miércoles, 13 de agosto de 2025

El Fenómeno de la TV

Por Héctor Velarde

Había oído hablar muchísimo de Adolfo Serrano; un fenómeno de la TV, una maravilla, un prodigio de conocimientos, un monstruo de memoria. Quise verlo y fui a casa de un amigo cuyo aparato de TV es como cinema de barrio. En la salita de mi amigo ya no cabía ni un alfiler en espera de que apareciese Adolfo Serrano en la pantalla.
Mientras tanto comentaban sus proezas: 
―¿Te acuerdas el jueves pasado cuando le preguntaron con qué armas entró Alarico a Roma y que él contestó inmediatamente con arco, espada y porra? ¡El lío que se armó! Nadie sabía lo de la porra. ¿Luego, en Arqueología Egipcia, cuando le preguntaron con qué pie había pisado primero Lord Carnarvon al penetrar en la cámara funeraria de Tutankamón ¿¿Y lo que respondió? Notable. Que lo primero que puso Lord Carnarvon no fue el pie sino la mano izquierda porque entró a gatas… tuvieron que darle el premio.
De pronto una exclamación:
—¡Ya salió!


Vi a un hombre alto, larguísimo y con la cara completamente invadida por dos ojos redondos, separados, salidos y fríos como los faros de un automóvil viejo. Concursaba sobre Historia Santa.
Le preguntaron de qué color era el manto de la Virgen María cuando crucificaron a nuestro señor Jesucristo. ¿Blanco, azul, marrón o negro?
El hombre quedó más de tres minutos como petrificado por la pregunta,  dio un grito agudísimo, prolongado, que se apagó poco a poco como si se hubiese tirado en un pozo sin fondo y se cayó muerto, largo a largo…


Fue como la caída violenta de un poste sin que mediara ninguna razón visible. Algo muy raro. Naturalmente el programa “Gomia Pigal pregunta” terminó a capazos. 

¿Pero de que murió Adolfo Serrano?

Y aquí viene el misterio. Hasta ahora no se sabe. No lo entierran porque no pueden todavía hacer el parte de defunción. Ya va una semana de esto… Por más que lo han examinado no le encuentran nada, absolutamente nada, ni corazón, ni ataque cerebral, ni enfermedad vieja, nada, es rarísimo… Lo único que se sabe es lo declarado por su mujer, el cura que lo confesaba, un anticuario que le conocía mucho, un pintor misógino y el director de la TV, canal 48 donde murió…

Es verdaderamente un caso para intrigar a cualquiera. Adolfo Serrano hubiera podio tener fama internacional pero era muy tímido, muy poquito… En cuanto principiaba a llamar la atención con su memoria se retiraba prudentemente… Trabajó en circos como adivino, vestido de mago asirio, fue guía de una empresa alemana de turismo hasta que lo creyeron peligroso, estuvo algún tiempo como calculista mental en una casa de máquinas registradoras; él era quien las controlaba…

Su mujer contó que se  había casado con Adolfo Serrano en Huancayo ―era huancaíno― porque la encontraba parecidísima a Kufrú Nacopeth, una princesa copta del año 80 d. J. C., que él admiraba mucho. También contó que su marido se manejaba en todas las ciudades que visitaba la primera vez como si hubiese vivido en ellas toda la vida, que no necesitaba plano, ni preguntar ni nada… “Todo era por conocimientos históricos, de memoria, no tenía sino que mirar a su alrededor y decirme: chola, ¡por aquí! ¿Y cómo sabes, le pregunté al llegar a Londres, que es por aquí? Ah, me contestó, porque en esta esquina Richard Cromwell en 1659 volteó con su gente para perseguir al general Monk y llegó hasta Westminster donde vamos ahora…
En París era lo mismo, se fue como si tal cosa del lugar de las Tullerías donde está el Pabellón de Flora hasta la Plaza de los Vosgos siguiéndole los pasos a Enrique IV y luego, empalmando con los de Luis XIII, fuimos a almorzar al final de la calle Saint Antoine donde al morzaban los mosqueteros… Y en Roma, y en Budapest, y en los barrios de El Cairo… Donde Adolfo dudaba y se sentía un poco mal, con mareos era en las ciudades americanas como en Kansas City, por ejemplo, como no hay mucho que recordar…


Luego las declaraciones del cura son igualmente extraordinarias. Dijo que Adolfo Serrano era incapaz de matar una mosca, además no le interesaba matar a nadie, no tenía codicia, ni pasiones, y mucho menos vicios, amaba a su mujer en adoración perpetua. Un día le confesó que estaba enamorado de ella desde la punta de los pelos hasta las uñas de los pies, que ese amora era constante y que ya duraba 1800 años. Referencia seguramente a Kufrú Nacopeth.
Para él todos los pecados eran iguales, todos tenían el mismo valor de gravedad, su temor a la realidad era tal que no cometía ninguno…
Sin embargo su examen de conciencia comprendía íntegramente toda su vida, sin omitir ningún detalle, desde su última confesión hasta el momento en que se confesaba nuevamente. “A Dios gracias, dice el cura, esto era una vez al año. Las confesiones duraban por lo general tres horas. Yo tenía que pararlo. Pero nada. Y cuando, por casualidad, se olvidaba de algo creía haber cometido un pecado horrible y lloraba de no poder acordarse… Ah, pero si llegaba a recordarlo todo, todo, todo…”


Los informes más interesantes y sorprendentes los ha proporcionado el anticuario. Sus datos y observaciones diagnostican admirablemente el caso de Adolfo Serrano como un verdadero fenómeno y explican todo lo referido.
“Yo era cliente de Adolfo, declara el anticuario; no tenía precio para mi negocio. Si dudaba sobre el origen Tudor o catalán de un banquito gótico, Adolfo no hacía sino mirarlo y me decía: Alemán del siglo XIV, hecho en Bremen en los talleres del maestro Sibelius. Para él, para Adolfo, lo nuevo y lo viejo eran exactamente lo mismo. A fuerza de memoria había suprimido el pasado, sí señor, el pasado; al suprimir el pasado todo era presente para él, todo lo veía como en una inmensa tapicería. Su mundo no era redondo, no; era un plano repleto, nutrido, de imágenes compactas, nítidamente limitadas y sin ningún vacío entre ellas… Un mural sin grietas. Las dudas eran como si descubriera huecos en esa pared compacta de mil mosaicos, lisa, inmensa, y entonces tenía vértigos… Luego, y aquí viene lo más grave, habiendo suprimido el pasado había suprimido el tiempo…
Suprimir el tiempo es suprimir la perspectiva de las cosas, la distancia en profundidad, la tercera dimensión… ¡La tercera dimensión! Es decir, el volumen, el peso, la realidad misma. Adolfo había suprimido la realidad tangible y durable; andaba y pensaba como en una superficie chata, de dos dimensiones solamente, delgadita, luminosa… Adolfo era un reflejo viviente de todo lo que había visto y veía, parecía un gran espejo de armario, largo, solo, ambulante y en peligro de hacerse pedazos en cualquier momento”.


Ante ese caso único, increíble,  no perdí naturalmente el testimonio del pintor misógino.
El pintor conoció a Adolfo Serrano en una galería de arte y se interesó  mucho por su falta absoluta de sensibilidad artística. Adolfo Serrano no sabía si una escultura o cuadro era feo o bonito.
Todo lo juzgaba por comparaciones históricas que eran infalibles, pero nada por valores intrínsecos de belleza.
“Un día, dice, le mostré la copia de un Picasso. Inmediatamente observó: proviene en línea recta de los pájaros hititas encontrados recientemente en Ur… La equivalencia de lo aparente le bastaba y sobraba; el arte para él era una doble ilusión…
Una estatuita podía ser de oro o de plomo pintada con purpurina; le era completamente igual… En cuanto a música no entendía nada. Él mismo me explicó en un concierto como la música es tiempo puro, que fluye y no queda, yo no puedo fijarla en imágenes, se me escapa… No logro captar su significado y entonces oigo como una sucesión de ruidos a veces agradables… Silbaba muy mal La Donna è Mobile. Inconocible”.


No había duda de que todas las declaraciones tenían una unidad absoluta. Adolfo Serrano era un fenómeno misterioso de memoria plástica, objetiva, todo él   era memoria pura, presencia integra de lo que fue y es visible… ¿Por qué se caería muerto de golpe cuando le preguntaron de qué color era el manto de la Virgen María cuando crucificaron a nuestro Señor Jesucrito?. Si blanco, azul, marrón o negro.
―Le falló pues la memoria, murmuró un zambito aficionado a la TV que me había oído; unos se mueren porque les falla el corazón, otros porque les falla la memoria…


Es evidente, pensé, a Adolfo Serrano se le perforó el mural de su mundo repleto de recuerdos intactos, cerrados, precisos, sin claros… Se le abrió el forado de un olvido fatal, sin fondo y todo su ser se fue, se vació por ahí como el agua por el hueco de un lavatorio.

