lunes, 2 de enero de 2017

La Masa Siniestra


Los habitantes de la zona cercana a  la estación de investigaciones atómicas temían que hubiera un accidente…

Cuento

Por Arthur C. Clarke

El miércoles es el día que nos reunimos en el Ciervo Blanco, taberna ubicada entre la calle Fleet y el dique del Támesis. Me refiero a los periodistas y los científicos de la calle Fleet (el King’s College está cerca, sobre la ribera).
En el Ciervo Blanco se contaban a veces historias extraordinarias; por ejemplo, la que relató Harry Purvis sobre cómo evitó la evacuación del sur de Inglaterra. He aquí la historia:

Sucedió hace dos años, en el Centro de Investigaciones de Energía Atómica, cerca de Clobham. Trabajé ahí algún tiempo, en un proyecto especial del que no puedo hablar.

Estábamos unos seis científicos en el bar del Cisne Negro. Era sábado por la tarde, un hermoso día, a fines de primavera. Desde las ventanas abiertas se dominaba la ladera de Clobham Hill.

El personal del Centro se llevaba muy bien con los pueblerinos, aunque ellos solían preguntarnos, entre bromas y veras, si planeábamos provocar pronto una buena explosión. Se suponía que esa tarde debían estar presentes algunos compañeros que finalmente no asistieron, porque hubo una tarea urgente en la División de Isótopos. Stanley Chambers, el dueño de la taberna, le preguntó a mi jefe, el doctor French:

-¿Por qué no vinieron sus compañeros, doctor?

-Están ocupados en las obras; llegarán más tarde.

(Acostumbrábamos llamarle al Centro  ”las obras”, para contrarrestar su fama atemorizante).

-Un día -observó Stan, en tono grave-, usted y sus amigos dejarán escapar algo que no podrán encerrar de nuevo. ¿Adónde iremos a parar entonces?

-A medio camino de aquí a la Luna -respondió French. Una salida imprudente, pero las preguntas tontas lo sacaban de quicio.

Un hombre que estaba sentado en el reservado, junto a la  ventana, terció con voz meditabunda:

-Yo estaba en St. Thomas la semana pasada, y vi que transportaban un cargamento, seguramente de esos isótopos que ustedes envían a los hospitales. Lo llevaban en una caja de plomo, herméticamente cerrada, que debe de haber pesado, por lo menos, una tonelada. Sentí un escalofrío al imaginar lo que pasaría si alguien manejara aquello en forma inapropiada.

-El otro día calculamos que había suficiente uranio en Clobham para hacer hervir el Mar del Norte –replicó French, molesto por la interrupción de su juego de dardos.

Aquello no era verdad, por supuesto, pero yo no podía contradecir a mi jefe, ¿verdad?

Vuelta Forzada. Noté que el hombre del reservado miraba hacia el camino con expresión de angustia.

-La sustancia esa que sale de su laboratorio en camiones, ¿no es así? –preguntó con cierto apremio.

-Sí; y muchos de esos isótopos son de vida corta y tienen que llegar a su destino de inmediato.

-Bueno, pues hay un camión en dificultades, allá abajo. ¿Es uno de los suyos?

El tablero de dardos se quedó olvidado, pues todo el mundo corrió a asomarse a la ventana. Alcancé a ver un enorme camión cargado con cajas de embarque, el cual se estaba precipitando colina abajo, como a medio kilómetro de nosotros. De vez en cuando rebotaba contra el seto vivo que bordeaba el camino; sin duda, los frenos le habían fallado, y el conductor había perdido el control del vehículo. Por fortuna, no venían otros vehículos en sentido contrario.

El camión llegó a un recodo del camino y se salió atravesando el seto. Luego avanzó unos 50 metros con velocidad decreciente, entre saltos y violentas sacudidas, por lo accidentado del terreno. Casi se había detenido cuando se topó con una zanja y, con gran parsimonia se volcó de lado. Segundos después llegó hasta nosotros el ruido de madera resquebrajada, pues las cajas estaban cayendo al suelo.

Entonces vimos algo que nos dejó boquiabiertos: la portezuela de la cabina se abrió, y el conductor salió a gatas. Estábamos lejos, pero notamos su agitación. El hombre no se sentó a recobrar el aliento, como era de esperarse: de inmediato se puso en pie y se alejó corriendo, como si lo persiguieran todos los demonios del Averno. Presenciamos pasmados y con aprensión creciente cómo desaparecía corriendo cuesta abajo. En el ominoso silencio del bar, alguien preguntó: ”¿Creen que debemos quedarnos aquí? Porque…. ¡está a sólo ochocientos metros!”

Con los nervios de punta. La reacción general fue un movimiento indeciso de alejarnos de la ventana. French soltó una risita nerviosa, y reflexionó:

-No sabemos si se trata de uno de nuestros camiones y, de todos modos, es imposible que eso estalle. Lo que el conductor teme es que se incendie el tanque de gasolina.

-Ah, ¿sí? -intervino Chambers-. Entonces, ¿por qué sigue corriendo? Ya bajó la mitad de la colina. Iré por mis binoculares.

Nadie se movió hasta que regresó el tabernero; es decir, nadie excepto la pequeña figura, allá lejos, que por fin desapareció en el bosque sin aflojar el paso.

Stan se tardó una eternidad escudriñando con los binoculares, hasta que los bajó y emitió un gruñido: “No es mucho lo que distingo; el camión se volcó hacia el otro lado. Las cajas están dispersas por ahí, y algunas, abiertas. A ver si usted nota algo más”.

