domingo, 1 de agosto de 2021

Sobreviviendo a la Adversidad

Guía Práctica para Superar los Inevitables Reveses de la Vida

 

Por Colin Perry

 

HACE UNOS AÑOS llevaba yo una vida envidiable: era dueño de una próspera compañía constructora, una casa cómoda, dos coches último modelo y un velero. Además estaba felizmente casado. Lo tenía todo.

Entonces la bolsa dio un bajón, y ya no hubo  compradores para las casas que yo había construido. Después de varios meses de pagar intereses criminales, me quedé sin ahorros. Agobiado por los apuros, pasaba las noches en vela, bañado en sudor frío. Cuando creí que ya no me podía ir peor, mi mujer me pidió el divorcio. 

Sin saber qué hacer, decidí literalmente “navegar hacia la puesta del sol” en mi velero. Primero puse rumbo a Florida siguiendo la costa de Connecticut, pero más adelante me desvié al este, derecho hacia alta mar. Después de varias horas de ir en esa dirección, subí a la borda de popa y me quedé mirando  la estela del barco en las oscuras aguas del Atlántico. ¡Qué fácil sería entregarme al mar para que me tragara!, pensé.

En eso el barco cabeceó bruscamente entre dos olas y me arrojó por la borda. Apenas tuve tiempo de agarrarme a la barandilla, y allí me quedé colgado, arrastrando los pies en el agua helada. Luego, con muchos trabajos, volví a subir a la cubierta. ¿Qué estoy haciendo?, me dije, conmocionado. Yo no quiero morir. En ese momento supe que debía enfocar las cosas desde otro punto de vista. Mi antigua vida se había esfumado, y tendría que forjarme otra como pudiera.

Tarde o temprano todos sufrimos alguna pérdida: un ser querido, la salud, el trabajo. “Es ‘la experiencia del desierto’; una época en que uno se siente privado de toda posiblidad de elección, de toda esperanza”, explica el psicólogo Patrick Del Zoppo. “ Lo importante es no quedarse estancado en el desierto”.

Entonces, ¿es posible sobreponerse a las desgracias? Yo aprendí que sí, que uno mismo puede encargarse de su curación. He aquí cómo: 

Permítase llorar

LOS CONSEJEROS coinciden en que un período de duelo después de la pérdida es esencial.  “No hay nada vergonzoso en llorar”, señala Del Zoppo. “Las lágrimas no indican únicamente que uno se tenga lástima; son expresiones de una profunda tristeza que debe desahogarse”.

No importa si la aflicción tarda un tiempo en manifestarse, siempre y cuando acabe por hacerlo. Tomemos el caso de Donna Kelb, de Nueva York.  Un día de primavera, sus hijos Cliff,  de 16 años, y Jimmy, de 15, se pusieron a lijar su lancha de preparación para la temporada de deportes acuáticos. De repente Donna oyó un grito. Salió corriendo de la casa y encontró a los dos muchachos tendidos en el suelo, junto a la lancha.

Jimmy había ido a nadar y había vuelto mojado. Cuando cogió la lijadora, murió electrocutado en el acto. Cliff también recibió una descarga, aunque no mortal, al tratar de quitarle la máquina a su hermano.

Donna quedó tan aturdida por la tragedia, que no pudo llorar ni en el entierro de su hijo ni durante varias semanas. Por fin un día, ya de vuelta en el trabajo se sintió mareada. “Después de un rato regresé a casa, me encerré en mi cuarto y lloré como una Magdalena”, cuenta. “Sentí que se me quitaba un gran peso de encima”.

Lo que Donna experimentó inmediatamente después de tan trágica pérdida fue lo que Del Zoppo llama “la primera línea de defensa, que protege la conciencia de una realidad sumamente dolorosa”. Donna no pudo iniciar su proceso de curación hasta que la naturaleza le dio suficiente tiempo para asimilar su tragedia.


Encauce su Enojo

CUANDO SE SUFRE una pérdida, “la cólera es un sentimiento natural”, dice el doctor Del Zoppo, “y es posible aprovecharla en beneficio propio”. Bien encauzada, puede contribuir a la recuperación.

El futuro de Candace Bracken era muy prometedor. A sus 25 años, esta coordinadora de servicios de aerolínea, radicada en Miami, tenía una hija recién nacida y acababa de cambiar de empleo. Sin embargo, un día empezó a sufrir hemorragias incontrolables. Le diagnosticaron leucemia aguda y le dijeron que sólo le quedaban dos semanas de vida. Pasada la conmoción inicial, se enfureció. “Siempre me había cuidado y había llevado una vida recta y sobria”, cuenta. “Era inconcebible que esto le pasara a alguien como yo”.

Intimidada por la idea de pronto iba a morir, abandonó toda resistencia. “Me di por vencida”, reconoce. Luego, un médico le aconsejó que hiciera arreglos para que alguien se quedara a cargo de la recién nacida. 

—¡Cómo se le ocurre pedirme que deje a mi hija en manos de otra persona! —replicó ella.

En ese momento comprendió que tenía poderosas razones para vivir. La ira, que hasta entonces la había paralizado, encendió su espíritu de lucha y le dio el coraje que necesitaba para someterse a un trasplante de médula ósea, operación horripilante que, sin embargo, le salvó la vida. 


Afronte la Realidad

LA NEGACIÓN es otro obstáculo en el camino de la salud cuando se ha sufrido una desgracia. En vez de encarar lo que les ha ocurrido, muchas personas “tratan de llenar con alguna forma de evasión el vacío que sienten”, dice el psiquiatra Michael Aronoff. El hombre que rara vez bebía un trago se vuelve esclavo de la botella. La mujer que guardaba la línea empieza a comer de más. Otros, como yo, intentan escapar en el sentido estricto de la palabra.

Así le ocurrió a John Jankowski, de Staten Island, Nueva York. Aunque toda su vida había trabajado a las órdenes de algún jefe, soñaba con abrir su propio negocio: una agencia de bolsa. Un día consiguió el dinero para echarla a andar, y al principio le fue bien. Más tarde, sin embargo, el negocio entró en recesión, y al poco tiempo Jankowski estaba en serios apuros de dinero.

“Fue como si me hubiera estrellado contra un muro  y toda mi vida se hubiera hecho pedazos”, cuenta. Ante la falta de dinero y la presión de una familia que mantener, sus pensamientos se centraron en huir.

Una mañana, mientras se ejercitaba corriendo, cedió al impulso de seguir corriendo sin parar, y así lo hizo por espacio de dos horas. Sin embargo, al cabo de este tiempo dio media vuelta y regresó tambaleante a su casa. “Entendí por fin que no podía escapar de mis problemas. Lo único sensato era coger el toro por los cuernos”, dice.  “Aceptar el fracaso fue lo más difícil, pero tuve que hacerlo para poder empezar de nuevo”.


 Manténgase Ocupado 

“A QUIENES están recuperándose de alguna pérdida yo les insisto en que, pasadas unas semanas reanuden sus actividades habituales o emprendan nuevas”, dice el psiquiatra Bessel van der Kolk. “Es importante que uno se obligue a concentrarse en algo que no sea su dolor”.  Tenga en cuenta las siguientes actividades:

Lea. Cuando pueda usted concentrarse, después del choque inicial, la lectura, sobre todo de libros de superación, puede resultarle inspiradora y relajante.

Lleve un Diario. Muchos encuentran el consuelo que necesitan poniendo por escrito sus experiencias con regularidad. Llevar un diario es, en algunos casos, una terapia eficaz.

Haga Planes. El hecho de tener cosas que hacer en el futuro próximo fortalece la sensación de que uno está comenzando de nuevo. Haga por fin ese viaje que ha venido posponiendo.

Aprenda Algo. Inscríbase en un curso o emprenda algún pasatiempo o deporte. Tiene usted una vida por delante,  y cualquier conocimiento o destreza adicional la enriquecerá. 

Gratifíquese. En épocas de mucha presión, hasta las tareas diarias más sencillas —levantarse de la cama, darse una ducha, preparar algo de comer— parecen imponentes. Considere cada logro, por pequeño que sea, una victoria que debe recompensarse.

Haga Ejercicio. Una actividad física puede resultar especialmente balsámica. Therese Gump, de Chicago, se sentía confundida y a la deriva después del suicidio de su hijo de 21 años. Una amiga la convenció de inscribirse en una clase de baile. “ Sólo se trataba de estirarse y brincar como una quisiera al ritmo de la música”, cuenta Therese,  “pero eso me hizo sentir mejor físicamente y repercutió en mi bienestar emocional”. 

“El ejercicio lo distrae a uno de sí mismo y de sus problemas”, explica Aronoff, “permitiéndole experimentar su cuerpo con los pies bien plantados en el suelo”.

“CON EL TIEMPO, muchas personas que sobreviven a situaciones traumáticas sienten la necesidad de hacer cosas que las trasciendan”, dice van der Kolk. “Pueden fundar agrupaciones, escribir libros o trabajar por el despertar de la conciencia, y al hacerlo descubren que ayudar a los demás es una poderosa manera de ayudarse a sí mismo”.   

No hace falta convertirse en organizador de la noche a la mañana. Irene Roberts, secretaria médica neoyorquina de 68 años, enfermó de cáncer de ovario y de mama,  y tuvo que someterse a una extenuante quimioterapia. En el curso del tratamiento pudo conservar su optimismo  y su buen humor gracias al cariño de su familia y sus amigos, y a la oración.

