lunes, 28 de agosto de 2017

Octavio: el «hijo» de Julio César que aplastó a Marco Antonio y al Egipto de Cleopatra

Por Rodrigo Alonso
Tras varios años compartiendo el poder, el heredero del imperator se decidió a derrotar a su compañero triunviro y convertirse en el primer emperador de Roma
En la batalla de Actium el victorioso Agripa hizo realidad las aspiraciones del hijo adoptivo del dictador asesinado en los Idus de Marzo
Fue en aguas griegas -frente a la costa de Epiro- donde Octavio (quien más tarde fue conocido como Augusto) escribió para siempre su nombre en la Historia gracias a la victoria sobre Marco Antonio y Egipto en la memorable batalla de Actium (31 a.c)
El que fuera reconocido por el mismísimo Cayo Julio César como hijo adoptivo tenía-gracias a esta épica victoria- vía libre para poder ostentar todo el poder en el que fue el mayor imperio de la antiguedad. Tras largos años en los que tuvo que lidiar con los asesinos de su padre y compartir el poder con Antonio y Lépido por fin había alcanzado el lugar que -en su opinión- le correspondía como descendiente del caído imperator.
Esta es la historia de cómo un joven con genio -pero carente de grandes habilidades militares- logró convertirse en el primer emperador de Roma.
La sangre del padre
La pugna entre Augusto y Marco Antonio tuvo su origen en el magnicidio en los Idus de marzo (15 de marzo del 44 a.C) del victorioso dictador Cayo Julio César. Como explica Pilar Fernández Uriel en «Historia Antigua Universal III: Historia de Roma», los perpetradores del asesinato (el cual fue llevado a cabo en el mismo Senado) fueron incapaces de predecir el resultado de su atentado contra la vida del que fuese «imperator» de las Galias.
Es necesario explicar, en lo que a la labor de César se refiere, que los bastos territorios bajo el control de Roma requerían un cambio en el sistema político con respecto a la fórmula republicana, cuya reinstauración era el prinicipal objetivo de los magnicidas. Como expresa Fernández Uriel, la transformación iniciada por el victorioso imperator no llevaba necesariamente a la imposición de una monarquía (la cual además constituía un delito sagrado). Simplemente, el momento reclamaba la instauración de una figura fuerte y capacitada en lugar de que el poder estuviese repartido entre las distintas familias patricias
Al mismo tiempo, la plebe romana tampoco acogió el asesinato con satisfacción. No en vano, César había llevado a cabo varias reformas que le habían granjeado buena fama entre el «populus». Fue así como el intento de volver a lo que, ya desde inicios del siglo I a.C, se consideraba una forma de gobierno caduca acabó por explotarle a los asesinos en la cara.
Cuando se producía el asesinato de César, el joven Octavio (su hijo adoptivo posteriormente conocido como Augusto) se hallaba fuera de Roma. Estaba en Apolonia, donde recibía formación militar junto a quien sería su mayor sustento y más destacado oficial en el futuro: el héroe de Actium, Marco Vipsanio Agripa.
Marco Antonio (sobrino y lugarteniente del difunto Julio que, a posteriori, fue el máximo rival de Octavio), supo aprovechar la defunción del otrora imperator de las Galias. Como señala Pierre Grimal en «El Siglo de Augusto», en la sesión del Senado del 17 de marzo -tan solo dos días después de que se llevase a cabo el atentado- el militar y político se opuso enérgicamente a la propuesta de conceder honores excepcionales a los asesinos, a los que por otra parte mantuvo sus cargos. También logró que se respetase la obra de gobierno de César, incluso los proyectos que aún no tenían fuerza de ley.
Los homicidas -como afirma el historiador Gonzalo Bravo en «Historia del Mundo Antiguo: Una introducción crítica»- no asistieron a la sesión ya que sabían que sus acciones no contaban con el beneplácito de gran parte del Senado. Además, gracias a la habilidad de Antonio -que consiguió mediante su panegírico en los funerales de César dirigir el odio del pueblo contra los asesinos- se acabó con cualquier posibilidad de volver a la situación anterior al gobierno del imperator.
