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jueves, 22 de octubre de 2026

El Corazón

Relato

 

Por Fazil Iskander

 

Ahora, en la planta alta del restaurante «Amra» la gente no sólo toma café, pide bocadillos o saborea una que otra botella de vino; muchos simplemente prefieren jugar al ajedrez. Víctor Andréievich y yo también nos sentábamos a veces ante un tablero libre. Aquella ocasión se perfilaba claramente su triunfo.
Hacía un día soleado y caluroso, nuestra mesa estaba bajo un toldo, una tenue brisa llegaba desde el mar… 

Víctor Andréievich culminó brillantemente la partida; como yo no pedía la revancha, él ―recostándose en el respaldo de la silla― me recompensó con el siguiente relato: 

― Varias veces me he encontrado en situaciones en que el miedo a la muerte, literalmente, llenaba todo mi ser, pero siempre, mejor dicho, casi siempre, lograba superarlo por estar preparado para tales casos. Desde muy joven me templé la voluntad, me acostumbré a la idea de que en ciertas circunstancias es indispensable aceptar la posibilidad de la muerte, y todo ello determinó muchas cosas. El gran lema de mi juventud era «no te dejes humillar ante nadie ni permitas que humillen a otros en tu presencia».

Y, sin embargo, no en el frente, sino aquí, en tiempos de paz, que he experimentado un verdadero e inimaginable miedo.
Hace unos diez años me aficioné, como tantos, a la pesca submarina. Me hice un fusil como no he visto otro, incluso entre los de producción extranjera.  Yo tenía una magnífica respiración, lo que no era de extrañar, pues había crecido junto al mar; desde muy pequeño aprendí a bucear, luego me dediqué al boxeo y al atletismo. No me resultaba difícil pasar 3 o 4 minutos bajo el agua. Cuando iba a cazar muy rara vez regresaba con las manos vacías. 

Cierta vez, al sumergirme cerca de un escollo, vi a un excelente cabezudo. Estaba, moviendo sus aletas, a unos centímetros de la roca. Me acerqué lo más sigilosamente que pude, apunté y apreté el gatillo.

Después de disparar, generalmente, el buceador sube a la superficie. Si el arpón se ha clavado en el pez, lo jala por el cordel, lo desprende de la punta, se lo cuelga en el cinturón y recarga el fusil. Si no ha acertado, o el pez, de alguna manera, ha logrado zafarse del arpón, él recarga el arma y se sumerge de nuevo. El arpón está amarrado al cinturón con un resistente cordel de fibra artificial.

Aquella vez no di en el blanco y empecé a subir a la superficie. Cuando me faltaba cerca de medio metro, de repente sentí que el cordel a que estaba atado el arpón, se tensó y no me dejaba avanzar. Comprendí que el arpón se había trabado en una grieta del escollo. Intenté encontrar el cuchillo que siempre llevo al cinto, pero recordé que lo había dejado en casa. El miedo comenzó a apoderarse de mí.  Traté de quitarme el cordel del cinturón, pero éste no cedía. El cordel era muy resistente y fue imposible romperlo bajo el agua sin punto de apoyo.

En aquel instante me sentí preso del pánico.  «Dentro de unos instantes perderé el sentido ―pensaba— y unos minutos más tarde mi cadáver estará meciéndose a sólo medio metro de la superficie. Y, por supuesto, nadie sabrá dónde me he metido». Miré hacia arriba y vi, a través del grosor del agua, el deslumbrante oro del disco solar. Por instinto, alcé la mano sobre el agua, como tratando de agarrarme del aire para poder salir.

Entonces, casi perdiendo el sentido, decidí probar lo único que me quedaba: sumergirme hasta el escollo, apoyar en él los pies y tirar del cordel con todas mis fuerzas. Si se rompía estaba salvado, si no, perdido. Ya casi asfixiado buceé con la única idea de no perder el sentido antes de que alcanzara el escollo. Guiándome por el cordel en las manos, llegué junto a la roca, afirmé en ella los pies, jalé el cordel haciendo un esfuerzo sobrehumano y… me desmayé. 

No sé cuántos segundos o minutos habrán pasado hasta que recobré el conocimiento en la superficie. Me sentía como si me acabase de despertar en la mañana después de un grave ataque de fiebre palúdica: estaba hecho pedazos. La costa se veía a unos 500 m. Me esforcé por alcanzarla. Y, por primera vez en la vida, nadando hacia la orilla, tuve miedo de ahogarme por debilidad, y el mar, querido desde la niñez, me daba asco, me parecía repugnante, un tibio y fangoso pantano.

En la costa tosí para que saliera el agua de los pulmones y la vomité del estómago. Estuve acostado un rato y me arrastré hacia mi casa, que se encontraba frente al golfo donde pescaba.

Unos diez días me siento mal, pero luego mejoro. Una vez entro en el mar y empiezo a nadar. A unos quince o veinte metros de la orilla siento que el corazón da un extraño latido doble y se para.
Quizás, unos dos o tres segundos… no sé. Pero la sensación es sumamente desagradable.

Recordé que en la víspera tomé unos tragos y decidí que esa era la causa. Nunca antes había sufrido del corazón, me sucedió por primera vez.  Me puse a nadar de nuevo. De golpe siento otro latido doble, como que se me ha parado el corazón y estoy a punto de ahogarme. Nadé hacia la orilla con cuidado, temiendo afectar el corazón.

A la mañana siguiente me meto en el mar de nuevo, poniendo atención en los latidos del corazón. Todo parece estar en orden. Efectivamente, pienso, los años no pasan en balde y el corazón empieza a fallar después de unos tragos. Ya no había terminado de decirme esto, cuando se repite la historia del día anterior. Me enojo muchísimo y resuelvo continuar nadando, sin darle importancia al asunto. Y otra vez lo mismo.  Sigo nadando. ¡Vuelve a repetirse!
Entonces no puedo aguantar más. Lo principal es que uno siente que el corazón sólo por casualidad se paró esos dos o tres segundos, que en realidad puede dejar de latir un plazo mayor. En ese caso, ¡adiós a todo! 

Voy al médico. El terapeuta me ausculta, hace un electrocardiograma y, a fin de cuentas, dice: 
―Su corazón funciona como si usted tuviese 20 años. No comprendo nada, debe consultar a un siquiatra.

Me presentan a un siquiatra que goza de fama. Durante nuestra conversación él me escucha, inclinando la cabeza como si fuera un gallo molesto, y cualquier cosa que le digo no le place.

Me interrumpe, derrochando un torrente de términos, pero no puede explicar qué me ha pasado.  Después de que le conté todo sobre la pesca submarina y la natación, él, como sugiriendo que le he ocultado lo más importante, dirige la charla hacia el tema de mi «majoliot».

Alguien le habría dicho que estoy construyendo un aparato volador que se mueve con la fuerza muscular del piloto.  Pregunta desde cuándo me ocupo de esto, recomienda que recuerde si se me presentó la imagen del «majoliot» después de la contusión en la guerra; cuáles son mis máximos objetivos; qué lesiones recibí tras la caída y cosas por el estilo.  Trato de explicarle, tranquilamente, que estoy haciendo el «majoliot» desde hace mucho tiempo y que ello no tiene nada que ver con lo que me ha sucedido en el mar.
―Yo sé mejor que usted qué tiene que ver ―me interrumpe.

Y, nuevamente, inclinando la cabeza como un gallo, pone una cara de pocos amigos y diagnostica que si no dejo de construir el «majoliot» en mí irá creciendo el sentimiento de inadaptibilidad, primero en el mar (ya empieza), luego en la tierra, y después ―cuando, por lo visto, me haya chiflado por completo― voy a proclamar el aire como mi único hábitat.