Pero a Adolfo Serrano no lo han enterrado aún porque no saben precisamente de qué ha muerto. Se le puede seguir viendo en la TV, repitiendo lo mismo.
 


Héctor Velarde Bergmann, nació en Lima en 1898. Arquitecto y catedrático de la Universidad de Ingeniería. Ha publicado ensayos sobre problemas estéticos, historia del arte y de la arquitectura. Colabora con regularidad en diarios y revistas del Perú y del extranjero. Ha publicado “Kikiff“, en 1924; ”Tumbos de Lógica“, en 1928; ”Yo quiero ser filósofo“ en 1932; ”El diablo y la Técnica“ en 1935; “El Circo de Pitágoras” en 1939; ”Lima en picada” en 1944;  ”El Hombre que perdió el tacto y otras cosas por el estilo en 1947“; ”La Cortina de lata“ en 1950; ”Oh, los gringos“ en 1957; ”La Perra en el Satélite“ en 1958. Recientemente se han editado sus obras completas.
Velarde falleció en Lima en 1989.



Varios autores, Antología del Cuento. Lima en la Narración Peruana, Presentación y Selección de Elías Taxa Cuádroz,  Editorial Continental- Kontinental Verlag, Lima, Perú, 1967, págs. 171-174



Pequeño Comentario

Por los detalles del relato hace recordar al cuento de Jorge Luis Borges, Funes el Memorioso.

Claro que Serrano es un memorista, un simple y maniático acumulador de datos, un ser de lo más opaco. Los tipos así no comentan (no tienen opinión propia) ni analizan, ya que sólo repiten lo que leyeron o vieron en alguna parte.

A ambos personajes les falla la cuestión porque la memoria no puede ser absoluta y uno no puede saberlo todo ni acordarse de cada cosa (hay muchos temas de los que no tenemos toda la información. Además muchos detalles son inútiles). Si no existiera el olvido la vida sería insoportable.
 
No todo es o puede basarse en acumular datos sino que hay que pensar, reflexionar, analizar, discernir, desechar, aplicar, actuar, hablar, etc. Por otra parte la pedantería es de lo más inaguantable.



Notas

He corregido algunas erratas que estaban en el texto original.
Añadí algunos datos a la reseña del autor en el libro.

Capazo.- Espuerta grande de esparto o de palma.
Sinónimos: capacho, capaza, cesta, cesto, canasta, canasto, espuerta, capacha, sera, serón. DLE RAE

Terminar o acabar a capazos.- Además de los usos más comunes, la palabra "capazo" también ha adquirido otros significados, especialmente en contextos coloquiales. En algunas regiones, "capazo" puede referirse a un golpe dado con la capa. La expresión "acabar a capazos" se usa para describir una reunión o evento que termina en desorden o con una fuerte discusión.

De manera similar, la expresión "parar en capazos" se utiliza coloquialmente para referirse a una desavenencia o riña. bibliatodo.com

Inconocible (Incognoscible).- 
Que no se puede conocer.
Sinónimos: insondable, inescrutable, impenetrable, incomprensible, ininteligible, misterioso. DLE RAE

La Donna è mobile (La mujer es voluble): Famosa canción (aria) de la ópera Rigoletto del compositor italiano Giuseppe Verdi.

lunes, 11 de agosto de 2025

Un gato venido a menos

 


¿Quién era aquel excéntrico visitante nocturno, aquel furtivo felino que tenía siniestra facha de un traicionero doble agente?
 

Por Franklin Russell


Los ojos que con insana fijeza miraban a través de la ventana del dormitorio hicieron gritar a Jackie, mi esposa. El viento y la lluvia de una tormenta invernal azotaban la ciudad, sumida en tinieblas.

Mientras me incorporaba sobresaltado en la cama, la cara de la ventana desapareció de pronto, allá, abajo. Oímos un ronco y fuerte chillido en el patio, y tintineaban los muebles metálicos.

Jackie y yo bajamos corriendo por las escaleras del frente, mientras nuestros dos hijos, Michael y Alexander, se precipitaban ruidosamente por las escaleras de atrás. Nos reunimos todos en la puerta del frente y la abrimos.

Allí estaba, con una pata alzada a medias, el gato de aspecto más diabólico que haya yo visto: flaco como un fideo; su cola absurda, delgada como mi dedo meñique, remataba en una espesa bola de pelo en la punta. Pero lo que más me impresionó fue aquella cara, de mirada tan maliciosa y como de reojo.
Alexander, de cinco años, lo etiquetó enseguida: 
—¡Es un minino espía!
Michael, que ya tiene 13, lo describió con más precisión:
—¡Ese es un espía fracasado!

A todas luces el gato, había participado en algún caso muy peliagudo. Tenía el pelaje empapado y salpicado de lodo. Con una sacudida y un maullido ―gruñido que después descubrimos servía para todo, pues lo mismo indicaba placer que disgusto―, me hizo seguirlo después de atravesar la sala, hasta la cocina. Allí metió una pata como gancho, sucia de lodo, en el reborde de la puerta del refrigerador, y la abrió de un tirón.

Al saltar dentro, volcó una botella llena de leche. Esto lo asustó a tal grado, que saltó hacia arriba, desenganchó la bandeja superior y derribó cuanto allí había sobre su cabeza. Lanzó su inolvidable chillido, y a duras penas logró salir de este lío.

Silvestre —como lo llamó Alexander, por su parecido con el personaje de una caricatura de la televisión— no era un animal cualquiera. Se colaba furtivamente en todas las habitaciones, temblando. Se escurría dentro de los roperos y alacenas, y se metía en los cajones. Mientras nos desayunábamos oíamos los ruidos sordos, golpes metálicos y estrépitos que pregonaban su descubrimiento: no deseaba estar adonde se había metido. Y seguía metiéndose en el refrigerador. Tras una semana de volver a poner las cosas en su sitio, una y otra vez, decidí cerrar esa puerta con un alambre.

No sé cómo, Silvestre se las ingenió un día para soltar el agua del excusado del piso alto, y corrió escaleras abajo, empapado y corriendo como loco. Al hacer una revisión secreta de la aspiradora, la puso en acción y, en su desesperado salto para evitar que lo tragara la máquina infernal, derribó del aparador toda la vajilla de plata.  Me acostumbré tanto a sus carreras por las escaleras, hacia arriba o hacia abajo, huyendo de cualquier cosa que lo persiguiera, que empecé a caminar arrimado a la pared.

Los niños estaban encantados con su nuevo compañero. Michael descubrió la pasión de Silvestre por el caviar, señal evidente de que era un espía que había conocido tiempos mejores, más clásicos. Con el tiempo, tuve que colocar una cerradura en la alacena para evitar que Michael acabara con la modesta provisión de delicias gastronómicas que guardaba mi esposa.

Silvestre era amistoso con los niños, quizá porque comprendía que, hasta ahora, ningún agente soviético se ha disfrazado de niño.

Cuando los muchachos se iban a la cama, los seguía, sacudiéndose y gimiendo. Apartaba las ropas de cama y se metía a hurtadillas en los lechos. Trataba de meterse debajo de los pies de los niños. Allí, al parecer, sentía cierta seguridad.

Al cabo de varias semanas, nos preguntamos al fin por qué teníamos que soportarlo.

Jackie, que a acababa de perder varios vasos de fino cristal, dejados unos segundos cerca del fregadero para que se secaran, señaló: ʺMiren: es adorable y todo lo que ustedes gusten, pero yo digo que su lugar está afuera. No me importa quién esté persiguiéndoloˮ.

Estuve de acuerdo con ella. Aunque seguíamos alimentándolo, Silvestre sólo tenía afuera una misión: regresar adentro. Nos hicimos fuertes ante su cara de víctima que nos miraba desde las ventanas. Pero una noche en que teníamos invitados a cenar, vi que se instalaba en el antepecho de la ventana, y sospeché que algo tramaba.  La expresión de su rostro era dura; decidida.

Nos dejó terminar la sopa, y entonces empezó un maullido de angustia. Todos los invitados se quedaron pasmados con los tenedores en el aire. Al punto, Silvestre empezó a golpear de cabeza contra el vidrio.

