lo que pudo haber pasado con el niño, y una verdadera rabia me sacudió: qué me importa que no aprecies mucho tu vida, pensé al ver al desgraciado ese. 
—Tú estabas al timón —le dije lo más claro posible y, levantando un poco su desmoronado cuerpo le estrellé el puño por tercera vez. 
Él se desplomó por completo.
 
De esa manera, separándome del mar un año y encontrándome en el papel de salvador del niño, me quité de encima para siempre aquel enigmático fenómeno cardíaco. Nunca más volvió a repetirse. Sería interesante saber qué opinaría sobre esto, si lo supiera, mi siquiatra. Parece que León Tolstói denominaba esto: olvidarse de sí mismo. El pueblo lo explica mejor: un clavo saca otro clavo. 

A propósito, si yo tuviera una mente enciclopédica, consagraría mi vida a revelar las ideas universales que, como estoy convencido, encierran los proverbios y refranes populares. ¡Qué interesante trabajo sería este! Según tengo entendido, en ruso no hay una obra de este tipo. Y tampoco he escuchado que otros pueblos tengan algo semejante.

… En esto, Víctor Andréievich terminó su relato. Aún permanecimos un rato en la mesa, viendo distraídamente a los felices tomadores de café y a los concentrados ajedrecistas.

Dibujo de Borís Sopin

Traducción de Pablo Costa

De Literaturnaya Gaceta

Revista Sputnik. Selecciones de la Prensa Soviética, N° 2, Febrero de 1982, págs. 58-66, Agencia de Prensa Nóvosti, Moscú, Rusia


 

Notas

Fazil iskander.- Autor ruso de origen abjasio (1929-2016), que escribió en ruso y fue famoso por sus descripciones de la vida en el Cáucaso. Entre sus obras más conocidas están Sandró de Cheguem y Conejos y Serpientes.

 

En el texto original figuraba la forma compuesta «maxiobjetivos» (calco del ruso макси-цели / макси-задачи, maksimáľnyje tseli/maksi-zadachi); se ha adaptado a «máximos objetivos» para respetar la norma del español.

 
He pulido el texto con alguna que otra corrección gramatical pero el resto está igual a como salió publicado.

Las imágenes están hasta donde se han podido poner porque la herramienta de generación de imágenes no funciona tan bien para lo que se necesita. El problema técnico es que esta herramienta no realiza una edición de fotografía tradicional (como cortar, rotar o borrar con pincel), sino que vuelve a dibujar la imagen por completo desde cero con Inteligencia Artificial cada vez que se le envía una instrucción. Al reinterpretar la ilustración, altera los trazos originales, cambia las expresiones de las caras y arruina la fidelidad del dibujo de la revista.

Las notas y pulido del texto han sido hechas  usando la IA de Google, Gemini, y con la revisión de mi parte. 

 

 

jueves, 18 de septiembre de 2025

¿Quién no cumplió la cita?

  


 

Por Robert Zacks

 

El amigo de cuyos labios oí esta historia ya murió;  por eso me consideró en libertad de relatarla.

 

Estaba yo, en compañía de mi padre haciendo un viaje mixto de negocios y recreo por Dinamarca y naturalmente, aprovechábamos todas nuestras horas libres para divertirnos. Ocurrió que un día entramos a echar un vaso de cerveza en una de esas pintorescas fondas danesas frecuentadas por los turistas.
―Es una lástima que no haya podido venir tu madre ―dijo papá― Hubiera sido encantador enseñarle todo esto.
En su juventud mi padre había visitado a Dinamarca.
―¿Cuánto tiempo hace que anduviste por aquí? ―le pregunté.
―Oh, cerca de 30 años… Y si mal no recuerdo estuve en esta misma fonda.
Miró en derredor como queriendo refrescar su memoria:
―Hermosos tiempos aquellos cuando…
Se detuvo súbitamente y observé que palidecía. Seguí la dirección de su mirada y vi que tenía los ojos clavados en una mujer que al otro lado del salón estaba sirviendo a un grupo de clientes. 
Debió de haber sido bella en otro tiempo pero ahora estaba muy metida en carnes y el desaliño del cabello le hacía poco favor.
―¿La conoces? —pregunté a mi padre.
—La conocí hace mucho…
La mujer se acercó a nuestra mesa y preguntó con brusquedad:
—¿Qué van a beber?
—Tomaremos cerveza —contesté.
La mujer hizo un gesto de asentimiento y volvió la espalda.
—¡Cómo ha cambiado! ¡Gracias a Dios no me reconoció! —dijo mi padre en voz baja enjugándose la frente con el pañuelo― La conocí antes de conocer a tu madre ―prosiguió― Yo hacía entonces una excursión de estudiante. Era una muchacha adorable, llena de gracia. Me enamoré de ella como un loco y ella de mí.
―¿Y mamá lo sabe? —interrumpí sorprendido.
—Naturalmente —repuso con afable expresión mi padre.
Noté que me miraba con cierta turbación y temí haber sido indiscreto.
—Papá —le dije— no es necesario que me expliques…
―Al contrario, hijo. Quiero contártelo todo para no dejar nada a tu imaginación.
El padre de la muchacha se opuso a nuestro noviazgo. Yo era un extranjero, no tenía carrera y dependía por completo de mi padre. Cuando escribí a éste que deseaba contraer matrimonio, me cortó la pensión. Tuve que regresar a casa. Pero me entrevisté con la muchacha una vez más y le dije que iba a volverme a América, pedir prestado bastante dinero para casarnos y regresar en su busca al cabo de unos meses.
—Sabíamos ―continuó― que su padre podía interceptar una carta y por lo tanto convinimos que yo me limitaría a enviarle por el correo un trozo de papel con una fecha escrita. En esa fecha ella me encontraría en determinado lugar y luego nos casaríamos. Bueno,  regresé a casa, obtuve el préstamo y le envié el papel con la fecha.
―¿Y qué pasó? ―pregunté.
―Ella recibió el papel y me contestó: «Estaré allá». Pero no estuvo. Entonces me enteré de que se había casado dos semanas antes con un mesonero de la localidad. No había esperado.
Hizo una breve pausa y añadió:
―Gracias a Dios que no esperó. Volví a la patria, conocí a tu madre y hemos sido verdaderamente dichosos. Con frecuencia bromeamos sobre aquel tonto amorío de mi juventud.
La mujer trajo la cerveza.
―¿Usted es norteamericano? —me preguntó.
—Sí.
—¡Hermosa tierra Norteamérica! —dijo con alegre expresión.
—Sí, muchos compatriotas suyos han ido allí. ¿Ha pensado usted en ir alguna vez?
—No. Digo, ahora no. Pensé ir hace muchos años. Pero me quedé aquí. Estoy mejor aquí.
Bebimos la cerveza y nos marchamos.

Una vez en la calle pregunté a mi padre:
―¿Cómo escribiste la fecha?
―Así ―me dijo― 12/11/13 que por supuesto era diciembre 11 de 1913.
―¡No! ―exclamé— ¡No en Dinamarca ni en ningún otro país europeo! Aquí se escribe en primer término el día. ¡Por consiguiente la fecha que tú escribiste no fue el 11 de diciembre sino el 12 de noviembre!
Mi padre se pasó la mano por la frente.
―¡De modo que estuvo esperándome ―exclamó― y se casó porque no acudí a la cita…
Guardó silencio como si aquella súbita revelación lo hubiera anonadado momentáneamente. Luego comentó:
―Bueno… deseo que sea feliz. Parece serlo.
Cuando reanudamos el paseo exclamé:
―Fue suerte que ocurriera así. De otro modo no hubieras conocido a mamá.
Me echó el brazo sobre el hombro y me dijo sonriendo cariñosamente:
―La suerte fue doble, muchacho, porque de otro modo tampoco te hubiera conocido a ti.

 

Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo XV, N° 91, Junio de 1948, págs. 51-52, Selecciones del Reader’s Digest S.A, La Habana, Cuba

 

Notas

La foto de la ilustración en la página 51 es mía.

