martes, 15 de agosto de 2017

Un truco sencillo y novedoso para que venzas tu tendencia a dejarlo todo para después


Piensa en los papeles que estás preparando en tu escritorio, en los documentos que necesitas imprimir, en las conversaciones indispensables para terminar el proyecto e incluso en lo que vestirás el día de la presentación o cómo te sentirás al final del proyecto. Cuanto más viva sea la imagen en tu mente, mejor.
El ejercicio parece simple, pero algunas investigaciones recientes sugieren que visualizarse en el futuro podría ser una forma novedosa de vencer la postergación de tareas por cumplir.
Esta es la teoría: la mayoría de nosotros no somos particularmente buenos imaginando cómo nuestras acciones inmediatas nos afectarán a largo plazo.

Pero vernos constantemente en un momento posterior de la vida y cómo nuestras decisiones diarias afectan a esa futura persona puede ayudarnos a tomar mejores decisiones inmediatas, porque es más fácil imaginar las consecuencias a largo plazo.

Imaginarnos en el futuro

Parte de la idea proviene de la investigación de Hal Hershfield, psicólogo y profesor asociado de marketing en la Escuela de Administración Anderson de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), que estudia cómo nuestra percepción del tiempo puede alterar la toma de decisiones.

En una serie de cuatro experimentos, se les pidió a las personas que interactuaran con sus "yo futuros", usando retratos que mostraron cómo lucirían en la vejez a través de un programa de realidad virtual.
Hershfield encontró que aquellos que interactuaban con su futuro eran entonces más propensos a asignar dinero hacia una hipotética cuenta de ahorro para la jubilación.
El experto señala que a menudo nos comportamos de maneras que pueden ser perjudiciales a largo plazo: "Es muy similar a comer poco saludable hoy y sufrir las consecuencias con el tiempo".
Sin embargo, "cuando ayudamos a la gente a visualizar y considerar más profundamente su futuro, aumenta la tendencia a actuar de manera más orientada hacia ese futuro", sostiene.
Esta idea se puede aplicar al manejo del tiempo. Por ejemplo, puede parecer inconsecuente retrasar un proyecto para otro día y pasar la tarde mirando Facebook.

Pero imaginarte a ti mismo lidiando con el estrés adicional causado por esta pequeña decisión una vez que el plazo límite llegue en un mes puede ayudarte a retomar el trabajo.

También en los deportes

La práctica no es nueva.
Eve-Marie Blouin-Hudon, candidata a un doctorado en la Universidad Carleton en Canadá, que publicó investigaciones sobre el tema el año pasado, dice que las imágenes visuales también se utilizan en los deportes -la práctica es una necesidad para los deportistas olímpicos- pero puede aplicarse a cualquier parte de tu vida en la que eres moroso.
En su estudio, Hudon trabajó con 193 estudiantes universitarios a quienes se les asignó una meditación centrada en el presente o una meditación con imágenes mentales centrada en el futuro.
Determinó que aquellos que practicaban regularmente visualizando su futuro eran más capaces de simpatizar con su "yo" del mañana, y experimentaron la llamada "continuidad con el yo futuro" debido a la menor postergación de tareas.
"Las personas que postergan sus deberes se sienten desconectadas de ese yo futuro", dice.
"Cuanto más te imaginas en el futuro, más emocionalmente conectado estás con ese yo".
Por supuesto, esta idea no siempre es la clave para poner fin a la dilación o alterar el comportamiento, porque no todas las personas que posponen las cosas lo hacen por las mismas razones, aclara Hershfield. Es importante comprender la causa.
Por ejemplo, si la razón de la dilación es porque simplemente no disfrutas haciendo una tarea en particular o tienes miedo a fallar, imaginarte en el futuro puede hacer que alguien se sienta aún más ansioso, señala.
"Si estás postergando porque estás realmente ansioso porque no estás haciendo bien esa tarea, entonces visualizar el futuro podría exacerbar la ansiedad".

¿Qué hacer?