Sus chillidos parecían los de un alma inocente, injustamente castigada por amos sin corazón, que se hartaban de comer, mientras él se moría de hambre.

Uno de los invitados opinó: ʺMe parece que es un poco injusto para el gato, ¿no creen?ˮ

¿Cómo podríamos explicar nuestras razones?

Deberíamos haber imaginado, en todo caso, que, como experimentado agente secreto, Silvestre idearía un modo de meterse en la casa. Sabíamos que era increíblemente ágil, ya que había demostrado su pericia en subir al piso alto la noche de su llegada, ascendiendo por la enredadera hasta la ventana de nuestra alcoba. Yo creía haber tapado todas las entradas, pero poco después de aquella fiesta Silvestre empezó a aparecer dentro de casa todas las mañanas.

ʺSe meta como se meta, al hacerlo, se ensuciaˮ, dijo Michael, pero olvidó confiarnos que sus sábanas se iban ennegreciendo lentamente.

Una noche, me quedé despierto leyendo hasta muy tarde; Silvestre debió suponer que no había moros en la costa. Pensé que un pájaro se habría metido en la chimenea, aunque nunca había oído maullar a un pájaro. De pronto, Silvestre salió del tiro de la chimenea, con ojos de loco y retorciéndose.

Su dieta revelaba algo de la condición social que había tenido antes de la época de sus tribulaciones, cualesquiera que hayan sido. Se atragantaba con la comida ordinaria para gatos, enlatada, que le comprábamos. Tras mucho probar y fracasar, finalmente logré que comiera bistecs de primera calidad, ligeramente asados. Silvestre nunca ronroneaba, lo que parecía compatible con el código de espionaje de jamás revelar las emociones, pero sus gemidos me decían que esa era la comida a la que había estado acostumbrado toda su vida. Su pelaje se tornó lustroso. El pelo empezó a crecerle en la espigada cola. Estaba volviendo a lo que había sido antes de su aterradora vivencia en la tormenta. El antes paranoide e histérico Silvestre ya no se metía a hurtadillas en las habitaciones. Caminaba con aplomo. Dormía a pierna suelta.

Luego, empezó a rechazarnos. Abandonaba deliberadamente la sala en cuanto yo entraba. Ya no dormía debajo de los pies de los niños. En cambio, dormía solamente encima de la antigüedad más apreciada de Jackie, un sofá con forro de color crema y dorado.

También empezó a cambiar su actitud frente a los visitantes. Al principio, corría hacia el desván en cuanto sonaban pasos extraños. Ahora hacía fiestas a muchas de las personas que acudían a casa. Nunca había presenciado tan nauseabunda insinceridad. Se sentaba en el regazo de los visitantes, les lamía las manos, gemía dulcemente en su honor.

Pero no se crea que no hacía distingos. ¿Era imaginación mía que Silvestre decidía cómo tratar a la gente según los automóviles que conducían? Más de una vez vi que se alejaba con desdén de algún sedán de fabricación nacional. Era como si se encontrara otra vez con comida de lata.

La mayoría de nuestros amigos eran personas modestas, no aficionados a coches lujosos ni a ropas caras. Pero al empezar el verano, recibí de pronto la visita de un viejo amigo, que se había enriquecido en empresas de espectáculos. Él y su linda esposa llegaron a casa en un Rolls-Royce convertible, flamante. La ropa que llevaban era de Christian Dior y de Gucci. Silvestre no perdió el tiempo, y desplegó todas sus gracias.

Al cabo de una hora, la linda esposa de mi amigo exclamó: ʺ¡Quiero este gatito!ˮ

Cuando salimos a despedirnos de nuestros amigos, Silvestre estaba sentado en la capota doblada del Rolls. Me di cuenta de que aquel era el adiós definitivo. 

Abrí la reja que daba al camino de grava. Entonces se me ocurrió que, desde el principio, esta modesta casita nunca había armonizado con el estilo y la distinción de Silvestre. Mi viejo automóvil habría sido el hazmerreír en el mundo del que él había venido.

El Rolls se deslizó junto a mí. Silvestre iba sentado en posición erguida sobre el regazo de su nueva y bella dueña, con los ojos fijos adelante, ronroneando ―sí, ronroneando— por el camino, para reanudar su fascinante y lujosa vida anterior sin lanzar ni una mirada hacia atrás.
 

Ilustración: Victoria Chess


Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo XCI, Año 46, Número 548, Julio de 1986, págs 14-17, Reader’s Digest Latinoamérica, S.A., Coral Gables, Florida, Estados Unidos



Notas
 
La foto de la ilustración de la revista (página 14) es mía. La hoja ya está amarilla por el tiempo
 
Furtivo.- Que se hace a escondidas. 
Sinónimos: clandestino, solapado, disimulado, subrepticio, oculto, cauteloso, sigiloso. DLE RAE

No hay moros en la costa.- La expresión «hay moros en la costa» es un modismo en español que se emplea para advertir que hay peligro inminente o que alguien está vigilando y podría descubrir algo que se desea mantener en secreto. Esta frase sugiere que es necesario extremar las precauciones y estar alerta ante situaciones de potencial riesgo. laspalabrassdescarriadas.es

Espigada/do.- Alto, crecido de cuerpo.
Sinónimos: esbelto, alto, delgado, grácil, estirado, crecido, larguirucho.

Aplomo.- Gravedad, serenidad, circunspección.
Sinónimos: serenidad, gravedad, circunspección, confianza, seguridad, compostura, mesura, calma, tranquilidad, imperturbabilidad, sensatez, flema.
Fuente:  DLE RAE
 
 
Hay otros relatos sobre gatos, perros y otros animales que compartiremos si el tiempo nos lo permite.

Hans Christian Andersen, el rey de los cuentos infantiles que decía que su vida se parecía a la del "Patito Feo"

 
H.C. Andersen, como lo llaman en su nativa Dinamarca 

 

BBC News Mundo
Redacción

 

"¡Muy bien! Comencemos. Cuando lleguemos al final de la historia, sabremos más de lo que sabemos ahora...".

Ese es el tentador principio de "La Reina de las Nieves", uno de los 156 cuentos infantiles que escribió Hans Christian Andersen antes de su muerte el 4 de agosto de 1875, hace 150 años.

Esa reina que hiela los corazones y un niño que solo se salva por el calor de una amiga. Una sirenita que sacrifica su esencia por un príncipe que no la elige. Un emperador que, cegado por la vanidad, desfila desnudo creyéndose espléndido.

Probablemente te contaron o contaste algunos de estos cuentos, y hasta los has visto en versiones resumidas o dulcificadas. 

Son tan familiares que a veces olvidamos cuán maravillosos y originales eran.

"Uno de los aspectos más revolucionarios fue la forma de escribirlos", le dijo a la BBC Jens Andersen, autor de la biografía "Hans Christian Andersen: una nueva vida".

"Eran muy orales, algo totalmente novedoso, y mal visto. Despertó rechazo, pero fue gracias a eso que creó una literatura tan vibrante".

Al romper con el lenguaje elevado, prefiriendo frases simples, sensoriales, llenas de imágenes, logró traducir conceptos complejos.

En "La reina de las nieves", por ejemplo, la noción del punto de vista subjetivo no se explica filosófica, sino visualmente, a través de un espejo que fragmenta la realidad:

"Cada pedazo llevaba la propiedad de hacer que todo lo bueno se viera como nada, y todo lo malo se agrandara".

Abandonar el lenguaje formal fue apenas una de sus innovaciones.

Andersen convirtió los cuentos en literatura de autor.

Aunque algunos de sus relatos provenían del folclore tradicional, muchos eran fruto de su invención. Y hasta los que no lo eran, tenían su toque personal.

"No adaptó cuentos, los reinventó desde adentro, con la lógica poética del alma y el lenguaje de la emoción", señaló el crítico Erik Dal.

Sus historias no eran moralejas disfrazadas, como solían ser los cuentos de entonces, y los finales no siempre eran felices.

De hecho, varios eran desgarradores, como "La cerillera", un breve relato de los últimos momentos de una niña que enciende fósforos para intentar calentarse y tiene visiones antes de morirse del frío.

Discretamente político, muestra la pobreza, la soledad y la fragilidad. Lo único que Andersen le da a la niña es la magia de la imaginación; no hay lección, sólo una imagen inolvidable.

"Andersen rompió la convención del final feliz. No buscaba enseñar, sino conmover", declaró la crítica María Tatar. 

 
"La cerillera". Ilustración de la edición danesa original de Wilhelm Pedersen.
 
 
Sus tramas eran más fluidas y lo esencial no era tanto lo que ocurría, sino cómo lo vivían los personajes.

