miércoles, 6 de agosto de 2025

Colección El Séptimo Círculo-Emecé

Esta colección fue creada y dirigida por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares y publicada en la décadas de los 40, 50, 60, 70 y 80 por la editorial argentina Emecé.

¿Por qué el nombre de Séptimo Círculo?

En la Divina Comedia de Dante Aligheri, una serie de personajes están condenados en el Séptimo Círculo del Infierno, vigilados y torturados por el Minotauro.

El séptimo circulo se divide a su vez en tres recintos: en el primero: los violentos; en el segundo: los violentos contra sí mismos; los suicidas; los disipadores; en el tercero: los violentos contra Dios, contra la naturaleza y contra la sociedad (asesinos).

De esta colección hay diversas ediciones: la de Emecé, la de Alianza-Emecé, las más recientes del diario La Nación de Buenos Aires (Argentina), otra de la misma Emecé y una de Planeta.

La numeración cambia en la de Alianza-Emecé.

Varios libros incluidos han tenido (tienen) varias ediciones por separado. Otros sólo han aparecido publicados en el Séptimo Círculo y en ninguna otra parte.


Publicación original del listado: 1 de junio de 2009



Colección El Séptimo Circulo-Emecé


1. Nicholas Blake. La Bestia debe Morir
2. John Dickson Carr. Los Anteojos Negros
3. Michael Innes. La Torre y la Muerte
4. Anthony Gilbert. Una Larga Sombra
5. James M. Cain. Pacto de sangre
6. Milward Kennedy. El Asesino de sueño
7. Vera Caspary. Laura
8. Milward Kennedy. La Muerte Glacial
9. Anton Chejov. Extraña Confesión
10. Richard Hull. Mi propio Asesino
11. James M. Cain. El Cartero Llama Dos Veces
12. Eden Phillpotts. El señor Digweed y el señor Lumb
13. Nicholas Blake. Los Toneles de la Muerte
14. Enrique Amorim. El Asesino Desvelado
15. Graham Greene. El Ministerio del Miedo
16. Clifford Witting. Asesinato en pleno Verano
17. Patrick Quentin. Enigma para Actores
18. John Dickson Carr. El Crimen de las Figuras de Seda
19. Anthony Gilbert. La Gente muere Despacio
20. James M. Cain. El Estafador
21. Patrick Quentin. Enigma para Tontos
22. E. C. R. Lorac. La Sombra del Sacristán
23. Wilkie Collins. La Piedra Lunar
24. Cora Jarret. La Noche sobre el Agua
25 H. F. Heard. Predilección por la Miel
26. Michael Innes. Los Otros y el Rector
27. Leo Perutz. El Maestro del Juicio Final
28. Nicholas Blake. Cuestión de Pruebas
29. Lynn Brock. En Acecho
30. Wilkie Collins. La Dama de Blanco, 2 tomos
31. Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo. Los que Aman, Odian
32. Anthony Gilbert. La Trampa
33. John Dickson Carr. Hasta que la Muerte nos Separe
34. Michael Innes. ¡Hamlet, Venganza!
35. Nicholas Blake. ¡Oh, Envoltura de la Muerte!
36. E. C. R. Lorac. Jaque Mate al Asesino
37. John Dickson Carr. La Sede de la Soberbia
38. Eden Phillpotts. Eran Siete
39. Patrick Quentin. Enigma para Divorciadas
40. John Dickson Carr. El Hombre Hueco
41. Lynn Brock. La Larga Búsqueda del señor Lamousset
42. Eden Phillpotts. Los Rojos Redmayne
43. Richard Keverne. El Hombre del Sombrero rojo
44. Raymond Postgate. Alguien en la Puerta
45. Anthony Gilbert. La Campana de la Muerte
46. Nicholas Blake. El Abominable Hombre de Nieve
47. Robert Player. El Ingenioso señor Stone
48. Manuel Peyrou. El Estruendo de las Rosas
49. Raymond Postgate. Veredicto de Doce
50. Patrick Quentin. Enigma para Demonios
51. Patrick Quentin. Enigma para Fantoches
52. John Dickson Carr. El Ocho de Espadas
53. R. C. Woodthorpe. Una Bala para el señor Thorold
54. H. F. Heard. Respuesta Pagada
55. Michael Innes. El Peso de la Prueba
56 H. F. Heard. Asesinato por Reflexión
57. Anthony Gilbert. ¡No Abras esa Puerta!
58. James Hilton. ¿Fue un crimen?
59. Anthony Berkeley. El Caso de los bombones Envenenados
60. John Dickson Carr. El que Susurra
61. Patrick Quentin. Enigma para Peregrinos
62. Anthony Berkeley. El Dueño de la Muerte
63. Patrick Quentin. Corriendo hacia la muerte
64. John Dickson Carr. Las Cuatro Armas Falsas
65. Anthony Gilbert. Levante usted la Tapa
66. Peter Curtis. Marcha Fúnebre en Tres Claves
67. Anthony Gilbert. Muerte en el otro Cuarto
68. Sidney Fowler. Crimen en la Buhardilla
69. Varios autores. El Almirante Flotante (en colaboración)
70. John Dickson Carr. El Barbero Ciego
71. Donald Henderson. Adios al Crimen
72. Graham Greene. El Tercer hombre/El Ídolo caído
73. Edgar Lustgarden. Una Infortunada más
74. John Dickson Carr. Mis Mujeres Muertas
75. Clifford Witting. Medida para la Muerte
76. Nicholas Blake. La Cabeza del Viajero
77. Michael Burt. El Caso de las Trompetas Celestiales
78. Charles Dickens. El Misterio de Edwin Drood, prólogo de G. K. Chesterton
79. Cyril Hare. Huésped para la Muerte
80 Eden Phillpotts. Una Voz en la Oscuridad
81 Marten Cumberland. La punta del Cuchillo
82 Michael Valbeck. Caídos en el Infierno
83 L.A.G. Strong. Todo se derrumba
84 Will Ousler. Legajo Florence White
85 Hugh Walpole. En la plaza Oscura
86 Richard Hull. Prueba de Nervios
87 Patrick Quentin. El Buscador
88 Bernice Carey. El Hombre que eludió el Castigo
89 Elizabeth Eastman. El Ratón de los Ojos rojos
90 Margaret Millar. Pagarás con Maldad
91 Nicholas Blake. Minuto para el Crimen
92 Edgar Lustgarden. Veredictos Discutidos
93 Norman Berrow. Peligro en la Noche
94 John Dickson. Los Suicidios Constantes
95 Michael Burt. El Caso de la Joven Alocada
96 Fernand Crommelynck. ¿Es usted el Asesino?
97 Guy Des Cars. El Solitario
98 Michael Burt. El Caso del Jesuita Risueño
99 Vera Caspary. Bedelia
100 Thomas Walsh. Pesadilla en Manhattan
101 Richard Hull. El Asesinato de mi Tía
102 Alexander Rice Guinness. Bajo el Signo del Odio
103 Josephine Tey. Brat Farrar
104 John Dickson Carr. La Ventana de Judas
105 Margaret Millar. Las Rejas de Hierro
106 Anna Mary Wells. Miedo a la Muerte
107 John Dickson Carr. Muerte en Cinco Cajas
108 Vera Caspary. Más Extraño que la Verdad
109 C. S. Forester. Cuenta pendiente
110 John Dickson Carr. La estatua de la viuda
111 Gregory Tree. Una Mortaja para la Abuela
112 Josephine Tey. Arenas que Cantan
113 Margaret Millar. Muerte en el Estanque
114 Pierre Very. Los Goupi
115 J. C. Masterman. Tragedia en Oxford
116 Robert Parker. Pasaporte para el Peligro
117 Eric Linklater. El señor Byculla
118 Nicholas Blake. El Hueco Fatal
119 Stanley Ellin. El Crimen de la calle Nicholas
120 Eden Phillpotts. El Cuarto Gris
121 Marjorie Stafford. La Muerte toca el Gramófono
122 Eric Warman. Blando por Dentro
123 María Angélica Bosco. La Muerte baja en el Ascensor
124 Edward Atiyah. La Línea Sutil
125 Julian Symons. El Círculo se Estrecha
126 L. A. G. Strong. Scolombe Muere
127 William March. Simiente Perversa
128 Robert Burns. Soy un Fugitivo
129 Mary Fitt. Claves para Christabel
130 Nicholas Blake. Susurro en la Penumbra
131 Vera Caspary. El Falso Rostro
132 Richard Katz. El Caso más Difícil
133 Julian Symons. El 31 de Febrero
134 Serge Groussard. La Mujer sin Pasado
135 Cyril Hare. Un Crimen Inglés
136 Anthony Boucher. El Siete del Calvario
137 Charlotte Jay. El Ojo Fugitivo
138 H. F. M. Prescott. El Muerto Insepulto
139 Patrick Quentin. Mi Hijo, el Asesino
140 Patrick Quentin. El Bígamo
141 John Dickson Carr. El reloj de la muerte
142 Josephine Tey. El Muerto en la Cola
143 Edmund Crispin. El Caso de la Mosca Dorada
144 Nina Bawden. Trasbordo a Babilonia
145 Nicholas Blake. La Maraña
146 Marten Cumberland. La Puerta de la Muerte
147 Patrick Quentin. El Hombre en la Red
148 Nicholas Blake. Fin de Capítulo
149 John Dickson Carr. Patrick Butler por la Defensa
150 Beverly Nichols. Los Ricos y la Muerte
151 Patrick Quentin. Circunstancias Sospechosas
152 Edwin Lanham. Asesinato en mi Calle
153 Cyril Hare. Tragedia en la Justicia
154 Robert Harling. La Columnata Interminable
155 Cornell Woolrich (William Irish). Violencia
156 Patrick Quentin. La Sombra de la Culpa
157 Nicholas Blake. Un Puñal en mi Corazón
158 Roy Fuller. Fantasía y Fuga
159 Nicholas Blake. El Crucero de la Viuda
160 Margaret Millar. Las Paredes Oyen
161 Raymond Chandler. La Dama del Lago
162 E. C. R. Lorac. Muerte por Triplicado
163 Patrick Quentin. El Monstruo de Ojos Verdes
164 Wallace Reyburn. Tres Mujeres
165 Vera Caspary. Evvie
166 Alex Fraser. Lugares Oscuros
167 Beverly Nichols. Asesinato a Pedido
168 Julian Symons. La Senda del cCrimen
169 Patrick Quentin. Vuelta a Escena
170 John Dickson Carr. Pese al Trueno
171 Nicholas Blake. El Gusano de la Muerte
