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miércoles, 22 de julio de 2026

El investigador que creó una calculadora para estimar la probabilidad de caer en la pobreza en EE.UU. (y el enorme riesgo que revela)

 




Por Valentina Oropeza
BBC News Mundo


Mark Rank destinó años de investigación a demostrar que una gran parte de la población de Estados Unidos puede correr el riesgo de caer en la pobreza en algún momento de la vida adulta.

El sociólogo estadounidense analizó cientos de miles de datos que mostraban la evolución de unas 5.000 familias con respecto a sus empleos, ingresos, patrimonios, gastos, salud, educación y otras categorías que se sumaron a medida que se ampliaba el seguimiento.

Aquella información pertenecía al Panel de Estudio de Dinámica de Ingresos, la encuesta longitudinal de hogares más antigua del mundo, que se inició en 1968 en Estados Unidos con 18.000 personas, y todavía hoy ofrece resultados sobre los descendientes de aquella primera muestra.

Aunque Rank había publicado los hallazgos de sus investigaciones sobre pobreza, desigualdad y justicia social en Estados Unidos, tenía la sensación de que apenas llegaban a "una decena de personas" que leían las revistas académicas.

"¿Qué podía hacer para que esta investigación fuera más accesible para un público más amplio?", recuerda haberse preguntado hace una década.

El profesor de la cátedra Herbert S. Hadley de bienestar social de la Universidad de Washington en San Luis examinó varias herramientas, hasta que dio con un ejemplo que podía emular: las calculadoras de riesgo de enfermedades cardíacas.

Usaban variables como la edad, la presión sanguínea y los niveles de colesterol del paciente para predecir su probabilidad de sufrir afecciones del corazón.

Inspirado en esa idea, Rank diseñó una calculadora para medir la probabilidad de caer en la pobreza en un horizonte de 5, 10 o 15 años, a partir de la raza, el nivel educativo, el género y el estatus civil del usuario, un recurso que nadie hasta entonces había puesto a disposición del público en Estados Unidos.

Además de los datos del Panel de Estudio de Dinámica de Ingresos, la herramienta tomaba como referencia el umbral federal de pobreza de la Oficina del Censo de Estados Unidos, por lo que sus resultados reflejaban los rangos de ingresos de cada grupo demográfico.

En marzo de 2016, el investigador lanzó la primera versión de la calculadora en una columna de opinión que firmó junto con su colega Thomas Hirschl en el diario The New York Times.

Rank y Hirschl esperaban ayudar a los usuarios a navegar dos desafíos fundamentales para los estadounidenses: "La inseguridad económica generalizada y los niveles cada vez más elevados de desigualdad de ingresos".

Mark Rank es profesor de la cátedra Herbert S. Hadley de bienestar social de la Universidad de Washington en San Luis.



"Si estuviera casada y fuera hombre"


Allyson Ritchey tiene 24 años y vive en el área metropolitana de Cleveland, en el estado de Ohio. Acaba de empezar un nuevo empleo como productora a tiempo completo en una cadena de televisión.

Consultó la calculadora por primera vez para una asignación de la universidad, cuando estudiaba Sociología, Comunicación y Medios.

Pero se graduó hace dos años y ahora regresa a esta herramienta para conocer la probabilidad de caer en la pobreza a partir de sus nuevas condiciones.

Al ser una mujer blanca y soltera, de entre 20 y 24 años, con estudios superiores, sus resultados mostraron que tiene un riesgo del 20,4% de caer en la pobreza en 5 años y del 31,5% en 15 años.

"Comparé esto con lo que pasaría si estuviera casada y si fuera hombre (casado o soltero) y descubrí que, en general, mi riesgo sería menor si fuera hombre o si estuviera casada (¿supongo que con un hombre?)", dice en un correo electrónico para contar su experiencia.

La calculadora indica que las mujeres solteras y no blancas, con un nivel educativo inferior al universitario, jóvenes o más bien mayores, tienen más probabilidades de caer en la pobreza en el futuro.

Si Ritchey perteneciera a otra categoría racial y no tuviera estudios universitarios, con la misma edad y siendo soltera sus resultados se dispararían: la calculadora arrojaría un riesgo del 82,8% de acercarse a la pobreza en 5 años y del 90,1% en 15 años.

