martes, 1 de noviembre de 2016

Cuando los Hijos siembran Discordias


Los hijos son la causa más frecuente de las desavenencias entre cónyuges. Es preciso saber cómo manejarse en tales situaciones

Por Norman Lobsenz

Queremos entrañablemente a nuestros hijos. Por ellos, que son nuestro orgullo y alegría haríamos cualquier cosa. ¿Por qué,  entonces, los estudios relativos a la familia revelan  que los hijos disminuyen la satisfacción que la pareja encuentra en el matrimonio? ¿Por qué los cónyuges declaran que la felicidad conyugal  empieza a declinar en cuanto nace el primogénito y que, salvo leves fluctuaciones registradas en el curso de los años, no recobra su nivel original  sino hasta que el último de los hijos ha dejado el hogar?

Una razón de esta paradoja es obvia: las responsabilidades físicas y económicas que ocasionan la crianza de los niños, traen consigo enorme tensiones para los padres. Pero existe otra razón, que se reconoce con menos frecuencia. Los hijos directa o indirectamente tienden a provocar mayor número de conflictos entre sus padres que cualquier otra fuente de disensiones conyugales. Juzgue el lector las típicas situaciones que siguen:

• Juanito, chico de diez años de edad, gasta el total de su asignación semanal en un frágil avión de juguete que se hace pedazos la primera vez que lo lanza al aire.

-¿Por qué desperdicias el dinero en semejante basura? –le pregunta su padre, enfadado- ¡Sólo por eso, la semana próxima no te daré ni un centavo!

Juanito va a protestar cuando su madre intercede:

-¿Por qué eres tan duro con él?

El padre la mira, furibundo, y replica:

-Si por ti fuera, este chico jamás aprendería a estimar el valor del dinero.

• El matrimonio Lara no ha podido salir una sola noche desde que nació su primogénito, hace seis meses.

Esta noche Ricardo planea lleva a Laura a comer afuera y al cine; será una agradable sorpresa para ella. Incluso ha contratado los servicios de una niñera .Pero al saberlo, Laura se opone:

-No dejaré a mi hijo en manos de una desconocida.

Desde que el niño llegó, Ricardo se siente abandonado, y explota:

-¡Te preocupas más por ese chiquillo que por mí!

• Melisa tiene 15 años y ha sido invitada a formar parte de un grupo de chicas y muchachos para salir a esquiar el fin de semana.

-No hay peligro alguno -le aseguró a su madre- La hermana mayor de mi amiguita nos hará compañía.

No obstante su madre le niega el permiso. Sin hacer mención de esta negativa, Melisa le pide permiso a su padre, quien responde:

-Por supuesto que puedes ir.

Poco después, sus padres se dan cuenta que han sido engañados; pero en vez de reprenderla, discuten entre sí.

Hasta hace poco todos los padres creían que la presencia de un hijo los uniría más, de modo automático. En la actualidad, pocos son los matrimonios que abrigan tan ilusorias esperanzas, ya que la mayoría de ellos están conscientes del tiempo, las energías y los recursos que es necesario dedicar a los hijos. Y si bien no faltan padres intelectualmente preparados para la paternidad, no siempre son aptos, en lo emocional, para hacer frente a las tensiones diarias que suscita la formación de los niños, o las exigencias de estos.

Los conflictos maritales que con mayor frecuencia causan los hijos, son los que incluyen diferencias de criterio en lo concerniente a las bases de su educación:   disciplina, asignaciones para gastos menores, privilegios. Además “los padres que se preocupan mucho de tales cuestiones, descubren que están defendiendo posiciones cada vez más rígidas”, observa la psicóloga Isabelle Fox, consejera matrimonial, familiar y de niños, del Centro Psicológico del Oeste, en Encino (en el estado norteamericano de California).

La psicóloga habla de cierto matrimonio cuya hija, de 12 años de edad, de pronto empezó a bajar de rendimiento en sus estudios. “La madre consideraba que debía preguntarse a la chica, de manera comprensiva, por qué no trabajaba en la escuela a altura de sus aptitudes, y animarla dulcemente a esforzarse más”, comenta la especialista. El padre quería darle una severa reprimenda y amenazarla con un castigo si no se dedicaba al estudio y obtenía mejores calificaciones.

“Con el tiempo, añade la doctora Fox “ambos padres se vieron atrapados en sus respectivas posiciones: él era el malo y ella era la buena;  esta situación era perjudicial tanto para la niña como para sus padres”.
Posiblemente ciertos conflictos, que en apariencia son provocados por la conducta de un hijo, tengan sus raíces en las tensiones emocionales sufridas por alguno de los padres en su propia niñez. Una señora recordaba  cómo ella y su marido altercaban cuando él reprendía a su hija de 13 años. “Las más de las veces”, cuenta la madre, “Ana se lo había ganado, pero aun así yo salía en su defensa”.

