Mostrando las entradas con la etiqueta Marie Smith. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Marie Smith. Mostrar todas las entradas

miércoles, 16 de septiembre de 2026

Una trampa bien armada

Fuera de los que se ven en las novelas, este caso es uno de los que mejor muestran el ingenio del criminal aventajado por el del detective

 


Por Alan Hynd



El Nueve de noviembre de 1910, Marie Smith, una niña de escuela de nueve años, fue brutalmente golpeada en la cabeza, al parecer con un martillo, estrangulada y violada en Asbury Park, estado de Nueva Jersey. Se encontró el cuerpo de la niña en un trecho de bosque próximo al lugar donde la infortunada criatura había sido vista por última vez. Por espacio de dos semanas los detectives locales anduvieron frenéticamente a la caza de una pista; luego empezó a abrumarles el peso de la exigencia pública y acudieron a la Agencia de Detectives de Burns. Raymond Schindler, que era a la sazón director de la oficina neoyorquina de la citada agencia, fue encargado de esclarecer el enigma. El joven Schindler aplicó al caso una técnica detectivesca que hasta la fecha se considera como modelo clásico de investigación.

Marie Smith había sido vista en un camino semidesierto a las 3 y 10 minutos de aquella tarde, cuando regresaba de la escuela, pero no había llegado a su casa a la hora de costumbre que era alrededor de las 3 y cuarto. Así, la hora y el elemento topográfico del crimen estaban claramente determinados. La dificultad era que en la zona sospechosa, como la llamaba Schindler, vivían más de una docena de hombres que hubieran podido cometer el crimen.

El primer paso dado por el joven Schindler no fue extremadamente original. Mojó un martillo en sangre de gallina y se lo fue mostrando a todos los sospechosos, explicándoles que había sido hallado cerca de la víctima; a esto seguía la pregunta de si habían visto antes ese martillo. Por de contado, todos contestaron que jamás lo habían visto, pero lo que Schindler buscaba era la reacción de culpabilidad en alguno de esos conejillos de Indias humanos.

Y la encontró. Cierto florista llamado Frank Heidemann —joven alemán de afables maneras que trabajaba en el invernadero de una finca situada dentro de la zona sospechosa― dio señales de nerviosidad. Schindler planeó entonces su segunda jugada. 
Había una cosa evidente. No obstante su aparente simpatía, Frank Heidemann era en el fondo frío e ingenioso. Si había cometido el asesinato, no iba a ser fácil hacerlo confesar. Falto de rastros materiales, Schindler sabía que su problema era engañar al asesino para hacerlo hablar del crimen. 

Para la zancadilla inicial Schindler se inspiró en una obra clásica de la literatura policíaca: El Perro de los Baskerville, de Conan Doyle. En esta famosa aventura de Sherlock Holmes, el aullido de un perro aterrorizaba a la comarca en general y a varios individuos en particular. 
Dio la coincidencia de que en la finca donde trabajaba Heidemann, el florista sospechoso, había un perro policía. Como era singularmente avieso, estaba siempre encadenado. 

Schindler hizo que un ayudante se deslizara sigilosamente tres veces todas las noches —a medianoche, a las dos y a las cuatro de la madrugada― hasta cerca del perro y le tiraba piedras. Así, por más de una semana el perro dio a las horas indicadas aullidos al parecer inexplicables que podían oírse a kilómetros de distancia.

Todas las mañanas se vigilaba a los sospechosos para ver qué efecto les había causado los aullidos del perro. Schindler dedicaba especial atención a Heidemann. Diez días más tarde lo vio dirigirse al consultorio de un médico. Schindler convenció a éste de que en interés de la justicia le revelara el por qué de la consulta de Heidemann. 
—Un perro que ladra tres veces todas las noches ―dijo el doctor―.  Casi lo está volviendo loco.
―¿Qué le aconsejó usted? —preguntó Schindler.
—Un cambio de escena.

