martes, 3 de enero de 2017

Para Superar la Angustia

¿Le aterroriza tratar con desconocidos, pronunciar un discurso o someter un informe a la consideración de su jefe?  He aquí algunas sugerencias…

Por el Dr. David Burns

Recientemente me invitaron a dictar una conferencia sobre la angustia ante varios cientos de especialistas en salud mental, en Boston, Massachusetts. Mi intervención estaba programada después de las de varios psiquiatras prominentes. Al llegar mi turno, me sentía especialmente nervioso porque el orador que me había precedido había cautivado al público.

Al acercarme al estrado, el corazón me latía con fuerza y yo tenía la boca seca. ¿Qué estoy haciendo aquí?, me pregunté.

Para colmo de males, mi disertación trataba en parte del miedo a hablar en público. Para calmarme, intenté una técnica fuera de lo común, y le pregunté al auditorio: “¿Cuántos de ustedes se sienten nerviosos cuando pronuncian un discurso?” Se levantaron casi todas las manos. “¡Pues precisamente así me siento ahora!”, declaré.

El público reaccionó con risas. Ya sereno inicié mi exposición.

Todos nos vemos  a veces en situaciones que nos ponen nerviosos. Tal vez a usted le asuste la posibilidad de decir tonterías en un coctel, farfullar incoherencias durante una exposición verbal en su trabajo, o quedarse con la mente en blanco en un examen.

En algunos casos, la angustia lega a ser tan intensa, que  incapacita a la persona. En un estudio que hizo en 1984 el Instituto Nacional de Salud Mental (INSM) de Estados Unidos, se calculó que entre 2 y 4 millones de estadounidenses se ven seriamente limitados por fobias sociales en su vida personal y profesional. Aunque el estudio del INSM se concentró en trastornos graves,, casi todo el mundo ha pasado por estados de angustia leves.

A través de los años, mi trabajo con cientos de pacientes me ha enseñado que cualquier persona puede adquirir mayor confianza en sí misma, incluso en las situaciones de mayor estrés. He aquí algunos consejos sencillos, pero útiles:

1. Quítese la Máscara. Cuando nos mudamos de casa, mi hija hizo amistad con una niña que vivía cerca, en una mansión. Cierta noche en que yo vestía pantalones vaqueros y una playera vieja, pasé a recogerla. Sue, la madre de su amiga, vestida como una modelo profesional, me invitó a pasar a un gran vestíbulo atestado de costosas antigüedades y pinturas al óleo.

Me sentía muy incómodo. Notando mi zozobra, Sue me preguntó qué me pasaba. Habría querido ocultar mis emociones, pero le confesé:

–No estoy acostumbrado a estar en casas tan elegantes.

–¡ Vaya! Nunca imaginé que los psiquiatras pudieran sentirse inseguros –observó ella, riendo.

Estoy convencido de que mi sinceridad con esa dama nos relajó a ambos. Si hubiera negado mis sentimientos, habría  agudizado la tensión al grado de parecer falso. Como en la conferencia de Boston, fui sincero respecto a mii inseguridad. Esa franqueza es una buena manera de acercarnos a la gente.

2. Combata sus Temores Uno por Uno. Cuando trabajaban en la Univesidad Estatal de  Pensilvania, el psicólogo Michael Mahoney y el instructor de gimnasia Marshall Avener investigaron los efectos de la angustia sobre los gimnastas en las pruebas que se efectuaron para integrar el equipo olímpico de Estados Unidos, en 1976. ¿Quiénes cree usted que sentían más angustia antes de una competición: los atletas que a la postre ganaban, o los que terminaban perdiendo? Los investigadores descubrieron que ambos grupos presentaban la misma angustia. Lo que diferenciaba a los perdedores de los ganadores era la manera de superarla.

Los atletas menos brillantes rumiaban sus temores y, al imaginarse que su actuación iba a ser desastrosa, creaban en sí mismos una especie de pánico. Los ganadores, por lo general, hacían caso omiso de su angustia, para concentrarse, en cambio, en lo que tenían que hacer: Respira profundamente, o Ahora voy a estirar los brazos y a sujetar la barra. Controlaban sus temores fragmentando el trabajo en una serie de pasos pequeños. Esta técnica da resultados casi en cualquier cosa que uno se proponga realizar.

Me enviaron a Penny tres días antes de que presentara su primer examen final en la escuela de Derecho. “Estoy tan asustada, que no entiendo ni la primera frase de los textos”, me dijo. “Estoy segura de que voy a fracasar. Tal vez sería mejor abandonar los estudios”.

La angustia crea el mito de que no podemos desempeñarnos bien. Penny necesitaba aprender que, aun sometida a presión, podía actuar eficazmente. El primer paso consistió en lograr que el examen le pareciera menos amenazador. Como temía que su mente se acelerara tanto que se le dificultar a entender incluso las instrucciones, convino en leer todo palabra por palabra. Si tropezaba con alguna pregunta difícil procuraría interpretarla.

Algo más importante aún: la convencí de que, por muy nerviosa que se sintiera, no dejara de escribir durante las dos horas del examen. Le indiqué que no podía perder el tiempo en vacilaciones.

–¿Y si no consigo pensar en nada coherente? –me preguntó.

