martes, 13 de mayo de 2025

Colección Nova-Mex

Editorial Novaro, México

1955-1965

Algunas de las numeraciones pueden ser un tanto dudosas pero coinciden más o menos con el año de publicación de las obras.

Lo de los números 108 y 133 es que pertenecen a dos series dentro de la colección y son de esas curiosidades que suelen pasar en las colecciones pero así aparecen.


1. Sor Juana Inés de la Cruz. Poesías
2. Mariano Azuela. La Luciérnaga
3. Bart Carson. Pan para el muerto
4. Marco Page. Mala Gente
5. H.G. Wells. La Guerra de los Mundos
6. Edwin Charles Tubb. El Mundo en Peligro
7. Emily Brönte. Cumbres Borrascosas
8. Jack London. El Lobo de Mar
9. Edward S. Aarons. La Fugitiva
10. Dail Ambler. La Cortina de Cristal
11. Louisa M. Alcott. Hombrecitos
12. Mark Twain. Príncipe y Mendigo
13. Edward S. Aarons. Destino Trágico
14. A.S. Fleischman. El Mago de Macao
15. Abate Th. Moreux. Introducción a la Astronomía
16. Francisco Marín. ¿Quién es usted?
17. Bart Carson. Gangsters en Cuba
18. Arthur Upfield. La muerte de un lago
19. H.J. Campbell. Diferente Espacio, Diferente Tiempo
20. John Robb. Nosotros los condenados
21. Gregorio López y Fuentes. El Indio
22. Francisco Coloane. Cabo de Hornos
23. Marcel Brion. Atila
24. Marcela Vioux. Ana Bolena
25. John MacPartland. La Muñeca de Tokio
26. Bart Carson. La Dama lanzafuego
27. José Vasconcelos. Temas contemporáneos
28. Amado Nervo. La Amada Inmóvil
29. H.J. Campbell. El Planeta Rojo
30. H.K. Bulmer. El Mundo en llamas
31. W. Atkinson. La Ciencia de la Palabra
32. Bart Carson. Murió en Manhattan
33. Mark Twain. Las Aventuras de Tom Sawyer
34. H.J. Campbell. El Supercerebro
35. Mariano Granados. 500 cosas que usted debe saber
36. Richard Hull. Asesinato con interrogante
37. Anthony Hope. El Prisionero de Zenda
38. Edgar Wallace. Barajas prodigiosas
39. Maurice Leblanc. El rosario ensangrentado
40. Luis Toro. Oro del Inca
41. Bart Carson. Crimen en el Teatro
42. Louisa M. Alcott. Mujercitas
43. Richard Hull. Los Crímenes de Martineau
45. Edgar Wallace. El Invencible (El Invencible o El mago de la aventura)
46. Efrén Hernández. Sus mejores cuentos
47. Edgar Wallace. Henry El Guantes
48. Arthur Upfield. Un Autor muerde el polvo
49. Gaston Leroux. El sillón embrujado
50. Jack London. La Expedición del Pirata
51. T. Mayne Reid. Los cazadores de monstruos
52. Gilbert K. Chesterton. Cuatro Pillos
55. Arthur Conan Doyle. La Atlántida Sumergida
56. Alejandro Dumas hijo. La Dama de las Camelias
58. Bart Carson. La Gran Pelea
59. Gaston Leroux. La muñeca sangrienta
60. Antón Chéjov. El Misterio de las Almas
61. Arthur Conan Doyle. Estudio en Escarlata (Un Estudio en Escarlata)
64. H. Rider Haggard. Las Minas del Rey Salomón
67. Marie François Goron. El Caso Joizel
68. José Martí. La Edad de Oro
70. Rubén Darío. Azul
72. Anónimo. Las Mil y Una Noches
73. Arthur Upfield. Las Montañas tienen un secreto
74. Rubén Darío. Prosas Profanas y otros poemas
75. Matthew Head. Al Olor del Dinero
76. Ignacio Manuel Altamirano. Navidad en las Montañas y otros cuentos
78. Douglas Heyes. La Despedida
80. José Enrique Rodó. Hombres de América
81. Fray Luis de León. La Perfecta Casada
82. Juan Valera. Doña Luz
83. Pedro Antonio de Alarcón. El Sombrero de tres picos/El Capitán Veneno
84. Richard Jessup. Buque nocturno a París
85. Pepita Jiménez
86. Pierre Loti (Julien Viaud). Aziyadé
87. José Enrique Rodó. Ariel
89. Juan Valera. Juanita, la Larga
90. Luis Coloma. Boy
91. Pierre Loti. Jerusalén (Viaje a Jerusalén)
93. José Ingenieros. El Hombre Mediocre
94. Pierre Loti. Madame Crisantemo
95. José Hernández. Martín Fierro
96. Matthew Head. El caso Cabinda
97. Jorge Isaacs. María
98. Pierre Loti. El Desierto
99. José Zorrilla. Don Juan Tenorio
100. Santa Teresa de Jesús. Su Vida
101. Pierre Loti. Mi Hermano Ives
103. Pierre Loti. Galilea
104. Pedro Antonio de Alarcón. El Final de Norma
105. José María de Pereda. El Sabor de la Tierruca
106. Alwyn Lee Martin. Muerte de una desvergonzada
107. Pierre Loti. La Novela de un Spahi (Historia de un Spahi)
108. Maurice Leblanc. Las 8 Campanadas (Las 8 Campanas del Reloj o El Secreto del Reloj). En 1957
108. José María de Pereda. Don Gonzalo Gonzáles de la Gonzalera. En 1958
109. Juan Zorrilla de San Martín. Tabaré
110. Pedro Antonio de Alarcón. El Niño de la Bola
111. Pierre Loti. Fantasmas de Oriente (Fantasma de Oriente)
112. José María de Pereda. La Montálvez
113. Pedro Antonio de Alarcón. El Escándalo
114. Pierre Loti. El Japón
115. Jim Thompson. Ni más ni menos que un asesinato
116. Raúl Trejo. El despertar de la bestia
117. Pierre Loti. Peregrino en Angkor
118. Michael Innes. El Hombre de Mar
119. Pierre Loti. La tercera juventud de Madama Endrina
120. David Goodis. El Ladrón
122. Michael Innes. Appleby en vacaciones
123. Emilia Pardo Bazán. Los Pazos de Ulloa
124. Domingo Faustino Sarmiento. Facundo
125. Alwyn Lee Martin. Complot carmesí
127. Pierre Benoit. La Atlántida
128. Arthur Upfield. Hombre de dos Tribus
129. Jim Thompson. El hombre que no lo era
130. Gaston Leroux. Máquina de asesinatos (La Máquina de asesinar)
132. Mika Waltari. ¿Quién mató a la señora Skrof?
133. Benjamin Constant. Adolfo. En 1958
133. Gil Brewer. 77 Rue Paradis. En 1958
134. Émile Gaboriau. El Caso Lerouge
135. Agustí Bartra (comp.). Los mejores cuentos policíacos del idioma inglés
136. Émile Gaboriau. El Señor Lecoq
137. Émile Gaboriau. Por el Honor del Nombre
139. Agustí Bartra (comp.). Los Mejores Cuentos de Misterio
140. Francisco Tario. La noche del féretro y otros cuentos
142. Arthur Upfield. Los Solterones de Broken Hill
143. Félix Lope de Vega Carpio. Fuenteovejuna
144. Arthur Upfield. El profeta combatiente
145. Anónimo. Lazarillo de Tormes
146. Richard Hull. Primero el Último
147. José Martí. Amistad funesta
148. Enrique Labrador Ruiz. El gallo en el espejo
150. Alphonse Marie Louis de Lamartine. Rafael
152. Alfred de Musset. La confesión de un hijo del siglo
153. Fedor Dostoievski. Niétotchka Niezvanova
155. Josephine Bell. El Tiovivo de porcelana
156. Josephine Bell. Muerte en el Retiro
157. Alice Cherbonnel. Ilusiones masculinas
158. Agustí Bartra. Cristo de 200.000 brazos
159. Fernando de Rojas. La Celestina. Tragicomedia de Calixto y Melibea
160. Gerard de Nerval. Aurelia: El sueño y la vida
165. Owen Cameron. La trampa de fuego
166. J.J. Rousseau. Emilio o la Educación, tomo I
167. J.J. Rousseau. Emilio o la Educación, tomo II
168. Henry Kane. La muerte en venta
169. Anthony Gilbert. Miss Pinnegar desaparece
170. Albert Djemal. Rasgos biográficos de hombres célebres
171. Alphonse Daudet. Cartas desde mi Molino (Cartas de mi Molino)
172. F.A. de Chateaubriand. Atala o Los amores de dos salvajes en el desierto
173. Prosper Mérimée. Carmen
174. Henry David Thoreau. Walden o la vida en los bosques
175. Gustave Flaubert. Madame Bovary
176. Octave Feuillet. La novela de un joven pobre
177. Bernardin de Saint-Pierre. Pablo y Virginia
178. Paul Féval. Los Advenedizos
181. Benito Pérez Galdós. La Corte de Carlos IV
182. Gustave Flaubert. Un corazón ingenuo: la leyenda de San Julián el Hospitalario
188. Rodolfo Gonzáles Hurtado. El Dolor humano (la novela del estudiante de medicina)
189. Miguel de Cervantes Saavedra. El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, tomo I
190. Miguel de Cervantes Saavedra. El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, tomo II
191. Miguel de Cervantes Saavedra. El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, tomo III
192. Miguel de Cervantes Saavedra. El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, tomo IV
195. John F. Kennedy. Como piensa y actúa el presidente Kennedy
196. Eugene J. McCarthy. La Democracia en marcha
197. Chester Bowles. Amanecer Político
198. John C. Dreier (comp). La Alianza para el Progreso: problemas y perspectivas
200. Henry Brandon. Así Somos. 17 conversaciones…
201. Oscar y Mary Handlin. Las Dimensiones de la Libertad
202. Stephen Crane. La Roja Insignia del Valor y otros cuentos (El Rojo Emblema del Valor)
203. Harlan Cleveland (comp.) Los que pueden traer las tensiones mundiales
204. D.G. Kousoulas. La Clave del Progreso Económico
205. Thomas Jefferson. Autobiografía
206. James Fenimore Cooper. El Último de los Mohicanos
207. Clark Eichelberger. Las Naciones Unidas: sus primeros 15 años
208. Benjamin Franklin. Autobiografía
209. Nikita Krushev (autor)/N.H. Mager y Jacques Kattel (comp. y editores). La Conquista sin Guerra. Antología analítica de los discursos de Krushev
210. Albert Q. Maisel. Los que se quedaron: historia de los grupos étnicos de los Estados Unidos
211. William Brand. La lucha por una vida mejor
212. Christopher Tunnard y Henry Hope Reed. Silueta Urbana de Norteamérica
213. Frank Burt Freidel. Los Estados Unidos en el Siglo Veinte, 2 tomos
216. Conrad Richter. El Campo
218. Nathaniel Hawthorne. La letra escarlata
219. Dexter Perkins. Los Estados Unidos y Latinoamérica
220. Louis Henkin (editor). Control de armamentos
221. Comisión Warren. Resumen del Informe de la Comisión Warren sobre el asesinato del presidente de los Estados Unidos de América, John F. Kennedy
222. Wladimir S. Woytinsky. Viaje tormentoso. Historia de una vida, a través de dos revoluciones rusas, hacia la democracia y la libertad: 1905-1960, 2 tomos
223. Kenneth E. Beer. Los Estados Unidos en el microscopio
224. George Paloczi-Horvath. El escritor y el comisario: libro de antecedentes
225. Henry B. Kranz. Nueva semblanza de Abraham Lincoln
226. Mark Twain. La Vida en el Misisipí
227. David Ewen. Historia de la música popular norteamericana
228. Eleanor Roosevelt. Autobiografía
229. Nathaniel Benchley. Extraños en la isla
230. Mario Pomilio. El Nuevo Orden
232. Sarah Gainham. Las Rosas de Piedra
233. Mark Twain. Las Aventuras de Huckleberry Finn
234. Washington Irving. Prosa Selecta
237. Richard Thruelsen y John Kobler (comp.). Varios autores. Proezas del Pensamiento
238. Walt Whitman. Hojas de Hierba
239. Leon Howard. La Literatura y la Tradición Norteamericana
245. Ernest Borek. Los Átomos de nuestro cuerpo


