miércoles, 24 de enero de 2024

Un Día Como Hoy en un Libro

 


24 de Enero

1835

Los Puritanos de Escocia (I Puritani di Escozia). Ópera, música de Vincenzo Bellini, libreto del Conde Carlo Pepoli. Fuente: Old Mortality de Sir Walter Scott. Estreno: Teatro Italiano de París el 24 de enero de 1835.

Almanaque Mundial 1977


1848.  Estados Unidos. Descubrimiento de oro en California (enero 24) que provocó una gran migración.


Almanaque Mundial 1971



“De dónde viene, pues la extraña atracción de estas regiones polares, tan potente tan tenaz, que después de haber vuelto, se olvidan las fatigas morales y físicas para no soñar más que en volver a ellas”.
Esto escribe Charcot en octubre de 1906.
Una vez más, no sueña más que volver a partir.
Multiplica las conferencias y las gestiones y consigue, gracias a Paul Doumer, una subvención gubernamental de 600.000 francos, a los que se añade el fruto de diversas suscripciones.
En esta época el explorador vive en casa de su hermana, y en cierto momento la lleva en viaje a Islandia, en compañía de una amiga, mademoiselle d'Abnour.
Allá Jeanne encuentra a un elegante escocés, Arthur Hendry, con el que se casará.
Algunas semanas más tarde,  el comandante, que sin embargo se ha jurado que una experiencia desgraciada le bastaba, se promete con la hija de un célebre abogado, Meg Clery.
El matrimonio se celebra el 24 de enero de 1907, en la iglesia de la Trinidad, en presencia de “todo París”.
La joven casada ha prometido no oponerse jamás a las expediciones de su marido. El viaje de novios los lleva a Noruega.

Grandes Aventuras de los Tiempos Modernos. Del Polo a la Luna. Tomo 1. Amundsen/Scott/Charcot, de varios autores, Círculo de Amigos de la Historia, Barcelona, 1970



1915
Enero 24. Bloqueo submarino decretado por Alemania.


1918
Enero 24. Alemania y Austria rechazan propuesta de paz británico-estadounidense.

1924
Enero 24. Abolición en Italia de los sindicatos no fascistas.

1943
Enero 14-24. Conferencia de Casablanca entre Churchill y Roosevelt.

Informatodo 1943


1965
Inglaterra. Muere en Londres sir Winston Churchill, a la edad de 90 años (enero 24).

1972
Guam. El sargento japonés Shoichi Yokoi es hallado en la selva, donde permaneció oculto desde la Segunda Guerra Mundial (enero 24).


Almanaque Mundial 1977


1991
24 de enero
Más de 15.000 incursiones (8.000 de ellas misiones de combate) han sido llevadas a cabo desde que comenzó la guerra.
—Los aliados informan que han perdido veintitrés naves, con treinta tripulantes muertos o perdidos.
—Iraq declara que sólo 231 iraquíes han muerto en los ataques aéreos.

Almanaque Mundial 1992


martes, 23 de enero de 2024

Un Día como Hoy en un Libro

 

1920
Enero 23. Holanda se niega a entregar al ex Káiser Guillermo II, desoyendo la opinión del Consejo de Guerra Aliado.

1924
Enero 23. Ramsay MacDonald forma el primer gobierno laborista de Gran Bretaña.

1937
Enero 23. Proceso de Karl Radek y otras jerarquías políticas complicadas en la llamada “purga” de Moscú.

1943
Enero 23. El VIII Ejército Británico entra en Trípoli.

1945
Enero 23. Las tropas soviéticas llegan al río Oder.
Reapertura de la Ruta de Birmania.


Venezuela
En diciembre de 1952, el teniente coronel Marcos Pérez Jiménez se hace proclamar presidente. Hasta 1958 gobierna en forma dictatorial. (…)
El 23 de enero de 1958 es derrocado Pérez Jiménez por un movimiento cívico-militar que cuenta con el apoyo popular haciéndose cargo del gobierno una Junta que encabeza primero el vicealmirante Wolfgang Larrazábal y después el Dr. Edgar Sanabria.


Corea de Norte
El 23-I-68 el buque norteamericano “Pueblo” fue capturado por Corea del Norte y llevado a Wonsan. El 23-XII-1968 fue devuelta la tripulación, pero no el barco, a los Estados Unidos.


