jueves, 14 de agosto de 2025

Por qué la compra de Alaska a Rusia por parte de Estados Unidos fue uno de los más grandes negocios de la historia

 

Pintura que muestra la firma del tratado entre EE.UU. y Rusia para la compra de Alaska.

 

Waleed Badran
Servicio Mundial de la BBC

Maria Zaccaro
Servicio Mundial de la BBC

 

La cumbre del viernes en Alaska entre Estados Unidos y Rusia para debatir el fin de la guerra en Ucrania es posiblemente uno de los acontecimientos diplomáticos más significativos de los últimos años.

Y la ubicación de la reunión tiene una relevancia histórica.

Los presidentes Donald Trump y Vladimir Putin se reunirán en territorio estadounidense en Anchorage, la ciudad más grande de Alaska.

Si la reunión hubiera tenido lugar en el mismo lugar hace unos 150 años, habría sido en territorio ruso.

Esto se debe a que Alaska, que ahora es el estado más grande de EE.UU. -aproximadamente una quinta parte de la superficie total del país-, perteneció a Rusia en el pasado.

El entonces secretario de Estado de EE.UU., William Seward, negoció la compra de Alaska. 

 

Una ubicación "bastante lógica"

Ubicada en el extremo noroeste de América del Norte, Alaska está separada de Rusia por el estrecho de Bering, que mide poco más de 80 kilómetros en su punto más angosto.

Cuando Trump anunció que la cumbre se celebraría en Alaska, el asistente presidencial ruso Yuri Ushakov dijo que parecía "bastante lógico" que la delegación rusa "simplemente sobrevolara el estrecho de Bering y que una cumbre tan importante y esperada de los líderes de ambos países se celebre en Alaska".

Sin embargo, los vínculos históricos entre Rusia y Alaska se remontan a principios del siglo XVIII, cuando supuestamente los indígenas de Siberia hablaron por primera vez de una vasta tierra ubicada al este.

 

Una expedición liderada por el navegante danés Vitus Bering descubrió que las nuevas tierras no estaban conectadas con el continente ruso. Pero debido a la densa niebla, la expedición fracasó.

En 1741, otra expedición, también liderada por Bering, sí tuvo éxito y se enviaron hombres a esas tierras.

Posteriormente se realizaron varias expediciones comerciales, y cuando llevaron pieles de nutria marina a Rusia se abrió la puerta a un lucrativo comercio de pieles entre Europa, Asia y la costa del Pacífico de Norteamérica.

Sin embargo, en el siglo XIX, los comerciantes de pieles británicos y estadounidenses se convirtieron en feroces competidores de los rusos.

Si bien la amarga rivalidad se resolvió en 1824, cuando Rusia firmó tratados separados con EE.UU. y Gran Bretaña, la casi extinción de las nutrias marinas y las consecuencias políticas de la Guerra de Crimea (1853-1856) hicieron que Rusia estuviera dispuesta a vender Alaska a EE.UU.

 

Una "locura"

William Seward, el entonces secretario de Estado de EE.UU., lideró las negociaciones para la compra de tierras y logró un tratado con el zar ruso Alexander II.

Tras una gran oposición, el Congreso de EE.UU. aprobó la oferta formal de Seward de US$7,2 millones, y el 18 de octubre de 1867 se izó la bandera estadounidense en Sitka, la entonces capital de Alaska.

Inicialmente, la compra de Alaska fue calificada como la "locura de Seward" por los críticos, convencidos de que el territorio era una inmensidad desolada que no tenía mayor utilidad económica.

Ajustados a la inflación, los US$7,2 millones pagados por EE.UU. equivaldrían a poco más de US$150 millones actuales, un precio notablemente bajo para el que hoy es el estado más grande de EE.UU.

La compra de Alaska añadió más de 1,5 millones de kilómetros cuadrados al país, o cerca de 151 millones de hectáreas de tierra.

Pero por supuesto, Alaska es mucho más que simple tierra. Es también un enorme depósito de recursos naturales. No habían pasado dos décadas de la compra de Alaska por Washington cuando estalló una fiebre del oro.

Y a mediados del siglo XX, las petroleras encontraron enormes yacimientos en el norte del estado, que desde entonces han venido siendo explotados de manera intensiva. Es tal la riqueza petrolera de Alaska que el gobierno regala todos los años a los habitantes del estado, por el solo hecho de vivir allí, una bonificación que puede llegar a miles de dólares.

La iniciativa de Seward resultó gratificante y, en 1959, Alaska se convirtió oficialmente en el 49.º estado de EE.UU.

Alaska es hoy una poderosa economía con casi 750.000 habitantes y un PIB de US$70.000 millones anuales. Dicho de otra manera, cada año produce más de 400 veces lo que Rusia obtuvo en total al vender el territorio en el siglo XIX.

 
Alaska es fuente de petróleo y gas natural.
 
 
Poder militar

Detrás de la venta de Rusia hubo un interés estratégico y militar.

Se dice que una de las razones por las que el zar vendió Alaska es que temía que Gran Bretaña, en ese entonces la gran superpotencia mundial y la nación que controlaba el oeste de Canadá, pudiese tener designios expansionistas sobre Rusia que harían de Alaska una presa atractiva.

No podía saber el zar entonces que casi un siglo más tarde, en 1945, al comenzar la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética, Alaska se convertiría en un invaluable puesto de avanzada militar que pondría a las tropas, radares y aviones estadounidenses a las puertas del territorio ruso.

Por lo que la venta de Alaska por Rusia en 1867 parece ser, vista con los lentes de la modernidad, un error comercial y estratégico calamitoso de parte del zar.

Alaska, una fuente importante de recursos ambientales, cuenta hoy con más de 12.000 ríos y una gran cantidad de lagos.

Su capital, Juneau, es la única capital estadounidense a la que solo se puede llegar en barco o avión. El lago Hood, en Anchorage, es una de las bases de hidroaviones más concurridas del mundo, con unos 200 vuelos diarios.

Trump y Putin se reunirán en la base conjunta Elmendorf-Richardson, la mayor instalación militar del estado. Con 25.900 hectáreas, es un punto clave de preparación militar en el Ártico para EE.UU.

Esta no es la primera vez que Alaska protagoniza un evento diplomático estadounidense. En marzo de 2021, el nuevo equipo diplomático y de seguridad nacional de Joe Biden se reunió con sus homólogos chinos en Anchorage.

No se han revelado detalles oficiales de la cumbre, pero la Casa Blanca afirmó que las conversaciones en Alaska serían un "ejercicio de escucha" para Trump y le darían al presidente estadounidense "la mejor indicación sobre cómo poner fin a esta guerra".

 

Fuente: Compra de Alaska a Rusia por parte de Estados Unidos 

La Inseguridad Intelectual (no le gustaba leer)

(…) cuando Betty Madden, una mujer de treinta y tres años, y muy hermosa, vino a verme, me dijo: «Estoy tristísima. No tengo más que el título de la escuela superior y mi marido es un intelectual. Todos nuestros amigos son universitarios. No puedo hablar de todo lo que ellos hablan. Me siento inferior». Esta inseguridad intelectual la había convertido en una esposa insegura y en una madre posesiva en exceso (se sentía «segura» con sus tres hijos pequeños, así que prefería su compañía a la de los adultos).

Al principio de nuestras sesiones comprendí que los problemas de Betty surgían del hecho de que ahora no leía; además, aunque en otro tiempo había tocado bien el violín, ahora carecía de intereses culturales, de intereses que le elevaran la mente. Trabajando juntos fijamos un programa con estas metas: convertirse en una persona «informada» mediante (a) la lectura y (b) la capitalización de los intereses artísticos que poseía pero jamás había desarrollado.

(a) Betty se matriculó en un curso no oficial de lengua inglesa en el que daba suma importancia a la construcción del vocabulario y que se impartía en una escuela cercana.
Su falta de comprensión de las palabras clave era una de las razones principales de que no le gustara leer. Como corolario del curso yo le asigné estas dos tareas diarias.

Leer dos columnas del periódico, buscar en el diccionario las palabras que no entendiera y escribir las definiciones. Había de leer cada columna dos veces, y si era necesario una tercera, hasta que comprendiera por completo el contenido.

