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miércoles, 16 de septiembre de 2026

Una trampa bien armada

Fuera de los que se ven en las novelas, este caso es uno de los que mejor muestran el ingenio del criminal aventajado por el del detective

 


Por Alan Hynd



El Nueve de noviembre de 1910, Marie Smith, una niña de escuela de nueve años, fue brutalmente golpeada en la cabeza, al parecer con un martillo, estrangulada y violada en Asbury Park, estado de Nueva Jersey. Se encontró el cuerpo de la niña en un trecho de bosque próximo al lugar donde la infortunada criatura había sido vista por última vez. Por espacio de dos semanas los detectives locales anduvieron frenéticamente a la caza de una pista; luego empezó a abrumarles el peso de la exigencia pública y acudieron a la Agencia de Detectives de Burns. Raymond Schindler, que era a la sazón director de la oficina neoyorquina de la citada agencia, fue encargado de esclarecer el enigma. El joven Schindler aplicó al caso una técnica detectivesca que hasta la fecha se considera como modelo clásico de investigación.

Marie Smith había sido vista en un camino semidesierto a las 3 y 10 minutos de aquella tarde, cuando regresaba de la escuela, pero no había llegado a su casa a la hora de costumbre que era alrededor de las 3 y cuarto. Así, la hora y el elemento topográfico del crimen estaban claramente determinados. La dificultad era que en la zona sospechosa, como la llamaba Schindler, vivían más de una docena de hombres que hubieran podido cometer el crimen.

El primer paso dado por el joven Schindler no fue extremadamente original. Mojó un martillo en sangre de gallina y se lo fue mostrando a todos los sospechosos, explicándoles que había sido hallado cerca de la víctima; a esto seguía la pregunta de si habían visto antes ese martillo. Por de contado, todos contestaron que jamás lo habían visto, pero lo que Schindler buscaba era la reacción de culpabilidad en alguno de esos conejillos de Indias humanos.

Y la encontró. Cierto florista llamado Frank Heidemann —joven alemán de afables maneras que trabajaba en el invernadero de una finca situada dentro de la zona sospechosa― dio señales de nerviosidad. Schindler planeó entonces su segunda jugada. 
Había una cosa evidente. No obstante su aparente simpatía, Frank Heidemann era en el fondo frío e ingenioso. Si había cometido el asesinato, no iba a ser fácil hacerlo confesar. Falto de rastros materiales, Schindler sabía que su problema era engañar al asesino para hacerlo hablar del crimen. 

Para la zancadilla inicial Schindler se inspiró en una obra clásica de la literatura policíaca: El Perro de los Baskerville, de Conan Doyle. En esta famosa aventura de Sherlock Holmes, el aullido de un perro aterrorizaba a la comarca en general y a varios individuos en particular. 
Dio la coincidencia de que en la finca donde trabajaba Heidemann, el florista sospechoso, había un perro policía. Como era singularmente avieso, estaba siempre encadenado. 

Schindler hizo que un ayudante se deslizara sigilosamente tres veces todas las noches —a medianoche, a las dos y a las cuatro de la madrugada― hasta cerca del perro y le tiraba piedras. Así, por más de una semana el perro dio a las horas indicadas aullidos al parecer inexplicables que podían oírse a kilómetros de distancia.

Todas las mañanas se vigilaba a los sospechosos para ver qué efecto les había causado los aullidos del perro. Schindler dedicaba especial atención a Heidemann. Diez días más tarde lo vio dirigirse al consultorio de un médico. Schindler convenció a éste de que en interés de la justicia le revelara el por qué de la consulta de Heidemann. 
—Un perro que ladra tres veces todas las noches ―dijo el doctor―.  Casi lo está volviendo loco.
―¿Qué le aconsejó usted? —preguntó Schindler.
—Un cambio de escena.

Heidemann fue seguido hasta Nueva York donde tomó una habitación en la sexta Avenida, cerca de la Calle Catorce. Al parecer era hombre de costumbres regulares, pues todos los días almorzaba y comía a unas mismas horas en un mismo restaurante.
Schindler tuvo el presentimiento de que a Heidemann le gustaría trabar amistad con alguien, sobre con otro alemán. De la misma agencia de Burns sacó a un joven detective llamado Carl Neumeister el cual empezó a acudir al restaurante antes mencionado y a leer mientras comía el diario neoyorquino de lengua alemana Staats-Zeitung. Un día Heidemann le dirigió la palabra: 
―Veo que usted es alemán ―dijo tendiéndole la mano―. Yo me llamo Frank Heidemann. ¿Cómo se llama usted?
―Carl Neumeister.
Los dos se fueron a ver una película. Luego siguieron encontrándose con frecuencia. Como Heidemann vivía de sus ahorros y no tenía ocupación, Neumeister tuvo que inventar una explicación lógica de su ociosidad.
―No necesito trabajar, Frank ―le dijo un día―. Recibo 75 dólares semanales a cuenta de la herencia de mi padre en Alemania mientras que se arregle la testamentaría. Un banco de Nueva York se encarga de todo. 
El primer acto del drama se había llevado a término satisfactoriamente. Schindler quería ahora obtener una reacción psicológica de Heidemann.