Sin numeración conocida:
—Anónimo. Robin Hood
—Arthur Upfield. Bony compra una mujer
—Arthur Upfield. El asesinato debe esperar
—Agustí Bartra (comp.). Los mejores cuentos policíacos del idioma francés
—Omer Carmichael y Weldon James. El Caso de Louisville
—Matthew Head. Asesinato en el Pulga Club
—Alphonse Marie Louis de Lamartine. Graziella: novela de amor





domingo, 11 de mayo de 2025

5 recomendaciones que un libro de 400 años de antigüedad ofrece sobre la melancolía

 

Redacción
BBC News Mundo

 

En 1621, Robert Burton publicó "Anatomía de la Melancolía", el primer intento en el mundo occidental moderno por comprender y categorizar las causas, los síntomas y los tratamientos de esta experiencia humana universal.

Burton, quien era erudito y profesor de la Universidad de Oxford, Inglaterra, se inspiró en los escritos de otros y también en sus propias experiencias.

Pero ¿cuánto de esta obra fundamental de Burton se sostiene hoy en día con lo que sabemos de la depresión y los trastornos del estado de ánimo?

Para encontrar la respuesta, la escritora británica Amy Liptrop analiza a continuación 5 de las teorías de Burton.

 

1. Identificación de patrones

Para quien la padece, la depresión puede parecer inconexa, pero nuestros estados de ánimo a menudo siguen patrones bastante similares. Burton teorizó que la melancolía era una "enfermedad hereditaria" y buscó patrones de enfermedad mental en familias y entre generaciones.

Puede que no estuviera tan equivocado: hoy en día se ha descubierto que la depresión tiene un componente tanto genético como ambiental.

La doctora Frances Rice, que trabaja con familias para abordar los trastornos depresivos, explica: "Cuando un padre o madre padece depresión grave, me gustaría ver un servicio de salud donde tanto el niño como su familia puedan participar juntos y la familia también pueda recibir esa atención".

Los patrones genéticos no sólo son útiles para predecir enfermedades mentales; también podemos estudiar patrones en nuestro comportamiento.

El estudio de Robert Burton sobre la melancolía no se centra solo en los momentos más bajos, sino que también lleva al lector a las vertiginosas alturas de sus propias emociones.

Con los avances en nuestra comprensión de los trastornos del estado de ánimo, académicos contemporáneos han sugerido que los altibajos extremos de Burton podrían haber sido, de hecho, síntomas de trastorno bipolar.

Burton tenía una comprensión sorprendente de su propio estado de ánimo en constante cambio y de las circunstancias que lo afectaban.

Hoy en día, esta conciencia puede considerarse una herramienta vital para el manejo de una enfermedad mental.

Si podemos observar patrones en nuestros estados de ánimo y comportamientos, podemos empezar a gestionar los factores externos que contribuyen a ellos.

 

2. Los beneficios de un baño frío

En su libro, Burton recopiló una amplia gama de ideas y textos escritos por otros. El beneficio de bañarse al aire libre "en ríos frescos y agua fría" fue una de las teorías que incluyó, ya que se decía que era recomendable para cualquiera que deseara vivir una larga vida. Puede que tuviera razón.

400 años después, el doctor Mike Tipton, director de investigación del Laboratorio de Entornos Extremos de la Universidad de Portsmouth, Inglaterra, respalda esta idea.

La atribuye a algo llamado adaptación cruzada: "A medida que uno se acostumbra al estrés del agua fría y logra gestionarlo mejor a nivel fisiológico y celular, también reduce la respuesta inflamatoria a otros tipos de estrés que pueden provocar trastornos como la depresión".

 

3. Estar en contacto con la naturaleza

Para Burton, la naturaleza era clave para aliviar los síntomas de la melancolía. Ensalzaba las virtudes de hierbas y flores como la borraja y el eléboro para despejar la mente, purificar las venas de la melancolía y alegrar el corazón.

Según el profesor Simon Hiscock, director del Jardín Botánico de Oxford, plantas como la borraja se han utilizado para tratar la melancolía, la ansiedad y la depresión desde la época clásica.

No solo se creía que esta modesta hierba traía alegría, también se dice que se administraba a los soldados romanos con vino para infundir valor en la batalla.

Burton señaló que los efectos "regocijantes" de la naturaleza no se limitaban a las plantas comestibles.

También era un ferviente defensor de la jardinería, cavando y arando para revitalizar el cuerpo.

Para Monty Don, jardinero y locutor británico, esto sigue siendo cierto hoy en día. Don describe la "poderosa medicina" que surge al conectarse físicamente con las plantas, manipular la tierra y sentir el crecimiento del follaje que se ha plantado.

Monty Don ha experimentado los beneficios del ejercicio en sus propias experiencias con la depresión: "Suelo pensar que el mejor ejercicio es cuando se combina con algún tipo de función", afirma.

Pasear al perro, por ejemplo, proporciona ejercicio, propósito y una conexión con la naturaleza.

Las creencias de Burton sobre el poder de salir al aire libre ya han sido reconocidas formalmente e incluso se han incorporado en los tratamientos del Servicio Nacional de Salud de Reino Unido.

 

4. Un problema compartido

"La mejor manera de encontrar consuelo es compartir nuestra tristeza con un amigo, no reprimirla en nuestro propio pecho", escribió Burton hace 400 años.

La introspección y el aislamiento son comportamientos comunes entre quienes sufren depresión. Si bien esto rara vez mejora la situación, contrarrestar estos impulsos socializando puede parecer casi imposible.

La doctora Rice sugiere programar actividades placenteras como parte del plan de tratamiento.

Programar actividades proporciona un impulso para llevarlas a cabo, aumentando las posibilidades de que el paciente obtenga sus beneficios, incluso si esto es lo contrario de lo que siente que desea hacer.

Al acudir al médico de cabecera por bajo estado de ánimo, es probable que le receten antidepresivos, pero los médicos ahora también pueden recetar medicamentos sociales, como clases de arte o grupos de caminata.

 
"La mejor manera de encontrar consuelo es compartir nuestra tristeza con un amigo, no reprimirla en nuestro propio pecho", escribió Burton
 

Si la soledad, en lugar de una enfermedad mental grave, está causando anhedonia (la pérdida del gozo con las actividades que eran placenteras), una receta social podría ser mucho más útil que la medicación.