Su optimismo cautivó al personal hospitalario que terminó confiándole sus problemas. “Yo les escuchaba acostada en mi cama, sin decirles nunca que ellos estaban ayudándome más a mí que yo a ellos”, cuenta guiñando un ojo. “Lo cierto es que pensar en los demás, en vez de pasar  demasiado tiempo pensando en mí, fue lo que más influyó en mi total restablecimiento”.


  Téngase Paciencia 

Las víctimas de pérdidas graves a menudo preguntan: “¿Cuándo dejaré de sentir este horrible dolor” Los especialistas prefieren no señalar plazos rígidos, pero Aronoff dice:  “En término generales, deben transcurrir cuando menos seis meses para empezar a sentir mejoría. En ciertos casos hay que esperar un año y hasta dos. Mucho depende de la disposición de ánimo, la ayuda que se reciba y el esfuerzo que se ponga en ayudarse uno mismo”. 

Así pues, tómelo con calma. Acepte que necesitará tiempo, y que su ritmo de recuperación quizá sea distinto del de otras personas. Además, felicítese por cada paso que dé en el camino a la salud. Dígase: “¡Sigo vivo! ¡He llegado hasta aquí”

 

NAVEGAR es una tarea que lleva tiempo. Yo tardé cinco semanas en llegar a Florida. Lo que empezó como una escapada resultó ser una larga travesía que me dio estructura, la oportunidad de hacer ejercicio intenso al aire libre, y mucho tiempo. Cuando finalmente anclé en Miami seguía dolido, pero estaba listo para volver a probar suerte. En qué, aún no lo sabía.

—¿Por qué no vuelves a escribir, que es para lo que estudiaste? —me propuso mi padre por teléfono.

Tenía razón, y aquí estoy ahora, escribiéndoles a ustedes. ¡Qué gusto haber vuelto!

 

Fuente:
Revista Selecciones del Reader’s Digest, Abril de 1997, tomo CXIII, N° 677, págs. 81-85, Reader’s Digest Latinoamérica, S.A., Coral Gables, Florida, Estados Unidos


miércoles, 14 de julio de 2021

Colección Historia Universal de la Literatura

Editorial Oveja Negra

1982-1984

 

El 0 significa que la obra se editó sin numeración. La tuve hace años así que lo confirmo.

Cada libro venía acompañado de un fascículo con datos sobre el autor,  la obra y otros detalles literarios.  

 

0. Gabriel García Márquez. Cien Años de Soledad

1. Honoré de Balzac. Eugenia Grandet

2. Stendhal. Rojo y Negro

3. Gustave Flaubert. Madame Bovary

4. Fedor Dostoievski. Crimen y Castigo I

5. Fedor Dostoievski. Crimen y Castigo II

6. Charles Dickens. Tiempos Difíciles

7. Robert Louis Stevenson. El Extraño Caso del Doctor Jeckyll y Mr. Hyde

8. Edgar Allan Poe. Aventuras de Arthur Gordon Pym

9. Herman Melville. Benito Cereno/Billy Budd, marinero

10. Emile Zola. Nana

11. Benito Pérez Galdós. Nazarín

12. José Hernández. Martín Fierro

13. León Tolstoi. La Muerte de Iván Ilich y otros Relatos

14. Antón Chéjov. La Dama del Perrito y otros Cuentos

15. Charles Baudelaire. Las Flores del Mal

17. Oscar Wilde. El Retrato de Dorian Gray

18. Henry James. Los Europeos

19. Marcel Proust. Por el Camino de Swann I

20. Marcel Proust. Por el Camino de Swann II

21 James Joyce. Retrato del Artista Adolescente

22. D.H. Lawrence. El Amante de Lady Chatterley

23. Virginia Woolf. Las Olas

24. John Steinbeck. La Perla

25. William Faulkner. El Sonido y la Furia (o El Ruido y la Furia)

26. Máximo Gorki. La Madre

27. Franz Kafka. La Metamorfosis

28. Thomas Mann. Mario y el mago y otros relatos

29. Alberto Moravia. La Romana

30. Giuseppe Tomasi Di Lampedusa. El Gatopardo

31. Colette. La Gata

32. Albert Camus. El Extranjero

33. Rubén Darío. Antología Poética

34. Miguel de Unamuno. Niebla

35. Federico García Lorca. Antología Poética

36. Camilo José Cela. La Colmena

37. Jorge Amado. Jubiabá

38. Jorge Luis Borges. Narraciones

39. Pablo Neruda. Residencia en la Tierra

40. Mario Vargas Llosa. La Ciudad y los Perros

41. La Biblia I . Versión Reina-Valera 1960

42. La Biblia II

43. Homero. Ilíada-Odisea

44.Esquilo/Sófocles/Eurípides.Tragedias (Agamenón/Edipo Rey/Hipólito)

45. Herodoto. Los Nueve Libros de la Historia

46. Virgilio. Eneida

47. Petronio. Satiricón

48. Antología de las Mil y Una Noches. Selección y traducción de Julio Samsó

49. Cantar de Mío Cid

50.. Romancero. Edición de Manuel Alvar. Romancero Medieval

51. François Villon. Poesía

52. Arcipreste de Hita. Libro del Buen Amor

53. Chrétien de Troyes. El Cuento del Grial

54. Garci Rodríguez de Montalvo. Amadís de Gaula

55. Dante Aligheri. Divina Comedia I

56. Dante Aligheri. Divina Comedia II

57. Petrarca. Sonetos y Canciones

58. Giovanni Boccaccio. Cuentos del Decamerón

59. Fernando de Rojas. La Celestina

60. Erasmo de Rotterdam. Elogio de la Locura

61. Alvar Núñez Cabeza de Vaca. Naufragios

62. Anónimo. Lazarillo de Tormes

63. Antología Poética del Renacimiento Hispánico. (Fray Luis de León, Garcilaso de la Vega, Herrera)

64. Luis Vaz de Camoens. Los Lusíadas

65. Nicólas Maquiavelo. El Príncipe

66. François Rabelais. Gargantúa y Pantagruel

67. San Juan de la Cruz. Poesías Completas

68. Christopher Marlowe. Tragedias. (Tamerlán El Grande; La Trágica Historia del Doctor Fausto; Eduardo II)

69. William Shakespeare. Macbeth/El Rey Lear

70. Miguel de Cervantes. Don Quijote de la Mancha I

71. Miguel de Cervantes. Don Quijote de la Mancha II

72. Lope de Vega. Fuente Ovejuna/El Castigo sin Venganza

73. Tirso de Molina. El Burlador de Sevilla/El Vergonzoso en Palacio

74. Calderón de la Barca. El Alcalde de Zalamea/El Galán Fantasma

75. Shakespeare/Milton/Donne. Antología Poética. Poesía Inglesa de los siglos XVI y XVII

76. Francisco de Quevedo. Antología Poética

77. Luis de Góngora. Antología Poética

78. Baltasar Gracián. El Criticón

79. Jean Racine. Fedra y otras Tragedias

80. Molière. El Avaro/Don Juan

81. Blaise Pascal. Pensamientos

82. Duque de Saint-Simon. Memorias

83. Jonathan Swift. Viajes de Gulliver

84. Voltaire. Cándido y otros Cuentos

85. Abate Prévost. Manon Lescaut

86. Gaspar Melchor de Jovellanos. Escritos Políticos y Filosóficos

87. Beaumarchais. El Barbero de Sevilla

88. Johann Wolfgang Goethe. Fausto.

89. François René de Chateaubriand. Memorias de Ultratumba I

90. François René de Chateaubriand. Memorias de Ultratumba II

91. Walter Scott. Ivanhoe

92. Byron/Keats/Shelley y otros. Poesía Romantica Inglesa (otros: Blake, Wordsworth, Coleridge)

93. Novalis. Himnos a la Noche/Enrique de Ofterdingen

94. Víctor Hugo. Los Miserables I

95. Víctor Hugo. Los Miserables II

96. Giacomo Leopardi .Cantos

97. Nicolai Gógol. Almas Muertas

98. Mariano José de Larra. Artículos de Costumbres

99. Gustavo Adolfo Bécquer. Rimas (Rimas y otros poemas)

100. Alejandro Dumas, hijo. La Dama de las Camelias

 

lunes, 12 de julio de 2021

De Químico a Químico

 Por Isaac Asimov 

Esta vez, nuestro doctor Isaac Asimov desea demostrar que Martin Gardner no es el único escritor de esta revista que inventa acertijos con dos soluciones. Isaac Asimov consigue, como es sabido, cuanto se propone”.

 

El profesor Neddring contempló benévolamente a su estudiante graduado y no vio en él el menor nerviosismo. El joven estaba tranquilamente sentado; su cabello era  un poco rojizo ysusojosávidos, pero atemperado; llevaba las manos en los bolsillos de su bata de laboratorio.

 “Un espécimen prometedor, pensó el profesor.

Hacía tiempo que sabía que el joven estaba interesado por su hija. Más aún, hacía algún tiempo que sabía que su hija estaba interesada por el joven.

— Hablemos claro, Hal —dijo el profesor— has venido a verme para obtener mi aprobación  antes de declarte a mi hija, ¿verdad?

— Verdad, señor—asintió Hal.