"Fue uno de los primeros en narrar desde dentro de sus personajes, incluso si era una tetera. Había una vida interior, una conciencia", destacó el experto Johan de Mylius.

Al explorar esa vida interna, con experiencias y emociones complejas, aunque relatadas en lenguaje al alcance de los niños, fue precursor de escritores como Franz Kafka y James Joyce, afirman varios estudiosos.

Además, fue pionero en humanizar objetos: una vela, una aguja, hasta el cuello de una camisa. Lo inanimado siente, sufre, se enamora.

Los animales, se expresan claramente: un ruiseñor canta verdades que un emperador no quiere oír, y una mariposa reflexiona "Vivir no basta. ¡Se necesita sol, libertad y una pequeña flor!".

Cada historia es una miniatura que parece simple, pero habla de lo humano.

Una sombra que se emancipa de su dueño y lo devora. Un soldadito de plomo que ama hasta derretirse. Una princesa que, por un guisante bajo veinte colchones, demuestra lo insondable de la sensibilidad.

Y entre todos, uno de sus cuentos resonaba con su experiencia: "El patito feo".

Cuando lo creó,en 1843, anotó en su diario:

"No puedo dejar de llorar. He vivido lo que escribí. Yo era ese patito".

 

Plumas y tijeras

"Nunca fui como los otros niños. Era feo, delgado, y todo el mundo se reía de mí. Luego, me convertí en cisne", afirmó Andersen en su autobiografía "La verdadera historia de mi vida" (1847), una de las tres que publicó.

Fue la primera vez que le contó al público detalles de su niñez.

Hasta entonces, le gustaba de citar como fecha de su nacimiento el 6 de septiembre de 1819, día en que llegó a Copenhagen, la capital del reino de Dinamarca, y el momento en el que empezó, según decía, el cuento de hadas de su vida.

Pero lo cierto es que en ese momento ya tenía 14 años.

Había nacido en la zona más pobre de Odense en 1805. Su padre era zapatero y su madre lavandera; su tía regentaba un burdel, y a su abuelo lo llamaban loco.

Vivía en condiciones precarias pero lo que no le faltó en ese hogar fue amor: pese a las burlas e insultos de los que era objeto en el mundo exterior, sus padres lo adoraban.

Su papá era un lector voraz, y compartía sus lecturas con su hijo.

Además, alentaba sus sueños y alimentaba su imaginación, construyendo artefactos como un teatro de juguete para que jugaran cuando Andersen empezó a fantasear con ser artista.

Gracias a su padre, descubrió desde muy temprana edad "dos herramientas que serían muy importantes para él: la pluma y las tijeras", reveló su biógrafo Jens Andersen.

La pluma no sorprende, ¿pero las tijeras?

"A lo largo de su vida hizo recortes de papel, y cuando ya era anciano y dejó de escribir, usaba sus tijeras e inventaba cuentos de hadas con ellas".

 

 
Una de las narrativas caprichosas, llena de máscaras, pierrots, bailarines de ballet, ángeles, cisnes y palmeras, que le gustaba hacer a Andersen.
 
 
Efectivamente, a Andersen le fascinaba doblar hojas y recortarlas para crear escenas fantásticas mientras contaba historias para entretener a sus amigos.

Varias sobrevivieron, como la que ves arriba, que "es un cuento de hadas completamente cortado que enriquecerá tu corazón", según indica la inscripción del mismo Andersen.

Su papá, además, le dio una lección de vida primordial, cuenta su biógrafo.

"Su padre quería que supiera que, aunque era cierto que él era extraño, también era extraordinario, y le dio una frase que Andersen guardó para siempre: 'Sé lo que eres'".

A pesar de que Andersen era consciente de que era diferente a la gente con la que se quiso rodear, sabía que eso era la base de su genialidad.

Así que siempre defendió su originalidad. Incluso cuando mentores de clases más altas le aconsejaban refinarse, su respuesta era: "Acépteme así. Va en contra de mi naturaleza ser distinto a lo que soy".

Y era, definitivamente, todo un personaje. 

 

Del éxito a la eternidad

Llegó a Copenhagen con sus sueños de ser artista, pero aunque logró cantar, bailar y actuar frente a figuras relevantes, sus talentos en esas áreas no fueron suficientes como para consagrarlo.

Lo que sí logró fue conseguir el apoyo de benefactores, algo de lo que se valió a lo largo de su vida, incluso después de alcanzar la fama y el dinero.

El primero de ellos, Jonas Collin, interventor del Teatro de la Corte Real, lo inscribió a la escuela secundaria, donde no lo pasó bien, no sólo porque tenía 17 años y sus compañeros, 11, sino porque su director lo aterrorizaba.

Andersen, no obstante, escribía... y escribía y escribía.

Con mala letra y muchos errores ortográficos y gramáticos, llenaba páginas de sus diarios.

Y al graduarse con 21 años, publicó su primer poema, "El niño moribundo", en un diario alemán y luego en el Copenhagen Post, antes de convertirse en un éxito en Francia.

"La sirenita", publicado en 1837, fue uno de los muchos cuentos inspirados en la imaginación de Andersen, no una adaptación de relatos populares. 

 

Al año siguiente, salió a la venta su primer libro cuyo título era una broma: "Un viaje a pie desde el canal de Holmen hasta la punta oriental de Amager en los años 1828 y 1829".

Resulta que ese recorrido no podía tomar dos años, pues la distancia era apenas 3 kilómetros, pero como empieza en la noche del 31 de diciembre de 1828 y termina a la madrugada del día siguiente, no miente.

La obra fantástica fue un éxito, y aunque tras la buena acogida inicial tanto los críticos como el mismo Andersen le restaron valor, lo puso en el mapa.

Triunfó también poco después con el musical "Amor en la Torre de la Iglesia de San Nicolás", en el que el público decidía el final.

Le siguieron más poemas y libros sobre sus primeros viajes, una afición que lo llevaría a visitar muchos lugares de Europa, Asia Menor y África.

"Moverse, respirar, volar, flotar; ganarlo todo mientras das; recorrer los caminos de tierras remotas; viajar es vivir", escribiría en su autobiografía.

No sería sino hasta la edad de 29 años que empezaría a publicar cuentos infantiles.

Y, a pesar de ser un escritor prolífico, autor de 6 novelas, más de 1.000 poemas, 5 libros de viajes, unas 30 obras de teatro y libretos de óperas, además de sus diarios, memorias y artículos, serían esos cuentos los que le asegurarían inmortalidad. 

 

El más famoso

En 1835 lanzó su primera novela, "El improvisador", y publicó su primera colección de cuentos, un folleto titulado "Cuentos de hadas contados para niños".

Le seguirían dos más, recogiendo un total de 9 relatos, incluyendo "El traje nuevo del emperador", "Pulgarcita" y "La sirenita".

Aunque Andersen ya era apreciado por sus contemporáneos por sus otros escritos, fue eso lo que lo convirtió en "uno de los hombres más famosos de la época en Europa", como dijo el poeta y crítico inglés Edmund Gosse.

 
En EE.UU. celebraron no sólo sus creaciones sino también la pujanza de su talento a pesar de su origen humilde.
 
 
Alemania fue uno de los primeros países en adoptarlo.

Sus cuentos se tradujeron rápidamente, a veces incluso antes de su publicación completa en Dinamarca.

El Romanticismo alemán, especialmente tras la llegada de los hermanos Grimm, abrió las puertas a la mezcla de fantasía y melancolía de Andersen.

"Los críticos alemanes interpretaron en Andersen no solo fábulas, sino también Weltanschauung, una cosmovisión", señaló el erudito Jens Andersen.

Apenas se publicaron sus primeros cuentos en inglés, fue alabado como una revelación.

El novelista William Thackeray exclamó con entusiasmo: "¡Me fascina! Acabo de descubrir a esa encantadora, delicada y fantasiosa criatura".

Y el editor William Jerdan de la Literary Gazette lo declaró un poeta único, animándolo a visitar Inglaterra, donde fue recibido con honores.

En Estados Unidos, se celebraron no sólo sus cuentos, sino su vida como una especie de cuento real: el hijo de un humilde zapatero y una lavandera analfabeta que, gracias a su genio, alcanzó reconocimiento mundial.

Los intelectuales franceses admiraron la calidad poética y simbólica de sus cuentos.

Cuando visitó París en 1843, Andersen fue recibido con entusiasmo en los salones y por artistas como David d'Angers, quien lo veía como una singular combinación de sencillez popular y sofisticación literaria.