Informatodo 1973
 
 
 

Enero 1989

23. Con tanques, cañones bombardeos y tiroteos que se prolongaron durante nueve horas, la policía y el ejército toman por asalto el cuartel del Tercer Regimiento de Infantería, en la Tablada, provincia de Buenos Aires, Argentina.

La operación contra los militares sediciosos deja un saldo de 30 muertos ―21 insurrectos— y casi un centenar de heridos.

 Almanaque Mundial 1990

 
 
 
 
 

domingo, 21 de enero de 2024

Un Día como Hoy en un Libro

Con este texto a partir de hoy indicaremos las fechas (como día y mes y año si así viene) aparecidas en párrafos o fragmentos usando diferentes fuentes como enciclopedias, diccionarios, novelas, biografías, libros de historia, etc., y siempre verificando los datos cuando sean hechos históricos.

Abajo de la cita ponemos la fuente. Por razón práctica irá lo de cada fecha en un solo artículo e indicada en negrita. Con esto quiero darle más variedad al blog.

Empezamos:

 

En 1793 ocurrió el período conocido como el Reinado del Terror. El 21 de enero de ese año moriría ejecutado en la guillotina el rey Luis XVI, acusado de traición.
Después del asalto, en 1789, a la prisión de la Bastilla, el Rey, su esposa e hijos fueron obligados por el pueblo a residir en el oscuro palacio de las Tullerías.
Tras un intento fallido de fuga, cuyo objetivo era unirse a sus leales, la Familia Real fue nuevamente apresada en Varennes y devuelta a París. Aunque Luis XVI continuó ejerciendo en cierta forma el poder, el haber vetado un decreto que ordenaba la deportación de sacerdotes fieles a Roma acentuó más la aversión de sus opositores, que terminaron rebelándose contra los últimos vestigios de la monarquía.
Luis XVI, María Antonieta y los hijos de ambos, María Teresa y Luis Carlos, fueron confinados en el castillo del Temple (fortaleza del siglo XII). Separado de la familia durante seis semanas, el Rey fue notificado, con sólo un día de anticipación, de su condena a muerte. A las 10:20 de la mañana subió al cadalso. Tenía entonces treinta y nueve años de edad. Un joven soldado alzó la cabeza del ex monarca frente a la multitud congregada en la Plaza Luis XV (actual Plaza de la Concordia). Los presentes, después de un breve silencio, comenzaron a corear: “Viva la República”.

Almanaque Mundial 1992

 

Frases Finales dichas antes de morir


Luis XVI. Rey de Francia (1754-1793)
A la multitud que el 21 de enero asistía a su ejecución en la guillotina: “Franceses, muero inocente. Perdono a los autores de mi muerte. Ruego a Dios que mi sangre no recaiga sobre Francia”.


Almanaque Universal Navarrete 1994, Editorial Navarrete, Lima, 1994, pág. 121

 

Jenufa (Jeji Pastorkina). Ópera, música de Leoš Janáček, libreto de Leoš Janáček, basado en Jeji Pastorkyna de Gabriella Preissová. Estrenada en el Teatro Nacional Checo en Brno el 21 de enero de 1904.

Almanaque Mundial 1977
 
 
 
Irlanda
1919
Enero 21. El congreso de “Sinn Fein” adopta la declaración de independencia en Dublín.

1936
Enero 21. Tratado de Paz entre Bolivia y Paraguay.

1942
Enero 21. El mariscal Rommel lanza una nueva ofensiva en el Norte de África.

Informatodo 1973
 
 
Enero de 1976
21. El avión supersónico Concorde comienza al fin a ser utilizado para vuelos de pasajeros.
La llamada “era del Concorde” se inicia simultáneamente en Londres y París, desde donde despegan las naves hacia Bahrein (Golfo Pérsico) y Río de Janeiro, respectivamente.

Almanaque Mundial 1977
 
 
 
Ecuador

Golpe y Dolarización

El 21 de enero de 2000, militares amotinados y grupos indígenas ocupan los edificios del Congreso y de la Corte Suprema. Los líderes del movimiento ―el presidente de la Confederación indígena, Conaie, Antonio Vargas, el presidente de la Corte Suprema y el coronel Lucio Gutiérrez— forman una Junta de Gobierno y deponen a Mahuad. Llaman a Gustavo Noboa, el vicepresidente, para que asuma la Presidencia. El nuevo presidente nombra un gabinete multipartidista y anuncia que seguirá adelante con el proceso de dolarización en septiembre del 2000. Al mismo tiempo el gobierno logra reestructurar y refinanciar su deuda externa.