En contraste, si fuera un hombre blanco con las mismas características (de 20 a 24 años, soltero y sin formación universitaria), su riesgo sería del 42,5% en 5 años y del 56,7% en 15 años.

Después de consultar la calculadora, Ritchey reforzó su confianza en que tener un título universitario le brindará estabilidad económica.

Sin embargo, también cambió su perspectiva sobre su valor frente a otros profesionales en el mercado laboral.

"Siento que debo esforzarme más para estar a la altura de mis compañeros (hombres blancos), especialmente en un campo como el periodismo audiovisual, donde trabajo ahora".

Allyson Ritchey sostiene su diploma cuando se graduó hace dos años de la universidad en EE.UU.


Sin embargo, David Boatwright, un hombre blanco de 30 años, advierte que su perfil no necesariamente le augura un futuro alentador.

"Al incluir la variable de tener un título universitario, la calculadora muestra que el riesgo de caer en la pobreza aumenta de forma constante a lo largo de un período de 10 o 15 años", dice.

"Para las generaciones anteriores, el título universitario era la llave hacia la libertad económica. Pero mi generación se enfrenta a la carga de encontrar un empleo bien remunerado, saldar la deuda de los préstamos estudiantiles y cubrir las necesidades básicas".


El riesgo de ser pobre


El umbral federal de pobreza en EE.UU. más reciente se publicó en 2024 y corresponde a US$24.950 al año para una familia de tres miembros.

Según este parámetro, 35,9 millones de personas estaban por debajo de la línea de pobreza hace dos años; es decir, alrededor de un 10,6% de la población de Estados Unidos.

"A menudo pensamos en la pobreza como algo que le pasa a otra persona, como un problema de alguien más, no nuestro", advierte Rank. "Pero dependiendo de cómo se mida, una clara mayoría de los estadounidenses podría verse afectada por la pobreza en algún momento de su vida".

Darse cuenta de esta probabilidad tuvo un impacto profundo en Annie Linker cuando consultó la calculadora hace dos años, siendo estudiante de Sociología.

"Como mujer blanca, soltera y con estudios, sabía que mi riesgo de caer en la pobreza sería menor que el de muchas otras personas de mi clase social y comunidad", explica.

"Sin embargo, me sorprendió considerablemente ver que mi riesgo en un plazo de 10 años era de casi un 50%".

Este hallazgo desencadenó cambios en sus finanzas personales.

"En lugar de centrarme en gastar dinero en cosas divertidas, como un café o un par de zapatos nuevos, empecé a trabajar en ahorrar para el futuro y eso me ha permitido mejorar considerablemente mi capacidad de ahorro".

Los estudios de Rank indican que tres cuartas partes de los estadounidenses podrían acercarse al umbral de pobreza o vivir por debajo de él en algún momento entre los 20 y los 75 años.

Alrededor del 59% puede permanecer en esa situación durante al menos un año.

"Luchen contra la pobreza, no contra los pobres", dice el cartel de una manifestante en Wall Street, el corazón financiero de Nueva York.


Los eventos inesperados


Ante la pregunta de por qué tanta gente es vulnerable, Rank se refiere a una combinación de factores.

"A lo largo de un período prolongado suceden cosas inesperadas en la vida, como enfermarse, perder el trabajo, que una familia se separe o que se produzca una pandemia", explica.

"Cuando esas cosas afectan a la gente, al menos en Estados Unidos, no contamos con una red de seguridad social muy sólida y la gente puede caer fácilmente en la pobreza", añade.

"La calculadora es una forma de poner eso en manos de las personas para que puedan verlo realmente y pensar en el futuro".

Durante una década, la calculadora ha acumulado más de dos millones de visitas desde casi todos los países del mundo, un alcance que todavía sorprende a Rank cuando comprueba las estadísticas de tráfico en Google Analytics.

"Creo que eso es un gran logro".

La calculadora forma parte de Confrontando la pobreza (Confronting Poverty), una plataforma más amplia creada por Rank para compartir recursos de aprendizaje sobre la pobreza y la inequidad en Estados Unidos.

"Como profesor universitario tenía la obligación de intentar que nuestra investigación estuviera disponible y fuera accesible para el público en general".