La comunidad es clave. Burton, por lo tanto, tenía razón cuando sugirió "recurre a amigos... cuyas bromas y alegrías pueden alegrarte".

 

5. Equilibrio entre vida laboral y personal

Bueno, "equilibrio entre vida laboral y personal" no es la terminología exacta que Burton habría usado.

El escritor optó por el término mucho más poético de "amor por aprender" en lugar de "estudiar excesivamente".

Su teoría era que pasar demasiado tiempo encorvado leyendo y escribiendo significaba no dedicar suficiente tiempo a otras prácticas que sabemos que son buenas para la salud mental, como el ejercicio, el sueño y la socialización.

Aquí es donde entra en juego el equilibrio: cuando nuestras mentes están inquietas y agitadas, estudiar nos proporciona una distracción bienvenida, un enfoque positivo y un sentido de propósito.

Sin embargo, estudiar demasiado nos hace sedentarios y solitarios, descuidando las demás actividades que nutren una mente sana.

Puede que Burton escribiera su obra hace 400 años, pero su colección de teorías sobre las causas, los síntomas y los tratamientos de la melancolía sigue siendo útil y relevante hoy en día.

Es claro que su comprensión de la fisiología está hoy completamente desactualizada, pero Burton, y aquellos a quienes estudió, tenían un entendimiento innato de cómo aliviar mejor nuestros síntomas melancólicos.

Si la autoconciencia, la natación, la naturaleza, la comunidad y la lectura funcionaron para ellos, ¿por qué no para nosotros?

 

Fuente: Anatomía de la Melancolía

sábado, 10 de mayo de 2025

5 inventores que murieron por sus propias creaciones

 

Así como Dédalo que perdió a su hijo Ícaro en la mitología griega, varios han sido víctimas de sus propios inventos.

 

BBC News Mundo
Redacción

 

No todos los inventores corren con la misma suerte.

Algunos se hacen famosos por sus creaciones y hay hasta quienes pasan a la historia como un nombre que todo el mundo asocia a su producto.

Desde el código Morse de Samuel Morse y la pasteurización de Louis Pasteur, hasta el jacuzzi de Candido Jacuzzi y el cubo de Rubik de Ernő Rubik, pasando por cosas más macabras como el fusil Kaláshnikov AK-47 de Mijail Kaláshnikov, más melodiosas como el saxofón de Adolphe Sax y más sabrosas como el sandwich del IV conde de Sandwich...

La lista es larga.

Pero también larga es la de innovadores cuyos nombres pocos recuerdan, aunque sus inventos se usen cotidianamente, como Robert Yates, a quien le debemos el abrelatas, Margaret Knight, que creó la bolsa de papel con fondo plano, o Garrett Augustus Morgan Sr., el afroamericano que inventó el semáforo.

 Y luego están aquellos cuya muerte estuvo estrechamente vinculada con sus propias creaciones.

He aquí 5 de ellos. 

 

Caídos del cielo

Lograr volar como los pájaros ha sido un antiguo sueño compartido.

E imaginado: en la mitología griega, Dédalo lo hizo para escapar de su propia creación, el laberinto de Creta, con unas alas de plumas y cera de fabricación propia que ajustó a su espalda y la de su hijo Ícaro.

Pero así como Ícaro, otros a lo largo de la historia cayeron de las alturas, aunque no precisamente por "volar demasiado cerca del Sol".

Incluso cuando ya había en qué volar y lo que se quería era más bien flotar para amortiguar las caídas del cielo, la fuerza de la gravedad siguió cobrando víctimas.

Una de ellas fue el acuarelista británico Robert Cocking, recordado no por sus obras de arte, sino por morir en el primer accidente de paracaídismo de la historia.

Estas dos litografías en color muestran el ascenso del globo y el fatal descenso en paracaídas de Robert Cocking (1776–1837).

En 1785, el célebre inventor francés Jean-Pierre Blanchard había realizado el primer salto en paracaídas moderno.

Medio siglo, y otros paracaídas, después, Cocking pensó que podía mejorar el diseño de esos artilugios, y pasó años desarrollando uno hasta que llegó la hora de mostrarlo.

El 24 de julio de 1834, despegó a bordo de su creación y se elevó hacia el cielo londinense colgado del famoso globo Royal Nassau.

Al llegar a la zona de aterrizaje en Greenwich, había ascendido unos 1.500 metros, y el Sol ya se estaba poniendo: tenía que soltarse del globo. Era ahora o nunca.

Lo hizo y por un momento todo parecía bien, aunque iba demasiado rápido. Pero de repente, la tela del paracaídas se volteó, empezó a romperse y luego se separó por completo de la cesta.

Cocking murió en el impacto. Había olvidado tener en cuenta el peso del paracaídas en sus cálculos.

Unos 80 años más tarde, un sastre francés corrió con la misma suerte.

Franz Reichelt mostrando el paracaídas que diseñó.

La caída de Franz Reichelt fue igual de espectacular, solo que en su caso la ilustraron no solo por dibujantes sino también fotógrafos y todo un equipo de filmación.

El sastre quería diseñar un traje para pilotos que se expandiera en un paracaídas en caso de que necesitaran eyectarse del avión.

Sus primeros diseños con alas plegables hechas de seda resultaron prometedores en pruebas con maniquíes lanzados desde su edifició en París.

Pero no eran fácilmente portátiles así que modificó el diseño y, cuando estuvo listo, buscó un lugar de lanzamiento más alto, para que los maniquíes ganarán suficiente velocidad y así su paracaídas se desplegara correctamente y frenara la caída.

El primer piso de la Torre Eiffel, que estaba a 57 metros del suelo, era ideal.

Obtuvo permiso para una prueba, y convocó a la prensa para el 4 de febrero de 1912.

Ese día hizo un anuncio sorpresa: no tiraría un maniquí, se lanzaría él mismo.

A pesar de que la policía le advirtió que no tenía permiso para un salto en vivo, y de que sus amigos intentaron disuadirlo, se subió a la torre y, con el traje parcialmente desplegado, saltó.

El paracaídas nunca se abrió por completo y Reichelt murió frente a una multitud de espectadores.

 

Contra viento y marea

Una silla de aspecto cómodo que, cuando alguien se sentaba en ella, cerraba sus brazos alrededor del ocupante. Un carrito de té con golosinas que flotaba mágicamente desde el techo...

Dos de las muchas atracciones que sorprendían a los visitantes en la residencia de Henry y Jane Winstanley, conocida como la Casa de las Maravillas de Essex, Inglaterra.

Eran obra del pintor y grabador Winstanley, a quien le fascinaban los artilugios mecánicos e hidráulicos.

En la década de 1690, abrió un teatro acuático matemático en Londres, repleto de atracciones extravagantes e ingeniosas de confección propia.

Su popularidad le permitió invertir en barcos.

 
La primera versión del faro de Winstanley, que era, como la segunda, colorido y adornado.
 
Cuando dos de ellos naufragaron en las rocas de Eddystone frente a la costa sudoeste de Inglaterra, Henry Winstanley se enteró de que esa zona era famosa por causar naufragios y costarle la vida a muchos marineros durante siglos.

Tenía que hacer algo.

Diseñó planes para construir un faro en las rocas y los llevó al Almirantazgo, pero le costó convencer a las autoridades: nunca se había construído un faro en alta mar y menos sobre unas rocas que el agua cubría en marea alta.

Las obras comenzaron en 1696, pero Winstanley fue secuestrado por piratas franceses. Volvió a su labor apenas lo liberaron, y en 1698 prendió las 60 velas de la torre de 27 metros.

Cuando observó que crujía con vientos fuertes y no se veía si las olas eran muy grandes, rediseñó la estructura, reforzó las paredes y aumentó su altura a 40 metros.

Satisfecho con la seguridad de su invento, el primer faro en alta mar de la historia, Winstanley declaró que pasaría feliz una noche allí durante la "mayor tormenta que jamás haya habido".

Dicho y hecho.

Más alto y fuerte, para advertirle a los barcos del peligro. 

En 1703 se desató la tormenta más feroz jamás registrada en las Islas Británicas, con vientos que alcanzaron los 190 kilómetros por hora, matando tanto en el mar como en tierra a unas 15.000 personas.

Winstanley esperó con impaciencia la oportunidad de ir a ver si su faro había superado tal prueba, y el 27 de noviembre los vientos amainaron lo suficiente como para hacerlo.

Encantado de encontrarlo en pie, les dijo a sus acompañantes que pasaría la noche ahí y que volverían a buscarlo por la mañana. Nunca más lo vieron.

Esa noche, los vientos soplaron aún más fuerte, llevándose todo rastro del faro y su creador, como relata The ministry of history.

Pero su obra no había sido en vano.

Durante los 5 años que funcionó, no se registraron naufragios en la zona, una hazaña fenomenal en un lugar tan peligroso.

Es por eso que hasta el día de hoy hay un faro en las rocas de Eddystone.

 

Rayos y centellas

En la década de 1740, los fenómenos eléctricos despertaron el interés de muchos los científicos, especialmente tras la invención accidental de la botella de Leyden en 1745.

El físico ruso de origen alemán del Báltico Georg Wilhelm Richmann, quien realizó trabajos pioneros sobre electricidad, fue uno de esos entusiastas.

Cuando en 1752, Benjamin Franklin afirmó que el rayo era un fenómeno eléctrico, y que un experimento podría demostrarlo, Richmann quiso hacerlo, para poder medir la fuerza de la electricidad atmosférica con un electrómetro que había inventado.