172 Margaret Millar. Semejante a un Ángel
173 Max Duplan. Sanatorio de Altura
174 Laurence Payne. Claro como el agua
175 Vera Caspary. El Marido
176 Wade Miller. El Arma Mortal
177 Patrick Quentin. La Angustia de Mrs. Snow
178 Marten Cumberland. Y luego el Miedo
179 James Hadley Chase. Un Loto para miss Quon
180 Hillary Waugh. Nacida para víctima
181 John Burke. La parte culpable
182 Nicholas Blake. La Burla Siniestra
183 James Hadley Chase. ¿Hay Algo mejor que el Dinero?
184 Thomas Walsh. Un Ladrón en la Noche
185 James Hadley Chase. Un Ataúd desde Hong Kong
186 Hillary Waugh. Apelación de un Prisionero
187 Maurice Moiseiwitsch. Besa al ángel de las Tinieblas
188 Ross MacDonald. El escalofrío
189 Patrick Quentin. Peligro en la casa Vecina
190 Thomas Walsh. Esconder a un Canalla
191 Patrick Quentin. Trasatlántico "Asesinato"
192 Edwin Lanham. No hay Escondite
193 Howard Fast. El Ángel Caído
194 John Dickson Carr. Fuego que Quema
195 Ben Healey. Al Acecho del Tigre
196 Patrick Quentin. El Esqueleto de la Familia
197 Nicholas Blake. La Triste Variedad
198 Herbert Brean. Los Rastros de Brillhart
199 James Hadley Chase. Un Ingenuo Más
200 Ross MacDonald. Dinero Negro
201 Hillary Waugh. La Joven Desaparecida
202 James Hadley Chase. Una Radiante Mañana Estival
203 John Bingham. Un Fragmento de Miedo
204 John Dickson Carr. El Codo de Satanás
205 James Hadley Chase. La Caída de un Canalla
206 Ross MacDonald. El Otro Lado del Dólar
207 Nicholas Freeling. Cañones y Manteca
208 Nicholas Blake. La Mañana después de la Muerte
209 James Hadley Chase. Fruto prohibido
210 James Hadley Chase. Presuntamente violento
211 Nicholas Blake. La Herida Íntima
212 Hillary Waugh. El Hombre Ausente
213 James Hadley Chase. La Oreja en el Suelo
214 Nicholas Blake. Fin de Capítulo
215 Hillary Waugh. 30 Manhattan East
216 Beverley Nichols . Los Ricos y la Muerte
217 Ross MacDonald. Enemigo Insólito
218 John Dickson Carr. Oscuridad en la Luna
219 John D. MacDonald. El Fin de la Noche
220 John Boland. El derrumbe
221 James Hadley Chase. Y Ahora, Querida...
222 Nicholas Freeling. ¡Tsing-Boum!
223 Hillary Waugh. Corra cuando diga:¡ya!
224 James Hadley Chase. Trato hecho
225 Hillary Waugh. Muerte y Circunstancia
226 Hillary Waugh. Veneno Puro
227 Ross MacDonald. La Mirada del Adios
228 John D. MacDonald. La Única Mujer en el Juego
229 Ellery Queen. Besa y Mata
230 Ellery Queen. Asesinatos en la Universidad
231 James Hadley Chase. El Olor del Dinero
232 Cornell Woolrich (William Irish). Plazo: Al amanecer
233 Paul Andreota. Zigzags
234 Piero Chiara. Los Jueves de la señora Julia
235 Ben Healey. Las Mujeres se dedican al Crimen
236 Margaret Millar. Sólo Monstruos (o Más allá hay Monstruos)
237 John Dickson Carr. Mediodía de Espectros
238 John A. Graham. Algo en el Aire
239 Joseph Harrington. El Último Timbre
240 James Hadley Chase. Un Agujero en la Cabeza
241 Sidney Sheldon. Cara Descubierta
242 Cornell Woolrich. No Quisiera estar en tus Zapatos
243 John A. Graham. El robo del Cézanne
244 Ross MacDonald. Costa Bárbara
245 Michael Z. Lewin. Acertar con la pregunta
246 Paul Andreota. El Pulpo
247 John Dickson Carr. Mansión de la muerte
248 James Hadley Chase. Peligroso si anda suelto
249 Robert Garret. El Fin de la persecución
250 Vera Caspary. Retrato Terminado
251 Cornell Woolrich (William Irish). La Dama Fantasma
252 James Hadley Chase. Si Deseas seguir Viviendo
253 John Craig. ¿Quieres ver a tu Mujer otra vez?
254 Lillian O' Donell. El Teléfono Llama
255 Michael Collins. Acto de terror
256 Stanley Ellin. El hombre de Ninguna Parte
257 David Anthony. La Organización
258 Michael Gilbert. El Cadáver de una Chica
259 Michael Collins. La Sombra del Tigre
260 Richard Neely. El Síndrome Fatal
261 Bill Pronzini. ¡Pánico!
262 Victor Canning. Peón Dama
263 Cornell Woolrich. Cita en la Oscuridad
264 Arthur Maling. Traficante de Nieve
265 James Hadley Chase. Estás solo cuando estás muerto
266 David Anthony. Sangre a la luz de la Luna
267 James Hadley Chase. Sin Dinero, a Ninguna Parte
268 Richard Neely. La Amante Japonesa
269 Lillian O'Donnell. No uses Anillo de Boda
270 James Hadley Chase. Acuéstala sobre los Lirios
271 Kennetth Royce. El Hombre XYY
272 Victor Canning. La Efigie Derretida
273 Stanley Ellin. La Especialidad de la casa
274 Gregory Cromwell Knapp. La Estrangulación
275 Robert Dennes. El Sudor del Miedo
276 Dwight Steward. Acupuntura y Muerte
277 Arthur Maling. Ding Dong
278 Stanley Ellin. Castillo de Naipes
279 Roger Ivnees. El Llanto de Némesis
280 Lettice Cooper. Té en Domingo
281 Raymond Chandler. Asesino en la Lluvia
282 David Westheimer. La Cabeza Olmeca
283 Victor Canning. Cresta Roja
284 James Hadley Chase. El Buitre Paciente
285 Michael Collins. El Grito Silencioso
286 Peter Dickinson. El Oráculo envenenado
287 James Hadley Chase. Con las Mujeres nunca se Sabe
288 John D. Macdonald. Cielo Trágico
289 Reg Gadney. Luchar por Algo
290 James Hadley Chase. Hay un Hippie en la Carretera
291 John Bingham. Cinco Accesos al Paraíso
292 Cornell Woolrich. La Novia vestía de Luto
293 John D Macdonald. Lamento Turquesa
294 John Godey. La Muerte del Año
295 Bill Pronzini. Prisionero en la Nieve
296 Dick Francis. Golpe Final
297 Lillian O' Donell. Traficantes de Niños
298 Cornell Woolrich. Serenata del Estrangulador
299 James Hadley Chase. Un As en la Manga
300 David Anthony. La dama de Medianoche
301 Walter Kempley. Cálculo de Probabilidades
302 Victor Canning. La Marca de Kingsford
303 Lillian O' Donell. Disque 577
304 James Hadley Chase. Peces sin Escondite
305 Kyril Bonfiglioli. No me apuntes con Eso
306 Kenneth Royce. Operación Leñador
307 Victor Canning. El Esquema Rainbird
308 Stanley Ellin. La Fortaleza
309 Kenneth Royce. En el Hampa
310 Dereck Marlowe. La Hermana de Alguien
311 James Hadley Chase. Toc toc, ¿Quién es?
312 Victor Canning. La Máscara del Recuerdo
313 Nicholas Meyer. Práctica de Tiro
314 James Hadley Chase. Si Usted Cree Esto
315 Richard Neely. Mientras el Amor Duerme
316 Gavin Lyall. El País de Judas
317 James Hadley Chase. Muérase, por favor
318 John Godey. La Hora Azul
319 Dick Francis. En el Marco
320 Margaret Millar. Pregunta por mi Mañana
321 Peter Lovesay. Figura de Cera
322 Hillary Waugh. Una novia para Hampton House
323 Lillian O'DonneLl. Trabajo Mortal
324 Arthur Maling. Juego Diabólico
325 Stanlei Ellin. Viaje a Luxemburgo
326 Rex Stout. Asunto de Familia
327 Martha Albrand. Zurich/AZ 900
328 Simon Brett. Por Orden de Desaparición
329 James Hadley Chase. Considerate muerto
330 Hammond Innes. El Caballo de Troya
331 John Bingham. Amo y Mato
332 James Hadley Chase. Tengo los Cuatro Ases
333 Dick Francis. Olimpiada en Moscú
334 Margaret Millar. El Asesinato de Mrs Shaw
335 Joe Gores. Al Estilo Hammett
336 Hillary Vaugh. Un Loco en mi Puerta
337 Donald Hamilton. Los Ejecutores
338 Kenneth Royce. El toque de Satán
339 Alain Demouzon. Crímenes Imperfectos
340 Cornell Woolrich. El Negro Sendero del Miedo
341 Kyril Bonfigliori. Detrás de un Revólver
342 Stanley Ellin. La Estrella Deslumbrante
343 Kay Nolte Smith. La Espectadora
344 Dick Francis. Riesgo Mortal
345 Ngaio Marsh. La Foto en el Cadáver
346 Hugh Macleave. Ningún Rostro en el Espejo
347 Gene Thompson. La Prueba Decisiva
348 Ellis Peters, Un Cadaver de más
349 Allain Demouzon. El Largo Túnel
350 J. Crouley. Cambio Rápido
351 Donald Hamilton. Los Envenenadores
352 Ian Stewart. Huelga Fraguada
353 B. M. Gill. Víctimas
354 Leo Bruce. El Caso de la Muerte entre las Cuerdas
355 H. Paul Jeffers. Asesinato en el Club
356 Leo Bruce. El Caso para Tres Detectives
357 Andrew Garve. Contragolpe
358 Josephine Bell. Y si viniera el lobo
359 Peter May. Rostros ocultos
360 Simon Brett. Tanta Sangre
361 Leo Bruce. Un Caso para el sargento Beef
362 Peter Lovesey. El Falso Inspector Dew
363 Donald Hamilton. Los Destructores
364 Leo Bruce. Cabeza a Cabeza
365 Liza Cody. Engaño
366 Donald Hamilton. Los Intimidadores
367 Leo Bruce. Sangre Fría (*)


(*) Nota: en la contraportada del nº 366 se anuncia esta novela que no salió incluida dentro de El Séptimo Círculo aunque sí fue publicada aparte en otra colección (Grandes Maestros del Suspenso) por Emecé.

martes, 5 de agosto de 2025

Temperamentales - Francisco Candel

 

Por los detalles indicados la acción de la novela transcurriría durante los años de la década de los 50.