— Concedo que no soy uno de esos padres anticuados, ni tampoco demasiado moderno, pero estoy seguro que no se trata de una novedad —el profesor metió las manos en los bolsillos de su bata y se retrepó en su sillón—. La juventud, hoy día, no suele pedir permiso. Y no me irás a decir que renunciarás a mi hija si te niego ese permiso.

— No, si ella todavía quiere casarse conmigo, como supongo. Pero me gustaría...

— ... Conseguir mi aprobación. ¿Por qué?

— Por diversos motivos prácticos. Aún no tengo el grado de doctor y no quiero que se murmure que salgo con su hija para que usted me ayude a obtenerlo. Si usted piensa eso, dígalo con claridad, y tal vez aguardaré hasta que me haya graduado.  O tal vez no aguardaré, y corre el albur(*) de que su desaprobación haga más difícil para mí conseguir el diploma.

— Osea  que, en beneficio de tu doctorado, opinas que sería mejor que tú y yo fuésemos amigos.

— Honradamente sí, profesor.

Hubo un silencio entre ambos. El profesor Neddring meditaba en el asunto con cierta vacilación. Su labor investigadora se refería a la compleja coordinación del cromo, y existía una dificultad bien definida en reflexionar con precisión respecto a algo tani mpreciso como el afecto, el matrimonio, y el futuro probable de cada uno de los implicados en el asunto.

Se frotó su suave mejilla (a la edad de cincuenta años era demasiado viejo para lucir alguna de las barbas adoptadas por los miembros jóvenes de su Departamento), y murmuró: 

— Bien, Hal, sideseas saber cuál es mi decisón, tendré que basarla en algo, y la única forma en que yo puedo juzgar a la gente es por medio de sus poderes de razonar. Mi hija te juzga a su manera, peroyo he de juzgarte a la mía.

— Es justo —aprobó Hal.

 — Entonces te lo explicaré —el profesor se inclinó hacia adelante y garabateó algo en un papel—. Dime qué significa esto y te daré mi bendición. 

Hal cogió el papel. Lo que había escrito el profesor era una serie de números: 69663717263376833047.

—¿Un criptograma? (* *) —se extrañó el joven.

—Puedes llamarlo así.

—Quiere que resuelva un criptograma —dijo Hal frunciendo el ceño levemente—, y si lo consigo aprobará mi matrimonio, ¿eh?

 — Sí.

— Y en caso contrario, no aprobará el matrimonio.

— Reconozco que parece trivial, pero por este criterio pienso juzgarte. Claro que siempre podrás casarte sin mi aprobación. Janice es mayor de edad.

— Prefiero casarme con su aprobación. ¿Cuánto tiempo tengo?

— Ninguno. ¡La solución ahora mismo! Razónala.

— ¿Ahora?

— Claro.

Hal Nord cambió de postura en su silla, que crujió en respuesta. Luego miró fijamente los números del papel.

— ¿He de hacerlo de memoria o puedo usar papel y lápiz?

— De memoria. Quiero oír como piensas. ¿Quién sabe? Si me gusta tu forma de pensar, tal vez te dé mi aprobación aunque no resuelvas el enigma.

— De acuerdo —conformóse Hal—. En primer lugar haré una suposición: supongo que usted es un hombre honrado y que no me propondría un problema que supiese por anticipado que yo soy incapaz de solucionarlo. Por tanto, este criptograma yo puedo solucionarlo, según cree usted. Lo que a su vez significa que se refiere a algo que yo conozco bien.

— Bien razonado —admitió el profesor.

Pero Hal no le escuchaba y continuó con lentitud.

— Naturalemente, conozco bien el alfabeto, de manera que estos números podrían ser una sustitución de algunas letras. Presumiblemente, debería de existir, en este caso, alguna sutileza, si no, sería demasiado fácil. Pero soy un aficionado a la solución de criptogramas, y a menos que pueda adivinar rápidamente cierta pauta en los números aquí escritos, estaré perdido. Bien, aquí hay cinco seis y cinco tres, pero ni un solo cinco... lo cual no significa para mí. Por tanto, abandono la posiblidad de un cifrado generalizado y paso al campo de nuestra especialización.

Meditó unos momentos y reanudó sus deduccciones.

— Usted está especializado en química inorgánica que, ciertamente, también será mi especialización. Para cualquier químico los números se refieren a números atómicos. Todos los elementos químicos poseen su número característico  y se conocen ciento cuatro elementos, o sea que los números relacionados con los átomos van del 1 al 104

”Usted no indica cómo han de separarse los números. Los números dígitos, dentro de los atómicos, van del 1 al 9; los pares dígitos, del 10 al 99, y los tríos de dígitos del 100 al 104 (***). Esto es obvio, profesor, pero usted quería oírme razonar y es lo que estoy haciendo. 

”Podemos olvidarnos de los números atómicos de tres dígitos, puesto que en ellos el 1 va siempre seguido de un cero, y el único 1 del criptograma va seguido del 7. Como hay pues, veinte números dígitos, es  posible que sólo se trate de diez números atómicos de dos dígitos: diez de ellos. Podría tratarse de nueve pares de dígitos y dos de uno, aunque lo dudo. Incluso dos números atómicos de un dígito podrían estar presentes en centenares de combinaciones diferentes en la lista de elementos, pero sería una solución demasiado dificl para encontrarla ahora. Yo creo, por consiguiente, que estoy tratando con diez dígitos de dos plazas, y que el criptograma puede convertirse en: 69, 66, 37, 17, 26, 33, 76, 83, 30, 47. Estos números no significan nada en sí mismos, pero si se trata de números atómicos ¿por qué no transformar cada uno en el nombre del elemento que representan? Los nombres sí serían significativos. Lo cual no es muy fácil porque no sé de memoria toda la lista de elementos por el orden atómico. ¿Puedo consultar una tabla?

El profesor les escuchaba con interés.

— Yo no consulté nada para preparar este criptograma.

— De acuerdo. Veamos... —murmuró Hal lentamente—. Algunos son  claros. Sé que el 17 es el cloro, el 26 el hierro, el 83 el bismuto, el 30 el cinc. En cuanto al 76, es algo cercano al oro, que es el 79, lo que significa platino, osmio, iridio... podría ser el osmio. Dos de ellos son elementos raros y jamás he logrado memorizarlos. Veamos... veamos... Ah, sí, creo que ya los tengo.

Escribió algo con rapidez y prosiguió:

— La lista de diez elementos es: tulio, disprosio, rubidio, cloro, hierro, arsénico, osmio, bismuto, cinc y plata. ¿No es así? No, no conteste.

Estudió la lista pensativamente

— No veo ninguna relación entre esos elementos. Aunque supongo que son una pista. Bien, pasemos esto por alto y me pregunto si hay algo, aparte del número atómico, que sea tan característico de esos elementos que cualquier químico lo vea interesante. Obviamente, debe  tratarse del símbolo químico, la abreviatura con una o dos letras para cada elemento, que para el químico es como la segunda naturaleza del elemento. En estecaso, la lista de símbolos químicos es... —volvió a escribir— Tm, Di, Rb, Cl, Fe, As, Os, Bi, Zn, Ag. 

”Esto podría formar una frase, mas no es así; o sea que se trata de algo más sutil. Si con esto se hace un acróstico (****) y se lee sólo la primera letra de cada símbolo, tampoco sirve de nada. Por tanto, hay que probar de otro modo, o sea leyendo la segunda letra de cada símbolo por orden... y el total dice: mi bendición(1)”. Supongo que ésta es la solución.

 

(1) Naturalmente, el criptograma del doctor Asimov debe entenderse con referencia al idioma inglés,en el que la palabra bendición” es blessing, y mi”, es my. (N.del Traductor)

 

—Exacto —asintió el profesor con gravedad—. Has razonado con precisión y te concedo mi permiso para que le propongas a mi hija el casamiento.

Hal se puso de pie, vaciló y se acercó de nuevo a la mesa.

— Por otra parte no me gusta alabarme de algo que no merezco. Es posible que el razonamiento que he efectuado sea preciso , pero solamente lo hice porque quería que usted me oyese razonar con lógica. En realidad, conocía la respuesta antes de empezar, de modo que en cierto modo le engañé y lo admito sinceramente

— ¿Cómo es eso?

— Bueno, usted me aprecia y supongo que deseaba que encontarse la solución, cosa que jamás podría hacer sin su ayuda. Cuando me entregó el papel, me dijo: “Dime qué significa esto y te daré mi bendición”. Supuse, pues, que debía tomar sus palabras al pie de la letra.  Mi bendición(2)” tiene diez letras y usted me entregó veinte dígitos. Naturalmente, yo los separé por parejas. 

(2) Remitimos al lector a la nota anterior.

”Luego le dije que no recordaba de memoria la lista de los elementos.  Bien, los pocos que recordaba eran suficientes para mostrarme que, juntando las segundas letras de cada símbolo, la frase resultante era mi bendición”, de manera que logré añadir los símbolos que no recordaba de acuerdo con las letras que faltaban para formar la frase mi bendición”. ¿Está enfadado conmigo?

El profesor Neddring sonrió:

— Ahora es cuando has razonado bien, muchacho —dijo— Cualquier científico competente puede pensar con lógica. Los grandes se sirven de la intuición.