Las riñas entre ambos fueron haciéndose más frecuentes y violentas, al extremo de constituir una amenaza para las relaciones conyugales; entonces decidieron buscar ayuda. En las consultas celebradas con un consejero matrimonial, la señora recordó que cuando era niña su padre la regañaba continuamente. “Los regaños que mi marido hacía a Ana despertaban en mí aquellos sentimientos de agravio y humillación. Desahogaba en mi esposo la ira que jamás había sido capaz de expresar contra mi padre”.

Con todo, existen maridos y esposas que no pueden descargar sus emociones en su cónyuge, pues temen que cualquier demostración de sentimientos negativos haga peligrar su matrimonio, o bien carecen de la suficiente autoestima para hacer valer sus propias necesidades. En esos casos, tal vez uno de los padres use al hijo, inconscientemente, como un arma contra su pareja. Cuando, por ejemplo, Eduardo reprocha a Rita que “jamás esté en casa para cuidar a los niños” a causa de su nuevo empleo, en realidad quiere decir  que es él a quien ella está desatendiendo. Puesto que no puede censurarla con franqueza por ir a trabajar pese a sus deseos de que no lo haga, trata de hacerla sentirse culpable como madre.

En ocasiones crecen las tensiones entre los cónyuges, porque uno de ellos se muestra hostil hacia el hijo (que quizá le recuerde a un hermano que no quería) y el otro se siente obligado a ponerse de parte del niño. “A la inversa”, comenta Isabelle Fox, “uno de ellos padres hace objeto de especial afecto y atención a un hijo predilecto, como un medio de expresar su hostilidad hacia su cónyuge”.

¿Cómo pueden los padres absorber y resolver el impacto emocional que los hijos producen en el matrimonio? A continuación citamos las recomendaciones de varios especialistas:

• Reconozcamos que muchos conflictos conyugales son naturales, y por lo general pasajeros, en la vida familiar. “Toda familia tiene conflictos relacionados con los hijos”, declara Hendrie Weisinger, psicólogo de Los Ángeles (California). “La mayoría de ellos sobrevive en buenas condiciones”.

• Comuniquémonos. Harold Feldman, especialista en relaciones familiares de la Universidad de Cornell, en Ithaca, en el estado de Nueva York, recomienda que los padres analicen entre ellos sus ideas relacionadas con la educación de los niños, así como sus propios principios y prejuicios. Si llegan a ponerse de acuerdo en algún punto y si consiguen encontrar un punto medio aceptable para las cuestiones en que no están de acuerdo, les será posible evitar muchos problemas potencialmente destructivos.

• Distingamos entre los problemas originados por la formación de los hijos y los que son ajenos a estos. Cuando las disputas conyugales se centran siempre sobre los mismos temas, quizás se deriven de las relaciones matrimoniales.

• No debemos utilizar a los niños como instrumentos en las riñas conyugales.

• No permitamos que los niños nos manejen a su antojo: si Julieta, de diez años de edad, dice a su papá que mamá es mala, y él lo acepta  sin siquiera preguntar por qué, serán inevitables las discusiones entre ambos esposos. Claire Lehr, psicóloga y especialista en relaciones entre padres e hijos, radicada en Newport Beach, en el estado de California, dice: “ ¿Qué es, en el sistema familiar, lo que hace necesaria a esta conducta? ¿Por qué la niña siente que la única manera de ejercer el poder es a través de la manipulación de sus padres? A menudo estos discuten entre sí, en vez de preguntarse por qué se comportaron todos ellos de esa manera”.

• Debemos evitar actitudes que nos hagan quedar como mártires ante los hijos. Un matrimonio estuvo a punto de separarse porque la señora se negaba, año tras año, a hacer planes para las vacaciones hasta que supiera si sus hijos,  que estudiaban en la universidad, estarían en casa durante el verano. Cuando los muchachos anunciaban su decisión, ya era demasiado tarde para efectuar el viaje que el padre deseaba hacer. Los padres deben, a veces, contrariar sus propios planes por los hijos, pero sacrificarse inútilmente provoca tensiones conyugales.

• Cuando surjan discusiones respecto a los hijos, debemos impedir que ocurran en presencia de ellos. El chico que ve a sus padres reñir por sus ideas educativas acerca de él, puede sentirse culpable del altercado. Un chico de 12 años de edad explicaba así sus sentimientos al respecto: “De repente los oigo discutir. Procuro mantenerme al margen, pero sé que el problema comenzó por culpa mía. Y entonces me da miedo”.

• Los cónyuges deberían levantar una firme barrera entre sus vidas como esposos y como padres. “En la jerarquía de las prioridades familiares”, escribe el Dr. Fitzhugh Dodson en su libro How to Discipline-With Love (“Cómo Disciplinar… con Amor”), “los cónyuges tienen el derecho de considerar en primer lugar su matrimonio, y en segundo sus relaciones con los hijos”. Hoy día, demasiadas familias concentran más su atención en los hijos que en la unión conyugal. Dar prioridad al matrimonio no significa descuidar las necesidades del niño. A no ser que un matrimonio funcione bien, ninguna atención paterna, por más grande que sea, compensará la pérdida que el hijo sufra en lo emocional.