Tomar una grabadora y, con sus propias palabras, resumir el significado de cada columna. Después debía repetirlo empezando con la frase: «Estoy de acuerdo» o «No estoy de acuerdo», y explicar por qué. Terminado todo, debía escucharse a sí misma y comprobar qué tal le parecía.

(b) Empezó a tocar el violín de nuevo. Pero en esto fracasó. «Es demasiado difícil, con la casa y los niños», me dijo sinceramente, así que lo sustituimos por un ejercicio de discos. Cada mañana, mientras limpiaba la casa, ponía un disco de música clásica, el mismo durante cinco mañanas consecutivas. A la semana siguiente se pasaba a un nuevo disco. Mientras llevaba a cabo esta campaña para mejorarse en temas musicales, Betty estudiaba con atención los anuncios de prensa para ver en qué conciertos interpretaban la música que había escuchado. Además, asistió a un curso de arte, de trece semanas, organizado por una escuela superior de la localidad.

Todo ese estudio le rindió beneficios. Empezó a leer por su cuenta las revistas Time y Newsweek. Me informó que había empezado a leer libros. Cuando tropezaba con uno que le resultaba demasiado difícil, lo confesaba y se pasaba a otro. 

A los seis meses de tratamiento, con esa meta de autoeducación, Betty era una persona mucho más satisfecha que empezaba a comprender gran variedad de temas. Un día me dijo: «Durante este fin de semana estuvimos hablando de política con algunos amigos que no presentaban unos hechos demasiado claros. Así que les mostré con discreción en qué se equivocaban y los cuatro, incluido mi marido, acabaron por decirme que yo tenía razón. ¡Imagínese! ¡Corregir yo a todos esos graduados de la universidad!».


Herbert Fensterheim y Jean Baer, No diga Sí cuando quiera decir NO, Colección Edibolsillo Paperback n° 89, traducción de Amparo García Burgos, Ediciones Grijalbo, Barcelona, España, 1979, págs. 81-83

 

Comentario.-

El título sale del propio contenido del libro. 

La negrita en el texto es mía. 

Si tenemos discos de música podemos hacer como dice el libro y también ahora como, por ejemplo, se pueden ver conciertos o escuchar música clásica en Youtube (no todos podemos ir a conciertos). Claro, debemos escuchar a un volumen aceptable y sin que los vecinos tengan que enterarse.

Lo de escuchar continuamente se refiere a desarrollar más el gusto musical (artístico) y aprender a reconocer a los compositores y sus obras.

Podemos ir a exposiciones de arte y además visitar los museos y los lugares de interés histórico.

A la autoeducación también se le llama autodidactismo: aprender de forma autónoma sin necesidad de tener un profesor o asistir a una institución educativa.

Aunque uno tenga trabajo, hijos y otras responsabilidades no debe dejar de tener aficiones físicas (deportes) e intelectuales. Aburrirse constantemente por no tener aficiones útiles no es una opción y las excusas son muy pobres como esa de nunca tengo tiempo. 

Quienes piensan que no tienen tiempo para hacer ejercicio, tarde o temprano tendrán que hallar tiempo para enfermarse. —Edward Stanley. Político inglés (1799-1869).

La Lectura es más que una afición, es parte de la necesidad llamada Educación. 

Hace años en una feria de libros un conocido que era estudiante universitario me comentó que había empezado con el gusto por la lectura muy tarde como a a los 22 años de edad y que se sentía mal por ello, lo miré, pensé un momento y le recomendé: Olvídate de que comenzaste tarde y sigue leyendo

 



Colección Círculo del Crimen

Editorial Forum

1982-1985 

Publicación original del listado: 12 de julio de 2009



1. John Le Carré. Llamada para el Muerto
2. Graham Greene. El Tercer Hombre
3. Mickey Spillane. Un Policía anda Suelto
4. Stuart Kaminsky. Jamás te cruces con un Vampiro
5. Edgar Wallace. Los Cuatro Hombres Justos
6. Fredric Brown. La Caza del Asesino
7. Robert Bloch. Mundo Oscuro
8. Ross MacDonald. La Piscina Mortal (o La Piscina de los Ahogados)
9. Georges Simenon. Un Crimen en Holanda
10. Wiliam Irish. El Plazo expira al Amanecer
11. Erle Stanley Gardner. El Caso de la Secretaria Insistente
12. Sebastien Japrisot. Trampa para Cenicienta
13. James M. Cain. Al Final del Arco Iris
14. Ed McBain. Fantasmas
15. Ellery Queen. El Misterio de las Cerillas
16. Rex Stout. Por Favor, Pase el Acusado
17. Eric Ambler. Estado de Sitio
18. Nicholas Freeling. Amor en Amsterdam
19. Juan Ibañez. No des la Espalda a la Paloma
20. Philip MacDonald. La Lista de Adrian Messenger
21. Bill Ballinger. Rafferty, Teniente de Homicidios
22. Charlotte Armstrong. Un Trago de Veneno
23. Peter Chambers. El Hermoso Marco de Oro
24. Quentin Patrick. El Asesino está a Bordo
25. Ed Lacy. El Detective Negro
26. A.A. Milne. El Misterio de la Casa Roja
27. Ngaio Marsh. La Muerte y el Lacayo Bailarín
28. Stanton Forbes. Súbita Muerte de mi Dama Favorita
29. Wade Miller. Calle Siniestra
30. Georges Simenon. El Hombre de Londres
31. Julian Symmons. El Color del Asesinato
32. Stanley Ellin. El Octavo Círculo
33. Ian Fleming. Desde Rusia con Amor
34. Chester Himes. La Banda de los Musulmanes
35. Doris Miles Disney. El Personaje Imaginario
36. Mickey Spillane. Asesino Mío
37. Sax Rohmer. La Sombra de Fu-Manchú
38. William P. McGivern. La Gran Redada
39. María Fagyas. La Quinta Mujer
40. Ursula Curtis. Jugando con la Muerte
41. Frédéric Dard. El Montacargas
42. Bill Ballinger. El Segundo más Largo
43. George Harmon Coxe. La Llave Escondicda
44. Ed McBain. Todo por la Pasta
45. William Irish. Me Casé con un Muerto
46. Jonathan Craig. El Caso de la Coqueta Indiferente
47. Quentin Patrick. La Muerte va a la Escuela
48. Auguste Le Breton. Rififí en el Líbano
49. Tobias Wells. El Perro Chino
50. Leslie Charteris. El Santo contra el Tigre
51. Judson Philips. Los Muertos no pueden Amar
52. Thomas B. Dewey. Límite Fatal
53. Margaret Millar. Semejante a un Ángel
54. Philip MacDonald. El Hombre Misterioso
55. James Hadley Chase. Los Muertos no Hablan
56. Richard Sale. Secretos a Balazos
57. Charles Exbrayat. La Cuadrilla de Bolonia
58. Donald Westlake. Tiempo de Matar
59. Burt Hirschfeld. El Violador Asesino
60. Hugh Pentecost. Oculta a todas las Miradas
61. Ross MacDonald. La Sonrisa de Marfil
62. Bill Ballinger. El Diente y la Uña
63. S.A. Steeman. Seis Hombres Muertos
64. William Irish. No Quisiera estar en tus Zapatos
65. Ellery Queen. La Década Prodigiosa
66. Bruno Fischer. Días de Angustia
67. Arthur Conan Doyle. El Signo de los Cuatro
68. Chestrer Himes. Un Loco Asesinato
69. Pierre Boileau. El Reposo de Baco
70. Freeman Wills Crofts. El Vuelo de las 12,30
71. John Blackburn. Octavo en Azul
72. Alberto Simonin. El Currante se Revuelve
73. Bruce Hamilton. Demasiada Agua
74. Francisco García Pavón. El Rapto de las Sabinas
75. Roderic Jeffries. El Testimonio del Acusado
76. Margaret Millar. La Bestia se Acerca
77. George Bagby. La Cola del Dragón
78. Doris Miles Disney. La Sombra de un Hombre
79. Stuart Palmer. El Enigma de la Banderilla Azul
80. Anthony Gilbert. Un Bonito Asesinato
81. Pat Bannister. Siete Votos para Morir
82. Robert Bernard. La Muerte Ronda a la Princesa
83. Harry Stephen Keeler. La Cara del Hombre de Saturno
84. Fred Kassar. Carambolas
85. Stanley Ellin. La Gran Noche
86. Peter Cheyney. ¡Dame la Suerte, Querida!
87. Michael Crichton. El Gran Robo del Tren
88. Ed Lacy. El Momento de la Verdad
89. John Hyams. Un Óscar para el Asesino
90. John Blackburn. Vientos de Medianoche
91. Stanley Ellin. Castillo de Naipes
92. The Gordons. Operación Terror
93. Bram Stoker. La Joya de Siete Estrellas
94. Carter Brown. Ángel
95. Robert Van Gulik. Asesinato en Cantón
96. Israel Zangwill. El Misterio de Big Bow
97. Ruth Rendell. Un Arrendamiento de Muerte
98. Whit Masterson. Homicidio Justificado
99. Hillary Waugh. Aquella Noche de Lluvia
100. James Hadley Chase. Poco Tiempo para Vivir
101. Edgar Wallace. La Banda de la Rana
102. Arthur Conan Doyle. Estudio en Escarlata
103. A.A. Fair. ¡Cuidado con las Curvas!
104. Wilkie Collins. La Pista del Crimen
105. Antonia Fraser. La Momia sin Rostro
106. J.S. Fletcher. El Dinero del Muerto
107. Ross MacDonald. Costa Bárbara
108. Anton Chejov. Extraña Confesión
109. Henry Wade. El Secuestro de Litmore
110. E.W. Hornung. Raffles, Ladrón por Afición
111. Peter O'Donell. Operación Colmillo
112. Edgar Wallace. El Vengador
113. Maurice Leblanc. La Aguja Hueca
114. Margaret Yorke. Muerte a Cuenta
115. Alistair MacLean. La Muñeca Encadenada
116. Ed McBain. Hielo I
117. Ed McBain. Hielo II
118. Fedor Dostievski. Crimen y Castigo I
119. Fedor Dostievski. Crimen y Castigo II
120. Arthur Conan Doyle.
Los Archivos de Sherlock Holmes


