Un hombre sereno y sin edad, una armónica vieja y un intermedio musical de inusitada belleza
Por Edgar Bracco
NUNCA levanto a nadie en la carretera, pero algo en aquel individuo hacía imposible pasar de largo. Visto de atrás, era una figura delgada y baja, de chaqueta raída, pantalones flojos y una gorra deslucida. Pendiente de una correa, llevaba una mochila.
Alcancé a verle el rostro por el retrovisor. No tenía la expresión abyecta que hubiera sido de esperar; denotaba, más bien, serenidad. Su cuerpo era el de un anciano, pero sus ojos pálidos parecían contemplar un horizonte lejano.
Obedeciendo a un impulso detuve el automóvil, retrocedí y le pregunté si quería que lo llevara. Me miró fijamente, asintiendo apenas, y luego se sentó a mi lado.
—¿Es usted de aquí?
―En realidad, no ―respondió.
―¿Cuál es su destino?
―Voy un poco adelante.
―¿Y luego?
―A alguna otra parte.
Muy cortésmente me daba a entender que su destino era asunto suyo. Al apearse, cerca de mi motel, me dio las gracias. Mientras se alejaba por el camino me quedé pensando si habría tropezado con el último ejemplar de una antigua orden de vagabundos.
Más tarde, al salir en busca de un restaurante, lo vi junto a mi coche. ¡Vaya! Faltaba la limosna, pensé, inclinando fríamente la cabeza como si fuera a entrar en el automóvil.
―Por favor… Usted tuvo hoy una atención para conmigo. Deseo retribuírsela.
―No fue nada ―repuse, sorprendido por el aire señorial con que hablaba.
―Sí, fue una gentileza. Por favor ―repitió, y sus ojos claros me hicieron presentir un mundo completamente ajeno al mío.
Me encogí de hombros y él, con una elegante inclinación, se hizo a un lado para indicarme que subiera al automóvil. Una vez dentro, bajé el vidrio y miré hacia fuera. Vi que buscaba algo en su mochila y apreté los puños, pero lo que sacó fue una vieja armónica. Es un tipo estrafalario, pero inofensivo, me tranquilicé. Entonces surgieron las primeras notas de su instrumento, y me quedé inmóvil.
No era una música fácil de reconocer: ni clásica, ni folklórica ni de jazz. No pertenecía a mi mundo. Salía de su fuero más íntimo. Improvisaba, pero las notas tenían relación entre sí, como un collar de perlas cuyo tamaño aumenta hasta llegar a la mayor y luego disminuye hasta la más pequeña. Se me hizo un nudo en la garganta al escuchar aquella hermosa melodía.
Una joven pareja salió del motel. Al oír la armónica se detuvieron, sonriendo burlonamente. Me sentí incómodo, y traté de disimular mi desconcierto. “Bueno, bueno. Estupendo, pero tengo que irme”, dije, no sin un dejo de afabilidad, pero con un tono algo frívolo que no dejaba de sonar presuntuoso y protector. Los jóvenes rieron.
La música vaciló, cesó poco a poco y, después, todo quedó en silencio. El vagabundo guardó la armónica sin quitarme los ojos de encima. Sus labios dibujaron lo que pudo ser una sonrisa tenue, melancólica. Luego se volvió, cargó la mochila y comenzó a alejarse por el camino. Lo seguí con la mirada.
La pareja rió de nuevo. “El mundo está lleno de individuos estrafalarios, ¿verdad?” se mofó el joven.
Volví la cabeza. De pronto quise correr tras aquella silueta delgada, triste, digna, que se achicaba en la distancia. Cambié de idea. No habría sabido qué decir. El momento había pasado; ya era tarde.
© 1978 por Edgar Bracco. Condensado de “Newsday” (6-VIII-1978), 550 Stewart Avenue, Garden City (Nueva York) 11530.
Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo LXXIX, N° 470, Enero de 1980, págs. 96-97, Reader’s Digest México, S.A. de C.V., México, México
Nota
Edgar Jean Bracco (Edgar J. Bracco) Fue un escritor, editor e investigador de mercado estadounidense (1920–2008).
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