El joven Armando Muñoa es llevado por su padre a un lugar llamado Calafusta, para que se pudiera recuperar de los problemas respiratorios relacionados con la tuberculosis.

El padre al despedirse deja encargada la alimentación de su hijo Armando a la dueña de la fonda o pensión Can Barral del pueblo.

Progresivamente Armando va conociendo a los residentes de la fonda o pensión y a los habitantes de Calafusta. Los del pueblo sabían muy bien que mucha gente iba ahí por sus problemas de salud  pero se guardaban sus opiniones para no fastidiar el negocio de la fonda ni hacerse problemas con los demás. A los enfermos de tuberculosis los llamaban los averiados.

Armando conoce a Manolo, un tipo hablador pero también grosero y demasiado confianzudo con las jóvenes mujeres que alquilaban habitaciones en la pensión.
Hay momentos en que el tal Manolo hablaba de su situación y callaba detalles de su vida laboral con lo que nos parece que el hombre era un mitómano.

Algunos de los huéspedes eran hipocondríacos, unos monomaníacos que vivían pendientes de cada síntoma de su enfermedad. Se entiende si aplicamos lo de la espada de Damocles o a lo hitchcockiano, por así decirlo, de estar con la muerte en los talones a causa de la tuberculosis que les complicaba la vida, pero con un suspense insoportable de no poder saber si un día u otro se iban a morir por la enfermedad que envió a la tumba a Chéjov, Kafka, Bécquer, Thomas Wolfe y a tantos otros (se especula que R.L. Stevenson y Chopin padecían no de tuberculosis sino de otras enfermedades de las vías respiratorias).

Candel habla de los padecimientos de los personajes pero no nos atosiga con tanto dato porque de lo contrario la novela sería insufrible, y así  comprendemos  lo que nos cuenta de ellos.

En las novelas hechas por escritores que fueron médicos como A.J. Cronin, Frank G. Slaughter y otros, hay un equilibrio con la información que se da al lector de tal forma que hasta hace que se olvide o no piense tanto de que se mencionan detalles como hospitales, tratamientos, síntomas, medicamentos, operaciones y el resto y sólo se sigue leyendo.

Entre los residentes de la fonda había gente soltera, casada y separada.

Al estar en un pueblo la colonia de “averiados” trataba de distraerse yendo a paseos ―uno de ida y vuelta que llamaban el 29—, visitando otros pueblos cercanos, leyendo y haciendo lo más básico conversando sobre sus problemas de su salud, de los sentimentales, sobre literatura (entre los que eran lectores), de otros temas, bailaban, recitaban poemas, etc., en fin, de lo que fuera ameno para irla pasando y no aburrirse en Calafusta.

Aunque el libro se llame Temperamentales no hay tantas explosiones emocionales ni tan impulsivas salvo cuando la paciencia de alguien se agotaba o alguno se desesperaba por no recibir la atención de alguien de quien se hubiera enamorado inútilmente. Se podría decir más pero ya sería hacer una monografía de psicología y nuestro comentario no va por ahí. 

Sucedían situaciones de los más vergonzosas que provocaban líos entre los huéspedes y como consecuencia muchas de las mujeres concluían en que todos los hombres son unos granujas.

Hay escarceos entre los residentes pero el puritanismo de la época hace fallar cualquier tentativa que planearan y experimentan fiascos entre ellos, y también vemos sus contradicciones y defectos, como la hipocresía de algunos de ellos con respecto al adulterio: Hago lo que quiero pero cuido que no me vean y que la mujer no se entere. Sí, claro, pensaban que ninguna se daba cuenta y ellas ya sabían desde hace tiempo de las andanzas del marido.

En una de esas Manolo se burla de una pareja que estaba en la fonda hasta que el marido no aguanta más y lo agarra a puñetazos, derribándolo y llamándolo tuberculoso indecente.
Con el chasco en público Manolo se va de la pensión y se pone a residir en un pueblo cercano. Un día invita a comer a Armando y a otros pero luego los invitados tuvieron que pagar su comida y el vino. 
Así era él hasta que se va del pueblo sin despedirse.

Al regresar a su casa Armando ve que la amistad con algunos era de lo más frágil y pierde el contacto hasta ya no verse más.

Alerta de destripe

Más adelante al regresar a la ciudad, y al quedarse solo en casa durante un mes Armando, por dárselas de don Juan Tenorio o Casanova, se mete en un tremendo problema con una chica murciana que trabajaba de criada en su casa. El joven se entera por boca de la sirvienta de lo que pasaba y siente como que se le abre un abismo frente a él. 
La conciencia le remuerde hasta que no soporta más y le revela lo sucedido a su padre pero esto daña la relación entre ambos, y además evitan que la sensible madre de Armando no se entere de nada. El padre arregló el asunto con la chica a base de dinero y el novio de la criada terminó pagando el pato al ser engañado y no digo más.
En adelante su padre lo trata de manera fría y distante y no volvieron a contratar a ninguna empleada doméstica que fuera joven.

Al siguiente verano Armando regresó a Calafusta.
En la fonda siguió con la rutina junto con los demás que seguían frecuentándola.

Hay cierto paralelismo entre esta novela y La Montaña Mágica de Thomas Mann, en donde los personajes discuten de filosofía y otros temas. En Calafusta, en cambio, los temperamentales prefirieron no ponerse tan filosóficos y a no darle tantas vueltas al asunto que les mortificaba, a no pensar tanto en la muerte y sus rollos y a seguir disfrutando de su estancia como bien pudieran, y sin caer en alguna estupidez espiritista que, como bien se dijo, equivale a ponerse a jugar con dinamita.

Todo iba tranquilo hasta que llegó un fabricante de licores junto a su mujer y sus dos hijos.

El fabricante era un fanático del juego de las damas y al discutir sobre ello con Armando y demás residentes, pues los más cultos se daban cuenta de que el industrial no pasaba de tener un nivel cultureta (persona pretendidamente culta) que únicamente repetía lo más básico que leyó por ahí sobre Poe y otros temas.

A sugerencia del fabricante se organiza un torneo de juego de damas y toda la rutina se altera.

Salvo alguno todos los demás residentes juegan a las damas hasta que aburridos llegan al hartazgo con el jueguito, y sólo siguieron Armando y el fabricante.

Pasan los días y siguen jugando y el resto se burla del fabricante y de esa obsesión con el juego: cómo podía seguir con la tontería de las damas teniendo una mujer tan estupenda.

Entonces pasa algo inesperado que conmociona a la fonda. Aunque la situación es muy perturbadora en el lugar Armando no aprende del pasado y otra vez se deja llevar por las hormonas.

La fonda de Calafusta se convierte en parte de la vida del protagonista y al final suponemos que seguirá yendo año tras año cuando quiera y pueda.

El libro de Candel se deja leer desde el inicio y acompañamos al autor hasta el final tan imprevisto.

A algunos no les gustó que pareciera hablara tanto de la tuberculosis en el libro o ese final inesperado, pero así es en la literatura en donde cada autor decide cómo empezar, cómo se desarrolla y termina su obra aunque la conclusión elegida nos guste o no. 



Francisco Candel. Temperamentales, Colección Libro Amigo N° 114, Editorial Bruguera, Barcelona, 1969, 334 págs.


Nota.- La foto es mía.

Esto no es un resumen de la novela.

 

lunes, 4 de agosto de 2025

El libro que puso en riesgo la publicación de "Principia Mathematica", la revolucionaria obra de Isaac Newton que sentó los principios de la física moderna

BBC News Mundo
Redacción

 

En el siglo XVII hubo un afán por parte de ciertos intelectuales de corregir el conocimiento humano.

Había mucho saber acumulado valioso, pero en ciertas áreas estaba mezclado con leyendas e inexactitudes.

Así que consideraron necesarias revisiones para tratar de depurar y establecer datos constatados, basados en la observación y la clasificación.

Dos de los que se dedicaron a tal tarea fueron los británicos John Ray, un distinguido botánico, y su alumno Francis Willughby, ornitólogo e ictiólogo.

Ambos acordaron reformar el estudio de la historia natural.

La primera parte del plan fue embarcarse en un viaje para recoger especímenes, participar en estudios y comprar libros e ilustraciones.

Entre 1663 y 1666 recorrieron Europa juntos, y regresaron a Inglaterra cargados de información.

Se pusieron en la tarea de procesarla, primero para una publicación de un colega, y luego para obras propias.

Pero en 1672 Willughby murió, dejando sin terminar dos libros.

Ray, en un acto de amistad, tomó la pluma y los completó.

El primero, Ornithologiae Libri Tres, fue publicado con dinero de la viuda de Willughby.