 

Fuente:

Isaac Asimov's Revista Ciencia Ficción, nº 10, Enero 1981, traducción de Miguel Giménez Sales, Ediciones Picazo, Barcelona, España, págs 53-58


Notas adicionales

 (*) Albur:  Contingencia o azar a que se fía el resultado de alguna empresa.  Albur

 (**) Criptograma: Mensaje cifrado que sólo puede ser entendido por aquellos que logran descifrar la clave en cuestión. El significado literal de criptograma sería “mensaje secreto”. Uno los métodos más usuales y simples para crear un criptograma es el llamado cifrado por sustitución, que consiste en reemplazar cada letra por otra o por un número. Cita de Definición.de

(***) Actualmente los elementos químicos dentro de la tabla periódica son 118. El número 119 es hipotético.

(****) Acróstico: Dicho de una composición poética: Constituida por versos cuyas letras iniciales, medias o finales forman un vocablo o una frase. Pasatiempo que consiste en hallar,  a partir de unas definiciones o indicaciones, las palabras que, colocadas  en columna, forman con sus iniciales una palabra o una frase. Acróstico

 Estas notas adicionales y alguna negrita y/o cursiva en el texto son mías. B.A.


miércoles, 7 de julio de 2021

Colección Best-Sellers de Espionaje

Ediciones Toray

1962-1963

 

1. Serge Laforest. Manchas de Sangre en la Niebla

2. Jimmy G. Quint. Guerra en la Sombra

3. Jack Murray. El Agente Solitario

4. J. Bastogne. Unas Medias de Nylon

5. Ernie Clerk. Un Dardo Envenenado

6. Paul Kenny. Cadáveres en su Camino

7. M.G. Braun. Interveción “C”

8. Bruno Bax.  “ H” y la Acusada de Varsovia

9. Francis Berg. Amenaza Latente

10. Paul Kenny. Era un Traidor

11. Alain Page. Delegación Especial

12. Claude Rank. Los Provocadores

13. Paul Kenny. Acción Inmediata

14. Serge Laforest. La Muerte en Sí

15. Serge Laforest. Traición bajo Cero

16. Alain Page. Horizonte Negro

17. M.G. Braun. Cita en la Jungla

18. René Cambon. Laberinto en Argel


martes, 6 de julio de 2021

Colección Serie Policíaca-Espionaje - Toray III

 Ediciones Toray

1963-1967

La ponemos como Serie Policíaca Toray III para diferenciarla de la colección anterior ya puesta en el blog. 

Cada libro de esta coleción en la portada trae una franja que indica su contenido o temática: Serie Policíaca, Serie Espionaje y Serie Policíaco-Espionaje.

Por lo visto se nota que Toray usó las mismas portadas de la edición francesa de las obras.


1. F.H. Ribes. Lo Clandestino

2. J.P. Garen. Pasto para los Cangrejos

3. Roger Vilard. Cólera Negra

4. Roger Vilard. Jaque y Mate

5. Mario Ropp. El Erizo

6. J.P. Garen. La Muerte en Herencia

7. André Caroff. El Increíble Señor Beachet

8. Roger Faller. Última Solución

9. J.B. Cayeux. Comando Venganza

10. J.P. Garen. Defensa sin Piedad

11. Claude Rank. El Carnaval de los Buitres

12. G.M. Dumoulin. Doble Ejemplar

13. André Caroff. La Emboscada

14. Claude Rank. Marcha Siniestra

15. Claude Rank. La Tumba de Otros

16. Frédéric Charles. La Muerte a Remolque

17. Roger Vilard. Muerte en Malarija

18. Mario Ropp. Un Largo Cabello

19. Jean Pierre Ferriére. Constance en los infiernos

20. Frédéric Charles. La Imagen de la Muerte

21. Mario Ropp. Los Jóvenes Perdidos

22. J.P. Garen. Persecución sin Esperanza

23. Serge Laforest. El Camino Más Duro

24. Serge Laforest. Las Cruces de Cera

25.

26. Roger Vilard. Leda y el Palomo

27.

28. Roger Faller. Cuatro Horas en la Pantalla

29. Fred Noro. El Hombre de Ninguna Parte

30. J.P. Garen. Muerta bajo la Lluvia

31. Mario Ropp. Ausencia

32. André Caroff. La Muerte de un Librero

33. André Caroff. Los Guantes

34. Alain Page. Muerte por Sorpresa

35. Roger Faller. Cheque en Rojo

36. Mario Ropp. Hilda tiene los Ojos Claros

37. Serge Laforest. Distorsiones

38. Alain Page. Cabeza Fría

39. Serge Laforest. Instantáneas

40. Mario Ropp. No Juzgarás

41.

42. Serge Laforest. Manzana de Discordia

43. André Lay. La Llave

44. Georges Tiffany. El Simio Azul

45.

46. J.B. Cayeux. El Agente Especial se Divierte

47. Michel Carnal. El Forzado

48. Serge Laforest. Insolación

49. MikeCooper. Reclutamiento de un Asesino

50. Roger Faller. Contacto

51. J.P. Garen. Hospitaliad Peligrosa

52. André Hélena. Como Medida de Silencio

53. Mario Ropp. Demasiado Lejos

54. Alain Page. A la Deriva

55. Claude Rank. Tres Hombres sin Soga

56. Fred Noro. El Hombre y el Miedo

57. J.P. Garen. Fin de Semana en el infierno

 

Con numeración desconocida o dudosa:
-Michel Carnal. El Viajero
-Michel Carnal. El Partisano
 

 

domingo, 4 de julio de 2021

Colección Serie Policíaca - Toray II

 Ediciones Toray

1963-1965

Como existen otras colecciones también llamadas Serie Policíaca de ediciones Toray en la misma década, a ésta la pondremos como II y luego la otra colecciones de policial y policial-espionaje figurará como III para diferenciarlas entre sí.

Las cubiertas de los libros son de color negro con una mancha roja/rosa en la portada -parece que representa a una mancha de sangre- con el título encima de esta.


1. Frédéric Dard. El Montacargas

2. E. Le Lauraguais. Hay un Muerto en su Casa

3. Frédéric Dard. El Accidente

4. E. Le Lauraguais. El Maillot Negro

5. Frédéric Dard. Seguro de Muerte

6. Frédéric Valmont. La Coartada del Muerto

7. Frédéric Dard. La Pesadilla del Alba

8. Pierre Forquin. Asesinato en Primavera

9. Frédéric Dard. El Crimen se Paga

10. Pierre Signac. El Señor “Pesadillas”

11. Frédéric Dard. Dinamita para Beber

12. Pierre Forquin. El Proceso del diablo

13. Frédéric Dard. Los Gamberros

14. Pierre Forquin. El Hombre de los Puritos

15. Frédéric Dard. De Espaldas a la Pared

16. Stephen Marlowe. Francesca

17. Frédéric Dard. Alguien caminaba sobre mi tumba

18. John B. West. Muerte en el Arrecife

19. Frédéric Dard. Coma

20. Gilles Coroner. El Hombre del Yelmo Dorado

21. Frédéric Dard. Cita en Casa de un Cobarde

22. Andrew Garve. Los Monjes del Mar

23. Frédéric Dard. El Asesino Triste

24. Andrew Garve. El Amigo del Preso

25. Frédéric Dard. Una Cara como la Mía

26. Pierre Signac. Defensa Ilegal

27. Frédéric Dard. Los Pájaros también mueren

28. Andrew Garve. Arenas Lejanas

29. Frédéric Dard. Ojos para Llorar

30. Andrew Garve. La Casa de los Mil Soldados

31. Andrew Garve. La Caverna

32. Frédéric Dard. El Cuaderno de Faltas

33. Helen Nielsen. Cántame un Crimen

34. Guy Venayre. Las Pequeñas Manos de la Justicia

35. Peter Cagney. Vidas Turbias

36. Frédéric Dard. Mi Maldita Piel Blanca

37. Louis C. Thomas. Las Malas Compañías

38. Andrew Garve. Coartada

39. Helen Nielsen. Noche Prestada

40. David Hume. Los que Nunca Vuelven

41. Helen Nielsen. Extranjero en la Noche

42. Helen Nielsen. Falso Testigo

 

Colección Hurón - Toray I

 Ediciones Toray

1966-1969 

Esta colección policíaca se carateriza por su cubierta blanca con el dibujo de un hurón dentro de un círculo en la portada.

Por enésima vez observamos que los sitios de Internet tienen mezclados los datos de las diversas colecciones policíacas y de espionaje de Toray.

Hubo otra colección llamada igual de novelas gráficas para adultos de la misma editorial en la década de los 60.

