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miércoles, 30 de septiembre de 2026

La gente pronuncia cada vez menos palabras y eso es una mala noticia, según los expertos


 

Redacción
BBC News Mundo 

 

Quizás no lo hayas notado, pero los números lo demuestran: cada año la gente habla menos.

O al menos eso está ocurriendo en las culturas "occidentales e individualistas", según un estudio revisado por pares publicado en la revista Perspectives on Psychological Science.

Sus autores analizaron cuándo hablaban al día unos 2.000 participantes de todas las edades en varios países, incluidos EE.UU., México, Australia y algunos de Europa.

Y luego de revisar los datos de un periodo de 17 años, encontraron una tendencia clara hacia la pérdida de palabras: las personas dejaban de pronunciar más de 300 palabras cada día.

Si se suman, son casi 110.000 palabras al año, lo cual equivale al contenido de una novela corta.

Aunque los científicos Valeria Pfeifer y Matthias Mehl aseguran que las muestras no se enfocaron en encontrar las causas, la rápida expansión del uso de celulares, internet y las redes sociales en las últimas décadas podrían tener un impacto en cuánto la gente dejó de comunicarse.

Y luego vino la pandemia de covid-19, que obligó a muchos al aislamiento social, seguida del trabajo remoto y la expansión de las tecnologías "sin contacto".

Mehl, sin embargo, reconoce que hay culturas que son "colectivistas", que no encajarían en los resultados obtenidos entre las más de 2.000 personas analizadas.

La forma de contrarrestar esto y combatir la "epidemia de soledad" que se vive en muchos países, según Mehl, es algo tan simple como atreverse a hablar con "extraños", que pueden ser tan cercanos como los vecinos.

El científico habló sobre su investigación con la corresponsal especial de la BBC Katty Kay.

Matthias Mehl conversó con Katty Kay en el podcast "New Normal" de la BBC


¿Cómo llegaste al hallazgo de que la gente habla cada vez menos cada año?

En 2007 habíamos publicado un estudio sobre la ausencia relativa de diferencias de género en el uso diario de palabras [hombres y mujeres pronunciaban un número similar de palabras]. Y a la gente le preocupaba que nuestra muestra fuera limitada.

Así que, 17 años después, volvimos con una muestra aproximadamente cuatro veces mayor, con más de 2.000 personas. La doctora Pfeiffer dijo: "Tengo los resultados y son como 12.000 palabras".

Y le dije: "Eso debe estar mal, no puede ser. Tienen que ser unas 16.000, porque eso fue lo que encontramos en ese entonces".

Y ella revisó los números y los tenía correctos desde el principio. Así que nos sorprendió mucho ver que había una pérdida de unas 4.000 palabras en prácticamente 17 años.


La primera suposición que hago es que el celular ha reemplazado nuestra habla, que estamos usando más los pulgares y enviando más mensajes y hablando menos. ¿Es eso lo que han encontrado?

No lo analizamos directamente en el estudio. Pero creo firmemente que hemos cambiado muchas de las palabras habladas por las escritas.

De hecho, ni siquiera me sorprendería que nuestro volumen total de palabras superara el de entonces, porque escribimos muchísimo en correos electrónicos, mensajes de texto y redes sociales.

Pero lo más interesante y lo más importante es que, si perdemos estas palabras por nuestros dispositivos digitales, entonces la pregunta es si los nativos digitales, la generación más joven, habrían perdido más de esas palabras.

Y eso lo pudimos comprobar. Así que dividimos nuestra muestra en dos: en un grupo con participantes menores de 25 años y en otro con mayores de 25. Y, efectivamente, como era de esperarse, descubrimos que la pérdida era mayor en el grupo más joven.

En promedio, fueron 338 palabras al día. Los participantes más jóvenes, menores de 25 años, perdieron 451 palabras. Y los participantes de mayor edad, por otro lado, perdieron 314 palabras.

Esto indica que estamos perdiendo vocabulario debido a estos dispositivos.

La pérdida de conversaciones es una tendencia de las culturas "occidentales e individualistas", señala Matthias Mehl.


¿Sabes algo más sobre las palabras específicas que estamos perdiendo y los tipos de conversaciones que podríamos estar perdiendo?

Es mucho más probable que lo que hayamos perdido sea una buena cantidad de esas pequeñas conversaciones casuales que solíamos tener.