miércoles, 13 de agosto de 2025

El Fenómeno de la TV

Por Héctor Velarde

Había oído hablar muchísimo de Adolfo Serrano; un fenómeno de la TV, una maravilla, un prodigio de conocimientos, un monstruo de memoria. Quise verlo y fui a casa de un amigo cuyo aparato de TV es como cinema de barrio. En la salita de mi amigo ya no cabía ni un alfiler en espera de que apareciese Adolfo Serrano en la pantalla.
Mientras tanto comentaban sus proezas: 
―¿Te acuerdas el jueves pasado cuando le preguntaron con qué armas entró Alarico a Roma y que él contestó inmediatamente con arco, espada y porra? ¡El lío que se armó! Nadie sabía lo de la porra. ¿Luego, en Arqueología Egipcia, cuando le preguntaron con qué pie había pisado primero Lord Carnarvon al penetrar en la cámara funeraria de Tutankamón ¿¿Y lo que respondió? Notable. Que lo primero que puso Lord Carnarvon no fue el pie sino la mano izquierda porque entró a gatas… tuvieron que darle el premio.
De pronto una exclamación:
—¡Ya salió!


Vi a un hombre alto, larguísimo y con la cara completamente invadida por dos ojos redondos, separados, salidos y fríos como los faros de un automóvil viejo. Concursaba sobre Historia Santa.
Le preguntaron de qué color era el manto de la Virgen María cuando crucificaron a nuestro señor Jesucristo. ¿Blanco, azul, marrón o negro?
El hombre quedó más de tres minutos como petrificado por la pregunta,  dio un grito agudísimo, prolongado, que se apagó poco a poco como si se hubiese tirado en un pozo sin fondo y se cayó muerto, largo a largo…


Fue como la caída violenta de un poste sin que mediara ninguna razón visible. Algo muy raro. Naturalmente el programa “Gomia Pigal pregunta” terminó a capazos. 

¿Pero de que murió Adolfo Serrano?

Y aquí viene el misterio. Hasta ahora no se sabe. No lo entierran porque no pueden todavía hacer el parte de defunción. Ya va una semana de esto… Por más que lo han examinado no le encuentran nada, absolutamente nada, ni corazón, ni ataque cerebral, ni enfermedad vieja, nada, es rarísimo… Lo único que se sabe es lo declarado por su mujer, el cura que lo confesaba, un anticuario que le conocía mucho, un pintor misógino y el director de la TV, canal 48 donde murió…

Es verdaderamente un caso para intrigar a cualquiera. Adolfo Serrano hubiera podio tener fama internacional pero era muy tímido, muy poquito… En cuanto principiaba a llamar la atención con su memoria se retiraba prudentemente… Trabajó en circos como adivino, vestido de mago asirio, fue guía de una empresa alemana de turismo hasta que lo creyeron peligroso, estuvo algún tiempo como calculista mental en una casa de máquinas registradoras; él era quien las controlaba…

Su mujer contó que se  había casado con Adolfo Serrano en Huancayo ―era huancaíno― porque la encontraba parecidísima a Kufrú Nacopeth, una princesa copta del año 80 d. J. C., que él admiraba mucho. También contó que su marido se manejaba en todas las ciudades que visitaba la primera vez como si hubiese vivido en ellas toda la vida, que no necesitaba plano, ni preguntar ni nada… “Todo era por conocimientos históricos, de memoria, no tenía sino que mirar a su alrededor y decirme: chola, ¡por aquí! ¿Y cómo sabes, le pregunté al llegar a Londres, que es por aquí? Ah, me contestó, porque en esta esquina Richard Cromwell en 1659 volteó con su gente para perseguir al general Monk y llegó hasta Westminster donde vamos ahora…
En París era lo mismo, se fue como si tal cosa del lugar de las Tullerías donde está el Pabellón de Flora hasta la Plaza de los Vosgos siguiéndole los pasos a Enrique IV y luego, empalmando con los de Luis XIII, fuimos a almorzar al final de la calle Saint Antoine donde al morzaban los mosqueteros… Y en Roma, y en Budapest, y en los barrios de El Cairo… Donde Adolfo dudaba y se sentía un poco mal, con mareos era en las ciudades americanas como en Kansas City, por ejemplo, como no hay mucho que recordar…


Luego las declaraciones del cura son igualmente extraordinarias. Dijo que Adolfo Serrano era incapaz de matar una mosca, además no le interesaba matar a nadie, no tenía codicia, ni pasiones, y mucho menos vicios, amaba a su mujer en adoración perpetua. Un día le confesó que estaba enamorado de ella desde la punta de los pelos hasta las uñas de los pies, que ese amora era constante y que ya duraba 1800 años. Referencia seguramente a Kufrú Nacopeth.
Para él todos los pecados eran iguales, todos tenían el mismo valor de gravedad, su temor a la realidad era tal que no cometía ninguno…
Sin embargo su examen de conciencia comprendía íntegramente toda su vida, sin omitir ningún detalle, desde su última confesión hasta el momento en que se confesaba nuevamente. “A Dios gracias, dice el cura, esto era una vez al año. Las confesiones duraban por lo general tres horas. Yo tenía que pararlo. Pero nada. Y cuando, por casualidad, se olvidaba de algo creía haber cometido un pecado horrible y lloraba de no poder acordarse… Ah, pero si llegaba a recordarlo todo, todo, todo…”


Los informes más interesantes y sorprendentes los ha proporcionado el anticuario. Sus datos y observaciones diagnostican admirablemente el caso de Adolfo Serrano como un verdadero fenómeno y explican todo lo referido.
“Yo era cliente de Adolfo, declara el anticuario; no tenía precio para mi negocio. Si dudaba sobre el origen Tudor o catalán de un banquito gótico, Adolfo no hacía sino mirarlo y me decía: Alemán del siglo XIV, hecho en Bremen en los talleres del maestro Sibelius. Para él, para Adolfo, lo nuevo y lo viejo eran exactamente lo mismo. A fuerza de memoria había suprimido el pasado, sí señor, el pasado; al suprimir el pasado todo era presente para él, todo lo veía como en una inmensa tapicería. Su mundo no era redondo, no; era un plano repleto, nutrido, de imágenes compactas, nítidamente limitadas y sin ningún vacío entre ellas… Un mural sin grietas. Las dudas eran como si descubriera huecos en esa pared compacta de mil mosaicos, lisa, inmensa, y entonces tenía vértigos… Luego, y aquí viene lo más grave, habiendo suprimido el pasado había suprimido el tiempo…
Suprimir el tiempo es suprimir la perspectiva de las cosas, la distancia en profundidad, la tercera dimensión… ¡La tercera dimensión! Es decir, el volumen, el peso, la realidad misma. Adolfo había suprimido la realidad tangible y durable; andaba y pensaba como en una superficie chata, de dos dimensiones solamente, delgadita, luminosa… Adolfo era un reflejo viviente de todo lo que había visto y veía, parecía un gran espejo de armario, largo, solo, ambulante y en peligro de hacerse pedazos en cualquier momento”.


