Por Alfonso Reyes
Especial para Temas
Palabras Funestas
EL 23 de febrero de 1942, por la noche, una estación radioemisora dio la noticia de que Stefan Zweig y su joven esposa se habían suicidado y habían aparecido muertos en su casa de Petrópolis, Brasil. Zweig llevaba poco tiempo en aquella tierra, aunque había podido estudiarla ya con amor y diligencia, y había consagrado un bello volumen a éste que llamó “el país del futuro” (Brasil, traducido del alemán por A. Cahan, 1942).
Vivía por entonces en México el escritor Jules Romains, íntimo amigo de Zweig, con quien alguna vez llegó a colaborar en cierta obra dramática, el Volpone. Romains y su esposa habían cenado en mi casa pocos días antes, y juntos habíamos recordado a Zweig. Me apresuré a darle la noticia, y vino a verme al instante, lleno de dolor.
―Vea usted ―me dijo―, vea usted estas cartas recibidas hace una semana. Zweig me habla de lo muy a gusto y feliz que vive en la tierra brasileña, y aun nos convida a mi esposa Lise y a mí para que pasemos una temporada a su lado.
¿Cómo han podido suicidarse unos días después? ¿Qué pudo haber acontecido?
―En efecto ―le contesté―. Nada lo hace sospechar. Su obra misma venía desarrollándose en una continuidad apacible, y su atención aparecía atraída ahora por las cosas americanas: el libro sobre el Brasil, el libro sobre Américo Vespucio… ¿Y quién sabe lo que dejaría inédito? El ambiente mismo del sitio en que ha sucedido la tragedia parece incompatible con ella. Petrópolis es una linda ciudad veraniega a poca distancia de Río, monte arriba, donde la vida oficial y la mundana se trasladan durante los meses calurosos, ciudad hermoseada por sus huertas y palacetes, sus calles con canales al modo de Brujas, bordeados de hortensias rosadas y azules, acariciada toda por un clima mucho más soportable y grato que el de la capital carioca (seis o siete grados más bajo) No es lugar para morir, ni menos aún para matarse. Pero hay especialmente, en el caso, algo que me conmueve y que a usted, querido Jules Romains, le va a causar una hondísima emoción.
―¿Y ello es?
―Y ello es que usted, hace varios años, lanzó unas palabras que ahora asumen en un inesperado sentido patético y profético.
―No sé a qué puede usted referirse.
―Vea usted ―le dije―, vea usted este pasaje de su conferencia sobre Stefan Zweig, pronunciada en París y en Niza el año de 1939.
Jules Romains leyó en voz alta estas líneas, y palideció visiblemente:
“Así pues Zweig había tomado ya su decisión con aquella asombrosa sabiduría que siempre he admirado tanto en él. En vez de esperar, como otros, al enloquecimiento del último instante, cuando el hombre, obligado a huir de pronto de su patria, es comparable al pasajero del barco en llamas, y se echa al mar abandonando todo lo que posee, separándose de los suyos ―cuyo destino mismo le será imposible averiguar, si es que llega a salvarse―; en vez, pues, de esperar pasivamente de esas horas innombrables, en que el desastre moral rivaliza con el desastre físico, en que la dignidad humana no sabe ya de dónde asirse, y en que hasta el hombre más ilustre, el más honrado la víspera, cae de pronto al nivel de la peor canalla. Zweig había adoptado las medidas necesarias y las había ejecutado una a una”.
―Es verdad ―comentó―. Yo he querido decir aquí que Zweig tomaba siempre la delantera y escogía con cierta anticipación la senda que luego escogerían otros.
―¿Querrá esto decir, admirado amigo mío, que Zweig se nos adelantó en el camino del suicidio y que, ante las actuales circunstancias del mundo, ese es el camino que nos queda a los escritores?...
―¡No, no! ―me interrumpió Jules Romains.
―¡Ciertamente que no!... ―añadí―. Esta es una travesura del azar. No le demos mayor sentido del que merece. Las palabras de usted, que la casualidad nos devuelve ahora revestidas como de una extraña significación augural, sólo quieren decir, aplicadas al caso, que Zweig ha entrado en la muerte (adonde todos llegaremos mañana) unos días antes que nosotros.
Nos servimos vasos de buen borgoña, y bebimos un sorbo en memoria del varón desaparecido. Migravit ad plures: Se fue con los muchos.