Quizás exagere un poco, pero ―palabra de honor― estaba frente a un auténtico loco vestido de médico. Cuando al contestar su semipregunta-semiafirmación, le dije que no tuve ningún antepasado anormal, él simplemente se salió de sus casillas.

En una palabra, apenas pude dejar con vida el consultorio de aquel hombre. Pero, ¿qué hacer? 
Intenté nadar varias veces, todo volvió a repetirse.  Entonces saqué la triste conclusión de que tendría que dejar la natación y la caza submarina.

No obstante, por medio de una lancha mantenía mis nexos con el mar. En las horas de ocio podía pescar en lancha, como hacía en efecto. Pasó un año. No me bañé más en el mar y regalé a un amigo mi exclusivo fusil. 

Una vez, en abril, estaba pescando, a un kilómetro de la costa, con un niño, hijo de nuestros vecinos. Era un muchachito de diez años, encantador, de pícaros ojuelos negros, una copia exacta de su abuelo, amigo de mi padre. 
Vivía con su madre y con su abuelo. El padre había abandonado a la familia. En parte, tal vez por eso el niño venía a mi casa: observaba fascinado, durante horas y horas, la construcción de mi «majoliot»; a veces yo lo llevaba a pescar.

Pescamos jureles sin cebo. El pez pica bien, pero la corriente es bastante fuerte y a cada rato nos aleja del cardumen. Nos vemos obligados a remar de vez en cuando. De repente, oímos el ruido de una lancha de motor que se acerca más y más hasta que, por fin, pasa rápidamente junto a nosotros, salpicándonos y meciendo nuestra lancha con una gran ola que formó.  Yo la seguí con la mirada y vi la cara del que manejaba, carcajeándose en la popa.  En la banca del medio estaba sentado el segundo.  Sin duda, habían tomado mucho. Dieron vuelta bruscamente; me cruzó por la mente que podían volcarse, pero la lancha tenía un motor muy potente.

 


El pez seguía picando. La pesca nos entusiasmó de nuevo y me olvidé de aquellos borrachos. Una media hora más tarde otra vez escuchamos el ruido del motor, y ellos, quizá por no haber calculado la distancia se nos acercaron tanto que nuestra lancha se volcó al cubrirla una tremenda ola.

Todo sucedió en un abrir y cerrar de ojos. Es difícil pensar que esos desgraciados no se hubieran percatado de lo ocurrido. Seguramente, temiendo la responsabilidad, enfilaron rumbo al puerto, y pronto ya no se oyó el motor. 

Al hallarme en el agua, me asustó la idea de que el niño se hubiera herido.
―¿Te lastimaste? ―le pregunté.
―No ―me respondió con bastante calma.

Yo sabía que él nadaba como un pez, pero el agua en abril estaba helada.  Mientras nos repusimos y me acerqué a él, nuestra lancha ya se encontraba a unos quince metros. ¿Qué hacer? Yo, por supuesto, podía alcanzarla. 
Pero, por un lado, temía dejar solo al niño y, por otro, no seríamos capaces de voltearla y colocarla en la quilla, y era peligroso agarrarnos de ella, en espera de que nos encontraran. Decidí que deberíamos nadar hacia la costa con la esperanza de que esos malvados al menos le dijeran  a alguien que habían volcado la lancha y vinieran a rescatarnos.

En ese momento me acordé de mi corazón, pero ciertamente de pasada. El pensar que estaba conmigo un niño que debía llevar a la costa, me llenó por completo. Al acordarme del corazón, casi en seguida sentí aquel latido doble y el corazón se me paró un instante. Todo pasó igual que antes, pero con mucha menos intensidad, como si con lo sucedido mi corazón me dijera: «Estoy aquí todavía, pero ya eres más fuerte que yo». 

Lo sentí perfectamente. El miedo por el niño me hizo olvidar todo lo demás. Me acerqué a él, desabroché su camisa y, aguantándolo con una mano,le ordené: 
―Quítatela.
 
Se la quitó junto con la camiseta. Encontré a tientas bajo el agua las plantas  de sus pies y lo liberé de los zapatos. Luego busqué la correa de su pantalón, la abrí, eché al niño un poco hacia atrás y se lo zafé. Hice lo mismo con mi ropa y la tiré. Llevada por la corriente flotó un tiempo no lejos de nosotros. Nos quedamos en puros calzoncillos.

―No temas nada ―le dije lo más tranquilo que pude―, sin falta alcanzaremos la costa.
―Yo no tengo miedo ―contestó―, pero no puedo comprender por qué volcaron nuestra lancha. 

Me miraba atentamente con sus ojuelos negros, tratando de entender el sentido de lo sucedido. 

―Son unos borrachos imbéciles ―dije―, pero tú no temas nada, llegaremos a la costa.

Por ahora el niño se veía bien, pero yo sabía que el frío haría su efecto al pasar unos quince minutos. La lejana costa verde de nuestro pueblo parecía como alineada con el agua. Miré por todos lados: en ninguna parte se veían lanchas. En esta estación del año pocos son los que pescan.
 
Al cabo de unos quince minutos la morena cara del niño palideció, sucedió lo que yo tanto temía. Y diez minutos después se cubrió de un color azul.
―¿Estás congelado?
―No.
Se notaba que estaba tiritando de frío. El niño se portaba excelentemente.
―Espera, te voy a hacer un masaje ―le dije.
Me acerqué a él y, flotando con una sola mano, con la otra comencé a frotarle la espalda, el vientre, las piernas. 
―Me duele ―gritó de repente
―Aguanta ―le pedí y, siguiendo la fricción, agregué―: así ha de ser.
―Si es necesario voy a aguantar ―dijo y se mordió los labios.

Gasté tanta energía en masajear su flaquito, huesudo cuerpecito, que se me durmió la mano. Pero el color terroso desapareció de su rostro. Nos pusimos a nadar de nuevo.
―Tío Vitia ―me preguntó, mirándome con sus tristes ojos negros―, ¿los borrachos se vuelven como locos? 
Era obvio que él pensaba intensamente en la gente que nos había volcado. 
―Esos tipos son unos canallas ―traté de explicarle―, cuando uno está borracho, si es canalla, no puede controlarse. 
Asintió con la cabeza y continuó nadando. Pero su carita denotaba que seguía pensando en el mismo tema.
―Son como los avaros ―dijo al cabo de un rato―. Mientras Zhorik  no tenía bicicleta, yo no sabía que él era avaro, y ahora lo sé
―Cierto ―afirmé.
Un poco más tarde sentí que yo mismo  estaba congelándome. Miré al niño. Su cara nuevamente adquiría un color azul.
―Espera ―le dije y me acerqué.
Y otra vez, balanceándome con una mano, le masajeé el cuerpo.

Su rostro se reanimó. Nos pusimos a nadar.  Aunque yo veía que  él se cansaba, no me paraba, temiendo que pudiese enfriarse más rápido.  En el fondo, de vez en cuando pensaba en mi corazón, pero éste no se manifestaba de ninguna forma, y yo, no sé por qué, sabía que no me molestaría. 

Quedaban unos cuatrocientos metros hasta la costa y ya se distinguían los sotos de los árboles en el litoral. Y, de súbito, sentí un calambre en la pierna derecha y, junto con éste, un miedo por el niño que superó al dolor. 

Haciendo esfuerzos para ocultar el dolor, me aproximé a él y empecé a masajear su cuerpo otra vez. Ahora no podía mover una pierna y era mucho más difícil mantenerme a flote. Había que hacer todo para que no se sobreenfriase. Si le daba un calambre, obviamente ya no estaría en condiciones de arrastrarlo hasta la costa.