Como los dos amigos iban con frecuencia al cine, Schindler, que tenía muchos conocidos, se arregló con el propietario de un pequeño cinematógrafo de barrio para que intercalara en su programa corriente y por una sola vez cierta película de un crimen sexual. Heidemann y Neumeister asistieron a aquella representación que también presenciaron varios policías secretos de Burns.
A medida que avanzaba la película, Heidemann empezó a moverse desasosegadamente en su butaca.La respiración se le fue haciendo trabajosa. Cuando llegó la escena del crimen se puso perceptiblemente rígido, y cuando apareció en la pantalla un close-up del cuerpo de la víctima se cubrió los ojos con las manos, balbució algo confusamente y se levantó.
―Hasta mañana, Carl ―dijo a guisa de explicación―. Me duele horriblemente la cabeza.

Schindler tenía el convencimiento de que el florista alemán era el criminal. Estaba tratando de decidir cuál sería su próximo paso cuando Heidemann decidió por él. 
―¿Por qué no vivimos juntos? ―propuso un día a Neumeister.
Y el detective se mudó a la habitación de Heidemann. Aquello abrió un campo completamente nuevo a Schindler. Dio instrucciones a Neumeister. La primera noche sacudió violentamente a Heidemann después de las 12 para despertarlo. 
―¿Qué te pasa, Frank? ―le preguntó solícitamente―. Estás hablando dormido desde hace casi una hora.
Heidemann se incorporó en la cama con el terror pintado en los ojos. 
―¿Qué dije? ―preguntó ansiosamente.
Neumeister se encogió de hombros.
―No se te entendía nada ―le contestó―. Estuviste mascullando algo sobre una chiquilla.
Heidemann pasó el resto de la noche sentado en una mecedora junto a la ventana, fumando incesantemente. Esto se repitió varias noches.

Pero los funcionarios de Asbury Park empezaron entonces a mostrarse impacientes. Querían resultados. Schindler y su jefe, William J. Burns, pidieron más tiempo, explicando que en un asunto de esta índole el apresuramiento podía echarlo todo a perder.
Schindler hizo arreglos con Lyle Kinmouth, director del diario Press de Asbury Park, para que publicara un artículo en el cual se decía que las autoridades habían hallado un martillo que creían fuera el del asesinato. El artículo añadía que se pensaba mostrar el martillo a Frank Heidemann, que se encontraba descansando fuera de la ciudad, para ver si lo identificaba.
Schindler sabía que Heidemann leería el artículo porque el joven alemán compraba diariamente el periódico de Asbury Park. 
Cuando hubo leído el diario en su habitación, Heidemann empezó a fumar cigarrillo tras cigarrillo. 
Más tarde Neumeister tomó el periódico y aparentó leerlo distraídamente.
―Oye, Frank ―dijo― aquí mencionan tu nombre. ¿Eres de Asbury Park?
Heidemann miró fijamente a su amigo.
―Sí, trabajé allá un par de años. ¿Dónde mencionan mi nombre? 
Neumeister le mostró el artículo.
―Oh ―dijo Heidemann― nunca esclarecerán ese crimen. El martillo que han encontrado no es el martillo del asesino porque…
Heidemann cortó en seco. Neumeister se hizo el tonto y propuso. 
―Vámonos a ver una película.
No podía dudarse de que Heidemann era el asesino. Casi había dejado escapar una admisión del hecho. Entonces Schindler empezó a maniobrar para arrancarle la confesión plena.

Un día Heidemann y Neumeister alquilaron a propuesta del último un caballo y un carricoche para pasearse por cierto paraje solitario de Yonkers.  Un vagabundo ―que tenía muy mal aspecto― los atajó para pedirles que lo llevaran un trecho con ellos. Neumeister, que iba guiando, rehusó complacer al pedigüeño y éste lo insultó. 
Neumeister saltó del pescante y empezó a pelear con el hombre.  Este agarró una piedra y se la tiró al detective, que agachó la cabeza en el instante preciso para evitarla. Entonces Neumeister sacó un revólver del bolsillo y disparó dos veces. El vagabundo cayó a tierra boca abajo; Neumeister se inclinó sobre él y le disparó varias veces más. Luego hizo rodar el cuerpo hasta el lado del camino, volvió corriendo al carricoche, fustigó el caballo y siguieron a toda prisa. Las primeras palabras de Heidemann fueron: 
―Carl, no debías haber hecho eso. 
―¿Por qué no? ―preguntó Neumeister simulando una combinación de rabia y miedo.
―Porque nunca más te sentirás seguro en la vida. Has matado y siempre temerás que la policía lo descubra.
—¡Chitón! ¡Que no quiero oír más!