Guía Mundial. Almanaque Anual 2007
 
 

 

martes, 5 de diciembre de 2023

Colección Etiqueta Negra

La colección Etiqueta Negra fue publicada por editorial Júcar entre 1986 y 1991.

Hay otras colecciones de la misma editorial: una llamada Nueva Etiqueta Negra y otra denominada Etiqueta Secreta. No es posible confundirse porque las portadas dicen a qué colección pertenece el libro.

La lista fue puesta originalmente en el blog el 3 de setiembre de 2009.

Revisión de 2023: He corregido algunos títulos. De lo que falta o es dudoso no hay más información -como Flash me recorrí casi todo lo que da San Google en las búsquedas-, y para remate las bibliotecas ponen o tienen en sus catálogos títulos de obras como de una colección cuando en verdad pertenecen a otras colecciones de las mismas editoriales.

Vaya numeración: están el 128, el 134 y el 136 pero de los otros no hay ni las tapas... por lo que me huele que esos títulos fantasmas aparecieron en algún catálogo -o como en otros casos en una hoja final del libro o en la contraportada- pero que nunca se publicaron, que es lo que ha sucedido muchas veces salvo cuando la misma editorial destruía lo que había editado.

Si aparece algo ya veremos...


1. Donald Westlake. ¿Por qué Yo?
2. Chester Himes. Violación
3. Jim Thompson. Al Sur del Paraíso
4. Julián Ibañez. Mi Nombre es Novoa
5. Alfred Bester. Carrera de Ratas
6. Donald Westlake. Policías y Ladrones
7. Jonathan Valin. La Calera
8. Chester Himes. Plan B
9. Andrew Bergman. El Escándalo del 44
10. Paco Ignacio Taibo. Cosa Fácil
11. Thierry Jonquet. Tarántula
12. Isaac Asimov (rec). Sherlock Holmes a través del Tiempo y el Espacio
13. Janwillem Van de Wetering. Extranjero en Amsterdam
14. Stuart Kaminsky. Judy
15. Marc Behm. La Mirada del Observador
16. David Goodis. Calle sin Retorno
17. Lawrence Block. Ocho Millones de Maneras de Morir
18. Wade Miller. La Elección del Asesino
19. Jim Thompson. Una Mujer Endemoniada
20. Julián Ibañez. Tirar al Vuelo
21. H. Paul Jeffers. Muerte al Micrófono
22. Chester Himes. Negro sobre Negro
24. Carlos Pérez Merinero. La Mano Armada
25. Boris Vian. Escupiré sobre Vuestra Tumba
26. Jim Thompson. Los Alcohólicos
27. J. F. Burke. Trampa Mortal
29. Stuart Kaminsky. Disparen sobre Errol Flynn
30. Terry Cline. Presa
31. Janwillem Van de Wetering. Dios los Cría...
32. Juan Madrid. Regalo de la Casa
33. Thierry Jonquet. La Bestia y la Bella
34. William P. McGivern. Un Asesino Contratado
35. José Luis Muñoz. El Cadáver bajo el Jardín
36. James McClure. El Huevo Ingenioso
37. Martí Sarroca. Una Chica que lo enseñaba Todo
38. Bill Pronzini. Mercurio
39. Donald Westlake. Un Gemelo Singular
40. José Luis Muñoz. Barcelona Negra
41. James Gollin. El Libro de la Reina
42. Juan Madrid. Las Apariencias no Engañan
43. J.P. Manchette. Volver al Redil
44. Didier Daeninckx. Asesinos Archivados
45. Donald Westlake. Adiós Sherezade
46. Horace McCoy. Los Sudarios no tienen Bolsillos
47. Bill Pronzini. Sombras en la Noche
48. Juan Madrid. Un Beso de Amigo
49. Francisco Gónzales Ledesma. Expediente Barcelona
50. Donald Westlake. Un Diamante al Rojo Vivo
51. Jay Bennett. Saluda al Asesino
52. Bill Pronzini. Casos de Archivo
53. Juan Antonio de Blas. ¿Hay Árboles en Guernica?
54. Julian Rathbone. De Cuerpo Presente
55. Donald Westlake. Atraco al Banco
56. Janwillem Van de Wetering. Masacre en Maine
57. Fredric Brown. La Noche a través del Espejo
58. Stuart Kaminsky. El Factor Fala
59. Manuel Quinto. Estilo Indirecto