Pintoresca/co.- Dicho de algo como un país, una escena, un tipo o una costumbre: Que presenta una imagen peculiar.
Sinónimos: típico, característico.

Enjugar.-
Quitar la humedad superficial de algo absorbiéndola con un paño, una esponja, etc.
Sinónimos: secar, escurrir, enjutar.
Limpiar la humedad que echa de sí el cuerpo, o la que recibe mojándose. Sinónimo: Limpiar. DLE RAE

Metida/o en carnes.- Dicho de una persona: Algo gruesa, sin llegar a la obesidad. Diccionario Abierto de Español. significadode.org

Turbación: intranquilidad, desconcierto, aturdimiento, perplejidad, desasosiego, etc.

domingo, 31 de agosto de 2025

La mujer que supo callar

Drama de la vida real

 

Arriesgó todo por salvar la vida de un oficial cuyo uniforme tenía muchas razones para odiar

 

Por  Janice Keyser Lester



EN UN ESTANTE de mi cocina guardo un antiguo y pequeño molinillo de café. El cajón de su base contiene un trozo de papel con un a escritura descolorida. 
La tinta, hecha con jugo de bayas, sea desvanecido, y el fino papel está frágil porque lo doblaron repetidas veces hasta hacerlo caber dentro de un botón de bronce. Parte del mensaje es todavía legible. Está fechado el 14 de septiembre de 1864, y comienza así:
“Querida Bettie: Aprovecho la oportunidad de enviarte esta nota ocultándola a los yanquis…”

Se trata de una carta remitida por un oficial confederado prisionero a su esposa, joven ojiazul de 20años que vivía sola con un matrimonio de negros, antes esclavos, en el valle de Shenandoah, entonces devastado por la guerra de Secesión. La joven se llamaba Bettie Van Metre, y durante los dos meses siguientes se convirtió en protagonista de uno de los episodios más dramáticos y menos concoidos de esa guerra. Yo lo conozco porque se lo oí muchas veces a la misma Bettie; ella fue mi tía abuela favorita,  y cuando murió tenía más de 80 años.

Siempre que mi familia visitaba a la tía Bettie en su antigua casa de Berryville (Virginia), yo no dejaba tranquila a la anciana hasta que me contaba la historia. Todavía me parece verme sentada en un escabel a la espera de que ella comenzara.
Siempre lo hacía diciendo: “Jamás odié a los yanquis; sólo odiaba la guerra”.

Bettie Van Metre tenía buenas razones para detestarla. Uno de sus hermanos murió en la batalla de Gettysburgo, y otro fue hecho prisionero. Luego, James, su marido, cayó también en poder del enemigo, y su carta hablaba de enfermedad, malos tratos y hambre. 
Bettie ni siquiera sabía dónde se encontraba su marido, pues la parte de la misiva en que había escrito la dirección era ilegible.

Durante más de tres años el hermoso valle de Shenandoah sufrió los azares de la guerra, hasta que quedó convertido en un desierto lleno de granjas abandonadas y de mansiones saqueadas. Los ejércitos rivales aún combatían denodadamente, mientras bandas de desertores y de guerrilleros asesinaban y robaban. Bettie dedicaba buena parte de su jornada a trabajar en el Cuerpo de Costura y Enfermería local, el anciano matrimonio negro la ayudaba y atendía, pero no obstante la afectuosa compañía del tío “tío Dick” Runner y de Jennie, su mujer, las noches resultaban interminables. 

Un bochornoso día de fines de septiembre un convoy yanqui se detuvo frente a una granja situada a unos 750 metros de la casa de los Van Metre. De una de sus ambulancias tiradas por caballos sacaron una camilla ensangrentada donde yacía un hombre. Tres días antes, en una salvaje escaramuza que tuvo lugar antes de la batalla del arroyo Opequon, una granada había estallado junto al teniente de 30años Henry Bedell, de la Compañía D del 11° regimiento de voluntarios de Vermont. Un fragmento se le había incrustado en la mano derecha, y otro le desgarró la pierna izquierda, de tal modo que fue forzoso amputársela por el muslo.

Cuando fue necesario evacuar a los heridos y llevarlos a Harpers Ferry, los médicos decidieron que Bedell no podría resistir el angustioso trayecto de 30 kilómetros. A fin de evitarle sufrimientos inútiles decidieron dejarlo en esa granja, al cuidado de su asistente. La granja, abandonada por sus dueños, estaba ocupada por una mujer zarrapastrosa, la cual aceptó sin comentarios el dinero que le ofrecieron por dar albergue al oficial.

Era Bedell hombre fuerte y valeroso. Antes que sus compañeros lo dejaran solo, les dictó una carta para su esposa, que residía en Westfield (Vermont). Les pidió también que pusieran a su lado su fusil de repetición, diciendo que si llegaban los confederados y él no había perdido la conciencia, lo sabría usar.
Sus camaradas lo ocultaron en el desván, y luego el convoy prosiguió su marcha.

Durante dos días la mujer y el ordenanza se emborracharon y anduvieron de juerga. Nunca subieron a ver al oficial, aunque oían sus lamentos. Aburridos de esperar que se muriera, al tercer día abandonaron el lugar. Pero tío Dick Runner había visto cuando introdujeron al herido en la granja. Y cuando la pareja partió, fue a pedir auxilio a la casa de los Van Metre.

Siempre que la tía Bettie contaba su impresión al ver al hombre demacrado y barbado que yacía en el desván con el uniforme azul manchado de sangre, la indignación le enrojecía el rostro. “Era una pesadilla: ¡esos horribles vendajes, ese espantoso hedor! Así es la guerra, hijita. Ni clarines ni banderas; sólo dolor e inmundicia, futilidad y muerte”.

Para Bettie Van Metre ese hombre no era un enemigo, sino un ser humano que padecía. Le dio de beber y trató de limpiar sus terribles heridas. Luego salió al aire y se apoyó contra la pared de la casa, esforzándose para no vomitar.

Sabía que era su deber dar aviso de la presencia de un oficial yanqui a las autoridades de la Confederación. Pero también sabía que no lo haría. “Me preguntaba si tendría una esposa esperándolo en alguna parte, sin saber dónde se encontraba su marido, como me pasaba a mí. Y me parecía que lo único importante era hacerlo volver a su hogar”.

Lentamente, con paciencia y habilidad, Bettie reanimó la vacilante llama vital  próxima extinguirse en Henry Bedell. Tres veces al día subía al desván para llevarle el alimento que podía encontrar. Carecía casi por completo de de medicamentos, y no estaba dispuesta a sacar ninguno de la escasa provisión del hospital confederado. Pero ya no podía volverse atrás. Bedell le había dicho que no lo apresarían vivo. “Todavía puedo tirar con mi mano izquierda”, agregaba hosco. 

Recuperaba poco a poco sus fuerzas; hablaba con Bettie de su mujer y sus hijos, que habían quedado en Westfield, y escuchaba atentamente cuando ella se refería a sus hermanos y a James. “Yo sabía que su mujer oraba por él, como yo lo hacía por mi marido”, decía la tía Bettie. “Algunas veces me sentía extrañamente cerca de ella”.

En el valle las noches de octubre comenzaron a ser frías. Las heridas de Bedell se volvieron a infectar, y aumentó el riesgo de que muriera de pulmonía en el desván sin calefacción. Entonces Bettie decidió llevarlo a su casa. Con ayuda del tío Dick y de Jennie, lo trasladó durante la noche y lo acostó en una cama puesta en un disimulado entrepiso encima de la cocina. Pero el movimiento y la intemperie afectaron seriamente al debilitado enfermo. A la mañana siguiente amaneció con fiebre alta; a mediodía deliraba, y al anochecer Bettie se dio cuenta de que moriría sin asistencia profesional. Luego de pedir a Dios que la iluminara, escribió una nota al médico de su familia, Dr. Graham Osborne, a quien había conocido desde niña.

El médico no perdió tiempo en recriminaciones. Examinó a Bedell y movió negativamente la cabeza.
Había pocas esperanzas, a menos que pudieran obtenerse remedios apropiados, que ya no había en la Confederación. Pero Bettie no se dio por vencida. “Entonces iré a Harpers Ferry a pedírselos a los yanquis”.