Instaló una varilla de hierro en su casa conectada a un cable en el techo, con su electrómetro montado en la varilla, explica un artículo de Linda Hall Library

Ilustración de De Les Merveilles de la Science, publicado en 1870, de la muerte de Richmann.

El 6 de agosto de 1753, se desató una tormenta y Richmann se apresuró a regresar a casa desde la Academia Rusa de Ciencias, llevándose consigo al grabador de la Academia, quien fue testigo de lo que ocurrió.

Richmann tenía la vista puesta en su electrómetro cuando el grabador vio una pequeña bola de relámpago saltar de la barra a la frente de Richmann, enviándolo al suelo.

Luego, hubo una explosión y las llamas se empezaron a esparcir.

Richmann fue la primera víctima fatal de una investigación eléctrica.

"No todo electricista puede morir de manera tan gloriosa como el justamente envidiado Richmann", escribiría en 1767 el científico británico Joseph Priestley.

 

A patadas

El siglo XIX vio el principio de una era de enormes imperios editoriales, y para suplir la demanda hubo que superar las limitaciones de las rotativas eléctricas existentes.

Y, en la década de 1860, el estadounidense William Bullock ayudó a revolucionar la industria de la impresión. Inventó la imprenta rotativa de bobina, que resolvió varios de los problemas técnicos más importantes.

Su prensa permitió que grandes rollos de papel continuos fueran alimentados automáticamente a través de rodillos, eliminando así el laborioso sistema de alimentación manual de las prensas que habían anteriormente.

Además la prensa se ajustaba automáticamente, imprimía por ambos lados, doblaba el papel y las hojas eran cortadas, precisa y velozmente.

Pero en abril de 1867, cuando estaba haciendo ajustes a una de sus nuevas prensas que se estaban instalando para el periódico Philadelphia Public Ledger, una correa de transmisión se salió de la polea.

En vez de apagar la rotativa, William Bullock hizo honor a esa consagrada tradición de pegarle una patada a una máquina para que funcione.

Su pierna se enredó en el mecanismo y, aunque lograron atenderlo, desarrolló gangrena y murió durante una operación para amputarle la pierna.

En 1964 fue honrado con una placa que dice: "Su invención de la prensa rotativa (1863) hizo posible el periódico moderno".

 

 Fuente: 5 Inventores

 

 

jueves, 8 de mayo de 2025

Colección Joyas de Bolsillo

Editorial Novaro, México

1965-1971

Del resto de la colección no hay más información disponible.

Las obras de terror y fantasía dentro de la colección se pueden consultar aquí.   

 

240. Edgar Rice Burroughs. Tarzán triunfante
241. Edgar Rice Burroughs. Tarzán y la Ciudad de Oro
242. Edgar Rice Burroughs. Tarzán y La Legión Extranjera
246. Shane Douglas. Cirujano de Guardia
247. Edgar Rice Burroughs. Tarzán el Invencible
248. Alvin Moscow. Vuelo 823, ¡conteste!
249. Richard Stark (Donald Westlake). El hombre que cambió de cara
250. Donald Westlake. Las estatuas dolientes
251. The Christophers, Inc. El dirigente moderno: la manera más eficaz de comunicar tus ideas, en 7 lecciones
252. Richard Stark. El Golpe
253. Ovid Demaris. La Mafia
254. Jason Ridgway. La tumba de hielo
255. Richard Stark. El Equipo
256. Larry M. Harris. El Caso de los Perritos lanudos
257. Jonathan Craig. El Caso del Extraño silencioso
259. Steve Frazee. Cabalga Solo…
260. John Olden Sherry. El Caso Loring
261. Jonas Ward. Muerte en la pradera
262. Jason Ridgway. La caída de Adán
263. Stephen Marlowe. El Peligro es mi Paga
264. Alain Caillou (Alan Lyle-Smyhthe). Misión en Marsella
265. Harry Kemelman. Un Rabino en apuros
266. Stuart Palmer. Seis endiablados crímenes
267. Craig Rrice y Ed McBain. ¿Qué pasó con April Robin? o Dos Fotógrafos enfocan el crimen
268. Jessica Mitford. El lujo de morir
270. Richard Stark. Caza Mayor
271. Jack Webb. La trampa mortal
272. Jason Ridgway. Un mundo de muertos
273. Herman Melville. Moby Dick: la ballena blanca
274. Milton Lesser. Misión violenta
275. Charles Runyon. La más hermosa de mis víctimas
276. Henry Kane. Muerte gratuita
278. William Ard. La ciudad infernal
279. Steve Brackeen. Rencor fatal
280. Alexander Conroy. Clayburn
281. Alexander Conroy. El hombre de negro
282. Alexander Conroy. Caravana al infierno
283. Vin Packer. Algo en las sombras
284. Charles Samuels. Muerte en el lago
285. Kurt Singer. Mata-Hari
287. Wayne D. Overholser. Un hombre temible
288. Fielding Hope. Guerra de Espías
289. Ben B. Smith. Oro Maldito
290. Murray Leinster. Plataforma Espacial
292. Roy Olin Stratton. El Misterio del profesor Mason
293. Clifford D. Simak. ¡Mundos sin fin!
294. Clifton Adams. Lista de muerte
295. Allan K. Echols. El Caballo salvaje
296. James Blish. Gigantes en la Tierra/Robert Silverberg. Nosotros los merodeadores
299. Fred East. Emboscada siniestra
301. Nelson C Nye. El Desierto de los Condenados
303. Jack Webb. Sexo Mortal
304. Garland Roark. La rebelión de los Apaches
305. Charles Runyon. ¡Lo dieron por muerto!
306. Fred East. El extraño pistolero
308. Donald Westlake. ¡Golpe por Golpe!
309. Jack Williamson. Los Humanoides
310. Frank Chester Robertson. Duelo en Blue Canyon
312. Dan Lynch. Cuatro veces perdedor
313. Eando Binder. Anton York, Inmortal
314. Evelyn Bond. Mansión de las Voces Distantes
315. Jack Bertin. Monstruos del más allá
316. Murray Leinster. Destino: ¡La Luna!
317. Fred East. Casta de bandidos
318. Frederik Pohl y Jack Wiliamson. Marinia
319. C.H. Wallace. Pasión en la selva
320. Allan Vaughan Elston. Marcus Lindsay resucita
321. Howard Browne. El sabor de las cenizas
322. Cornell Woolrich. El Telón Negro
323. Antón Chéjov. Excelentes Personas… 14 extraordinarios relatos de Chéjov
325. Frank Gruber. El Justiciero
327. Doris Knight. Enfermera nocturna
328. Jonah Ruddy y Jonathan Hill. Bogey. El Hombre, el Actor, la leyenda (biografía de Humphrey Bogart)
329. Dennis Wheatley. La Baronesa Negra
330. William K. Everson. Hollywood, fábrica de sueños
331. Henry Kane. Muerte por partida doble
332. Edward Elmer Smith. ¡Galaxia en peligro!
333. Frank Belknap Long, Jr. El Día del Robot
335. Clifton Adams. La Leyenda de Lonnie Hall. En 1967
335. Stan Smith. Guerrilleros. En 1969
337. Gustave Flaubert. La Educación Sentimental
338. Craig Rice. Un cadáver afortunado
340. Jack London. El Hombre Cara de Luna
341. Guy de Belleval. Un Hombre fácil
342. Margaret Millar. Boda Macabra
343. Richard Deming. Muerte de un traficante
344. W.F. Miksch. La Familia Addams
345. Edgar Rice Burroughs. Una Princesa de Marte
346. Edgar Rice Burroughs. ¡Los Dioses de Marte!
347. Edgar Rice Burroughs. Piratas de Venus
348. Edgar Rice Burroughs. Perdidos en Venus
349. The Christophers, Inc. El dirigente moderno: la manera más eficaz de comunicar tus ideas, en 7 lecciones (251)
350. Arvel W. Ahlers. La fotografía al alcance de todos
351. Frederik Pohl y Jack Wiliamson. ¡Ciudad Submarina!
352. Cornell Woolrich. Miedo negro
354. Edward Elmer Smith. El Espía Interplanetario
357. Edward Elmer Smith.
¡Triplanetario!
358. Roger Sarac. Los Retrógrados
359. Frederik Pohl y Jack Wiliamson. Aventuras bajo el Mar
361. Stephen Ransome (Frederic Clyde Davis). El Secreto Mortal
362. Edward Elmer Smith. Patrulla Galáctica
363. Marston Johns. La muerte espacial
365. Hank Searls. ¡Terror en la Luna!
366. Edward Elmer Smith. El Planeta Secreto
367. Lee Floren. La Carta delatora
368. Lee Floren. Ambición fatal
369. Phil Hirsch (compilador). La Casa de la Muerte. 13 relatos verídicos
371. Edward Elmer Smith. Un Mundo destruido
374. Edwin Booth. El Sheriff fugitivo
376. Lincoln P. Bloomfield. Desafío Espacial
377. James Fenimore Cooper. El Espía
378. Herman Melville. Benito Cereno/Las Encantadas/Bartleby, el escribiente/Billy Budd
379. Rafael Escandón. Curiosidades Matemáticas
387. Phil Hirsch. La Mafia


Sin numeración conocida:
—Tom West. Jornada de tortura
—D.B. Olsen. La muerte camina con pies de gato






martes, 6 de mayo de 2025

Colección Nova Dell

Editorial Novaro, México

Publicación por acuerdo especial con Dell Publishing Co. de Nueva York.

