Los cronistas de su época lo llamaban "despreciable", "desconfiado" y "celoso" e Isaac Newton, el gran matemático, astrónomo y físico, lo detestaba tanto que tras su muerte mandó a quemar el único retrato que existía de él.
No obstante, varios historiadores del siglo XXI lo llaman "El Leonardo (da Vinci) inglés".
Sin duda, Robert Hooke (1635-1703) es un hombre difícil de definir.
Una idea de ello la da este retrato, hecho por la pintora de historia Rita Greer en 2012 basándose descripciones escritas.
Bordeando el cuadro hay no menos de 13 especialidades, de astrónomo a arquitecto, de físico a fisiólogo.
Pero quizás sólo sea necesario destacar algunos de sus logros y sus frustraciones para tener entender la razón por la que ha sido calificado de maneras tan discordantes.
Se hizo famoso por...
Aunque no hubieras escuchado hablar de él, conoces al menos una parte de su trabajo pues fue Hooke quien le dio el nombre a la unidad básica de la vida: la célula.
La nombró así pues su forma le recordó a las celdas de monjes, conocidas como cellulas.
La palabra apareció en Micrographia, un libro que tuvo un tremendo éxito -que se cree fue el primer best-seller científico de la historia- gracias a que lo escribió con un lenguaje sencillo y, en partes, hasta con humor.
Además, las ilustraciones eran espectaculares grabados en cobre del mundo en miniatura que mostraban detalles no vistos antes, maravillas como la estructura del hielo y la nieve.
Eso fue posible gracias a un artilugio que en ese entonces era toda una novedad, el microscopio.
Hooke mejoró la precisión del añadiendo un mecanismo de enfoque de tornillo así como una fuente de luz. Antes de esto, para enfocar algo bajo un microscopio había que mover lo que se estaba mirando hasta poder verlo correctamente.
Además, hay una ley que lleva su nombre: la ley de Hooke, sobre el comportamiento de los resortes, que hizo posible el desarrollo de los primeros relojes verdaderamente precisos y se usa, entre otras cosas, en la ciencia de materiales y en la ingeniería y la construcción.
E hizo mucho, mucho más
Hooke dejó un legado extraordinariamente amplio que incluye el diseño de varios conocidos edificios londinenses.
Trabajó con el reconocido arquitecto Christopher Wren después del Gran Incendio de Londres y juntos le dieron a la ciudad desde el Real Observatorio de Greenwich y El Monumento (al Gran Incendio) hasta la Catedral de San Pablo, cuya cúpula usa un método de construcción concebido por Hooke.
Además...
Llegó a la teoría de que la luz era de hecho una onda, una idea que cientos de años más tarde formaría la base de la física de partículas del siglo XX y la teoría cuántica.
Descubrió que la materia se expande cuando se calienta.
Comprendió que el aire que respiramos está formado por pequeñas partículascon grandes espacios entre ellas.
Sus primeros estudios de madera petrificada y otros fósiles lo convirtieron en uno de los primeros en darse cuenta de que eran restos de seres vivos, algo que ahora parece obvio, pero que en ese momento era revolucionario.
Y mucho más.
Choque de egos
¿Por qué, entonces, un individuo tan significativo no es tan conocido?
No era que no lo apreciaran en su época. No sólo su libro fue muy bien recibido sino que durante mucho tiempo fue presidente de la prestigiosa y recién creada Royal Society, una muestra del respeto con el que contaba en su mundo científico.
Pero tenía un poderoso rival: Sir Isaac Newton.
Los dos tuvieron fuertes enfrentamientos pues ambos querían forjar la reputación de ser la mente científica más brillante de la época.
Mientras Hooke estuvo vivo, la competencia era pareja, pero históricamente, Newton fue el vencedor indiscutible.
La tensión entre ellos explotó cuando Newton publicó su libro "Philosophiæ Naturalis Principia", más conocido como los Principia, en 1687, que contenía su ley de gravitación universal.
El problema era que Newton no fue el primero en postular sobre la fuerza que mantenía a los cuerpos celestiales en su lugar.
Se trataba de una idea que la comunidad científica había estado desarrollando durante años... y Hooke había sido clave en ese desarrollo durante la década de 1670, cuando señaló que los planetas eran atraídos por el Sol y que esa fuerza era más fuerte entre más cerca estuvieran los objetos.
Sin embargo fue Newton quien creó la rigurosa prueba matemática necesaria.
No obstante, Hooke estaba convencido de que Principia habría sido imposible sin su contribución y empezó la más amarga de sus disputas, con Hooke exigiendo crédito y Newton negándoselo.
Hooke murió en 1703 y Newton tomó su cargo de presidente de la Royal Society.