Curiosamente, en Dinamarca Andersen fue durante mucho tiempo una figura ambigua: aplaudido, sí, pero también ridiculizado por su sentimentalismo y su vanidad.

"Nunca fue del todo aceptado como un gran escritor literario en su país; fue considerado más bien un artista popular con un toque de extravagancia", apuntó Jackie Wullschlager en "Hans Christian Andersen: la vida de un contador de historias".

Aquello de "un toque de extravagancia" quizás sí es cierto. 

 

Admirable, pero no tan adorable

Entre sus mañas estaba viajar con una cuerda que ponía debajo de la cama, para escapar por la ventana en caso de incendio; en la mesita de noche, dejaba una nota que decía: "Sólo parezco muerto", pues le aterraba que lo enterraran vivo.

Su extraña apariencia física, aunque no era su culpa, no ayudaba.

A Gosse le impactó "la grotesca fealdad de su rostro y manos"; sus brazos y piernas eran, según su amigo, el escritor danés William Bloch, "desproporcionados", y sus "pies de dimensiones tan gigantescas" que nadie jamás le robaría las botas.

Se le sumaban movimientos "extraños" y modales "absurdos" que incluían exageradas reverencias y, según Heinrich Heine, el escritor vivo que Anderson más admiraba, "una servilidad aduladora", que lo llevó a confundirlo con "un sastre".

Tampoco se veía con buenos ojos el hecho de que fuera "mórbidamente sensible", como se describió el mismo Andersen en sus memorias, en las que reconoció ser "vanidoso", al punto de componer poemas sobre su propia genialidad

"Necesitaba constantemente que lo tranquilizaran, con lágrimas a menudo a flor de piel, conmovido tanto por el rechazo como por los elogios", señaló Wullschlager.

"Y mientras recordaba los desprecios y humillaciones del pasado, oía cómo todos decían ahora que era el más hermoso de los cisnes...".

 

Sus sentimientos oscilaban entre la autoexaltación y la desesperación cuando su talento era cuestionado, o si no era el centro de atención en reuniones sociales.

El autor y periodista Charles Dickens fue testigo de primera mano del claroscuro de su personalidad.

Fue uno de los primeros en alabarlo; tras recibir una de sus cartas, comentó:

"Su espíritu brilla a través de él en todo lo que hace. Es la carta más sincera, inocente y cautivadora que he leído en mi vida".

Mantenían una linda amistad que, luego de que lo recibiera en su casa en 1857, para una visita que se extendió mucho más de lo previsto, se fracturó.

Irritó a la familia desde la primera mañana al anunciar que era costumbre en Dinamarca que los invitados varones fueran afeitados por uno de los hijos de la casa.

En respuesta, Dickens le concertó una cita diaria con un barbero local, cuenta Ann Philippas del Museo Charles Dickens.

Más tarde, desconcertó a los Dickens cuando, tras leer una crítica desfavorable, se arrojó boca abajo en el césped y se echó a llorar desconsoladamente.

Tras varios incidentes más, la tensión se hizo palpable, y cuando el molesto huésped por fin partió, Dickens fijó una nota que decía:

"Hans Andersen durmió en esta habitación durante cinco semanas, ¡lo que a la familia le pareció una eternidad!".

Pero si bien su personalidad lo hacía incómodo, su talento le ganó admiradores poderosos: fue amigo de la realeza, científicos, artistas, escritores e intelectuales en Dinamarca y el extranjero.

Y los admiradores se multiplicaron con el paso del tiempo, adulándolo a la manera de Oscar Wilde, quien adoptó su tono melancólico y simbólico en cuentos como "El ruiseñor y la rosa", o a la de Jorge Luis Borges, quien declaró en una entrevista:

"Era un metafísico disfrazado de narrador. Nadie ha hablado mejor del dolor de ser distinto" (Borges oral, 1979).

Andersen siempre insistió en que no escribía sólo para los niños, sino para el niño escondido en cada adulto.

Y a todos esos niños, pequeños o ya adultos, les sigue diciendo, hoy en más de 125 idiomas:

"¡Poco importa nacer en un corral de patos, si sales de un huevo de cisne!".

 

Fuente.  Hans Christian Andersen


jueves, 7 de agosto de 2025

Colección Club del Misterio

Esta colección de novela policial fue publicada por Editorial Bruguera en la década de los 80.

Publicación original del listado: 23 de junio de 2009.