 

1. Frédéric Dard. Rehacer su Vida

2. Fiona Sinclair. ¿Quién mató a Diana Wheeler?

3. Serge Laforest. Las Manos Limpias

4. Claude Rank. Matar al Presidente

5. Amber Dean. Contacto Mortal

6. Mario Ropp. Aquella que Sobreviva

7. Serge Laforest. Sangre X Sangre (sic)

8. Mario Ropp. No Hagas Eso, Isabella

9. Mario Ropp. El Hombre sin Coche

10. Frédéric Dard. El Césped

11. Mario Ropp. Es Mejor Olvidar

12. Serge Laforest. Sangre en el Asfalto

13. André Lay. El Colchón

14. Frédéric Dard. Por un Instante de Belleza

15. Mario Ropp. Los Cabellos de Eleanor

16. Serge Laforest. Al Rojo Vivo

17. Mario Ropp. Asesinos de Ocasión

18. Serge Laforest. Odio contra Odio

19. Mario Ropp. Los Regresos Peligrosos

20. Serge Laforest. Los Traidores

21. Serge Laforest. Nudo de Muerte

22. Frédéric Dard. Plomo para Ellas

23. Mario Ropp. Dulce Odio

24. Fredéric Dard. El Verdugo llora

25. Mario Ropp. Buenas Noches,  Inspector

26. Fredéric Dard. Los Brazos de la Noche

 

 

sábado, 3 de julio de 2021

Colección Best-Seller Policíaco

 Ediciones Toray, Barcelona

1961-1963


1. Stephen Marlowe. Siempre en Peligro

2. Budd Arthur. En la Pendiente del Crimen

3. Stephen Marlowe. La Violencia es mi Negocio

4. Nathan Milller. Página X

5. Wade Miller. Los Políticos mueren en Jueves

6. William Ard. Una Fiesta Íntima

7. Stephen Marlowe. Olimpíadas Trágicas

8. J.G. Guthrie. El Pato Muerto

9. Neil MacNeil. Una Presa al RojoVivo

10. Raymond Cresham. A Remolque del Peligro

11. Granville Wilson. Fórmula para Asesinar

12. James T. Elton. Misión en Tokio

13. Shay Pace. La Senda del Mal

14. A.D. Brent. Delito, S.A.

15. A.J. Merak. Morirán Trece

16. Charles Westhill. Cebo Humano

17. Philip Dukes. Rapto

18. Mark Stern. Terror en la Noche

19. William Butler. Disparos en la Oscuridad

20. Whit Masterson. El Caso de la Cuna Vacía

21. Morgan O'Keeffe. Una Jaula para un Loco

22. Mario Ropp. Crímenes en Cadena

23. John Sterling. Noche Violenta

24. Seth Hardacre. Fugitiva del Destino

25. George Sheen. Asesinato en la Jungla

26. Serge Laforest. Los Siete Abetos

27. Charles Weston. Tráfico Humano

28. J.P. Garen. Un Camino Sembrado de Cadáveres

29. Robert Verron. El Malvado Doctor Fraser

30. Budd Arthur. El Club de los Enigmas

31. Ronald Damiel. Pandora y el Detective

32. Eric Piquet-Wicks. Cargó con el Muerto

33. Dominique Darn. Música y Sangre

34. Robert Verron. La Muerte Descorre el Velo

35. Pierre Vial. Nocturno para un Cadáver

36. C.H. Thames. Furia en el Mar

37. Guy Vernayre. Entre las Hojas Muertas

38. Frederic Valmont. Proresor de Judo

39. Wade Miller. Nido de Avispas (o De Armas Tomar )

40. Claude Rank. Hundidos en el Fango

41. Robert Kyle. Chantaje, S.A.

42. John Sheperd. La Muerte de una Rata

43. Roger Simons. El Escándalo del Año

44. Andrew Gare. El Muerto de Oro

45. André Lay. Un Sudario de Asfalto

46. Hugh Desmond. La Muerte sueleta su Presa

47. P. G. Garen. Trampa para la Defensa (*)

48. Rice Cordell. Acusación: Soborno (**)

 

(*) No existe ningún autor llamado P. G. Garen sino que debe haber sido un error o confusión de la editorial en la portada, así que investigando vemos que el autor francés Jean-Pierre Garen -nombre verdadero: Jean-Pierre Goiran, citado en el número 28- precisamente tiene una obra llamada Piège pour la défense que se traduciría como Trampa para la Defensa.


(**) Esta obra es la última de esta colección y en la contraportada tiene una carta al lector en donde anuncian una nueva colección policíaca llamada Hurón.


martes, 29 de junio de 2021

Qué es la "flexibilidad cognitiva" y por qué es clave para el aprendizaje y la creatividad

 Por Barbara Jacquelyn Sahakian, Chrsitelle Langley y Victoria Leong

The Conversation *

 

El coeficiente intelectual (CI) a menudo es aclamado como un motor fundamental del éxito, especialmente en campos como la ciencia, la innovación y la tecnología.

De hecho, muchas personas sienten una fascinación infinita por las puntuaciones de coeficiente intelectual de las personas famosas.

Pero la verdad es que algunos de los mayores logros de nuestra especie se han basado principalmente en cualidades como la creatividad, la imaginación, la curiosidad y la empatía.

Muchos de estos rasgos están incrustados en lo que los científicos llaman "flexibilidad cognitiva", una habilidad que nos permite cambiar entre diferentes conceptos o adaptar el comportamiento para lograr metas en un entorno nuevo o cambiante. 

Básicamente, se trata de aprender a aprender y ser capaz de ser flexible en la forma de aprender. 

Esto incluye el cambio de estrategias para una toma de decisiones óptima.

En nuestra investigación en curso, estamos tratando de averiguar cómo las personas pueden mejorar mejor su flexibilidad cognitiva.

La flexibilidad cognitiva nos brinda la capacidad de ver que lo que estamos haciendo no conduce al éxito y de realizar los cambios adecuados para lograrlo. 

Nos solemos fijar en los coeficientes intelectuales de los genios, pero no lo es todo.

Si normalmente tomas la misma ruta para ir al trabajo, pero ahora hay obras en tu ruta habitual, ¿qué puedes hacer? 

Algunas personas permanecen rígidas y se apegan al plan original, a pesar del retraso. Las personas más flexibles se adaptan al evento inesperado y resuelven problemas para encontrar una solución.

La flexibilidad cognitiva puede haber afectado la forma en que las personas se enfrentaron a los bloqueos pandémicos, que produjeron nuevos desafíos en torno al trabajo y la educación.

A algunos nos resultó más fácil que a otros adaptar nuestras rutinas para realizar muchas actividades desde casa.

Es posible que personas tan flexibles también hayan cambiado estas rutinas de vez en cuando, tratando de encontrar formas mejores y más variadas de realizar su día.

Otros, sin embargo, tuvieron problemas y finalmente se volvieron más rígidos en su pensamiento. Se apegaron a las mismas actividades de rutina, con poca flexibilidad o cambios.

 

Enormes Ventajas 

 

El pensamiento flexible es clave para la creatividad; en otras palabras, la capacidad de pensar en nuevas ideas, hacer nuevas conexiones entre ideas y hacer nuevos inventos.

También apoya las habilidades académicas y laborales, como la resolución de problemas.

Dicho esto, a diferencia de la memoria de trabajo, cuánto puedes recordar en un momento determinado es en gran medida independiente del coeficiente intelectual o "inteligencia cristalizada". 

Por ejemplo, muchos artistas visuales pueden tener una inteligencia media, pero son muy creativos y han producido obras maestras.

Contrariamente a las creencias de muchas personas, la creatividad también es importante en la ciencia y la innovación. 

Por ejemplo, hemos descubierto que los emprendedores que han creado varias empresas son cognitivamente más flexibles que los gerentes de una edad y un coeficiente intelectual similares.

Entonces, ¿la flexibilidad cognitiva hace que las personas sean más inteligentes de una manera que no siempre se captura en las pruebas de CI?

Sabemos que conduce a una mejor "cognición fría", que es un pensamiento no emocional o "racional", a lo largo de la vida.

Por ejemplo, para los niños conduce a una mejor capacidad de lectura y un mejor rendimiento escolar.

También puede ayudar a proteger contra una serie de sesgos, como el sesgo de confirmación.

Esto se debe a que las personas que son cognitivamente flexibles reconocen mejor las posibles fallas en sí mismas y utilizan estrategias para superarlas.

La flexibilidad cognitiva también se asocia con una mayor resistencia a los eventos negativos de la vida, así como con una mejor calidad de vida en las personas mayores.

Incluso puede ser beneficioso en la cognición emocional y social: los estudios han demostrado que la flexibilidad cognitiva tiene un fuerte vínculo con la capacidad de comprender las emociones, los pensamientos y las intenciones de los demás.

 

La Rigidez Cognitiva 

Lo opuesto a la flexibilidad cognitiva es la rigidez cognitiva, que se encuentra en varios trastornos de salud mental, incluido el trastorno obsesivo compulsivo, el trastorno depresivo mayor y el trastorno del espectro autista.

Los estudios de neuroimagen han demostrado que la flexibilidad cognitiva depende de una red de regiones cerebrales frontales y "estriatales".

Las regiones frontales están asociadas con procesos cognitivos superiores como la toma de decisiones y la resolución de problemas. En cambio, las regiones estriatales están vinculadas con la recompensa y la motivación.

Hay varias formas de evaluar objetivamente la flexibilidad cognitiva de las personas, incluida la Prueba de Clasificación de Tarjetas de Wisconsin y el cambio de tarea intra-extra dimensional CANTAB.

 

Impulsando la Flexibilidad 

La buena noticia es que parece que puedes entrenar la flexibilidad cognitiva.

La terapia cognitivo-conductual (TCC), por ejemplo, es una terapia psicológica basada en evidencia que ayuda a las personas a cambiar sus patrones de pensamientos y comportamiento.

Por ejemplo, una persona con depresión que no ha sido contactada por un amigo en una semana puede atribuir esto a que ya no le agrada al amigo.