Porque la infraestructura social ha cambiado de tal manera que ahora hay muchas menos oportunidades de intercambiar unas palabras con lo que los científicos llamarían "vínculos débiles".

Son esas personas con las que nos cruzamos aquí y allá, que no desempeñan un papel particularmente importante en nuestras vidas, pero con las que nos encontramos una y otra vez, y con las que solíamos tener una conexión.

Claro, ahora cuando saco a pasear a mi perro por la mañana, suelo usar mis audífonos para ponerme al día con las noticias y no saludo a mi vecino. O cuando voy al supermercado y en la fila para pagar estoy escuchando un podcast, ya no charlo con la persona que me está cobrando. ¿Es ese el tipo de interacción casual a la que te refieres?

Eso es exactamente lo que tenía en mente. Y estamos ampliando los límites aún más.

Ahora puedes pagar la cuenta en el restaurante acercando tu celular a la factura, escaneando el código de barras y pagando a través de él. Así que ya ni siquiera tienes que hablar con el mesero.

Y lo mismo ocurre, por supuesto, a la hora de pedir direcciones. No sé quién pide direcciones hoy en día cuando no sabes adónde ir, si tienes tu celular.

Estas son precisamente las conversaciones que creo que estamos perdiendo. Y es interesante preguntarse: ¿eso importa?

Hace que nuestras vidas sean más eficientes, ¿no? Tienes la oportunidad de escuchar podcasts mientras paseas a tus perros. Así que creo que nuestra búsqueda de la eficiencia nos ha hecho perder esas conversaciones espontáneas.

Tenemos una panadería aquí en la ciudad; yo soy originario de Alemania, ahora vivo en Arizona [EE.UU.], y esta es una panadería realmente buena, una panadería local. Y voy ahí, y la persona me dice: "Hola, Matthias".

Y yo pienso: "Vaya, me reconoce".

Interacciones como las de pedir a alguien indicaciones en la calle se han perdido.

Y creo que lo que también estamos perdiendo son esos micromomentos de pertenencia que tenemos con esas conversaciones espontáneas. En los momentos en que paseábamos a nuestros perros y saludábamos al vecino, te sentías reconocido, te sentías visto, sentías un micromomento de pertenencia.

No es esa gran sensación de pertenencia que se tiene con la familia y cosas por el estilo, pero te hace sentir bien. Y creo que en estos tiempos en los que la gente ha dicho que estamos atravesando una epidemia de soledad, el aislamiento social es realmente importante. Creo que esos micromomentos de ser visto, de ser reconocido, de sentir un poquito de tu valor, creo que pueden significar mucho.

Tus datos se detienen en 2019, lo cual obviamente es justo antes de la pandemia y antes del trabajo remoto. ¿Tienes alguna idea, sin embargo, de lo que ha pasado desde la pandemia, si esto se ha acelerado o disminuido, o qué ha pasado con nuestras conversaciones?

Tenemos estudios en curso ahora que, en unos años, podremos analizar. Así que no contamos con datos directos, pero no tengo motivos para creer que esa tendencia se haya detenido, ya que la pandemia fue una experiencia que generó mucho aislamiento.

Fue una experiencia en la que no pudimos tener precisamente esas conversaciones espontáneas porque era necesario mantener el distanciamiento social.

Al salir de la pandemia, muchas personas reportaron una cierta inercia social, como si interactuar socialmente se hubiera vuelto más difícil, y que recibir visitas de amigos o salir se hubiera vuelto más complicado.

Así que creo que tal vez nos hayamos recuperado un poco de ese bajón de la pandemia, pero, en general, me sorprendería mucho que hubiéramos logrado frenar seriamente esa tendencia.

La pandemia trajo más aislamiento social, incluido el teletrabajo que ha perdurado años después.

¿Tienes alguna idea sobre cómo podríamos revertir esta tendencia?

No tengo una gran solución, pero sí he hablado de estos dos científicos, Gillian Sandström y Nicholas Epley, quienes han escrito dos libros: Once Upon a Stranger (Érase una vez un extraño, traducción libre) y A Little More Social (Un poco más social, traducción libre), y los he leído, inspirado por nuestro propio descubrimiento de que estamos perdiendo estas palabras.