Dicen que se esforzó por empañar su reputación; dicen que mandó a descolgar el único retrato que había de Hooke y ordenó que lo destruyeran o lo dejó intencionalmente olvidado cuando la Royal Society se mudó a otro edificio.
Lo cierto es que a medida que la buena reputación de Newton crecía, la de Hooke se deterioraba, quedando como un científico amargado que trataba de darse crédito por el trabajo de otros.
Esa disputa contaminó más de 200 años de literatura histórica sobre el que hoy en día algunos llaman "El Leonardo da Vinci inglés".
Por Alina DizikBBC Capital Cierra los ojos. Imagínate terminando ese tedioso proyecto de meses de duración que odias.
Piensa en los papeles que estás preparando en tu escritorio, en los documentos que necesitas imprimir, en las conversaciones indispensables para terminar el proyecto e incluso en lo que vestirás el día de la presentación o cómo te sentirás al final del proyecto. Cuanto más viva sea la imagen en tu mente, mejor.
El ejercicio parece simple, pero algunas investigaciones recientes sugieren que visualizarse en el futuro podría ser una forma novedosa de vencer la postergación de tareas por cumplir.
Esta es la teoría: la mayoría de nosotros no somos particularmente buenos imaginando cómo nuestras acciones inmediatas nos afectarán a largo plazo.
Pero vernos constantemente en un momento posterior de la vida y cómo nuestras decisiones diarias afectan a esa futura persona puede ayudarnos a tomar mejores decisiones inmediatas, porque es más fácil imaginar las consecuencias a largo plazo.
Imaginarnos en el futuro
Parte de la idea proviene de la investigación de Hal Hershfield, psicólogo y profesor asociado de marketing en la Escuela de Administración Anderson de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), que estudia cómo nuestra percepción del tiempo puede alterar la toma de decisiones.
En una serie de cuatro experimentos, se les pidió a las personas que interactuaran con sus "yo futuros", usando retratos que mostraron cómo lucirían en la vejez a través de un programa de realidad virtual.
Hershfield encontró que aquellos que interactuaban con su futuro eran entonces más propensos a asignar dinero hacia una hipotética cuenta de ahorro para la jubilación.
El experto señala que a menudo nos comportamos de maneras que pueden ser perjudiciales a largo plazo: "Es muy similar a comer poco saludable hoy y sufrir las consecuencias con el tiempo".
Sin embargo, "cuando ayudamos a la gente a visualizar y considerar más profundamente su futuro, aumenta la tendencia a actuar de manera más orientada hacia ese futuro", sostiene.
Esta idea se puede aplicar al manejo del tiempo. Por ejemplo, puede parecer inconsecuente retrasar un proyecto para otro día y pasar la tarde mirando Facebook.
Pero imaginarte a ti mismo lidiando con el estrés adicional causado por esta pequeña decisión una vez que el plazo límite llegue en un mes puede ayudarte a retomar el trabajo.
También en los deportes
La práctica no es nueva.
Eve-Marie Blouin-Hudon, candidata a un doctorado en la Universidad Carleton en Canadá, que publicó investigaciones sobre el tema el año pasado, dice que las imágenes visuales también se utilizan en los deportes -la práctica es una necesidad para los deportistas olímpicos- pero puede aplicarse a cualquier parte de tu vida en la que eres moroso.
En su estudio, Hudon trabajó con 193 estudiantes universitarios a quienes se les asignó una meditación centrada en el presente o una meditación con imágenes mentales centrada en el futuro.
Determinó que aquellos que practicaban regularmente visualizando su futuro eran más capaces de simpatizar con su "yo" del mañana, y experimentaron la llamada "continuidad con el yo futuro" debido a la menor postergación de tareas.
"Las personas que postergan sus deberes se sienten desconectadas de ese yo futuro", dice.
"Cuanto más te imaginas en el futuro, más emocionalmente conectado estás con ese yo".
Por supuesto, esta idea no siempre es la clave para poner fin a la dilación o alterar el comportamiento, porque no todas las personas que posponen las cosas lo hacen por las mismas razones, aclara Hershfield. Es importante comprender la causa.
Por ejemplo, si la razón de la dilación es porque simplemente no disfrutas haciendo una tarea en particular o tienes miedo a fallar, imaginarte en el futuro puede hacer que alguien se sienta aún más ansioso, señala.
"Si estás postergando porque estás realmente ansioso porque no estás haciendo bien esa tarea, entonces visualizar el futuro podría exacerbar la ansiedad".
¿Qué hacer?
Srini Pillay, profesor asistente de psiquiatría en la Escuela de Medicina de Harvard, ha desarrollado un método.
Él recomienda visualizar la realización de un proyecto entero prestando atención a cada paso de la tarea, no sólo al resultado final.
"Lo que hay que imaginar no ese momento de compensación- sino en realidad cuando estás trabajando en el proyecto", dice.