En TCC, el objetivo es reconstruir su pensamiento para considerar opciones más flexibles, como que el amigo esté ocupado o no pueda contactarlo.

El aprendizaje de estructuras, la capacidad de extraer información sobre la estructura de un entorno complejo y descifrar flujos inicialmente incomprensibles de información sensorial, es otra forma potencial de avanzar.

Sabemos que este tipo de aprendizaje involucra regiones cerebrales frontales y estriatales similares a la flexibilidad cognitiva.

En una colaboración entre la Universidad de Cambridge y la Universidad Tecnológica de Nanyang, actualmente estamos trabajando en un experimento en el "mundo real" para determinar si el aprendizaje estructural puede realmente conducir a una mejor flexibilidad cognitiva.

Los estudios han demostrado los beneficios de entrenar la flexibilidad cognitiva, por ejemplo, en niños con autismo.

Después de entrenar la flexibilidad cognitiva, los niños mostraron no solo un mejor desempeño en las tareas cognitivas, sino también una mejor interacción social y comunicación.

Además, se ha demostrado que el entrenamiento de la flexibilidad cognitiva es beneficioso para los niños sin autismo y para los adultos mayores.

A medida que salgamos de la pandemia, necesitaremos asegurarnos de que, al enseñar y capacitar nuevas habilidades, las personas también aprendan a ser cognitivamente flexibles en su pensamiento.

Esto les proporcionará una mayor resiliencia y bienestar en el futuro.

La flexibilidad cognitiva es esencial para que la sociedad prospere. Puede ayudar a maximizar el potencial de las personas para crear ideas innovadoras e invenciones creativas.

En última instancia, son esas cualidades las que necesitamos para resolver los grandes desafíos de hoy, incluido el calentamiento global, la preservación del mundo natural, la energía limpia y sostenible y la seguridad alimentaria.

__ 

*Barbara Jacquelyn Sahakian es profesora de neuropsicología clínica de la Universidad de Cambridge, Christelle Langley es investigadora asociada de neurociencia cognitiva de la Universidad de Cambridge y Victoria Leong es profesora afiliada de psicología de la Universidad de Cambridge.

 

FuenteFlexibilidad Cognitiva

viernes, 11 de junio de 2021

Sherlock Holmes de Carne y Hueso

 Sherlock Holmes de Carne y Hueso

El hombre que inspiró a Conan Doyle el famoso personaje de sus novelas policíacas


Por Irving Wallace

Cierta noche de las postrimerías del siglo pasado, 12 amigos a quienes una partida de caza congregó en Escocia durante un fin de semana entretenían la cena con animada conversación acerca de los crímenes célebres que nunca logró esclarecer la policía. Uno de los comensales, el doctor Joseph Bell, tenía pasmados a los demás con la sutileza de sus deducciones.

Fue el doctor Bell un cirujano eminente y distinguido catedrático de la Universidad de Edimburgo, en la cual, por su asombrosa técnica de maestro, ejerció manifiesta en los alumnos que en el transcurso de cinco décadas pasaron por su aula. A este número pertenecieron Arthur Conan Doyle, Robert Louis Stevenson y James M. Barrie.

‒La mayoría de las personas–decía esa noche el doctor Bell‒miran, pero no observan. Con darle un vistazo a un hombre, nos bastará para leer su nacionalidad, que lleva escrita en la cara; sus medios de vida, en las manos; y el resto de su historia, en el porte, los modales, los dijes del reloj, y las motas que se le pegaron a la ropa.
‒Una vez‒continúa el doctor‒entró un paciente en la sala donde me hallaba con algunos de mis discípulos. 

«Señores–les dije– este hombre ha servido en un regimiento de escoceses;  probablemente, en la banda de música.» Acto seguido les invité a reparar en el contoneo del paciente, que recordaba el de los gaiteros de esos regimientos. Por lo demás, su poca estatura me indicaba que, de haber servido en el ejército, debió ser en una banda de música. El hombre aseguraba, sin embargo, que era zapatero y nunca había estado en filas. Le mandé que se quitara la camisa. Reparé entonces en la marca que tenía en la piel: una diminuta D azul. Era así como acostumbraban señalar a los desertores durante la Guerra de Crimea. El hombre acabó por confesar que, en efecto, había pertenecido a la banda de un regimiento de escoceses de los que combatieron allí. Deducirlo de su apariencia no había sido difícil. Era realmente elemental, señores.

–El doctor Bell es casi un Sherlock Holmes –reparó en esto uno de los comensales.
–Señor mío –repuso vivamente el aludido– yo soy Sherlock Holmes.

Efectivamente –y así lo declara el propio Conan Doyle en su autobiografía– fue el doctor Bell quien le inspiró la creación de ese popularísimo personaje.

Las reglas que da Sherlock Holmes para la deducción y el análisis son mero trasunto de las que el doctor Bell aplicaba en la realidad de la vida. «Trato siempre de grabar en el ánimo de mis discípulos la gran importancia de las diferencias menudas; la significación inagotable de las pequeñeces–manifestaba el doctor en cierta ocasión a un reportero–Por ejemplo, casi  todo oficio mecánico va escrito en las manos de quien lo ejerce. Las cicatrices del minero no son las del picapedrero. Las callosidades del carpintero difieren de las del albañil. No es uno mismo el modo de andar del marinero y el del soldado. Por lo que hace a las mujeres, un médico que sea buen observador podrá  frecuentemente decir de antemano con toda exactitud la región del cuerpo de que van a quejarse.»

Según el doctor Bell, adquirir y desarrollar el hábito de la observación es indispensable al médico y al detective. En cuanto a los demás hombres, cultivar ese hábito les serviría para que su mundo, antes monótono, les ofreciese a cada paso la emoción de la sorpresa y la aventura.

«Cuando nuestra familia viajaba en tren–cuenta la señora de Cecil Stisted, hermana del doctor– Joseph nos indicaba de dónde venían los viajeros que ocupaban los otros asientos, adónde se dirigían, y agregaba a esto algunos pormenores relativos a la profesión y antecedentes de cada cual. Todo ello sin haber cruzado palabra con ninguno. Después, al ver que acertó en cuanto nos dijo, nos parecía cosa de magia.»

Estaba el doctor Bell una tarde sentado ante el escritorio en su despacho de la Enfermería Real cuando llamaron a la puerta.

–¡Adelante!–dice el doctor;  y luego mirando fijamente al hombre que acababa de entrar– ¿A qué se debe su preocupación?

–¿Quién le dijo que estoy  preocupado?

–Esos cuatro golpecitos. Un hombre libre de preocupaciones al llamar a la puerta se habría contentado con dar dos golpecitos; tres, a lo sumo.

En efecto el visitante estaba preocupado.

«Solía el doctor Bell –refiere Conan Doyle en una entrevista– permanecer sentado en su sala de consulta y diagnosticar la dolencia del enfermo que acababa de entrar allí antes de que éste despegase los labios. No solamente le decía cuáles eran los síntomas: llegaba hasta darle algunos pormenores de su vida pasada. Y muy rara vez dejaba de acertar.»

Esforzábase el doctor Bell día tras día en demostrarles a sus alumnos que la observación no es magia, sino ciencia. En la Enfermería Real, tras de examinar con una rápida ojeada al paciente recién llegado, decía, pongamos por caso:

–Zapatero remendón. 

Luego a solas con sus alumnos les explicaba:

–Tenía raído el pantalón por el lado de adentro, cerca de las rodillas. Es una particularidad característica de los remendones, que apoyan ahí la piedra de batir el cuero.

En los días en que el joven Conan Doyle era alumno practicante del doctor Bell, le oyó preguntarle a un paciente que acababa de llegar al consultorio:

‒¿Le gustó el paseo que dio por el campo de golf cuando venía para acá?

‒Sí, doctor ‒repuso el otro‒ pero… ¿andaba usted también por allí?

El doctor Bell, que no había salido del consultorio, le explicó:

‒En días lluviosos como el de hoy la arcilla rojiza se le pega a uno a los zapatos; y cómo sólo por los lados del campo de golf hay arcilla de ésa…

Conan Doyle menciona  en su autobiografía el siguiente caso en que brillan las dotes de observador del doctor Bell. Después de mirar en silencio por unos minutos a un nuevo paciente, le dice:

‒Veo que sirvió usted en un regimiento de escoceses y que lo licenciaron hace poco.
‒Así es, doctor.
‒Fue suboficial y estuvo de guarnición en la Barbuda.
‒Sí, doctor.

Dirigiose entonces el doctor Bell a sus alumnos:

‒Observen ustedes, señores: El paciente, no obstante ser hombre respetuoso, entra aquí con el sombrero puesto. Señal de que no ha perdido la costumbre militar de no descubrirse. Si lo hubiesen licenciado antes ya habría aprendido lo que se estila entre paisanos. Por su aire, se nota en seguida al hombre acostumbrado a mandar, y también al natural de Escocia. La enfermedad que lo aqueja es la elefantiasis, lo cual nos indica que sirvió en las Antillas.

Tanto impresionó el episodio a Conan Doyle que años después lo reprodujo con muy ligeras variantes en su novela de Sherlock Holmes, El Intérprete Griego.