El segundo no contó con ese respaldo, pero sí con el auspicio de la Real Sociedad de Londres para el Avance de la Ciencia Natural.

Un grupo élite la había fundado en 1660 para dedicarse a la filosofía natural, lo que hoy llamaríamos ciencia, recopilando información, observando el mundo, realizando experimentos, debatiendo sus resultados y publicándolos.

La prestigiosa sociedad se comprometió de lleno con la obra de Ray que completaría el trabajo de Willughby; la cual, como apunta la historiadora de ciencia Sachiko Kusukawa, tenía sus méritos.

Aunque la obra en la que apareció este pez es hoy prácticamente olvidada, se consideró pionera en su momento.
 
 
Con ella, el botánico esperaba ofrecer una nueva historia natural de los peces.

Según él, la historia natural adolecía de una multiplicación de especies, debido a descripciones vagas o incompletas que resultaban en que un solo animal apareciera como si fuera muchos distintos.

Para remediarlo, buscó marcas características y se apartó de la definición tradicional de pez, que solía ser animal acuático o cualquier animal que vive en el agua.

Su definición era descriptiva: animales que tenían piel sin pelo y aletas, que no tenían pies y que no eran capaces de vivir libremente o por mucho tiempo sin agua.

Así, criaturas como el cocodrilo y el hipopótamo, que habían sido clasificados como peces, dejaban de serlo.

Esa no era la única innovación.

Su fuerte énfasis en la morfología la diferenciaba de otras obras anteriores, que versaban más bien sobre los usos terapéuticos de los peces, y detallaban cómo pescarlos y cocinarlos para comérselos o convertirlos en medicinas. 

 

Grandes expectativas

Cuando Ray terminó el texto en 1684, empezó el trabajo con la Real Sociedad, que no sólo invirtió recursos económicos, sino también intelectuales.

Numerosos miembros contribuyeron a revisar, correguir y suplementar durante meses hasta afinar cada detalle, no sólo de la información escrita sino también de la visual.

Y es que la obra Historia Piscium, o "Historia de los peces", fue profusamente ilustrada con suntuosos -y sumamente costosos- grabados, todos financiados gracias a los esfuerzos de los miembros de la Real Sociedad.

Ray estaba muy complacido con las imágenes, y convencido de que la "belleza y elegancia" de los 189 grabados atraerían compradores.

Y, aunque mucho se ha dicho que la formidable inteligencia de los miembros de la Real Sociedad no era garantía de un buen criterio empresarial, para ser justos, tenían razones para creerlo.

Unas décadas antes, una extraordinaria obra había demostrado lo que se podía lograr con grabados exquisitos. 

 
Una de las muchas exquisitas imágenes de Hortus Eystettensis.
 
 
Hortus Eystettensis, del médico y botánico Basilius Besler, era un monumental libro sobre plantas bellamente ilustrado que había revolucionado la botánica elevándola a nuevas alturas artísticas y científicas.

Cuando el libro salió a la venta en 1613, tras 16 años de investigación y producción, tuvo tanto éxito que Besler ganó suficiente dinero como para comprarse una casa en un barrio elegante de Núremberg por tan solo cinco ejemplares, eso sí, de la edición especial coloreada a mano.

Así que soñar con que un libro pionero científicamente sobre peces y bellamente ilustrado sería bien recibido no parecía ser tan desatinado.

 

Entretanto...

Mientras algunas de esas mentes destacadas de la Real Sociedad estaban concentradas en lo había bajo el agua, a otras les inquietaban lo que ocurría en los cielos.

El astrónomo Edmond Halley estaba en pos de una solución a una cuestión que cambiaría la historia.

Había surgido en medio de una conversación que sostuvo a principios de 1664 con el científico Robert Hooke y el arquitecto Sir Christopher Wren, como cuenta Gale Christianson, autor de "Isaac Newton y la revolución científica" (Oxford, 1996).

Halley había sugerido que la fuerza de atracción entre los planetas y el Sol disminuye en proporción inversa al cuadrado de la distancia entre ellos.

De ser cierto, la órbita de cada planeta debería tener la forma de la elipse de Kepler, que es similar a un balón de fútbol, ​​aunque algo más redondeada.

Concordaron en que podía ser así, pero que el problema era encontrar los medios matemáticos para demostrarlo.

Tras meses de elucubración sin solución, Halley decidió consultar al ermitaño Isaac Newton.

Newton vivía aislado en esa época, y se la pasaba absorto en sus pensamientos (Retrato de Isaac Newton, 1689). 

 

En esa época, Newton vivía en Cambridge y se había convertido en el modelo perfecto del profesor despistado.

Olvidaba comer, dormía poco, no peinaba su larga cabellera, rara vez salía de su despacho y no hacía más que trabajar.

Pero para sorpresa de Halley, se alegró con su visita, y cuando le reveló el motivo de ella, recibió una respuesta certera.

Al preguntarle qué tipo de curva describirían los planetas suponiendo que la fuerza de atracción hacia el Sol fuera recíproca al cuadrado de su distancia a él, Newton le respondió, sin dudarlo, que sería un elipse.

"Lo he calculado", le dijo.

Eso era precisamente lo que se necesitaba: la demostración matemática.

Desafortunadamente, Newton no pudo encontrar sus apuntes en ese momento, pero prometió rehacerlos y enviárselos a Halley.

Tardó más de lo esperado pues, en lugar de recrear lo ya calculado, resolvió el problema empleando un método matemático distinto al anterior.

Pero tres meses después llegó a Londres un manuscrito de 9 páginas titulado De Motu Corporum in Gyrum (Sobre el movimiento de los cuerpos en rotación).

Halley, consciente de que se trataba de la base matemática de una ciencia general de la dinámica, se apresuró a preguntarle a Newton si podía presentarlo ante la Real Sociedad, y publicarlo.

Tras enterarse por boca de Halley de las buenas nuevas, los miembros de la sociedad instaron a que se publicara la breve obra lo antes posible.

Pero para entonces, Newton ya concebía a De Motu como el germen de su obra maestra, y prefirió ahondar en el asunto antes de publicar. 

 

"Ya que me estoy ocupando de este tema", le escribió Newton a Halley, "me gustaría llegar al fondo del asunto antes de publicar mis artículos". Al hacerlo, creó Principia.

 

Tras 18 meses de intenso trabajo, en abril de 1686, Newton presentó y dedicó a la Royal Society el primer tercio de Philosophiae Naturalis Principia Mathematica (Principios matemáticos de la filosofía natural).

La orden de imprimirlo se dio en el plazo de un mes.

 

Sólo que...

El entusiasmo por la obra de Newton se estrelló contra un gran obstáculo.

El mismo mes en el que Principia llegó a la Real Sociedad, Historia Piscium estuvo listo para publicación y salió al mercado, a un precio de alrededor de US$270 actuales.

Reflejaba el alto costo de la producción y, entonces como ahora, era un artículo de lujo, uno en el que muy pocos estuvieron interesados.

Decir que fue un fracaso de ventas es quedarse corto.

Ni siquiera el hecho de que unos meses después los precios se redujeron sustancialmente ayudó.

La Real Sociedad se quedó con tantos tomos sin vender que empezó a usarlos como moneda de pago. 

A pesar de su fracaso comercial, hoy en día es un recurso valioso no solo para los historiadores de peces, sino para quienes aprecian sus excelentes ilustraciones.

 

Al borde de la bancarrota, no pudo cumplir con la promesa de apoyar la publicación de la obra de Newton, en la que este científicio había logrado un hito:

Al proyectar la gravedad a través del vacío, unió la física y la astronomía en una sola ciencia de la materia en movimiento, cumpliendo los sueños de Pitágoras, Copérnico, Kepler, Galileo e innumerables otros, como señala Christianson.

Afortunadamente Halley logró recaudar los fondos para asegurar que ese libro fundamental para la ciencia moderna viera la luz en 1687, poniendo la mayor parte del dinero de su propio bolsillo, pues era hijo de un rico fabricante de jabón.

Su admiración por el autor quedó plasmada en la primera edición de Principia, que incluyó su "Oda a Newton", en la que invitaba "a celebrar conmigo en cántico el nombre de Newton, querido por las Musas; pues él desveló los tesoros ocultos de la Verdad".

Termina afirmando: "Ningún mortal puede acercarse más a los dioses".

A pesar de cuán fundamental fue Halley para la publicación de Principia, poco después del lanzamiento, la Real Sociedad se vio obligada a suspender su cargo de secretario.

No podía pagar su salario anual, tampoco reembolsarle el dinero por financiar el libro de Newton.

Al menos no con dinero.

Le pagaron lo que le debían con ejemplares sobrantes de Historia Piscium.

 
El Gran Cometa de 1532 que fue observado durante 119 días. Al estudiar sus movimientos en el cielo, Halley concluyó éste y otro de 1661 eran el mismo cometa. 
 
 
Cabe anotar que Principia tampoco fue un éxito de ventas inmediato.

Como todos los libros científicos de la época, estaba escrito en latín, y no era de lectura fácil.

Se cuenta que tras su publicación, Newton se cruzó en la calle con un estudiante que comentó: "Ahí va el hombre que escribió un libro que ni él ni nadie entiende".

Para deshacerse de algunos de los muchos ejemplares sin vender, Newton recurrió a donarlos a bibliotecas de universidades y colegios.

No obstante, una investigación, publicada en 2020, descubrió que la primera edición del libro logró una distribución sorprendentemente amplia en todo el mundo culto.

Eso indica que probablemente tuvo un impacto más fuerte en la ciencia de la Ilustración del que se pensaba.

En cualquier caso, llegaría a convertirse en un coloso científico, por decifrar el Universo con el descubrimiento de la gravedad y las leyes del movimiento planetario, y establecer un método de investigación que se convirtió en el estándar de oro.

Halley, por su parte, utilizaría más tarde las leyes del movimiento de Newton para calcular por primera vez la órbita de un cometa que posteriormente recibiría su nombre.