Decide sobre una escena que no sólo sea específica, sino también creíble para que tu cerebro pueda procesar mejor la visualización.
El experto recomienda probar la visualización tanto en primera persona (en la que estás pasando por esa experiencia) como en tercera persona (donde te estás viendo a ti mismo experimentarla).
Las dos perspectivas pueden ayudarte a solidificar las escenas que estás imaginando, afirma Pillay.
Él propone elegir una hora del día en la que la mente está en una "depresión natural", como mediados de la tarde, y dedicar 15 minutos cada día a la práctica.
No esperes dominar el ejercicio visual en una sesión.
La tarea puede ser estresante para algunas personas, advierte Blouin-Hudon, quien dirige sesiones de imágenes visuales para su trabajo.
La especialista recomienda que la gente repita las sesiones hasta que se sientan más cómodos con la práctica.
Por supuesto, no todo el mundo es capaz de imaginar desafíos. También es más difícil cuando las razones detrás de tu dilación son vagas o más difíciles de entender.
En última instancia, el ejercicio puede ayudarte a entender por qué está postergando tareas relacionadas con algo que estás tratando de lograr, y te ayuda a seguir adelante, dice Pillay.
Por Redacción BBC Mundo Sin dolor no hay ganancia.
Así suelen explicar los preparadores físicos o entrenadores personales las molestias que sienten las personas tras someterse a una rutina de ejercicios de alta intensidad.
Es un dolor que en el mundo de la actividad física o fitness lo califican de bueno dados los beneficios que produce al cuerpo pero, que si no se tiene cuidado, puede fácilmente transformarse en un dolor malo.
El problema está en saber identificar cuándo se siente el primero y en qué momento se convierte en el segundo.
"Es complicado en algunas ocasiones diferenciar el uno del otro", le reconoció a la BBC Juan Francisco Marco, profesor del centro de ciencia deportiva, entrenamiento y fitness Alto Rendimiento, en España.
"El dolor bueno es el que asociamos al que se produce durante un ejercicio, que no te limita, y que te permite continuar hasta que llega el momento en el que el músculo se bloquea debido al agotamiento", añadió.
"El otro caso es cuando se produce un dolor por una lesión, que tal vez te permita seguir haciendo el ejercicio, pero debido a la molestia nunca podrás llegar al agotamiento físico, sino que tendrás que parar por incapacidad de respuesta del músculo al esfuerzo que se le está exigiendo".
Para Francisco Sánchez Diego, director del centro de entrenamiento Corpore 10, "el dolor bueno se siente en el grupo muscular que has trabajado, sea durante el entrenamiento o en los días subsiguientes al mismo".
"Está claro que para la gente que está recién comenzando está más expuestaa sufrir esos pinchazos que llamamos agujetas, pero eso no quiere decir que lo que está experimentando el cuerpo sea negativo".
Sánchez Diego le explicó a BBC Mundo que lo que sucede es que se "producen unas microrroturas fibrilares, que son aquellas fibra que no pueden con el esfuerzo al que están siendo sometidos los músculos, y obliga al cuerpo a reemplazarlas por unas mejores".
De esta manera el músculo se va desarrollando constantemente y va adquiriendo más resistencia y fortaleza.
Reposo
Si bien la fatiga asociada al dolor bueno es considerada positiva hay un punto de inflexión que suele pasar desapercibido y da cabida a que la molestia se transforme en un dolor malo.
Cuando no se respeta este tiempo de recuperación, se produce un exceso de fatiga y de estrés con el tiempo, lo que genera que una de las partes involucradas durante el ejercicio no responda al esfuerzo, lo que resulta en un dolor malo.
"Una diferencia es que el dolor bueno se va sintiendo de menos a más, en cambio el dolor malo empieza prácticamente al principio del ejercicio, cuando el músculo está frío", describió el profesor de Alto Rendimiento.
"A medida que el entrenamiento va avanzando el dolor se va reduciendo porque el músculo se va calentando o la articulación se va lubricando, pero es un dolor que persiste y con el tiempo te obliga a parar".
"Notas dolencias musculares, articulares, de tendones que tu cuerpo no recupera, y eso se percibe en la intensidad del dolor que sientes", añadió Sánchez Diego.
"Los pinchazos comunes sólo deberían durar poco tiempo y se suelen notar cuando haces un movimiento. Los otros se sienten incluso cuando estás parado, sin necesidad de activar la musculatura".
Peligro
Tendinitis, sobrecarga o contractura son dolores malos comunes, mientras que los hombros en el tren superior y las rodillas en el tren inferior suelen ser las zonas más afectadas del cuerpo.
Ambos entrenadores resaltan la importancia de conocer los tipos de dolores y cómo reacciona el cuerpo ante la carga de ejercicio a la que está siendo sometido.