60. Tony Hillerman. Sendero de los Espíritus
61. Julian Rathbone. Objetivo: el Rey
62. J. François Vilar. Bastilla-Tango
63. Max Allan Collins. Un Detective de Verdad I
64. Max Allan Collins. Un Detective de Verdad II
65. Andreu Martín. A Navajazos
66. Andreu Martín. A Martillazos
67. Jim Thompson. El Asesino dentro de Mí
68. Howard Engel. Los Suicidas Asesinados
69. K.C. Constantine. Asesinato en la Estación de Rocksburg
70. Didier Daeninckx. Play-Back
71. Ed McBain. Saludos al Jefe
72. David C. Hall. No Quiero hablar de Bolivia
73. Stuart Kaminsky. Los Hermanos Marx en Apuros
74. Thomas Chastain. Escapada Nocturna
75. Donald Westlake. Un Pichón Recalcitrante
76. Thomas Boyle. Sólo los Muertos conocen Brooklyn
77. W.R. Burnett. Nadie vive Eternamente
78. Julián Ibañez. Llámala Siboney
79. Jim Thompson. El Embrollo
80. Dick Lochte. El Perro Durmiente
81. Donald Westlake. La Luna de los Asesinos
82. Albert Draper. Ocho Días de Junio
83. Mark Schorr. Red Diamond, Detective Privado
84. Jim Thompson. Los Timadores
85. Paco Ignacio Taibo II. Algunas Nubes
86. Donald Westlake. Tiempo de Matar
87. Bill Pronzini y Marcia Muller. Doble
88. Ed McBain. Llegó la Banda
89. Daniel Chavarría. La Sexta Isla I
90. Daniel Chavarría. La Sexta Isla II
91. Paco Ignacio Taibo II. La Vida Misma
92. Didier Daeninckx. El Verdugo y su Doble
93. Donald Westlake. El Palomo Fugitivo
94. J.P. Manchette. Nada
95. Mark Schorr. Red Diamond, As del Juego
96. J. François Vilar. Pasaje de los Monos
97. Joseph Wambaugh. La Estrella Delta
98. Didier Daeninckx. El Gigante Inacabado
99. Stuart Kaminsky. Joe Louis, 10 y K.O.
100. James Ellroy. Sangre en la Luna
101. Lawrence Block. Los Pecados de nuestros Ancestros
102. Nicholas Freeling. Un Largo Silencio
103. Jim Thompson. El Criminal
104. Mark Schorr. Red Diamond, Ídolo del Rock
105. Francisco Gónzales Ledesma. Las Calles de nuestros Padres
106. Ross Thomas. La Madriguera
107. Daniel Pennac. La Felicidad de los Ogros
108. William P. McGivern. Uno contra Todos
109. James Ellroy. A Causa de la Noche
110. James McClure. El Cerdo de Vapor
111. W.R. Burnett. Perseguido
112. Warren Murphy. Los Marranos Engordan
113. B.J. Sussman. y J.P. Manchette. De Balas y Bolas
114. Lawrence Block. Tiempo para Crear, Tiempo para Matar
115. James Crumley. Un Caso Equivocado
116. Nicholas Freeling. El Rey del País Lluvioso
117. Jim Thompson. Una Chica de Buen Ver
118. William P. McGivern. Una Cuestión de Honor
119. Bill Pronzini. Desaparecido
120. James Ellroy. La Colina de los Suicidas
122. Donald Westlake. El Hombre que cambió de Cara
123. David Goodis. Viernes Negro
124. Gerald Pietevich. Morir en Beverly Hills
125. Ana Porter. Agenda Oculta
126. Stuart Kaminsky. Movimientos Inteligentes
127. Elmore Leonard. Hombre Desconocido 89
128. Lawrence Block. Cuchillada en la Oscuridad
134. Bob Leuci. La Playa de Odessa
136. Julián Ibañez. Doña Lola



jueves, 23 de noviembre de 2023

Lo Que Me Encontré en el Bolsillo

 
Una muestra del atractivo arte de entretenerse a sí mismo

Extractos de un ensayo

Por G.K. Chesterton

Sólo una vez en la vida he metido mano de ratero en un bolsillo. Válgame de disculpa que quizás fue en un momento de  distracción y que ese bolsillo era el mío propio. Bien puedo describir tal acto como ratería, porque al sacar cosas de mi bolsillo experimenté al menos una de las emociones del ladrón: completa ignorancia y profunda curiosidad de lo que mi mano habría de encontrar.