Mis Relaciones con Unamuno
TENGO que agradecer a “Martín Martínez” la generosidad con que califica, de paso, mi obra de ensayista, y quisiera corresponderle con algunos esclarecimientos respecto a don Miguel de Unamuno. Ha dicho “Martín Martínez”, en sustancia, que, cuando él se entrevistó con Unamuno, éste no manifestó por mí ninguna simpatía en lo personal, ni especial estimación en lo literario (Excélsior, México, 2 de enero de 1954).
Ni por un momento se me ocurre poner en duda la veracidad de este testimonio: lo que deseo es interpretarlo. Unamuno era, por mucho, un viejo gruñón, lleno de altibajos en el temperamento. Aún me parece ver la indignación con que Valle-Inclán solía referirse a las diferencias entre Rubén Darío y Unamuno donde aquel se mostró siempre tan superior y ecuánime y me parece aún que oigo a Valle-Inclán:
—No podían entenderse. Rubén tenía todos los pecados del Hombre, que son veniales; y Unamuno tiene todos los pecados del Ángel, que son mortales.
EL 23 de febrero de 1942, por la noche, una estación radioemisora dio la noticia de que Stefan Zweig y su joven esposa se habían suicidado y habían aparecido muertos en su casa de Petrópolis, Brasil. Zweig llevaba poco tiempo en aquella tierra, aunque había podido estudiarla ya con amor y diligencia, y había consagrado un bello volumen a éste que llamó “el país del futuro” (Brasil, traducido del alemán por A. Cahan, 1942).
Vivía por entonces en México el escritor Jules Romains, íntimo amigo de Zweig, con quien alguna vez llegó a colaborar en cierta obra dramática, el Volpone. Romains y su esposa habían cenado en mi casa pocos días antes, y juntos habíamos recordado a Zweig. Me apresuré a darle la noticia, y vino a verme al instante, lleno de dolor.
―Vea usted ―me dijo―, vea usted estas cartas recibidas hace una semana. Zweig me habla de lo muy a gusto y feliz que vive en la tierra brasileña, y aun nos convida a mi esposa Lise y a mí para que pasemos una temporada a su lado.
¿Cómo han podido suicidarse unos días después? ¿Qué pudo haber acontecido?
―En efecto ―le contesté―. Nada lo hace sospechar. Su obra misma venía desarrollándose en una continuidad apacible, y su atención aparecía atraída ahora por las cosas americanas: el libro sobre el Brasil, el libro sobre Américo Vespucio… ¿Y quién sabe lo que dejaría inédito? El ambiente mismo del sitio en que ha sucedido la tragedia parece incompatible con ella. Petrópolis es una linda ciudad veraniega a poca distancia de Río, monte arriba, donde la vida oficial y la mundana se trasladan durante los meses calurosos, ciudad hermoseada por sus huertas y palacetes, sus calles con canales al modo de Brujas, bordeados de hortensias rosadas y azules, acariciada toda por un clima mucho más soportable y grato que el de la capital carioca (seis o siete grados más bajo) No es lugar para morir, ni menos aún para matarse. Pero hay especialmente, en el caso, algo que me conmueve y que a usted, querido Jules Romains, le va a causar una hondísima emoción.
―¿Y ello es?
―Y ello es que usted, hace varios años, lanzó unas palabras que ahora asumen en un inesperado sentido patético y profético.
―No sé a qué puede usted referirse.
―Vea usted ―le dije―, vea usted este pasaje de su conferencia sobre Stefan Zweig, pronunciada en París y en Niza el año de 1939.
Jules Romains leyó en voz alta estas líneas, y palideció visiblemente:
“Así pues Zweig había tomado ya su decisión con aquella asombrosa sabiduría que siempre he admirado tanto en él. En vez de esperar, como otros, al enloquecimiento del último instante, cuando el hombre, obligado a huir de pronto de su patria, es comparable al pasajero del barco en llamas, y se echa al mar abandonando todo lo que posee, separándose de los suyos ―cuyo destino mismo le será imposible averiguar, si es que llega a salvarse―; en vez, pues, de esperar pasivamente de esas horas innombrables, en que el desastre moral rivaliza con el desastre físico, en que la dignidad humana no sabe ya de dónde asirse, y en que hasta el hombre más ilustre, el más honrado la víspera, cae de pronto al nivel de la peor canalla. Zweig había adoptado las medidas necesarias y las había ejecutado una a una”.
―Es verdad ―comentó―. Yo he querido decir aquí que Zweig tomaba siempre la delantera y escogía con cierta anticipación la senda que luego escogerían otros.
―¿Querrá esto decir, admirado amigo mío, que Zweig se nos adelantó en el camino del suicidio y que, ante las actuales circunstancias del mundo, ese es el camino que nos queda a los escritores?...