Ante ese caso único, increíble,  no perdí naturalmente el testimonio del pintor misógino.
El pintor conoció a Adolfo Serrano en una galería de arte y se interesó  mucho por su falta absoluta de sensibilidad artística. Adolfo Serrano no sabía si una escultura o cuadro era feo o bonito.
Todo lo juzgaba por comparaciones históricas que eran infalibles, pero nada por valores intrínsecos de belleza.
“Un día, dice, le mostré la copia de un Picasso. Inmediatamente observó: proviene en línea recta de los pájaros hititas encontrados recientemente en Ur… La equivalencia de lo aparente le bastaba y sobraba; el arte para él era una doble ilusión…
Una estatuita podía ser de oro o de plomo pintada con purpurina; le era completamente igual… En cuanto a música no entendía nada. Él mismo me explicó en un concierto como la música es tiempo puro, que fluye y no queda, yo no puedo fijarla en imágenes, se me escapa… No logro captar su significado y entonces oigo como una sucesión de ruidos a veces agradables… Silbaba muy mal La Donna è Mobile. Inconocible”.


No había duda de que todas las declaraciones tenían una unidad absoluta. Adolfo Serrano era un fenómeno misterioso de memoria plástica, objetiva, todo él   era memoria pura, presencia integra de lo que fue y es visible… ¿Por qué se caería muerto de golpe cuando le preguntaron de qué color era el manto de la Virgen María cuando crucificaron a nuestro Señor Jesucrito?. Si blanco, azul, marrón o negro.
―Le falló pues la memoria, murmuró un zambito aficionado a la TV que me había oído; unos se mueren porque les falla el corazón, otros porque les falla la memoria…


Es evidente, pensé, a Adolfo Serrano se le perforó el mural de su mundo repleto de recuerdos intactos, cerrados, precisos, sin claros… Se le abrió el forado de un olvido fatal, sin fondo y todo su ser se fue, se vació por ahí como el agua por el hueco de un lavatorio.

Pero a Adolfo Serrano no lo han enterrado aún porque no saben precisamente de qué ha muerto. Se le puede seguir viendo en la TV, repitiendo lo mismo.
 


Héctor Velarde Bergmann, nació en Lima en 1898. Arquitecto y catedrático de la Universidad de Ingeniería. Ha publicado ensayos sobre problemas estéticos, historia del arte y de la arquitectura. Colabora con regularidad en diarios y revistas del Perú y del extranjero. Ha publicado “Kikiff“, en 1924; ”Tumbos de Lógica“, en 1928; ”Yo quiero ser filósofo“ en 1932; ”El diablo y la Técnica“ en 1935; “El Circo de Pitágoras” en 1939; ”Lima en picada” en 1944;  ”El Hombre que perdió el tacto y otras cosas por el estilo en 1947“; ”La Cortina de lata“ en 1950; ”Oh, los gringos“ en 1957; ”La Perra en el Satélite“ en 1958. Recientemente se han editado sus obras completas.
Velarde falleció en Lima en 1989.



Varios autores, Antología del Cuento. Lima en la Narración Peruana, Presentación y Selección de Elías Taxa Cuádroz,  Editorial Continental- Kontinental Verlag, Lima, Perú, 1967, págs. 171-174



Pequeño Comentario

Por los detalles del relato hace recordar al cuento de Jorge Luis Borges, Funes el Memorioso.

Claro que Serrano es un memorista, un simple y maniático acumulador de datos, un ser de lo más opaco. Los tipos así no comentan (no tienen opinión propia) ni analizan, ya que sólo repiten lo que leyeron o vieron en alguna parte.

A ambos personajes les falla la cuestión porque la memoria no puede ser absoluta y uno no puede saberlo todo ni acordarse de cada cosa (hay muchos temas de los que no tenemos toda la información. Además muchos detalles son inútiles). Si no existiera el olvido la vida sería insoportable.
 
No todo es o puede basarse en acumular datos sino que hay que pensar, reflexionar, analizar, discernir, desechar, aplicar, actuar, hablar, etc. Por otra parte la pedantería es de lo más inaguantable.



Notas

He corregido algunas erratas que estaban en el texto original.
Añadí algunos datos a la reseña del autor en el libro.

Capazo.- Espuerta grande de esparto o de palma.
Sinónimos: capacho, capaza, cesta, cesto, canasta, canasto, espuerta, capacha, sera, serón. DLE RAE

Terminar o acabar a capazos.- Además de los usos más comunes, la palabra "capazo" también ha adquirido otros significados, especialmente en contextos coloquiales. En algunas regiones, "capazo" puede referirse a un golpe dado con la capa. La expresión "acabar a capazos" se usa para describir una reunión o evento que termina en desorden o con una fuerte discusión.

De manera similar, la expresión "parar en capazos" se utiliza coloquialmente para referirse a una desavenencia o riña. bibliatodo.com

Inconocible (Incognoscible).- 
Que no se puede conocer.
Sinónimos: insondable, inescrutable, impenetrable, incomprensible, ininteligible, misterioso. DLE RAE

La Donna è mobile (La mujer es voluble): Famosa canción (aria) de la ópera Rigoletto del compositor italiano Giuseppe Verdi.

lunes, 11 de agosto de 2025

Un gato venido a menos

 


¿Quién era aquel excéntrico visitante nocturno, aquel furtivo felino que tenía siniestra facha de un traicionero doble agente?
 

Por Franklin Russell


Los ojos que con insana fijeza miraban a través de la ventana del dormitorio hicieron gritar a Jackie, mi esposa. El viento y la lluvia de una tormenta invernal azotaban la ciudad, sumida en tinieblas.

Mientras me incorporaba sobresaltado en la cama, la cara de la ventana desapareció de pronto, allá, abajo. Oímos un ronco y fuerte chillido en el patio, y tintineaban los muebles metálicos.

Jackie y yo bajamos corriendo por las escaleras del frente, mientras nuestros dos hijos, Michael y Alexander, se precipitaban ruidosamente por las escaleras de atrás. Nos reunimos todos en la puerta del frente y la abrimos.

Allí estaba, con una pata alzada a medias, el gato de aspecto más diabólico que haya yo visto: flaco como un fideo; su cola absurda, delgada como mi dedo meñique, remataba en una espesa bola de pelo en la punta. Pero lo que más me impresionó fue aquella cara, de mirada tan maliciosa y como de reojo.
Alexander, de cinco años, lo etiquetó enseguida: 
—¡Es un minino espía!
Michael, que ya tiene 13, lo describió con más precisión:
—¡Ese es un espía fracasado!

A todas luces el gato, había participado en algún caso muy peliagudo. Tenía el pelaje empapado y salpicado de lodo. Con una sacudida y un maullido ―gruñido que después descubrimos servía para todo, pues lo mismo indicaba placer que disgusto―, me hizo seguirlo después de atravesar la sala, hasta la cocina. Allí metió una pata como gancho, sucia de lodo, en el reborde de la puerta del refrigerador, y la abrió de un tirón.

Al saltar dentro, volcó una botella llena de leche. Esto lo asustó a tal grado, que saltó hacia arriba, desenganchó la bandeja superior y derribó cuanto allí había sobre su cabeza. Lanzó su inolvidable chillido, y a duras penas logró salir de este lío.