Por supuesto el homicidio había sido pura comedia. El vagabundo era otro agente de Burns, y Neumeister disparó cartuchos sin bala.
Schindler publicó entonces la supuesta noticia para que la leyera el sospechoso. El editor del Herald de Yonkers imprimió un solo ejemplar de un periódico apócrifo en que se daba cuenta del asesinato de un vagabundo y agregaba que la policía de Yonkers tenía una descripción del asesino. 
Neumeister mostró el periódico a Heidemann y dijo que tenían que salir de la ciudad. Fueron a Filadelfia y luego a Atlantic City. La correspondencia falsa que se cruzó entre un fingido banquero y Neumeister indicaba que la fabulosa testamentaría del abuelo en Alemania estaba a punto de terminar. 
—Cuando reciba el dinero —dijo Neumeister— iremos a California o a otro sitio lejano. Te estableceré en el negocio de florista. ¿Qué te parece?
Naturalmente a Heidemann le pareció magnífico. 

Ya estaba todo preparado para el desenlace. Schindler había aterrorizado a Heidemann, lo había sobresaltado y lo había sorprendido. 
Pero nada de eso produjo la buscada confesión. El próximo paso tenía que dar resultado.  Ya habían transcurrido casi cuatro meses. 
Los dos jóvenes alemanes se hospedaban en el Hotel Young. Schindler y otros agentes de Burns ocupaban una habitación inmediata provista de un aparato de escucha.
 
Un día Neumeister recibió una carta respecto a la cual se mostró muy reservado. Como siempre había sido franco al hablar de sus asuntos con Heidemann, aquella reserva fue mucho más notoria.
Neumeister bajó al vestíbulo del hotel para comprar un paquete de cigarrillos y dejó la carta sobre una mesa.  Cuando volvió a la habitación, Heidemann estaba loco de indignación. Tenía la carta en la mano. 
—¡De manera que pensabas traicionarme! —gritó.

La carta, escrita en papel con membrete de la compañía de vapores Lloyd Norte-Alemán —pero por mano de Schindler— confirmaba la reservación de un pasaje para Alemania en un barco que zarpaba dos días después.
—¡Y tantas promesas que me hacías! —siguió gritando Heidemann mientras Schindler y otras personas escuchaban en la habitación contigua— ¡Que me ibas a poner un negocio! ¡Que eras mi amigo! ¿Y qué haces? ¡Te dispones a salir para Alemania y dejarme plantado!
Neumeister hizo un llamamiento supremo a su fingida cordialidad.
—Frank —repuso— tú sabes muy bien cuánto afecto siento por ti. Pero los hombres somos muy raros. Tú y yo y todo el mundo. Los hombres cambiamos. Amigos hoy y enemigos mañana.
—¿A qué conduce todo eso?
—Supón que un día tú y yo, que somos ahora tan buenos amigos, peleásemos. Tú sabes que yo maté a ese hombre de Yonkers y podrías decírselo a la policía.
—¡De modo que es eso! —exclamó Heidemann con tono de alivio. 
—Sí —contestó Neumeister— eso es.
—No —dijo Heidemann.
Neumeister lo miró.
—Quisiera poder creerte, Frank.
—Puedes creerme —dijo Heidemann—. Nunca podré contar a la policía que tú cometiste aquel asesinato porque yo también cometí un asesinato. 
―¿Tú, cometer un asesinato? ―preguntó Neumeister en son de mofa. 
―Maté a la niña de Asbury Park.
¿Recuerdas cuando mencionaron mi nombre en el periódico?
―Estás inventando todo eso para hacerme cambiar de plan ―dijo Neumeister.
―Nada de eso, Carl. La maté.  La maté el nueve de noviembre. Le di en la cabeza con un martillo y luego la estrangulé.
Neumeister siguió fingiendo duda.

En su esfuerzo por convencerlo para que se quedara en los Estados Unidos y le diera dinero para su negocio de florista, Heidemann contó detalladamente la historia.