E Historia Piscium caería casi en el olvido, recordándose de vez en cuando como el libro que casi impide la publicación de Principia

 

Fuente: Principia Mathematica 


 


 

domingo, 3 de agosto de 2025

Horóscopo

Por Luis Felipe Angell (Sofocleto)

 

ARIES.— Aumentará la familia dentro de nueve meses, porque (aunque ella no se lo imagina) su hijita menor le trae un nieto del último pic-nic. En cambio, su hijo, el universitario, contraerá matrimonio porque la muchacha de servicio era menor de edad, como se comprobó ante el juez. Su señora es muy fiel, pero a otro. 

 

TAURO.― Realizará usted un largo viaje y acudirán todos sus familiares a despedirlo, con profusión de lágrimas. Especialmente en el momento de colocarle la lápida. Pero no será nada grave. En materia de amor, dejará usted un ser inconsolable. Su perro. En los negocios irá muy lejos, hasta la quiebra. Pero saldrá desprestigiado.


GÉMINIS.― Pronto cambiará su manera de ver las cosas porque se quedará bizco debido a un aire en el ojo. Necesita ser optimista, sobre todo, ahora que lo boten del puesto y no lo reciben en ninguna parte, porque los bizcos traen mala suerte. Su señora comenzará a ayudarlo económicamente, pero no le pregunte cómo se las arregla.

 

CÁNCER.― Pronto hará usted una fortuna, pero los billetes le saldrán un poco diferentes y la policía se dará cuenta. Diez años en el Frontón pasan volando. Sobre todo si a usted le gusta la pesca. Su señora lo esperará todo ese tiempo, junto con su nuevo marido. En lo demás le irá perfectamente bien. 


LEO.— Al fin tendrá la paz y la tranquilidad que tanto anhelaba, porque su señora ha obtenido una orden judicial para internarlo y casarse con un hombre de verdad: El psiquiatra. Respete mucho a ese coronel, viejo amigo de la familia, que lo conoce desde chico. Es su papá. Sonría, no tiene razones para estar serio.


VIRGO.― Muy pronto verá usted las cosas color rosado,  porque tendrá un derrame de sangre en cada ojo. Pero esto se arreglará rápido con un perro lazarillo que lo acompañará toda la vida. Su señora lo cuidará con abnegación y a cambio de ello sólo le pedirá el divorcio. Pero no será necesario dárselo, porque ella enviudará muy pronto.


LIBRA.― No se preocupe por su edad. Este será el último año que cumpla. Pero su salud será perfecta, según revelará la autopsia. Un amigo íntimo suyo comenzará a ayudarle, especialmente con su señora y cuando usted salga de viaje. Su hijo comenzará a trabajar por su cuenta y los diarios hablarán de él cuando lo capturen infraganti.


ESCORPIÓN.― Su economía mejorará notablemente ahora que declaren la mendicidad como una ocupación lícita. Tendrá usted una nueva entrada (en la cárcel) y su sastre le dará tres cortes, pero sólo uno de ellos será de carácter mortal. Alguien hablará muy bien de usted a la hora de los responsos. Después ya no tendrá ningún problema.


SAGITARIO.― Realizará usted finalmente, el sueño de la casa propia, ahora que sus familiares hagan una colecta para trasladarlo a su flamante nicho perpetuo. A esa llaguita que le ha salido en el pie, no le haga caso. Es lepra. Hay algo en usted que tiene muy interesada a toda la familia. El seguro de vida que tomó el año pasado.


CAPRICORNIO.― Hay algo que cambiará radicalmente en usted: las hormonas. Pero no se preocupe porque gracias a ellas descubrirá que nació para cosmetólogo y no abogado, como suponía. En materia de amor encontrará el suyo pero sufrirá la incomprensión de las gentes, así como la persecución de la PIP y fotos en los periódicos.


ACUARIO.― Como el nombre lo indica, el agua es su símbolo, y la tendrá en abundancia cuando se le declare una hidropesía fulminante, aunque también tendrá sed debido a la rabia que le dará un perro. Pero mantenga la calma porque el perro morirá tres días antes que usted. Hay cambios en su familia: Sale usted y parece que entra otro. 


PISCIS.― Festejándolo por el tercer aniversario de su impotencia, su señora lo abandonará con el cobrador de la luz pero dejándole, felizmente, el último recibo cancelado. Hay algo muy grande que se le cruzará en el camino: un ómnibus, pero no lo hará sufrir mucho, porque la cosa será instantánea. Por lo demás todo será pura felicidad.

 

Luis Felipe Angell, El Ángulo Agudo, Editorial Arica, Lima, Perú, 1974, págs. 40-42


Notas

Pic-nic: Comida campestre.

El Frontón.- Pequeña isla en el océano Pacífico, cerca de la ciudad de El Callao, en Perú. Desde 1917 hasta 1986 fue una prisión para presos políticos y para algunos de los más peligrosos criminales. 

In fraganti. Locución originada por deformación de la expresión jurídica latina in flagranti (delicto), que significa en el mismo momento en que se comete un delito o, por extensión, cualquier acción censurable. Diccionario Panhispánico de Dudas, RAE, ASALE

Mendicidad.- Estado y situación de mendigo. Pobreza, miseria, penuria, carencia, escasez, etc. DLE RAE

Responso.- Responsorio que, separado del rezo, se dice por los difuntos. Exequias, rezo, oración, funeral. DLE RAE

PIP:  Policía de Investigaciones del Perú. Creada en 1922.  Desde 1988 como Policía Técnica forma parte de la Policía Nacional del Perú (PNP).

Hidropesía.- Hidropesía, edema o retención de líquido es la acumulación de líquido claro en los tejidos o cavidades del cuerpo. No constituye una enfermedad independiente, sino un signo clínico que acompaña a diversas enfermedades del corazón, riñones y aparato digestivo. Estas enfermedades poseen una íntima relación causa-efecto con la hidropesía. Wikipedia

sábado, 2 de agosto de 2025

Mi Personaje Inolvidable II

Por Jorge Obligado
 
JUGABA yo a la pelota contra la pared del granero cuando oí el ruido de un motor. Los automóviles no eran comunes hace medio siglo en la zona de la Argentina donde estaba nuestra estancia, situada a 160 kilómetros al norte de Buenos Aires, de modo que corrí hacia el camino, a tiempo que un extraño vehículo cruzaba el portón. Era un Ford modelo T, pero no tenía carrocería ni asientos. El gaucho que lo conducía iba cómodamente sentado en su silla de montar, o recado, sujeta al depósito de la gasolina.

De su muñeca derecha pendía el corto y pesado rebenque, como si acostumbrara a usarlo para azuzar al Ford. Detrás de él se veía un fardo con sus efectos personales, amarrado con cuerdas a una tabla atornillada al chasis, y coronado por su guitarra. 
Al verme se detuvo, y me preguntó:
―¿Está su padre en casa?
―En el jardín probablemente.
―Haga el favor de llevarme hasta él.

Yo tenía entonces diez años, y me jactaba de no obedecer jamás una orden sin discutirla antes, pero de aquel hombre emanaba una serena autoridad que me impresionó. Lo conduje al jardín, donde mi padre enseñaba a un peón cómo armar una tubería de agua. El recién llegado se quitó el sombrero y dijo:
—Buenos días, señor. Me llamo Patricio O'Connell; nací en la estancia de al lado donde mi padre era mayordomo. Ahora vengo de la región andina y busco trabajo. ¿Tendría usted algo para mí? Sé hacer muchas cosas bien.
El apellido extranjero no sorprendió a mi padre, pues había varias familias irlandesas en la zona. Consideró un momento la faz aguileña, cuyas varoniles facciones estaban suavizadas por un cutis sonrosado que el sol, la lluvia y el viento no habían conseguido oscurecer, y por unos ojos verdes y soñadores.  Tendría ese hombre unos cincuenta años, y vestía la indumentaria típica de los gauchos contemporáneos: blusa negra y corta, amplias bombachas que desaparecían en unas botas de media caña, y ancho cinturón de cuero ornado con monedas de plata.
―No, Patricio ―repuso―. No puedo ofrecerle nada por el momento.
El forastero no se inmutó. Se puso el sombrero de fieltro y lo echó desdeñosamente sobre la nuca; luego miró en torno y dijo:
―¿Me permite que le pregunte para qué instala esa cañería?
―Pienso construir una pequeña fuente ―explicó mi padre―. La tubería no se verá y el agua, al surgir de entre unas piedras, parecerá provenir de un manantial.
―No me gustan las cosas artificiales afirmó Patricio.
—¡Pero, hombre, estamos en la pampa! No encontrará usted una fuente natural en cien kilómetros a la redonda —repuso mi padre.
—Pues yo creo que hallaré una —dijo Patricio. Y tomando la pala de manos del asombrado peón, agregó:
—Venga conmigo señor, si no le es molesto.
Seguimos a Patricio hasta el fin del jardín, y descendimos tras él por la barranca boscosa hasta que llegamos a un claro sombreado por un gran ceibo. El gaucho inspeccionó cuidadosamente el talud de tosca detrás del árbol, luego cavó en cierto lugar con la pala, y al punto surgió un hilo de agua que serpenteó a nuestros pies.
―Descubrí este manantial cuando jugaba aquí de muchacho ―explicó―. En unos pocos días yo podría construir una linda fuente… y sería natural.
―No tengo alojamiento para usted ―protestó mi padre, vacilando.
―Eso no importa; me haré un rancho, y un cobertizo para el automóvil.
―Pero yo creía que usted había venido a caballo ―observó mi padre, indicando el rebenque.
―¿Lo dice por el talero? Ah, no viene mal cuando hay una pelea. No me gustan los cuchillos.
―Muy bien, puede usted quedarse, pero sólo hasta que termine la fuente.
―Pierda cuidado, no me quedaré ni un día más ―contestó el gaucho orgullosamente―. Me gusta cambiar de querencia.
Y volviéndose a mí, agregó:
—Voy a necesitar un rollo de alambre para mi casa. ¿Quiere usted venir conmigo al almacén?
Cuando volvimos al lugar donde esperaba el Ford, me tomó en brazos y me puso sobre el depósito de gasolina, y partimos en lo que a mí me pareció el más apasionante de los automóviles.
—¿Qué le ocurrió a la carrocería? ¿Tuvo usted un accidente?
—Yo no, pero un amigo volcó su coche en una cuneta, y la carrocería quedó inservible. Entonces le ofrecí la mía, porque él tiene familia.