Se necesita energía, criterio y dedicación para superar las tensiones inherentes a la paternidad. A cambio de ello, la recompensa por el éxito es doble, pues es probable que las parejas que se sientan más unidas a raíz de las presiones ocasionadas por la educación de los hijos, no sólo sean mejores padres sino que constituyan matrimonios más felices.


Revista Selecciones del Reader’s Digest, tomo LXXXII, N° 492, Noviembre de 1981, págs. 85-89 , Reader’s Digest  México, S.A. de C.V., México D.F., México.

lunes, 31 de octubre de 2016

Cómo Superar el Antagonismo entre Hermanos



¿Todavía guarda el lector celos y resentimientos surgidos en su infancia al tratar con sus hermanos y hermanas adultos? He aquí cómo remediar la rivalidad entre hermanos adultos
 Por Elisabeth Keiffer

Al dar Joan a luz al primer varón en su familia en tres generaciones, ella y su marido quedaron extasiados. Igual cosa les sucedió a los padres de Joan. Esta esperaba que Sally, su hermana mayor, estuviera no menos encantada.
Joan había adorado siempre a Sally, la beldad y estrella  de la familia, y se había alegrado de sus logros.
Sin embargo, a partir del nacimiento del  bebé, Joan y Sally se han distanciado. Joan está resentida porque su hermana no muestra ningún interés por el pequeño Andrew. Sally, que no tiene hijos, comenta que su hermana menor “se comporta como si nadie hubiera tenido antes un bebé”.
Ni Sally ni Joan se dan cuenta de que el súbito cambio operado en la posición que ocupan dentro de la familia es la verdadera causa del alejamiento entre ambas. Joan ha superado por fin a su dominante hermana mayor, ¡y esto a Sally no le gusta! Es posible que la desavenencia sea temporal, pero demuestra que una rivalidad originada en la infancia no siempre se deja atrás. Puede ser durante toda la vida un potente ingrediente en las relaciones entre hermanos.
En un estudio realizado en la Universidad de Cincinnati (Ohio), se les preguntó a 65 hombres y mujeres de edades entre 25 y 93 cuáles eran sus sentimientos para con sus hermanos y hermanas. Cerca del 75 por ciento reconoció que abrigaba sentimientos de rivalidad. Estos, en algunos casos, eran lo bastante intensos para haber afectado su vida entera.
Muchos adultos mantienen estrechas relaciones con sus hermanos  y hermanas, se muestran afectuosos y dispuestos a ayudarlos, y no obstante aún experimentan la necesidad de competir con ellos. Conozco a dos hermanos que son enemigos mortales cuando se enfrentan en una cancha de tenis; fuera de esta, son los mejores amigos. Mi hermana menor jamás se abstiene de hacerme notar que he engordado; pero es pésima cocinera, lo que me complace, y cuando viene a casa cocino como nunca. Por dicha, a pesar de estos defectillos, cada una ha sido un importante recurso para la otra.
Entre las personas que mantienen una intensa rivalidad con sus hermanos y las generalmente dispuestas a apoyar a los suyos, están las que sostienen relaciones ásperas a las cuales ninguna amistad podría sobrevivir.
Hay hermanos y hermanas que se mantienen a una prudente distancia unos de otros, pero que nunca llegan a romper los lazos fraternales. ¿Por qué persisten estas relaciones incomprensibles, improductivas y a menudo dolorosas?
En parte porque los lazos anudados en la infancia conservan su fuerza aun después de que los hermanos han crecido en edad y seguido diferentes caminos. Tales relaciones suelen ser tan estrechas que los participantes se profesan un afecto distinto de cualquier otro. Pero a la vez en el afecto que contribuye a esta relación siempre hay lugar para la irritación, la envidia y el resentimiento.
Stephen Bank, terapeuta familia y coautor, con Michael Kahn, del libro The Sibling Bond (“El Lazo Fraterno”), nos explica las razones de aquello: “Pocos son los adultos que no creen, en el fondo, que un hermano ha recibido más de lo que él recibió: amor paternal, ciertas ventajas, talento, atractivos físicos. Podría ser cierto, pero en realidad ello no tiene importancia. Si como adultos han alcanzado el éxito suficiente para considerarse en un plano de igualdad, los hermanos pueden darse mucho unos a otros. De lo contrario, los sentimientos que no se hayan aclarado podrán echar a perder sus relaciones”.
La necesidad del amor paterno es tan instintiva como la respiración, y la lucha por disfrutar de él en exclusiva se inicia al venir al mundo un hermanito o hermanita menor. Según Bank, cuando la rivalidad entre adultos alcanza proporciones de neurosis, el origen de tales sentimientos puede hallarse en un marcado favoritismo paterno o en la convicción de uno de los hermanos de que el otro es superior a él.
Un estudio hecho con hermanas adultas, descrito en el libro Sisters (“Hermanas”) de Elizabeth Fishel, indica la importancia de que los padres traten imparcialmente a los hijos. Las hermanas que dijeron tener relaciones inmejorables entre ellas informaron que en sus familias no había favoritismo, que sus padres no hacían comparaciones y que no enfrentaban a unas con otras.