1966–1972

Las obras de terror y fantasía dentro de la colección se pueden consultar aquí.


2. Brett Halliday. Crimen Post-Mortem
5. Alex Conroy. Venganza en el desierto
7. Robert Wormser. Operación Crossbow
8. Al Hine. Los Beatles en Help!
10. C.S. Boyles. Ese hombre Kelly
11. George Summer Albee. Un verano en la playa
12. Sheldon Lane. Del Archivo Secreto de James Bond. En 1966 (115)
13. Charles Henry Mergendahl. Llame después de las seis
14. Brett Halliday. Las mejores historias policíacas del año
15. Booker T. Washington. Memorias de un Esclavo Negro (De la esclavitud a la libertad. Autobiografía de un negro)
16. Albert Conroy. Mr. Lucky
17. Louis Brennan. El cuchillo largo
18. Bret Halliday. El mundo violento de Mike Shayne
21. Richard Bach. Ajeno a la tierra
23. Ernest Haycox. Oeste
25. Robert Louis Stevenson. La Flecha Negra
27. Frank Kane. La muerte se tiñe de rojo
28. Jean Harlow. ¿Noche o Día?
30. Anónimo. Hiroshima: veinte años después
31. Celia Fremlin. Horas antes del alba
32. Helen MacInnes. Diamantes y Pasiones
34. C.S. Boyles. Pueblo sin Ley
36. James Keene. 7 Vengadores
37. Elizabeth Seifert. La extraña Doctora
38. Vernon Hinchley. Espionaje al desnudo
39. Kelley Roos. Réquiem para una rubia
42. Ernest Haycox. La última violencia
43. Bliss Lomax. Pistolero sin escrúpulos
44. Robert Kyle. La ciudad perversa
45. Ira Jan Wallach. La Playa del Músculo
46. Pierre Galante. El muro del odio
47. Phyllis McGinley. La casada ʺperfectaˮ
48. Rex Stout. Los Crímenes del Gato Montés (o Gato Montés)
49. Hank Searls. La gran X
50. Mayor A.W. Sansom.  Yo, espía de espías
51. Mary Roberts Rinehart. Episodio del cuchillo errante
53. Saki (Hector Hugh Munro). Los increíbles cuentos de Saki
54. Kay Martin. Por el mal camino
55. Richard Jessup. El rey de los jugadores
56. G.G. Fickling. Una pistola para Honey
58. Alan Moorehead. Los Traidores
60. Erle Stanley Gardner. Los amantes no renuncian
61. Brett Halliday. La rubia gritó ¡asesino!
62. Bret Harte. ¡Maravilloso Oeste! 17 historias fabulosas de Bret Harte
63. Chandler Brossard. Esposas y amantes: cuentos seleccionados
64. Malcolm Muggeridge. Deseo y muerte
65. G.G. Flicking. Honey de carne y hueso
66. John Leonard. El coctel desnudo
67. Erle Stanley Gardner. Los solteros se sienten solos
69. Bret Halliday. El asesino amnésico
70. Ann Pinchot. En la calle 52
71. Mary Roberts Rinehart. Crímenes a bordo
72. Leonard Holton. El secreto del padre escéptico
73. Philip José Farmer. Noche de Luz
74. Vernon Hinchley. Los espías desenmascarados
75. Brett Halliday. El crimen de las esmeraldas
77. Ellery Queen. Crímenes al por mayor (o Las dos caras de la moneda)
78. H. Rider Haggard. Ella
80. Marvin H. Albert. ¡Qué fin de semana!
81. G.G. Fickling. Comedia sangrienta
82. Mary Roberts Rinehart. Secretos de perversidad
83. Harry Sinclair Drago. Sin amigos
84. Michael Whitney Straigt. Caravana sangrienta
85. Mary Wollstonecraft Shelley. Frankenstein
87. Mary Roberts Rinehart. Escalera al Crimen (o La escalera de caracol)
88. Faith Cuthrell. Amor y vergüenza
90. Richard Edward Wormser. La cortina rasgada
91. Michael Whitney Straight. Sólo unos cuantos
92. Mary Roberts Rinehart. El Caso de Jennie Brice
93. Walt Grove. Rescate en el Ártico
94. Erle Stanley Gardner. Los tramposos no pueden cambiar sus fichas
95. Brett Halliday. Esposa de contrabando
96. Brett Halliday. Asesinato y la extraña casada
98. Mary Roberts Rinehart. ¡A punto de…!
99. Charles Hall Thompson. Insignia fatídica
101. Robert W. Krepps. La Diligencia
102. Erle Stanley Gardner. Quien no arriesga, no gana
103. Brett Halliday. Cita con un hombre muerto
104. Brian Moore. La Fiesta de Lupercal
105. Philip MacDonald. La coartada de X
106. Hal George Evarts. Tres contra el infierno
109. Erle Stanley Gardner (A.A. Fair). Carnada seductora
110. Brett Halliday. Diario de un hombre muerto/Homicidio infernal
111. Robert Louis Stevenson. El extraño caso del Doctor Jeckyll y Mr. Hyde
112. Mary Roberts Rinehart. Trampolín a la muerte
113. Edgar Panborn. El planeta Lucifer
115. Sheldon Lane (comp.). Varios autores. Del Archivo Secreto de James Bond. En 1967 (12)
116. Erle Stanley Gardner. A quien le toque…
117. Brett Halliday. Maté a mi madre
120. Elizabeth MacKintosh (seudónimo Josephine Tey). Asesinato en el teatro
121. Don M. Mankiewicz. El Juicio
122. James Gould Cozzens. Juegos de Niños
123. Erle Stanley Gardner. Oro y muerte
124. Brett Halliday. Cara… ¡o Cruz!
125. Elizabeth MacKintosh. Una musa para el crimen
126. Irwin Shaw. Amor en una calle oscura
127. Norman Spinrad. El planeta Sangre
128. James Gould Cozzens. Ojos para ver (6 cuentos de amor y odio y una fascinante novela corta)
129. Jorge García Granados. Así nació Israel
130. Erle Stanley Gardner. ¿Culpable? o…
131. Brett Haliday. Tendencia homicida
133. Hendrik M. Ruitenbeek. El mito masculino
135. Berkely Mather. El Oro de Malabar
136. Aubrey Menen. La conspiración de las mujeres
137. Brett Halliday. Asesinato y suicidio
138. Erle Stanley Gardner. Una rubia en el motel
139. Josephine Tey (Elizabeth MacKintosh). Kif. Una historia ʺcasi realˮ
140. Robert Serling. Historias de la Zona Crepuscular
141. Robert Serling. Más Historias de la Zona Crepuscular
142. Julius Lester. Yo… o ¡Esclavo!
143. Renatus Hartogs y Eric Artzt. Violencia: causas y soluciones
144. Brett Halliday. ¡Asesinato en Miami! 10 casos espectaculares de… por 10 maestros del misterio policiaco

145. Brett Halliday. Cadáveres a su disposición

146. Adeline McElfresh. Aventura en Yucatán
147. Andrew Garve. Un extraño agujero
151. Brett Halliday. No hay vacaciones para el crimen
153. Robert Moore Williams. Los ladrones de cerebros
158. Brett Halliday. ¡No mate al cliente!
160. Pel Torro. El último astronauta
161. Jean Pierre Callot. El cocodrilo en la escalera
165.Brett Halliday. Las chicas decentes van al infierno
168. Alden H. Norton (rec.). Varios autores.  Futuros ilimitados
171. John Brunner. Los Vengadores de Carrig
172. Brett Halliday. Juego mortal
177. Varios autores. 7 viajes a través del Tiempo y el Espacio
178. Rachel Maddux. Primavera en otoño
179. Brett Halliday. Una pelirroja ¿asesina?
180. Jeff Sutton. Señales desde las Estrellas


Sin numeración conocida o dudosa:
—Francisco María Cañas. Los asesinatos políticos. Desde Lincoln a Kennedy
—Peter George. El último robo
—Harold Daniels. El secuestro
-Nelson C. Nye. Gringo




lunes, 5 de mayo de 2025

Un Día como Hoy en un Libro

1789

Etapas de la Revolución Francesa

Los Estados Generales (5 de mayo al 16 de junio de 1789)
Estaba compuesto por los representantes de los tres estamentos: la Nobleza, el Clero y el Tercer Estado (este último compuesto a su vez por la burguesía y el campesinado).
El debate acerca de la forma de votación de las leyes (por estamentos o por individuos) consumió casi todo el tiempo. (…)

 

1821

La Época de Napoleón
El golpe de 18 de Brumario señaló el comienzo de la época de Napoleón, que había  de durar unos quince años(1800-1815), en la que  puede distinguirse  tres períodos: El Consulado (1800-1804), El Imperio (1804-1814) y los Cien Días (1815).

