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jueves, 22 de octubre de 2026

El Corazón

Relato

 

Por Fazil Iskander

 

Ahora, en la planta alta del restaurante «Amra» la gente no sólo toma café, pide bocadillos o saborea una que otra botella de vino; muchos simplemente prefieren jugar al ajedrez. Víctor Andréievich y yo también nos sentábamos a veces ante un tablero libre. Aquella ocasión se perfilaba claramente su triunfo.
Hacía un día soleado y caluroso, nuestra mesa estaba bajo un toldo, una tenue brisa llegaba desde el mar… 

Víctor Andréievich culminó brillantemente la partida; como yo no pedía la revancha, él ―recostándose en el respaldo de la silla― me recompensó con el siguiente relato: 

― Varias veces me he encontrado en situaciones en que el miedo a la muerte, literalmente, llenaba todo mi ser, pero siempre, mejor dicho, casi siempre, lograba superarlo por estar preparado para tales casos. Desde muy joven me templé la voluntad, me acostumbré a la idea de que en ciertas circunstancias es indispensable aceptar la posibilidad de la muerte, y todo ello determinó muchas cosas. El gran lema de mi juventud era «no te dejes humillar ante nadie ni permitas que humillen a otros en tu presencia».

Y, sin embargo, no en el frente, sino aquí, en tiempos de paz, que he experimentado un verdadero e inimaginable miedo.
Hace unos diez años me aficioné, como tantos, a la pesca submarina. Me hice un fusil como no he visto otro, incluso entre los de producción extranjera.  Yo tenía una magnífica respiración, lo que no era de extrañar, pues había crecido junto al mar; desde muy pequeño aprendí a bucear, luego me dediqué al boxeo y al atletismo. No me resultaba difícil pasar 3 o 4 minutos bajo el agua. Cuando iba a cazar muy rara vez regresaba con las manos vacías. 

Cierta vez, al sumergirme cerca de un escollo, vi a un excelente cabezudo. Estaba, moviendo sus aletas, a unos centímetros de la roca. Me acerqué lo más sigilosamente que pude, apunté y apreté el gatillo.

Después de disparar, generalmente, el buceador sube a la superficie. Si el arpón se ha clavado en el pez, lo jala por el cordel, lo desprende de la punta, se lo cuelga en el cinturón y recarga el fusil. Si no ha acertado, o el pez, de alguna manera, ha logrado zafarse del arpón, él recarga el arma y se sumerge de nuevo. El arpón está amarrado al cinturón con un resistente cordel de fibra artificial.

Aquella vez no di en el blanco y empecé a subir a la superficie.
Cuando me faltaba cerca de medio metro, de repente sentí que el cordel a que estaba atado el arpón, se tensó y no me dejaba avanzar. Comprendí que el arpón se había trabado en una grieta del escollo. Intenté encontrar el cuchillo que siempre llevo al cinto, pero recordé que lo había dejado en casa. El miedo comenzó a apoderarse de mí.  Traté de quitarme el cordel del cinturón, pero éste no cedía. El cordel era muy resistente y fue imposible romperlo bajo el agua sin punto de apoyo.

En aquel instante me sentí preso del pánico.  «Dentro de unos instantes perderé el sentido ―pensaba— y unos minutos más tarde mi cadáver estará meciéndose a sólo medio metro de la superficie. Y, por supuesto, nadie sabrá dónde me he metido». Miré hacia arriba y vi, a través del grosor del agua, el deslumbrante oro del disco solar. Por instinto, alcé la mano sobre el agua, como tratando de agarrarme del aire para poder salir.

Entonces, casi perdiendo el sentido, decidí probar lo único que me quedaba: sumergirme hasta el escollo, apoyar en él los pies y tirar del cordel con todas mis fuerzas. Si se rompía estaba salvado, si no, perdido. Ya casi asfixiado buceé con la única idea de no perder el sentido antes de que alcanzara el escollo. Guiándome por el cordel en las manos, llegué junto a la roca, afirmé en ella los pies, jalé el cordel haciendo un esfuerzo sobrehumano y… me desmayé. 

No sé cuántos segundos o minutos habrán pasado hasta que recobré el conocimiento en la superficie. Me sentía como si me acabase de despertar en la mañana después de un grave ataque de fiebre palúdica: estaba hecho pedazos. La costa se veía a unos 500 m. Me esforcé por alcanzarla. Y, por primera vez en la vida, nadando hacia la orilla, tuve miedo de ahogarme por debilidad, y el mar, querido desde la niñez, me daba asco, me parecía repugnante, un tibio y fangoso pantano.