Heidemann fue seguido hasta Nueva York donde tomó una habitación en la sexta Avenida, cerca de la Calle Catorce. Al parecer era hombre de costumbres regulares, pues todos los días almorzaba y comía a unas mismas horas en un mismo restaurante.
Schindler tuvo el presentimiento de que a Heidemann le gustaría trabar amistad con alguien, sobre con otro alemán. De la misma agencia de Burns sacó a un joven detective llamado Carl Neumeister el cual empezó a acudir al restaurante antes mencionado y a leer mientras comía el diario neoyorquino de lengua alemana Staats-Zeitung. Un día Heidemann le dirigió la palabra: 
―Veo que usted es alemán ―dijo tendiéndole la mano―. Yo me llamo Frank Heidemann. ¿Cómo se llama usted?
―Carl Neumeister.
Los dos se fueron a ver una película. Luego siguieron encontrándose con frecuencia. Como Heidemann vivía de sus ahorros y no tenía ocupación, Neumeister tuvo que inventar una explicación lógica de su ociosidad.
―No necesito trabajar, Frank ―le dijo un día―. Recibo 75 dólares semanales a cuenta de la herencia de mi padre en Alemania mientras que se arregle la testamentaría. Un banco de Nueva York se encarga de todo. 
El primer acto del drama se había llevado a término satisfactoriamente. Schindler quería ahora obtener una reacción psicológica de Heidemann.

Como los dos amigos iban con frecuencia al cine, Schindler, que tenía muchos conocidos, se arregló con el propietario de un pequeño cinematógrafo de barrio para que intercalara en su programa corriente y por una sola vez cierta película de un crimen sexual. Heidemann y Neumeister asistieron a aquella representación que también presenciaron varios policías secretos de Burns.
A medida que avanzaba la película, Heidemann empezó a moverse desasosegadamente en su butaca.La respiración se le fue haciendo trabajosa. Cuando llegó la escena del crimen se puso perceptiblemente rígido, y cuando apareció en la pantalla un close-up del cuerpo de la víctima se cubrió los ojos con las manos, balbució algo confusamente y se levantó.
―Hasta mañana, Carl ―dijo a guisa de explicación―. Me duele horriblemente la cabeza.

Schindler tenía el convencimiento de que el florista alemán era el criminal. Estaba tratando de decidir cuál sería su próximo paso cuando Heidemann decidió por él. 
―¿Por qué no vivimos juntos? ―propuso un día a Neumeister.
Y el detective se mudó a la habitación de Heidemann. Aquello abrió un campo completamente nuevo a Schindler. Dio instrucciones a Neumeister. La primera noche sacudió violentamente a Heidemann después de las 12 para despertarlo. 
―¿Qué te pasa, Frank? ―le preguntó solícitamente―. Estás hablando dormido desde hace casi una hora.
Heidemann se incorporó en la cama con el terror pintado en los ojos. 
―¿Qué dije? ―preguntó ansiosamente.
Neumeister se encogió de hombros.
―No se te entendía nada ―le contestó―. Estuviste mascullando algo sobre una chiquilla.
Heidemann pasó el resto de la noche sentado en una mecedora junto a la ventana, fumando incesantemente. Esto se repitió varias noches.