Napoleón Bonaparte Ramolino
Córcega, 15 - VIII-1769 – Santa Elena, 5 – V – 1821

Compendio de Historia Universal, Editorial San Marcos, Lima, 2015


 

1887

A continuación de su dinero vino Edmond en persona. El barón y la baronesa empezaron a visitar Palestina, probablemente como los más lujosos peregrinos que se hayan visto jamás. La pareja gustaba de viajar en su propio yate, levando anclas en Marsella y recalando en Jaffa.
Fue el 5 de mayo de 1887, cuando el «Nadev Hayeduha» pisó por primera vez el suelo de Sión
Ese día marcó, según frase de un observador, «el histórico encuentro  entre un  príncipe y su pueblo».
Acompañado de una gran comitiva, oró ante el Muro de las Lamentaciones y —siendo después de todo, un Rothschild— intentó comprárselo a los árabes.
No se limitó a eso; quería convertir todo el vecindario en un gigantesco santuario   judío. Para anular las objeciones de los musulmanes, hizo la siguiente propuesta. compraría otro terreno equivalente y allí alojaría en casas mucho más cómodas a todos los musulmanes que debieran ser evacuados de las cercanías del Muro.
Edmond aprestó tres cuartos de millón de francos. El Pachá de Jerusalén  había concedido ya su aprobación. Y, sin embargo, todo el plan se vino al suelo por la oposición del Gran Rabino de Jerusalén.

Los Rothschild, de Frederic Morton (traducción de Julio Mateu)



1905 

El Français no está en estado de atravesar el Atlántico. El gobierno argentino lo compra para transformarlo en un navío abastecedor de los observatorios meteorológicos del Antártico. Se llamará el Austral.
El 5 de mayo, Charcot y sus compañeros se embarcan en el paquebote Algerie para alcanzar Francia. En Tánger encuentran al crucero Amiral Lionis, que el gobierno francés ha enviado a su encuentro.
En Toulon, en París, recepciones esperan a Charcot que se ha convertido en un héroe nacional.

Grandes Aventuras de los Tiempos Modernos. Del Polo a la Luna. Tomo 1. Amundsen/Scott/Charcot, de varios autores, Círculo de Amigos de la Historia



1936
Mayo 5. Italia se anexiona Etiopía.

Informatodo 1972

1941
Mayo 5.  Toma de Addis Abeba por las fuerzas inglesas.

1942
Mayo 5. Fuerzas británicas invaden Madagascar.

Informatodo 1973

1955
Alemania Occidental. La República Federal asume la plena soberanía (mayo 5).

Almanaque Mundial 1971

1961

Primer vuelo espacial tripulado de Estados Unidos
Alan Shepard efectúa un recorrido suborbital.
Nave: Freedom 7
Peso. 1.814 kg
Lanzamiento: 5 de mayo de 1961
Cohete Impulsor: Redstone
Máxima altitud: 186 km

Almanaque Mundial 1983


1972
Mayo 5. El total de muertos en Vietnam, desde enero de 1961, pasa del millón.

Almanaque Mundial 1973


De Color Modesto

Por Julio Ramón Ribeyro

 