En la costa tosí para que saliera el agua de los pulmones y la vomité del estómago. Estuve acostado un rato y me arrastré hacia mi casa, que se encontraba frente al golfo donde pescaba.

Unos diez días me siento mal, pero luego mejoro. Una vez entro en el mar y empiezo a nadar. A unos quince o veinte metros de la orilla siento que el corazón da un extraño latido doble y se para.
Quizás, unos dos o tres segundos… no sé. Pero la sensación es sumamente desagradable.

Recordé que en la víspera tomé unos tragos y decidí que esa era la causa. Nunca antes había sufrido del corazón, me sucedió por primera vez.  Me puse a nadar de nuevo. De golpe siento otro latido doble, como que se me ha parado el corazón y estoy a punto de ahogarme. Nadé hacia la orilla con cuidado, temiendo afectar el corazón.

A la mañana siguiente me meto en el mar de nuevo, poniendo atención en los latidos del corazón. Todo parece estar en orden. Efectivamente, pienso, los años no pasan en balde y el corazón empieza a fallar después de unos tragos. Ya no había terminado de decirme esto, cuando se repite la historia del día anterior. Me enojo muchísimo y resuelvo continuar nadando, sin darle importancia al asunto. Y otra vez lo mismo.  Sigo nadando. ¡Vuelve a repetirse!
Entonces no puedo aguantar más. Lo principal es que uno siente que el corazón sólo por casualidad se paró esos dos o tres segundos, que en realidad puede dejar de latir un plazo mayor. En ese caso, ¡adiós a todo! 

Voy al médico. El terapeuta me ausculta, hace un electrocardiograma y, a fin de cuentas, dice: 
―Su corazón funciona como si usted tuviese 20 años. No comprendo nada, debe consultar a un siquiatra.

Me presentan a un siquiatra que goza de fama. Durante nuestra conversación él me escucha, inclinando la cabeza como si fuera un gallo molesto, y cualquier cosa que le digo no le place.

Me interrumpe, derrochando un torrente de términos, pero no puede explicar qué me ha pasado.  Después de que le conté todo sobre la pesca submarina y la natación, él, como sugiriendo que le he ocultado lo más importante, dirige la charla hacia el tema de mi «majoliot».

Alguien le habría dicho que estoy construyendo un aparato volador que se mueve con la fuerza muscular del piloto.  Pregunta desde cuándo me ocupo de esto, recomienda que recuerde si se me presentó la imagen del «majoliot» después de la contusión en la guerra; cuáles son mis máximos objetivos; qué lesiones recibí tras la caída y cosas por el estilo.  Trato de explicarle, tranquilamente, que estoy haciendo el «majoliot» desde hace mucho tiempo y que ello no tiene nada que ver con lo que me ha sucedido en el mar.
―Yo sé mejor que usted qué tiene que ver ―me interrumpe.

Y, nuevamente, inclinando la cabeza como un gallo, pone una cara de pocos amigos y diagnostica que si no dejo de construir el «majoliot» en mí irá creciendo el sentimiento de inadaptibilidad, primero en el mar (ya empieza), luego en la tierra, y después ―cuando, por lo visto, me haya chiflado por completo― voy a proclamar el aire como mi único hábitat.

Quizás exagere un poco, pero ―palabra de honor― estaba frente a un auténtico loco vestido de médico. Cuando al contestar su semipregunta-semiafirmación, le dije que no tuve ningún antepasado anormal, él simplemente se salió de sus casillas.

En una palabra, apenas pude dejar con vida el consultorio de aquel hombre. Pero, ¿qué hacer? 
Intenté nadar varias veces, todo volvió a repetirse.  Entonces saqué la triste conclusión de que tendría que dejar la natación y la caza submarina.

No obstante, por medio de una lancha mantenía mis nexos con el mar. En las horas de ocio podía pescar en lancha, como hacía en efecto. Pasó un año. No me bañé más en el mar y regalé a un amigo mi exclusivo fusil. 

Una vez, en abril, estaba pescando, a un kilómetro de la costa, con un niño, hijo de nuestros vecinos. Era un muchachito de diez años, encantador, de pícaros ojuelos negros, una copia exacta de su abuelo, amigo de mi padre. 
Vivía con su madre y con su abuelo. El padre había abandonado a la familia. En parte, tal vez por eso el niño venía a mi casa: observaba fascinado, durante horas y horas, la construcción de mi «majoliot»; a veces yo lo llevaba a pescar.