 –Escribe cualquier cosa –contesté–; aunque sea un galimatías.

Dos semanas después, Penny vino a enseñarme su calificación: le habían dado un “excelente”. Su caso demuestra la importancia vital de no rendirse cuando se está nervioso. Escriba usted esa primera oración del informe o dé esa primera brazada en la justa de natación. En cuanto empiece, advertirá que la tarea le sale mejor de lo que creía.

3.  Imite a los Entrevistadores Profesionales. Muchos tenemos que hablar con gente en situaciones incómodas. Quizá se trate de conversar con su nuevo jefe en una fiesta de la empresa, o de conocer a sus futuros suegros. ¿Qué decir cuando se queda la mente en blanco?

Haga de la otra persona el tema de la conversación. Los entrevistadores profesionales sacan a relucir lo mejor de sus invitados, haciéndoles hablar de sí mismos. Puede usted emplear ese método formulando unas cuantas preguntas; por ejemplo: “¿Cómo se interesó usted por tal o cual cosa?” o, “¿Podría comentar algo más sobre este tema?”.

Lo único que desea la mayoría de la gente es que se le preste atención. Los psiquiatras y los psicólogos se ganan bastante bien la vida escuchando comprensivamente y haciendo algunas preguntas pertinentes. Si ellos pudieron salirse con la suya, ¿por qué usted no?

4. Convierta la Angustia en Energía. Todos nos sentimos nerviosos antes de actuar en público, ya sea para hacer una exposición de trabajo o para intervenir en una función de teatro escolar. La clave estriba en lograr que sus nervios colaboren con usted.

Muchas veces me han entrevistado en la televisión y, antes, estas situaciones me ponían nerviosísimo. Una paciente comentó, sorprendida, lo rígido y torpe que me veía. En cuanto entrábamos al aire, me congelaba y perdía la espontaneidad. Cuanto más intentaba tranquilizarme, tanto más nervioso estaba.

Al cabo, encontré la solución.  En un programa de entrevistas, el productor había arreglado un debate entre otro psiquiatra y yo. Durante la primera parte, mi colega sugirió que yo era sólo un “autor de libros”, no un investigador. Encolerizado por aquel ultraje, resolví dejar de preocuparme por ser un invitado cortés y encantador, y me concentré en presentar mis ideas con la fuerza y la convicción que merecían. Me sentí súbitamente cargado de energía y empecé a disfrutar cada minuto del programa.

Los psicoterapeutas llaman a esto “reformulación positiva”, lo que significa analizar un problema desde un ángulo diferente (considerándolo “bueno” en vez de “malo”, por ejemplo). Podemos mitigar la angustia si creemos en nosotros mismos y tenemos el valor de expresar nuestros sentimientos. En cuanto utilicé mi nerviosismo–esa dosis adicional de adrenalina– como una forma de energía, pude intervenir con vigor y “pegar duro”.

5.  Deje de Compararse. Uno de los mayores obstáculos en nuestra vida social es el temo rde no estar a la altura de las circunstancias. Tal vez sienta usted que no impresionará a otras personas porque estas tienen mayor seguridad en sí mismas o son más brillantes, inteligentes o atractivas que usted. Esta es una manera errónea de pensar. El secreto para llevarse bien con lo demás radica en que cada quien se acepte tal como es.

Cuando estudiaba yo en la universidad llevaba un diario lleno de recuerdos personales. Algunos eran dolorosas evocaciones de mi niñez; ocasiones en que me sentí lastimado, confuso, solo e inseguro. Allí describí fragmentos de mis sueños, y también sentimientos muy íntimos de ira y odio, además de lo que me encantaba, como las tiendas de artículos para magos y prestidigitadores  y los comercios numismáticos.
Entonces, ocurrió algo terrible. Una noche, después de cenar, me di cuenta de que había dejado mi diario en un guardarropa, junto al comedor de la universidad. Aterrorizado de que alguien lo leyera y descubriera la verdad sobre mí, regresé corriendo, sólo para comprobar que había desaparecido.

Pasaron varias semanas. Al cabo, abandoné la esperanza de recuperarlo. Un día, mientras colgaba mi chaqueta en aquel mismo lugar, vi mi gastado diario de color café… precisamente donde lo había dejado.
Nervioso, lo hojeé y descubrí que unas manos extrañas habían escrito esto: “¡Que Dios te bendiga! Me parezco mucho a ti, pero yo no llevo un diario, y me da gusto saber que hay otros como yo. ¡Ojalá todo te salga bien!!

Se me arrasaron los ojos. Nunca se me había ocurrido que alguien pudiera reconocer mis sentimientos íntimos y aun así apreciarme.

No Importa cómo sea usted –rico o pobre, genial o del montón, atractivo o anodino–, siempre habrá gente a la que inspirará simpatía, y gente a la que le resultará indiferente. Nadie es aceptado por todo el mundo; pero si usted se acepta, atraerá a muchas más personas.


Condensado de “The Feeling Good Handbook”, © 1989,  y de “Intimate Connections”,  © 1985 por David Burns. Publicado por William Morrow & Co., Inc. de Nueva York, Nueva York.


Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo CI, Número 602, Año 51, Enero de 1991, págs. 69-72, Reader’s Digest Latinoamérica, S.A., Coral Gables, Florida, Estados Unidos