Silvestre —como lo llamó Alexander, por su parecido con el personaje de una caricatura de la televisión— no era un animal cualquiera. Se colaba furtivamente en todas las habitaciones, temblando. Se escurría dentro de los roperos y alacenas, y se metía en los cajones. Mientras nos desayunábamos oíamos los ruidos sordos, golpes metálicos y estrépitos que pregonaban su descubrimiento: no deseaba estar adonde se había metido. Y seguía metiéndose en el refrigerador. Tras una semana de volver a poner las cosas en su sitio, una y otra vez, decidí cerrar esa puerta con un alambre.

No sé cómo, Silvestre se las ingenió un día para soltar el agua del excusado del piso alto, y corrió escaleras abajo, empapado y corriendo como loco. Al hacer una revisión secreta de la aspiradora, la puso en acción y, en su desesperado salto para evitar que lo tragara la máquina infernal, derribó del aparador toda la vajilla de plata.  Me acostumbré tanto a sus carreras por las escaleras, hacia arriba o hacia abajo, huyendo de cualquier cosa que lo persiguiera, que empecé a caminar arrimado a la pared.

Los niños estaban encantados con su nuevo compañero. Michael descubrió la pasión de Silvestre por el caviar, señal evidente de que era un espía que había conocido tiempos mejores, más clásicos. Con el tiempo, tuve que colocar una cerradura en la alacena para evitar que Michael acabara con la modesta provisión de delicias gastronómicas que guardaba mi esposa.

Silvestre era amistoso con los niños, quizá porque comprendía que, hasta ahora, ningún agente soviético se ha disfrazado de niño.

Cuando los muchachos se iban a la cama, los seguía, sacudiéndose y gimiendo. Apartaba las ropas de cama y se metía a hurtadillas en los lechos. Trataba de meterse debajo de los pies de los niños. Allí, al parecer, sentía cierta seguridad.

Al cabo de varias semanas, nos preguntamos al fin por qué teníamos que soportarlo.

Jackie, que a acababa de perder varios vasos de fino cristal, dejados unos segundos cerca del fregadero para que se secaran, señaló: ʺMiren: es adorable y todo lo que ustedes gusten, pero yo digo que su lugar está afuera. No me importa quién esté persiguiéndoloˮ.

Estuve de acuerdo con ella. Aunque seguíamos alimentándolo, Silvestre sólo tenía afuera una misión: regresar adentro. Nos hicimos fuertes ante su cara de víctima que nos miraba desde las ventanas. Pero una noche en que teníamos invitados a cenar, vi que se instalaba en el antepecho de la ventana, y sospeché que algo tramaba.  La expresión de su rostro era dura; decidida.

Nos dejó terminar la sopa, y entonces empezó un maullido de angustia. Todos los invitados se quedaron pasmados con los tenedores en el aire. Al punto, Silvestre empezó a golpear de cabeza contra el vidrio.

Sus chillidos parecían los de un alma inocente, injustamente castigada por amos sin corazón, que se hartaban de comer, mientras él se moría de hambre.

Uno de los invitados opinó: ʺMe parece que es un poco injusto para el gato, ¿no creen?ˮ

¿Cómo podríamos explicar nuestras razones?

Deberíamos haber imaginado, en todo caso, que, como experimentado agente secreto, Silvestre idearía un modo de meterse en la casa. Sabíamos que era increíblemente ágil, ya que había demostrado su pericia en subir al piso alto la noche de su llegada, ascendiendo por la enredadera hasta la ventana de nuestra alcoba. Yo creía haber tapado todas las entradas, pero poco después de aquella fiesta Silvestre empezó a aparecer dentro de casa todas las mañanas.

ʺSe meta como se meta, al hacerlo, se ensuciaˮ, dijo Michael, pero olvidó confiarnos que sus sábanas se iban ennegreciendo lentamente.

Una noche, me quedé despierto leyendo hasta muy tarde; Silvestre debió suponer que no había moros en la costa. Pensé que un pájaro se habría metido en la chimenea, aunque nunca había oído maullar a un pájaro. De pronto, Silvestre salió del tiro de la chimenea, con ojos de loco y retorciéndose.

Su dieta revelaba algo de la condición social que había tenido antes de la época de sus tribulaciones, cualesquiera que hayan sido. Se atragantaba con la comida ordinaria para gatos, enlatada, que le comprábamos. Tras mucho probar y fracasar, finalmente logré que comiera bistecs de primera calidad, ligeramente asados. Silvestre nunca ronroneaba, lo que parecía compatible con el código de espionaje de jamás revelar las emociones, pero sus gemidos me decían que esa era la comida a la que había estado acostumbrado toda su vida. Su pelaje se tornó lustroso. El pelo empezó a crecerle en la espigada cola. Estaba volviendo a lo que había sido antes de su aterradora vivencia en la tormenta. El antes paranoide e histérico Silvestre ya no se metía a hurtadillas en las habitaciones. Caminaba con aplomo. Dormía a pierna suelta.

Luego, empezó a rechazarnos. Abandonaba deliberadamente la sala en cuanto yo entraba. Ya no dormía debajo de los pies de los niños. En cambio, dormía solamente encima de la antigüedad más apreciada de Jackie, un sofá con forro de color crema y dorado.

También empezó a cambiar su actitud frente a los visitantes. Al principio, corría hacia el desván en cuanto sonaban pasos extraños. Ahora hacía fiestas a muchas de las personas que acudían a casa. Nunca había presenciado tan nauseabunda insinceridad. Se sentaba en el regazo de los visitantes, les lamía las manos, gemía dulcemente en su honor.

Pero no se crea que no hacía distingos. ¿Era imaginación mía que Silvestre decidía cómo tratar a la gente según los automóviles que conducían? Más de una vez vi que se alejaba con desdén de algún sedán de fabricación nacional. Era como si se encontrara otra vez con comida de lata.

La mayoría de nuestros amigos eran personas modestas, no aficionados a coches lujosos ni a ropas caras. Pero al empezar el verano, recibí de pronto la visita de un viejo amigo, que se había enriquecido en empresas de espectáculos. Él y su linda esposa llegaron a casa en un Rolls-Royce convertible, flamante. La ropa que llevaban era de Christian Dior y de Gucci. Silvestre no perdió el tiempo, y desplegó todas sus gracias.

Al cabo de una hora, la linda esposa de mi amigo exclamó: ʺ¡Quiero este gatito!ˮ

Cuando salimos a despedirnos de nuestros amigos, Silvestre estaba sentado en la capota doblada del Rolls. Me di cuenta de que aquel era el adiós definitivo. 

Abrí la reja que daba al camino de grava. Entonces se me ocurrió que, desde el principio, esta modesta casita nunca había armonizado con el estilo y la distinción de Silvestre. Mi viejo automóvil habría sido el hazmerreír en el mundo del que él había venido.

El Rolls se deslizó junto a mí. Silvestre iba sentado en posición erguida sobre el regazo de su nueva y bella dueña, con los ojos fijos adelante, ronroneando ―sí, ronroneando— por el camino, para reanudar su fascinante y lujosa vida anterior sin lanzar ni una mirada hacia atrás.
 

Ilustración: Victoria Chess


Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo XCI, Año 46, Número 548, Julio de 1986, págs 14-17, Reader’s Digest Latinoamérica, S.A., Coral Gables, Florida, Estados Unidos



Notas
 
La foto de la ilustración de la revista (página 14) es mía. La hoja ya está amarilla por el tiempo
 
Furtivo.- Que se hace a escondidas. 
Sinónimos: clandestino, solapado, disimulado, subrepticio, oculto, cauteloso, sigiloso. DLE RAE

No hay moros en la costa.- La expresión «hay moros en la costa» es un modismo en español que se emplea para advertir que hay peligro inminente o que alguien está vigilando y podría descubrir algo que se desea mantener en secreto. Esta frase sugiere que es necesario extremar las precauciones y estar alerta ante situaciones de potencial riesgo. laspalabrassdescarriadas.es

Espigada/do.- Alto, crecido de cuerpo.
Sinónimos: esbelto, alto, delgado, grácil, estirado, crecido, larguirucho.

Aplomo.- Gravedad, serenidad, circunspección.
Sinónimos: serenidad, gravedad, circunspección, confianza, seguridad, compostura, mesura, calma, tranquilidad, imperturbabilidad, sensatez, flema.
Fuente:  DLE RAE
 
 
Hay otros relatos sobre gatos, perros y otros animales que compartiremos si el tiempo nos lo permite.