Se pueden resumir en: simplemente hazlo, ten unas cuantas interacciones más. Así que me he fijado esa meta: cada vez que pienso 'Creo que podría hablar con esta persona ahora mismo', simplemente lo hago.

Hay un elemento que creo que me tomó un tiempo comprender: hablamos de esos micromomentos de pertenencia y eso es lo que yo obtengo de estas conversaciones, pero creo que la sociedad puede sacar aún más provecho de estas conversaciones.

Así que, en el momento en que voy a saludar al vecino en la calle y le digo "Hola", siento un pequeño instante de "Soy parte de este vecindario". Pero, al mismo tiempo, este tipo de microinteracciones también son, en cierto modo, tranquilizadoras.

Te dicen: "Mira, te veo, no te deseo nada malo".

Y creo que en nuestros tiempos, en los que no solo tenemos una epidemia de aislamiento social, sino que también enfrentamos el desafío de la polarización, de una fuerte polarización, creo que esto podría incluso ser una oportunidad para acercarnos un poco más.


Aquí puedes ver la entrevista en inglés 


Fuente: La gente pronuncia cada vez menos palabras




 



lunes, 14 de septiembre de 2026

"Tengo pacientes obsesionados con el ejercicio que pasan 5 o 6 horas al día en el gimnasio": por qué cada vez más niños y jóvenes quieren ganar masa muscular

 

 

Por Katty Kay
BBC World News

 

En las últimas décadas, la mayoría de la gente ha aprendido a detectar las señales cuando generalmente una adolescente desarrolla una relación poco saludable con su cuerpo.

Por lo general, esto tiene que ver con que ese cuerpo se vuelva más delgado.

Pero hace poco hablé con el doctor Roberto Olivardia, un médico que lleva más de 30 años estudiando los problemas de imagen corporal, y él considera que la sociedad no es tan eficaz a la hora de detectar los problemas que surgen en los varones.

Para muchos niños y adolescentes la obsesión no gira en torno a adelgazar, sino a ganar masa muscular. Eso puede hacer que el problema sea mucho más difícil de detectar, porque hacer ejercicio y ganar fuerza suelen ser considerados señales de disciplina y salud.

Y aunque la mayoría de los jóvenes deportistas no desarrollarán ningún trastorno, Olivardia afirma que esta tendencia de problemas de imagen corporal entre los varones está empeorando.

De hecho, recientemente ha atendido en su consulta a niños de tan solo 10 años y afirma que las redes sociales son una de las principales razones de ello.

"Después de dedicarme a este trabajo durante tanto tiempo y haber visto cómo era antes de la llegada de las redes sociales y después de ellas, puedo decir que hoy estamos ante un fenómeno completamente distinto", afirma.

Mucha gente ya es consciente de cómo se ve una adolescente extremadamente delgada y entiende cuándo las cosas empiezan a ir mal. Pero creo que no pasa lo mismo en el caso de los varones con los músculos. ¿Necesitamos ahora una conversación similar sobre cómo es un cuerpo en forma en el caso de ellos?

Totalmente, con los chicos es diferente. Tenemos estudios que se remontan al siglo XVII sobre los mensajes opresivos que las mujeres han recibido en torno a la delgadez y la femineidad.

Con los hombres ha sido un poco distinto. Según las investigaciones que hemos realizado, este fenómeno empezó a incorporarse realmente a la cultura popular a finales de los años 70 y comienzos de los 80, cuando comenzamos a ver una mayor proliferación de cuerpos musculosos.

No es casualidad que Arnold Schwarzenegger o Sylvester Stallone fueran las mayores estrellas de taquilla de la época. En muchos sentidos, sus cuerpos eran su principal activo.

Tal como hablamos con niñas y mujeres de que su cuerpo no define quiénes son, esas conversaciones se han ignorado en gran medida con los varones.

Quienes tienen más músculos son percibidos como los más masculinos. Y eso es algo que hoy se promueve de forma evidente, probablemente como nunca antes, en las redes sociales y especialmente en la llamada "manosfera".

Katty Kay entrevistó a Roberto Olivardia sobre lo que él bautizó como dismorfia muscular.

 

Volvamos a la década de 1990, cuando usted y sus colegas acuñaron por primera vez el término "dismorfia muscular". ¿Qué le preocupaba entonces de este trastorno?