Hacía un viaje relativamente largo encerrado en un vagón de ferrocarril de tercera clase. La hora era del atardecer; cielo y tierra desaparecían borrados, como con una enorme brocha húmeda, por una persistente cortina de lluvia incolora. 

No llevaba conmigo libros ni periódicos. No había en las paredes del carro carteles de anuncios; de otra suerte me hubiera sumergido en su estudio. Porque cualquier colección de palabras impresas es suficiente para sugerir infinidad de complejas ideas a la mente imaginativa. Cuando me encuentro, por ejemplo, frente a las palabras «Jabón Luz del Sol» puedo agotar todos los aspectos del culto rendido al sol, recordar todas las alabanzas hechas al fabuloso Apolo y traer a mi memoria las poesías al verano, antes de pasar a considerar el tema menos noble del jabón mismo. Pero no había palabra impresa, ni láminas de ninguna clase; no había sino paredes grises dentro del vagón y lluvia gris afuera.

Pero yo he negado siempre de la manera más enérgica, que exista o que pueda existir ninguna cosa que carezca de interés. Así, me quedé mirando fijamente las junturas de las paredes y luego los asientos del carro y me puse a pensar detenidamente en el tema fascinador de la madera. Y en el preciso instante en que empezaba a darme cuenta de la razón por la cual, quizás, Cristo  fue carpintero y no albañil ni panadero, me acordé repentinamente de mis bolsillos. Llevaba conmigo un tesoro ignorado. Una rica colección de curiosidades. Y principié a sacar cosas. 

Lo primero que encontré fue un buen número de billetes del tranvía de Battersea. Ellos me proporcionaron el material impreso que yo estaba deseando, porque llevaban al respaldo unos breves pero llamativos ensayos científicos en miniatura sobre cierta clase de píldoras. Relativamente hablando, en aquella indigencia mía esos billetes podían muy bien considerarse como una pequeña pero bien escogida biblioteca científica. Y si mi viaje durara unos cuantos meses más -lo que entonces parecía seguro- , podría lanzarme en una controversia imaginaria respecto a las píldoras y formular réplicas en pro y en contra, basadas sobre los datos que esos billetes me habían suministrado.

La cosa que saqué enseguida de mi bolsillo fue mi cortaplumas. Un cortaplumas, casi es innecesario decirlo, merecería por sí solo un voluminoso tomo de meditaciones morales. La cuchilla representa uno de los más primitivos de esos orígenes prácticos sobre los cuales, como sobre humildes y sólidos pilares, reposa la civilización humana. Los metales, el misterio de esa cosa que se llama hierro y  de esa cosa que se llama acero, me condujeron a una especie de sueño. Vi las oscuras y húmedas entrañas de los bosques en donde el hombre primitivo encontró entre todas las piedras comunes la piedra extraña. Vi vagamente la violenta batalla en que las hachas de piedra y los cuchillos de pedernal saltaban hechos pedazos al dar contra algo nuevo y brillante que blandía la mano de un hombre desesperado. Oí resonar todos los martillos y todos los yunques de la tierra. Vi todas las espadas de los tiempos feudales y todas las ruedas de la guerra industrial.

Porque la cuchilla no es otra cosa que una espada corta; y el cortaplumas es una espada secreta. Abrí el mío y me puse a contemplar esa lengua brillante y terrible que llamamos cuchilla, y pensé que acaso era el símbolo de la más antigua necesidad del hombre. Pero inmediatamente caí en la cuenta de que estaba en un error, porque al seguir en mi rebusca saqué del bolsillo una caja de fósforos. Vi entonces en ella el fuego, más fuerte aún que el acero, la llama, esa fiera y antiquísima entidad femenina que todos amamos, pero no nos atrevemos a tocar.