Hans Christian Andersen, el rey de los cuentos infantiles que decía que su vida se parecía a la del "Patito Feo"

 
H.C. Andersen, como lo llaman en su nativa Dinamarca 

 

BBC News Mundo
Redacción

 

"¡Muy bien! Comencemos. Cuando lleguemos al final de la historia, sabremos más de lo que sabemos ahora...".

Ese es el tentador principio de "La Reina de las Nieves", uno de los 156 cuentos infantiles que escribió Hans Christian Andersen antes de su muerte el 4 de agosto de 1875, hace 150 años.

Esa reina que hiela los corazones y un niño que solo se salva por el calor de una amiga. Una sirenita que sacrifica su esencia por un príncipe que no la elige. Un emperador que, cegado por la vanidad, desfila desnudo creyéndose espléndido.

Probablemente te contaron o contaste algunos de estos cuentos, y hasta los has visto en versiones resumidas o dulcificadas. 

Son tan familiares que a veces olvidamos cuán maravillosos y originales eran.

"Uno de los aspectos más revolucionarios fue la forma de escribirlos", le dijo a la BBC Jens Andersen, autor de la biografía "Hans Christian Andersen: una nueva vida".

"Eran muy orales, algo totalmente novedoso, y mal visto. Despertó rechazo, pero fue gracias a eso que creó una literatura tan vibrante".

Al romper con el lenguaje elevado, prefiriendo frases simples, sensoriales, llenas de imágenes, logró traducir conceptos complejos.

En "La reina de las nieves", por ejemplo, la noción del punto de vista subjetivo no se explica filosófica, sino visualmente, a través de un espejo que fragmenta la realidad:

"Cada pedazo llevaba la propiedad de hacer que todo lo bueno se viera como nada, y todo lo malo se agrandara".

Abandonar el lenguaje formal fue apenas una de sus innovaciones.

Andersen convirtió los cuentos en literatura de autor.

Aunque algunos de sus relatos provenían del folclore tradicional, muchos eran fruto de su invención. Y hasta los que no lo eran, tenían su toque personal.

"No adaptó cuentos, los reinventó desde adentro, con la lógica poética del alma y el lenguaje de la emoción", señaló el crítico Erik Dal.

Sus historias no eran moralejas disfrazadas, como solían ser los cuentos de entonces, y los finales no siempre eran felices.

De hecho, varios eran desgarradores, como "La cerillera", un breve relato de los últimos momentos de una niña que enciende fósforos para intentar calentarse y tiene visiones antes de morirse del frío.

Discretamente político, muestra la pobreza, la soledad y la fragilidad. Lo único que Andersen le da a la niña es la magia de la imaginación; no hay lección, sólo una imagen inolvidable.

"Andersen rompió la convención del final feliz. No buscaba enseñar, sino conmover", declaró la crítica María Tatar. 

 
"La cerillera". Ilustración de la edición danesa original de Wilhelm Pedersen.
 
 
Sus tramas eran más fluidas y lo esencial no era tanto lo que ocurría, sino cómo lo vivían los personajes.

"Fue uno de los primeros en narrar desde dentro de sus personajes, incluso si era una tetera. Había una vida interior, una conciencia", destacó el experto Johan de Mylius.

Al explorar esa vida interna, con experiencias y emociones complejas, aunque relatadas en lenguaje al alcance de los niños, fue precursor de escritores como Franz Kafka y James Joyce, afirman varios estudiosos.

Además, fue pionero en humanizar objetos: una vela, una aguja, hasta el cuello de una camisa. Lo inanimado siente, sufre, se enamora.

Los animales, se expresan claramente: un ruiseñor canta verdades que un emperador no quiere oír, y una mariposa reflexiona "Vivir no basta. ¡Se necesita sol, libertad y una pequeña flor!".

Cada historia es una miniatura que parece simple, pero habla de lo humano.

Una sombra que se emancipa de su dueño y lo devora. Un soldadito de plomo que ama hasta derretirse. Una princesa que, por un guisante bajo veinte colchones, demuestra lo insondable de la sensibilidad.

Y entre todos, uno de sus cuentos resonaba con su experiencia: "El patito feo".

Cuando lo creó,en 1843, anotó en su diario:

"No puedo dejar de llorar. He vivido lo que escribí. Yo era ese patito".

 

Plumas y tijeras

"Nunca fui como los otros niños. Era feo, delgado, y todo el mundo se reía de mí. Luego, me convertí en cisne", afirmó Andersen en su autobiografía "La verdadera historia de mi vida" (1847), una de las tres que publicó.

Fue la primera vez que le contó al público detalles de su niñez.

Hasta entonces, le gustaba de citar como fecha de su nacimiento el 6 de septiembre de 1819, día en que llegó a Copenhagen, la capital del reino de Dinamarca, y el momento en el que empezó, según decía, el cuento de hadas de su vida.

Pero lo cierto es que en ese momento ya tenía 14 años.

Había nacido en la zona más pobre de Odense en 1805. Su padre era zapatero y su madre lavandera; su tía regentaba un burdel, y a su abuelo lo llamaban loco.

Vivía en condiciones precarias pero lo que no le faltó en ese hogar fue amor: pese a las burlas e insultos de los que era objeto en el mundo exterior, sus padres lo adoraban.

Su papá era un lector voraz, y compartía sus lecturas con su hijo.

Además, alentaba sus sueños y alimentaba su imaginación, construyendo artefactos como un teatro de juguete para que jugaran cuando Andersen empezó a fantasear con ser artista.

Gracias a su padre, descubrió desde muy temprana edad "dos herramientas que serían muy importantes para él: la pluma y las tijeras", reveló su biógrafo Jens Andersen.

La pluma no sorprende, ¿pero las tijeras?

"A lo largo de su vida hizo recortes de papel, y cuando ya era anciano y dejó de escribir, usaba sus tijeras e inventaba cuentos de hadas con ellas".

 

 
Una de las narrativas caprichosas, llena de máscaras, pierrots, bailarines de ballet, ángeles, cisnes y palmeras, que le gustaba hacer a Andersen.
 
 
Efectivamente, a Andersen le fascinaba doblar hojas y recortarlas para crear escenas fantásticas mientras contaba historias para entretener a sus amigos.

Varias sobrevivieron, como la que ves arriba, que "es un cuento de hadas completamente cortado que enriquecerá tu corazón", según indica la inscripción del mismo Andersen.

Su papá, además, le dio una lección de vida primordial, cuenta su biógrafo.

"Su padre quería que supiera que, aunque era cierto que él era extraño, también era extraordinario, y le dio una frase que Andersen guardó para siempre: 'Sé lo que eres'".

A pesar de que Andersen era consciente de que era diferente a la gente con la que se quiso rodear, sabía que eso era la base de su genialidad.

Así que siempre defendió su originalidad. Incluso cuando mentores de clases más altas le aconsejaban refinarse, su respuesta era: "Acépteme así. Va en contra de mi naturaleza ser distinto a lo que soy".

Y era, definitivamente, todo un personaje. 

 

Del éxito a la eternidad

Llegó a Copenhagen con sus sueños de ser artista, pero aunque logró cantar, bailar y actuar frente a figuras relevantes, sus talentos en esas áreas no fueron suficientes como para consagrarlo.

Lo que sí logró fue conseguir el apoyo de benefactores, algo de lo que se valió a lo largo de su vida, incluso después de alcanzar la fama y el dinero.

El primero de ellos, Jonas Collin, interventor del Teatro de la Corte Real, lo inscribió a la escuela secundaria, donde no lo pasó bien, no sólo porque tenía 17 años y sus compañeros, 11, sino porque su director lo aterrorizaba.

Andersen, no obstante, escribía... y escribía y escribía.

Con mala letra y muchos errores ortográficos y gramáticos, llenaba páginas de sus diarios.

Y al graduarse con 21 años, publicó su primer poema, "El niño moribundo", en un diario alemán y luego en el Copenhagen Post, antes de convertirse en un éxito en Francia.

"La sirenita", publicado en 1837, fue uno de los muchos cuentos inspirados en la imaginación de Andersen, no una adaptación de relatos populares. 