Me atosigaba la idea de que si me daba un calambre en la pierna izquierda, no habría manera de frotar su cuerpo. Por eso hacía grandes esfuerzos. Alcanzaba hasta sus tobillos, pellizcaba y flotaba sus delgadas caderas y pantorrillas, su espalda y vientre. 
Parece que, dándose cuenta de la seriedad de la situación, él lo aguantaba todo con suma paciencia, sólo gemía a veces.

Por fin, su cara volvió al color natural. Yo estaba totalmente agotado. En cuanto pensé que sería conveniente masajear mi pierna izquierda para protegerla de un  posible calambre, por poco grito:  el dolor también atravesó el hueso de esa pierna.

Yo nadaba demasiado bien para ahogarme, pero no sabía qué pasaría después. Había oído que si el calambre llega hasta los músculos del vientre, uno no puede moverse ni enderezarse. Empecé a masajear, pellizcar y raspar mi vientre lo más fuerte que pude.

Unos doscientos metros quedaban hasta la costa, y yo, aguantándome sólo con las manos, apenas alcanzaba al niño.  El litoral y el mar estaban desiertos: no había esperanza de que nos rescataran. Yo nadaba con las manos, el corazón latía cerca de la garganta. Dios mío, pensaba, dame fuerzas para unos cien metros; luego si me sucede algo, el niño ya podrá llegar por sí mismo. Después parece que me desmayé por un rato.  Al recobrar el sentido, me di cuenta de que el niño estaba rezagado, aunque yo no pude haber aumentado la velocidad, la disminuía, más bien. Paré para esperarlo.  Se acercó. Su cara estaba gris.
―Qué será de mi mamá… —dijo de pronto y cortó la frase, como avergonzado de terminar su pensamiento. 
—¡Qué dices! —le grité—Mira, ya casi hemos llegado. 

No me contestó nada. Era un niño maravilloso y se portó como todo un hombre hasta el final. 
Nadé los últimos metros en un semisueño.  Cerca de la orilla traté de pisar el suelo y me caí, sin comprender al principio por qué los pies no me respondían. El niño salió del agua y se tumbó en la tibia arena.  Yo me arrastré como un reptil.  Ya no tenía que ocultar que mis piernas estaban inmóviles por los calambres.

La corriente nos había alejado a unos quinientos metros de nuestro pueblo. ¡Lo vivificante que es la infancia! Media hora más tarde el niño ya jugaba en la arena, mientras yo necesité unas dos horas para medio pararme.  El día era cálido y, mirando el tierno mar, no queríamos creer que por poco nos congelamos en él. 

Caminamos por la costa hacia nuestro pueblo. Me parecía que el niño no debía relatar toda la verdad en casa. ¿Acaso era indispensable preocupar a su mamá? 
Podía decir que todo había ocurrido cerca de la costa. Pero después cambié de opinión. ¡Que lo contara todo tal y como sucedió! 
No tenía derecho a frustrar la fiesta de su primera auténtica victoria.

Aquel mismo día los guardafronteras trajeron mi lancha.

Pero yo no me disponía a dejar las cosas así no más. Al cabo de tres días me dirigí a la ciudad. Sabía que tarde o temprano tendría que encontrar al que estaba manejando la lancha de motor y carcajeándose de nosotros. Todos ellos, como gallinas en el gallinero, se reúnen en el amarradero, incluso cuando no salen a pescar. 

Entré en el amarradero y lo vi jugando al dominó en una mesa. Algunos pescadores me conocían. 

Me acerqué a la mesa. Él levantó su repugnante rostro, no tanto reconociéndome como adivinando que yo tenía algo que ver con su crimen.
―¿Vamos a la milicia o hablamos aquí? ―le pregunté.
Yo sabía lo que él iba a escoger. 
Yo también prefería eso. 
―Qué pasa, qué pasa… hablamos aquí ―respondió pensando, seguramente cuántas botellas le costaría esta charla. 
―Entonces, ve para allá ―le dije, mostrándole una de las cabañas en que los pescadores guardaban sus motores y redes.
Se puso en pie, calladamente, y se dirigió para allá. 

Me aproximé hacia donde estaba el tipo ese y lo empujé tras la cabaña. Incluso de niño jamás fui el primero en golpear. Le di un puñetazo en plena cara. Echó para atrás la cabeza, pero no se cayó. Acaso, pensé, he perdido fuerza en la mano, y lo golpeé otra vez. Ahora sí, como un toro, cayó de rodillas.
―Pero si yo no estaba solo… —dijo entrecortadamente, moviendo la cabeza y tratando de limpiarse la sangre que le brotaba de la boca.

De pronto, me vino a la mente lo que pudo haber pasado con el niño, y una verdadera rabia me sacudió: qué me importa que no aprecies mucho tu vida, pensé al ver al desgraciado ese. 
—Tú estabas al timón —le dije lo más claro posible y, levantando un poco su desmoronado cuerpo le estrellé el puño por tercera vez. 
Él se desplomó por completo.
 
De esa manera, separándome del mar un año y encontrándome en el papel de salvador del niño, me quité de encima para siempre aquel enigmático fenómeno cardíaco. Nunca más volvió a repetirse. Sería interesante saber qué opinaría sobre esto, si lo supiera, mi siquiatra. Parece que León Tolstói denominaba esto: olvidarse de sí mismo. El pueblo lo explica mejor: un clavo saca otro clavo. 

A propósito, si yo tuviera una mente enciclopédica, consagraría mi vida a revelar las ideas universales que, como estoy convencido, encierran los proverbios y refranes populares. ¡Qué interesante trabajo sería este! Según tengo entendido, en ruso no hay una obra de este tipo. Y tampoco he escuchado que otros pueblos tengan algo semejante.

… En esto, Víctor Andréievich terminó su relato. Aún permanecimos un rato en la mesa, viendo distraídamente a los felices tomadores de café y a los concentrados ajedrecistas.

Dibujo de Borís Sopin

Traducción de Pablo Costa

De Literaturnaya Gaceta

Revista Sputnik. Selecciones de la Prensa Soviética, N° 2, Febrero de 1982, págs. 58-66, Agencia de Prensa Nóvosti, Moscú, Rusia


 

Notas

Fazil iskander.- Autor ruso de origen abjasio (1929-2016), que escribió en ruso y fue famoso por sus descripciones de la vida en el Cáucaso. Entre sus obras más conocidas están Sandró de Cheguem y Conejos y Serpientes.

 

En el texto original figuraba la forma compuesta «maxiobjetivos» (calco del ruso макси-цели / макси-задачи, maksimáľnyje tseli/maksi-zadachi); se ha adaptado a «máximos objetivos» para respetar la norma del español.

 
He pulido el texto con alguna que otra corrección gramatical pero el resto está igual a como salió publicado.

Las imágenes están hasta donde se han podido poner porque la herramienta de generación de imágenes no funciona tan bien para lo que se necesita. El problema técnico es que esta herramienta no realiza una edición de fotografía tradicional (como cortar, rotar o borrar con pincel), sino que vuelve a dibujar la imagen por completo desde cero con Inteligencia Artificial cada vez que se le envía una instrucción. Al reinterpretar la ilustración, altera los trazos originales, cambia las expresiones de las caras y arruina la fidelidad del dibujo de la revista.

Las notas y pulido del texto han sido hechas  usando la IA de Google, Gemini, y con la revisión de mi parte. 