Un dolor, al fin de cuentas, no debería extenderse por mucho tiempo o impedir realizar el entrenamiento físico deseado. Mucho menos debería afectar la vida diaria de una persona al caminar o dormir.
De esta manera se podrá evitar una lesión más severa que obligue al cuerpo a parar o en el peor de los casos requiera la intervención de un médico o especialista.
"Es como un ciclo en el que primero sientes un dolor bueno, pero al no darle el descanso necesario al músculo se puede transformar en uno malo, en el que estás destruyendo totalmente la musculatura", alertó el director del centro Corpore 10.
Serie: "50 cosas que hicieron la economía moderna"
Cuenta la historia que a finales de
1876 un hombre joven llamado John Warne Gates construyó un corral de
alambre en una plaza militar de San Antonio, Texas, en Estados Unidos.
En él metió el ganado más fuerte y salvaje de Texas, o al menos así lo describió él.
Otros afirman que eran animales dóciles y hay quienes incluso dudan si esta historia realmente ocurrió.
Pero no importa.
El
asunto es que John Warne Gates -quien luego se ganaría el apodo de
"Apuesto un millón" Gates- comenzó a aceptar apuestas de transeúntes
sobre si los animales lograrían romper el aparentemente frágil alambrado y salir del corral.
No
lo lograron nunca. Ni siquiera cuando el ayudante de Gates, un vaquero
mexicano, comenzó a perseguir a los animales sosteniendo un hierro
caliente en cada mano y gritando en español.
"Apuesto un millón" Gates no estaba tan interesado en ganar apuestas. Su desafío era más grande.
Quería vender un nuevo tipo de alambre y los pedidos comenzaron a llover.
¿El más grande descubrimiento de la década?
La publicidad aseguraba que este alambre era "El más grande descubrimiento de la época".
Gates lo describía de forma más poética: "Más liviano que el aire, más fuerte que el whisky, más barato que el polvo".
Nosotros lo conocemos simplemente como alambre de púas.
Llamar
al alambre de púas el más grande descubrimiento de la época es algo
exagerado, incluso si tenemos en cuenta que en ese momento los
publicistas no sabían que Alexander Graham Bell estaba a punto de
patentar su teléfono.
Sin embargo, aunque ahora nos es fácil entender cómo el teléfono transformó el mundo, lo cierto es que el alambre de púas generó cambios enormes en el Lejano Oeste de EE.UU. y de forma mucho más rápida.
Alambre retorcido
El diseño creado por Joseph Glidden de DeKalb, Illinois, no fue el primero, pero sí el mejor.
Es el que aún se usa hoy en granjas de todo el mundo.
El
alambre puntudo se retuerce alrededor del alambre liso y luego se usa
un segundo alambre para evitar que las púas se corran de lugar.
Los granjeros lo compraron en masa.
Tenían sus motivos para estar desesperados por conseguir alambre de púas.
Para formar un hogar en tierra ajena
Unos años antes el presidente Abraham Lincoln había firmado la Ley de Propiedad Ocupada* de 1862.
* En inglés, Homestead Act.
Esta especificaba que cualquier
ciudadano honesto -incluyendo a mujeres y esclavos liberados- podía
reclamar hasta 160 acres de tierra* (0,65 kilómetros cuadrados) en los
territorios del oeste.
* Aproximadamente unas 65 hectáreas.
Solo tenían que construir un hogar y trabajar la tierra por 5 años.
Suena
sencillo, pero tratándose de una pradera gigantesca de pastos altos y
gruesos, esos territorios eran más aptos para una vida nómade que para
instalarse.
La tierra le pertenecía a los pueblos originarios.
Tras
el arribo de los europeos y su empuje hacia el oeste, los vaqueros
usaron esos territorios para arrear a su ganado libremente por el
extenso terreno.
Pero los nuevos colonos necesitaban cercas, como mínimo para evitar
que todo ese ganado que pastaba libremente destruyera sus cultivos.
Y
no había mucha madera, ciertamente no suficiente como para hacer vallas
de kilómetros y kilómetros en lo que muchas veces se llamó "El desierto
estadounidense".
Los granjeros intentaron crear cercos de arbustos pero estos crecían muy lentamente y eran inflexibles.
Los alambrados tradicionales tampoco servían: los animales los aplastaban con facilidad.
Era un gran problema y el alambre de púas fue la solución.
Las púas lograron lo que la Ley de Propiedad Ocupada no pudo
Hasta su creación, la propiedad privada en los territorios del Lejano Oeste era algo poco frecuente,
simplemente porque no era viable en un espacio sin fronteras, que
parecía más un océano que una extensión de terreno cultivable.
El alambre de púas se hizo muy popular porque resolvió uno de los problemas más grandes de los colonizadores.
Pero también generó violentos desacuerdos.
Y no es difícil entender por qué.