Pescamos jureles sin cebo. El pez pica bien, pero la corriente es bastante fuerte y a cada rato nos aleja del cardumen. Nos vemos obligados a remar de vez en cuando. De repente, oímos el ruido de una lancha de motor que se acerca más y más hasta que, por fin, pasa rápidamente junto a nosotros, salpicándonos y meciendo nuestra lancha con una gran ola que formó.  Yo la seguí con la mirada y vi la cara del que manejaba, carcajeándose en la popa.  En la banca del medio estaba sentado el segundo.  Sin duda, habían tomado mucho. Dieron vuelta bruscamente; me cruzó por la mente que podían volcarse, pero la lancha tenía un motor muy potente.

 


El pez seguía picando. La pesca nos entusiasmó de nuevo y me olvidé de aquellos borrachos. Una media hora más tarde otra vez escuchamos el ruido del motor, y ellos, quizá por no haber calculado la distancia se nos acercaron tanto que nuestra lancha se volcó al cubrirla una tremenda ola.

Todo sucedió en un abrir y cerrar de ojos. Es difícil pensar que esos desgraciados no se hubieran percatado de lo ocurrido. Seguramente, temiendo la responsabilidad, enfilaron rumbo al puerto, y pronto ya no se oyó el motor. 

Al hallarme en el agua, me asustó la idea de que el niño se hubiera herido.
―¿Te lastimaste? ―le pregunté.
―No ―me respondió con bastante calma.

Yo sabía que él nadaba como un pez, pero el agua en abril estaba helada.  Mientras nos repusimos y me acerqué a él, nuestra lancha ya se encontraba a unos quince metros. ¿Qué hacer? Yo, por supuesto, podía alcanzarla. 
Pero, por un lado, temía dejar solo al niño y, por otro, no seríamos capaces de voltearla y colocarla en la quilla, y era peligroso agarrarnos de ella, en espera de que nos encontraran. Decidí que deberíamos nadar hacia la costa con la esperanza de que esos malvados al menos le dijeran  a alguien que habían volcado la lancha y vinieran a rescatarnos.

En ese momento me acordé de mi corazón, pero ciertamente de pasada. El pensar que estaba conmigo un niño que debía llevar a la costa, me llenó por completo. Al acordarme del corazón, casi en seguida sentí aquel latido doble y el corazón se me paró un instante. Todo pasó igual que antes, pero con mucha menos intensidad, como si con lo sucedido mi corazón me dijera: «Estoy aquí todavía, pero ya eres más fuerte que yo». 

Lo sentí perfectamente. El miedo por el niño me hizo olvidar todo lo demás. Me acerqué a él, desabroché su camisa y, aguantándolo con una mano,le ordené: 
―Quítatela.
 
Se la quitó junto con la camiseta. Encontré a tientas bajo el agua las plantas  de sus pies y lo liberé de los zapatos. Luego busqué la correa de su pantalón, la abrí, eché al niño un poco hacia atrás y se lo zafé. Hice lo mismo con mi ropa y la tiré. Llevada por la corriente flotó un tiempo no lejos de nosotros. Nos quedamos en puros calzoncillos.

―No temas nada ―le dije lo más tranquilo que pude―, sin falta alcanzaremos la costa.
―Yo no tengo miedo ―contestó―, pero no puedo comprender por qué volcaron nuestra lancha. 

Me miraba atentamente con sus ojuelos negros, tratando de entender el sentido de lo sucedido. 

―Son unos borrachos imbéciles ―dije―, pero tú no temas nada, llegaremos a la costa.

Por ahora el niño se veía bien, pero yo sabía que el frío haría su efecto al pasar unos quince minutos. La lejana costa verde de nuestro pueblo parecía como alineada con el agua. Miré por todos lados: en ninguna parte se veían lanchas. En esta estación del año pocos son los que pescan.
 
Al cabo de unos quince minutos la morena cara del niño palideció, sucedió lo que yo tanto temía. Y diez minutos después se cubrió de un color azul.
―¿Estás congelado?
―No.
Se notaba que estaba tiritando de frío. El niño se portaba excelentemente.
―Espera, te voy a hacer un masaje ―le dije.
Me acerqué a él y, flotando con una sola mano, con la otra comencé a frotarle la espalda, el vientre, las piernas. 
―Me duele ―gritó de repente
―Aguanta ―le pedí y, siguiendo la fricción, agregué―: así ha de ser.
―Si es necesario voy a aguantar ―dijo y se mordió los labios.