Encontré enseguida una barrita de tiza; en ese menudo fragmento vi con los ojos de la imaginación todo el arte y todos los frescos del mundo. Vino luego una moneda de muy poco valor; en ella contemplé no solamente la efigie e inscripción de nuestro César, sino también el gobierno y el orden desde el principio del mundo.

Pero ya no dispongo de espacio para continuar la lista de los artículos que siguieron saliendo de mi bolsillo, en espléndida procesión de símbolos poéticos. Quiero mencionar, sin embargo, una cosa que no pude encontrar en el bolsillo:
Mi billete del tren.


Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo XIX, N° 111,  Febrero de 1950, pp. 21-23, Selecciones del Reader’Digest S.A., La Habana, Cuba

lunes, 2 de octubre de 2023

Groucho, un chiflado inmortal

Fue un Voltaire del teatro de variedades y un mago de la locura de la lógica. Sus arranques de calculada demencia expresaban lo que el resto de nosotros no tenemos el talento, y mucho menos la audacia, de decir.

Por Leo Rosten

 

MI TELÉFONO sonó en Beverly Hills, California, hace muchos años.
‒Hola ‒contesté.
‒¿Tengo el honor de dirigirme a Marmaduke Montague, proctólogo mundialmente famoso?
‒No, señor; marcó un número equivocado.
‒Entonces, ¿por qué contestó usted? Durante años he estado marcando este número y hablando con el profesor Marmaduke Montague. ¿Qué ha hecho usted con su cadáver? Voy a llamar a la policía. Lo que voy a contarles no es asunto suyo. ¿Qué número marqué?
‒Crestview 8-29.
‒¡Ajá! ¡Así que lo admite! Si fuera usted hombre, vendría y me tumbaría los dientes.
‒Pero…
‒Si fuera la mitad de un hombre, me tumbaría la mitad de los dientes.
‒¿Quién…? ‒intenté preguntar.
‒Y si fuera mujer podríamos bailar la noche entera.

Transcurrieron muchos minutos antes de que pudiera bajar a Groucho Marx de las elevadas y delirantes alturas en que adoraba habitar. Después declaró el motivo de su llamada: “¿No tienes hoy compromiso para almorzar? ¡Bien! En el Restaurante Derby, a las 12:30. Llevaré una rosa aprisionada entre los dientes”.
En los diez años que estuve “perpetrando” películas en Hollywood, fui el blanco de muchos de estos desvariados telefonemas. No era fácil reconocerlos, pues los hacía a todas horas, con una artificiosa diversidad de voces ‒desde joviales falsetes hasta siniestros tonos de barítono‒ y acentos extranjeros excelentemente imitados.

Ante todo, las llamadas empezaban con un saludo muy convincente:
“Hola. Me llamo Iphigene Wimbledon. ¿Es usted Leo Rosten?”
O bien: “Aló. Aquí el señog Pierre du Jovert, directeur extraordinaire de la agencia de viajes Tours Eiffel…”
O: “Soy Floyd Hollister, de Sloat, Bankhead y Dooley, nombrado por el tribunal de testamentarías del distrito sur de California, albacea de los bienes de Elmo Rosten, el magnate petrolero de Waco, Texas”.
Tan pronto como caía yo en la trampa, el Maestro redoblaba el ataque. Iphigene Wimbledon me propuso poner en venta a mi hijo: “Un chico así así le produciría entre diez y doce mil dólares, según el mercado actual”. Pierre Jouvert me leyó una oda pornográfica a las catacumbas: “Puede usted adquirir la serie completa, encuadernada en piel de oruga, por sólo…” Y el tal Floyd Hollister trataba de localizar a parientes de Elmo Rosten, en especial a sor Teresa Ginsberg, porque en su testamento “legaba su colección de rollos de pergaminos jordanos con inscripciones a la Orden de los Caballeros de Malta Cervecera”.

Cierta vez se me acusó de albergar al cabecilla de una banda de tratantes de blancas; fui engatusado por la Liga para la Erradicación de la Supuración Axilar, y conminado a pavimentar mi jardín por sólo un dólar el metro cuadrado: “Esta oferta expira a medianoche; después costará un dólar el centímetro cuadrado”. Un dentista de Pomona me rogó que le permitiera ponerle a mi madre premolares de acero inoxidable totalmente gratis: “Es la única manera que tengo de darme a conocer en este asilo para enfermos dentales”.