Arthur Conan Doyle se graduó en 1881 en la Universidad de Edimburgo. Puso su placa de oculista en la puerta y se sentó a esperar pacientes. Al cabo de seis años seguía esperándolos.  La urgencia de procurarse alguna entrada lo empujó a escribir para el público. Tras un poco afortunado comienzo, ínfluido por la lectura de Poe y Gaboriau, quiso probar sus fuerzas en el cuento policíaco. Para ello se propuso crear un detective que se apartase de lo corriente.

«Recordé a mi antiguo maestro el doctor Bell‒cuenta en su autobiografía‒De ser detective, con seguridad él hubiera convertido la interesantísima pero desordenada materia de  esa profesión en algo semejante a una ciencia exacta.  Está muy bien eso de decir que un hombre es muy listo‒pensaba yo‒pero el lector querrá pruebas que así lo demuestren; pruebas como las que el doctor Bell nos daba diariamente. La idea me pareció divertida.»

Sherlock Holmes entró al mundo de la novela en 1887, en las páginas de Beeton’s Christmas Annual.  Fue un comienzo poco prometedor. Sin embargo, dio motivo, pasados dos  años a que el director de un periódico estadounidense pidiera a Conan Doyle nuevas aventuras de Sherlock Holmes. Esto puso al hoy  famoso detective en camino de la inmortalidad literaria.

A lado y lado del Atlántico, cada nueva hazaña de la perspicacia de Sherlock Holmes‒a la cual sabía comunicar tanta verosimilitud como interés la diestra pluma de Conan Doyle‒suscitaba apasionados comentarios entre los muchos admiradores del sagaz detective. En la Aventura del Maestro de Obras de Norwood (*), cuando irrumpe en el piso de la calle Baker un joven poseído de la más viva agitación, quien se presenta a sí mismo diciendo que es el desventurado John McFarlane, Sherlock Holmes responde perezosamente:

‒Menciona usted su nombre como si por eso hubiera de saber yo de quien se trata; pero le aseguro que, fuera delo que salta a la vista, o sea, que es usted soltero, abogado, masón y asmático, no sé  absolutamente nada acerca de su persona. 

(*) En español, La Aventura del Constructor de Norwood o El Constructor de Norwood.

Con todo y su perspicacia el doctor Bell no era infalible. Sabía, eso sí, ver el lado cómico de las cosas. Cuando sus visitantes le instaban a que refiriese alguno de los casos en que brilló su gran talento deductivo, se complacía en relatarles lo que ocurrió en una visita de hospital. 

‒¿Es usted músico?‒pregunta al enfermo ante cuya cama acaba de detenerse.
‒Sí, señor.

A tal respuesta, el doctor Bell se dirige a sus alumnos en tono magistral:

–¿Lo están viendo ustedes? El caso es muy sencillo: parálisis de los músculos faciales ocasionada por el repetido esfuerzo al tocar instrumentos de viento. Una pregunta básica bastará para confirmar el diagnóstico.

–¿Qué tocaba usted, buen hombre?–dice dirigiéndose al músico.

Clava éste ambos hombros en la almohada, se incorpora a medias y responde: 

–¡El bombo, doctor!



Condensado de «The Saturday Review of Literature»

Fuente:
Revista Selecciones del Reader’s Digest, Agosto de 1948, tomo XVI, N° 93, págs. 39-42, Selecciones del Reader’s Digest, S.A., La Habana, Cuba


La nota añadida sobre el Constructor de Norwood es mía. B.A.

martes, 16 de marzo de 2021

Serás un Hombre, Hijo Mío

“Serás un Hombre, Hijo Mío”


Detrás del bello poema “Si…” se encuentra la historia de amor de un padre y del sacrificio de su  hijo.


Por Suzanne Chazin


El ajado paquete de papel de estraza iba dirigido a “Monsieur Kipling”. Rudyard Kipling, el célebre escritor británico, ganador del premio Nobel, lo abrió, acentuada su curiosidad por los laboriosos garabatos. Dentro había una caja roja que contenía un ejemplar de su novela Kim, con un hoyo de bala que había respetado sólo las últimas 20 páginas. De la perforación, sujeta con un hilo, pendía la Cruz de Malta de la Cruz de Guerra, la medalla que Francia otorga en reconocimiento al valor en guerra.


Le enviaba aquello un joven francés llamado Maurice Hamonneau. En la carta anexa explicaba que, de no haber llevado ese libro en el bolsillo durante cierta batalla, habría muerto. Y pedía Kipling que aceptara el libro y la medalla en prenda de gratitud.


Nunca un honor había conmovido tanto a Kipling como este. Dios se había valido de éste para salvar la vida del soldado. Ojalá hubiera salvado la de otra persona; la de alguien que significaba para él mucho más que todos los homenajes del mundo.

Veintiún años antes, en el verano de 1897, la esposa de Kipling, Carrie, le dio su tercer hijo. La pareja ya tenía dos hijas, Josephine y Elsie, a quienes Rudyard adoraba; pero él deseaba un varón. Siempre recordaría el momento en que llegó a sus oídos aquel chillido.


–Señor Kipling –anunció el médico–, tiene usted un hijo.


Poco después, el escritor contemplaba un pequeño envoltorio de cuatro kilos de peso. Tomó en sus brazos a aquella criaturita que no cesaba de bostezar, y sintió la ternura más profunda.
John Kipling, como llamaron al pequeño, resultó ser un niño inteligente, alegre y dócil. Su padre se sentía feliz. Sin embargo, en el invierno de 1899 la tragedia tocó a su puerta.


Durante un viaje a Estados Unidos, Kipling y su hija mayor, Josephine, contrajeron neumonía. En aquel tiempo, cuando todavía no existían los antibióticos, era poco lo que los médicos podían hacer. El 4 de marzo, Kipling consiguió salir del delirio, terriblemente débil. Josephine murió dos días después.


A partir de entonces, Kipling no soportaba ver los retratos de Josephine u oír mencionar su nombre. Sin  embargo, debía sobreponerse a su dolor por el bien de Elsie y de John quienes tenían tres y diecinueve meses, respectivamente.


De manera que adoptó la costumbre de llevar a pasear a sus hijos a la montuosa región de Sussex Downs. Les construyó una caja de arena y, cuando se trataba de jugar con ellos, ningún juego resultaba demasiado extravagante.


Los más entrañables recuerdos que de aquella época conservó el escritor correspondieron a los inviernos de 1900 a 1907, que la familia pasó cerca de Ciudad del Cabo, Sudáfrica. En las tardes calurosas, Kipling se recostaba en una hamaca, a la sombra de un recio roble, mientras los niños jugaban a su alrededor. Una vez John le preguntó:


–Papá, ¿por qué tienen manchas los leopardos?


En los ojos de Kiplin gdebe de haber resplandecido una chispa.Imitando la voz de un anciano sabio, empezó a explicar que el leopardo había tenido mucho tiempo el color de la arena oscura, al igual que las jirafas y las cebras que cazaba en la sabana. Pero, entonces la cebra y la jirafa resolvieron ocultarse en la selva para frustrar los propósitos del leopardo.


“Después de haber permanecido un largo período la mitad del tiempo a la sombra y la otra mitad fuera”, continuó, “a la jirafa le salieron manchas, y a la cebra, rayas”. Para poder cazarlas en la espesura, el leopardo también debía cambiar, y por eso decidió cubrirse de manchas. “De vez en cuando escucharán a los adultos preguntar: ‘¿No podía el leopardo cambiar sus manchas?’” Kipling les guiñó el ojo a sus hijos y concluyó, negando con la cabeza: “Pues no. Así está muy contento”.
Kipling reunió sus historias fantásticas de la vida salvaje en un libro llamado Just So Stories For Little Children (“Cuentos al Gusto de los Niños”). La obra se publicó en 1902, y fue aclamada por los críticos. El escritor se estaba convirtiendo en uno de los favoritos de los niños de todo el mundo. Pocos sospechaban que aquel hombre, amante de la magia y el misterio de la infancia, había sido tan desdichado en la suya.

Rudyard Kipling, nacido en 1865 en Bombay, India, vislumbró el mundo por primera vez a través de la bulliciosa vida callejera de esa ciudad. Antes de que cumpliera seis años, él y su hermana menor, Trix, fueron enviados a Inglaterra para que asistieran a la escuela. Ahí, la mujer contratada para cuidarlos golpeaba y se burlaba del pequeño y frágil Rudyard, y censuraba las cartas que los niños enviaban a sus padres. Además, con frecuencia encerraba al niño durante horas enteras en un sótano frío y húmedo.
A pesar de ese maltrato, Rudyard se esforzó por ser alegre. Años más tarde escribiría que esa experiencia lo había “despojado para el resto de sus días de toda capacidad de sentir un verdadero odio personal”. Y también le imbuyó la determinación de darles a sus hijos la felicidad, el amor y la seguridad que le habían faltado a él.


A su regreso a la India, Kipling comenzó a trabajar como reportero, y dedicaba su tiempo libre a escribir relatos de ficción. Sus tramas versaban sobre el valor, el sacrificio y la disciplina que había observado en los militares británicos destacados en el país, y sobre el misterio y  el peligro reinantes en la India. Reunió esos relatos en pequeños volúmenes, con la esperanza de que fueran bien acogidos en Londres.