Una noche de mayo del año siguiente, Frank Heidemann fue electrocutado.  Solamente se arrepentía de una cosa: de no haber podido, una vez que se supo la verdad, asesinar también a su fingido amigo. El joven Raymond Schindler no tenía nada de qué arrepentirse. Iba camino de la fortuna y de la fama como jefe de su propia agencia.



Ilustración de James Anthony Kelly (la foto de la ilustración es mía y arreglada con la ayuda de la IA del buscador de Google).

Condensado de «Murder!»

 
Revista Selecciones del Reader’s Digest, Octubre de 1950, Tomo XX, N° 119, págs. 57-62, Selecciones del Reader’s Digest, S.A., La Habana, Cuba



 

Notas

La presente lectura es una transcripción de la versión condensada aparecida en la revista Selecciones del Reader's Digest (octubre de 1950), la cual cita como fuente original la famosa serie de crónicas policiales “Murder!” escrita por el periodista Alan Hynd. Investigar el árbol genealógico de este escrito fue un verdadero desafío bibliográfico, ya que la crónica sobre el crimen de Asbury Park de 1910 llegó a figurar hasta en tres antologías en inglés y en dos colecciones en español:

En inglés: El texto nació en los años 40 para la revista estadounidense True: The Man's Magazine. Posteriormente, saltó al formato libro en el volumen de bolsillo Murder! Great True Crime Cases (Penguin Books, 1947) que sería la fuente directa de la condensación de Selecciones.

Para la presente transcripción se han subsanado de forma directa algunas erratas de la edición original y se han restaurado las grafías y nombres propios históricos reales (Carl Neumeister, Frank Heidemann). Y otras como El Perro de los Baskerville.

El texto dice perro policía: se refiere a un simple perro guardián de la finca. 

Agencia de Detectives William J. Burns: fue una agencia de detectives privados en los Estados Unidos, dirigida por William J. Burns. Fundada en 1909, la agencia evolucionó a Burns Security y luego a Burns International en agosto de 2000, cuando fue adquirida por Securitas AB . De 1969 a 1983 tuvo su sede en Briarcliff Manor, Nueva York. William J. Burns

Por de contado: es una locución adverbial que significa «por supuesto» o «de seguro». DLE RAE

Conejillo de Indias: Cavia porcellus, también conocido como cuy, cuyi, cuye, cuyo, cuis, cobaya, curiel, cuilo, acure, güimo, cerdo de Guinea (Guinea pigs, en inglés), es una especie de roedor perteneciente a la familia Caviidae y al género Cavia. 

Zancadilla: Acción de cruzar alguien su pierna por entre las de otra persona para hacerle perder el equilibrio y caer. Sinónimos: traspié, trascabo, cabe.

Comarca: Territorio que, en un país o una región, se identifica por determinadas características físicas o culturales. Sinónimos: región, paraje, zona, contorno, terruño, lugar, distrito, territorio, sitio. DLE RAE

Avieso: perverso, siniestro, retorcido, odioso, malo, malvado, maligno, abyecto, infame, traidor, torcido, malintencionado, innoble, indigno, despreciable, etc. DLE RAE

Close-up: En cine, televisión, fotografía y cómics , un primer plano (o close-up) es un tipo de plano que encuadra de cerca a una persona u objeto. Los primeros planos son uno de los planos estándar que se utilizan habitualmente junto con los planos medios y generales. Close-up

Testamentaría: Ejecución de lo dispuesto en el testamento. Bienes que constituyen una herencia, considerados desde que muere el testador hasta que quedan definitivamente en poder de los herederos. Junta de los testamentarios. Conjunto de documentos y papeles que atañen al debido cumplimiento de la voluntad del testador. Juicio, de los llamados universales, para inventariar, conservar, liquidar y partir la herencia del testador. DLE RAE

Topográfico: Perteneciente o relativo a la topografía: Técnica de levantar mapas y planos de un terreno a escala. Conjunto de particularidades que presenta un terreno en su configuración superficial. DLE RAE

A guisa: La expresión "a guisa de" significa "a modo de" o "a manera de". RAE

Mascullar: Hablar entre dientes, o pronunciar mal las palabras, hasta el punto de que con dificultad puedan entenderse. Sinónimos: murmurar, farfullar, balbucir, rezongar, cuchichear, barbotear, barbotar, mamullar. DLE RAE

Yonkers: Ciudad ubicada en el condado de Westchester, en el estado estadounidense de Nueva York.

Apócrifo: Apócrifo es un adjetivo que significa falso, fingido, supuesto o de dudosa autenticidad. La palabra proviene del latín tardío apocry̆phus, y este del griego ἀπόκρυφος (apókryphos), que significa "oculto" o "escondido". Sinónimos: falso, fingido, erróneo, espurio, ilegítimo, etc. 