1. Dashiell Hammett. Cosecha Roja
2. Arthur Conan Doyle. Las Aventuras de Sherlock Holmes
3. Ellery Queen. Cara a Cara
4. Raymond Chandler. El Sueño Eterno
5. Patricia Highsmith. El Cuchillo
6. Erle Stanley Gardner. El Caso del Juguete Mortífero/Impulso Creador
7. James Hadley Chase. El Secuestro de Miss Blandish
8. Nicholas Blake. La Bestia debe Morir
9. James M. Cain. El Cartero Llama DosVeces/El Estafador
10. Rex Stout. Cuando Suena el Timbre
11. Jim Thompson. 1280 Almas
12. G. K. Chesterton. El Candor del Padre Brown
13. Horace McCoy. ¿Acaso no matan a los Caballos?/Luces de Hollywood
14. Earl Derr Biggers. El Loro Chino
15. Ross McDonald. El Caso Galton
16. Edgar Allan Poe. Los Crímenes de la Rue Morge y Otros Relatos
17. Chester Himes. Por Amor a Imabelle
18. John Le Carré. Asesinato de Calidad
19. Leslie Charteris. Era una Dama
20. Jose Giovanni. Los Aventureros
21. Fredric Brown. Un Trago para el Camino
22. Donald Henderson. Un Hombre Llamado Louis Beretti
23. Mike Spillane. Yo, El Jurado
24. Frederic Dard. Armas para la Eternidad/¡Votad a Berurier!
25. Julian Symons. El Círculo se Estrecha
26. Bill S. Ballinger. Retrato de Humo
27. David Goodis. Viernes 13
28. August Le Breton. El Clan de los Sicilianos
29. Pierre Nord. El Doble Crimen de la Línea Maginot
30. Richard Stark. A Quemarropa
31. Sebastien Japrisot. El Tren de la Muerte
32. Patrick Quentin. Enigma para Locos/El Hombre de la Risa
33. Eric Ambler. La Máscara de Dimitrios
34. Margaret Millar. Más Allá hay Monstruos
35. Pierre Souvestre y Marcel Allain. Juve contra Fantomas
36. Giorgio Scerbanenco. Muerte en la Escuela
37. Ian Fleming. Goldfinger
38. J. L. Borges y Adolfo Bioy Casares. Seis Problemas para Isidro Parodi
39. John Bucham. 39 Escalones
40. Wade Miller. Paso Fatal
41. Philip MacDonald. El Asesino se ha vuelto loco
42. Maurice Leblanc. El Triángulo de Oro
43. J. P. Manchette. Un Montón de Huesos
44. S. S. Van Dine. El Caso Kennel
45. David Morrell. Primera Sangre (Rambo)
46. Kenneth Fearing. El Gran Reloj
47. Ed McBain. El Atracador
48. Charles Williams. El Arrecife del Escorpión
49. Peter Cheyney. Cinco Perfumes y un Crimen
50. R. Austin Freeman. El Mono de Barro
51. Sax Rohmer. La Novia de Fu-Manchú
52. Boileau y Narcejac. Las Lobas
53. James Hadley Chase. Una Radiante Mañana Estival
54. Dick Francis. Carrera de Ratas
55. Maj Sjöwall y Per Wahlöö. Roseanna
56. Dashiell Hammett. El Gran Golpe
57. John D. MacDonald. Más Oscuro que el Ámbar
58. Raymond Chandler. La Ventana Siniestra
59. Ross MacDonald. La Mirada del Adios
60. Agatha Christie. Diez Negritos
61. Honoré de Balzac. Un Asunto Tenebroso
62. John Ball. En el Calor de la Noche
63. Len Deighton. Atrapar al Espía
64. Earl Derr Biggers. La Casa sin Llaves
65. Patricia Wenworth. La Colección Brading
66. Arthur La Bern. Frenesí
67. Georges Simenon. Maigret y los Aristócratas
68. Julian Symons. Así Acabó Salomon Grundy
69. Wilkie Collins. La Piedra Lunar (Primera Parte)
70. Wilkie Collins. La Piedra Lunar (Segunda Parte)
71. S.S. Van Dine/Cornell Woolrich. Crimen en la Nieve/El Inspector Burke
72. W. Somerset Maugham. El Agente Secreto
73. William Irish. La Mujer Fantasma
74. Geoffrey Homes. Eleven mi Horca
75. Georges Simenon. Maigret y el Inspector Cadáver
76. W. R. Burnett. La Jungla de Asfalto
77. John D. MacDonald. La Dorada Sombra de la Muerte
78. Margaret Millar. Pagarás con Maldad
79. Ngaio Marsh. Extásis Mortal
80. Patricia Wenworth. El Estanque en Silencio
81. Emile Gaboriau. El Expediente 113
82. Edgar Allan Poe. La Carta Robada y Otros Relatos
83. Leo Perutz. El Maestro del Juicio Final
84. Ed McBain. Cuando Sadie Murió
85. Hillary Waugh. Corre cuando Diga: ¡Ya!
86. Edmund Crispin. El Caso de la Mosca Dorada
87. Sidney Sheldon. Cara Descubierta
88. Jim Thompson. El Asesino dentro de Mí
89. Carter Dickson. Muerte en Cinco Cajas
90. Richard Hull. El Asesinato de mi Tía
91. Beverly Nichols. Asesinato por Encargo
92. Eden Phillpotts. Los Rojos Redmayne
93. Ellery Queen. Besa y Mata
94. Michael Burt. El Caso de las Trompetas Celestiales
95. Michael Innes. Muerte en la Rectoría
96. E. C. R. Lorac. Jaque Mate al Asesino
97. Gaston Leroux. El Fantasma de la Ópera
98. Ira Levin. Un Beso antes de Morir
99. Dorothy L. Sayers. El Cadáver con Lentes
100. Arthur Conan Doyle. Estudio en Escarlata
101. S.A. Steeman. El Asesino vive en el 21
102. Robert Erskine Childers. El Enigma de las Arenas
103. James Hadley Chase. Trato Hecho
104. Giorgio Scerbanenco. Te Llevaré a ver el Mar
105. Maj Sjöwall y Per Wahlöö. El Coche de Bomberos que Desapareció
106. Anthony Berkeley. El Dueño de la Muerte
107. Carter Dickson. La Noche de la Viuda Burlona
108. Alebert Simonin. Cuidado con la Plata
109. John Bingham. Un Fragmento de Miedo
110. Sebastien Japrisot. La Mujer del Coche, con Gafas y un Fusil.
111. Giorgio Scerbanenco. Demasiado Tarde
112. Henry Kane. Mi Nombre es Chambers
113. Joe Gores. Al Estilo Hammett
114. Stanley Ellin. El Crimen de la Calle Nicholas
115. Bill Pronzini. ¡Pánico!
116. Varios autores (Detection Club). El Almirante Flotante
117. Auguste Le Breton. Redadas en la Ciudad
118. William P. McGivern. Objetivo: Wall Street
119. Howard Fast. El Ángel Caído.
120. Bill Knox. Carrera Mortal
121. Donald E. Westlake. ¡Ayudame, Estoy Prisionero!
122. Michael Collins. Acto deTerror
123. Vera Caspary. Laura
124. Andrew Bergman. Hollywood y Levina
125. Fredric Brown. La Trampa Fabulosa
126. Lawrence Block. El Ladrón que leía a Spinoza
127. Rex Stout. Antes de Medianoche
128. Giorgio Scerbanenco. Doble Juego
129. Patricia Wenworth. La Daga de Marfil
130. Boris Vian. Escupiré sobre vuestra Tumba
131. Lawrence Block. Ladrón que Citab a Kipling
132. Giorgio Scerbanenco. Las Princesas de Acapulco
133. Eden Phillpotts. Eran Siete
134. Jean Amila. Punto en Boca
135. Ross MacDonald. El Hombre Enterrado
136. Giorgio Scerbanenco. Al Servicio de quien me Quiera
137. Arthur Conan Doyle. El Valle del Terror
138. Patricia Wenworth. Líneas de Fuga
139. John Ball. Frío en la Espalda
140. Giorgio Scerbanenco. Milán, Calibre 9
141. Arthur Conan Doyle. El Signo de los Cuatro
142. Jim Thompson. Tierra Sucia
143. Edgar Allan Poe. El Gato Negro y Otros Relatos
144. Edgar Wallace. El Secreto del Alfiler
145. Arthur Conan Doyle. El Perro de los Baskerville
146. Rogelio Nogueras. Y si Muero Mañana
147. Edgar Wallace. El Hombre Siniestro
148. Fredric Brown. La Bestia Dormida
149. Robert B. Parker. El Señuelo
150. ¿?

miércoles, 6 de agosto de 2025

Colección El Séptimo Círculo-Emecé

Esta colección fue creada y dirigida por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares y publicada en la décadas de los 40, 50, 60, 70 y 80 por la editorial argentina Emecé.

¿Por qué el nombre de Séptimo Círculo?

En la Divina Comedia de Dante Aligheri, una serie de personajes están condenados en el Séptimo Círculo del Infierno, vigilados y torturados por el Minotauro.

El séptimo circulo se divide a su vez en tres recintos: en el primero: los violentos; en el segundo: los violentos contra sí mismos; los suicidas; los disipadores; en el tercero: los violentos contra Dios, contra la naturaleza y contra la sociedad (asesinos).

De esta colección hay diversas ediciones: la de Emecé, la de Alianza-Emecé, las más recientes del diario La Nación de Buenos Aires (Argentina), otra de la misma Emecé y una de Planeta.

La numeración cambia en la de Alianza-Emecé.

Varios libros incluidos han tenido (tienen) varias ediciones por separado. Otros sólo han aparecido publicados en el Séptimo Círculo y en ninguna otra parte.