Varios caballos esperaban entre el polvo frente a un almacén campestre, una tienda donde los clientes podían comprar de todo, desde una trilladora hasta un sombrero de señora, y luego emborracharse para olvidar cuánto habían gastado. Mi padre solía hacerme esperar fuera, pero esta vez entre allí orgullosamente con Patricio. Una vez elegido el alambre, me hizo acercar al mostrador de las bebidas y pidió dos naranjadas.
Un peón gordo y pendenciero que ya había tomado unas cuantas copas, se echó a reír con sorna.
—¿Naranjada, un hombre grande?
—No, gracias, amigo. Otro día.
—¡Nadie se ha atrevido nunca a rechazar una invitación mía! —repuso el peón, provocativo.
—Bueno, ahora alguien se atreve… Hace calor aquí, ¿verdad?
Y Patricio se arremangó la manga izquierda de la chaqueta, mostrando el robusto antebrazo surcado de cicatrices, recuerdo de sendas luchas. El gordo profirió un juramento, arrojó una moneda sobre el mostrador y se marchó.
Más tarde supe que Patricio había sido famoso por su carácter belicoso y por la destreza con que manejaba el cuchillo. Pero en una ocasión hirió de gravedad a un hombre, y aunque el juez falló que había obrado en defensa propia, desde aquel día abandonó el alcohol y las pendencias. Si lo provocaban y la situación se ponía peligrosa, tomaba el rebenque por la lonja y con él desarmaba a su adversario.
Cuando regresamos a la estancia, Patricio eligió para levantar su choza un sitio desde el cual se dominaba el río. Cortó seis troncos de álamo y los clavó en el suelo formando un rectángulo; luego los unió con diez filas de alambre e intercaló entre ellos numerosas varas.


A la mañana siguiente tragué mi desayuno casi entero, tan ansioso estaba de reunirme con mi nuevo amigo. Ensillé a Coco, mi petizo, y galopé a su encuentro. Lo hallé cavando el piso de un pequeño corral que había hecho cerca del esqueleto de su choza.
—Vino a caballo; bien, entonces podría traerme agua del pozo.
Uncí a Coco a un barril montado sobre dos ruedas y comencé a hacer viaje tras viaje para llevar agua a Patricio. Éste había echado mientras tanto paja sobre la tierra removida, y después de vaciar allí varios toneles, comenzó a hacerse barro.
Entonces Patricio desensilló a Coco y lo obligó a entrar en el recinto cerrado.
—Al petizo no le gusta el barro ―dije.
―Si usted no tiene inconveniente en ensuciarse las manos, él bien puede ensuciarse los cascos. Hágalo pisar continuamente ―dijo, dándome un látigo―. Yo iré mientras al río a buscar totora para el techo.
Coco ofrecía un aspecto lamentable; fango y sudor chorreaban de sus flancos. Cada vez que alzaba una pata hacía un ruido como si descorchara botellas de vino. Dos horas más tarde regresó Patricio y anunció que la mezcla tenía ya la consistencia debida y que podía comenzar a rellenar las paredes. Tomando manojos de paja impregnada de barro, los retorcía hasta convertirlos en lo que él llamaba chorizos y los colgaba en los hilos de alambre que unían los postes. Pronto la armazón quedó completamente cubierta. A la mañana siguiente comenzamos a revocar las superficies exteriores e interiores con barro fresco, y dos días después la casa estaba lista.


Patricio pronto se hizo indispensable en la estancia. Podía reparar la locomóvil, arreglar la máquina de coser de mi madre, cambiar las válvulas de cuero de la bomba o ayudar a la vaca que tenía una parición difícil. Observando la luna predecía si el mes iba a ser lluvioso o seco, y discutía gravemente con mi padre la elección de las diversas semillas para la siembra. 
Cuando elogiábamos sus muchas habilidades, respondía con genuina modestia:
―No es que me guste trabajar, pero algo crece en mí como el diente en la boca de la rata, y tengo que gastarlo.

El capataz se puso celoso, pero Patricio no aspiraba a ocupar su empleo. La idea de arraigarse en cualquier parte le disgustaba.

A la puesta del sol, una vez terminado su trabajo, se sentaba frente a su rancho a tocar la guitarra y a cantar. Los otros gauchos y peones se reunían en torno para escucharle. Algunas veces otro gaucho lo desafiaba a una payada, especie de certamen en verso en el cual un trovador de la pampa, o payador, hace a otro preguntas rimadas, y su adversario debe darle respuesta cabal en la misma forma. Patricio generalmente salía triunfante de la prueba.

Era excelente jinete, y en una ocasión pidió a mi padre que le reservase el potro más arisco para domarlo. Un domingo los peones enlazaron uno de fiero aspecto y lo amarraron a un poste dentro del corral. Cuando el caballo sintió la silla, se echó para atrás resoplando, y por poco se estrangula. Pero entonces Patricio se acercó a él y, poniéndole la mano en la cabeza, comenzó a palmearle suavemente el cuello, hablándole al mismo tiempo con una voz grave y sedante que pareció atravesar la muralla del miedo y calmar a la bestia.
―Abran la puerta —ordenó entonces Patricio—. El potro está asustado y quiere huir. Lo dejaré, pero tendrá que llevarme consigo.
Desató el cabestro y saltó en la silla. El animal se abalanzó hacia adelante e inició un furioso galope por la llanura. Caballo y hombre se alejaron tanto que se convirtieron en un mero punto próximo a desaparecer en el horizonte, de pronto los vimos describir un amplio semicírculo y volver hacia nosotros. Cuando llegaron al corral el caballo estaba tan exhausto que ni los gritos de bienvenida lograron conmoverlo.
―Patricio, ¡yo quería verlo corcovear pero usted no lo dejó! ―me quejé, indignado.
―Hay dos maneras de domar un potro ―respondió con calma mi amigo―. Una es demostrar que uno es más animal que él, y la otra es convencerlo de que uno es un ser racional y su lógico dueño.
―Usted condujo muy bien a ese caballo ―elogió mi padre.
―La pampa es la verdadera domadora —contestó Patricio—. Es demasiado grande para que alguien pueda rebelarse contra ella.


Llegó el otoño antes de que la fuente estuviese terminada, pero la demora no fue culpa de Patricio. Siempre había alguna cosa que requería sus servicios. La tormenta había destrozado la rueda del molino o hecho volar las tejas del techo del granero; un toro había roto la alambrada; el bote hacía agua o la chimenea de la cocina estaba obstruida, y Patricio era la persona indicada para reparar esos desperfectos. Mas por fin concluyó la fuente.

Un hilo de agua corría a lo largo de un acueducto de cemento y se vertía en un pequeño lago en cuyo centro se alzaba una isla en forma de volcán. De su cráter saltaba otro chorro hasta unos 15 centímetros de altura. Las paredes estaban adornadas con conchas marinas, y los caracoles que allí vivían habían contribuido a la decoración con sus hileras de huevos rojos.

Para celebrar el acontecimiento mi padre invitó a unos 30 vecinos, e hizo colocar mesas y bancos bajo el ceibo. Patricio se hizo cargo del asador donde se cocinaban al aire libre dos corderos. Una vez terminada la comida, y cuando ya el vino tinto de la región había circulado libremente, le pedimos que cantara algo. Sin hacerse rogar afinó su guitarra y entonó algunas estrofas de “Martín Fierro”, el clásico poema argentino que cuenta la triste suerte de los primeros gauchos, enviados a la frontera a luchar contra los indios mientras extranjeros y habitantes de las ciudades prosperaban en sus tierras. Terminó con una endecha que me llenó de tristes presentimientos porque parecía un adiós.

Se puso de pie bruscamente y desapareció. Traté de ir con él, pero dos señoras de edad me detuvieron, esforzándose por descubrir de qué abuelo o abuela había heredado yo mis ojos y mi nariz.

Cuando por fin me desembaracé de ellas y corrí hacia la choza de mi amigo, oí el ruido del motor del Ford. Patricio había amarrado ya el fardo sobre el chasis y puesto la guitarra encima de él. En el momento en que llegué aseguraba la cincha del recado en torno al depósito de gasolina.
—Patricio, no se vaya, ¡por favor! —imploré, aferrándome a su breve chaqueta negra.
—Debo irme —contestó y agregó con voz solemne:
—He oído que a 400 kilómetros de aquí, en un lugar llamado Tandil, hay una gran piedra que pesa muchas toneladas y se mueve continuamente de un lado a otro, pero tan despacio que para notarlo hay que poner una botella junto a ella. 
Uno espera, y al poco tiempo la botella se rompe, lo que prueba que la piedra se mueve de verdad. 
Es difícil creerlo; tengo que verlo con mis propios ojos.
—¡Lléveme con usted!
―Usted sabe que eso es imposible ―respondió él, sonriéndome afectuosamente—. Espere, le dejaré un recuerdo.
Buscó entre sus cosas y me ofreció un cuaderno escrito con su torpe letra.
―Aquí están mis canciones, esas que a usted tanto le gustaban.

No pude agradecerle porque las lágrimas me lo impedían. Me alzó en sus brazos poderosos y me besó en la frente; luego se encaramó al depósito de gasolina y partió. Yo permanecí largo rato viendo cómo la nube de polvo se posaba sobre la pampa.