Desasosiego: Falta de sosiego. Sinónimos: Intranquilidad, desazón, inquietud, nerviosismo. DLE RAE 


martes, 7 de octubre de 2025

Edmond Locard, detective sin par

 


 

El Sherlock Holmes francés que puso la ciencia al servicio de la justicia y llegó así  a ser uno de los padres de la moderna criminología 


Por François Corre


CIERTO DÍA del año 1915, un sacerdote se presentó en la Sección de Criptología del Ministerio de la Guerra francés, en París, a ofrecer una clave ideada por él. Tenía gran afición a la literatura, explicó, y la criptografía era su pasatiempo predilecto. Había trabajado durante cuatro años en la elaboración de su clave y creía que ningún especialista en la materia podría descifrarla. Informó al funcionario encargado de la sección que había cifrado un texto famoso de la literatura francesa y que se lo dejaba hasta el día siguiente, para que los especialistas juzgaran el trabajo.

Un teniente de reserva, de 38 años de edad, aceptó inmediatamente la prueba que se lo proponía. Su experiencia le permitió ver en seguida que aquella cifra parecía ser realmente impenetrable y, por tanto, decidió enfocar el problema de otro modo: “¿Qué famoso texto   que hubiera elegido el sacerdote?” se preguntó. Sin duda sería un pasaje que fuera muy familiar para él. Muy probablemente una de las fábulas de La Fontaine. Les deux Pigeons (Los dos pichones) podía muy bien ser una obra predilecta de aquel hombre y su extensión era poco más o menos la misma que la del texto cifrado.
El teniente corrió a la ventana.
El sacerdote bajaba los escalones de la entrada del edificio cuando lo llamó:
—¡Un momento, padre! —¡Deux pigeons s’aimaient d’amour tendre! (Dos pichones se amaban tiernamente).
Durante un momento, el sacerdote quedó estupefacto y luego se sentó pesadamente en el segundo escalón, totalmente abatido.

Hombre universal

El funcionario que había resuelto el enigma con tan asombrosa rapidez era el Dr. Edmond Locard, director del Laboratorio Científico de la Policía de Lyon y uno de los padres de la moderna criminología.  Era un hombre universal, que no sólo tenía interés, por la investigación de los delitos, sino también por la grafología, la música, el arte, la filatelia, las matemáticas, la botánica y, sobre todo, la gente.

Innumerables veces, valiéndose de sus vastos y variados conocimientos, había sorprendido y descubierto a algún criminal.
Una vez, habiéndose encontrado en Mont d’Or, montañas situadas no lejos de Lyon, el cadáver de un ingeniero asesinado, Locard fue a examinar el lugar del crimen. No había huellas digitales en el arma usada por el asesino, ni, al parecer, se halló la más ligera pista cerca del cadáver. Al día siguiente, cuando iba a su oficina en el Palacio de Justicia, Locard pasó por la habitación donde se hallaban reunidos los vagabundos arrestados la noche anterior. De pronto, se detuvo. Había observado en la manga de uno de ellos una espora minúscula de una rara especie de diente de león, especie que creía, según había visto, cerca del cadáver del hombre asesinado. Además, en la chaqueta del vagabundo aparecía una mancha oscura. Analizada esta última por encargo de Locard, resultó ser sangre del mismo tipo que la de la víctima. Al interrogarlo, el vagabundo no pudo resistir y confesó su crimen.

Antes que el profesor Locard profesase la criminología, nada en su vida indicaba que llegaría a ser uno de los más eminentes especialistas en esta ciencia. 
Nació Locard en Saint-Chamond (Loira) en 1877, en el seno de una familia rica y culta.
Hasta los 33 años de edad no ejerció ninguna profesión. Su padre le aconsejó que estudiara medicina y él se hizo médico. Por otra parte, su madre sostenía que nadie podía ser un auténtico hombre de mundo sin educación legal, de forma que Locard se graduó también en leyes. Leía mucho y sus lecturas comprendían gran variedad de asuntos. 
Llegó a hablar bien cinco idiomas extranjeros y aprendió a leer once, entre ellos el hebreo y el sánscrito.

Como Locard gustaba de contar después con frecuencia, fue un aguacero tormentoso lo que decidió el curso de su vida. Paseaba un día por Lyon con el Dr. Jean Alexandre Lacassagne, uno de sus profesores en la facultad de medicina y famoso perito en medicina legal, cuando un súbito aguacero les obligó a los dos a guarecerse en un portal. Lacassagne, que detestaba perder el tiempo, sacó de su cartera una revista argentina de criminología y pidió a Locard que le tradujera un artículo que trataba de los criminales consuetudinarios. A Locard le pareció tan interesante el asunto, que en ese mismo momento decidió cuál había de ser la tarea de toda su vida.