 

 

viernes, 9 de octubre de 2026

4 comportamientos que acaban con una relación de pareja y 2 señales que indican que aún hay esperanza de salvarla








Por Sophie Hardach
BBC Future*



Si estás en una relación infeliz, es posible que te duela el corazón; literalmente.

Las discusiones acaloradas pueden provocar problemas de sueño y hasta dolor cardíaco y muscular.

Pueden hacer que todos los miembros de la familia, incluidos los niños, sean más vulnerables a problemas de salud física y mental.

Una relación feliz puede mejorar tu salud e incluso prolongar tu vida. Una relación infeliz puede tener el efecto contrario, aumentando el riesgo de muerte prematura al deteriorar tu salud.

De hecho, las relaciones de mala calidad se consideran un factor de riesgo para la salud igual o mayor que el tabaquismo o la falta de ejercicio. Y luego, por supuesto, está el dolor de corazón en sentido figurado: el sufrimiento que conlleva el desmoronamiento de una relación amorosa.

Entonces, ¿cómo transformar una relación infeliz en una feliz? ¿Es siquiera posible?

Un creciente número de investigaciones revela respuestas sorprendentes y ofrece esperanzas a las parejas decididas a cambiar el rumbo de su relación.


Por qué discuten las parejas



 
Si empiezas una relación nueva y la primera discusión que tienes con tu pareja es sobre platos sucios, es posible que estés vislumbrando un futuro lejano: las investigaciones sugieren que los temas sobre los que discuten las parejas permanecen bastante constantes a lo largo de la relación.
 
Estos problemas recurrentes se conocen como problemas perpetuos o estancados.

"Esas cuestiones estancadas podrían tener que ver con las finanzas, la crianza de los hijos, la vida sexual o cómo negocian el poder en la relación", dice Carrie Cole, psicóloga y directora de investigación del Instituto Gottman de terapia de pareja en Seattle, EE.UU.

Pero también puede tratarse de cuestiones aparentemente menores, como la limpieza.

En un estudio longitudinal, el psicólogo John Gottman y su equipo observaron los desacuerdos de las parejas en una evaluación inicial y después, nuevamente, cuatro años después.

Descubrieron que el 69% de las veces las parejas seguían discutiendo sobre el mismo tipo de temas que habían debatido cuatro años antes.

Otros estudios han revelado un patrón similar, con ciertas cuestiones centrales, como el dinero, que surgen en conflictos en hogares e incluso en ciertas culturas.


Los desacuerdos sobre el dinero, en particular, causan las disputas más persistentes y acaloradas. La división desigual de las tareas domésticas es otra causa de tensiones y puede aumentar la probabilidad de divorcio.

En sí mismo, el desacuerdo no es necesariamente una mala señal. Puede ser simplemente una parte natural de aprender a comprender y responder a las necesidades de los demás. Y tanto las parejas felices como las infelices discuten.

La diferencia crucial entre parejas felices e infelices es cómo se comportan sus integrantes, sugiere la investigación, durante y también fuera de las discusiones.




4 comportamientos que acaban con una relación



La evasión es un problema que puede terminar llevando hasta la ruptura.


Cole cita cuatro comportamientos específicos que podrían indicar que una relación puede estar a punto de romperse, según los estudios: la crítica, el desprecio, una actitud defensiva y la evasión (lo que significa retirarse de un conflicto negándose a participar).

"Esos cuatro comportamientos acabarán con una relación", dice Cole. Pero, añade, "son reparables, si la pareja quiere solucionarlos". (Sigue leyendo para obtener consejos específicos).

De hecho, no es sólo la relación la que está en riesgo: investigaciones independientes han demostrado que las críticas persistentes de la pareja predicen significativamente una muerte más temprana.

Las discusiones que involucran este tipo de comportamientos, junto con agresión y hostilidad, se conocen como destructivas y, en última instancia, pueden aumentar el riesgo de divorcio.

Sin embargo, las discusiones constructivas, que se centran en resolver problemas mutuamente con respeto, curiosidad y amabilidad, pueden fortalecer la relación.
 
Un factor clave es la capacidad de respuesta: la sensación de que tu pareja te escucha, te apoya y te comprende.

Experimentar que tu pareja responde no solo se asocia con una mayor satisfacción conyugal, sino que incluso puede amortiguar la inflamación y mejorar la salud física y la longevidad.

La bondad y la cooperación también pueden generar buena voluntad a largo plazo. Un estudio de 20 años de parejas casadas mostró que la toma de decisiones compartida y las tareas domésticas igualmente compartidas se asociaban con una mayor felicidad conyugal y menor conflicto.

La forma en la que las parejas discuten puede incluso afectar su sueño: las discusiones destructivas se asocian con un mal sueño, mientras que las constructivas se asocian con un buen sueño, según una investigación.


Reconstruir la empatía


 
La ayuda de un terapeuta puede ser la clave para convertir las discusiones de problemáticas en constructivas.



Si estás en medio de una relación infeliz, puede parecer casi imposible pasar de discusiones amargas y hostiles a discusiones amables y solidarias.

Pero una gran cantidad de evidencia demuestra que es posible, por ejemplo, con la ayuda de la terapia.

Las investigaciones sugieren que la terapia de pareja tiene un impacto positivo en el 70% de las parejas que la llevan a cabo.

Puede ayudar a mejorar los problemas de relación, aumentar la satisfacción sobre la misma y prevenir la angustia, fortaleciendo la intimidad emocional y ayudando a mejorar los problemas de salud física o emocional individuales.

"En la mayoría de las parejas que llegan al punto de la terapia, la empatía casi se ha evaporado", dice Jay Lebow, terapeuta de pareja y profesor clínico de psicología en el Instituto Familiar de la Universidad Northwestern en Evanston, Illinois (EE.UU.).

Lebow, quien es coautor de un estudio que encontró que la terapia de pareja es efectiva, añade que un desafío es cómo reconstruir la empatía.



Los psicólogos se fijan en ciertas actitudes y comportamientos para entender qué relaciones tienen mayores probabilidades de sobrevivir al conflicto.



Hay una serie de señales que sugieren que la terapia está funcionando, afirma.
 
"Una de ellas es que [los clientes mejoren su] habla y escucha. Eso suena bastante fácil, pero cuando estás en una relación angustiosa, se vuelve muy difícil escuchar", dice.
 
Trabajar en la relación también se trata de "poder dar un paso atrás y preguntarnos qué está pasando entre nosotros, en lugar de cuáles son los problemas que tengo con mi pareja", dice.


Dos señales para la esperanza

Hay dos señales específicas que le dan esperanza a Cole en sus sesiones con parejas.

Una es cuando un miembro de la pareja le dice al otro: "Puedo ver por qué te sientes así". Para Cole, esto es una señal de que la pareja está "aceptando la influencia" del otro. "Con esto quiero decir que pueden considerar válida la perspectiva de cada uno, aunque pueda ser diferente a la suya", explica.

La otra señal reveladora es: "¿Sienten curiosidad el uno por el otro? Si la sienten, hay algo de esperanza", dice. Incluso si no están de acuerdo con lo que dice el otro, "dirían algo como: 'Cuéntame más sobre eso, ¿cómo llegaste a creer eso?'".

Si las personas trabajan en sus problemas, "la evidencia de que se obtienen buenos resultados es bastante sólida", dice Lebow.


Compartiendo sueños

Cuando se trata de resolver un conflicto estancado, comprender los sueños y objetivos de cada uno puede ayudar, dice Cole.

Pone el ejemplo de una pareja que acudió a terapia por discusiones recurrentes por dinero.

Ambos habían crecido en la pobreza. Pero esto los había moldeado de maneras muy diferentes. El objetivo de la esposa era tener seguridad e independencia financiera, mediante el ahorro y una cuidadosa elaboración de presupuestos.