―¡No, no! ―me interrumpió Jules Romains.
―¡Ciertamente que no!... ―añadí―. Esta es una travesura del azar. No le demos mayor sentido del que merece. Las palabras de usted, que la casualidad nos devuelve ahora revestidas como de una extraña significación augural, sólo quieren decir, aplicadas al caso, que Zweig ha entrado en la muerte (adonde todos llegaremos mañana) unos días antes que nosotros.
Nos servimos vasos de buen borgoña, y bebimos un sorbo en memoria del varón desaparecido. Migravit ad plures: Se fue con los muchos.
Mis Relaciones con Unamuno
TENGO que agradecer a “Martín Martínez” la generosidad con que califica, de paso, mi obra de ensayista, y quisiera corresponderle con algunos esclarecimientos respecto a don Miguel de Unamuno. Ha dicho “Martín Martínez”, en sustancia, que, cuando él se entrevistó con Unamuno, éste no manifestó por mí ninguna simpatía en lo personal, ni especial estimación en lo literario (Excélsior, México, 2 de enero de 1954).
Ni por un momento se me ocurre poner en duda la veracidad de este testimonio: lo que deseo es interpretarlo. Unamuno era, por mucho, un viejo gruñón, lleno de altibajos en el temperamento. Aún me parece ver la indignación con que Valle-Inclán solía referirse a las diferencias entre Rubén Darío y Unamuno donde aquel se mostró siempre tan superior y ecuánime y me parece aún que oigo a Valle-Inclán:
—No podían entenderse. Rubén tenía todos los pecados del Hombre, que son veniales; y Unamuno tiene todos los pecados del Ángel, que son mortales.
Pero, en general, ya en Madrid no hacíamos caso de estos pasajeros deslices de don Miguel, y más bien nos ateníamos al saldo de su persona y de su conducta. Él mismo se definió diciendo que en su alma había una perpetua guerra civil. Ignoro en qué ocasión habrá conversado con Unamuno el señor “Martín Martínez”. Es posible que, entonces, y por cualquier circunstancia del momento, Unamuno haya encontrado mi imagen un poco empañada en su memoria. Ello no tiene importancia ni trasciende al tono dominante de nuestras buenas y muy cordiales relaciones. La desgracia es, a veces, mala consejera, y don Miguel sufrió mucho durante sus últimos años, como todos sabemos. De aquí que sus antiguos amigos, comprendiendo la desazón de su ánimo ante las vicisitudes de su país hayan tendido un manto piadoso sobre sus veleidades finales. El grande hombre, arrebatado a uno y a otro lado por la angustia y por el anhelo de detener el alud con sus propias manos, se quedó solo, sin correligionarios y sin España. Paz a sus restos.
Miguel de Unamuno (c. 1925, Agencia Meurisse) - Wikimedia Commons. Fuente: Wikipedia
En lo literario
No nos detengamos mucho en este punto. Cada uno tiene su alma en su almario. Es verdad que don Miguel no era muy pródigo en elogios, y menos cuando se entregaba a las libertades de la conversación, a la que nunca debiera exigirse una responsabilidad estricta. Pero, sobre todo, en este orden subjetivo de la apreciación literaria, repito, cada uno tiene su alma en su almario. Lo obvio es que Unamuno nunca hubiera conservado mi amistad tan afectuosamente como lo hizo, sin un mínimo suficiente de estimación intelectual y moral. Pues no era hombre para la mentira mundana. Varias veces he escrito sobre él (por ejemplo, a propósito de su Fedra), y siempre recibió mis juicios con aprobación y complacencia. Cuando desde México, le envié mi primer libro (Cuestiones Estéticas, 1911), agobiado sin duda por los muchos libros de principiantes que llegaban hasta su mesa, ni lo leyó ni me contestó. Cuando, ya en Madrid y en 1917, le envié a Salamanca mi libro El suicida, me dirigió una carta sumamente expresiva, que dista mucho de ser una mera cortesía y que fue el origen de nuestra amistad. Esta y varias otras cartas que me escribió aparecerán pronto en la colección que prepara el Dr. M. García Blanco, catedrático de la Universidad de Salamanca.