Así como un favoritismo abierto, las clasificaciones en apariencia inocentes que a menudo ponen los padres a los hijos llegan a influir permanentemente en la opinión que estos se forman unos de otros… y aun de ellos mismos. Cierto amigo mío abandonó los deportes para los cuales había demostrado tener facultades en su adolescencia, porque su hermano mayor era visto como “el atleta estrella” de la constelación familiar.
Ya sean negativas o positivas, tales clasificaciones pueden resultar irritantes para aquellos a quienes se aplican. No hace mucho tiempo, Kim, nuestra hija de 20 años de edad, le dijo a su hermano mayor que estaba harta de que la consideraran la “excéntrica” de la familia sólo por haber vestido en los primeros años de su adolescencia como si lo fuera. Le hizo notar a su hermano que las altas calificaciones que obtenía en la universidad distaban mucho de ser excéntricas, y él tuvo que estar de acuerdo con esto. Ahora su hermano la trata con un nuevo respeto. Kim se dio cuenta del papel que se le había impuesto y tuvo el valor de rechazarlo.
Los sociólogos que han estudiado las relaciones entre hermanos adultos señalan que es común en estos mostrarse volubles. Bien se sabe que situaciones que podría esperar sirvieran para reconciliar a hermanos desavenidos (el nacimiento de un bebé, la enfermedad o el deceso de uno de los padres), no hacen sino reavivar viejas rencillas.
En vez de que la preocupación por la enfermedad del padre o la madre acerque a los hijos, es frecuente que estos disputen con acritud respecto a quién de ellos tiene más cuidados para con su progenitor, quién le presta mayor ayuda económica o le demuestra mayor cariño. Tal cosa asegura Victor Cicirelli, psicólogo de la Universidad Purdue (Indiana), en Estados Unidos. Y al decir de abogados testamentarios, las querellas más agrias se suscitan cuando unos hermanos tienen que dividirse las propiedades personales de uno de los padres.
Una amiga que perdió a su madre hace varios meses, no se habla con su hermana desde poco después de los funerales. “Fui a casa de Patty a los pocos días de los servicios fúnebres”, me contó Jill, con voz ronca  de cólera, “y sobre una mesa de té vi el álbum de fotos de la familia. Al preguntarle con qué derecho se lo había quedado, me respondió que mamá habría querido que ella lo conservara  por ser la mayor”.
El rompimiento de Jill y Patty se habría solucionado ya si el marido de Jill no se hubiese apresurado a ponerse de parte de su mujer. “Si un cónyuge desea conciliar las cosas cuando su pareja riñe con un hermano, deberá mantenerse emocionalmente neutral”, aconseja Bank. “es correcto respaldar a la esposa o al marido, a condición de tener presente que el fin es ayudar al cónyuge a ser más objetivo y no el ahondar más las diferencias”.
Al avanzar en edad, no pocos adultos expresan su deseo de estar en mejores términos con sus hermanos, pero a continuación agregan que tal cosa es probablemente imposible. “Acabamos siempre frustrados por los mismos motivos de queja”, se lamentan con frecuencia.
“No hay necesidad de que así sea”, declara Bank. “Es posible mejorar casi cualquier relación si las personas están dispuestas a dedicarse con energía a hacer más satisfactoria la relación. La gente debe reconocer que las rencillas de la infancia no son sino residuos de una lucha de la cual muy probablemente ninguno tuvo la culpa. Si son capaces de comprender esto, podrán dejar de sentirse culpables o de reprocharse mutuamente como solían hacerlo a la edad de doce años”.
Los hermanos se resisten a menudo a dejar ver sentimientos ocultos por largo tiempo de enojo, celos, inferioridad o culpabilidad. Pero una vez que estos sentimientos se han sacado a la luz, existirá una oportunidad mucho mayor de mejorar las relaciones.
“El primer paso consiste en expresar sinceramente los sentimientos de rivalidad que abriguemos”, dice Bank. “Pero es esencial ir más allá de los reproches y acusaciones y hablar positivamente de lo que cada uno podría hacer para mejorar las cosas”. No es frecuente que las personas digan a sus hermanos lo mucho que los quieren, añade Bank.
“No temamos decirles que los queremos de veras”, indica. “Y demos muestras de nuestro afecto: un fuerte abrazo, un cumplido o un obsequio oportuno puede cicatrizar muchas heridas”.
Cuando los hermanos llegan a superar sus antagonismos, quizá descubran que entonces se sienten ligados por lazos más estrechos y más duraderos que los que los ligan a cualquier otra persona. Por mi parte, me siento profundamente complacida de la amistad que nos une a mi hermana y a mí. A pesar de haber reñido a veces, también nos hemos ayudado mutuamente a salir de trances difíciles como nadie más habría podido hacerlo. Es posible que algún día ella sea la única persona entre mis conocidas que guarde memoria de alguna lejana Navidad o que ría de los mismos chascarrillos que yo. No creo que me moleste siquiera que me diga que estoy engordando.