El marido quería gastar el dinero que tanto le costó ganar en cosas bonitas y disfrutar de la sensación de integrarse al resto de la sociedad y no estar más aislado por la pobreza.

Esto llevó a interminables disputas sobre el gasto.

"Peleaban por esas cosas todo el tiempo. Y nunca llegaban a entender el motivo por el que peleaban", dice Cole.

En terapia, se escucharon hablar mutuamente sobre sus dolorosas experiencias habiendo crecido en la pobreza y cómo esto había moldeado sus objetivos en la vida. Aprendieron a llegar a acuerdos y acordaron cuánto dinero iban a reservar para el ahorro y cuánto serían libres de gastar.

"Lo resolvieron. Pero tenían que entender qué era importante para cada uno de ellos, antes de poder estar abiertos a aceptar la influencia mutua y trabajar hacia un compromiso que incluyera los sueños de ambos", dice Cole.

Lebow también destaca otro factor: "La motivación de los clientes es muy importante", afirma. "Puedes tener al mejor terapeuta de pareja del mundo, con las personas menos motivadas, y es poco probable que el resultado sea bueno. Puedes tener los clientes más motivados con el peor terapeuta, pero aún así podrías hacerlo bien. Eso marca una gran diferencia".


 
Compartir sueños e ilusiones ayuda a fortalecer el vínculo de la pareja, según investigaciones.


Terminando mejor

Incluso las parejas que se separan pueden beneficiarse de la terapia, dice Lebow.

Puede ayudarles a afrontar la separación en sí y su posible impacto en la salud mental. Puede hacer que el proceso sea menos hostil y también ayudar a la pareja a apoyar la salud mental de sus hijos, si los tienen, dice.

Y aunque una ruptura o un divorcio pueden ser increíblemente dolorosos, "estos son momentos en los que realmente puedes aprender algo sobre ti mismo", afirma. "Es un momento en el que mucha gente aprende cosas que son muy valiosas para ellos y para el resto de sus vidas".

Pero Lebow añade que trabajar habilidades como la escucha y la empatía no sólo ayuda a las parejas en dificultades: "Incluso las personas que tienen buenas relaciones pueden mejorar su relación".


Esta es una adaptación al español de una historia publicada por BBC Future. Si quieres leer la versión original, en inglés, haz clic aquí.



Fuente: 4 comportamientos que acaban con una relación de pareja y 2 señales que indican que aún hay esperanza de salvarla



jueves, 17 de septiembre de 2026

Cómo la secundaria se presta para estereotipos que nos marcan hasta cuando somos adultos

 

 

Por Laurie Clarke
BBC Future
 
 
Antes de volverme amiga de Georgia*, le tenía miedo.

Un incidente está grabado en mi cabeza. Cuando teníamos 14 años, mi mejor amiga del momento estaba organizando una fiesta donde prácticamente toda la generación estaba invitada. Pero había un grupo de personas a las que no les dijo.

Georgia y su séquito caminaban hacia nosotras con paso firme en el patio escolar y todas las miradas las seguían. Ella era como un rayo aterrador de bronceado postizo, extensiones de pelo teñido y ropa deportiva brillante.

¿Qué podría querer con gente como nosotras? Quedamos congeladas cuando paró abruptamente.

"Estamos invitadas a tu fiesta, ¿verdad?", reclamó Georgia. "Sí, por supuesto", tartamudeó mi amiga. Satisfecha, Georgia dio media vuelta y se marchó. Otra chica al lado murmuró, "No tienes que invitarlas si no quieres".
 
Pero todas sabíamos que sí, sí que tenía.

Probablemente tú tengas recuerdos de tu propia Georgia, una chica popular que podía provocar miedo con una mirada. Tal vez tú eras una Georgia.

Cualquiera sea el caso, los recuerdos están. 
 
Tras hablar a cientos de personas sobre sus experiencias en la secundaria, Mitch Prinstein, profesor de Psicología en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill, EE.UU., encontró que los recuerdos de aquellos que lideraban en los corredores escolares eran curiosamente potentes.

Incluso décadas después de dejar la secundaria, la mayoría de las personas pueden fácilmente recordar el nombre del estudiante más popular de su generación, mucho mejor que los nombres de los profesores y otros compañeros de clase, escribió Prinstein en su libro de 2017 Popular: The Power of Likeability in a Status-Obsessed World ("Popular: El poder de la simpatía en un mundo obsesionado con el estatus").

Y no son sólo los recuerdos los que quedan grabados.

Los estudios señalan que lo popular que fuimos como adolescentes puede influir en nuestras vidas por muchos años en aspectos que van desde cómo entendemos nuestras interacciones sociales hasta la fortaleza de nuestras relaciones amorosas, nuestra satisfacción con la vida e incluso nuestra salud.
 
 
"¿Quién te cae mejor/peor?"

Fue el psicólogo estadounidense John Coie quien cambió la manera en que los investigadores pensaban sobre la popularidad.

En sus ahora influyentes estudios de comienzos de 1980, empezó preguntando a los escolares dos preguntas simples sobre sus compañeros: "¿Quién te cae mejor?", y "¿Quién te cae peor?".

Coie utilizó las respuestas de los chicos para proponer cinco categorías sociales.

Están los "aceptados" y "rechazados", aquellos que fueron ampliamente apreciados o despreciados respectivamente.

Luego se encuentran los "controvertidos", aquellos que recibieron un alto número de "aprecios" y "desprecios", los "abandonados", porque fueron escasamente mencionados de una manera u otra, y los "promedio", es decir, que no se inclinaron extremadamente en ninguna dirección.

Muchos estudios han confirmado la utilidad de estas etiquetas. Generalmente encuentran que 40% de los chicos son "promedio" y 60% caben dentro de las otras cuatro categorías.

Los jóvenes más apreciados tienden a ser percibidos por sus pares como amables, alentadores y serviciales, mientras que los "abandonados" tienden a ser callados y a quedarse aislados.

Los chicos "rechazados" son o bien agresivos o bien víctimas de matoneo. 
 
Los "controvertidos", el grupo más raro, dividen a la gente, y son típicamente percibidos como los payasos de la clase o rebeldes. 
 
En primaria, los valores de los niños suelen alinearse con los de sus supervisores adultos. En la secundaria, eso cambia, alterando el panorama social.
 

Notablemente, Coie encontró que la mayoría de las etiquetas permanecían iguales cuando ingresaban a nuevos grupos de pares.

Y mientras que la investigación inicial fue realizada en nivel escolar, muchos estudios han reproducido los resultados en adolescentes. Uno encontró que casi la mitad de los niños mantuvieron la etiqueta que tuvieron en primaria cinco años después en la secundaria.

"Tuve una experiencia tan mala en la primaria. Siempre recuerdo a mi madre diciendo: 'Las cosas mejorarán cuando entres a secundaria'", cuenta Connie*, otra amiga a quien le pregunté sobre su experiencia.

"Pero creo que una vez que te hicieron bullying o si tienes algo que te hace ver diferente… prácticamente era un blanco fácil", continúa.

Ella, por ejemplo, recibió maltrato en una secundaria y se cambió, pero en la nueva institución se enfrentó a un patrón similar.
 
 
Primaria versus secundaria

Aunque las etiquetas continúan siendo las mismas, la dinámica social cambia dramáticamente entre primaria y secundaria.

En la primaria, los "populares" suelen ser aquellos bien portados y estudiosos, porque en ese período los valores de los chicos normalmente están alineados con los de sus supervisores adultos.

