lunes, 10 de octubre de 2016

El Misterio de La Gioconda


Por Luis Felipe Angell (Sofocleto)

El Louvre es un museo francés donde uno puede ver las obras maestras del turismo norteamericano.
Delante de cada tela hay un racimo de gringos multicolores, especie de naturaleza muerta frente al arte clásico, que admira por catálogos y se hace una cultura renacentista en media hora, con sólo seguir el derrotero del guía y digerir sin complicaciones las más fabulosas mentiras de un cicerone empeñado en deslumbrarlos para multiplicar su propina. Enseñar o describir no basta. Hay que condimentar el show con algún detalle amazing* que dé prestigio al relato en Kansas City con algunos detalles íntimos del Tiziano o ciertas informaciones confidenciales sobre Rubens, conseguidas de un experto al precio de tres dólares, discretamente abonados en un rincón de la sala:

-You knows, fellows, that guy Velásquez used to paint with only one hand?*
-Oh, really*

*¿Sabían, ustedes, que este tipo Velásquez solía pintar con una sola mano?
*Oh, en serio
*Amazing: increíble

El guía es un déspota entre burlón y cínico, que aprovecha la ignorancia ajena para no aburrirse diciendo todos los días la misma cosa. A cada pintor le inventa un pasaje anecdótico, a cada cuadro una historia y a cada corredor un fantasma. Su imaginación crece en razón directa con el analfabetismo cultural de sus oyentes y responde con un silencio cargado del más hondo desprecio las preguntas que Harry, Butch o Jimmy le hacen para ejercitar el derecho señalado en la cartilla turística, que dice: “El cicerone responderá cualquier pregunta de tipo artístico”. A veces, Lo que quiere saber Betty es donde han puesto el bath room* los franceses pero no se atreve y prefiere seguir el resto de la jornada caminando despacito y sin hacer movimientos inútiles. Jamás he visto mayor docilidad que la del turista ultramarino frente a un guía de museo:

-A ver, ustedes tiene tres minutos para admirar este cuadro que es muy bueno. Comiencen a admirar que yo cuento…
-Qué beatiful paisaje is that…!
-Allá no, zonzo. Esa es una ventana  abierta. Mira acá.

*Bath room: baño

De todos los cuadros reunidos en el Louvre tal vez sea “La Gioconda” el más conocido y buscado por los visitantes. Dicen que es el mejor cuadro del mundo, pero nadie lo ha visto porque siempre hay una muchedumbre delante, tomando fotos, mascando chicle o preguntándose, como se pregunta la humanidad desde hace varios siglos, ¿por qué diablos sonríe Monalisa?, esposa dil Giocondo a quien todo hace pensar que un amigo de la familia le aplicó dos perchas de medio metro en la frente, porque la señora será todo lo angelical que quieran, pero la historia demuestra que tenía su buena foja de servicios al hombro. Contra lo que muchos suponen, Monalisa no fue una guayaquileña lisurienta, sino la esposa de un comerciante floreciente o florentino, inmortalizada por Leonardo Da Vinci, un viejo sumamente precoz que hizo cañones, submarinos, esculturas, dibujos, buques, aviones y moneda falsa, invento éste último que le trajo algunas dificultades y terminó por desprestigiarlo:

-Dice il Leonardo que está con il cólico miserere…
-Son inventos suyos.

En las últimas semanas se ha levantado una polémica acerca de la verdadera identidad de Monalisa. Unos dicen que es hombre, otros que es mujer y otros que ambas cosas al mismo tiempo, lo cual no tiene nada de particular en esos siglos también había esta clase de coleópteros. Sin embargo, la pregunta fundamental es la relacionada con su sonrisa. ¿Se reía o estaba triste? Chi lo sa*. Uno también puede reírse con pena, como ocurre cuando oye a los payasos de circo el mismo chiste que ya escuchamos en 1930, pero las opiniones están divididas en la siguiente forma. La Gioconda se ríe porque:

1.-Leonardo le acaba de contar un chiste de loros.
2.- Le estaban haciendo cosquillas en el dedo gordo.
3. Pensaba en los spaguetti del almuerzo.
4.-Le daba la gana de reírse, y
5.-Por cualquier razón.

*Chi lo sa: en italiano, ¿Quién (lo) sabe?.

La cosa es que se ríe y como ocurre con la hiena, nadie sabe por qué lo hace. Hay quienes adjudican a la magia de Leonardo el milagro de producir esa sonrisa indefinida pero real que aparece en “La Gioconda”. Hay quienes dicen que le salió de pura chele* y los que se inclinan por creer que Monalisa tenía su trompita torcida porque le dolía una muela. En mi opinión, no hay ningún misterio. Todas las mujeres son iguales y basta mirar una fotografía en que aparezca el planeta, la enamorada, la novia, la señora o la viuda, para que uno no sepa a qué atenerse ni qué pensar de lo que dicen sus labios. A veces el equívoco es de quitarse el hat*:

-Qué ternura hay en la sonrisa de esta señora. ¿La fotografiaron el día de su santo*?
-No. El día que ahorcaron a su marido.


*De pura leche: O de Chiripa: suerte fácil, casualidad favorable.
*Hat: sombrero
*Santo: cumpleaños

Las notas son mías.




Fuente:
Luis Felipe Angell, Sofocleto en Dos Columnas, Primera Edición, Ediciones Myself, Lima, Perú, 1960, pp. 17-20

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