Recuadro de la página 31
Para Hacer las Paces
Dé usted más importancia a cómo podría hacer de sus relaciones algo más positivo, en vez de pensar una y otra vez en congojas pasadas. Aquí le damos algunas sugerencias:
• Exprese en una carta cuáles son los cambios que espera. Esto aclarará sus pensamientos y con ello evitará hacer ciertos comentarios que podría ahondar la desavenencia.
• Si en la infancia fue usted el preferido, comprenda que su hermano sufrió por ello. En cambio, si fue el menos favorecido, comprenda que esto no fue culpa de su hermano.
• Ofrezca ayuda a un hermano suyo que esté en problemas. Una enfermedad, un divorcio o una defunción pueden proporcionarle la oportunidad de demostrar que es usted más humano de lo que suponía su hermano o hermana.
• Reúnase con su hermano en terreno neutral, mejor que en la casa paterna, donde están vivos los recuerdos del pasado.
• Recuerde que la afinidad de sentimientos constituye la clave para mejorar cualquier relación. Trate de ponerse en el lugar de su hermano para comprender cómo lo ha afectado.

©1986 por Elisabeth Keiffer. Condensado de “Woman’s Day” (11-XI-1986), de Nueva York, Nueva York.

Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo XCIII, Número 557, Año 47, Abril  de  1987, págs. 29-33, Reader’s Digest Latinoamérica, S.A., Coral Gables, Florida, Estados Unidos

domingo, 30 de octubre de 2016

Bibliotecas, Cultura y Economía


Por Luis Felipe Angell (Sofocleto)

La primera industria peruana es la producción de analfabetos.

Cada año se reciben nuevas promociones de paisanos que cuando miran una jota creen  que están viendo un anzuelo y piensan que cuando miran una “A” es una escalerita de tijera por donde suben las hormigas para cortar camino. La vida -para ellos- termina donde comienza el abecedario y permanecen al margen de toda posibilidad social y de todo progreso, desconcertados ante el misterio de una cartilla rarísima cuyas intimidades nadie les explicó a tiempo. Ajenos a sus propias limitaciones, los iletrados nacionales suponen que un  periódico se ha hecho para envolver paquetes y un libro para equilibrar las patas de una mesa.

-¡Usted es analfabeto?

-No, doctor. Yo soy Belisario.

Llaman doctor a todo el que usa anteojos, como si las diatrías fueran una patente de cultura o una prueba de ser “leído y escribido”, hundiéndose poco a poco en esa invalidez mental que se adquiere cuando el cerebro se herrumbra por falta de uso y hace que –al pensar su propietario- le crujan las meninges pidiendo aceite a  gritos implorando un lavado y engrase que le ponga la tutuma como sobre ruedas. Hay quienes suponen que el cráneo desarrolla por su cuenta y termina, al cabo de los años, convertido en una hermosura pensante, capaz de resolver en dos patadas cualquiera de las ecuaciones que nos presenta la vida. Pero esto es más falso que dentadura de viejo, porque la materia gris necesita afinarse permanentemente como instrumento delicado que es y requiere del ejercicio, el entrenamiento y la práctica indispensable para que su dueño se llene de prestigio y evite una fama de burro que no se la quita ni su abuela.

-Don Alfredo, ¿qué es un subsidio?

-Es cuando alguien se mata porque está cansado de la vida.

Pero si el analfabeto no lee porque está en ayunas gramaticales y un esfuerzo en tal sentido puede conducirlo al manicomio, más grave es el caso de quien rompió la barrera del parvuliche y limita su cultura al estudio semanal de los programas hípicos o cinematográficos viviendo en una permanente anemia cerebral que le impedirá más tarde ser campeón en el “chanchito de la inteligencia”, aprender inglés por disco o inventar el lápiz con dos borradores. El problema fundamental de nuestro país está en su falta de cultura, que no consiste en saber de paporreta las actividades de Colón en su tercer viaje sino en tener conciencia y consciencia de lo que es un ser humano y del papel que desarrolla en la vida social. Pensar y saber qué piensan otros hombres, buscar en sus ideas una luz que nos guíe y mejore, cultiva el espíritu a través de la lectura, son posibilidades mágicas que nos dan el alfabetismo y la escuela. Todo esto, naturalmente, condicionado a ciertas normas de higiene mental que eliminen algunos tipos de literatura más propios de la Baja Policía que de un cerebro con venitas y todo:

-Tú siempre tan culta, monona.  ¿Qué lees?