Pero los funcionarios de Asbury Park empezaron entonces a mostrarse impacientes. Querían resultados. Schindler y su jefe, William J. Burns, pidieron más tiempo, explicando que en un asunto de esta índole el apresuramiento podía echarlo todo a perder.
Schindler hizo arreglos con Lyle Kinmouth, director del diario Press de Asbury Park, para que publicara un artículo en el cual se decía que las autoridades habían hallado un martillo que creían fuera el del asesinato. El artículo añadía que se pensaba mostrar el martillo a Frank Heidemann, que se encontraba descansando fuera de la ciudad, para ver si lo identificaba.
Schindler sabía que Heidemann leería el artículo porque el joven alemán compraba diariamente el periódico de Asbury Park. 
Cuando hubo leído el diario en su habitación, Heidemann empezó a fumar cigarrillo tras cigarrillo. 
Más tarde Neumeister tomó el periódico y aparentó leerlo distraídamente.
―Oye, Frank ―dijo― aquí mencionan tu nombre. ¿Eres de Asbury Park?
Heidemann miró fijamente a su amigo.
―Sí, trabajé allá un par de años. ¿Dónde mencionan mi nombre? 
Neumeister le mostró el artículo.
―Oh ―dijo Heidemann― nunca esclarecerán ese crimen. El martillo que han encontrado no es el martillo del asesino porque…
Heidemann cortó en seco. Neumeister se hizo el tonto y propuso. 
―Vámonos a ver una película.
No podía dudarse de que Heidemann era el asesino. Casi había dejado escapar una admisión del hecho. Entonces Schindler empezó a maniobrar para arrancarle la confesión plena.

Un día Heidemann y Neumeister alquilaron a propuesta del último un caballo y un carricoche para pasearse por cierto paraje solitario de Yonkers.  Un vagabundo ―que tenía muy mal aspecto― los atajó para pedirles que lo llevaran un trecho con ellos. Neumeister, que iba guiando, rehusó complacer al pedigüeño y éste lo insultó. 
Neumeister saltó del pescante y empezó a pelear con el hombre.  Este agarró una piedra y se la tiró al detective, que agachó la cabeza en el instante preciso para evitarla. Entonces Neumeister sacó un revólver del bolsillo y disparó dos veces. El vagabundo cayó a tierra boca abajo; Neumeister se inclinó sobre él y le disparó varias veces más. Luego hizo rodar el cuerpo hasta el lado del camino, volvió corriendo al carricoche, fustigó el caballo y siguieron a toda prisa. Las primeras palabras de Heidemann fueron: 
―Carl, no debías haber hecho eso. 
―¿Por qué no? ―preguntó Neumeister simulando una combinación de rabia y miedo.
―Porque nunca más te sentirás seguro en la vida. Has matado y siempre temerás que la policía lo descubra.
—¡Chitón! ¡Que no quiero oír más!

Por supuesto el homicidio había sido pura comedia. El vagabundo era otro agente de Burns, y Neumeister disparó cartuchos sin bala.
Schindler publicó entonces la supuesta noticia para que la leyera el sospechoso. El editor del Herald de Yonkers imprimió un solo ejemplar de un periódico apócrifo en que se daba cuenta del asesinato de un vagabundo y agregaba que la policía de Yonkers tenía una descripción del asesino. 
Neumeister mostró el periódico a Heidemann y dijo que tenían que salir de la ciudad. Fueron a Filadelfia y luego a Atlantic City. La correspondencia falsa que se cruzó entre un fingido banquero y Neumeister indicaba que la fabulosa testamentaría del abuelo en Alemania estaba a punto de terminar. 
—Cuando reciba el dinero —dijo Neumeister— iremos a California o a otro sitio lejano. Te estableceré en el negocio de florista. ¿Qué te parece?
Naturalmente a Heidemann le pareció magnífico. 

Ya estaba todo preparado para el desenlace. Schindler había aterrorizado a Heidemann, lo había sobresaltado y lo había sorprendido. 
Pero nada de eso produjo la buscada confesión. El próximo paso tenía que dar resultado.  Ya habían transcurrido casi cuatro meses. 
Los dos jóvenes alemanes se hospedaban en el Hotel Young. Schindler y otros agentes de Burns ocupaban una habitación inmediata provista de un aparato de escucha.
 