Los nuevos colonos se querían apropiar de tierras que pertenecían a varias tribus nativas.
No es sorprendente que estas tribus llamaran al alambre de púas "La soga del Diablo".
Los cowboys también lo odiaban.
Estaban acostumbrados a que sus animales pudieran pastar libremente.
Ahora algunos tenían heridas e infecciones.
Cuando había tormentas de nieve miles quedaban enganchados en los alambres y morían cuando intentaban trasladarse hacia el sur.
Cercos ilegales
La gracia del alambre para los colonos era que servía para demarcar los límites legales, pero muchos también lo usaron para crear cercos ilegales, en un intento de adueñarse de tierras públicas.
Por
eso estallaron también las "guerras de corte de cercos", en las que
bandas enmascaradas -con nombres como los Diablos Azules o las
Javelinas- cortaban los alambres y amenazaban de muerte a los dueños
para que no los volvieran a poner.
Eventualmente las autoridades lograron imponer el orden y las guerras llegaron a su fin.
Los alambres de púas quedaron en pie. Hubo ganadores y perdedores.
"Me
enferma", escribió un vaquero en 1883, "cuando pienso en las cebollas y
las papas irlandesas que están creciendo donde los caballos deberían
estar ejercitando".
Si los cowboys estaban furiosos, aún más lo estaban los indígenas americanos.
Guerra de palabras
Estas feroces discusiones en la frontera se vieron reflejadas en un debate filosófico.
El
filósofo inglés del siglo XVII John Locke -que tuvo gran influencia
sobre los fundadores de EE.UU.- se preguntaba cómo era posible que
alguien pudiera legalmente ser dueño de tierras.
Alguna vez nadie fue dueño de nada. Locke sostenía que sólo somos dueños de nuestro trabajo.
Y
si aplicas tu trabajo a la tierra que es de la naturaleza y no
pertenece a nadie -por ejemplo si la cultivas- entonces te estás
haciendo dueño de esa tierra trabajada.
Tonterías, respondió el filósofo francés Jean-Jacques Rousseau un siglo después.
Rousseau se oponía al concepto de los espacios privados.
En su "Discurso sobre Inequidad"* lamentó que "el primer hombre que cercó un pedazo de tierra y pensó 'es mío' encontrara personas tan simples que le creyeran".
*El título más conocido en español es Discurso sobre el Origen y los Fundamentos de la Desigualdad entre los Hombres (1755).
Ese hombre -según Rousseau- fue el verdadero fundador de la sociedad civil, algo que para él no era un elogio.
Pero más allá de sus palabras, lo cierto es que la gran mayoría de las economías modernas se basan en la propiedad privada, es decir, en el concepto legal de que casi todo tiene dueño, por lo general una persona o una empresa.
Las
economías modernas también parten de la idea de que la propiedad
privada es algo bueno, porque incentiva a las personas e invertir y
mejorar aquello que es suyo, sea un terreno en el oeste de EE.UU., un
departamento en Calcuta o la propiedad intelectual de los derechos de
Mickey Mouse.
Es un argumento poderoso y fue usado de
manera implacable y cínica por quienes sostenían que los pueblos nativos
no tenían realmente derechos sobre su territorio porque no lo desarrollaban de la forma que los europeos consideraban apto.
De
modo que la historia sobre cómo el alambre de púas transformó al Lejano
Oeste también es la historia de cómo los derechos de propiedad
cambiaron al mundo.
Y es además la historia de cómo, incluso en una economía sofisticada, a veces lo que dice la ley importa menos de lo que puede hacerse en términos prácticos.
El Acta de Propiedad Ocupada de 1862 estableció las reglas sobre quién era dueño de qué en el Viejo Oeste.
Pero esas reglas no significaron mucho hasta que fueron reforzadas por el alambre de púas.
Entretanto, los barones del alambre de púas -Joseph Glidden, "Apuesto un millón" Gates y varios otros- se hicieron ricos.
El año que Glidden obtuvo la patente de su alambre de púas se produjeron 51km de alambre.
Seis años más tarde, en 1880, su fábrica en DeKalb produjo 423.000 kilómetros, suficiente para dar diez vueltas alrededor de la Tierra.
Dicen que para ser exitoso nunca debes olvidar cuál es tu objetivo.
Con
él en vista, debes tomar buenas decisiones, desde las más pequeñas
hasta las más significativas. Y son tantas -desde qué vestir hasta en
qué invertir- que hay gente exitosa que decide reducir al mínimo las que
le hacen ruido.
Usan ropa similar a diario, comen en los mismos restaurantes, hasta ordenan los mismos platos.
Sin embargo, eso todavía deja una montaña de decisiones que tomar y a menudo una de las más relevantes es qué hacer primero.
A Dwight Eisenhower muchos lo conocemos por haber sido presidente de Estados Unidos entre 1953 y 1961.
