miércoles, 2 de noviembre de 2016

Déles a sus Hijos la Educación que Necesitan


Estas pautas generales no han cambiado con el tiempo

Por Tamara Eberlein

Son tantos los “expertos” que en libros o programas de televisión pregonan consejos novedosos y soluciones mágicas para la crianza de los hijos, que usted, como padre, probablemente ya no quiera oír una palabra al respecto. Entre el cúmulo de recomendaciones hay, sin embargo, algunas que encierran una profunda verdad; son los principios básicos de la educación de los hijos. Aquí les presentamos siete:

1. Que sus Hijos Afronten las Consecuencias de sus Actos

Si su hijo no pasa un examen para el que no estudió; si pierde su suéter favorito porque lo olvidó en la escuela; si se queda sin dinero porque tuvo que pagar una multa de la biblioteca, despreocúpese: éstas son algunas maneras de adquirir sentido de responsabilidad, dice Charles Schaefer, profesor de psicología y coautor de Teach Your Child to Behave (“Enseñe a su hijo a comportarse”).

Desde la edad de tres años su niño es capaz de comprender una relación de causa y efecto. Exprésele en tono desapasionado cuál es la consecuencia probable de determinada conducta suya; por ejemplo: “Si dejas juguetes a la entrada de la cochera, el coche los puede aplastar”. Luego deje que los acontecimientos sigan su marcha normal, pero no eche a perder la lección reponiendo los juguetes que se hayan estropeado. Si se pasa usted la vida evitando que su hijo se caiga, él nunca aprenderá a levantarse.

Si la conducta fuera demasiado peligrosa (por ejemplo, golpear una mesa de cristal con un juguete) o pudiera tener efectos muy costosos (dejar la bicicleta en la calle), entonces establezca usted otras consecuencias que sean razonables, como quitar el juguete al niño o prohibirle usar la bicicleta una semana.

Es un error común establecer consecuencias que nada tienen que ver con la infracción. “Si su hijo se pone a brincar en el sofá mientras ve la televisión, no es lógico prohibirle salir a jugar con sus amigos”, explica Schaefer. “Se trata de hacerle ver la relación entre sus actos y las consecuencias que acarrean; en este caso, lo lógico es apagar la televisión”.

2. Premie las Buenas Conductas
“Sorprenda a su hijo cuando se porta bien (cuando comparte sus juguetes, tiene un gesto de amabilidad o ayuda en los quehaceres de la casa, por ejemplo) y recompénselo con un elogio, una sonrisa o un abrazo”, aconseja el pediatra Barton Schmitt, autor de Your  Child’s Health (“La Salud de su Hijo”). “Para que haya un equilibrio saludable, las muestras de aprobación, sobre todo las que entrañan contacto físico, deben superar en una proporción de tres a uno, por lo menos, a las críticas que se le dirijan al niño en un día dado”.

Sea específico y limite sus elogios a la conducta digna de aprobación; por ejemplo: “Gracias por guardar silencio mientras hablaba por teléfono” o “Estoy orgulloso de ti por como has solucionado el pleito que tenías con tu hermano”.

3. Tenga en cuenta el Temperamento del Niño
Supongamos que su primogénito es muy adaptable y que el menor de sus hijos es muy apegado a usted. Estas diferencias de temperamento son la principal razón por la que no se puede tratar de igual manera a todos los hijos, afirma la psiquiatra infantil Stella Chess, autora del revolucionario libro Know Your Child (“Conozca a su Hijo”), publicado en 1987. Sus hallazgos, basados en la observación de 131 individuos  desde que eran niños, han sido respaldados por recientes descubrimientos que atribuyen causas hereditarias a ciertos rasgos de la personalidad, como la timidez.

“Desde las pocas semanas de nacimiento los niños ya muestran marcadas diferencias de carácter”, señala Chess. El temperamento de un niño determina su grado de actividad, la facilidad con que se distrae, su manera de reaccionar ante las situaciones nuevas y la intensidad con que expresa sus sentimientos.

Actualmente los investigadores saben que tratar de cambiar estas características es tiempo perdido, porque el modo de ser es, en su mayor parte, innato.

Es un error común tratar de cambiar el mundo para que se adapte a su hijo. Si usted tiene un diablillo y lo leva de visita a casa de sus parientes, no pida a éstos que escondan todos los adornos frágiles de la casa. Mejor enseñe primero al niño a comportarse y, si a la hora de la visita necesita desfogar sus energías, llévelo al aire libre.

4. Fije Límites
Como todos los padres, usted quiere que su hijo sea feliz y no le gusta frustrarle sus planes (diciéndole, por ejemplo: “Lo siento, pero no puedes echar agua en el suelo”). Por desgracia, si es usted demasiado condescendiente con él ahora (“Está bien; pero sólo un vaso”), tendrá dificultades más adelante.

De acuerdo con estudios realizados por el Centro para la Educación de los Padres, de Newton, Massachusetts, es posible empezar a malcriar a un niño desde que tiene seis meses. Así pues, cuanto más pronto empiece usted a definir límites, tanto mejor. “Nada impide apartar a un recién nacido del pecho de su madre si al mamar le da por morder”, dice el psicólogo Burton White, director del Centro y autor de Raising Happy, Unspoiled Child (“Cómo criar hijos felices sin mimarlos”). “Aun los niños de edad preescolar son capaces de respetar reglas si éstas se les explican de una manera sencilla y acorde con su edad. La clave está en dejar bien claro que los padres son quienes mandan en la casa”.