En lo personal
Si el Dr. García Blanco se dirigió a mí, entre otros, al formar esta colección epistolar de Unamuno, es precisamente porque conocía la tradición de nuestra amistad. Visité a Unamuno en Salamanca, acompañado de don Artemio de Valle-Arizpe. Nos retratamos juntos y pasamos juntos el día. Nos llevó a pasear por las afueras. Me contó una anécdota familiar que repito en uno de mis libros. Después, siempre me encontraba con él en uno u otro sitio, cada vez que aparecía por Madrid. Concurrió varias veces a mis reuniones dominicales. Me obsequió algunas de sus pajaritas de papel y de sus dibujos. (Ya lo digo en Grata Compañía). Entre ellos, el retrato de Amado Nervo ―de quien a su vez fue buen amigo―, sin duda el primer Nervo sin barba que se registra en la iconografía de nuestro poeta. Me proponía monogramas con las iniciales de mi nombre —así consta en una de sus tarjetas postales— y me comunicaba opiniones sobre la grafía y pronunciación originales del nombre patronímico de Sor Juana. Estuve constantemente a su lado en París, cuando yo era allá ministro de México, y él andaba desterrado y prófugo. Ya he dicho cómo me recitaba entonces sus sonetos contra el general Primo de Rivera, sin prestar atención a los vehículos en las bocacalles, y cómo echaba, a manera de telón, el recuerdo de su sierra de Gredos sobre cualquier perspectiva parisiense que yo proponía a su admiración. Los agentes de la policía española encargados de vigilarlo se hicieron sus amigos y, a invitación suya, concurrían a los cafés de Montparnasse para disfrutar de su charla.
Una vez fuimos juntos a la casa de Jean Cassou. Yo me retiré temprano, para pasear por la orilla del Sena, aprovechando la tibia noche, en compañía del poeta Rilke. Entonces Guillermo Jiménez, quien lo ha escrito por ahí, recogió de labios de Unamuno el mayor encomio y el más conmovedor que yo puedo haber recibido y deseado: “La inteligencia de Reyes ―dijo Unamuno― es una función de su bondad”. Perdóneseme el entrar en estas “personalidades positivas” (que no sólo son “negativas”, como pretende el diccionario) pero ahora o nunca era la sazón de referirlo. Las palabras del maestro no me envanecen, ni por desgracia tengo derecho a considerarlas justas; pero ellas expresan nítidamente su juicio sobre mi persona, y sobre todo la benévola refracción que el afecto producía en ese juicio. Si esto no es simpatía…
Pero hay, además, algo que hasta ahora no quise publicar, y que tampoco esta vez voy a descubrir completamente. Unamuno fue una vez arrastrado hasta la presencia de Alfonso XIII por el sutil Conde de Romanones. La opinión literaria de Madrid en aquellos tiempos —siempre bravía—, consideró esto como una claudicación de Unamuno. Él quiso dar una conferencia en aquella admirable y libérrima casa que era el Ateneo de Madrid, y el público de jóvenes escritores, entre gritos, pateos y silbidos, no lo dejó hablar. Así las gastaban entonces.
Pues bien, Unamuno se presentó al día siguiente en mi Legación de Madrid y, de una manera confidencial, me reveló el objeto de su encuentro con el monarca, que no era en manera alguna deshonroso para ninguno de los dos. Recuérdese que yo había sido periodista y escritor en Madrid, y luego, por otros cinco años prácticamente, fui Encargado de Negocios de México. Unamuno tras lo acontecido —aunque muy hecho a la pelea y aunque, como él decía, frecuentemente le había tocado “torear a media plaza”— necesitaba explicarse y desahogarse con alguien, y escogió al único de la camada literaria que, si bien muy cercano, podía, por no ser español, considerar los hechos con más moderación que los otros. Pero ¿hubiera dado este paso si no se sintiera mi amigo, si no me supiera su amigo, si no me estimara en el orden intelectual y en el orden moral? Si esto no es simpatía… No: nadie me quite la amistad de Unamuno.
Revista Temas, Febrero de 1955, Volumen 9, N° 52, páginas 90-95, Temas Corp., Nueva York, Nueva York
Notas
Alfonso Reyes Ochoa (1889-1959).- Escritor, traductor, diplomático, jurista, filósofo, filólogo y académico mexicano y literato de la lengua española.
Reyes habla de Río como capital del país porque lo era en ese momento (entre 1822 a 1960), y Brasilia pasó a serlo desde abril de 1960, el año posterior al de su muerte.
Las fotos originales se veían muy amarillentas y no tan nítidas y fue preferible poner otras indicando la fuente.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario
No ponga datos personales porque Internet no es tan confiable y por seguridad tendremos que borrarlos.
Es bienvenido si quiere aportar con datos de las colecciones u otros.
No se preocupe: Algunos títulos no faltan sólo que por razones X no estarán en los listados.