-“Amor de Secretaria”, de Delly. Existencialista. Al final le suben el sueldo.

No interesa que prolifere el lector “sobaco ilustrado”, más exhibicionista que sincero, pero sí resulta indispensable allanar el camino  de quienes tienen la necesidad  de leer o viven dentro de un impulso permanente de mejora espiritual. Por eso, cuando el movimiento de las Bibliotecas Municipales comenzó a tomar fuerza y volumen, saludamos la idea como un paso firme dado hacia el real beneficio de la colectividad. Cuando abrieron la de San Isidro estuve de oletón en la ceremonia inaugural. Me pareció una obra estupenda y dije en un artículo que sería recogida con entusiasmo por los habitantes del bosque, que no leen bajo los olivos porque entre mosquitos y hormigas se los llevan en peso al Callao. En lo que va del año se ha computado 30,000 lectores, sin contar al loco Toribio quien, al presentarse vestido con un zapato izquierdo, una gorrita y medio metro de cuchillo amarrado con una pita en el pescuezo, produjo una estampida que no dejó un solo literato en el salón.

-¿El Loco? De Andreviev. Sí lo tenemos, señor.

-¡No, digo que el loco está acogotando al otro bibliotecario.

Son gajes del oficio, pero de todas maneras es digno de encomio el trabajo que desarrollan en la biblioteca de San Isidro, como lo es sin duda en el resto de las bibliotecas municipales, escolares y públicas del país.

Necesitamos urgentemente, desesperadamente, que los peruanos lean, para que no sigan al margen de la vida y les hagan perro muerto en la primera de espadas. Ojalá que la razzia económica con que se busca reducir el déficit no pase su guadaña por estos centros de cultura, bajo las artes de un criterio que considera al lector un reverendo ocioso que no tiene nada mejor que hacer. No cambiemos los libros por las libras.

-Señorita, ¿tiene “Un Amor Secreto”?

-¿Y a usted qué le importa, insolente?


Fuente:
Luis Felipe Angell, Sofocleto en Dos Columnas, Primera Edición, Ediciones Myself, Lima, Perú, 1960, pp. 90-93

sábado, 29 de octubre de 2016

Anímese a Vencer la Timidez y... Descubra un Mundo Nuevo


Por Carolyn Kitch

La mujer de 43 años vivía en un temor constante de los desconocidos, ya fuera en las fiestas las que asistía con su esposo o en las funciones escolares de sus hijos. “Soportaba esas ocasiones”, recuerda, “manteniéndome lo más callada posible, sin ver a nadie a los ojos y contando los minutos que faltaban para volver a casa. Sentía la mirada de todo el mundo sobre mí”.

Hoy, esta mujer y aprendió a dominar su timidez con técnicas que han dado resultado en muchos casos. Tiene un círculo de amigos y participa activamente en la asociación  de padres y maestros de la escuela. Además, sabe que no es la única persona que carga con este problema.

La TIMIDEZ, que a menudo se considera erróneamente una etapa de la niñez que luego se supera, es un trastorno muy común. Philip Zimbardo, psicólogo y codirector del Instituto de Estudios sobre la Timidez y autor de Shyness:  What It Is, What to Do About It  (La Timidez Qué es y Cómo Vencerla”), entrevistó a más de 10,000 personas durante los años 70 y 80, y concluyó que cerca de 40 por ciento de ellas de ellas se tenías por tímidas.

En otro estudio de 1,600 personas, dirigido por el psicólogo Bernardo Carducci, esa cifra sube a 48 por ciento. Según Zimbardo, otro 15 por ciento de la población está constituida “por individuos que son tímidos sólo en ciertas situaciones de tensión, como hablar en público”. Las investigaciones indican que hombres y mujeres son igualmente tímidos.

Tal vez no exista una cura para este mal, pero los estudiosos están descubriendo algunas formas de superarlo, con la esperanza de que no sea motivo de tanta infelicidad. Aquí presentamos sus mejores consejos:

1. Lleve un diario para llegar a la raíz de sus temores. “Un registro escrito constituye una terapia barata y eficaz”, afirma el psicoterapeuta Christopher McCullough, autor de Always at Ease: Overcoming Anxiety and Shyness in Every Situation ("Siempre Serenos: Como  Vencer la Ansiedad y la Timidez en todas las Situaciones"). “Nos conocemos mejor de lo que creemos, y muchas veces resulta sorprendente lo que sale cuando ponemos por escrito nuestros pensamientos y temores”.