Sin embargo, no todo fueron buenas noticias para el lugarteniente de César. Octavio (heredero legítimo) supo hacerse con la lealtad de gran parte del ejército y de la mayoría de los partidarios del difunto gobernante. El objetivo era ser reconocido como el más indicado para ocupar el puesto vacante de su padre adoptivo. Mientras tanto, Antonio, logró convencer al Senado de que le otorgase el gobierno de la Galia por un espacio de cinco años.
El Triunvirato
Como explica Bravo en su obra, los sucesos del año siguiente (43 a.C) fueron claves para la evolución posterior. Antonio se decidió a marchar contra el magnicida Décimo Bruto sin contar con la aprobación del Senado, que envió tras él al mismísimo Octavio y a los cónsules Hirtio y Pansa. Fue en Mutina (Módena) donde tuvo lugar el choque entre los dos ejércitos.
Pese a la victoria de las tropas senatoriales, el lugarteniente del extinto César logró huir y unirse a las tropas del general Lépido en la Galia. Aun así, el resultado de la pugna fue sumamente beneficioso para las aspiraciones de Octavio quien, tras la muerte en combate de Hirtio y Pansa, no tenía que compartir la gloria con nadie. Al mismo tiempo, su control del Norte de Italia a raíz de su triunfo en la campaña suponía un enorme peligro a ojos del Senado. Ante la negativa a la solicitud del joven heredero a prorrogar su consulado, este decidió marchar sobre Roma y ocuparla.
Una vez forzó su elección y la de Quinto Pedio como cónsules, Octavio tomó una serie de disposiciones de suma trascendencia que fueron el embrión del posterior Triunvirato. Como explica Bravo, promulgó la «Lex Pedia», mediante la cual se declaraba la guerra abiertamente a los asesinos de César y a Sexto Pompeyo (hijo de Pompeyo Magno y oficial de la flota romana). Al mismo tiempo, ponía punto y final a la enemistad senatorial con Antonio y Lépido. Esta medida fue tomada fruto de la necesidad, ya que -como afirma Fernández Uriel- ambos contaban con la lealtad de los ejércitos provinciales.
La paz entre los tres militares tuvo lugar en las cercanías de la ciudad de Bonomia (Bolonia) en noviembre del 43. Nacía de este modo el Triunvirato, conocido erróneamente -según explica Bravo- como el Segundo Triunvirato. Tras alcanzar el acuerdo se procedió a una división de los territorios romanos entre los integrantes. De este modo, Antonio conservó el gobierno de las Galias, Lépido se hizo con el control de Hispania y la Narbonense y Octavio logró África, Sardinia (Cerdeña) y Sicilia.
Según explica Bravo, fruto de la condición plenipotenciaria de los triunviros se llevó a cabo, en apenas diez años, el asesinato de unos 200 miembros del Senado y otros 2.000 caballeros. Entre estos se encontraban no pocos individuos de suma importancia a nivel histórico, como es el caso del afamado orador Cicerón (diciembre del 43). También, a partir de este punto, los magnicidas comenzaron a caer poco a poco. En el 42 Antonio logró derrotar a Bruto y Cassio en la batalla de Filipos. Agripa y Lépido hicieron lo propio venciendo a las fuerzas de Sexto Pompeyo en Sicilia (36).
Durante este tiempo -como afirma Bravo en otra de sus obras: «Poder político y desarrollo social en la Antigua Roma»- Octavio «había restado protagonismo y prestigio político a Antonio». Debido a la necesidad de estrechar lazos entre los triunviros, tuvo lugar en el 40 el matrimonio entre el lugarteniente de César y la hermana del hijo adoptivo: Octavia. También se llevó a cabo un nuevo acuerdo que reformuló el reparto territorial.
A partir de este momento Antonio gobernó en Oriente, Octavio en Occidente y Lépido en África.
En su obra, Grimal afirma que, tras la derrota del hijo de Pompeyo el Grande, Octavio decidió levantar en el interior de Roma un templo a Apolo, a quien consideraba sudios. A este respecto, existía un escandaloso mito en la época según el cual el joven triunviro habría nacido de un abrazo entre su madre -Atia- y la divinidad griega. Esta idea, que rozaba los límites de lo aceptable por la sociedad del momento, nunca habría sido negada por el protagonista.
Antonio, mientras tanto, se instaló en la ciudad de Atenas junto a su esposa Octavia (a la que acabó repudiando al poco tiempo). Como se afirma en la obra «Poder político y desarrollo social en la Antigua Roma», el lugarteniente del difunto César empleó como excusa una campaña contra los partos en el 36 (en la que fracasó dando al traste con buena parte su influencia) para partir rumbo a Egipto con Cleopatra VII. Fruto de su relación con la afamada gobernante ptolemaica tuvo dos hijos.