Pero
para entonces ya había sido general en el ejército, responsable de
comandar las Fuerzas Aliadas en Europa durante la Segunda Guerra
Mundial, presidente de la Universidad de Columbia y primer comandante
supremo de la OTAN.
Su productividad es legendaria. Era considerado un maestro de la
administración del tiempo; tenía la habilidad de hacer todo cuando era
necesario hacerlo.
Uno de sus más famosos métodos para
desempeñarse consistentemente bien en todos sus roles es conocido como
la Matriz de Eisenhower.
¿Sencilla?
La matriz tiene cuatro categorías:
Urgente e importante
Importante, pero no urgente
Ni importante ni urgente
Urgente, pero no importante
Como ves, el truco es distinguir entre lo urgente y lo importante, y saber qué hacer con todos.
A muchos nos resultaría obvio enfocarnos en lo importante y urgente, con razón.
Sin embargo, es primordial fijar un espacio para hacer lo importante pero no urgente.
Lo
urgente tiende a ser asuntos que dejaste para después, desde responder
correos electrónicos hasta preparar un informe que tienes que entregar
en media hora.
Entre ellos habrá unos que eran importantes pero no urgentes, y los dejaste de lado.
Ahora, no tendrás el tiempo que idealmente le querías dedicar.
El
problema no es sólo que tendrás que correr en este momento sino que, al
resolver el tema cuando estás estresado, probablemente tomarás
decisiones erradas.
Eso repercutirá en el futuro, pues deberás
consumir más tiempo y energía corrigiendo el curso que tomaste, lo que
reducirá tu productividad.
Así que:
Haz lo urgente e importante inmediatamente
Programa el tiempo para hacer lo importante pero no urgente
Deja para después lo no importante ni urgente
Delega lo urgente pero no importante.
Y respecto a este último punto recuerda lo que dijo Eisenhower: "Liderazgo es el arte de conseguir que alguien haga algo que tú quieres porque él quiere hacerlo".
¿Eres de los que cuando escuchas Pavlov piensas en perros entrenados a salivar cuando tocan una campana?
¿Qué
dirías si te cuentan que Iván Pavlov nunca usó campanas? ¿Que entrenar a
perros para que tuvieran un condicionamiento pavloviano nunca fue
propósito?
¿Qué tal si te dicen que Pavlov estaba usando la saliva
para estudiar el cerebro, 100 años antes de la invención de los
escáneres de resonancia magnética?
¿Podremos desaprender lo que pensamos que sabíamos? ¿Podrá un perro viejo aprender un nuevo truco sobre la palabra Pavlov?
El hombre que exploró el cerebro midiendo babas
Pavlov era una persona difícil, incómodo con la autoridad, volátil, gruñon y vocalmente antisemita.
Nació bajo el dominio de los zares, vivió la modernización y luego la Revolución rusa.
Él
también tuvo su revolución personal: quería ser sacerdote cuando era
joven pero luego se entregó a los brazos de las nuevas ideas laicas de
la ciencia.
"Sólo la ciencia, la ciencia exacta sobre la
naturaleza humana misma, y el abordaje más sincero a ella con la ayuda
del todopoderoso método científico, sacará al hombre de la pesadumbre
actual".Lo anterior puede sonar demasiado grandioso para alguien que experimentaba haciéndole ruidos a unos perros.
Pero la misión de Pavlov era ambiciosa: quería entender nuestra mente, científicamente.
Tras
ganar el premio Nobel en 1904 por su trabajo en la fisiología de la
digestión, le escribió a su esposa una carta en la que decía que le
aterraba que pudiera haber "una ciencia de la vida humana". Aclaró que
"sólo una cosa nos interesa realmente en la vida: nuestra vida física",
lo que quería decir, la vida de la mente.
Pasó entonces su atención del estómago al cerebro.
La fuerza del pensamiento
Es
cierto que pasó gran parte de su carrera midiendo las secreciones
producidas por el estómago pero -y esto es lo genial- fue porque se dio
cuenta de que podía medir las secreciones producidas por un proceso
mental.
Pavlov sabía que los perros producían saliva cuando veían comida.
Pero notó que también salivaban cuando pasaban cosas que indicaban que
la comida estaba por venir: si veían el plato, si olían la comida, si la
puerta crujía como lo hacía cuando les traían la comida, salivaban.
Lo brillante fue que Pavlov se dio cuenta de que si un perro saliva cuando no hay comida, tiene que estar pensando en la comida. Así que las babas eran evidencia de pensamientos. Los llamó "secreciones psíquicas".
Lo
realmente excitante de la conexión entre la saliva y pensar es que la
saliva se puede medir con precisión.
Objetivamente. No tienes que
depender de cosas como la expresión del perro o el tono de su ladrido.