El médico trató de disuadirla. El cuartel enemigo estaba a 30 kilómetros de distancia, y aun en el caso de que consiguiera llegar allí, nadie creería su historia.

“Llevaré una prueba”, arguyó ella. En el cuchitril donde yacía Bedell había encontrado un ensangrentado documento con el sello oficial de la Secretaría de Guerra.  “Es el certificado de su último ascenso. Cuando se lo muestre a los yanquis, tendrán que creerme”.

Obligó al médico a escribir una lista de las medicinas que necesitaba, y al día siguiente partió muy temprano. Viajó durante cinco horas, deteniéndose sólo para que descansara la yegua. En una ocasión un vagabundo se levantó de una zanja y trató de coger la brida. Bettie le asestó un latigazo; el animal, asustado, se encabritó y partió a la carrera, y el hombre no pudo alcanzarlo. Ya se ponía el sol cuando mi tía se encontró por fin con el comandante yanqui, general John Stevenson, quien escuchó a la joven sin disimular su escepticismo.

“Señora”, le dijo,  “el asistente de Bedell nos informó que había muerto”.

“Está vivo”, insistió Bettie. “pero no lo estará mucho tiempo si no me da usted las medicinas de esta lista”.

El general vaciló. “Bueno”, dijo por fin, “no voy a arriesgar las vidas de unos cuantos soldados para descubrir la verdad. Que se entregue a la señora Van Metre lo que pide”, ordenó a su ayudante. Y sin querer escuchar las palabras de agradecimiento de Bettie, ledijo: “Sea o no verdad lo que afirma, es usted una mujer valiente”.

Con los remedios que ella llevó a Berryville, el Dr. Osborne logró detener la infección. Diez días más tarde Bedell andaba con un par de toscas muletas que el tío Dick le había hecho. Pero ya habían comenzado a propagarse rumores de que en la casa de los Van Metre habitaba un forastero, y pronto llegaron a oídos del médico, quien en su próxima visita dijo sin rodeos: “Bettie, usted se encuentra  en una posición peligrosa”.

Bedell estuvo de acuerdo: “Yo no puedo seguir comprometiéndola a usted. Ahora me siento lo suficientemente fuerte para viajar. Y tengo un plan”.

El plan consistía en ponerse de acuerdo con uno de los vecinos, un tal señor Sam, viejo granjero inconsolable por la pérdida de unas mulas que según él le habían robado los yanquis. Le quedaba una, y un carro. Se le propuso que llevara en él a Bedell hasta Harpers Ferry, pues allí probablemente lograría cambiar al inválido oficial por los animales desaparecidos. El anciano se dejó convencer de mala gana. 

Entonces Bedell confió a Bettie el resto de su proyecto: ella debía ir con él. “La guerra ya casi ha terminado”, agregó, “y quizá yo pueda ayudarla a encontrar a su esposo”.
Bettie vacilaba, pero finalmente estuvo de acuerdo.

El tío Dick preparó un arnés doble para enganchar la yegua al carro, junto con la mula de Sam. El oficial se acostó en una canasta vieja llenade heno, el fusil al alcance de su mano, así como también las muletas. El viaje fue largo y lento, y casi terminó trágicamente. Cuando se encontraban a una hora de distancia de los yanquis, aparecieron de pronto dos jinetes. Uno de ellos exigió dinero con una pistola, y el otro derribó del carro a Sam. Mientras Bettie permanecía inmóvil, paralizada de miedo, sonó una detonación detrás de ella, tan cerca que sintió el viento del disparo. El guerrillero de a caballo cayó al suelo, y un segundo tiro derribó a su compañero. Bettie vio como Bedell bajaba el arma y se quitaba las pajas de heno del cabello.
“Sigamos adelante”, dijo él.

Al llegar al campamento yanqui, los soldados no ocultaron su asombro ante la exhausta joven y el viejo labrador. Su sorpresa fue aun mayor cuando vieron levantarse de su cama de heno a un oficial de la Unión con una pierna de menos y la mano mutilada. “Todo cuanto recuerdo”, decía la tía Bettie, “es la expresión del rostro de Henry cuando descubrió su bandera y la saludó con la mano vendada”.

Bedell fue enviado a Washington. Allí contó lo ocurrido a Edwin Stanton, secretario de Guerra, que inmediatamente escribió una carta de agradecimiento a Bettie y firmó la orden de poner en libertad a James. Se concedió a ella un pase especial para los ferrocarriles a fin de que buscara a su marido, y se dispuso que Bedell la acompañara.

La busca no fue fácil. Los registros indicaban que un James Van Metre había sido enviado a una prisión de Ohio, pero cuando se hizo formar ante Bettie a los demacrados y andrajosos prisioneros, James no estaba entre ellos. Visitaron una segunda cárcel. Con el mismo resultado. Bettie luchaba contra el temor de que su marido hubiera muerto. Pero en Fort Delaware (Maryland), cuando se terminaron todos los recursos, un hombre alto, de ojos hundidos en el rostro extenuado, salió de las filas y cayó en brazos de su mujer. Ella lo oprimió contra su pecho, mientras las lágrimas le corrían por la cara. Y Henry Bedell, apoyado en sus muletas, lloró también.

Los tres regresaron por barco a Washington, y luego por ferrocarril a a la casa de Bedell en Vermont.
Una durable y profunda amistad surgió entre ambas familias. Más tarde cuando los Bedell tuvieron otros dos hijos, les dieron el nombre de sus amigos, Bettie y James. 

Poco después de terminada la guerra los Van Metre recibieron a  los Bedell en su plantación de Virginia.
Cincuenta años más tarde ambas familias mantenían aún cordiales relaciones.  Entonces la Legislatura de Vermont aprobó una resolución por la cual se agradecía a Bettie su acto de bondad. Y en 1915, el día del aniversario del nacimiento de Lincoln, el gobernador, Charles Winslow Gates, presidió un banquete ofrecido en Westfield en honor de mi tía, y le entregó un pergamino en el que se recordaba su hazaña.

Todavía puedo ver chispear los ojos azules de Bettie y escuchar su risa. Y en algunas ocasiones, cuando los hechos que ocurren en nuestro tiempo me parecen casi increíbles, tomo el antiguo molinillo de café y saco la frágil carta que James escribió hace más de un siglo. Eso me recuerda que, por oscuro que pueda parecer el porvenir, el amor es todavía más fuerte que el miedo, y que los actos misericordiosos se ven a menudo premiados inesperadamente.


Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo LVIII, N° 349, Diciembre de 1969, págs. 139-144, Reader’s Digest México, S.A. de C.V., México, México.


 

Notas

Guerra de Secesión o Guerra Civil Estadounidense (1861-1865), fue un conflicto entre la Unión (el Norte antiesclavista) y la Confederación (el Sur esclavista y  secesionista).

Abraham Lincoln (12 de febrero de 1809-15 de abril de 1865).- Político y abogado estadounidense. Fue el decimosexto presidente de los Estados Unidos (1861-1865).

Valle de Shenandoah.- Valle situado principalmente  en el estado de Virginia y en parte del de Virginia Occidental (Estados Unidos).

Jugo.- Zumo, concentrado, néctar, caldo, etc. 

Ilegible.- Que no puede leerse. Sinónimos: indescifrable, ininteligible, incomprensible.

Escaramuza.- Refriega de poca importancia sostenida especialmente por las avanzadas de los ejércitos. Lucha, contienda, enfrentamiento,  pleito, disputa, pelea. etc.

Zarrapastroso/sa.- Desaseado, andrajoso, desaliñado y roto.  Desaseado, desaliñado, andrajoso, desastrado, astroso, harapiento, sucio, descuidado, adán.

Ordenanza.- Milicia.  Soldado que está a las órdenes de un oficial o de un jefe para los asuntos del servicio.

Demacrado.-Que muestra demacración (Acción y efecto de demacrarse). Consumido, macilento, enfermizo, delgado, pálido, flaco, descolorido, mustio, etc..