 

Al año siguiente, salió a la venta su primer libro cuyo título era una broma: "Un viaje a pie desde el canal de Holmen hasta la punta oriental de Amager en los años 1828 y 1829".

Resulta que ese recorrido no podía tomar dos años, pues la distancia era apenas 3 kilómetros, pero como empieza en la noche del 31 de diciembre de 1828 y termina a la madrugada del día siguiente, no miente.

La obra fantástica fue un éxito, y aunque tras la buena acogida inicial tanto los críticos como el mismo Andersen le restaron valor, lo puso en el mapa.

Triunfó también poco después con el musical "Amor en la Torre de la Iglesia de San Nicolás", en el que el público decidía el final.

Le siguieron más poemas y libros sobre sus primeros viajes, una afición que lo llevaría a visitar muchos lugares de Europa, Asia Menor y África.

"Moverse, respirar, volar, flotar; ganarlo todo mientras das; recorrer los caminos de tierras remotas; viajar es vivir", escribiría en su autobiografía.

No sería sino hasta la edad de 29 años que empezaría a publicar cuentos infantiles.

Y, a pesar de ser un escritor prolífico, autor de 6 novelas, más de 1.000 poemas, 5 libros de viajes, unas 30 obras de teatro y libretos de óperas, además de sus diarios, memorias y artículos, serían esos cuentos los que le asegurarían inmortalidad. 

 

El más famoso

En 1835 lanzó su primera novela, "El improvisador", y publicó su primera colección de cuentos, un folleto titulado "Cuentos de hadas contados para niños".

Le seguirían dos más, recogiendo un total de 9 relatos, incluyendo "El traje nuevo del emperador", "Pulgarcita" y "La sirenita".

Aunque Andersen ya era apreciado por sus contemporáneos por sus otros escritos, fue eso lo que lo convirtió en "uno de los hombres más famosos de la época en Europa", como dijo el poeta y crítico inglés Edmund Gosse.

 
En EE.UU. celebraron no sólo sus creaciones sino también la pujanza de su talento a pesar de su origen humilde.
 
 
Alemania fue uno de los primeros países en adoptarlo.

Sus cuentos se tradujeron rápidamente, a veces incluso antes de su publicación completa en Dinamarca.

El Romanticismo alemán, especialmente tras la llegada de los hermanos Grimm, abrió las puertas a la mezcla de fantasía y melancolía de Andersen.

"Los críticos alemanes interpretaron en Andersen no solo fábulas, sino también Weltanschauung, una cosmovisión", señaló el erudito Jens Andersen.

Apenas se publicaron sus primeros cuentos en inglés, fue alabado como una revelación.

El novelista William Thackeray exclamó con entusiasmo: "¡Me fascina! Acabo de descubrir a esa encantadora, delicada y fantasiosa criatura".

Y el editor William Jerdan de la Literary Gazette lo declaró un poeta único, animándolo a visitar Inglaterra, donde fue recibido con honores.

En Estados Unidos, se celebraron no sólo sus cuentos, sino su vida como una especie de cuento real: el hijo de un humilde zapatero y una lavandera analfabeta que, gracias a su genio, alcanzó reconocimiento mundial.

Los intelectuales franceses admiraron la calidad poética y simbólica de sus cuentos.

Cuando visitó París en 1843, Andersen fue recibido con entusiasmo en los salones y por artistas como David d'Angers, quien lo veía como una singular combinación de sencillez popular y sofisticación literaria.

Curiosamente, en Dinamarca Andersen fue durante mucho tiempo una figura ambigua: aplaudido, sí, pero también ridiculizado por su sentimentalismo y su vanidad.

"Nunca fue del todo aceptado como un gran escritor literario en su país; fue considerado más bien un artista popular con un toque de extravagancia", apuntó Jackie Wullschlager en "Hans Christian Andersen: la vida de un contador de historias".

Aquello de "un toque de extravagancia" quizás sí es cierto. 

 

Admirable, pero no tan adorable

Entre sus mañas estaba viajar con una cuerda que ponía debajo de la cama, para escapar por la ventana en caso de incendio; en la mesita de noche, dejaba una nota que decía: "Sólo parezco muerto", pues le aterraba que lo enterraran vivo.

Su extraña apariencia física, aunque no era su culpa, no ayudaba.

A Gosse le impactó "la grotesca fealdad de su rostro y manos"; sus brazos y piernas eran, según su amigo, el escritor danés William Bloch, "desproporcionados", y sus "pies de dimensiones tan gigantescas" que nadie jamás le robaría las botas.

Se le sumaban movimientos "extraños" y modales "absurdos" que incluían exageradas reverencias y, según Heinrich Heine, el escritor vivo que Anderson más admiraba, "una servilidad aduladora", que lo llevó a confundirlo con "un sastre".

Tampoco se veía con buenos ojos el hecho de que fuera "mórbidamente sensible", como se describió el mismo Andersen en sus memorias, en las que reconoció ser "vanidoso", al punto de componer poemas sobre su propia genialidad

"Necesitaba constantemente que lo tranquilizaran, con lágrimas a menudo a flor de piel, conmovido tanto por el rechazo como por los elogios", señaló Wullschlager.

"Y mientras recordaba los desprecios y humillaciones del pasado, oía cómo todos decían ahora que era el más hermoso de los cisnes...".

 

Sus sentimientos oscilaban entre la autoexaltación y la desesperación cuando su talento era cuestionado, o si no era el centro de atención en reuniones sociales.

El autor y periodista Charles Dickens fue testigo de primera mano del claroscuro de su personalidad.

Fue uno de los primeros en alabarlo; tras recibir una de sus cartas, comentó:

"Su espíritu brilla a través de él en todo lo que hace. Es la carta más sincera, inocente y cautivadora que he leído en mi vida".

Mantenían una linda amistad que, luego de que lo recibiera en su casa en 1857, para una visita que se extendió mucho más de lo previsto, se fracturó.

Irritó a la familia desde la primera mañana al anunciar que era costumbre en Dinamarca que los invitados varones fueran afeitados por uno de los hijos de la casa.

En respuesta, Dickens le concertó una cita diaria con un barbero local, cuenta Ann Philippas del Museo Charles Dickens.

Más tarde, desconcertó a los Dickens cuando, tras leer una crítica desfavorable, se arrojó boca abajo en el césped y se echó a llorar desconsoladamente.

Tras varios incidentes más, la tensión se hizo palpable, y cuando el molesto huésped por fin partió, Dickens fijó una nota que decía:

"Hans Andersen durmió en esta habitación durante cinco semanas, ¡lo que a la familia le pareció una eternidad!".

Pero si bien su personalidad lo hacía incómodo, su talento le ganó admiradores poderosos: fue amigo de la realeza, científicos, artistas, escritores e intelectuales en Dinamarca y el extranjero.

Y los admiradores se multiplicaron con el paso del tiempo, adulándolo a la manera de Oscar Wilde, quien adoptó su tono melancólico y simbólico en cuentos como "El ruiseñor y la rosa", o a la de Jorge Luis Borges, quien declaró en una entrevista:

"Era un metafísico disfrazado de narrador. Nadie ha hablado mejor del dolor de ser distinto" (Borges oral, 1979).

Andersen siempre insistió en que no escribía sólo para los niños, sino para el niño escondido en cada adulto.

Y a todos esos niños, pequeños o ya adultos, les sigue diciendo, hoy en más de 125 idiomas:

"¡Poco importa nacer en un corral de patos, si sales de un huevo de cisne!".

 

Fuente.  Hans Christian Andersen


jueves, 7 de agosto de 2025

Colección Club del Misterio

Esta colección de novela policial fue publicada por Editorial Bruguera en la década de los 80.

Publicación original del listado: 23 de junio de 2009.