Todo eso cambia en la secundaria. Los adultos y todo lo que representan se vuelven tristemente indeseables. Una persona sobresaliente podría encontrarse relegada al estatus de nerd, mientras que una más ruidosa podría ver su estrellato ascender.

Hablando por teléfono con mi otrora terror del patio escolar y ahora amiga íntima Georgia, le pregunté si ella misma se consideraba popular en la escuela secundaria. Me contesta que no se percibía a sí misma de esa manera.

"'Popular' suena como que le caes bien a la gente y no creo que fuera mi caso", explica. "Tal vez era un poco más parecido a infame… estridente, queriendo llamar la atención".

De adolescente, Georgia personificó el arquetipo de "controvertida". Actuaba agresivamente y se comportaba mal en clase. Y los estudios indican que se equivoca al creer que eso la hacía inelegible para la etiqueta "popular".
 
Dadas sus peculiaridades, es notable cuánto usamos la escuela secundaria como marco de referencia para las interacciones adultas.
 
 
En la secundaria, "empezamos a notar quiénes llaman más la atención, quiénes son más dominantes o cool", indica Prinstein.

Y agrega que también se destacan "los que empiezan a volverse más atractivos físicamente, los que se ajustan a los estándares de sus pares, como los que se visten bien o son buenos deportistas".

El ejercer un comportamiento "pseudomaduro", las acciones asociadas con adolescentes mayores o adultos, es otra vía rápida para adquirir estatus. Los adolescentes que beben alcohol, consumen drogas o están en relaciones amorosas precoces tienen mayor probabilidad de ser considerados populares, por lo menos durante un tiempo.

Alrededor de los 15 años, ese comportamiento cesa de conceder estatus al mismo nivel.

A medida que los estudiantes de secundaria empiezan a madurar, la búsqueda manifiesta de estatus se vuelve socialmente menos inmediata.

Pero las repercusiones de estas experiencias tempranas pueden tener consecuencias.

"Las experiencias que tenemos de chicos, ya sea que caigamos bien, que seamos populares o tengamos una estatus alto parecen tener un efecto duradero aun 40 años después", afirma Prinstein.

Sin embargo, "la simpatía y el estatus tienen efectos bastante opuestos", dice.

"La simpatía es buena. Generalmente conduce a todo tipo positivo de salud, trabajo, resultados psicológicos y académicos. Tener un estatus alto deriva en lo opuesto".
 
 
La cultura del grupúsculo

Los investigadores solían interpretar la cultura de la escuela secundaria como una versión inmadura de la sociedad adulta.

En los 1960, empezaron a entender que esta "cultura de los pares" era algo más extraño, un mundo paralelo animado por sus propias fascinaciones quijotescas y códigos establecidos.

En lugar de una jerarquía simple, el panorama social de la secundaria presenta un sistema dinámico de círculos íntimos. Los arquetipos clave son reflejados en la cultura popular, desde las películas American Pie hasta The Breakfast Club.

En los primeros años de secundaria, las fronteras entre los círculos íntimos tienden a ser rígidas.

"Las personas jóvenes pueden actuar como clan, siendo intolerantes y crueles en la exclusión de los otros que son 'diferentes'", escribió el psicoanalista germano estadounidense Erik Erikson en su libro de 1959, Identity and the Life Cycle ("Identidad y el ciclo de vida").

Esta intolerancia, según Erikson, podría ser "una defensa necesaria" contra la pérdida de identidad que uno sufre en la niñez, combinada con un desconcertante asalto de cambios hormonales, y la naturaleza abrumadora del futuro, con todas sus posibilidades y opciones.

Los adolescentes se ayudan mutuamente durante esa incomodidad, "formando círculos íntimos y estereotipándose", sugirió. 
 
Esa autoclasificación facilita la navegación de los mundos sociales de los adolescentes, porque la "categoría" relativa de cada persona dictamina cómo debería ser tratada.

Sin embargo, una cosa que se pasa por alto en la cultura popular son los grandes sectores de adolescentes que no se adhieren a ninguna subcultura en particular.

Un estudio de 1985 encontró que un 45% de estudiantes de secundaria se definían como simplemente "normales".

Mientras que los chicos populares hablaban de solo verse bien e ir de fiesta, los que se autodefinían como "normales" decían cosas como "simplemente soy un adolescente común y corriente".

Ser "anormal" y sobresalir por las razones equivocadas puede ser socialmente catastrófico.

Connie recuerda llegar a su nueva escuela a los 13 años y encontrar imposible navegar esos grupos.

"Recuerdo intentar ser amiga de niñas nerd. Recuerdo tratar de ser amigas de las chicas cool", cuenta. "Traté de encajar con la gente de música. Empecé a tocar la trompeta".

Pero todo fue inútil. "Creo que sabía en mi corazón que eso simplemente no estaba funcionando", reconoce. "No había un lugar donde cabía. Al final, quedé completamente ignorada por todos".
 
 
Cuando los adolescentes maduran

Hacia el final de la secundaria, la estricta jerarquía social se relaja un poco.

A comienzos de 1990, el investigador David Kinney realizó un proyecto de investigación etnográfica en el que se internó en una secundaria para observar de cerca los cambios de las fronteras de los círculos íntimos.

Encontró, por ejemplo, que los antiguos "nerds" lograron hacer la transición a "normales".

Para muchos de estos con los que Kiney habló, el desarrollo cognitivo significó que pudieron sentirse menos temerosos y rodearse de pares que les daban reconocimiento positivo.

Ser "aceptado" en la escuela secundaria y en general es un fuerte indicativo de un resultado positivo en la vida.
 
 
A medida que los adolescentes maduran, las amarras de conformidad se aflojan.

Los populares podrán incluso enfrentar amenazas de personajes rebeldes alternativos.

El estudio de Kinney encontró que en los años posteriores, los que estaban "más de moda" eran desafiados por estudiantes con "apariencia extravagante y comportamiento pendenciero", que "competían con ellos en popularidad".

Algunos de estos cambios sutiles debieron estar en camino cuando, a los 15 años de edad, Georgia me pidió por primera vez que nos juntáramos, pero todavía recuerdo sentir confusión e incredulidad.

Casi 20 años después le pregunto a Georgia por qué quería ser mi amiga, algo que nunca le había preguntado. "Creo que había una extrañeza que compartíamos", contesta titubeante. "Como si ninguna de nosotras fuera normal".
 
 
La escuela, el ejército y la cárcel

Dadas sus peculiaridades, es notable cuánto usamos la secundaria como marco de referencia para las interacciones adultas.

Cuando Lucy Foulkes, una psicóloga de la Universidad de Oxford, en Reino Unido, y autora de Coming of Age: How Adolescence Shapes Us ("Llegando a la mayoría de edad: cómo la adolescencia nos forma"), compartió un mensaje en las redes sociales sobre "el efecto de la chica mala", recibió un alud de mensajes.

"Muchas personas decían, que no pasa solo en la adolescencia, sino en el lugar de trabajo, con las mamás a las puertas de la escuela", expresa Foulkes.

"Es un fenómeno humano que algunas personas adquieran mayor poder social y dominio sobre otras. Simplemente hay algo particularmente agudo de eso en la adolescencia", agrega.

Foulkes señala que los adolescentes están rodeados de las mismas personas casi todos los días durante años, de una manera "que simplemente no sucede durante la adultez en realidad, a no ser que sea en el ejército o la cárcel. Hay una intensidad en el entorno que va más allá de los que sucede dentro de sus cerebros".

Es esa intensidad que explica en parte por qué estas experiencias moldean cómo le damos sentido a los encuentros sociales incluso muchos años después.