Cierta soltera de unos 35 años a la que hace tiempo trató McCullough, era extremadamente tímida con los hombres. “Entonces anotó todo lo que ocurría durante una cita”, recuerda el especialista: “la llamada telefónica, los arreglos para salir, lo que decían los dos, lo que ella pensaba mientras sucedía todo esto…” Poco a poco la mujer advirtió un tema recurrente: “Temía gustarle a un hombre y que él no le gustara a ella; no sabría entonces qué hacer para zafarse de la relación”.

McCullough y ella conversaron sobre lo que podría decir a los hombres que no deseaba volver a ver. “En cuando se supo en posesión de esas herramientas, las citas le produjeron mucha menos tensión”.

Aunque la mujer sólo era tímida en ese aspecto de su vida -las citas amorosas-, el diario puede ser también útil para aquellos que son cortos de ánimo. De acuerdo con el psicólogo Jonathan Cheek, autor de Conquering Shyness: A Personalized Approach (“Venciendo la Timidez: Un Enfoque Personalizado”), dos terceras partes de la gente  tímida puede identificar sucesos específicos de su vida que dieron lugar al problema. Una vez identificadas las cusas, afirma, ”se puede lidiar con ellas de manera constructiva”


2. Invente un Personaje  -una versión extrovertida de sí mismo- y Ensaye sus propias escenas. Zimbardo cuenta la historia de una mujer de 50 años que encontró la solución a su timidez en la actuación: “Noté que la vergüenza se me quitaba cuando interpretaba un papel en una pieza teatral”, le escribió. ”Después de todo no era yo quien estaba en el escenario, sino un personaje”.

Esta división del yo en “el yo real y el yo que actúa”, agrega Zimbardo, también es común entre los “tímidos extrovertidos”: personas que parecen muy desenvueltas en público, pero que son apocadas en privado. “Algo así como el 15 por ciento de la gente tímida encaja en esta descripción”.

Muchos animadores famosos son tímidos cuando se encuentran en el escenario o frente a las cámaras, dice Zimbardo. Por esta razón, a algunas personas cortas de ánimo les gusta actuar, participar en debates o hacer las veces de maestros de ceremonias. Durante tales actividades pueden “ser” temporalmente el otro, la persona desenvuelta.

Se puede escribir guiones y representar papeles para ensayar cualquier escena de la vida: desde pedir un aumento de sueldo al jefe hasta entrevistarse con los maestros de los hijos. Cuando ensaya usted esos encuentros, sabe lo que va a decir y se siente más seguro.

“Con frecuencia a los tímidos les preocupa que su actuación no refleje su verdadero ser interior”, señala Zimbardo. “Al igual que un actor, tiene usted que aprender a borrar la frontera entre el verdadero yo y el papel que interpreta. Deje usted que sus actuaciones hablen por sí mismas y, a la postre, hablarán por usted”.

3. Haga su Tarea. Bernardo Carducci llama a esta técnica “reconocimiento social”. Si va a ir a una fiesta”, propone,  “averigüe quiénes asistirán, a qué se dedican, qué intereses tienen”. Si va a hacer una presentación de trabajo ante personas que o conoce, entérese de quiénes son y cuál es su campo de actividad. “Tendrá mayor dominio de sí mismo cuando llegue la hora de conversar”, agrega.

Otra cosa que puede hacer es buscar un grupo que comparta intereses con usted. Marjorie Coburn, directora del Centro para el Tratamiento de las Fobias y la Ansiedad, en La Jolla, California, ayudó a una mujer de 43 años que se sentía incómoda en compañía de desconocidos. Coburn se enteró de que la mujer siempre había querido aprender a confeccionar cobertores acolchados, así que le sugirió que se inscribiera en un curso. Allí, la dama pudo charlar con otras personas sobre algo que le interesaba, pese a que le eran desconocidas. Gracias a ello logró trabar algunas amistades y tener vida social fuera del curso. “Por primera vez”, señala Coburn, “disfrutó de la compañía de la gente. Incluso se volvió menos tímida”.

4. Modifique su Lenguaje Corporal. “El tímido envía señales de frialdad o retraimiento, a menudo sin darse cuenta”, dice el psicólogo Arthur Wassmer, autor de Making Contact: A Guide to Overcoming Shyness ("Establezca Contacto: Guía para Superar la Timidez"). “Lo que transmite todo el tiempo es: ‘estoy asustado, tengo miedo, me siento intimidado’”. Por desgracia, los demás no captan esos mensajes. Antes bien, interpretan su lenguaje corporal como indiferencia o desdén y se apartan, con el consiguiente aumento de la inseguridad del tímido.

“De todas las técnicas, prosigue Wassmer, “ésta del lenguaje corporal es la que más sorprende por lo rápido de los resultados. Los pacientes me decían: ‘¡Tuve más conversaciones en la última semana que en todo el año anterior!’”