1. Dashiell Hammett. Cosecha Roja
2. Arthur Conan Doyle. Las Aventuras de Sherlock Holmes
3. Ellery Queen. Cara a Cara
4. Raymond Chandler. El Sueño Eterno
5. Patricia Highsmith. El Cuchillo
6. Erle Stanley Gardner. El Caso del Juguete Mortífero/Impulso Creador
7. James Hadley Chase. El Secuestro de Miss Blandish
8. Nicholas Blake. La Bestia debe Morir
9. James M. Cain. El Cartero Llama DosVeces/El Estafador
10. Rex Stout. Cuando Suena el Timbre
11. Jim Thompson. 1280 Almas
12. G. K. Chesterton. El Candor del Padre Brown
13. Horace McCoy. ¿Acaso no matan a los Caballos?/Luces de Hollywood
14. Earl Derr Biggers. El Loro Chino
15. Ross McDonald. El Caso Galton
16. Edgar Allan Poe. Los Crímenes de la Rue Morge y Otros Relatos
17. Chester Himes. Por Amor a Imabelle
18. John Le Carré. Asesinato de Calidad
19. Leslie Charteris. Era una Dama
20. Jose Giovanni. Los Aventureros
21. Fredric Brown. Un Trago para el Camino
22. Donald Henderson. Un Hombre Llamado Louis Beretti
23. Mike Spillane. Yo, El Jurado
24. Frederic Dard. Armas para la Eternidad/¡Votad a Berurier!
25. Julian Symons. El Círculo se Estrecha
26. Bill S. Ballinger. Retrato de Humo
27. David Goodis. Viernes 13
28. August Le Breton. El Clan de los Sicilianos
29. Pierre Nord. El Doble Crimen de la Línea Maginot
30. Richard Stark. A Quemarropa
31. Sebastien Japrisot. El Tren de la Muerte
32. Patrick Quentin. Enigma para Locos/El Hombre de la Risa
33. Eric Ambler. La Máscara de Dimitrios
34. Margaret Millar. Más Allá hay Monstruos
35. Pierre Souvestre y Marcel Allain. Juve contra Fantomas
36. Giorgio Scerbanenco. Muerte en la Escuela
37. Ian Fleming. Goldfinger
38. J. L. Borges y Adolfo Bioy Casares. Seis Problemas para Isidro Parodi
39. John Bucham. 39 Escalones
40. Wade Miller. Paso Fatal
41. Philip MacDonald. El Asesino se ha vuelto loco
42. Maurice Leblanc. El Triángulo de Oro
43. J. P. Manchette. Un Montón de Huesos
44. S. S. Van Dine. El Caso Kennel
45. David Morrell. Primera Sangre (Rambo)
46. Kenneth Fearing. El Gran Reloj
47. Ed McBain. El Atracador
48. Charles Williams. El Arrecife del Escorpión
49. Peter Cheyney. Cinco Perfumes y un Crimen
50. R. Austin Freeman. El Mono de Barro
51. Sax Rohmer. La Novia de Fu-Manchú
52. Boileau y Narcejac. Las Lobas
53. James Hadley Chase. Una Radiante Mañana Estival
54. Dick Francis. Carrera de Ratas
55. Maj Sjöwall y Per Wahlöö. Roseanna
56. Dashiell Hammett. El Gran Golpe
57. John D. MacDonald. Más Oscuro que el Ámbar
58. Raymond Chandler. La Ventana Siniestra
59. Ross MacDonald. La Mirada del Adios
60. Agatha Christie. Diez Negritos
61. Honoré de Balzac. Un Asunto Tenebroso
62. John Ball. En el Calor de la Noche
63. Len Deighton. Atrapar al Espía
64. Earl Derr Biggers. La Casa sin Llaves
65. Patricia Wenworth. La Colección Brading
66. Arthur La Bern. Frenesí
67. Georges Simenon. Maigret y los Aristócratas
68. Julian Symons. Así Acabó Salomon Grundy
69. Wilkie Collins. La Piedra Lunar (Primera Parte)
70. Wilkie Collins. La Piedra Lunar (Segunda Parte)
71. S.S. Van Dine/Cornell Woolrich. Crimen en la Nieve/El Inspector Burke
72. W. Somerset Maugham. El Agente Secreto
73. William Irish. La Mujer Fantasma
74. Geoffrey Homes. Eleven mi Horca
75. Georges Simenon. Maigret y el Inspector Cadáver
76. W. R. Burnett. La Jungla de Asfalto
77. John D. MacDonald. La Dorada Sombra de la Muerte
78. Margaret Millar. Pagarás con Maldad
79. Ngaio Marsh. Extásis Mortal
80. Patricia Wenworth. El Estanque en Silencio
81. Emile Gaboriau. El Expediente 113
82. Edgar Allan Poe. La Carta Robada y Otros Relatos
83. Leo Perutz. El Maestro del Juicio Final
84. Ed McBain. Cuando Sadie Murió
85. Hillary Waugh. Corre cuando Diga: ¡Ya!
86. Edmund Crispin. El Caso de la Mosca Dorada
87. Sidney Sheldon. Cara Descubierta
88. Jim Thompson. El Asesino dentro de Mí
89. Carter Dickson. Muerte en Cinco Cajas
90. Richard Hull. El Asesinato de mi Tía
91. Beverly Nichols. Asesinato por Encargo
92. Eden Phillpotts. Los Rojos Redmayne
93. Ellery Queen. Besa y Mata
94. Michael Burt. El Caso de las Trompetas Celestiales
95. Michael Innes. Muerte en la Rectoría
96. E. C. R. Lorac. Jaque Mate al Asesino
97. Gaston Leroux. El Fantasma de la Ópera
98. Ira Levin. Un Beso antes de Morir
99. Dorothy L. Sayers. El Cadáver con Lentes
100. Arthur Conan Doyle. Estudio en Escarlata
101. S.A. Steeman. El Asesino vive en el 21
102. Robert Erskine Childers. El Enigma de las Arenas
103. James Hadley Chase. Trato Hecho
104. Giorgio Scerbanenco. Te Llevaré a ver el Mar
105. Maj Sjöwall y Per Wahlöö. El Coche de Bomberos que Desapareció
106. Anthony Berkeley. El Dueño de la Muerte
107. Carter Dickson. La Noche de la Viuda Burlona
108. Alebert Simonin. Cuidado con la Plata
109. John Bingham. Un Fragmento de Miedo
110. Sebastien Japrisot. La Mujer del Coche, con Gafas y un Fusil.
111. Giorgio Scerbanenco. Demasiado Tarde
112. Henry Kane. Mi Nombre es Chambers
113. Joe Gores. Al Estilo Hammett
114. Stanley Ellin. El Crimen de la Calle Nicholas
115. Bill Pronzini. ¡Pánico!
116. Varios autores (Detection Club). El Almirante Flotante
117. Auguste Le Breton. Redadas en la Ciudad
118. William P. McGivern. Objetivo: Wall Street
119. Howard Fast. El Ángel Caído.
120. Bill Knox. Carrera Mortal
121. Donald E. Westlake. ¡Ayudame, Estoy Prisionero!
122. Michael Collins. Acto deTerror
123. Vera Caspary. Laura
124. Andrew Bergman. Hollywood y Levina
125. Fredric Brown. La Trampa Fabulosa
126. Lawrence Block. El Ladrón que leía a Spinoza
127. Rex Stout. Antes de Medianoche
128. Giorgio Scerbanenco. Doble Juego
129. Patricia Wenworth. La Daga de Marfil
130. Boris Vian. Escupiré sobre vuestra Tumba
131. Lawrence Block. Ladrón que Citab a Kipling
132. Giorgio Scerbanenco. Las Princesas de Acapulco
133. Eden Phillpotts. Eran Siete
134. Jean Amila. Punto en Boca
135. Ross MacDonald. El Hombre Enterrado
136. Giorgio Scerbanenco. Al Servicio de quien me Quiera
137. Arthur Conan Doyle. El Valle del Terror
138. Patricia Wenworth. Líneas de Fuga
139. John Ball. Frío en la Espalda
140. Giorgio Scerbanenco. Milán, Calibre 9
141. Arthur Conan Doyle. El Signo de los Cuatro
142. Jim Thompson. Tierra Sucia
143. Edgar Allan Poe. El Gato Negro y Otros Relatos
144. Edgar Wallace. El Secreto del Alfiler
145. Arthur Conan Doyle. El Perro de los Baskerville
146. Rogelio Nogueras. Y si Muero Mañana
147. Edgar Wallace. El Hombre Siniestro
148. Fredric Brown. La Bestia Dormida
149. Robert B. Parker. El Señuelo
150. ¿?