"Esas experiencias de cuando teníamos 14 años se usan como una suerte de lente a través del cual ver el mundo", opina Prinstein. 
 
Apunta a los estudios que sugieren que el modelo mental que usamos para procesar nuestros mundos sociales empieza a formarse en la niñez y que las partes que procesan la memoria en el cerebro están activas cuando las personas piensan sobre el comportamiento social.

"Esos recuerdos están siendo traídos al presente todo el tiempo". 
 
 
¿Dónde están los "chicos cool" ahora?

Muchos de nosotros probablemente nos hemos preguntado qué pasó con los "chicos cool" que conocimos en nuestra adolescencia.

En un estudio de 2015, Joseph Allen, profesor de psicología de la Universidad de Virginia, EE.UU., se lanzó a estudiarlo. Sus descubrimientos no dan buenos augurios para los otrora jóvenes populares.

Tras hacerles seguimiento a 184 adolescentes en el sureste de EE.UU. de entre 13 y 23 años, Allen encontró que aquellos deseosos de lograr estatus y que practicaban comportamientos "pseudomaduros" a comienzos de su adolescencia estaban en mayor riesgo de tener dificultados a largo plazo.

El gusto temprano por el alcohol y las drogas estaba vinculado a una mayor vulnerabilidad a abusar de sustancias y tener problemas de adicción más tarde en la vida. Y darle foco al estatus a una temprana edad conducía a lazos personales menos estrechos y dificultades manteniendo amistades y relaciones amorosas.

La experiencia de ser rechazado también puede dejar secuelas. La investigación de Prinstein encontró que los estudiantes de secundaria rechazados tenían probabilidad de sufrir más depresión con el paso del tiempo. Planteó la hipótesis de un círculo vicioso en acción, donde la experiencia del rechazo engendra más aislamiento, que a su vez intensifica la sensación de rechazo.

En contraste, la "simpatía", es decir, el ser "aceptado" en la secundaria es uno de los más fuertes indicadores de resultados positivos en la vida, como una carrera exitosa, buena salud y relaciones sólidas, aun más que los factores como la inteligencia y el origen socioeconómico.

Aun así, las personas que experimentan rechazo también pueden desarrollar fortalezas importantes, como el ser más hábil en identificar cómo los otros se sienten o ser más consciente del maltrato de otros. Se ha demostrado que esa inteligencia emocional es útil para navegar las relaciones personales y el entorno laboral.

Y un niño no tiene que ser "aceptado" para gozar de una vida social satisfactoria de adulto. Los estudios han encontrado que tener uno o dos buenos amigos en la adolescencia puede otorgar una efecto protector y fortalecer las relaciones futuras.
 
 
Cambio de libreto

Lo más importante es que tenemos el poder para cambiar cómo nuestras experiencias tempranas nos afectan.

Según Prinstein, los libretos de la secundaria con los que abordamos las interacciones se pueden convertir en una profecía cumplida.

"Cuando entramos en un contexto social, podríamos estar concentrándonos en esos trazos de información que confirman nuestras peores expectativas", expresa. "Entonces nos comportamos en maneras que podrían de hecho fomentar más experiencias negativas".

Por ejemplo, al decidir que un comentario ambiguo probablemente no buscaba molestarnos, podemos ayudarnos a tener experiencias más satisfactorias, explica Prinstein.

Como una adolescente de "alto estatus" que practicaba un comportamiento arriesgado o "pseudomaduro" desde temprana edad, Georgia dice: "Tengo algo de tristeza por mi yo más joven. Nunca viví la experiencia de ser simplemente una chica normal".

Me cuenta que una temprana experiencia de ver a una amiga golpeada, combinada con un comportamiento abusivo en el hogar, la convencieron de actuar agresivamente para proyectar invulnerabilidad.

Se lamenta del hecho de que no recibió más apoyo a esa edad y que, al contrario, fue catalogada por el profesorado como una "chica mala". "Eso moldeó completamente la trayectoria de mi carrera y mi fiero activismo por las personas vulnerables", asegura.

Entretanto, Connie dice que sus experiencias tempranas de rechazo finalmente la condujeron a un patrón de autosabotaje. "Creo que me había dado por vencida de muchas formas y tenía tantos comportamientos autodestructivos que me resultó difícil mantener amistades", reconoce.

Eso culminó en un período de crisis en su adolescencia tardía, sobre lo cual desde entonces ha trabajado para sanar. Más de una década después, ha descubierto lo que ama y afirma que rara vez piensa sobre sus días en la escuela secundaria.

Tanto Connie como Georgia son testimonios del hecho que las etiquetas que una vez portamos durante la secundaria no tienen por qué ser una sentencia de vida.

"Las personas pueden definitivamente darle la vuelta", afirma Prinstein. "El problema es que no invertimos mucho tiempo hablando al respecto, lo que significa que somos más propensos a repetir nuestros patrones".

 
*Los nombres han sido cambiados.

 
Esta es una versión abreviada de un artículo publicado por BBC Future. Si quieres leer el original en inglés, puedes hacerlo aquí.


 
 
 
Nota
 
Estereotipo: Imagen o idea aceptada comúnmente por un grupo o sociedad con carácter inmutable. Lugar común, idea o expresión demasiado repetida o formularia. Sinónimos: cliché, tópico, clisé. DLE RAE

lunes, 14 de septiembre de 2026

"Tengo pacientes obsesionados con el ejercicio que pasan 5 o 6 horas al día en el gimnasio": por qué cada vez más niños y jóvenes quieren ganar masa muscular

 

 

Por Katty Kay
BBC World News

 

En las últimas décadas, la mayoría de la gente ha aprendido a detectar las señales cuando generalmente una adolescente desarrolla una relación poco saludable con su cuerpo.

Por lo general, esto tiene que ver con que ese cuerpo se vuelva más delgado.

Pero hace poco hablé con el doctor Roberto Olivardia, un médico que lleva más de 30 años estudiando los problemas de imagen corporal, y él considera que la sociedad no es tan eficaz a la hora de detectar los problemas que surgen en los varones.

Para muchos niños y adolescentes la obsesión no gira en torno a adelgazar, sino a ganar masa muscular. Eso puede hacer que el problema sea mucho más difícil de detectar, porque hacer ejercicio y ganar fuerza suelen ser considerados señales de disciplina y salud.

Y aunque la mayoría de los jóvenes deportistas no desarrollarán ningún trastorno, Olivardia afirma que esta tendencia de problemas de imagen corporal entre los varones está empeorando.

De hecho, recientemente ha atendido en su consulta a niños de tan solo 10 años y afirma que las redes sociales son una de las principales razones de ello.

"Después de dedicarme a este trabajo durante tanto tiempo y haber visto cómo era antes de la llegada de las redes sociales y después de ellas, puedo decir que hoy estamos ante un fenómeno completamente distinto", afirma.

Mucha gente ya es consciente de cómo se ve una adolescente extremadamente delgada y entiende cuándo las cosas empiezan a ir mal. Pero creo que no pasa lo mismo en el caso de los varones con los músculos. ¿Necesitamos ahora una conversación similar sobre cómo es un cuerpo en forma en el caso de ellos?

Totalmente, con los chicos es diferente. Tenemos estudios que se remontan al siglo XVII sobre los mensajes opresivos que las mujeres han recibido en torno a la delgadez y la femineidad.

Con los hombres ha sido un poco distinto. Según las investigaciones que hemos realizado, este fenómeno empezó a incorporarse realmente a la cultura popular a finales de los años 70 y comienzos de los 80, cuando comenzamos a ver una mayor proliferación de cuerpos musculosos.