En cuanto a nuestro almuerzo, que trascurrió en el Derby, casualmente no se registró en él arranque alguno de desvarío galopante. Marx habló en forma inteligente y con elocuencia del presidente Truman, del escritor Ernest Hemingway y del beisbolista Joe DiMaggio, a quienes admiraba mucho.

Fue el Voltaire del teatro de variedades, y el creador de la comedia del agravio esquizofrénico. Sus afrentas siguen siendo únicas, por desconcertantes. Un turista ebrio pasó el brazo sobre los hombros de Groucho y cacareó:
‒Groucho, grandísimo bribón, apuesto a que no te acuerdas de mí.
Marx clavó en el infeliz una mirada llena de odio, mientras le decía:
‒Caballero, nunca olvido un rostro, pero en su caso haré una excepción.

El desinhibido delirio de Groucho ‒ exacerbado por esa voz áspera, esa mancha negra que tenía por bigote, ese lascivo modo de andar a grandes zancadas, ese incesante menear de cejas, ese ojo estrábico, esa mirada de agrio desprecio‒ se conjugaba con un desplante matizado de amargura. Sus arranques de calculada demencia expresaban lo que el resto de nosotros no tenemos el talento, y mucho menos la audacia, de decir. Al salir de la proyección preliminar de una película estelarizada por Doris Day, en la que esa inocente y sana doncella típicamente norteamericana pasa hora y media resistiéndose a los requiebros de Cary Grant, alguien preguntó a Groucho:
‒¿Conoce usted a Doris Day?
A lo que Groucho contestó con mordacidad:
‒¡Diablos! La conocí antes de que fuera virgen.
Admirábamos su pasmoso cinismo, sino también su jocosa crítica de los trillados convencionalismos de la conversación o de la etiqueta. En cierta ocasión, cuando estaba por salir después de una cena en su casa, le dije:
‒Me gustaría despedirme de tu esposa.
Me miró fijamente y me espetó:
‒¿Y a quién no?

Groucho perfeccionó la lógica de la locura y se mofó de la locura de la lógica. Considérese la manera en que renunció a seguir formando parte de cierto club: “No deseo pertenecer a un club que acepta a miembros como yo”.
Una magnífica variante de la paralógica de Groucho ocurrió un día que paseaba en coche cerca del mar con un amigo. Avistó un club de playa con una hilera de hermosas cabañas.
‒Ese sería un buen club para mí y mi familia.
‒Mmm… olvídalo, Groucho. No admiten judíos.
A esto, Groucho, cuya esposa no era judía, respondió:
‒¿Crees que permitan a mi hijo meterse en el agua hasta las rodillas?

Groucho era delgado, apacible y más pequeño  de lo que parecía en la pantalla de cine o de televisión. Hablaba con voz suave y sonreía nostálgicamente. Nunca lo oí reírse a carcajadas, ni siquiera de los chistes o de comediantes que le gustaban. Su expresión natural tenía ribetes de tristeza, pero en público se ponía una máscara de búho sardónico. Ocultaba sus emociones y no hizo confidencias ni a sus esposas ni a sus hijos. En realidad, era melancólico y solía deprimirse, como les ocurre a muchos cómicos.

Era lector voraz y se sentía orgulloso de que el escritor James Joyce hubiese empleado la palabra groucho en la novela Finnegan’s Wake (La Velada de Finnegan). En lo más íntimo de su ser deseaba haber sido escritor. Adoraba las canciones de los británicos Gilbert y Sullivan, y durante horas solía cantarlas ‒acompañándose con la guitarra‒ con esa voz estridente y nasal que era en sí una parodia.

Le interesaban profundamente los temas políticos, y se sintió halagado cuando supo que una noche, durante la Segunda Guerra Mundial, el primer ministro inglés Winston Churchill recibió una llamada telefónica en su residencia oficial en la que se le iba a informar de un boletín del Ministerio de Guerra. Pero el gran estadista estalló: “¡No me interrumpan! ¡Estamos viendo una película de los Hermanos Marx!”

Por cierto, los Hermanos Marx fueron hermanos de verdad ‒al principio cinco‒, que escalaron rápidamente la cumbre de la fama en los espectáculos de variedades y en Broadway, durante la década de los años 20, con un estilo de comedia original, bullicioso y desenfadado.
En escena, los cuatro Hermanos Marx (Groucho, Chico, Harpo y Zeppo) hacían estragos en los guiones y les fascinaba interpolar de improviso frases desconcertantes. En una ocasión, Groucho se hallaba a la mitad de una escena amorosa chusca con una dama de aire arrogante y pecho formidable; tras bambalinas, Zeppo gritó de improviso:
‒¡Está aquí el hombre de la basura!
Aún de rodillas, Groucho respondió:
‒Dile que no queremos.