Publicación original del listado: 1 de junio de 2009



Colección El Séptimo Circulo-Emecé


1. Nicholas Blake. La Bestia debe Morir
2. John Dickson Carr. Los Anteojos Negros
3. Michael Innes. La Torre y la Muerte
4. Anthony Gilbert. Una Larga Sombra
5. James M. Cain. Pacto de sangre
6. Milward Kennedy. El Asesino de sueño
7. Vera Caspary. Laura
8. Milward Kennedy. La Muerte Glacial
9. Anton Chejov. Extraña Confesión
10. Richard Hull. Mi propio Asesino
11. James M. Cain. El Cartero Llama Dos Veces
12. Eden Phillpotts. El señor Digweed y el señor Lumb
13. Nicholas Blake. Los Toneles de la Muerte
14. Enrique Amorim. El Asesino Desvelado
15. Graham Greene. El Ministerio del Miedo
16. Clifford Witting. Asesinato en pleno Verano
17. Patrick Quentin. Enigma para Actores
18. John Dickson Carr. El Crimen de las Figuras de Seda
19. Anthony Gilbert. La Gente muere Despacio
20. James M. Cain. El Estafador
21. Patrick Quentin. Enigma para Tontos
22. E. C. R. Lorac. La Sombra del Sacristán
23. Wilkie Collins. La Piedra Lunar
24. Cora Jarret. La Noche sobre el Agua
25 H. F. Heard. Predilección por la Miel
26. Michael Innes. Los Otros y el Rector
27. Leo Perutz. El Maestro del Juicio Final
28. Nicholas Blake. Cuestión de Pruebas
29. Lynn Brock. En Acecho
30. Wilkie Collins. La Dama de Blanco, 2 tomos
31. Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo. Los que Aman, Odian
32. Anthony Gilbert. La Trampa
33. John Dickson Carr. Hasta que la Muerte nos Separe
34. Michael Innes. ¡Hamlet, Venganza!
35. Nicholas Blake. ¡Oh, Envoltura de la Muerte!
36. E. C. R. Lorac. Jaque Mate al Asesino
37. John Dickson Carr. La Sede de la Soberbia
38. Eden Phillpotts. Eran Siete
39. Patrick Quentin. Enigma para Divorciadas
40. John Dickson Carr. El Hombre Hueco
41. Lynn Brock. La Larga Búsqueda del señor Lamousset
42. Eden Phillpotts. Los Rojos Redmayne
43. Richard Keverne. El Hombre del Sombrero rojo
44. Raymond Postgate. Alguien en la Puerta
45. Anthony Gilbert. La Campana de la Muerte
46. Nicholas Blake. El Abominable Hombre de Nieve
47. Robert Player. El Ingenioso señor Stone
48. Manuel Peyrou. El Estruendo de las Rosas
49. Raymond Postgate. Veredicto de Doce
50. Patrick Quentin. Enigma para Demonios
51. Patrick Quentin. Enigma para Fantoches
52. John Dickson Carr. El Ocho de Espadas
53. R. C. Woodthorpe. Una Bala para el señor Thorold
54. H. F. Heard. Respuesta Pagada
55. Michael Innes. El Peso de la Prueba
56 H. F. Heard. Asesinato por Reflexión
57. Anthony Gilbert. ¡No Abras esa Puerta!
58. James Hilton. ¿Fue un crimen?
59. Anthony Berkeley. El Caso de los bombones Envenenados
60. John Dickson Carr. El que Susurra
61. Patrick Quentin. Enigma para Peregrinos
62. Anthony Berkeley. El Dueño de la Muerte
63. Patrick Quentin. Corriendo hacia la muerte
64. John Dickson Carr. Las Cuatro Armas Falsas
65. Anthony Gilbert. Levante usted la Tapa
66. Peter Curtis. Marcha Fúnebre en Tres Claves
67. Anthony Gilbert. Muerte en el otro Cuarto
68. Sidney Fowler. Crimen en la Buhardilla
69. Varios autores. El Almirante Flotante (en colaboración)
70. John Dickson Carr. El Barbero Ciego
71. Donald Henderson. Adios al Crimen
72. Graham Greene. El Tercer hombre/El Ídolo caído
73. Edgar Lustgarden. Una Infortunada más
74. John Dickson Carr. Mis Mujeres Muertas
75. Clifford Witting. Medida para la Muerte
76. Nicholas Blake. La Cabeza del Viajero
77. Michael Burt. El Caso de las Trompetas Celestiales
78. Charles Dickens. El Misterio de Edwin Drood, prólogo de G. K. Chesterton
79. Cyril Hare. Huésped para la Muerte
80 Eden Phillpotts. Una Voz en la Oscuridad
81 Marten Cumberland. La punta del Cuchillo
82 Michael Valbeck. Caídos en el Infierno
83 L.A.G. Strong. Todo se derrumba
84 Will Ousler. Legajo Florence White
85 Hugh Walpole. En la plaza Oscura
86 Richard Hull. Prueba de Nervios
87 Patrick Quentin. El Buscador
88 Bernice Carey. El Hombre que eludió el Castigo
89 Elizabeth Eastman. El Ratón de los Ojos rojos
90 Margaret Millar. Pagarás con Maldad
91 Nicholas Blake. Minuto para el Crimen
92 Edgar Lustgarden. Veredictos Discutidos
93 Norman Berrow. Peligro en la Noche
94 John Dickson. Los Suicidios Constantes
95 Michael Burt. El Caso de la Joven Alocada
96 Fernand Crommelynck. ¿Es usted el Asesino?
97 Guy Des Cars. El Solitario
98 Michael Burt. El Caso del Jesuita Risueño
99 Vera Caspary. Bedelia
100 Thomas Walsh. Pesadilla en Manhattan
101 Richard Hull. El Asesinato de mi Tía
102 Alexander Rice Guinness. Bajo el Signo del Odio
103 Josephine Tey. Brat Farrar
104 John Dickson Carr. La Ventana de Judas
105 Margaret Millar. Las Rejas de Hierro
106 Anna Mary Wells. Miedo a la Muerte
107 John Dickson Carr. Muerte en Cinco Cajas
108 Vera Caspary. Más Extraño que la Verdad
109 C. S. Forester. Cuenta pendiente
110 John Dickson Carr. La estatua de la viuda
111 Gregory Tree. Una Mortaja para la Abuela
112 Josephine Tey. Arenas que Cantan
113 Margaret Millar. Muerte en el Estanque
114 Pierre Very. Los Goupi
115 J. C. Masterman. Tragedia en Oxford
116 Robert Parker. Pasaporte para el Peligro
117 Eric Linklater. El señor Byculla
118 Nicholas Blake. El Hueco Fatal
119 Stanley Ellin. El Crimen de la calle Nicholas
120 Eden Phillpotts. El Cuarto Gris
121 Marjorie Stafford. La Muerte toca el Gramófono
122 Eric Warman. Blando por Dentro
123 María Angélica Bosco. La Muerte baja en el Ascensor
124 Edward Atiyah. La Línea Sutil
125 Julian Symons. El Círculo se Estrecha
126 L. A. G. Strong. Scolombe Muere
127 William March. Simiente Perversa
128 Robert Burns. Soy un Fugitivo
129 Mary Fitt. Claves para Christabel
130 Nicholas Blake. Susurro en la Penumbra
131 Vera Caspary. El Falso Rostro
132 Richard Katz. El Caso más Difícil
133 Julian Symons. El 31 de Febrero
134 Serge Groussard. La Mujer sin Pasado
135 Cyril Hare. Un Crimen Inglés
136 Anthony Boucher. El Siete del Calvario
137 Charlotte Jay. El Ojo Fugitivo
138 H. F. M. Prescott. El Muerto Insepulto
139 Patrick Quentin. Mi Hijo, el Asesino
140 Patrick Quentin. El Bígamo
141 John Dickson Carr. El reloj de la muerte
142 Josephine Tey. El Muerto en la Cola
143 Edmund Crispin. El Caso de la Mosca Dorada
144 Nina Bawden. Trasbordo a Babilonia
145 Nicholas Blake. La Maraña
146 Marten Cumberland. La Puerta de la Muerte
147 Patrick Quentin. El Hombre en la Red
148 Nicholas Blake. Fin de Capítulo
149 John Dickson Carr. Patrick Butler por la Defensa
150 Beverly Nichols. Los Ricos y la Muerte
151 Patrick Quentin. Circunstancias Sospechosas
152 Edwin Lanham. Asesinato en mi Calle
153 Cyril Hare. Tragedia en la Justicia
154 Robert Harling. La Columnata Interminable
155 Cornell Woolrich (William Irish). Violencia
156 Patrick Quentin. La Sombra de la Culpa
157 Nicholas Blake. Un Puñal en mi Corazón
158 Roy Fuller. Fantasía y Fuga
159 Nicholas Blake. El Crucero de la Viuda
160 Margaret Millar. Las Paredes Oyen
161 Raymond Chandler. La Dama del Lago
162 E. C. R. Lorac. Muerte por Triplicado
163 Patrick Quentin. El Monstruo de Ojos Verdes
164 Wallace Reyburn. Tres Mujeres
165 Vera Caspary. Evvie
166 Alex Fraser. Lugares Oscuros
167 Beverly Nichols. Asesinato a Pedido
168 Julian Symons. La Senda del cCrimen
169 Patrick Quentin. Vuelta a Escena
170 John Dickson Carr. Pese al Trueno
171 Nicholas Blake. El Gusano de la Muerte
172 Margaret Millar. Semejante a un Ángel
173 Max Duplan. Sanatorio de Altura
174 Laurence Payne. Claro como el agua
175 Vera Caspary. El Marido
176 Wade Miller. El Arma Mortal
177 Patrick Quentin. La Angustia de Mrs. Snow
178 Marten Cumberland. Y luego el Miedo
179 James Hadley Chase. Un Loto para miss Quon
180 Hillary Waugh. Nacida para víctima
181 John Burke. La parte culpable
182 Nicholas Blake. La Burla Siniestra
183 James Hadley Chase. ¿Hay Algo mejor que el Dinero?