Hace unos días encontré ese cuaderno medio deshecho, y al volver a leer los versos reconocí en ellos las tentativas ingenuas de un hombre inculto, pero capaz de interesarse por todo. Filósofo nato, maestro inconsciente, poeta, músico, mecánico y domador, Patricio estaba siempre dispuesto a seguir todos los caminos que se abría ante él, y gozaba al participar en la infinita variedad del mundo. Para él la existencia tenía amplitud de pampa, y supo grabar esa lección en el alma de un niño que hoy, ya hombre, lo recuerda con agradecimiento, porque su ejemplo le ayudó a adaptarse a otro género de vida y a otro país.


Revista Selecciones del Reader's Digest, Tomo XLV, N° 271, Junio de 1963, págs. 105- 114, Reader’s Digest  International, Inc., 270 Park Avenue, Nueva York, Nueva York, Estados Unidos
 

Notas

El relato por sus detalles con respecto a la pampa  y a los gauchos, me hizo recordar a la novela Don Segunda Sombra (1926),  del escritor argentino Ricardo Güiraldes (1886-1927).

Los significados son del Diccionario de la RAE o de otras fuentes, según como se usan en Sudamérica.

Estancia.- Hacienda de campo destinada al cultivo, y más especialmente a la ganadería. 

Gasolina: Nafta, gasoleno, bencina, gasolín, ligroína, etc.

Rebenque.- Látigo recio de jinete.

Azuzar.- Irritar, estimular, hostigar, incitar, excitar, espolear, aguijar, aguijonear, instigar, pinchar, irritar, avivar, animar, estimular, enardecer, etc. 

Bombacha.- Calzón o pantalón bombacho.  

Ornar.- Adornar, decorar, aderezar, engalanar, etc.

Barranca.-
1. Quiebra producida en la tierra por las aguas. Barranco, quebrada, rambla, torrentera.
2. Despeñadero, precipicio, barranco, etc.

Ceibo.- Erythrina crista-galli, el seibo o ceibo es un árbol de la familia Fabaceae originario de Sudamérica.
Se distribuye por el noreste y centroeste de Argentina, el este de Bolivia, el sur de Brasil, gran parte de Paraguay y casi todo Uruguay. Wikipedia

Talud.- Inclinación del paramento de un muro o de un terreno. Pendiente, declive, ladera, cuesta, desnivel, etc.

Tosca.- Piedra caliza porosa que se forma de la cal de algunas aguas.

Talero.-  Americanismo.  Látigo corto y grueso con mango de madera. wordreference.com

Cuneta.-  Zanja en cada uno de los lados de un camino o carretera para recibir las aguas llovedizas. Canal, desaguadero, acequia, etc.

Sorna.- Disimulo y bellaquería con que se hace o se dice algo con alguna tardanza voluntaria. Ironía, burla, sarcasmo, cachita, etc.

Chaqueta.- Prenda exterior de vestir, con mangas y abierta por delante, que llega por debajo de la cadera. Americana, chupa, chaquetón, blazer, etc.

Petizo (petiso).- Caballo de poca alzada. Caballo manso y dócil que se utiliza para el trajín doméstico.

Uncir.-  Atar o sujetar al yugo bueyes, mulas u otras bestias.

Totora.- Planta perenne, común en esteros y pantanos, cuyo tallo erguido mide entre uno y tres metros, según las especies, y que tiene uso en la construcción de techos y paredes para cobertizos y ranchos.

Revocar.- Enlucir o pintar de nuevo por la parte que está al exterior las paredes de un edificio, y, por extensión, enlucir cualquier paramento (cada una de las caras de la pared).

Locomóvil .- Dicho especialmente de una máquina de vapor: Que puede llevarse de un sitio a otro por estar montada sobre ruedas.

Cabestro.- Ronzal que se ata a la cabeza o al cuello de la caballería para llevarla o asegurarla. Brida, cuerda, dogal, etc.

Corcovear.- Dar corcovos (Salto que dan algunos animales encorvando el lomo).

Martín Fierro.- Poema narrativo escrito por el poeta y militar argentino José Hernández (1872).

Endecha.-  Canción triste o de lamento. 

Tandil.- Ciudad argentina en el partido (municipio) del mismo nombre,  en la provincia de Buenos Aires.

Piedra Movediza de Tandil.-  Sobre esta piedra movediza consúltese aquí.

viernes, 1 de agosto de 2025

Colección Biblioteca Salvat de Grandes Biografías

Esta colección de biografías fue publicada por Salvat Editores entre 1984 y 1989. 

En el listado de la colección al final de los libros se repiten los números 3 y 21 que son las biografías de Bolívar y Einstein y así se pueden hallar.

La hipótesis es que hubo un error de impresión con los números, una de las obras iba a ser la nº 3 y la otra la nº 21 por lo que en Salvat decidieron no hacerse problemas y sacarlas de igual manera a la venta en el 84 y el 85.
Lo del número 80 aún me falta salir de dudas porque hasta se repiten la portadas aunque son dos biografías diferentes y dos biógrafos distintos. Por un momento creí que era una biografía escrita al alimón pero no lo es ninguna de las dos.
En la editorial había fans de Marco Polo.
La teoría es que la obra de Heers tal vez iba a ser publicada aparte o es que un genio quiso incluirla en la misma colección.
Menos mal que no se les ocurrió hacer lo mismo con lo escrito sobre Cervantes, Shakespeare, Dante, Napoleón etc. porque sino esto sería gigantesco...
En el mundo editorial pasan unas cosas.... de Ripley aunque usted no lo crea.
He añadido algunos datos para indicar sobre quienes son las biografías y las fechas de publicación de algunas.
Los personajes no necesitan presentación.
 
Publicación original del listado: 3 de julio de 2011 
 
 
1. André Maurois. Napoleón 
2. Heinrich Koch. Miguel Ángel 
3. Jorge Campos. Bolívar (en 1984) 
3. Banesch Hoffmann. Einstein 
4. Heimo Rau. Gandhi 
5. Julian Huxley y H.D.B. Kettlewell. Darwin 
6. Richard P. Graves. Lawrence de Arabia 
7. Werner Blumenberg. Marx 
8. Alan Moorehead. Churchill 
9. Anthony Burgess. Hemingway 
10. F.E. Halliday. Shakespeare 
11. Robert Reid. Marie Curie 
12. Ernest Jones. Freud (1) 
13. Ernest Jones. Freud (2) 
14. J.B. Priestley. Dickens 
15. Kurt Leonhard. Dante 
16. Ivo Frenzel. Nietzche
17. Juan A. Gaya Nuño. Velázquez
18. René J. Dubos. Pasteur (1)
19. René J. Dubos. Pasteur (2)
20. Ragnhild Hatton. Luis XIV
21 Jorge Campos. Bolívar (en 1985)
21. Banesch Hoffmann. Einstein
22. Ronald Clark. Russell
23. Christopher White. Rembrandt
24. Hans Oppermann. Julio César
25. José Luis Cano. García Lorca
26. Fritz Vogtle. Edison
27. Charles Osborne. Verdi
28. Wolfram Tichy. Chaplin
29. Henry Troyat. Dostoievski (1)
30. Henry Troyat. Dostoievski (2)
31. Manuel Orozco. Falla
32. Herbert Frank. Van Gogh
33. Walter Biemel. Sartre
34. Maurice Percheron. Buda
35. Derek Parker. Byron
36. José Jiménez Lozano. Juan XXIII
37. Josep M. Corredor. Casals (Pau Casals)
38. Alonso Zamora Vicente. Lope de Vega
39. Sir Gavin de Beer. Rousseau
40. Johannes Hemleben. Galileo
41. José Luis Cano. Antonio Machado
42. André Viotti. Garibaldi
43. Walter Lennig. E.A. Poe
44. Alec Nisbett. Lorenz (Konrad Lorenz)
45. Ivie E..Cadenhead. Juárez (Benito Juárez)
46. Arthur Koestler. Kepler
47. Tom Pocock. Nelson
48, Adolf Meyer-Abich. Humboldt
49. Marion M. Scott. Beethoven
50. Franz Winzinger. Durero
51. Charles Osborne. Wagner
52. Gwyn Mcfarlane. Fleming (1)
53. Gwyn Mcfarlane. Fleming (2)
54. Norbert Huse. Le Corbusier
55. Malcolm Boyd. Bach
56. Wolfgang Braunfels. Carlomagno
57. Haydn Mason. Voltaire
58. Jean Lacouture. De Gaulle
59. André Kaspi. Kennedy (John F. Kennedy)
60. Joan Bassegoda. Gaudí
61. André Maurois. Balzac (1)
62. André Maurois. Balzac (2)
63. Wilhelm Mommsen. Bismarck
64. José María López Piñero. Cajal (Santiago Ramón y Cajal)
65. Claude Tresmontant. San Pablo
66. Philip Erlanger. Carlos V
67. Washington Irving. Mahoma
68. Arthur Hutchins. Mozart
69. Ian Grey. Stalin (1)
70. Ian Grey. Stalin (2)
71. Edmond Barincou. Maquiavelo
72. Helmunt Heiber. Hitler
73. Lytton Strachey. Victoria I
74. Giovanni de Luca. Mussolini
75. Philip Erlanger. Enrique VIII
76. Richard E. Leakey. Leakey
77. Hanns Lilje. Lutero
78. Peter Goodchild . Oppenheimer (Robert Oppenheimer)
79. Hermann Weber. Lenin
80. Maurice Collis. Marco Polo (en 1985)
80. Jacques Heers. Marco Polo (en 1988)
81. Steve J. Heims. Norbert Wiener y John Von Neumann (1)
82. Steve J. Heims. Norbert Wiener y John Von Neumann (2)
83. Melveena McKendrick. Cervantes
84. Gerhard Wirth. Alejandro Magno
85. Tilemann Grimm. Mao Zedong (Mao Tse-Tung)
86. Eric Walter White. Stravinski
87. Carlos Barbachano. Buñuel
88. Marcel Brion. Goethe (1)
89. Marcel Brion. Goethe (2)
90. Richard Friedenthal. Leonardo Da Vinci
91. Pedro Voltes. Colón
92. Joseph Alsop. Roosevelt (Franklin D. Roosevelt)
93. Johan Huizinga. Erasmo (1)
94. Johan Huizinga. Erasmo (2)
95. José M. Cruz Valdovinos. Goya
96. Roland Penrose. Picasso
97. Francisco Gutiérrez Contreras. Hernán Cortés
98. José Luis Pérez de Arteaga. Mahler
99. Gale E. Christianson. Newton (1)
100. Gale E. Christianson. Newton (2)
 
 

miércoles, 30 de julio de 2025

Colección Grandes Biografías. Biografías Gandesa

Editorial Grijalbo

1950-1978

El editor español Juan Grijalbo en 1939 fundó la Exportadora de Publicaciones Mexicanas que luego pasó a ser Editorial Grijalbo.

