lunes, 30 de mayo de 2016

Cuando las Palabras Hieren

Por Jennifer James

No tienes remedio”.
“¡Qué lindo vestido! ¡Lástima que no lo tuvieran en tu talla!”
“Me enteré de que tu hija por fin consiguió trabajo. Fue por influencia de su padre, ¿verdad?”
“¿Por qué pierdes el tiempo tecleando? ¡Nunca tocarás el piano como tu madre!”
“¡Caramba, estás guapísima! ¿Te hicieron la cirugía plástica?

Los comentarios hirientes nos sacuden todos los días, y casi siempre nos toman desprevenidos. Parecen surgir por todas partes: en la calle, cuando las horas de mayor afluencia hacen aparecer lo peor de la gente; en las filas, cuando todo el mundo empieza a desesperarse; en el trabajo y durante la cena, cuando las personas se sienten en libertad de ser descorteses.

Existen tantos estilos de crítica destructiva, que es imposible clasificarlos. Hay pullas comunes y cotidianas (“¡Felicidades! ¡Por fin lo lograste!”) y otras tan dolorosas que nos dejan confundidos y molestos (“¿Cómo te las arreglas para tener un busto tan pequeño? o “Ya veo que estás ocupado en tu especialidad: comer”).
También hay comentarios increíblemente carentes de delicadeza. Cuando un hombre se armó de valor para comunicarle a su madre que su esposa lo había abandonado, ella le respondió con sarcasmo: “¿Por qué tardaría tanto?”.

Se supone que en la familia nos refugiamos del mundo; pero, en realidad, los parientes hacen comentarios que nunca saldrían de su boca fuera del ámbito familiar, con el pretexto de que: “Bien sabes que no te diría esto si no te amara”.

Una mujer recuerda, que, a la tierna edad de 12 años, se hallaba ante el espejo del cuarto de baño, cuando su madre observó: “No te preocupes, mi amor; si la nariz te sigue creciendo, te la arreglaremos”. Ella siempre había creído que su nariz era perfecta.

La clase de insultos que más llama la atención es la pulla disfrazada, a la que se da el nombre de “crítica constructiva”  (y que es todo, menos eso). Es fácil reconocer las afrentas de esta índole por las frases que las acompañan, como: “Espero que no te molestes si soy franco” o “Te  lo digo por tu propio bien”. Para colmo de males, se supone que debemos admirar al crítico por su sinceridad y agradecerle su interés, mientras tratamos de recuperarnos del golpe bajo.

Cuando nos defendemos de los insultos, es fácil quedarnos atrapados en un círculo vicioso de ataque y contraataque. Afortunadamente, hay maneras de  desviar las agresiones… y reforzar  la autoestima. La próxima vez que sea usted blanco de una crítica mordaz, intente seguir alguna de estas estrategias:

•    Averigüe que hay detrás del insulto. La gente criticona tiene mucho resentimiento que descargar. Si ignora lo que realmente molesta al crítico, pregúnteselo. Recuerde: no todos los ataques van dirigidos a usted, así que deténgase un momento y trate de descubrir su origen.

La mesera no le escoge a usted como víctima; lo que ocurre es que su novio rompió    con ella. El conductor que se le cierra bruscamente no es su verdugo: tiene prisa por llegar a ver a su hijo enfermo. Déjelo pasar; anímelo en su trayecto. Cuando no condena a la gente de antemano, le reconfortará su propia delicadeza.
 
•    Analice la pulla. En The Gentle Art of Verbal Self-Defense (El sutil  arte de la autodefensa verbal), Suzette Haden Elgin sugiere dividir un ataque en sus partes y responder a la suposición tácita… sin hacerse la víctima. Por ejemplo, alguien a quien le dijeran: “Si me quisieras, adelgazarías”, podría responder: ”¿Desde cuándo te imaginas que no te quiero?”.

El secreto está en analizar lo que se dijo –y lo que se calló- antes de reaccionar. Si se puede evitarlo, no ceda a la provocación.

•    Enfréntese a su crítico. No es fácil hacer frente a los insultos. Una manera de lograrlo consiste en ser directo. Desarme el comentario negativo con réplicas como esta: “¿Tienes alguna razón por la que quieras herirme?” o ”¿Estás consciente de cómo podrían interpretar ese comentario otras personas?”

Una segunda opción es pedir al agresor que aclare sus palabras: ”¿Qué quisiste decir con eso?” o “Quiero estar seguro de que entendí lo que dijiste”. En cuanto el crítico se sienta desenmascarado, lo dejará en paz. No hay nada que avergüence tanto como ser pescado con las manos en la masa.

•    Recurra a su sentido del humor.  En una ocasión le dijeron a una amiga mía: ¿Es nueva tu falda? Esa tela parece propia para tapizar sillas”. Mi amiga repuso: ¿Ah, sí? Pues ven a sentarte en mi regazo”.