Señala Fernández Uriel que Antonio «fue atraído enseguida por la vida en la corte y el pensamiento de los antiguos monarcas Ptolemaicos, donde iba asimilando la ideología oriental y transformándose en un monarca helenístico con su aspecto divino». Al mismo tiempo, el heredero militar de César, se dispuso a acometer pactos de vasallaje distintos a los llevados a cabo por Roma.
Octavio no dejó pasar la oportunidad que le brindaba la extranjerización de su rival. Mediante un empleo sublime de la propaganda logró hacer pasar a Antonio por un traidor a ojos del «populus» romano. Con ese fin se hizo con el testamento del consorte de Cleopatra -el cual se encontraba en el templo de las Vestales- y lo hizo público. Según parece -como señalan varios autores- el otrora héroe militar habría puesto por escrito, entre otras cosas, que la capital debía ser trasladada a Alejandría y sus hijos serían los herederos del Imperio. Sin embargo, existe la posibilidad de que este fuese falseado por su enemigo.
En principio Octavio -como señala Víctor San Juan en «Breve historia de las Batallas Navales de la Antigüedad»- no se atrevió a declarar a Antonio enemigo del pueblo romano, pero se decidió a desposeerlo de sus cargos y magistraturas. Se daban de esta forma todas las condiciones para que la ya irremediable guerra entre Roma y Egipto fuese declarada a finales del 32 a.C.
Actium
Como explica Grimal en su obra, con el inicio de las hostilidades culminaba la preparación de Octavio, la cual tuvo como inicio los idus de marzo. De este modo el heredero de César «ya no era un señor tratando de asegurar su dominio sobre el mundo, sino el campeón enviado por los dioses para salvar a Roma y al Imperio».
Parece ser que Antonio y Cleopatra llegaron a reunir un gran ejércitoterrestre (San Juan lo cifra en torno a los 80.000 efectivos) así como una enorme flota conformada por unos 500 navíos. Aun así, gran parte de la nobleza romana -que en su momento había apoyado al consorte de de la gobernante egipcia- acabó por abandonarle y unirse a la causa del hijo de César. En este contexto llegamos al inevitable desenlace: la batalla de Actium (2 de septiembre, 31).
El heredero de César, a parte de contar con unas tropas parejas en número y experiencia a las de Antonio, tenía junto a él a uno de los oficiales romanos más reputados y competentes de la historiaimperial: Marco Vipsanio Agripa, quien fue el encargado de guiar a los navíos del futuro Augusto en la decisiva batalla de Actium en las costas de Epiro (Grecia).
La victoria marítima del formidable militar ante Antonio y Cleopatra tuvo como resultado el fin de la contienda entre los dos herederos de César. La egipcia partió apresuradamente con sus naves toda vez que la batalla estaba virtualmente perdida. Por su parte, el consorte se dispuso a seguirla con rumbo a las tierras del Nilo. Como explica Bravo, el resto de su flota y ejército se unieron a Octavio, quien ahora contaba con unas 50 legiones.
Fue al año siguiente (agosto del 30) cuando el victorioso heredero llegó a Alejandría acompañado por un gran número de tropas. Ante la negativa de este a llegar a un acuerdo razonable con sus enemigos, Antonio y Cleopatra optaron por el suicidio como la salida más honrosa. No querían convertirse en el «triunfo vivo» de su rival.
De Octavio a Augusto
Como explica Fernández Uriel, al margen de la anexión de Egipto al Imperio romano, las consecuencias de Actium fueron mucho más importantes. A partir del triunfo de Octavio el Imperio estaba unido bajo un único «princeps»: Augusto (el nuevo «cognomen» de Octavio).
Se daba así el pistoletazo de salida a una nueva etapa de estabilidad tras las constantes convulsiones fruto de las guerras fratricidas y la inestabilidad tardo republicana.
Augusto, el primer emperador romano, acabó siendo -además de divinizado- una de las figuras más renombradas y representativas de la antigüedad. Su victoria sobre Antonio -amén de su maestría en el empleo de la propaganda- supuso que fuese reconocido como «Restitutor Pacis» (restaurador de la paz)
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Fuente:


sábado, 26 de agosto de 2017

Cómo se inventó (accidentalmente) la teoría de los Illuminati

domingo, 20 de agosto de 2017

Qué es “la trampa de Tucídides” por la que se teme que estalle una guerra entre EE.UU. y China

BBC Mundo


Quienes no conocen el pasado están condenados a repetirlo, advirtió el filósofo estadounidense nacido en España, George Santayana.
Por ello historiadores, políticos, diplomáticos, especialistas en relaciones internacionales y periodistas expertos citan cada vez con más frecuencia la llamada "Trampa de Tucídides".
Se refieren a la tensión estructural letal que se produce cuando una potencia nueva reta a otra establecida, que crea las condiciones para que estalle una guerra.
El primero en describir este fenómeno fue el padre de la "historiografía científica" y de la escuela del realismo político, el ateniense Tucídedes en su narración de la Guerra del Peloponeso (siglo V a.C.).
En nuestros tiempos, el temor es que China se convierta en esa Atenas ante una Esparta en la forma de Estados Unidos.

Ajustes necesarios

"La cuestión definitoria del orden mundial para esta generación es si China y Estados Unidos pueden evitar caer en la Trampa de Tucídides", señala Graham Allison, director del Centro Belfer de Ciencias y Asuntos Internacionales en la Kennedy School de Harvard y autor del libro "Con destino a la guerra: ¿es posible que EE.UU. y China escapen de la trampa de Tucídides?".
En el pasado, subraya, "cuando las partes evitaron la guerra, se requirió de ajustes enormes y dolorosos en las actitudes y acciones no sólo del retador sino también del retado".
Tucídides se enfocó en la inexorable tensión causada por el rápido cambio en el balance del poder entre dos potencias rivales.
Y en ese sentido, nunca antes hubo un cambio tan veloz y trascendental como el ascenso de China.

Si Estados Unidos fuera una empresa...

  • Después de la Segunda Guerra Mundial facturaba 50% del mercado económico mundial
  • En 1980 bajó al 22%
  • 3 décadas de crecimiento de China redujeron al 16% la cuota de EE.UU.
  • China pasó de representar el2% de la economía mundial en 1980 al 18% en 2016
Patrón fatal de eventos
A lo largo de la historia, los roles de Atenas y Esparta han sido interpretados por poderes emergentes, como en el caso de la Casa de Habsburgo, que desafió la preeminencia francesa en Europa en la primera mitad del siglo XVI y que luego, en los siglos XVI y XVII, pasó a ser el poder dominante retado por el Imperio Otomano.
En esas ocasiones, la rivalidad entre el poderoso y el recién llegado culminó en conflictos bélicos.
La dinámica que produce ese duelo por el poder puede explicar, dicen esos expertos, situaciones aparentemente absurdas como que el asesinato de un archiduque fuera la chispa de la catastrófica Primera Guerra Mundial.
En esa ocasión, Reino Unido, apoyado por Francia y Rusia, era Atenas y Alemania era Esparta.
Y, como Atenas y Esparta hace casi 2.500 años, después de una Segunda Guerra Mundial, todos quedaron debilitados.

