lunes, 10 de octubre de 2016

La Ventana Abierta


Se hundieron en un pantano y sus cadáveres nunca fueron encontrados, dijo la muchacha

Cuento

Por Saki (H.H. Munro)

-Mi tía bajará en seguida, señor Nuttel –explicó una serena joven de 15 años-. Mientras tanto, usted tendrá que soportarme.

Framton Nuttel  encontró las palabras precisas para halagar a la sobrina sin menoscabar a la tía. En su interior dudó más que nunca que ese tipo de visitas formales a personas extrañas fueran de utilidad para la cura de sus nervios; razón por la cual se encontraba en aquel sitio rural de descanso.

“Te daré cartas de presentación para toda la gente que ahí conozco” le había dicho su hermana. ”De otra manera te aislarás y no hablarás con nadie provocando que tu sistema nervioso empeore a causa de la melancolía”.

-¿Conoce a mucha gente por aquí? –preguntó la sobrina cuando juzgó que ya habían tenido suficiente comunión silenciosa.

-A nadie en absoluto –respondió Framton-. Mi hermana estuvo de visita aquí hace cuatro años y me ha dado algunas cartas de presentación.

-¿Entonces usted no sabe nada acerca de mi tía?

-Sólo su nombre y dirección.

-Su gran tragedia ocurrió hace tres años, es decir, después de haber partido su hermana.

-¿Su tragedia?- inquirió Framton-.

 La sola mención de una desgracia parecía algo fuera de lugar en aquel ambiente de sosiego.

-Se extrañará usted de que mantengamos abierta esa puerta-ventana en esta época del año -observó la sobrina al mismo tiempo que señalaba la puerta en cuestión-. A través de ella, hace exactamente tres años, el esposo y los dos jóvenes hermanos de mi tía partieron para realizar sus prácticas de tiro. Al cruzar cierto terreno yermo se hundieron en un traicionero pantano. Sus cadáveres nunca fueron encontrados.

La voz de la muchacha tembló por un instante, pero continuó:

-Mi pobre tía todavía cree que volverán algún día, junto con el pequeño perro perdiguero que desapareció con ellos. Piensa que entrarán por esa puerta-ventana y por eso la mantiene abierta todos los días hasta el atardecer. Me ha contado muchas veces cómo se marcharon, cómo iba su esposo con su impermeable blanco doblado sobre un brazo. A veces, en las tardes tranquilas como esta, me asalta el escalofriante presentimiento de que todos aparecerán por esa ventana…
Interrumpió su relato con un ligero temblor. Fue un alivio para Framton la llegada de la tía con una retahíla de disculpas por su tardanza.

-Espero que no le moleste la ventana abierta –dijo la mujer-. Mi esposo y hermanos regresarán de su jornada de caza y siempre entran por allí.

Discurrió animadamente sobre la caza de patos en invierno. Framton hizo un esfuerzo desesperado por desviar la conversación a un tema menos horripilante, consciente de que su anfitriona sólo le prestaba parte de su atención y de que la mirada de la misma se apartaba de él para fijarse en la venta abierta.

-Los médicos me han ordenado un reposo absoluto con abstención de excitación mental  y ejercicios físicos –informó Framton, dejándose llevar por el mito de que las personas desconocidas se desviven por enterarse hasta del menor detalle de nuestras enfermedades.

-¿Oh, sí? -comentó la señora Sappleton con tono indiferente-.

De pronto su actitud cambió por una de alerta, pero no se debía precisamente a la conversación de Framton.

-¡Aquí están por fin, a tiempo para el té! –exclamó.

El hombre sintió un leve escalofrío y volvió su mirada hacia la sobrina como para comunicarle su comprensión solidaria. La muchacha tenía la vista fija en la ventana con una expresión de horror en el rostro, y Framton giró para mirar en la misma dirección.

En las sombras del crepúsculo, tres figuras humanas acompañadas por un perro de aspecto cansado andaban sobre el prado sin producir sonido alguno. Los tres llevaban escopetas yuno de ellos traía un impermeable blanco sobre el hombro.

Framton tomó su bastón y se retiró con gran prisa cruzando la puerta del salón y el camino de grava del frente.

-Aquí estamos, querida –dijo el hombre del impermeable blanco al entrar por la ventana -. ¿Quién era ese individuo que salió corriendo cuando veníamos?

-Un tal señor Nuttel –respondió la mujer-, que se marchó a la carrera sin decir palabra cuando ustedes llegaron. Tal parece que hubiera visto un fantasma.

-Yo diría que fue culpa del perro –explicó con calma la sobrina-. Me dijo que le infundían pánico. En cierta ocasión, una jauría de estos animales lo persiguió en un cementerio de la ribera del Ganges y tuvo que pasar la noche en una tumba recién excavada mientras las bestias gruñían  y echaban espuma encima de él. Situación que hace perder el valor  a cualquiera.

La novela al instante era su especialidad.


Condensado del libro  ”Great  Short  Stories of the World”. ©1972 por The Reader’s Digest Association,  Inc.

Hector Hugh Munro, célebre por su gran ingenio y conciso en sus cuentos cortos, nació en Birmania en 1870 y vivió la mayor parte de su vida en Inglaterra. Al estallar la Primera Guerra Mundial se incorporó al Real  Cuerpo de Fusileros. Fue enviado a Francia en 1915 y murió en acción en Beaumont-Hamel al año siguiente.


Fuente:
Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo LXXXII, N° 492, Noviembre de 1981, pp. 110-112, Reader’s Digest México, S.A. de C.V., México D.F., México

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