Entrepiso.- Piso que se construye quitando parte de la altura de uno, entre este y el superior. Entreplanta, altillo. DLE RAE


lunes, 11 de agosto de 2025

Un gato venido a menos

 


¿Quién era aquel excéntrico visitante nocturno, aquel furtivo felino que tenía siniestra facha de un traicionero doble agente?
 

Por Franklin Russell


Los ojos que con insana fijeza miraban a través de la ventana del dormitorio hicieron gritar a Jackie, mi esposa. El viento y la lluvia de una tormenta invernal azotaban la ciudad, sumida en tinieblas.

Mientras me incorporaba sobresaltado en la cama, la cara de la ventana desapareció de pronto, allá, abajo. Oímos un ronco y fuerte chillido en el patio, y tintineaban los muebles metálicos.

Jackie y yo bajamos corriendo por las escaleras del frente, mientras nuestros dos hijos, Michael y Alexander, se precipitaban ruidosamente por las escaleras de atrás. Nos reunimos todos en la puerta del frente y la abrimos.

Allí estaba, con una pata alzada a medias, el gato de aspecto más diabólico que haya yo visto: flaco como un fideo; su cola absurda, delgada como mi dedo meñique, remataba en una espesa bola de pelo en la punta. Pero lo que más me impresionó fue aquella cara, de mirada tan maliciosa y como de reojo.
Alexander, de cinco años, lo etiquetó enseguida: 
—¡Es un minino espía!
Michael, que ya tiene 13, lo describió con más precisión:
—¡Ese es un espía fracasado!

A todas luces el gato, había participado en algún caso muy peliagudo. Tenía el pelaje empapado y salpicado de lodo. Con una sacudida y un maullido ―gruñido que después descubrimos servía para todo, pues lo mismo indicaba placer que disgusto―, me hizo seguirlo después de atravesar la sala, hasta la cocina. Allí metió una pata como gancho, sucia de lodo, en el reborde de la puerta del refrigerador, y la abrió de un tirón.

Al saltar dentro, volcó una botella llena de leche. Esto lo asustó a tal grado, que saltó hacia arriba, desenganchó la bandeja superior y derribó cuanto allí había sobre su cabeza. Lanzó su inolvidable chillido, y a duras penas logró salir de este lío.

Silvestre —como lo llamó Alexander, por su parecido con el personaje de una caricatura de la televisión— no era un animal cualquiera. Se colaba furtivamente en todas las habitaciones, temblando. Se escurría dentro de los roperos y alacenas, y se metía en los cajones. Mientras nos desayunábamos oíamos los ruidos sordos, golpes metálicos y estrépitos que pregonaban su descubrimiento: no deseaba estar adonde se había metido. Y seguía metiéndose en el refrigerador. Tras una semana de volver a poner las cosas en su sitio, una y otra vez, decidí cerrar esa puerta con un alambre.

No sé cómo, Silvestre se las ingenió un día para soltar el agua del excusado del piso alto, y corrió escaleras abajo, empapado y corriendo como loco. Al hacer una revisión secreta de la aspiradora, la puso en acción y, en su desesperado salto para evitar que lo tragara la máquina infernal, derribó del aparador toda la vajilla de plata.  Me acostumbré tanto a sus carreras por las escaleras, hacia arriba o hacia abajo, huyendo de cualquier cosa que lo persiguiera, que empecé a caminar arrimado a la pared.

Los niños estaban encantados con su nuevo compañero. Michael descubrió la pasión de Silvestre por el caviar, señal evidente de que era un espía que había conocido tiempos mejores, más clásicos. Con el tiempo, tuve que colocar una cerradura en la alacena para evitar que Michael acabara con la modesta provisión de delicias gastronómicas que guardaba mi esposa.

Silvestre era amistoso con los niños, quizá porque comprendía que, hasta ahora, ningún agente soviético se ha disfrazado de niño.

Cuando los muchachos se iban a la cama, los seguía, sacudiéndose y gimiendo. Apartaba las ropas de cama y se metía a hurtadillas en los lechos. Trataba de meterse debajo de los pies de los niños. Allí, al parecer, sentía cierta seguridad.

Al cabo de varias semanas, nos preguntamos al fin por qué teníamos que soportarlo.

Jackie, que a acababa de perder varios vasos de fino cristal, dejados unos segundos cerca del fregadero para que se secaran, señaló: ʺMiren: es adorable y todo lo que ustedes gusten, pero yo digo que su lugar está afuera. No me importa quién esté persiguiéndoloˮ.

Estuve de acuerdo con ella. Aunque seguíamos alimentándolo, Silvestre sólo tenía afuera una misión: regresar adentro. Nos hicimos fuertes ante su cara de víctima que nos miraba desde las ventanas. Pero una noche en que teníamos invitados a cenar, vi que se instalaba en el antepecho de la ventana, y sospeché que algo tramaba.  La expresión de su rostro era dura; decidida.

Nos dejó terminar la sopa, y entonces empezó un maullido de angustia. Todos los invitados se quedaron pasmados con los tenedores en el aire. Al punto, Silvestre empezó a golpear de cabeza contra el vidrio.

Sus chillidos parecían los de un alma inocente, injustamente castigada por amos sin corazón, que se hartaban de comer, mientras él se moría de hambre.

Uno de los invitados opinó: ʺMe parece que es un poco injusto para el gato, ¿no creen?ˮ

¿Cómo podríamos explicar nuestras razones?

Deberíamos haber imaginado, en todo caso, que, como experimentado agente secreto, Silvestre idearía un modo de meterse en la casa. Sabíamos que era increíblemente ágil, ya que había demostrado su pericia en subir al piso alto la noche de su llegada, ascendiendo por la enredadera hasta la ventana de nuestra alcoba. Yo creía haber tapado todas las entradas, pero poco después de aquella fiesta Silvestre empezó a aparecer dentro de casa todas las mañanas.

ʺSe meta como se meta, al hacerlo, se ensuciaˮ, dijo Michael, pero olvidó confiarnos que sus sábanas se iban ennegreciendo lentamente.

Una noche, me quedé despierto leyendo hasta muy tarde; Silvestre debió suponer que no había moros en la costa. Pensé que un pájaro se habría metido en la chimenea, aunque nunca había oído maullar a un pájaro. De pronto, Silvestre salió del tiro de la chimenea, con ojos de loco y retorciéndose.

Su dieta revelaba algo de la condición social que había tenido antes de la época de sus tribulaciones, cualesquiera que hayan sido. Se atragantaba con la comida ordinaria para gatos, enlatada, que le comprábamos. Tras mucho probar y fracasar, finalmente logré que comiera bistecs de primera calidad, ligeramente asados. Silvestre nunca ronroneaba, lo que parecía compatible con el código de espionaje de jamás revelar las emociones, pero sus gemidos me decían que esa era la comida a la que había estado acostumbrado toda su vida. Su pelaje se tornó lustroso. El pelo empezó a crecerle en la espigada cola. Estaba volviendo a lo que había sido antes de su aterradora vivencia en la tormenta. El antes paranoide e histérico Silvestre ya no se metía a hurtadillas en las habitaciones. Caminaba con aplomo. Dormía a pierna suelta.

Luego, empezó a rechazarnos. Abandonaba deliberadamente la sala en cuanto yo entraba. Ya no dormía debajo de los pies de los niños. En cambio, dormía solamente encima de la antigüedad más apreciada de Jackie, un sofá con forro de color crema y dorado.

También empezó a cambiar su actitud frente a los visitantes. Al principio, corría hacia el desván en cuanto sonaban pasos extraños. Ahora hacía fiestas a muchas de las personas que acudían a casa. Nunca había presenciado tan nauseabunda insinceridad. Se sentaba en el regazo de los visitantes, les lamía las manos, gemía dulcemente en su honor.

Pero no se crea que no hacía distingos. ¿Era imaginación mía que Silvestre decidía cómo tratar a la gente según los automóviles que conducían? Más de una vez vi que se alejaba con desdén de algún sedán de fabricación nacional. Era como si se encontrara otra vez con comida de lata.