184 Thomas Walsh. Un Ladrón en la Noche
185 James Hadley Chase. Un Ataúd desde Hong Kong
186 Hillary Waugh. Apelación de un Prisionero
187 Maurice Moiseiwitsch. Besa al ángel de las Tinieblas
188 Ross MacDonald. El escalofrío
189 Patrick Quentin. Peligro en la casa Vecina
190 Thomas Walsh. Esconder a un Canalla
191 Patrick Quentin. Trasatlántico "Asesinato"
192 Edwin Lanham. No hay Escondite
193 Howard Fast. El Ángel Caído
194 John Dickson Carr. Fuego que Quema
195 Ben Healey. Al Acecho del Tigre
196 Patrick Quentin. El Esqueleto de la Familia
197 Nicholas Blake. La Triste Variedad
198 Herbert Brean. Los Rastros de Brillhart
199 James Hadley Chase. Un Ingenuo Más
200 Ross MacDonald. Dinero Negro
201 Hillary Waugh. La Joven Desaparecida
202 James Hadley Chase. Una Radiante Mañana Estival
203 John Bingham. Un Fragmento de Miedo
204 John Dickson Carr. El Codo de Satanás
205 James Hadley Chase. La Caída de un Canalla
206 Ross MacDonald. El Otro Lado del Dólar
207 Nicholas Freeling. Cañones y Manteca
208 Nicholas Blake. La Mañana después de la Muerte
209 James Hadley Chase. Fruto prohibido
210 James Hadley Chase. Presuntamente violento
211 Nicholas Blake. La Herida Íntima
212 Hillary Waugh. El Hombre Ausente
213 James Hadley Chase. La Oreja en el Suelo
214 Nicholas Blake. Fin de Capítulo
215 Hillary Waugh. 30 Manhattan East
216 Beverley Nichols . Los Ricos y la Muerte
217 Ross MacDonald. Enemigo Insólito
218 John Dickson Carr. Oscuridad en la Luna
219 John D. MacDonald. El Fin de la Noche
220 John Boland. El derrumbe
221 James Hadley Chase. Y Ahora, Querida...
222 Nicholas Freeling. ¡Tsing-Boum!
223 Hillary Waugh. Corra cuando diga:¡ya!
224 James Hadley Chase. Trato hecho
225 Hillary Waugh. Muerte y Circunstancia
226 Hillary Waugh. Veneno Puro
227 Ross MacDonald. La Mirada del Adios
228 John D. MacDonald. La Única Mujer en el Juego
229 Ellery Queen. Besa y Mata
230 Ellery Queen. Asesinatos en la Universidad
231 James Hadley Chase. El Olor del Dinero
232 Cornell Woolrich (William Irish). Plazo: Al amanecer
233 Paul Andreota. Zigzags
234 Piero Chiara. Los Jueves de la señora Julia
235 Ben Healey. Las Mujeres se dedican al Crimen
236 Margaret Millar. Sólo Monstruos (o Más allá hay Monstruos)
237 John Dickson Carr. Mediodía de Espectros
238 John A. Graham. Algo en el Aire
239 Joseph Harrington. El Último Timbre
240 James Hadley Chase. Un Agujero en la Cabeza
241 Sidney Sheldon. Cara Descubierta
242 Cornell Woolrich. No Quisiera estar en tus Zapatos
243 John A. Graham. El robo del Cézanne
244 Ross MacDonald. Costa Bárbara
245 Michael Z. Lewin. Acertar con la pregunta
246 Paul Andreota. El Pulpo
247 John Dickson Carr. Mansión de la muerte
248 James Hadley Chase. Peligroso si anda suelto
249 Robert Garret. El Fin de la persecución
250 Vera Caspary. Retrato Terminado
251 Cornell Woolrich (William Irish). La Dama Fantasma
252 James Hadley Chase. Si Deseas seguir Viviendo
253 John Craig. ¿Quieres ver a tu Mujer otra vez?
254 Lillian O' Donell. El Teléfono Llama
255 Michael Collins. Acto de terror
256 Stanley Ellin. El hombre de Ninguna Parte
257 David Anthony. La Organización
258 Michael Gilbert. El Cadáver de una Chica
259 Michael Collins. La Sombra del Tigre
260 Richard Neely. El Síndrome Fatal
261 Bill Pronzini. ¡Pánico!
262 Victor Canning. Peón Dama
263 Cornell Woolrich. Cita en la Oscuridad
264 Arthur Maling. Traficante de Nieve
265 James Hadley Chase. Estás solo cuando estás muerto
266 David Anthony. Sangre a la luz de la Luna
267 James Hadley Chase. Sin Dinero, a Ninguna Parte
268 Richard Neely. La Amante Japonesa
269 Lillian O'Donnell. No uses Anillo de Boda
270 James Hadley Chase. Acuéstala sobre los Lirios
271 Kennetth Royce. El Hombre XYY
272 Victor Canning. La Efigie Derretida
273 Stanley Ellin. La Especialidad de la casa
274 Gregory Cromwell Knapp. La Estrangulación
275 Robert Dennes. El Sudor del Miedo
276 Dwight Steward. Acupuntura y Muerte
277 Arthur Maling. Ding Dong
278 Stanley Ellin. Castillo de Naipes
279 Roger Ivnees. El Llanto de Némesis
280 Lettice Cooper. Té en Domingo
281 Raymond Chandler. Asesino en la Lluvia
282 David Westheimer. La Cabeza Olmeca
283 Victor Canning. Cresta Roja
284 James Hadley Chase. El Buitre Paciente
285 Michael Collins. El Grito Silencioso
286 Peter Dickinson. El Oráculo envenenado
287 James Hadley Chase. Con las Mujeres nunca se Sabe
288 John D. Macdonald. Cielo Trágico
289 Reg Gadney. Luchar por Algo
290 James Hadley Chase. Hay un Hippie en la Carretera
291 John Bingham. Cinco Accesos al Paraíso
292 Cornell Woolrich. La Novia vestía de Luto
293 John D Macdonald. Lamento Turquesa
294 John Godey. La Muerte del Año
295 Bill Pronzini. Prisionero en la Nieve
296 Dick Francis. Golpe Final
297 Lillian O' Donell. Traficantes de Niños
298 Cornell Woolrich. Serenata del Estrangulador
299 James Hadley Chase. Un As en la Manga
300 David Anthony. La dama de Medianoche
301 Walter Kempley. Cálculo de Probabilidades
302 Victor Canning. La Marca de Kingsford
303 Lillian O' Donell. Disque 577
304 James Hadley Chase. Peces sin Escondite
305 Kyril Bonfiglioli. No me apuntes con Eso
306 Kenneth Royce. Operación Leñador
307 Victor Canning. El Esquema Rainbird
308 Stanley Ellin. La Fortaleza
309 Kenneth Royce. En el Hampa
310 Dereck Marlowe. La Hermana de Alguien
311 James Hadley Chase. Toc toc, ¿Quién es?
312 Victor Canning. La Máscara del Recuerdo
313 Nicholas Meyer. Práctica de Tiro
314 James Hadley Chase. Si Usted Cree Esto
315 Richard Neely. Mientras el Amor Duerme
316 Gavin Lyall. El País de Judas
317 James Hadley Chase. Muérase, por favor
318 John Godey. La Hora Azul
319 Dick Francis. En el Marco
320 Margaret Millar. Pregunta por mi Mañana
321 Peter Lovesay. Figura de Cera
322 Hillary Waugh. Una novia para Hampton House
323 Lillian O'DonneLl. Trabajo Mortal
324 Arthur Maling. Juego Diabólico
325 Stanlei Ellin. Viaje a Luxemburgo
326 Rex Stout. Asunto de Familia
327 Martha Albrand. Zurich/AZ 900
328 Simon Brett. Por Orden de Desaparición
329 James Hadley Chase. Considerate muerto
330 Hammond Innes. El Caballo de Troya
331 John Bingham. Amo y Mato
332 James Hadley Chase. Tengo los Cuatro Ases
333 Dick Francis. Olimpiada en Moscú
334 Margaret Millar. El Asesinato de Mrs Shaw
335 Joe Gores. Al Estilo Hammett
336 Hillary Vaugh. Un Loco en mi Puerta
337 Donald Hamilton. Los Ejecutores
338 Kenneth Royce. El toque de Satán
339 Alain Demouzon. Crímenes Imperfectos
340 Cornell Woolrich. El Negro Sendero del Miedo
341 Kyril Bonfigliori. Detrás de un Revólver
342 Stanley Ellin. La Estrella Deslumbrante
343 Kay Nolte Smith. La Espectadora
344 Dick Francis. Riesgo Mortal
345 Ngaio Marsh. La Foto en el Cadáver
346 Hugh Macleave. Ningún Rostro en el Espejo
347 Gene Thompson. La Prueba Decisiva
348 Ellis Peters, Un Cadaver de más
349 Allain Demouzon. El Largo Túnel
350 J. Crouley. Cambio Rápido
351 Donald Hamilton. Los Envenenadores
352 Ian Stewart. Huelga Fraguada
353 B. M. Gill. Víctimas
354 Leo Bruce. El Caso de la Muerte entre las Cuerdas
355 H. Paul Jeffers. Asesinato en el Club
356 Leo Bruce. El Caso para Tres Detectives
357 Andrew Garve. Contragolpe
358 Josephine Bell. Y si viniera el lobo
359 Peter May. Rostros ocultos
360 Simon Brett. Tanta Sangre
361 Leo Bruce. Un Caso para el sargento Beef
362 Peter Lovesey. El Falso Inspector Dew
363 Donald Hamilton. Los Destructores
364 Leo Bruce. Cabeza a Cabeza
365 Liza Cody. Engaño
366 Donald Hamilton. Los Intimidadores
367 Leo Bruce. Sangre Fría (*)


(*) Nota: en la contraportada del nº 366 se anuncia esta novela que no salió incluida dentro de El Séptimo Círculo aunque sí fue publicada aparte en otra colección (Grandes Maestros del Suspenso) por Emecé.