Annie Linker, por ejemplo, encontró en los resultados de la calculadora un incentivo para trabajar en comunidades que viven por debajo del umbral de pobreza en Estados Unidos.

"A veces, la calculadora aparece en mi mente cuando observo la representación desproporcionadamente alta de minorías entre las personas con las que trabajo", indica.

"Aunque no me gusten los resultados que arroja, me sirve de motivación para formar parte de ese porcentaje que no vive en la pobreza".


Fuente: Calculadora de probabilidad

Artículo relacionado:  Ayuda para alimentarse 


lunes, 20 de julio de 2026

Cuán posible es que algo ocurra cuando te dicen que es probable que suceda

 
¿Qué significan realmente?
 
 
Por Dalia Ventura
BBC News Mundo
 
 
Si te dijera que el triunfo de tu equipo preferido en la final de un campeonato es posible, ¿te alegrarías? ¿O preferirías que te dijera que es probable? Qué tal si te digo que muy posible... ¿es mejor que 'probable'?

Cuando escuchas o lees las noticias, a menudo te encuentras con palabras que tienen como objetivo comunicar la probabilidad de que algo suceda.

Un ataque terrorista que es "plausible", la propagación de una determinada cepa de virus que es "altamente probable", o si es "casi seguro" que suban los tipos de interés...

Pero, ¿sabes realmente qué tan probable es "probable"?

En algunos casos, es posible que no lo sepas. 
 
Y eso es algo que le llamó la atención al epidemiólogo matemático Adam Kucharski, de la London School of Hygiene & Tropical Medicine, quien es especialista en modelar cómo se propagan las enfermedades infecciosas, y asesora a gobiernos sobre cómo anticipar y controlar epidemias.

Cuando trabajó en la respuesta a la pandemia de Covid notó que, aunque se publicaban datos científicos que él suponía suficientes para que la gente entendiera lo que ocurría, las pruebas no siempre bastan para persuadir a los demás.

La duda puede volverse especialmente tóxica, "sustituyendo una realidad consensuada por una que se disputa eternamente", escribió en su libro "Proof, the Uncertain Science of Certainty" (Prueba: la ciencia incierta de la certeza). 
 
La experiencia lo dejó obsesionado con el problema de comunicar probabilidades.

Se pueden expresar con porcentajes o con palabras que, idealmente, coinciden de alguna manera. Pero no siempre es así.

"Un ejemplo muy destacado de este tipo de problema ocurrió en 1951, cuando el equipo de un analista de la CIA llamado Sherman Kent escribió un informe que decía que una agresión armada de la Unión Soviética contra Yugoslavia era seriamente posible ese mismo año", le contó Kucharski al programa More or Less de la BBC*.
 
Días después, se topó con un alto mando del Departamento de Estado quien le preguntó qué significaba exactamente "seriamente posible". Kent le respondió que estimaba las probabilidades en un 65%. El funcionario se escandalizó y le confesó que en los comités de la Casa Blanca pensaron que era mucho menor. 
 
"Kent entró en pánico y le preguntó a miembros de su equipo -que habían estado escribiendo decenas de informes- cuál era su interpretación. Se dio cuenta de que incluso ellos tenían números muy diferentes en mente para el lenguaje que usaban".

 
De Yugoslavia a Cuba
 
Sherman Kent trabajó durante 17 años en la Agencia Central de Inteligencia (CIA) durante la Guerra Fría, y fue pionero en muchos de los métodos de análisis de inteligencia.
 

Una década después, el presidente de EE.UU. John F. Kennedy recibió una evaluación de una invasión planeada de Cuba. El Estado Mayor Conjunto le dijo que tenía una "probabilidad razonable" de éxito.

A Kennedy eso le sonó como una buena señal, como explicaría después, así que le dio el visto bueno a la operación, que resultó un fiasco: la invasión de Bahía de Cochinos.

Más tarde, quien escribió sobre esa "probabilidad razonable" reveló que tenía en mente probabilidades de 3 a 1 en contra del éxito.

Para intentar solucionar ese tipo de problemas, Kent publicó en 1964 su ensayo histórico Words of Estimative Probability ("Términos de probabilidad estimativa", publicado por el Center for the Study of Intelligence de la CIA).

Incluyó la primera tabla de la historia moderna para que los redactores vincularan las palabras con un porcentaje.  