Gasté tanta energía en masajear su flaquito, huesudo cuerpecito, que se me durmió la mano. 
Pero el color terroso desapareció de su rostro. Nos pusimos a nadar de nuevo.
―Tío Vitia ―me preguntó, mirándome con sus tristes ojos negros―, ¿los borrachos se vuelven como locos? 
Era obvio que él pensaba intensamente en la gente que nos había volcado. 
―Esos tipos son unos canallas ―traté de explicarle―, cuando uno está borracho, si es canalla, no puede controlarse. 
Asintió con la cabeza y continuó nadando. Pero su carita denotaba que seguía pensando en el mismo tema.
―Son como los avaros ―dijo al cabo de un rato―. Mientras Zhorik  no tenía bicicleta, yo no sabía que él era avaro, y ahora lo sé
―Cierto ―afirmé.
Un poco más tarde sentí que yo mismo  estaba congelándome. Miré al niño. Su cara nuevamente adquiría un color azul.
―Espera ―le dije y me acerqué.
Y otra vez, balanceándome con una mano, le masajeé el cuerpo.

Su rostro se reanimó. Nos pusimos a nadar.  Aunque yo veía que  él se cansaba, no me paraba, temiendo que pudiese enfriarse más rápido.  En el fondo, de vez en cuando pensaba en mi corazón, pero éste no se manifestaba de ninguna forma, y yo, no sé por qué, sabía que no me molestaría. 

Quedaban unos cuatrocientos metros hasta la costa y ya se distinguían los sotos de los árboles en el litoral. Y, de súbito, sentí un calambre en la pierna derecha y, junto con éste, un miedo por el niño que superó al dolor. 

Haciendo esfuerzos para ocultar el dolor, me aproximé a él y empecé a masajear su cuerpo otra vez. Ahora no podía mover una pierna y era mucho más difícil mantenerme a flote. Había que hacer todo para que no se sobreenfriase. Si le daba un calambre, obviamente ya no estaría en condiciones de arrastrarlo hasta la costa.

Me atosigaba la idea de que si me daba un calambre en la pierna izquierda, no habría manera de frotar su cuerpo. Por eso hacía grandes esfuerzos. Alcanzaba hasta sus tobillos, pellizcaba y flotaba sus delgadas caderas y pantorrillas, su espalda y vientre. 
Parece que, dándose cuenta de la seriedad de la situación, él lo aguantaba todo con suma paciencia, sólo gemía a veces.

Por fin, su cara volvió al color natural. Yo estaba totalmente agotado. En cuanto pensé que sería conveniente masajear mi pierna izquierda para protegerla de un  posible calambre, por poco grito:  el dolor también atravesó el hueso de esa pierna.

Yo nadaba demasiado bien para ahogarme, pero no sabía qué pasaría después. Había oído que si el calambre llega hasta los músculos del vientre, uno no puede moverse ni enderezarse. Empecé a masajear, pellizcar y raspar mi vientre lo más fuerte que pude.

Unos doscientos metros quedaban hasta la costa, y yo, aguantándome sólo con las manos, apenas alcanzaba al niño.  El litoral y el mar estaban desiertos: no había esperanza de que nos rescataran. Yo nadaba con las manos, el corazón latía cerca de la garganta.
Dios mío, pensaba, dame fuerzas para unos cien metros; luego si me sucede algo, el niño ya podrá llegar por sí mismo. Después parece que me desmayé por un rato.  Al recobrar el sentido, me di cuenta de que el niño estaba rezagado, aunque yo no pude haber aumentado la velocidad, la disminuía, más bien. Paré para esperarlo.  Se acercó. Su cara estaba gris.
―Qué será de mi mamá… —dijo de pronto y cortó la frase, como avergonzado de terminar su pensamiento. 
—¡Qué dices! —le grité—Mira, ya casi hemos llegado. 

No me contestó nada. Era un niño maravilloso y se portó como todo un hombre hasta el final. 
Nadé los últimos metros en un semisueño.  Cerca de la orilla traté de pisar el suelo y me caí, sin comprender al principio por qué los pies no me respondían. El niño salió del agua y se tumbó en la tibia arena.  Yo me arrastré como un reptil.  Ya no tenía que ocultar que mis piernas estaban inmóviles por los calambres.

La corriente nos había alejado a unos quinientos metros de nuestro pueblo. ¡Lo vivificante que es la infancia! Media hora más tarde el niño ya jugaba en la arena, mientras yo necesité unas dos horas para medio pararme.  El día era cálido y, mirando el tierno mar, no queríamos creer que por poco nos congelamos en él. 

Caminamos por la costa hacia nuestro pueblo. Me parecía que el niño no debía relatar toda la verdad en casa. ¿Acaso era indispensable preocupar a su mamá? 
Podía decir que todo había ocurrido cerca de la costa. Pero después cambié de opinión. ¡Que lo contara todo tal y como sucedió! 
No tenía derecho a frustrar la fiesta de su primera auténtica victoria.