LO PRIMERO QUE HIZO ALFREDO al entrar a la fiesta fue ir directamente al bar. Allí se sirvió dos vasos de ron y luego, apoyándose en el marco de una puerta, se puso a observar el baile. Casi todo el mundo estaba emparejado, a excepción de tres o cuatro tipos que, como él, rondaban por el bar o fumaban en la terraza un cigarrillo.
Al poco tiempo comenzó a aburrirse y se preguntó para qué había venido allí. Él detestaba las fiestas, en parte porque bailaba muy mal y en parte porque no sabía qué hablar con las muchachas. Por lo general, los malos bailarines retenían a su pareja con una charla ingeniosa que disimulaba los pisotones e, inversamente, los borricos que no sabían hablar aprendían a bailar tan bien que las muchachas se disputaban por estar en sus brazos. Pero Alfredo, sin las cualidades de los unos ni de los otros, pero con todos sus defectos, era un ser condenado a fracasar infaliblemente en este tipo de reuniones.
Mientras se servía el tercer vaso de ron, se observó en el espejo del bar. Sus ojos estaban un poco empañados y algo en la expresión blanda de su cara indicaba que el licor producía sus efectos. Para despabilarse, se acercó al tocadiscos donde un grupo de muchachas elegía alegremente las piezas que luego tocarían.
—Pongan un bolero —sugirió.
Las muchachas lo miraron con sorpresa. Sin duda se trataba de un rostro poco familiar. Las fiestas de Miraflores, a pesar de realizarse semanalmente en casas diferentes, congregaban a la misma pandilla de jovenzuelos en busca de enamorada. De esos bailes sabatinos en residencias burguesas salían casi todos los noviazgos y matrimonios del balneario.
—Nos gusta más el mambo —respondió la más osada de las muchachas—. El bolero está bien para los viejos.
Alfredo no insistió pero mientras regresaba al bar se preguntó si esa alusión a los viejos tendría algo que ver con su persona. Volvió a observarse en el espejo. Su cutis estaba terso aún pero era en los ojos donde una precoz madurez, pago de voraces lecturas, parecía haberse aposentado. «Ojos de viejo», pensó Alfredo desalentado, y se sirvió un cuarto vaso de ron.
Mientras tanto, la animación crecía a su alrededor. La fiesta, fría al comienzo, iba tomando punto. Las parejas se soltaban para contorsionarse. Era la influencia de la música afrocubana, suprimiendo la censura de los pacatos e hipócritas habitantes de Lima. Alfredo caminó hasta la terraza y miró hacia la calle. En la calzada se veían ávidos ojos, cabezas estiradas, manos aferradas a la verja. Era gente del pueblo, al margen de la alegría.
Una voz sonó a sus espaldas:
—¡Alfredo!
Al voltear la cabeza se encontró con un hombrecillo de corbata plateada, que lo miraba con incredulidad.
—Pero ¿qué haces aquí, hombre? Un artista como tú…
—He venido acompañando a mi hermana.
—No es justo que estés solo. Ven, te voy a presentar unas amigas.
Alfredo se dejó remolcar por su amigo entre los bailarines, hasta una segunda sala, donde se veían algunas muchachas sentadas en un sofá. Una afinidad notoria las había reunido allí: eran feas.
—Aquí les presento a un amigo —dijo, y sin añadir nada más, lo abandonó.
Las muchachas lo miraron un momento y luego siguieron conversando. Alfredo se sintió incómodo. No supo si permanecer allí o retirarse. Optó heroicamente por lo primero pero tieso, sin abrir la boca, como si fuera un ujier encargado de vigilarlas. Ellas elevaban de cuando en cuando la vista y le echaban una rápida mirada, un poco asustadas. Alfredo encontró la idea salvadora. Sacó su paquete de cigarrillos y lo ofreció al grupo.
—¿Fuman?
La respuesta fue seca:
—No, gracias.
Por su parte, encendió uno y al echar la primera bocanada de humo, se sintió más seguro. Se dio cuenta que tendría que iniciar una batalla.
—¿Ustedes van al cine?
—No.
Aún aventuró una tercera pregunta:
—¿Por qué no abrirán esa ventana? Hace mucho calor.
Esta vez fue peor: ni siquiera obtuvo respuesta. A partir de ese momento ya no despegó los labios. Las muchachas, intimidadas por esa presencia silenciosa, se levantaron y pasaron a la otra sala. Alfredo quedó solo en la inmensa habitación, sintiendo que el sudor empapaba su camisa.
El hombrecillo de la corbata plateada reapareció.
—¿Cómo?, ¿sigues parado allí? ¡No me dirás que no has bailado!
—Una pieza —mintió Alfredo.
—Seguramente que todavía no has saludado a mi hermana. Vamos, está aquí con su enamorado.
Ambos pasaron a la sala vecina. La dueña del santo bailaba un vals criollo con un cadete de la Escuela Militar.
—Elsa, aquí Alfredo quiere saludarte.
—¡Ahora que termine la pieza! —respondió Elsa sin interrumpir sus rápidas volteretas. Alfredo quedó cerca, esperando, meditando uno de los habituales saludos de cumpleaños. Pero Elsa empalmó ese baile con el siguiente y enseguida, del brazo del cadete, se encaminó alegremente hacia el comedor, donde se veía una larga mesa repleta de bocaditos.
Alfredo, olvidado, se acercó una vez más al bar. «Tengo que bailar», se dijo. Era ya una cuestión de orden moral. Mientras bebía el quinto trago, buscó en vano a su hermana entre los concurrentes. Su mirada se cruzó con la de dos hombres maduros que observaban lujuriosamente a las niñas y de inmediato se vio asaltado por un torbellino de pensamientos lúcidos y lacerantes. ¿Qué podía hacer él, hombre de veinticinco años, en una fiesta de adolescentes? Ya había pasado la edad de cobijarse «a la sombra de las muchachas en flor». Esta reflexión trajo consigo otras, más reconfortantes, y lanzando la vista en torno suyo, trató de ubicar alguna chica mayor a quien no intimidaran sus modales ni su inteligencia.
Cerca del vestíbulo había tres o cuatro muchachas un poco marchitas, de aquellas que han dejado pasar su bella época, obsesionadas por algún amor loco y frustrado, y que llegan a la treintena sin otra esperanza que la de hacer, ya que no un matrimonio de amor, por lo menos uno de fortuna.
Alfredo se acercó. Su paso era un poco inseguro, al extremo que algunas parejas con las que tropezó lo miraron airadas. Al llegar al grupo tuvo una sorpresa: una de las muchachas era una antigua vecina de su infancia.
—No me digas que he cambiado mucho —dijo Corina—. Me vas a hacer sentir vieja. —Y lo presentó al resto del grupo.
Alfredo departió un rato con ellas. Las cinco copas de ron lo frivolizaban lo suficiente como para responder a la andanada de preguntas estúpidas. Advirtió que había un clima de interés en torno a su persona.
—¿Ya habrás terminado tu carrera? —indagó Corina.
—No. La dejé —respondió francamente Alfredo.
—¿Estás trabajando en algún sitio?
—No.
—¡Qué suerte! —intervino una de las chicas—. Para no trabajar habrá que tener muy buena renta.
Alfredo la miró: era una mujer morena, bastante provocativa y sensual. En el fondo de sus ojos verdes brillaba un punto dorado, codicioso.
—Pero, entonces, ¿a qué te dedicas? —preguntó Corina.
—Pinto.
—Pero… ¿de eso se puede vivir? —inquirió la morena, visiblemente intrigada.
—No sé a qué le llamará usted vivir —dijo Alfredo—. Yo sobrevivo, al menos.
A su alrededor se creó un silencio ligeramente decepcionado. Alfredo pensó que era el momento de sacar a bailar a alguien, pero solo tocaban la maldita música afrocubana. Se arriesgaba ya a extender la mano hacia la morena, cuando un hombre calvo, elegante, con dos puños blancos de camisa que sobresalían insolentemente de las mangas de su saco, irrumpió en el grupo como una centella.
—¡Ya todo está arreglado, regio! —exclamó—. Mañana iremos a Chosica con Ernesto y Jorge. Las tres hermanas Puertas vendrán con nosotros. ¿No les parece regio? Lo mismo que Carmela y Roxana.
Hubo un estallido de alegría.
—Te presento a un amigo —dijo Corina, señalando a Alfredo.
El calvo le estrechó efusivamente la mano.
—Regio, si quiere puede venir también con nosotros. Nos va a faltar sitio para Elsa y su prima. ¿Quiere usted llevarlas en su carro?
Alfredo se sintió enrojecer.
—No tengo carro.
El calvo lo miró perplejo, como si acabara de escuchar una cosa absolutamente insólita. Un hombre de veinticinco años que no tuviera carro en Lima podría pasar por un perfecto imbécil. La morena se mordió los labios y observó con más atención el terno, la camisa de Alfredo. Luego le volvió lentamente la espalda.
El vacío comenzó. El calvo había acaparado la atención del grupo, hablando de cómo se distribuirían en los carros, cómo se desarrollaría el programa del domingo.
—¡Tomaremos el aperitivo en Los Ángeles! Luego almorzaremos en Santa María, ¿no les parece regio? Más tarde haremos un poco de footing…
Alfredo se dio cuenta de que allí también sobraba. Poco a poco, pretextando mirar los cuadros, se fue alejando del grupo, se tropezó con un cenicero y cuando llegó al bar, escuchó aún la voz del calvo que bramaba:
—¡Almorzaremos en el río, regio!
—¡Un ron! —dijo a la chica que estaba detrás del mostrador.
La chica lo miró enojada.
—¿No ha oído? ¡Un ron!
—Sírvaselo usted. Yo no soy la sirvienta —contestó, y se retiró deprisa.
Alfredo se sirvió un vaso hasta el borde. Volvió a mirarse en el espejo. Un mechón de pelo había caído sobre su frente. Sus ojos habían envejecido aún más. «Su mirada era tan profunda que no se la podía ver», musitó. Vio sus labios apretados: signo de una naciente agresividad.
Cuando se disponía a servirse otro, divisó a su hermana que atravesaba la sala. De un salto estuvo a su lado y la cogió del brazo.
—Elena, vamos a bailar.
Elena se desprendió vivamente.
—¿Bailar entre hermanos? ¡Estás loco! Además, estás apestando a licor. ¿Cuántas copas te has tomado? ¡Anda, lávate la cara y enjuágate la boca!
A partir de ese momento, Alfredo erró de una sala a otra, exhibiendo descaradamente el espectáculo de su soledad. Estuvo en la terraza mirando el jardín, fumó cigarrillos cerca del tocadiscos, bebió más tragos en el bar, rehusó la simpatía de otros solitarios que querían hacer observaciones irónicas sobre la vida social y por último se cobijó bajo las escaleras, cerca de la puerta que daba al oficio. El ron le quemaba las entrañas.
Al segundo golpe, la puerta del oficio se abrió y una mucama asomó la cabeza.
—Deme un vaso de agua, por favor.
La mucama dejó la puerta entreabierta y se alejó, dando unos pasos de baile. Alfredo observó que en el interior de la cocina, la servidumbre, al mismo tiempo que preparaba el arroz con pato, celebraba, a su manera, una especie de fiesta íntima. Una negra esbelta cantaba y se meneaba con una escoba en los brazos. Alfredo, sin reflexionar, empujó la puerta y penetró en la cocina.
—Vamos a bailar —dijo a la negra.
La negra rehusó, disforzándose, riéndose, rechazándolo con la mano pero incitándolo con su cuerpo. Cuando estuvo arrinconada contra la pared, dejó de menearse.
—¡No! Nos pueden ver.
La mucama se acercó, con el vaso de agua.
—Baila no más —dijo—. Cerraré la puerta. ¿Por qué no nos vamos a divertir nosotros también?
Los parlamentos continuaron, hasta que al fin la negra cedió.
—Solamente hasta que termine esta pieza —dijo.
Mientras la mucama cerraba la puerta con llave, Alfredo atenazó a la negra y comenzó a bailar. En ese momento se dio cuenta de que bailaba bien, quizá por ese sentido del ritmo que el alcohol da cuando no lo quita o simplemente por la agilidad con que su pareja lo seguía. Cuando esa pieza terminó, empezaron la siguiente. La negra aceptaba la presión de su cuerpo con una absoluta responsabilidad.
—¿Tú trabajas aquí?
—No, en la casa de al lado. Pero he venido para ayudar un poco y para mirar.
Terminaron de bailar esa pieza, entre cacerolas y tufos de comida. El resto de la servidumbre seguía trabajando y, a veces, interrumpiéndose, los miraban para reírse y hacer comentarios graciosos.