Entre
más saliva produce, más está pensando en comida. Midiendo la cantidad
de babas, Pavlov podía medir la fuerza del pensamiento.
La ventaja de las babas
Todo
eso era tremendamente satisfactorio para Pavlov. Siempre abogó por la
precisión en la ciencia. Le preocupaba cuando escuchaba a científicos
hablando de una manera distinta sobre las acciones del cerebro que
cuando hablaban del cuerpo.
Cuando hablaban del cuerpo, usaban
"conceptos científicos", pero cuando empezaban a referirse a la mente,
usaban ideas psicológicas.
"Saltan del mundo cuantificable a lo inmensurable".A él no le parecía que el carácter de la investigación cambiara por sólo pasar de estudiar un órgano a estudiar otro.
La
saliva no era impresionista, no era una teoría psicológica
incalculable. La cantidad de babas que se recogían de un perro era un dato empírico medible.
Sin campanas
Empezó a trabajar, y no con una campana; eso habría sido demasiado ordinario para sus elegantes experimentos.
Quería investigar interrogantes sutiles como por ejemplo: ¿puede un perro sentir el paso del tiempo?
Expuso
repetidamente a los perros a una luz que se prendía precisamente tres
minutos antes de que llegara la comida y, efectivamente, los perros
empezaron a salivar precisamente tres minutos antes, tras ver la luz.
Si los entrenaba a responder a un acorde musical, salivaban cuando
escuchaban cualquiera de las notas individuales de ese acorde.
Encontró
además que los perros podían distinguir entre objetos que rotaban en el
sentido de las agujas del reloj y los que iban contrasentido, y también
entre diferentes tonos de gris.
Podían hasta diferenciar entre un metrónomo que oscila 100 veces por minuto y uno que lo hace 94 veces por minuto.
Así que nada de campanas, más bien luces, armónicas, zumbadores, metrónomos y, controversialmente, choques eléctricos.
El desorden del mundo
Una
de las cosas asombrosas que descubrió Pavlov fue que cualquier cambio
en el entorno hacía que las asociaciones aprendidas se debilitaran.
Antes
de sus experimentos, no era evidente que nuestros cerebros siempre
están absorbiendo más de una cosa a la vez y que el desorden del mundo
interfiere con nuestra capacidad de aprender.
Una de las cosas asombrosas que descubrió Pavlov fue que cualquier
cambio en el entorno hacía que las asociaciones aprendidas se
debilitaran.
Antes de sus experimentos, no era evidente que
nuestros cerebros siempre están absorbiendo más de una cosa a la vez y
que el desorden del mundo interfiere con nuestra capacidad de aprender.
Para investigarlo con precisión, Pavlov cada vez controlaba más el ambiente en sus laboratorios.
"El sonido de pasos de un transeúnte,
conversaciones casuales en habitaciones de al lado, gritos en la calle,
hasta las sombras proyectadas por las ventanas, cualquier estímulo casual vicia los experimentos". Y los "estímulos" eran abundantes: en Rusia hubo una
reforma y una contrarreforma. Guerra y revolución. El primer
laboratorio grande de Pavlov fue financiado por príncipe imperial y a
finales de su carrera, estaba trabajando para Lenin y el Comité de
Planeación del Estado.
Durante todo ese 'desorden del mundo',
Pavlov construyó una "Torre de Silencio" en sus laboratorios,
amortiguando vibraciones, aislando estímulos, evitando que entraran
olores y ruidos extraños.
Aunque al principio de la Revolución
pasó de ser el mimado del Imperio ruso a estar al borde de la inanición,
poco después el nuevo gobierno le adjudicó beneficios especiales que le
permitieron mantener cualquier rastro del mundo exterior lejos de sus
perros.
Mal traducido
Trabajó con una inmensa precisión y enfocó su atención en los
detalles más pequeños sobre la manera en la que los perros aprendían.
Por
eso es tan extraordinario que terminara siendo asociado con los tipos
más vulgares de conductismo -en los que la gente trata de entrenar a
otros dándoles premios o castigos-, cuando toda su investigación mostró
que el cerebro es mucho más sutil y complejo que eso.
¿Por qué entonces varios de nosotros tenemos esa respuesta pavloviana a la palabra "Pavlov"? ¿De dónde vienen las famosas campanas?
"Parece
que Pavlov mencionó las campanas en una conferencia que dictó en el
Hospital de Charing Cross en Londres en 1906, y esa imagen de un
científico tocando una campana y perros salivando cautivó la imaginación
de la prensa en esa época y fue reproducida en varias revistas
médicas", le dice a la BBC Victoria Donovan, historiadora cultural de la
Rusia Soviética que se especializa en memoria histórica.
Y, ¿de dónde viene aquello del condicionamiento pavloviano?