La mayoría de nuestros amigos eran personas modestas, no aficionados a coches lujosos ni a ropas caras. Pero al empezar el verano, recibí de pronto la visita de un viejo amigo, que se había enriquecido en empresas de espectáculos. Él y su linda esposa llegaron a casa en un Rolls-Royce convertible, flamante. La ropa que llevaban era de Christian Dior y de Gucci. Silvestre no perdió el tiempo, y desplegó todas sus gracias.

Al cabo de una hora, la linda esposa de mi amigo exclamó: ʺ¡Quiero este gatito!ˮ

Cuando salimos a despedirnos de nuestros amigos, Silvestre estaba sentado en la capota doblada del Rolls. Me di cuenta de que aquel era el adiós definitivo. 

Abrí la reja que daba al camino de grava. Entonces se me ocurrió que, desde el principio, esta modesta casita nunca había armonizado con el estilo y la distinción de Silvestre. Mi viejo automóvil habría sido el hazmerreír en el mundo del que él había venido.

El Rolls se deslizó junto a mí. Silvestre iba sentado en posición erguida sobre el regazo de su nueva y bella dueña, con los ojos fijos adelante, ronroneando ―sí, ronroneando— por el camino, para reanudar su fascinante y lujosa vida anterior sin lanzar ni una mirada hacia atrás.
 

Ilustración: Victoria Chess


Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo XCI, Año 46, Número 548, Julio de 1986, págs 14-17, Reader’s Digest Latinoamérica, S.A., Coral Gables, Florida, Estados Unidos



Notas
 
La foto de la ilustración de la revista (página 14) es mía. La hoja ya está amarilla por el tiempo
 
Furtivo.- Que se hace a escondidas. 
Sinónimos: clandestino, solapado, disimulado, subrepticio, oculto, cauteloso, sigiloso. DLE RAE

No hay moros en la costa.- La expresión «hay moros en la costa» es un modismo en español que se emplea para advertir que hay peligro inminente o que alguien está vigilando y podría descubrir algo que se desea mantener en secreto. Esta frase sugiere que es necesario extremar las precauciones y estar alerta ante situaciones de potencial riesgo. laspalabrassdescarriadas.es

Espigada/do.- Alto, crecido de cuerpo.
Sinónimos: esbelto, alto, delgado, grácil, estirado, crecido, larguirucho.

Aplomo.- Gravedad, serenidad, circunspección.
Sinónimos: serenidad, gravedad, circunspección, confianza, seguridad, compostura, mesura, calma, tranquilidad, imperturbabilidad, sensatez, flema.
Fuente:  DLE RAE
 
 
Hay otros relatos sobre gatos, perros y otros animales que compartiremos si el tiempo nos lo permite.

sábado, 2 de agosto de 2025

Mi Personaje Inolvidable II

Por Jorge Obligado
 
JUGABA yo a la pelota contra la pared del granero cuando oí el ruido de un motor. Los automóviles no eran comunes hace medio siglo en la zona de la Argentina donde estaba nuestra estancia, situada a 160 kilómetros al norte de Buenos Aires, de modo que corrí hacia el camino, a tiempo que un extraño vehículo cruzaba el portón. Era un Ford modelo T, pero no tenía carrocería ni asientos. El gaucho que lo conducía iba cómodamente sentado en su silla de montar, o recado, sujeta al depósito de la gasolina.

De su muñeca derecha pendía el corto y pesado rebenque, como si acostumbrara a usarlo para azuzar al Ford. Detrás de él se veía un fardo con sus efectos personales, amarrado con cuerdas a una tabla atornillada al chasis, y coronado por su guitarra. 
Al verme se detuvo, y me preguntó:
―¿Está su padre en casa?
―En el jardín probablemente.
―Haga el favor de llevarme hasta él.

Yo tenía entonces diez años, y me jactaba de no obedecer jamás una orden sin discutirla antes, pero de aquel hombre emanaba una serena autoridad que me impresionó. Lo conduje al jardín, donde mi padre enseñaba a un peón cómo armar una tubería de agua. El recién llegado se quitó el sombrero y dijo:
—Buenos días, señor. Me llamo Patricio O'Connell; nací en la estancia de al lado donde mi padre era mayordomo. Ahora vengo de la región andina y busco trabajo. ¿Tendría usted algo para mí? Sé hacer muchas cosas bien.
El apellido extranjero no sorprendió a mi padre, pues había varias familias irlandesas en la zona. Consideró un momento la faz aguileña, cuyas varoniles facciones estaban suavizadas por un cutis sonrosado que el sol, la lluvia y el viento no habían conseguido oscurecer, y por unos ojos verdes y soñadores.  Tendría ese hombre unos cincuenta años, y vestía la indumentaria típica de los gauchos contemporáneos: blusa negra y corta, amplias bombachas que desaparecían en unas botas de media caña, y ancho cinturón de cuero ornado con monedas de plata.
―No, Patricio ―repuso―. No puedo ofrecerle nada por el momento.
El forastero no se inmutó. Se puso el sombrero de fieltro y lo echó desdeñosamente sobre la nuca; luego miró en torno y dijo:
―¿Me permite que le pregunte para qué instala esa cañería?
―Pienso construir una pequeña fuente ―explicó mi padre―. La tubería no se verá y el agua, al surgir de entre unas piedras, parecerá provenir de un manantial.
―No me gustan las cosas artificiales afirmó Patricio.
—¡Pero, hombre, estamos en la pampa! No encontrará usted una fuente natural en cien kilómetros a la redonda —repuso mi padre.
—Pues yo creo que hallaré una —dijo Patricio. Y tomando la pala de manos del asombrado peón, agregó:
—Venga conmigo señor, si no le es molesto.
Seguimos a Patricio hasta el fin del jardín, y descendimos tras él por la barranca boscosa hasta que llegamos a un claro sombreado por un gran ceibo. El gaucho inspeccionó cuidadosamente el talud de tosca detrás del árbol, luego cavó en cierto lugar con la pala, y al punto surgió un hilo de agua que serpenteó a nuestros pies.
―Descubrí este manantial cuando jugaba aquí de muchacho ―explicó―. En unos pocos días yo podría construir una linda fuente… y sería natural.
―No tengo alojamiento para usted ―protestó mi padre, vacilando.
―Eso no importa; me haré un rancho, y un cobertizo para el automóvil.
―Pero yo creía que usted había venido a caballo ―observó mi padre, indicando el rebenque.
―¿Lo dice por el talero? Ah, no viene mal cuando hay una pelea. No me gustan los cuchillos.
―Muy bien, puede usted quedarse, pero sólo hasta que termine la fuente.
―Pierda cuidado, no me quedaré ni un día más ―contestó el gaucho orgullosamente―. Me gusta cambiar de querencia.
Y volviéndose a mí, agregó:
—Voy a necesitar un rollo de alambre para mi casa. ¿Quiere usted venir conmigo al almacén?
Cuando volvimos al lugar donde esperaba el Ford, me tomó en brazos y me puso sobre el depósito de gasolina, y partimos en lo que a mí me pareció el más apasionante de los automóviles.
—¿Qué le ocurrió a la carrocería? ¿Tuvo usted un accidente?
—Yo no, pero un amigo volcó su coche en una cuneta, y la carrocería quedó inservible. Entonces le ofrecí la mía, porque él tiene familia.