No es casualidad que Arnold Schwarzenegger o Sylvester Stallone fueran las mayores estrellas de taquilla de la época. En muchos sentidos, sus cuerpos eran su principal activo.

Tal como hablamos con niñas y mujeres de que su cuerpo no define quiénes son, esas conversaciones se han ignorado en gran medida con los varones.

Quienes tienen más músculos son percibidos como los más masculinos. Y eso es algo que hoy se promueve de forma evidente, probablemente como nunca antes, en las redes sociales y especialmente en la llamada "manosfera".

Katty Kay entrevistó a Roberto Olivardia sobre lo que él bautizó como dismorfia muscular.

 

Volvamos a la década de 1990, cuando usted y sus colegas acuñaron por primera vez el término "dismorfia muscular". ¿Qué le preocupaba entonces de este trastorno?

A mediados de los años 90, cuando investigaba los trastornos alimentarios en niños, adolescentes y hombres, recibía muchas llamadas de personas interesadas en participar en nuestros estudios.

Muchos hombres me decían: "Antes padecía anorexia nerviosa o bulimia nerviosa. Ya no tengo ese problema, pero estoy inmerso en esta búsqueda obsesiva de desarrollar más musculatura. La diferencia es que ahora esa obsesión está, de algún modo, socialmente aceptada".

De hecho, en lugar de ser cuestionados, muchas veces reciben elogios. Les dicen: "Tienes muchísima disciplina", "qué fuerza de voluntad".

Tendemos a no pensar que un hombre musculoso pueda tener una patología y la mayoría de los hombres musculosos, por supuesto, no la tienen.

Pero estos son hombres que, pese a ser corpulentos y musculosos, e incluso ser considerados por muchas personas como personas con el cuerpo ideal, siguen creyendo que son demasiado pequeños.

Viven con el temor de que al día siguiente puedan verse enclenques de repente.

Estos hombres piensan constantemente en el tamaño de su cuerpo y en su apariencia, hasta el punto de que esa preocupación termina afectando de manera significativa distintos aspectos de su vida.

"Tal como hablamos con niñas y mujeres de que su cuerpo no define quiénes son, esas conversaciones se han ignorado en gran medida con los varones."

 

¿Qué está viendo hoy en su consulta que no veía hace 5 o 10 años?

Bueno, en primer lugar, las redes sociales han creado una cultura en la que todo el mundo es un experto.

Entonces, cuando un influencer difunde determinadas ideas sin ningún tipo de respaldo científico, como psicólogo clínico veo que mi opinión, la de un médico o la de cualquier especialista en un tema, o bien se descarta por completo o, al menos, se pone al mismo nivel que la de esa persona. 

 

¿Que la de un influencer de TikTok, por ejemplo?

Exacto. La de un influencer de TikTok, simplemente porque tiene 10 millones de seguidores. Es como si eso le otorgara credibilidad de forma automática.
 

Como profesional de la salud, debe de ser desesperante.

Sin duda. Y no por una cuestión de ego, sino porque hay gente está sufriendo las consecuencias por la información que recibe.

Hace años, cuando apareció internet, nos preocupaban todos esos grupos que promovían los trastornos de la conducta alimentaria. Pero, de algún modo, aquello parecía un fenómeno más contenido.

Esto está en otro nivel completamente distinto.

Tendemos a no pensar que un hombre musculoso pueda tener una patología y la mayoría de los hombres musculosos, por supuesto, no la tienen."


Hace 10 años, si hubiera conocido a un joven que se golpea la cara con un martillo, como vemos que promueven algunos de estos influencers del looksmaxxing, ese comportamiento se habría considerado casi psicótico, porque era algo extremadamente inusual.

Incluso personas con una obsesión por su imagen corporal, que quizá no hubieran llegado tan lejos, habrían dicho: "Eso ya es demasiado".

Pero cuando estás expuesto constantemente a ese contenido estas conductas terminan normalizándose.

Hay que tener en cuenta que yo trabajo con niños de tan solo 10 años que tienen problemas de imagen corporal, así como con adolescentes muy vulnerables que buscan lo mismo que queremos todos: aceptación y conexión.

Y estas conductas se están normalizando porque hay influencers que reciben muchísima atención, ganan mucho dinero, disfrutan de sus 15 minutos de fama y acumulan millones de seguidores, lo que de algún modo les otorga credibilidad.

Ellos son los que le dicen a estos jóvenes: "Si haces esto, tendrás acceso a las mujeres, al poder, al respeto y a todo lo demás".
 
Yo veo a un paciente durante 50 minutos a la semana, mientras que él puede estar escuchando a un influencer entre 10 y 15 horas semanales."


Háblenos de cómo cada vez son más jóvenes las personas que presentan esta dismorfia muscular y esta obsesión por desarrollar al máximo la musculatura. ¿A qué cree que se debe?

La edad ha ido disminuyendo. Creo que, en parte, se debe a que hay personas que dirigen su mensaje específicamente a ese público y a que los jóvenes tienen acceso a esas voces a través de las redes sociales.

Una de las primeras preguntas que hago a mis pacientes varones cuando abordamos este tema es: "¿A quién sigues en redes sociales?".

A muchos de esos influencers ya los conozco y, cuando no, reviso el contenido que publican.

Porque yo veo a ese paciente durante 50 minutos a la semana, mientras que él puede estar escuchando a esa otra persona entre 10 y 15 horas semanales.

Esa es la realidad a la que nos enfrentamos los padres, los profesionales de la salud mental y los médicos.

"Hacer ejercicio es bueno, pero diez horas de ejercicio no son necesariamente mejores que una."
 

Existe una línea muy fina entre practicar ejercicio de forma saludable y hacerlo de manera poco sana, y no siempre es fácil distinguirla. ¿Qué les diría a los padres o a los entrenadores para ayudarles a identificar esa diferencia?

Hace 25 años escribí, junto con un colega, el libro The Adonis Complex ("El complejo de Adonis") y recuerdo que a veces recibíamos críticas como: "Entonces ustedes están en contra del ejercicio y de comer sano". Y no es así en absoluto.

Sabemos que existen graves problemas de salud que también afectan a los jóvenes, como la obesidad, la falta de actividad física y la privación del sueño.

Cuando pienso en esa línea que separa lo saludable de lo problemático, hay un par de aspectos que considero fundamentales.

El primero es: ¿la persona se percibe a sí misma de forma realista? Si usted es padre o entrenador y su hijo, alumno o deportista dice: "Dios mío, estoy muy gordo", cuando no lo está, o "estoy demasiado delgado", cuando en realidad tiene una musculatura considerable, eso ya es una señal de alerta.

El segundo aspecto es hasta qué punto esa conducta está afectando otras áreas de su vida.

Tengo pacientes obsesionados con hacer ejercicio que pasan cinco o seis horas al día en el gimnasio y están completamente agotados. Cualquiera lo estaría si levantara pesas durante cinco o seis horas diarias.

Al final no les queda tiempo para nada más y terminan atrapados en un círculo vicioso.

Y, por supuesto, también es importante prestar atención a conductas peligrosas, como el consumo de esteroides u otras sustancias. 

Tengo muchos pacientes que terminan desarrollando adicción a los opioides debido al dolor que sufren por el exceso de entrenamiento en el gimnasio.

En definitiva, no estoy en contra de promover una alimentación saludable, hacer ejercicio o dormir bien.

Hacer ejercicio es bueno, pero diez horas de ejercicio no son necesariamente mejores que una. Dormir ocho horas es excelente, pero si alguien duerme 15, probablemente algo no esté funcionando bien. 


 

 Las cursivas al final son mías.