Comenzó a devorar decenas de obras de criminología y buscó relacionarse con los más distinguidos especialistas conocidos entonces. 
Viajó a Alemania, Bélgica, Holanda y Gran Bretaña para estudiar nuevos métodos, y pronto comenzó a dar conferencias sobre esta novísima ciencia, la criminología, en sociedades y en agrupaciones cívicas.
Finalmente, a fin de utilizar de modo práctico sus vastos conocimientos, fue a ver a Henri Cacaud, jefe de la policía regional de Lyon. En ninguna parte del mundo, le dijo Locard, se perseguía e identificaba a los criminales como se debía hacer.
Cierto que en varios países había peritos y cada uno de ellos lograba excelentes resultados en su propio campo, pero en ninguna parte existía un equipo permanente de científicos y técnicos dedicados a emplear todos los recursos de la ciencia para descubrir a los malhechores.
Si Cacaud estaba dispuesto a ayudarle, él, Locard, establecería en Lyon el primer laboratorio criminológico del mundo.

Obra de un precursor

Locard se mostró persuasivo, y Cacaud accedió a permitirle que intentara la realización de su proyecto. El jefe puso a su disposición dos desvanes del Palacio de Justicia y le asignó como ayudantes a dos agentes.
El 10 de enero de 1910 comenzó a funcionar el Laboratorio Científico de Policía. Desde el principio Locard estableció una estricta regla, que ha llegado a ser un principio de la investigación policíaca: Hasta que no lleguen los especialistas del laboratorio, no se debe tocar nada en el lugar del crimen.
Locard explicaba con frecuencia: “Es imposible que alguien ejecute algún acto, especialmente con la intensidad propia de un acto criminal, sin dejar huella o rastro en el lugar del crimen”.

Descubriendo y analizando estas huellas o rastros, Locard habría de resolver un número de misterios increíblemente grande.

Por supuesto, las huellas más valiosas son las que deja el cuerpo del criminal, sobre todo sus huellas digitales. Peo en 1910, pocos eran los funcionarios de la policía que creía en la dactiloscopia (o sea el examen de tales huellas). Locard utilizó este método, en forma impresionante, en uno de sus primeros casos.
En el lugar de un robo, en la calle Ravat, en Lyon, descubrió huellas digitales en un vaso azul.
La policía arrestó después a un sospechoso cuyas huellas digitales eran idénticas a las encontradas en el vaso, pero el hombre tenía una coartada perfecta y testigos que lo respaldaban. Hasta entonces, los tribunales habían dado más valor a los testimonios que a las huellas digitales. Esta vez, la formidable precisión de Locard convenció a los jueces. Por primera vez en Europa un hombre era enviado  a prisión no habiendo más pruebas de su delito que huellas digitales. La moderna policía había logrado una victoria decisiva.

Sin embargo, con mucha frecuencia las huellas digitales encontradas en el lugar del crimen son imperfectas o se hallan medio borradas y, por tanto, no sirven para identificación por los procedimientos ordinarios. Locard estudió la distribución de los poros en la superficie palmar de los dedos de la mano y comprobó que formaban figuras características, identificables incluso en el fragmento más diminuto de una huella dactilar.  Esta nueva técnica, a la que él denominó “poroscopia”, le permitió resolver uno de sus casos más divertidos.

Una noche Locard fue a un salón de baile frecuentado por el hampa de Lyon. Allí se topó con un ladrón bien conocido, apodado “Bébert”, quien comenzó a burlarse de los métodos “científicos” de Locard y se jactó de que podía cometer un robo sin dejar la huella más leve.
Pocos días después, una casa, no lejos de la residencia de Locard, recibió la “visita” de un extraño ladrón que vació en el suelo el contenido de todos los cajones, pero sólo se llevó un anillo. 

Locard, sospechando que Bébert estaba cumpliendo el reto que le había lanzado, redobló sus esfuerzos, pero no pudo encontrar nada. Por fin, al cabo de varios días, descubrió en el alféizar de una ventana una bolita de sebo endurecido, poco mayor que la cabeza de un alfiler, en la que había un fragmento de huella digital. Examinada al microscopio, la figura característica formada por los poros resultó idéntica a la que aparecía guardada en el archivo de la policía. El ladrón había cometido el error de quitarse los guantes para encender una vela, le cayó cera en el índice de la mano izquierda, la cera se le desprendió y cayó en la base de la ventana. Locard le puso a Bébert la prueba ante los ojos, y el ladrón, estupefacto, reconoció que Locard había sido más listo que él.