Para desenvolverse bien en la vida, un niño debe saber dónde terminan sus derechos y dónde comienzan los de los demás. “Si quiere usted definir esos límites eficazmente, tendrá que aprender a soportar que su hijo sufra y llore de vez en cuando”, dice White.

Una vez que haya decidido dónde está el límite entre una conducta aceptable y una inaceptable, hágaselo saber a su hijo y adviértale lo que le ocurrirá si se pasa de la raya. Sea siempre consecuente con esta manera de obrar.

Tenga cuidado de no exagerar en este punto. Los niños necesitan explorar el mundo y aprender de la propia experiencia, así que no conviene imponer restricciones innecesarias. En vez de reprimir constantemente a un niño que empieza a caminar, por ejemplo, acondicione un espacio para que juegue.

5. No Humille a sus Hijos
Cuando un chico se porta mal es muy fácil reaccionar con una orden (“Recoge este desbarajuste ahora mismo”), una amenaza (“Olvídate de salir si vuelves a llegar tarde”) o, en los momentos más acalorados de una discusión, un insulto (“No has perdido la cabeza sólo porque la tienes pegada al cuello”). “Los mensajes como éstos, formulados en segunda persona, equivalen a señalar al niño con el dedo y lo hacen sentirse no querido o blanco de acusaciones injustas”, explica el psicólogo Thomas Gordon, creador del acreditado Programa de Capacitación para la Eficacia Paterna.

Uno de los principios medulares de este programa consiste en formular los mensajes en primera persona; por ejemplo: “Me molesta ver sucia la cocina cuando acabo de limpiarla”, o “Me preocupo cuando llegas tarde a casa”. Con este método, explica Gordon, ”es menos probable herir los sentimientos de los niños o instigarlos a que se rebelen, porque les hace ver las consecuencias que su conducta acarrea a los demás y se les invita a ser más considerados”.

“Hijo, me molesta oír la televisión tan alto; no puedo hablar con tu papá” es un mensaje mucho más eficaz y productivo que “Baja el volumen de la televisión”.

A menudo se comete el error de enviar a los niños mensajes en segunda persona disfrazados de mensajes en primera persona. Es muy fácil anteponer las palabras “siento que” a un insulto y engañarnos diciéndonos que nos estamos comunicando eficazmente. Sin embargo, decir “Siento que eres un egoísta” tiene el mismo efecto que decir “Eres un egoísta”. En vez de hacer generalizaciones de este tipo, mencione el sentimiento determinado que le inspira una conducta específica del niño; por ejemplo: ”Me siento abrumada de trabajo cuando tengo que hacer los quehaceres que te habías ofrecido a hacer”.

6. Permítales Crecer a su Ritmo
“Algunos padres apresuran a sus hijos para que dejen los pañales, acaben la escuela y se vuelvan independientes”, dice la reconocida psicóloga británica Penelope Leach, autorade Children First (“Los Niños Primero”). “Es un error  muy arraigado suponer que cuanto más deprisa vaya un niño, más lejos llegará”.

Leach advierte que la presión constante de los padres predispone a los hijos al fracaso. “¿Cómo se sentirá un niño al resultar el peor jugador de beisbol de la escuela porque lo inscribieron en el equipo un año antes de lo aconsejable?”, pregunta la experta.

Los chicos sometidos a esta clase de exigencias acaban por darse cuenta de que es imposible complacer a sus mayores. “La muchacha que cree haber decepcionado a sus padres tiene menos incentivos para mantenerse apartada de las drogas, la violencia y la promiscuidad sexual”, añade Leach.

Tenga presente que tampoco hay que llegar al extremo de negar al niño oportunidades de desarrollo por miedo a presionarlo demasiado.

7. Respete los Sentimientos de su Hijo
“¿Cómo puedes decir que tu dibujo es feo? ¡Si es precioso!” “¡No digas que odias a tu papá! No ha sido su intención faltar a tu partido de fútbol”. Aunque la intención de estos comentarios es servir de consuelo, su verdadero efecto es “minimizar el dolor del niño y enseñarle a negar sus sentimientos o a sentirse avergonzado de ellos”, dice la educadora de padres Adele Faber, coautora de How to Talk So Kids Will Listen and Listen So Kids Will Talk (“Cómo hablar para que los chicos escuchen y cómo escuchar para que hablen”). “Además, cortan la comunicación que es esencial para la relación entre padres e hijos”.

Más constructivo resulta comentar sobre los sentimientos que se esconden detrás de las palabras. Un comentario como “¡Caramba! ¡De veras estás enojado con tu papá porque faltó a tu partido!” expresa su comprensión y, al mismo tiempo, enseña a su hijo que es posible estar disgustado con alguien sin dejar de quererlo.

Tampoco es conveniente analizar fríamente la situación. ¿Está su hijo disgustado porque su mejor amigo reveló a otros un secreto que él le había confiado?  “Un comentario frío, como ‘Pareces molesto’ lo hará sentirse como un bicho bajo el microscopio”, advierte Faber. “El comentario de los padres debe estar a tono con los sentimientos del chico: ‘Lo que le dijiste a Luis era estrictamente personal. ¡Con razón estás furioso!’. Esto indica al muchacho que usted realmente lo entiende”.



© Por Tamara Eberlein. Condensado de Child (Octubre de 1995) de Nueva York.

Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo CXIV, Número 685, Año 58, Diciembre de 1997, págs. 62-67, Reader’s Digest Latinoamérica, S.A., Coral Gables, Florida, Estados Unidos













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