Varios caballos esperaban entre el polvo frente a un almacén campestre, una tienda donde los clientes podían comprar de todo, desde una trilladora hasta un sombrero de señora, y luego emborracharse para olvidar cuánto habían gastado. Mi padre solía hacerme esperar fuera, pero esta vez entre allí orgullosamente con Patricio. Una vez elegido el alambre, me hizo acercar al mostrador de las bebidas y pidió dos naranjadas.
Un peón gordo y pendenciero que ya había tomado unas cuantas copas, se echó a reír con sorna.
—¿Naranjada, un hombre grande?
—No, gracias, amigo. Otro día.
—¡Nadie se ha atrevido nunca a rechazar una invitación mía! —repuso el peón, provocativo.
—Bueno, ahora alguien se atreve… Hace calor aquí, ¿verdad?
Y Patricio se arremangó la manga izquierda de la chaqueta, mostrando el robusto antebrazo surcado de cicatrices, recuerdo de sendas luchas. El gordo profirió un juramento, arrojó una moneda sobre el mostrador y se marchó.
Más tarde supe que Patricio había sido famoso por su carácter belicoso y por la destreza con que manejaba el cuchillo. Pero en una ocasión hirió de gravedad a un hombre, y aunque el juez falló que había obrado en defensa propia, desde aquel día abandonó el alcohol y las pendencias. Si lo provocaban y la situación se ponía peligrosa, tomaba el rebenque por la lonja y con él desarmaba a su adversario.
Cuando regresamos a la estancia, Patricio eligió para levantar su choza un sitio desde el cual se dominaba el río. Cortó seis troncos de álamo y los clavó en el suelo formando un rectángulo; luego los unió con diez filas de alambre e intercaló entre ellos numerosas varas.


A la mañana siguiente tragué mi desayuno casi entero, tan ansioso estaba de reunirme con mi nuevo amigo. Ensillé a Coco, mi petizo, y galopé a su encuentro. Lo hallé cavando el piso de un pequeño corral que había hecho cerca del esqueleto de su choza.
—Vino a caballo; bien, entonces podría traerme agua del pozo.
Uncí a Coco a un barril montado sobre dos ruedas y comencé a hacer viaje tras viaje para llevar agua a Patricio. Éste había echado mientras tanto paja sobre la tierra removida, y después de vaciar allí varios toneles, comenzó a hacerse barro.
Entonces Patricio desensilló a Coco y lo obligó a entrar en el recinto cerrado.
—Al petizo no le gusta el barro ―dije.
―Si usted no tiene inconveniente en ensuciarse las manos, él bien puede ensuciarse los cascos. Hágalo pisar continuamente ―dijo, dándome un látigo―. Yo iré mientras al río a buscar totora para el techo.
Coco ofrecía un aspecto lamentable; fango y sudor chorreaban de sus flancos. Cada vez que alzaba una pata hacía un ruido como si descorchara botellas de vino. Dos horas más tarde regresó Patricio y anunció que la mezcla tenía ya la consistencia debida y que podía comenzar a rellenar las paredes. Tomando manojos de paja impregnada de barro, los retorcía hasta convertirlos en lo que él llamaba chorizos y los colgaba en los hilos de alambre que unían los postes. Pronto la armazón quedó completamente cubierta. A la mañana siguiente comenzamos a revocar las superficies exteriores e interiores con barro fresco, y dos días después la casa estaba lista.


Patricio pronto se hizo indispensable en la estancia. Podía reparar la locomóvil, arreglar la máquina de coser de mi madre, cambiar las válvulas de cuero de la bomba o ayudar a la vaca que tenía una parición difícil. Observando la luna predecía si el mes iba a ser lluvioso o seco, y discutía gravemente con mi padre la elección de las diversas semillas para la siembra. 
Cuando elogiábamos sus muchas habilidades, respondía con genuina modestia:
―No es que me guste trabajar, pero algo crece en mí como el diente en la boca de la rata, y tengo que gastarlo.

El capataz se puso celoso, pero Patricio no aspiraba a ocupar su empleo. La idea de arraigarse en cualquier parte le disgustaba.

A la puesta del sol, una vez terminado su trabajo, se sentaba frente a su rancho a tocar la guitarra y a cantar. Los otros gauchos y peones se reunían en torno para escucharle. Algunas veces otro gaucho lo desafiaba a una payada, especie de certamen en verso en el cual un trovador de la pampa, o payador, hace a otro preguntas rimadas, y su adversario debe darle respuesta cabal en la misma forma. Patricio generalmente salía triunfante de la prueba.

Era excelente jinete, y en una ocasión pidió a mi padre que le reservase el potro más arisco para domarlo. Un domingo los peones enlazaron uno de fiero aspecto y lo amarraron a un poste dentro del corral. Cuando el caballo sintió la silla, se echó para atrás resoplando, y por poco se estrangula. Pero entonces Patricio se acercó a él y, poniéndole la mano en la cabeza, comenzó a palmearle suavemente el cuello, hablándole al mismo tiempo con una voz grave y sedante que pareció atravesar la muralla del miedo y calmar a la bestia.
―Abran la puerta —ordenó entonces Patricio—. El potro está asustado y quiere huir. Lo dejaré, pero tendrá que llevarme consigo.
Desató el cabestro y saltó en la silla. El animal se abalanzó hacia adelante e inició un furioso galope por la llanura. Caballo y hombre se alejaron tanto que se convirtieron en un mero punto próximo a desaparecer en el horizonte, de pronto los vimos describir un amplio semicírculo y volver hacia nosotros. Cuando llegaron al corral el caballo estaba tan exhausto que ni los gritos de bienvenida lograron conmoverlo.
―Patricio, ¡yo quería verlo corcovear pero usted no lo dejó! ―me quejé, indignado.
―Hay dos maneras de domar un potro ―respondió con calma mi amigo―. Una es demostrar que uno es más animal que él, y la otra es convencerlo de que uno es un ser racional y su lógico dueño.
―Usted condujo muy bien a ese caballo ―elogió mi padre.
―La pampa es la verdadera domadora —contestó Patricio—. Es demasiado grande para que alguien pueda rebelarse contra ella.


Llegó el otoño antes de que la fuente estuviese terminada, pero la demora no fue culpa de Patricio. Siempre había alguna cosa que requería sus servicios. La tormenta había destrozado la rueda del molino o hecho volar las tejas del techo del granero; un toro había roto la alambrada; el bote hacía agua o la chimenea de la cocina estaba obstruida, y Patricio era la persona indicada para reparar esos desperfectos. Mas por fin concluyó la fuente.

Un hilo de agua corría a lo largo de un acueducto de cemento y se vertía en un pequeño lago en cuyo centro se alzaba una isla en forma de volcán. De su cráter saltaba otro chorro hasta unos 15 centímetros de altura. Las paredes estaban adornadas con conchas marinas, y los caracoles que allí vivían habían contribuido a la decoración con sus hileras de huevos rojos.

Para celebrar el acontecimiento mi padre invitó a unos 30 vecinos, e hizo colocar mesas y bancos bajo el ceibo. Patricio se hizo cargo del asador donde se cocinaban al aire libre dos corderos. Una vez terminada la comida, y cuando ya el vino tinto de la región había circulado libremente, le pedimos que cantara algo. Sin hacerse rogar afinó su guitarra y entonó algunas estrofas de “Martín Fierro”, el clásico poema argentino que cuenta la triste suerte de los primeros gauchos, enviados a la frontera a luchar contra los indios mientras extranjeros y habitantes de las ciudades prosperaban en sus tierras. Terminó con una endecha que me llenó de tristes presentimientos porque parecía un adiós.

Se puso de pie bruscamente y desapareció. Traté de ir con él, pero dos señoras de edad me detuvieron, esforzándose por descubrir de qué abuelo o abuela había heredado yo mis ojos y mi nariz.

Cuando por fin me desembaracé de ellas y corrí hacia la choza de mi amigo, oí el ruido del motor del Ford. Patricio había amarrado ya el fardo sobre el chasis y puesto la guitarra encima de él. En el momento en que llegué aseguraba la cincha del recado en torno al depósito de gasolina.
—Patricio, no se vaya, ¡por favor! —imploré, aferrándome a su breve chaqueta negra.
—Debo irme —contestó y agregó con voz solemne:
—He oído que a 400 kilómetros de aquí, en un lugar llamado Tandil, hay una gran piedra que pesa muchas toneladas y se mueve continuamente de un lado a otro, pero tan despacio que para notarlo hay que poner una botella junto a ella. 
Uno espera, y al poco tiempo la botella se rompe, lo que prueba que la piedra se mueve de verdad. 
Es difícil creerlo; tengo que verlo con mis propios ojos.
—¡Lléveme con usted!
―Usted sabe que eso es imposible ―respondió él, sonriéndome afectuosamente—. Espere, le dejaré un recuerdo.
Buscó entre sus cosas y me ofreció un cuaderno escrito con su torpe letra.
―Aquí están mis canciones, esas que a usted tanto le gustaban.