A Kennedy eso le sonó como una buena señal, como explicaría después, así que le dio el visto bueno a la operación, que resultó un fiasco: la invasión de Bahía de Cochinos.

Más tarde, quien escribió sobre esa "probabilidad razonable" reveló que tenía en mente probabilidades de 3 a 1 en contra del éxito.

Para intentar solucionar ese tipo de problemas, Kent publicó en 1964 su ensayo histórico Words of Estimative Probability ("Términos de probabilidad estimativa", publicado por el Center for the Study of Intelligence de la CIA).

Incluyó la primera tabla de la historia moderna para que los redactores vincularan las palabras con un porcentaje.  
 

Su propuesta original tenía estas categorías fijas:


• Casi seguro: 93% (con un margen de ±6%)

• Probable: 75% (con un margen de ±12%)

• Posibilidades parejas: 50% (con un margen de ±5%)

• Improbable: 30% (con un margen de ±10%)

• Casi imposible: 7% (con un margen de ±5%)

Argumentó además que las "palabras ambiguas" como "podría" y "sugerir" eran "expresiones que suenan bien, pero que, al reflexionar sobre ellas, casi carecen de significado".

Desde entonces se ha seguido intentando depurar el lenguaje de grados de duda, para poder comunicar riesgos serios y evitar catástrofes por malinterpretaciones.

En Reino Unido, por ejemplo, tras la guerra de Irak, influenciada por información de inteligencia dudosa, se introdujo un "criterio de probabilidad" para las evaluaciones de inteligencia.
 
De casi imposible a casi seguro hay muchas posibilidades.


El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) de la ONU, por su parte, empezó a notar en los años 90 que si decían que el aumento del nivel del mar era "probable", los políticos de algunos países lo entendían como "un riesgo menor" y otros como "inminente".

Crearon entonces una guía de lenguaje estandarizado que se fue afinando hasta que quedó blindada en 2010 con la Nota de Orientación sobre Incertidumbres.

La escala obliga a sus científicos a que si usan, por ejemplo, la palabra "probable" en un informe, el fenómeno debe tener matemáticamente más de dos tercios de posibilidades de ocurrir, y va de "prácticamente seguro" con más de 99% de probabilidad, a "excepcionalmente improbable", con menos del 1% de probabilidad.

Pero resulta que la gente no anda por ahí con un manual de interpretación, entonces ¿qué entendemos cuando oímos esas palabras?
 

La posibilidad de que algo sea posible


Aunque manuales de enseñanza del español ordenan estas palabras en escalas lógicas del discurso (Seguramente —> Probablemente —> Posiblemente —> Difícilmente), el cerebro humano no es un algoritmo.

Mezclamos la probabilidad lingüística con nuestras emociones.

En la era digital, experimentos basados en las ideas del analista de la CIA Sherman Kent, empezaron a ser replicados masivamente en varios estudios.

Al solicitarle a miles de personas que le asignaran un porcentaje a distintas palabras, se descubrieron fenómenos interesantes, como lo que ocurre con la palabra "posible".
 
Mientras que "Probable" suele concentrarse en la mente del público de manera estable entre el 60% y el 80%, la palabra "Posible" desata el caos total.

El porqué de esta variabilidad es puramente matemático: cualquier evento cuya probabilidad sea estrictamente mayor que el 0% y menor que el 100% califica técnicamente como "posible".

Al no tener un anclaje natural, su significado queda a merced de lo que cada individuo decida imaginar.

Por eso, para algunas personas decir "es posible que gane la lotería", aunque signifique una probabilidad infinitesimal, cercana al 0%, es algo viable, mientras que ante un "es posible que vaya a cenar", nuestro cerebro lo ancla intuitivamente cerca de un 50%.

Estadísticamente, "Posible" es la palabra con mayor desviación estándar; es decir, es la que peor comunica un número real.

No sólo eso: el contexto también entra en juego.
 
Si te dijera que es probable que tu equipo gane, ajustándome al criterio de probabilidad para las evaluaciones de inteligencia de las agencias británicas, el rango de posibilidad de que ocurriera sería entre 55% y 75%.
 