Wassmer  afirma que son seis las señales corporales que proyectan calidez y simpatía: sonrisa, cuerpo abierto (no cruzar los brazos o las piernas), inclinación hacia delante, contacto físico (estrechar una mano, por ejemplo), contacto visual y asentimiento con la cabeza (confirmación de que se está escuchando y entendiendo). “Al ofrecer al mundo una imagen con todos estos elementos, se gana uno la amabilidad y las respuestas positivas que vuelven menos intimidantes a los desconocidos” asegura Wassmer.

A los tímidos les cuesta trabajo iniciar una conversación; casi nunca hablan porque se pasan el tiempo preocupándose por la impresión que están causando. Los investigadores han observado que, para mantener la fluidez de una charla, las personas desenvueltas utilizan a cada rato, y casi por instinto, frases como “Sí, claro” o “¡Qué interesante!”

Cuando una conversación se apague, haga preguntas que permitan respuestas inesperadas; por ejemplo: “¿Qué la impulsó a dedicarse a la crítica de arte (o  a la organización de congresos o la decoración de interiores)?”. Dice Jonathan Berent, psicoterapeuta y autor de Beyond Shyness: How to Conquer Social Anxieties (“Más Allá de la Timidez: Cómo Vencer la Ansiedad en el Contexto Social”): “Las preguntas que invitan a explayarse mantienen el centro de la atención en la otra persona, no en usted”.

5. Confíe a Alguien su Secreto. En cierta ocasión, Christopher McCullough dio orientación a un hombre a quien le agradaba su trabajo pero le aterraban las reuniones mensuales en las que debía participar. Le preocupaba decir alguna tontería o sufrir un ataque de pánico y tener que salir corriendo de la sala… y, en consecuencia perder su empleo. Por fin confió sus temores a su jefe, quien le aseguró que podía abandonar el recinto si sentía la necesidad de hacerlo, y su puesto no peligraría. “Eso lo tranquilizó”, cuenta McCullough, “y pudo asistir a las reuniones y hasta  participar en ellas”.

Una de las quejas de los tímidos es que su familia, sus amigos e incluso sus médicos no toman en serio el problema. Marjorie  Coburn aconseja buscar gente que pueda aceptar su timidez; no alguien que les diga que deben salir de su caparazón. “Necesitan un amigo a quien confiar sus temores y que no los  enjuicie”, subraya.

6. Póngase en el Peor de los Casos. El doctor Paul Bohn, ex director de la Clínica para el Tratamiento de la Ansiedad Social y de Desempeño, de la Universidad de California en Los Ángeles, pide a sus pacientes que hablen de sus mayores temores frente a otros tímidos.

Por ejemplo, si a alguien le aterra pronunciar un discurso, el grupo podría preguntarle:

-¿A qué se debe su temor?

-La gente se rió de mí cuando era niño.

-¿Cuántas veces ha sucedido esto después?

-Ninguna

-¿Qué es lo peor que podría pasar?

-Que se rieran de mí.

-¿Y qué sucedería entonces?

-O me reiría con ellos, o jamás volvería a hablar ante ese grupo.

Así pues, ni siquiera el peor desenlace representa la catástrofe que la persona había imaginado.

Un temor común que sí suele hacerse realidad es la aparición de los síntomas físicos que en ocasiones acompañan a la timidez: sudoración, temblor de voz, sonrojo… No obstante, las investigaciones demuestran que tales síntomas no son tan notables para los demás como el tímido cree.

7. Avance Poco a Poco.  Así lo hizo Marjorie Coburn para ayudar a una tenedora de libros de 35 años. La mujer deseaba obtener un título de contadora, pero era demasiado tímida para asistir a la universidad. “Le aterrorizaba que le pidieran exponer algún punto”, explica. “Juntas, poco a poco alcanzamos su meta.

Primero se limitó a pasear por el campus universitario. Luego se inscribió en un seminario, se sentó en la última fila del salón y no habló con nadie. En otro seminario conversó con la persona que tenía a su lado.

“Más adelante”, refiere la doctora, “se inscribió en un curso de teneduría de libros”. Cuando el maestro le hacía alguna pregunta, podía responder con facilidad gracias a su dominio de la materia.

Al final se matriculó en contabilidad y se desempeñó tan airosamente que le pidieron que diera clases particulares a otros estudiantes. “Allí terminó de desaparecer su timidez”, observó Coburn.

Si pone todo su empeño, dice Jonathan Cheek, la mayoría de los tímidos consigue superar su problema. “Es un trabajo arduo”, agrega, “pero la batalla puede ganarse”.

“No espere despertar un día transformado en el alma de la fiesta”, sigue diciendo Cheek, “De hecho, quizá siempre lleve la timidez por dentro. Pero de todas maneras se lanzará y establecerá contacto con los demás. Y al hacerlo, dejará de ser tan sólo un espectador de la vida. Ésa es la verdadera victoria”.


Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo CXIII, Número 675, Año 57, Febrero de 1997, págs. 39-43, Reader’s Digest Latinoamérica, S.A., Coral Gables, Florida, Estados Unidos

lunes, 24 de octubre de 2016

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