Srini Pillay, profesor asistente de psiquiatría en la Escuela de Medicina de Harvard, ha desarrollado un método.
Él recomienda visualizar la realización de un proyecto entero prestando atención a cada paso de la tarea, no sólo al resultado final.
"Lo que hay que imaginar no ese momento de compensación- sino en realidad cuando estás trabajando en el proyecto", dice.
Decide sobre una escena que no sólo sea específica, sino también creíble para que tu cerebro pueda procesar mejor la visualización.
El experto recomienda probar la visualización tanto en primera persona (en la que estás pasando por esa experiencia) como en tercera persona (donde te estás viendo a ti mismo experimentarla).
Las dos perspectivas pueden ayudarte a solidificar las escenas que estás imaginando, afirma Pillay.
Él propone elegir una hora del día en la que la mente está en una "depresión natural", como mediados de la tarde, y dedicar 15 minutos cada día a la práctica.
No esperes dominar el ejercicio visual en una sesión.
La tarea puede ser estresante para algunas personas, advierte Blouin-Hudon, quien dirige sesiones de imágenes visuales para su trabajo.
La especialista recomienda que la gente repita las sesiones hasta que se sientan más cómodos con la práctica.
Por supuesto, no todo el mundo es capaz de imaginar desafíos. También es más difícil cuando las razones detrás de tu dilación son vagas o más difíciles de entender.
En última instancia, el ejercicio puede ayudarte a entender por qué está postergando tareas relacionadas con algo que estás tratando de lograr, y te ayuda a seguir adelante, dice Pillay.
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miércoles, 2 de agosto de 2017

Qué son el dolor bueno y el dolor malo al hacer ejercicio y cómo los puedes identificar

 Por Redacción BBC Mundo


Sin dolor no hay ganancia.
Así suelen explicar los preparadores físicos o entrenadores personales las molestias que sienten las personas tras someterse a una rutina de ejercicios de alta intensidad.
Es un dolor que en el mundo de la actividad física o fitness lo califican de bueno dados los beneficios que produce al cuerpo pero, que si no se tiene cuidado, puede fácilmente transformarse en un dolor malo.
El problema está en saber identificar cuándo se siente el primero y en qué momento se convierte en el segundo.
"Es complicado en algunas ocasiones diferenciar el uno del otro", le reconoció a la BBC Juan Francisco Marco, profesor del centro de ciencia deportiva, entrenamiento y fitness Alto Rendimiento, en España.
"El dolor bueno es el que asociamos al que se produce durante un ejercicio, que no te limita, y que te permite continuar hasta que llega el momento en el que el músculo se bloquea debido al agotamiento", añadió.
"El otro caso es cuando se produce un dolor por una lesión, que tal vez te permita seguir haciendo el ejercicio, pero debido a la molestia nunca podrás llegar al agotamiento físico, sino que tendrás que parar por incapacidad de respuesta del músculo al esfuerzo que se le está exigiendo".
Para Francisco Sánchez Diego, director del centro de entrenamiento Corpore 10, "el dolor bueno se siente en el grupo muscular que has trabajado, sea durante el entrenamiento o en los días subsiguientes al mismo".
"Está claro que para la gente que está recién comenzando está más expuestaa sufrir esos pinchazos que llamamos agujetas, pero eso no quiere decir que lo que está experimentando el cuerpo sea negativo".
Sánchez Diego le explicó a BBC Mundo que lo que sucede es que se "producen unas microrroturas fibrilares, que son aquellas fibra que no pueden con el esfuerzo al que están siendo sometidos los músculos, y obliga al cuerpo a reemplazarlas por unas mejores".
De esta manera el músculo se va desarrollando constantemente y va adquiriendo más resistencia y fortaleza.

Reposo

Si bien la fatiga asociada al dolor bueno es considerada positiva hay un punto de inflexión que suele pasar desapercibido y da cabida a que la molestia se transforme en un dolor malo.
Cuando no se respeta este tiempo de recuperación, se produce un exceso de fatiga y de estrés con el tiempo, lo que genera que una de las partes involucradas durante el ejercicio no responda al esfuerzo, lo que resulta en un dolor malo.
"Una diferencia es que el dolor bueno se va sintiendo de menos a más, en cambio el dolor malo empieza prácticamente al principio del ejercicio, cuando el músculo está frío", describió el profesor de Alto Rendimiento.
"A medida que el entrenamiento va avanzando el dolor se va reduciendo porque el músculo se va calentando o la articulación se va lubricando, pero es un dolor que persiste y con el tiempo te obliga a parar".
"Notas dolencias musculares, articulares, de tendones que tu cuerpo no recupera, y eso se percibe en la intensidad del dolor que sientes", añadió Sánchez Diego.
"Los pinchazos comunes sólo deberían durar poco tiempo y se suelen notar cuando haces un movimiento. Los otros se sienten incluso cuando estás parado, sin necesidad de activar la musculatura".