Un día Neumeister recibió una carta respecto a la cual se mostró muy reservado. Como siempre había sido franco al hablar de sus asuntos con Heidemann, aquella reserva fue mucho más notoria.
Neumeister bajó al vestíbulo del hotel para comprar un paquete de cigarrillos y dejó la carta sobre una mesa.  Cuando volvió a la habitación, Heidemann estaba loco de indignación. Tenía la carta en la mano. 
—¡De manera que pensabas traicionarme! —gritó.

La carta, escrita en papel con membrete de la compañía de vapores Lloyd Norte-Alemán —pero por mano de Schindler— confirmaba la reservación de un pasaje para Alemania en un barco que zarpaba dos días después.
—¡Y tantas promesas que me hacías! —siguió gritando Heidemann mientras Schindler y otras personas escuchaban en la habitación contigua— ¡Que me ibas a poner un negocio! ¡Que eras mi amigo! ¿Y qué haces? ¡Te dispones a salir para Alemania y dejarme plantado!
Neumeister hizo un llamamiento supremo a su fingida cordialidad.
—Frank —repuso— tú sabes muy bien cuánto afecto siento por ti. Pero los hombres somos muy raros. Tú y yo y todo el mundo. Los hombres cambiamos. Amigos hoy y enemigos mañana.
—¿A qué conduce todo eso?
—Supón que un día tú y yo, que somos ahora tan buenos amigos, peleásemos. Tú sabes que yo maté a ese hombre de Yonkers y podrías decírselo a la policía.
—¡De modo que es eso! —exclamó Heidemann con tono de alivio. 
—Sí —contestó Neumeister— eso es.
—No —dijo Heidemann.
Neumeister lo miró.
—Quisiera poder creerte, Frank.
—Puedes creerme —dijo Heidemann—. Nunca podré contar a la policía que tú cometiste aquel asesinato porque yo también cometí un asesinato. 
―¿Tú, cometer un asesinato? ―preguntó Neumeister en son de mofa. 
―Maté a la niña de Asbury Park.
¿Recuerdas cuando mencionaron mi nombre en el periódico?
―Estás inventando todo eso para hacerme cambiar de plan ―dijo Neumeister.
―Nada de eso, Carl. La maté.  La maté el nueve de noviembre. Le di en la cabeza con un martillo y luego la estrangulé.
Neumeister siguió fingiendo duda.

En su esfuerzo por convencerlo para que se quedara en los Estados Unidos y le diera dinero para su negocio de florista, Heidemann contó detalladamente la historia.

Una noche de mayo del año siguiente, Frank Heidemann fue electrocutado.  Solamente se arrepentía de una cosa: de no haber podido, una vez que se supo la verdad, asesinar también a su fingido amigo. El joven Raymond Schindler no tenía nada de qué arrepentirse. Iba camino de la fortuna y de la fama como jefe de su propia agencia.



Ilustración de James Anthony Kelly (la foto de la ilustración es mía y arreglada con la ayuda de la IA del buscador de Google).

Condensado de «Murder!»

Revista Selecciones del Reader’s Digest, Octubre de 1950, Tomo XX, N° 119, págs. 57-62, Selecciones del Reader’s Digest, S.A., La Habana, Cuba



 

Notas

La presente lectura es una transcripción de la versión condensada aparecida en la revista Selecciones del Reader's Digest (octubre de 1950), la cual cita como fuente original la famosa serie de crónicas policiales “Murder!” escrita por el periodista Alan Hynd. Investigar el árbol genealógico de este escrito fue un verdadero desafío bibliográfico, ya que la crónica sobre el crimen de Asbury Park de 1910 llegó a figurar hasta en tres antologías en inglés y en dos colecciones en español:

En inglés: El texto nació en los años 40 para la revista estadounidense True: The Man's Magazine. Posteriormente, saltó al formato libro en el volumen de bolsillo Murder! Great True Crime Cases (Penguin Books, 1947) —la fuente directa de la condensación de Selecciones—, y volvió a compilarse en las antologías del autor Alan Hynd's Murder (1952) y en Murder, Mayhem and Mystery (1957).