Si un médico te dice "Es posible que esta operación tenga efectos secundarios", tu cerebro lo interpreta como una probabilidad alta, de un 40% o 50%, encendiendo las alarmas. Si un meteorólogo dice "Es posible que caiga un meteorito", sueles quedarte tranquilo.

La palabra es la misma, el nivel de catástrofe altera la matemática mental.

Eso sin contar lo que sucede con la expresión "posibilidad realista", que a menudo se usa en titulares para reportar riesgos de eventos.

Kucharski, quien hizo su propia investigación con un quiz en línea con miles de respuestas, encontró que fue la que dio lugar a las interpretaciones más dispares.

Las interpretaciones de probabilidad oscilaban entre el 10 y el 100%: algunos participantes la entendían como un desenlace bastante probable; otros, simplemente como un escenario plausible.

Muchas directrices oficiales sobre el significado de frases valoran una "posibilidad realista" como equivalente a entre el 40% y el 50%.

Y ahí no termina la confusión. 

 
 
Grados de Probabilidad
 
 
En su quiz, Kucharski, además de pedirle al público que le asignara un porcentaje a diferentes frases o términos, también pidió que se comparara palabras de probabilidad una al lado de la otra para ver si se usaba la probabilidad de forma consistente.

Si te pregunto: ¿Cuál es más probable que ocurra: algo muy improbable o muy probable?, la respuesta es fácil.

Pero qué responderías a: ¿Cuál es más probable: algo que podría pasar o algo que tal vez pase?

Resulta que los juicios sobre estas comparaciones son poco consistentes.

Y con frases como:

• Es poco probable que ocurra.

• Es improbable que ocurra.

Muchos creen que son equivalentes; otros perciben "improbable" como más tajante.

Pero no es solo cuestión de grados.

Investigaciones recientes sugieren que estas expresiones hacen algo más que transmitir una probabilidad: también orientan nuestra forma de pensar.

Imagina dos médicas.

Una dice: "Es posible que el paciente sobreviva".

La otra: "Es poco probable que el paciente muera".

Aunque ambas describen la misma probabilidad, no producen el mismo efecto psicológico. La primera dirige nuestra atención hacia la supervivencia; la segunda, hacia la muerte.

Los estudios indican que ese encuadre influye en la forma en que las personas interpretan la información, la recuerdan y toman decisiones.

¿Cuál porcentaje le asignarías tú a términos como "quizás, podría ser, incluso o acaso"?


El lenguaje que usamos para expresar probabilidades es, sencillamente, muy ambiguo, así que es importante tener en cuenta lo que se transmite al usarlo.

Expresiones o palabras como: cabe la posibilidad, tal vez, quizás, seguro, probable, podría ser, acaso, hay indicios, parece, sin duda, con certeza, y tantas otras, en la vida cotidiana pueden provocar desde situaciones casi cómicas hasta consecuencias indeseables.

Pero cuando se trata de advertir a la población sobre riesgos importantes, requieren atención especial.

Para Kucharski, una de las claves es asegurarse de que quienes comunican esos riesgos -ya sean científicos, políticos o periodistas- sean conscientes de ese problema.

"Lo fundamental es garantizar que lo que la persona que emite una estimación cree estar comunicando sea realmente lo que entiende quien la recibe".

La segunda clave es más incómoda: animar a quienes calculan los riesgos para que no se escuden en palabras ambiguas que les permitan justificarse después si el pronóstico falla.

"Creo que todos nos beneficiaríamos si nos obligáramos a formular estimaciones que después puedan contrastarse y preguntarnos honestamente si acertamos o no".

Es algo que ya inquietaba a Kent en la CIA, quien describió el impulso de buscar "una expresión que transmita un significado preciso, pero que al mismo tiempo nos exima por completo de la responsabilidad".

Usar frases engañosas puede hacer que el lenguaje suene autoritario pero también dificultar la toma de decisiones.

A Kucharski, la pandemia le confirmó el valor de la claridad. Hay momentos en que la realidad no es cuestión de opinión, y dudarlo puede poner en peligro a los demás.

¿Y la final de un Mundial? Si alguien te dice que tu equipo "puede" ganar, tal vez sea momento de preguntar: ¿puede como en un 5%, o puede como en un 50%?

Fuente:  Posible y Probable


Nota: Hay un problema con el editor y cambia el tipo de letra.