Peligro

Tendinitis, sobrecarga o contractura son dolores malos comunes, mientras que los hombros en el tren superior y las rodillas en el tren inferior suelen ser las zonas más afectadas del cuerpo.
Ambos entrenadores resaltan la importancia de conocer los tipos de dolores y cómo reacciona el cuerpo ante la carga de ejercicio a la que está siendo sometido.
Un dolor, al fin de cuentas, no debería extenderse por mucho tiempo o impedir realizar el entrenamiento físico deseado. Mucho menos debería afectar la vida diaria de una persona al caminar o dormir.
De esta manera se podrá evitar una lesión más severa que obligue al cuerpo a parar o en el peor de los casos requiera la intervención de un médico o especialista.
"Es como un ciclo en el que primero sientes un dolor bueno, pero al no darle el descanso necesario al músculo se puede transformar en uno malo, en el que estás destruyendo totalmente la musculatura", alertó el director del centro Corpore 10.

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domingo, 2 de julio de 2017

Cómo el alambre de púas, llamado "el más grande descubrimiento de la época" en el Viejo Oeste, cambió la propiedad privada

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martes, 27 de junio de 2017

Por qué nos cuesta tanto hacer ejercicio (y no es sólo por flojera)

Por Redacción BBC Mundo

Si eres de los que no hace ejercicio puede que no sea totalmente tu culpa.

Es posible que la razón por la que te cueste tanto estar activo físicamente no pase por tu falta de voluntad, sino por el simple hecho de cómo eres.

O que las innumerables excusas que sueles mencionar para justificar una vida sedentaria en realidad tengan fundamento, o por lo menos algunas de ellas.

El punto es que no puede ser simplemente casualidad que pese al bombardeo de información sobre los numerosos beneficios que brinda el ejercicio, tanto para la salud como para el estado de ánimo, todavía haya una mayoría de la población que no hace ningún tipo de entrenamiento físico.

"Por experiencia se debe a una condición o predisposición genética ligada al somatotipo de cada persona", le explicó a BBC Mundo Juan Francos Marco, licenciado en ciencia deportiva del centro Alto Rendimiento.
"Para alguien endomorfo es mucho más difícil cualquier actividad física que para una persona del grupo ectomorfo o mesomorfo, y eso hace que tengan más predisposición a llevar una vida más perezosa. Si hacen ejercicio es más por una recomendación médica".

Nuestros ancestros

Para el profesor David Lieberman, experto en la evolución biológica del ser humano, la explicación puede remontarse incluso hasta nuestros ancestros.

En un trabajo que realizó en 2015, "¿Realmente es el ejercicio una medicina? Una perspectiva evolutiva", el profesor de Harvard explica cómo nuestros antepasados tenían la tendencia de reposar y guardar energía cuando no estaban obligados a someter al cuerpo a exigentes jornadas de caza o se trasladaban de un lugar a otro.

"Es natural y normal ser físicamente flojos", aseguró.

"Nuestro instinto ha sido siempre ahorrar energía. Durante la mayor parte de la evolución humana eso no tenía relevancia porque si querías poner comida en la mesa tenías que trabajar realmente duro", en referencia a que en aquellos tiempos no resultaba fácil encontrar las cantidad de alimento necesaria para balancear las calorías que se quemaban cuando se salía en cacería.

En una entrevista con el diario The Washington Post, Lieberman explicó que en la vida moderna no se necesita el mismo esfuerzo físico ya que las máquinas y la tecnología nos hacen la vida mucho más fácil, pero que "heredamos sus instintos" de reposar cuando no es necesario estar en movimiento.

En el mismo artículo, el profesor Bradley Cardinal, de la universidad estatal de Oregon, escribe que no cree que todo se deba a un tema biológico y que hay un aspecto social que tiene un efecto negativo en las personas.
 
En ese sentido se refirió al hecho que en muchos círculos de la vida en los que nos desenvolvemos, sea con amigos o profesionalmente, está mal visto no hacer ejercicio y no se entiende que la actividad física se debe llevar como algo natural, incluso cuando se decide no hacerla.

Zona de confort

Para Sherry Pagoto, profesora de medicina de la universidad de Massachusetts, en un artículo publicado en el portal Psychology Today, lo más difícil es poder superar el rechazo psicológico que se genera a raíz de las muchas situaciones incómodas que se experimentan del propio ejercicio físico.

Sudar, pasar frío, sentirse sin aliento, los dolores musculares o el sacrificio que implica son elementos que juegan constantemente con la mente, que suele entrar a menudo en una confrontación con la voluntad de las personas.

Pagoto considera que la incomodidad de esas situaciones es algo temporal y que el cuerpo humano se adapta a las nuevas experiencias, lo que abre un abanico de posibilidades y recompensas.

Para ello también es importante entender la realidad en la que cada persona ha vivido.

"La cultura y la educación toman un aspecto relevante a medida que se va creciendo", indicó el profesor Marco, del centro Alto Rendimiento en España.