En otra parodia en la que Groucho representaba a Napoleón, los hermanos que estaban fuera del escenario interrumpieron la pieza haciendo que una trompeta tocara los primeros acordes de La Marsellesa, el himno de Francia. Zeppo gritó:
‒¡Majestad, nuestro himno nacional: La Mayonesa!
Groucho se dirigió al público: “El ejército debe de estar aderezándose”.

Tenía un popular programa de radio y televisión, en el que creó una especie de maestro de ceremonias nunca antes  (ni después) vista. Me hallaba detrás del escenario una noche en que uno de los concursantes resultó ser de una región rural. Llamémoslo Floyd.
‒¿Cómo conoció usted a su esposa?
‒Bueno, yo conduzco un camión…‒respondió Floyd.
‒¿La atropelló usted?
‒No. Ella estaba en el granero.
‒¿Chocó usted contra el granero?
‒¡No, no! Su familia había echado de menos algunos pollos.
‒¿Sentían nostalgia por los pollos?
‒No; habían advertido su ausencia, así que encendieron una luz en el patio del granero. Yo iba a recoger unos pavos y su padre gritó: “¡Los pavos están en el granero…!”
‒¿Se casó usted con un pavo?
‒¡No! Al acercarme al granero, un enorme zorrillo salió corriendo hacia el gallinero y una chica gritó: “¡Atrapen a ese zorrillo!” Así que salté sobre el animal y ella también cayó sobre él, y ambos olíamos tan mal que…
‒Es la historia más romántica que he escuchado.

Una vez ofreció escribir la solapa de uno de mis libros: “Desde el momento en que tomé el libro hasta que lo guardé, no pude dejar de reír. Espero leerlo algún día”.
Sin embargo, de todos sus juegos de palabras, el que más admiro es el siguiente: 

Querido Junior:
Discúlpame por no haberte contestado antes. He dejado de escribir tantas cartas últimamente, que me las vi negras para no contestar la tuya
.

El hombre sentía la necesidad de desinflar el decoro con la sátira. Durante la Segunda Guerra Mundial estuvo en un campo de adiestramiento del Ejército para divertir a los soldados. En el cuartel del general en jefe, el teléfono sonó y Groucho levantó el auricular.  Como jamás iba a decir “Hola”, “Cuartel General” o siquiera “Despacho del general H…”, mi héroe canturreó: “Segunda Guerra Mundiaaal”.

Ante todo, detestaba la simulación. No toleraba el ocultismo, pero se le engatusó una vez para que asistiera a una sesión espiritista. Estuvo sentado, en silencio y con actitud respetuosa, mientras el “operador” miraba la bola de cristal, invocaba a las almas del más allá y respondía las preguntas de sus invitados con voz misteriosa y monótona. Tras un prolongado rato de omnisciencia, el hechicero recitó:
‒Mi médium… se está cansando. Sólo hay tiempo para una pregunta más.
Groucho la hizo:
‒¿Cuál es la capital de Dakota del Norte?

En sus últimos años se vio coronado por una renovada popularidad, sólo oscurecida por las muertes de sus hermanos y amigos. Además, Groucho fue víctima de una serie de padecimientos que le afectaron tanto el habla como la memoria. Creo que su muerte, en 1977, a los 86 años, lo liberó de la angustia de la incapacidad.

Y siento ahora una infinita tristeza al comprender que mis oídos no sufrirán con esa voz estridente y nasal, cuando peroraba: “Soy Hiram Trotter, de las encuestas de opinión Gallup. ¿Está usted en favor de que la CIA envíe ilegalmente rompecabezas armados a Fidel Castro”.



Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo LXXXV, Número 507, Año 43, Febrero de 1983, págs. 11-15, Reader’s Digest Latinoamérica, S.A., Coral Gables, Florida, Estados Unidos

 

Nota: Como el 2 de octubre se recuerda otro año más del nacimiento de Groucho Marx (en 1890) quise compartir este artículo con los visitantes-lectores del blog.