No pude agradecerle porque las lágrimas me lo impedían. Me alzó en sus brazos poderosos y me besó en la frente; luego se encaramó al depósito de gasolina y partió. Yo permanecí largo rato viendo cómo la nube de polvo se posaba sobre la pampa.

Hace unos días encontré ese cuaderno medio deshecho, y al volver a leer los versos reconocí en ellos las tentativas ingenuas de un hombre inculto, pero capaz de interesarse por todo. Filósofo nato, maestro inconsciente, poeta, músico, mecánico y domador, Patricio estaba siempre dispuesto a seguir todos los caminos que se abría ante él, y gozaba al participar en la infinita variedad del mundo. Para él la existencia tenía amplitud de pampa, y supo grabar esa lección en el alma de un niño que hoy, ya hombre, lo recuerda con agradecimiento, porque su ejemplo le ayudó a adaptarse a otro género de vida y a otro país.


Revista Selecciones del Reader's Digest, Tomo XLV, N° 271, Junio de 1963, págs. 105- 114, Reader’s Digest  International, Inc., 270 Park Avenue, Nueva York, Nueva York, Estados Unidos
 

Notas

El relato por sus detalles con respecto a la pampa  y a los gauchos, me hizo recordar a la novela Don Segunda Sombra (1926),  del escritor argentino Ricardo Güiraldes (1886-1927).

Los significados son del Diccionario de la RAE o de otras fuentes, según como se usan en Sudamérica.

Estancia.- Hacienda de campo destinada al cultivo, y más especialmente a la ganadería. 

Gasolina: Nafta, gasoleno, bencina, gasolín, ligroína, etc.

Rebenque.- Látigo recio de jinete.

Azuzar.- Irritar, estimular, hostigar, incitar, excitar, espolear, aguijar, aguijonear, instigar, pinchar, irritar, avivar, animar, estimular, enardecer, etc. 

Bombacha.- Calzón o pantalón bombacho.  

Ornar.- Adornar, decorar, aderezar, engalanar, etc.

Barranca.-
1. Quiebra producida en la tierra por las aguas. Barranco, quebrada, rambla, torrentera.
2. Despeñadero, precipicio, barranco, etc.

Ceibo.- Erythrina crista-galli, el seibo o ceibo es un árbol de la familia Fabaceae originario de Sudamérica.
Se distribuye por el noreste y centroeste de Argentina, el este de Bolivia, el sur de Brasil, gran parte de Paraguay y casi todo Uruguay. Wikipedia

Talud.- Inclinación del paramento de un muro o de un terreno. Pendiente, declive, ladera, cuesta, desnivel, etc.

Tosca.- Piedra caliza porosa que se forma de la cal de algunas aguas.

Talero.-  Americanismo.  Látigo corto y grueso con mango de madera. wordreference.com

Cuneta.-  Zanja en cada uno de los lados de un camino o carretera para recibir las aguas llovedizas. Canal, desaguadero, acequia, etc.

Sorna.- Disimulo y bellaquería con que se hace o se dice algo con alguna tardanza voluntaria. Ironía, burla, sarcasmo, cachita, etc.

Chaqueta.- Prenda exterior de vestir, con mangas y abierta por delante, que llega por debajo de la cadera. Americana, chupa, chaquetón, blazer, etc.

Petizo (petiso).- Caballo de poca alzada. Caballo manso y dócil que se utiliza para el trajín doméstico.

Uncir.-  Atar o sujetar al yugo bueyes, mulas u otras bestias.

Totora.- Planta perenne, común en esteros y pantanos, cuyo tallo erguido mide entre uno y tres metros, según las especies, y que tiene uso en la construcción de techos y paredes para cobertizos y ranchos.

Revocar.- Enlucir o pintar de nuevo por la parte que está al exterior las paredes de un edificio, y, por extensión, enlucir cualquier paramento (cada una de las caras de la pared).

Locomóvil .- Dicho especialmente de una máquina de vapor: Que puede llevarse de un sitio a otro por estar montada sobre ruedas.

Cabestro.- Ronzal que se ata a la cabeza o al cuello de la caballería para llevarla o asegurarla. Brida, cuerda, dogal, etc.

Corcovear.- Dar corcovos (Salto que dan algunos animales encorvando el lomo).

Martín Fierro.- Poema narrativo escrito por el poeta y militar argentino José Hernández (1872).

Endecha.-  Canción triste o de lamento. 

Tandil.- Ciudad argentina en el partido (municipio) del mismo nombre,  en la provincia de Buenos Aires.

Piedra Movediza de Tandil.-  Sobre esta piedra movediza consúltese aquí.

jueves, 17 de julio de 2025

Sombra de Duda

Una clásica defensa criminal


Por Fulton Oursler


HACE 41 años, un tahúr de Omaha fue sometido a juicio por haber tratado de volar en pedazos a su peor enemigo. Ello fue causa de un inusitado revuelo en el tribunal y constituyó un ejemplo clásico de defensa criminal y de ingeniosidad para salvar el caso cuando ya parecía perdido.

El lunes 23 de mayo de 1910, John O. Yeiser, abogado de Omaha, leyó en el periódico de la mañana la noticia de un atentado contra la vida de uno de los más poderosos políticos de la población. Llamémosle Jack Plenister. Antiguo empresario de juegos en la frontera, ahora era el amo de una camarilla política, y se decía que cobraba un porcentaje de las utilidades a todo juego de suerte y azar que funcionaba a 800 kilómetros a la redonda de Omaha.

Precisamente a las 2 y 50 minutos de la tarde anterior, Jack Plenister, que regresaba de dar un paseo, vio una maleta en el porche principal de su casa. Ya iba a recogerla cuando descubrió una cuerda que iba desde la cerradura de la maleta hasta la baranda del porche. Plenister telefoneó a la policía.
Los detectives cortaron la tapa de la maleta y pusieron a la vista un revólver con la cuerda amarrada al gatillo y colocado sobre un nido de tacos de dinamita.

Aquella información no acababa de satisfacer a John Yeiser. ¿Por qué un artificio tan fácil de descubrir como una cuerda blanca extendida a través del porche? Las dudas del abogado aumentaron cuando vio en los diarios de la tarde que ya había un sospechoso detenido.
¿Quién era el autor de la criminal maquinación y qué causas lo movían? El prisionero era Frank Erdman, un insignificante tipo pegadizo del grupo de jugadores del pueblo.
Hacía poco, había reñido con Plenister lo cual fue causa de que la pandilla lo sacara a puntapiés.
«Un compinche enfurecido en busca de venganza», fue la teoría policial del crimen.

Aquella noche John Yeiser se presentó en la cárcel y ofreció a Erdman sus servicios gratuitos de abogado. Pero Erdman sacudió malhumorado la cabeza.
―No hay para qué. Todo está contra mí. Claro, yo odio a Plenister. Y, peor todavía, no puedo probar la coartada; permanecí en mi cuarto hasta las últimas horas de la tarde de ayer, pero nadie me vio allí.
No tengo amigos, no tengo testigos, no tengo dinero para dar fianza de excarcelación. Esto es todo un plan para sacarme de en medio. Mejor es que no pierda su tiempo conmigo.
A pesar de todo Yeiser se convirtió en el abogado de Erdman, y cuando el caso llegó altribunal dijo a su cliente que estaba seguro de poder, por lo menos, poner en desacuerdo al jurado.
―No tienen las pruebas suficientes para declararlo a usted culpable «sin sombra de duda».

No perdió la confianza ni aun después que siete testigos, uno tras otro, juraron a haber visto a Erdman cerca de la casa de Plenister poco antes que la maleta de viaje fuese encontrada. Al repreguntarles, Yeiser obligó a cada uno de los siete testigos a reconocer que tenía relaciones con el sindicato de tahúres, y que por consiguiente tenían intereses directos en el caso.