Más que alarma, lección

A pesar de que en esas situaciones de alta tensión una conflagración es altamente probable, no es inevitable.
Quizás hasta aquí no lo parece, pero tener presente la trampa de Tucídides no es fatalista: lo bueno de la historia es que sirve para aprender.
Y, gracias a un proyecto de historia aplicada realizado en la Universidad de Harvard, las lecciones de 16 casos de los últimos 500 años en los que el ascenso de una nación perturbó la posición del país dominante, están más a la mano.
El final de 12 de esos casos fue la guerra, avalando el pronóstico de la trampa de Tucídides.
Pero las otras cuatro excepciones demuestran que el destino no está trazado.
¿Cuáles son?

1. Portugal vs. España, finales del siglo XV

Durante la mayor parte del siglo XV, Portugal eclipsó a su tradicional rival y vecino, la Corona Española de Castilla, liderando el mundo en la exploración y el comercio internacional.
En la década de 1490, una España unida y rejuvenecida comenzó a desafiar el dominio de Portugal y reclamar la supremacía colonial en el Nuevo Mundo, poniendo a las dos potencias ibéricas al borde de la guerra.
Una intervención del Papa y el Tratado de Tordesillas de 1494 evitaron un conflicto devastador.

2. Reino Unido vs. Estados Unidos, principios del siglo XX

En las últimas décadas del siglo XIX, el poder económico estadounidense superó el del imperio más importante del mundo, Reino Unido.
La creciente flota estadounidense era un rival potencialmente preocupante para la Real Fuerza Naval del imperio británico.
Cuando EE.UU. comenzó a afirmar la supremacía en su propio hemisferio, Reino Unido lidiaba con otros retos de amenazas más cercanas que ponían en riesgo su imperio colonial, así que se acomodó al ascenso de su antigua colonia en América.
Las concesiones de Reino Unido evitaron enfrentamientos con EE.UU., que se aseguró el dominio en el hemisferio occidental.
Este gran acercamiento sentó las bases para las alianzas entre Estados Unidos y Reino Unido en dos guerras mundiales y la permanente "relación especial" que ambas naciones siguen dando por sentado.

3. Estados Unidos vs. Unión Soviética, 1940s-1980s

Después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos emergió como la superpotencia indiscutible del mundo.
Controlaba la mitad del PIB mundial, tenía formidables fuerzas militares convencionales y un monopolio del arma más destructiva que la humanidad había producido jamás: la bomba nuclear.
La hegemonía estadounidense, sin embargo, pronto fue desafiada por su aliada de la Segunda Guerra Mundial, la Unión Soviética.
Aunque a menudo tensa, la Guerra Fría fue uno de los mayores éxitos de la historia en términos de escapar de la trampa de Tucídides.
Mediante el desarrollo de formas de competencia fuera del conflicto armado, las dos potencias manejaron pacíficamente la pugna por poderío de más alto riesgo de la historia.

4. Reino Unido y Francia vs. Alemania, 1990s-presente

Al concluir la Guerra Fría, muchos temieron que una Alemania reunificada volviera a sus viejas ambiciones hegemónicas, amenazando a Francia y Reino Unido.
Si bien tenían razón en que Alemania estaba destinada retornar al poder político y económico en Europa, su ascenso ha sido en gran medida benigno.
Conscientes de haber caído en la trampa de Tucídides en el pasado, los líderes alemanes encontraron una nueva forma de ejercer poder e influencia: liderando un orden económico integrado en vez de aspirar al dominio militar.

Fuente:
http://www.bbc.com/mundo/noticias-40974871