Dentro de la colección hubo una serie llamada Figuras Imperiales.

Lo que está entre paréntesis son datos puestos sobre el personaje biografiado.

El orden está según el año de publicación.


 

—René Dubos. Louis Pasteur.  Louis Pasteur. Francotirador de la Ciencia

—Philip Spitta. Johann Sebastian Bach. Su vida, su obra, su época

—Dorothy F. Cannon. Vida de Santiago Ramón y Cajal

—Duque de Windsor. La Vida de un Rey. Memorias del Duque de Windsor

—Lillian Littlehales. Pablo Casals

—Eric Bentley. Bernard Shaw. El hombre y su obra

—Renalt Capes. Nelson. Un estudio personal del almirante (Horacio Nelson, 1758-1805)

—Leopoldo Von Ranke. Grandes Figuras de la Historia

—Fred Bérence. Leonardo da Vinci. Obrero de la Inteligencia

—Alan Bullock. Hitler. Estudio de una tiranía. 2 tomos

—Harold Lamb. Solimán el Magnífico. Sultán del Este

—Walter P. Chrysler. Vida de un trabajador americano

—Irving Stone. Raquel Jackson. Un gran corazón [Rachel Donelson Robards Jackson (1767-1828), esposa de Andrew Jackson, séptimo presidente de Estados Unidos]

—Alexandre B. Zévaès. Zola (Émile Zola)

—Lord Geoffrey Charnwood. Abraham Lincoln

—Pasquale Villari. Maquivelo. Su vida y su tiempo

—Hesketh Pearson. Benjamin Disraeli

―Harold Lamb. Teodora y el Emperador. El drama de Justiniano

―Emile Dard. Napoleón y Talleyrand

―William Cameron Townsend. Lázaro Cárdenas. Demócrata mexicano

―Harold Lamb. Carlomagno. La leyenda y el hombre

―Douglas Gordon Browne y E.V. Tullet. Bernard Spilsbury. El escalpelo de Scotland Yard

―Fernando Vázquez Ocaña. Margarita y Townsend (Princesa Margarita y Peter Townsend)

―José Mancisidor. Hidalgo, Morelos, Guerrero (Miguel Hidalgo, José María Morelos y Vicente Guerrero)

―Edelberto Torres. Rubén Darío

―Hesketh Pearson. Walter Scott. Su vida y su personalidad

―Helmut de Terra. Humboldt. Su vida y su época 1769-1859 (Alexander von Humboldt)

―Gérard Walter. Lenin

―Paul Henry-Bordeaux. María Estuardo

―Omer Englebert. Fray Junípero Serra. El último de los conquistadores

―Curt Riess. Goebbels. Mefistófeles moderno

―Mary Dolan. Aníbal de Cartago

―Francisco Pina. Charles Chaplin. Genio de la desventura y la ironía

―Herbert Weinstock Tchaikovski

―Raymond B. Fosdick. La Fundación Rockefeller

―Henri Clouard. Alejandro Dumas (padre)

―Victor Wolfgang von Hagen. Grandes Naturalistas en América (La Condamine, Humboldt, Darwin, Spruce)

―Fernando Vázquez Ocaña. García Lorca. Vida, cántico y muerte

―Louis Untermeyer. Forjadores del Mundo Moderno I 1776-1844 (escritores, artistas, científicos, estadistas, inventores, filósofos, compositores y otros creadores)

―Louis Untermeyer. Forjadores del Mundo Moderno II 1845-1874

―Louis Untermeyer. Forjadores del Mundo Moderno III 1875-1914

 ―Louis Untermeyer. Forjadores del Mundo Moderno IV 1642-1766

 ―Louis Untermeyer. Forjadores del Mundo Moderno V 1767-1836

―Louis Untermeyer. Forjadores del Mundo Moderno VI 1836-1880

―Louis Untermeyer. Forjadores del Mundo Moderno VII 1881-1934

―Robert J. Donovan. Eisenhower. Relato íntimo [Dwight D. Eisenhower (1890-1969), presidente de Estados Unidos, 1953-1961]

―David Federico Strauss. Voltaire (François -Marie Arouet, 1694-1778)

―Hesketh Pearson. Oscar Wilde. Su vida y su ingenio

―Jacques Cordier. Juana de Arco. Su personalidad, su papel histórico

―León Homo. Pericles. Una experiencia de democracia dirigida

―James MacGregor Burns. Roosevelt. El león y el zorro [Franklin D. Roosevelt (1882-1945), 32° presidente de los Estados Unidos 1933-1945]

―John Addington Symonds. Vida de Miguel Ángel

―Stanley Ross. Francisco I. Madero. Apóstol de la democracia mexicana

―Herman Grimm. Vida de Goethe

―Benjamin Franklin. Autobiografía y escritos escogidos

―Franz Mehring. Carlos Marx. Historia de su vida 

―Henry M. Pachter. Paracelso. De la magia a la ciencia

―Gérard Walter. Nerón

―Hesketh Pearson. Dickens. Su carácter, sus comedias y su carrera

―Gerhard Masur. Simón Bolívar

―Laura Fermi.  Mussolini

―Frank Moraes. Jawarharlal Nehru

―Gérard Walter. Julio César.

―Bertita Harding. Maximiliano y Carlota. La Corona fantasma

―Edgard Black. Churchill

―León Homo. Alejandro el Grande

―Eugueni Tarle. Napoleón

―Robert Payne. Mao Tse-Tung

―Gérard Walter. María Antonieta

―Charles Allen Smart. Juárez (Benito Juárez, 1806-1872)

―Rubén Landa. Don Vasco de Quiroga. (1470/78-1565, obispo y oidor -juez- de la Real Audiencia de México)

―Siegfried Huber. Pizarro (Francisco Pizarro, conquistador español, 1478-1541)

―Theodore C. Sorensen. Kennedy. El hombre, el presidente (John F. Kennedy, 1917-1963, trigésimo presidente de Estados Unidos) 

―Christian Pineau. Kruschev (Nikita Kruschev, 1894-1971)

―Elisabeth Longford. La Reina Victoria. Reina de Inglaterra, Emperatriz de las Indias

—Leonard Slater. Ali Khan

—Ian Grey. Iván el Terrible

―Emil Lengyel. De la cárcel al poder (Kwame Nkrumah, Ben Bella, Jomo Keyatta, Habib Burguiba, Sukarno, arzobispo Makarios III, János Kádár. Wladyslaw Gomulka)

―Roger Manvell y Heinrich Fraenkel. Heinrich Himmler

―Daria Olivier. Catalina la Grande

―Lawrence Wilson. Kaiser Guillermo II

―Desmond Young. Rommel

―John Gunther. Líderes del Mundo (Nasser, De Gaulle, Gandhi, Churchill)

―Joachim Kramarz. Stauffenberg. La vida de un oficial de la Wehrmacht (Claus Stauffenberg, 1907-1944)

―Joseph Wulf. Martin Bormann. La sombra de Hitler

―F.W. Deakin y G.R. Story. Sorge. El espía del siglo, héroe de la Unión Soviética (Richard Sorge, 1895-1944)

―Roger Manvell y Heirinch Fraenkel. Goering

―Betty Kelen. Las Favoritas Imperiales

―Charlotte Haldane. La Última Gran Emperatriz de China

―Wilhelm Mommsen. Bismarck

—Theo Aronson. Las Abejas Doradas (Los Bonaparte)

―Dorothy Gies. Los Habsburgo

―E.M. Almendingen. Los Romanov

―Alexander Werth. De Gaulle

―Paul Kramer. El Último Manchú. Autobiografía de Henry Pu Yi, último Emperador de China

—John Bowle. Enrique VIII

―Edith Saunders. Los Cien Días (Napoléon Bonaparte)

―A.T. Leitch. María Teresa de Austria

―David Landau. Kissinger. Los Usos del Poder (Henry Kissinger, político estadounidense de origen alemán, 1923-2023)

―Kai-Yu hsu. Chou En-Lai. La eminencia gris de China

―F.W. Deakin. Tito. En la resistencia (Josip Broz Tito, 1892-1980)

―Lester David. Ted Kennedy (Edward “Tedˮ Kennedy, 1932-2009, político estadounidense y hermano de John F. Kennedy)

―James Douglas Hamilton. Rudolf Hess. Misión sin retorno

―H. Montgomery Hyde. Stalin. Historia de un dictador

―Bill Lawrence. Seis Presidentes, Demasiadas Guerras. Memorias de un corresponsal en Washington (Roosevelt, Truman, Eisenhower, Kennedy, Johnson y Nixon, Segunda Guerra Mundial, Corea y Vietnam)

―Marcelle Auclair. Jaurès (Joseph Jean Léon Jaurès, político francés, 1859-1914)

―Shabtai Teveth. Moshe Dayan. El soldado, el hombre, la leyenda

―Omar V. Garrison. Balboa. Conquistador. La odisea de Vasco Núñez, descubridor del Pacífico

―Miguel Alemán. La Verdad del petróleo en México (Historia, la expropiación petrolera en 1938)

―Joseph P. Lash. Eleanor y Roosevelt. La historia de sus relaciones

―David Alfaro Siqueiros. Me llamaban Coronelazo (Memorias)

―Golo Mann. Wallenstein. Relato de su vida (Albretch von Wallenstein, político y militar bohemio, 1583-1634)

―Moshe Dayan. Autobiografía