"Si nunca se ve a nadie de tu familia o de tu entorno practicar deporte o hacer ejercicio será difícil se que se sienta atraído a hacerlo. En caso contrario el niño lo incorpora como algo implícito para el resto de su vida", explicó.

"Otro factor que condiciona es la motivación", siguió Marco.

"La gente quiere resultados rápidos porque asocian que hay un sufrimiento que requirió mucha voluntad y disciplina".

"Si no ven la recompensa aparecen las dudas y cuestionan si está valiendo la pena el esfuerzo".

Según el preparador físico español lo más recomendable es entender que se trata de un proceso lento, que si bien requiere voluntad y dedicación, con el tiempo se obtendrá la recompensa.

Y que no hay nada reprochable con el hecho de que algunas personas son simplemente más perezosas y otras por naturaleza son más activas.


Fuente:

http://www.bbc.com/mundo/deportes-40417300

El Gran Incendio de Londres de 1666, o cómo el fuego acabó con una epidemia de peste interminable

La hipótesis de que el fuego del Gran Incendio tuvo su origen en el descuido de un panadero es hoy la opción más aceptada. Durante años se culpó a los católicos ingleses, como otrora se culpara a los cristianos del incendio de Roma o a otros cabezas de turco que pasaban por el lugar del crimen

Por César Cervera


El domingo 2 de septiembre de 1666, un panadero de Londres llamado Thomas Farriner olvidó apagar correctamente uno de sus hornos. Cuando el fuego se extendió por toda el local, la familia de Farriner se salvó saltando a una de las casas colindantes, no así la criada, que fue la primera víctima de un incendio que destruyó 13.200 casas, 87 iglesias parroquiales, el ayuntamiento de Londres, la Catedral de San Pablo y, en suma, los últimos resquicios medievales aún presentes de lo que estaba por convertirse en la mayor urbe del mundo.
La hipótesis de que el fuego del Gran Incendio tuvo su origen en el descuido de un panadero es hoy la opción más aceptada. Durante años se culpó a los católicos ingleses, como otrora se culpara a los cristianos del incendio de Roma o a otros cabezas de turco que pasaban en el peor momento por el lugar del crimen. Un relojero francés llamado Robert «Lucky» Hubert confesó ser un enviado del Papa de Roma con la misión de incendiar Westminster. Su testimonio fue sacado a la fuerza, bajo tortura, y estaba cebado de contradicciones, lo que no evitó que fuera ahorcado a finales de ese mismo mes de septiembre en Tyburn. La guerra en curso contra Francia no jugaba a su favor..

La Incompetencia del Alcalde
En cualquier caso, la gravedad del incendio no estuvo en el origen del fuego, sino en cómo fue creciendo durante toda la noche («si es que puedo llamarla noche porque estaba tan iluminada como un día, de un modo terrible, a diez millas a la redonda»). Desde la panadería en Pudding Lane, el fuego se extendió a través de los suburbios más pobres, y con su avance se desataron los desórdenes al correr el rumor de que agentes holandeses o franceses, en ese momento enemistados con Inglaterra, habían provocado la catástrofe. Las autoridades se vieron desbordadas en sus intentos de controlar el fuego, a la vez que frenaban los saqueos y los estallidos de violencia.
El principal método del periodo para sostener las llamas, ya aplicado en tiempos de la Antigua Roma, era realizar cortafuegos demoliendo algunos barrios, puesto que lanzar cubos de agua resultaba como tratar de endulzar el mar a cucharaditas. La tardanza del alcalde mayor, Sir Thomas Bloodworth, a la hora de autorizar las demoliciones más drásticas hizo que la situación se alargara durante tres días y cada vez más barrios se vieran implicados por aquella tormenta ígnea.
Entre la leyenda y la realidad se le achaca a Bloodworh la frase: «¡Psh! Una mujer podría orinar encima», queriendo quitar importancia al Gran Incendio, lo que le ha dejado como el villano incompetente y descuidado en esta historia. Sin duda su falta de decisión –las demoliciones iban más lentas que el fuego– agravó una situación que tenía su mayor razón de ser en la sequía extrema de ese año.
Después de un año de sequía sin igual, el de 1665, el siguiente verano seco dejó el terreno abonado para un incendio de dimensiones bíblicas. Las casas estaban construidas en su mayor parte con madera y paja, además de muy juntas, y prendieron como si todo estuviera preparado previamente para una enorme hoguera. La estampa era la de miles de ciudadanos arrojando sus bienes al río para salvarlos en improvisadas gabarras. Cuando el fuego fue acorralando la ciudad, una enorme masa humana huyó hacia las iglesias y refugios aún a salvo. Huían del fuego o, más bien, de la hambrienta tormenta ígnea en la que se había transformado.
Al amanecer del segundo día, el viento condujo las llamas tanto al sur del Támesis –que se salvó de recibir más daño por la mayor separación en esta zona–, como hacia el norte, donde estaba situado el corazón de la ciudad y lo que hoy se llamaría el casco antiguo. Las referencias bíblicas y mitológicas no faltaron entre los cronistas que describieron aquel asalto a las esencias de Londres: «Sodoma», «el Último día», «Troya adierno»…
La antigua catedral de San Pablo, cuyo origen más remoto se hundía en tiempos medievales, fue arrasada y el fuego llegó a amenazar la Corte Real de Carlos II en Whitehall. John Evelyn, cortesano y diarista, describió cómo «las piedras de la catedral de San Pablo volaban como granadas, mientras que el plomo derretido fluía por las calles como en un riachuelo». Los distritos ricos, tales como la «Royal Exchange», prendieron con el mismo entusiasmo que lo habían hecho los pobres. Y lo que es peor, la desesperación fue sustituida por una «rara consternación» ante lo inevitable. A este respecto, comentó Evelyn:
«La conflagración era tan universal, y las personas tan estupefactas, desde el inicio, yo no sé si por abatimiento o por destino, ellos apenas se movieron para apagarlo, de modo que no había nada que escuchar o ver sino gritos y lamentaciones, corriendo alrededor como criaturas distraídas sin ningún intento incluso de salvar sus bienes, como si una rara consternación estuviera encima de ellos».