—¡Apagaremos la luz!
—¿Qué cosa hay allí? —preguntó Alfredo, señalando una mampara al fondo de la cocina.
—El jardín, creo.
—Vamos.
La negra protestó.
—Vamos —insistió Alfredo—. Allí estaremos mejor.
Al empujar la mampara se encontraron en una galería que daba sobre el jardín interior. Había una agradable penumbra. Alfredo apoyó su mejilla contra la mejilla negra y bailó despaciosamente. La música llegaba muy débil.
—Es raro estar así, ¿no es verdad? —dijo la negra—. ¡Qué pensarán los patrones!
—No es raro —dijo Alfredo—. ¿Tú no eres acaso una mujer?
Durante largo rato no hablaron. Alfredo se dejaba mecer por un extraño dulzor, donde la sensualidad apenas intervenía. Era más bien un sosiego de orden espiritual, nacido de la confianza en sí mismo readquirida, de su posibilidad de contacto con los seres humanos.
Una gritería se escuchó en el interior de la casa.
—¡La torta! ¡Van a partir la torta!
Antes de que Alfredo se percatara de lo que sucedía, se encendió la luz de la galería, se abrió la puerta del jardín y una fila de alegres parejas irrumpió, cogidas de la cintura, formando un ruidoso tren, tocando pitos, gritando a voz en cuello:
—¡Vengan todos que van a partir la torta!
Alfredo tuvo tiempo de observar algo más: no habían estado solos en la galería. En las mesitas cobijadas a la sombra de la enramada, algunas parejas se habían refugiado y ahora, sorprendidas también, se despertaban como de un sueño.
El ruidoso tren dio unas vueltas por el jardín y luego se encaminó hacia la galería. Al llegar delante de Alfredo y de la negra, la gritería cesó. Hubo un corto silencio de estupor y el tren se desbandó hacia el interior de la casa. Incluso las parejas, desde el fondo de los sillones, se levantaron y los hombres partieron, arrastrando a sus mujeres de la mano. Alfredo y la negra quedaron solos.
—¡Qué estúpidos! —dijo sonriendo—. ¿Qué les sucede?
—Me voy —dijo la negra, tratando de zafarse.
—Quédate. Vamos a seguir bailando.
Por la fuerza la retuvo de la mano. Y la hubiera abrazado nuevamente, si es que un grupo de hombres, entre los cuales se veía al dueño de la casa y al hombrecillo de la corbata plateada, no apareciera por la puerta de la cocina.
—¿Qué escándalo es éste? —decía el dueño, moviendo la cabeza.
—Alfredo —balbuceó el hombrecillo—. No te la des de original.
—¿No tiene usted respeto por las mujeres que hay acá? —intervino un tercer caballero.
—Váyase usted de mi casa —ordenó el dueño a la negra—. No quiero verla más por aquí. Mañana hablaré con sus patrones.
—No se va —respondió Alfredo.
—Y usted sale también con ella, ¡caramba!
Algunas mujeres asomaban la cabeza por la puerta de la cocina. Alfredo creyó reconocer a su hermana que, al verlo, dio media vuelta y se alejó a la carrera.
—¿No ha oído? ¡Salga de aquí!
Alfredo examinó al dueño de casa y, sin poderse contener, se echó a reír.
—Está borracho —dijo alguien.
Cuando terminó de reír, Alfredo soltó el brazo de la negra.
—Espérame en la calle Madrid. —Y abotonándose el saco con dignidad, sin despedirse de nadie, atravesó la cocina, la sala donde el baile se había interrumpido, el jardín, y, por último, la verja de madera.
«Caballísimo de mí», pensó mientras se alejaba hacia su casa, encendiendo un cigarrillo. Al llegar a su bajo muro se detuvo: por la ventana abierta de la sala se veía su padre, de espaldas, leyendo un periódico. Desde que tenía uso de razón había visto a su padre a la misma hora, en la misma butaca, leyendo el mismo periódico. Un rato permaneció allí. Luego se mojó la cabeza en el caño del jardín y se encaminó a la calle Madrid.
La negra estaba esperándolo. Se había quitado su mandil de servicio y en el apretado traje de seda su cuerpo resaltaba con trazos simples y perentorios, como un tótem de madera. Alfredo la cogió de la mano y la arrastró hacia el malecón, lamentando no tener plata para llevarla al cine. Caminaba contento, en silencio, con la seguridad del hombre que reconduce a su hembra.
—¿Por qué hace usted esto? —preguntó la negra.
—¡Va! No interesa.
—Mañana no se acordará de nada.
Alfredo no respondió. Estaba otra vez al lado de su casa. Pasando su brazo sobre el hombro femenino, se apoyó en el muro y quedó mirando por la ventana, donde su padre continuaba leyendo el periódico. Alguna intuición debió tener su padre, porque fue volteando lentamente la cabeza. Al distinguir a Alfredo y a la negra, quedó un instante perplejo. Luego se levantó, dejó caer el periódico y tiró con fuerza los postigos de la ventana.
—Vamos al malecón —dijo Alfredo.
—¿Quién es ese hombre?
—No lo conozco.
Esa parte del malecón era sombría. Por allí se veían automóviles detenidos, en cuyo interior se alocaban y cedían las vírgenes de Miraflores. Se veían también parejas recostadas contra la baranda del malecón que daba al barranco. Alfredo anduvo un rato con la negra y se sentó por último en el parapeto.
—¿No quieres mirar el mar? —preguntó—. Saltamos al otro lado y estamos a un paso del barranco.
—¡Qué dirá la gente! —protestó la negra.
—¡Tú eres más burguesa que yo!… Ven, sígueme. Todo el mundo viene a mirar el mar.
Ayudándola a salvar la baranda, caminaron un poco por el desmonte hasta llegar al borde del barranco. El ruido del mar subía incansable, aterrador. Al fondo se veía la espuma blanca de las olas estrellándose contra la playa de piedras. El viento los hacía vacilar.
—¿Y si nos suicidamos? —preguntó Alfredo—. Será la mejor manera de vengarnos de toda esta inmundicia.
—Tírese usted primero y yo lo sigo —rio la negra.
—Comienzas a comprenderme —dijo Alfredo, y cogiendo a la negra de los hombros, la besó rápidamente en la boca.
Luego emprendieron el retorno. Alfredo sentía nacer en sí una incomprensible inquietud. Estaban saltando la baranda cuando un faro poderoso los cegó. Se escuchó el ruido de las portezuelas de un carro que se abrían y se cerraban con violencia y pronto dos policías estuvieron frente a ellos.
—¿Qué hacían allá abajo?, ¡a ver, sus papeles!
Alfredo se palpó los bolsillos y terminó mostrando su Libreta Electoral.
—Han estado planeando en el barranco, ¿no?
—Fuimos a mirar el mar.
—Te están tomando el pelo —intervino el otro policía—. Vamos a llevarlos a la cana. Con una persona de color modesto no se viene a estas horas a mirar el mar.
Alfredo sintió nuevamente ganas de reír.
—A ver —dijo acercándose al guardia—. ¿Qué entiende usted por gente de color modesto? ¿Es que esta señorita no puede ser mi novia?
—No puede ser.
—¿Por qué?
—Porque es negra.
Alfredo rio nuevamente.
—¡Ahora me explico por qué usted es policía!
Otras parejas pasaban por el malecón. Eran parejas de blancos. La policía no les prestaba atención.
—Y a ésos, ¿por qué no les pide sus papeles?
—¡No estamos aquí para discutir! Suban al patrullero.
Esas situaciones se arreglaban de una sola manera: con dinero. Pero Alfredo no tenía un céntimo en el bolsillo.
—Yo subo encantado —dijo—. Pero a la señorita la dejan partir.
Esta vez los guardias no respondieron sino que, cogiendo a ambos de los brazos, los metieron por la fuerza en el interior del vehículo.
—¡A la comisaría! —ordenaron al conductor.
Alfredo encendió un cigarrillo. Su inquietud se agudizaba. El aire de mar había refrescado su inteligencia. La situación le parecía inaceptable y se disponía a protestar, cuando sintió la mano de la negra que buscaba la suya. Él la oprimió.
—No pasará nada —dijo, para tranquilizarla.
Como era sábado, el comisario debía haberse ido de parranda, de modo que solo se encontraba el oficial de guardia, jugando al ajedrez con un amigo. Levantándose, dio una vuelta alrededor de Alfredo y de la negra, mirándolos de pies a cabeza.
—¿No serás tú una polilla? —preguntó echando una bocanada de humo en la cara de la negra—. ¿Trabajas en algún sitio?
—La señorita es amiga mía —intervino Alfredo—. Trabaja en una casa de la calle José Gálvez. Puedo garantizar por ella.
—Y por usted, ¿quién garantiza?
—Puede llamar por teléfono para cerciorarse.
—Están prohibidos los planes en el malecón —prosiguió el oficial—. ¿Usted sabe lo que es un delito contra las buenas costumbres? Hay un libro que se llama Código Penal y que habla de eso.
—No sé si será para usted delito pasearse con una amiga.
—En la oscuridad sí y más con una negra.
—Estaban abrazados, mi teniente —terció un policía.
—¿No ve? Esto le puede costar veinticuatro horas de cárcel y la foto de ella puede salir en Última Hora.
—¡Todo esto me parece grotesco! —exclamó Alfredo, impaciente—. ¿Por qué no nos dejan partir? Repito, además, que esta señorita es mi novia.
—¡Su novia!
El oficial se echó a reír a mandíbula batiente y los policías, por disciplina, lo imitaron. Súbitamente dejó de reír y quedó pensativo.
—No crea que soy un imbécil —dijo aproximándose a Alfredo—. Yo también, aunque uniformado, tengo mi culturita. ¿Por qué no hacemos una cosa? Ya que esta señorita es su novia, sígase paseando con ella. Pero eso sí, no en el malecón, allí los pueden asaltar. ¿Qué les parece si van al parque Salazar? El patrullero los conducirá.
Alfredo vaciló un momento.
—Me parece muy bien —respondió.
—¡Adelante, entonces! —rio el teniente—. ¡Llévenlos al parque Salazar!
Nuevamente en el patrullero, Alfredo permaneció silencioso. Pensaba en la inclemente iluminación del parque Salazar, especie de vitrina de la belleza vecinal. La negra buscó su mano, pero esta vez Alfredo la estrechó sin convicción.
—Tengo vergüenza —le susurró al oído.
—¡Qué tontería! —contestó él.
—¡Por ti, por ti es que tengo vergüenza!
Alfredo quiso hacerle una caricia pero las luces del parque aparecieron.
—Déjennos aquí no más —pidió a los policías—. Les prometo que nos pasearemos por el parque.
El patrullero se detuvo a cien metros de distancia.
—Vigilaremos un rato —dijeron.
Alfredo y la negra descendieron. Bordeando siempre el malecón, comenzaron a aproximarse al parque. La negra lo había cogido tímidamente del brazo y caminaba a su lado, sin levantar la mirada, como si ella también estuviera expuesta a una incomprensible humillación. Alfredo, en cambio, con la boca cerrada, no desprendía la mirada de esa compacta multitud que circulaba por los jardines y de la cual brotaba un alegre y creciente murmullo. Vio las primeras caras de las lindas muchachas miraflorinas, las chompas elegantes de los apuestos muchachos, los carros de las tías, los autobuses que descargaban pandillas de juventud, todo ese mundo despreocupado, bullanguero, triunfante, irresponsable y despótico calificador. Y como si se internara en un mar embravecido, todo su coraje se desvaneció de un golpe.
—Fíjate —dijo—. Se me han acabado los cigarros. Voy hasta la esquina y vuelvo. Espérame un minuto.
Antes de que la negra respondiera, salió de la vereda, cruzó entre dos automóviles y huyó rápido y encogido, como si desde atrás lo amenazara una lluvia de piedras. A los cien pasos se detuvo en seco y volvió la mirada. Desde allí vio que la negra, sin haberlo esperado, se alejaba cabizbaja, acariciando con su mano el borde áspero del parapeto.


(Escrito en París en 1961)


El Ribeyro Desconocido, Volumen 1, Antología de Alejandro Benavides Roldán, Papel de Viento Editores, Trujillo, Perú, 2012, págs. 137-157



Notas
Chompa: Jersey, pulóver, suéter, buzo, tricota, yérsey. Cazadora, chaqueta, chupa, chumpa. DLE RAE

Polilla: Peruanismo. Término usado para referirse a una mujer que se dedica a la prostitución.

Cana: Peruanismo: Cárcel o prisión.

Última Hora: Diario peruano, ya extinto, publicado entre 1950 y 1984.