Pero los editores londinenses los ridiculizaron. Uno de ellos escribió: “Me atrevería a conjeturar que se trata  de un escritor muy joven, y que morirá loco antes de llegar a los 30 años”. Kipling cerró los oídos a esas críticas y siguió escribiendo. Al cabo de un tiempo, cuando sus libros cobraron fama y empezaron a buscarlo algunos literatos, académicos y políticos de renombre, mostró ante los elogios la misma indiferencia que antes había manifestado ante el rechazo.


En los primeros años del siglo XX, Kipling hizo muchas advertencias del peligro de una guerra con Alemania, e insistió en que debía instituirse el servicio militar obligatorio. La gente lo tachó de “imperialista” y “patriotero”. Y, a pesar de las crecientes burlas de los pensadores dela época, se mantuvo firme en sus opiniones sacando fuerza de su hogar y su familia.

Para ese entonces, John ya era un muchacho alto y bien parecido. Aunque no era un atleta consumado, le encantaba participar en las competencias deportivas que se organizaban en el internado. ¡Cómo disfrutaba Kipling viéndole correr por el campo de rugby, radiante de entusiasmo! ¡Cómo se enorgullecía!, pero no porque fuera un gran atleta, sino porque manifestaba ese tranquilo arrojo y ese buen humor que él admiraba. John felicitaba por igual a sus compañeros y a sus contrincantes por el esfuerzo que realizaban. Nunca alardeaba de una victoria ni gimoteaba ante una derrota. Si transgredía alguna norma escolar, aceptaba sin chistar el castigo correspondiente. Asumía la responsabilidad de sus actos. en otras palabras, se estaba convirtiendo en un hombre.


Para Kipling, la hombría implicaba afrontar la adversidad con entereza. Deseaba fomentar esa actitud en su hijo. ¡Si John fuera capaz de seguir los pasos de los grandes hombres que él había conocido!; ¡si pudiera regirse por esos valores! ¡si…!


Un día de invierno de 1910, Kipling empezó escribir esos pensamientos para su hijo, que entonces tenía 12 años. Tituló el poema “Si…”, y lo incluyó en un libro de cuentos para niños que se publicó ese mismo año.


Aunque los críticos no consideraron que era de lo mejor que había producido, a la vuelta de unos años el poema de cuatro estrofas, traducido en 27 idiomas, era ya un clásico en todo el mundo. Los escolares lo memorizaban Los jóvenes lo recitaban camino a la batalla. Millones de personas adoptaron sus sencillas normas de conducta para guiar su vida.

En 1915, la guerra que Kipling había predicho asolaba Europa. John ya era un joven de 17 años, alto, delgado y despierto. Tenía el pelo castaño, los ojos de color avellana y un bigote incipiente. Como era corto de vista, igual que su padre, no lo admitieron en el ejército ni en la armada. Kipling consiguió que entrara en la Guardia Irlandesa, cargo que su hijo aceptó con entusiasmo.


John viajó en barco a Irlanda, y en ese país demostró ser un oficial capaz. Mientras tanto, Kipling hizo campaña en su país para conseguir voluntarios, y también visitó Francia con el propósito de escribir sobre la guerra.

En mayo, la noticia de que se habían registrado numerosos bajas sacudió a Gran Bretaña. A medida que los reclutas marchaban en oleadas al extranjero, la partida de John era cada vez más inminente. John sólo tenía 17 años, y requería de la autorización paterna para acudir al frente. Pero, pasara lo que pasara, su padre no podía traicionar los valores que le había inculcado. Así pues, dio su consentimiento.
 

Al mediodía del 15 de agosto, John se despidió de su madre y de su hermana con una inclinación de su gorra de oficial. Carrie Kipling escribió después que se veía muy elegante y gallardo cuando les pidió que le transmitieran su afecto a su padre, quien se encontraba ya en territorio francés.

Apenas seis semanas después, el 2 de octubre, un mensajero se presentó en la residencia de los Kipling para entregar un telegrama del Ministerio de Guerra. John había desaparecido en el frente. Se le había visto por última vez en una batalla que tuvo lugar en Loos, Francia.
 

Kipling hizo hasta lo imposible por averiguar el paradero de John, mas nadie pudo informarle nada. Incapaz de quedarse con los brazos cruzados, recorrió uno tras otro los fangosos hospitales del frente, buscando heridos que pertenecieran al batallón de su hijo. Con la serenidad y la sencillez que lo caracterizaban, de inmediato establecía relación con los soldados a los que trataba. Pero nada podía restañar la profunda herida que crecía en su interior a medida que transcurrían los meses sin recibir noticias del muchacho.
 

A fines de 1917 apareció un soldado que había visto morir a John  dos años atrás, en la batallas de Loos. Sin embargo, esta triste noticia no le dio ningún consuelo a la familia, ya que el cuerpo nunca fue encontrado.
 

Durante el resto de su vida, que fueron 18 años más, Kipling se dedicó al cumplimiento de sus deberes como miembro de la Comisión Imperial de Sepulcros de Guerra: reinhumar y rendir honores a los caídos. Fue él quien propuso la leyenda que se inscribió en la Lápida del Sacrificio de cada cementerio: “Sus nombres vivirán por toda la eternidad”. También la frase: “Conocido sólo por Dios”, que se grabó en las lápidas de los soldados cuyos cuerpos nunca fueron identificados, como el de su hijo. 

Visitó  muchos lugares donde se desarrollaron hechos de guerra y participó en numerosos actos en representación de la comisión. No obstante, todo ese tiempo estuvo abrumado por el desencanto. Había sacrificado el más bello regalo que le había hecho la vida. Y, ¿para qué? En sus noches de insomnio, cuando los techos de madera de su casa de piedra crujían, Kipling pasaba largos ratos en la oscuridad, tratando de dar respuesta a esa pregunta. Por primera vez en su existencia, este hombre que se había ganado la vida por medio de la palabra, no encontraba palabras que aliviaran su pena.
 

En su viaje a Francia visitó a Maurice Hamonneau, el soldado que le envió su Cruz de Guerra al finalizar el conflicto. Se habían carteado durante algunos años, y entre ellos había florecido la amistad. 

Un día de 1929, Hamonneau le comunicaba al escritor que su esposa acababa de dar a luz y le pidió que fuera padrino del niño.
 

Kipling aceptó de buen grado, y agregó que le parecía oportuno darle al pequeño el ejemplar de Kim y la medalla de  Hamonneau
 

El escritor miró por la ventana de su estudio y recordó aquel feliz momento en el que tomó a su hijo en brazos por primera vez. Maurice Hamonneau conocía ya esa mágica sensación. A través de Kipling, Dios había salvado la vida del soldado francés, y de todo aquello había surgido algo milagroso.
Por fin, al cabo de muchos años, Kipling volvió a sentir esperanza. Esa era la razón de que John hubiera sacrificado su vida: los que aún no nacían. Mejor que cualquier monumento que él pudiera construir, aquella criatura tan llena de vida y promesas hacía justicia a la memoria de su valeroso hijo.
 

“Mi hijo se llamaba John. Por lo tanto, el tuyo debe llamarse Jean”, le escribió a Hamonneau. Así, el ahijado de Kipling fue bautizado con el nombre de su propio hijo en francés…, y otro padre conoció la esperanza y el gozo que Kipling había experimentado al ver a su hijo convertirse en hombre.

Si…

Si puedes llevar la cabeza sobre los hombros bien puesta
Cuando otros la pierden y de ello te culpan;
Si puedes confiar en ti cuando todos de ti dudan,
Pero tomas en cuenta sus dudas;
Si puedes esperar sin que te canse la espera,
O soportar calumnias sin pagar con la misma moneda,
O ser odiado sin dar cabida al odio,
Y no por eso parecer demasiado bueno o demasiado sabio;

Si puedes soñar sin que tus sueños te dominen;
Si puedes pensar sin que tus pensamientos sean tu meta,
Si puedes habértelas con Triunfo y con Desastre
Y tratar por igual a ambos farsantes;
Si puedes tolerar que los bribones
Tergiversen la verdad que has expresado,
Y la conviertan en trampa para necios,
O ver en ruinas la obra de tu vida
Y agacharte y reconstruirla con viejas herramientas;

Si puedes hacer un atadijo con todas tus ganancias
Y arrojarlas al capricho del azar,
Y perderlas, y volver a empezar desde el principio
Sin que salga de tus labios una queja;
Si puedes poner al servicio de tus fines
Corazón, entusiasmo y fortaleza, aun agotados,
Y resistir aunque no te quede ya nada,
Salvo la Voluntad, que les diga: “¡Adelante!”;

Si puedes dirigirte a las multitudes sin perder tu virtud,
Y codearte con reyes sin perder la sencillez
Si no pueden herirte amigos ni enemigos;
Si todos cuentan contigo, pero no en demasía;
Si puedes llenar el implacable minuto
Con sesenta segundos de esfuerzo denodado,
Tuya es la Tierra y cuanto en ella hay,
Y, más aún, ¡serás un hombre, hijo mío!


Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo CVI, Número 634, Año 53, Septiembre de 1993, págs 13-18, Reader’s Digest Latinoamérica, S.A., Coral Gables, Florida, Estados Unidos


Nota: En 1992 se identificaron los restos personales de John Kipling, muerto en la batalla de Loos ocurrida entre el 25 y el 28 de septiembre de 1915, y su tumba  se encuentra ubicada en el cementerio Saint Mary's A.D.S. en Haisnes, región de Alta Francia o Altos de Francia, Francia.