Ruinas donde había antes una ciudad
El martes los fuertes vientos del Este dieron una tregua a los bomberos, mientras que el uso de pólvora por parte de la Guarnición de Londres creó cortafuegos realmente efectivos. Pero no hubo victoria, únicamente una tregua cuando la última llama se extinguió entre las ruinas. «Las personas, que ahora caminan entre las ruinas, parecen seres en un desierto lúgubre, o mejor, en una gran ciudad destruida por un enemigo cruel. A esto se le sumaba el hedor que surgía de los cuerpos de las pobres criaturas, de sus camas y de otros bienes combustibles», dejó escrito Evelyn.
El día después al incendio resultó igual de caótico. Según cita el monumento al Gran Incendio de Londres, «...de los 26 barrios [afectados], finalmente quedaron destruidos 15, y otros 8 quedaron destrozados y medio quemados». Más de 80.000 personas se habían quedado sin hogar y el Monarca inglés temió una rebelión en el corazón de la ciudad a manos de la masa de refugiados sin casa. El arquitecto Sir Christopher Wren se encargó de la reconstrucción manteniendo la distribución original de las calles, puesto que los propietarios que habían perdido sus casas así lo exigieron, pero usó ladrillos y piedra en vez de madera. La nueva ciudad era más amplia y con mejores accesos, lista para convertirse en la gran urbe que sería. Las casas techadas con paja o brezo fueron prohibidas y aún continúan siéndolo en la actualidad.
Hasta esta reconstrucción, los incendios se habían venido repitiendo cada pocas décadas en una ciudad que crecía sin orden y en el que las grandes epidemias se movían como pez en el agua. Cuando se produjo el Gran Incendio, Londres aún padecía los estragos de una epidemia de peste bubónica que mató a más de una quinta parte de su población. Incluso el Rey y las máximas autoridades de la ciudad habían abandonado Londres huyendo de la epidemia que parecía no tener fin. Los últimos casos de peste coincidieron con el incendio, probablemente debido a que la población más pobre, y por tanto más vulnerable, o bien murió o bien tuvo que abandonar los suburbios en los que vivían en condiciones insalubres. La inesperada solución fue tan terrible como la propia peste.
Después de una epidemia de peste interminable y del mayor incendio de su historia, Londres quedó sumido en un estado de desmoralización. Eso sin olvidar que mantenía entonces sendas guerras con Holanda y Francia, que repercutían negativamente en la economía inglesa. En junio de 1667, los holandeses realizaron una exitosa incursión en el río Támesis, emulando la aventura medieval del castellano Fernando Sánchez de Tovar. Los barcos holandeses bombardearon y tomaron la ciudad de Sheerness, navegaron río arriba el Támesis hasta Gravesend y siguiendo el río Medway hasta Chatham, donde quemaron tres buques y otros diez barcos de menor calado. La humillación se consumó pocas semanas después con la firma del Tratado de Breda.
No faltaron astrólogos agoreros y monárquicos ofendidos que vieron en aquella sucesión de catástrofes y calamidades el castigo celestial por la decapitación de Carlos I, un par de décadas antes. Los muertos no olvidan...
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