A mediados de los años 90, cuando investigaba los trastornos alimentarios en niños, adolescentes y hombres, recibía muchas llamadas de personas interesadas en participar en nuestros estudios.

Muchos hombres me decían: "Antes padecía anorexia nerviosa o bulimia nerviosa. Ya no tengo ese problema, pero estoy inmerso en esta búsqueda obsesiva de desarrollar más musculatura. La diferencia es que ahora esa obsesión está, de algún modo, socialmente aceptada".

De hecho, en lugar de ser cuestionados, muchas veces reciben elogios. Les dicen: "Tienes muchísima disciplina", "qué fuerza de voluntad".

Tendemos a no pensar que un hombre musculoso pueda tener una patología y la mayoría de los hombres musculosos, por supuesto, no la tienen.

Pero estos son hombres que, pese a ser corpulentos y musculosos, e incluso ser considerados por muchas personas como personas con el cuerpo ideal, siguen creyendo que son demasiado pequeños.

Viven con el temor de que al día siguiente puedan verse enclenques de repente.

Estos hombres piensan constantemente en el tamaño de su cuerpo y en su apariencia, hasta el punto de que esa preocupación termina afectando de manera significativa distintos aspectos de su vida.

"Tal como hablamos con niñas y mujeres de que su cuerpo no define quiénes son, esas conversaciones se han ignorado en gran medida con los varones."

 

¿Qué está viendo hoy en su consulta que no veía hace 5 o 10 años?

Bueno, en primer lugar, las redes sociales han creado una cultura en la que todo el mundo es un experto.

Entonces, cuando un influencer difunde determinadas ideas sin ningún tipo de respaldo científico, como psicólogo clínico veo que mi opinión, la de un médico o la de cualquier especialista en un tema, o bien se descarta por completo o, al menos, se pone al mismo nivel que la de esa persona. 

 

¿Que la de un influencer de TikTok, por ejemplo?

Exacto. La de un influencer de TikTok, simplemente porque tiene 10 millones de seguidores. Es como si eso le otorgara credibilidad de forma automática.
 

Como profesional de la salud, debe de ser desesperante.

Sin duda. Y no por una cuestión de ego, sino porque hay gente está sufriendo las consecuencias por la información que recibe.

Hace años, cuando apareció internet, nos preocupaban todos esos grupos que promovían los trastornos de la conducta alimentaria. Pero, de algún modo, aquello parecía un fenómeno más contenido.

Esto está en otro nivel completamente distinto.

Tendemos a no pensar que un hombre musculoso pueda tener una patología y la mayoría de los hombres musculosos, por supuesto, no la tienen."


Hace 10 años, si hubiera conocido a un joven que se golpea la cara con un martillo, como vemos que promueven algunos de estos influencers del looksmaxxing, ese comportamiento se habría considerado casi psicótico, porque era algo extremadamente inusual.

Incluso personas con una obsesión por su imagen corporal, que quizá no hubieran llegado tan lejos, habrían dicho: "Eso ya es demasiado".

Pero cuando estás expuesto constantemente a ese contenido estas conductas terminan normalizándose.

Hay que tener en cuenta que yo trabajo con niños de tan solo 10 años que tienen problemas de imagen corporal, así como con adolescentes muy vulnerables que buscan lo mismo que queremos todos: aceptación y conexión.

Y estas conductas se están normalizando porque hay influencers que reciben muchísima atención, ganan mucho dinero, disfrutan de sus 15 minutos de fama y acumulan millones de seguidores, lo que de algún modo les otorga credibilidad.

Ellos son los que le dicen a estos jóvenes: "Si haces esto, tendrás acceso a las mujeres, al poder, al respeto y a todo lo demás".
 
Yo veo a un paciente durante 50 minutos a la semana, mientras que él puede estar escuchando a un influencer entre 10 y 15 horas semanales."


Háblenos de cómo cada vez son más jóvenes las personas que presentan esta dismorfia muscular y esta obsesión por desarrollar al máximo la musculatura. ¿A qué cree que se debe?

La edad ha ido disminuyendo. Creo que, en parte, se debe a que hay personas que dirigen su mensaje específicamente a ese público y a que los jóvenes tienen acceso a esas voces a través de las redes sociales.