Siguiendo el rastro

Locard logró algunos de sus éxitos más sensacionales como perito en grafología. Dedicó un largo tratado a cierta categoría especial de falsificación: la que se ejecuta cuando una persona guía, a veces por la fuerza, la mano de otra, por lo general la de una persona enferma o moribunda, lo que suele a hacer con el fin de lograr de este modo una herencia.
Locard intervino como investigador en docenas de casos. En uno de ellos, una mujer murió súbitamente seis meses después de casarse, habiendo nombrado como heredero universal a su esposo. La policía se enteró de que, si bien la hacienda propia de la difunta era modesta, pocos días antes de su muerte había recibido, de una amiga íntima suya, una gran herencia. El testamento de la amiga estaba trazado con letra clara y mano firme, pero el de su heredera aparecía escrito con débiles y vacilantes garrapatos.

Un minucioso examen del testamento de la amiga permitió a Locard descubrir que era una falsificación: se habían recortado las palabras de varios documentos manuscritos, las habían pegado en el debido orden, las fotografiaron y, por último, las litografiaron en papel legal. Luego, cuando examinaba con luz ultravioleta el testamento de la difunta esposa, Locard observó unos rasgos casi imperceptibles (letras al parecer) en una esquina de la hoja. 
Con un tratamiento químico, pudo descifrar aquellos rasgos, que formaban estas palabras: “Fui asesinada por mi esposo”.

A la vista de esta prueba, el acusado confesó que había falsificado el primer testamento con palabras recortadas de cartas recibidas por su esposa de la amiga de esta y luego había forzado a su mujer, que estaba ya enferma, a hacer testamento en su favor, para lo cual le había guiado la mano. Sin saberlo él, la difunta había usado una horquilla para poner en el documento una desesperada denuncia final.

La imaginación y la brillante capacidad analítica de Locard hicieron de él un perito en criptografía.
En agosto de 1914, en vísperas de la batalla del Marne, Locard formaba parte del equipo que logró descifrar una clave vital del Ejército alemán. Todos los días, en la torre Eiffel, el servicio francés de información secreta interceptaba las emisiones que intercambiaban el cuartel general alemán, en Coblenza (Renania), y las tropas alemanas que estaban en el frente.
A pesar de todos sus esfuerzos los especialistas franceses no lograban descifrar los despachos. Pero, un día captaron una emisión sin cifrar que los alemanes enviaban del frente a Coblenza: “Was ist Circourt?” (¿Qué es Circourt?) Evidentemente, el cuerpo militar que preguntaba esto había recibido antes orden de Coblenza de dirigirse a la aldea de Circourt, en los Vosgos, y no la había entendido. Locard, que tenía un juego completo de los mapas militares alemanes, vio que esta aldea de Circourt estaba identificada en estos como Xivry-C.

Media hora después, Coblenza envió la respuesta en clave. Los criptógrafos franceses comprendían que esta comunicación tenía que incluir las palabras Xivry-C. Basándose en esto y trabajando activamente por espacio de varias horas, fueron capaces de descifrar la clave usada por los alemanes en el frente occidental.
Hasta 1921, tres años después del armisticio, no se enteraron los alemanes de esta hazaña que quizá cambió decisivamente el curso de la guerra.

Sin dinero, pero sin par

El interés de Locard no quedaba limitado, en modo alguno, a la investigación policíaca. Como musicógrafo, pocos le superaban, y durante la mayor parte de su vida escribió una sección acerca de la música en un periódico de su ciudad. En 1917, asistiendo a una representación de Carmen en el teatro de la Metropolitan Opera de Nueva York, le susurró a su vecino, Justin Godard, subsecretario del Ministerio de Sanidad pública francés: 
―Juraría que el oboísta es de Lyon.
Godard se quedó mirando a Locard, boquiabierto.
―No es posible que usted sepa eso ―replicó.
En el entreacto fueron los dos a ver al oboísta, quien les dijo que había nacido en un suburbio de Lyon.
―¿Cómo es posible que usted lo supiera? ―le preguntó Godard a su amigo.
Locard le explicó que en la forma de tocar del oboísta había reconocido la sonoridad y la técnica respiratoria características de los que habían aprendido a tocar instrumentos de viento en el conservatorio de Lyon.