Aquel mismo día los guardafronteras trajeron mi lancha.

Pero yo no me disponía a dejar las cosas así no más. Al cabo de tres días me dirigí a la ciudad. Sabía que tarde o temprano tendría que encontrar al que estaba manejando la lancha de motor y carcajeándose de nosotros. Todos ellos, como gallinas en el gallinero, se reúnen en el amarradero, incluso cuando no salen a pescar. 

Entré en el amarradero y lo vi jugando al dominó en una mesa. Algunos pescadores me conocían. 

Me acerqué a la mesa. Él levantó su repugnante rostro, no tanto reconociéndome como adivinando que yo tenía algo que ver con su crimen.
―¿Vamos a la milicia o hablamos aquí? ―le pregunté.
Yo sabía lo que él iba a escoger. 
Yo también prefería eso. 
―Qué pasa, qué pasa… hablamos aquí ―respondió pensando, seguramente cuántas botellas le costaría esta charla. 
―Entonces, ve para allá ―le dije, mostrándole una de las cabañas en que los pescadores guardaban sus motores y redes.
Se puso en pie, calladamente, y se dirigió para allá. 

Me aproximé hacia donde estaba el tipo ese y lo empujé tras la cabaña. Incluso de niño jamás fui el primero en golpear. Le di un puñetazo en plena cara. Echó para atrás la cabeza, pero no se cayó. Acaso, pensé, he perdido fuerza en la mano, y lo golpeé otra vez. Ahora sí, como un toro, cayó de rodillas.
―Pero si yo no estaba solo… —dijo entrecortadamente, moviendo la cabeza y tratando de limpiarse la sangre que le brotaba de la boca.

De pronto, me vino a la mente lo que pudo haber pasado con el niño, y una verdadera rabia me sacudió: qué me importa que no aprecies mucho tu vida, pensé al ver al desgraciado ese. 
—Tú estabas al timón —le dije lo más claro posible y, levantando un poco su desmoronado cuerpo le estrellé el puño por tercera vez. 
Él se desplomó por completo.
 
De esa manera, separándome del mar un año y encontrándome en el papel de salvador del niño, me quité de encima para siempre aquel enigmático fenómeno cardíaco. Nunca más volvió a repetirse. Sería interesante saber qué opinaría sobre esto, si lo supiera, mi siquiatra. Parece que León Tolstói denominaba esto: olvidarse de sí mismo. El pueblo lo explica mejor: un clavo saca otro clavo. 


A propósito, si yo tuviera una mente enciclopédica, consagraría mi vida a revelar las ideas universales que, como estoy convencido, encierran los proverbios y refranes populares. ¡Qué interesante trabajo sería este! Según tengo entendido, en ruso no hay una obra de este tipo. Y tampoco he escuchado que otros pueblos tengan algo semejante.

… En esto, Víctor Andréievich terminó su relato. Aún permanecimos un rato en la mesa, viendo distraídamente a los felices tomadores de café y a los concentrados ajedrecistas.

Dibujo de Borís Sopin

Traducción de Pablo Costa

De Literaturnaya Gaceta

Revista Sputnik. Selecciones de la Prensa Soviética, N° 2, Febrero de 1982, págs. 58-66, Agencia de Prensa Nóvosti, Moscú, Rusia


 

Notas

Fazil iskander.- Autor ruso de origen abjasio (1929-2016), que escribió en ruso y fue famoso por sus descripciones de la vida en el Cáucaso. Entre sus obras más conocidas están Sandró de Cheguem y Conejos y Serpientes.

 

En el texto original figuraba la forma compuesta «maxiobjetivos» (calco del ruso макси-цели / макси-задачи, maksimáľnyje tseli/maksi-zadachi); se ha adaptado a «máximos objetivos» para respetar la norma del español.

 
He pulido el texto con alguna que otra corrección gramatical pero el resto está igual a como salió publicado.

Las imágenes están hasta donde se han podido poner porque la herramienta de generación de imágenes no funciona tan bien para lo que se necesita. El problema técnico es que esta herramienta no realiza una edición de fotografía tradicional (como cortar, rotar o borrar con pincel), sino que vuelve a dibujar la imagen por completo desde cero con Inteligencia Artificial cada vez que se le envía una instrucción. Al reinterpretar la ilustración, altera los trazos originales, cambia las expresiones de las caras y arruina la fidelidad del grabado del libro.

Las notas y pulido del texto han sido hechas  usando la IA de Google, Gemini, y con la revisión de mi parte.