El fiscal llamó entones a sus dos testigos principales: dos jóvenes hermanas.
Todo el mudo en la sala había estado haciendo conjeturas sobre esas chicas, porque los siete testigos decían haberlas visto, vestidas de blanco, pasar frente a la casa de Plenister. Y la declaración de las hermanitas fue sencilla, directa y especialmente dañina.

El domingo 22 de mayo las habían confirmado. Después de los servicios religiosos en la iglesia, regresaron a pie a su hogar, pasando por el frente de la casa de Plenister a las 2 y 15 de la tarde. Eran precisas en la hora y enfáticas en sus declaraciones. Habían visto a Erdman entrar por una callejuela situada detrás de la casa, y recordaban su cojera, su traje a cuadros y su gorra.
Al otro lado de la sala estaba el prisionero, con un vestido a cuadros. Cuando se le ordenó que se acercara al jurado, caminó cojeando. Cuando le pusieron en la cabeza una gorra a cuadros, reconoció que era la suya.

Un tanto alicaído, Yeiser se enfrentó con la chica mayor. Lo más que un defensor podía hacer con un testigo tan notoriamente veraz era explorar en busca de contradicciones con la esperanza de hacer vacilar la fe del jurado en su testimonio.
—¿Qué hicieron usted y su hermana cuando salieron de la iglesia?
―Nos hicimos retratar.
―¿Y a dónde fueron con tal objeto?
―A ninguna parte. Una amiga tomó la fotografía; nosotras no hicimos sino pararnos en las gradas de la iglesia.
―¿Tiene usted la fotografía?
― Sí, señor Yeiser. Aquí mismo en mi bolso.

En ese momento el juez declaró un receso de dos horas. Con la instantánea en el bolsillo, John Yeiser se dirigió a un restaurante vecino. 
Solo en una mesa estuvo cavilando mientras almorzaba. El testimonio de las muchachas había hecho casi invulnerable la tesis del fiscal.
Ahí estaba la instantánea que mostraba las gradas de la iglesia y de pie en ellas, con  sus largos trajes blancos de confirmación, a las dos pequeñas testigos. Nada había que pudiera darle esperanza alguna.
¿O quizás sí…? Un indefinible presentimiento surgió de pronto en la subsconciencia de Yeiser. ¿Qué era lo que estaba empezando a bullir en su mente? ¿Alguna pista no observada antes? ¿Algún detalle que pasó inadvertido? ¿Podría ser la sombra?
Había una sombra en la instantánea. Una sombra que cubría un amplio sector a la derecha, una mancha de forma irregular. ¡Qué exasperante tener algo que le revoloteaba en la mente sin que pudiera atraparlo!

De pronto le asaltó una idea. 
Dejó sin concluir el almuerzo, y pocos minutos después estaba en las gradas de la iglesia. Frente a él se alzaba la torre del campanario, cuyo reloj en ese momento dio una nota metálica. Rápidamente tomó un taxi, y 15 minutos después se bajaba frente al observatorio de la Universidad de Creighton. Golpeó a la puerta y dijo a quien salió a recibirlo: «Quisiera ver al astrónomo».

A LA mañana siguiente la sala del tribunal estaba repleta. Había volado la noticia de que John Yeiser iba a presentar una sorpresa. La tarde anterior había obtenido el aplazamiento del proceso, alegando que acababa de descubrir nuevas pruebas.

El primer testigo llamado fue un hombre bajito con sotana de sacerdote jesuita, el reverendo William Ridge, quien ocupó su asiento en el estrado manteniendo el sombrero eclesiástico sobre las rodillas.
—¿Es usted el profesor de astronomía de Creighton?
—Sí, señor.
—Voy a enseñarle una instantánea. ¿Es posible, mirándola, que usted nos diga a qué hora fue tomada?
―Sí —contestó el sacerdote—. Puedo decirles la hora con aproximación de un minuto.
―¿Y cómo puede estar seguro?
—Por el ángulo que arroja la sombra del campanario sobre la fotografía.
—¿A qué hora fue tomada?
—A las 3 y 20 de la tarde, si fue tomada el 22 de mayo.

El significado de esta declaración asombró al juez y a los jurados y confundió al fiscal del distrito. Ahí tenían la declaración de un experto que arrojaba duda sobre las aseveraciones de siete testigos, y la memoria de dos niñas de blanco. Si realmente habían visto a Erdman, entonces tenía que haber sido media hora después de encontrada la maleta.

Inmediatamente se derrumbó toda la acusación contra Erdman. El fiscal con sus preguntas no pudo hacer vacilar los cálculos del astrónomo. Durante toda la noche había estado entregado a hacer números, y por la mañana había trabajado con inspectores especiales en el sitio de la fotografía, entusiasmado con la idea de salvar del presidio a un hombre inocente.

Aunque el jurado declaró libre a Erdman, todavía quedaban gentes dudosas. Nadie, sostenían los escépticos, puede señalar la hora simplemente por la sombra de una instantánea. Pero un año después, y luego al cumplirse los dos años, el mismo día y a la misma hora, el jefe de detectives, el astrónomo y otros interesados en el caso, se reunieron en el atrio de la iglesia y se hicieron fotografiar allí. Y cuando se imprimió el negativo la sobra de la torre del campanario caía sobre ellos exactamente en el mismo ángulo de la instantánea original.


Condensado de «True Detective»

Revista Selecciones del Reader’s Digest, Noviembre de 1951, Tomo XXII, N° 132, págs. 38-41, Selecciones del Reader’s Digest, S.A., La Habana, Cuba


Charles Fulton Oursler (1893-1952) periodista, dramaturgo, editor y novelista estadounidense. Escribió novelas policíacas usando el seudónimo de Anthony Abbot.



Notas

Me he tomado la libertad con algunos pequeños detalles como la tildación o la conjugación para que el texto citado se vea más apegado a las reglas gramaticales actuales y se entienda mejor. 

Defensa Penal o Criminal.- Es una rama del derecho penal que se centra en proteger los derechos de las personas acusadas de cometer un delito. Este proceso busca garantizar que todo acusado tenga un juicio justo y una representación legal adecuada, conforme a lo establecido en la Constitución y las leyes aplicables.
Ya sea que una persona enfrente cargos menores o graves, la defensa criminal desempeña un papel crucial en el sistema de justicia, equilibrando el poder entre el acusado y el Estado, que generalmente cuenta con recursos significativos para procesar los casos.
Implica una serie de pasos y estrategias legales diseñadas para refutar o mitigar las acusaciones presentadas contra una persona. Su objetivo principal es garantizar que los derechos del acusado no sean violados y que reciba un tratamiento justo durante el proceso legal. alejolugolaw.com

Tahúr.- Jugador, ludópata. Fullero, tramposo, trilero, ventajista, cubiletero, etc.

Camarilla.- Conjunto de personas que influyen subrepticiamente en los asuntos de Estado o en las decisiones de alguna autoridad superior. Pandilla, banda, conciliábulo, conventículo, argolla, piña, rosca, etc.

Porche.- Espacio cubierto adosado a la fachada de un edificio.

Coartada.- Argumento de inculpabilidad de un reo por hallarse en el momento del crimen en otro lugar. Pretexto, disculpa, estratagema, excusa, justificación, pretexto, subterfugio, etc. 

Fianza.- Cantidad de dinero o bien material que se entrega como garantía del cumplimiento de una obligación. Aval, garantía, prenda, depósito. DLE RAE

Fianza (Estados Unidos).- La fianza es el dinero que paga el acusado como garantía de su comparecencia ante el tribunal en una fecha posterior . Si no se presenta, se activa la obligación de fianza y el tribunal puede retener el dinero entregado como garantía. law.cornell.edu

Receso.- Pausa, descanso, suspensión, interrupción. RAE

Universidad de Creighton .- Universidad privada, católica, de la Compañía de Jesús, situada en Omaha, Nebraska.