Lyon sentía tanto afecto por Locard como este por su ciudad. Durante años, uno de los más populares programas de la radio de Lyon fue una charla semanal de ocho minutos improvisada por Locard. La asombrosa variedad de sus conocimientos y su aptitud para improvisar le permitían tratar innumerables asuntos, tanto del judo como de Berlioz, lo mismo de sellos de correo raros como de setas. Un minuto antes de que terminara su tiempo, su secretaria le hacía una señal desde la cabina de control, y él siempre se las arreglaba para terminar con una notable anécdota o con un detalle de ingenio que concluía exactamente al segundo.

Locard empleaba gran parte de su tiempo libre en dar caminatas por el campo, buscando plantas raras. Pero en días de trabajo llegaba a su oficina a las 7 de la mañana y a veces permanecía en ella hasta bien entrada la noche. Además de ejercer su profesión y desempeñar muchas actividades cívicas, se dio tiempo para escribir unos 30 libros, entre ellos, un Tratado de Criminología, en siete volúmenes, que todavía sigue siendo el texto clásico para la policía científica de todo el mundo.

Al morir, el 4 de mayo de 1966, el Dr. Edmond Locard, poseedor de 22 condecoraciones francesas y extranjeras, criminólogo científico, autor y promotor cívico, casi no tenía dinero. Sus varios trabajos de investigación le costaron casi toda la fortuna que había heredado de su familia, y para pagarse sus gastos en los últimos años de su vida tuvo que vender, uno tras otro, los valiosos sellos de correo de su gran colección. Se había negado siempre, durante su larga carrera, a convertirse en funcionario, prefiriendo trabajar por contrato, y rechazó una pensión para así conservar plenamente su independencia personal.
Para mantener un cuerpo competente de especialistas, incrementaba él, a su propia costa, los bajos sueldos que el gobierno pagaba a sus ayudantes. Cuando a los cuerpos municipales de policía criminológica se les integró en un solo cuerpo nacional, en 1942, llegaron funcionarios al laboratorio de Lyon para hacer el inventario de todo el equipo que pasaba a pertenecer al Estado y fue bien poco lo que allí encontraron: dos sillas con asiento de esparto y un mechero Bunsen.
Locard, deseoso de mantener su autonomía en el mayor grado posible, había comprado con su propio dinero todo lo demás.

En la actualidad el laboratorio fundado por él sigue funcionado activamente. Ahora hay cientos de laboratorios semejantes esparcidos por todo el mundo, y los revolucionarios procedimientos ideados en un desván del Palacio de Justicia de Lyon, han llegado a ser parte del trabajo corriente en la investigación policíaca. Locard puso a la ciencia al servicio de la justicia y al mismo tiempo ganó en su especialidad fama mundial.
Pero fue más que un perito en criminología. Como ha dicho el novelista Alexandre Arnoux: 
“Era hombre de singular personalidad, el hombre de más diversas actividades y el más completo que la Providencia nos haya puesto en el camino”.
 

Condensado de “The Criminologist” (Noviembre 1968) © 1968 por The Forensic Publishing Company


Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo LIX, N° 352, Marzo de 1970, págs. 92-98, Reader’s Digest México, S.A. de C.V., México, México

 

Notas

El retrato de Locard aparece en la página como se ve, y la foto es mía. No hubo modo de ponerla de otra forma.

La negrita sobre la regla de Locard de no tocar nada en la escena del crimen es de mi parte. 

Guarecerse.- Refugiarse en alguna parte para librarse de un daño o peligro, o de las inclemencias del tiempo.
Sinónimos: refugiarse, cobijarse, resguardarse, ampararse, acogerse, albergarse, protegerse, etc.

Coartada.-  
1. Argumento de inculpabilidad de un reo por hallarse en el momento del crimen en otro lugar.
Sinónimo: defensa.

2. Pretexto, disculpa.
Sinónimos: disculpa, estratagema, excusa, justificación, pretexto, subterfugio.

Garrapato.- 1. Rasgo caprichoso e irregular hecho con la pluma.
Sinónimos: garabato, pintarrajo, borrón, chafarrinada, chafarrinón.

2.Letras o rasgos mal trazados con la pluma.

Litografía.-
1. Arte de dibujar o grabar en piedra preparada al efecto, para reproducir, mediante impresión, lo dibujado o grabado.
2. Ejemplar obtenido por el procedimiento de la litografía.
Sinónimo: impresión

Horquilla.- Pieza metálica o de otro material, que se emplea para sujetar el pelo.
Sinónimos: pasador, rascamoño, gancho, ondulín.

Musicógrafo.- Persona que se dedica a escribir obras acerca de la música.
Sinónimo. musicólogo.

Seta.- Cualquier especie de hongo, comestible o no, con forma de sombrilla, sostenida por un pedicelo.
Sinónimos: hongo, callampa. DLE RAE

Vosgos.- Departamento situado en el noreste de Francia.