En español: Los lectores recibieron esta misma crónica criminal a través del catálogo de la Editorial Bruguera, que redistribuyó el material original en dos de sus colecciones: primero en la antología Antología del Crimen (Colección Círculo Rojo, 1960) y, años más tarde, dentro del masivo tomo recopilatorio El Mundo del Delito (Colección Libro Amigo n° 25, 1966).

Para la presente transcripción se han subsanado de forma directa algunas erratas de la edición original y se han restaurado las grafías y nombres propios históricos reales (Carl Neumeister, Frank Heidemann). Y otras como El Perro de los Baskerville.

 

El texto dice perro policía: se refiere a un simple perro guardián de la finca. 

Agencia de Detectives William J. Burns: fue una agencia de detectives privados en los Estados Unidos, dirigida por William J. Burns. Fundada en 1909, la agencia evolucionó a Burns Security y luego a Burns International en agosto de 2000, cuando fue adquirida por Securitas AB . De 1969 a 1983 tuvo su sede en Briarcliff Manor, Nueva York. William J. Burns

Por de contado: es una locución adverbial que significa «por supuesto» o «de seguro». DLE RAE

Conejillo de Indias: Cavia porcellus, también conocido como cuy, cuyi, cuye, cuyo, cuis, cobaya, curiel, cuilo, acure, güimo, cerdo de Guinea (Guinea pigs, en inglés), es una especie de roedor perteneciente a la familia Caviidae y al género Cavia. 

Zancadilla: Acción de cruzar alguien su pierna por entre las de otra persona para hacerle perder el equilibrio y caer. Sinónimos: traspié, trascabo, cabe.

Comarca: Territorio que, en un país o una región, se identifica por determinadas características físicas o culturales. Sinónimos: región, paraje, zona, contorno, terruño, lugar, distrito, territorio, sitio. DLE RAE

Avieso: perverso, siniestro, retorcido, odioso, malo, malvado, maligno, abyecto, infame, traidor, torcido, malintencionado, innoble, indigno, despreciable, etc. DLE RAE

Close-up: En cine, televisión, fotografía y cómics , un primer plano (o close-up) es un tipo de plano que encuadra de cerca a una persona u objeto. Los primeros planos son uno de los planos estándar que se utilizan habitualmente junto con los planos medios y generales. Close-up

Testamentaría: Ejecución de lo dispuesto en el testamento. Bienes que constituyen una herencia, considerados desde que muere el testador hasta que quedan definitivamente en poder de los herederos. Junta de los testamentarios. Conjunto de documentos y papeles que atañen al debido cumplimiento de la voluntad del testador. Juicio, de los llamados universales, para inventariar, conservar, liquidar y partir la herencia del testador. DLE RAE

Topográfico: Perteneciente o relativo a la topografía: Técnica de levantar mapas y planos de un terreno a escala. Conjunto de particularidades que presenta un terreno en su configuración superficial. DLE RAE

A guisa: La expresión "a guisa de" significa "a modo de" o "a manera de". RAE

Mascullar: Hablar entre dientes, o pronunciar mal las palabras, hasta el punto de que con dificultad puedan entenderse. Sinónimos: murmurar, farfullar, balbucir, rezongar, cuchichear, barbotear, barbotar, mamullar. DLE RAE

Yonkers: Ciudad ubicada en el condado de Westchester, en el estado estadounidense de Nueva York.

Apócrifo: Apócrifo es un adjetivo que significa falso, fingido, supuesto o de dudosa autenticidad. La palabra proviene del latín tardío apocry̆phus, y este del griego ἀπόκρυφος (apókryphos), que significa "oculto" o "escondido". Sinónimos: falso, fingido, erróneo, espurio, ilegítimo, etc. 

Desasosiego: Falta de sosiego. Sinónimos: Intranquilidad, desazón, inquietud, nerviosismo. DLE RAE