Una de las primeras preguntas que hago a mis pacientes varones cuando abordamos este tema es: "¿A quién sigues en redes sociales?".

A muchos de esos influencers ya los conozco y, cuando no, reviso el contenido que publican.

Porque yo veo a ese paciente durante 50 minutos a la semana, mientras que él puede estar escuchando a esa otra persona entre 10 y 15 horas semanales.

Esa es la realidad a la que nos enfrentamos los padres, los profesionales de la salud mental y los médicos.

"Hacer ejercicio es bueno, pero diez horas de ejercicio no son necesariamente mejores que una."
 

Existe una línea muy fina entre practicar ejercicio de forma saludable y hacerlo de manera poco sana, y no siempre es fácil distinguirla. ¿Qué les diría a los padres o a los entrenadores para ayudarles a identificar esa diferencia?

Hace 25 años escribí, junto con un colega, el libro The Adonis Complex ("El complejo de Adonis") y recuerdo que a veces recibíamos críticas como: "Entonces ustedes están en contra del ejercicio y de comer sano". Y no es así en absoluto.

Sabemos que existen graves problemas de salud que también afectan a los jóvenes, como la obesidad, la falta de actividad física y la privación del sueño.

Cuando pienso en esa línea que separa lo saludable de lo problemático, hay un par de aspectos que considero fundamentales.

El primero es: ¿la persona se percibe a sí misma de forma realista? Si usted es padre o entrenador y su hijo, alumno o deportista dice: "Dios mío, estoy muy gordo", cuando no lo está, o "estoy demasiado delgado", cuando en realidad tiene una musculatura considerable, eso ya es una señal de alerta.

El segundo aspecto es hasta qué punto esa conducta está afectando otras áreas de su vida.

Tengo pacientes obsesionados con hacer ejercicio que pasan cinco o seis horas al día en el gimnasio y están completamente agotados. Cualquiera lo estaría si levantara pesas durante cinco o seis horas diarias.

Al final no les queda tiempo para nada más y terminan atrapados en un círculo vicioso.

Y, por supuesto, también es importante prestar atención a conductas peligrosas, como el consumo de esteroides u otras sustancias. 

Tengo muchos pacientes que terminan desarrollando adicción a los opioides debido al dolor que sufren por el exceso de entrenamiento en el gimnasio.

En definitiva, no estoy en contra de promover una alimentación saludable, hacer ejercicio o dormir bien.

Hacer ejercicio es bueno, pero diez horas de ejercicio no son necesariamente mejores que una. Dormir ocho horas es excelente, pero si alguien duerme 15, probablemente algo no esté funcionando bien. 


 

 Las cursivas al final son mías.

miércoles, 11 de junio de 2025

JOMO, el antídoto para dejar de estar constantemente conectado a las redes sociales

 

La conexión constante a la vida virtual puede llegar a producir ansiedad en algunas personas

 

Por Oliver Serrano León

The Conversation*

 

En un mundo cada vez más interconectado, donde las notificaciones constantes y la necesidad de estar siempre presente en las redes sociales parecen dominar la vida cotidiana, surge un fenómeno que invita a la reflexión: el JOMO, siglas de joy of missing out (la alegría de perderse las cosas).

Este concepto, que se postula como la contrapartida del FOMO (fear of missing out o miedo a perderse algo), es una respuesta a la presión de estar constantemente al día con cada evento, tendencia o experiencia social que surge a nuestro alrededor.

En lugar de sentir ansiedad por no participar, el JOMO propone abrazar la desconexión intencionada y disfrutar de los beneficios de estar ausentes de ciertos momentos.

Antes de profundizar en el JOMO, es importante entender su reverso. Desde que las redes sociales comenzaron a formar parte de nuestra vida cotidiana, el FOMO ha sido un término que ha resonado con fuerza, particularmente entre las generaciones más jóvenes.

Este miedo a perderse eventos o experiencias sociales, alimentado en gran parte por las publicaciones y actualizaciones incesantes en plataformas como Instagram, Facebook, X o TikTok, genera una sensación de incomodidad, insuficiencia e incluso ansiedad.

Un estudio de 2013 ya señalaba que el FOMO está profundamente arraigado en las necesidades psicológicas de pertenencia y autoafirmación. Las personas sienten que, al no estar presentes en ciertos eventos, se están quedando excluidas de experiencias significativas o valiosas para su vida.

