jueves, 23 de noviembre de 2023

Lo Que Me Encontré en el Bolsillo

 
Una muestra del atractivo arte de entretenerse a sí mismo

Extractos de un ensayo

Por G.K. Chesterton

Sólo una vez en la vida he metido mano de ratero en un bolsillo. Válgame de disculpa que quizás fue en un momento de  distracción y que ese bolsillo era el mío propio. Bien puedo describir tal acto como ratería, porque al sacar cosas de mi bolsillo experimenté al menos una de las emociones del ladrón: completa ignorancia y profunda curiosidad de lo que mi mano habría de encontrar.

Hacía un viaje relativamente largo encerrado en un vagón de ferrocarril de tercera clase. La hora era del atardecer; cielo y tierra desaparecían borrados, como con una enorme brocha húmeda, por una persistente cortina de lluvia incolora. 

No llevaba conmigo libros ni periódicos. No había en las paredes del carro carteles de anuncios; de otra suerte me hubiera sumergido en su estudio. Porque cualquier colección de palabras impresas es suficiente para sugerir infinidad de complejas ideas a la mente imaginativa. Cuando me encuentro, por ejemplo, frente a las palabras «Jabón Luz del Sol» puedo agotar todos los aspectos del culto rendido al sol, recordar todas las alabanzas hechas al fabuloso Apolo y traer a mi memoria las poesías al verano, antes de pasar a considerar el tema menos noble del jabón mismo. Pero no había palabra impresa, ni láminas de ninguna clase; no había sino paredes grises dentro del vagón y lluvia gris afuera.

Pero yo he negado siempre de la manera más enérgica, que exista o que pueda existir ninguna cosa que carezca de interés. Así, me quedé mirando fijamente las junturas de las paredes y luego los asientos del carro y me puse a pensar detenidamente en el tema fascinador de la madera. Y en el preciso instante en que empezaba a darme cuenta de la razón por la cual, quizás, Cristo  fue carpintero y no albañil ni panadero, me acordé repentinamente de mis bolsillos. Llevaba conmigo un tesoro ignorado. Una rica colección de curiosidades. Y principié a sacar cosas. 

Lo primero que encontré fue un buen número de billetes del tranvía de Battersea. Ellos me proporcionaron el material impreso que yo estaba deseando, porque llevaban al respaldo unos breves pero llamativos ensayos científicos en miniatura sobre cierta clase de píldoras. Relativamente hablando, en aquella indigencia mía esos billetes podían muy bien considerarse como una pequeña pero bien escogida biblioteca científica. Y si mi viaje durara unos cuantos meses más -lo que entonces parecía seguro- , podría lanzarme en una controversia imaginaria respecto a las píldoras y formular réplicas en pro y en contra, basadas sobre los datos que esos billetes me habían suministrado.

La cosa que saqué enseguida de mi bolsillo fue mi cortaplumas. Un cortaplumas, casi es innecesario decirlo, merecería por sí solo un voluminoso tomo de meditaciones morales. La cuchilla representa uno de los más primitivos de esos orígenes prácticos sobre los cuales, como sobre humildes y sólidos pilares, reposa la civilización humana. Los metales, el misterio de esa cosa que se llama hierro y  de esa cosa que se llama acero, me condujeron a una especie de sueño. Vi las oscuras y húmedas entrañas de los bosques en donde el hombre primitivo encontró entre todas las piedras comunes la piedra extraña. Vi vagamente la violenta batalla en que las hachas de piedra y los cuchillos de pedernal saltaban hechos pedazos al dar contra algo nuevo y brillante que blandía la mano de un hombre desesperado. Oí resonar todos los martillos y todos los yunques de la tierra. Vi todas las espadas de los tiempos feudales y todas las ruedas de la guerra industrial.

Porque la cuchilla no es otra cosa que una espada corta; y el cortaplumas es una espada secreta. Abrí el mío y me puse a contemplar esa lengua brillante y terrible que llamamos cuchilla, y pensé que acaso era el símbolo de la más antigua necesidad del hombre. Pero inmediatamente caí en la cuenta de que estaba en un error, porque al seguir en mi rebusca saqué del bolsillo una caja de fósforos. Vi entonces en ella el fuego, más fuerte aún que el acero, la llama, esa fiera y antiquísima entidad femenina que todos amamos, pero no nos atrevemos a tocar.

Encontré enseguida una barrita de tiza; en ese menudo fragmento vi con los ojos de la imaginación todo el arte y todos los frescos del mundo. Vino luego una moneda de muy poco valor; en ella contemplé no solamente la efigie e inscripción de nuestro César, sino también el gobierno y el orden desde el principio del mundo.

Pero ya no dispongo de espacio para continuar la lista de los artículos que siguieron saliendo de mi bolsillo, en espléndida procesión de símbolos poéticos. Quiero mencionar, sin embargo, una cosa que no pude encontrar en el bolsillo:
Mi billete del tren.


Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo XIX, N° 111,  Febrero de 1950, pp. 21-23, Selecciones del Reader’Digest S.A., La Habana, Cuba