Vista borrosa. French miró largo rato, y luego me pasó los binoculares. Eran de un modelo anticuado, y no servían de mucho. Por un momento me pareció ver una extraña nebulosidad alrededor de algunas cajas, pero eso era absurdo; lo atribuí al mal estado de los lentes.

Entonces, dos ciclistas subieron la colina en un tándem, y al llegar al hueco recién abierto en el seto desmontaron inmediatamente para averiguar lo que había sucedido. El camión se veía desde el camino. Se acercaron tomados de la mano; la muchacha se resistía, y el hombre seguramente le decía que no tuviera miedo. Llegaron a unos cuantos metros del camión, y de pronto se alejaron a toda carrera en direcciones opuestas. Ninguno se volvía para ver cómo le iba al otro, y corrían de manera muy peculiar.
Stan, que había recuperado sus binoculares, los bajó con mano temblorosa, y gritó:

-¡A los automóviles!

-Pero… -comenzó French.

Stan lo hizo callar con la mirada:

-¡Malditos científicos!- al tiempo que decía esto, aseguraba la caja registradora (ni en momentos como aquel se olvidaba de su deber)-. Sabía que lo harían, tarde o temprano.

Entonces se fue, y la mayoría de sus amigos lo siguieron. No se ofrecieron a llevarnos.

-“Esto es absurdo”- tronó French.” “Antes que sepamos qué pasa, esos mentecatos habrán hecho cundir el pánico” Y yo sabía que tenía razón. No tardarían en avisarle a la policía; desviarían el tránsito de los caminos a Clobham; las líneas telefónicas se bloquearían con tantas llamadas. Si nunca se deben subestimar los alcances del pánico, mucho menos podíamos hacerlo en un caso como aquel, pues, debemos recordarlo, a la gente le asustaban nuestras instalaciones.

Nosotros  por nuestra parte, también estábamos ya inquietos. No teníamos la menor idea de lo que estaba pasando allá abajo, junto al camión volcado, y no hay nada que odie más un científico que sentirse completamente desconcertado.

Tomé los binoculares de donde Stan los había dejado y me puse a examinar el camión. Mientras miraba, empezaba a incubarse una teoría en mi mente. Aquellas cajas, en efecto, estaban rodeadas de una especie de aura siniestra. Las escruté hasta que me ardieron los ojos, y entonces le dije a French: “Creo que ya sé de qué se trata. ¿Por qué no telefonea a la oficina de correos de Clobham, para tratar de interceptar a Stan e impedir que propague rumores? Avise que está todo controlado. Mientras, caminaré hasta el camión, a ver si puedo probar mi teoría”.

No hubo voluntarios que me acompañaran. Aunque emprendí la marcha bastante confiado, pronto comencé a flaquear. Al fin y al cabo, hay ocasiones en que se impone el valor ante el peligro, y otras en que lo más sensato es tomar las de Villadiego*. Pero era demasiado tarde para regresar, y yo estaba más o menos seguro de mi teoría.

*De la frase Coger o tomar las de Villadiego: Huir de un riesgo o compromiso.

En ese punto, mientras contaba su historia en el Ciervo Blanco. Harry Purvis fue interrumpido por George Whitley.

-Ya sé: era gas.

Harry replicó:

-Ingenioso lo que sugieres. Eso pensé justamente, lo cual demuestra cuán estúpidos podemos ser a veces –luego prosiguió:

A 15 metros del camión me detuve en seco, y aunque el día era caluroso, un escalofrío muy desagradable empezó a recorrerme la espina dorsal. Lo que vi echó por tierra mi teoría del gas.

Una masa negra y reptante se retorcía sobre una de las cajas. Por un momento intenté persuadirme de que era un líquido oscuro que escapaba de un recipiente roto. Pero los líquidos no desafían la gravedad, y eso es lo que estaba haciendo esa cosa. Además, no cabía duda de que estaba viva. Desde donde yo me encontraba parecía el seudópodo de una amiba gigante, pues cambiaba de forma y grosor y se movía de un lado a otro sobre la caja rota.

Muchas fantasías dignas de Edgar Allan Poe desfilaron por mi mente en unos cuantos segundos. Pero recordé mi deber de ciudadano y mi orgullo de científico, y volví a emprenderla marcha, aunque no muy de prisa.

Recuerdo que olfateé cautelosamente, como si todavía creyera en la teoría del gas. Pero fueron mis oídos, no mi nariz, los que me dieron la respuesta, pues el fragor que producía esa masa siniestra y bullente iba intensificándose. Lo había escuchado un millón de veces, si bien nunca tan fuerte. Entonces me senté en el suelo, no muy cerca, y me reí hasta que me  cansé. Finalmente me levanté y regresé a la taberna.

-Bueno, ¿qué es?  –preguntó el doctor French, ansioso-. Tenemos a Stan en la línea; está en el cruce de caminos. Pero no regresará si no le explicamos exactamente qué ocurre.

-Dígale que traiga al apicultor del pueblo. Hay mucho que hacer para él.

-¿Qué traiga a quién? –preguntó French, y se quedó boquiabierto-. ¡Dios mío! No querrás decir que…

-¡Precisamente! Ya se están calmando, pero todavía tienen para rato. Aunque no me detuve a contarlas, debe haber allá abajo medio millón de abejas tratando de regresar a sus destrozadas colmenas.


Condensado de “Critical Mass”. © 1957 por Republic Feature Syndicate, Inc. y “Please Silence” © 1954 por Popular Publications, Inc., que aparecieron en  “Tales From The White Hart”. Por Arthur C. Clarke. Publicado por  Sidgwick & Jackson de Londres.

Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo XCVIII , Número 579, Febrero de 1989, Reader’s Digest Latinoamérica, S.A.,  Coral Gables, Florida, Estados Unidos, págs 110-114