Otra mujer me contó que su madre, que había dedicado su vida a mantener la casa impecable, reparó un día en una telaraña en la cocina de su hija, y exclamó: “¿Qué es eso?” La hija contestó con ironía: “Un experimento científico”. Ver la vida a la ligera es una de las mejores armas contra los insultos. Con ingenio agudo es posible desarmar casi a cualquiera.

•    Establezca señales. Una dama a quien su esposo sólo criticaba en público empezó a llevar consigo una toalla pequeña. Siempre que él hacía un comentario hiriente, ella se ponía la toalla en la cabeza. El marido se sintió tan avergonzado, que dejó de humillarla.

Otra familia acuñó una frase que tiene el mismo propósito. En una ocasión, después de la cena, su invitado exclamó: “¡Estuvo exquisito! El pollo se consigue barato en estos días, ¿verdad?” Después de ese incidente, siempre que uno de ellos hace un comentario mordaz alguien contraataca: “El pollo se consigue barato”, y todos ríen.

•    Quite importancia al agravio.  No contradiga a su atacante. Si su esposa declara: “Has aumentado como 10 kilos, ¿no, querido?”, respóndale: “En realidad, son casi 12”. Si insiste: “¿No vas a hacer nada al respecto?”, intente esta réplica: “No. Quiero estar gordo una temporada”. Las pullas sólo tienen fuerza sólo si usted se las otorga. Al asentir ante la crítica la anula.

•    Pase por alto el insulto. Tome nota del comentario mordaz, dése cuenta de que  no es aplicable a usted, y haga caso omiso de él. Saber perdonar es una de las técnicas de supervivencia más importantes que podemos cultivar.

Si en ese momento no desea pasar por alto el insulto, haga saber a su atacante que se percató usted del comentario, pero que no contraatacará. La próxima vez que alguien que alguien lo ofenda, limpie una mancha imaginaria de su camisa. Cuando la persona le pregunte qué hace, responda: “Sentí algo que me había golpeado, pero quizá me equivoqué”. Cuando el agresor sabe que usted advierte sus intenciones, lo pensará dos veces antes de volver a hacer observaciones injuriosas.

O puede usted puede fingir indiferencia. Parpadee, bostece, y desvíe la mirada con expresión de “¿qué me importa?” La gente detesta que se le tache de aburrida.

•    No olvide la regla del diez por ciento. Nunca podrá usted evitar ser blanco de comentarios hirientes. Trate de aceptar ciertas agresiones verbales como el desahogo normal de la frustración con que todos nos topamos. La mayoría procuramos no insultar a los demás, pero a veces fallamos. Por ello, defiéndase cuando le parezca conveniente hacerlo, pero considere también la solución del diez por ciento:

El diez por ciento de las veces, lo que usted acaba de comprar resulta estar más barato en otra parte.

El diez por ciento de las veces, algo que usted prestó le será devuelto en mal estado.

El diez por ciento de las veces, incluso su mejor amigo lo lastime de palabra, y lo lamente después.

Dicho de otro modo, endurézcase contra el insulto o la crítica. Suele ser más fácil suponer que la gente obra de la mejor manera que puede,  que muchas personas no son conscientes de las consecuencias de su proceder.

Cuesta mucho más estar a la defensiva, pretender tener siempre la razón y salirse con la suya. Intente perdonar, y obtendrá a cambio mucho más del diez por ciento.

Después que un hombre agredió verbalmente a Buda, este le respondió:
-Hijo mío, si alguien se negara a aceptar un regalo, ¿a quién pertenecería este?
-A aquel que se lo ofreció –contestó el hombre.
-Pues, entonces, me niego a aceptar tus injurias –concluyó Buda.

El mundo está lleno de personas que fincan su valía en rebajar a los demás. Tiene sus bolsas y sus bolsillos repletos de agravios, y los reparten a diestra y siniestra.

Niéguese a aceptar los insultos de esos resentidos, aunque se los lancen disfrazados de cariño. Al mostrarse indiferente ante ellos, mitigará la tensión y fortalecerá sus relaciones y su alegría de vivir.

Fuente:
Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo CI, Número 603, Febrero de 1991, Reader’s Digest Latinoamérica, págs 79-82


1 comentario:

Anónimo dijo...

Que lindo leer este texto, lo leí cuando era una niña, ahora tengo 28 años y durante todos estos años quedó grabado en mi mente el título Cuando las palabras hieren y sabia que en algún lado mencionaba algo sobre una nariz. Estoy contenta, comprobé que tengo una excelente memoria y además voy a poder poner en práctica los consejos sobre los insultos. Bendiciones y gracias !!