Esta sensación se exacerba cuando observan a sus amigos o conocidos participando activamente en dichas actividades.

Según otra investigación, publicada en Computers in Human Behavior, el uso excesivo de las redes sociales –particularmente entre los jóvenes– está estrechamente relacionado con la vivencia del FOMO y sus efectos negativos en la salud mental, como la baja autoestima y la ansiedad.

 

Perderse algo como fuente de satisfacción 

Frente a esta presión social, surge el JOMO, un movimiento que defiende la idea de que no estar presente o “perderse algo” no solo es aceptable, sino que puede convertirse en una fuente de satisfacción y bienestar personal.

Una de las primeras menciones destacadas del concepto la hizo la escritora canadiense Christina Crook en su libro de 2014 The Joy of Missing Out: Finding Balance in a Wired World.

Aunque no era un término nuevo: dos años antes, el empresario Anil Dash ya lo había acuñado para reflexionar sobre la tranquilidad de no participar en todo. Desde entonces, ha tomado cada vez más fuerza como una filosofía que promueve la calma y el disfrute del momento presente.

Es, en definitiva, una invitación a la desconexión intencionada de las redes sociales, las notificaciones y los eventos sociales con el fin de reenfocarse en la creatividad y la tranquilidad mental.

 

Los beneficios del JOMO 

Optar por el JOMO en lugar de sucumbir al FOMO tiene una serie de beneficios tangibles que pueden mitigar los efectos adversos del uso excesivo de las redes sociales. Estos incluyen:

  • Reducción del estrés y la ansiedad. La constante comparación con los demás generada por el FOMO puede llevar a sentir que la propia vida es insuficiente o menos gratificante. El JOMO permite liberarse de esta presión.

Así lo comprobaron los autores de una investigación realizada los días posteriores al 4 de octubre de 2021, cuando se cayeron los servicios digitales de la compañía Meta (propietaria de Facebook, Instagram y WhatsApp) durante varias horas. Aunque algunos usuarios fueron presa del FOMO, otros muchos confesaron haber sentido un reconfortante alivio.

  • Mayor tiempo para la introspección. Al desconectarse del ruido externo, las personas pueden reenfocarse en sí mismas, lo que fomenta la autoexploración, el desarrollo personal y una mayor claridad sobre lo que realmente importa en sus vidas.
  • Fomento de la creatividad. El tiempo libre y la tranquilidad permiten que la mente se relaje y divague. Diversos estudios han demostrado que el “aburrimiento” o la desconexión pueden ser catalizadores de nuevas ideas.
  • Mejora de las relaciones personales. Al optar por el JOMO, las personas tienden a priorizar los encuentros cara a cara y las conexiones significativas sobre las interacciones, a menudo superficiales, on-line.

 

Cómo incorporar el JOMO en nuestra vida diaria

Apuntarse al JOMO no significa renunciar completamente a la tecnología o las interacciones sociales. Más bien, implica encontrar un equilibrio saludable entre la conectividad y la desconexión.

Algunas formas de integrarlo incluyen las siguientes pautas:

  • Establecer límites digitales. Definir horarios específicos para revisar las redes sociales o responder a mensajes puede ayudar a reducir el tiempo frente a la pantalla y promover una relación más sana con la tecnología.
  • Implementar el minimalismo digital. Este concepto implica usar solo aquellas plataformas y herramientas tecnológicas que verdaderamente agreguen valor a nuestra vida.
  • Priorizar el tiempo personal. Dedicar tiempo a actividades que nutran el bienestar físico y mental, como leer, hacer ejercicio, meditar o, simplemente, descansar.

En definitiva, adoptar el JOMO no implica una renuncia definitiva al mundo digital o a las interacciones sociales, sino una toma de conciencia sobre cómo y cuándo es mejor estar conectados.

*Oliver Serrano León es director del Máster de Psicología General Sanitaria y profesor del Grado Online de Psicología en la Universidad Europea de Canarias (España). Este artículo apareció en The Conversation. Puedes leer la versión original aquí.

 

Fuente: JOMO

jueves, 23 de julio de 2020

“Perdí el mejor empleo de mi vida por una foto en redes sociales": los peligros de la “cultura de la cancelación" (y dónde está el límite)