"Eso se debe que tradujeron mal una palabra en ruso que significa condicional, como condicionado", explica Donovan.
De
manera que lo que Pavlov estaba diciendo era que la respuesta de los
perros era condicional, es decir, dependía de lo que lo rodeaba, en vez
de condicionado, como un reflejo.
"Exacto. Cuando investigué el
tema me encontré con una película filmada en el laboratorio de Pavlov
que mostraba los experimentos pero que aclaraba constantemente con
letreros: 'esta respuesta es temporal, esta respuesta es condicional, no
está programada'".
"Además -agrega Donovan-, esa idea de algo
condicionado compaginaba con lo que pensaban los críticos del sistema
soviético por esa noción de que la URSS era totalitaria y que la gente
que vivía ahí estaba condicionada a reaccionar de maneras muy
específicas", señala la historiadora cultural.
Una masa servil
Así Pavlov
terminó asociado con una idea Occidental del "control soviético" a pesar
de que casi toda su vida fue muy crítico de los intentos del Estado
bolchevique de coartar la libertad e individualidad humana.
En un discurso, por ejemplo, dijo:
"Vivimos bajo el dominio del principio cruel de
que el Estado es todo y la persona es nada. Naturalmente eso transforma a
los ciudadanos en una masa temblorosa y servil". A pesar de expresar lo que sentía en voz alta en una
época en la que era peligroso hacerlo, no tuvo el desafortunado destino
de otros como él, que terminaron en un gulag.
Una carta del
político soviético Nikolái Ivánovich Bujarin a Valerian Kuibyshev,
director de Gosplán, deja entrever la visión de al menos algunos de los
poderosos.
"Yo sé que él no canta la 'Internacional' pero, a pesar de todos sus refunfuños, ideológicamente (en sus obras, no en sus discursos) trabaja para nosotros".
En cualquier caso, Pavlov nunca quiso "condicionar" a nadie, no
quería una "masa servil", ni siquiera quería entrenar a sus perros:
quería estudiar sus pensamientos.
100 años más tarde
Un
siglo después de sus investigaciones, las técnicas para estudiar el
cerebro son mucho más sofisticadas: tenemos escáneres, aprendimos a
mapear algunas áreas del cerebro y entendemos qué hacen con todo eso,
¿sigue vigente algo del trabajo de Pavlov?
"No sé si en la fisiología pero en la psicología definitivamente sí", dice la psicóloga clínica Linda Blair.
"Sus leyes de aprendizaje siguen usándose tanto para ayudar a estudiantes como pacientes".
Sus
leyes de aprendizaje eran "que puedes tomar una respuesta instintiva o
natural a un estímulo y puedes introducir simultáneamente -o mejor, un
poco antes- un estímulo distinto y crear una nueva asociación".
"Los publicistas saben mucho de eso:
introducen un hermoso paisaje de un bosque y luego aparece el auto que
quieren vender. Sientes que te gusta pero porque lo asocias con la paz
que te hizo sentir la imagen de ese bosque... astuto, insidioso,
cínico".
Y con pacientes, ¿cómo se usa?
"Deshacemos
las asociaciones que inhiben nuestras vidas o, en algunos casos,
destruyen nuestra habilidad de funcionar. Me refiero a fobias y
adicciones".
"Por ejemplo, las adicciones son algo que te hacen
sentir bien cuando las tienes y mal cuando te faltan. Entonces hay que
cambiar esa dinámica. A los alcohólicos, por ejemplo, se les ofrecen
unas pastillas que hacen que cuando ingieren alcohol, se sientan muy
mal, de manera que empiecen a asociar lo malo con lo que tienen que
dejar", explica la doctora.
"No obstante, en ese caso, hay un
problema ético: ¿debe un médico hacer sentir al paciente mal para
conseguir su fin? Por eso lo que muchos hacemos es enseñarles a que se
imaginen algo horrible", aclara.
¿Alguien recuerda "La naranja mecánica"? La pregunta que se hacía era: ¿puedes reprogramar la personalidad de alguien y si puedes, está bien hacerlo?
"Las
leyes de Pavlov prueban que probablemente puedes. Aunque los humanos
podemos introducir la capacidad de escoger: podemos rehusarnos a hacer
la asociación que nos están imponiendo si no nos motiva el resultado",
concluye Blair.
Las investigaciones de Pavlov nunca se trataron de condicionar
permanentemente el cerebro. Todo lo contrario. Sus perros podían
aprender y desaprender las asociaciones. Y los humanos también podemos.
100 años más tarde seguimos descubriendo cuán adaptable es la mente a lo
largo de la vida.
Así que antes de irnos...
Cuando escuchas la palabra "Pavlov", ¿en qué piensas?
Perros... por supuesto. Pero, ¿campanas?
Esperamos que no: los perros viejos sí pueden aprender nuevos trucos.